ALEJANDRO CALVO

POLÍTICA AMERICANA

BUENOS AIRES

Imp. La Universidad de J. N. Klingelfuss, Venezuela 234
entre las Calles Perú y Chacabuco

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ÍNDICE


Introduccion[3]
Capítulo[I]Doctrina de Monroe[7]
[II]Congresos[19]
[III]Congresos[35]
[IV]Intervenciones[49]
[V]Istmo de Panamá[64]
[VI]Isla de Cuba[75]
[VII]Anexiones[86]
[VIII]Segregaciones[99]
[IX]Interés Social[109]
[X]Interés Político[124]
[XI]Interés Económico[130]
Epílogo[150]

INTRODUCCION


No faltará quien me pregunte si soy príncipe ó lejislador para disertar sobre política. — Responderé que no y añadiré que cabalmente porque no soy ni lo uno ni lo otro me he decidido á escribir sobre la materia. Si yo fuera príncipe ó lejislador no me entretendria en dar consejos: los practicaria.

J. J. Rouseau.

Así como un hombre, segun sus medios de accion, sus aptitudes y su carácter, debe formarse una norma de conducta en su trato con los demas hombres, una nacion debe necesariamente proclamar y sostener los principios que han de presidir á sus relaciones con las otras.

Cada individuo ejerce una relativa influencia en el incremento de la colectividad á que pertenece; cada agrupacion social imprime tambien su sello característico en el adelanto de la humanidad: el uno y la otra tienen el derecho, y ademas el deber, de hacer sentir su intervencion en el general progreso.

¿Han practicado acaso este deber, han hecho valer este derecho las repúblicas emancipadas del poder español en 1810? Los pueblos que en América nacieron á la vida política á principios de este siglo ¿se han preocupado de propender al desarrollo de sus instituciones en el mundo ó de tomar la parte que les corresponde en la sociabilidad humana? Afirmo que no; que solo han acordado leve atencion á los asuntos esteriores cuando los peligros á que su debilidad está sujeta les han obligado á la accion. En la guerra, en la defensa de sus derechos soberanos, han desplegado, es cierto, todo el entusiasmo y ardor de que son capaces las mejores razas, obteniendo á veces el interés de otros gobiernos y de otros pueblos; pero en la paz, ningun principio se ha oido proclamar por los lábios de sus hombres públicos: las conquistas del héroe se han desvanecido en la anarquia ó en la calma desidiosa de gobiernos que solo atienden á los problemas del presente.

Y esto ¿porqué? ¿Porque el ensayo de las mas sábias instituciones en los pueblos menos educados importara escluir de los gabinetes toda aspiracion, toda idea, que no encerrara el propósito de prestigiar aquellas dentro de los límites acordados á cada circunscripcion nacional? No; los hombres de Estado saben que así como la virtud individual solo existe en tanto que es útil á la sociedad, las instituciones de un pueblo solo son buenas cuando imprimen en la humanidad una influencia benéfica—¿Porque apagara nuestra débil voz el temor de que no fuera oida en el concierto general de las naciones? Tampoco; nadie ignora que los Estados Unidos del Norte eran débiles tambien cuando hablaron al mundo el idioma de la libertad y proclamaron los principios fundamentales en que descansaria su política internacional.

Ahora bien, en mi concepto es posible y necesario perseguir concientemente los destinos á que la América aspira, tan posible, tan necesario como dictar constituciones para los fines de la organizacion interna.

La publicacion que emprendo tiene por objeto comprobar este aserto.—Sus pájinas revelarán al lector intelijente un esfuerzo de buena intencion, ya que la estremada concision en unos casos ó la inesperiencia del escritor en otros solo den por resultado un trabajo incompleto.

Hago una narracion somera de los hechos históricos que afectan á las relaciones sociales del nuevo mundo; me ocupo de la Doctrina de Monroe, de los Congresos internacionales reunidos despues de la independencia, de las diversas cuestiones que ha sujerido la apertura de un canal inter-oceánico en el Istmo de Panamá, de las odiosas intervenciones de los gobiernos europeos en este continente, de la actitud de los Estados Unidos en presencia de la lucha simpática sostenida por los patriotas cubanos contra los opresores de la isla y de las anexiones y segregaciones que en el presente siglo han modificado la geografía política de América.

Procuro demostrar, en seguida, que la tendencia de los gobiernos en Estados Unidos, tantas veces y con tanta razon clasificada de egoista, ha sido muy á menudo contraria al sentimiento público; busco en la indisputable analojia de instituciones entre el Norte y el Sud el aliciente de una confraternidad que se traduzca en procedimientos internacionales semejantes; espreso, en fin, cuantas ventajas traeria el desarrollo de las relaciones comerciales en América, asi como el impulso progresivo de que ellas son susceptibles para atender á las exigencias económicas del porvenir.

Al terminar significo algunas soluciones prácticas, si bien con la reserva que me impone el comedimiento y alejando de mi espíritu el intento de decir la última palabra sobre un tema en el cual basta la satisfaccion de haber pronunciado la primera.


CAPÍTULO I


DOCTRINA DE MONROE

La civilizadora accion de los pueblos de Europa se hizo sentir en América con caracteres bien opuestos desde que el prodigioso descubrimiento del ilustre genovés entregó al colono la tierra vírgen del mundo nuevo. De esta verdad incuestionable deducen algunos escritores la marcada superioridad de la raza sajona en mengua de la latina; de ella la tendencia unificadora de la una en oposicion á la tendencia desmembradora de la otra; de ella tambien la inaudita prosperidad de los Estados Unidos y la marcha lenta de nuestras desgraciadas repúblicas hispano-americanas.

Mucho tendríamos que temer los latinos de los principios que enunció Monroe en su mensaje presidencial el 2 de Diciembre de 1823, si tal afirmacion se comprobara, porque entonces á la conciencia de nuestra debilidad se agregaría el convencimiento en los sajones de adquirir tarde ó temprano una supremacia absoluta en todo el continente, y la fórmula de la doctrina, desvirtuada, seria esta: América para los americanos del Norte.

Pero si léjos de aceptar la preeminencia de una raza buscamos en la historia la esplicacion al hecho anormal de que en un período igual de existencia hayamos cosechado frutos tan distintos, ella nos contestará satisfactoriamente; nos dirá que los conquistadores españoles, representantes de una civilizacion en el ocaso, eran la hez de su propia sociedad, sin hábitos de trabajo, sin elevacion moral, sin mas atributo, en fin, para imprimir carácter á los nuevos pueblos que el arrojo y la codicia; nos dirá que los puritanos, colonizadores en el Norte, migraban con sus familias y establecian desde luego una vida de hogar y de labor.

Y si aquellos han buscado su prosperidad en el despojo de los indíjenas y en la esplotacion de las riquezas naturales y estos han cumplido la ley de todas las civilizaciones desenvolviéndose primero en la vida pastoril, luego en la agrícola y por último en la faz manufacturera, ¿qué sorpresa puede causarnos las diferencias que notamos?

Todo ser moral es susceptible de un adelanto que la voluntad y la educacion pueden ampliar, y por consecuencia el estudio de las razas humanas dará mérito á interesantes consideraciones sobre las aptitudes é inclinaciones de cada una de ellas; pero en manera alguna autorizará para concluir que una sea, y la otra no, capaz del desarrollo y del progreso social. Afírmese en buena hora que los americanos del Norte, por sus costumbres y por su génio, estaban mejor preparados que los del Sud para la vida democrática; mas no se niegue á estos, porque hayan sido desgraciados en sus primeros ensayos, lo que es un patrimonio de la humanidad.

La América, señalada por la Providencia para ser el asiento de la futura civilizacion, no puede estar sujeta á la influencia esclusiva de una raza, porque sus estensas comarcas ofrecen generosa hospitalidad á todos los pueblos de la tierra y porque las costumbres y el idioma mismo sufren las modificaciones ocasionadas por un cosmopolitismo evidente. En efecto, si se atribuye solo á la distincion de raza la diferencia que hay entre la gran nacion del Norte y las antiguas colonias españolas. ¿á que se deberá la que existe entre la República Argentina ó Chile y las demás repúblicas americanas que marchan indudablemente á su retaguardia?......... No, no hay cuestion de razas en el nuevo mundo, no puede haberla sino para aquellos que solo observan la superficie de las cosas ó desconocen la importancia de los principios políticos que practica y que prestigia. Debe, pues, aceptarse y propagarse con entusiasmo el pensamiento de Monroe, enunciándole segun la intencion de este ilustre ciudadano: América para los americanos, es decir, para el progreso y para la democracia.

La doctrina no envuelve, como se ha dicho, el egoista precepto cada uno para sí y Dios para todos, sino, en todo caso, la idea de que la América debe tener por lema la independencia y por réjimen la democracia. Ella nos induce, al sajon como al latino, á hacer causa comun en la defensa de nuestros derechos si la Europa intenta atacarnos, y nos señala la alianza como un medio de reprimir la agresion cuando el enemigo de la respectiva integridad se encuentre en el mismo territorio americano.

Sentadas estas consideraciones que, en mi concepto, deben servir de base para dar adecuada interpretación á las ideas del Señor Monroe, veamos como se espresa él mismo en los párrafos del mensaje pertinentes al asunto:

«Se ha creído conveniente sentar como un principio en el cual van envueltos los derechos á intereses de los Estados Unidos que los continentes americanos, por su situacion libre é independiente, no deben considerarse como partes de la futura colonizacion de ninguna potencia europea».

«Respecto á los acontecimientos del viejo mundo, con el cual estamos en continuas relaciones y de la que se deriva nuestro orígen, es notorio que siempre nos inspiraron el mayor interés por mas que solo hayamos sido meros espectadores. Los ciudadanos de los Estados Unidos desean sínceramente la dicha y libertad de sus compañeros del otro lado del Atlántico, y si en las guerras de las potencias europeas no les han prestado auxilio, es porque nuestra política no nos permite hacerlo; solo cuando nuestros derechos están seriamente amenazados, nos preparamos á la defensa. El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto en este punto al de América, y la diferencia procede de la que existe en sus respectivos gobiernos. A la defensa del nuestro, cuya organizacion ha costado tanta sangre, tantos tesoros y los esfuerzos de nuestros mas ilustres ciudadanos, es á lo que se consagra principalmente toda la nacion, pues bajo el sistema que nos rige disfrutamos de un envidiable bienestar. En atencion, pues, á las amistosas relaciones que existen entre los Estados Unidos y esas potencias, debemos declarar que consideraríamos toda tentativa de su parte que tuviera por objeto estender su sistema á este hemisferio, como un verdadero peligro para nuestra paz y tranquilidad. Con las colonias existentes ó posesiones de cualquier nacion europea no hemos intervenido nunca ni lo haremos tampoco; pero tratándose de los gobiernos que han declarado y mantenido su independencia, la cual respetaremos siempre porque está conforme con nuestros principios, no podríamos menos de considerar como una tendencia hostil hácia los Estados Unidos toda intervencion estranjera que tuviese por objeto la opresion de aquellos. En la guerra entre esos nuevos gobiernos y España declaramos nuestra neutralidad cuando fueron reconocidos, y no hemos faltado ni faltaremos á ella mientras no ocurra ningun cambio que á juicio de autoridades competentes obliguen á este Gobierno á variar su línea de conducta».

«La política que con Europa nos pareció oportuno seguir desde el principio de las guerras en aquella parte del globo, sigue siendo la misma y se reduce á no intervenir en los intereses de ninguna nacion y á considerar todo gobierno de hecho como gobierno lejítimo, manteniendo las relaciones amistosas y observando una política digna y enérjica, sin dejar por eso de satisfacer justas reclamaciones, aunque sin tolerar ofensas de nadie. Pero tratándose de estos continentes las circunstancias son muy distintas: no es posible que las potencias aliadas estiendan su sistema político á ninguno de aquellos, sin poner en peligro nuestra paz y bienestar, ni es de creer tampoco que nuestros hermanos del Sud quisieran adoptarlo por su propio consentimiento, prescindiendo de que no veriamos con indiferencia semejante intervencion. Comparando la fuerza y recursos de España con la de esos nuevos gobiernos, aparece obvio que dicha potencia no podrá someterlos nunca, pero de todas maneras la verdadera política de los Estados Unidos será respetar á unos y á otros esperando que otras potencias imitarán nuestro ejemplo».

Desde luego se observa en el mensaje el propósito bien definido de separar la política americana de la europea. En este punto la lejitimidad de la doctrina no podia ser desconocida, ni por la Santa Alianza que acababa de sancionar el odioso reparto de la Polonia sin que los Estados Unidos hicieran oir una voz de protesta, ni por las otras potencias que habian presenciado el suceso indiferentes; no podia serlo por que ella estaba basada en la reciprocidad exijida por la política que señaló el insigne Washington proclamando con la sagacidad y prudencia que eran en él características la neutralidad de su patria en los asuntos públicos de Europa.

Es oportuno corroborar aquí el aserto de que los Estados Unidos iniciaron su política internacional bajo la base de una estricta neutralidad, mencionando que durante las dos administraciones del primer presidente, ni él, ni su gabinete, ni el Congreso, manifestaron las ocultas simpatias que les inspiraba la revolucion que se produjo en Francia al finalizar el siglo pasado y habia de atraer á esta nacion, con la enemistad de todas las potencias de Europa, los votos entusiastas del pueblo americano á su favor.

