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Le Sage

HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
TOMO III y ÚLTIMO

MCMXXII

Papel expresamente fabricado por La Papelera Española.


LE SAGE

Historia
de
Gil Blas de Santillana

NOVELA

TOMO III y ÚLTIMO

Traducción del P. Isla

MADRID, 1922

Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID


GIL BLAS DE SANTILLANA

LIBRO OCTAVO

CAPITULO PRIMERO

Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna.

Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el duque de Medinasidonia.

Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse. Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando, mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!—añadió, estrechándome lleno de gozo—. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted. Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa. Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.»

Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.»

La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues, y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él y el mayordomo estaban muy bien avenidos.

Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre, me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma, primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de comer, iremos a su casa.»

Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo del administrador que había sido despedido, el cual consistía en visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre.

Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas, que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en la corte. Esta historia es la siguiente:

En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le hacían excitar pasiones hasta en su vejez.

Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde, enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.» «Pues bien—replicó ella—, una vez que con tanta porfía queréis continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi vista.»

Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó, suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora, rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»

Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula para huir de mis deseos!» «¡No, no!—interrumpió ella—. Te revelo un secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre, no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»

Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no haberle podido cometer.

El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había hecho, me eligió para substituir a este joven.


CAPITULO II

Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él.

Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo, que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que subiréis mucho en poco tiempo.»

Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije: «Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues, decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado—me respondió el apoderado con una sonrisa maligna—. A cualquier otro le diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues—prosiguió—, que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano. Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público, frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública. Por lo que acabo de decir conoceréis—añadió don Diego—cómo debéis portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así—repuso Monteser—, voy a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.»

Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio. Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos, que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que respondía muy cortésmente a los que le hablaban.

Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes. Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana, a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla. «Señor de Santillana—me dijo sonriéndose al fin de mi narración—, a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor—le respondí sonrojado—, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco—replicó—. Veo, hijo mío, que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo Santillana—continuó el ministro—, no te acuerdes más de lo pasado; piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de registro en folio muy gruesos. «Aquí—me dijo—has de trabajar. Todos estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española. Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno, veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero emplearte en él.»

En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y, por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas. Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor—me dijo—, te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey.

Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido, sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las ordinarias no convenía a mi persona. ¡Piensa que ahora sirves al rey! Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por momentos en mi ánimo.


CAPITULO III

Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió obligado a guardar.

Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona.

A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España.

Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en las Universidades.

En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha que servimos—decía uno—a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» «Por lo que hace a mí—decía el otro—, quisiera haber recibido veinte zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el castillo de Alicante!»

«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?—les dije—. Sin duda tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna, vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que, por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar. Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.

Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más. Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este secretario.

Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario—me decía yo en este tiempo—, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el ajo antes que usted se lo haga morder a otros!»

Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo, que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza; pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera servirme.

Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos personas que contrastaban singularmente.

Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores) abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en aprovecharme de los momentos de conversación con el duque.


CAPITULO IV

Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un secreto de importancia.

Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él—respondió el duque—. Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar muy bien con él.

«Para principiar—prosiguió el duque—a ponerte en posesión de mi confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el conde de Lemos, mi sobrino.»

Habiendo advertido el ministro que este último punto me había sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto te manifiesto—continuó—lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España. Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi proyecto—añadió—, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo que tenga que participarme.»

Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi inquietud. «¡En fin—decía yo—, heme aquí colocado en una situación que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.


CAPITULO V

En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.

Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó de modales conmigo. Ya me llamaba señor de Santillana, cuando hasta entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el tratamiento de usted. Se me mostraba muy propicio, especialmente cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano consumado.

También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la corte que con menos fundamento se tienen por tales.

Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.

Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía, y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id—añadió—, noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su sentir acerca de ello.»

Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones, de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde, diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?—decía yo—. ¿Si estaré próximo a ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia. ¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe! «¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!—se me dirá—. No se trataba en cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como otro. Solamente se diferencian en el provecho.

Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle. Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.

Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días después.


CAPITULO VI

Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.

Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva, de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su excelencia no le disgustaban.

Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves—dijo el duque—parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su pendencia.» «Señor—le dije—, la curiosidad de vuestra excelencia me trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté en estos términos:

«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía, manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir, a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque, viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su lengua.» «Señor—le respondió el cachemiriano—, vuestros deseos se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, señor—respondió Zangir—, que un dervís cabalista me enseñó el idioma de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré palabra por palabra lo que les haya oído.»

»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!—exclamó el ministro persiano—. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos—replicó el secretario—ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas, viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a poco!—interrumpió el otro cuervo—. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a la miseria.»

Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma, quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del atrevimiento de su secretario. «No, señor—le respondí, algo turbado de su pregunta—; la fábula dice, al contrario, que le colmó de beneficios.» «Fué fortuna—replicó el duque con seriedad—, porque hay ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones. Pero—añadió, cortando la conversación y levantándose—creo que el rey no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana.

Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado. Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted, señor de Santillana?—dijeron al verme—. ¡Usted está muy demudado! ¡A usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»

Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado—me dijo uno de ellos—. Su excelencia toma algunas veces las cosas al revés.» «Esa es mucha verdad—dijo el otro—. ¡Quiera Dios que sea usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa, que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es—le dijo el ministro—que se os pague. Tomad—prosiguió, dándole una libranza de mil ducados—, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios. El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.»

Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!—decía—. ¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre, para echarle a él toda la culpa!»

Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró, contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo me permitieron suspirar y lamentarme.

El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado. «Santillana—me dijo alargándome un papel que tenía en la mano—, toma esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies, le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a entender a vuestra excelencia mi miseria!»

El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil Blas—me respondió—, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal, amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.»

En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me apreciaba más.


CAPITULO VII

De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él.

El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de castor con galón de oro.

Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no quiero—dije a Foreto—criados que tengan un aspecto tan virtuoso, porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo. Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir, de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era la habilidad de Escipión—que así se llamaba mi lacayo—, que había servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que, mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él.

Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino, llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.» «¡Cómo, pues—le dije—, señor Escipión, usted ha andado ya mucho camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a usted—me respondió—; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»

Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío—le dije—, antes de tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto—respondió el granadino—; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de esta suerte.


CAPITULO VIII

Historia de don Rogerio de Rada.

«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste el único hombre de quien debía recelar.

»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy seriamente que no debía esperar el logro de sus designios.

»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual, imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo pasado.

»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.»

«¡Ya os entiendo—interrumpió don Anastasio todo turbado—, vuestra prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!—repuso Hordales con aspecto irritado—. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!—exclamó don Anastasio—. ¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!—prosiguió don Huberto—. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña, y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es inútil—continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el efecto que esperaba—, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.»

»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces, sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada, se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!»

»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado, por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel, mirad que os engañáis!»

«¡No, no!—repuso el irritado celoso—. ¡Estoy muy cierto de vuestra traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don Huberto...» «¡Ah señor!—interrumpió ella con precipitación—. ¡No debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis! Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.» «¡Callad, infame!—replicó don Anastasio—. Vos misma acreditáis mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio, pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo de castigaros.» «¡Amado esposo mío—repitió la inocente Estefanía llorando amargamente—, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo! A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces haréis más justicia a una mujer que no es culpable.»

»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente, bárbaro!—gritó—. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un atentado tan horrible!»

»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así, como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra, él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de Antequera.

»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos, de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz parto.

»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar. Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo combate, le di tres estocadas y cayó en tierra.

»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los voluntarios que tenía a bordo.

»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería, y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de Elena.

»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos saber vuestra familia?» «¡Ah!—me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!—exclamé—. ¿Debo creer lo que oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» «¡Qué decís, joven!—exclamó mirándome atónito—. ¿Será posible seáis aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío—le dije—, yo soy a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta noche en que la dejasteis anegada en su sangre.»

Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado la inocencia de su mujer. «Señor—le respondí—, nadie ha dudado jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a morir.

