Retrato de la Lozana Andaluza
COLECCION
DE
LIBROS ESPAÑOLES
RAROS Ó CURIOSOS.
TOMO PRIMERO.
RETRATO
DE LA
LOZANA ANDALUZA,
EN LENGUA ESPAÑOLA MUY CLARÍSIMA,
COMPUESTO EN ROMA.
EL CUAL RETRATO
demuestra lo que en Roma pasaba,
y contiene muchas más cosas que la Celestina.
MADRID,
IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
calle del Duque de Osuna, 3.
1871.
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Pocas obras podrán encontrarse con tanto derecho á figurar en una coleccion de libros españoles raros ó curiosos, como la que contiene el presente volúmen; con decir que de ella no se conoce más que un solo ejemplar impreso, queda justificada su extremada rareza; y si á esto se añade el que hasta hace poco tiempo era obra completamente desconocida, y la materia de que trata, son motivos bastantes, á nuestro juicio, para calificar este libro como uno de los más curiosos que se han escrito en lengua castellana.
No sólo no existia ejemplar en ninguna de las bibliotecas de los aficionados á esta clase de libros, sino que ni Nicolas Antonio, ni La Serna Santander, ni Moratin, ni Salvá, ni Brunet, ni otro alguno de los que han escrito sobre bibliografía, citan La Lozana Andaluza entre las obras escritas en el siglo XVI. Fué el primero que la encontró en la Biblioteca imperial de Viena nuestro querido amigo y distinguido bibliófilo el Sr. D. Pascual de Gayángos, quien en su excelente introduccion á los libros de caballerías[1], no sólo hizo mencion de ella, sino que dió á conocer el nombre de su autor; la incluyó despues el Sr. la Barrera en su Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, en donde la clasifica entre las Celestinas; opinion, por respetable que sea, con la cual no estamos conformes, pues el autor no tomó como modelo á ésta, aunque la citase en la portada, ni nada de comun tiene La Lozana, viviendo de su astucia y arte, pero «sin engañar á persona honesta», con la tercera, que sólo se ocupa en seducir á una doncella de buena casa y costumbres, que es el argumento de la Celestina y de la mayor parte de sus imitaciones, que fueron bastantes.
Otro fué el modelo que tuvo presente el autor de La Lozana al escribir su obra, y éste fué, en nuestro sentir, Pietro Aretino: despues de leer los Raggionamenti y la Puttana errante, se comprende perfectamente que Delicado, que estuvo tanto tiempo en Italia, cuya lengua poseia, y por lo tanto, que debia conocer esta clase de obras, escribiese la suya; así tambien se explica lo obsceno de su lenguaje, comparable sólo á su modelo, y no á las Celestinas, á todas las cuales deja muy atras bajo este punto de vista. Como nadie, que sepamos, habia creido que en nuestra patria tuviese imitadores el Aretino, creemos que en este concepto es tambien una novedad la obra de que nos ocupamos.
Salió á luz el Retrato de la Lozana Andaluza, sin el nombre del autor, «porque siendo noble por su oficio, calló el nombre por no vituperar el oficio escribiendo vanidades»; pero al ver el éxito de su obra, no teme ya vituperar su oficio, y en la introduccion que escribió al libro tercero del Primaleon dice: «como lo fuí yo cuando compuse La Lozana en el comun hablar de la polida Andalucía»; primera noticia por la cual se sabe que el clérigo Francisco Delicado ó Delgado, vicario, segun se titula del Valle de Cabezuela, y corrector de este libro caballeresco, era el autor de la obra con que hoy damos principio á nuestra Coleccion.
Pocas son las noticias que podemos dar de Delicado, puesto que se reducen á lo que él mismo ha querido decirnos en las obras que, escritas por él, han llegado hasta nosotros; de ellas se deduce que, á pesar de decir várias veces ser natural de Mártos, no lo era en realidad, se habia criado en esta villa, de donde era su madre, pero él nació en el mismo punto que su padre, es decir, en Córdoba ó en algun pueblo de su diócesis[2], á la cual nunca perteneció Mártos. Fué discípulo de Antonio de Lebrixa, y siguió el estado eclesiástico, pasando despues á Italia, y permaneciendo en Roma desde 1523 hasta 1527, en que presenció el asalto y saco de esta ciudad por el ejército mandado por el Condestable de Borbon; de ella salió cuando la evacuaron las tropas, temeroso de la venganza que los naturales pudiesen tomar de los españoles, que tanto les habian maltratado; fijando su residencia en Venecia, donde se dedicó á escribir obras que de todo tenian ménos de devocion, y en donde, hallándose falto de recursos, dió á la imprenta y publicó hácia 1528, sin nombre de autor, el «Retrato de la Lozana Andaluza, en lengua española muy clarísima», obra que habia escrito en Roma cuatro años ántes, y que no pensaba publicar hasta haberla corregido y enmendado, pero de cuya publicacion no se arrepentia, porque, segun asegura, le fué más provechosa á sus intereses que otras muchas que tenía manuscritas, y alguna que habia publicado, como el tratado De consolatione infirmorum, del cual no tenemos otra noticia más de lo que él dice, que lo escribió para quitar la melancolía de los que se encontrasen enfermos como él; no hemos podido averiguar en qué punto ni año se imprimió este tratado, ni sabemos tampoco exista ningun ejemplar.
Continuó viviendo en Venecia, donde el mismo año ó al siguiente de publicar La Lozana imprimió un opúsculo sobre la curacion de Il mal Franceso[3], el cual se ha hecho tambien extremadamente raro. Dedicó esta obra á tres médicos italianos, y al final de ella se encuentra un privilegio concedido al autor por Clemente VII en Roma, á 4 de Diciembre de 1526, en el cual se llama á Delicado Francisco Delgado, que es lo que nos hace dudar de cuál de los dos es su verdadero apellido.
Hasta 1533, sólo sabemos que permaneció en Venecia, en donde llegó á adquirir crédito de hombre entendido y buen hablista entre todos los aficionados á la literatura española, que entónces eran muchos en Italia, y en este año, á instancias de su amigo el caballero sienés Micer Pietro Ghinucij y de otros caballeros mantuanos, con objeto de que conociesen libre de erratas y «corrigiéndolo de las letras que trocadas de los impresores tenía este libro, espejo de la gramática española y modelo del decir», publicó su edicion del Amadis de Gaula[4], una de las mejores que se hicieron en el siglo XVI de este libro caballeresco: al final, despues de su nombre, es donde se titula vicario del Valle de Cabezuela.
Animado seguramente con el éxito de su publicacion, emprendió en el siguiente año de 34 la del Primaleon[5], que es, no sólo la más bella, sino la mejor que de este libro se ha hecho, pues Delicado, no sólo restableció su verdadero texto, sino que introdujo en él las variaciones que su buen gusto y su crítica le aconsejaron[6]. Con esta última obra concluyen las noticias que de él tenemos, ignorando si publicó alguna otra, y el año y lugar donde murió, pues han sido inútiles nuestras investigaciones en uno y otro sentido.
