Aprisa.—Por mi vida, señor, que es una criatura inmejorable, un alma de Dios! ¡Ay señor! ¡Ay señor! Y qué travieso es vuestra señoría! En fin, que el cielo nos perdone, á vos y á todos nosotros!
Falstaff.—La señora Ford..... Vamos al caso. La señora Ford.....
Aprisa.—Pues allá va todo el asunto en dos palabras. Le habéis trastornado la cabeza de una manera asombrosa! No podría haberlo conseguido el mejor de cuantos galanes luce la corte cuando viene á Windsor. Y os aseguro que han venido caballeros y lores, uno tras otro, en sus carruajes. Os lo aseguro, coche tras coche, carta tras carta, presente tras presente, y todo tan lleno de olor de algalia y tan envuelto en oro y seda, y con mensajes en tan elegantes términos y tan almibarados con la más fina y mejor azúcar, que no habría habido corazón de mujer capaz de resistir. Pues á pesar de todo, os garantizo que no consiguieron ni una guiñada. Yo misma recibí esta mañana un obsequio, veinte ángeles; pero desafío á todos los ángeles á que consigan nada por otro camino que la honradez. Ni el más encopetado de todos logró alcanzar de ella, vamos, lo que es un sorbo de una taza; y eso que había condes, y lo que es aún más, pensionistas! Pero os aseguro que con ella todo sale á lo mismo.
Falstaff.—Pero ¿qué dice de mí? Sed lacónica, mi señora Mercurio.
Aprisa.—Por cierto que recibió vuestra carta, por la cual os da mil veces las gracias, y desea que tengáis aviso de que su esposo estará fuera de casa entre las diez y las once.
Falstaff.—¿Entre diez y once?
Aprisa.—Sí, exactamente. Y en ese tiempo podréis ir á ver la pintura que sabéis, y su esposo, el señor Ford, no estará en casa. ¡Ay! ¡qué vida lleva la pobrecita con él! Es un hombre tan celoso, que la hace pasar la mar á pié, como dicen. ¡Pobre palomita!
Falstaff.—Entre diez y once. Preséntale mis cumplimientos. No dejaré de ser puntual á la cita.
Aprisa.—Muy bien dicho; pero tengo otro mensaje para vuestra señoría. La señora Page os presenta también sus más afectuosos cumplimientos—y dejad que os lo diga muy en secreto—es una esposa recatada y virtuosa, como la mejor que pueda haber en Windsor, y que jamás falta al rezo de la mañana y de la tarde. Me ha pedido decir á vuestra señoría, que su marido sale muy raras veces de casa, pero que tiene ella la esperanza de que no faltará una oportunidad. Jamás, en los días de mi vida, he visto á una mujer tan apasionada de un hombre. Seguramente tenéis alguna magia para encantarlas.