Antonio.—Por eso os estreché las manos. Pero en verdad me distrajo el ver cómo yace César. Amigo soy de todos, á todos os amo en la esperanza de que me daréis las razones de por qué y cómo era peligroso César.
Bruto.—Y de no serlo, este sería un espectáculo salvaje. Nuestras razones abundan tanto en rectitud, que quedaríais satisfecho, Antonio, aun cuando fuerais el hijo de César.
Antonio.—Eso es todo lo que busco. Y además, solicito poder exhibir su cuerpo en la plaza del mercado, y hablar en la tribuna, como cumple á un amigo, en el orden de su funeral.
Bruto.—Lo harás, Marco Antonio.
Casio.—Bruto, quiero deciros una palabra. (Aparte.) No sabéis lo que estáis haciendo. No consintáis en que hable Antonio en el funeral. ¿Sabéis hasta qué grado se podrá conmover el pueblo con lo que él diga?
Bruto.—(Aparte.) Con vuestro permiso. Yo ocuparé primero la tribuna y explicaré la causa de la muerte de César. Haré constar que Antonio hablará por nuestra venia y consentimiento y que nos complacemos en que César tenga todos los ritos y ceremonias legales. Esto nos hará más provecho que daño.
Casio.—(Aparte.) No sé lo que pueda acontecer. Esto no me place.
Bruto.—Marco Antonio, tomad aquí el cuerpo de César. En vuestra oración fúnebre no nos censuréis, pero hablaréis de César todo el bien que podáis, y diréis que para ello os hemos dado permiso. De otro modo no tendréis parte alguna en este funeral. Y hablaréis en la misma tribuna que yo, después de terminar mi discurso.
Antonio.—Sea así. No deseo más.
Bruto.—Preparad, pues, el cadáver y seguidnos.