Hemos dicho, al principio de esta advertencia, que el Sr. D. Pascual de Gayángos fué el primero que en la Biblioteca imperial de Viena encontró el único ejemplar conocido desde entónces de La Lozana; de él sacó copia esmeradísima, que posee hoy la Nacional de esta córte, y otra que guarda en su rica y escogida librería; las dos nos han servido para esta impresion, habiéndolas trascrito con escrupulosa exactitud hasta en algun pasaje ó palabra que, ó no se entiende bien, ó parece equivocada; no hemos hecho lo mismo respecto á la ortografía, en que hemos seguido la corriente en cuanto no altere el sonido de las voces, empleando tambien la puntuacion que hoy se usa, como pensamos hacer con todas las demas obras que han de formar esta Coleccion.
M. de la F. del V.
J. S. R.
NOTAS
[1] «Biblioteca de Autores Españoles. Libros de Caballerías, con un discurso preliminar y un catálogo razonado, por D. Pascual de Gayángos.» Madrid, M. Rivadeneyra, 1857.
[2] La Lozana Andaluza, pág. [239].
[3] «El modo de adoperare el legno de India occidentale salutifero remedio a ogni piaga et mal incurabile, et si guarisca il mal Franceso; operina de misser pre. Francisco Delicado.» Al fin: «Impressum Venetiis sumptibus vener. presbiteri Francisci Delicati Hispani de opido Martos, die 10 Februarii 1529.» En 4.º, de ocho fólios y letra gótica.
[4] «Los cuatro libros de Amadis de Gaula nuevamente impresos y historiados, 1533.» Al fin: «Fué empresa en la muy ínclita y singular ciudad de Venecia, por maestro Juan Antonio de Sabia, impresor de libros, á las espesas de M. Juan Bautista Pedrazana é Compañon, mercadante de libros. Está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña una torre. Acabóse en el año 1533, á dias siete del mes de Setiembre. Fué revisto, corrigiéndolo de las letras que trocadas de los impresores eran, por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.»
[5] «Los tres libros del muy esforzado caballero Primaleon et Polendos, su hermano, hijos del emperador Palmerin de Oliva.» Al fin: «Acabóse de imprimir en la ínclita ciudad del Senado veneciano, hoy primero dia de Hebrero del presente año de mil y quinientos et treinta quatro del nacimiento del nuestro Redemptor, y fué impreso por M. Juan Antonio de Nicolini de Sabio. Á las espesas de M. Juan Batista Pedrezan, mercader de libros que está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña la Torre. Estos tres libros, como arriba vos diximos, fueron corregidos y enmendados de las letras que trastrocadas eran por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.»
[6] Gayángos en su discurso preliminar á Los libros de Caballerías, nota en la pág. XXXIX.
¶ La loçana Andaluza.
Ilustre Señor:
Sabiendo yo que vuestra señoría toma placer cuando oye hablar en cosas de amor, que deleitan á todo hombre, y máxime cuando siente decir de personas que mejor se supieron dar la manera para administrar las cosas á él pertenecientes, y porque en vuestros tiempos podeis gozar de persona que para sí y para sus contemporáneas, que en su tiempo florido fueron en esta alma cibdad, con ingenio mirable y arte muy sagaz, diligencia grande, vergüenza y conciencia, por el cerro de Úbeda, ha administrado ella y un su pretérito criado, como abaxo dirémos, el arte de aquella mujer que fué en Salamanca, en tiempo de Celestino segundo, por tanto he derigido este retrato á vuestra señoría, para que su muy virtuoso semblante me dé favor para publicar el retrato de la señora Lozana, y mire vuestra señoría que solamente diré lo que oí y vi, con ménos culpa que Juvenal, pues escribió lo que en su tiempo pasaba; y si por tiempo alguno se maravillase que me puse á escribir semejante materia, respondo por entónces que epístola enim non erubescit, y asimismo que es pasado el tiempo que estimaban los que trabajaban en cosas meritorias. Y como dice el coronista Fernando del Pulgar, así daré olvido al dolor, y tambien por traer á la memoria munchas cosas que en nuestros tiempos pasan, que no son laude á los presentes ni espejo á los á venir; y así vi que mi intencion fué mezclar natura con bemol, pues los santos hombres, por más saber, y otras veces por desenojarse, leian libros fabulosos y cogian entre las flores las mejores; y pues todo retrato tiene necesidad de barniz, suplico á vuestra señoría se lo mande dar, favoreciendo mi voluntad, encomendando á los discretos letores el placer y gasajo que de leer á la señora Lozana les podrá suceder.
ARGUMENTO EN EL CUAL SE CONTIENEN TODAS LAS PARTICULARIDADES QUE HA DE HABER EN LA PRESENTE OBRA.
Decirse ha primero la ciudad, patria y linaje, ventura, desgracia y fortuna, su modo, manera y conversacion, su trato, plática y fin, porque solamente gozará de este retrato quien todo lo leyere.
Protesta el autor que ninguno quite ni añada palabra ni razon ni lenguaje, porque aquí no compuse modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté elocuencia, porque para decir la verdad poca elocuencia basta, como dice Séneca; ni quise nombre, salvo que quise retraer muchas cosas retrayendo una, y retraxe lo que vi que se debría retraer; y por esta comparacion que se sigue, verán que tengo razon.
Todos los artífices que en este mundo trabajan, desean que sus obras sean más perfectas que ningunas otras que no jamas fuesen. Y vése mejor esto en los pintores que no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato, procuran sacallo del natural, é á esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de mirarlo é cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeuntes é circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y emienda, salvo el pintor que oye y ve la razon de cada uno, y así emienda, cotejando tambien lo que ve más que lo que oye; lo que munchos artífices no pueden hacer, porque despues de haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida emendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya conocido la señora Lozana en Roma ó fuera de Roma, que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras, y asimismo porque yo he trabajado de no escrebir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor, mirando en ella ó á ella. Y viendo vi muncho mejor que yo ni otro podrá escrebir, y diré lo que dixo Eschínes, filósofo, leyendo una oracion ó proceso que Demóstenes habia hecho contra él; no pudiendo expremir la muncha más elocuencia que habia en el dicho Demóstenes, dixo: ¿qué haría si oyérades á él? (quod si ipsam audissetis bestiam), y por eso verná en fábula muncho más sábia la Lozana que no mostraba, y viendo yo en ella munchas veces maneras y saber que bastaba para cazar sin red, y enfrenar á quien muncho pensaba saber, sacaba lo que podia, para reducir á memoria, que en otra parte más alta (que una picota) fuera mejor retraida que en la presente obra; y porque no le pude dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en ello, lo que al principio falta se hallará al fin; de modo que por lo poco entiendan lo muncho más ser como deducion de canto llano, y quien el contrario hiciera, sea siempre enamorado y no querido. Amén.
