(Suena el reloj.)

Bruto.—Silencio: contad la hora.

Casio.—Han dado las tres.

Trebonio.—Es tiempo de partir.

Casio.—Pero es de dudar, si vendrá hoy César, ó no, porque de algún tiempo á esta parte se ha vuelto supersticioso. Alguna vez tuvo sobre la fantasía, los sueños y las ceremonias, una opinión del todo diferente de la del vulgo; pero quizás estos prodigios aparentes, el extraño terror de esta noche y la persuasión de sus augures le hagan abstenerse de venir hoy al Capitolio.

Decio.—Perded cuidado. Si tal resolviera, yo prevalecería sobre él; porque se deleita en oir que se triunfa de los unicornios por medio de los árboles, de los osos por los espejos, de los elefantes por los fosos, y de los hombres por la adulación. Y cuando digo que él detesta á los aduladores, afirma que sí, porque esto le lisonjea más. Dejadme hacer; que ya daré á su humor la disposición conveniente, y le traeré al Capitolio.

Casio.—Allí estaremos todos para recibirlo.

Bruto.—Á la hora octava. ¿Es ese el último término?

Cinna.—Sea el último, y no faltéis entonces.

Metelio.—Cayo Ligario tiene mala voluntad á César, que lo reprendió por haber hablado bien de Pompeyo. Me admira que ninguno de vosotros se haya acordado de él.