Ofelia.—Bien sabéis, señor, que os digo verdad... Y con ellas me dísteis palabras de tan suave aliento compuestas, que alimentaron con extremo su valor; pero ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega á entibiarse el afecto de quien los dió. Vedlos aquí.
(Presentándole algunas joyas. Hamlet rehusa tomarlas).
Hamlet.—¡Oh! ¡oh! ¿Eres honesta?
Ofelia.—Señor...
Hamlet.—¿Eres hermosa?
Ofelia.—¿Qué pretendéis decir con eso?
Hamlet.—Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza.
Ofelia.—¿Puede acaso tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?
Hamlet.—Sin duda alguna. El poder de la hermosura convertirá á la honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar á la hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.
Ofelia.—Así me lo dabais á entender.