Comienza la historia ó retrato sacado del Jure cevil
natural de la señora Lozana, compuesto el año
mill y quinientos y veinte é cuatro, á treinta
dias del mes de Junio, en Roma, alma
cibdad; y como habia de ser partido
en capítulos, va por mamotretos,
porque en semejante
obra mejor
conviene.
MAMOTRETO PRIMERO.
La señora Lozana fué natural compatriota de Séneca, y no ménos en su inteligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fué muy querida de sus padres por ser aguda en servillos é contentallos, é muerto su padre, fué necesario que acompañase á su madre fuera de su natural. Y esta fué la causa que supo y vido munchas cibdades, villas y lugares de España, que agora se le recuerdan de casi el todo; y tenie tanto intelecto, que casi escusaba á su madre procurador para sus negocios; siempre que su madre la mandaba ir ó venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fué en Granada mirada y tenida por solicitadora perfecta é prenosticada futura; acabado el pleito, é no queriendo tornar á su propia ciudad, acordaron de morar en Xerez y pasar por Carmona; aquí la madre quiso mostrarle texer, el cual oficio no se le dió ansí como el hordir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía; y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino á Sevilla. A donde halló una su parienta la cual le decia: hija, sed buena, que ventura no os faltará, y asimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hacer, y de qué la podia loar á los que á ella conocian. Entónces respondíale desta manera: señora tia, yo quiero que vuestra merced vea lo que sé hacer; que cuando era vivo mi señor padre yo le guisaba guisadicos que le placian, y no solamente á él mas á todo el parentado; que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necesarias, no como agora, que la pobreza hace comer sin guisar, y entónces las especias, y agora el apetito; entónces estaba ocupada en agradar á los mios, y agora á los extraños.
MAMOTRETO II.
Responde la Tia, y prosigue.
Tia. Sobrina, más há de los años treinta que yo no vi á vuestro padre, porque se fué niño, y despues me dixeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermosa.
Lozana. ¿Yo, Señora? Pues más parezco á mi agüela que á mi señora madre, y por amor de mi agüela me llamaron á mí Aldonza, y si esta mi agüela viviera, sabría yo más que no sé, que ella me mostró guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscuzu con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocian las que yo hacia entre ciento. Mirá, señora Tia, que su padre de mi padre decia estas son de mano de mi hija Aldonza; ¿pues adobado no hacia? sobre que cuantos traperos habia en la cal de la Heria querian proballo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero, y ¡qué miel! pensá, señora, que la teniamos de Adamuz y zafran de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía venía en casa de esta mi agüela. Sabía hacer ojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahinas y nabos sin tocino y con comino; col murciana con alcarabea, y olla resposada no la comia tal ninguna barba; pues boronía ¿no sabía hacer? por maravilla, y cazuela de berengenas moxies en perficion; cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, ésta hacia yo sin que me la vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limon ceuti, y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nueces, y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para quien pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno? éstas y las otras ponia yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba á Platina, De boluptatibus y Apicio Romano, De re coquinaria, y decia esta madre de mi madre: Hija Aldonza, la olla sin cebolla es boda sin tamborin. Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza (dexemos estar hermosura) me casaba, y no salia yo acá por tierras ajenas con mi madre, pues que quedé sin dote que mi madre me dexó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lanzadera para texer cuando tenga premideras.
Tia. Sobrina, esto que vos teneis y lo que sabeis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará ajuar cosido y sorcido; que no os tiene Dios olvidada; que aquel mercader que vino aquí ayer me dixo que cuando torne, que va á Cáliz, me dará remedio para que vos seais casada y honrada; mas querria él que supiésedes labrar.
Loz. Señora Tia, yo aquí traigo el alfilero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaria para apretar; y por eso, señora Tia, si vos quereis, yo le hablaré ántes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana.
MAMOTRETO III.
Prosigue la Lozana, y pregunta á la Tia.
Loz. Señora Tia, ¿es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? Por su vida que lo llame. ¡Ay cómo es dispuesto! ¡y qué ojos tan lindos! ¡qué ceja partida! ¡qué pierna tan seca y enxuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pié para galochas y zapatilla ceyena! Querria que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira; ¿quiere vuestra merced que me asome?
Tia. No, hija; que yo quiero ir abaxo, y él me verná á hablar, y cuando él estará abaxo vos verneis; si os habláre, abaxá la cabeza y pasaos, y si yo os dixere que le hableis, vos llegá cortés y hacé una reverencia, y si os tomáre la mano, retraéos hácia atras porque, como dicen, amuestra á tu marido el copo, mas no del todo; y desta manera él dará de sí, y verémos qué quiere hacer.
Loz. Veislo viene acá.
Mercader. Señora, ¿qué se hace?
Tia. Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de Diomedes el Ravegnano.
Merc. Señora, ¿pues ansí me llamo yo, madre mia? yo querria ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perdereis nada.
Tia. Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced como es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su tela, y verála como texe.
Diomedes. Señora mia, pues sea luego.
Tia. ¿Aldonza? ¿Sobrina? veníos acá, y vereis mejor.
Loz. Señora tia, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa: salvo que tengo premideras.
Tia. Deci sobrina que este gentil hombre quiere que le texais un texillo, que proveerémos de premideras. Veni aquí, hacé una reverencia á este señor.
Diom. ¡Oh qué gentil dama! Mi señora madre, no la dexe ir, y suplícole que le mande que me hable.
Tia. Sobrina, responde á ese señor, que luégo torno.
Diom. Señora, su nombre me diga.
Loz. Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo Aldonza, á servicio y mandado de vuestra merced.
Diom. ¡Ay! ¡ay! ¡qué herida! que de vuestra parte qualque vuestro servidor me ha dado en el corazon con una saeta dorada de amor.
Loz. No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó.
Diom. Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió á los dos. Ecco adunque due anime en uno core. ¡Oh Diana! ¡oh Cupido! socorred el vuestro siervo. Señora, sino remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy á Cáliz, suplico á vuestra merced se venga comigo.
Loz. Yo, señor, verné á la fin del mundo; mas dexe subir á mi tia arriba, y pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mia.
Tia. ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¿qué haceis? ¿dónde estais? ¡Oh pecadora de mí! el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay sobrina! y si mirára bien en vos, viera que me habíedes de burlar; mas no teneis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca busqué el eslabon; mira qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás.
MAMOTRETO IV.
Prosigue el autor.
