Convenidos estos extremos, levántanse los acantios y hacen nuevamente uso de la palabra para declarar que ciertamente son muy buenas estas condiciones, pero que no son susceptibles de la prontitud que el asunto reclama. Añaden que valdría más que mientras se verifican estos preparativos partiese al instante un jefe con todas las fuerzas disponibles en Esparta y en las ciudades aliadas, y que al obrar así, las ciudades que aún no se hubiesen unido a los olintios, no llegarían a realizarlo, y que las que lo estuviesen ya, les prestarían un auxilio más débil. Prevalece igualmente esta opinión, y envían los lacedemonios a Eudámidas con los neodamodes y unos dos mil periecos y esciritas[187].
Eudámidas, antes de marchar ruega a los éforos den a su hermano Fébidas orden para reunir el resto de las tropas que no se le habían aún juntado, y para conducirlas. Así que llega a las comarcas fronterizas de Tracia, envía guarniciones a las ciudades que las desean, y ocupa a Potidea, que se entrega voluntariamente, pues desde largo tiempo era aliada de los lacedemonios, y de allí verifica varias excursiones, haciendo la guerra en cuanto se lo permite la exigüidad de sus fuerzas.
Fébidas, después de reunir las tropas que no se habían podido juntar a Eudámidas, colocándose a su cabeza, se pone en marcha. Llegado a Tebas, acampa fuera de la ciudad, no lejos del gimnasio. Hallábanse en disensión los tebanos: los dos polemarcas Ismenias y Leontíades eran enemigos y estaba cada uno al frente de su partido. Ismenias, por odio a los lacedemonios, no visitó siquiera a Fébidas; pero Leontíades le agasaja, y cuando hubo intimado con él, le dice:
—«Fébidas, hoy puedes prestar el mayor servicio a tu patria, pues si quieres seguirme con tus hoplitas, te introduciré en la acrópolis, y una vez te hayas apoderado de ella, puedes estar seguro de que Tebas se hallará completamente bajo el poder de los lacedemonios y de nuestro partido, que os es enteramente afecto. En verdad que ahora, como ves, ha sido pregonada la prohibición a todo tebano para acompañarte contra los olintios; pero si nos ayudas a llevar a cabo nuestros planes, enviaremos contigo gran número de hoplitas y caballos; de manera que conducirás numerosos refuerzos a tu hermano, y mientras este procura apoderarse de Olinto, tú te habrás hecho dueño de Tebas, ciudad mucho mayor que aquella.»
Deslúmbrase Fébidas ante este discurso, pues prefería a la misma vida cualquier brillante proeza; bien es verdad que no tenía fama de muy razonable ni muy sensato. Luego que ha consentido en ello, Leontíades le dice que emprenda la marcha como si fuese ya su partida definitiva, y cuando sea oportuno, le dice, me juntaré a ti y te serviré de guía. La asamblea tenía lugar en este momento bajo los pórticos de la plaza pública, pues las mujeres celebraban las Tesmoforias en la Cadmea; era en verano y a la hora del mediodía, por lo cual las calles se hallaban desiertas. Leontíades, saltando entonces a caballo, hace retroceder a Fébidas y le conduce a la acrópolis. Después de haber establecido allí a Fébidas y a sus tropas, le entrega las llaves de las puertas y le recomienda no deje entrar a nadie sin orden suya, y se dirige al senado. Llegado allí, dice:
«Ciudadanos: los lacedemonios ocupan la acrópolis: no os asustéis por ello, pues declaran no tratarán como enemigo al que no quiera la guerra. Pero yo, en virtud de la ley que permite al polemarca prender a todo hombre cuya conducta merezca la muerte, hago prender a Ismenias, aquí presente, como fautor de la guerra. Vosotros, pues, capitanes de las cohortes, y todos los restantes a quienes esto incumbe, levantaos, apoderaos de este hombre y conducidle al lugar convenido.»
