Ofelia.—Yo estaba haciendo labor en mi cuarto, cuando el príncipe Hamlet, la ropa desceñida, sin sombrero en la cabeza, sucias las medias, sin atar, caídas hasta los pies, pálido como su camisa, las piernas trémulas, el semblante triste como si hubiera salido del infierno para anunciar horror... se presenta delante de mí.
Polonio.—Loco, sin duda por tus amores, ¿eh?
Ofelia.—Yo, señor, no lo sé; pero en verdad lo temo.
Polonio.—¿Y qué te dijo?
Ofelia.—Me asió una mano y me la apretó fuertemente. Apartóse después á la distancia de su brazo, y poniendo así la otra mano sobre su frente, fijó la vista en mi rostro recorriéndole con atención, como si hubiera de retratarle. De este modo permaneció largo rato, hasta que por último sacudiéndome ligeramente el brazo, y moviendo tres veces la cabeza abajo y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste, que pareció deshacérsele en pedazos el cuerpo y dar fin á su vida. Hecho esto, me dejó, y levantada la cabeza comenzó á andar, sin valerse de los ojos para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por ella fijó la vista en mí.
Polonio.—Ven, conmigo; quiero ver al rey. Ese es un verdadero éxtasis de amor, que siempre fatal á sí mismo en un exceso violento, inclina la voluntad á empresas temerarias, más que ninguna otra pasión de cuantas debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento este accidente. Pero dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos días?
Ofelia.—No, señor: sólo en cumplimiento de lo que mandasteis, le he devuelto sus cartas, y me he negado á sus visitas.
Polonio.—Y eso basta para haberle trastornado así. Me pesa no haber juzgado con más acierto de su pasión. Yo temí que era sólo un artificio suyo para perderte... ¡Sospecha indigna! ¡Eh! Tan propio parece de la edad anciana pasar más allá de lo justo en sus conjeturas, como lo es en la juventud la falta de previsión. Vamos á ver al rey. Conviene que lo sepa. Si le callo este amor, sería más grande el sentimiento que pudiera causarte teniéndole oculto, que el disgusto que recibirá al saberlo. Vamos.
ESCENA III
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO, acompañamiento
Claudio.—Bien venido, Guillermo; y tú también, querido Ricardo. Además de lo mucho que se me dilata el veros, la necesidad que tengo de vosotros me ha determinado á solicitar vuestra venida. Algo habéis oído ya de la transformación de Hamlet. Así puedo llamarla, puesto que ni en lo interior ni en lo exterior se parece nada al que antes era; ni llego á imaginar qué otra causa haya podido privarle así de la razón, si ya no es la muerte de su padre. Yo os ruego á entrambos, pues desde la primera infancia os habéis criado con él, y existe entre vosotros aquella intimidad nacida de la igualdad en los años y el genio, que tengáis á bien deteneros en mi corte algunos días. Acaso el trato vuestro restablecerá su alegría; y aprovechando las ocasiones que se presenten, ved cuál sea la ignorada aflicción que así le consume, para que descubriéndola procuremos su alivio.