»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío—me dijo—, tomemos presto el camino de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!» Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para entrar secretamente en nuestra casa.

»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino, vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo, señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo su valimiento.»

El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto, el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.»

Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo Calderón para despreciarlo.


CAPITULO IX

Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia.

El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones. Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro, su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que, habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar, y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el favor.

Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a mi criado con un nuevo quidam que acaba de enganchar. Cabalmente es Escipión. Escuchémosle. «Señor—me dice—, permítame usted le presente a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!» En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España.

Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!—me dijo—. ¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis pensar—continuó—el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios. Sirvaos esto de gobierno.»

Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero. Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos, canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos, lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del pueblo recontando su dinero.

Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura compañeras inseparables de los ricos. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba extremadamente.

Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes. Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte—porque tal amo tal criado—también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía tener clavada la rueda de la fortuna.

Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar, señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí—le dije—, amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible—exclamó con viveza—que te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda—añadió—que seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto los mayordomos de las casas grandes.»

Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una palabra, no sería confidente del duque de Lerma.»

Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la confianza del primer ministro!» «La divido—le respondí—con don Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es verdad, señor de Santillana—replicó—, que me causáis admiración. ¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo, poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado. Finalmente, señor—prosiguió—, me alegro mucho de la prosperidad de vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!—interrumpí yo—. ¡Señor Núñez, nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos siempre con familiaridad!» «Tienes razón—repitió—. Aunque te hayas enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he mirado siempre. Pero—añadió—te confieso mi flaqueza: al oír tu fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en ti más que a mi amigo Gil Blas.»

Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas que llegaron. «Señores—les dije mostrándoles a Núñez—, ustedes cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que, tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.

Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi gabinete. «Perdóname, amigo mío—me dijo—, si he ofendido a tus covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré—le dije—mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con razón!—me respondió—. Yo te prometo talentos superiores y de los más entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.»

Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió, acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro, haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras—decía él—merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto con profusión.

En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro, vituperando la elección que una academia de literatos acababa de hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido; los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica.

Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien—le dije—, amigo, ¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas. ¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso—me respondió—presentarte otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.»


CAPITULO X

Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este señor y él se metieron.

Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas para conseguirles gratis lo que pretendían. Las primeras tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión a José Navarro.

Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien—para decirlo de una vez—era la causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba empleo para subsistir. «No dudo—añadió José—que siendo usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde. Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a servirle. «Me alegro—respondí a Navarro—de tener esta ocasión en que poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de usted.»

Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien, con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»

José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento. Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me hallaba en la corte.

Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo Santillana—me dijo—, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred, investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay tantas gentes que se ocupan en él.

Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo que es—interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle—; usted necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta, y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro tu perspicacia!—le dije sonriéndome—. Sí, amigo mío, necesito una dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas costumbres.» «Lo que usted desea—interrumpió Escipión sonriéndose—es algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»

Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes, que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!—le respondí—. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!—replicó—. ¡No me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el Júpiter enviando una lluvia de doblones.»

Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos, no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía, que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían imperceptibles sus defectos.

Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era—tan bien me había parecido—, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene, pues a otro no la conseguiréis.»

Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora, vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante: la destino para el príncipe de España.» «Me parece—respondió la tía fríamente—que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora—exclamé—, hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa de usted he hallado lo que buscaba.»

Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita es usted—le interrumpí—con su virtud! Usted piensa como una simple aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad, en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el nombre de su madre con el suyo.»

Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos siguientes: Primero: Que si por los informes que diese yo al príncipe de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como igualmente de la noche que eligiese para este efecto. Segundo: Que el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente.

Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina. Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad.

El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones para finalizarla.

Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina, porque de todo hace uno mérito para con los grandes.

Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas—me dijo el ministro con aire burlón—, me alegro que usted una a sus demás talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor—le respondí en el mismo tono—, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad—le dije—, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está bien—respondió el ministro—, no tienes más que llevárselos. Dile que no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera hacer.»