Autor. Juntos á Cáliz, y sabido por Diomédes á qué sabía su señora, si era concho ó veramente asado, comenzó á imponella segun que para luengos tiempos durasen juntos; y viendo sus lindas carnes y lindeza de persona, y notando en ella el agudeza que la patria y parentado le habian prestado, de cada dia le crecia el amor en su corazon, y ansí determinó de no dexalla; y pasando él en Levante con mercancía, que su padre era uno de los primeros mercaderes de Italia, llevó consigo á su muy amada Aldonza, y de todo cuanto tenía la hacia partícipe, y ella muy contenta, viendo en su caro amador Diomédes todos los géneros y partes de gentilhombre, y de hermosura en todos sus miembros, que le parecia á ella que la natura no se habia reservado nada que en su caro amante no hubiese puesto. E por esta causa, miraba de ser ella presta á toda su voluntad; y como él era único entre los otros mercadantes, siempre en su casa habia concurso de personas gentiles y bien criadas, y como veian que á la señora Aldonza no le faltaba nada, que sin maestro tenía ingenio y saber, y notaba las cosas mínimas por saber y entender las grandes y arduas, holgaban de ver su elocuencia y á todos sobrepujaba; de modo que ya no habia otra en aquellas partes que en más fuese tenida, y era dicho entre todos de su lozanía, ansí en la cara como en todos sus miembros, y viendo que esta lozanía era de su natural, quedóles en fábula, que ya no entendian por su nombre Aldonza, salvo la Lozana; y no solamente entre ellos, mas entre las gentes de aquellas tierras decian la Lozana por cosa muy nombrada; y si muncho sabía en estas partes, muncho más supo en aquellas provincias, y procuraba de ver y saber cuanto á su facultad pertenecia. Siendo en Ródas su caro Diomédes, la preguntó: mi señora, no querria se os hiciese de mal venir á Levante; porque yo me tengo de disponer á servir y obedecer á mi padre, el cual manda que vaya en Levante, y andaré toda la Berbería, y principalmente donde tenemos trato, que me será fuerza demorar y no tornar tan presto como yo querria; porque solamente en estas cibdades que ahora oirés tengo de estar años, y no meses, como será en Alexandría, en Damasco, en Damiata, en Barut, en parte de la Siria, en Chipre, en el Cairo y en el Chio, en Constantinópoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Candía, á Venecia y Flándes, y en otras partes que vos, mi señora, veréis, si quereis tenerme compañía.
Loz. ¿Y cuándo quiere vuestra merced que partamos? porque yo no delibro de volver á casa por el mantillo.
Vista por Diomédes la respuesta y voluntad tan sucinta que le dió con palabras ansí pensadas, muncho se alegró, y suplicóla que se esforzase á no dexarlo por otro hombre, que él se esforzaria á no tomar otra por mujer que á ella; y todos dos muy contentos se fueron en Levante y por todas las partidas que él tenía sus tratos, é fué dél muy bien tratada, y de sus servidores y siervas muy bien servida y acatada, pues ¿de sus amigos no era acatada y mirada? Vengamos á que andando por estas tierras que arriba diximos, ella señoreaba y pensaba que jamas le habia de faltar lo que al presente tenía, y mirando su lozanía, no estimaba á nadie en su sér y en su hermosura, y pensó que en tener hijos de su amador Diomédes, habia de ser banco perpétuo para no faltar á su fantasía y triunfo, y que aquello no le faltaria en ningun tiempo; y siendo ya en Candía, Diomédes le dixo: mi señora Aldonza, ya vos veis que mi padre me manda que me vaya en Italia, y cómo mi corazon sea partido en dos partes, la una en vos, que no quise ansí bien á criatura y la otra en vuestros hijos, los cuales envié á mi padre, y el deseo me tira, que á vos amo, y á ellos deseo ver, á mí me fuerza la obediencia suya, y á vos no tengo de faltar; yo determino ir á Marsella, y de allí ir á dar cuenta á mi padre y hacer que sea contento que yo vaya otra vez en España, y allí me entiendo casar con vos; si vos sois contenta, vení conmigo á Marsella, y allí quedaréis hasta que yo torne, y vista la voluntad de mi padre y el amor que tiene á vuestros hijos, haré que sea contento con lo que yo le dixere. Y ansí vernémos en nuestro fin deseado.
Loz. Mi señor, yo iré de muy buena voluntad donde vos, mi señor, me mandaredes; que no pienso en hijos ni en otra cosa que dé fin á mi esperanza, sino en vos, que sois aquélla, y por esto os demando de merced que dispongais de mí á vuestro talento, que yo tengo siempre de obedecer.
Así vinieron en Marsella, y como su padre de Diomédes supo, por sus espías, que venía con su hijo Diomédes Aldonza, madre de sus nietos, vino él en persona, muy disimulado, amenazando á la señora Aldonza; mas ya Diomédes le habia rogado que fuese su nombre Lozana, pues que Dios se lo habia puesto en su formacion, que muncho más le convenia que no Aldonza, que aquel nombre Lozana sería su ventura para el tiempo porvenir. Ella consintió en todo cuanto Diomédes ordenó, y estando un dia Diomédes para se partir á su padre, fué llevado en prision á instancia de su padre, y ella, madona Lozana, fué despojada en camisa, que no salvó sino un anillo en la boca. Y así fué dada á un barquero que la echase en la mar, al cual dió cien ducados el padre de Diomédes, porque ella no pareciese; el cual visto que era mujer, la echó en tierra, y movido á piedad, le dió un su vestido que se cubriese; y viéndose sola y pobre, y á qué la habia traido su desgracia, pensar puede cada uno lo que podia hacer y decir de su boca, encendida de mucha pasion, y sobre todo se daba de cabezadas, de modo que se le siguió una gran alxaqueca, que fué causa que le viniese al frente una estrella, como abaxo dirémos; finalmente, su fortuna fué tal, que vido venir una nao que venía á Liorna, y siendo en Liorna vendió su anillo, y con él fué hasta que entró en Roma.
MAMOTRETO V.
Cómo se supo dar la manera para vivir, que fué menester que usase audancia (pro sapientia).
Entrada la señora Lozana en la alma ciudad, y proveida de súbito consejo, pensó: yo sé muncho, si agora no me ayudo en que sepan todos mi saber, será ninguno; y siendo ella hermosa y habladera, decia á tiempo, y tinie gracia en cuanto hablaba, de modo que embaia á los que la oian; y como era plática y de gran conversacion, é habiendo siempre sido en compañía de personas gentiles, y en muncha abundancia, y viéndose que siempre fué en grandes riquezas y convites y gastos, que la hacian triunfar, y decia entre sí: si esto me falta, seré muerta, que siempre oí decir que el cibo usado es el provechoso; y como ella tenía gran ver é ingenio diabólico y gran conocer, y en ver un hombre sabía cuánto valia, y qué tenía, y qué la podia dar, y qué le podia ella sacar; y miraba tambien cómo hacian aquéllas que entónces eran en la ciudad, y notaba lo que le parecia á ella que le habia de aprovechar, para ser siempre libre y no sujeta á ninguno, como despues verémos; y acordándose de su patria, quiso saber luégo quién estaba aquí de aquella tierra, y aunque fuesen de Castilla, se hacia ella de allá por parte de un su tio, y si era andaluz, mejor, y si de Turquía, mejor, por el tiempo y señas que de aquella tierra daba; y embaucaba á todos con su gran memoria, halló aquí de Alcalá la Real, y allí tenía ella una prima, y en Baena otra, en Luque, y en la peña de Martos natural parentela; halló aquí de Arjona y Arjonilla y de Montoro, y en todas estas partes tenía parientas y primas, salvo que en la Torre Don Ximeno que tenía una entenada, y pasando con su madre á Jaen, posó en su casa, y allí fueron los primeros grañones que comió con huesos de tocino; pues como daba señas de la tierra, halló luégo quien la favoreció, y diéronle una cámara en compañía de unas buenas mujeres españolas; y otro dia hizo quistion con ellas sobre un jarillo, y echó las cuatro las escaleras abaxo; y fuése fuera, y demandaba por Pozo Blanco, y procuró entre aquellas camiseras castellanas cualque estancia ó cualque buena compañía; y como en aquel tiempo estuviese en Pozo Blanco una mujer napolitana con un hijo y dos hijas, que tenian por oficio hacer soliman, y blanduras, y afeites, y cerillas, y quitar cejas y afeitar novias, y hacer mudas de azúcar candi y agua de azofeifas, y cualque vuelta apretaduras, y todo lo que pertenecia á su arte tenian sin falta, y lo que no sabian se lo hacian enseñar de las judías, que tambien vivian con esta plática, como fué Mira, la judía que fué de Murcia, Engracia, Perla, Jamila, Rosa, Cufra, Cintia y Alfarutia, y otra que se decia la judía del vulgo, que era más plática y tinie más conversacion; y habeis de notar que pasó á todas en este oficio, y supo más que todas, y dióle mejor la manera, de tal modo, que en nuestros tiempos podemos decir que no hay quien use el oficio mejor ni gane más que la señora Lozana, como abaxo dirémos, que fué entre las otras como Avicena entre los médicos; non est mirum acutissima patria.
