BIBLIOTECA de LA NACIÓN
ANDRÉ THEURIET
———
PATERNIDAD
traducción castellana
de
RAMÓN POMÉS
BUENOS AIRES
1912
Derechos reservados.
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
PRIMERA PARTE
I
El rápido de París a Belfort atraviesa velozmente los arrabales. Aunque estamos en mayo, la mañana sin sol es fría. Un fuerte viento del Noroeste impulsa grandes nubarrones que se deshacen en lluvia sobre los campos de trigo, de cebada y de alfalfa que cubren con sus variados matices las monótonas llanuras de la Brie. Las gotas de lluvia pintan los más extraños dibujos sobre los cristales de un vagón de primera clase en que va un solo viajero quien parece preocuparse muy poco del mal tiempo. Abrigadas las piernas por ancha manta y una gorrilla sobre los ojos, está absorto en la lectura de unos documentos y en el examen de unos planos que va sacando de una gran carpeta puesta sobre los almohadones y en la que puede leerse esta inscripción: Bosques de Val-Clavin.—Petición de deslindes. Al través de la lluvia poco tiene de interesante el paisaje; pero, por la tensión de los músculos de su rostro y por la honda preocupación del viajero, se adivina que seguiría del mismo modo indiferente a lo de afuera aunque llenara el sol el espacio todo y fuese el paisaje mucho más pintoresco.
Es hombre de unos cincuenta años y, sin embargo, sus movimientos son ligeros, ágiles; su vestir, muy cuidado y de una elegancia irreprochable, le da un aspecto de plena juventud. Sus rasgos son finos y correctos, en su barba cortada en punta y en sus cabellos castaños se ven mezclados algunos hilillos blancos; el firme modelado de su boca y de su nariz aguileña, con las dos arrugas verticales que afirman su entrecejo, indican en él una fuerte voluntad. Cuándo levanta un poco su gorrilla para limpiar los cristales del vagón empañados por la humedad, se ven a plena luz sus ojos, hermosamente azules y de mirar dulcísimo, que corrigen por la expresión un poco dura y fría de todo el rostro.
En la solapa de la negra americana se destaca con fuerza una roseta roja. Una gran distinción de maneras, junto con sus actitudes reservadas y una bien estudiada gravedad descubren a un personaje perteneciente al mundo administrativo, y, aunque el expediente que examina no revelase su profesión, adivinaríase en él a un funcionario que ha escalado elevados puestos y que está bien penetrado de la importancia de su cargo.
En efecto, «Amado Francisco Delaberge, oficial de la Legión de Honor», como dice el anuario, es inspector general de montes. Salido de la escuela de Nancy a los veintidós años, ha ascendido rápida y merecidamente. No sólo posee vastísimos conocimientos en materia de selvicultura, sino que se mostró siempre como un notable administrador. Lleno de amor por el oficio y dotado de una gran fuerza de trabajo, reúne al espíritu de organización la habilidad práctica del hombre de negocios. Así, hablan de él sus compañeros como de un futuro director general. La única cosa de que se le podría acusar es de una cierta frialdad de alma—esa impasibilidad egoísta del célibe, a quien la vida ha hecho sufrir poco y que no está dispuesto a comprender los sufrimientos de los demás.—En Delaberge, este defecto débese menos a una natural sequedad de corazón que a las particulares condiciones en que su infancia y su juventud se desenvolvieron.
Hijo de empleado, desde sus primeros años ha sido víctima de esa vida nómada de pájaro silvestre, de esos múltiples cambios de residencia que hacen pequeños sin patria de los hijos del funcionario público. Llevado de un colegio a otro colegio hasta el día de su entrada en la Escuela Forestal, puede decirse que no conoció el pueblo en que había nacido, y por consiguiente, nada sabía de aquellos cariños que lentamente se forman en el corazón del hombre y le unen para siempre a la provincia en que nació, a la casa en que se hizo hombre, a las piedras, a los árboles, a los horizontes que cada día sus ojos contemplaron. Los numerosos y fuertes lazos que van del mundo exterior al mundo de nuestro espíritu son otros tantos agentes creadores de la sensibilidad. Los primeros colores del nido pintan las primeras imaginaciones del niño y penetran profundamente y para siempre en su corazón; esto faltó a Delaberge.
Su juventud ha transcurrido en una atmósfera llena de frialdad, en medio de las preocupaciones de los exámenes y de los ascensos que había que conquistar a punta de espada. Ha ignorado aquella pasión que vuelve tierna el alma hiriéndola de muerte. A lo sumo, ha tenido en esa época de su vida alguna ligera amistad femenina tan rápidamente anudada como prontamente rota. Separado muy joven aún de sus padres, que perdió antes de haber llegado a los treinta años, ha podido gustar muy poco de las alegrías de la familia. Sin la menor fortuna, no ha pensado más que en hacer rápida y honrosamente su camino. El trabajo ha llenado toda su vida y el deseo de llegar pronto ha dirigido todas sus facultades hacia la realización de sus ambiciosos proyectos.
Como muchos funcionarios sin fortuna, retrocedió ante lo desconocido del matrimonio, creyendo que las obligaciones y las responsabilidades de la vida conyugal son obstáculo para las funciones administrativas. Ha permanecido soltero y se ha absorbido cada vez más en trabajos que le han robado por completo los días y aun con frecuencia las noches; ha llegado el primero a la oficina, ha salido el último, ha comido en el restaurant o en cualquier mesa oficinesca y no ha entrado en su casa sino para dormir. Así, desde los treinta a los cincuenta años, se ha deslizado su metódica y correcta existencia, digna y laboriosa, pero también sin el calorcillo de una dulce intimidad, sin hacer el menor alto en el ensueño o en la fantasía...
No obstante, hoy que goza ya de un relativo bienestar, que su ambición administrativa está ya casi satisfecha, alguna vez vuelve melancólicamente la vista hacia atrás y con espanto se ha de confesar a sí mismo que su pasado está vacío de recuerdos alentadores y se da cuenta de su triste aislamiento. Cuando al salir de la casa de un amigo en que ha oído voces infantiles y risas de juventud, vuelve a su triste cuarto de soltero, siéntese lleno de añoranza por lo pasado y de inquietud por lo porvenir, pensando en la rapidez con que pasan los años, en la época cada vez más cercana del retiro, en las prosaicas miserias y los asquerosos servilismos que turban el ocaso de la vida de un solterón.
Llegado a la meseta de los cincuenta se parece el hombre a un extraviado viajero que ha escalado la cima de la montaña por abruptos y pedregosos senderos y que, una vez llegado arriba, comprende que equivocó por completo la senda. Entonces, ve el camino verdadero que dulcemente va subiendo por entre alegres pueblecillos y bosques en que cantan las fuentes y los pájaros, y por entre prados que las flores de todo color esmaltan, sin que pueda volver atrás para gozar de aquellos perdidos encantos...
Cuando siente Delaberge tales añoranzas pregúntase si no ha despreciado estúpidamente el todo por la nada, y entonces llena su mente y le obsesiona la idea del matrimonio. Se mira al espejo, se dice que es joven todavía y murmura como Juan de Lafontaine: «¿Ha pasado ya para mí el tiempo del amor?» Pero ni aun durante estas crisis de tristeza le abandona del todo su habitual egoísmo. Piensa menos en amar que en ser amado. No ve en el matrimonio sino una compañía que alegre su existencia, un hijo en quien su propio ser reviva. En medio de ese despertar de la juventud, de esos deseos de romper con su vida monótona, la preocupación de sí mismo es lo que en él predomina. Quiere dar calor a su corazón, conocer la alegría de lo imprevisto, gozar las emociones raras y nunca sentidas...
Así, aceptó con verdadera alegría la misión de arreglar amistosamente con los propietarios y campesinos el interminable asunto de los deslindes de Val-Clavin...
Un prolongado silbido anuncia la proximidad de una estación. El tren, pasado ya Bar-sur-Aube, va a detenerse en Clairvaux. Delaberge levanta la cabeza, deja sobre el asiento sus papeles y baja el cristal de la ventanilla para respirar un poco de aire puro.
II
El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco. Las montañas son más altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado también el aspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya. Los negros nubarrones huyen rápidos y caen los rayos del sol sobre los campos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamantes las gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado de negra nube descúbrese un trozo de intenso azul más allá de un pequeño bosque de álamos cuyas hojas de oro pálido parecen temblar bajo la inesperada luz, mientras sobre unos sombríos nubarrones se destaca triunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombra corre por encima de la tierra verdeante como una alegría primaveral, del mismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago. Esta radiante alegría solar brilla a trechos sobre toda la campiña, sobre los ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenos de rojas amapolas y va comunicándose sucesivamente a los huertos, en que de nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbar contentos, y a los grupos de árboles en que los pájaros entonan otra vez su amoroso trino. Toda esta alegría penetra dulcemente en el cerebro de Delaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurídicas.