CAPITULO XI

De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a Catalina.

En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No podíais venir más a tiempo!—me dijo este señor—. He hablado al príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos. Supuesto que le has de acompañar conmigo—prosiguió—, hállate esta noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media noche cerca de Palacio.»

Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la señora Mencía. «Perdone usted, señora—le dije—, si vengo de día a su casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted—añadí entregándole el talego en donde llevaba el dinero—, reciba usted una ofrenda que envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a usted las gracias—me respondió—. Pero dígame, señor de Santillana, si al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!—le contesté—. Ninguna cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado con destreza.» «¡Mucho mejor!—exclamó ella enajenada de alegría—. Lo que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con perfección.» «¡Vive diez—exclamé—, esas son muchas habilidades, tía mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de esas gracias le basta.»

Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar. Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres, que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.

Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa, seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina.

«Y bien, príncipe mío—le dijo el conde—, ¿podíamos haber proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más bonitas?» «Ambas me embelesan—respondió el príncipe—. No pienso sacar libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de la tía.»

Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado, tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento. Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una aventurera como si le hubiesen casado con una princesa.

La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente: «Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra alteza desea.» «No es difícil satisfacerle—dijo entonces el duque a su sobrino—. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!—le respondí—. Veo que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.» Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello. «¡Ninguno!—replicó el tío riéndose—. Es que un día Santillana quiso trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor ni en provecho suyo.»

Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones del dinero del duque para irlas a pagar.

Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me retiré con intento de tener una conferencia con Escipión.


CAPITULO XII

Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.

Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos. Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa. Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.

El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es esa?—le dije—. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son poetas?» «¡Perdone usted!—me respondió—. Sería lástima dar a beber vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta. A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros, y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto—le respondí—, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.»

No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha enamorado de ella.» «Señor—me respondió Escipión—, usted se porta demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina—prosiguió—es hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses, después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor: han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique, pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y cuando de nieta, Sirena.»

Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa sea la querida de Calderón!» «Cabalito—respondió—, la misma es. Yo quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no lo creas—repliqué—; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés tú las consecuencias?» «No, a fe mía—replicó Escipión—. ¿Qué mal puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro, contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.»

Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello. Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque.

Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.


CAPITULO XIII

Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.

Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: «Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.

Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: Alba, Osuna, Medinasidonia. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.

Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas—me dijo—, pues qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que responderle que no caía en quién era. «Yo soy—me replicó—un paisano vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»

«De los juegos de mi niñez—le respondí—sólo conservo una idea confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado de la memoria.» «He venido a Madrid—me dijo—a ajustar cuentas con el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país, llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»

Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía—me dijo desabridamente—que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes. No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir poco. Es necesario tener buen corazón—prosiguió—, y supuesto que os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»

En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia, me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!—respondí lleno de cólera—. ¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta.

No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.

La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él, no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más adquieres más deseas. Además—¿me atreveré a decirlo?—ya no tienes conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.»

«Tú sin duda te chanceas—le respondí con frialdad—; yo ninguna mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos—replicó—y no debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo, amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor. Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada? No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»

Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables. ¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se entrega a criados!


LIBRO NOVENO

CAPITULO PRIMERO

Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.

Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho aquel día. «Dar un golpe de maestro—me respondió—; proporcionar a usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!—exclamé con aire desdeñoso—. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener ideas más elevadas.» «¡Ah, señor—repitió Escipión—, no lo creáis así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?» «¡Vamos despacio, señor!—me respondió—. ¡Un poco de paciencia! Es menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir en ello.» «¡Bueno!—respondí riendo a carcajadas—. ¿Todavía estás ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que usted piensa—replicó—; sólo quiero una hora de conversación con el platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí. «¡Alabado sea Dios!—dijo—. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá o yo no soy sino un bestia.»

Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel de Salero—que éste era el nombre del padre de la niña—, y es tanto lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija, con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso—dije entonces a Escipión—, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote—respondió—. Hablando aquí para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna, a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío—le respondí—. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que es bien merecido el que por ello nos castiguen.»

