MÉXICO TAL CUAL ES
MÉXICO
TAL CUAL ES
Porfirio Díaz
MÉXICO
TAL CUAL ES
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CARLO De FORNARO
Copyright 1909,
The International Publishing Co.
All rights reserved
Published February, 1909
Copyright 1909 por
Carlo de Fornaro
Es propiedad exclusiva del autor, quien se reserva cuantos derechos le corresponden con arreglo á la ley de Propiedad literaria de los Estados Unidos y á los convenios sobre la materia celebrados por este país con otras naciones.
Cuando abro un libro de sociología aplicada relativo á una nación, y no encuentro en él fuertes censuras, porque no ha habido ni hay naciones que no las merezcan en cualquier órgano ó función, apunto el nombre del autor del libro ditirámbico y fraudulento, para no volver á ser sorprendido, y echo al fuego el impreso para evitar daño al alma de un hombre honrado.
William Todd, citado por Francisco Bulnes.
Advertencia.
A todos los que la presente vieren hago saber que yo, Carlo de Fornaro, autor de este panfleto, no abrigo intenciones de subvertir el Gobierno mexicano, ni pertenezco á ninguna Junta revolucionaria, ni tengo el plan de derrocar á Porfirio Díaz para instalarme en su puesto; que no soy ni “gringo” ni mexicano, y, por lo tanto, carezco de motivo para inventar proyectos socio-políticos, financieros y regeneradores.—Que no abrigo rencores ni mala voluntad en contra del Gobierno mexicano ni de individuo alguno de México, pues durante mi permanencia en ese país fuí tratado siempre con la mayor cortesía y hasta con distinciones. Que exhorto é instigo á Porfirio Díaz para que permita la libre circulación de este libro en México, tomando en cuenta que si las acusaciones en él contenidas carecen de fundamento, fácilmente serán desechadas con risa. Sin embargo, Porfirio Díaz no se reirá, sino que silenciosamente suprimirá la verdad, porque un gobierno tan corrompido como el suyo, envuelve sus actos en el más obscuro secreto. Que tengo perfecto conocimiento de los peligros á que me expongo en mi empresa, para ahora y para lo futuro; pero que apechugo resueltamente con todas las responsabilidades, con la esperanza de que, en un día cercano, algún filántropo de altos vuelos se decida á crear una sociedad para “la preservación de los mexicanos contra la crueldad”.
Y, por último, que este panfleto contiene la verdad y solamente la verdad, y así Dios me ayude.
Amén!
A Theodore Roosevelt.
En carta dirigida á J. Creelman, el 7 de Marzo de 1908, al darle las gracias por el artículo que sobre el Presidente Díaz publicó en el “Pearson’s Magazine”, afirma Vd. que entre los estadistas contemporáneos ninguno es tan grande como el Presidente Díaz, porque ha hecho en favor de su país todo lo que un hombre puede humanamente hacer, y que Mr. Creelman ha presentado al pueblo americano el retrato mejor y más viviente de cuantos hasta hoy se conocen del gran Presidente.
Pues bien, yo condeno esas tres aseveraciones por erróneas y por injustas, por estar basadas en informes incompletos, parciales y superficiales. Tanto la entrevista de Mr. Creelman con el Presidente Díaz, como la carta de Vd. dándole las gracias, han causado, por su amplia circulación, incalculables perjuicios, pues que una opinión, por más que sea honrada y sincera, es perniciosa cuando se funda en noticias falsas.
Mr. Creelman permaneció en México solamente unas cuantas semanas, lo que acredita superficialidad; tomó directamente su artículo de los labios del Presidente Díaz, y eso constituye parcialidad; y sus conocimientos de las condiciones tanto políticas como históricas de México, son incompletos y con carácter de diletantismo, como bien lo prueba su referido artículo, con lo que se demuestra que son incompletos.
