Orlando.—Soy yo quien está tan enfermo de amor y os suplico me digáis vuestro remedio.
Rosalinda.—No veo en vos ni siquiera una de las señales que decía mi tío. Él me enseñó á conocer á los enamorados, y de seguro que no estáis aprisionado en su jaula de mimbres.
Orlando.—¿Qué señales eran esas?
Rosalinda.—Mejillas enjutas, que no tenéis; ojos ojerudos y hundidos, que no tenéis; espíritu esquivo, que no tenéis; una barba descuidada, que no tenéis.—¡Ah! ¡Perdonad! el no tener barba es en vos herencia de hermano menor. Y luégo, debíais andar con las medias sin ligas, el sombrero sin cinta, las mangas sin botones, el calzado sin abrochar, y cada cosa de vuestra persona mostrando el abandono de la desolación.—Pero no sois tal hombre.—Antes bien parecéis esmerado en el vestir, como quien ama su propia persona mucho más que lo que pareciera amar á otra.
Orlando.—Hermoso joven, quisiera poder convencerte de que amo.
Rosalinda.—¡Convencerme! Más fácil sería convencer á la que amáis; lo cual, os aseguro, ella no confesaría por más que lo creyera; y este es uno de los puntos en que las mujeres desmienten su conciencia.—Pero, en toda seriedad ¿sois vos quien cuelga en los árboles los versos en que se alaba tanto á Rosalinda?
Orlando.—Te juro, joven, por la casta mano de Rosalinda, que ese desgraciado soy yo, yo mismo.
Rosalinda.—¿Pero estáis realmente tan enamorado como lo dicen vuestros versos?
Orlando.—No hay rima ni discurso que lo puedan expresar tanto como es.