MAMOTRETO VI.
Cómo en Pozo Blanco, en casa de una camisera, la llamaron.
Una sevillana, mujer linda, la llamó á su casa viéndola pasar, y le demandó.
Sevillana. Señora mia, ¿sois española? ¿qué buscais?
Loz. Señora, aunque vengo vestida á la ginovesa, soy española y de Córdoba.
Sev. ¿De Córdoba? Por vuestra vida, ahí tenemos todas parientes; y ¿á qué parte morábades?
Loz. Señora, á la Cortiduría.
Sev. Por vida vuestra, que una mi prima casó ahí con un cortidor rico; así goce de vos, que quiero llamar á mi prima Teresa de Córdoba, que os vea. Mencía, hija, va, llama á tu tia y á Beatriz de Baeza y Marina Hernandez, que traigan sus costuras y se vengan acá. Decidme, señora: ¿cuánto há que venistes?
Loz. Señora, ayer de mañana.
Sev. ¿Y dónde dormistes?
Loz. Señora, demandando de algunas de la tierra, me fué mostrada una casa donde están siete ú ocho españolas. Y como fuí allá, no me querian acoger, y yo venía cansada, que me dixeron que el Santo Padre iba á encoronarse. Yo, por verlo, no me curé de comer.
Sev. ¿Y vísteslo, por mi vida?
Loz. Tan lindo es, y bien se llama Leon décimo, que así tiene la cara.
Sev. Y bien, ¿dieron os algo aquellas españolas á comer?
Loz. Mirá qué bellacas, que ni me quisieron ir á demostrar la plaza. Y en esto vino una, que, como yo dixe que era de los buenos de su tierra, fuéme por de comer, y despues fué comigo á enseñarme los señores, y como supieron quién yo y los mios eran, que mi tio fué muy conocido, que cuando murió le hallaron en las manos los callos tamaños, de la vara de la justicia, luégo me mandaron dar aposento, y envió comigo su mozo, y Dios sabe que no osaba sacar las manos afuera por no ser vista; que traigo estos guantes, cortadas las cabezas de los dedos, por las encobrir.
Sev. Mostrad por mi vida, quitad los guantes; vivais vos en el mundo y aquel Criador que tal crió; lograda y enguerada seais, y la bendicion de vuestros pasados os venga. Cobrildas, no las vea mi hijo, y acabáme de contar cómo os fué.
Loz. Señora mia, aquel mozo mandó á la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja barbuda, estrellera dixo: ¿no veis que tiene greñimon? y ella, que es estada mundaria toda su vida, y agora, que se vido harta y quita de pecado, pensó que porque yo traigo la toca baxa y ligada á la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo só viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará señal.
Sev. No será nada, por mi vida; llamarémos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica.
MAMOTRETO VII.
Cómo vienen las parientas y les dice la Sevillana.
Sev. Norabuena vengais, ansí goce yo de todas que os asenteis, y oiréis á esta señora que ayer vino y es de nuestra tierra.
Beat. Bien se le parece; que ansí son todas frescas, graciosas y lindas como ella, y en su lozanía se ve que es de nuestra tierra. ¿Cuánto há, señora mia, que salistes de Córdoba?
Loz. Señora, de once años fuí con mi señora á Granada; que mi padre nos dexó una casa en pleito, por ser él muy putañero y jugador, que jugaba el sol en la pared.
Sev. ¿Y duelos le vinieron? ¿teniendo hijas doncellas jugaba?
Loz. ¿Y qué hijas? Tres éramos y traíamos zarcillos de plata. Y yo era la mayor; fuí festejada de cuantos hijos de caballeros hubo en Córdoba; que de aquello me holgaba yo, y esto puedo jurar, que desde chica me comia lo mio, y en ver hombre se me desperezaba, y me quisiera ir con alguno, sino que no me lo daba la edad; que un hijo de un caballero nos dió unas arracadas muy lindas, y mi señora se las escondió porque no se las jugase, y despues las vendió ella para vezar á las otras á labrar, que yo ni sé labrar ni coser, y el filar se me ha olvidado.
Camisera. Pues guayas de mi casa, ¿de qué viviréis?
Loz. ¿De qué, señora? Sé hacer alheña, y mudas, y tez de cara, que deprendí en Levante, sin lo que mi madre me mostró.
Cam. ¿Qué sois estada en Levante? Por mi vida, yo pensé que veníades de Génova.
Loz. ¡Ay señoras! contaros he maravillas, dexáme ir á verter aguas; que como eché aquellas putas viejas alcoholadas por las escaleras abaxo, no me paré á mis necesidades, y estaba allí una beata de Lora, el coño puto y el ojo ladron, que creo hizo pasto á cuantos grumetes van por el mar Océano.
Cam. ¿Y qué os hizo?
Loz. No me quirie que me lavase con el agua de su jarillo, y estaba allí otra abacera, que de su tierra acá no vino mayor rabanera, villana, traga-santos, que dice que viene aquí por una bulda para una ermita, y traye consigo un hermano, fraire de la merced, que tiene una nariz como asa de cántaro, y el pié como remo de galera, que anoche la vino acompañar, ya tarde, y esta mañana, en siendo de dia, la demandaba, y enviésela lo más presto que pude, rodando, y por el Dios que me hizo, que si me hablára, que estaba determinada comerle las sonaderas, porque me paresciera, y viniéndome para acá, estaban cuatro españoles allí cabe una grande plaza y tienien munchos dineros de plata en la mano, y díxome el uno: señora, ¿quiéresnos contentar á todos, y toma? Yo presto les respondí, si me entendieron.
