Reinaldo.—Pero, señor...
Polonio.—¡Ah! tú querrás saber con qué fin debes hacer esto, ¿eh?
Reinaldo.—Gustaría de saberlo.
Polonio.—Pues, señor, mi fin es éste, y creo que es proceder con mucha cordura. Cargando estas pequeñas faltas sobre mi hijo (como ligeras manchas de una obra preciosa), ganarás por medio de la conversación la confianza de aquél a quien pretendas examinar. Si él está persuadido de que el muchacho tiene los mencionados vicios que tú le imputas, no dudes que él convenga con tu opinión, diciendo: señor mío, ó amigo, ó caballero, en fin, según el título ó dictado de la persona ó del país...
Reinaldo.—Sí, ya estoy.
Polonio.—Pues entonces él dice... dice... ¿Qué iba yo a decir ahora...? Algo iba yo a decir. ¿En qué estábamos?
Reinaldo.—En que él concluirá diciendo al amigo ó al caballero...
Polonio.—Sí, concluirá diciendo... es verdad... así te dirá precisamente: Es verdad, yo conozco á ese mozo, ayer le ví, ó cualquier otro día, ó en tal y tal ocasión, con éste ó con aquel sujeto; y allí, como habéis dicho, le ví que jugaba, allá le encontré en una comilona, acullá en una quimera sobre el juego de pelota, y... (puede ser que añada) le he visto entrar en una casa pública, videlicet, en un burdel, ó cosa tal. ¿Lo entiendes ahora? Con el anzuelo de la mentira pescarás la verdad, que así es como nosotros los que tenemos talento y prudencia solemos conseguir por indirectas el fin directo, usando de artificios y disimulación. Así lo harás con mi hijo, según la instrucción y advertencias que acabo de darte. ¿Me has entendido?
Reinaldo.—Sí, señor, quedo enterado.
Polonio.—Pues adiós, buen viaje.