Casca.—¿No os conmueve el ver que todo el cimiento de la tierra se estremece como una cosa insegura? ¡Oh, Cicerón! He visto tempestades en que los vientos enfurecidos hendían los nudosos robles. He visto henchirse el ambicioso Océano, embravecerse y cubrirse de espumas por levantarse hasta las nubes amenazantes. Pero nunca hasta ahora he pasado por una tempestad que destile fuego. Ó hay en el cielo una guerra intestina, ó el mundo demasiado malo para con los dioses, los provoca á enviar la destrucción.
Cicerón.—¡Pues qué! ¿Habéis visto algo aún más asombroso?
Casca.—Un esclavo ordinario (le conocéis bien de vista) alzó la mano izquierda que brotó llamas y ardió como veinte teas juntas. Y, sin embargo, esa mano, insensible al fuego, permaneció ilesa. Además (y desde ese instante no he vuelto á envainar mi espada), me encontré junto al capitolio con un león que me miró fijamente y se alejó encolerizado, sin molestarme. Y sobre un montículo había agrupadas cien mujeres, pálidas, demudadas por el espanto, que juraban haber visto hombres enteramente envueltos en llamas, que paseaban las calles arriba y abajo. Y ayer el ave nocturna se posó aun en mitad del día sobre la plaza del mercado gritando y chillando. Cuando tales prodigios coinciden de tal modo, nadie diga: «Son cosas naturales—sus razones son estas;» porque creo que son portentos llenos de pronósticos para los lugares donde aparecen.
Cicerón.—Ciertamente, este es un tiempo asaz extraño. Pero los hombres pueden interpretar las cosas á su modo, sin que entre en ello para nada el fin á que las cosas mismas se encaminan.—¿Vendrá César mañana al Capitolio?
Casca.—Vendrá porque requirió á Antonio para avisarnos que estaría allí mañana.
Cicerón.—Buenas noches, pues, Casca. Este cielo perturbado no está como para paseo.
Casca.—Adios, Cicerón. (Sale Cicerón.)
(Entra Casio.)
Casio.—¿Quién está ahí?
Casca.—Un romano.