Posadero.—¡Hola! ¡Una mujer gorda! Pueden robar al caballero: daré voces. Bravo caballero! Bravo sir Juan! Habla marcialmente desde tus pulmones. ¿Estás ahí? Es tu posadero, tu efesino, quien llama.
Falstaff.—¿Qué ocurre, posadero mío?
(Desde arriba.)
Posadero.—Aquí hay un tártaro-bohemio que se desespera por que baje tu mujer gorda. Déjala bajar, déjala bajar. Mis cuartos son santuarios. ¿Secretos, eh? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
(Entra Falstaff.)
Falstaff.—Hasta hace un momento estaba conmigo una vieja gorda; pero ya se ha ido.
Simple.—Tened la bondad de decirme, señor: ¿no era la hechicera de Brentford?
Falstaff.—Ella misma, concha de ostra: ¿qué tienes que hacer con ella?
Simple.—Mi amo el señor Slender, viéndola pasar por la calle, envía á saber, señor, si un tal Nym que le ha escamoteado una cadena, la tiene ó no.
Falstaff.—He hablado de ello con la vieja.