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Le Sage
HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
TOMO II
MCMXXII
Papel expresamente fabricado por La Papelera Española.
LE SAGE
Historia
de
Gil Blas de Santillana
NOVELA
TOMO II
Traducción del P. Isla
MADRID, 1922
Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID
GIL BLAS DE SANTILLANA
LIBRO CUARTO
CAPITULO PRIMERO
No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia.
Un tantico de honor y de religión que conservaba todavía en medio de tan estragadas costumbres me obligó, no sólo a dejar a Arsenia, sino a romper toda comunicación con Laura, a quien, sin embargo, no podía menos de amar, aun conociendo que me hacía mil infidelidades. ¡Dichoso aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razón viene a turbar los ilícitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneció, pues, una mañana, muy dichosa para mí, en la cual hice mi hatillo, y sin contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me debía de mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, salí de aquella casa en que sólo se respiraba libertinaje. Premióme inmediatamente el Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo don Matías, le saludé, y él, conociéndome al instante, me preguntó a quién servía. Respondíle que había estado un mes en casa de Arsenia, cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia. El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprobó mi delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quería él mismo buscarme una buena conveniencia. Cumplió puntualmente su palabra, y en aquel mismo día me acomodó con don Vicente de Guzmán, de cuyo mayordomo él era grande amigo.
No podía entrar en mejor casa, y así, nunca me arrepentí de haber estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico, que había muchos años vivía feliz, sin pleitos y sin mujer, porque los médicos le habían privado de la suya queriéndola curar de una tos que verosímilmente la dejaría vivir más largo tiempo si no hubiera tomado sus remedios. No pensó jamás en volverse a casar, dedicándose enteramente a la educación de Aurora, su hija única, que entraba entonces en los veintiséis y era una señorita completa. Juntaba a su hermosura poco común un entendimiento despejado y grande instrucción. Su padre era hombre de poco talento, pero tenía el de saber gobernar su casa. Sólo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas. Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba en su boca la trompeta heroica, y se tenían por muy afortunados los oyentes si se contentaba con embocarles la relación de tres batallas y dos sitios. Como había militado las dos terceras partes de su vida, era su memoria un manantial inagotable de funciones y hazañas militares, que no siempre se oían con el gusto con que él las relataba. A esto se añadía que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual sus relaciones se hacían en extremo desagradables. En lo demás, no era fácil encontrar un señor de mejor carácter. Siempre de igual humor, nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economía, se trataba muy decentemente. Componíase su familia de varios criados y de tres criadas, que servían a Aurora. Conocí desde luego que el mayordomo de don Matías me había colocado en una buena casa, y solamente pensé en el modo de conservarme en ella. Apliquéme a conocer bien el terreno y a estudiar el genio e inclinación de todos, arreglé después mi conducta por este conocimiento, y en poco tiempo logré tener en mi favor al amo y a todos mis compañeros.
Habíase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente cuando se me figuró que su hija me distinguía entre los demás criados. Siempre que me miraba me parecía observar en sus ojos cierto agrado que no advertía en ella cuando miraba a los otros. A no haber tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por la imaginación que Aurora pensase en mí; pero me habían abierto los ojos aquellos señores míos, en cuya escuela no siempre estaban en el mejor predicamento aun las damas de la más alta esfera. «Si hemos de dar crédito a algunos histriones—me decía yo a mí mismo—, tal vez suelen venir a las señoras más distinguidas ciertas fantasías de las cuales saben ellos aprovecharse. ¿Qué sé yo si mi ama tendrá de estos caprichos? Pero no—añadía inmediatamente—, no puedo persuadirme de tal cosa; no es esta señorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a sí mismas sin rubor. Será quizá una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas doncellas, que, sin traspasar los límites que la virtud prescribe a su ternura, no hacen escrúpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una pasión delicada que las entretiene sin peligro.»
Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente a qué atenerme. Mientras tanto, siempre que me veía no dejaba de sonreírse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, podía cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hallé medio de impedir que me sedujesen. Consentí, pues, en que Aurora estaba muy prendada de mi mérito, y comencé a considerarme como uno de aquellos criados afortunados a quienes el amor hace dulcísima la servidumbre. Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que parecía querer proporcionarme la fortuna, empecé a cuidar del aseo de mi persona más de lo que había cuidado hasta allí. Gastaba todo mi dinero en comprar ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que hacía por la mañana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desaliño a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no tardaría mucho en declararse mi ventura.
Entre las criadas de Aurora había una que se llamaba la Ortiz. Era una vieja que hacía más de veinte años que servía en casa de don Vicente. Había criado a su hija y conservaba todavía el título de dueña, aunque ya no ejercía aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de vigilar las acciones de Aurora, como lo hacía en otro tiempo, entonces sólo atendía a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su ama. Una noche, habiendo buscado la dueña ocasión de hablarme sin que nadie pudiese oírnos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y callado bajase al jardín a media noche, donde sabría cosas que no me disgustarían. Respondíle, apretándole la mano, que sin falta alguna bajaría, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no dudé entonces de ser yo el objeto del cariño de Aurora. ¡Oh, y qué largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogió! Parecíame que aquella noche todo se hacía en casa con extraordinaria lentitud. Y para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retiró a su cuarto, en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campañas de Portugal, con que tanto me había machacado. Pero lo que jamás había hecho, y lo que precisamente guardó para regalarme aquella noche, fué irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se habían hallado en ellas, refiriéndome al mismo tiempo las hazañas de cada cual. No puedo ponderar cuánto padecí en estarle oyendo hasta que concluyó. Al fin acabó de hablar y se metió en la cama. Retiréme inmediatamente al cuarto donde estaba la mía y del que se bajaba por una escalera secreta al jardín. Untéme de pomada todo el cuerpo, púseme una camisola limpia bien perfumada y nada omití de cuanto me pareció que podía contribuir a fomentar el capricho que me había figurado en mi ama, con lo que fuí al sitio de la cita.
No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas. Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de otro reloj. «¡Bravo!—dije entonces entre mí—. Todavía faltan dos horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero ¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo; pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado, pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.»
Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos, los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!—dije entonces—. ¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil Blas—me dijo al acercarse—, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos horas», le respondí. «En verdad—añadió ella riéndose—que es usted muy cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto—prosiguió ya en tono serio—que eso y mucho más merece la dicha que le voy a anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama por una puerta falsa de que tenía la llave.
CAPITULO II
Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo.
Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí, me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo, juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.»
No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación. Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah, señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros afectos?...» «¡Baja un poco la voz—me dijo sonriéndose mi ama—, por no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate, vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí, Gil Blas—prosiguió, volviendo a su afable serenidad—, es cierto que te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán, airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado. Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres, sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido por depositario de mi más íntima confianza.»
Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió; y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín, diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de la cita, porque ya está vista tu puntualidad.»
Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo, reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo. No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad. Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues hasta en esto me corregí.
Encontré ya a la fiel dueña en el sitio mismo, y la taimada me dijo con algo de socarronería: «En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado mucho tu puntualidad.» No le respondí palabra, fingiendo que no la oía, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando. Preguntóme luego que me vió si me había informado bien acerca de don Luis y si había averiguado muchas cosas. «Sí, señora—le respondí—, tengo con qué satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os diré que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Según lo que me han dicho, es un señorito lleno de honor y probidad; y en cuanto al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quizá os dará poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es que vive algo demasiado a la moda de los señoritos modernos: quiero decir que es un grandísimo libertino. ¿Creerá usted que, siendo tan joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas?» «¿Qué es lo que me dices?—exclamó Aurora—. ¡Dios mío y qué costumbres! Pero díme, Gil Blas, ¿estás cierto de que tiene una vida tan licenciosa?» «¿Cómo si estoy cierto?—le respondí—. No hay cosa más segura. Todo me lo ha contado un criado de su casa que fué despedido de ella esta mañana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolución.» «¡Basta, Gil Blas!—dijo suspirando mi pobre señorita—. En fuerza de tu informe comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque había echado ya profundas raíces en mi corazón, no desconfío de arrancarle de él. Vete—prosiguió—-, y admite en premio de tu trabajo esta corta demostración de mi agradecimiento.» Al decir esto, me puso en la mano un bolsillo, que ciertamente no estaba vacío, añadiendo: «Sólo te encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.»
Aseguréle que en este particular podía vivir sin el menor recelo, porque yo era el Harpócrates de los criados confidentes. Dicho esto, me retiré, impacientísimo por saber lo que contenía el bolsillo. Abríle y hallé en él veinte doblones. Luego se me ofreció que sin duda habría sido Aurora más liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia más agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le había causado tanto disgusto. Me pesó de no haber imitado a los escribanos y alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfadé mucho contra mi tontería por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el tiempo podía producirme grandísimas utilidades, si yo no hubiera hecho un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consolé con los veinte doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que había gastado tan sin venir al caso en pomadas y perfumes.
CAPITULO III
De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora.
Poco después de esta aventura se sintió malo don Vicente. Sobre ser de una edad bastante avanzada, los síntomas de la enfermedad eran tan violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamóse a los dos más famosos médicos de Madrid; uno era el doctor Andrés y el otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y después de una exacta observación, convinieron entrambos en que los humores estaban en una preternatural fermentación y movimiento. En solo esto fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo demás. El uno quería que se purgara al enfermo aquel mismo día y el otro opinaba que la purga se dilatase. El doctor Andrés decía que, por lo mismo que los humores estaban en una violenta agitación de flujo y reflujo, se los había de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el contrario, que, estando todavía incoctos y crudos los humores, se debía esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes. «Pero ese método—replicaba el otro—es directamente opuesto a lo que nos enseña el príncipe de la Medicina. Hipócrates advierte que se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros días de la más ardiente calentura, diciendo en términos expresos que se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores están en orgasmo, es decir, en su mayor agitación.» «¡Oh! ¡En eso está vuestra equivocación!—repuso Oquendo—. Hipócrates no entiende por la voz orgasmo la agitación violenta, sino más bien la madurez de los humores.»
Acaloráronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recitó el texto griego y citó todos los autores que le explicaban como él. El otro se fiaba en la traducción latina, empeñándose con mayor calor y tomando el asunto en tono más alto. ¿A cuál de los dos se había de creer? Don Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestión; pero hallándose precisado a elegir una de las dos opiniones, adoptó la del que había echado al otro mundo más enfermos; quiero decir la del más viejo.
Viendo esto el doctor Andrés, que era el más mozo, se retiró, pero no sin decir primero cuatro pullas bien picantes al más anciano sobre su orgasmo. Y he aquí que quedó triunfante Oquendo. Y como seguía los mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos; pero la muerte, que temió quizá que una purga tan sabiamente diferida no le quitase la presa que ya tenía agarrada, impidió la cocción y se llevó a mi pobre amo. Tal fué el fin del señor don Vicente, que perdió la vida porque su médico no sabía el griego.
Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados, remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.» Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas—continuó, enjugándose sus hermosos ojos—, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán, suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas; en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso—añadió ella misma—que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a que me quiero arriesgar.»
Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo; antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León, acompañada de todos los que entrábamos en la comedia.
Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano; bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad. Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien, era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación. Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos, lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora. Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante, y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado.
Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra, bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también, el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos, pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella; mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción. Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso o qué historia representaba aquella pintura. «Señora—le respondió doña Elvira—, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.» Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en los términos siguientes:
CAPITULO IV
El casamiento por venganza.
NOVELA
«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano, que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto, esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su desapiadado corazón.
»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su educación.
»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto, que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto.
»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia. Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes. Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud. Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique. «Señora—le dijo—, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa profunda tristeza?» «Señor—respondió ella—, no puedo ocultaros mi sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento, sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad. No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.» «Adorable Blanca—replicó el príncipe—, oblíganme tus temores y ellos justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus desconfianzas ofende mi amor y—si me atrevo a decirlo—la estimación que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor—replicó la hija de Leoncio—, luego que vuestros vasallos os vean coronado, os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué—repuso Enrique, no sin alguna alteración—, por qué te anticipas a figurarte una idea triste de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo, poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.»
»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas, sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.
»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña Blanca. «Señor—le dijo aquel ministro—-, vengo a daros una noticia que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra. Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes. Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía, tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis, señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud», respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma, diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él como le aconsejare su prudencia.»
»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio—interrumpió Enrique—, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré. Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando consigo a doña Blanca.
»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique, pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.
»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia, nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo. Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey, dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo, quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.
»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando, acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado: «¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor—respondió Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que se explicase más—, ese papel es éste que presento al Consejo. En él reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad, la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!» Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban secretamente el corazón del nuevo rey.
»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño, tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos, señor, de vuestra gloria!—le respondió Sifredo con entereza—. Si no dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío, perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo, pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del testamento.
»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella. No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias, ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes, y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas razones, a casarla cuanto antes.
»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo Cielo—exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la presencia de su padre—, y qué crueles suplicios tenías guardados para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor—le dijo con voz casi apagada—, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca—respondió Leoncio—, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor, pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su persona y su gran mérito—interrumpió Blanca—; pero, señor, el rey me había hecho esperar...» «Hija—dijo Sifredo interrumpiéndola—, sé todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin, Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra; desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me valga de mi autoridad, te lo mando.»
»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado bien las razones de que se había valido para sostener su virtud contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si es cierta mi desgracia—exclamaba—, ¿cómo es posible que yo resista a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío! ¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo, para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro; pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!»
»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura. Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando, habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable! Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso, aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos. Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa, que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos amantes apasionados.