Cam. Por mi vida, ansí goceis.
Loz. Díxeles: Hermanos, no hay cebada para tantos asnos; y perdonáme, que luégo torno, que me meo toda.
Beat. Hermana, ¿vistes tal hermosura de cara y tez? Si tuviese asiento para los antojos; más creo que si se cura, que sanará.
Teresa Hernandez. Andá ya por vuestra vida, no digais, súbele más de mitad de la frente quedará señalada para cuanto viviere; ¿sabeis qué podia ella hacer? que aquí hay en Campo de Flor munchos daquellos charlatanes, que sabrian medicarla por abaxo de la vanda izquierda.
Cam. Por vida de vuestros hijos, que bien decis; mas ¿quién se lo osará decir?
Ter. ¿Eso de quién? yo hablando hablando se lo diré.
Beat. ¡Ay prima Hernandez, no lo hagais que nos deshonrará como á mal pan! ¿No veis qué labia y qué osadía que tiene, y qué decir? Ella se hará á la usanza de la tierra, que verá lo que le cumple; no queria sino saber della si es confesa, porque hablaríamos sin miedo.
Ter. Y eso me decis aunque lo sea se hará cristiana linda.
Beat. Dexemos hablar á Teresa de Córdoba; que ella es burlona y se lo sacará.
Ter. Mirá en que estáis; digamos que queremos torcer hormigos ó hacer alcuzcuzu, y si los sabe torcer, ahí verémos si es de nobis y si los tuerce con agua ó con aceite.
Beat. Vivais vos, que más sabeis que todas. No hay peor cosa que confesa necia.
Sev. Los cabellos os sé decir que tiene buenos.
Beat. ¿Pues no veis que dice que habia doce años que jamas le pusieron garvin ni albanega, sino una princeta labrada de seda verde á usanza de Jaen?
Ter. Hermana, Dios me acuerde para bien, que por sus cabellos me he acordado que cien veces os lo he querido decir: ¿acordaisos el otro dia cuando fuimos á ver la parida, si vistes aquella que la servia, que es madre de una que vos bien sabeis?
Cam. Ya os entiendo; mi hijo le dió una camisa de oro labrada, y las bocas de las mangas con oro y azul. ¿Y es aquélla su madre? más moza parece que la hija; y ¡qué cabellos rubios que tenía!
Ter. Hi, hi, por el paraíso de quien acá os dexó, que son alheñados por cobrir la nieve de las navidades. Y las cejas se tiñe cada mañana, y aquel lunar postizo es; porque si mirais en él, es negro, y unos dias más grande que otros; y los pechos llenos de paños para hacer tetas, y cuando sale lleva más dixes que una negra, y el tocado muy plegado por henchir la cara, y piensa que todos la miran, y á cada palabra su reverencia, y cuando se asienta no parece sino depósito mal pintado, y siempre va con ella la otra Marirodriguez la regatera, y la cabrera, que tiene aquella boca que no paresce sino traga caramillos, que es más vieja que Satanas; y sálense de noche de dos en dos, con sombreros, por ser festejadas, y no se osan descobrir que no vean el ataute carcomido.
Beat. Decime, prima; ¡muncho sabeis vos! que yo soy una boba que no paro mientes en nada de todo eso.
Ter. Dexáme decir; que ansí dicen ellas de nosotras cuando nos ven que imos á la estufa ó veniamos; ¡veis las camiseras, son de Pozo Blanco, y baticulo llevan! Aosadas que no van tan espeso á misa, y no se miran á ellas, que son putas públicas; y cuando vieron ellas confesas putas y devotas ciento entre una.
Cam. Dexá eso y notá que me dixo esta forastera que tenía un tio que murió con los callos en las manos, de la vara de justicia, y debia de ser que sería cortidor.
Ter. Callá, que viene, si no será peor que con las otras que echó á rodar.
MAMOTRETO VIII.
Cómo torna la Lozana, y pregunta.
Loz. Señoras, ¿en qué hablais, por mi vida?
Ter. En que para mañana querriamos hacer unos hormigos torcidos.
Loz. ¿Y teneis culantro verde? Pues dexá hacer á quien de un puño de buena harina y tanto aceite, si lo teneis bueno, os hará una almofia llena, que no lo olvideis aunque murais.
Beat. Prima, ansí goceis, que no son de perder; toda cosa es bueno probar, cuanto más, pues que es de tan buena maestra, que, como dicen, la que las sabe las tañe (por tu vida, que es de nostris). Señora, sentaos, y decínos vuestra fortuna cómo os ha corrido por allá por Levante.
Loz. Bien, señoras, si el fin fuera como el principio; mas no quiso mi desdicha que podia yo parecer delantre á otra que fuera en todo el mundo de belleza y bien quista delante á cuantos grandes señores me conocian, querida de mis esclavas, de los de mi casa toda, que á la maravilla me querian ver cuantos de acá iban; pues oirme hablar, no digo nada; que ahora este duelo de la cara me afea, y por maravilla venian á ver mis dientes, que creo que mujer nacida tales los tuvo, porque es cosa que podeis ver. Bien que me veis ansí muy cubierta de vergüenza, que pienso que todos me conocen; y cuando sabréis como ha pasado la cosa, os maravillaréis, que no me faltaba nada; y agora no es por mi culpa, sino por mi desventura. Su padre de un mi amante, que me tenía tan honrada, vino á Marsella, donde me tenía para enviarme á Barcelona, á que lo esperase allí en tanto que él iba á dar la cuenta á su padre; y por mis duelos grandes vino el padre primero, y á él echó en prision y á mí me tomó y me desnudó fin á la camisa, y me quitó los anillos, salvo uno, que yo me metí en la boca, y mandóme echar en la mar á un marinero, el cual me salvó la vida viéndome mujer, y posóme en tierra; y así venieron unos de una nao, y me vistieron y me traxeron á Liorna.
Cam. ¡Y mala entrada le éntre al padre dese vuestro amigo! ¿y si mató vuestros hijos tambien que le habíades enviado?
Loz. Señora, no, que los quiere muncho; mas porque le queria casar á este su hijo, á mí me mandó de aquella manera.
Beat. ¡Ay lóbrega de vos, amiga mia! ¿y todo eso habeis pasado?
Loz. Pues no es la mitad de lo que os diré; que tomé tanta malenconía, que daba con mi cabeza por tierra, y porrazos me he dado en esta cara, que me maravillo que esta alxaqueca no me ha cegado.
Cam. ¡Ay! ¡ay! ¡guayosa de vos, cómo no sois muerta!
Loz. No quiero deciros más, porque el llorar me mata, pues que soy venida á tierra que no faltará de que vivir; que ya es vendido el anillo en nueve ducados, y di dos al arriero, y con estotros me remediaré si supiese hacer melcochas ó mantequillas.
MAMOTRETO IX.
Una pregunta que hace la Lozana para se informar.