Para el reconocimiento de la independencia sud-americana hubo tambien, desde el principio de la lucha, mucha inclinacion en los Estados Unidos; pero los majistrados americanos, consecuentes en eso con su política, solo la reconocieron, por acto unánime del Congreso, el año 1822 despues de haber proclamado el principio de que es digno de la independencia el país que sabe conquistarla.

En el mismo sentido se espresó el Ministro Caning cuando España reclamó á Inglaterra por su actitud con respecto á las antiguas colonias. El estadista inglés dijo, que siendo todos los Estados soberanos responsables de sus actos ante las demas naciones, ó se hacia responsable á la metrópoli por actos que no tenia ya el poder de reprimir, ó se trataba á las nuevas sociedades como de piratas, procedimientos ambos incompatibles con los mas elementales principios de justicia.

Que habia un interés político en los Estados Unidos como habia un interés comercial en Inglaterra para manifestar estas ideas ante el mundo, está fuera de duda; pero el interés de la gran república se cifraba precisamente en todo lo que constituia nuestro anhelo, en nuestra independencia y en el desarrollo de nuestras instituciones republicanas. Y que hubiera interés de parte de los Estados Unidos para asumir tal actitud no es bastante, como algunos lo aseveran, para demostrar que habia egoismo, pues á menudo se armonizan los sentimientos y las exijencias.

Por lo tanto no es justo el cargo hecho frecuentemente á esa nacion de ser ante todo un poder absorbente y de tener en su política miras estrechas y circunscritas al límite que sus fronteras le marquen.—Son sus malos gobiernos, son sus malos ciudadanos, por fortuna su inmensa minoria, los que interpretarán los procedimientos patrióticos de sus primeros magistrados en un sentido adverso al interés general de la América; ellos los que terjiversando pérfidamente el precepto, han de pretender establecer el derecho de intervencion practicado por los gobiernos autócratas de Europa en nombre del equilibrio internacional. En el viejo mundo se cambiaba el mapa político en defensa de los intereses monárquicos; en el nuevo no hay la mas leve disculpa para apoyar tal teoria, pues aunque las prácticas hayan sido en unos casos felices y en otros desgraciadas, las instituciones no varian y responden todas al réjimen representativo y democrático. Pero, ya se ha dicho, el pueblo americano condena estas pretenciones; y al rechazar las intervenciones de los gobiernos de Europa en los asuntos internos de América, rechaza la suya propia y espresa tácitamente el sério respeto que le inspira la soberania de todas las secciones independientes del nuevo mundo.

Otro alcance ostensible del principio que nos ocupa es el de impedir que los territorios donde han de hermanarse al fin la libertad y el órden sean profanados por la invasion de las ideas monárquicas. La propaganda de estas ideas corresponde tambien á las demas naciones de América, que si aisladamente carecen de fuerza tendrán por la union la que tan elevado objeto requiere. Por lo demas, los americanos mismos buscan esa liga general del continente; son muy prácticos para rechazar alianzas aunque las consideren vanas y comprenden que pasó ya la época de las guerras de conquista; perciben claramente que la lucha actual consiste en infiltrar las ideas de un mundo en el otro y saben que el triunfo de sus instituciones está asegurado desde que ellas devuelven al hombre con la igualdad la dignidad y la libertad con la ley.

La garantía moral que esta doctrina dió á la existencia de algunas nacionalidades débiles en su oríjen favoreció, pues, á la América y al mundo entero, por el prestijio que, á despecho de los muchos errores cometidos en la organizacion de las nuevas repúblicas, alcanzaron las instituciones republicanas.

En consecuencia, es de vital importancia aunar los esfuerzos de todos, no solo para poner en planta la declaracion de Monroe, es decir, para impedir solidariamente todo proyecto de colonizacion ó de intervencion en los negocios domésticos de las naciones de que está compuesto este hemisferio, sino tambien para buscar por la via diplomática la solucion que requieren hechos vituperables como la ocupacion de las islas Malvinas.

El descubrimiento del archipiélago de Malvinas se atribuye indistintamente á Américo Vespucio ó al navegante inglés Davis. Lo cierto es que los que dirijian sus espediciones al estrecho patagónico, despues del descubrimiento de Magallanes, debian pasar á la vista de estas islas.

El primer establecimiento colonial fué fundado por franceses venidos de Saint Malo en la costa de Bretaña. Protestó España contra esa ocupacion é hizo valer sus títulos á las islas, que consideraba como parte integrante de sus dominios en América; pero en breve Inglaterra, estimulada por su inclinacion natural y por la facilidad que habian tenido los franceses para fundar su colonia, envió una espedicion que se apoderó de ellas en 1766.—Este inusitado y violento ataque á la soberania de España en aquella rejion, orijinó fundadas reclamaciones que, desatendidas en Inglaterra, dieron márjen á un procedimiento análogo al empleado en la conquista para desalojar á los intrusos.—Protestó á su vez el gobierno inglés y mostró su indignacion el pueblo, pero la fuerza del derecho les obligó á reconocer la justicia de las pretensiones de España.

La República Argentina heredó de su madre patria los derechos á las islas y entró en posesion de ellas en 1820. Hasta 1833 quedaron bajo el dominio absoluto de aquella nacion, que envió un Gobernador y auxilió la formacion de una colonia.—La justa pretension del gobierno de reglamentar la pesqueria en sus costas, motivó el apresamiento del buque mercante con bandera americana «El Harriet» que la efectuaba clandestina. Con entera justicia, y de acuerdo á los preceptos internacionales, fué declarado este buque buena presa para el Señor Verdier comandante de las islas.

Los Estados Unidos, y muy especialmente sus representantes en el Plata, se mostraron en esta ocasion injustos y crueles.—Por inspiracion de un Cónsul acreditado en Buenos Aires, el Comandante de «La Lexington» se trasladó á Malvinas, despojó á los habitantes, los humilló y espatrió en uso de su fuerza. Como no era posible disculpar este acto vandálico, el Encargado de Negocios enviado de Estados Unidos á Buenos Aires con la mision de dilucidar el caso, no encontró mas pretesto que poner en duda la legalidad de los títulos que la República Argentina tenia para el domínio de esa tierra!

El derecho se comprobó plenamente por los hechos ya narrados, pero en esa opinion se fundaron los ingleses para realizar la brutal ocupacion de las islas en 1833. Desde entónces á hoy, sin títulos que presentar ante el mundo, sin antecedentes en qué fundar un derecho, la Gran Bretaña ejerce su jurisdiccion en esa parte del territorio argentino!

Y la usurpacion del territorio venezolano que se encuentra en la rivera occidental del Rio Esequibo.

En la intelijencia de que pueda interesar á algunos de los lectores el conocimiento de esta cuestion, reproduzco aquí la parte pertinente á ella de un trabajo que presenté á mi Gobierno siendo Encargado de Negocios de la República Argentina en Venezuela:

Las tres colonias, francesa, inglesa y holandesa, establecidas hoy en la América del Sud ejercen, á la verdad, una posesion injustificada.—Esas tierras que descubrió Colon con el producto de las joyas de la reina católica y que concedió á España el Papa en una época en que sus decisiones constituian un derecho innegable, no pueden tampoco, despues de tan largo dominio, ser reclamadas por Venezuela.

En su oríjen, la Guayana que como digo fué descubierta por Colon y esplorada por Pinzon, comprendia la inmensa isla formada por el Oceano Atlántico, el Amazonas, el Orinoco y los afluentes de estos dos grandes rios, el Negro y el Casiquiare.—Mas tarde las brillantes tradiciones indíjenas sobre el Dorado que se suponia en aquella region, llevaron espediciones de aventureros franceses, ingleses y holandeses.—Se buscaban grandes riquezas y no es estraño que detrás de los filibusteros aparecieran los gobiernos fundando colonias que con fortuna varía, segun la fuerza de sus vecinos, estendian ó estrechaban su territorio.

El primer documento público aceptando la soberanía de las colonias establecidas y restablecidas por la fuerza en Guayana, es el tratado de Múnster firmado en 1648 por el cual el rey Felipe IV reconocia la independencia de las Provincias Unidas de Holanda y deslindaba las posesiones de ambos paises en las Indias.—Se estipulaba en ese pacto como límite natural entre la Guayana Holandesa y la Española el curso del Rio Esequibo; y cuando por el tratado de Utrecht Holanda cedió á Inglaterra esa colonia, no pudo hacerlo sino con los títulos que habia adquirido en el de Múnster, es decir, aquellos que determinan clara y positivamente como límite incontrovertible el rio Esequibo desde sus vertientes en la sierra de Pacaraima hasta su desembocadura en el Atlántico.

Segun estos antecedentes históricos, y desde que ya no puede remediarse la usurpacion legalizada, debe esperarse, eso por lo menos, que sean respetados los límites reconocidos por tratado público; pero desgraciadamente no sucede asi: los ingleses han establecido ya factorias y haciendas en la márjen occidental del Esequibo, internándose en las inmediaciones del territorio aurífero de Juruary, lo que significa para Venezuela una amenaza tanto mayor cuanto que se invade la integridad territorial de la república precisamente allí donde comienza á desarrollarse la industria minera con un éxito que promete al país riquezas considerables.

La usurpacion efectuada ya, se refiere al territorio comprendido desde la confluencia del Cuyuni y el Esequibo hasta el Cabo Nasau sobre el Atlántico; pero aun hay mas: reconociendo los ingleses la parte superior del Esequibo como límite natural de ambos paises, pretenden ejercer jurisdiccion en ambas riberas del rio contrariando asi los mas elementales principios del derecho universal ¿Qué propósito puede haber en negarle á Venezuela el condominio de un rio reconocido como límite? La luz se hará cuando este Gobierno presente sus reclamaciones al de la Gran Bretaña é inicie las negociaciones tendentes á solucionar la cuestion y fijar una línea de frontera definitiva é inalterable.

Cuando marchemos uniformes en el propósito de defender conjuntamente nuestros derechos vulnerados, la conciencia de que nos asiste plena justicia nos permitirá desafiar el poder material de los gobiernos de Europa, y la garantía de estabilidad y de adelanto que produce la union, hará que se derrame, por así decir, la gran masa de la poblacion europea en las estensas comarcas americanas que solo esperan brazos para dar el bienestar con la riqueza, desde que en ellas no hay clases sociales divididas por el privilegio ó la demagogia sino en todo caso por el trabajo y la inteligencia del hombre.


CAPÍTULO II


CONGRESOS

Las reglas jurídicas de Derecho Internacional Americano establecidas por los Congresos que se han reunido despues de la guerra de la Independencia, así como por los tratados públicos celebrados entre dos ó mas naciones, determinan una constante aspiracion á la unidad y á la paz continental; y aunque hasta ahora solo se ha logrado establecer esos principios de derecho, los mismos sucesos que han provocado periódicamente la reunion de los plenipotenciarios por peligros transitorios, hacen resaltar la necesidad y la ventaja de una asociacion efectuada en nombre de los intereses permanentes.

La ineficacia de estas asambleas no prueba la impracticabilidad del sistema, sinó que la América no ha debido dar el hermoso espectáculo de la fraternidad solo para reguardarse de las miras absolutistas manifestadas por la Santa Alianza, para rechazar las espediciones de un filibustero atrevido ó protestar, al amparo de la fuerza, contra el espíritu de conquista de una potencia mal inspirada. Deben llamarse á los representantes de las repúblicas americanas apelando á un sentimiento que palpita en todos estos pueblos hermanos y que ningun gobierno ha sabido interpretar con verdadero entusiasmo; debe formarse la liga para adquirir la cohesion política que es indispensable si se quiere colocar estos paises de sol y libertad, donde no hay nobles ni socialistas, á la altura de su mision, oponiendo en la lucha del mundo al réjimen antiguo el principio moderno.

En los albores de nuestra vida política se consigna ya de hecho la union latino americana. Las mismas aspiraciones unen á los pueblos desde Carácas á Buenos Aires cuando en ambos estremos del continente, con esa simultaneidad que hace entrever el apoyo de Dios á la obra de los hombres, se produce el movimiento revolucionario; y á favor de los mismos esfuerzos los ejércitos reunidos despues del abrazo de Guayaquil dan término feliz á la jornada de nuestra emancipacion. Los aliados del Sur conquistan laureles en Maipo y Chacabuco; los del Norte en Boyacá y Pichincha: las glorias de Ayacucho lo son americanas.

Esa union que tan bellos resultados dió en la guerra de la independencia y que tan pronto desbarataron los intereses locales mal entendidos, debe repercutir en el corazon de todo americano hasta que se verifique la que en el futuro está destinada á producir los mayores beneficios para la libertad humana.

Sin duda la paz universal es una utopia y lo será hasta que adquieran completo desarrollo los elevados principios de derecho natural que jerminan hoy en casi todas las naciones; pero si es una aspiracion irrealizable en Europa donde luchan y lucharán tanto tiempo todavia los autócratas representantes de sistemas añejos, especuladores hasta en la sangre de sus hermanos, y los demagogos de aquella escoria social que condena la propiedad como un robo, no lo es en América para pueblos que han uniformado esas tendencias en la democracia.

