Celia.—¿Es posible?

Rosalinda.—Te vuelvo á rogar y más encarecidamente aún, que me digas quién es.

Celia.—¡Asombroso, asombroso! Asombro de los asombros! ¡Y otra vez aún, prodigioso sobre toda ponderación!

Rosalinda.—¡Por mi estampa! ¿Te imaginas que porque llevo un traje de hombre, tengo el alma vestida de pantalón y chaqueta? Un minuto más de demora, es todo un viaje al rededor del mundo. Ruégote decir ¿quién es? Pronto y habla aprisa. Desearía que tartamudeases, á ver si así echabas por la boca á este misterioso hombre, como el vino por el angosto cuello de la botella. Ó demasiado, ó nada. Te suplico que quites el corcho á tu boca para beber yo las nuevas.

Celia.—Así podrías engullirte un hombre.

Rosalinda.—¿Es hechura de Dios? ¿Qué especie de hombre? ¿Vale la pena su cabeza de que lleve sombrero? ¿Tiene cara como para barbas?

Celia.—De barbas, pocas tiene.

Rosalinda.—Pues Dios le enviará más, si él es agradecido. Déjame conocer su cara, y yo dejaré que le crezcan las barbas.

Celia.—Es el joven Orlando; el que hizo dar á un mismo tiempo aquella voltereta al luchador Carlos y á tu corazón.

Rosalinda.—¡Da al diablo las bromas! Habla seriamente y á fe de doncella de buena ley.