Octavio.—Así lo espero. No nací para morir por la espada de Bruto.
Bruto.—¡Oh! Si fueras el más noble de tu raza, no podrías, joven, recibir más honrosa muerte.
Casio.—Un impertinente muchacho de escuela, indigno de tal honor, unido á un jaranista enmascarado.
Antonio.—¡Silencio, viejo Casio!
Octavio.—Venid, Antonio. Fuera! Os lanzamos el reto al rostro, traidores! Si os atrevéis á combatir hoy, venid al campo. Si no, cuando hagáis el ánimo.
(Salen Octavio, Antonio y su ejército.)
Casio.—Pues bien: ahora, sopla ¡oh viento! Hínchate, ola; boga, barca; que está encima la tormenta, y todo está en manos del acaso.
Bruto.—Ea! Lucilio. Tengo que deciros una palabra.
Casio.—Messala?
Messala.—¿Qué decís, mi general?