Claudio.—Y tú, Laertes, ¿qué solicitas? Me has hablado de una pretensión: ¿no me dirás cuál sea? En cualquiera cosa justa que pidas al rey de Dinamarca, no será vano el ruego. ¿Ni qué podrás pedirme, que no sea más ofrecimiento mío que demanda tuya? No es más adicto á la cabeza el corazón, ni más pronta la mano en servir á la boca, que lo es el trono de Dinamarca para con tu padre. En fin, ¿qué pretendes?

Laertes.—Respetable soberano, solicito la gracia de vuestro permiso para volver á Francia. De allí he venido voluntariamente á Dinamarca á manifestaros mi leal afecto, con motivo de vuestra coronación; pero ya cumplida esta deuda, fuerza es confesaros que mis ideas y mi inclinación me llaman de nuevo á aquel país, y espero de vuestra mucha bondad esta licencia.

Claudio.—¿Has obtenido ya la de tu padre? ¿Qué dices, Polonio?

Polonio.—A fuerza de importunaciones ha logrado arrancar mi tardío consentimiento. Al verle tan inclinado, firmé últimamente la licencia de que se vaya, aunque á pesar mío, y os ruego, señor, que se la concedáis.

Claudio.—Elige el tiempo que te parezca más oportuno para salir, y haz cuanto gustes y sea más conducente á tu felicidad. ¡Y tú, Hamlet, mi deudo, mi hijo!

Hamlet.—Algo más que deudo y menos que amigo.

Claudio.—¿Qué sombras de tristeza te cubren siempre?

Hamlet.—Al contrario, señor: estoy demasiado á la luz.

Gertrudis.—Mi buen Hamlet, no así tu semblante manifieste aflicción; véase en él que eres amigo de Dinamarca: ni siempre con abatidos párpados busques entre el polvo á tu generoso padre. Tú lo sabes, común es á todos; el que vive debe morir, pasando de la naturaleza á la eternidad.

Hamlet.—Sí, señora, á todos es común.