»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor; pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas, y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido, sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión, acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira. Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha, y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra, tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.
»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación. Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio, después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado. Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor.
»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural, pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre, sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza y turbación ofendían su virtud.
»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo ultraje, que encendió en cólera su pecho.
»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca, más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya. Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo. Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.
»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza, y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta, y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza, para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.
»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido: «Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz. Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte de los dos.» «¡Ay, Blanca!—interrumpió el rey precipitadamente—. ¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder—respondió con desmayada voz la hija de Sifredo—para allanar el invencible obstáculo que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca, suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha perdido a mí y os ha perdido a vos!»
»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer esta violencia a mi razón.» «Sin embargo—dijo el rey—, esos testigos de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa del condestable!» «Pues qué, señor—repuso Blanca—, ¿negaréis que yo misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad, confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor, para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito escuchar.»
»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!—clamaba Enrique—. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es inútil ese sacrificio—respondió Blanca—. Debierais haber impedido que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis. Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque, entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!—exclamaba—. ¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados. ¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!»
»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos; y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos, que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad, se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de Palermo.
»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión. Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor—le dijo luego que se vió en su presencia—, si es permitido a un respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos ciertos—respondió el rey—de que el condestable mantiene inteligencias criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias criminales!—interrumpió sorprendido Leoncio—. ¡Ah, señor! ¡No lo crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo; bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con tanta claridad—repuso el rey—, quiero corresponderte con la misma. Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo, tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...» «¡Qué, señor!—interrumpió estremeciéndose Leoncio—. ¿Cómo será posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su esperanza—repuso el monarca—, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir? ¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror? ¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que, atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo, verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué es lo que escucho!—exclamó Leoncio—. ¡Qué terribles amenazas, qué funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!—continuó, mudando de tono—. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte. No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos—interrumpió Enrique—, esos funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos; pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor—replicó el ministro—, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío—repuso acalorado Enrique—para establecer tan violenta como injusta disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra, cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.»
»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey: «Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.» Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad de su esposo.
»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia. Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio, ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía.
»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad. Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable, considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros. Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable amor hubiera hecho perpetuamente felices.»
»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio, pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia. «¡Ah, señor!»—dijo—. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os parece que lo podré hacer, señora?—interrumpió Enrique tristemente—. ¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor—dijo suspirando la hija de Sifredo—, es menester que os esforcéis para conseguirlo.» «Y vos, señora—replicó el rey—, ¿seréis capaz de hacer ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo—respondió Blanca—, pero nada omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!—exclamó el rey—. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?—repuso Blanca con entereza—. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme? ¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!—exclamó el rey—. ¿Es posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid cuanto antes, señor!—respondió la hija de Sifredo derramando algunas lágrimas—. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor; retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta extraordinarios esfuerzos resistirlos.»
»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba, y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah, traidor!—respondió el rey desenvainando la espada para defenderse—. ¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto, principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho. Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza, peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey derribado, se detuvo.
»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole: «¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al pie de los altares! ¡Y tú, Enrique—prosiguió con voz desmayada—, no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró, pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto.
»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable! ¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!—le dijo—. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo. ¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!»
»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo: «¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!» Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación? Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los afectos interiores.
»El rey conservó toda su vida la más dulce memoria de su amante, sin poderse jamás resolver a dar la mano a Constanza. El infante se coligó con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al príncipe Enrique, quien triunfó al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le desprendió del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandonó la Sicilia, y pasándose a España con Porcia, la única hija que le había quedado, compró esta quinta. En ella sobrevivió quince años a la muerte de Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con don Jerónimo de Silva, y yo soy el único fruto de este matrimonio. Esta es—prosiguió la viuda de don Pedro de Pinares—la historia de mi familia y una fiel relación de las desgracias que representa ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la posteridad un monumento de este funesto suceso.»
CAPITULO V
De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca.
Después de haber la Ortiz, sus compañeras y yo oído esta historia, nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doña Aurora y doña Elvira. Pasaron las dos lo restante del día en varias diversiones, sin fastidiarse una de otra, y cuando partimos al día siguiente, fué tan dolorosa su separación como pudiera serlo la de dos íntimas amigas acostumbradas toda la vida a la más dulce y tierna compañía.
Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la dueña Ortiz, según lo que habíamos tratado, se comenzó a llamar doña Jimena de Guzmán. Como había sido dueña tanto tiempo, no podía menos de hacer bien su papel. Salió una mañana con Aurora, una doncella y un paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que ordinariamente se alojaba Pacheco. Preguntó la Ortiz si había algún cuarto desocupado, y habiéndole respondido que sí, le enseñaron uno decentemente puesto. Tomólo de su cuenta, y aun adelantó un mes de alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel día.
Después que la dueña y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se vistió de caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y tiñéndose del mismo color las cejas, se disfrazó de suerte que parecía un señorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa hacía sospechoso su disfraz. Imitóle en el mismo la criada que le había de servir de paje, y todos nos persuadimos que también ésta representaría bien su papel, así porque no era de las más hermosas como por tener cierto airecillo descarado muy a propósito para el personaje que le tocaba hacer. Después de comer, hallándose las dos actrices en estado de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas y yo marchamos allá. Metímonos en un coche y llevamos los baúles y la ropa que era menester.
La posadera, llamada Bernarda Ramírez, nos recibió con el mayor agasajo y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversación con ella. Convinimos en la comida que nos había de dar y en lo que habíamos de pagarle cada mes. Preguntámosle después si tenía muchos huéspedes. «Por ahora—respondió—no tengo ninguno. Nunca me faltarían si quisiera recibir a todo género de gentes, pero mi genio no lo lleva y en mi casa sólo admito personas de distinción. Esta misma noche espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llámase don Luis Pacheco, caballero de veinte años lo más, que acaso conocerán ustedes o habrán oído hablar de él.» «No—respondió Aurora—. No ignoro que es de una familia ilustre, pero no sé sus cualidades, y habiendo de vivir en su compañía en una misma casa tendría particular gusto de saber qué hombre es.» «Señor—repuso la huéspeda mirando al fingido caballero—, es un caballerito de linda cara, ni más ni menos que la vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendréis bien. ¡Vive diez, que podré jactarme de tener en mi casa los dos señoritos más galanes y airosos de toda España!» «Según eso—replicó mi ama—, ese tal caballerito habrá tenido en Salamanca mil galanteos.» «¡Oh! En cuanto a eso—respondió la vieja—, debo confesar que es un enamorado de profesión. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier mujer. Entre otras robó el corazón de una joven y bella como ella sola, hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cariño hacia don Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doña Isabel.» «Pero dígame—le replicó Aurora con prontitud—, ¿y don Luis la corresponde igualmente?» «Que la amaba antes que volviese a Madrid—respondió la Ramírez—, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso es lo que yo no sé, porque el tal caballerito en este punto es poco de fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comúnmente todos los de su edad y de su clase.»
Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oyó en el patio ruido de caballos. Asomámonos a la ventana y vimos dos hombres que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de Madrid con su criado. Dejónos la vieja para ir a recibirlos y preparóse mi ama, no sin alguna conmoción, a representar su personaje de don Félix. Poco después vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con botas y espuelas, en traje de camino. «Acabo de saber—dijo saludando a doña Aurora—que un caballero toledano está alojado en esta posada, y espero me permitirá le manifieste el gusto que tengo de lograr bajo un mismo techo tan buena compañía.» Mientras respondía mi ama a este cumplimiento, me pareció que Pacheco estaba suspenso de ver a un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle que jamás había visto hombre tan galán ni tan bien plantado. Después de varios discursos, acompañados de mil recíprocos y cortesanos cumplimientos, se retiró don Luis al cuarto que se le había destinado.
Mientras se hacía quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que le buscaba para entregarle una carta encontró por casualidad a doña Aurora en la escalera, y teniéndola por don Luis, a quien no conocía, «Caballero—le dijo—, aunque no conozco al señor don Luis Pacheco, me parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no me engaño, según las señas que me han dado.» «No, amigo—respondió mi ama con gran serenidad—, ciertamente que no te engañas y sabes cumplir con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidaré de enviar la respuesta.» Marchóse el paje, y cerrándose Aurora en su cuarto con su criada y conmigo abrió la carta y nos leyó lo que sigue: «Acabo de saber vuestra llegada a Salamanca. Alegróme tanto esta noticia, que temí perder el juicio. ¿Amáis todavía a vuestra Isabel? Aseguradle cuanto antes de que no os habéis mudado. Morirá de contento si le dais el consuelo de haberle sido fiel.»
«En verdad que el papel es apasionado—dijo Aurora—y muestra un alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero—le dijo en tono de zumba—, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud; yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga usted—le respondió mi ama en el mismo tono—, su temor no está mal fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo. Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?», interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa—replicó la hija de don Vicente—. Habrá un mes que transité por esta ciudad, y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve tiempo—os lo digo en toda confianza—se apasionó ciegamente de mí la hija de un anciano doctor en leyes.»
Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y se podrá saber, sin pasar por indiscreto—replicó—, el nombre de esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?—repuso el fingido D. Félix—. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama Isabel.» «Y el tal doctor—interrumpió, impaciente ya, Pacheco—, ¿se llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!—respondió mi ama—. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!—prosiguió entonces Aurora con admiración—. ¡Parece que se os muda el color! Creo, ¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy gracias por ello—replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y despecho—. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha, pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo vuestro noble modo de pensar—dijo Aurora, manifestando también por su parte mucha indignación—. ¡La hija de un doctor en leyes debiera tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus favores.» «Por lo que a mí toca—dijo Pacheco—, juro no volverla a ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada razón—respondió el fingido Mendoza—. Pero, con todo, para que conozca mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto la amistad con Isabel.» «¡No, no!—interrumpió don Luis—. No pienso tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos discurrido.»
Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo, y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas—me dijo—, y haz que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí, señor—le respondí—, será usted servido como desea.»
Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno. Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor! ¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en la posada de los caballeros. «Hermano—le dije—, ¿seréis vos, por fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?» Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo—me preguntó con cara risueña—, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí, señora—le respondí—; tres semanas ha que entré a servir a su merced.» Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme con una carta tan grosera?» «Señora—le respondí afectando un aire lleno de sinceridad—, es cierto que mi amo no ha tenido razón para eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo el misterio.» «Te ofrezco guardarlo—me respondió ella prontamente—; no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues, señora—continué yo—, he aquí el caso en dos palabras. Un momento después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco; hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación, le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel, averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!—exclamó ella—. ¡Pues esto es todavía más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano! ¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis.
Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo. Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque ya estás de vuelta, Gil Blas?—me dijo en tono festivo—. ¡Ea, danos cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles, prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso—dijo mi ama—se llama sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco enteramente en esta ocasión a doña Isabel—interrumpió don Luis—; la tenía en muy distinto concepto.» «Yo también—replicó Aurora—había formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así es—respondí yo introduciéndome en la conversación—; era capaz de engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.»
Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente. Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura alegría. «Querido Gil Blas—me dijo—, tu ingenio y habilidad me tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio, pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al cuarto donde tenía mi cama.
CAPITULO VI
De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.
El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel con letras gordas—decía a los circunstantes—es una obra en prosa compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su camino, alejándose de él y de la Universidad.
Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre su familia. «Mi padre—dijo—es un segundo de la casa de Mendoza, establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.» «No—respondió don Luis—, pero he oído hablar mucho de él, igualmente que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y entendimiento.» «En cuanto a entendimiento—respondió don Félix—, es cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo; pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan, cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso así—replicó prontamente don Luis—, queda muy acreditada su fama. Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así, no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra curiosidad—repuso el fingido Mendoza—; hoy mismo, después de comer, iremos los dos a casa de mi tía.»
Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien, finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito! No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó, y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar un poco.» «Siento mucho esa indisposición—dijo Mendoza aparentando sentimiento—, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso tan urgente—respondió la Ortiz sonriéndose—; pueden ustedes dejarlo para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y después de una breve conversación se retiraron.
Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión, haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando, a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente de vino y perfectamente borrachos. «Señores—exclamó un ministril—, conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar, rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia. Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.» Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de irse a dormir.
Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía, y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de Guzmán. «Gil Blas—me dijo mi ama—, vé a casa de mi tía doña Jimena y pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir, a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra recomendación.»
Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis. También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.» Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid prontamente al mesón del Caballo Negro, cerca de la Universidad.» «Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego, Pacheco!—continuó—. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer. Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto, salió de casa, mandándome le siguiese.
Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del Caballo Negro nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios, lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa, y como—a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro cuando está para concluirse la comedia—no debía parecer en ella hasta el fin de la visita, salí así que acabé de comer.
En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.» «¡Ah libertinillo!—exclamó doña Jimena—. ¡Sin duda estará de jarana!» «No, señora—repliqué yo prontamente—; está en realidad con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito sus disculpas!—repuso mi ama chanceándose—. Sabiendo que he estado indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!» «¡Ah, señora—dijo entonces don Luis—, no toméis tan cruel resolución! Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»
Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto, se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme, amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien, ¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de parecer?—respondió Pacheco—. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo, y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a entendimiento—continuó—, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de mérito extremado!»
Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» «¡No necesito volverla a ver—interrumpió don Luis—para estar ya ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto peor para vos—replicó el fingido Mendoza—, porque vos no sois hombre de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no vaya por el camino real.» «¿Por el camino real?—repitió don Luis—. ¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» «¡Oh don Luis!—repuso don Félix—. Supuesto que pensáis de ese modo, desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi prima.»
Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No obstante—prosiguió Aurora—, a mayor abundamiento, quiero que los dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix si su prima se había levantado. «No—respondió la dueña—; todavía está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las señales de un amor verdadero.
Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está escribiendo en mi gabinete—respondió doña Jimena—y presto saldrá.» Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, ¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, caballero—prosiguió volviendo a su natural seriedad—; acabad de conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma persona.»
No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! ¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? ¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un sinnúmero de diversiones.
CAPITULO VII
Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.
Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien con él.»
Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel momento me recibió en su servidumbre.
Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era. Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática, acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»
«¡Santo Dios!—dije prontamente para mi capote—. ¿Y cómo podrán los mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo—prosiguió él—irás conmigo a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro; no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en amor. Sin embargo, fingí—por complacerle únicamente—que le creía; y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza. Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.
Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara; y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo Pacheco—dijo luego que entró—, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido, conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»
Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo, mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso—dije yo entonces para mí sonriéndome—, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme tamaño!»
Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche. Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor. Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad, por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios, conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos. Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas que las visitan.
No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia. Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno, vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta. Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?—me dijo llena de alegría,—. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia, como yo de la de Constanza?» «Así es—respondí yo—; mucho tiempo ha que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción, porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy bien—me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz—, y poco más o menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro—repuse yo—que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te engañas en eso—respondió Beatriz—. Mi ama es una mujer bien nacida, como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi amo—repliqué yo—es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!—repuso Beatriz—. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti, de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero, en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad, cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a fidelidad, soy una tortolilla.»
Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.
«Escucha, Gil Blas—me dijo doña Eufrasia—: en ti consiste hacer tu fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo; su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico, basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora—le respondí—, disponga usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se dará por bien servida.» «Pues, ahora bien—repuso ella—, lo que has de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y sobrinos.»
Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada, confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que, en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví, pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción buena que por las malas que yo pudiera hacer.
Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios; artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise, siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres generaciones.
No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia; muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna, que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don Gonzalo una mujer joven y hermosa.
Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más proporcionado a sus años.
Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme mucho. «¡Ah, malvada!—decía yo con enfado—. ¡Ah, traidora Eufrasia! ¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada. Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!—me dijo—. Estoy sumamente agradecido al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad. Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.
Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo: «Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla, tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos, por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella. Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas. Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues qué, señor—interrumpí yo con sentimiento—, dudáis de mi sinceridad, desconfiáis de...?» «No, hijo mío—repuso él—. Te hago justicia; no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación. Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi pobre Gil Blas—continuó—, y te aseguro que no he consentido en ello sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa; fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya casa lo pasarás perfectamente.»
Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva casa.
CAPITULO VIII
Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la visitaban.
Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella, alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su casa la llamaban por excelencia el tribunal de las obras ingeniosas.
Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria, una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba con la decisión del tribunal; antes bien, censuraba sin reparo las obras que habían sido en él muy aplaudidas.
La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes, disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente. Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela, y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo, volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de haberle visto en alguna parte.»
Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande, a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro. Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.» «Este segundo carácter—le respondí yo—es un carácter muy amable; pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice usted muy mal en el bello sexo?—replicó Molina prontamente—. Es tan fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará mucho.»
Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave, cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este es—me dijo—uno de aquellos entes serios que quieren pasar por hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de formarse una buena renta.»
Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en la escalera. «¡Bravo!—exclamó el maestro de pajes—. ¡Aquí tenemos al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea! Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró su visita. «Este licenciado—dije a Molina—parece hombre de ingenio.» «Sí lo es—me respondió—. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una colección de sus agudezas y sus gracias.»
Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la marquesa, que fué de mi gusto. «Esta—me dijo—tiene un talento regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación, y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi sospecha fué el siguiente.
Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo de parte de quién, «¡De la mía!—me respondió arrogante—. Diga usted a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho, se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo contenta que quedaba de él.
En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo: «Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora. Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo le servía de tercero.
Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él. Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien—para hablar con más exactitud—era un bribón que subsistía a expensas de las personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas señoras de distinción.
CAPITULO IX
Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y cuál fué su paradero.
Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar.
Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible, y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido, y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así, tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que tengo—me decía—, gastándolo con discreción, tendré para correr gran parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir, pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.»
Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos. Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo, les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de prender. «El caballero—decía uno de ellos—no tiene mas que veintitrés años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un caballo castaño.»
Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive diez—dije para mí—, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un buen servicio. Señor—le dije—, permítame usted que le pregunte si le ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme, fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta. «Generoso desconocido—me respondió—, no puedo ocultaros que tengo motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería de parecer—repuse entonces—que buscásemos por aquí un sitio retirado, donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo al pie de una montaña, donde encontramos una ermita.
Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío, ¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos—respondió el anacoreta después de haberme mirado con atención—; mi pobre gruta está a vuestra disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis. El caballo—añadió—le podéis meter en aquel corral—señalándolo con la mano—, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre el venerable viejo.
Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared, y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo, hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la noche. «La incomodidad será para vosotros—respondió cortesanamente el anacoreta—; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo ofreceros la de un pobre ermitaño.»
En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua. «Esta—dijo—es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas, que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello que servía de alimento a nuestros primeros padres.»
Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo: «Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío—respondió el caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro—, es muy cierto que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo—replicó el ermitaño—, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló de esta manera.
CAPITULO X
Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.
«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.
»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo. Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme.
»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido.
»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor en ese corazón de hielo.»
»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí.
»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho. Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando, acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero—me dijo—, ¿no sois vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego vos sois el citado—prosiguió él—para dar esta noche conversación a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas, que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese sacrificio—respondí—se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.» «Pues riñamos—dijo él, atando el caballo a un árbol—, porque es indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar, se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate. Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de Madrid.
»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca, sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados. Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua, que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la brida.
»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz, presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta. Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada, y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona alguna.
»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante, y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía, sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó.
»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama. Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije: «No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.» Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer. No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto, me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme; pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo: «¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!»
En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!—me dijo—. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges. Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante gente en casa que te prenda!» «Señora—le dije—, no me confundáis, os ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad, no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron; de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo. Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una especie de furor. «Señora—exclamé entre lastimado y colérico—, ¿quién ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías! ¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique. Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor de vos, a cualquier riesgo.»
»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado, y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora—repliqué—; pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor—respondió Serafina—, el motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario. Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.»
»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable, admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado. Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía toda la gloria.»
Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo—respondió el anacoreta—, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis consejos con mayor conocimiento.»
«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes—prosiguió el caballerito—, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo. «Envié su carta a mi padre—prosiguió Serafina—, no sin esperanza de que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.»
»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo que me había ocasionado, y, sobre todo—añadió ella misma—, los peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala, donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir.