Loz. Decíme, señoras mias: ¿sois casadas?
Beat. Señora, sí.
Loz. ¿Y vuestros maridos en qué entienden?
Ter. El mio es cambiador, y el de mi prima lencero, y el de esa señora que está cabo vos es borceguinero.
Loz. Viva en el mundo; y ¿casastes aquí ó en España?
Beat. Señora, aquí; mi hermana la viuda vino casada con un trapero rico.
Loz. ¿Y cuánto há que estáis aquí?
Beat. Señora mia, desde el año que se puso la Inquisicion.
Loz. Decíme, señoras mias; ¿hay aquí judíos?
Beat. Munchos, y amigos nuestros; si hubiéredes menester algo dellos, por amor de nosotras os harán honra y cortesía.
Loz. ¿Y tratan con los cristianos?
Beat. Pues ¿no lo sentís?
Loz. ¿Y cuáles son?
Beat. Aquellos que llevan aquella señal colorada.
Loz. ¿Y ellas llevan señal?
Beat. Señora, no; que van por Roma adobando novias y vendiendo soliman labrado y aguas para la cara.
Loz. Eso querria yo ver.
Beat. Pues id vos allí, á casa de una napolitana, mujer de Jumilla, que mora aquí arriba en Calabraga; que ella y sus hijas lo tienen por oficio, y áun creo que os dará ella recabdo, porque saben munchas casas de señores que os tomarán para guarda de casa y compañía á sus mujeres.
Loz. Eso querria yo, si me mostrase este niño la casa.
Cam. Sí hará. Vén acá, Aguilarico.
Loz. ¡Ay, señora mia! ¿Aguilarico se llama? mi pariente debe ser.
Beat. Ya podria ser; pues ahí junto mora su madre.
Loz. Beso las manos de vuestras mercedes, y si supieren algun buen partido para mí, como si fuese estar con algunas doncellas, en tal que yo lo sirva, me avisen.
Beat. Señora, sí, andad con bendicion. ¿Habeis visto? ¡qué lengua! ¡qué saber! Si á ésta le faltáran partidos decí mal de mí; más beato el que le fiára su mujer.
Ter. Pues andaos á decir gracias, no sino gobernar doncellas, mas no mis hijas; ¿qué pensais que sería? dar carne al lobo; ante de ocho dias sabrá toda Roma, que ésta en són la veo yo que con los cristianos será cristiana, y con los jodíos jodía, y con los turcos turca, y con los hidalgos hidalga, y con los ginoveses ginovesa, y con los franceses francesa que para todos tiene salida.
Cam. No veia la hora que la enviásedes de aquí; que si viniera mi hijo no la dexaba partir.
Ter. Eso quisiera yo ver, cómo hablaba y los gestos que hiciera, y por ver si se cubriera; mas no cureis, que presto dará de sí como casa vieja, pues á casa va que no podria mejor hallar á su propósito, y ende más la patrona, que parece á la judía de Zaragoza, que la llevará consigo, y á todos contará sus duelos y fortuna.
MAMOTRETO X.
El modo que tuvo yendo con Aguilarico, espantándose que le hablaban en catalan, y dice un barbero.
Mosen Sorolla. Vén ascí, mon cosin Aguilaret. Veníu ascí, mon fill; ¿on seu estat? que ton pare ten demana.
Aguilaret. Non vul venir, que vacih con aquesta dona.
Sor. ¿Ma comare? feu vos así, veureu vostron fill.
Sogorbesa. Vens ascí, tacañet.
Aguil. ¿Qué voleu ma mare? ara ving.
Sog. Not habrés pensat, traidoret; aquexa dona ¿on te ha tengut tot vuy?
Loz. Yo, señora, ahora lo vi, y le rogaron unas señoras que me enseñase aquí junto á una casa.
Sog. Anau al burdell, y laxau estar mon fill.
Loz. Id vos, y besaldo donde sabeis.
Sor. Mirá la cegijunta con qué me salió.
Mallorquina. Veníu ací, bona dona. Nos pregan ab quexa dona, ma veina; ¿on anau?
Loz. Por mi vida, señora, que no sé el nombre del dueño de una casa por aquí, que aquel niño me queria mostrar.
Mallorq. ¿Debeu de fer llavors ó res? que así ma filla vos fará tot quan vos le comenaréu.
Loz. Señora, no busco eso y siempre halla el hombre lo que no busca, máxime en esta tierra; dicíme, así vivais: ¿quién es aquella hija de corcovado, y catalana, que no conociéndome me deshonró? pues ¡guay della si soltaba yo la maldita! Ni vi su hijo, ni quisiera ver á ella.
Mallorq. Nous cureu filla, anao vostron viaje, y si vos manau res, lo farem nosaltres de bon cor.
Loz. Señora, no quiero nada de vos, que yo busco una mujer que quita cejas.
Mallorq. Anao en mal guañy. ¿Y axó volias? cercaula.
Loz. Válalas el diablo, y locas son estas mallorquinas; en Valencia ligaros ian á vosotras, y herraduras han menester como bestias, pues no me la irán á pagar á la pellejería de Búrgos. Cul de santarnao, som segurs quina gent de Deu.
MAMOTRETO XI.
Cómo llamó á la Lozana la Napolitana que ella buscaba y dice á su marido que la llame.
Napolitana. Oislo, ¿quién es aquella mujer que anda por allí? Ginovesa me parece; mirá si quiere nada de la botica; salí allá; quizá que trae guadaño.
Jumilla. Salí vos, que en ver hombre se espantará.
Nap. Dame acá ese morteruelo de azófar. Decí, hija, ¿echastes aquí el atauja y las pepitas de pepino?
Hija. Señora, sí.
Nap. ¿Qué mirais, señora? Con esa tez de cara no ganariamos nosotros nada.
Loz. Señora, nos maravilleis que solamente en oiros hablar me alegre.
Nap. Ansí es que no en valde se dixo: por do fueres, de los tuyos halles, quizá la sangre os tira; entrá, mi señora, y quitaos dese sol. Vén acá tú, sácale aquí á esta señora con qué se refresque.
Loz. No hace menester, que si agora comiese me ahogaria del enojo que traigo de aquesas vuestras vecinas; mas si vivimos, y no nos morimos á tiempo serémos; la una porque su hijo me venía á mostrar á vuestra casa, y la otra porque demandé de vuestra merced.
Nap. Hi, hi, son envidiosas, y por eso mirá cuál va su hija el domingo afeitada de mano de Mira la jodía, ó como las que nosotras afeitamos, ni más ni ál. Señora mia, el tiempo os doy por testigo. La una es de Segorve y la otra mallorquina, y como dixo Juan de la Encina, que cul y cap y feje y cos echan fuera á voto á Dios.
Loz. Mirá si las conocí yo. Señora mia, ¿son doncellas estas vuestras hijas?
Nap. Son y no son, sería largo de contar. Y vos, señora, ¿sois casada?