Por mi buena fortuna hace cerca de tres años me trasladé á la ciudad de México, para ser uno de los fundadores, uno de los directores y el editor de la edición dominical de “El Diario”, que es hoy el primer periódico de ese país en lo que respecta al prestigio, y el segundo en lo que respecta á circulación. Durante esos años he tenido oportunidad de observar el desarrollo de los acontecimientos, desde las oficinas del periódico, como un médico que toma el pulso á un enfermo, y de vigilar la actitud del gobierno mexicano, representado por el Presidente Díaz, como un espectador curioso atisba detrás de los bastidores la labor de una compañía teatral.
Me consagré en esos años á leer cuidadosamente y con asiduidad la historia de México anterior al período del presidente Díaz, y después examiné con escrupulosidad la del largo período de su administración, escudriñando panfletos y colecciones de periódicos ya olvidados, y en conferencias privadas é íntimas con enemigos y detractores, y con amigos y admiradores del Presidente Díaz, y, también, con los que miran con indiferencia su labor política.
Después de haber reunido todos esos elementos, he reflexionado con madurez y he llegado á la conclusión de que el Presidente Díaz no ha hecho todo lo que era humanamente posible, sino todo lo que era inhumanamente posible que perpetrase un hombre; que el retrato que del Presidente Díaz presenta Mr. Creelman, no es la mejor representación de ese funcionario, sino que lo presenta tal como el Presidente Díaz gusta que lo exhiban, es decir, como el salvador y creador del México moderno; que en realidad no es más que un tirano y un déspota en el sentido más lato de las palabras; el creador de un sistema político mucho más cruel, diabólico y profundo que el que Machiavelli concibió en su “Principe”, más sutil é hipócrita que el de la orden de los Jesuítas formada por Loyola, más sanguinario é implacable que el del reinado de terror y asesinato de Abdul Hamid, más perverso y dañoso para México que la dominación de Calígula sobre Roma.
Jamás ha hecho el Presidente Díaz algo en favor del pueblo mexicano, á no ser que ese algo sirviese al mismo tiempo para ayudarlo á su elevación al poder, á enriquecerlo y á darle prestigio internacional.
Por lo contrario, ha sofocado todos los ideales puros y patrióticos de su pueblo, conservando, en vez de la substancia, una forma, una apariencia, mejor dicho, lo que para toda persona inteligente, no es más que una burla y un insulto.
Por eso afirmo que no puede ni debe ser llamado un gran estadista; puesto que es esencialmente personalista, su obra morirá con él; que considerarlo como un gran presidente equivale á invertir todos nuestros patrones políticos, porque ni Washington puede ser tenido como un gran presidente, ni Lincoln como el más grande, el más puro, el más alto ideal del estadista, si aquel otro hombre es considerado como grande.
Porque el Presidente Díaz ha sacrificado todas las libertades del pueblo mexicano en aras de su ambición personal, manteniendo sólo las de sus agentes serviles, sus cortesanos, sus favoritos y sus conspiradores asalariados. Ha arrasado los tres grandes baluartes de toda nación civilizada: la libertad personal, la libertad de la prensa y la justicia.
Durante toda una generación el Presidente Díaz ha representado la farsa de un gobierno democrático, liberal, paternal y patriótico en beneficio de las cándidas naciones civilizadas; sus pregoneros en la prensa fueron los extranjeros que, á cambio de concesiones y privilegios, le prodigaron adulaciones y mentiras, ó guardaron silencios muy significativos; sus turiferarios, domésticos y extraños, se dividían el botín, como los Pashás, y el resto de los mexicanos recibía las migajas que caían de la mesa del festín, llena de manjares y de bebidas, y, si gruñían, á puntapiés se les sometía de nuevo al yugo.
En realidad ha defraudado á todo el mundo por algún tiempo; pero no podrá engañar á todo el mundo en todo y por todos los tiempos.