«Todavía no lo he dicho todo—repitió Escipión—. El señor Gabriel convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!—interrumpí con aire de confianza—. ¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en este examen!»

Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero, quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de corte.

Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes, todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de negociantes que una plática de amigos.

La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte, afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al retirarse que iba muy satisfecho.

Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado—le respondió—; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor Escipión—añadió—, suplico a usted por nuestra antigua amistad que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? ¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante pregunta!—replicó el medianero—. Me intereso más por usted que por mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada, ¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro tanto oro!—respondió el platero—. Eso me agrada. Vaya usted, amigo mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría aun cuando no fuera querido del ministro.»

Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.»


CAPITULO II

Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo.

Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso, mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora diré por qué causa me acordé de él.

Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación, determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma, y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto, Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.»

Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso. Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio, aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando, por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia. Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen.

Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!—exclamó—. ¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos obsequios?—decía yo en el camino—. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó; pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió, y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los covachuelistas y secretarios que lo lean.

Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero, sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi niñez me llamaban Frasquito—le respondió con serenidad el tal—, después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor, perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito de tus excusas!—interrumpió con altivez Frasquito—. ¡Las desprecio tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides de que no eres mas que un criado suyo.»

Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido, lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando viniese a la corte a prestar el juramento.


CAPITULO III

De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los inutilizó.

Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día en que habían de entregarme la dote.

La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos, tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer; fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia, y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos.

Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid. Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!—me dijo Salero abrazándome—. Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de oro.» «Será usted bien recibido—respondí—, amado padre mío.» Luego, habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a la puerta, y tomé el camino de mi casa.

Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres, unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas, rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: ¡Favor al rey! Hiciéronme bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil; y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba. «¡No, no!—respondió—. Estoy seguro de que no he errado el golpe; usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me encerraron.


CAPITULO IV

De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.

Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche, no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal, sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.

Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas, que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.»

Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados que para mitigarla.

En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego, he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la fortuna—continuó—de encontrar en un hombre que tiene el cargo de maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase conmigo.»

Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud. Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios. «Inmediatamente—me dijo Tordesillas—van a traer de comer a usted; ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito, en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las comodidades de que puede disfrutar un preso.»

Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su primer estado?—me respondió—. ¿Cree usted haber perdido para siempre la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted, señor don Andrés?—exclamé—. Parece que usted sabe el motivo de mi desgracia.» «Confieso—me dijo—que no lo ignoro. El alguacil que ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues cómo—le dije—ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia quisiera yo saber particularmente y esto es—respondió—lo que cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él mismo sabe.»

En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno enfrente del otro. «Empecemos—me dijo—por lo más urgente. Después de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento, y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo, se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento; pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar, o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil colgado en la pared.


CAPITULO V

De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.

Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy—decía—por haber contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven! Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad. Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»

Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía, más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro mío!—exclamé—. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño, pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que cantaban los versos siguientes:

¡Ay de mí! ¡Un año felice

parece un soplo ligero;

pero, sin dicha, un instante

es un siglo de tormento!

Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó mis pesares. «La verdad de estas palabras—me decía yo—harto la experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo eran el único adorno de sus riberas floridas, y el supuesto valle delicioso no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas. Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.

Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas—me dijo—, aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien—añadió—, ¿cómo ha pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos instantes?» «Puede ser—respondí—que durmiera todavía si no me hubiera despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha turbado su reposo—respondió—es un reo de Estado que está en un cuarto inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.» Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una ligera idea de las perfecciones que le adornaban.

Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle. Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo, pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar con paciencia nuestra desgracia.

Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome: «Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me favorece—respondió—. Los versos que usted acaba de oír los compuse para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»


CAPITULO VI

Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.

«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis señas.

»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación. Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama: ambas se mostraron duras e inaccesibles.

»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al día siguiente.

