Adriana.—Corre, Dromio, he aquí el dinero (Luciana vuelve con la bolsa); llévalo pronto y trae á tu amo á casa inmediatamente. Venid, hermana mía, estoy abatida por mis conjeturas que ya me animan, ya me desalientan.

(Salen.)

ESCENA III.

Una calle de Éfeso.

ANTÍFOLO de Siracusa solo.

No encuentro un solo hombre que no me salude, como si fuese un amigo familiar, y todos me llaman por mi nombre. Unos me ofrecen dinero, otros me invitan á comer; estos me dan las gracias por servicios que les he hecho; aquellos me ofrecen mercaderías en venta. Hace un momento un sastre me ha llamado á su tienda y me ha mostrado sederías que había comprado para mí; y á renglón seguido ha tomado la medida de mi cuerpo. Seguramente que todo esto no es sino encanto, ilusiones, y los hechiceros de Laponia habitan aquí.

(Entra una cortesana.)

Dromio.—Amo, he aquí el oro que me enviásteis á buscar..... ¡Qué! ¿Habéis hecho vestir de nuevo el retrato del viejo Adam?

Antífolo.—¿Qué oro es ese? ¿De qué Adam quieres hablar?

Dromio.—No del Adam que habitaba el paraíso, sino del Adam que mora en la cárcel; de aquel que anda uniformado con piel del ternero muerto para el hijo pródigo; aquel que vino tras de vos, señor, como un ángel malo, y que os ha ordenado renunciar á vuestra libertad.