Si la paciencia de Vd. es tan grande como su buena voluntad, sírvase leer estas notas, que son el resultado de una inquisición honrada y concienzuda. Quien estas líneas escribe ha roto con sus intereses pecuniarios, á fin de hallarse en absoluta libertad para decir la verdad; y lo único que reclama para esta pequeña obra, es que se la considere como la primera hoja del libro de la futura Historia del México moderno, que necesario es que se escriba, desde los comienzos, por hombres verdaderamente libres.
Carlo de Fornaro,
National Arts Club, New York.
Porfirio Díaz I, Czar de México.
Un gran hombre debe hacer grandes sacrificios y matar sus cien bueyes, sin saber si serán consumidos por los dioses ó los héroes, ó devorados por las moscas.
Emerson.
Héroe de mil y una batallas, Príncipe de la Paz, el Superhombre de Oaxaca, el Cincinato de la Noria, Salvador y constructor del México moderno, Gran Lama de Chapultepec, General Porfirio Díaz, Presidente inconstitucional de México, hoy Emperador por Derecho divino, se acerca el día de ajustar cuentas.
En ese día la historia juzgará de su obra declarándola buena ó mala, no con la ayuda de los agentes asalariados de la prensa, los intrigantes, los parásitos y los lacayos de ese hombre; no sólo tomando en consideración las millas de ferrocarriles y telégrafos, los puertos de mar, los edificios públicos y los caminos asfaltados construídos en sus dominios; no por las batallas ganadas ó perdidas, ó de las múltiples decoraciones aglomeradas en su orgulloso pecho; ni por el ejército y la armada que ha creado, ni por las miriadas de concesiones que ha vendido á los extranjeros; ni por la ficticia prosperidad de México y la paz de los sepulcros, la paz de Varsovia.
Será juzgado tomándose en cuenta todas las libertades que ha desgarrado, una tras otra, de un modo deliberado, los ideales políticos que ha pisoteado, so pretexto de una paz que sólo ha sido provechosa para la mafia política que él ha creado.
Será juzgado tomándose en cuenta la Justicia que ha acogotado, encomendando su administración á títeres é ilotas que le pertenecen en propiedad; los millares de individuos que ha arrojado á las mazmorras, para que allí se pudran; por los millares de individuos asesinados á sangre fría, sin previo proceso ni siquiera acusación formal, como se mandan las reses al matadero, para que sirviesen de pasto á su ambición de buitre, para satisfacer sus propósitos de aterrorizar, en su desesperanza de cariño y de estimación; su miedo constante, su perpetuo temor á la revuelta, la que vendría á probar que no es amado, y, á la vez, que su imperio es efímero.
Será juzgado por la carnicería de Veracruz, por el asesinato del General Corona, del General García de la Cadena y del General Ángel Martínez; por el asesinato de todos sus grandes rivales, por el día rojo de Orizaba, por la multitud de periodistas sacrificados en aras de su Gran Miedo, por su terror hacia la Libertad, la Justicia y la Rectitud de Conducta.
Fué un gran sacrificio, y el holocausto levantó sus llamas hasta las nubes, y el humo y las cenizas de un rojo gris tomaron la forma de Porfirio Díaz, el héroe de mil y una batallas.
Pero la Historia juzgará y arrojará á los cuatros vientos la gran Sombra.
Sinopsis de la Vida de Porfirio Díaz.
La vida de Porfirio Díaz puede dividirse en cuatro períodos bien determinados. El primer período comprende desde su nacimiento hasta que cumplió los 24 años; el segundo comienza cuando se huyó para unirse á los que hacían la oposición á Santa Ana, y concluye en 1867, con la muerte del Emperador Maximiliano; el tercero comprende desde 1867 hasta 1876, período de tempestades y violencias, que concluyó con el escalamiento de la presidencia de la República; el cuarto desde 1876 hasta el momento actual, y que es el período de su poder continuo, con excepción del interregno del General González. (1880-1884.)
