(ANONYMO)
A la Reina de los cielos
Que con excelencias tantas
Se coronó de laureles
Para llevar-se la palma;
A aquella que ave divina
Se remontó bella garza
A lo mas alto del cielo,
Adonde está colocada,
Le suplico que me preste
Una pluma de sus alas
Para que escriba mi ingenio
La crueldad mas inhumana,
Y la lastima que lloran
De bronce y marmol estatuas.
En ese lucido reino
De la gente lusitana
Nació un principe famoso,
A quien dió nombre la fama
De cruel, aunque para serlo
Le dieron bastante causa.
Por gusto del rey su padre
Con una infanta de España
Casó el Principe famoso
Con grandeza soberana,
Y á Portugal, con su reina,
Pasó por dama, una dama,
Cuya hermosura por grande
Se igualó con su desgracia.
Era Doña Ines de Castro,
Ya lo he dicho, que esto basta.{[179]}
Murió luego en Portugal
La princesa castellana;
Sintió Portugal su muerte
Tanto como le tocaba,
Y el Principe se portó
Con grandeza para honrarla;
Y sosegada la pena,
Que el tiempo todo lo acaba,
Salió para divertirse
Al jardin, como estilaba,
Donde dió vista á una fuente
De una fabrica tan rara,
Que era toda de alabastro,
Com una taza de plata,
Y alli poniendo sus ojos
Vió reclinada una dama,
Que en los frigidos cristales
Al espejo se miraba.
Llegó el Principe á la fuente,
Porque el fuego busca al agua
Y mirando su hermosura,
Quedó su vista abrasada.
Y á su cariñoso estilo
Volvió Doña Ines la cara.
Quedóse el Principe helado,
Y Doña Ines quedó helada,
Bebiendo se los alientos
Por los ojos, hasta el alma.
El fuego venció á la nieve,
Y derritiendo la causa
Que aprisionaba su lengua,
Rendido el Principe habia.
Palabra le dió de esposo
Prometiendo coronarla
Por reina de Portugal;
Y la dama cortesana
Con juxto agradecimiento{[180]}
Su candido jazmin saca.
Dióle la mano de esposa,
Y en fe de mano y palabra
Se casaron en secreto
Con union muy voluntaria;
Y temiendo que su padre
Esta accion les estorbara,
Para que mas se ocultase
Del real palacio la saca,
Aposentando su hechizo
En una quinta que estaba
Convecina del Mondego.
Y su padre, que ignoraba
Los lances que he referido,
Trató luego con Navarra,
Atribuyéndolo á dicha,
El casarle con su Infanta.
Concediólo el Rey navarro,
Y la infanta Doña Blanca,
Acompañada de grandes
De su corte y de su casa,
Pasó á Lisboa, causando
Mil penas eslaboñadas.
Visitó el Principe al Rey,
El cual le ordena y le manda
Que pues ha de ser su esposo,
Visitase á Doña Blanca.
Obedecióle Don Pedro,
Y recibióle la Infanta
Con cariñosos cortejos,
Y el Principe asi le habla:
—Ilustrissima Señora,
Cierto me holgara en el alma
Excusar vuestro disgusto
Y el mio, por ser yo causa
De los presentes desaires
En que os miro estimulada;{[181]}
Mas supuesto que es preciso
Vuestra pena declarada,
Rompa mi voz el silencio,
Pues ya no puedo occultarla.
Casé, Señora, en Castilla
Primera vez con la Infanta
Por el gusto de mi padre;
Pero pues no está ignorada
La dicha de estos principios,
Pasemos á la sustancia.
Cuando mi querida esposa
Pasó á Portugal, de España
Vino assistiendola entónces
Una bellisima dama,
Una hermosura, un prodigio,
Perdóneme el alabarla
Vuestra Alteza en su presencia:
De su belleza informarla
Mi importa, porque disculpe
Temeridades osadas,
Cuando advertida conozca
De estos extremos la causa.
Es, en fin, por abreviar,
Doña Inês, Cuello de Garza,
Tan garza, que su hermosura
Y discrecion remontada,
Por ser un cielo, es el centro
De la gloria de mi alma.
Vióla mi vista, y perdila,
Pues me la robó su gracia;
Solicité su hermosura,
Y favoreció mis ansias
Tanto, que logré la dicha
De gozar premios por paga.
Ya Doña Ines es mi esposa
Que está conmigo casada,
Su esposo soy tan gustoso{[182]}
Que á mi dicha no se iguala
La mayor dicha del mundo,
Porque es mi dicha tan alta:
Y asi podrá vuestra Alteza
Volverse luego á Navarra,
Que solo Ines hade ser
En Portugal coronada.—
Fuese el Principe, y quedó
En blanco la triste Blanca,
Dando á los ojos licencia
Para que tristes lloraran
La pena que padecia;
Y el noble rey de Navarra
Sintió con grandes extremos
El desaire de su hermana,
Mandó que al arma tocasen
Las trompetas y las cajas,
Y los fuertes capitanes
Se pusiesen en campaña
Con ejercitos valientes
Bien prevenidos de armas,
Hasta ver de Portugal
La corona derribada;
Que para recuperar
El agravio de su hermana
Solo pretende ponerla
Por alfombra de sus plantas.
