»Remontaos hasta los mismos sucesos y a las circunstancias que han motivado la falta de los generales. Vencedores en la batalla naval, habían bajado otra vez a tierra; Diomedonte propone que todas las naves, diseminándose, vayan a recoger los náufragos y los restos de las naves; por el contrario, Erasínides pide que la flota entera se haga a la mar cuanto antes, para atacar al enemigo en Mitilene; Trasilo sostiene pueden conciliarse ambas opiniones dejando una parte de las naves en el lugar del combate y persiguiendo al enemigo con las restantes. Prevalece este parecer; se decide que cada uno de los ocho generales deje tres naves de su sección, a las cuales se añadirán las diez de los tribunos, las diez de los samios y las tres de los navarcos[69]: resultan entre todas cuarenta y siete; de modo que había cuatro naves por cada una de las doce que habían sido sumergidas. En el número de los tribunos puestos al frente de esta división se hallaban Trasíbulo y Terámenes, el que en la asamblea anterior acusó a los generales; el resto de la flota se hace a la vela contra los enemigos.
»¿Qué encontráis en todo eso que no os parezca prudente y bien dispuesto? ¿Acaso no es justo que los jefes de la expedición rindan cuentas de cuantos yerros hayan cometido ante el enemigo, y que si los encargados de recoger los náufragos han dejado de ejecutar las órdenes de los generales, sean ellos traídos a juicio? Pero en favor de unos y otros, debo añadir que la tempestad impidió realizaran las órdenes que habían recibido de los generales. Como testigos presenciales tenéis a cuantos han conseguido salvarse, y entre estos a uno de los generales que escapó al naufragio de su navío, y que hoy quieren también envolver en la misma sentencia que debe darse contra aquellos que faltaron al cumplimiento de su deber, a pesar de haber necesitado él mismo de ese socorro. No queráis, pues, oh atenienses, conduciros en medio de la victoria y de la fortuna como harían los vencidos y los desgraciados: no imputéis a falta de previsión una desgracia inevitable enviada por un dios, ni condenéis como traición la imposibilidad de obrar y de obedecer lo ordenado, a causa de la tempestad. Mucho más justo sería recompensar con coronas a los vencedores, que condenarles a muerte escuchando los consejos de hombres depravados.»
Después de decir estas palabras, propone Euriptólemo por escrito, sean juzgados separadamente los acusados, según la ley de Canono, a pesar de la propuesta del senado, de que fuesen todos sentenciados a la vez. Al votarse esta proposición, primeramente es adoptada, pero después de las solemnes protestas de Menecles, se procede a una segunda votación, y se aprueba lo propuesto por el senado, después de lo cual se condena a muerte a los ocho generales que habían tomado parte en el combate naval, y los seis presentes son ejecutados.
No tardaron mucho tiempo los atenienses en arrepentirse, y decretaron se presentasen ante la asamblea cuantos procuraron engañar al pueblo, como culpables hacia el estado, debiendo prestar caución hasta ser juzgados. Uno de ellos era Calíxeno; otros cuatro son encausados con él y encarcelados por los mismos que prestaban caución por ellos; pero antes de ser juzgados pudieron escaparse en una revuelta en que pereció Cleofonte. Calíxeno volvió a Atenas con otros desterrados del Pireo; pero execrado por todos, pereció de hambre.
LIBRO SEGUNDO.
CAPÍTULO PRIMERO.
Los soldados de Eteónico que estaban en Quíos se alimentaron durante todo aquel verano[70] con los frutos propios de la estación y con lo que produjeron los campos, que hicieron cultivar por mercenarios; pero cuando llegó el invierno y no tuvieron víveres y se hallaron desnudos y sin calzado, se conjuraron y resolvieron apoderarse por sorpresa de la ciudad de Quíos, conviniendo en que todos los que se asocien a este proyecto, lleven como bastón una caña para darse a conocer mutuamente. Instruido Eteónico de la conjuración, no sabe qué partido tomar, a causa del gran número de los portacañas: si se opone abiertamente, parecerá temer hagan uso de las armas, y una vez dueños de la ciudad y convertidos en enemigos, lo perdía todo al ser vencido, y por otra parte, el condenar a muerte a tan gran número de aliados sería una iniquidad, y con ella correría evidentemente el riesgo de atraerse la enemistad de los demás griegos, y de perder su prestigio sobre los soldados. Tomando, pues, consigo quince hombres armados de puñales, recorre la ciudad, y encontrando a un individuo que enfermo de la vista salía de casa del médico llevando una caña, le mata. Prodúcese con esto gran tumulto; todos preguntan por qué ha sido muerto este hombre, y Eteónico hace pregonar entonces que no ha sido por otra cosa más que por llevar en la mano una caña. Así que se hizo este pregón, arrojan las cañas cuantos las traían, y todo el que lo ha oído teme que le hayan visto con ella en la mano. Reúne en seguida Eteónico a los habitantes de Quíos, y les invita a que le proporcionen dinero para que recibiendo los soldados su paga, no intenten contra ellos ninguna novedad. Entréganle el dinero pedido, y da la señal para embarcarse. Recorre entonces todas las naves, una por una, y prodiga las exhortaciones y los halagos como si nada supiese de lo ocurrido, dando luego a cada cual la paga de un mes.
Después de estos sucesos los habitantes de Quíos y los demás aliados[71] se reúnen en Éfeso y decretan se envíen diputados a Lacedemonia pidiendo regrese Lisandro para ponerse al frente de la flota, puesto que había sabido congraciarse los aliados en su anterior jefatura, sobre todo después de haber vencido en el combate naval de Notio. Salen los diputados, y con ellos algunos mensajeros encargados por Ciro para presentar la misma súplica. Los lacedemonios mandan como segundo jefe a Lisandro, pero como general de la flota a Áraco, pues sus leyes se oponen a que una misma persona desempeñe dos veces aquel cargo; confíanse, sin embargo, las naves a Lisandro al terminar el vigesimoquinto año de la guerra.
Durante este mismo año Ciro hizo perecer a Autobesaces y a Mitreo, hijos ambos de la hermana de Darío e hija de Artajerjes, padre de aquel[72]; porque hallándose un día a su paso no habían ocultado sus manos en las mangas del traje, lo cual no se hace más que para el rey, pues siendo la manga más larga que la mano, cuando esta está oculta por aquella, nada malo puede intentarse. Hierámenes y su mujer dicen a Darío que es indigno permita tanta osadía en Ciro, y fingiendo hallarse enfermo le manda llamar.