La revolucion francesa que tuvo el poder de conmover las viejas prácticas y las ideas retrógradas, no tuvo, empero, el de cimentar en base firme y estable ninguno de sus nuevos principios. Le estaba reservada al mundo americano, á la gran nacion que se fundó en 1778, la gloria de realizar el ideal político de la época moderna. En presencia de esta interesante república fué que nuestros padres, con muy elevadas miras, buscaron la creacion de una gran nacionalidad que diera vigor á las ideas adoptadas tambien por los pueblos de orijen español como base de su ley fundamental.

Obtenidos en América los grandes beneficios que indudablemente traeria el ejercicio de principios civilizadores de paz y de union, nadie puede adivinar cual sería su progreso, porque empieza á vislumbrarse que este rico continente es el país del porvenir.


El primer paso dado para consagrar en el derecho la sentida necesidad de una union internacional, fué el tratado entre Colombia y el Perú que firmaron en Lima el 6 de Julio de 1822 los Señores Don Joaquin Mosquera con plenos poderes del Libertador Bolivar Presidente de Colombia y Don Bernardo Monteagudo Ministro de Estado y Relaciones Esteriores del Perú.

Ambas repúblicas, por este pacto, se unen ligan y confederan para siempre en paz y guerra con el objeto de sostener mútuamente su independencia de la nacion española y de toda otra dominacion estranjera, así como con el loable propósito de asegurar la mejor armonia y buena intelijencia entre sí y las demas potencias que deban adquirir sus relaciones.

Establecen los medios de hacer práctico el pacto de alianza para su defensa esterna y para su tranquilidad interior, obligándose á presarse mútuos socorros y á rechazar en comun todo ataque que amenace su existencia política.

Conceden á los ciudadanos de uno y otro Estado el goce de los derechos y prerogativas que corresponden á los nacidos en el otro, siempre que hayan establecido su domicilio en el Estado á que quieran pertenecer.—Otro tanto establecen respecto de los derechos civiles de privilejio de tráfico y de comercio, haciendo estensivos estos derechos á los buques de bandera colombiana en el Perú y vice-versa.

Convienen en demarcar los límites precisos que hayan de dividir sus territorios por un convenio particular y en terminar por medios conciliatorios y pacíficos, propios de naciones hermanas y confederadas, las diferencias que puedan ocurrir en esta materia.

Se comprometen á prestarse auxilio en caso de ser interrumpida la tranquilidad interior de uno de los Estados y declaran solemnemente hacer causa comun contra toda sedicion.

Este tratado, aunque parcial, es el punto de partida de nuestro Derecho Público. Proclama el principio del arbitraje que si hubiera sido aceptado y difundido, como lo ha sido por la que ya llaman civilizada República Argentina, hubiera ejercido una influencia decisiva en la paz del continente, facilitando así la tarea de la confraternidad americana.

El 10 de Junio de 1823 se firmó otro entre Colombia y Buenos Aires; menos lato que el anterior establece, no obstante, una alianza defensiva en sosten de su independencia de la nacion española y de toda otra dominacion estranjera.

Con fecha 3 de Octubre fué concluido otro pacto semejante entre Colombia y Méjico; y en Noviembre el Congreso del Perú sancionó un proyecto de tratado para efectuar una liga americana en sosten de la independencia de las nuevas repúblicas.

Pero todos estos actos no podian tener resultados satisfactorios en tanto que solo fueran alianzas entre secciones aisladas del continente.—Comprendiéndolo así los mismos plenipotenciarios que celebraron el tratado Perú-Colombiano, firmaron, en la misma fecha, uno especial con el propósito de uniformar estas favorables tendencias.

Las bases de esta convencion, en las cuales se manifiesta la idea de reunir un Congreso con representacion de todas las repúblicas emancipadas del poder español, obedecen á principios elevados, claros y útiles para ambas repúblicas. La union internacional que en ellas se establece, destinada á garantizar su respectiva soberania, está muy léjos de ser una estipulacion ilusoria ó ridícula que autorice los propósitos sarcásticos de los escritores pesimistas que se han ocupado de la cuestion.

Desgraciadamente los principios no son las leyes; y las resoluciones adoptadas por los Congresos Internacionales, como las que se consignan en este y otros tratados celebrados en América, revisten el carácter de meros consejos, por haberles faltado, con la ratificacion de los gobiernos respectivos, esa autoridad moral indispensable á todo derecho convencional.

Por eso los gobiernos y los pueblos han seguido rutas distintas ante la flagrante denegacion de esos principios hecho por la República de Chile en su última guerra con las del Perú y Bolivia: los unos como espectadores desapasionados, dispuestos á obrar segun los intereses de su política; los otros haciendo estallar su indignacion por todos los medios de que dispone para manifestarse el sentimiento público, en la prensa, en los clubs y en imponentes reuniones populares.


La elevada aspiracion de reunir en un Congreso á los representantes de las repúblicas americanas, se atribuye jeneralmente al Libertador Bolivar y por algunos al Coronel Don Bernardo Monteagudo, cuya obra póstuma sobre esta materia—una memoria incompleta aun cuando el puñal asesino lo arrebató á la vida—contiene apreciaciones acertadísimas sobre la utilidad y ventaja de la union.

Solo enunciar la ventaja y la posibilidad de reunir una asamblea en Panamá, significaba un principio de lucha, pero de lucha moral con el fin de poner en pugna la idea moderna y la antigua, la libertad y el despotismo, la democracia y la autocracia.—Efectivamente, aunque la deseada union no se efectuó, desde entonces impera en los pueblos de América un sentimiento de uniformidad para el arreglo de las cuestiones internacionales, sentimiento que tiene su oríjen tanto en los antecedentes mencionados como en la similitud de las tendencias políticas de todo el continente.

Los pensadores y los patriotas, desde un estremo al otro de la América, se preocupan y se preocuparán siempre de buscar los medios que deben ponerse en accion para traducir en hechos prácticos los laudables propósitos que espresó Bolivar en su notable carta del 7 de Diciembre de 1824 dirijida á los gobiernos de las naciones que acababan de formarse.

En Europa, donde comprenden las ventajas de la union por los ejemplos que á los débiles ha dado la historia, fué tambien aplaudida la idea del Dictador del Perú.

El general Lafayette, en vísperas de abandonar por segunda vez las playas americanas, escribia á Bolivar desde Washington: «Próximo á partir para otro hemisferio, seguiré con mis votos el glorioso remate de vuestros trabajos y esa solemne asamblea de Panamá donde quedarán consolidados y completos todos los principios y todos los intereses de la independencia, de la libertad y de la política americana.»

Por lo que hace á las declaraciones entusiastas del Abate del Pradt, han llegado á ser proverbiales y tienen, además, la importancia de reflejar los sentimientos del partido liberal que se insinuaba en la política europea.

Es de lamentar que no todas las naciones americanas pudieran enviar sus plenipotenciarios al Congreso—Ardua tarea seria determinar una por una las causas que lo impidieron; pero basta saber que, en la mayor parte, á las luchas por la independencia siguieron las luchas por la organizacion—Las Provincias Unidas del Rio de la Plata y la República de Chile, apesar de no haber concurrido, manifestaron su aprobacion en documento público á la idea de una union internacional americana.

Con fecha 16 de Junio de 1825 el Ejecutivo Nacional de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, representado por el General Don Juan Gregorio Las Heras, espuso á la consideracion del Congreso General Constituyente un proyecto de Ley por el cual se autoriza la celebracion de la alianza; y la República que no tenia, como lo pretende el historiador Restrepo, desconfianza hácia Bolivar, hubiera enviado sus representantes á Panamá si no hubiera estallado en 1826 la guerra con el Imperio del Brazil que debia absorber por completo la atencion de su gobierno.

El Supremo Director de Chile D. Ramon Freire contestó á la circular de Bolivar atestiguando el deber en que se consideraba de enviar los plenipotenciarios al Congreso; pero se escusaba de tomar una resolucion en el asunto por no hallarse reunido un Congreso General de la Nacion. Al mismo tiempo espresaba la intencion de recomendar á las Cámaras, así que tuviera lugar su apertura, una favorable acojida á este gran objeto, tan imperiosamente exijido por los altos intereses de Chile y de toda la América.

El Congreso se reunió el 22 de Junio de 1826.—Concurrieron D. Pedro Gual y D. Pedro Briceño Mendez, como Ministros de Colombia; D. Pedro Molina y D. Antonio Larrazabal, de Centro-América; D. Manuel Vidaurre y D. Manuel Perez Tudela, del Perú; D. José Mariano Michelena y D. José Dominguez, de Méjico.

Los diplomáticos que solo asistieron con el objeto de presenciar las sesiones, fueron el Señor E. Dawkins, como representante de la Gran Bretaña y el Coronel Vandeer de los Paises Bajos. El Ministro de los Estados Unidos de América D. Ricardo G. Anderson, que residia en Bogotá, no logró asistir al Congreso por que le sorprendió la muerte á su paso por Cartajena.

Los dos primeros Ministros, ajenos á las deliberaciones, manifestaron sus simpatias por los nuevos Estados. El Señor Dawkins insinuó, ademas, que la Asamblea debia inclinarse á la paz y á la concordia buscando, aun mediante sacrificios pecuniarios, el reconocimiento de la España.

Sin firmar ninguno de los tratados ó disposiciones legislativas del Congreso, debia el Señor Anderson presentarse con carácter diplomático, mas limitándose á insinuar ciertas indicaciones respecto á los principios que debieran adoptarse en caso de guerra marítima y poniendo todo su empeño en hacer proclamar las teorias del libre cambio como sistema económico de las nuevas naciones. Estas son ostensiblemente las indicaciones espresas hechas al Ministro, pero ciertos juicios que se observan en las instrucciones, demuestran que la mision de Anderson era mas estensa y que la política de los Estados Unidos no era franca. Al manifestar la creencia de que el Congreso no pueda tener carácter legislativo sino puramente diplomático, se rechaza la formacion de un Consejo Anfictiónico «que tratase de abrogarse facultades para decidir controversias entre los diversos Estados Americanos.» Se pretende probar la impracticabilidad de una union semejante á causa de la estension territorial, mayor en cualquiera de los nuevos Estados que en toda la antigua Grecia; luego se manifiesta que, aun en el caso de ser conveniente, los Estados Unidos no podrian asentir á su establecimiento.

Antes de ahora he atribuido tales instrucciones á un interés y á una inclinacion esencialmente nacional de conservar en América una preponderancia fácil, como sospechaba que al decir, en las mismas instrucciones, que debian los agentes americanos insinuar la conveniencia de dictar en el Congreso principios que aseguran la paz en el continente, lo hacian para buscar garantias en favor de su propio comercio; pero la verdad es que si bien el Gobierno dictó tales deseos á su Ministro en Panamá, fué atacado duramente por los hombres mas probos y por los que representaban entonces en las Cámaras la opinion pública del país.

Algunos hombres de Estado hispano-americanos apreciaban de distinta manera que sus conciudadanos la importancia que pudiera tener la intervencion de los Estados Unidos en asunto de tanta trascendencia para el porvenir del continente.

El General Santander, Vice Presidente de Colombia en ejercicio del Poder Ejecutivo, en comunicaciones dirijidas á los gobiernos invitados á la reunion proyectada, se espresó así: «He creido de mi deber convidar á los Estados Unidos á tomar parte en la augusta reunion de Panamá, íntimamente convencido de que nuestros aliados verán con satisfacion amigos tan sinceros como ilustres asistir á las deliberaciones de nuestros comunes intereses».

Un publicista que firma G. L. opina «que la consolidacion de las nuevas repúblicas no debe fundarse en una confederacion quimérica, pero sí en la independencia de unas con otras y en los tratados que se firmen entre ellas bajo la proteccion y la garantia de los Estados Unidos». A mi juicio no es garantia ni proteccion estraña lo que la América requiere sinó la fuerza que debe buscarse en la union y en la confraternidad.

Las ratificaciones de los tratados que firmaron los congresales de Panamá debieron ser canjeadas, ocho meses despues de terminadas las sesiones, en la villa de Tacubaya á una legua de la ciudad de Méjico; pero es sabido que solo el Gobierno de Colombia concedió á esos documentos los honores de su asentimiento. Debe observarse, sin embargo, que algunas de las estipulaciones de esta Asamblea son miradas en América como principios de Derecho Público y han contribuido á estrechar los vínculos naturales de unas repúblicas con otras, á pesar de que ellas no están á la altura del fin propuesto. Los protocolos de las diez conferencias que tuvieron lugar desde el 22 de Junio hasta el 15 de Julio, arrojan poca ó ninguna luz sobre los debates á que dieron mérito las importantes cuestiones sometidas á la deliberacion del Congreso. Sea que el entusiasmo de los ilustrados congresales se debilitara por la falta de representacion de la República Argentina y Chile, sea que la insalubridad del clima les hiciera enojosa la residencia en Panamá, lo cierto es que se procedió con precipitacion y se firmaron tratados y convenciones impracticables.

Segun el tratado de union liga y confederacion perpétua, las potencias signatarias deberian: prestarse mútuo apoyo para rechazar en comun las agresiones del estranjero; otorgar á sus respectivos buques las mismas facilidades á su entrada y salida de los puertos aliados; abolir en sus territorios el tráfico de esclavos; acordar al Congreso autoridad para demarcar sus respectivos límites, con poder arbitral en caso de controversia; señalar al mismo cuerpo entre sus facultades: la de negociar la paz, concluir tratados que la afiancen, servir de consejero en conflictos internacionales é internos, aclarar todas las dudas y conciliar las diferencias.

