Adriana.—¡Y bien! ¿Tu tardío amo está ya cerca?
Dromio.—Verdaderamente, está á diez dedos de mí; lo cual pueden atestiguar mis orejas.
Adriana.—Dime ¿le has hablado? ¿Sabes su intención?
Dromio.—Sí, sí; ha explicado su intención á mi oreja. Maldita sea su mano. ¡Trabajo he tenido para comprenderla!
Luciana.—¿Ha hablado de una manera tan equívoca, que no hayas podido sentir su pensamiento?
Dromio.—¡Oh! ha hablado tan claro, que no he sentido sino demasiado bien sus golpes; y á pesar de esto tan confusamente, que apenas los he comprendido.
Adriana.—Pero, te ruego decirme ¿está en camino para volver aquí? ¡Parece que se cuida bien de agradar á su esposa!
Dromio.—Ama, mi amo es seguramente del orden del creciente ¿estáis?
Adriana.—¡Del orden del creciente, pícaro!
Dromio.—No quiero decir que sea deshonrado; pero ciertamente, es de todo punto lunático.—Cuando le he dado priesa de venir á comer, me ha pedido mil coronas en oro.—Es hora de comer, le he dicho.—Mi oro, ha respondido.—Vuestras viandas se queman, he dicho.—Mi oro, dijo.—¿Váis á venir? dije.—Mi oro, replicó, ¿dónde están las mil coronas que te he dado, malvado?—El lechón, dije, está todo quemado.—Mi oro, díjome.—Mi ama, señor, le dije.—¡Que vaya tu ama á ahorcarse! ¡Yo no conozco ama! ¡Al diablo tu ama!