Primer Período.
Este es el período de incubación, el brote de la flor silvestre, la evolución del discípulo teológico hacia el estudiante de jurisprudencia.
Este hombre predestinado nació en la más humilde cuna, en Oaxaca, el año de 1830, vástago de un padre de origen español, y de una madre india, y ascendió hasta la cumbre más alta del poder jamás alcanzada en su país, por el sendero de la guerra, la revolución y la anarquía. Pero sus primeros pasos fueron pacíficos, casi vulgares: fué buen hijo, discípulo industrioso y buen muchacho.
En el año de 1846 la ciudad de Oaxaca tuvo aprehensiones de guerra. Se creyó que las fuerzas norteamericanas que avanzaban sobre la capital de la República atacarían á Oaxaca. Con tal motivo se afiliaron en las milicias todos los estudiantes, formando un batallón que las crónicas locales designan seriamente con el cómico nombre de “Peor es nada”.[1] El joven Porfirio se alistó en él también, pero, por desgracia, el cómico batallón no salió jamás á campaña.
Nada hay en esos primeros años que augurasen los atropellados eventos de su futura existencia, en la que las más irrealizables ambiciones de sus ensueños se verían realizadas; existencia salpicada de aventuras románticas, dignas de una novela de las que se reparten por entregas.
Ningún decidor de fortuna, ningún profeta le predijo cosa alguna, y, como él mismo lo confiesa, su más alta ambición, cuando era muchacho, fué llegar á ser coronel de un batallón.
Quienes han estudiado su vida desde el punto de vista psicológico, han intentado explicar el buen éxito por Díaz alcanzado, atribuyéndolo á las cualidades heredadas de las dos razas que en él concurren: la española y la mixteca.
El atavismo no explica el fenómeno, puesto que hay muchos miles de muchachos con madres mixtecas y padres españoles que nunca llegan á ser algo, ni siquiera buenos porteros.
La explicación se encuentra en él mismo; consiste en el perfecto equilibrio entre el cerebro y la voluntad; es la explicación lógica del buen éxito que obtienen los conquistadores, estadistas y conductores de hombres. Con algo más de inteligencia, habría llegado á ser un buen abogado; con un poco más de imaginación, habría podido ser un periodista militante ó un promovedor de negocios; con un exceso de voluntad podría haber sobrepasado la línea del cabecilla revolucionario, para convertirse en un capitán de bandoleros.
En todo hombre debe estar el Don Quijote balanceado por el Sancho Panza, para poder tener buen éxito práctico.
Un ser vulgar, atento y prudente en todo momento de su vida, con frecuencia goza del placer de triunfar sobre los hombres de imaginación, como dice Stendhal.
El Segundo Período.
Esta es la época quijotesca de su vida. Batalló por varios ideales. Se rebeló contra el despotismo de Santa Ana; contra el poder de la Iglesia, las arbitrariedades de los gobernadores poderosos, los autocráticos jefes políticos; por “México para los Mexicanos”, por la justicia y la libertad individual, hasta que sus desesperadas luchas y sus temeridades llegaron á conocimiento de su antiguo maestro de jurisprudencia, Benito Juárez.
Un bello día, el 2 de Diciembre de 1854, Porfirio Díaz se fugó para reunirse con un bandido llamado Esteban Aragón, á causa de haberse negado á votar en favor del archi-comediante y déspota Santa Ana, lo que hizo que la policía le siguiera la pista.
En ese día de predestinación, encontró Díaz su verdadera vocación.
Desde entonces y por cerca de 22 años luchó casi sin tregua, durante 13 años en pro de un ideal político; en los 9 años siguientes, para conseguir la presidencia.
Así fué adquiriendo lecciones prácticas en el arte de la guerra, en la creación y organización de tropas y de revoluciones.
