En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. ([la lista de errores corregidos sigue al texto.])
En el original, la numeración de las páginas es: 1-5, I-XII, 1-216. Se ha mantenido ésta numeración.
Se han subtituído las 'n' por 'u' y viceversa cuando quedaba claro en el contexto.
En el original, los carácteres ", ¿? y ¡! no siempre están emparejados correctamente. Se ha dejado como el original.
En el original, el apóstrofe suele ir seguido de un espacio. Se ha dejado como el original.
En la [Nota 208] se hace referencia al año 801. Aunque parece incorrecto, se ha dejado la referencia.
En la página [28] se hace referencia a la Nota 37 que no se encuentra. Se ha dejado indicado como [Nota 37].
En el Indice, la Introducción está referenciada como la página 6, cuando, según la numeración, es la página I.
(nota del transcriptor)
LOS
INDIOS
SU HISTORIA
Y SU
CIVILIZACION
POR
Antonio Batres Jáuregui
Individuo de la Facultad de Derecho de Guatemala, de la Real Academia Española, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París, de la Sociedad de Legislación comparada de Francia, de la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, del Instituto Smithoniano de los Estados Unidos de América, de las Academias de Ciencias de Guatemala y El Salvador
1893
GUATEMALA
Establecimiento Tipográfico La Unión, Octava Calle Poniente, No. 6.
1894
Esta obra, presentada al Ministerio de Instrucción Pública en
septiembre de 1893,
es propiedad del autor
ADVERTENCIA
El carácter severo de la historia me ha obligado, al escribir este libro, á procurar que las noticias que contiene, vayan apoyadas por la autoridad de escritores notables, que he leído con detenimiento, y que cito á cada paso, no por hacer alarde vano de erudición, sino para justificar las aseveraciones que modestamente presento al público, aunque con la plena confianza de haber tenido á la vista, al formularlas, una gran parte de las obras que arrojan luz sobre los tiempos pasados de la raza indígena de América.
Sin dar suelta á los arranques de la imaginación, y rechazando los matices de la fantasía, que no cuadran en una obra del linaje de la presente, no he desdeñado revestir de vivo color algunos pasajes, que resaltan asi del fondo de la arqueología del Nuevo Mundo; ni he dejado de quilatar la verdad en el crisol de la crítica, y de respetar los fueros de la moral histórica, que requiere la más inflexible imparcialidad, al propio tiempo que exige que no se oculten las fuentes de donde se toman las enseñanzas que se presentan, al través del propio criterio. He ahí porqué muchas veces he preferido, en el curso de mi labor, transcribir de todo en todo lo que algunos maestros enseñan en cada materia, para depurar, con sus propias palabras, lo que la austeridad histórica demanda.
Lejos de mi ánimo ha estado el constituirme en iracundo censor de España, llamando á juicio, ante los tiempos modernos y al través del actual progreso, á los hechos que pasaron hace siglos, como si no fuera preciso tener en cuenta las ideas y las preocupaciones de las diversas edades, á fin de que prevalezca en todo caso el criterio sereno y la razón desapasionada; pero tampoco soy vocero de la época colonial, ni de aquellos que pretenden exhibirla inmaculada y pura. Fué necesaria evolución, para que un mundo entero entrase en comunidad de miras é intereses con el resto del planeta. Cúpole á la nación ibera el glorioso destino de hacer renacer á la vida de la civilización este hemisferio. Es ley de la naturaleza que, así como el hombre viene al mundo entre lágrimas y dolores, no pasen los pueblos de una á otra edad, sino entre ayes de amargura y torrentes de sangre.
Ni se extrañe que á las veces no limite mis estudios solamente á los aborígenes de Guatemala, ya que, aunque á ellos les consagro la mayor parte de mis lucubraciones—como que el primordial objeto es historiarlos é inquirir el modo de acrecentar su civilización y desarrollo—no he querido dejar por eso de decir algo, siquiera ligeramente, de lo que concierne á los célebres imperios de Atahualpa y Guautimoc; porque de otro modo no es dable que, del obscuro fondo del pasado, se destaque bien el panorama de las naciones civilizadas y tribus salvajes de la América Central, en los tiempos precolombinos.
Por lo demás, ya que en esta última mitad del presente siglo ha despertado en Europa el espíritu de inquirir, con interés y hasta con entusiasmo, cuanto se relaciona con la historia de las primitivas razas del Nuevo Mundo, natural parece que se diera alguna extensión á la presente obra, puesto que el istmo de Centro-América fué emporio de soberbias ciudades y núcleo de poderosos imperios, antes de la conquista española. Al propio tiempo, pues, que he hecho un estudio detenido del origen, lenguas, costumbres, gobiernos, religión, ciencias y demás fases de la cultura indiana, he procurado diseñar especialmente la manera como han venido pasando, al través de los tiempos, los aborígenes pobladores de Guatemala: los procedimientos que, durante el gobierno colonial, se emplearon para con ellos, y los esfuerzos que se han hecho para mejorar su estado; concluyendo por apuntar los escollos con que tropieza el avance de su civilización, é indicando los medios que más pronta y eficazmente pueden contribuir á darle vigor y desarrollo.[1]
INTRODUCCION
"Si mi pluma tuviese dón de lágrimas yo escribiría un libro titulado El Indio, y haría llorar al mundo.
Juan Montalvo.
La arqueología prehistórica exhibe como continente muy viejo al que hoy llaman todos Nuevo Mundo, y que apenas hace cuatrocientos años volvió á estar en comunicación con el resto del planeta. Animales antidiluvianos han desaparecido para siempre de la tierra, y diez selvas sucesivas se han visto sobrepuestas unas á otras en terrenos de este suelo, llamado poéticamente virgen; mientras que el hombre americano, cuyos huesos han permanecido por miles de años junto con los restos de géneros de mamíferos tiempo ha extinguidos, vive y se multiplica, como es ley de la naturaleza. En 1844 se encontraron en el Brasil esqueletos humanos, confundidos con los del mastodonte y el megalonix; en un corte del Mississipí, entre fragmentos de árboles de terrenos cuya formación tiene más de mil siglos, según Dowel y Lyell, se vieron huesos de hombres, y había un cráneo cubierto por las raíces de añoso ciprés, que habría vivido mucho más, para sucumbir al fin. En Boston se muestra al viajero, en el Museo de Historia Natural, una calavera encontrada en California, á setenta varas de profundidad, en unión de muchos fósiles de animales gigantescos; cerca de Buenos Aires se han recogido, revueltos con piedras talladas groseramente, algunos fragmentos de esqueletos de aquellos antiquísimos pobladores de la argentina pampa, que se guarecían bajo las conchas enormes de colosales tortugas, á guisa de rústicas viviendas (glyptodon elegans). Los estudios geológicos recientes han hecho penetrar la investigación á remotísimas fechas, evocando perdidos recuerdos y añadiendo, según las expresiones de Mr. de Quatrefages, gran número de siglos á la historia.[2]
En efecto, el rey de la creación, representante, al decir de Egard Quinet, de la luz del mundo en su medio día, apareció cuando pudo ese ser privilegiado, alzándose recto sobre sus piés, avanzar sin esfuerzo, sin encorvarse, ni arrodillarse, ni rastrear, donde el espacio se desarrollaba delante de él, y le convidaba á tomar posesión del horizonte; donde toda la tierra le decía, como dijo Cristo al paralítico de la Piscina ¡Levántate y anda![3] El hombre es el único de los animales que anda en el tiempo; es decir, que progresa en la historia, que sale del estado primitivo, salvaje, al estado semiculto y al civilizado. El tiempo, ese eterno generador y destructor á la vez, ha venido atestiguando en la tierra, la marcha de la humanidad hacia adelante, dejando las generaciones que mueren, el legado de sus adelantos á las generaciones que nacen.
Cuando las velas desplegadas de tres pequeños barcos españoles traían á la América el espíritu europeo, que alboreaba en renacimiento histórico, al expirar el siglo XV, la transición iba á ser brusca y súbita; la temperatura moral, el medio ambiente social, el torrente de las ideas, el huracán de las creencias, el estallido de las pasiones, la dinamita del interés, inflamada por el celo religioso, que, á usanza musulmana se imponía entonces á sangre y fuego; todo hubo de poner en choque la civilización latina con la indígena civilización de América. ¿Podrían los pobladores de aquende el océano, salvar de una vez el tiempo que separa la edad de piedra de la edad de plata?........ El exterminio, por la conquista, al filo de la espada, fué la suerte de casi todos los innumerables pueblos que por tantos siglos habían venido creciendo y desarrollándose en este continente. En la parte que los ingleses ocuparon desaparecieron los indios, que apenas se dejan ver hoy en una que otra tribu, que errante vaga, lejos del bullicio de las villas y ciudades.[4] En donde los españoles clavaron el estandarte de los reyes católicos, no se destruyó por completo la raza aborigen; pero en cambio, la fuerza del vencedor la subyugó de tal manera, la explotó de tal modo, que apagó en ella la vida moral, las expansiones del espíritu. Sin que sea mi ánimo culpar á la heroica España de los efectos y consecuencias que debía producir la conquista en el siglo XVI, ya que ni lógica, ni históricamente podía esperarse otra cosa diversa, es lo cierto que á los férreos soldados iberos tocóles producir ese choque ciclópeo de una civilización avanzada con otra civilización remota; y que en la lucha social, había de acontecer lo que sucede diariamente en la renovación de los elementos de la naturaleza. Las mismas manos que pusieron al emperador de Méjico en una parrilla, á una Anacaona en la horca, á un nobilísimo inca en afrentoso suplicio y á un Caupolicán en la punta de una lanza, esparcieron la semilla del progreso europeo, de la civilización del viejo continente, en las tierras que anegaban de sangre y fertilizaban con lágrimas. Así como el descubrimiento de América estaba preparado por los designios de la Providencia, la conquista del Nuevo Mundo se hallaba históricamente preparada también, á causa de los sucesos varios que en luchas sangrientas dividían á los pobladores de estas comarcas americanas, cuya civilización harto había decaído.
Los imperios más ricos y populosos que existían aquí, al tiempo de la conquista, que eran el de los aztecas, el de los incas y el de los quichés, se hallaban menos civilizados que los antiguos indios, que levantaron monumentos grandiosos en Mitla, Copán, Palenque, el Cuzco, Titicaca, Huanuco y Tiahuanaco. La escritura fonética de los mayas era más perfecta que la de pinturas y nudos usados por los demás pueblos. Hubo en América, á no dudarlo, invasiones de tribus salvajes del continente mismo, que destruyeron mucho de la cultura de los antiquísimos imperios, más viejos acaso que los de Siria y Babilonia. La civilización de Méjico, Centro América y el Perú, creen algunos que se elaboró en el suelo americano, sin tomar nada á los chinos, á los japoneses, á los israelitas, á los fenicios, á los celtas, á los germanos, ni á los escandinavos.[5] Dicen que era una civilización original y mucho más adelantada, en época remota á la venida de los españoles, bien que es preciso confesar que, no obstante los prodigiosos adelantos que los geólogos y cosmógonos han alcanzado en los últimos tiempos, aún permanecen esos puntos en tela de juicio. Lo que sí está demostrado, en la antigua historia de los naturales del Nuevo Mundo, es que se verificaron invasiones de tribus bárbaras; de tal suerte que la tragedia que en el viejo continente tuvo por desenlace la caída del imperio romano, se repitió en América; y los hunos, alanos, vándalos y godos de aquende el mar, consiguieron destruir una civilización que podía relativamente competir con las de Roma, Nínive, Egipto y la India.[6] Lo mismo que en el antiguo mundo, nótase en América que, en ciertas épocas dadas, la civilización, semejante al sol, sigue su curso de Oriente á Occidente, y las invasiones bárbaras llegan á los imperios cuando ha sonado la hora precisa de su caída. Se las ve siempre salir del Norte, para arrojarse sobre las regiones del Mediodía, y siguiendo una marcha análoga á la de la civilización, que desciende del nordeste al sudoeste.[7]
Divididas unas tribus de las otras, ni siquiera se entendían, ya que siendo América el hemisferio menos poblado, era el que contaba con mayor número de idiomas.[8] Lejos de haber espíritu continental entre los indios, había odios profundos y tendencias á la destrucción y al exterminio. Poco antes de llegar los conquistadores españoles, sacrificaron los mexicanos, á sus dioses, después de una guerra, setenta y cinco mil prisioneros[9]; de tal suerte que el elemento europeo, en escaso número, sólo fué un medio de que usó la Providencia para efectuar, valiéndose de los mismos indios, la conquista sucesiva de la tierra americana.
Sin pretender, pues, ni remotamente vituperar á aquellos héroes, que como Pizarro y Cortés, sojuzgaron los vastos reinos de estas comarcas del Nuevo Mundo, no puede revocarse á duda que la raza vencida, que se hallaba en un atraso relativo de miles de años, respecto á la vencedora, debía quedar después de la hecatombe de sus progenitores, abatida, triste, casi muerta. Mientras que los reyes de España dictaban leyes protectoras de los aborígenes, los conquistadores hallaban medio de burlarlas, y explotar más y más á los miserables indios: fenómeno natural, si se considera que los monarcas los contaban en el número de sus súbditos, y los encomenderos y los alcaldes y los corregidores y los capitanes generales y los virreyes, consideráronlos como sus siervos. Venían con una espada y una pobre capa los atrevidos soldados, no á ejercer la caridad, ni á predicar la filantropía, sino á buscar oro, y á saciar aquel espíritu de altivo imperio y de aventuras audaces, que se revelaba en crueldades sin cuento y hazañas heroicas.
Cuando la imaginación contempla, antes del siglo XVI, á los pobladores de este suelo tan rico, como variado, vagando por los bosques, á las orillas de esos ríos, que semejan mares, en los valles amenos y en las florestas umbrosas, véseles como soberanos de todo cuanto su mirada abarca y su planta huella. Son señores de la naturaleza que conocen; la intrincada selva es suya; el ave que atraviesa por los aires puede caer al golpe de su flecha; el cuadrúpedo que vive en el monte, está al alcance de sus armas ó de su astucia. Escúchanse los acordes de sus areitos, al són de las agrestes músicas; divísase en las márgenes del fresco lago, la turba gárrula de las hijas de Kicab y de Tecum que, cual alegres y pintadas guacamayas, dejan sus tibios nidos para ir á refrescarse á las tranquilas ondas; contémplase al rey, en andas de oro, vestido de plumas de quetzal, y cargado por nobles servidores, que se dirige al pajizo palacio, tapizado de orquídeas, de palmeras y enredaderas; desprécianse el oro, el ópalo y las esmeraldas, que se hallan en los lechos de garzas y caimanes; las hojas del nopal se cubren de vívida grana, que bulle entre las silvestres tunas; osténtanse llanuras cubiertas de milpas, que movidas por el viento, semejan escuadrones de penachos rubios y verdes alfanjes. Innumerables años han venido corriendo desde que, en edad ignota, en esta tierra nació, aquí se multiplicó y aquí creció, esa raza cobriza, que es la raza americana. Si tuvo dolores, ha tenido goces; si la peste y la guerra han diezmado sus ciudades, vive siempre, como vive la humanidad, como vive la naturaleza toda, por medio de la renovación. Había espíritu indómito y pujante en Arauco, vigor y riqueza en los hijos de Manco-Cápac, cultura en los quichés, orgullo en los cackchiqueles y tradiciones gloriosas en los aztecas. Si la civilización de sus progenitores perdió mucho de su brillo, quedaban los gérmenes en campo fecundo y exuberante: quedaban la vida, la fe y la esperanza. Pero hubo de sonar en la historia, la hora nefasta de la desolación y de la ruina, como suena en el corazón del moribundo el postrer estertor de la existencia. La raza indígena sucumbió al rudo empuje de otra raza venida de allende el mar. Apareció el hombre pálido en el grandioso templo de Tohil, y cual sacrificador de todo un continente, extinguió con su aliento de muerte las sagradas luminarias, é hizo callar las férvidas oraciones; los ídolos cayeron de sus altares, y para siempre huyó el sumo sacerdote, revestido de amarillo luto, llevándose la biblia de sus tradiciones, el pópol-vuh de sus recuerdos.
Brillan las lanzas, chocan las rodelas y después de la algarada del combate, cuando pasa la nube de humo de los arcabuces, viene el sol indiferente á alumbrar el cadáver galvanizado de una raza entera; óyese el chasquido del látigo del encomendero; la enseñanza del fraile, que el indizuelo reverencia sin entender; los votos del criollo contra el peninsular; las querellas de ambas Potestades; los alzamientos de chapetones de barcada; las ruidosas discordias de la Real Audiencia con el Presidente y el Obispo; la fausta nueva de que en Valladolid nació un príncipe ibero, ó la noticia dolorosa de que en el Escorial hay un regio difunto más; arman escándalo las guedejas de los eclesiásticos; se promulgan bandos á són de tambor y con bélico aparato sobre asuntos baladís[10]; se produce un conflicto, porque va sin golilla un Capitán General á la catedral metropolitana; los concejales riñen con los canónigos, porque no tuvieron almohadas para hincar las rodillas en la festividad del Corpus; y se arman competencias entre seglares y eclesiásticos, sobre asuntos de mixto foro; y pelea San Francisco con Santo Domingo, y se presta atención á menudencias y á nimiedades. Empero, no es esto sólo; las poblaciones coloniales estaban inmóviles, rígidas, inertes. Las sabias leyes que en pro de los vencidos, de los miserables indios, se daban en España, no se cumplían á derechas en estas regiones. Fué una lucha secular entre los reyes, que expedían cédula tras cédula, favoreciendo á los aborígenes, y los encomenderos que siempre hallaban como eludir aquellas órdenes; entre los reyes, que enviaban visitadores, y éstos que cometían los mismos abusos que declaraban punibles en los residenciados. Los españoles americanos no podían avenirse con los peninsulares; y era la América durante la dominación de la metrópoli, al decir de un escritor moderno, una soberbia cuna de imperio, en la cual dormía, no un niño que anunciara la virilidad de Hércules, sino un aborto deforme y raquítico que inspiraba lástima. El siglo brillante de León X fué señalado en el Nuevo Mundo por actos de crueldad, que más parecen pertenecer á los tiempos de mayor barbarie.[11]
La raza indígena, entretanto, no sólo se minoraba por modo desolador, sino que abatida, languidecía sin dar el más leve testimonio de virilidad. Después que el Romano Pontífice decidió que los indios eran hombres, todavía se les trataba como á bestias de carga, y no quedó comarca, ni choza en donde no hubiera espanto y dolor. No era dable que los europeos, superiores en civilización, considerasen, en aquellos tiempos, humanamente á los vencidos. Ni hay porque pedir á los conquistadores españoles lo que ningún conquistador ha hecho en la historia; ni era hacedero por extremo alguno, que se amalgamase un estado social con otro diverso, ni que los intereses encontrados dejasen de estar en lucha. No pudiendo los aborígenes vengarse de los españoles, hasta se complacían en unírseles después de la conquista, para oprimir y vejar á los de su misma raza americana. Forzados á una obediencia ciega, deseaban á su vez tiranizar á otros: la opresión produce siempre el defecto de corromper la moral.
Creían los dominadores que era bastante hacer catequizar á los indios, como si fuera dable que una raza con sus creencias, tradiciones y costumbres, pudiese pasar repentinamente á la cultura que las máximas cristianas presuponen; y como si no fuese imposible arrancar por modo súbito, del corazón de un pueblo, su orgullo nacional, su aliento patriótico, su arrogancia de colectividad[12]. La agonía moral, la muerte del espíritu de una raza, la sofocación, por falta de ambiente, es lo que sigue á una conquista. Eran los indios reyes de la inmensidad, y se les convirtió en acémilas ó en parásitos del hombre blanco; eran, como el corcel de la llanura, dueños de todo lo que su vista abarcaba, y vino un día en que sus plegarias fueron reputadas crímenes, sus dioses motivos de expiación, sus recuerdos terribles pesadillas, sus tradiciones vergüenzas, y sus hijos esclavos. Bajo el régimen colonial, los caribes desaparecieron casi de las Antillas. En las márgenes del Amazonas destruyéronse cerca de mil pueblos. Los muiscas, que formaban poderosísima nación, se redujeron á tribu. Cincuenta años después de la conquista del imperio de los incas, habían perecido más de dos millones de indios, según el canon de 1580, levantado por orden de Felipe II. Cuando el Perú se hizo independiente, dice un historiador fidedigno, que había perdido las nueve décimas partes de sus habitantes. El imperio de los incas tenía seis millones, al llegar los españoles, y por el censo de 1795, quedaban seiscientos mil indígenas. El valle Santa, al sur de Trujillo, que hoy tiene mil almas, contaba á la venida de los conquistadores, setecientas mil. En el floreciente reino Quiché, en el populoso cackchiquel y en el rico tzutojil se diezmaron las grandes ciudades, mientras que en México era asombrosa la destrucción de los aborígenes, como se verá en el curso de la presente obra.[13]
"Sin embargo, esta muerte lenta de toda una raza de hombres se ejecutaba en silencio, y las tribus se extinguían unas tras otras, sin turbar el orden general. Los sacerdotes mantenían la paz en la inmensa turba de esclavos incesantemente, diezmados, y echaban algunas gotas de agua bendita sobre estas poblaciones, que apenas muertas, eran enterradas en el olvido. Cada pueblo lo gobernaba un cura. Toda desobediencia era castigada con una doble pena civil y religiosa, todo rebelde era un hereje, á quien á la vez se penaba con la muerte y la excomunión." La época más triste para una raza, no es aquella, exclama un sabio francés; en que el hombre ha vivido en la mayor miseria, sino más bien los tiempos en que los pueblos han pasado bruscamente de una edad á otra: aun cuando hayan sobrevivido á esas épocas de crecimiento, han hecho oír lamentos singulares, siempre que han pasado por modo repentino, de una temperatura civil á otra. Hoy nos cuesta trabajo explicarnos tales acentos de dolor, porque ya no sabemos reconocer en ellos la desaparición de un mundo. Desde este punto de vista, el tremendo grito de Job, que ha atravesado los siglos, responde á un mal de ese género, y este sería sin la menor duda, el mejor de los indicios para marcar la época á que pertenece. Cada uno de los profetas hebreos corresponde á uno de esos violentos cambios de estado.
¿De dónde proviene la serenidad de los griegos? De que se quedaron siempre niños; de que sufrieron menos que otro pueblo alguno las crisis de la transición de una temperatura, de una edad del mundo á otra edad.