Después de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren por entre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando las clarísimas aguas del Aube. El sol ha triunfado decididamente y el cielo todo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de las húmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados en que la mirada se refresca como en un baño de verdor... El inspector general ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en su valija. Después vuelve a la ventanilla del vagón y apoyándose de codos en ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por la lluvia. Como buen funcionario forestal, su corazón se alegra a la vista de los árboles. A decir verdad, el bosque ha sido el único amor fervoroso de su vida y siéntese enternecido al encontrarse de nuevo en la campiña donde pasó sus años juveniles.
Este enternecimiento le recuerda los melancólicos pesares que conturban su alma hace algún tiempo... Un grupo de árboles bajo los cuales hacen la siesta los leñadores después de haber comido; un pueblecillo en que se oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizan por encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con sus ventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa a secar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la viña y el huerto... Todo eso le induce a dulcísimos ensueños de vida rústica.
Pregúntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre su mujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, no ofrece en realidad una suma de satisfacciones más verdaderas que aquellos mentidos placeres parisienses de que tan poco disfruta. ¿El, Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la mañana a la noche en dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extraño a las cosas del corazón y de la inteligencia cien veces más que ese propietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quince años todo lo más, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de la administración, ¿cuál será la perspectiva de su existencia? Será aquella vejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languidece en su ociosidad y no sabe dónde plantar su tienda...
Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mente la pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede el hombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizás al influjo de ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espíritu con menos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.
Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en él todavía un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesoros juveniles. No es una ilusión, no se deja engañar por falsas apariencias. Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos; sus músculos tienen aún toda su fuerza, sus articulaciones toda su agilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez que las mujeres no desdeñan su conversación ni su compañía. Además, nunca ha de ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acaso encontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable y simpática, nada se había de oponer a que pensase en el matrimonio. No tiene más que cincuenta años y podría ver aún a sus hijos crecer, pasar de la adolescencia a la juventud y ¿quién sabe? tal vez viviría bastante tiempo para verles también casados...
Tener hijos, un hijo en quien él mismo reviviera, eso daría nuevo impulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energías... Cuando se examina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio de vida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantos de la compañía conyugal, sino la esperanza y las alegrías de la paternidad.
Mientras va el inspector general abstraído en tan hondas meditaciones, corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez. Deja la vía férrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente y atraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raquítico el centeno y en que de vez en cuando rompen la monotonía de la línea recta pequeños grupos de árboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudísimo. Corre ligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde el cual se ve el río Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre los prados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cúpulas y de techumbres de teja, destacándose sobre el oscuro verdor de los árboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.
—«¡Chaumont! ¡Diez minutos y fonda!»
Aquí es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a la portezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguo camarada de Escuela a quien advirtió de su llegada y en cuya casa se ha de hospedar.
Allí está, en efecto, el inspector buscando también a su amigo. Es un hombre pequeño y gordinflón, metido en estrecha casaca, cubierta la cabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir, mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todavía su aspecto provincial.
Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan la mano.
—Mi querido inspector general—comienza el hombre gordinflón,—estoy contentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?
—Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de usted ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?
—¡Dios mío—murmura Voinchet,—creí que las conveniencias de la jerarquía!...
—No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias jerárquicas... Háblame ahora mismo de tú o voy a pedir albergue a la hospedería.
—Te obedezco—contesta el inspector provincial y queda con ello más a sus anchas.
Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvo preguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otros tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de usted. Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras se saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contempla a su camarada y amablemente sonríe.
—¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil y tan fuerte como al salir de la Escuela.
—¡Adulador!—replica Delaberge,—la verdad es que nuestros cabellos comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobre la cabeza.
En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su camarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.
Los años han engordado al inspector provincial y han quitado expresión a su fisonomía; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la viva luz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre con cierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresión.
Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.
—Mi mujer nos aguarda para almorzar... ¡Oh!... Un almuerzo sencillo, después del cual podrás irte a descansar... Te advierto, querido, que esta tarde te será preciso sufrir una pequeña molestia... En honor tuyo, hemos invitado a algunas personas a comer.
—¡Diablo!—murmura Delaberge visiblemente contrariado.—No esperaba eso...
—Dispénsame, pero los periódicas han dado la noticia de tu llegada... Y habríamos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si les hubiésemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunas horas... No tienes idea, amigo mío, de las suspicacias provinciales... Por otra parte, no seremos muchos... Estarán el presidente del tribunal, el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y su esposa... y nadie más.
—Ya son bastantes—dice Delaberge con sonrisa de resignado.
—¡Ah! se me olvidaba... Estará también una amiga de mi mujer, la señora Liénard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin... Quizás no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerle entender la razón, este negocio del deslinde irá como sobre ruedas... Es la más ardorosa y la más fuerte adversaria de la Administración... ¡Ea, hemos llegado ya!
El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en que verdea la hierba por entre las piedras. Enfrente de la iglesia de San Juan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre el patio y los huertos. Mientras el conductor descarga el equipaje, Voinchet entra en la casa llamando a un criado. Habiendo quedado solo un momento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredes de la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fría austeridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficial con los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofrío de hondo malestar.
III
Hacia las seis y media de la tarde, rehecho completamente por una buena siesta, pensó Delaberge que se acercaba el momento de la comida y procedió a vestirse y arreglarse esmeradamente, no por coquetería, sino por pura costumbre. Creía que una presencia irreprochable se impone a los funcionarios que representan a la Administración pública.
Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial en que durante largas horas estaría como en representación ante los invitados de su amigo y en que el deber profesional le obligaría a conversar con la principal interesada en el asunto de los bosques de Val-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de su casa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la señora Liénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de trato poco agradable. Delaberge veíase ya discutiendo con una pleiteante campesina y esta enfadosa perspectiva le ponía de mal humor.
Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y adornado con chucherías de dudoso gusto, casi todos los invitados habían llegado ya. y le fueron presentados formando una sola fila. El presidente del tribunal, un hombre pequeñito que habla con pretensión florida, recién afeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempre inquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchas espaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le valía su voz de barítono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con los bigotes como de cepillo, con los cabellos cortados según la ordenanza, presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo como un jabalí y rugoso como un roble.
Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestido marrón bordado de azabache, conversaba con la señora de Voinchet hablándole de lo difícil que es hoy procurarse buenos criados, Delaberge se llevaba al inspector su amigo a un rincón de la sala preguntándole sobre todos los detalles del asunto que allí le había traído. El forestal, envanecido de absorber por completo la atención de su superior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y hacía más de un cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al través de las prolijas frases de su subordinado, oyó a la señora de Voinchet que decía:
—¡Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme... Muy tarde llega, amiga mía.
A lo que una voz alegre y limpia contestaba así con un ligero acento provincial:
—Perdóneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestido nuevo y la modista no me lo ha traído sino hasta ahora mismo... cuando ya comenzaba a enfadarme.
En aquel mismo instante abríase de par en par la puerta del comedor y un criado con guantes blancos y casaca negra decía así: «La señora está servida».
—Señor inspector general—dice la señora de Voinchet acercándose a Delaberge,—el brazo, si usted gusta...
Y éste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en él la señora, cuando interrumpiéndose ésta con aire consternado se volvía hacia la recién llegada y tomándole una de las manos murmuraba:
—¡Qué distraída soy!... Es necesario que antes le presente a mi querida amiga... Camila Liénard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin... El señor Delaberge, inspector general de montes.
Aunque ordinariamente dueño de sí mismo, Delaberge no supo disimular una viva expresión de sorpresa. En lugar de la vieja pleiteante que se había imaginado, veía ante sí a una mujer joven, de unos veintiséis años, esbelta, fresca, amable, con unos sonrientes ojos oscuros que ya desde el primer momento le gustaron de un modo infinito. Algo aturdido, Delaberge saludó.
No le habría pasado ciertamente inadvertida su gran sorpresa a la señora Liénard si ella no se hubiese sentido también conmovida por una sorpresa igual. Sus clarísimos ojos contemplaban a Delaberge y parecía reflejarse en su rostro la sorpresa de quien recuerda vagamente una semejanza o se pregunta dónde y cuándo vio alguna otra vez a la persona que tiene delante. Todo esto, no obstante, pudo durar tan sólo unos segundos. La señora Liénard insinuó una amable reverencia; Delaberge tomó de nuevo el brazo de la señora de la casa y entraron todos en el comedor.
En la mesa el inspector general fue, naturalmente, puesto a la derecha de la señora Voinchet; enfrente sentábase su amigo y a su lado estaba la señora Liénard; de manera que Delaberge tenía frente a frente a la propietaria de Rosalinda y durante aquellos momentos de solemne quietud que suele reinar en los principios de toda comida pudo examinarla con sosegado detenimiento.