En medio de esas refriegas estalló la revolución de Reforma, y el partido liberal, al que se había unido Díaz, salió victorioso sobre la Iglesia, sacando de la obscuridad al Presidente indio, Benito Juárez, para constituirlo en la más alta personalidad de la historia mexicana.
En seguida vino la Intervención francesa. Porfirio Díaz y los demás generales del partido liberal combatieron contra las disciplinadas tropas francesas, siguiendo el sistema de guerrillas, ó en batallas campales, casi desnudos, hambrientos y mal armados, sin recibir ayuda de los Estados Unidos, hasta que, al fin, arrojaron á los franceses al mar y arrastraron á Maximiliano al cadalso. Con la muerte del Emperador quedó enterrada la causa de la Iglesia.
El Tercer Período.
El joven general que había combatido por tantos ideales políticos, se sintió chasqueado al ver la pobre recompensa que obtenía.
La espina de la envidia empezó á punzarle, y el patriota lo sacrificó todo en su desaforada estampida para alcanzar el poder supremo. Aquella fué una lucha tantalizadora contra el impasible é inquebrantable Juárez.
En cierta ocasión lo agarraron y lo hicieron comparecer ante Juárez, quien le dijo: “Merece Vd. cinco balazos por rebelde; pero el país toma en consideración los servicios que le prestó Vd. durante la guerra de Intervención. Es Vd. muy ambicioso y de seguro será presidente algún día; pero no mientras viva yo.”
La primera prueba de la ambición de P. Díaz por la presidencia se puso de manifesto en 1867: “sitiaba á Querétaro el General Escobedo cuando se le presentó una comisión que iba á proponerle la formación de un partido militar cuya jefatura se rifaría entre los Generales Escobedo, Corona y Díaz, para llevar á la presidencia al designado por la suerte, pues no era justo, agregaban los comisionados, que Don Benito Juárez siguiera de presidente y recogiera las ventajas del triunfo, cuando ellos eran los que lo habían conseguido á costa de su sangre y con peligro de su vida. El Gen. Escobedo contestó diciendo que él era soldado, no político; que se batía por patriotismo, no por ambición; y que bastaba que los franceses hubieran manifestado que nunca tratarían con el Sr. Juárez, para que él creyera debido que, á la hora del triunfo, fuese conservado en el poder el gran patriota que lo había ocupado en las tristes horas de la derrota y la defección.”[2]
Esta pequeña lección de patriotismo y de lealtad hizo abortar la conspiración.
Desde 1867 y por espacio de más de nueve años, el General Díaz conspiró é hizo resistencia á las administraciones legales y constitucionales del presidente Juárez y del presidente Lerdo de Tejada.
Este que es hoy Príncipe de la Paz á toda costa, entonces quebrantó la paz del país con sus proclamas, que hoy se leen como panfletos políticos contra su propio gobierno.
Con persistencia se ostentó antagonista de la autoridad legal y promovió rebeliones en el sur, en el este, en el oeste y desde los Estados Unidos llevó la revolución á México. Cuando el Gen. Escobedo salió en su persecución, á la cabeza de las tropas del gobierno, el Gen. Díaz se acobardó, dispersó á sus cómplices en la rebelión, y huyó á través de la frontera americana, exactamente lo mismo que lo hicieron en la pequeña revuelta que estalló hace pocos meses iniciada de este lado de la frontera por los hermanos Flores Magón. En aquel entonces la razón social era Díaz, Hermano y C.ª
Fracasó repetidas veces, volvía á levantarse de nuevo, frenético, como picado por la tarántula de la ambición, sembrando por todo el país el desorden, la inquietud, el disgusto y la anarquía.