¿No sentís, por el contrario, en la melancolía de Virgilio el lamento de una especie que se extingue? Todo el antiguo mundo itálico, latino, sabino, se ve perecer y gime en el alma del poeta; abismo escondido debajo de la púrpura.
Nosotros también hemos visto á la edad moderna acabar de extinguirse, y nuestros oídos están todavía llenos de las lamentaciones que aquel naufragio inspiró á los poetas, á principios de este siglo. Algo se muere, parecían decir todos ellos, y el lamento crece y redobla de Chateaubriand á Byron, hasta que se endurecen los corazones y se forja un mundo nuevo. Entonces deja de comprenderse ya esa poesía de desolación y llanto.
Edad de piedra, edad de bronce, de hierro ó de plata; la transición de una á otra no puede efectuarse sin dolor. Hay para cada pueblo, como en la vida de cada hombre, una crisis, una mudanza en el tránsito de la infancia á la adolescencia, á la juventud, á la edad madura."[14]
Las tribus indias de América, aún están hoy, como estaban antes de la conquista, mejor dicho, han retrogradado y han perdido el espíritu de ir adelante. Contemplan por doquiera enemigos ó dominadores, y luchan por conservar sus costumbres, porque saben, por experiencia triste, que cada vez que ha sobrevenido para ellos un cambio, ha sido para caer en un abismo más profundo y doloroso. Siguiendo la ley de la naturaleza, que por doquiera pugna por la vida, la raza indígena se apega á sus hábitos, como la crisálida al capullo que la sepulta; podrá el gusano llegar á ser mariposa de colores, pero la transformación siempre se teme y se rechaza, aunque se espere un cielo tras la puerta del sepulcro.
Esos pobres parias, que pasan su vida miserablemente, ignorando lo que fueron ayer y sin preocuparse de lo que serán mañana, sólo pueden encontrar en la embriaguez lenitivo á lo monótono y cansado de su existencia. "Sienten una necesidad suprema: la de llorar sus desventuras. Y, ¡cosa rara! en esos cantos y lamentos, no suenan para nada los nombres de los antiguos soberanos, de los antiguos héroes, como en la poesía popular de las razas oprimidas, que tienen anales heroicos y que se acuerdan de ellos.
Este olvido es tanto más incomprensible, cuanto más abundantes y grandiosos son los restos del pasado de América. Las ciudades conservan aún en pié los palacios de los antiguos señores: los caminos que cruzan el interior han sido delineados y abiertos por los principales dueños del territorio; las aguas corren todavía por los cauces que ellos les designaron, y en muchos parajes las colinas y los cerros forman inmensas escaleras á las cuales cubría de vegetación la industria de los adoradores del Sol.
Pues bien, si os fuera dado interpretar los tristes sonidos que el indio arranca á su querida quena al pié de las colosales murallas, antes cubiertas de oro; si, al caer el sol y á la media luz de esa hora "del silencio y del pesar profundo," siguiéseis de cerca las huellas de sus toscas sandalias, á lo largo de esos caminos abiertos en la roca por sus antepasados; si, entrada ya la noche, os acercáseis hasta el solitario sitio en que el infeliz viajero, rodeado de sus hijuelos, distrae la fatiga y los pesares tocando su instrumento favorito, podríais sorprender ayes dolorosos salidos del fondo del alma, lánguidos suspiros de amor, tiernas quejas y orientales manifestaciones de una alma enamorada. Pero en medio de esas quejas contra el rigor de la mujer querida, ni una sola contra el rigor de los dominadores; en medio de esas endechas fúnebres, ni un solo canto varonil y enérgico en honor de la grandeza pasada, ni en prueba de que tienen conciencia de la abyección presente.
Aquello es un pueblo huérfano, que ha perdido hasta el recuerdo de sus glorias.
Una raza sin alientos, porque ha perdido hasta la esperanza, hasta los deseos de la libertad.
El llama, que hace marchas inmensas, sin comer ni beber, suele en ocasiones sublevarse contra su fatal sino y echarse al suelo, decidido á morir en el sitio, antes que dar un solo paso más. El indio, perdida la esperanza ó la paciencia, ha tomado una resolución idéntica. Se ha dicho como el sectario de Mahoma ¡Más vale estar tendido que de pié, y muerto que vivo! Ha llamado en su socorro al genio del suicidio, y el infeliz no puede morir, y lleva ya tres siglos de agonía.
Cuando el viajero árabe nota que llega la última hora para el camello que cruza el desierto, echa pié á tierra, y sacando del cinto el enorme puñal, se lo clava en el corazón, en premio de sus leales y preciosos servicios. En América hay otra costumbre. Cuando un caballo fatigado no puede dar un paso más, por las pampas de arena de la costa, se le deja atrás, abandonado en medio de la horrible soledad, para que muera de hambre y de sed, viendo á los buitres revolotear sobre su cabeza.
Con la raza indígena se ha hecho una cosa parecida. "No se la ha muerto, dándole una puñalada en el corazón; se la ha abandonado, para que perezca de hambre y sed, para que los buitres la devoren."[15]
Por eso es que todo corazón levantado, ha de acoger con entusiasmo, la idea de amparar, de ayudar, y si posible fuere, de civilizar á los indios, que todavía se ven en tribus aisladas del resto de nuestras poblaciones, y que conservan aún los idiomas primitivos y las costumbres, y hasta los vicios de sus antepasados. Más de las dos terceras partes de la población de Guatemala está formada por los aborígenes, estancados muchos de ellos en sus colectividades, y sin tener ni patria, ni aspiraciones, ni superiores anhelos, ni tendencias á mezclarse con la parte culta del pueblo. Si en vez de haberse perdido á las veces las fuerzas vitales y creadoras del país en fratricidas luchas, odios de bandería que no tienen razón de ser, escepticismos que desalientan, y negaciones que arguyen ignorancia, se hubiera trabajado filantrópicamente, con asiduidad, por la civilización de los indios, algo se hubiera obtenido y mucho se habría hecho, ya que no sólo por espíritu de justicia y alardes de caridad, sino hasta por interés patriótico, debemos empeñarnos en no tener, á fines del siglo XIX, esas tribus estacionadas, que son rémora para el desarrollo material, intelectual y político de la nación. La historia nos demuestra que es harto peligroso dejar á los indios formar un status in statu, perpetuando su separación, la rusticidad de las costumbres, su miseria y todos los motivos de odio contra las otras castas.[16] Sobre todo, ¿cómo ha de progresar un país cuanto debiera, si la mayoría se compone de hombres que se hallan hoy en más atraso que el que tuvieron en los primeros siglos, que se visten y se mantienen como lo hacían allá en la época de Quicab ó de Balam Acam?
PRIMERA PARTE
Tiempos precolombinos, ó los indios antes del descubrimiento de América
CAPITULO PRIMERO
Origen del hombre americano. Sus razas é idiomas
SUMARIO
Diversas opiniones acerca del origen de los indios.—Inmigraciones.—Manera como han podido verificarse.—Teoría del abate Brasseur de Bourbourg.—Remotísima antigüedad del hombre americano.—Razas indígenas diversas.—Existen algunas tribus blancas.—Opinión de Mr. Bennet Dowler acerca del tiempo que lleva el Nuevo Mundo de estar habitado por hombres.—Lenguas que encontraron los españoles al llegar á América.—No hay analogía entre los idiomas de éste y del Antiguo Continente.—Caracteres de las lenguas americanas.—Opinión de Bancroft sobre dichas lenguas.—Grupos de civilización que fija el Dr. Berendt en Centro-América con relación á las lenguas.—Idiomas que se hablaban en Méjico al tiempo de la conquista.—El quichua y el aimará en la América del Sur.—Se rebate la opinión del abate Brasseur de Bourbourg de que el maya viene del latín.—Gramáticas de las lenguas de los indios de Centro-América.—Doctrina cristiana, en cakchiquel, por el primer obispo de Guatemala señor Marroquín.
En los tiempos modernos se ha puesto empeño en profundizar, al través de los siglos, la historia americana, rastreando hasta los orígenes de las primeras tribus que habitaron esta parte del mundo. Háse creído, por algunos, que la dirección de los vientos y la de las corrientes marinas, pudieron traer pobladores involuntarios del Asia á la América meridional, por el Pacífico, y del Africa á las costas del Brasil, por el Atlántico. Si alguna vez se heló el estrecho de Bering ó si era antes un istmo, no sería fácil probarlo[17]; pero los grupos de islas entre el Asia y la América del Norte, pudieron, en todo caso, servir de escala para transmigraciones de un continente al otro; así como las que se hallan en el Atlántico y en el Pacífico facilitarían la comunicación entre la América Meridional, la Oceanía y el Africa.
"Las inmigraciones, dice el erudito autor de la historia ecuatoriana[18], pudieron ser voluntarias, poniéndose algunas tribus en camino, y haciéndose á la vela en busca de tierras donde establecerse, pues las prolongadas sequías, el hambre, la guerra, la exuberancia de población, obliga con frecuencia aún á los pueblos agricultores á abandonar sus hogares y á emprender largas y penosas marchas; pero más á menudo, las inmigraciones serían involuntarias y forzadas, viéndose arrastrados los viajeros á puntos que ni siquiera habían imaginado. El río negro (Kouro Siwo), de los Japoneses y la corriente marítima de Tessán han arrojado más de una vez, en los tiempos históricos, juncos chinos de casi trescientas toneladas á las costas de California; y así mismo embarcaciones americanas han ido á dar en las Canarias, ó desde esas islas han venido á las costas de Venezuela, traídas por la gran corriente del Atlántico, que corre de un hemisferio á otro, rodeado por el golfo de Méjico.[19]
No es muy improbable que los chinos hayan conocido la existencia de América, pues el país de Fou-Sang, de que se habla en alguna de sus tradiciones, parece que no puede ser otro sino la costa occidental de Méjico en la América del Norte.[20]
Algunas creencias religiosas; varias prácticas del culto, tanto en Méjico como en el Perú, y sobre todo, ciertas estatuas y bajos relieves de las célebres ruinas de Palenque en la América Central, parecen rastros ó indicios seguros de la predicación del Budismo en estas regiones; la cual manifiesta que, en tiempos muy remotos, el antiguo continente, estaba en comunicación con el nuevo.[21]
Si se observa con cuidado la fauna del extremo setentrional de la América y también la flora, se encontrará que una gran parte del continente antiguo tiene, bajo ese respecto, no sólo semejanza sino hasta casi identidad con las regiones americanas próximas, y esta identidad es mayor en la fauna y en la flora paleontológicas. De donde, acaso podría deducirse que en épocas geológicas anteriores á la actual, la América estuvo unida por el Norte al Asia y á la Europa, formando un solo continente.[22]
La posibilidad de inmigraciones del continente antiguo al continente americano, ya no puede ser puesta en duda. Las tradiciones de los pueblos americanos conservan además el recuerdo de inmigraciones antiquísimas, à las que estaba unido el origen de ellos, y su establecimiento en los países en que los encontraron los conquistadores europeos. Y ¡cosa notable! todas esas tradiciones hacen venir del Norte las tribus á que se refieren: el Norte ha sido, pues, en la historia de América, como en la de Europa, el punto de partida de las grandes inmigraciones. La Historia antigua del Ecuador ha conservado vivo el recuerdo de la famosa inmigración de los Caras á las costas de Esmeraldas sobre el Pacífico: los Caras llegaron navegando en grandes balsas y, á lo que parece, venían de algún punto situado al Noreste. Pero esta inmigración podemos decir que es muy moderna; y, como todas las demás inmigraciones de que se conserva memoria en America, los recién llegados encontraron ya pobladas las regiones, adonde aportaron. ¿Se podrá fijar una época en que haya principiado á ser poblada la América?
Los constructores de los grandes atrincheramientos, los que levantaban altozanos y túmulos, los edificadores de habitaciones fortificadas en las rocas, ¿llegarían también á la América meridional?[23]
El continente americano, acaso, no ha tenido en todos tiempos la misma extensión ni la misma configuración física que tiene ahora. El período glacial debió haber producido hondas modificaciones en la corteza terrestre, y, hasta ahora, no conocemos bien ni su duración ni las causas que lo produjeron. No obstante, la existencia de enormes mamíferos, cuyos huesos fósiles se encuentran en abundancia, hace presumir que nuestro continente, en las épocas terciaria y cuaternaria, ha sufrido modificaciones trascendentales en su superficie. Cuando esos gigantescos paquidermos, cuando esos colosales desdentados y prosbocídeos vagaban por nuestro suelo, acaso la gran cordillera de los Andes todavía no se había elevado. Las condiciones que para la vida animal se encontraban entonces en América, debieron ser muy diversas de las que ofrece actualmente: aquellos colosos del reino animal necesitaban en verdad un clima, una temperatura y unos alimentos que no hallarían ahora, si vivieran en los mismos lugares donde han existido antes, como lo manifiesta la abundancia de sus restos fósiles. Durante la época glacial, la dirección de los vientos, la abundancia de las lluvias y los demás fenómenos meteorológicos debieron ser muy variados.
Las aguas del mar no se aumentan, pero la corteza sólida de la tierra se levanta ó se deprime gradualmente, por causas que todavía nos son desconocidas: observamos el fenómeno, apreciamos los hundimientos y los levantamientos del terreno, en puntos determinados de mayor ó menor extensión, pero la ciencia no puede darnos todavía de estos hechos una explicación satisfactoria. ¿Cuál sería el aspecto de la América antes de la formación de la cordillera de los Andes? ¿Qué ríos la regaban entonces? ¿Cuál era el clima que reinaba en ella?
Lo ordinario es que las transformaciones que se observan en el globo terrestre se produzcan lenta y paulatinamente: un fenómeno tan trascendental como el levantamiento de la cordillera de los Andes, debió ocasionar cambios y mudanzas muy grandes en toda la superficie de nuestro planeta. Acaso lo que era tierra continental pasó á ser fondo de los mares en algunas partes, y se rompió el antiguo equilibrio entre los océanos, produciendo variaciones asombrosas en la distribución primitiva de las aguas y de los continentes en todo el globo terrestre. Acaso, también, entonces fué cuando desapareció aquel gran continente, denominado la Atlántida, en las tradiciones egipcias y helénicas no destituidas de todo fundamento.[24].—"
El abate Brasseur de Bourbourg ha supuesto que el continente americano ocupaba, en un principio, el golfo de México y el mar Caribe, y se extendía en forma de península al través del Atlántico, de tal suerte que las islas Canarias pudieron haber formado parte de él. Toda esta porción extendida del continente fué, hace muchas edades, sumergida por una tremenda convulsión de la naturaleza, acerca de la cual han quedado tradiciones y documentos escritos en varios pueblos americanos[25]. Yucatán, Honduras y Guatemala también fueron sumergidas; pero el continente después se elevó lo bastante para rescatarlos del océano. Muchos hombres de ciencia opinan que hubo en un tiempo vasta extensión de tierra firme entre Europa y América. Con todo, esa teoría del erudito anticuario francés ha sido combatida por historiadores eminentes como Bancroft, quien encuentra más aceptable el admitir que la raza americana es autóctona, confesando en todo caso, que hasta hoy no está resuelta esa cuestión de orígenes.
La verdad es que todos los escritores están de acuerdo en atribuir remotísima antigüedad al hombre americano, bien que algunos, como se acaba de decir, no convienen en la unidad de la especie humana, ni siquiera en que sea una la raza indígena de América.[26] Alcides de Orbigny, en su obra clásica sobre las razas indígenas de la América Meridional, señala tres grandes grupos y hasta siete variedades. La brasilio-guaraní, la pampeana y la ando-peruana, que son realmente diversas. La maya-quiché, la cakchiquel y la atami son distintas.[27] Los dorasques, guaimíes, talamancas, cuchiras, güetares y chorotegas, que se encuentran por Costa Rica, difieren en mucho de los zendales, zotziles y zoques, que se hallaban al otro extremo del istmo de Centro-América. El abate Brasseur de Bourbourg, acepta el sistema mosaico, de la unidad de las razas; pero conviene en que, aun entre los indios de esta parte del mundo, hay gran variedad de tipos. Existen, dice, tribus blancas, que en lo limpio del color sobrepasan á la mayor parte de las naciones asiáticas. En Michoacán, en algunas porciones del Quiché y de Yucatán, parecen descendientes de Palestina ó de Egipto. Allí se encuentra el perfil judío, árabe ó algeriano, muy semejante á los tipos que se ven grabados en los monumentos de Nínive ó de Tebas.
Aunque no es dable fijar los millares de años que lleva de estar poblado nuestro continente, puede decirse que por fragmentos de alfarería, adornos y utensilios hallados en Méjico, en Centro América y el Perú, por las diversas razas que existen en todo este hemisferio; por los muchos y variados idiomas que se conocen; y por la flora y fauna extinguidas, se comprueba haber existido el hombre americano desde tan remota fecha, que se pierde en la noche de los tiempos.[28] Mr. Bennet Dowler calcula el crecimiento y duración de las diversas capas de selvas americanas, habitadas por hombres, en cincuenta y siete mil años.
Más de cuatrocientas lenguas creyeron contar los españoles cuando llegaron á este continente, y tantos dialectos que era difícil enumerarlos. En un principio, pensaron que la filología comparada podía demostrar el origen asiático de los indios; pero la lingüística moderna, que no se fija en arbitrarias etimologías, sino en la gramática ó esencia de los idiomas, ha llegado á poner fuera de duda que ni eran tantas las lenguas madres americanas, como se pensara entonces, ni hay nada que denote analogía entre las de éste y el otro continente[29], bien es verdad que si algo arguye gran cultura antigua entre los aborígenes, es ese número siempre crecido de idiomas y dialectos, tan apropiados para significar no sólo los seres materiales, sino los afectos del ánimo y las aspiraciones filosóficas y espiritualistas de creaciones religiosas ó fantásticas[30]. Hasta palabras onomatopéyicas, sonoras y poéticas tienen esos idiomas, que hoy se estudian con interés en Europa. Es frecuente encontrar en ellos palabras muy largas y compuestas, que significan toda una sentencia, v. g.: "amatlacuilolitquitca-tlaxtlahuilli" que quiere decir literalmente "el pago recibido por llevar un papel, en el cual se escribió alguna cosa," (estampilla de correo).
En la obra monumental del historiador norteamericano Mr. Hubert Howe Bancroft, sobre las razas originarias de América, se hace un estudio profundo y filosófico de la lingüística de esta parte del globo, y se clasifican los idiomas y dialectos de los primeros pobladores de las costas del Pacífico.[31] "Las lenguas de las naciones civilizadas de Centro-América, dice aquel autor, siendo todas más ó menos análogas, pueden muy bien clasificarse entre la familia Maya-Quiché, constituyendo el maya la lengua madre. Comenzando por las comarcas cercanas al río Goazacoalco, después pasando por Tabasco, Chiapas, Yucatán, Guatemala y parte del Salvador, Honduras y Nicaragua, ocupa el maya la misma importante posición, de un modo relativo, en el Sur, que el azteca hacia el Norte. Además, esparcidas sobre esta inmensa área, hay dos ramas, todavía más hacia el Norte, aisladas de la lengua madre, el huasteca y el totonaca de Tamaulipas y Veracruz. Sin incluir el último referido, probablemente la más completa enumeración de todas esas lenguas la dió el Licenciado Diego García del Palacio, en una carta dirigida al rey de España, en el año 1576. Omitiendo el azteca, que él incluye en su catálogo, el sumario que hace es sustancialmente como sigue: en Chiapas, el chapaneco, tloque, zotzil y zeldal-quelén; en Soconusco, un idioma que él designa como la lengua madre, y otro llamado vebetlateca; en Suchitepéquez y Guatemala, el mame, achí, guatemalteco, chinanteco, hutateco y chirichota; en la Verapaz, el pokonchi y el caschi-colchi; en los valles de Acacebastla y Chiquimula, el tlacacebasta y el apay; y en la comarca de San Miguel, el potón, taulepa y ulúa. Otros autores mencionan en Guatemala, el quiché, el cackchiquel, el zutujil, el chorte, el alaguilac, el caichi, el ixil, el zoque, el coxoh, el chañabal, el chol, el uzpanteca, el aguacateca y el quecchi; y en Yucatán, la lengua originaria, el maya. Entre estos idiomas, así enumerados por diferentes autores, no es del todo inverosímil que algunos hayan sido mencionados dos veces, bajo diferentes nombres[32]. La mayor parte, si no todos ellos, se refieren al maya, cuyo mejor dialecto llamado tzendal, se dice que es la lengua más antigua que se habló en estos países. En suma, aparecen ser variaciones de algunas pocas lenguas, de remota antigüedad, que á su vez brotaron del maya, que es la más antigua. Esta última, debo decir que forma el centro lingüístico, del cual irradian todas las otras, disminuyendo en consanguinidad, según la distancia de dicho centro, perdiendo, por intercalación y adopción de palabras extranjeras, sus formas aborígenes, hasta que, al tocar la parte más lejana del círculo, se hace difícil reconocer la conexión con la fuente de donde emanan.[33]
El Maya, con sus múltiples dependencias, puede bien compararse, en su construcción y capacidad, al azteca. A este respecto, se le ha alabado mucho por filólogos y anticuarios. Aunque monosilábico en muchas palabras, no tiene, como acontece con las lenguas de ese género, gran cantidad de sonidos duros y guturales, sino que, por el contrario, es suave y sonoro. Los dialectos que se hablan en Yucatán y cerca de Belice, son los más puros y elegantes de la familia maya, y mientras más lejana es la distancia de esa región, más grandes son las variaciones de la lengua madre[34]."
El doctor D. C. Herman Berendt, (con quien, el que escribe las presentes líneas tuvo la honra de cultivar relaciones personales, era un sapientísimo americanista) y en el magnífico discurso que, sobre la antigua civilización de Centro América pronunció ante la Sociedad Geográfica Americana de los Estados Unidos, el 10 de julio de 1876, después de una introducción, en la cual manifiesta cuán difícil es penetrar en la antigua historia y civilización de los indios de la América Central, estudia los idiomas primitivos, para concluir fijando tres grupos, bien demarcados, de antigua civilización. El primero es el de los mayas, compuesto de diezisiete tribus; el idioma original ofrece el primer lugar, por su perfección y pureza. Los más aproximados á él son el chontal en Tabasco, que no debe confundirse con el popoluca de Honduras, enteramente distinto; el tzendal y el zotzil de Chiapas. Hablando de los chontales, el doctor refiere el descubrimiento, en 1869, de las ruinas de Ceutla, aquella importante ciudad cuyos habitantes fueron bautizados por Cortés, y cuyas antigüedades son de mucho mérito científico.
