Hamlet.—Laertes, si estáis ofendido de mí, os pido perdón. Perdonadme como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos mismo lo habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza ó vuestro honor, cualquiera acción, en fin, capaz de irritaros, declaro solemnemente en este lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede Hamlet haber ofendido á Laertes? No. Hamlet no ha sido, porque estaba fuera de sí; y si en tal ocasión (en que él á sí propio se desconocía) ofendió á Laertes, no fué Hamlet el agresor, porque Hamlet lo desaprueba y lo desmiente. Pues ¿quién puede ser? Su demencia sola... Siendo esto así, el desdichado Hamlet es partidario del ofendido, al paso que en su propia locura reconoce su mayor contrario. Permitid, pues, que delante de esta asamblea me justifique de toda siniestra intención, y espero de vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos. Disparaba el arpón sobre los muros de ese edificio; y por error herí á mi hermano.
Laertes.—Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros á pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite pasar adelante, ni admitir reconciliación alguna, hasta que examinado el hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
Hamlet.—Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en cuanto á la batalla que va á comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
Laertes.—Sí, vamos... uno á mí.
Hamlet.—La victoria no os será difícil: vuestra habilidad lucirá sobre mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la noche.
Laertes.—No os burléis, señor.
Hamlet.—No, no me burlo.
Claudio.—Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuáles son las condiciones.
Hamlet.—Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil.
(Traen los criados una mesa, y en ella, cuando lo manda Claudio, ponen jarros y copas de oro que llenan de vino. Claudio y Gertrudis se sientan junto á la mesa, y todos los demás, según su clase, ocupan los asientos restantes. Quedan en pie los criados que sirven las copas, Hamlet y Laertes, que se disponen para batallar, y Horacio y Enrique en calidad de jueces ó padrinos.)