Luciana.—¡Oh! Poco á poco, señor: esperad, voy á traer á mi hermana para pedirle su consentimiento.

(Sale Luciana.—Entra Dromio de Siracusa.)

Antífolo de Siracusa.—¡Y bien! ¿Qué ocurre, Dromio? ¿Á dónde corres tan aprisa?

Dromio.—¿Me conocéis, señor? ¿Soy Dromio? ¿Soy vuestro criado? ¿Soy yo, yo mismo?

Antífolo.—Eres Dromio, eres mi criado, eres tú mismo.

Dromio.—Soy un asno, soy el hombre de una mujer, y todo esto sin ser yo parte en ello.

Antífolo.—¡Cómo! ¿El hombre de qué mujer? ¿Y cómo sin que seas parte en ello?

Dromio.—Á fe mía, señor, que sin saber cómo pertenezco á una mujer; á una mujer que me reivindica; á una mujer que me persigue; á una mujer que está resuelta á tenerme.

Antífolo.—¿Qué derechos alega sobre ti?

Dromio.—¡Ah! señor, el derecho que alegaríais sobre vuestro cabello; pretende poseerme como á una bestia de carga: no que quiera tenerme por ser yo una bestia, sino que siendo ella una criatura enteramente bestial, quiere tener derechos sobre mí.