El famoso vestido nuevo que había motivado el retraso de Camila Liénard era negro y guarnecido con cintas malva; Delaberge, acostumbrado a los refinamientos de la elegancia parisiense, hubo de confesarse que la modista hubiera podido emplear mejor el tiempo. El cuerpo, que era de satén, no favorecía mucho al talle de la dama, el cual parecía no obstante bien contorneado. La ropa se arrugaba feamente en los hombros, y en el cuello parecía querer ahogarla. En suma, la joven aparecía muy mal vestida, pero demostraba preocuparse por ello muy poco. Su buen humor no se resentía para nada de la fealdad del traje ni éste lograba contener la expresiva vivacidad de sus movimientos. Con su boca un poco grande, su barbilla algo gruesa y sus cejas finísimas, no parecía precisamente bella, pero tenía unos hermosos ojos llenos de luz y viveza, unos abundantes cabellos castaños que le caían graciosamente sobre las sienes, una gran frescura en toda su persona, un modo graciosísimo de reír, y todo esto junto producía una agradable impresión de juventud, de espiritualidad, de alegría sana y fuerte que llenaba de gozo el corazón. Comprendíase que era una mujer noblemente expresiva, llena de una natural espontaneidad.
—¿La señora Liénard está casada?—preguntó en voz baja Delaberge a su vecina de mesa.
—No, es viuda... Hace más de dos años que perdió a su marido... Un señor no muy digno de ser amado... No tiene hijos y vive sola en Rosalinda donde está haciendo mucho bien.
Delaberge contempló entonces con mayor complacencia aun a aquella mujer... La señora Liénard estaba discutiendo a media voz con el inspector provincial, su vecino de mesa, y sin abandonar su aire de amable alegría le atacaba con maliciosas recriminaciones, ante las cuales se rebelaba el otro con tonos de malhumor.
—¡Ah! no es usted muy amable con los pobres—exclamaba ella.
Y en ese momento levantó la cabeza y sorprendió la atenta y curiosa mirada de Delaberge. Lejos de sentirse ofendida por ello, sonrió al encontrar su mirada los ojos de éste y prosiguió:
—Vaya, decididamente es mucho mejor dirigirse a Dios que a sus santos... Que lo diga si no el señor inspector general.
Tomado así como testigo, Delaberge preguntó con su aire gravemente amable:
—¿De qué se trata, señora?
—De ese deslinde que la Administración forestal quiere imponer. Bajo el pretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de los usuarios, el señor inspector provincial aquí presente nos ofrece como compensación un bosque que está a una legua de Val-Clavin... Y yo sostengo que esto es inicuo y aun bárbaro.
—Palabras muy duras son éstas—objetó Delaberge riendo.
—Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar leña en Val-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen también el derecho de pastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio y muy lejano... ¿Se puede a esto llamar justicia?
—Señora—interrumpió complacientemente el inspector general,—la felicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.
—¡Oh!—dijo a esto el inspector provincial.
—Te advierto que te las habrás con un contrincante fuerte... La señora Liénard está muy aferrada en sus derechos.
—En los míos y en los derechos de los demás también, señor Voinchet—repuso la joven con animada entonación;—los habitantes de Val-Clavin, aun más que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: son gente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les será preciso caminar más de una legua a campo traviesa, pues no hay vía directa que una el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.
—Ya les indemnizaremos construyéndoles un magnífico camino.
—¿Les indemnizarán ustedes también de la pérdida de tiempo y de la mala calidad de los pastos?... Los bosques de Carboneras están llenos de pantanos y si usted conociese el país, señor inspector general...
—Lo conozco perfectamente—repuso Delaberge,—pues en Val-Clavin comencé mi carrera forestal.
—¡Ah! ¿de veras?...—exclamó la señora Liénard;—en tal caso...
Dirigió en torno suyo la mirada y vio que el presidente y la inspectora se esforzaban por disimular sus bostezos y se echó a reír exclamando:
—¡Perdónenme! ya me olvidaba de que esta discusión no interesa nada a los invitados del señor Voinchet; dejémoslo por ahora, mas conste que no me doy por vencida.
La conversación se hizo general con gran sentimiento de Delaberge. La vivacidad con que la señora Liénard defendía sus derechos había despertado su interés. La originalidad evidentísima de aquella mujer contrastaba extraordinariamente con la falta de carácter de la mayoría de los invitados.
En el calor de la discusión tomaba su rostro expresiones encantadoras. Nada había en ella rudo o fingido; nada tampoco de aquella prudencia timorata que da tan monótona insignificancia a las mujeres de provincia. Sentíase en ella estallar la sinceridad, la generosidad de su noble corazón. La señora Liénard gustaba a Delaberge por cualidades que eran opuestas a las suyas. Ese hombre reservado, discreto y reflexivo por temperamento, sentíase interesado por aquella mujer de un carácter tan abierto y tan noblemente alegre...
Y cuando se levantaron de la mesa y volvieron los invitados al salón, se las arregló de manera que pudiese encontrarse cerca de la joven.
IV
Precisamente se dirigía ella hacia Delaberge llevando en una mano la cafetera y en otra una taza que le ofreció. Cuando hubo servido a todos, volvió a sentarse en el canapé, no lejos de Delaberge, quien, de pie todavía, acababa de beberse su taza.
—Señor inspector—le dijo ella,—estaría usted muchísimo mejor si tomase asiento.
Y diciendo esto se hizo un poco a un lado para dejarle sitio en el mismo canapé. El inspector general no deseaba sino obedecer a invitación tan amable; pero, no sabiendo qué hacer de la taza que tenía, en la mano, hizo ademán de ir a dejarla sobre una mesilla. La señora Liénard se levantó corriendo, le tomó la taza de las manos y fue a darla a un criado que pasaba entonces con una bandeja. Tan graciosa amabilidad, tan previsora deferencia, trastornaron profundamente a Delaberge. Aunque poco inclinado a la fatuidad, se imaginó que la joven se esforzaba para serle agradable y sintió como un cosquilleo de satisfacción, sin pensar que un hombre de cincuenta años le parece casi un viejo a una mujer que tiene veintiséis. Pero Delaberge, como la mayoría de los hombres, no se veía envejecer.
Razonaba como un hombre convencido de que puede inspirar todavía amorosos sentimientos; no quería confesarse a sí mismo que las amabilidades de la señora Liénard podían sencillamente proceder de la espontaneidad de un alma, por naturaleza afectuosa e inclinada a mostrarse amable precisamente porque la diferencia de edad había de quitar todo pretexto a una interpretación maliciosa.
Sin embargo, mientras la joven con su vivacidad de siempre, volvía a sentarse cerca de él, se despertó en el inspector general una vaga desconfianza; se dijo que tal vez iba a ser juguete de la malicia femenina, pensando que la señora Liénard había creído ganar así su ánimo en favor de la causa de los usuarios de Val-Clavin y vencer su natural rigor administrativo.
Se recostó descuidadamente en uno de los brazos del canapé y, por encima de su abanico que agitaba lentamente, se quedó contemplando a Delaberge con la sonrisa en los labios. Este, ya receloso y colocado en actitud defensiva, estudiaba detenidamente el rostro de su vecina.
Pronto sintióse tranquilizado por completo. No, en esos límpidos ojos, en esa purísima frente, en esos labios francamente amables, no podía haber la menor huella de engaño o duplicidad. En el fondo de esos clarísimos ojos no se descubría la menor de aquellas turbadoras y fugitivas fulguraciones que son indicio de mentira. Ni en la frente, ni en la boca se descubrían aquellas desagradables arrugas que son revelación de un alma falsa o llena de complicados sentimientos. Decididamente, la señora Liénard no tenía nada de una Dalila.
Cerró bruscamente el abanico, se inclinó un poco hacia Delaberge y dijo:
—¿De manera que ha vivido usted en Val-Clavin?
—Sí, señora; viví dos años.
—¿Hace mucho tiempo?
—¡Oh! sí, mucho... Quizás no había usted nacido todavía. Pero recuerdo el país como si fuese ayer mismo. Veo perfectamente en mi imaginación el camino que lleva a Rosalinda, por el cual daba mi paseo cotidiano. Se penetraba en la hacienda por una calle plantada de fresnos, muy pequeñines entonces.
—Los fresnos han crecido y dan hoy una magnífica sombra.
—Entonces—prosiguió Delaberge—vivía en Rosalinda un hombre muy original llamado Le Maroise. Tenía costumbres muy singulares, se pasaba el santo día en un cuarto con las ventanas cerradas y no salía sino después de anochecido, en una vieja berlina que guiaba un cochero tan extravagante como su dueño...
—¡Ese hombre original era mi tío!—interrumpió ella riendo.
—¡Ah!... Perdóneme...
