Cómico 1.º— Al momento
le ve lidiando, ¡resistencia breve!
contra los griegos; su temida espada
rebelde al brazo ya, le pesa inútil.
Pirro, de furias lleno, le provoca
á liza desigual; herirle intenta,
y el aire solo del funesto acero
postra al débil anciano. Y cual si fuese
a tanto golpe el Ilïon sensible,
al suelo desplomó sus techos altos,
ardiendo en llamas, y al rumor suspenso.
Pirro... ¿Le veis? la espada que venía
á herir del teucro la nevada frente
se detiene en los aires, y él inmoble,
absorto y mudo y sin acción su enojo,
la imagen de un tirano representa
que figuró el pincel. Mas como suele
tal vez el cielo en tempestad obscura
parar su movimiento, de los aires
el ímpetu cesar, y en silenciosa
quietud de muerte reposar el orbe,
hasta que el trueno, con horror zumbando,
rompe la alta región; así un instante
suspensa fué la cólera de Pirro,
y así, dispuesto á la venganza, el duro
combate renovó. No más tremendo
golpe en las armas de Mavorte eternas
dieron jamás los cíclopes tostados,
que sobre el triste anciano la cuchilla
sangrienta dió del sucesor de Aquiles.
¡Oh fortuna falaz!... Vos, poderosos
dioses, quitadle su dominio injusto;
romped los rayos de su rueda y calces,
y el eje circular desde el Olimpo
caiga en pedazos del abismo al centro.
Polonio.—Es demasiado largo.
Hamlet.—Lo mismo dirá de tus barbas el barbero. Prosigue. Este sólo gusta de ver bailar ó de oir cuentos de alcahuetas, ó si no se duerme. Prosigue con aquello de Hécuba.
Cómico 1.º—Pero quien viese ¡oh vista dolorosa! la mal ceñida reina...
Hamlet.—¡La mal ceñida reina!
Polonio.—Esto es bueno, mal ceñida reina, ¡bueno!
Cómico 1.º—Pero quien viese ¡oh vista dolorosa!
la mal ceñida reina, el pie desnudo,
girar de un lado al otro, amenazando
extinguir con sus lágrimas el fuego...
En vez de vestidura rozagante
cubierto el seno, harto fecundo un día,
con las ropas del lecho arrebatadas
(ni a más le dió lugar el susto horrible),
rasgado un velo en su cabeza, donde
antes resplandeció corona augusta...
¡Ay! quien la viese, á los supremos hados
con lengua venenosa execraría.
Los dioses mismos, si a piedad los mueve
el linaje mortal, dolor sintieran
de verla, cuando al implacable Pirro
halló esparciendo en trozos con su espada
del muerto esposo los helados miembros.
Lo ve, y exclama con gemido triste,
bastante á conturbar allá en su altura
las deidades de Olimpo, y los brillantes
ojos del cielo humedecer en lloro.
Polonio.—Ved cómo muda de color, y se le han saltado las lágrimas. No, no prosigáis.
Hamlet.—Basta ya, presto me dirás lo que falta. Señor mío, es menester hacer que estos cómicos se establezcan, ¿lo entiendes? y agasajarlos bien. Ellos son sin duda el epítome histórico de los siglos, y más te valdrá tener después de muerto un mal epitafio que una mala reputación entre ellos mientras vivas.
Polonio.—Yo, señor, los trataré conforme á sus méritos.