El concierto y la convencion sobre continjentes de ejército y marina son, á la verdad, documentos inmeditados. Ellos se ocupan de la distribucion de fuerzas, de las operaciones militares probables en caso de ser invadida una de las repúblicas aliadas y de los contingentes que cada potencia debe tener en pié de guerra.

El fracaso de la primera reunion internacional efectuada en Panamá no desconcertó á los pensadores, que continuaron prestigiando la idea de la union.


Con fecha 13 de Marzo de 1831 circuló una invitacion del Gobierno de Méjico á las repúblicas hermanas, con ese objeto.—Aunque las contestaciones se hicieron esperar, ellas fueron favorables, pero solo en el año 1847 consiguió reunirse en Lima el nuevo Congreso. Eran representantes, de Chile Don José Benavente, de Bolivia Don José Ballivian, de Nueva Granada Don Juan Francisco Martin, del Ecuador Don Pablo Merino y del Perú Don Manuel Ferreiros.

Se nota en este Congreso, como en el anterior, la ausencia de plenipotenciarios de varias repúblicas americanas; y aunque en las sesiones se determinó que los actos sancionados se someterian á las naciones no representadas por si querian darles su adhesion, esa falta hacia suponer desde el principio que el éxito no coronaria los esfuerzos diplomáticos.

Los trabajos realizados—un tratado de confederacion, uno de comercio y navegacion, una convencion consular y otra de correos—son, sin embargo, muy importantes.

Parece indudable que provocó ó al ménos precipitó la reunion de este Congreso, la noticia de haber meditado España un plan de reconquista, para lo cual, segun nota del Consul del Ecuador en Carácas á su Gobierno, de fecha 17 de Noviembre de 1847, aquel Gobierno habia enviado al traidor americano Juan José Flores con la mision de producir movimientos anárquicos en la antigua Colombia.—Una vez obtenido el propósito encomendado á Flores, dominaria los tres Estados y formaria de ellos un imperio, presentando como pacificador al nueva monarca.

El 8 de Febrero de 1848 se firmó en Lima el Tratado de Confederacion. Por él las altas partes contratantes se unen, ligan y confederan para sostener la soberania é independencia de cada una de ellas; y con ese fin y el de impedir que se les infiera ultrajes indebidos, se auxiliarán con todos los medios de que puedan disponer.

Para facilitar esta alianza se mencionan las circunstancias en que debe considerarse llegado el casus foederis.

Además, se enunciaron algunos principios que posteriormente han tomado, por así decir, el carácter de leyes.—Tal es la designacion del uti possidetis de 1810, es decir, el derecho de posesion que cada seccion del continente tenia, en la época en que la revolucion produjo el cambio político, como base de la demarcacion territorial en la América española. Conciliando la ventaja de conservar á cada nacion los territorios que tenia cuando surjió á la vida independiente y la defensa de los límites arcifinios, con perfecto acierto señalados por el rey Cárlos III, este principio simplifica por completo las cuestiones de límites y su adopcion acerca el dia en que desaparezcan las causas de rompimiento entre unas y otras repúblicas:

En los protocolos de las conferencias se observan tambien dos proposiciones rechazadas ambas en nombre del principio de la no intervencion. La primera, del plenipotenciario de Bolivia acordando al Congreso la facultad de tomar las medidas que creyese oportunas para protejer al gobierno constitucional de una de las repúblicas aliadas, cuando fuese contrariado por una revolucion que tienda á echarlo por tierra y á suplantarlo por un gobierno no constitucional; la otra de los plenipotenciarios del Perú y del Ecuador para exijir á todas las repúblicas la conservacion del sistema democrático.

Los mismos plenipotenciarios firmaron otro tratado de comercio y navegacion y convenciones consular y de correos. Estos convenios obedecen á los principios generales de la época y no contienen ninguno especial de carácter americano.

Parece inútil agregar que si los convenios celebrados en este Congreso fueron estériles, ello se debe á la desidia de los gobiernos, que no por otra causa se dejaron aquellos documentos sin ratificacion y se miraron con desprecio tan laboriosos trabajos.


CAPÍTULO III


CONGRESOS

Bien pequeña debia ser la causa que motivara durante el año 1856 la reunion de un Congreso en Santiago de Chile: las espediciones que realizaba con éxito en las costas de Méjico y Centro-América el audaz filibustero Walker. Asi, solo concurrieron los Señores: Don Cipriano de Zegarra, Encargado de Negocios del Perú, Don Antonio Vera, Ministro de Relaciones Esteriores de Chile y Don Francisco Javier Aguirre, Ministro Plenipotenciario del Ecuador. Dichos representantes firmaron el 15 de Setiembre de 1856 el Tratado Continental.

En el preámbulo de este pacto se nota que su objeto fundamental es cimentar en sólidas bases la union de la gran familia americana. Con la mira de dar por esa union desarrollo y fomento al progreso moral y material de las diversas repúblicas, mayor impulso á su prosperidad y engrandecimiento, asi como mayores garantías á su independencia y soberanía, determinan las partes contratantes hacer estensivo el tratado á los demas Estados hispano-americanos y al mismo Imperio del Brasil si resuelven adherirse á él.

Con algunas diferencias confirma este documento los principios proclamados en las asambleas de 1826 y 1847.

El Gobierno del Perú tomó sobre sí la tarea de solicitar la adhesion de los demas Estados Americanos á los pactos firmados en Santiago, cuyas ratificaciones debian ser canjeadas ocho meses despues en la misma ciudad.

El Señor Buenaventura Seoane, Plenipotenciario de aquella nacion en el Imperio del Brasil y en las repúblicas del Plata, pasó una nota diplomática á los gobiernos ante los cuales estaba acreditado, solicitando su aprobacion al tratado que el Congreso habia formulado.

El Gobierno Argentino se negó á prestar su conformidad y el Ministro de Relaciones Esteriores Doctor Don Rufino de Elizalde contestó al Señor Seoane esplicando en una larga y luminosa nota los motivos en que fundaba su negativa.

En síntesis ese documento demuestra ideas localistas y, una vez mas, la constante indiferencia con que los hombres públicos de la América hispana miran todo lo que importa alguna trascendencia en materia de política internacional.—Es cierto que el doctor Elizalde impugna con lucidez y justicia los detalles del Tratado, alejado de los propósitos en vista al inmiscuirse en cuestiones de derecho internacional privado; que nota con perfecta razon la falta de ciertos principios adelantados, como el de la libre navegacion de los rios proclamado por la República Argentina y hace constar que la proteccion concedida á todos los estrangeros en nuestro país inutiliza las ventajas consignadas para los americanos en el Tratado; pero estas son cuestiones que no afectan al punto fundamental, la Union Americana.

Si el Gobierno Argentino no tenia motivos para admitir la existencia de una amenaza, es porque no consideró que el débil siempre está amenazado por el fuerte, mucho mas cuando el mismo Doctor Elizalde no desconoce, aunque él los considera hechos aislados, que á veces se han cometido injusticias de parte de los gobiernos europeos contra los americanos.—En política no hay hechos aislados y las causas mas pequeñas suelen tener á veces los efectos mas trascendentales.

Es muy razonable observar que no debemos buscar antagonismo con la Europa sino al contrario asimilarnos todos sus adelantos en lo que se refiere á las ciencias, á las artes y las industrias; pero eso no quiere decir que, ni el orden social ni en el orden político, pueda ningun pueblo de la tierra formar con nosotros vínculos que asuman tanta importancia como aquellos que nos unen á los que confundieron con nosotros su enerjía y sus ideas en los preliminares de la gran revolucion que nos dió libertad y su sangre en los campos de batalla conquistando glorias que son comunes á todos.—En Europa estarán nuestros maestros, pero en América están nuestros hermanos.

El Gobierno de Colombia no concedió tampoco su adhesion al pacto firmado en Santiago; pero haciendo las mayores demostraciones de confraternidad americana, manifestó que solo lo hacia por inconvenientes de mera forma.

El mal éxito del tratado tripartito debe mostrarnos que no es al amparo de impresiones transitorias, ni para reprimir las agresiones de un pirata afortunado, que debe formarse el Congreso destinado á dar cima á la gran aspiracion del pueblo americano.


Por iniciativa del Perú vuelve á reunirse en Lima el año de 1864, un Congreso compuesto de plenipotenciarios de las repúblicas hermanas.

La nota que el Señor Don Juan Antonio Riveiro, Ministro de Relaciones Esteriores de aquel país, pasó á los diversos gobiernos invitándolos á enviar sus representantes, es un documento notable.—Contiene todo un programa para hacer fructífero el pensamiento tantas veces formulado de la union americana; y entre otras observaciones importantes se nota esta: «los resultados de la emancipacion y la existencia del sistema democrático vendrian á ser, andando los tiempos, menos fructuosos de lo que debian, si con la union no se afirman las instituciones y con la solidaridad de miras, de intereses y de fuerzas no se imprime al Continente una fisonomia peculiar y se dá respetabilidad á los derechos adquiridos á costa de tantas y tan variadas proezas ejecutadas en la guerra santa de la independencia.»

El Gobierno de Chile acepta la invitacion del Perú y aplaude su iniciativa, pero exije para que se inicien las conferencias la invitacion general á todos los Estados de la América, porque teme que proceder á la reunion del Congreso sin la asistencia de los representantes de todas las repúblicas hispano-americanas, del Imperio del Brasil y de los Estados Unidos del Norte, frustrará los resultados que se esperan de esta asamblea.

Las observaciones del Gobierno de Chile son justas en la que se refiere á los Estados Unidos; pero en manera alguna es prudente, ni siquiera lójico, hacer estensiva al Imperio del Brasil la invitacion de tomar parte en un Congreso destinado á debatir los intereses de la democracia. Todos los problemas, sociales ó políticos, que hayan de dilucidarse en América deben estar y están sujetos á ese principio; las deliberaciones de sus futuros destinos deben tener lugar bajo los pliegues de la bandera republicana.

La República de Bolivia acepta tambien con entusiasmo la idea del Congreso, observando que, para no inspirar recelos á naciones estrañas, se debe manifestar que no se forma con tendencias hostiles ni miras esclusivistas.

El Gobierno de Colombia aplaude y acepta la formacion del Congreso, pero en oposicion al de Chile, opina que no se debe invitar á los Estados Unidos, porque es pública la neutralidad política que profesa y practica la gran nacion del Norte con respecto á las repúblicas hispano-americanas. Cree tambien que no debe hacerse una cuestion precisa de la representacion en el Congreso del Imperio del Brasil, haciendo notar con muy justa razon que la fraternidad de los pueblos americanos viene de la identidad de sus aspiraciones.

Esta vez son pocas las escepciones y la mayor parte de los Estados Americanos responden con real entusiasmo á la circular del Señor Riveiro y envian sus representantes al Congreso, el cual inauguró sus sesiones preparatorias el 18 de Octubre de 1864 con la asistencia de los plenipotenciarios siguientes:—de Bolivia, Don Juan de la Cruz Benavente; de Guatemala, el general P. A. Herran; del Perú, Don José G. Paz Soldan; de Chile, Don Manuel Mont; de la República Argentina, Don Domingo Faustino Sarmiento; de Colombia, Don Justo Arosemena; del Ecuador, Don Vicente Piedrahita; de Venezuela, Don Antonio L. Guzman.

Se firmaron en esta Asamblea cuatro tratados: uno de union y alianza, otro sobre conservacion de la paz, otro de comercio y navegacion y uno de correos.

El primero de estos pactos establece de nuevo la alianza internacional americana con el propósito de afianzar la paz entre las diversas secciones del continente, de proveer á su seguridad esterior y de garantizar mútuamente su independencia.—Esta alianza producirá efecto en los casos que consistan: 1º En actos dirijidos á privar á alguna de las partes contratantes de secciones de su territorio.—2º En actos dirijidos á anular ó variar la forma de gobierno, la Constitucion ó las leyes de cualquiera de ellas.—3º En actos dirijidos á someter á cualquiera de las partes á protectorado ó á establecer sobre ella superioridad ó preeminencia que menoscabe su soberania.

Las partes contratantes tendrán la libre apreciacion sobre el casus foederis y una vez declarado todas se comprometen á cortar sus relaciones con la potencia agresora.

El tratado sobre conservacion de la paz establece la prohibicion de recurrir á las armas para arreglar las diferencias internacionales y el juicio arbitral cuando esas controversias no puedan dilucidarse de otro modo.—Cada parte se obliga á impedir que en su territorio se preparen elementos de guerra para abrir hostilidades contra cualquiera de las otras y que los emigrados políticos abusen del asilo conspirando contra el país de su procedencia.

El tratado de comercio y navegacion establece la libertad de comercio, la igualdad recíproca de garantías y derechos para los nacionales, buques y mercaderias de las partes contratantes, un sistema uniforme de pesos y medidas y una unidad monetaria igual en peso, diámetro y ley á la de cinco francos en el sistema francés.

El tratado de correos establece la exoneracion de todo derecho de porte á los pliegos oficiales de gobiernos, ajentes diplomáticos y jueces de los Estados signatarios, asi como á los periódicos y folletos de todo género. Esta última estipulacion, liberal y progresista, pudo producir resultados muy benéficos, pues el cambio facilitado de la idea traería la union intelectual precursora, sin duda, de toda union social, política ó económica.