Parecido, pero más estimado que los últimos, es el chol ó echolchi, lengua de los sembradores de maíz, actualmente hablado en Tenozique, Santo Domingo, cerca de Palenque, y por una parte de los indios lacandones; el chorti, del vecindario de Copán, es según Jiménez y Brasseur, idéntico con el chol y el kekchi de la Alta Verapaz y con su subdialecto cakchi; el pocomchi, también de la Verapaz, y el pocomán del Sur de Guatemala, se parecen mucho.
El quiché de Verapaz, el cakchiquel de Guatemala y el tzutuhil de las orillas de la laguna de Atitlán, forman, con el taxil, otra división del grupo maya.
Los que más varían del original constituyen una división entre los tzendales y quichés, geográficamente hablando, y son los idiomas chancabal en Comitán, man en Soconusco y pocomán. Hay otros pocomanes, llamados chujes en Chiapas.
El segundo grupo está en el otro extremo de Centro América, y abraza tribus cuya civilización estaba ya declinando cuando llegaron los españoles á posesionarse de Castilla del Oro. De los Coíbas ó Cuevas, todavía han quedado, en las antigüedades, muestras de una civilización bastante avanzada. Sus trabajos en piedra son notables, y en la elaboración del oro habían adquirido una perfección que asombra á los más hábiles plateros del día. Muy conocidos son los idolitos de oro que, en otro tiempo, vinieron en bastante número de Chiriquí, y algunos otros lugares. Los coibas hablaban, aunque muy divididos, un solo idioma; y la comparación de los que hoy usan las numerosas tribus residentes en las costas y en las orillas de los ríos del Istmo, con los fragmentos del original, conservados por los primeros exploradores de aquel país, comprueba satisfactoriamente la descendencia de los actuales semisalvajes de aquellos indios tan civilizados. Quedan sin aclararse las relaciones entre los coibas y sus vecinos; al Norte los indios de Nicaragua, al Sur los chibchas.
Entre los dos grupos ya mencionados, se halla el tercero, el de los chorotegas, que al tiempo de la conquista ocupaban tres secciones en las orillas del Pacífico. Aquí el doctor Berendt tuvo que luchar con los mayores obstáculos, para obtener el material necesario; porque ya los últimos descendientes de esa nación, que ocupan las márgenes de las lagunas de Masaya, no hablan más que el español. Afortunadamente pudo encontrar unos viejos que recordaban palabras y frases aprendidas en su juventud, y éstas bastaron para convencerlo de que el idioma mangue ó chorotega, es igual al chapaneco. Según Oviedo, Torquemada y Herrera, los chorotegas habitaron primero la ciudad de Cholula, en Anahuac, en Méjico, y de allí tomaron el nombre de cholutecas, que se corrompió en chorotegas. Después emigraron á los desiertos entre Tehuantepec y Soconusco, y en seguida, se dividieron en las tres secciones mencionadas, que existían en tiempo de la conquista. El doctor espera que con el idioma de Chiapas y los fragmentos obtenidos en Nicaragua, se podrá trazar su historia, sobre todo, porque para ésto ayudan las importantes colecciones de antigüedades formadas por él mismo, y por otros, que hoy existen en los museos de Washington, París y Berlín, y las que se ven todavía en el departamento de Escuintla, que tanto llamaron la atención del profesor Bastian.
Es curioso observar que el idioma quiché, procedente del maya, que era el que se hablaba por los indios más civilizados de Yucatán, centro de donde acaso irradió la cultura de los pueblos posteriores, se fué extendiendo poco á poco hasta llegar á remotas comarcas. En la lengua materna de los cañaris del Ecuador, no hay palabra alguna que no pueda interpretarse por medio del idioma quiché[35], lo cual demuestra que las emigraciones de las razas que poblaron las Antillas, Méjico y Centro América atravesaron el istmo de Panamá, y el primer punto en donde deben de haberse establecido fué el que ocupan las hospitalarias costas ecuatorianas de occidente.
De la lengua quiché hace entusiastas elogios la magnífica obra de Pi y Margall, sobre la América precolombina, hasta el punto de juzgar que esa lengua indígena ofrece más riqueza de expresión y más energía de conceptos que el idioma castellano. Sea de ello lo que fuere, creo yo que sí puede establecerse que, de las lenguas mayas, es la que merece más el estudio de los filólogos.
Según Humboldt, pasaban de veinte las principales lenguas que en Méjico se hablaban á la llegada de los españoles, y se habían escrito gramáticas de catorce de ellas. Sus nombres son: azteca ó mejicano, otomita, tarasca, zapoteca, misteca, maya ó yucateca, totonaca, popoluca, matlazinga, huasteca, mija, caquiquella, taranmara, tepehuana y cora. Esta lengua azteca ó mejicana es menos sonora que la de los incas, de la cual hablaré luego, pero no por eso es menos rica y abundosa que ella, al decir de filólogos que las han estudiado. Es aglutinante por todo extremo, como puede verse por la palabra Notlazomahuizteopixcatatzin, que los indios dirigían á los curas, y significa: "Sacerdote venerable á quien amo como á mi padre."[36]
El quichua y el aimará dominaron en una vasta región de la América del Sur, y aún se distinguen por su armonía imitativa, y por la riqueza de conceptos que en largas frases pueden contener tan sonoros idiomas. La lengua chilena era pobre y distinta de la peruana, aunque pertenecía, como todas las americanas, á la familia de las aglutinantes ó polisintéticas, que por una simple agregación, al principio, medio ó fin de la palabra, modifican su valor gramatical, sentido ó significado[37].
Enbalde el abate Brasseur de Bourbourg, que tan valiosos documentos extrajo de nuestras bibliotecas y archivos, ha querido probar, en varias páginas de sus obras[38], (que revelan mucho de imaginación) que las lenguas mayas se derivan del latín, griego, inglés, alemán, escandinavo etc. Hoy es teoría admitida la de que no tienen ninguna relación, por más que casualmente haya una que otra palabra análoga en las lenguas del antiguo y en las del nuevo continente. La torre de Babel es un mito; los idiomas no tienen un origen único. Müller, Renán, Toly, Schleicher y otros sabios lingüistas, demuestran ampliamente que de numerosos centros de lenguaje, han brotado los idiomas y dialectos que actualmente se conocen[39].
Por lo demás, tuvieron los religiosos españoles empeño en escribir gramáticas en las lenguas indígenas; pero vaciándolas en los moldes latinos, á usanza de Lebrija, como si los idiomas todos tuvieran la misma estructura, y pudieran acomodarse á sintaxis, conjugaciones, declinaciones y accidentes propios del modo de expresarse de los hijos del Lacio. Tengo, por ejemplo, á la vista la del Padre Fr. Ildefonso Flores, y sé que el domínico Marcos Martínez escribió la gramática quiché, el mercedario Gastelú la de los lacandones, el franciscano Rodríguez un "Arte y vocabulario cackchiquel," Francisco Parra el diccionario quiché, cackchiquel y zutujil, el P. Cadenas los vocabularios cackchiquel, quiché y poconchí. También daban á luz frecuentemente doctrinas y confesionarios en esas lenguas, como el libro preciosísimo y raro, del cual conservo un ejemplar impreso, intitulado: "Christianoil tzilz pa cakchiquel, qhabal, releçan ahan Obispo Don Francisco Marroquín: nabei Obispo cakchiquel, ru proponel Emperador. Qui hunam vach cralz cakchiquel chí Santo Domingo, San Francisco: Padre Fray Juan de Torres, Fray Pedro de Betanços."
"Doctrina cristiana, en lengua guatemalteca: ordenada por el Reverendísimo Señor Don Francisco Marroquín, primer Obispo de Guatemala, y del Consejo de Su Majestad etc. Con parecer de las Religiones del Señor Santo Domingo y San Francisco: Fr. Juan de Torres y Fr. Pedro de Betanços. Impreso en Guatemala, con la licencia de los superiores, por el Br. Antonio Velasco. 1724."
CAPITULO SEGUNDO
Tribus bárbaras y naciones civilizadas del Nuevo Mundo, particularmente las del istmo Centro Americano.
SUMARIO
Tribus que poblaban las orillas del Mississipi.—Diferencias que las distinguían de las otras de la América del Norte.—Lo que dice de ellas Mr. Tocqueville.—Indios del Norte de Nueva España.—Descripción que de ellos hace el Barón de Humboldt.—Tribus bárbaras de Méjico.—Aborígenes semisalvajes de Centro América.—Naciones civilizadas del Nuevo Mundo.—Estado de progreso de los aztecas.—Diferente cultura de las naciones de Centro América, el Perú y Méjico.—Primitivos pobladores de Guatemala.—Balán Votán.—Los nahuas ó nahoas.—Origen de los quichés, cackchiqueles, zutujiles y mames.—Fastos de la monarquía quiché.— El Memorial de Tecpán Atitlán.—Diversos pueblos que existían en Guatemala.—La opulenta Utatlán, corte de los reyes quichés.—Su palacio, fortaleza, colegios, suntuosidad y explendor.—El reino cackchiquel.—Cómo estaban esos reinos cuando vinieron á conquistarlos los españoles.—Sus ruinas demuestran la civilización que tuvieron en tiempos antiguos.—Los incas, su cultura y desarrollo.
En la exuberante tierra regada por el Padre de las Aguas, ó sea el Mississipí, como se llamaba, desde la época de los indios, ese gigantesco río, se hallan tan fértiles valles y tan risueñas llanuras, que era imposible que el hombre, siempre amante de la bella naturaleza, no hubiera buscado su morada en aquellas espléndidas comarcas. Entre el nogal y el álamo, en los ribazos agrestes y en las verdes praderas, vagaban, desde tiempo inmemorial, tribus aborígenes. Asomando por la desembocadura del río San Lorenzo hasta el delta del Mississipí, desde el Atlántico hasta el Pacífico, esos salvajes tenían caracteres de semejanza que atestiguaban su origen. En lo demás, dice Mr. de Tocqueville[40], se diferenciaban de todas las castas conocidas: ni eran blancos como los europeos, ni amarillos como la mayor parte de los asiáticos, ni negros como los negros. Su piel era rojiza, sus cabellos largos y relucientes, sus labios delgados, y los juanetes de sus mejillas muy sobresalidos. Las lenguas que hablaban los pueblos salvajes de América se diferenciaban por los nombres; mas todas ellas estaban sujetas á las mismas reglas gramaticales, las cuales se apartaban en muchos puntos de las que hasta entonces habían regido al parecer la formación del lenguaje entre los hombres. El idioma de los americanos parecía efecto de nuevas combinaciones, y anunciaba por parte de sus inventores, un arranque de inteligencia de que son poco capaces los indios de hoy día[41].
El estado social de estos pueblos se diferenciaba también, bajo de varios aspectos, de lo que se veía en el antiguo mundo, cual si se hubieran multiplicado libremente en el seno de sus desiertos, sin contacto con estirpes más civilizadas que la suya; y así, no se encontraban entre ellos esas nociones dudosas é incoherentes del bien y del mal, esa corrupción profunda que de ordinario se mezcla con la ignorancia y la rusticidad de costumbres, en las naciones cultas que han vuelto á ser bárbaras. El indio todo se lo debía á si mismo: sus virtudes, sus vicios y sus preocupaciones eran su propia obra; y había crecido en la independencia bozal de la naturaleza.
La tosquedad del populacho en los países cultos, no consiste solamente en que son ignorantes y pobres, sino en que siendo tales, se rozan diariamente con hombres ilustrados y ricos. La vista de su infortunio y debilidad, que cada día forma contraste con la fortuna y poderío de algunos de sus semejantes, produce al mismo tiempo en su corazón rencor y temor, y la idea que tienen de su inferioridad y dependencia, los irrita y humilla, y ese estado interior del alma se reproduce así en sus costumbres como en su lenguaje, siendo insolentes al par que bajos. La verdad de este aserto se prueba fácilmente, por medio de la observación: la gente del pueblo es más tosca en los países aristocráticos que en otra cualquiera parte; en las ciudades opulentas más que en los campos. En esos lugares en que se encuentran sujetos tan poderosos y ricos, los débiles y pobres se miran como agobiados con su inferioridad, y no descubriendo ningún punto por donde puedan llegar á la igualdad, desconfían enteramente de ellos mismos y se dejan caer en un grado ínfimo á la dignidad humana.
Este terrible efecto del contraste de clases no se halla en la vida salvaje: los indios, al mismo tiempo que son tan ignorantes y pobres, todos también son iguales. A la llegada de los europeos, el indígena de la América del Norte ignoraba todavía el precio de las riquezas, y se mostraba indiferente al bienestar que con ellas adquiere el hombre civilizado, y con todo eso, nada se veía en él de grosero; por el contrario, reinaba en el modo de portarse una reserva habitual y una especie de política aristocrática. El indio, dulce y hospitalario en la paz, implacable en la guerra, aún más allá de los límites conocidos de la ferocidad humana, se exponía á morir de hambre por socorrer al estranjero, que llamaba por la noche á la puerta de su cabaña, y despedazaba con sus propias manos los miembros de su prisionero, que todavía estaban palpitando. Las más famosas repúblicas antiguas nunca habían admirado ánimo más varonil é intrépido, almas tan orgullosas, y más agreste amor de independencia, que los que entonces ocultaban los bosques salvajes del Nuevo Mundo. Los europeos causaron impresión al arribar á la América del Norte, y su presencia no originó envidia ni espanto, pues ¿qué ascendiente podían tener en semejantes hombres? El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse, y morir cantando. Por lo demás, estos salvajes creían como todos los otros miembros de la familia, en la existencia de un mundo mejor, y adoraban con diferentes nombres á sus múltiples dioses. Sus nociones acerca de las grandes verdades intelectuales eran por lo general sencillas.
Por más inculto que parezca el pueblo cuyo caracter describo aquí, no se podía dudar, no obstante, que le hubiera precedido, en las mismas regiones, otro más civilizado y más adelantado en todas materias. Una tradición obscura, pero esparcida en la mayor parte de las tribus indianas de las villas del Atlántico, enseña que en tiempos pasados, estas mismas poblaciones habían existido en el Oeste del Mississipí. A lo largo de las márgenes del Ohío y en todo el valle central, se encuentran aún hoy día montecillos que han sido hechos por las manos del hombre. Cuando se cava hasta el centro de estos monumentos, no se dejan de hallar, según dicen, huesos humanos, instrumentos raros, armas, utensilios de toda especie, hechos de metal, ó que recuerdan usos ignorados por las razas actuales.
Los indios de nuestros tiempos no pueden dar ningunas noticias acerca de la historia de ese pueblo desconocido; los que vivían hace trecientos años, al tiempo del descubrimiento de América, tampoco han dicho nada de que se pueda siquiera inferir una hipótesis; las tradiciones, que son monumentos perecederos y sin cesar renacientes del mundo primitivo, no dan luz ninguna; y sin embargo, no se puede poner en duda que allí vivieron miles y miles de nuestros semejantes. ¿Cuándo llegaron pues? ¿cuál fué su origen, su destino y su historia? ¿cuándo y cómo perecieron? Nadie lo podrá decir. ¡Cosa extraordinaria! hay pueblos que han desaparecido tan completamente de la tierra, que hasta se ha borrado la memoria de su nombre; se han perdido sus lenguas; su gloria se desvaneció, como un sonido sin eco; pero ignoro si existe uno sólo que no haya dejado, por lo menos, un sepulcro en recuerdo de su paso por este mundo. ¡Ay! y que de todas las obras del hombre, la más durable sea la que pinta mejor su existencia perecedera y fugaz.
Aunque el vasto país, que se acaba de describir, lo hayan habitado numerosas tribus de indígenas, se puede decir con justicia que en la época del descubrimiento, no formaba todavía más que un desierto. Los indios lo ocupaban, pero no lo poseían, supuesto que el hombre se apropia el terreno por medio de la agricultura, y los primeros habitadores de la América del Norte vivían del producto de la caza. Sus implacables preocupaciones, sus pasiones indómitas, sus vicios y lo que tal vez es más, sus virtudes agrestes, los entregaban á una destrucción inevitable. La ruina de esos pueblos se ha entablado desde el día en que arribaron allí los europeos; desde entonces, siempre ha sido continuada; y acaba de verificarse en nuestros tiempos. La Providencia, colocándolos en medio de las riquezas del Nuevo Mundo, no les había dado al parecer sino un corto usufructo; y como que sólo estaban allí interinamente. Esas costas, tan bien preparadas para el comercio y la industria, esos ríos tan hondos, ese inagotable valle del Mississipí, ese continente todo entero, se ostentaba entonces como la cuna aún vacía de una nación grandiosa.
En este punto era donde los hombres civilizados debían ensayar el construir la sociedad sobre cimientos nuevos, y donde, aplicando por primera vez teorías hasta entonces desconocidas ó reputadas irrealizables, iban á dar al mundo un espectáculo á que no lo había conducido la historia de lo pasado."
Un antiguo y desconocido pueblo dejó restos de su existencia y de cierto grado de civilización en los valles del río Mississipí y sus tributarios. No tenemos un conocimiento auténtico de su nombre, ni como nación ni como raza; por eso se les designa con el nombre de fabricantes de cerritos ó terraplenes, que se les ha dado por las ruinas más importantes de sus obras que hasta hoy se contemplan.
Entre los restos que aún existen, por los cuales sabemos que un pueblo habitó antiguamente esas regiones, sobresalen los terraplenes artificiales, construidos con habilidad y mucho trabajo. Muchos de ellos son grandes terrados y otros pirámides truncadas. Regularmente son de forma cuadrada ó rectangular, habiendo algunos exágonos ú octágonos, y los más elevados tienen escaleras ó graderías en alguno de sus lados, que conducen á la cima. Muchas de estas obras guardan rara y notable semejanza con los teócalis de México. Son de diferentes tamaños. El gran terraplén que existe en Grave-Creek, Virginia, tiene 70 piés de alto y 1,000 de circunferencia en su base. Otro que está cerca de Mianisburgo, en Ohío, cuenta 68 piés de alto y 852 de circunferencia. La gran pirámide truncada de Cahokía en Ylinois es de 700 piés de largo, 500 de ancho y 90 de alto. La generalidad, sin embargo, de estos terraplenes tiene de 6 á 20 piés de alto. Los que se encuentran en la parte inferior del valle del Mississipí, son generalmente más grandes en extensión horizontal, y menos elevados.
Si hemos de dar crédito al sabio Barón de Humboldt, los indios y los hombres de color bronceado son muy raros en el Norte de Nueva España (Méjico) y apenas los hay en las provincias llamadas internas. La historia nos descubre varias causas de este fenómeno. Cuando los españoles hicieron la conquista de México, encontraron muy pocos habitantes en los países situados más allá del paralelo de 20.o Eran esas provincias la mansión de los chichimecas y de los otomíes, dos pueblos errantes, cuyas tribus poco numerosas, ocupaban terrenos extensos. La agricultura y la civilización estaban encerradas en los llanos que se extienden al Sur del río de Santiago, especialmente entre el valle de Méjico y la provincia de Oajaca.
Por punto general, puede decirse que desde el siglo VIIo hasta el XIIIo la población parece haber refluido continuamente hacia el territorio de Guatemala. De las regiones situadas al Norte del rio Gila, salieron aquellas naciones guerreras que inundaron, unas después de otras, el país de Anahuac. Ignórase si era aquella su patria primitiva, ó si siendo originarios del Asia ó de la costa N. O. de la América, habían atravesado las sabanas ó praderas de Navajoa y del Moqui, para venir á parar en el río Gila. Las pinturas geroglíficas de los aztecas nos han trasmitido la memoria de las épocas principales de la grande avenida de los pueblos americanos. Esta irrupción tiene alguna analogía con la que en el siglo Vo sepultó á la Europa en el estado de barbarie, de cuyas funestas consecuencias aún se resienten muchas de sus instituciones sociales. Pero dos pueblos que atravesaron el reino de Méjico, esparcieron en él algunos restos de cultura y civilización. Los toltecas se dejaron ver por la primera vez en el año de 1648; los chichimecas en 1170; los nahualtecas en 1178; los acolhuas y los aztecas en 1196. Los toltecas introdujeron el cultivo del maíz y del algodón; construyeron ciudades, caminos, y sobre todo, aquellas grandes pirámides que todavía admíranse hoy, y cuyas fachadas están construidas con mucha exactitud. Conocían el uso de las pinturas geroglíficas; sabían fundir los metales, y cortar las piedras más duras; tenían un año solar más perfecto que el de los griegos y romanos. La forma de su gobierno indicaba que descendían de un pueblo que había experimentado ya grandes vicisitudes en su estado social.[42]
Hoy, fuera de los indios civilizados de Méjico, no faltan algunas tribus bárbaras, entre las que se pueden mencionar los coras de Jalisco, los otomíes y mazaguas, adyacentes al valle de Méjico, los pames, los tarascos y matlaltzincas de Michoacán, los huaztecas y totonacos de Veracruz y Tamaulipas, los chontales, chichinantecos, mazatecos, cuicatecos, chatinos, miztecos, zapatecos, miges, huaves, chispanecos, zoques, lacandones, choles, mames, tzotziles, tzendales, y otros del sur de Méjico.
En el istmo centro americano había, y aún quedan algunas tribus semibárbaras, como los lacandones, los mosquitos de Honduras, los popolucas, pipiles y chontales, ramas, lencas, xicaques, huatusos, caimanes, bayamos, dorachos, guájiros, mandingas etc. En la América del Sur había también muchas tribus bárbaras ó semibárbaras como los puruhaes, los cañaris, los pallas, los zarzas, los huacas, los tuzas, los tulcanes, los guillasingas, los quinchés, los chillos, los ambatos, los tiquizambis, los chimbos y los seyris, quitos y fueguinos, que tienen historia propiamente tal.
En cuanto á las naciones civilizadas del Nuevo Mundo, debe advertirse que, la cultura material, moral é intelectual que hallaron aquí los españoles, no podía ponerse en parangón con la de los habitantes de Europa. Sea que por civilización se entienda, al decir de Guizot, el estado de adelantamiento del hombre, resultante del orden social, en lugar de la independencia absoluta del individuo y falta de ley del salvaje de vida bárbara; sea que la civilización la constituya, según opina Buckle, el triunfo de la inteligencia sobre los agentes externos; sea que, como enseña Virey, la civilización consista en el desenvolvimiento más ó menos absoluto, de las facultades morales é intelectuales de los hombres unidos en sociedad; sea de ello lo que fuere, puede asegurarse que los indios civilizados de Méjico, el Perú y Centro América, se encontraban en un atraso de miles de años con respecto á los conquistadores. Al hallarse frente á frente los imperios de Carlos Vo y Moctezuma 2.o chocaban dos edades diferentes, dos civilizaciones distintas, dos historias que se pierden, por rumbos diversos, en la obscuridad del tiempo.
