(Sale Orlando.)

Celia.—En tu charla amorosa, no has hecho más que maltratar nuestro sexo. Es menester que te pongamos sobre la cabeza tus calzas y tu chaqueta, y hagamos ver al mundo lo que ha hecho el ave á su propio nido.

Rosalinda.—¡Oh, prima, prima hermosa, primita mía, si supieras á cuántos brazos de profundidad estoy sumergida en el amor! Pero es imposible sondear esto. Mi afecto, como la bahía de Portugal, tiene un fondo desconocido.

Celia.—Ó más bien, no tiene fondo; pues cuanto más afecto derramas sobre él, más se sale.

Rosalinda.—Que juzgue cuán profundamente enamorada estoy el mismo bastardo maligno de Venus, engendrado por el pensamiento, concebido por la hipocondria y nacido de la locura; aquel bellaco ceguezuelo que engaña los ojos de cada cual, porque él no tiene los suyos propios. Te aseguro, Aliena, que no puedo estar sin Orlando ante mis ojos. Voy á buscar la sombra y á suspirar hasta que él vuelva.

ESCENA II.

Otra parte del bosque.

Entran JAQUES y señores en traje de monteros.

Jaques.—¿Quién mató al ciervo?

Lord 1.º—Yo, señor.