Hamlet.—¡Oh! maravillosas.
Horacio.—Mi amado señor, decidlas.
Hamlet.—No, que lo revelaréis.
Horacio.—No, yo os prometo que no haré tal.
Marcelo.—Ni yo tampoco.
Hamlet.—¿Creéis vosotros que pudiese haber cabido en el corazón humano...? Pero ¿guardaréis secreto?
Los dos.—Sí, señor, yo os lo juro.
Hamlet.—No existe en toda Dinamarca un infame... que no sea un gran malvado.
Horacio.—Pero no era necesario, señor, que un muerto saliera del sepulcro á persuadirnos esa verdad.
Hamlet.—Sí, cierto, tenéis razón; y por eso mismo, sin tratar más del asunto, será bien despedirnos y separarnos; vosotros adonde vuestros negocios ó vuestra inclinación os lleven... que todos tienen sus inclinaciones y negocios, sean los que sean; y yo, ya lo sabéis, á mi triste ejercicio, á rezar.