Siquiera sea á grandes rasgos, diseñaré el estado de progreso en que se hallaban, antes de la conquista por los españoles, estos pueblos americanos, y en particular los indios de Guatemala.
En sus primitivos tiempos la historia mejicana, se concreta á obscuras tradiciones, vagos y misteriosos recuerdos. Su símbolo animado se encuentra en Huitzilopoztli, hombre superior que dominó las tribus, las condujo á su antojo y fué deificado por la ignorancia y regados sus altares por ríos de sangre[43]; pero el espíritu de desarrollo, que es condición de la vida de los pueblós, cuando llevan en su seno gérmenes de existencia dilatada, fué animando más y más á los mayas, nahuaes, y aztecas, hasta exhibirlos en la historía con una civilización propia, original y agreste, muy digna de llamar la atención del filósofo y del historiador.
Tenían gobierno regido por leyes sabias; había magnificencia suma en los monarcas; construyeron palacios como el de Nezahualcoyotl rey de Tezenco, cuya grandeza y explendor admiran; conservaban colecciones zoológicas que hoy podrían apreciarse en los mejores museos; sus jardines flotantes en los lagos; sus andas de oro; sus trajes y armas; sus colegios y escuelas; sus matrimonios y concubinatos reglamentados; sus fiestas y bailes; todo denota grande adelanto relativo[44].
Los conocimientos que tenían en astronomía; la manera de contar el tiempo; el calendario azteca y el de Michoacán y Yucatán; sus libros y archivos, destruidos por la mano impía de Zumárraga; los jardines botánicos; los médicos aborígenes; la manera de curar ciertas enfermedades; los ritos funerarios; las ceremonias religiosas; en una palabra, la vida de aquellos pueblos osténtase como se ostentan las flores silvestres, llenas de lozanía y colores, en medio de seculares bosques y praderas risueñas y exuberantes.
Si con mirada atenta contemplamos los utensilios de barro que usaban los indios, y que hoy figuran, como reliquias del tiempo, en museos de América y Europa, comprenderemos que en las artes habían progresado notablemente. Los mexicanos tenían unos libritos de papel, hechos de corteza de amatl, y en ellos consignaban los hechos históricos. En mantas y lienzos pintaban sus mapas. Clavígero, hablando de pinturas, dice:[45] servíanse de las simples imágenes de los objetos, y también de geroglíficos y de caracteres. Representaban las cosas materiales con sus propias figuras, aunque para ahorrar tiempo, trabajo, colores y papel, se contentaban con una parte del objeto, que bastaba para darle á conocer á los inteligentes; pues así como nosotros no podemos entender lo escrito, sin aprender antes á leer, así aquellos americanos debían instruirse préviamente en el modo de figurar los objetos, para comprender el sentido de las pinturas, con que suplían el lenguage escrito. Es por lo que Ordóñez, en las páginas 265 y 270, arguye de equivocación á Boturini, que careció de la mitología del país, para descifrar los anales americanos. Para los objetos que no tienen forma material, prosigue Clavígero, se valían de ciertos caracteres, no ya verbales, sino reales; y pone por ejemplo, las imágenes con que indicaban el tiempo, el cielo, la tierra, el agua y el aire. Sus pinturas, dice últimamente, no deben considerarse como una historia ordenada, sino como apoyos de la tradición; las cuales trasmitían y hacían aprender á sus hijos y discípulos en arengas y discursos.
Navegaban los indios en canoas, que podían contener hasta cincuenta personas, como la que vió el Almirante Colón, desde una de las Guanajas, que era tan grande como una galera, de ocho piés de ancho, y cargada de mercaderías, con un toldo de esteras de palma (petates)[46].
Por lo que respecta á los primitivos pobladores del istmo centro-americano, piérdese su historia en la obscuridad de los tiempos y mézclase con mitos y sagradas tradiciones. No faltan sabios que creen haber sido esta región el punto de partida de los demás pueblos del continente, y el lugar más civilizado, en época remota, del que irradió la cultura embrionaria á las otras naciones que en América dejaron de ser salvajes. Dícese que Votán, misterioso fundador del Palenque, sabio legislador, introdujo los principios de la ilustración incipiente entre las tribus bárbaras de estas comarcas, de las cuales fué como el Zama, ó divinidad redentora[47]. Con posterioridad vinieron los Nahuas ó Nahoas, conocidos con el nombre de Tultecas, que fundaron la ciudad de Tula (en Chiapas), bajo el caudillaje del famoso Quetzalcohuatl (serpiente con plumas de Quetzal), dios de los mexicanos. Procedentes del Norte, hubo otras inmigraciones que sojuzgaron á los tultecas, y eran compuestas de hombres á quienes éstos llamaban mam (tartamudos) por la dificultad con que hablaban otras lenguas. Restos de los tultecas fueron los cakchiqueles, mientras que los quichés eran tribu que pobló el Quix-Ché (muchos árboles) y después se extendió desde el país de los Lacandones hasta el océano Pacífico, con excepción de parte de Izabal y de las costas de Escuintla. El zutujil abrazaba el antiguo partido de Atitlán y el pueblo de San Antonio Suchitepéquez, y los mames estaban por Huehuetenango, parte de Quezaltenango y todo Soconusco.
No cabe duda de que los quichés, cakchiqueles, zutujiles y mames, fueron descendientes directos de los súbditos de Votán; pero la linea de historia tradicional que une los imperios, se halla truncada en varios puntos, sin que sea dable seguirla paso á paso. Los fastos de la poderosa nación Quiché, por cuatro ó cinco centurias antes de la conquista española, quedan en manuscritos, que se escribieron en lenguas aborígenes, con el alfabeto romano.[48]. El Memorial de Tecpam Atitlán, redactado por el cacique Xahilá, es un precioso documento que contiene datos acerca de los cakchiqueles, y que existió muchos años en el Museo Nacional de la Sociedad Económica, en donde tuvo ocasión de leer el original el autor de estas lineas. Existe una tradución del Abate Brasseur de Bourbourg, hecha en el año 1855. Además, obraban en nuestros archivos públicos, títulos territoriales de pueblos que ese americanista se llevó, sin dejar siquiera copias.
Dice el P. Juarros[49] que poseían esta región centro-americana un sin número de gentes, que continuamente se hacían guerras unas á otras, y cada pueblo era gobernado por su régulo, de donde proviene que sus habitantes hablen tantas lenguas diferentes; pues unos usan la mexicana, otros la quiché, cakchiquel, tzutujil, man, pocamán, pocanchí, chortí, sinca y otras muchas". Sabido es, sin embargo, que los reinos quichés, cackchiqueles y tzutujiles eran los principales y más poderosos. Más de veintiún reyes de la primera de esas naciones, gobernaron antes de la conquista á un pueblo adelantado, aguerrido y numeroso, que se extendía por Quezaltenango, Totonicapa, Atitlán, Tecpán Atitlán, Suchitepéquez, los señoríos de los mames y pocomanes, los Cuchumatanes, parte de Chiapas y Soconusco y los poderosos dominios de los reyes de Copán, al decir del desconocido autor del Isajoge.[50] Por las tierras del norte de Guatemala, Verapaz, Nicaragua y Comayagua, había caciques independientes de los quichés. Los cackchiqueles se extendían por la parte central de Guatemala, los rabinales en la Verapaz, los tzutujiles por el lago de Atitlán, los pipiles en las faldas de los volcanes de Agua y de Fuego, y por el lugar de Escuintla, Sonsonate, Apaneca, Aguachapán y Cuscatlán.[51]
Durante el primer período del siglo XIII. todavía se hallaba la nación quiché, obscura y concentrada en las montañas en donde nació. Después fué creciendo poco á poco, hasta llegar á ser muy poblada y muy rica. La ciudad de Santa Cruz, en otro tiempo la opulenta Utatlán, era la corte de los famosos reyes quichés. El cronista Fuentes hizo un viaje á aquella ciudad para estudiar sus ruinas, que revelan la magnificencia que tuvo, aunque lo que hoy se encuentra no es más que un pequeño barrio de la gran capital. Hallábase circundada de una barranca, que le servía de foso, con dos entradas muy estrechas, defendidas por el castillo de El Resguardo, que las hacía inespugnables. En el centro de la capital estaba el real palacio, rodeado de casas de la nobleza, y el pueblo vivía en las extremidades de la ciudad. Las calles eran estrechas y la población tan grande que el rey pudo encontrar 72,000 combatientes para luchar con los españoles. Esta opulenta capital contenía numerosos y bellos edificios, entre los cuales era notable el colegio nacional, en donde se educaban é instruían de 5 á 6 mil niños, alimentados por cuenta del Tesoro nacional. Había sesenta maestros y toda clase de comodidades. Como cosa grandiosa, es preciso citar el castillo del Atalaya, con cuatro pisos y un gran número de soldados. El gran Alcázar, ó sea palacio de los reyes del Quiché, según varios cronistas, no cedía en suntuosidad ni al de Moctezuma, en México, ni al de los incas en Cuzco. La fachada, de Este á Oeste, tenía 376 metros de largo y 728 de ancho. Estaba construido de finísimas piedras de diversos colores. Se dividía en muchos departamentos: el primero servía de cuartel á un numeroso batallón de lanceros, de arqueros, y de otros veteranos que escoltaban al monarca: el segundo era la habitación de los principales y parientes del rey, que vivían allí con grande opulencia, mientras no se casaban; el tercero era la casa real, donde estaba el trono, el tesoro, el tribunal de los jueces del pueblo, el depósito de armas, los jardines, &; en el cuarto y quinto, estaba la mansión de la reina y de las concubinas del rey; era inmenso, y contenía baños, fuentes, jaulas con fieras, y grandes parques.
Y no sólo en el Quiché (Santa Cruz), se encuentran vestigios de una civilización remota, sino que, como dice Bancroft, en casi todo el territorio de Guatemala, hay restos de la cultura indígena. Las ruinas de Quiriguá, con sus altares, estatuas y pirámides, que tanto han llamado la atención del viajero que visita nuestro suelo; los despojos ciclópeos del Carrizal; las fortificaciones de Mixco; los acueductos del Rosario; las ruinas de Patinamit ó sea Tecpán Guatemala; los escombros de edificios y los ídolos de Rabinal; las antigüedades de Cotzumalguapa, Palenque, Copán y Tical; en suma, todos esos monumentos que el tiempo respetó, dan idea de las gentes que poblaron nuestro suelo, antes de la conquista española, y acerca de las cuales, escribió el abate Brasseur de Bourbourg, una obra interesante, que se intitula "Historia de las naciones civilizadas de Méjico y de la América Central."[52]
Entre esos pueblos se contaba el reino cackchiquel, que había alcanzado notable desarrollo y que tuvo á Patinamit por corte. Los bravos cackchiqueles no sólo vencieron á los quichés, sino que, en combate memorable, ganaron la primacía entre las monarquías centro-americanas, no por cierto para consolidar la paz, sino para estar en continuas guerras con las tribus vecinas. Nación poderosa la de los cackchiqueles, pudo alcanzar desarrollo y adelanto, no obstante los disturbios y las asoladoras pestes que diezmaron á los indios de esa raza. Al tiempo de la conquista por los españoles, Guatemala comprendía varios reinos poderosos de los antiguos indios, siendo los principales, como se ha dicho, el del Quiché y el de los Cackchiqueles. Estos lucharon fuerte y largamente en defensa de su patria y libertad, y cuando fueron forzados á rendirse á los españoles, los pocos que sobrevivían de la lucha, se retiraron á vivir en partes casi inaccesibles en las elevadas montañas del norte, ó quedaron sumisos á los conquistadores en los lugares que fueron ocupados, conservando por mucho tiempo sus creencias antiguas en materia de religión, que hasta el día no han perdido. En una parte de esa región, especialmente en el estado de Chiapas y en algunos pueblos de los Altos y la Verapaz, los naturales conservan todavía muchas de sus antiguas creencias, y caracter muy reservado.
Las ruinas de Méjico y Centro-América demuestran, de una manera cierta, que en tiempo antiguo existía en estos paises una importante civilización, que debe haber provenido de época muy remota. Sabido es que la mayor parte de esas ruinas estaban olvidadas ó habían llegado á ser vistas como misteriosas por los habitantes que los españoles encontraron en esos países al tiempo de su descubrimiento.
En mil quinientos veinte, los bosques que cubren la mayor parte de Yucatán, de Guatemala y de Chiapas estaban tan espesos y frondosos como lo están hoy; y como probablemente estaban un siglo antes de la conquista, porque, según la tradición que se conserva de Yucatán, cuando fué destruido el reino de Maya, uno de sus príncipes huyó á esconderse en la floresta con una parte de su pueblo, los Itzas, y se estableció con ellos en las playas del lago del Petén. Si en la época á que me refiero ya existían olvidadas y sepultadas en los bosques esas importantes ruinas, y si se observa esa clase de vegetación que las cubre, no puede uno menos de suponer, con bastante fundamento, que la época de civilización que representan trascurrió hace muchos siglos.
En la edad anterior al desarrollo de estas inmensas y espesas florestas, los lugares que ocupan estaban habitados por un pueblo que había obtenido un grado bastante alto de civilización. Los campos cultivados, y las ciudades en condición floreciente. La calidad misma de las florestas y el estado tan decaído en que se hallaban las ruinas, son pruebas inequívocas de la antigüedad muy remota del período de civilización. Puede asegurarse, sin temor de incurrir en un yerro, que ese período fué muy anterior á la dominación de los aztecas; pero no se puede fijar con precisión el número de siglos ó años trascurridos entre esas diferentes épocas. Copán, que por primera vez fué descubierto hace trecientos años, ya era entonces misterioso y tan poco conocido de los naturales, que vivían en sus inmediaciones, como lo son las antiguas ruinas de Caldea para los árabes, que vagan en los solitarios llanos de la baja Mesopotamia. No existía entre ellos ningún recuerdo ó tradición relativa á esas ruinas, que ni nombre tenían, lo cual hace suponer que cuando los aztecas se elevaron al poder ya esa ciudad estaba abandonada y oculta en el bosque que la rodea.[53]
Si se dejan aparte las ruinas antiguas de Guatemala, y se desea saber cual era la base de la alimentación de los indios, bastará consultar á Bernal Díaz del Castillo y á Ximénez, para saber que el maíz, el chile (pimiento), el plátano, los frijoles, los tubérculos y el cacao, formaban los principales alimentos de nuestros aborígenes. Humboldt asegura que por estas regiones se conocían las cebollas, las calabazas y garbanzos. Tenían varias especies de gallinaceas, como chumpipes (pavos), faisanes y chachas. Había unos perros mudos, que no ladraban y servían para comer. Eran muy dados los indios á la caza y á la pesca.
Sabían mezclar el cobre con el estaño para darle más dureza, y tuvieron curiosos instrumentos de esos metales, que casi igualaban al acero. Tejían sus vestidos, y los adornaban de colores abigarrados, siendo de diversos matices en cada pueblo. Mucho más se podría decir de los usos y costumbres de las antiguas naciones civilizadas del istmo centro-americano; pero ya se ha alargado bastante el presente capítulo.
Para concluir, y sin entrar á examinar aqui si los mejicanos y quichés fueron más civilizados que los incas, cumple echar una ojeada rápida sobre el afamado país que con el nombre de Perú, fué conocido por los castellanos, que así lo denominaron á causa de que al llegar los primeros á sus costas, preguntaron á un indio por el nombre de aquella tierra, y les contestó que era Berú; "luego mirando al río, dijo Pelú, y señalando después á los extranjeros, el interior del país, Pirú. Entonces los recién llegados exclamaron: "¡Acabemos, que aquí todo es Perú!" En ninguna parte de la América llegó la agricultura á un estado más floreciente. En el arte de labrar piedras, hallábanse los incas á la vanguardia de los demás pueblos americanos. El espléndido templo del sol en Pachacanac, el palacio real del Cuzco, la fortaleza de ésta ciudad, y los célebres caminos que de allí partían para Quito y Chile, son obras colosales, que llenan el espíritu de asombro y admiración. Mucho habría que escribir acerca del rápido progreso que los incas alcanzaron bajo el imperio de Manco-Cápac y de sus sucesores; pero ya no lo permite la índole de esta obra, consagrada de preferencia á los indígenas del istmo centro-americano.
CAPITULO TERCERO
Teogonía de los indios de Guatemala, sus ritos y ceremonias religiosas, sacrificios, altares, templos, sacerdotes y fiestas.
SUMARIO
Interés que se ha tomado en los últimos tiempos en penetrar los misterios de la religión de nuestros indios.—El sabio Max Müller consagra á Guatemala un erudito estudio sobre su teogonía antigua.—El libro de los salvajes.—El Popol-vuh.—Autenticidad que tiene ese "Libro del Pueblo," ó sea Biblia de los Quichés.—Cuando fué descubierto el manuscrito del Popol-vuh.—La traducción de Jiménez.—Las opiniones de Brasseur de Bourbourg.—Es muy posible que los autores del manuscrito hayan sufrido influencia de las ideas europeas y cristianas.—Extractos del Popol-vuh.—El Génesis quiché.—Animales dotados de palabra y razón.—Resurrección de héroes.—La confusión de las lenguas.—Emigraciones de Oriente.—Como termina el Popol-vuh.—Los indios de Guatemala eran muy fanáticos y supersticiosos.—Los brujos.—El indio jamás se creía solo, sino rodeado de objetos que contenían espíritus ocultos.—La vida futura.—El miedo era la base de la religión de los aborígenes.—Particularidades religiosas de los indios choles y mames de la Verapaz.—Los indios de Guatemala dividían sus dioses en tres clases.—Cuales eran éstas.—De los sacerdotes, vírgenes y sacerdotisas.—Lo que escribe Bancroft acerca de ellos.—Altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los indios de Guatemala.—Los calpules.—Solemnidades religiosas.—Como dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas.—De los mitotes.—Sacrificios especiales en favor de las sementeras.—El sacrificio de la caza.
En la última mitad del presente siglo se han acumulado, por modo extraordinario, nuevos y auténticos materiales para el estudio de las teogonías del mundo, de tal suerte que los sabios europeos han tomado mucho interés en penetrar los misterios de las religiones de nuestros indios, que no eran simplemente, como se creyó por los conquistadores, una salvaje idolatría y meros sacrificios bárbaros de infelices vírgenes y prisioneros. En los últimos tiempos, el impulso dado á las investigaciones etnológicas ha inducido á los viajeros y á los misioneros á consignar en sus escritos todos los vestigios teogónicos que han podido descubrir en los antiguos pueblos americanos.
El sabio Max Müller, que ha escrito la historia de las religiones, consagra á la América Central tan eruditos párrafos que bien merecen, por su novedad, formar parte del material de que me he servido para la presente obra, en que me he propuesto historiar á los primitivos pobladores de América, y sobre todo, á los del istmo del centro, que tienen sus peculiares tradiciones y su teogonía singular. "Muchas gentes, dice aquel sabio orientalista, acogerán con una sonrisa escéptica un libro intitulado Popol-vuh, y que se asegura ser el texto original de las escrituras sagradas de los indios de la América Central. Aún no se ha olvidado á aquellos pobres Aztecas, que hace algunos años se les presentó en toda Europa como los descendientes de una raza á la que los indígenas de Méjico tributaban honores casi divinos, antes de la conquista de los españoles, y que más tarde se supo que no eran sino víctimas desgraciadas de especuladores bárbaros, y el Libro de los salvajes[Nota 37] publicado recientemente por el abad Domenech, bajo los auspicios del conde Walewski, ha menoscabado en cierto modo la dignidad de los estudios americanos en general. Sin embargo los que se rien del manuscrito americano, descubierto por el abad Domenech en la Biblioteca del Arsenal, en París, y publicado por él con tanto cuidado, como una reliquia preciosa de los antiguos Pielesrojas de la América Septentrional, deben tener presente que es muy posible exista un manuscrito auténtico que nos ofrezca un modelo de la escritura figurativa de este pueblo salvaje.
El Popol-vuh ó libro sagrado de la población de Guatemala, cuyo texto original, acompañado de una traducción francesa ha publicado el Abad Brasseur de Bourbourg, ocupa un lugar importante entre las obras compuestas por los indígenas en sus propios dialectos, y escritas por ellos con los caractéres del alfabeto latino. Sólo hay otras dos obras cuya importancia puede compararse á la del Popol-vuh, para el estudio de las antigüedades y de las lenguas americanas, y son el Codex Chimalpopoca, escrito en lengua nahuatl, y el Codex Cackchiquel, redactado en el dialecto de Guatemala. Estas tres obras deben ser el punto de partida de todas las investigaciones críticas sobre las antigüedades de los indígenas de América.