Loz. Señora, sí; y mi marido será agora aquí de aquí á pocos dias; y en este medio querria no ser conoscida y empezar á ganar para la costa; querria estar con personas honestas por la honra, y quiero primero pagaros que me sirvais; yo, señora, vengo de Levante, y traigo secretos maravillosos, que máxime en Grecia se usan muncho; las mujeres que no son hermosas procuran de sello, y porque lo veais, póngase aquesto vuestra hija la más morena.
Nap. Señora, yo quiero que vos misma se lo pongais, y si eso es, no habíades vos menester padre ni madre en esta tierra, y ese vuestro marido que decis, será rey; oxalá fuera uno de mis dos hijos.
Loz. Que, ¿tambien teneis hijos?
Nap. Como dos pimpollos de oro; traviesos son, mas no me curo, que para eso son los hombres. El uno es rubio como unas candelas, y el otro crespo; señora, quedaos aquí y dormiréis con las doncellas, y si algo quisiéredes hacer para ganar, aquí á mi casa vienen moros y jodíos, que si os conoscen, todos os ayudarán; y mi marido va vendiendo cada dia dos, tres y cuatro cestillas desto que hacemos, y lo que basta para una persona basta para dos.
Loz. Señora, yo lo dó por rescebido, dad acá si quereis que os ayude á eso que haceis.
Nap. Quitaos primero el paño y mirá si traés ninguna cosa que dar á guardar.
Loz. Señora, no, sino un espejo para mirarme, y agora veo que tengo mi pago, que solia tener diez espejos en mi cámara para mirarme, que de mí misma estaba como Narciso, y agora como Tisbe á la fontana, y si no me miraba cien veces, no me miraba una, y he habido el pago de mi propia merced. ¿Quién son estos que vienen aquí?
Nap. Ansí goce de vos que son mis hijos.
Loz. Bien parecen á su padre; y si son estos los pinos de oro, á sus ojos.
Nap. ¿Qué decis?
Loz. Señora, que parecen hijos de rey nacidos en Badajoz; que veais nietos dellos.
Nap. Ansí veais vos de lo que paristes.
Loz. Mancebo de bien, llegaos acá y mostráme la mano. Mirá qué señal tenés en el monte de Mercurio y uñas de rapiña, guardaos de tomar lo ajeno, que peligraréis.
Nap. A estotro bizarro me mirá.
Loz. Ese barbitaheño, ¿cómo se llama? Vení, vení; este monte de Vénus está muy alto; vuestro peligro está señalado en Saturno, de una prision, en el monte de la luna, peligro por mar.
Rampin. Caminar por do va el buey.
Loz. Mostrá esotra mano.
Ramp. ¿Qué quereis ver? que mi ventura ya la sé: decíme vos, ¿dónde dormiré esta noche?
Loz. ¿Dónde? Donde no soñastes.
Ramp. No sea en la prision y venga lo que viniere.
Loz. Señora, este vuestro hijo más es venturoso que no pensais; ¿qué edad tiene?
Nap. De diez años le sacamos los bracicos y tomó fuerza en los lomos.
Loz. Suplicos que le deis licencia que vaya comigo y me muestre esta cibdad.
Nap. Sí hará, que es muy servidor de quien lo merece; andá, meteos esa camisa y serví á esa señora honrada.
MAMOTRETO XII.
Cómo Rampin le va mostrando la cibdad y le da ella un ducado que busque donde cenen y duerman, y lo que pasaron con una lavandera.
Loz. Pues hacé una cosa, mi hijo, que por do fuésemos, que me digais cada cosa qué es y cómo se llaman las calles.
Ramp. Ésta es la Ceca do se hace la moneda, y por aquí se va á Campo de Flor y al Coliseo, y acá es el puente, y éstos son los banqueros.
Loz. ¡Ay, ay! no querria que me conosciesen, porque siempre fuí mirada.
Ramp. Vení por acá y mirá; aquí se venden munchas cosas, y lo mejor que en Roma y fuera de Roma nace se trae aquí.
Loz. Por tu vida que tomes este ducado y que compres lo mejor que te paresciere, que aquí jardin me parece más que otra cosa.
Ramp. Pues adelante lo veréis.
Loz. ¿Qué me dices? por tu vida que compres aquellas tres perdices que cenemos.
Ramp. ¿Cuáles? ¿aquéstas? Astarnas son, que el otro dia me dieron á comer de una en casa de una cortesana, que mi madre fué á quitar las cejas y yo le llevé los afeites.
Loz. ¿Y dó vive?
Ramp. Aquí abaxo, que por allí habemos de pasar.
Loz. Pues todo eso quiero que me mostreis.
Ramp. Sí haré.
Loz. Quiero que vos seais mi hijo, y dormiréis comigo; y mirá no me lo hagais, que ese bozo dencima demuestra que no sois capon.
Ramp. Si vos me probásedes, no sería capon.
Loz. ¿Por mi vida? Hi, hi; pues comprá de aquellas hostias un par de julios, y acordá dónde irémos á dormir.
Ramp. En casa de una mi tia.
Loz. ¿Y vuestra madre?
Ramp. Que la quemen.
Loz. Llevemos un cardo.
Ramp. Son todos grandes.
Loz. ¿Pues qué se nos da? cueste lo que costáre, que, como dicen, ayunar ó comer trucha.
Ramp. Por esta calle hallarémos tantas cortesanas juntas como colmenas.
Loz. ¿Y cuáles son?
Ramp. Ya las verémos á las gelosías; aquí se dice el Viso, más arriba vereis munchas más.
Loz. ¿Quién es éste? ¿es el Obispo de Córdoba?
Ramp. Ansí viva mi padre es un obispo espigacensis de mala muerte.
Loz. Más triunfo lleva un mameluco.
Ramp. Los cardenales son aquí como los mamelucos.
Loz. Aquéllos se hacen adorar.
Ramp. Y éstos tambien.
Loz. Gran soberbia llevan.
Ramp. El año de veinte y siete me lo dirán.
Loz. Por ellos padecerémos todos.
Ramp. Mal de munchos gozo es; alzá los ojos arriba, y veréis la manifatura de Dios en la señora Clarina, allí me mirá vos, aquélla es gentil mujer.
Loz. Hermano, hermosura en puta, y fuerza en badajo.
Ramp. Mirá esta otra.
Loz. Que presente para triunfar; por eso se dixo: ¿Quién te hizo puta? el vino y la fruta.
Ramp. Es favorida de un perlado; aquí mora la galan portuguesa.
Loz. ¿Quién es? ¿amiga de algun ginoves?
Ramp. Mi agüelo es mi pariente, de ciento y otros veinte.
Loz. ¿Y quién es aquella handorra que va con sombrero tapada, que va culeando y dos mozas lleva?
Ramp. ¿Esa? cualque cortesanilla por ahí; mirá qué otra quinada dellas van por allá, que parescen enxambre, y los galanes tras ellas; á estas horas salen ellas desfrazadas.
Loz. ¿Y dó van?
Ramp. A perdones.
Loz. ¿Sí? por demas lo tenian: ¿putas y perdoneras?