Estos, que habían recibido anticipadamente sus instrucciones, obedecen y se apoderan de Ismenias: en cuanto a aquellos que nada saben y que pertenecen al partido opuesto a Leontíades, unos huyen inmediatamente de la ciudad por temor de que se les condene a muerte, y los otros se dirigen primero a sus casas, y al saber que Ismenias está preso en la Cadmea, se refugian en Atenas en número de unos trescientos, todos ellos partidarios de Androclidas e Ismenias. Después de haber hecho todo esto, eligen un nuevo polemarca para la vacante de Ismenias, y Leontíades se dirige inmediatamente a Esparta. Encuentra allí a los éforos y al pueblo fuertemente irritado contra Fébidas, porque ha obrado en todo eso sin conocimiento del gobierno. Sin embargo, Agesilao dice que si su conducta ha sido funesta a los intereses de Lacedemonia, debe ser castigado; pero que si ha sido ventajosa para la ciudad, es costumbre muy antigua poder tomar a su cuenta y riesgos tales golpes de mano. «Se trata, pues —dice—, de averiguar si son favorables o contrarios para Lacedemonia estos sucesos.» Presentándose entonces Leontíades ante los miembros del senado, les dice:
«Ciudadanos lacedemonios: antes de los actuales sucesos conocíais y censurabais los hostiles sentimientos que hacia vosotros abrigaban los tebanos, pues les veíais siempre amigos de vuestros adversarios y enemigos de vuestros aliados. ¿No rehusaron, acaso, seguiros en vuestra expedición contra el pueblo del Pireo, vuestro más acérrimo enemigo? ¿No hicieron también la guerra a los focidios porque los veían favorablemente dispuestos a vosotros? Y ahora, ¿no acaban de concertar una alianza con los olintios, porque sabían os dirigíais contra ellos? Siempre teníais en la mente la posibilidad de que se apoderaran violentamente de Beocia para sujetarla a su dominio, mientras que ahora, después de lo que ha ocurrido, nada tenéis ya que temer de los tebanos, y bastará mostréis una pequeña escítala[188] para que veáis cumplimentadas allí vuestras órdenes, si queréis interesaros por nosotros como nosotros nos interesamos por Esparta.»
Después de oído este discurso, determinan los lacedemonios conservar la acrópolis, ya que se halla en su poder, y hacer juzgar a Ismenias, para cuyo objeto mandan tres jueces lacedemonios y uno por cada ciudad aliada, así de las grandes como de las pequeñas. Una vez reunido este tribunal, se acusa a Ismenias de haber sostenido relaciones con los bárbaros; de estar ligado por la hospitalidad con el rey de Persia, en daño de Grecia; de haber aceptado dinero del rey, y de haber sido autor con Androclidas de las turbulencias de las ciudades griegas. Defiéndese Ismenias de todos estos cargos; pero no puede, sin embargo, probar que no alimente grandes y perniciosos designios, y es condenado a muerte, sufriendo inmediatamente su pena. Leontíades y sus partidarios quedan dueños de la ciudad y conceden a los lacedemonios más de lo que estos deseaban.
Terminado así este asunto, continúan con vigor su expedición contra Olinto. Envían como harmosta a Teleutias, con el contingente que del reclutamiento de diez mil hombres deben proporcionar, y remiten además a las ciudades aliadas las escítalas que ordenan seguir a Teleutias, según el decreto acordado por los aliados. Son generalmente obedecidos, a causa de la fama que tenía de no ser ingrato con los que le complacían; y como era hermano de Agesilao, mostró gran celo la ciudad de Tebas en enviarle hoplitas y caballos. Teleutias, sin embargo, avanzaba con lentitud, porque procuraba no causar en su marcha daño alguno a los países aliados y reunir cuantas fuerzas pudiese. Envía anticipadamente mensajeros a Amintas, diciéndole que si desea reconquistar su reino debe reclutar mercenarios y sembrar a manos llenas el dinero entre los reyes vecinos, con el fin de hacérselos aliados. Hace decir también a Derdas, gobernador de Elimia, que los olintios han sometido ya la parte más considerable de Macedonia, y que no retrocederán ante la más pequeña si no hay quien haga cesar sus violencias.