Silvio.—¿Y esto también es regaño?

Celia.—¡Ay, pobre pastor!

Rosalinda.—¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para burlarte mejor! Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no repliquéis palabra, porque viene gente.

(Sale Silvio.)

Oliverio.—Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?

Celia.—Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en la casa, ni aun para cuidar de ella.

Oliverio.—Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois dueño de la casa por la cual preguntaba?

Celia.—Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.

Oliverio.—Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso vos?

Rosalinda.—Sí; pero ¿qué significa esto?