Ricardo.—No comprendo lo que decís.

Hamlet.—Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.

Ricardo.—Señor, lo que importa es que nos digáis en dónde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros á ver al rey.

Hamlet.—El cuerpo está con el rey; pero el rey no está con el cuerpo. El rey viene á ser una cosa, como...

Guillermo.—¿Qué cosa, señor?

Hamlet.—Una cosa que no vale nada... Pero guarda, Pablo... Vamos á verle.

ESCENA IV
Salón de palacio
CLAUDIO

Le he enviado á llamar, y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad á este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esa repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, ó son incurables, ó se alivian con desesperados remedios.

ESCENA V
CLAUDIO, RICARDO

Claudio.—¿Qué hay, qué ha sucedido?