Como siempre, muy pocos de los gobiernos representados en este Congreso honraron con su aceptacion los documentos firmados por sus plenipotenciarios; y como á menudo se juzga de la bondad de una causa por el éxito práctico que ella alcanza, este último fracaso desprestigió la idea de Bolivar sin entibiarse por eso el sentimiento de la América que le es favorable.


La convocatoria del Perú para el Congreso de Juristas no espresa ya la idea de establecer principios de derecho público que sirvan para realizar la liga; se trata ahora de uniformar los principios del derecho internacional privado entre las diversas repúblicas hispano-americanas.

Si esa uniformidad de principios que se busca no fuera la base de la union deseada, el americanismo de esta reunion se observaria en la concurrencia de un plenipotenciario representante de la revolucion cubana, reconocido por el Gobierno del Perú, tácitamente por los demás plenipotenciarios y con prudentes reservas por el Ministro Arjentino.

El Congreso se reunió en Lima el 3 de Diciembre de 1877, aniversario de la batalla de Ayacucho, con asistencia de los plenipotenciarios siguientes: Dr. Antonio Arenas por el Perú y Costa Rica, José E. Uriburu por la República Argentina, Joaquin Godoy por Chile, Zoilo Flores por Bolivia, Miguel Rio Frio por el Ecuador, Pedro Naranjo por los Estados Unidos de Venezuela, Tomás Lama por Guatemala y Francisco de P. Bravo por Cuba y la República Oriental del Uruguay.

Un año despues de instalado este Congreso se firmó el tratado para establecer en América reglas uniformes sobre Derecho Internacional privado. Ese trabajo fundamental determina á qué competencia ha de someterse el juicio de los derechos referentes á las personas, los bienes y los actos de los estranjeros en el continente.

La nota con que el Señor Arenas acompañaba el Tratado á las repúblicas signatarias contiene notables comentarios á los trabajos del Congreso y pueden en ella observarse los motivos científicos de cada una de las estipulaciones de este pacto.—Termina ese importante documento con las siguientes palabras: «Lo que antes parecia una ilusion ha comenzado á realizarse. Las repúblicas signatarias han levantado una bandera de alianza pacífica, van unidas y con ánimo sereno en pos de su prosperidad y hay la esperanza de que las demas repúblicas hermanas las acompañen en una empresa tan laudable.—Esa union, andando el tiempo, dará grandes resultados, aumentará nuestro crédito esterior, facilitará el desarrollo de todos los elementos reparadores que hay en nuestro suelo, perfeccionará de una vez nuestras instituciones y al fin llegará el dia en que, como lo han vaticinado algunos de nuestros hombres públicos, la América tranquila y feliz sea la pátria comun de todos los americanos.»

El segundo trabajo del Congreso fué el Tratado de Estradicion que se firmó en Marzo de 1879.

Esta asamblea tenia el propósito de uniformar en lo posible la lejislacion mercantil de la América y de redactar un tratado especial estableciendo de un modo solemne y definitivo el principio del arbitraje para resolver todo jénero de cuestiones entre las repúblicas signatarias. Por desgracia, en Febrero de 1879 tuvo lugar la ocupacion de Antofagasta por tropas chilenas, iniciándose la guerra fratricida del Pacífico, luctuoso acontecimiento que puso término á los trabajos del Congreso de Juristas con tanto éxito iniciados.


La guerra continuaba en el Pacífico. Sin embargo, la República de Chile firmaba el 3 de Setiembre de 1881, por medio de su representante en Bogotá el Señor Francisco Valdez Vergara, una convencion sobre conservacion de la paz con los Estados Unidos de Colombia.

Segun este pacto, ambos paises contraen la obligacion de someter á arbitraje toda controversia ó dificultad que pueda suscitarse; determinan que la designacion del árbitro será hecha en un convenio especial en que tambien se esprese la cuestion en litigio y el procedimiento á observar en el juicio y convienen en que sea árbitro plenamente autorizado el Presidente de los Estados Unidos si se opone al convenio especial cualquier obstáculo.

Esta última estipulacion produjo muy buen efecto en aquel país segun lo manifiesta, dirigiéndose al Secretario de Relaciones Esteriores de Colombia, el Ministro Residente en Bogotá Señor Ernest Dichman. Trascribo á continuacion los párrafos de su nota diplomática:

«La negociacion del Tratado para la conservacion de la paz entre las Repúblicas de Colombia y Chile, concluido entre el Encargado de Negocios de este pais y usted, fué puesta por mí en conocimiento de mi Gobierno, y me es sumamente grato informar á usted que esta noticia se ha recibido en Washington con sentimientos de viva satisfaccion, porque revela de parte de Colombia, no solamente el deseo de mantener y fortalecer las relaciones de paz y benevolencia con el Gobierno de Chile, sino su adhesion al gran principio de arbitramento en el arreglo de las disidencias internacionales, principio cuya aplicacion se consignó en el referido Tratado como el único medio adoptable en cualesquiera emergencias entre los Estados cosignatarios. Asimismo, la designacion de árbitro, entre ellos, hecha en el Presidente de los Estados Unidos, para ciertos casos, se ha aceptado como manifestacion de aquella confianza en la amistad imparcial del Gobierno de los Estados Unidos para con las Repúblicas hermanas del Continente americano; amistad de que mi Gobierno ha tenido orgullo en dar pruebas manifiestas siempre que se ha presentado la ocasion, y en fortalecer por su constante ejemplo de buena voluntad é interés benévolo en su bienestar.»

En el convenio que nos ocupa se proponia tambien celebrar en oportunidad con las otras naciones americanas convenciones análogas, á fin de que la solucion de todo conflicto internacional por medio del arbitraje llegara á ser un principio de derecho público americano.

Se supone la satisfaccion con que fué recibida en América la convocatoria del Presidente de Colombia hecha con ese objeto, especialmente por la República Argentina, cuya política séria y fraternal se señala á la consideracion del mundo.—El Dr. D. Bernardo de Irigoyen, Ministro de Relaciones Esteriores de esta República, contestó á la circular del Dr. Nuñez en un documento notable y en él hace constar que en mas de una oportunidad el Gobierno Argentino, aun con perjuicio de derechos incontestables, ha sometido sus controversias á esa noble y humanitaria aspiracion de la época.—Observa, no obstante, al notar con entera justicia que la estipulacion solemne del arbitraje entre Chile y Bolivia no ha impedido una lucha desastrosa para ambos pueblos, que el programa enunciado debe ampliarse, desautorizando las tentativas de anexiones violentas y resguardando las nacionalidades americanas de segregaciones parciales.

La nota en que el Señor Santa Maria, Ministro de Relaciones Esteriores de Colombia, invitaba á las demas naciones americanas para la formacion del Congreso, espresaba que naciones como las nuestras, soberanas de inmensos territorios, no debian arruinarse ni deshonrarse con guerras sangrientas por porciones de tierra inhabitada y en muchos casos inhabitable, que para la causa de la civilizacion y de la humanidad en América lo mismo es en definitiva que pertenezcan á una nacionalidad ó á otra.

Estas palabras parecen envolver la idea de que haya en América territorios que puedan ser considerados res nullius, principio que rebate el Dr. Irigoyen protestando contra toda vacilacion á ese respecto y manifestando que el único medio de conservar la paz es el de uniformar los esfuerzos de todos los gobiernos para que se considere la verdad histórica y la justicia como único oríjen del dominio territorial.

Con pena es necesario consignar aquí la poca sinceridad política del Gobierno de Chile.—Parece que era conveniente para los intereses de aquella república la convencion parcial con la de Colombia y que no lo era el hacerla general con todos los Estados de la América hispana. Desde el momento en que el Dr. Nuñez pensó hacer estensivas á las demás repúblicas las ventajas del principio consignado en el pacto con Chile, todos los trabajos de sus diplomáticos fueron tendentes á evitar la reunion internacional que se proyectaba en Panamá, propósito que lograron impidiendo la concurrencia de plenipotenciarios del Ecuador y de todas las repúblicas de Centro-América.

Esto, como es natural, alejó á los gobiernos de Méjico, la República Argentina y Venezuela que no veian ya en la reunion proyectada las garantias de sinceridad y éxito que, despues de tantos descalabros, debe buscarse en toda reunion internacional americana.

Las dificultades de la respectiva organizacion en unos casos, los intereses privados de una seccion en este último, he ahí las causas que se han opuesto á la prosecucion de los elevados fines de la confraternidad americana; mas á través de los desastres referidos, se descubre en algunos gobiernos y en todos los pueblos un sentimiento perenne de simpatia hácia la liga.

Ella se efectuará, pues, tarde ó temprano por que, como dijo el Abate de Pradt, la reclaman altos intereses que están en la naturaleza de las cosas y que no tienen otro antagonismo que preocupaciones ó ideas localistas.

Existen en América, hay que confesarlo, hombres públicos que guiados por el interés individual ó sujetos á miras estrechas, representan la subdivision y desean el desmembramiento de los grandes Estados; pero ellos tendrán que luchar con los propagandistas del gran pensamiento, quienes llevan la ventaja de interpretar cumplidamente los intereses sociales del nuevo mundo y el sentir de sus habitantes.

Estos hombres, los que combatieron en Colombia y en Centro-América por la reconstruccion de la antigua pátria, los que en la República Argentina contrariaron la separacion del Estado de Buenos Aires y dándole su capital definitiva en 1880 consolidaron su gran nacionalidad, son los que están llamados á representar la union en América, donde mas que en ninguna otra parte es indispensable hacer práctica esa inclinacion filosófica de la humanidad.


CAPÍTULO IV


INTERVENCIONES

Para no mencionar los infinitos atropellos y repetidas violencias que los gobiernos de Europa han cometido, abusando de su fuerza, contra las pequeñas nacionalidades formadas el año 1810 en el territorio continental americano que fué en un tiempo colonia española, concretaré este capítulo al estudio de las intervenciones que pudieron tener trascendencia perjudicial á la soberania é independencia de las mismas ó al réjimen político que adoptaron.

La primera de ellas, incompetentemente iniciada durante el reinado de Luis Felipe por Monsieur Roger, Vice Cónsul francés en Buenos Aires, no produjo resultado alguno satisfactorio á la potencia interventora que, segun parece, no lo buscaba tampoco.—Ha sido, en efecto, una política muy comun en los gobiernos de Francia, la de crear complicaciones internacionales cuando las evoluciones de la lucha interna han puesto en peligro su propia existencia: asi sucedió en esta ocasion y mas tarde en Méjico. Es verdad que se buscaron siempre enemigos que, dando pábulo á las crónicas y desviando el entusiasmo de las facciones, no crearan por su poder problemas de solucion incierta en lo futuro.

La escuadra francesa que fué á Buenos Aires y efectuó el bloqueo de la ciudad para imponer al gobierno el pago de las indemnizaciones exijidas á la República por muchos súbditos de S. M., á mérito de perjuicios sufridos durante la tiranía en sus personas y en sus bienes, debia sostener las pretensiones entabladas por Monsieur Roger; pero este agente, con su precipitacion, autorizó á Rosas para impugnarle su conducta, haciéndole notar que él solo podia jestionar en asuntos de comercio y que el Gobierno de la Nacion Argentina no se encontraba dispuesto á tratar de las reclamaciones entabladas por los súbditos franceses sino con un representante diplomático plenamente autorizado para ello.—El Rey de Francia envió entónces como Cónsul General y Encargado de Negocios al Señor Buchet de Martigny, funcionario que en vez de entablar negociaciones promovió la coalicion entre las tropas francesas y los disidentes argentinos al mando del General Juan Lavalle, bien persuadido, por cierto, de que el bloqueo era ineficaz y de que se requeria el apoyo de los revolucionarios patriotas para obtener algun resultado.

El convenio que consigna esta alianza, firmada de una parte por el Señor Buchet de Martigny y de otra por los señores Julian S. Agüero, Juan J. Cernadas, Florencio Varela, Ireneo Portela, Valentin Alsina, y Gregorio Gomez, representantes en Montevideo de la resistencia contra Rosas, espresa que los sucesos del bloqueo han producido una alianza de hecho entre los agentes de los ciudadanos argentinos armados contra el tirano y los de S. M., alianza que ha sido confirmada por el General Juan Lavalle en Julio de 1839 y ratificada por Thiers, Presidente del Consejo, en su discurso en la Cámara de Diputados el 28 de Abril de 1840.—No obstante esto, se agrega que para dar al pacto toda la regularidad posible los representantes mencionados convienen:

En que el Señor Buchet de Martigny se trasladará á Buenos Aires en su carácter diplomático cuando se derroque al tirano Rosas y presentará al nuevo gobierno una declaracion concebida mas ó menos asi: El bloqueo y sus desagradables consecuencias no se han dirijido contra los ciudadanos sino contra el gobierno del tirano y esto mismo con el único objeto de indemnizar los perjuicios causados á los súbditos franceses y de impedir las crueldades del tirano contra los mismos.

A tal declaracion el gobierno provisorio contestará estendiendo un decreto en el cual se esprese que hasta la terminacion de un tratado de amistad con la Francia los súbditos de S. M. serán considerados como los de la nacion mas favorecida y que se reconocerá la legitimidad de las reclamaciones en favor de los que fueron perjudicados durante la tiranía.

