Entran ROSALINDA, CELIA y JAQUES.

Jaques.

uégote, bello joven, que me hagas conocerte mejor.

Rosalinda.—Dicen que sois dado á la melancolía.

Jaques.—Así soy. Me gusta más que la risa.

Rosalinda.—Los que pecan por uno ú otro de ambos extremos son gentes abominables y se exponen más á la moderna crítica que si cayeran en la embriaguez.

Jaques.—Pues paréceme bien que quien está triste guarde silencio.

Rosalinda.—Pues entonces me parece bien ser un poste.

Jaques.—No tengo la melancolía del erudito, que es emulación; ni la del músico, que es fantástica; ni la del cortesano, que es altiva; ni la del soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es política; ni la de la dama, que es agraciada; ni la del enamorado, que es todo esto á la vez. La mía es una melancolía peculiar de mí mismo, un compuesto de muchos simples, extraído de muchos objetos; y en verdad, la contemplación de mis viajes, que á menudo absorbe mis meditaciones, es una tristeza en extremo caprichosa.