Sonó el clarin belicoso,
Crujió el parche de las cajas,
Poblóse el campo de picas,
De mosquetes y alabardas,
Y con fieros estandartes,
Y banderas tremoladas,
Le puso sitio á Lisboa;
Y temiendo su arrogancia
El portuguez, pidió treguas
Y á sus consejeros llama:{[183]}
Y puesto en el trono altivo
Su consejo les demanda.
Era el uno Egas Coello,
Y Alvar Gonzalez llamaban
Al segundo consejero,
Y el consejo que le daban
Fué que Dona Ines de Castro
Muriese, que era la causa
De las guerras, que su muerte
Era de mucha importancia.
El Rey replico que no,
Que era tirania ingrata.
Replicaron los traidores
Que perderia su fama,
Y que junto con su vida
Su corona peligraba
Y en fin, tiranos, aleves,
Tantos riesgos alegaban,
Que bajó desde su trono
El Rey, dejando firmada
De Doña Ines la sentencia
De que muera degollada.
Al Principe aseguraron
En la prizon de un alcázar,
Y partieron á Coimbra,
Donde Doña Ines estaba.
Aqui la mano me tiembla,
Aqui la pluma se pára,
Aqui el pulso titubea,
Y la lengua aprisionada
Entre penas y tormentos,
No pronuncia lo que habla,
Le leyeron la sentencia
A aquella cordera mansa,
A aquella que imitó á Abel
Entre el furor y la saña
De tan ingratos Caines;{[184]}
Y vestida de mil ansias,
Rociaron sus auroras
Perlas, que en la filigrana
De sus hermosas mejillas
Se miraron esmaltadas;
Y sentada en una silla
Las manos atras atadas,
Llegó el tirano homicida,
Cubrió su cielo una banda,
Cortó el ingrato cuchillo
Su bellisima garganta.
Quedó aquella nieve, roja,
Aquella luna, eclipsada,
Aquel sol, todo nublado,
Aquella luz, apagada,
Aquella estrella, sin rayos
Aquel lucero, sin alba,
Sin purpura, aquella rosa,
Aquel clavel, sin fragrancia,
Aquel jazmin, deshojado,
Y sin cuello aquella garza,
Abatidos ya sus vuelos,
Y remontada su fama.
Murió Doña Ines de Castro,
Dios le dé gloria á su alma,
Y entre hermozos paraninfos
S'eternice colocada;
Y el Principe mas amante
Cuando supo la desgracia,
Sus amorosos extremos
Digalos por mi la fama;
Y desmintiendo la noche
Con la luz de cien mil hachas,
Le hizo un entierro solemne.
Desde Coimbra á Alcobaza,
Donde sobre su cabeza
Puso la corona sacra,{[185]}
Y luego todos sus grandes
Besaron la mano blanca.
Hizo que todo su reino
Por su reina la jurara,
Y á los ingratos traidores
Por las traidoras espaldas
Arrancó los corazones,
Porque su culpa pagaran.
Emplazado murió el Rey
Para dar cuanta tan larga:
Quedó Doña Ines sim vida,
Y los traidores sin alma;
Y cuando supo el suceso
Levantó el sitio Navarra,
Y el Principe sin consuelo
Quedó llorando mil ansias.
Rendido pide el ingenio
Perdon de sus muchas faltas.
Pliego suelto.
8
Romance de Dona Isabel
—De cómo Dona Isabel quiso en vano ser reina de Castilla.—
(ANONYMO)
Yo me estando en Tordesillas
Por mi placer y holgar,
Vinome al pensamiento,
Vinome a la voluntad
De ser reina de Castilla,
Infanta de Portugal.
Mandé hacer unas andas
De plata, que non de al
Cubiertas con terciopelo
Forradas en tafetan.{[186]}
Pase las aguas del Duero,
Paselas yo por mi mal
En los brazos a Don Pedro
Y por la mano a Don Juan,
Fuerame para Coimbra,
Coimbra de Portugal:
Coimbra desque lo supo
Las puertas mando cerrar.
Yo triste, que aquesto vi,
Rescibiera gran pezar:
Fuerame a un monasterio
Qu'estaba en el arrabal,
Casa es de religion
Y de grande santidade;
Las monjas estan comiendo,
Yá que querian acabar
Luego yo cuando lo supe
Envie con mi mandar
A decir á la Abadesa
Que no se tarde en bajar
Que espera Doña Isabel
Para con ella hablar.
La Abadesa que lo supo,
Muy poco tardo en bajar:
Tomarame de la mano,
A lo alto me fué a llevar
Hizome poner la meza
Para haber de yantar.
Despues que hube yantado
Comenzome a preguntar
Como vine a la su casa
Como no entré en la ciudad?
Yó le respondi:—Señora,
Eso es largo de contar:
Otro die hablaremos,
Cuando tengamos lugar.
Cancionero de Romances, fol. 176 v.{[187]}