»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no dudando—dijo—, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach, oficial de la guardia alemana. «Decidme también—replicó la dama—por qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar. Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor.
»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años ha—respondió—que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara, y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora—le pregunté—, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy, señor, a responderos—repuso ella—y corresponder a la confianza a que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido. ¡Ah!—añadió ella suspirando—. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención. «Sí, Serafina—me decía muchas veces—, me alegraría mucho de que estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y el de sus pesares.»
»Concluída esta relación, todo el resto de la conversación que tuvimos Serafina y yo fué acerca del singular carácter de su marido. Interrumpió nuestra conferencia un correo, que llegó en aquel mismo punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Polán. Pidióme licencia para abrirla, y observé que conforme la iba leyendo se iba poniendo pálida y trémula. Luego que la acabó de leer, alzó los ojos al cielo, dió un gran suspiro y empezó a correr por su rostro un torrente de lágrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su pena, me turbé, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que iba a llevar, me cogió un mortal terror que me heló toda la sangre. «Señora—le dije con voz desfallecida—, ¿será lícito saber de vos qué funestas noticias os anuncia esa carta?» «Tomadla, señor—me respondió tristemente—, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. ¡Ay de mí, que su contenido os interesa demasiado!»
»Estremecíme al oír estas palabras; tomé temblando la carta y vi que decía lo siguiente: «Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafío en el Prado. Recibió en él una estocada, de la cual ha muerto hoy, declarando al morir que el caballero que le mató fué el hijo del barón de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el matador escapó, sin saberse dónde se ha escondido; pero aunque lo esté en las entrañas de la Tierra, se harán todas las diligencias posibles para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que no dejarán de arrestarle como ponga los pies en algún lugar de su jurisdicción, y voy también a practicar otros medios oportunos para cerrarle todos los caminos.—El conde de Polán.»
»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora—le dije—, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor—respondió Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción—, yo quería a don Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues qué, señora—le repliqué—, estando en vuestra mano la venganza, ¿la dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas? ¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo! ¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa eso!—interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran causado nueva pena mis últimas palabras—. Aunque fuerais vos el hombre más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien está, señora!—repliqué—. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito, haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis. Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración—replicó la dama—, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a deciros, don Alfonso—añadió derramando algunas lágrimas—, que partáis luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor; cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto, señora—repliqué levantándome—. Voy a alejarme de vos, pero no penséis que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis desdichas.»
»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.»
CAPITULO XI
Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba entre amigos.
Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven, pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras. Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.»
Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa. Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien poblada. «Bien venido, hermano Antonio—le dijo el viejo anacoreta—. ¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!—respondió el hermano barbirrojo—. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de vivir! Mudemos de estilo—prosiguió, dirigiendo la palabra al joven caballero—. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro, y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.»
Diciendo y haciendo, se desnudó del saco grosero que le llegaba hasta los pies y dejóse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con mangas perdidas. Quitóse el capuz, desató un sutil cordón que sostenía su gran barba postiza y ofreció a los ojos de los circunstantes un mozo de veintiocho a treinta años. El hermano Antonio, a su imitación, hizo lo mismo; quitóse el hábito y la barba eremítica y sacó de un arca vieja y carcomida una raída sotanilla, con que se cubrió lo mejor que pudo. Pero ¿quién podrá concebir lo admirado y atónito que me quedé cuando en el viejo ermitaño reconocí al señor don Rafael y en el hermano Antonio a mi fidelísimo criado Ambrosio de Lamela? «¡Vive diez—exclamé al punto sin poderme contener—, que estoy en tierra amiga!» «Así es, señor Gil Blas—dijo riendo don Rafael—. Sin saber cómo ni cuándo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos tuyos. Confieso que tienes algún motivo para estar quejoso de nosotros, pero ¡pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos vivir a costa ajena. Agrégate a nosotros dos y tendrás una vida andante, pero alegre. No la hay más divertida, como se tenga un poco de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de la fortuna. Señor caballero—prosiguió el fingido ermitaño volviéndose a don Alfonso—, la misma proposición os hacemos a vos, que me parece no debéis despreciar en el estado en que presumo os halláis, porque, además de la precisión de andar siempre fugitivo y escondido, tengo para mí que no estáis muy sobrado de dinero.» «Así es—dijo don Alfonso—, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre.» «¡Ea, pues—repuso don Rafael—, buen ánimo! No nos separaremos los cuatro; éste es el mejor partido que podéis tomar. Nada os faltará en nuestra compañía y nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de vuestros enemigos. Hemos recorrido toda España y sabemos todos sus rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos, abrigos segurísimos contra las brutalidades de la justicia.» Agradecióles don Alfonso su buena voluntad, y hallándose efectivamente sin dinero y sin recurso determinó ir en su compañía, y también yo tomé igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien había cobrado ya grande inclinación.
Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratóse entonces sobre si marcharíamos en aquel mismo punto o nos detendríamos primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el día anterior había traído de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael, como más experimentado, fué de parecer que ante todas cosas se debía pensar en ponernos a salvo, y que así, era de sentir que caminásemos toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que había entre Villar del Saz y Almodóvar, donde haríamos alto y, libres de toda zozobra, descansaríamos el día siguiente. Abrazóse este parecer, y los dos ermitaños acomodaron su ropa y demás provisiones en dos envoltorios, y equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo de don Alfonso.
Anduvimos toda la noche, y cuando estábamos ya muy rendidos del cansancio, al despuntar el día descubrimos el bosque adonde se encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los marineros fatigados de una larga navegación; cobramos ánimo y llegamos por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejiéndose unas con otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo, quitámosle la brida y echámosle a pacer por el prado. Sentámonos, sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan, muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en la gana de comer. Con todo eso, obligábamos al hambre a que aguardase un poco, por los frecuentes abrazos que dábamos a la bota, que en movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire, pasando de unas manos a otras.
Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: «Caballero, a vista de la confianza que usted me ha hecho, justo será también que yo cuente la historia de mi vida con la misma sinceridad.» «Gran gusto me daréis en eso», respondió el joven. «Y a mí, grandísimo—añadí yo—, porque tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo serán dignas de oírse.» «¡Y como que lo son!—replicó don Rafael—. Lo han sido tanto, que pienso algún día escribirlas. Con esta obra hago ánimo de divertir mi vejez, porque en el día todavía soy mozo y quiero añadir materiales para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recuperémonos con algunas horas de sueño. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velará y hará centinela para evitar toda sorpresa, que después dormirá él y nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aquí nos hallamos con toda seguridad, nunca sobra la precaución.» Dicho esto, se tendió a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imité a los dos y Lamela comenzó a hacernos la guardia.
