Antífolo.—Es el demonio.
Dromio.—Es aún peor, es la señora del demonio; y viene aquí bajo la forma de una moza ligera de cascos; y por esto las muchachas dicen: ¡Dios me condene! lo cual significa: ¡Dios me haga una moza de la vida airada! Está escrito que se aparecen á los hombres como ángeles de luz. La luz es un efecto del fuego y el fuego quema. Ergo, las mozas de placer quemarán; no os aproximéis á ella.
La cortesana.—¡Vuestro criado y vos, señor, estáis de un humor maravilloso. ¿Queréis venir conmigo? Recobraremos aquí la comida que no hemos podido tomar en casa.
Dromio.—Amo, si debéis probar la sopa, pedid de antemano una cuchara larga.
Antífolo.—¿Pues para qué, Dromio?
Dromio.—Verdaderamente, es menester una cuchara larga al hombre que debe comer con el diablo.
Antífolo.—(A la cortesana.) ¡Atrás, pues, demonio! ¿Á qué vienes á hablarme de cena? Eres como todas las demás, una bruja. Conjúrote á que me dejes y te vayas.
La cortesana.—Dadme el anillo que me habéis tomado en la comida; ó en cambio de mi diamante, la cadena que me habéis prometido; y entonces me iré, señor, y no os importunaré más.
Dromio.—Hay diablos que no piden sino el recorte de una uña, un junco, un cabello, una gota de sangre, un alfiler, una nuez, una semilla de cereza; pero esta, más codiciosa, quisiera tener una cadena. Amo, tened cuidado: si le dáis la cadena, la diabla la sacudirá y nos espantará con ella.
La cortesana.—Os ruego, señor, que me déis mi sortija ó mi cadena. Espero que no tenéis intención de defraudarme de este modo.