El primer punto que debe establecerse cuando se examinan escritos de esta naturaleza, es su autenticidad. Debemos, pues, examinar ante todo si estas tres obras son realmente, como se pretende, composiciones que datan de hace tres siglos, fundadas en las tradiciones orales y en los documentos ideogramáticos de los antiguos habitantes de América, y escritos en los dialectos hablados en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro. He aquí, en resumen, la parte histórica del Popol-vuh, según Brasseur de Bourbour. El manuscrito fué descubierto por primera vez á fines del siglo XVII, por el padre Francisco Jiménez, cura de Santo Tomás Chichicastenango, situado á unas tres leguas al Sur de Santa Cruz del Quiché y á veinte leguas próximamente al N. E. de Guatemala. Era este sacerdote muy versado en los idiomas de los indígenas de Guatemala, tanto que ha dejado un Diccionario de sus tres dialectos principales, su Tesoro de las lenguas Quichés, Cackchiquel y Tzutujil; esta obra, inédita todavía, llena dos volúmenes, el segundo de los cuales contiene una copia del manuscrito descubierto por Jiménez. Este, que era dominicano, escribió también una historia general de la provincia de San Vicente de Chiapas, que comprendía cuatro tomos en folio. Había dejado de ella dos copias, pero ambas estaban incompletas cuando Brasseur de Bourbourg las vió en Guatemala. Los tres tomos que se habían conservado contenían muchas reseñas curiosas sobre la historia y las tradiciones del país. El primero de dichos tomos comprendía la traducción española del manuscrito quiché que nos ocupa en este momento. Brasseur de Bourbourg copió dicha traducción en 1855. Un viajero alemán, Mr. Scherzer, que se hallaba á la sazón en Guatemala, hizo copiar la traducción de Jiménez, que publicó en Viena en 1856.[54]
No se contentó el Abad francés con mandar imprimir el texto original del Popol-vuh y la traducción española de Jiménez, que declara ser inexacta, incompleta y á veces ininteligible. Durante sus viajes por América, había aprendido muchos idiomas del país y particularmente la lengua quiché, cuyos diversos dialectos son hablados todavía por una población de más de seiscientas mil almas. Como sacerdote, tenía relaciones diarias con los habitantes de la parroquia, cuya administración le estaba confiada; y mientras vivía entre ellos, pudiendo consultarles á cada paso, como diccionarios vivos, fué cuando comprendió, con el auxilio de los manuscritos de Jiménez, su propia traducción de las antiguas crónicas de los quichés. Desde el tiempo del descubrimiento de Jiménez hasta el de la publicación de Brasseur de Bourbourg, podemos referir la historia del Popol-vuh de una manera clara y satisfactoria. Pero aún falta un siglo, del que hay necesidad de dar cuenta; desde fines del XVI, época en que se supone que fué escrita la obra hasta fines del XVII, fecha del descubrimiento del manuscrito de Chichicastenango, por el dominicano Jiménez. En lo que á este período se refiere, carecemos completamente de datos; pero podemos sin embargo apelar á la autoridad del mismo manuscrito, que dá la lista de las dinastías reales hasta la conquista española; lista cerrada con los nombres de los dos príncipes, don Juan de Rojas y don Juan Cortés, hijos de Tecum y Tepepul. Por más que estos príncipes se hallasen enteramente bajo la dominación española, se les permitió conservar las insignias reales hasta el año 1558, y el manuscrito debió de ser redactado poco tiempo después de esta fecha. El autor mismo termina el último párrafo del preámbulo del Popol-vuh, con la declaración siguiente:[55] "he aquí lo que escribiremos después (que se haya promulgado,) la palabra de Dios (Chabal Dios,) y dentro del cristianismo; la reproduciremos, porque no se considera como libro nacional, en que se ve claramente que se ha venido del otro lado del mar, (es decir) el relato de nuestra existencia en el país de la sombra, y cómo vimos la luz y la vimos." No intenta en manera alguna el autor atribuir á esta obra una gran antigüedad, ni una autoridad misteriosa. Reconoce expresamente que en la época en que escribe, ha sido ya conquistado el país por los castellanos: que los obispos predican allí la palabra de Dios; y que las antiguas tradiciones del pueblo iban desapareciendo poco á poco.
Ni siquiera da á su obra el nombre de Popol-vuh, como ha hecho Brasseur de Bourbourg. Dice que en su tiempo no se llamaba aún Popol-vuh, cuya expresión significa el "Libro Nacional," para designar la literatura de tradición, que trasmitiera de edad en edad, todo lo que se sabía sobre la historia primitiva del país y acerca de sus doctrinas y de sus ceremonias religiosas.
Es sensible que Brasseur de Bourbourg haya sancionado el empleo de estas palabras, como título del manuscrito quiché, descubierto por el padre Jiménez, y las haya traducido, al parecer, por las de "Libro Sagrado", en lugar de traducirlas por las de "Libro Nacional," como Jiménez las había traducido por el "Libro del Común."
Estas ligeras inexactitudes producen infaliblemente una gran confusión.
Sólo el deseo de dar á su libro un título pomposo es lo que ha podido hacer que nuestro autor cometa esta falta, puesto que él mismo confiesa que el título de Popol-vuh no pertenece en manera alguna al libro que él publica, y además, que Popol-vuh no significa "Libro sagrado." Nada autoriza á suponer, con el sabio francés, que las dos primeras partes del manuscrito contengan una trascripción casi literal del verdadero Popol-vuh, ni á creer que este libro sea el original del Teo Amox-Ali ó Libro sagrado de los Toltecas. Todo lo que sabemos es, en primer lugar, que el autor de esta obra anónima la redactó porque el Popol-vuh, es decir, la tradición nacional, se iba perdiendo poco á poco, y además, que ha reunido, en las dos primeras partes de su trabajo, las antiguas tradiciones comunes á toda la raza, reservando las otras dos para los anales de la nación quiché, que poseía, en tiempo de la conquista, la mayor parte de la actual república de Guatemala. Si nos colocamos en este punto de vista, no hallaremos en el contenido ni en el carácter de este libro, cosa alguna que nos inspire dudas sobre su autenticidad. El autor se ha propuesto preservar del olvido en que iban cayendo las historias de sus dioses y de sus antepasados, que había oído y aprendido en su infancia. Los rasgos principales de estas historias habían sido quizá conservados, ya por la enseñanza oral en las escuelas, ya por las pinturas figurativas; sin embargo, la conquista española había trastornado de tal modo el paìs, que el autor se vió en el caso sin duda de contar principalmente con la fidelidad de sus propios recuerdos. Si se quisiera sacar de estas leyendas una historia seguida, la tarea sería materialmente imposible. Todo es en ella vago, contradictorio, milagroso, absurdo. La historia tal como nosotros la comprendemos, esto es, presentando la serie y el encadenamiento de los hechos, es una concepción moderna, desconocida de casi todas las naciones antiguas. Aunque poseyéramos el verdadero Popol-vuh, es probable que no encontrásemos en él más datos históricos que en el manuscrito quiché. Es verdad que, de tiempo en tiempo, parece que se perciben algunos puntos luminosos en estos confusos relatos; pero, en la página siguiente, se vuelve á caer en el caos. Es probable que se encuentre alguna dificultad en reconocer que, á pesar de todas las tradiciones sobre las inmigraciones primitivas de Cécrope y de Dando, á pesar de los poemas homéricos de la guerra de Troya y de las genealogías de las antiguas dinastías de Grecia, no sabemos nada de la historia griega antes de las olimpiadas, y que, aún respecto de los acontecimientos de las primeras olimpiadas, se reducen á muy poca cosa nuestros conocimientos. Pero el verdadero historiador no se deja seducir en esto por ningún género de ilusiones, y no quiere oír hablar ni aun de las más ingeniosas reconstrucciones históricas.
Lo que decimos de la historia griega puede aplicarse, con mayor fuerza y razón, á la historia antigua de los aborígenes de América; y las personas que estudien las antigüedades americanas obrarán con tanto más acierto cuanto menos tiempo inviertan en reconocer esta verdad. Hasta las tradiciones sobre las emigraciones de los chichimecas, de los colhuas y de los nahuas, que forman el principal tema de todas las historias antiguas de América no tienen fundamento más sólido que las tradiciones griegas concernientes à los Pelasgos, á los Eolios y á los Jonios. Querer construir con tales elementos una historia seguida que, tarde ó temprano, no destruyera cualquier émulo de Niebuhr, de Grote ó de Lewis, sería perder tiempo.
Pero si no hallamos materiales para la historia en las leyendas de los antiguos habitantes de Guatemala, nos permiten, al menos, estudiar el carácter de estos hombres, analizar su religión y su mitología, comparar sus principios de moral, sus ideas sobre la virtud, sobre la belleza, sobre el heroísmo, con los principios y las ideas de otras razas humanas. Hé aquí el atractivo real y durable de una obra como la que el abad Brasseur de Bourbourg hubo de darnos á conocer, mediante una fiel traducción de la misma. Desgraciadamente no está este atractivo libre de todo peligro. Es, en rigor, posible que los autores de tal manuscrito y de los demás textos americanos hayan sufrido, de un modo más ó menos consciente, la influencia de las ideas europeas y cristianas. En ese caso, no tendremos la certeza de que las historias referidas por ellos nos presenten una imagen fiel del genio primitivo de las razas americanas. El manuscrito quiché ofrece con el Antiguo Testamento ciertas conformidades que no dejan de ser extraordinarias. Sin embargo, aún admitiendo una influencia cristiana, quedan todavía en estas tradiciones muchas cosas que difieren de tal modo de todo lo que vemos en las demás literaturas nacionales, que no corremos riesgo de engañarnos considerándolas como verdadero producto intelectual peculiar de América. Para terminar, citaremos en apoyo de nuestras observaciones, algunos extractos del libro que las ha sugerido; pero no debemos despedirnos de Brasseur de Bourbourg sin manifestarle nuestro reconocimiento por su excelente obra. Esperamos que podrá realizar además su proyecto de publicar una "Colección de documentos en las lenguas indígenas, para que puedan servir para el estudio de la historia y de la filosofia de la América antigua." La obra que hace poco ha publicado, forma el primer tomo de esta colección.
Comienza el manuscrito del Popol-vuh con un relato del origen de las cosas. Cuando se lee por vez primera la traducción literal de Brasseur de Bourbourg, plagada de nombres extraños de los dioses y demás seres que en ella desempeñan algún papel, no deja en el espíritu una impresión bien determinada. Mas cuando se vuelve á leer muchas veces, aparecen ciertas ideas salientes que atestiguan en esta historia un fondo primitivo de nobles concepciones cubiertas y ocultas más tarde por mil fantasmas extravagantes y absurdos. Dejemos á un lado los nombres propios, que no hacen más que perturbar la memoria y que en vano se intentará explicarlos de una manera racional, pues se necesitan largas investigaciones antes de poder decidir si estos nombres, aplicados con tanta profusión á la divinidad, designaban otras tantas personalidades distintas ó únicamente las manifestaciones diversas de un solo y mismo poder. En todo caso, no pueden tener para nosotros ninguna importancia, hasta que nuevos estudios nos permitan enlazar ideas más claras á nombres tan poco armónicos como Tzakal, Bitol, Alom, Kaholom, Itum-Ahpu Vuch, Gucumatz, Óuaz-Cho, etc. Algunos nombres de estos están seguramente bien elegidos, sino se ha engañado Brasseur de Bourbourg al traducirlos por "Creador, Formador, El que engendra, El que da sér, el Dominador, el Señor del Planisferio que verdea, el Señor de la superficie azulada, el alma del cielo." ¿Pero qué decir de nombres tan absurdos como "La serpiente cubierta de plumas," "el tirador de cerbatana á la Vulpeja," y otros del mismo género?
Cualquiera que sea el sentido de estos nombres ininteligibles, el hecho es que los quichés creían que hubo un tiempo en que fué creado cuanto existe en el cielo y en la tierra. "Todo estaba en suspenso, dice el Popol-vuh; todo estaba tranquilo y silencioso, y vacía la inmensidad de los cielos. No existía un solo hombre, un animal, un ave, ni un pez; sólo existía el cielo. Aún no había aparecido la superficie de la tierra; sólo existía la mar tranquila, y todo el espacio de los cielos. Sólo estaban sobre el agua los seres divinos como una luz grandiosa. Hablaron éstos, se consultaron y meditaron; y en el momento de aparecer la aurora, apareció también el hombre. Entonces mandaron aquéllos que se retirasen las aguas y que se enjugase y afirmase la tierra, á fin de que pudiera sembrarse, y lucir el día en el cielo y en el mundo.
"Porque, decían ellos (Popol-vuh, p. II.) nosotros no recibiremos honor ni gloria de todo lo que hemos creado y formado, hasta que exista la criatura humana, la criatura dotada de razón. "Tierra," dijeron; y al instante se formó ésta. Su formación, en su estado material, se verificó como una especie de niebla, cuando aparecieron sobre el agua las montañas, elevándose en un instante extraordinariamente. Así se verificó la creación de la tierra, cuando fué formada por aquellos que son el alma del cielo y del mundo; porque así se llaman los primeros que lo fecundaron, estando suspendidos todavía el cielo y la tierra en medio de las aguas."
Vemos después la creación de las bestias bravías, y el disgusto de los dioses, cuando ordenan á los animales decir sus nombres y honrar á aquellos que los han creado. Entonces dijeron los dioses á los animales:
"He aquí que vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible hablar. Volvemos, pues, á recoger nuestra palabra. Tendréis alimento y guaridas; pero será en las quebradas y en los bosques, porque nuestra gloria no es perfecta y vosotros no nos invocáis. Aún hay seres que podrán saludarnos; nosotros los haremos capaces de obedecer. Ahora, cumplid con vuestro deber. En cuanto á vuestra carne, será triturada por los dientes."
Sigue después la creación del hombre. Su carne fué hecha de arcilla. Pero "el hombre no tenía cohesión, consistencia, movimiento, fuerza; era inerte y acuoso. No movía la cabeza; su vista se hallaba velada; había recibido el dón de la palabra, pero no tenía inteligencia, y en un principio permaneció en el agua, sin poder tenerse de pié." (Popu-lvuh, p. 19.)
Conferenciaron por segunda vez los dioses, á fin de crear seres que pudiesen adorarlos; y después de ciertas ceremonias mágicas, formaron hombres de madera, los cuales se multiplicaron. Pero no tenían sentimiento, inteligencia, ni idea de su Creador. Arrastraban una vida degradada é inútil, y eran como irracionales. No pensaban en elevar sus cabezas hacia su Formador, y fueron sumergidos en las aguas.
"Viene después una tercera creación, siendo entonces formado el hombre, de un árbol llamado Tcité, y la mujer de la medula de un pequeño junco llamado Zibac. Tampoco éstos pensaron, ni hallaron á aquellos que los habían formado, y perecieron arrebatados por las aguas. Toda la naturaleza, los animales, los árboles y las piedras se sublevaron contra los hombres, para vengarse del mal que les habían causado; y todo lo que resta de esta antigua raza primitiva, se ve hoy en los monos que habitan en los bosques.
Llegamos después á una historia de un carácter muy diverso, y que interrumpe completamente el relato. No se refiere en manera alguna á la creación, por más que termina por la metamórfosis de dos de sus héroes, en Sol y en Luna. Es esta una historia que se parece mucho á las fábulas de los brahmanes ó á los cuentos alemanes. Algunos de los principales actores de este pequeño drama son evidentemente séres divinos, que han descendido al nivel de la naturaleza humana; y las hazañas que llevan á cabo, y los papeles que desempeñan son tan extraños é increíbles, que parece se está leyendo uno de los cuentos de Las mil y una noches. En las luchas de dos héroes favorecidos contra los crueles príncipes de Xibalba, es posible que haya reminiscencias de acontecimientos históricos; pero sería inútil pretender separar la parte histórica de las fábulas que la envuelven. El principal intéres del cuento americano, consiste en los puntos de semejanza que en él se notan con los cuentos del antiguo mundo. Nos contentaremos con citar aquí dos de ellos: la introducción de animales dotados de palabra y de razón y la frecuente resurrección de los príncipes héroes, que, después de haberlos quemado y arrojado sus cenizas á la mar, renacen bajo la forma de peces; metamorfoseándose inmediatamente en hombres.
Sabemos que, en los cuentos alemanes, se explican ciertas particularidades de la conformación y de las costumbres de los animales, como resultado de acontecimiento de tiempos pasados; cuéntase, por ejemplo, que el oso tiene la cola tan corta desde el día en que le ocurrió aquella mala aventura, cuando fué á pescar sobre el hielo. Así mismo leemos en los cuentos americanos que "Hun Ahpu y Xbalanqué, habiéndo cogido al ratón, le apretaron mucho la cabeza, queriendo ahogarle, y le quemaron la cola; época desde la cual comenzó á tenerla pelada[56]. En otro lugar, un sapo, portador de un mensaje, fué engullido por el Zakuicaz. "Desde entonces se alimentan de sapos las serpientes"[57]. Esta historia, muy digna de llamar la atención de aquellos que estudian la manera cómo se forman y vulgarizan los cuentos populares, prosigue hasta el fin del libro segundo. Hasta en el tercero surge de nuevo la cuestión de cómo fué creado el hombre.
Ya hemos visto que se habían hecho tres ensayos y todos habían fracasado. Leemos después que, antes de la aurora y de haber salido el sol y la luna, había sido creado el hombre; el alimento que debía formar su sangre era el maíz blanco y el amarillo. Cítanse los nombres de cuatro individuos que fueron los verdaderos antepasados de la raza humana, ó mejor dicho de la raza quiché. No nacieron de mujer, ni fueron tampoco engendrados por los dioses. Su creación fué un prodigio. Estaban dotados de la razón y de la palabra; su mirada abrazaba todas las cosas; conocieron todo el mundo y daban gracias á su creador. Los dioses tuvieron entonces miedo, y pusieron una especie de nube en los ojos de los hombres, á fin de que no pudiesen ver nada más que á cierta distancia, y que el hombre no fuese semejante á los dioses mismos. Mientras que dormían los cuatro hombres antes citados, les dieron los dioses mujeres hermosas, que fueron después las madres de todas las tribus, grandes y pequeñas. Pero aún no adoraban á los dioses; y elevaban sus ojos al cielo, no sabiendo á lo que habían venido á este mundo. Su figura era dulce, dulce también su lenguaje y grande su inteligencia.
Llegamos ahora á un pasaje muy interesante, en el que se intenta explicar la causa de la confusión de las lenguas. Ninguna nación, excepto el pueblo judío, se ha preocupado mucho por saber la razón de que haya muchas lenguas en vez de una sola. En su Ensayo sobre el origen del lenguaje, hace Grimm las siguientes observaciones:
"Parece sorprendente que ni los antiguos griegos, ni los antiguos indios, hayan pensado en proponer ni menos intentado resolver, la cuestión sobre el origen y la multiplicidad de las lenguas humanas. La Sagrada Escritura ha querido explicar uno de estos dos enigmas, el de la multiplicidad de las lenguas, por la tradición de la Torre de Babel. No conozco más que una pobre leyenda de Sthonia, que se puede colocar al lado de esta explicación bíblica. El viejo dios, dicen los sthonios, resolvió, luego que los hombres hallaron muy estrecha su morada, dispersarlos por toda la tierra y dar á cada nación su propia lengua. En consecuencia, colocó sobre el fuego un caldero de agua, ordenando á las diversas razas que se fuesen aproximando á él, una por una, y eligiesen los sonidos que les agradaran entre los que producía el agua encerrada y comprimida.
Hubiera podido Grimm agregar á la referida, otra leyenda muy popular entre los thlinkithianos, y que tiene evidentemente por objeto explicar porqué existen lenguas diferentes. Los thlinkithianos son una de las cuatro razas principales de la América rusa. Los rusos los llaman kaljush, koljulh ó kolosh. Ocupan la costa desde el 60° hasta el 45° de latitud N. Se extienden por consiguiente, hasta el otro lado de la frontera rusa, casi hasta la desembocadura del Oregón, y se han establecido igualmente en muchas islas vecinas. Cree Wniaminow que su número en las posesiones rusas é inglesas, es de 20 á 25.000 almas. Esta es una raza que tiende evidentemente á desaparecer, y sus leyendas, que parece son numerosas y llenas de ideas originales, merecían ser estudiadas muy atentamente por los etnógrafos americanos. Creía Wragel que existe cierto parentesco entre ellos y los aztecas de México. Los thlinkithianos profesan la creencia de que ha habido una inundación ó diluvio universal, y que los hombres se salvaron en una inmensa nave que flotó sobre las aguas. Cuando éstas se retiraron, chocó la nave contra una roca, y por su propio peso se dividió en dos partes. En la una se hallaban thlinkihtianos con su lenguaje, en la otra el resto de las razas humanas. Tal fué el principio de la diversidad de las lenguas[58].
Ni la leyenda sthonia, ni la de los thlinkithianos ofrecen, sin embargo, una conformidad notable con el relato mosaico. Debe, pues, observarse con particular atención las analogías y las diferencias que existen entre el capítulo noveno del Génesis y el capítulo siguiente del manuscrito quiché, traducido por Brasseur de Bourbourg[59].
Todos tenían una sola lengua: no invocaban todavía la madera ni la piedra; y sólo se acordaban de la palabra del Creador y del Formador, del alma, del cielo y de la tierra.
Hablaban, meditando sobre lo que ocultaba la salida del sol: y llenos de la palabra sagrada, de amor, de obediencia y de temor, hacían su súplica; después, levantando sus ojos al cielo, pedían hijos é hijas.
"¡Salve, oh creador, ó formador! ¡Tú que nos ves y nos oyes, no nos abandones ni nos desampares! ¡Oh Dios, que estás en el cielo y en la tierra, oh alma del cielo, oh alma de la tierra, dadnos descendencia y posteridad mientras caminan el sol y la aurora; y que se extienda nuestra semilla lo mismo que la luz. Dadnos siempre para marchar, caminos abiertos y senderos sin emboscadas; que estemos siempre tranquilos y en paz con los nuestros; que pasemos una vida feliz; dadnos una existencia que se halle al abrigo de todo pecado, oh huracán, oh relámpago, oh rayo que hiere......haz que fructifique la sementera y que se haga la luz!......
....Y llegaron todos á Tulán; y no se podía contar el número de gentes que llegaban, y que entraban caminando en buen orden.
........Ahora bien, allí fué donde se alteró la lengua de las tribus; allí tuvo lugar la diversidad de sus lenguas; no se entendieron claramente entre sí, cuando llegaron á Tulán. Allí fué donde se dividieron; algunos se dirigieron hacia el Oriente y muchos hacia aquí.
........El lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab; de Mahücutah y de Ikí-Balam (los cuatro antepasados del género humano), era ya diferente: nosotros hemos abandonado, pues, nuestra lengua, ¿cómo lo hemos hecho? ¡estamos arruinados! ¿De dónde procede que hayamos sido inducidos á error? Nosotros no teníamos más que una sola lengua, cuando vinimos de Tulán; uno solo era nuestro modo de sostener (el altar), una nuestra educación.
No hemos hecho evidentemente bien, repitieron todas las tribus, en los bosques y bajo los bejucos."
El resto de esta obra que consta de cuatro libros, está consagrado á las emigraciones de las tribus que partieron de Oriente y á sus diversos establecimientos. Los cuatro antepasados de la raza quiché parece que tuvieron una vida muy larga; y cuando al fin llegaron á morir, desaparecieron de una manera misteriosa, dejando á sus hijos lo que llaman la Majestad envuelta, que no debía desplegarse jamás por mano de hombre. ¿Qué era esta Majestad? no lo sabemos.