Las irregularidades de este pacto y la ratificacion hecha de palabra en un Parlamento, tenian que traer como desenlace natural el abandono de los patriotas.—Cuando menos se pensaba llegó al Rio de la Plata el Almirante Mackau, quien con especiales instrucciones de su gobierno, propuso al Dictador las conferencias que dieron por resultado el convenio de 29 de Octubre de 1840 y la inmediata evacuacion de las tropas francesas.

Los patriotas íntegros y entusiastas que buscaban una solucion al conflicto de la pátria en la alianza estranjera, se vieron obligados, por la fuerza de los sucesos, á prescindir de ella y á buscarla, donde únicamente podia encontrarse, en el empeño noble y ardoroso de sus conciudadanos.

La historia les disculpa su grave error en atencion á la solemnidad de las circunstancias, á los actos odiosos de la tiranía y á la sinceridad de sus propósitos.

Es fuera de duda, por lo demas, que ellos mismos no dejarian de pensar con espanto en las consecuencias de su impremeditada actitud, muy especialmente si presenciaron, pocos años despues de derrocado el déspota por la valiente perseverancia de los argentinos, la intervencion de varias potencias europeas en el antiguo reino de Nueva España. Allí tambien los soldados de Francia buscaron la alianza de una fraccion política para imponer á la otra un sistema de gobierno en abierta oposicion á sus prácticas é instituciones!—Á la verdad, ¿quién puede prever lo que hubiera acaecido en la República Argentina con el triunfo del ejército de Lavalle coadyuvado por las tropas francesas?—Tal vez reclamaciones mayores é intervenciones mas directas en nuestros asuntos propios.

La segunda intervencion que tuvo lugar en el Rio de la Plata, realizada en comun por Francia é Inglaterra, fué solicitada de ámbas potencias por el Vizconde de Abrantes, embajador brasileño. Este diplomático procuraba demostrar que la proteccion concedida por Rosas al General Oribe, jefe de uno de los partidos que luchaban en la República Oriental del Uruguay, ponia en peligro la independencia de ese país; solicitaba, en consecuencia, el cumplimiento de la cláusula que contiene el tratado firmado el año 1828 entre el Imperio del Brasil y la República Argentina, por la cual Francia é Inglaterra garantizan la independencia de la mencionada república.

Sin darse á la cuestion la importancia que pretendia el Brasil y atribuyéndole mucha al hecho de una recíproca alianza, en momentos de conflicto para el viejo mundo, la intervencion anglo-francesa en el Rio de la Plata se efectuó mas por intereses de política europea que por dar cumplimiento á las estipulaciones del tratado de 1828.

No es estraño, pues, que no teniendo bandera la intervencion, ni objeto, ni propósito, desde que poco podia importarles á esas potencias que gobernara Oribe ó que mandara Rivera, el resultado de ella fuera el reconocimiento de todos los derechos sostenidos por el Dictador Rosas y la evacuacion incondicional de los buques que efectuaban el bloqueo.

Las fuerzas anglo-francesas, despues de saludar el pabellon argentino con 21 cañonazos, se retiraron sin haber obtenido otro resultado que afianzar la tiranía sangrienta de Juan Manuel Rosas y poner una rémora al progreso de un país tan rico y al desarrollo de su comercio.

Los Estados Unidos no tomaron participacion alguna en el desenvolvimiento de estos sucesos, presumo que por no serles simpática la idea de entablar negociaciones ni con unos ni con otros: con los aliados, por significar la intervencion de Europa en los asuntos de América, hecho que es proverbialmente odioso al país; con Rosas, por la condicion cruel y salvaje de su gobierno.


La mas desoladora y continuada anarquía fué el inmediato fruto que cosechó la República Mejicana de su independencia. Desde que Iturbide fundó su efímero imperio hasta que tuvo lugar la intervencion que llevaron á su suelo las potencias aliadas, España, Francia é Inglaterra, ningun gobierno habia consolidado un órden de cosas estable, ninguno habia creado siquiera los medios de hacer práctica su accion. En tales circunstancias las naciones forman deudas: no las cubren. El motivo real de la intervencion emana de ahí, por mas que se hiciera aparecer entónces como pretesto de ella el deseo de hacer indemnizar á los extranjeros residentes allí los perjuicios que las tropelías y ultrajes de los caudillos de barrio les habian ocasionado.

La convencion entre las tres mencionadas potencias, firmada en Lóndres el 31 de Octubre de 1861, manifiesta esplícitamente que ellas asumen tal actitud porque se ven obligadas á exigir de las autoridades de Méjico una proteccion mas eficáz para las personas y bienes de sus súbditos, así como el cumplimiento de las obligaciones contratadas por la República.—Los plenipotenciarios, despues de canjearse sus respectivos poderes, convinieron en que las potencias aliadas enviarian á las costas de Méjico fuerzas de tierra y mar combinadas, que apoderándose de las fortalezas y posiciones del litoral mejicano impusieran al gobierno su línea de conducta. Espresaban en las cláusulas del tratado, que los comandantes de esas fuerzas podrian tomar todas las determinaciones que fueran necesarias para garantizar la propiedad y asegurar la vida de los súbditos de los aliados, comprometiéndose, además, los contratantes á no ejercer en los asuntos interiores de Méjico ninguna influencia destinada á contrariar el derecho que la nacion tiene de constituir su propio gobierno.—Agregaban, finalmente, que no siendo esclusivistas y sabiendo que los Estados Unidos tenian tambien reclamaciones que hacer valer, se obligaban á enviar á Washington una cópia de la convencion, sin determinar, sin embargo, que se suspendieran los efectos del pacto hasta la accesion de esta última potencia, indudablemente por temor á los obstáculos que en nombre de los intereses americanos opondria á la espedicion proyectada su ya no despreciable poder.

Apenas conocido el pacto de estas potencias en Estados Unidos, el Señor Seward, Ministro de Relaciones Esteriores, significó á los tres aliados que se adelantarian á Méjico las cantidades necesarias para cubrir su deuda, agregando, al mismo tiempo, que aquella república habia aceptado ya la mediacion propuesta obligándose al pago con la fé pública y la desamortizacion de los bienes de la Iglesia.

Francia contestó que se equivocaban los motivos que habia para apoderarse de los puertos de la República;—Inglaterra que la cuestion de interés era solo uno de los cargos contra Méjico.

Las connivencias de los aliados tenian lugar á despecho de la declaracion que habia pronunciado el 19 de Enero de 1821 á nombre de la Gran Bretaña, Lord Castlereagh: «Si las evoluciones políticas que se producen en un país pueden crear un derecho de intervencion, solo puede eso admitirse cuando la seguridad y los intereses esenciales de los Estados interventores estén amenazados de una manera séria y exista una necesidad imperiosa y urgente».

Todo esto prueba que la proteccion á los súbditos perjudicados era solo un pretesto, reservándose cada potencia la secreta esperanza de cambiar el sistema del gobierno mejicano en provecho propio.

España, precipitando los sucesos, dió á conocer primero sus planes, pues aun cuando los plenipotenciarios respectivos Lord Russell, Javier de Isturitz y Monsieur Flavaut, al formar el convenio aludido estipularon, como es natural, que se buscarian los medios de espedicionar de comun acuerdo, tropas enviadas de la Habana operaron separadamente y ocuparon á Vera Cruz.—A las reclamaciones de los otros aliados contestó el Ministro de Relaciones Esteriores de España, Señor Calderon Collantes, mencionando que su procedimiento aislado se esplicaba por haber llegado tarde á la Habana la órden de suspender la salida de la espedicion. No dice, lo que es óbvio, que existia con anterioridad la órden de enviarla. Este hecho y algunas revelaciones de la época, prueban que el interés de España en la contienda era muy distinto del que indicaban sus ministros y encubria un designio semejante al que despues practicó Francia con mejor éxito. Se dijo que pretendia fundar una monarquia en Méjico adjudicando el trono á Don Sebastian, tio de la reina.

La espedicion combinada de Francia é Inglaterra se incorporó mas tarde á las fuerzas españolas, operando todas ellas conjuntamente á las órdenes del general Prim.

Ostensiblemente, no existia el propósito de derrocar al gobierno de Juarez sino el de conminarlo al cumplimiento de las obligaciones contraidas y á la indemnizacion de los perjuicios sufridos por los respectivos súbditos; pero las intenciones ocultas de los invasores debian ser conocidas con la llegada al campamento del general mejicano Almonte, traidor que habia sostenido en Europa la conveniencia de crear en su pátria un Imperio, llegando á ofrecerle la corona, en representacion del partido conservador, al Archiduque de Austria.—El Presidente Juarez se quejó de que se autorizara la presencia de un revolucionario en el territorio mejicano y solicitó su espulsion.—Los españoles, desconcertados en sus planes por las ambiciosas miras de Francia y los ingleses, sinceros en esta ocasion, encontraron razonable la exijencia de este magistrado.

En cuanto al General francés Forey, fué insolente en su contestacion y en su conducta arbitrario; dijo que el Señor Almonte era un proscrito y que la bandera francesa siempre protegia bajo sus pliegues á los desgraciados.

Despues de este incidente, las tropas españolas é inglesas se retiraron y las francesas continuaron la campaña interventora ejerciendo todo género de crueldades contra los nacionales que pretendian poner un dique á su irrupcion y ocupando militarmente á Puebla, Orizaba y la capital.

Por entonces manifestó Napoleon III cuales eran sus ideas respecto á la invasion que habian practicado sus tropas en el nuevo mundo. En carta dirijida al general Forey espresaba que tan inusitada intervencion respondia: 1º Á poner un obstáculo á la absorcion de esa parte de América por los Estados Unidos—2º Á impedir que la gran confederacion anglo-sajona llegara á ser la única intermediaria para el comercio del continente norte-americano—3º Á restablecer el prestijio de la raza latina en América.—4º Á acrecentar la influencia de Francia por medio del establecimiento en Méjico de un gobierno mas simpático á sus intereses.

Si el documento que contiene tan atrevidos conceptos no fuera privado, pareceria hasta inverosímil que un monarca europeo tuviera la audacia de insinuar su intencion de cambiar el sistema de gobierno en un pueblo amigo, á mérito de restablecer el prestijio de la raza latina! Como si tal prestijio pudiera alcanzarse buscándolo en el pasado y no en el porvenir, en instituciones y en prácticas contrarias al progreso y no en aquellas que siguen su camino de adelantos para responder á aspiraciones que son tambien las del pueblo frances: la libertad, la igualdad, la fraternidad.

Calumnia Napoleon á los Estados Unidos al manifestar el temor de que estos absorban á las demas naciones de América; pero aunque así no fuera, siempre su observacion se miraría como impertinente y ridícula, pues llegado el caso, seguramente muy remoto, de que los Estados Americanos se sometieran á un poder estraño, preferirian subordinarse al sistema republicano federal de Washington antes que al centralista de Paris.

Pueden aparecer en la república modelo gobernantes ó muy torpes ó demasiado ambiciosos para buscar en la conquista el engrandecimiento de su pátria; mas ¿en qué puede afectar eso á los vecinos, si el carácter y la índole de aquel pueblo lo alejan de la violencia y le inspiran el deseo y el interés, que impone á sus mandatarios, de influenciar tan solo con sus ideas y sus prácticas?

Cuando la bandera francesa flameaba en los edificios públicos de la capital mejicana, Maximiliano, que habia rechazado las proposiciones de Almonte, obedeció las insinuaciones de Napoleon y renunciando á todos sus títulos y derechos como principe austriaco aceptó el Imperio, si bien bajo la condicion de que el cambio de gobierno fuera solicitado por la mayoria de la nacion.—Entonces se produjo esa farsa de adhesiones y de llamadas que, bajo la presion de las bayonetas estranjeras y las inspiraciones de los cabecillas del partido reaccionario, dió por resultado el viaje del nuevo monarca á Méjico, donde llegó, acompañado de su esposa, el 29 de Mayo de 1864. La apoteosis de que fué objeto, en medio de arcos de triunfo y de entusiasmo comprado á peso de oro, engañaron por completo á Maximiliano, haciéndole concebir ideas exajeradas sobre la popularidad de que gozaba su nombre y la simpatía que merecia el nuevo sistema en el pueblo mejicano. Comenzaba ya á ser víctima el noble príncipe del partido conservador y de la política maquiavélica de Napoleon III.

Sorprenderá que llegaran las cosas á este punto sin que los Estados Unidos hicieran un solo acto de protesta. Debe observarse, sin embargo, que en esa época la Union se encontraba dividida por la lucha mas ardiente que ha presenciado su territorio y que el Gobierno no podia distraer ni fuerza ni atencion en tan graves circunstancias.

Una vez que este, reconstituido despues de la guerra, pudo contar con el próximo y definitivo restablecimiento de la paz interna, envió instrucciones al Señor Adams, Ministro en Francia, para que manifestara al Emperador que cualquier intervencion hecha con el propósito de imponer nueva forma de gobierno á la República de Méjico se miraria como una declaracion de guerra.

Muchas y muy especiosas razones dió el gabinete francés para probar que la invasion solo tenia por objeto exijir el cumplimiento de las obligaciones contraidas por la República y que la presencia del Archiduque en Méjico se debia al espontáneo llamamiento de la mayoria del país.

Con todo, los Estados Unidos insistieron en que si no se retiraban las tropas francesas en un término dado, se romperian las hostilidades.

