Amiens.—Sopla, sopla, viento helado,
que no eres tú tan maligno
cual la ingratitud del hombre
ni muerdes con tanto ahinco,
pues no se te puede ver
aunque tu soplo sentimos.
Cantemos, ¡oh, sí, cantemos,
de la enramada el asilo!
Hay mucha amistad fingida
y muchos amores frívolos,
mas ¡oh! bajo la enramada
la vida es un regocijo.

Hiela, hiela, crudo cielo,
que no ofendes con tu frío
como el pago que los hombres
dan al bien con el olvido.
Tú tornas el agua en hielo;
mas tu soplo no es tan frío
como el triste desengaño
de ver que olvida un amigo.
Cantemos, ¡oh, sí! etc., etc.

Duque.—Si sois hijo del buen sir Rowland, como me lo habéis fielmente dicho al oído, y como ven mis ojos por su imagen vivamente retratada y viviente en vuestro rostro; sed, en verdad, bienvenido aquí. Soy el duque que amó á vuestro padre. Vendréis á mi cueva á decirme el fin de vuestras aventuras.—Buen anciano, bienvenido eres también, como tu señor. Dadle el brazo, y á mí la mano; y hacedme comprender toda vuestra situación. (Salen.)

ACTO III.

ESCENA I.

Un cuarto en el palacio.

Entran el DUQUE FEDERICO, OLIVERIO, nobles y séquito.

DUQUE FEDERICO.