El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se quedó dormido inmediatamente; pero despertó dentro de una hora, y viéndonos dispuestos a oírle dijo a Lamela: «Amigo Ambrosio, ahora puedes tú ir a descansar.» «¡No, no!—respondió Lamela—. Ninguna gana tengo de dormir; y aunque sé ya todos los sucesos de vuestra vida, son tan instructivos para las personas de nuestra profesión, que tendré especial gusto en oírlos contar otra vez.» Así, pues, comenzó don Rafael la historia de su vida en los términos siguientes:
LIBRO QUINTO
CAPITULO PRIMERO
Historia de don Rafael.
«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su dinero.
»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas. Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos hablaba la sangre a favor mío.
»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que, unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil la enseñanza que se le daba.
»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que ascenderían éstos.
»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores, hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía, el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi seguimiento.
»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más ricos caballeros de su orden.
»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras. Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años, y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante—me dijo el más joven—, nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?» «Si yo tuviera tanta plata—les respondí—, ¡Dios sabe a dónde iría a dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos—añadí—, yo os acompañaré hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de anochecer.
»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije: «Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario, quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones. ¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las inocentes criaturas.
»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad. Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad. Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo—le dije—, señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.» «Caballero—me respondió—, soy cantor de una iglesia y quiero ejercitar la voz.»
»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo, de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida aquella ciudad—me dijo el cantor—; he estado en ella muchos años y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le interrumpí. «En la calle Nueva—respondió—, donde vivía con don Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos que citaba eran los mismos caballeros de la garra que en Toledo me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor—exclamé entonces—, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!—me respondió sonriéndose—. Eso es decir que entrasteis en la orden tres años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos caballeros—proseguí—porque se me puso en la cabeza el viajar y ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!—dijo el cantor—. Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»
»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya. Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía. Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro, y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales—así se llamaba mi nuevo compañero—no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa, él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta manera llegamos en fin a Mérida.
»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer. Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían acometido.
»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle, y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos hombres para querer asesinarle. «Señores—nos respondió—, estoy muy agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber—le repliqué yo—por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a decir a usted—me respondió—. Tenía yo un hermano, comerciante en esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava, alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina, para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice, porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra; por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre. Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»
»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante. «¿Qué es lo que me dices?—respondió lleno de gozo el aturdido viejo—. ¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí, señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia, dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.» Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»
»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante nuestro enredo. «Y bien—me preguntó—, ¿y por qué no viniste derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón? Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor—respondió Morales, tomando la palabra por mí—, mi amo es algo ceremonioso; tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad este mozo, señor de Miajadas—le interrumpí yo—; ése es el motivo por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito la excusa!—repuso el viejo—. Ese accidente no debió detenerte para servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de ella.»
»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona perfecta. «Aquí tenéis—me dijo—a la persona que os prometió su tío, mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!—exclamé yo entonces en aire de apasionado—. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de mí teniendo a la vista el original!» «Señor—me dijo Florentina—, son demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija—le interrumpió su padre—y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa? Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor—respondió mi camarada—. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras—replicó el anciano sacando un bolsillo y alargándoselo—, ahí van esos cien doblones, de que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!—replicó Morales—. Perdóneme su merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!—dijo el buen hombre—. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas. Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»
»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo agradecido que estaba al servicio que le había hecho.
»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado nuestro temor.
»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero estaba en ella Morales. «Señor—dijo el hombre al buen viejo—, soy criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.
»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados, dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo: «Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado, respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire usted lo que dice!—le replicó el mozo de Calatrava—. ¡Sepa que le engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con ese hueso!—respondió el viejo—. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No conoces este mozo—señalando a Morales—, a cuyo amo robaste en el camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!—repuso Pedro—. ¡A no estar en vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia, cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor—continuó él—, vuelvo a deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio? ¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de su muerte?» «No—replicó el viejo—; el retrato no me hará más fuerza que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos; y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso es ya demasiado!—interrumpió el ultrajado mozo—. ¡No aguantaré jamás que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad; voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado, y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a cuyo fin salió a hacer las diligencias.
»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo. Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije: «¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en grandes cosas.» «¡Y como que lo está!—me respondió; y al mismo tiempo me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin—: Mira ahora si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales—le repliqué—, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si lo consigues—repuso mi camarada—, desde luego declararé que superas a todos los barones ilustres de Plutarco.»
»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo: «Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío. Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor, de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él. Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!—interrumpió precipitadamente el viejo entre colérico y sorprendido—. Pues qué, ¿no sois vos el mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor—le interrumpí yo también—, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer, después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa, pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro. Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla, que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación, me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo, que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis a saber que soy un príncipe italiano que viajo incógnito. Mi padre es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El Cielo no quiere—proseguí, mudando de tono—que yo tenga tanto placer! Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre, cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué duda tiene eso?—exclamó el buen Jerónimo de Miajadas—. ¡Es una cosa muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!» «Con todo eso, señor—repliqué yo—, no quisiera que usted partiese con precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis de mí!—interrumpió Miajadas—. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!—le respondí—. Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa suerte.»
»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales, que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya! ¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que tienes menos experiencia que yo.» «Según eso—le respondí—, ¿ya no tienes miedo?» «¡Cierto que no!—replicó él—. No temo ya al señor Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote, con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.
»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de Florentina. «Señor Miajadas—le dijo el tal mozo—, aquí os traigo a estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.» «Sí por cierto—dijo el alguacil—; y declaro ante quien convenga cómo yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil—dijo entonces el buen Jerónimo Miajadas—, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!—dijo el alguacil—. Yo sólo he venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo—interrumpió Pedro—forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah, ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor queja de vos—respondió el viejo—; antes bien, os confesaré que siento verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que veis aquí. Este señor—prosiguió, señalándome—es el que me salvó de un gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»
»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes, abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales, y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah! ¡Ah!—exclamó sin poderse contener—. ¡He aquí uno de nuestros parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil—dijo Jerónimo Miajadas—, que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!—respondió—. ¡Eso me basta para saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo! ¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!—replicó el viejo—. ¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus príncipes!—repuso el alguacil—. Este mozo, vuelvo a decir, es un tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den presos al rey. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío—me dijo en seguida—; vamos andando!»
»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas, o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor ministro—dijo al alguacil—, vuestras sospechas pueden ser falsas y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía—interrumpió el alguacil—sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella, les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»
»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros. Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.
»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura. Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo, «¡Señores—nos gritó—, aconsejo a ustedes que hagan alto en este lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.
»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!—exclamó el mesonero—. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.
»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto. Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía—respondió Morales—, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano—respondió el caballero—llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!—exclamó mi compañero, no menos alegre que sorprendido—. ¡A fe mía que la aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel Morales.» «Justamente—respondió el otro—, y, por consiguiente, tú eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo: «Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.» Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie, saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos. Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás convidados bebíamos y nos alegrábamos.