«Ya dejo de ser desgraciado—dije a Felicia—, pues mis penas han excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que me des la satisfacción de hablarte?» «Señor—me respondió—, Teodora es dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!—prorrumpí con dolor—. ¿Para qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!» Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que la hice llorar.

»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido. Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere, y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de sus disimulos.»

»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz—dijo doña Elena—me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy expresivas?» «De eso es—dijo la señora—de lo que no he hecho aprecio alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me ha dado esta música.» «Según eso—exclamó la criada—, el pobre don Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede ser que no sea él—dijo el ama fríamente—, sino algún otro caballero que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone usted—respondió Felicia—. Está usted muy engañada; es el mismo don Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas expresiones—continuó—denotan bien que no me engaño.»

»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que hago en mi cuarto!»

»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío, escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado. Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto, pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del que usted le hace.»

»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y se volvió al momento a casa de don Jorge.

«Señora—dijo a doña Elena cuando llegó—, he encontrado a don Gastón. Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera. Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia, si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro—respondió doña Elena—que me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga agrado.» «Señora—replicó la criada—, a un amante apasionado no se le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado. Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación, me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me hacía, y desapareció al momento.»

»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después hizo la reservada. «En verdad, Felicia—dijo seriamente a su criada—, que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora—le respondió la criada—; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle—repuso doña Elena—que yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle jamás de mí.

»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde. Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.

»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al sentimiento y ya—¿lo creerá usted?—no era aquella señora que tanto se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella, e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las mujeres el último que llega.

»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia. De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.

»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia. Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara, el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras: «Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña Elena.—Don Agustín de la Higuera.»

»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio que me señala.»

»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero—me dijo con insolencia—, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían cesado.» «Usted se ha ensoberbecido—le respondí—del logro de una ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» «Siempre son mías—replicó con arrogancia—, y voy a hacer ver a usted que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban mis intentos.»

»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó muerto.

»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se entra en la ciudad, me encontrarás.»

»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella componía mi asunto.

»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia. Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y presentarme en ellas con decencia.

»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario, cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo. Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.

»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre, consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno, le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla a olvidarme.

»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante tan apasionada. «Ved aquí—les dijo—lo que he pensado: fingiremos que un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano, en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio, se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos. Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.—Parma, etc.»

»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre, la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó, meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos, nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento, sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para inventar.

»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía, dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»

»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer. La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la ingrata de haberos negado a oírlas?»

«Señor—me respondió la criada—, confieso ingenuamente que vuestra presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza presentarme a usted?» «¡Oh cielos!—repliqué yo con sorpresa—. ¿Qué me dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama; me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra, no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.

»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda, adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su mujer.

»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus decretos.»

«Pues qué, señora—le respondí—, ¿no basta el haberos perdido? ¿No basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento? ¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda! ¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está bien—replicó ella con precipitación—; pues cesad vos también de esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento. Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos—añadió—y acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si la prolongase.»

»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas, mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena, que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!—me dijo—. ¿Es este el modo que tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»

»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas, que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor don Gastón—exclamó, deteniéndome el brazo—, recóbrese usted y no se rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»

»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal? Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano—me respondió don Blas—procura usted interesar mi honor para que le dé la muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos—añadió—, no os desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»

»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual, por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre noble y castellano.»

Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero, el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado injustamente de traición.»


CAPITULO VII

Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas noticias.

Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En fin—continuó don Andrés—, este mozo me ha manifestado tanto deseo de ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.»

Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba. A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este abrazo.

En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi casa. «Ya no tiene usted casa—me respondió—, y para ahorrarle el trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso sin conocimiento del duque de Lerma.»

Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente—me respondió—, de ello estoy muy bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida, para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla, informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión perpetua. Vea usted aquí—prosiguió Escipión—lo que me ha dicho mi amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más bien de don Rodrigo Calderón.»

Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino, todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente: los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso, y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme prontamente.

El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted—me dijo—otra señal de reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos—me respondió—; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío—le dije—, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen, son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que quiero—exclamó—; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.»

Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas. Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.