Los capítulos siguientes contienen muchas cosas interesantes; pero no pueden buscarse en él los materiales para la historia, por más que el autor considere todo lo que cuenta sobre esta sucesión de reyes como tradiciones perfectamente auténticas. Mas cuando despues el relato de las emigraciones, de las guerras y de las insurrecciones diversas, llega al fin á referir la llegada de los españoles, hallamos que sólo hay catorce generaciones entre los cuatro primeros antepasados de la raza humana ó de la raza quiché y la última de las dinastías reales; y el autor, quienquiera que sea, termina su obra con esta confesión:
"He aquí lo que resta de la existencia del Quiché; porque no hay medio de ver este libro, en donde otras veces lo leían los reyes todo, porque ha desaparecido. Esto mismo se ha hecho con todos los del Quiché, que se llama Santa Cruz."
Aunque los indios de Centro América se habían formado una idea elevada é incorpórea de la divinidad, no por eso dejaban de ser fanáticos y supersticiosos. Tenían como los antiguos romanos, sus dioses lares y penates; cada familia adoraba, además de las divinidades comunes ó generales, á ciertos seres que los libraban del mal y de las acechanzas de genios maléficos. Los cojos, tuertos, mancos y gibosos, los del rostro quemado ó deforme, eran adivinos ó brujos (y aún hoy los hay en algunos pueblos). Esos tales empleaban arañas, que hacían correr en mantas, después de quitarles una pata, ó bien un sapo vivo ó una culebra en una olla grande, á la cual habían antes amansado para que les lamiese el cuerpo. Otros usaban pelo de muerto, dientes de difunto, figurillas especiales de piedra y yerbas á las que atribuían virtudes singulares. Los brujos hacían maleficios, por medio de venenos, atribuyéndolos á oraciones ó encantamientos. En todo encontraban la intervención de un sér sobrenatural, de un genio casi siempre maléfico ó dañino. Los graznidos de la lechuza[60], el revolotear de la mariposa negra, el aullido lúgubre del coyote, y otras muchas cosas inocentes, dábanles espanto como augurios de grandes calamidades. En las tribus de indios guatemaltecos, todavía duran esas preocupaciones y creencias, á las cuales son tan aferrados los aborígenes.
El indio jamás se creía solo, sino acompañado por los objetos que le rodeaban. En toda la naturaleza había seres ocultos, mudos, severos y terribles, dispuestos á castigar aun al que involuntariamente cometiera el menor desacato contra ellos. Imaginaban que en la otra vida futura, era la existencia análoga á la que aqui se lleva; y por eso tenían cuidado de que el muerto tuviese bastimento de maíz, totopoxte, chile y otros comestibles, junto con piedras de moler y demás utensilios que ponían en las sepulturas. Levantaban sobre éstas, cerritos de tierra, cuando eran de magnates, y á los régulos les erigían monumentos de piedra ó los inhumaban en las hendeduras de las rocas.
Cuando el huracán se desataba, formando remolinos de polvo, arrancando los troncos viejos de los árboles, despojando á la ceiba de su follaje y al rancho de su techo pajizo, iban medrosos el quiché y el cakchiquel á las cuevas de sus mayores á implorar perdón. Si la tempestad se desencadenaba, luciendo el relámpago y tronando el rayo, corría el indio á aplacar á Gucumatz con ofrendas y conjuros. Si la peste asolaba la comarca, ó la sequía esterilizaba el campo, ó temblaba la tierra, los crédulos aborígenes sacrificaban doncellas, niños, venados ó conejos, á los dioses ofendidos, que al fin se apaciguaban con la sangre fresca de las víctimas, al pensar de aquellos idólatras pobladores de este suelo americano.
Es el miedo la base de su religión: oiga un indio ruido insólito por entre la selva, derribe un terremoto su mísera choza, rómpase su estrecho cayuco en un raudal, y deduce que su mala suerte es efecto del espíritu maligno, á quien sólo con ofrendas es dable tener tranquilo. Cuando el aborígen se encontraba sorprendido por un tigre, hacía inmediatamente confesión de sus pecados en alta voz, creyendo que así lo perdonaría. Acostumbraban también sacrificios al salir y al volver las aguas, y en la época de las siembras, quemaban copal y hule ante los ídolos, á los cuales ofrecían algunos granos de los que iban á sembrar y además la sangre que los sacerdotes se extraían de varias partes del cuerpo. Entre los templos de los célebres quichés, se encuentran el de Tohil, en Gumarcaah, el de Cabah y el de Mictlán, á los cuales no entraban las mujeres.
Los indios choles y manches de la Vera Paz, impresionados por los contornos grandiosos y salvajes de la espléndida naturaleza que los rodeaba, veneraban los montes y los cerros, y en uno llamado Escurruchán, que se halla en donde varios ríos se juntan, conservaban un fuego sagrado, que con leña alimentaba todo pasajero, y al cual ofrecían sacrificios. En otro sitio hallaron los misioneros un altar de piedra, rodeado de una cerca, ante el cual quemaban resinas olorosas, y ofrecían aves y sangre de sus propios cuerpos. Aquellos que más sangre se sacaban de las partes pudendas eran los más piadosos.
En resolución, se puede decir que los antiguos indios de Guatemala dividían sus dioses en tres clases: unos eran comunes, invocados por todos y en todas las necesidades. Tales eran los que presidían á los campos, á las siembras, á la guerra, al matrimonio etc. Otros (que corresponden á los semidioses de los pueblos antiguos) eran les hombres célebres, elevados por esta ó aquella nación al rango y categoría de divinos. Tal era entre los mejicanos Quetzalcoatl. Otros finalmente, eran los dioses de primer orden, jefes supremos de las deidades inferiores, como en la generalidad de los pueblos americanos el Sol y la Luna. Entre los dioses de la segunda clase se conserva, por famosa y extraordinaria, la tradición de Ixbalaquén, venerado por los habitantes de Utatlán y Guatemala. De este dios cuenta la fábula que bajó á combatir al infierno, peleó con sus príncipes, los demonios, prendiólos con su rey, y así cargado de trofeos dió la vuelta al mundo victorioso. Pero llegando cerca de la tierra, el rey del infierno le pidió que no le sacase de aquel sitio. Ixbalaquén, accediendo á la suplica, dióle un empellón, le volvió á su propio reino y le dijo: sea tuyo todo lo malo, inmundo y feo. En seguida llegó el vencedor al país de Verapaz ó Guatemala; pero como sus habitantes no quisiesen tributarle los honores merecidos, el dios se marchó á otra provincia, donde fué recibido con la veneración correspondiente. De este vencedor del infierno dicen que tuvo origen el sacrificio de víctimas humanas.
Cada una de las tribus de Guatemala tenía una casta distinta y separada de sacerdotes, quienes, por medio de sus oráculos, ejercían gran influencia en las cosas públicas, y algunos, como los quichés, eran espiritualmente gobernados por pontífices independientes. Los altos sacerdotes de Tohil y Gucumatz, Ahan Ah Tohil y Ahan Ah Guenmatz, pertenecieron á la real casa de Cawek, y tenían el cuarto y quinto rango respectivamente entre los grandes del imperio; Ahan-Avilix el supremo sacerdote de Avilix, era miembro de la familia Nihaib; Ahan Gagavitz vino de la casa de Ahan Quiché; y los dos sumos pontífices del templo de Kahba, en Utatlán, eran de la casa de Zakik, y cada uno tenía asignada una provincia para su sostenimiento[61]. Los sacerdotes de Tohil debían ser muy castos y continentes, sin que jamás pudiesen comer carne. Cuando moría el alto sacerdote, se embalsamaba su cuerpo y se sepultaba en una cripta bajo el palacio. Tanto respeto y veneración se guardaba á los sacerdotes, que si alguien era osado de tocarlos, se juzgaba que caería muerto en el acto.[62].
Para poner fin al presente capítulo, es conveniente decir algo acerca de las relaciones que hacen los cronistas de los altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los primitivos indios de Guatemala. "En las provincias menos importantes no había ciertamente nada de notable en materia de edificios religiosos. Estos se reducían á pequeñas ermitas fabricadas en el campo, tan miserables poco más ó menos como el resto de las casas. Talvez en la habitación de cualquier magnate se destinaba algún apartamento más decente para servir de adoratorio, y aún allí se limitaba el culto á incensar y perfumar, en braseritos de barro, algunos ídolos de poco momento. Pero en las naciones organizadas con regular cultura, cual eran no sólo el gran imperio mejicano, sino también algunos de nuestros reinos guatemaltecos, es increíble el número y opulencia, al menos relativo, de los templos. He aquí la forma general de estos edificios, llamados en unos pueblos Cúes, y en otros Teutcallis, es á saber, Casas de Dios.
Escogíase primero el sitio más ameno y delicioso de toda la comarca; allí se hacía una gran plaza comunmente cuadrada, cercada toda de altísimas paredes con anchas puertas, que daban á tres ó cuatro caminos principales. Para mayor belleza de la fábrica se ponía grande esmero en la construcción de estos caminos, prolongándolos por una ó dos leguas tan nivelados y tan rectos, que era un placer contemplarlos desde los altos del templo. Dentro de aquel vasto cuadro se edificaba una torre, que en algunas ciudades, como Méjico y Texcuco, sabemos se elevaba á una altura prodigiosa. Solía construirse en figura de pirámide truncada, y tenía por la parte occidental una escalera perfectamente dispuesta para subir á la plazuela que coronaba el edificio, y era propiamente el templo sacrificatorio. Mídese la altura de aquellos edificios por el número de gradas; el de Méjico tenía 113 y el de Texcuco 119. En la plazuela ya citada, y que era tan espaciosa, cuando menos, como una buena sala, colocábanse á derecha é izquierda, á la parte de Oriente, dos altares ó uno solo si el templo no tenía tan vastas dimensiones. Según parece, los altares quedaban cubiertos por un terrado que hacía una especie de capilla. Sobre ellos colocaban sus ídolos y sacrificaban las víctimas.
Tenían estas gentes dos géneros de sacrificios, públicos y particulares. Aquéllos los celebraba el pueblo entero, eran grandes solemnidades político-religiosas; éstos eran costeados por cualquier particular, según su necesidad y devoción. Hablaré principalmente de los públicos, únicos que podrán interesar al curioso lector. Ofrecíanse ordinariamente en las fiestas periódicas de cada año, ó en casos extraordinarios, cuando alguna gran necesidad ó acontecimiento nacional lo requería. En todo caso, el sacrificio no se celebraba sin hacer previa consulta al Sacerdocio y al Estado, juntándose el reyezuelo y grandes de la provincia con los principales Teupas para decidir, en sesión plena, lo concerniente al día y hora, materia y forma del proyectado sacrificio. Hecho esto, ó por acuerdo de los notables, ó por embustes de los adivinos, supremos oráculos de la nación, empezaba desde luego la Vigilia. Parecerá increíble lo que paso á contar, pero nada hay en ello que no pueda explicarse por el supremo fanatismo que ejercía la ignorancia sobre los desventurados idólatras. Precedía á la solemne fiesta un ayuno rigurosísimo, ó mejor diremos, un ejercicio de bárbara penitencia, continuado por espacio de cuarenta, sesenta y aun más días, según la mayor ó menor importancia de la solemnidad. Durante esta larga y horrible cuarentena, no bastaba ofrecer diariamente sacrificios de animales, fruta, flores, incienso etc.; era preciso sacrificarse á sí mismos derramando copiosa sangre de todo su cuerpo, arrancándosela con afilados pedernales, de brazos, piernas, ojos y narices, y obligando á hacer lo mismo á sus hijuelos. Estos ejercicios se practicaban públicamente en el templo, donde era menester pasar orando los días y las noches. Los sacerdotes y los hombres casados se tiznaban todo el cuerpo, los que no lo eran, se ungían con una especie de almagre ó tierra colorada. Ningún hombre dormía en su casa por esta temporada, sino en unos portales ó ramadas llamadas Calpules, hechas para el caso en las inmediaciones del templo. Las mujeres solas con los niños debían permanecer encerradas en sus chozas, de donde á ratos salían para practicar sus ritos y andar sus estaciones. Quienes gozaban de más libertad estos días, eran los esclavos condenados al cuchillo. La costumbre exigía dar suelta á aquellos infelices al comenzar el tiempo de la penitencia, á efecto de lo que, sin quitarles una argolla que llevaban al cuello, les permitían vagar por el pueblo libremente, introducirse y aun comer en cualquiera casa, en cuenta la del príncipe, sólo con el apremio de no salir fuera de la población, ni perder de vista á cuatro guardias que los custodiaban. Por lo demás, un resto de humanidad hacía que fuesen bien tratados por entonces aquellos pobres hombres, cuyos descuartizados miembros no arrancarían después un ay de compasión á la supersticiosa muchedumbre. Pero llegaban por fin los siete últimos días de la preparación, y los infelices cautivos sepultados de nuevo en una cárcel vecina al templo mismo, veían extinguírseles eternamente la luz de libertad y de vida. Sin duda para suavizarles el horror de aquellos días de capilla, si acaso no era por efecto de instintos repugnantes, de los que hallamos sobrados indicios en estas mismas ceremonias, les daban de comer y de beber en abundancia hasta el exceso y la embriaguez. Cuando ya no faltaban sino tres días de abstinencia, el pueblo entero se esparcía por plazas y caminos; todo se barría y se regaba de flores, se cubría con menudas hojas de pino, se adornaba en fin con cuanto podía contribuir al lucimiento de la fiesta. Llegado el postrer día, y aseados ya los aposentos del Teucalli, y bien aderezados los braseros, lavábanse todos de sus unturas y tiznes, y se vestían las mantas nuevas, limpias y galanas. Adornaban á su modo los altares, figurando entre los adornos la mazorca ó espiga del maíz; juntaban sus instrumentos músicos, pitos y acabales, y en fin lo tenían todo á punto para la entrada de la noche. Entonces propiamente empezaba la solemnidad. Los hijos del rey y otros magnates salían del pueblo, en busca de sus dioses, mientras que los ministros sagrados y el rey mismo se disponían al gran recibimiento. Es de saber, que en muchas de estas partes acostumbraban tener guardados los principales ídolos en lugares muy recónditos, como en la espesura de los montes ó la profundidad de las cuevas; ya porque les pareciese ganaban en respeto sus divinidades con aquel misterioso apartamiento de la vista de los hombres, en lo que ciertamente no carecían de sentido común, ó ya porque los comprovinciales no se los hurtasen, envidiosos como eran de los pueblos que poseían ídolos mejores. Iban, pues, los jóvenes más notables á sacar á los dioses de aquellas honduras y cavernas, y traíanlos sobre sus hombros con gran procesión y ceremonia, haciendo posas de trecho en trecho, para ofrecerles incienso y pequeños sacrificios. En acercándose la comitiva, salía el Teuti á recibirlos con gran acompañamiento de Teupixquis y Teupas, y en el punto del encuentro se hacía por supuesto alguna ofrenda y se degollaba alguna víctima. Entonces continuaba la marcha silenciosamente hasta quedar los ídolos colocados en el templo. Una señal convenida anunciaba á todo el pueblo estar ya los dioses en posesión de sus altares. Al anuncio sucedían los clamores de júbilo, los gritos de alegría, el tañido atronante de tambores, los bailes, danzas, cantos, regocijos, en fin cuanto podía hacer sensible el tránsito de la penitencia á la disolución. En estas devotas ocupaciones les hallaba el alba del gran día de las expiaciones. En amaneciendo volvían á sus casas, no para suplir el sueño desperdiciado aquella noche, sino para aderezarse, lavarse y llevar las ofrendas y víctimas particulares, que recibían y ofrecían los ministros, mientras que los fieles hacían presentes al numen sus necesidades. Pasada así gran parte de la mañana, llegaba la hora del grande y solemne sacrificio. El pontífice supremo se revestía de sus ornamentos, que según nuestros cronistas, consistían en una capa cuya hechura no saben ellos mismos describir, una corona ó diadema de preciosa labor, conforme á la riqueza de los pueblos, con su gran penacho de plumas de quetzal, una especie de báculo, y en fin otros arreos que le hacían muy autorizado y vistoso. Tan ricas como el pontifical debían ser las andas sobre que colocaban al grande ídolo para llevarlo en procesión al rededor del templo, por aquel espacioso patio que describimos arriba. Terminada la procesión, durante la cual subía de punto el regocijo del público, con las multiplicadas danzas y músicas, paraban al ídolo en su altar, junto á la piedra fatal donde iban á ser inmoladas á los dioses las víctimas humanas. Antes de llegar el cruel momento, cantaban al són de sus tambores las hazañas de antepasados guerreros. Mientras duraba el canto, iba el rey en persona con los otros señores al lugar donde estaban los esclavos, y sacábanlos uno á uno, llevándolos de los cabellos hasta ponerlos en manos del sacerdote carnicero, que armado de navaja y furor los recibía. Mientras aquellos bárbaros arrancaban el corazón á las víctimas y lo ofrecían á sus ídolos de oro, los que rociaban y untaban con aquella sangre, haciendo ridículos visajes, propios de un culto de idólatras, el pueblo, en el colmo de su fanatismo, decía á grandes voces: "Señor, oye nuestras peticiones, recibe nuestras plegarias, ayúdanos contra nuestros enemigos, danos holganza y descanso." Y para que los dioses no olvidasen tan fácilmente aquellas súplicas, y se moviesen con más eficacia á despacharlas, dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas, sobre un altar erigido al efecto. Lo restante de los cuerpos era cocido y se comía en la mesa del rey y de los grandes, como vianda santificada y exquisita, teniéndose por mil veces dichoso el que podía conseguir un bocado. Entre tanto, el pueblo se entregaba profusamente á sus bailes, disolución y borrachera. Así quedaban bastante indemnizados del áspero rigor de la abstinencia, tanto más cuanto que aquellas pascuas se prolongaban por lo menos durante siete ú ocho días."
CAPITULO CUARTO
Sistema de gobierno é instituciones políticas que tenían los indios y particularmente los de Guatemala. Ceremonias de la coronación y orden de suceder en la monarquía
SUMARIO
Gobiernos de Méjico y el Perú.—El gobierno de los pueblos del istmo Centro-americano era monárquico absoluto.—Consejeros ú Oidores que había en lo político y en lo judicial.—En Honduras no había reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el pueblo.—Cómo se procedía á la elección de los reyes.—Presentes que se ofrecían al nuevo soberano.—Ceremonias de la elección.—La Coronación.—La fiesta Temohuá.—Arenga del gran Sacerdote.—La jura del monarca.—Cuatro días de ayuno que observaba el rey.—Toma de posesión del gobierno.—Los palaciegos.—Ceremonial de audiencias reales.—Cómo iba el rey en las calles.—Etiqueta de la mesa.—Despensas y botillerías.—Orden de sucesión de los señoríos de Guatemala.—Consejo Supremo del monarca del Quiché.—Tenientes del rey.—Leyes penales contra el soberano.—Opinión de Bancroft sobre el orden de sucesión en las monarquías de Guatemala.
Notables por muchos conceptos, y muy en especial por sus gobiernos, fueron las monarquías indianas de Méjico y del Perú. Las heroicas figuras de Atahualpa y Guautimoc, representan el selvático brillo de aquellos pueblos, que guardaban en sus tradiciones las reliquias de valerosas tribus, cuyas proezas homéricas tocan los lindes de la fábula y del mito. En las praderas del Cuzco y en las faldas del Popocatepetl han presenciado las edades hazañas dignas de los semidioses griegos. Los pueblos aztecas é incas tuvieron instituciones de monárquica forma, con sus nobles de sangre real, sus reyes absolutos y plebeyos pecheros.
"Después de los ritos y ceremonias religiosas de los antiguos pobladores de Centro-América, nada hay más interesante que lo relativo á su modo de administración y gobierno. En esta parte se poseen quizás noticias más circunstanciadas y seguras, en la advertencia de que las costumbres de nuestros pueblos guatemaltecos no se apartaban mucho de los usos de los pueblos mejicanos.
Su sistema de gobierno era sin duda el monárquico absoluto. "La monarquía, dice, un ingenuo cronista, es la más principal república y la que se conserva más seguramente y con menos revueltas del pueblo; y asi estos indios tuvieron la monarquía, etc." Mas, por absoluto que fuera el señorío del rey de Guatemala, se sabe que compartía liberalmente su autoridad con ciertos varones de opinión, especie de consejeros ú oidores, encargados así de lo judicial como de lo político. Ellos eran también los que recogían y guardaban las rentas del estado, siendo de su cargo el distribuirlas entre los gastos de la cosa pública y los de la casa real. Además de estos supremos consejeros, había en cada pueblo oidores y chancillerías, con atribuciones por supuesto limitadas, no pudiendo resolver nada en negocios arduos aquellos administradores locales. La conducta de estos magistrados no se escapaba á la inspección y vigilancia del gobierno, antes bien eran castigados cruelmente cuando se hallaban en falta respecto al desempeño de su oficio, á la vez que su buena diligencia les merecía los ascensos á la perpetuidad en el empleo. De esta suerte el magistrado supremo solía haber recorrido todos los grados de la jerarquía civil.
Aunque la forma general del gobierno entre las tribus americanas fuese, como se ha dicho, la monárquica, hallamos una singular anomalía en la provincia de Honduras, cual era el no tener reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el pueblo. Dicen que su administración se renovaba cada diez y seis meses.
Veráse ahora cómo se procedía á la elección de los reyes. Sobre el sepulcro mismo del monarca difunto se despachaba la convocatoria á los señores principales del reino, que se hallaban en el caso de asistir á la elección del nuevo rey. La obligación de concurrir á aquellas cámaras era severa y urgentísima. Los electores acudían con la prisa posible, y bien provistos de dones que ofrecer al futuro soberano. El primer trabajo de aquella grande Asamblea Nacional era fijar los derechos de los candidatos al trono. La ley de sucesión designaba ordinariamente á los hermanos, y á falta de éstos al hijo mayor: en otros pueblos la constitución era diversa. En general la elección recaía en el mejor guerrero[63], no habiendo dificultad legal para desechar al heredero inmediato, siempre que su ineptitud lo alejaba del Gobierno. Discutida y resuelta (con más prontitud de la que se usa en el día) la cuestión de candidatos, procedíase luego á la ceremonia de la coronación, cuyo ritual paso á describir brevemente.
