Hamlet.—El hace muy bien de recomendarse á si mismo; porque si no, dudo mucho que nadie lo hiciese por él.
Horacio.—Este me parece un vencejo que empezó á volar y chillar con el cascarón pegado á las plumas.
Hamlet.—Sí, y aun antes de mamar hacía ya cumplimientos á la teta... Este es uno de los muchos que en nuestra corrompida edad son estimados, únicamente porque saben acomodarse al gusto del día con esa exterioridad halagüeña y obsequiosa... y con ella tal vez suelen sorprender el aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen demasiado á la espuma, que por más que hierva y abulte, al dar un soplo se reconoce lo que es; todas las ampollas huecas se deshacen, y no queda nada en el vaso.
ESCENA VII
HAMLET, HORACIO, un Caballero
Caballero.—Señor, parece que S. M. os envió un recado con el joven Enrique, y éste ha vuelto diciendo que esperabais en esta sala. El rey me envía á saber si gustáis de batallar con Laertes inmediatamente, ó si queréis que se dilate.
Hamlet.—Yo soy constante en mi resolución, y la sujeto á la voluntad del rey. Si esta hora fuese cómoda para él, también lo es para mí: conque hágase al instante ó cuando guste, con tal que me halle en la buena disposición que ahora.
Caballero.—El rey y la reina bajan con toda la corte.
Hamlet.—Muy bien.
Caballero.—La reina quisiera que antes de comenzar la batalla, hablarais á Laertes con dulzura y expresiones de amistad.
Hamlet.—Es advertencia muy prudente.