—No se ha de excusar—replicó.—Era realmente un hombre extraño y poco me costaría confesar a usted que llegó a serme odioso... Vivía aún cuando me casé; me hizo su heredera a condición de que mi marido y yo viviríamos con él... No es posible imaginar cómo nos hizo insoportable la vida. Finalmente se murió el pobre hombre, y no he de decir que le lloré muy poco... A punto estuvo de hacerme odiar Rosalinda.
—¿Vive usted en ella todo el año?
—¿Cómo no? Apenas si voy dos o tres veces a Dijón o a Chaumont y sólo por asuntos de intereses. A los seis o siete días que estoy en la ciudad ya no tengo más que un deseo, el de volver a mi casa lo antes posible.
—¿A su edad no le parece esta soledad demasiado austera? ¿No se aburre usted jamás?
—Muy raramente... En primer lugar, ha de saber usted que tengo un temperamento de verdadera campesina. Apenas comienza la primavera, vivo constantemente al aire libre... Me tienen sobradamente ocupada mis gallinas, mis flores, mis árboles; cuido yo misma la corta de mis bosques y le aseguro a usted que no sé apenas qué cosa sea el aburrirse.
—¿Y en invierno?
—En invierno enciendo un hermosísimo fuego y me instalo cerca de la chimenea con un buen libro en la mano... Hay en Rosalinda una biblioteca muy bien nutrida y la cual yo aumento todavía procurando estar al corriente de cuanto se publica... Soy una endiablada lectora... Cuando tengo un libro interesante, y al alcance de la mano un buen puñado de almendras, me paso horas deliciosísimas junto al fuego.
Mientras hablaban ellos aparte, el inspector provincial organizaba una mesa de whist y habiéndose negado Delaberge y la señora Liénard a tomar parte en el juego, sentáronse en torno de la mesa la subinspectora, el presidente, el secretario y el propio señor Voinchet. La esposa de éste y el subinspector se quedaron contemplando el juego y aguardando el momento en que alguno de los dos pudiese tomar parte en él; de suerte que la viuda y su interlocutor, gracias a la preocupación de los jugadores de whist, se quedaron en el canapé tan aislados como pudieran estarlo en el fondo de un bosque.
Esa conversación mantenida en la penumbra, les iba acercando familiarmente y revestía de una mayor confianza y de una más completa intimidad su diálogo. La señora Liénard no parecía en lo más mínimo cohibida por la gravedad de su interlocutor y aun se extrañaba de encontrarse hablando tan llanamente con ese parisiense a quien desde tan pocas horas antes conocía. En cuanto a Delaberge sentíase a la vez sorprendido y encantado de la visible simpatía de que le daba testimonio aquella mujer. La escuchaba con placer y sentíase refrescada el alma por la gracia natural del buen sentido y la noble alegría de su vecina.
Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y aun los rasgos irregulares de su fisonomía, pues poseía en cambio la joven una cultura de espíritu, un juicio claro y sereno y sobre todo una facultad de entusiasmo que no se encuentra frecuentemente ni aun en París. A propósito de sus lecturas se expresaba con una independencia, un sentido crítico y una vivacidad que encantaban de veras a ese parisiense, acostumbrado a las reticencias prudentes, a las admiraciones convenidas y a las opiniones superficiales del mundo oficinesco en que vivía.
Al cabo de una hora de conversación, estaba ya encantado de la señora Liénard y se felicitaba de tan dichosa velada. Observó con placer que durante su entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda no había hecho la menor alusión al asunto de los deslindes y le agradeció tan delicada reserva. Sentíase secretamente halagado de no deber sino a sí mismo la graciosa predilección de la viuda; se acusaba de sus injustas sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzábase en mostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.
De pronto e interrumpiéndose en medio de una animada discusión, la señora Liénard sacó del pecho un pequeño reloj y consultándolo exclamó:
—¡Las once ya!... Habíame olvidado de que duermo hoy en casa de unos amigos y que molesto a tan excelentes personas obligándoles a aguardarme...
Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge continuó:
—Buenas noches, señor, y hasta otro día, pues irá usted pronto a Val-Clavin... Vuelvo mañana a Rosalinda y aunque seamos enemigos, administrativamente hablando, espero recibir su visita durante su estancia en aquellos bosques.
Se inclinó en rápida reverencia ante Delaberge, corrió a besar a la señora Voinchet, saludó a todos y, lo mismo que la Cenicienta al dar la media noche, salió casi corriendo del salón, sin permitir que nadie la acompañase.
V
Francisco Delaberge se despertó con una sensación de confusa alegría, según sucede cuando por la mañana se conserva aún la impresión de un hermoso sueño desvanecido; después, disipadas ya las últimas brumas del ensueño, se percató de que su vaga alegría era causada por el recuerdo de su conversación con la señora Liénard; pero al propio tiempo recordó que aquel mismo día había de regresar la joven viuda a Rosalinda y su alegría se desvaneció al pensar en su prolongada residencia en Chaumont. La pequeña ciudad le pareció más fría y más triste que la víspera. La sombra que la iglesia de San Juan lanzaba sobre el húmedo patio de la casa de Voinchet parecía extenderse y penetrar hasta el fondo del alma del inspector general... Esto le hizo tomar la resolución de adelantar todo lo posible su partida.
Apenas estuvo vestido y arreglado, comenzó el examen del expediente y recogió todas las notas que creyó precisas, en cuyo trabajo empleó toda la mañana; después, acabado el almuerzo y a pesar de las instancias de su amigo Voinchet, tomó el rápido y descendió en Langres; allí buscó un coche de alquiler.
Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco poco menos que escondido entre los bosques. Después de haber rodado un buen trecho por la carretera de Dijón, el carruaje tomó a la derecha y emprendió el camino vecinal que corre a través de una extensa llanura pedregosa, de una triste desnudez.
La luz de la tarde, velada por finísimas nubecillas, suavizaba los contornos de la llanura verdeante y de los bosques que el lejano horizonte pintaba de gris. El velado azul del cielo y la difusa claridad que llenaba los espacios se armonizaban muy bien con los flotantes pensamientos de Delaberge. Para decirlo, en verdad más eran aquello ensueños que pensamientos. Fatigado por su trabajo de la mañana, mecido por el rodar del carruaje, se abandonaba a una soñolienta contemplación en que las imágenes percibidas despertaban en su espíritu vagos recuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le hacía pensar en el asunto de los deslindes y de pronto se decía, no sin una secreta satisfacción, que entre los usuarios de Val-Clavin estaba una cierta viuda, de serenos y límpidos ojos, de cabellos castaños que le caían en graciosos rizos sobre las sienes, en compañía de la cual había pasado una agradabilísima velada.
De un campo de centeno levantóse en rápido vuelo una alondra y se perdió en las nubes, mientras su alegre canto recordaba a Francisco la voz de purísimo timbre de la señora Liénard; entonces, en medio de su ensueño, la idea de ver a la joven en Rosalinda, filtró dulcemente en su alma una emoción profunda, tan suave como la tenue claridad que la muselina de las nubes tamizaba.
Al llegar al pie de la colina de Piedrafontana, saltó del carruaje el conductor, pues la rampa que se había de subir era larga y muy rápida; el caballo caminaba al paso y con mucho esfuerzo. Para aligerarle un poco más y también para sacudir su somnolencia, Delaberge imitó al conductor y, con paso todavía ligero y la cabeza un poco inclinada, comenzó a andar a lo largo de un camino que bordeaban toda clase de flores silvestres.
Detrás de él, hacía el cochero restallar con fuerza su látigo y allá en el fondo del valle se oía el pausado martilleo de un herrador; durante los intervalos de silencio se percibía, como sones de pífanos invisibles, el canto de las alondras. Poco a poco todos estos rústicos rumores fueron despertando en el alma del inspector general el recuerdo de cosas desde largo tiempo adormecidas.
Y se vio a sí mismo subiendo esta misma rampa, cuando sólo contaba veinticuatro años, en una tarde de otoño muy semejante a ésa. Iba entonces, pobre de dinero y rico de esperanzas, a tomar posesión de su puesto de guarda general de los bosques de Val-Clavin.
Más ligero de piernas, pero menos filósofo que hoy, contemplaba a la sazón con ojos inquietos la ruda soledad de las llanuras de Langres y no se tranquilizaba un poco sino al penetrar en los pintorescos y agradables bosques que rodean el pueblecillo.
Delaberge recordaba muy bien la sensación de aislamiento que había sentido al llegar una tarde a ese pequeño pueblo de trescientas casas, situado en la confluencia de dos riachuelos, cuya unión da nacimiento al Aube. Al caer en ese país tan extremadamente rústico, sin transición ninguna y al salir de la Escuela de Nancy, se encontró en él al principio desorientado y triste. El invierno era allí muy duro y toda distracción imposible. La sociedad se componía de dos o tres empleados, de algunos propietarios campesinos, todos ellos casados y poco dispuestos a recibir en su casa al forastero. Muy tristemente vivió allí durante los sombríos días de diciembre y de enero. Durante esos dos mortales meses cubría siempre la tierra una espesa capa de nieve y era imposible salir. El trabajo no era mucho y su ociosidad casi completa le hacía aún más insoportables los días. No se atrevía a leer de nuevo los pocos libros que se había traído consigo y que se sabía ya de memoria. Sucedíanse las horas tan largas y tan vacías, le era la soledad tan odiosa, que llegó a apoderarse de su ánimo un profundo mal humor, una extraordinaria melancolía.