Desnudaban al electo, y así desnudo lo llevaban desde el lugar de la elección hasta el templo principal, el Teucalli, que hase descrito en otra parte, todo en gravísimo silencio, sin música ni mayor aparato. Llegado al patio, y puesto delante de las gradas del templo, era subido de los brazos por dos caballeros principales, especie de regidores del pueblo, presidiendo lo mejor y más granado de toda la nación. En lo alto del templo, ó sacrificatorio, le aguardaba el sumo sacerdote, con los demás Teupixquis, revestidos de sus mejores ornamentos: allí estaban también preparadas las ricas vestiduras que había de ostentar la real persona en el acto de la coronación. Cada uno de los señores principales ó caciques tributarios, llevaba delante de sí las insignias y armas de sus títulos, en ciertas tablas que semejaban escudos; y una vez llegadas al adoratorio, todos desde el rey hasta el último caballero, hacían al ídolo cierta reverencia, que consistía en inclinarse hasta el suelo y besar la mano con que habían tocado la tierra. Entonces empezaba propiamente la coronación. La primera ceremonia que ejecutaba el pontífice era la unción del nuevo rey, que según la costumbre universal de los indígenas de América, no se limitaba á sólo las manos ó cabeza, sino que se extendía á todo el cuerpo, que embadurnaban con un negrísimo betún. Después de esto, el sacerdote con un hisopo hecho de ramas de cedro, sauce y caña, rociaba al monarca, bañándolo cuatro veces en cierta agua que tenían por bendita y pronunciando palabras misteriosas. Luego le vestían la púrpura, que era una manta pintada de calaveras y huesos de muerto, poniéndole además otras dos mantas en la cabeza, con las mismas pinturas y de distintos colores, la una negra y la otra azul. En seguida le colgaban al cuello unas largas cintas coloradas, de cuyos cabos pendían misteriosas insignias; y á las espaldas le colgaban también una calabacita ó tecomate lleno de ciertos polvos de virtud antienfermiza y antidiabólica. Con aquel rito pretendían libertar al nuevo príncipe, así de las enfermedades, como de los engaños del demonio y de las hechicerías de encantadores y brujas. Tenían por cierto aquellas gentes supersticiosas, que si el rey emfermaba en cierta fiesta llamada Temohuá, no sanaría jamás. En fin, le ponía el sumo sacerdote una redecilla ó bolsita en el brazo, á manera de manípulo, llena de incienso, para que fuera en el acto á incensar á los dioses. Hechas estas ceremonias, sentábase el gran sacerdote, y vuelto al rey le decía, entre otras cosas: "Ya ves como todos los altos hombres están aquí presentes con todos sus caballeros para honrarte.... Tú, como padre y madre de ellos, los has de defender y amparar y mantener en justicia, pues ellos tienen puestos los ojos en tí solo: tú los has de regir y gobernar, has de tener cuidado en las cosas de la guerra, y has de tener gran cuenta en que el Sol ande y la Tierra dé sus frutos."—Se ve claro que no carecían nuestros indios de habilidad para hacer un razonamiento digno de las circunstancias. El rey no podía contestar á la arenga sino con gestos de aprobación y de humildad. Entonces bajaba la corte al patio del Teucalli, donde se procedía á la jura del monarca, y en el acto de prestarle homenaje, los señores le ofrecían sus joyas y demás presentes. Pero no era aquel día el destinado á los regocijos de la coronación. El rey debía permanecer en el templo cuatro días más, entretenido en dar gracias á los dioses por la adquisición del reino, á efecto de lo que tenía que sujetarse á ridículas y penosas ceremonias. Encerrado en un aposento construído en el mismo atrio, debía guardar una inviolable clausura: á la oración debía juntar la penitencia y el ayuno, aunque se le permitía comer buenos manjares, pero no más de una vez al día. Bañábase á la mañana y á la noche, en una alberca construída allí con este único objeto, y el resto del día, lo pasaba en ofrecer á los ídolos incienso, sangre de las orejas, víctimas y ofrendas de real munificencia. Pasados aquellos cuatro días, venían al templo los magnates y el pueblo para conducir al monarca á su palacio con toda la pompa y alborozo digno de tan gran solemnidad. Instalado en su real sitio el nuevo soberano, tomaba desde ese mismo día las riendas del gobierno.
A tanta grandeza en el ceremonial de la coronación correspondía sin duda la majestad del tratamiento que se daban estos reyes. Lo más, de lo que hallamos descrito en las historias, pertenece ciertamente al gran dueño del imperio mejicano, cuyo poder excedía con mucho al de todos los demás señores de la América setentrional, y quizás también al de los mismos incas del Perú; pero no por eso deja de convenir, al menos en gran parte, á los otros señores indianos, puesto que hablando de los reyes de Tezcuaco y Tlacupán, tributarios de Moctezuma, nos asegura un cronista que se trataban con casi la magnificencia y majestad que el de Méjico; y sabemos por otra parte, que el rey de Guatemala no era tributario, antes bien tenía otros reyezuelos sujetos á sí, quienes recibían de él la confirmación de sus estados.
Hecha esta advertencia, volveré al asunto. En amaneciendo entraban en palacio multitud de señores principales é innumerables criados y lacayos, con el solo objeto de hacer la corte al soberano desde la mañana hasta la noche, aun sin poder disfrutar de su presencia en todo el día. La ocupación de estos tristes palaciegos era formar corrillos en los corredores de la casa real. De estos esclavos principales, Moctezuma tenía hasta seiscientos. Por lo que hace á los que hanse llamado palacios de los reyes indígenas, digan lo que quieran los historiadores, no es verosímil que pasasen de ser lo que eran las demás fábricas de estos pueblos, de vastas dimensiones, si se quiere, pero siempre algo desaliñadas. Sabido es que las famosas ruinas de que aún quedan vestigios por todo el territorio americano, datan de una fecha muy anterior á la época de la conquista. Sin embargo, no es difícil que aún en medio de aquella rudeza arquitectónica se hallasen en las grandes poblaciones algunos edificios de singular curiosidad y admirable trabajo, lo mismo que jardines, fuentes, casas de fieras &. cuales pudieron ser los que tanto llamaron la atención de los conquistadores. Era curiosísimo el ceremonial observado en las audiencias del rey. Ninguno entraba en la real cámara sino rigurosamente descalzo: la gala de uniforme eran las mantas más viles y groseras, porque en el concepto de estas gentes, la decencia consistía en el abatimiento, y así la mayor honra del rey era el presentarse más miserable en su presencia, sobre todo si era elevada la condición del caballero; práctica ridícula por cierto, como fundada en una mala aplicación de principios, y en el fondo altamente humillante. Por supuesto los ojos bajos, la cabeza inclinada y todo el cuerpo profundamente encorbado, completaban el cuadro de la más abyecta reverencia. Sólo seis personas tenían facultad para fijar la vista en el rostro del monarca. Cuando éste hablaba era tan bajo, que apenas parecía mover los labios, y aún tal favor no se dispensaba sino rarísimas veces, porque las más se valía de intérprete para sus respuestas, según dicen lo usaron también los Asirios.
El rey salía poco de palacio, y entonces se observaban los siguientes ritos. Precedía un oficial ó macero con tres varas en la mano, á manera de los antiguos lictores, anunciando de aquel modo la aproximación del monarca. Este era llevado de ordinario en unas andas magníficas, y el suelo que pisaba debía estar limpio hasta de piedras y pajas. Todos los que formaban el augusto séquito, así fuesen cerca ó lejos, debían llevar los ojos en el suelo, reverencia que con mayor razón debían prestar los asistentes que se encontrasen al paso, quienes además tenían que aguardar profundamente inclinados á que pasase la real procesión.
No era menos notable la etiqueta de la mesa. El comedor del rey era una sala alfombrada toda con esteras muy finas y de curiosas labores: la mesa era el propio pavimento, pero cubierto de blancos manteles de algodón, y el asiento real era un cojín ó almohadón de cuero de venado ú otra piel bien curtida, de extraordinario precio. Sentado á la comida el monarca, sentábanse con él, pero á una distancia conveniente, seis ancianos venerables, aquellos solos que tenían el privilegio de mirarle á la cara. Entraban entonces centenares de pajes, cada uno con su plato ó vasija de barro de primorosas hechuras, y en todas ellas venía un manjar. El maestresala tomaba en seguida aquella vianda, la presentaba al rey, luego á los seis viejos y después á cien magnates que comían en una pieza inmediata. Del mismo modo se servía la bebida. Los vasos eran aquellas calabazas que hasta hoy llamamos Xícaras y Cocos, que bien pulidas y montadas, podrían presentarse, sin recibir desaire, en la mesa de algún príncipe europeo.
Omitiendo por ahora muchos otros pormenores, que no carecerían de curiosidad, solamente notaré una singular magnificencia, que celebran los historiadores en las casas de estos reyes, y era que en las despensas y botillerías destinadas al servicio del monarca, siempre había puerta franca para cuantos quisiesen disfrutar de sus vinos y manjares. No hay duda que esto era exceder los límites de una grandeza ordinaria.
Por lo demás, si se desea saber el orden de sucesión de los señoríos de Guatemala, puede consultarse á Torquemada y Juarros. Este último historiador asevera haberse acostumbrado que el primogénito del rey fuese el inmediato sucesor á la corona; y al hijo segundo le daban el título de electo, porque debía suceder al hermano mayor: los hijos de éstos tenían el título de capitán mayor el hijo del primogénito, y de capitán menor el hijo del segundo: muerto el rey, empuñaba el cetro el inmediato sucesor, y el electo pasaba á inmediato; el capitán mayor ascendía al puesto de electo, el capitán menor á capitán mayor, y el pariente más cercano á capitán menor. De esta suerte, subiendo por grados al trono, se conseguía que los reyes siempre fuesen provectos en edad, y cargados de méritos y muy experimentados, así en lo político como en lo militar. Pero si alguno de estos cuatro señores se advertía ser inútil, quedaba en aquel primer puesto hasta su muerte, y entraba al grado superior el pariente más cercano.
El Consejo Supremo del Monarca del Quiché se componía de veinticuatro grandes, con quienes consultaba el rey para el acierto de los negocios políticos y militares. Estos consejeros gozaban de grandes honras y privilegios, y eran los que llevaban en hombros las andas del Emperador, cuando salía de su palacio; pero también se les castigaba severamente cuando cometían algún delito. Estaba á cargo de estos magnates la administración de justicia y la recaudación de la Real Hacienda.
Tenía este monarca, en los pueblos principales de su imperio, Tenientes que gozaban de grande honor, rentas y suprema autoridad; excepto los casos y negocios que eran contra los Ahaus,[64] que éstos se remitían al Supremo Consejo. Pero si tales Tenientes se deslizaban y cometían algún exceso, eran brevemente depuestos y severamente castigados; y por el contrario, si gobernaban con rectitud y prudencia, no dando motivo de queja á los súbditos, se les perpetuaba en los puestos y engrandecía con mayores honores, y sus hijos eran atendidos y muchas veces sucedían á los padres en los puestos.
Estos Tenientes del rey ó Corregidores de los partidos, tenían sus Consejos en las cabeceras. I á más de ello, cuando se ofrecían negocios de mucha gravedad, si el asunto era perteneciente al bien público, se llamaba á los Cabezas de Capul, para tomar sus pareceres: si se trataba de materias de guerra, se oía á los Capitanes más experimentados.
I es de advertir, que á estos oficios de Tenientes y Consejeros y aun al de porteros de los Consejos, no entraban sino los indios nobles, no dándose caso de que en oficio público alto ó bajo se pusiese persona que no fuese de la primera nobleza; y así se celaba con gran cuidado la conservación de los linajes, para que permaneciesen en su limpieza. Para lo cual estaba ordenado por la ley, que si algún cacique ó noble recibiera mujer que no fuese de la nobleza, quedara el tal cacique reducido á la categoría de mazegual ó plebeyo y tomase el apellido de la mujer, sujeto á los tequios y gravámenes de los plebeyos; y que sus bienes se secuestrasen para el rey, dejándole solamente los que necesitara para mantenerse en la esfera de mazegual.
También tenían sus leyes penales. El rey á quien se justificaba y probaba el delito de extremada crueldad y tiranía, era depuesto por los Ahaguaes, que celebraban con gran cautela junta, para este efecto, y colocaban en el trono al que le correspondía, según derecho; y el depuesto era castigado, confiscándole todos sus bienes, y algunos sientan que era decapitado. (Torquemada. 2. p. cap. 8o). La reina que, faltando á la fidelidad á su esposo, adulteraba, si el cómplice era persona principal, se les daba garrote á los dos; pero si era plebeyo, eran despeñados de partes muy altas.
Los Ahaguaes que embarazaban la recaudación de los tributos, ó que eran causa de alguna conspiración, eran condenados á muerte y todos los de su familia vendidos por esclavos."
Brasseur de Bourbourg está de acuerdo con los autores citados y da al rey, al electo, y á los dos capitanes los títulos de Ahan Ahpop, Ahan Ahpop Camba, Nim Chocoh Cahuck y Ahan Ah Tojil, respectivamente; pero cuando el último cargo quedaba vacante por muerte del rey, nos dice el Abate que "se le confería al mayor de los hijos del nuevo monarca,"—esto es, al mismo individuo que antes lo tuviera! El Padre Jiménez deja entender que la corona bajaba del hermano al hermano, y del hermano menor al sobrino que fuese hijo del hermano mayor. No encuentro, dice Bancroft[65], autoridades que arrojen luz sobre un asunto tan confuso; es evidente, no obstante, que si el último sistema mencionado, idéntico al que se usaba entre algunas de las naciones nahuaes, no es el cierto, nada más se conoce en tal materia. Parece que lo que se proponían era que no recayera la autoridad en manos inexpertas y jóvenes, para poder contar, como prendas de acierto, con la experiencia y madurez del juicio, que la práctica de los negocios y los años dan á los gobernantes.
CAPITULO QUINTO
Leyes civiles y penales de los indios, antes de la Conquista, y en especial las de los pobladores del istmo Centro-Americano
SUMARIO
La propiedad entre los indios.—La familia indígena de América.—La poligamía.—El matrimonio.—Solemnidades y ceremonias con que se celebraba.—Manera de vivir de los macehuales.—Jueces y Tribunales.—Castigos que comunmente empleaban los indios.—Penas contra los tiranos.—Manera de castigar los delitos de lesa-majestad, el robo, el hurto, el estupro, el adulterio, el incendio, la impiedad, y otros delitos.—Penas contra el cimarrón.—Las leyes penales en los reinos quiché, cakchiquel, y sutojil.—Manera de computar los grados de parentesco.—Varias penas que aplicaban á diversos delitos.—Informe que el Oidor de Guatemala, Licdo. Dn. Diego García, dirigió al rey de España sobre esos puntos.
Las naciones indígenas centro-americanas no eran pueblos nómades, conocían el derecho de propiedad, y cada familia se hallaba establecida en una porción de terreno que usufructuaba, porque el monarca era el señor de las tierras. Las tribus ó parcialidades respetaban los límites dentro de los cuales estaban los terrenos y aguas de que era dado disfrutar al vecino. Pueblos sedentarios, no podían dejar de ser esencialmente agricultores.
Reconocida la propiedad, ese derecho real del que los otros dimanan, claro está que debía haber, como en realidad existían, leyes que reglamentaran la adquisición del dominio, sus desmembraciones, transmisiones y demás accidentes que lo constituyen.
La familia indígena no estaba ligada por vínculos de afectos tan suaves y tiernos como los que forman los lazos de la familia moderna[66]. La mujer americana, á estilo asiático, era más bien un instrumento de placer, un medio de procrear hijos, una esclava del aborigen, á quien se acercaba medrosa, después de las borracheras, ó cuando aquél estaba poseído de cólera. El indio tenía tantas mujeres cuantas podía comprar y mantener.
Creíase que la poligamía ensanchaba el número de los parientes; pero castigaban al que yacía con mujer ajena ó con esclava de otro. También el estupro era reconocido y penado como delito.
A pesar de que la mujer no había alcanzado, en este suelo, ni con mucho, el estado á que la elevó el cristianismo en Europa; había algunas que, por el rango á que pertenecían, sólo se casaban con los nobles, quienes las tenían en particular estimación y las rodeaban de consideraciones, dándole aparato religioso á sus bodas. Entre los indios de Guatemala acostumbrábase también, cuando la novia era doncella de calidad, que fuesen á pedirla los amigos de la familia del pretendiente, llevando regalos á la de la mujer, que si eran aceptados significaban el consentimiento de todos. Después de tres instancias, en días diversos y con dávidas repetidas, se consideraban ya los unos y los otros como parientes afines.
El Padre Las Casas describe con colorido y detalles curiosos, como llevaban en andas á la joven que iba á desposarse, después de los obsequios con que se la consideraba comprada. En alegre comitiva se dirigían todos los parientes, amigos y vasallos de la familia de la novia á buscar á los del pretendiente, que á su vez salía al encuentro de su futura esposa, con flores, músicas y acompañamiento de personas, quemando incienso y otras resinas, y cantando mitotes alusivos al acto. Este se autorizaba por el jefe de la tribu, atando los vestidos de los contrayentes, en señal de quedar unidos. Comían tepexcuintes, que llamaban también xulos, chumpipes, chachas y otros animales. Después de la fiesta, y ya solos los novios, prendían una astilla de ocote (madera resinosa del pino) y la veían atenta y religiosamente hasta que se extinguía. Entonces consumaban el matrimonio. Las llamas simbolizaban el fuego de la concupiscencia, que si no se modera acaba por consumir la vida.
En el reino quiché se toleraba la poligamía; pero una sola mujer se tenía por legítima, cuyos hijos eran también los únicos que heredaban al padre. Al que moría sin herederos se le sepultaba con sus riquezas, para que fuese él á disfrutarlas en la vida futura. Tal era la idea que tenían de la existencia después del sepulcro, que creían que en ella se gozaba, con la propiedad de las cosas, como acaece en este mundo. Los hijos del mismo hombre con diversas concubinas, no se reputaban hermanos.
Los macechuales ó plebeyos, vivían con sus mujeres en pobres ranchos de cañas y paja, al lado del fogón, junto á la piedra de moler el maíz y el comal para cocer las tortillas. Allí dormían, sin más cobija que el mismo vestido que llevaban puesto, ó algún miserable abrigo para el frío. Las camas eran tapexcos, ó entarimados de cañas ó troncos de árboles. Aún viven nuestros indios en esas chozas miserables hechas con cañas y techadas con paja. Lo que ya no hacen es procurarse el fuego como antes de la conquista se lo procuraban. Ponía el indio entre sus piés, é inmóvil en el suelo, un pedazo de madera seca. Luego daba con sus manos un rápido movimiento giratorio á una vara de palo, cuya punta frotándose fuertemente sobre aquella madera, hacía brotar el fuego en pocos minutos. Algunas yerbas secas servían entonces para propagarle.[67]
Volviendo al punto de las leyes con que se regían los indios de los señoríos de Guatemala, será oportuno decir que á los jueces, encargados de aplicarlas, se les escogía entre los nobles ó principales, quienes también se encargaban de recaudar los tributos, con mucha fidelidad y diligencia, temerosos sin duda de incurrir en las graves penas que á los infidentes aplicaban.
Los grandes crímenes ú otros asuntos importantes que afectaran los intereses del rey, del Estado ó de las altas clases nobiliarias se sometían al conocimiento del consejo real, presidido por el monarca. Los subtenientes del rey ó señores de sangre real que gobernaban las provincias, juzgaban los casos más importantes relativos á su territorio, mientras que las cuestiones locales de menor cuantía se decidían por jueces inferiores de aldeas ó cortijos. Pero aun en el caso de estos negocios de pequeña importancia, se oía el parecer de un consejo de personas designadas al efecto, que eran una especie de abogados. Según enseña Cogolludo, tanto éstos como los jueces podían recibir presentes, con motivo del pleito. En Guatemala, al decir de Las Casas, el juez recibía la mitad del valor de la propiedad de la parte condenada; esto se entendería probablemente sólo en los crímenes muy graves, á cuyos autores se impusiera confiscación de bienes.[68]
Los castigos más comunes eran los azotes, la muerte, la esclavitud y las penas pecuniarias. Dice Villagutierre que la pena del último suplicio se aplicaba por medio de la horca, del garrote, del fuego ó del despeñadero. En las crónicas y documentos antiguos han quedado restos de la legislación de los indios, con anterioridad á la conquista, por los cuales se pueden notar que, si bien imponian esas severas y atroces penas, cuidaban con afán de no dejar impunes los delitos.
Cuando el rey se mostraba cruel y tirano con sus súbditos, dice el cronista Fuentes, que se reunían con gran cautela los ahguaes del reino, que eran los grandes de la monarquía, y le deponían, eligiendo al inmediato en la sucesión hereditaria y confiscábanle todos sus bienes; pero si el que levantaba la conspiración contra el príncipe no justificaba sus tiranías, se le condenaba á muerte con tormento, se le secuestraba cuanto tuviera y se tomaban por esclavos su mujer, sus hijos y parientes inmediatos, que se vendían á trueque de plumas, cacao y mantas, en caybal, que era una especie de almoneda.
Los ahaguaes que impedían la recaudación de los tributos del rey, eran condenados á muerte, y quedaban esclavos todos los de su familia.
Si la esposa del rey ó alguna de sus mujeres era infiel, se les condenaba á ellas y á los cómplices á la pena de horca, si eran de los principales; pero siendo plebeyos, los despeñaban de alguna roca.
El que cometía delito de lesa majestad, ó descubría los secretos de la guerra, ó se pasaba á la parte de los enemigos, sufría la pena del último suplicio, confiscación de bienes y esclavitud para la familia; pero podían los parientes ser rescatados á precio de grano y mantas.
El ladrón era condenado á restituir la cosa robada y pagar otro tanto de su valor, en plumas ó cacao á la cámara del rey, en lo cual algo se asemeja esta pena á la establecida por la legislación romana. En caso de reincidencia, se duplicaba la pena, y por la tercera vez, incurría en la muerte por despeñamiento, á no ser que fuera de rico calpul (linaje), que entonces se le permitía redimirse, pagando todos los hurtos y otro tanto al rey.
En el delito de estupro se imponía al culpable la pena de muerte; pero si sólo había habído conatos, se entregaba al culpable por esclavo de la ofendida.
Cuando un hombre iba á casarse, era ley que sirviese á los padres de la novia durante algún tiempo y que les hiciese alguna donación, que devolvían ellos si no se efectuaba el enlace, y entonces los mismos padres debían servir al novio por igual número de días que él les había servido.
El delito de infidelidad conyugal era de prueba muy privilegiada; de tal suerte que bastaba, para condenar al acusado, encontrarle alguna prenda de la mujer.
