Tres meses después de su regreso, se embarca en dirección a Andros, que se había separado de la alianza ateniense, designándosele como generales adjuntos de las tropas de tierra, a Aristócrates y Adimanto, hijo de Leucolófides. Desembarca Alcibíades su ejército en Gaurio, que está en la isla de Andros; pone en fuga a los andrios, que se habían dirigido a su encuentro, y después de haberles causado muchas bajas, los encierra en los muros con los lacedemonios que estaban con ellos. Levanta después un trofeo, y pasados algunos días, se dirige hacia Samos donde principia las hostilidades.

CAPÍTULO V.

Algún tiempo antes de estos sucesos[44], habían enviado los lacedemonios a Lisandro para tomar el mando de la flota en sustitución de Cratesípidas, pues había terminado ya el tiempo de su mando. Al llegar aquel a Rodas[45], toma posesión de las naves y se dirige a Cos y a Mileto, de donde se hace a la vela para Éfeso, y allí permanece con setenta naves hasta que Ciro llegue de Sardes, y así que este llega va a su encuentro Lisandro con los enviados espartanos y quejándose de Tisafernes[46] y relatándole todo lo que ha hecho, suplican a Ciro excite la guerra cuanto pueda; contesta este que tal es precisamente el encargo que ha recibido de su padre, que estas son sus intenciones y que hará cuanto de él dependa para realizarlas; añade que trae quinientos talentos con este objeto; que si no bastan, hará uso de los fondos privados que le ha entregado su padre, y que si todo esto no es aún suficiente, hará fundir el trono sobre que está sentado, que es de oro y plata.

Alábanle esta respuesta y le deciden a dar una dracma ática[47] a los marineros, manifestándole que este aumento de sueldo hará desertar a los de la flota ateniense, lo cual le economizará más tarde grandes dispendios. Ciro aprueba tales propósitos, pero manifiesta le es imposible ir contra las órdenes del rey, puesto que, según el tratado de alianza, debe dar únicamente treinta minas[48] al mes, por cada nave que los lacedemonios sostengan en la guerra. Nada replica entonces Lisandro, pero al fin de la comida, al brindar Ciro y pedirle qué podrá hacer que le sea agradable, contestó Lisandro: «Aumentar un óbolo[49] al sueldo de cada marinero.» Desde aquel momento, el sueldo para los marineros fue de cuatro óbolos, habiendo sido de tres hasta entonces. Ciro paga además los atrasos y hace repartir un mes adelantado, lo cual redobla el celo de los soldados.

Desanímanse con esta nueva los atenienses, y por medio de Tisafernes le envían mensajeros, que no admite, por más que se lo ruegue aquel, y por más que le incite a procurar, como él había hecho siguiendo los consejos de Alcibíades, que ningún pueblo adquiriese gran poderío, antes bien, que se debilitasen mutuamente con sus intestinas disensiones. Después de haber reunido su flota en Éfeso, Lisandro hace poner en seco sus naves, en número de noventa, y se mantiene en reposo, ocupándose en recomponerlas y calafatearlas y en dar descanso a sus tropas. Por su parte Alcibíades, sabiendo que Trasíbulo ha salido del Helesponto para fortificar Focea, se dirige hacia él, después de dejar el mando de la flota a su lugarteniente Antíoco, mandándole expresamente no se acerque a las naves de Lisandro; pero este, con su nave y otra, se hace a la mar con dirección al puerto de Éfeso desde Notio[50], y se acerca a las proas de las de Lisandro. Este, poniendo a flote un pequeño número de naves, le da caza; pero después, al ver vienen los atenienses con mayor número de naves en auxilio de Antíoco, dirige contra ellos toda su flota formada en orden de batalla. Echan al agua entonces los atenienses que habían quedado en Notio todas sus trirremes, y se hacen a la mar; de este modo se verifica un combate naval, permaneciendo en buen orden los lacedemonios, mientras son puestos en completa dispersión los atenienses, hasta que, perdidas quince trirremes, se declaran en fuga: la mayor parte de los que las montaban consiguen escaparse, pero algunos son apresados por los enemigos. Lisandro se lleva las naves que ha tomado, levanta un trofeo en Notio y se dirige a Éfeso; los atenienses se retiran a Samos.

Después de este combate, Alcibíades, habiendo regresado a Samos, se hace cargo de toda la flota y la conduce hacia Éfeso, apoderándose de la entrada del puerto, donde se coloca en orden de batalla para ver si se acepta el combate; pero como Lisandro no se mueve a causa de la numérica inferioridad de sus naves, se vuelve a Samos. Poco tiempo después, los lacedemonios se apoderan de Delfinio[51] y de Eión[52].

Cuando llega a Atenas la nueva de este combate naval, levántase gran indignación contra Alcibíades, y a su negligencia y mala dirección se atribuye la pérdida de las naves. Son elegidos diez nuevos generales: Conón, Diomedonte, León, Pericles, Erasínides, Aristócrates, Arquéstrato, Protómaco, Trasilo y Aristógenes. Al ver Alcibíades que el ejército está también indispuesto contra él, toma una trirreme y se retira a su castillo del Quersoneso.

Sale en seguida Conón de Andros con sus veinte naves, y se dirige a Samos para tomar el mando de la flota[53], según el decreto de los atenienses. Para sustituir a Conón envían a Andros con cuatro naves a Fanóstenes, quien encontrando dos trirremes turias, se apodera de ellas con su equipaje; los atenienses encadenan a todos los prisioneros, excepto a Dorieo, su jefe, natural de Rodas, quien prudentemente había tenido que huir de Rodas y de Atenas para evitar la pena de muerte pronunciada contra él y contra sus parientes por los atenienses, y había adquirido después el derecho de ciudadano en Turios; túvose compasión de él y se le soltó sin exigirle siquiera rescate.

Al llegar a Samos encuentra Conón la flota en completo desorden; consigue arreglar setenta trirremes, en lugar de más de ciento a que ascendía aquella anteriormente; se hace a la vela, seguido de los otros generales, y hace desembarcos en varios puntos del territorio enemigo, que entrega al saqueo.

Así termina este año, en el cual los cartagineses invaden Sicilia con ciento veinte trirremes y un ejército de tierra de ciento veinte mil hombres; vencidos primeramente en un combate, consiguen más tarde apoderarse por hambre de Agrigento, después de un sitio de siete meses.