Volumnio.—No, por cierto, señor.
Bruto.—Estoy seguro de ello, Volumnio. Ya ves cómo van las cosas. Nuestros enemigos nos han batido completamente. Es más digno anticiparse que aguardar á ser forzado. Buen Volumnio, acuérdate de que íbamos juntos á la escuela. Pues te suplico por ese antiguo afecto, que tengas el puño de mi espada mientras me arrojo sobre ella.
Volumnio.—Eso no es lo que cumple á un amigo, señor.
(Nueva alarma.)
Clito.—Huíd, huíd, mi señor. Es imposible quedarse aquí.
Bruto.—Adios á vos, y á vos, y á vos, Volumnio. Strato, has estado dormido todo este tiempo. Adios á ti también, Strato. ¡Compatriotas! Mi corazón se regocija de que en toda mi vida no he encontrado un hombre que no fuese leal para mí. Más gloria tendré yo por este día de derrota que Octavio y Marco Antonio por su vil conquista. Así, adios os digo, porque la lengua de Bruto ha terminado casi la historia de su vida. La noche está suspendida sobre mis ojos y mis huesos deben descansar, ya que han trabajado sólo para llegar á esta hora. (Alarma. Gritos adentro: ¡huíd! ¡huíd!)
Clito.—¡Huíd, mi señor, huíd!
Bruto.—Aléjate. Ya te seguiré.
(Salen Clito, Dardanio y Volumnio.)
Bruto.—Strato, te ruego que te quedes junto á tu señor. Tú eres un mozo digno y en tu vida ha habido algún destello de honor. Ten, pues, derecha mi espada, y vuelve el rostro á un lado, mientras me arrojo sobre ella. ¿Quieres hacerlo, Strato?