»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída, me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca. Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse. Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un buen empleo. Caro amigo—continuó él—, te aconsejo que no desprecies este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»
»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante, cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta, defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.
»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación, unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva, más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino, y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados. Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena. Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla, y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino, persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.
»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?—le pregunté yo—. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho—me respondió—. Los corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva, y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se quedó jugando con su hermano y otros del castillo.
»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros—nos dijo en lengua castellana—, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas, nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas, hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.
»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos. ¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia. Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento; y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo, mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud muchos brindis por irrisión.
»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia. «Oye, mozo—me dijo—, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata—añadió, viendo que yo llevaba una guitarra—; veamos a lo que llega tu habilidad.» Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy llevadera la esclavitud.
»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos, y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo—que así se llamaba nuestro pirata—había muerto peleando con una gruesa embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.
»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria, religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente, fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos. No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al servicio de Solimán.
»Este bajá—porque es necesario que haga su retrato—era un hombre de cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco. Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me miró con ojos favorables.
»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud. El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor para arrostrar todo género de peligros.»
»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita; el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe, y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues, en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome, y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé; de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien—añadió él—, el Cielo te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir al bajá.
»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón, y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»
»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo—me dijo—, tu persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado. Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate, pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues, sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con efecto, señora—le respondí—, correspondería ruinmente a vuestra generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación. En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente. Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo.
»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo, cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita, que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá.
»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos, despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.»
»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir, ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en esta ocasión!
»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly, a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó. No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas, estimadas en dos mil sultaninos de oro, y juntamente un billete, en que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo Argel.
»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin escrúpulo, como lo hacen todos los renegados.
»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva. Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve, estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado animalillo.
»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme, os suplico—le pregunté—, qué es lo que me quiere.» «El mismo os lo dirá—respondió el moro—; todo lo que puedo deciros es que un mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos sultaninos de oro y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación! ¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí—le respondí—, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó muy encargado que os entregase los doscientos sultaninos de oro que hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto, sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!»
»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.
»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven, poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras. Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer a quien miraba. «Sí, señor—me respondió con tierno sentimiento—. ¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien está, hija mía—le dije—. Si para tu consuelo no deseas mas que el estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda. «¡Cielos!—exclamé dentro de mí mismo—. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi casa.
»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora—le dije—, ¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad—dije entonces a mi madre—que en todas vuestras comedias no habéis tenido un encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo—me respondió suspirando—, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre—le respondí sonriéndome—, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo. En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado, soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel proverbio que dice: No hay mal que por bien no venga.» «Hijo mío—me dijo Lucinda—, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en Castilla.» «Sí, señora—le respondí—, espero que le tendréis, pues lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo—repuso mi madre—, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero, señora—repliqué—, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.» «¡Otros tiempos, otras costumbres!—respondió ella—. Si los hombres más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos? Voy a contarte—continuó—la historia de mi vida desde que saliste de Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de la cual no quiero privaros, porque es curiosísima:
«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle, vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa propensión.
»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería, de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres, siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas con la indignidad que merecéis.»
»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo, todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina.
»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme. Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones. Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos, arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna, oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera: «Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta, sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un espectáculo público en presencia de los dos.»
»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa. Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad de Valencia, y partí de incógnito a ella, llevando conmigo hasta el valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España. Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica. Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada, puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más raro en el reino de Valencia que en otros muchos países.
»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días.
»Don Manuel de Jérica—éste era el nombre de mi esposo—me condujo luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero, y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país; y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban las demás gentes!
»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores, el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador, que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo, aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor complacencia de la que yo pensaba. «Señora—me dijo un día—, yo no entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear. Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez que supo servir bien a la viuda y al huérfano.
»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas, quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en los sitios más visibles.
»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad, estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló modo de hablarme a solas, y—te confieso la verdad—desde la primera conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado de mí, y creo—¡Dios me lo perdone!—que en aquel mismo punto nos hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los estímulos del mundo.
»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia. Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay, que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado Colifichini.»
»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué, señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.» «Hijo mío, ¡cómo ha de ser!—me respondió ella—. ¿Por ventura puedo yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel. Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses oído hablar nunca de nosotras.»
»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre, presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto aborrecéis.»
»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío—me respondió—, confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!—exclamé penetrado de dolor—. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza! Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros ojos.» «No lo niego—respondió Lucinda—; es cierto que amo a este renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el vuestro?—interrumpí todo horrorizado—. ¡Vos casaros con un musulmán! Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir, solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por necesidad!»
»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!—le dije—. ¡Si nada es capaz de conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que, a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una tragedia esta catástrofe sangrienta.
»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo. Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz. Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz, partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.
»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame, pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción, y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado bien, era generalmente tenido por persona de importancia.
»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte, los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos. Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones, no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.
»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras le divirtieron infinito.
»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa, y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura. Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini, que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve, sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre, si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos, no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que pide un encargo tan delicado.»
»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano, se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente, pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán ustedes.
»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para encarecerla.» «Señora—le respondí en el mismo tono—, las cosas no se han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos rivales peligrosos.» «Bien puede ser así—replicó Lucrecia—; pero yo soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación. Arreglaos por este principio—prosiguió ella, volviendo a revestirse de su natural seriedad—y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»
»Aunque éste era un aviso al lector de que yo debiera haberme aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí, amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe, pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer; que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí, pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte, confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado mis suspiros.
»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día, estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado robarle su dama?» «Merecería—respondió uno de los cortesanos—ser descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael—replicó entonces el gran duque—, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes ocasiones.»
»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido traidor.» «Pues bien—me dijo el duque—: yo me contemplo capaz de esa generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de él. Don Rafael—añadió—, la venganza que tomo de vos es que salgáis inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de Liorna para Barcelona.»
Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.» «Convengo en ello—respondió el hijo de Lucinda—, y por lo mismo había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué a Barcelona—continuó—con lo que me había quedado de las riquezas que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo, poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer caballero mendicante que fuese de su gusto.
»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena. La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía aletargado. «Querido Rafael—me dijo un día Camila—, pongamos treguas a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso. Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas perdidas.» «Hermosa Camila—respondí yo prontamente—, me ganas por la mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía. Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para entrambos.»
»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías. Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el terreno antes de acometer ninguna empresa.
»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?» Respondíle que no. «Pues yo—me replicó—conozco a usted mucho, por haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe, y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros, será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y caballero profeso en nuestra orden.»
»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta sinceridad—le respondí—, quiero hablarte con la misma. Es verdad que no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno. Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos papeles se le encargaban.
«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta. Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy bien. Usted, señor Gil Blas—prosiguió, dirigiéndome la palabra—, se acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.
»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan, ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó, pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.
»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho. Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas. Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya. Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido practicar por el día.