En el mismo orden de ideas que el Poder Ejecutivo, el Congreso Americano habia sancionado por unanimidad el 4 de Abril de 1864 esta proposicion: El Congreso declara que no conviene á la política de los Estados Unidos el reconocer un gobierno monárquico establecido en América sobre las ruinas de un gobierno republicano y bajo los auspicios de un gobierno europeo cualquiera que sea.

Terjiversando con habilidad sobre los principios proclamados solemnemente mas de una vez por los Estados Unidos é invocando los procedimientos históricos de la nacion en ese punto, los diplomáticos franceses trataron de probar que el Señor Juarez no ejercia el gobierno de Méjico en el hecho, insinuando, además, que podria producirse un cambio, con anuencia de ambas naciones, sin incluir, por cierto, en él al lejítimo Presidente Señor Juarez.

El Señor Seward, inspirándose en una sana política y conquistando lejítima gloria para su pátria, contestó, que indudablemente el Señor Juarez no ejercia un gobierno de hecho, teniendo el poder de derecho, pero que si eso sucedia solo debia atribuirse á la presencia de las tropas francesas en el territorio mejicano. Manifestó así mismo, que los Estados Unidos no podian desconocer al gobierno reconocido ya del Señor Juarez, quien seguramente tendria los medios de ejercer su autoridad una vez retiradas esas tropas.

Las negociaciones arribaron al resultado que se deseaba, la evacuacion de las tropas francesas. Es indudable que sin el temor de romper abiertamente con los Estados Unidos, en una época en que Napoleon tenia bastante con las preocupaciones de su propio gobierno, ellas hubieran retardado su retirada dilatando con su odiosa presencia el triunfo de la causa nacional.

Apenas se alejó el mariscal Bazaine, Jefe á la sazon de las tropas y faltó al raquítico Imperio el auxilio de fuerza que ellas le daban, este se derrumbó con una rapidez mayor de la que se habia requerido para crearlo.

Perdido el primer apoyo era necesario buscar uno nuevo. La Archiduquesa, valiente compañera de Maximiliano, fué á Europa con el propósito de solicitarlo para el trono de su esposo; pero la intervencion diplomática de los Estados Unidos impidió nuevamente el envío de los contingentes de tropas con que Austria y tal vez Bélgica pensaban auxiliar al desgraciado príncipe en su incierta posicion y este tuvo que esconder su impotencia en Queretaro donde el ejército republicano lo sitió, lo venció y pronunció, en consejo de guerra, la terrible sentencia de muerte.

No es esta la oportunidad de hacer un juicio detenido sobre la debatida cuestion de si fué ó no conveniente para Méjico el lamentable fin del Archiduque, pero merece consignarse la opinion espresada entonces por los Estados Unidos.

El Señor Seward, antes de conocer el fatal desenlace, dirijió al representante americano acreditado cerca del Señor Juarez una nota en la cual significaba que la severidad ejercida con los prisioneros republicanos capturados en Zacatecas hacía temer como represalia una severidad semejante para con el príncipe y sus soldados estrangeros, consumándose asi un hecho que pudiera ser perjudicial á la causa nacional de Méjico y al sistema republicano en todo el mundo. Indicaba, por lo tanto, la conveniencia de hacer conocer al Presidente el deseo de los Estados Unidos de que el príncipe y sus secuaces recibieran un tratamiento humano.

El Señor Seward demostró, pretendiendo impedir la ejecucion de Maximiliano, que su pátria se preocupaba de los intereses republicanos. No ignoraba el célebre estadista que, en todas las épocas de la historia, la consecuencia lójica del sacrificio de los reyes ha sido la rehabilitacion del trono.


CAPÍTULO V


ISTMO DE PANAMÁ

Muy antigua es la idea de abrir una comunicacion entre los dos grandes océanos que absorben casi en su totalidad el comercio del mundo.

El primero que enunció tan progresista propósito fué Hernan Cortés, quien pensó llevarlo á cabo, despues de efectuada la conquista de Méjico, en el Istmo de Tehuantepec. Posteriormente el Presidente Santa Ana concedió el privilejio de practicar la obra á un Señor Garay, privilejio que este vendió al Señor Hargaus, ciudadano americano. Habiéndose opuesto otro gobierno de Méjico á la continuacion de los trabajos, los Estados Unidos pensaron intervenir en defensa de los intereses de su compatriota; pero á ello se opuso enérjicamente el Senador Benton, haciendo resaltar en muy bellas frases la inconveniencia de atraer odiosidades á la pátria por favorecer una especulacion mas ó menos atrevida.

En Nicaragua y otras repúblicas de la América Central se ha pensado tambien emprender la obra de la comunicacion interoceánica; mas á pesar de que en varios puntos disminuyen los obstáculos las corrientes naturales, se ha visto que siempre serian alli mas sérios los trabajos que en el Istmo de Panamá donde la ciencia y el interés del comercio han determinado definitivamente emprender tan jigantezca labor.

Este istmo, por su posicion escepcional en el centro del globo, afecta los mas sérios intereses políticos y económicos, intereses que asumirán mayores proporciones asi que se entregue al servicio el canal marítimo que se construye.

No es estraño, pues, que los gobiernos de Colombia hayan tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos para conservar su soberanía y sustraer ese territorio á la codicia de los gobiernos europeos y aun á sujestiones mas ó menos hábiles de los Estados Unidos, donde algunos periodistas han llegado á manifestar la absurda pretension de que se considere como de cabotaje el comercio practicado por esa via, despues de abierto el canal, entre Nueva York y San Francisco.

Pero dejando de lado las ambiciosas apreciaciones individuales, fuerza es confesar que los Estados Unidos se han mostrado hasta hoy como defensores de la soberanía de Colombia en el Istmo de Panamá.

La política observada por los estadistas sensatos de aquella nacion, está sintetizada en el articulo 35 del tratado vijente de amistad, comercio y navegacion, firmado en Bogotá el 12 de Diciembre de 1846 por el Señor Manuel Maria Mallarino, Ministro de Relaciones Esteriores de la Nueva Granada y el Señor Benjamin A. Bidlack, Encargado de Negocios de los Estados Unidos de América.—Por el citado convenio se estipula:

«Que el Gobierno de la Nueva Granada garantiza al de los Estados Unidos que el derecho de via ó tránsito al través del Istmo de Panamá por cualesquiera medios que ahora existan ó en lo sucesivo puedan abrirse, estará franco y espedito para el Gobierno y los ciudadanos de los Estados Unidos y para el trasporte de cualesquiera artículos, de productos, manufacturas ó mercaderias de lícito comercio pertenecientes á ciudadanos de los Estados Unidos.

«Que los Estados Unidos, en compensacion, garantizan positiva y eficazmente la perfecta neutralidad del ya mencionado Istmo, con la mira de que en ningun tiempo, existiendo este tratado, sea interrumpido ni embarazado el libre tránsito de uno á otro mar; y por consiguiente GARANTIZAN DE LA MISMA MANERA LOS DERECHOS DE SOBERANÍA Y PROPIEDAD QUE LA NUEVA GRANADA TIENE Y POSEE SOBRE DICHO TERRITORIO.»

A muchos colombianos les desagradará, sin duda, considerar que su pátria se ha visto en la necesidad de aceptar la garantía protectora de una nacion amiga, para poder conservar sin peligro su jurisdiccion y dominio territorial en el Darien; pero todos convienen en que es indispensable desde que la sola fuerza del derecho no bastaria para atenuar en las potencias comerciales del viejo mundo el inmenso aliciente que les ofrece tan bien situado territorio.

En cuanto á los Estados Unidos, si bien no alcanzan segun las cláusulas del tratado, sinó la facultad de intervenir en circunstancias escepcionales y solo para garantizar el libre tránsito, obtienen con su actitud el beneficio de alejar de los gabinetes europeos toda negociacion tendente á adquirir jurisdiccion en el Istmo.

Muchos hombres públicos americanos han pretendido, siempre por la via diplomática, adquirir en Panamá una intervencion mas directa en favor de los intereses comerciales y políticos de su país.—En 1857, posteriormente á disturbios ocurridos en el Istmo y á perjuicies sufridos por súbditos de los Estados Unidos, el Plenipotenciario de esta república en Bogotá presentó al Gobierno de Colombia la proposicion de que se creasen á Colon y Panamá en ciudades libres bajo la proteccion de los Estados Unidos y manifestó el deseo de su gobierno de obtener, por una remuneracion adecuada, la cesion de algunas islas en el golfo de Panamá para establecer en ellas una estacion naval. Ante una negativa formal, los americanos desistieron de su propósito.

Es justo agregar aquí que durante la sangrienta revolucion que hubo en Colombia contra el Gobierno del Dr. Rafael Nuñez en 1885 y que dió por resultado el incendio de Colon y disturbios de todo jénero en el Istmo, los americanos intervinieron en la forma prescrita en el tratado, garantizaron el libre tránsito de uno á otro mar, la inmunidad de los empleados del ferro-carril inter-oceánico y la de los trabajadores del canal, retirándose inmediatamente despues de restablecida la paz pública.

El natural temor de presenciar por parte de una potencia europea una influencia tan séria como podria traer la construccion bajo sus auspicios de una via interoceánica para el intercambio directo de los productos asiáticos y europeos, ha inducido siempre á los Estados Unidos á ofrecer una séria proteccion á toda obra de esa naturaleza.

Con el apoyo del Gobierno Americano y teniendo su asiento en la ciudad de Nueva York, se organizó la compañia del ferro-carril que hace hoy el servicio del comercio de uno á otro mar.

Varias veces ha procurado despues el mismo gobierno patrocinar la creacion de algunas compañias para efectuar el jigantezco trabajo de la comunicacion interoceánica.

Durante el año de 1867, el Ministro de los Estados Unidos en Colombia propuso al de Relaciones Esteriores de aquel país la apertura de un canal en el Istmo, recomendando al efecto la solicitud que presentaria el súbdito americano Dr. Cullen.

El Ministro Sr. Santiago Perez, agradeciendo la iniciativa de los Estados Unidos en asunto de tanta trascendencia para Colombia y para el mundo todo, significó, sin embargo, que empresa tan colosal no podia abandonarse á la actividad y recursos de un particular ó de una compañia anónima, sinó que imitando el ejemplo de Francia y Egipto, debia buscarse en la garantia de un tratado internacional la de la ejecucion de la obra.

Aceptadas estas indicaciones como base de todo procedimiento, la obra se hubiera llevado á cabo si las pretensiones manifestadas por el representante americano hubieran sido menos onerosas para Colombia.

Las conferencias que tuvieron el Señor Sullivan Ministro Americano y los Plenipotenciarios de Colombia señores Samper y Cuenca, con ese objeto, no arribaron á resultado práctico alguno.

El Ministro Americano pedia para la empresa la concesion de una faja de tierras baldías de diez millas de fondo á ambos lados del canal; y aunque ofrecia abandonar á la República la jurisdiccion y soberania de esas tierras, quedaban en realidad sometidas á un gobierno estraño, lo que, como era natural, fué rechazado, notándose asi mismo que para la colocacion de los capitales del mundo en la empresa nada importaba que esta tuviera ó nó tierras sino que los productos de ella fueron apreciables.

La pretension del Ministro era aun menos aceptable en lo referente á la neutralidad. Proponia conservar á la empresa el derecho de cerrar los puertos del canal á los paises que estuvieran en guerra con los Estados Unidos y de conceder al Gobierno el libre tránsito para sus buques y demas elementos de guerra.

Con mucha lójica y claro juicio los Plenipotenciarios de Colombia rechazan semejante pacto y proponen al Gobierno que si el canal se realiza se exija, cualquiera que sea la empresa constructora, que se ponga en perfecta neutralidad para el comercio del mundo—Indican tambien que para la fácil colocacion de las acciones es necesario que el tenedor comprenda que va á servir al comercio general y no al uso de una nacion determinada.

Pretendian los americanos que al verificarse la devolucion del canal á Colombia al fin del privilegio, es decir, á los cien años, esta nacion pagara una suma igual al costo orijinario de la esploracion, trazado y construccion del canal, deduciendo de esa suma las cantidades de utilidad neta percibidas en el curso de los cien años.

—Estas exijencias tan duras fueron rechazadas en su totalidad por los representantes Samper y Cuenca, quienes propusieron en definitiva algunas modificaciones que podrian hacer practicable la negociacion.

En tal sentido se suspendieron las conferencias para que el Señor Sullivan pudiera consultar á su Gobierno lo que estimara de ellas aceptable. Reabiertas estas, se presentó una dificultad importantísima. El Señor Seward habia pronunciado un discurso en Nueva York del cual se desprendia que el Gobierno Americano no pensaba suministrar los fondos y que pensaba, por el contrario, obtenerlos entre los particulares. Sabido esto por los negociadores colombianos, pidieron la declaracion de que si ese caso llegaba y se traspasaba la concesion, los concesionarios, la empresa, etc., quedaran sometidas á las leyes y jurisdiccion de Colombia.

Esta natural pretension y celo por la soberania nacional fué rechazada como indiscutible por el Ministro Americano, quien declaró imposible la organizacion de la compañia si ella habia de quedar sujeta á las leyes locales.

Ante la formal negativa de abandonar al país su lejítima soberanía, los representantes colombianos pusieron término á las negociaciones; é iban á elevar al gobierno sus renuncias, cuando el Señor Sullivan tuvo por conveniente ceder en alguna de sus pretensiones.

