Celia.—¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?

Oliverio.—Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el infeliz que soy.

Rosalinda.—¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?

Oliverio.—En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.

Celia.—¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (Rosalinda se desmaya.)

Oliverio.—Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un vértigo.

Celia.—Algo más hay en esto.—¡Primo! ¡Ganimedes!

Oliverio.—Ya lo véis; vuelve en sí.

Rosalinda.—Quisiera estar en casa.

Celia.—Te conduciremos allí.—¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por un brazo?