El incendiario se equiparaba al reo de lesa majestad, porque decía que podían destruir todo un pueblo; así es que le condenaban á muerte y confiscación de bienes, con los cuales se pagaban los daños y perjuicios que hubiera causado.
Eran los indios tan fanáticos adoradores de sus dioses que imponían atroces penas á los que osaban profanar sus ídolos ó adoratorios; los despeñaban á ellos y á sus familias.
El cimarrón, que era el que se huía del dominio ó señorío de su dueño, caía en la pena de que su calpul pagara por él cierta cantidad de mantas, y si reincidía debía sufrir la muerte de horca.
La mujer que enviudaba, según dice Torquemada, si era joven debía casarse con el hermano ó pariente cercano de su marido, y los hijos se enlazaban con los parientes de la madre, porque ella ya no pertenecía á su calpul.
Cuando un reo no confesaba le aplicaban el tormento, que consistía en suspenderle de un árbol, y atándole solamente los dedos pulgares y sahumándole con gran cantidad de chile quemado, azotarle con crueldad.
En los tres reinos del Quiché, Cakchiquel y Sutojil, se observaban todas esas penas, que seguramente eran bárbaras; pero no lo eran menos las que establecían los antiguos códigos de España y otras naciones europeas, cuya civilización estaba indudablemente mucho más avanzada.
En lo que tocaba al parentesco, dice el interesante informe que el oidor de la Real Audiencia de Guatemala, Licenciado Don Diego García dirigió al rey de España——tenían un árbol pintado, y en él siete ramas, que significaban siete grados de parentesco[69]. "En estos grados no se podía casar nadie, y esto se entendía por línea recta, sino fuese que alguno hubiese fecho algún gran fecho en armas, y había de ser del tercer grado afuera. Por línea trasversa, tenía otro árbol con cuatro ramas, que significaban el cuarto grado; en estos no se podía casar nadie.
Fuera de otras leyes que los indios tenían en toda esta provincia, reputaban los de esta nación por inviolables las siguientes[70]:
Cualquiera que menospreciaba los sacrificios de sus ídolos, ó sus ritos, moría por ello.
Cualquiera que se echaba con mujer ajena, moría por ello.
Cualquiera que tenía cuenta carnal con pariente en los grados susodichos, morían por ello ambos.
Cualquiera que hablaba con alguna mujer, ó le hacía señas, si era casada, le desterraban de su pueblo y quitaban sus bienes.
Cualquiera que se echaba con esclava ajena, le hacían esclavo, si no fuese que á la tal persona le perdonase el Papa, por servicios que hubiese fecho en la guerra.
Cualquiera que hurtaba, como fuese grave, moría por ello.
Cualquiera que forzaba doncella, le sacrificaban por ello.
Cualquiera que mentía, le azotaban bravamente, y si era en cosa de guerra, le hacían esclavo por ello"[71].
CAPITULO SEXTO
La instrucción pública entre los indios de Guatemala. Nociones de orden científico que tenían. La poesía, el teatro y la música en América, antes de la conquista española. Fiestas y diversiones de los indios
SUMARIO
Cómo educaban los mayas á sus hijos.—Escuelas y colegios en el Quiché.—Ramos que estudiaban.—El historiador Bancroft contiene datos curiosos sobre las letras, entre los indios de Guatemala.—Cómo contaban el tiempo.—Cuándo comenzaba el año.—Libros que escribían los aborígenes.—Papel que hacían en Amatitlán.—Los pobladores de Nicaragua tenían efemérides escritas.—El Manuscrito Mejicano.—El Código de Dresden.—El Manuscrito Troano.—Conocimiento que tenían los indios en ciencias naturales.—Nociones Astronómicas.—La poesía indiana.—Los avaricos ó poetas peruanos.—Las odas de Nezahualcoyotl.—La poesía quichua.—Poesía popular de nuestros indios.—Las representaciones teatrales.—La fiesta de la Balsa.—El baile del Tun y otras diversiones de los indios.—La danza del Toncontín.—El baile de San Pedro y San Juan Bautista.—Descripción que hace de esa danza el Padre Tomás Gage.—Confesión de sus pecados que los indios hacían después de decapitar á San Juan Bautista.—Cómo esa curiosa fiesta revela bien el carácter de los primitivos pobladores de América.
Los mayas fueron en extremo cuidadosos de la educación de la juventud, lo mismo que los nahuas. Los padres tomaban mucho empeño en instruir á sus hijos, sobre todo en infundirles máximas de respeto á la ancianidad, de reverencia á los dioses y de honra á sus padres. Los ejercitaban en el manejo del arco y de la flecha, desde niños, y cuando iban creciendo los enseñaban á labrar la tierra. Los muchachos eran educados por el padre, mientras que las niñas permanecían al lado de la madre. Los jóvenes en Guatemala dormían bajo el pórtico de la casa, porque se creía impropio que observasen la conducta y oyesen las conversaciones de la gente casada[72]. En Yucatán, también los muchachos permanecían separados de sus mayores. El primer artefacto que salía de las manos de un niño se dedicaba á los dioses[73].
En las principales ciudades había escuelas, y los historiadores refieren que en el Quiché hubo un seminario con setenta maestros y unos cinco mil alumnos, sostenido á expensas del tesoro real.[74] Los hijos de los nobles recibían una educación más esmerada, de tal suerte, que según los cronistas, se les iniciaba en los misterios y ritos de su religión; estudiaban el derecho, la moral, la música, el arte de la guerra, la astronomía, la astrología, la adivinación, la medicina, la poesía, la historia, la escritura pictórica y los demás ramos del saber que les eran conocidos. Las hijas de los nobles eran tenidas en estricta reclusión, y se las instruía cuidadosamente en todas las materias que debía saber una señora maya[75].
El erudito historiador norteamericano Mr. Bancroft[76], del cual he tomado los precedentes datos, contiene interesantes noticias acerca de la educación de la juventud y de las escuelas de los indios en Guatemala, que harto demuestran el alto grado de importancia relativa que la instrucción pública alcanzó en las antiguas naciones civilizadas de este continente.
No obstante todo eso, siempre eran supersticiosos nuestros indios, y así los quichés, á estilo de los romanos, clasificaban los días en fastos, nefastos é indiferentes[77], y aceptaban la división del tiempo que idearon los tultecas. Eran en un principio los meses ó lunaciones de veintiséis días, subdivididos en períodos de trece, y más tarde, acomodándose al curso del sol, pusieron su calendario con los mismos dos períodos de trece días, no como divisiones astronómicas, sino como semanas. Los cakchiqueles tenían también su cómputo de meses, dividiendo el año en dieziocho, de veinte días cada uno, resultándoles trescientos sesenta días, á los cuales tenían que agregar cinco más, sin darles nombre. Las seis horas que sobran, y que obligan á aumentar un día en los años bisiestos, fueron conocidas por los indios. No están de acuerdo los autores en la fecha en que comenzaba á contarse el tiempo; pero parece que sería el 19 de noviembre, según el curioso calendario de Hernández Spina, ó el 24 de diciembre, según Basseta.
Los sacerdotes escribían libros, y en Guatemala, según enseña Benzoni, de lo que más se sorprendieron los indios, fué de la manera de leer y escribir de los españoles. Pedro Martyr hace una descripción detallada de los libros de los aborígenes, describiendo los caracteres[78] de que se valían y las materias que empleaban para fabricar una especie de papel, que según se sabe, lo hacían los amatitanecos de la corteza del amate ó amatl. Los pobladores de Nicaragua, al tiempo de la conquista, tenían efemérides escritas, por medio de pinturas en colores sobre pieles y papeles, muy semejantes al de los Nahuas, pueblo del que los nicaragüences eran descendientes.
Del maya aborigen sólo tres manuscritos se conservan, á saber: el manuscrito mejicano, que se halla en la Librería Imperial de París; el Código de Dresden, que forma una de las joyas históricas de la Biblioteca Real de esa ciudad; y el Manuscrito Troano, que se encuentra en una tira de papel de maguey, de catorce piés de largo y nueve pulgadas de ancho, y que fué descubierto por Brasseur de Bourbourg.
En ciencias naturales tenían algunos conocimientos prácticos los aborígenes, que se niegan siempre á revelar. Ellos han conocido, y conocen, plantas medicinales admirables. Curaban la sífilis con una decocción de guayacán[79]; para catarros, rehumas, toses y otras dolencias, usaban el tabaco[80]; para enfermedades cutáneas recetaban una masa de gusanos ponzoñosos[81]; para llagas y escoriaciones, aplicaban lociones de una yerba llamada coygaraca, junto con hojas molidas de moxot[82]; á los heridos en las batallas, los sanaban por medio de medicinas externas[83]; el cacao, después de extraída la manteca, se consideraba como preventivo contra los venenos[84]. Eran muy entendidos en la manera de curar otras enfermedades, como se verá en el capítulo siguiente, en el cual me propongo tratar este punto por extenso.
En astronomía tuvieron los indios muchos conocimientos; en cerámica y joyería dejaron riquísimos trabajos; en el arte de tejer eran muy curiosos, y fabricaban telas preciosas de plumas, según podrá notarse al tratar, en la presente obra, del estado en que se hallaban las naciones de Centro-América á la venida de Cristóbal Colón.
Como los pueblos orientales, eran los originarios del Nuevo Mundo muy dados á las obras de imaginación y esparcimiento. "La poesía, esta flor que brota siempre en el corazón de los pueblos jóvenes, que crece al calor de las rosadas ilusiones de la adolescencia, que toma los colores de la naturaleza en que nace, sus acentos de los ruidos que forman las aves, las cascadas y los bosques movidos por el viento; ¡cuán bella y majestuosa no se ostentaría entre los primitivos pobladores de América, de este gran mundo, que conservaba aún intacto el sello de la mano de Dios!
Nosotros, hombres nacidos en medio de una civilización que se empeña en reformar la naturaleza, en contrariarla y en vencerla, apenas si podemos imaginar siquiera las impresiones que experimentaría el alma virgen y robusta de los aborígenes, á la vista de cataratas como la del Niágara ó del Tequendama, de volcanes como el Popocatepetl ó el Masaya, de lagos como el Titicaca ó el Ontario, ó de montes como el Chimborazo ó el Tupungato, de selvas como las que cubrían casi todos los países americanos.
Suponer que hombres colocados en teatros tan espléndidamente decorados hubieran vivido mudos y fríos, ajenos á ese entusiasmo del alma y á esa plenitud del corazón, que son dondequiera que existan seres racionales, la inagotable fuente de la más encantadora poesía, es un absurdo igual á suponer, que el sol de los trópicos no produzca vegetación exhuberante y frutas exquisitas, que los mares, los lagos y los ríos de América, no hubieran contenido variedad infinita de peces, y las inmensas selvas no hubieran servido de morada á multitud de aves de hermosas plumajes y cantos suavísimos.
La poesía es tan natural al hombre como el nadar á los peces y el volar á las aves. Dondequiera que descubre en torno suyo algo que amar ó que admirar, la poesía nace fatalmente del fondo del alma, formándose en cantos más ó menos simétricos y delicados, pero siempre hermosos y robustos.
Desde el groelandés que canta las delicias de su hogar de nieve y sus luchas con los osos blancos en las latitudes polares, hasta el árabe que refiere en los oasis de sus desiertos abrasados, los estragos de su espada, las glorias de su tribu, la rabia de sus celos ó las delicias de su amor; desde las montañas cubiertas de bruma en que resuenan las melodías del ciego de Morvín, hasta los países donde florece el loto, en todas partes la poesía aparece, como el sol, dando calor y vida, ó, como la luna, sirviendo de confidente suave y meláncolica á los sentimientos del alma.
Siendo esto así, si es cierto que la poesía en los pueblos nacientes es como la sonrisa en los niños, la primera manifestación del alma humana ¿cómo poner en duda que sociedades tan adelantadas y cultas como las que formaban los imperios de Moctezuma y Atahualpa, donde las artes útiles para la vida, donde las ciencias mismas y la organización política y civil habián alcanzado un notable desarrollo, cómo dudar, repetimos, que en tales sociedades no existiese la poesía, esta compañera inseparable aun de las tribus más bárbaras é incultas?
Si la magnificencia de las cortes de Méjico y del Cuzco, si las conquistas dilatadísimas de los ejércitos peruanos y aztecas, si la fe viva y la religiosidad de aquellos pueblos, debieron servir de tema á las composiciones de los poetas indígenas y ofrecer un vasto material á su genio, no debieron ser menos favorecidos por la perfección y adelanto del idioma en que componían. Sabido es el grado de armonía y riqueza á que había llegado la lengua de los antiguos mejicanos, y hoy mismo puede el viajero admirar la suave cadencia de la lengua quichua en las sierras del Perú y del Ecuador.
Nada tiene, pues, de extraño que los historiadores españoles den testimonio de la existencia de poetas y de poemas en casi todas las comarcas que descubrieron y conquistaron. Lo que sí sorprende es su incomparable desidia para consignar esas poesías; lo que admira y contrista es contemplar los escasísimos fragmentos que de ellas han llegado hasta nosotros.
Los historiadores que hablan de los avaricos ó poetas peruanos, no nos han transmitido ni una pequeña muestra de sus inspiraciones, y el inca Garcilaso, bastante digno de fe en lo que atañe á las costumbres de los indios, asegura que en la corte del Cuzco la representación dramática era una de las principales diversiones de la más alta sociedad.
En cuanto á Méjico, las odas atribuidas á Nezahualcoyotl, que se han salvado de la universal ruina, demuestran evidentemente que aquella poesía, no sólo había alcanzado un alto grado de perfección, sino que talvez no sería difícil descubrir en ella algunos síntomas de decadencia.
Fuera de Méjico y del Perú, no podrían citarse de otros países americanos más que algunas imperfectas y brevísimas muestras, sólo dignas de atención en cuanto revelan, por una parte, cuán abundante sería la poesía indígena cuando encontramos muestras de ella hasta entre los feroces prehuenches; y, por otra, atestiguan indirectamente el inmenso valor de lo que se perdió para siempre con la ruina de los imperios de Méjico y del Perú.
Aunque es muy común la opinión que asigna como un carácter distintivo á la poesía quichua, un sentimentalismo constante y exajerado, no es difícil descubrir que tal juicio toma erradamente por base la literatura del Perú indígena tal como ella se ha manifestado después de la conquista, y no tal cual debió ser bajo el cetro feliz y glorioso de los antiguos incas. No hay, á lo menos, razón de algún valor para suponer que los poetas peruanos de aquella época sólo se ejercitasen en la poesía erótica, que es la única cultivada al presente. Por el contrario, tenemos para creer lo contrario, el testimonio ya citado del historiador Garcilaso, y la única muestra de poesía lírica que se ha conservado de una época indisputablemente anterior á la conquista, no pertenece al género de los tristes ó yaravíes modernos.
Lo natural, pues, es suponer que la antigua poesía quichua abundaba en composiciones de los géneros más variados, y que, si el amor tuvo, como en todos tiempos y países, inspirados cantores bajo el reinado de los hijos de Manco no faltaron tampoco himnos sagrados que ensalzasen la grandeza del Padre Sol, ni cantos bélicos para empujar á los soldados hacia el enemigo ó encaminar sus heroicos hechos cuando volvían desde Quito ó desde Chile cubiertos de gloria y de despojos.
Empero, cuando hubo sonado la última hora de vida para aquel poderoso imperio; cuando los descendientes de los godos destruyeron en pocos años aquella civilización original y adelantada; cuando, junto con su poder, perdieron los peruanos su independencia, su religión y hasta su dignidad de hombres hechos á la imagen de Dios, toda la actividad que aún yacía en el fondo de aquella raza infortunada, se concentró en el corazón para llorar, á toda hora y desde la cuna hasta el sepulcro, las pasadas glorias comparadas con las presentes y futuras miserias.
Después de la conquista, ni era fácil que los indios tuviesen inspiraciones que no fuesen inspiraciones de dolor, ni los españoles habrían tolerado jamás la osadía del que hubiese intentado cantar las hazañas, las glorias, las grandezas, algo, en fin, que no fuese el abatimiento y la ruina de los enemigos de Cristo, de los idólatras adoradores del Sol. Testigo de ello Jacinto Collahuazo, ilustre indio, hijo de Imbabura, en el Ecuador, que, por haber escrito una interesante historia, fué maltratado y reducido á prisión después de haber visto quemar su libro en la plaza pública, para escarmiento de sus hermanos y como justo castigo "por haberse metido en cosas que no convenían á un indio."
Así se explica no sólo la muerte de la poesía quichua, sino también la pérdida de las antiguas composiciones. "Es probable que los que castigaban tan severamente á los autores, no se mostrasen más indulgentes con los recitadores; y que así, aun los cantos más populares, fueran poco á poco cayendo en el olvido."[85]
La conquista de América por razas europeas, hundió para siempre en los antros del tiempo la civilización aborigen de este Continente, á fin de ceder el campo, en el transcurso de las edades á otra civilización y á otras costumbres; á otras generaciones de diversas gentes, que traían al Nuevo Mundo el germen de nueva vida y la simiente de la libertad y del progreso.
En medio de la naturaleza exuberante de estas comarcas indianas, iluminadas por los resplandores de ardientes penachos que coronan las cúspides de montes altísimos; en las márgenes de arenas de oro de los caudalosos é imponentes ríos, que se desploman en espumantes cascadas, en los deliciosos valles esmaltados de perennal verdura; á la sombra del agreste pino, del olmo y de la ceiba; en esta tierra, que se llamó después americana, y que conserva el sello del perdido paraíso, vivía feliz el indio, congregado bajo el cetro de reales estirpes. Aquellos pueblos jóvenes, inspirados por cuanto se extendía ante sus ojos, cultivaban á pesar de su rudeza, la flor divina de la poesía, que brota siempre al calor del sentimiento, doquiera que haya corazones que laten, ilusiones que halagan, penas que hieren.
Teñíanse sus cantos del variado color del lugar donde nacieron, y tomaban los matices del cielo sereno y transparente que cubre estas regiones: eran el eco del gorjeo de las aves; del susurro del viento, al sacudir los pinos, cual si fuesen las arpas del desierto; del murmullo de los arroyos, al mezclarse con los blandos suspiros de las flores; del rugido de las tempestades, evocando los primeros días del mundo. Aquella poesía popular, expontánea, inspirada en la naturaleza, debió de ser la manifestación de las vitales energías de primitivas razas; el tesoro de sus tradiciones; el arca santa de sus recuerdos; el arco iris de sus esperanzas. ¡Qué bella luciría aquí todas sus galas esa diosa tutelar de las naciones, que llora sus glorias, canta sus tristezas y augura sus infortunios!
Entre esos vagos presentimientos, aterraba á la raza indígena la idea siniestra de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores, y el fantasma sombrío que mostraba con aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles. Sonó al fin en la historia la hora nefasta de la desolación y de la ruina, como suena en el corazón del moribundo el postrer eco de los entrecortados estertores de la vida. La raza indígena sucumbió al rudo empuje de otras razas, venidas de allende el mar; y entre el humo de los combates homéricos; y los torrentes de sangre que tiñieron el Xequijel; y los ayes de Tecum; y los suspiros de Ashumanché; y los vítores de las huestes castellanas al audaz conquistador; y la hecatombe producida por una de las más grandes epopeyas que presenciaron los siglos;—perdiéronse ¡ay! aquellas rosas silvestres que esmaltaban esta tierra, aquellos cantos primitivos, aquellas poéticas reminiscencias, que forman la historia en sus obscuros comienzos. Es que los pueblos que no cantan, son como los corazones que no palpitan. La poesía, alborada de la vida, es el postrer suspiro de la existencia. Una raza sin autonomía y sin libertad, es una raza muerta para el espíritu, muerta para el sentimiento. Cuando enmudecen las arpas, reina el silencio de las tumbas y se apagan los rayos del lucero de la esperanza.
El exterminio fué casi completo en las regiones que los ingleses subyugaron, y no quedan rastros siquiera de la primitiva raza allí, donde al borde de un abismo, desplómanse en hórrido estallido las cataratas del Niágara. Perdiéronse, con las brumas del Ontario y los vapores de ténue gasa del pintoresco río San Lorenzo, hasta los ecos de aquellos cantares que, ante la naturaleza expléndida, exhalarían los primeros dueños de las selvas y llanuras del Norte del Continente. Los peregrinos que vinieron en la "Flor de Mayo" á la roca de Plymouth, si no obligaron á los indios de primas á primeras á creer en Jesucristo, como el fraile Valverde pretendió hacerlo con el inca del Perú, los ahuyentaban á balazos y los cazaban como á bestias feroces.
Con la muerte de los últimos reyes de la raza indígena de América, se ocultaba también en la noche del olvido, su poesía popular, como medrosa del estrépito de los conquistadores, y de la inclemente saña con que, al derribar sus ídolos, no se saciaban recibiendo la ofrenda de montañas de oro, arroyos de sangre y manadas de siervos.
En las faldas del Popocatepetl divísase aún la humilde choza de cañas y paja del azteca descendiente de reales estirpes; boga melancólico por el bellísimo lago de Atitlán, en estrecho cayuco, el hijo de los príncipes cakchiqueles; y el soberbio inca recorre, con la cabeza oprimida por el mecapal, los bosques sombríos de sus padres, los opulentos quichuas; pero ni el adorador del sol canta, ni guarda los poemas de Manco Capac; ni el creyente en los misterios del Popol-buj conserva el tesoro de la poesía de sus mayores; ni la enervada prole de Moctezuma guarda completa la tradición de las vírgenes que salvaron á Nezahualcóyotl. Es que muere el quetzal al ver rotas las plumas de su cauda, y desfallece el águila, cuando sujeta, no puede sacudir sus alas por el espacio del éter. El indio vive, es verdad, en esas orientales tribus, pero vive cual la planta silvestre que arrima sus renuevos á exótico arbusto y esconde sus amarillentas hojas en el artístico arriate del vergel. El indio guarda algunas de sus tradiciones; pero las oculta, como si fueran ocasión de anatema y evocaran una irreparable catástrofe para aquella raza desgraciada.
Aún tributa culto á sus dioses; pero lo hace á hurtadillas, bien así cual si sus preces hubieran motivado la hecatombe de sus progenitores. Imita idolátricamente las formas del culto de quienes lo conquistaron, sólo como para no ofrecer nuevo pretexto á la crueldad inaudita con que sus creencias fueron castigadas. Conserva sus primitivos idiomas; porque lo último que se extingue en las colectividades humanas, es la lengua, reflejo de la fisonomía moral de los pueblos.