Se albergaba en la hospedería del Sol de Oro. Era frecuentada esa casa por trajinantes y mercaderes de leña, resonando en ella, desde la mañana a la noche, los más discordantes rumores. Comía solo o en compañía de su hospedero, el señor Princetot, un hombre de rostro sonrosado, de mirada llena de malicia y cuya conversación giraba invariablemente sobre los vinos que almacenaba en su bodega, para revenderlos luego lo más caro posible a los pequeños comerciantes de la montaña. En esa gris y tristísima sinfonía del fastidio, daba la hospedera una nota única de color y de alegría.
Miguelina Princetot iba entonces hacia sus veintiocho años. De buena estatura, bien tallada, de sedosa piel y con unos melancólicos ojos grises, tenía muy amables maneras y la sonrisa, de sus labios carnosos formaba en sus mejillas aquellos atrayentes hoyuelos que el pueblo llama «nidos de amor». Inteligente y de percepción pronta, hacía lo que quería del gordo Princetot, quien por completo entregado a su comercio de vinos, le dejaba gobernar la hospedería a su gusto, cosa que hacía ella a las mil maravillas. Siempre limpia, atractiva y además excelente cocinera sabía contentar a los clientes. Gracias a ella, los notables de aquellos contornos iban con frecuencia al Sol de Oro. Alguien decía que llevaba su coquetería, su amabilidad demasiado lejos y que, no era tan fiel esposa como diligente mujer de su casa; como quiera que fuese, es lo cierto que tan maliciosos dichos no llegaron nunca a quebrantar la confianza del señor Princetot.
En los comienzos, teniendo aún como quien dice en los ojos las elegancias de las modistillas y de las señoras de Nancy, no concedió Francisco mucha atención a las gracias campesinas de su hostelera. Pero, en una soledad como la de Val-Clavin, una mujer joven, junto a la cual se vive mañana y tarde, acaba por ejercer una atracción lenta y segura. Después de haber visto a la mujer aquélla con indiferencia, gradualmente fue descubriendo Delaberge en ella encantos que antes no había sospechado y, gracias al aislamiento en que vivía, fue pareciéndole cada vez más deseable. Con frecuencia, cuando el forestal comía solo, después de quitados los manteles, la señora Miguelina se quedaba un rato conversando con su huésped. Poco ganoso de volver a su cuarto triste y frío, el joven prestaba gustosamente oídos a la charla de su hostelera y sus ojos se detenían con verdadera complacencia en la blanquísima nuca que adornaban unos ricillos de su cabello, o bien en la flexibilidad de su cintura... A veces se quedaban ambos silenciosos; la mirada lánguida de Miguelina se encontraba con los azules ojos del guarda general; éste, de ordinario frío y reservado, se expansionaba, se atrevía a alguna insinuación galante, y entonces, con su intuición femenina, la hostelera del Sol de Oro adivinaba, por ciertas inflexiones de su voz llenas de emoción, que su huésped se iba haciendo cada día menos insensible a sus encantos.
Mientras, tanto iba pasando el invierno, reverdecía la primavera en los bosques y bajo su influencia una familiaridad cada vez mayor fue estableciéndose entre Delaberge y la señora Princetot.
Un domingo por la tarde había subido Miguelina al cuarto del forestal y allí, asomada a la ventana, se esforzaba por alcanzar las ramas de un florido tilo que subía por la fachada de la casa. Llevaba aquel día su vestido más elegante y los movimientos forzados que hacía descubrían toda la esbeltez de la figura, la graciosa flexibilidad del talle, la exquisita morbidez de sus pechos y de sus caderas. De pie a su lado, Delaberge le ayudaba lo mejor que podía. En un momento dado, como ella se inclinase demasiado hacia afuera, el guarda general se atrevió a asirla por la cintura como temiendo que se pudiese caer. La señora Princetot se volvió riendo con aquella risa llena de sensualidad que formaba tan graciosos hoyuelos en sus mejillas y su boca vino a encontrarse tan cerca de los labios de Delaberge, que éste no supo resistir la tentación... La besó ardorosamente; rodaron al suelo las flores que ella había tomado y Miguelina cayó, sin darse cuenta, en los brazos de su huésped.
A partir de aquel día la señora Princetot fue la amante del guarda general, y éste ya no se fastidió como antes en Val-Clavin. El señor Princetot se ausentaba con frecuencia para ir a hacer sus compras de vinos o para venderlos a sus clientes de la montaña, de lo que los amantes se aprovechaban.
Figurábanse que su estrecha y amorosa intimidad escapaba a la atención y a la maledicencia de las gentes del pueblo; pero no sabían que los amores mejor escondidos exhalan un sutilísimo perfume, que los descubre siempre. El secreto de su amor se evaporó insensiblemente por las calles de Val-Clavin y las lenguas de las comadres hicieron lo demás. Unicamente Princetot continuó ignorándolo todo.
Duró esta aventura diez y ocho meses, y comenzaba ya a sentir las proximidades de la saciedad cuando recibió un día la notificación de un cambio de residencia. Al conocer la triste nueva, la señora Miguelina se deshizo en lágrimas. Mas era preciso que obedeciese Delaberge al mandato administrativo; la hostelera no se había engañado nunca a sí misma y pensaba que algún día la había de abandonar y, aunque suspirando hondamente, al fin se resignó.
Una semana después el guarda general se marchó a París, no sin sentir en el fondo de su espíritu como una vaga liberación.
Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y un silencio absoluto cayó entre ellos. Delaberge, que no había puesto en aquella mujer sino los sentidos, fue olvidándola poco a poco, suponiendo que la señora Miguelina se consolaría rápidamente y pondría a otro en su puesto. Y muy pronto sus amoríos campesinos se le aparecieron como una de esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesan y se apagan...
Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en él hasta el menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Años y más años pasaron, llevándose como un torrente sus deseos y sus energías hacia riberas que no eran precisamente las de la ternura.
Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin no era sino para reírse desdeñosamente de ellos como hace el hombre maduro con las locuras de la juventud. Y he aquí que los azares administrativos le volvían a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aquí que los detalles, el aire ambiente, la fisonomía del camino tantas veces hecho en otros tiempos, evocaban en su espíritu la imagen de la señora Miguelina, que él creía enterrada bajo el más absoluto olvido...
Pero la muerte tan sólo puede producir el verdadero y total olvido. Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vez frente a frente con las personas y las cosas que habíamos para siempre borrado de nuestra memoria.
En París, apenas si alguna que otra vez pensó en la posibilidad de encontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse al pueblo en que la había conocido, Delaberge sintió nacer en su espíritu una vaga inquietud.
Sintió alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso de que la señora Princetot viviese todavía en Val-Clavin, verse expuesto a familiaridades comprometedoras para su carácter oficial. En verdad, decíase que veintiséis años pueden producir, aun tratándose de un pueblecillo, grandes y radicalísimos cambios. Entre las gentes que le conocieron en otro tiempo, muchos sin duda habrían desaparecido. Los hombres maduros de entonces serían ahora ancianos y habrían tomado su puesto los jovenzuelos de otros días, preocupándose muy poco por lo pasado. La misma señora Princetot tendría ya cincuenta y cuatro años, y es natural que la edad la hubiese hecho más discreta. Y aun podría suceder que ya no estuviese en el pueblo.
Ya bastante rico Princetot, vendió tal vez su hospedería y probablemente ni el recuerdo existía ya del famoso Sol de Oro...
Por lo demás, fácil sería adquirir noticias sobre este punto preguntando al cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte a otra, conocería con seguridad los sucesos del país...
Precisamente habían llegado a lo más alto de la loma y comenzaban a descender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje, Delaberge preguntó al cochero:
—¿Conoce usted Val-Clavin?
—Ciertamente, señor; en verano llevo a ese pueblo gran número de viajeros y también en tiempos de caza.
—¿Cuál es la mejor hospedería?
—¿La mejor?... No hay más que una que sea buena de verdad: el Sol de Oro... Las demás no son sino malas tabernas.
—¿Se está bien en la casa?
—Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres van allí con frecuencia a pasar un día de campo... El Sol de Oro no es precisamente de ayer; hace ya más de treinta años que da muy buenos cuartos al Príncipe y a su esposa.
—¿Qué Príncipe?—exclamó Delaberge algo desorientado.
El cochero echóse a reír.