Adoptadas las modificaciones por él propuestas, se firmaron los tratados ad referendum; pero ni aun con ellas se encontraron aceptables en el Congreso de Colombia que impuso al Poder Ejecutivo la no ratificacion de tales documentos.

En esta como en otras ocasiones, no quiero desconocer que la política y las aspiraciones de los gobernantes americanos señalan todo menos una marcha bien intencionada respecto de las repúblicas hispano-americanas; pero desde que el uso de la fuerza no siguió nunca á los propósitos declarados, su conducta no puede ser condenada como contraria á las prácticas internacionales.—Ademas, como ya se ha dicho, el proceder de un gobierno no indica siempre la voluntad ó el pensamiento de un pueblo.

Muchos proyectos posteriores se han espuesto para llevar á cabo la magna empresa.—Bajo la presidencia de Don Mariano Ospina se propuso la construccion de un canal en la parte del Darien comprendida entre el golfo de San Miguel y el del Darien; y aun cuando se verificaron estudios detenidos, se hicieron planos de colonizacion y se señalaron puntos adecuados para la fundacion de ciudades y construccion de depósitos etc., nada fué posible llevar á la práctica, por haber entrado la república en uno de sus períodos de incesante y cruenta guerra civil.

El gobierno de los Estados Unidos manifestó de nuevo su intencion de hacer la obra y en la misma via que acabo de mencionar se practicaron en 1871 los estudios que sirvieron de base á la reciente esploracion de los Señores Wise y Reclus.

No es fundado el temor de que la construccion del canal traiga para Colombia y especialmente para el Istmo continjencias desagradables, con motivo de la atencion que el mundo entero acordará á lo que allí suceda y de la influencia que pretenderá ejercer la potencia donde se hayan arbitrado los recursos de la empresa, pues como se ha observado con justicia, el capital no tiene nacionalidad y Colombia ha espresado claramente que no trata con los gobiernos de otros paises sino con representantes de empresas comerciales.

En este sentido, por lo menos, autorizó el Congreso al Poder Ejecutivo para negociar la construccion del canal á través del Istmo, bajo la condicion esplícita de que solo se otorgaria la concesion al empresario ó compañía que ofreciera garantias de buen éxito y se comprometiera á conservar en el canal una neutralidad ámplia y completa.

La ley concesionaria espresa, ademas, que ni los empresarios, ni aquellos que adquieran mas tarde sus derechos, podrán trasmitirlos ni hipotecarlos á otro gobierno.

El contrato se firmó entre Antonio Gogorza, representante de una sociedad anónima y el Señor Ancízar, Ministro de Relaciones Esteriores de Colombia, el 28 de Mayo de 1876.

Conviénese en que los concesionarios depositen como garantia la suma de 750.000 francos en la casa bancaria que la República señale en Lóndres y en que, verificado tal depósito, los empresarios queden facultados para solicitar, mediante la mensura hecha por su cuenta, la entrega de las 250.000 hectáreas de tierras que la ley les acuerda en las inmediaciones del canal.

Los Señores Gogorza y Türr organizaron en Paris la compañia, nombrando Presidente del Comité Directivo al Señor Fernando de Lesseps, el notable injeniero que habia contribuido con su ciencia y perseverancia á la realizacion del canal de Suez, cuya saliente personalidad era una garantía mas para el empleo de los injentes capitales que exijía la empresa.

Se envió en seguida á Panamá una comision de injenieros, al frente de la cual estaban los Señores Wise, Celler y Reclus, con el encargo de verificar los estudios necesarios para determinar las dificultades técnicas y económicas del trabajo y escojer el paraje mas apropiado al objeto propuesto.—Corren impresos los informes de estos injenieros y ellos demuestran las dificultades invencibles que presenta la construccion del canal entre el golfo de Uraba y el de San Miguel.—Despues de hacerse en repetidas esploraciones muy meditados estudios, se conoció la ventaja y relativa facilidad de perforar el Istmo en su parte mas estrecha entre las ciudades de Colon y Panamá, precisamente en un paraje inmediato y en una direccion paralela á la que ocupa el ferro-carril actualmente en servicio. Los trabajos se emprendieron en breve, continuan con actividad y todo hace esperar que se llevarán á buen término.

El cambio radical que la realizacion del canal traerá á este continente, las influencias económicas que producirá en el mundo su entrega al servicio público, la formacion de centros de industria, de civilizacion y de riqueza comercial en el Istmo, serán los resultados inevitables de esta obra que ha de contribuir en mucho al progreso del mundo americano.


CAPÍTULO VI


ISLA DE CUBA

La independencia de la isla de Cuba era mirada por los hombres de la revolucion hispano-americana como el complemento de la propia. Afirma el historiador colombiano Restrepo que Bolivar pensó enviar en 1826 una escuadra contra la española que, estacionada en las Antillas, amenazaba constantemente á las antiguas colonias bañadas por el mar Caribe, Colombia, Centro América y Méjico.—Las fuerzas navales de las nuevas nacionalidades debian proceder simultáneamente con el doble objeto de atacar al enemigo comun y de dar la libertad á Cuba, Puerto Rico y las otras antillas españolas; pero la falta de unidad en los preparativos bélicos y las preocupaciones internas impidieron la salida de la espedicion.

Fué contrariada en Estados Unidos la idea de Bolivar, aunque con alguna indecision y de un modo indirecto. El apreciado estadista Clay, Ministro de Relaciones Esteriores, manifestó en sus instrucciones á los representantes de la República en Europa la conveniencia de incitar á España á la definitiva terminacion de la guerra. Esta potencia, dice, será incapaz de sujetar otra vez por la fuerza á un continente tan vasto como la América, cuyos habitantes, aguerridos por una lucha que ha durado ya mas de diez y siete años, tendrán los medios de oponerle una resistencia eficaz; y ella misma, agrega, es la mas interesada en la paz porque solamente á su amparo podrá conservar las ricas é importantes islas de Cuba y Puerto Rico.

De estos hechos y de algunos posteriores, se desprende que la conducta observada por los Estados Unidos con respecto á la isla de Cuba, en las varias épocas de su historia en que ha producido legítimos esfuerzos para conquistar su independencia, ha dado motivo á los severos comentarios que ordinariamente circulan. Estos no siempre fueron razonables, porque es fuera de duda que en esta cuestion mas que en otras el pueblo y el gobierno han seguido distintos rumbos.

La observacion espresada en el párrafo anterior se refiere solamente á las circunstancias normales, pues cuando los Estados del Norte sostenian contra los de Sud la guerra moralizadora que dió por resultado la emancipacion de los esclavos, los gobiernos respectivos estaban divididos en sus propósitos internacionales. En el Sud deseaban la incorporacion de la isla, en el Norte la rechazaban; sabian ambos que, antes de la lucha, su anexion inclinaria la balanza á favor del odioso principio de la esclavitud. Rotas las hostilidades, los intereses variaban y con ellos la norma de conducta de los gobiernos. La Confederacion veia en Cuba un mercado de carne humana, muy importante para desembarazarse con ventaja de sus esclavos si habia de triunfar la política de la Union; esta tenia hácia la isla la ojeriza de un pueblo que teme por ella no cosechar todos los beneficios que espera para la civilizacion de sus afanes y sacrificios, pero deseaba, no obstante, agregarla al territorio americano para dar mayor ensanche al principio conquistado.

Es por demás evidente, fuera de este caso, el interés de toda la nacion en la independencia de la isla de Cuba; y es indudable que cualquiera evolucion que traiga por resultado el alejamiento de la administracion española de la isla, ya sea que se incorpore á la Union ó á cualquiera otra potencia americana, se mirará con agrado en la gran república. Pero asi como ella misma ha declarado que no podría aceptar nuevas colonizaciones en América por parte de los gobiernos de Europa, ha profesado la decidida intencion de respetar la ya existente, á menos que un gobierno de hecho haya depuesto al colonial. Esto esplica porqué, cuando en 1849 se hicieron á la vela de las costas americanas varias espediciones con el propósito de auxiliar movimientos revolucionarios en Cuba, el Presidente de los Estados Unidos dirijió á sus conciudadanos una proclama sobre el asunto, significando en ella que se comprometia con la neutralidad el honor nacional y que léjos de prestar apoyo á particulares comprometidos por su actitud contra la isla, los castigaria como cómplices de un acto pirático y criminal.

Desde este primer movimiento los favores populares acompañaban á los patriotas y el pueblo americano, respetando la política de sus mandatarios, hacia privadamente los mayores esfuerzos en pro de la desgraciada antilla.

Tales actos privados repercutian de un modo público, por las innumerables peticiones que en todos los Estados de la Union presentaban los ciudadanos para que se reconociera la independencia de la isla y por las espresiones que los hombres mas eminentes del país hacian oir en reuniones, en banquetes, por la prensa, en todas partes.

Un tema mas sério, en el cual tenian que variar las opiniones si bien no las simpatias, debia presentarse á la consideracion de los hombres públicos americanos al estallar la heroica revolucion que pudo organizar transitoriamente un gobierno bajo la presidencia del Señor Cespedes. Me refiero al reconocimiento de la belijerancia de los insurrectos solicitado con instancia por los directores de la guerra. La utilidad de tal acto para los cubanos es obvia; ninguna nacion facilitaba ó vendia pertrechos, ni contrataba empréstitos con los revolucionarios, sinó mediante ese reconocimiento. Los trabajos é intrigas diplomáticas de los patriotas cubanos y de los representantes españoles en Washington asumian, por lo tanto, un carácter de antagonismo tenaz con el fin de obtener ó para contrariar tal resultado. Las indecisiones contínuas del Gobierno del General Grant favorecieron, como se comprende, á España que solo deseaba el statu quo.

En tanto que el Gobierno prescindia, el pueblo manifestaba por todos los medios á su alcance las simpatias que le inspiraban los insurrectos y la prensa americana condenaba diariamente la conducta del gabinete haciendo, á la vez, contínuas insinuaciones en favor de los cubanos.

Agreguense á las intrigas de España para impedir el reconocimiento, la existencia en Estados Unidos de intereses contrarios á la independencia de la isla y se conocerán las causas eficientes de una política tan ambigua.—La inspiraban los agentes del activo comercio entre Cuba y los Estados Unidos, quienes tenian empeño en lo que solo podia dar el triunfo de España, la pronta terminacion de la guerra; é insistian en la conveniencia de continuarla, los políticos exaltados que encontraban analojía entre el derecho que pretendian tener los hombres del Sud para separarse de la Union y el que servia de bandera á los cubanos.—Risible comparacion, ficcionada semejanza, esta que hace apreciar á los que combaten por emancipar una colonia oprimida y crear en ella una nacionalidad del mismo modo que á los defensores de la esclavitud y á los propagandistas de la desmembracion nacional.

De mejores razones blasonaban los que manifestaban de lleno que era necesario y lójico ayudar á los insurrectos, puesto que ellos profesaban como uno de sus principios fundamentales el de la libertad de los esclavos, por la cual tanto y tan gloriosamente acababa de luchar su pátria. Los hombres íntregros, los republicanos sinceros de uno y otro hemisferio, condenaban con enerjía la actitud prescindente del Gobierno y aplaudian á los tribunos que señalaban esta política fraternal.

La hermosa carta dirijida por José Mazzini al General Clauseret de Nueva York, dada la celebridad de su autor y la circunstancia de espresar con la jenial elocuencia del patriota italiano las opiniones jenerales sobre este interesante tema, merece reproducirse. Dice así:

«Estoy dolorosamente afectado por la actitud indiferente de los Estados Unidos hácia Cuba.—El último acto del gran drama americano se está representando en aquella isla: la insurreccion cubana es la consecuencia directa de vuestra guerra de emancipacion. No es lójico, ni es bueno, ni es digno que los Estados Unidos levanten una bandera y que despues abandonen con indiferencia á la muerte á aquellos que se han dicho á sí mismo: ya ha llegado la hora».

«La política iniciada por los doctrinarios de Luis Felipe, de que cada uno no se ocupe mas que de sí mismo, es un crimen y una torpeza para los republicanos como vosotros; un crimen porque niega uno de los intereses comunes de la cristiandad en una de las cuestiones que habéis promovido; y una torpeza porque destruye el prestijio que habéis conquistado no solo en Europa sino en todo el mundo.—Esto os contradice y os aisla.»

«¿Porqué los Estados Unidos escojen un momento semejante para dar cabida al miedo,—y esta es la palabra,—que haya podido inspirarles la diplomacia monárquica de Europa? ¿Porqué escojer un momento en que la monarquia está agonizando entre nosotros, en España, en todas partes?»

«El niño que ha crecido y ha crecido hasta ser un jigante ¿no comprenderá nunca su mision providencial sobre la tierra?»

¿No sentirá jamás que el republicanismo no es simplemente un miserable hecho local, sino un principio decretado por Dios y la humanidad, una creencia, una fé?»

«Si algo hubiese en el mundo capaz de rendir mi espíritu seria la actitud inerte y negativa que ha tomado vuestra nacion en presencia de la lucha cubana.»

Febrero 3 de 1870.

Jose Mazzini.

Como Mazzini, todos los pensadores que buscaban en Europa tambien el ideal político de la humanidad y creyeron por un momento vistumbrarlo en los Estados Unidos, manifestaron ó sintieron las mismas decepciones al comtemplar la total indiferencia del gobierno americano en los sucesos internos de la isla de Cuba.