—Quiero decir el señor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan, tan rico es y tan poderoso... Le llaman el Príncipe y a su mujer la Princesa... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad del término es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilería, en la que gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo, continúan en su hospedería como si tuviesen necesidad de ella, ¿Qué quiere usted? La costumbre...
VI
Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruaje por entre dos hileras de árboles, alguna vez interrumpidas por las tierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en su encuentro inevitable con la señora Princetot. ¿Cómo le recibiría y qué se dirían? ¡Bah! Uno y otro habían cambiado mucho en veintiséis años y tal vez ni siquiera le reconocería. Sí, pero luego sería preciso decir los nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incógnito. Además, su reserva podría parecer extraña al bueno de Princetot.
A despecho de su experiencia y de su despierto espíritu, el inspector general estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No se extrañaba de que él hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero no comprendía que los demás le hubiesen podido olvidar a él.
Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya próximo el pesebre, trotaba más ligero que nunca; se iba acortando la distancia y desde una pequeña altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin, reunidas como un puñado de huevos en el fondo de un nido. Por entre los prados brillaban a trechos las aguas del río y el gallo del puntiagudo campanario relucía, herido por los rayos del sol poniente... Y pronto penetró el carruaje en el pueblo, que se había modificado muy poco. A uno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban como en otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismo fresquísimo rumor caían las aguas del riachuelo en la presa del molino, y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de las techumbres de las casas que aparecían inundadas por tenues y azuladas humaredas. A la rojiza claridad del crepúsculo, se levantaba ante los ojos de Delaberge la sombra de los antiguos días, y las figuras de aquel lejanísimo pasado aparecían mas límpidas y con mayor relieve al destacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.
Con un pequeño latir en el corazón, pensaba Delaberge en la vieja hospedería con su umbral, al que se subía por cinco escalones y con su muestra de hierro enmohecido, en los ojos lánguidamente soñadores de la señora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de su esposo...
De pronto se paró el carruaje ante una casa toda recién enjalbegada y en la que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedería, pues había sido renovada por completo. La antigua muestra había desaparecido también y en cambio leíase en la fachada en hermosas letras mayúsculas:
HOTEL DEL SOL DE ORO
Más lejos, hacia la esquina de la calle, se veían las paredes de piedra de talla y la techumbre de tejas de la nueva destilería que había construido Princetot... Allí estaba éste precisamente apoyando sus anchísimas espaldas en la misma puerta... Encendido el rostro, enorme el vientre, vestido de paño ordinario, medio cerrados los ojos que la grasa invadía, y sin moverse, examinaba con su flema de siempre al nuevo huésped que llegaba de Langres.
Mientras el viajero saltaba del coche, el señor Princetot se decidió a llamar a su criado, ordenándole que se hiciese cargo del equipaje. Delaberge había resuelto por último marchar valientemente hacia las soluciones más breves. Subió ligero los cinco escalones, entró con el dueño de la casa en la cocina en que relucían innúmeras cacerolas de cobre y fue el primero en hablar.
—Buenas tardes, señor Princetot... Ya veo que no me reconoce usted.
El Príncipe medio cerró de nuevo sus pequeños ojos, se pasó la mano por sus cabellos ya enteramente blancos, se rascó la oreja y dijo descubriendo su gran perplejidad:
—A fe mía, señor, que no tengo el placer...
—Soy, no obstante, uno de sus antiguos huéspedes... El señor Delaberge.
Una mujer en quien antes no había reparado y que estaba ocupada en el fondo de la cocina se volvió bruscamente, y sólo por la visible emoción que demostró la dama adivinó el inspector general que tenía enfrente a Miguelina... Respiraba penosamente, bajaba los ojos, retorcía con gesto maquinal las puntas del pañuelo que tenía en la mano y acabó por saludar sin despegar los labios.
¡Ay! no se parecía mucho a la seductora Miguelina de otros tiempos... Había engordado, había perdido su rostro toda expresión, sus tocas le caían sobre la frente y escondían sus cabellos ya bien canosos. Su vestido de oscuro color, de rectos pliegues, sus ojos medio cerrados, su cara de cera, la expresión reservada y dulzona de su fisonomía, le daban todo el aspecto de una beatucha.
—¡Señor Delaberge!—murmuró con mayor sorpresa que alegría.
Después añadió, mordiéndose los labios y sin levantar los ojos:
—No pensábamos verle a usted de nuevo en Val-Clavin.
—¿El señor Delaberge?—preguntaba de nuevo el Príncipe.—Aguarde... Ahora caigo... ¿Estaba usted aquí, como guarda general en la época en que reconstruían la iglesia?... Dispense que no le haya reconocido antes, pero ha pasado desde entonces por esta casa tantísima gente...
Mientras hablaba iba examinando al recién llegado y al ver que lucía una hermosa roseta en la solapa y sospechando que se las había ahora con un parroquiano de consideración, se mostró ya menos indiferente.
—¡Ah!—continuó diciendo,—el caso es que todos hemos envejecido un poco y veinticinco o veintiséis años cambian endiabladamente las fisonomías... Y he aquí que le tenemos de nuevo entre nosotros... Miguelina, habrá que dar al señor la sala roja.
Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y aún más por la comprobación de tan mortificante olvido, declaró que no estaba por la sala roja y que prefería el cuarto que había ocupado en otros tiempos y cuya ventana daba al jardín.
—¿Su antigua habitación?—replicó el hostelero.—¡Ah! sí, pero, vea usted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar por completo y la ocupa ahora nuestro hijo... Simón, que regresó hace dos años de la Escuela de Cluny con todos sus títulos.
—¿Tienen ustedes un hijo?—preguntó el inspector general con alguna sorpresa.
—En realidad no podía usted saberlo... Nuestro Simón no había nacido entonces todavía... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas maneras ha sido en nuestra casa el bienvenido, ¿no es verdad, señora Princetot?
La señora Miguelina parecía disgustada por la charla de su marido; su plácido rostro de mujer devota tomaba una expresión de vivo descontento y sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el señor Delaberge tendría necesidad de descanso y que era inútil fatigarle hablándole de un muchacho a quien no conocía.
—Pero—replicó obstinadamente Princetot,—el señor podrá conocerle si se queda algunos días en Val-Clavin, y Simón es muchacho que lo vale... Por desgracia volverá tarde esta noche, pues ha ido al monte para una cuestión de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a sus luces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce a fondo el régimen de montes, se le ha encargado la defensa de los derechos del pueblo...
—Sí, sí, un asunto de que en mal hora se ha encargado—interrumpió la señora Princetot.
Más perspicaz que el Príncipe su esposo, ella había ya sospechado que Delaberge venía sin duda por esta misma cuestión de deslindes y temió que su marido hablase demasiado.
—¿Qué sabes tú de estas cosas?—replicó Princetot guiñando con gesto de misterio sus ojos.—Simón tiene mucho talento y es ya bastante crecido para andar solo.
—En fin—exclamó suspirando la señora Miguelina,—es de desear que de todo ese enredo no saque más disgustos que provecho.
Después, para cortar en seco esta conversación, preguntó al viajero si comería en la mesa común.
—No—contestó Delaberge;—tengan la bondad de servirme en mi cuarto y háganme el favor de avisar mi llegada al guarda general... Necesito hablar con él esta misma noche.
Algunos minutos después estaba ya instalado en la sala roja, reservada de ordinario a los huéspedes de importancia. En este cuarto había una gran cama muy bien puesta y tenía dos ventanas, una que daba a la calle y la otra al jardín, el cual iba subiendo en suavísimo declive hacia los bosques.
Apenas había tenido tiempo Delaberge de quitarse el polvo del camino y de arreglarse un poco, cuando llamaron discretamente en la puerta de su cuarto y no sin una pequeña emoción contestó Delaberge que se podía entrar. Creyó ver aparecer a la señora Miguelina, deseosa, sin duda, de poder hablar a solas con él, pero muy pronto salió de su engaño. Entró en la habitación una joven delgada y de vivos movimientos, la cual traía platos, botellas y manteles y comenzó a poner la mesa, después de lo cual se retiró para volver a poco con la humeante sopera.
Al hacerse servir en su cuarto el inspector general había creído que podría de este modo tener con la señora Miguelina una amistosa explicación que valiese por todas. Mas era evidente que la señora Miguelina no pensaba provocar una semejante explicación retrospectiva. ¿Era eso indiferencia o bien que, desde un principio, deseaba hacer comprender a su huésped la necesidad de evitar toda alusión al pasado?
«—Como quiera ella—se dijo Delaberge—y aun tal vez vale más que sea así.»
No obstante, en su fuero interno, sentía Delaberge una especie de desencanto. Mientras a lo largo del camino se hundía su imaginación en el recuerdo del pasado y revivía los tiempos de Val-Clavin, no creía que se le hubiese tan completamente olvidado, ni esperaba que se le tratase como a un extraño... Esto le puso profundamente melancólico y con gesto displicente se sentó ante su mesa solitaria.
Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda general: un muchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente, que se confundía en salutaciones y no osaba sentarse, tanto le intimidaba la presencia del inspector general. Hizo Delaberge inútiles esfuerzos para ponerle a tono, acabando por darle brevemente sus instrucciones e indicándole la hora en que se encontrarían para ir juntos al monte; luego salió con él de la hospedería y una vez solo se quedó paseando unos momentos por las riberas del Aube.
La noche era oscura, pero en el cielo relucían millares de estrellas y cantaban los ruiseñores en las alamedas próximas... Era la misma música que en otros tiempos acompañó sus dúos de amor con la señora Miguelina. Sentía surgir en su espíritu el sentimentalismo; pero, por desdicha suya, al notar que le molestaba un poco la frescura del río, comprendió que no vivía ya en aquella dichosa edad en que se sueña con las estrellas. Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino andado.
Al regresar a la hospedería habían ya desaparecido el señor Princetot y su esposa. En la cocina no había sino una criada, que encendió una bujía y le acompañó hasta su habitación, dándole después las buenas noches. Al cerrar Delaberge las ventanas del cuarto, pensó que Rosalinda estaba muy cerca y que al día siguiente, si quería, podría indemnizarse de su desencanto de aquella tarde haciendo una visita a la señora Liénard. Esta idea volvió la serenidad a su espíritu. Se desnudó y filosóficamente se metió en la cama.
VII
Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compañía del guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba ya examinando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumont proponía afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.
A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas de Langres se muestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Un suave vientecillo había secado los caminos; el cielo, de un azul purísimo, sonreía, por encima del renaciente follaje; bordaban toda clase de flores las márgenes de los caminos y los pajarillos cantaban por doquier. Delaberge, cuyas funciones sedentarias le habían recluido en París tanto tiempo y que no conocía ya más verdores que los de las carpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosque como se goza de un antiguo amigo otra vez hallado. Respiraba con verdadera delicia el penetrante perfume que despedían los cerezos en flor y poco a poco su mal humor y su melancolía de la noche antes se fueron disipando...
Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar que la señora Miguelina procuraba prudentemente substraerse a sus miradas cada vez que entraba en la cocina. Esta reserva de su antigua amante, que al principio le molestó, le parecía ya entonces el mejor modus vivendi que se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el contento experimentado le disponía para mejor saborear las alegrías de su regreso a los bosques. Sentía un placer casi infantil, al reconocer los caminos que había recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memoria local se envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantado la naturaleza del terreno y la dirección de las capas terrosas. Y a cada momento exclamaba con grandes explosiones de alegría:
—¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace ya veintiséis años.
A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale que cada uno de los pasos que daba le quitaba de encima un año y que su juventud reverdecía lo mismo que el follaje de las hayas. Desaparecía y no tenía ningún valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Mucho mejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtud del rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en él las metamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosque los mismos árboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de las tiernas avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de una suspensión en el vuelo rápido de los días.
Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras, Delaberge pudo fácilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por la señora Liénard. Las tierras que se quería ahora dar a los usuarios de Val-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todos ellos en muy mal estado y que a trechos desaparecían del todo. Varios manantiales subterráneos humedecían el suelo esponjoso y las aguas, no encontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchos pantanos en que crecían toda clase de plantas muy hermosas, pero impropias para el pastoreo.
La vegetación en general se resentía de la mala calidad del suelo, los herbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se veían algunos viejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en parte sus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por un exceso de celo, la Administración local intentaba desembarazarse de unas malas tierras con daño evidente para los usuarios de Val-Clavin. El inspector general vióse obligado a confesar que las proposiciones de su amigo Voinchet eran inicuas y abusivas.
Como era natural, nada de esto dejó entender a sus subordinados; pero después de haber tomado sus notas, dirigió la exploración hacia unas tierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecían a los bosques de Montegrande.
Allí, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo y además riquísimo en humus. Las hayas y los robles crecían fuertes y sanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelente y variadísimo, llenando el aire con sus aromas. Además un hermoso camino forestal seguía toda la cresta de la colina y descendía luego suavemente hacia Val-Clavin. En realidad la designación de esas tierras había de satisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sin perjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a sí mismo que por ese lado había de ser fácil encontrar una fórmula de transacción.
Ciertamente que en todo eso no le guiaba, sino el deseo de conciliar el derecho más estricto, con la justicia; sin embargo, no pudo dejar de pensar que, si aceptaba esta proposición la Administración central, habría de sentir él un gran placer en comunicarlo así a la señora Liénard. Esta reflexión despertó en su espíritu el agradable recuerdo de la viuda y de la invitación que le hizo al despedirse.
Precisamente entonces entraban en una especie de ancho barranco, al otro extremo del cual aparecía el cono puntiagudo de una torrecilla.
—¿No es Rosalinda aquello?—preguntó Delaberge.
—Sí, señor inspector general; este camino nos conduce a ella directamente.
Esta brusca aparición de Rosalinda en el preciso instante en que pensaba en su dueña, fue para Delaberge dulcemente sugestiva, tanto que le indujo a modificar sus primeros planes. Al salir por la mañana de Sol de Oro no pensaba hacer aquel mismo día su visita a la señora Liénard. Había decidido dejar pasar algunos días, temiendo que pareciese de mal gusto una prisa excesiva. Pero la proximidad de Rosalinda obró en su alma como un imán y modificó por completo sus resoluciones.
Lanzó una rápida mirada sobre todo su vestido: su calzado, en verdad, aparecía lleno de polvo, pero ni su americana ni su pantalón habían sufrido gran cosa de su paseo a través de los bosques y su total apariencia era suficientemente correcta. Recordó, además, que la señora Liénard no concedía sino muy mediana importancia a las cuestiones de forma y esto acabó de decidirle.
En el sitio donde el camino forestal que bajaba a Val-Clavin cruzábase con el barranco que iban siguiendo, Delaberge despidió a sus acompañantes y se dirigió solo hacia Rosalinda; al cuarto de hora salió del bosque y vio ante sus ojos el parque y los jardines que rodeaban la casa.
Aunque en el país se le daba todavía el nombre de castillo, Rosalinda no era más que una cómoda casa burguesa, construida a fines del siglo XVIII y flanqueada por dos torrecillas con techo de pizarra que le daban un vago aspecto señorial. El parque se extendía a una y otra parte del Aubette, cuyas verdosas aguas rodeaban luego la casa y alimentaban las albercas construidas al pie mismo de las terrazas. La avenida de fresnos cuyo recuerdo tan bien había conservado Delaberge, conducía a una verja de hierro y después se continuaba más allá del puente de piedra echado sobre el riachuelo.
Desde la vertiente en que se había detenido, el inspector general veía claramente la fachada principal de la casa tapizada de madreselvas y rosales; veía también los caminillos del jardín trazados al estilo francés y más allá del parque y de las paredes de cierre, en el espacio que el bosque dejaba todavía libre, se veían extensos campos de hierba, de centeno, de alfalfa que la brisa movía como las olas del mar y el sol iluminaba esplendorosamente; más lejos comenzaban de nuevo los bosques que iban subiendo dulcemente y coronaban con su verdor esa pacífica y riente soledad.
La casa con sus ventanas abiertas, los jardines con sus vivísimos colores, los campos ondulantes, todo aparecía como envuelto en una atmósfera de paz y de supremo bienestar. El conjunto tenía un aspecto alegre y hospitalario que animó a Delaberge a persistir en sus intenciones. Le pareció descubrir en todo ello el reflejo de la personalidad atrayente y cordial de la propietaria.
Algunos minutos después llegaba el inspector general a la verja de hierro, llamaba en ella y preguntaba por la señora Liénard, atravesando luego los caminillos, guiado por la jardinera que le dejó a la entrada de la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo en un salón de la planta baja.
—¡Ah! señor, ¡cuánto le agradezco que haya cumplido su promesa!
Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendía gentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosa falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban una suprema elegancia.
Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquella pequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lo descuidado de su traje.
—Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y no me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrar siquiera a saludarla...
Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a un visitante que se había levantado al entrar él y que se disponía a despedirse.
Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y de una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramente rizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; pero este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia. De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardaba seriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar para despedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, su fisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la que tenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, se descubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de pasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En el momento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a la señora y dijo con cierta brusquedad:
—Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques de Carboneras.
—¿Pero volverá usted por aquí?—exclamó la señora Liénard.—Es que necesito todavía de usted...
Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama:
—Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permítame que le convide a comer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen las visitas en la mesa... Además tendrá usted compañía para volver a Val-Clavin, pues quiero que me prometa el señor Simón que al regresar de los bosques ha de venir aquí a comer con nosotros... ¡Buena es ésta!—se interrumpió a sí misma riendo.—Soy tan aturdida que olvidé la presentación... El señor Princetot... el señor Delaberge, inspector general de montes.
Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente. Delaberge, despierta su curiosidad por el nombre de Princetot, examinó atentamente al joven que acababan de presentarle; pero éste se dirigía ya hacia la puerta mientras la viuda acompañándole le repetía:
—Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos a la mesa.
Cuando hubo salido, Delaberge preguntó:
—¿Este señor Princetot sería acaso el hijo de mi hospedero del Sol de Oro?
—Sí... ¿Le extraña a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna... Es un corazón excelente y un espíritu distinguido. Adora el pueblo en que nació y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirse en un señor... Después de haber hecho excelentes estudios agrarios, ha vuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince y raya al guarda general de Val-Clavin.
Delaberge se echó a reír.
—¡Apuesto, señora Liénard, que es él quien le aconseja en este asunto de los deslindes!
—Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos años regresó Simón de la Escuela de Cluny, ofreció a los usuarios del pueblo defender gratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y así es como entré en relaciones con él. El joven me interesa, y si mi situación no me obligase a una gran reserva, tendría un gran placer en recibirle con mayor frecuencia; pero él mismo pórtase con gran discreción y no viene nunca aquí sino para hablar de negocios... Estoy encantada, señor inspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar mi invitación: esto me ha permitido invitar a Simón también.
Delaberge en su interior decíase que hubiera preferido comer a solas con la viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abrió una de las ventanas y mostrando a su huésped los jardines le dijo así:
—No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, pues me siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, será preciso que me dispense por algunos minutos....
Tocó el timbre, dio rápidas instrucciones a sus criadas, cubrió su cabeza con un gran sombrero de paja y volvió en seguida a reunírsele, diciéndole:
—¿No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted no la había visto? En tiempos de mi difunto tío estaba esto muy mal; las aguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los árboles crecían como y donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso y he convertido la finca en lo que usted va a ver.
VIII
Alegre y vivaracha acompañaba a su huésped a través de los jardines, enseñándole sus colecciones de flores de todas clases, explicándole cómo había secado las tierras y canalizado las aguas del río que ahora serpenteaba entre orillas plantadas de iris y de cañaverales. El escuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espíritu a la vez práctico y lleno de imaginación. Durante la prolongada visita a parques y jardines, pasaba ella sin transición ninguna de un asunto a otro con la gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en alguna flor según su propia fantasía. Ora disertaba sabiamente sobre la aclimatación del pino; ora se permitía ligeras alusiones al asunto de los deslindes; y después, haciéndose más comunicativa, contaba ingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchas para la transformación de Rosalinda y sus proyectos de futuros embellecimientos. Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba, la encontraba cada vez más encantadora. De pronto se paró ella exclamando:
—¡Estoy cierta, señor, de que mi charla le molesta un poco!
—Se engaña usted, señora—repuso Delaberge con viva entonación.—Todo lo que me cuenta me interesa muchísimo... Hablándome de usted y de sus ocupaciones, iniciándome en su retirada existencia, me da usted una prueba de confianza de que estoy encantado...
Y en efecto, estaba el inspector general bastante más encantado de lo que él mismo creía.
Ese carácter tan lleno de alegría y de franqueza, ese corazón de mujer joven que se abría con tan buena fe, esos límpidos ojos que sonreían tan confiados, esa íntima conversación en medio de unos jardines llenos de flores, con el acompañamiento del cantar de los pájaros y el arrullo de las palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspector general como podía haber hecho un vino dulce y generoso, vino que, cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidad a la cabeza por cuanto no se está ya acostumbrado. Para ese funcionario que tantísimo tiempo había vivido en medio de sus expedientes administrativos, habían de ser mucho más peligrosas que para otro cualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarísima e iluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegría y de juventud.
—Sí—prosiguió diciendo con tono de profunda gravedad.—Aunque nos conocemos tan sólo desde hace pocos días, veo que me habla usted como a un antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.
Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.
—¡Dios mío—dijo,—quizás soy demasiado expansiva!... Es mi defecto... Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señora Voinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si me explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí en seguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y me alentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio; puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...
—Casi tanto como al señor Simón Princetot—interrumpió riendo Delaberge.
—¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lo moral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?
—No le he visto bastante para poderlo observar...
Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no era ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente su brazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieron paseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieron hacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.
Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y sonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureció su rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general. Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.
Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres se observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacía la señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseaba sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así, procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares. Hizo grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobre sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economía agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez en la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo, ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlas descubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole y presentándole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por la claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard no había exagerado. Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar. Y era realmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educado en una hospedería de pueblo.
Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las del inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y en vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En realidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. No tenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del Príncipe, ni tampoco la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaños, espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera de la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero, aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando contestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomaba súbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.
Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplaba Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «He aquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándose llevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí: «Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino la mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría de buena gana...»
Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señora Liénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía a un espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gran sensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y una compañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta conversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le prodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus más exquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que no habían servido mucho desde los tiempos de su juventud.
En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantes cumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y que ensombrecían su buen humor.
Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el sol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard se hizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuando ofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias, diciendo que tomaba el café sin azúcar.
—¡Es raro!—exclamó aturdidamente la viuda.—Lo mismo que el señor Simón...
Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le había demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente a Delaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena de desconfianzas. Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, en medio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetrante perfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó a mostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge para despedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.
—¡Buenas noches, señores!—dijo la señora Liénard.—Juntos harán ustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía una semana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino de Rosalinda...
Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda de los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que había helado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamente taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo silencio, se decidió a romperlo, diciendo:
—Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administración a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga usted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el más conciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...
—Lo están, señor—interrumpió Simón, sin abandonar su frialdad;—solamente las personas extrañas al país y a sus necesidades...
—He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parece creer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo... ¿Qué edad tiene usted?
—Voy a cumplir veinticinco años.
—Pues yo tenía apenas veinticuatro cuando era guarda general en Val-Clavin... No hay un rincón en todos estos bosques que yo no haya visitado y cuya naturaleza desconozca.
—En tal caso, señor, si es usted justo cambiará el proyecto de la Administración... Lo que la Administración propone es inadmisible; perjudica nuestros intereses y nos arruina.
—Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienen también derecho a algún miramiento... Tenemos la misión de conservarlos y si usted fuese como yo un viejo forestal...
—¡Sin ser forestal de profesión—exclamó animándose el joven—se puede tener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan al Tesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.
—¿Ama usted los árboles?—preguntó Delaberge un poco más afable.
—¡Sí, los amo!...—replicó el joven con viva entonación.—Los amo como a buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi país cuya hermosura ellos son. Sepa usted que nací casi en los bosques y que desde muy niño he vivido en medio de ellos... Un árbol hermoso, vea usted, como éste...
Y al decir esto corrió hacia una de las hayas que bordeaban el camino y prosiguió, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentado tronco:
—Un árbol sano y hermoso es para mí como una persona, como un hermano y hasta a veces me entran ganas de besarle...
Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brotó de pronto como una fuente de agua viva, contemplaba con emoción a ese esbelto muchacho de veinticinco años, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna. La haya y él parecían, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otro descubrían una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos y llenos de energía, se lanzaban con ímpetu a la vida.
—Vaya—dijo sonriendo Delaberge,—he aquí al menos un punto acerca del cual nos hemos de entender muy fácilmente... En el terreno jurídico podremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entonces firmemos una tregua,... ¿Quiere usted?
Tendió su mano al joven; éste tuvo un momento de sorpresa o de vacilación; luego tendió la suya y Delaberge la estrechó con ademán amistoso. Después continuaron su camino hablando tranquilamente de la repoblación de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del Sol de Oro, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.
* *
*
Subió Delaberge a su habitación, pero los incidentes de aquella tarde le tenían un poco excitado y no se sentía con ganas de dormir. Abrió la ventana que daba al jardín.
Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana y recordó que era aquélla su habitación, ahora ocupada por Simón Princetot. Poco después vio al joven asomarse a la ventana y apoyado de codos en ella, soñar tal vez, como él había hecho en días lejanos, enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vaga silueta, el inspector general se dejó dulcemente deslizar hacia las mayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumores de los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la noción de los días y de los años...
El murmullo de las aguas ribereñas, el canto melancólico de las ranas, el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonaban misteriosamente en el espacio y le mecían con una música semejante a la música de otros tiempos.
Y lentamente alucinado, acabó por parecerle que se veía a sí mismo cuando tenía veinticinco años, apoyados los codos en la misma ventana, en pleno florecimiento de su robusta juventud.
IX
Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponía a la Administración Central el resultado de su visita a los bosques de Carboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el cambio de terrenos propuesto por la Administración Provincial, demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones de los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y solicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión de los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un arreglo.
Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes de la víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones una sutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y la simpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso; sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en los informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.