Llegó á tal punto su descrédito que las personas serias y de recto juicio lo compararon con el celebérrimo bandido y cacique de Tepic, Manuel Lozada, un indio notable, salvaje y cruel, cuyo carácter fuerte es interesante. Lozada organizó una dictadura perfecta; su policía y su sistema de espionaje estaban admirablemente organizados, y obtenía sus rentas de la aduana de Tepic, que manejaba á su antojo. En su ambición también hizo Lozada su Plan, el llamado “Plan libertador de Lozada”. En breve tiempo organizó 8,000 indios con el objeto de asaltar la ciudad de Guadalajara y la Presidencia de la República. Pero fué derrotado en la batalla de “La Mojonera”, por el Gen. Corona.
La impresión general del momento se condensó en una frase pronunciada por distinguido abogado y periodista, quien desde lo alto de una torre de Guadalajara telescopiaba la polvareda levantada por las hordas lozadeñas acercándose á atacar esa plaza: “¡Sólo esto nos faltaba... Un tercer imperio con Lozada I.!”[3]
“¡Hombre al agua!” tal fué la frase popular con que se ridiculizaba el fracaso del Gen. Díaz, como caudillo político y jefe revolucionario, cuando, en su viaje de New-Orleans á Veracruz, (1876) con objeto de ponerse al frente de los sublevados de Oaxaca, saltó por la borda del barco que lo conducía, para impedir que lo capturaran las tropas del gobierno legítimo.
Ese mismísimo Príncipe de la Paz que hoy se exhibe hipócritamente como el protector de la Constitución y de la Legalidad, en aquel entonces, á la faz de la derrota popular sufrida en tres elecciones presidenciales sucesivas, persistió en subvertir el orden público, comprometiendo la prosperidad de su patria con sus constantes revueltas, sólo por satisfacer su insaciable codicia y su ambición de poder.
En 1867 obtuvo Benito Juárez 7,422 votos para la presidencia.
En 1867 obtuvo Porfirio Díaz 2,709 votos para la presidencia.
En 1871 Benito Juárez obtuvo 5,837 votos para la presidencia.
En 1871 Porfirio Díaz obtuvo 3,555 votos para la presidencia.[4]
Después de la muerte de Juárez hubo otra elección y Díaz fué derrotado de nuevo. (1872)
Lerdo de Tejada recibió 9,520 votos para la presidencia.
Porfirio Díaz recibió 604 votos para la presidencia.
El General Díaz aparece como responsable del “Motín”[5] de México, del Plan de la Noria, del Plan de Tuxtepec, y del Plan de Palo Blanco en que se reformó al anterior. El último derrocó al Pres. Lerdo. Bajo el título de “Motín”, El Siglo XIX, periódico de oposición, publicó estas líneas: “Según se nos informa el Plan consistía en asesinar al Gen. Alatorre al salir del teatro, proclamar Presidente al Gen. Porfirio Díaz é imponer á la población un préstamo de $300,000.00 so pena de saqueo. El jefe del motín era un oficial Urrutia que había servido al Imperio y se pasó al campamento del Gen. Alatorre cuando sitió á Jalapa. Este oficial había seducido á la tropa, pero una hora antes de estallar el complot lo denunció un cabo.”[6]
Cuando los revolucionarios invitaron ostensiblemente al Gen. Díaz á acaudillar otra revuelta, él contestó: “Yo me resigno al sacrificio de mi honor y de mi vida, y, si el éxito corona nuestros esfuerzos, podré dar pruebas nuevas y evidentes de que no aspiro por ostentación al poder y que prefiero la obscuridad del hogar doméstico.”
Esta es una de sus acostumbradas é innumerables mentiras políticas, pues su ambición personal de poder era tan vehemente y terrible que el Gen. Luis Mier y Terán había sintetizado admirablemente el estado mental de los prohombres del sable en una frase de simpática virilidad:
—“¡¡Porfirio Díaz ó la muerte...!!”
El “Plan de la Noria”, fué llamado así, porque fué escrito en la hacienda de la Noria, propiedad del Gen. Díaz, quien lo subscribió en Nov. 1871. Se consideró este Plan tan absurdo é impracticable, que “El Siglo XIX” periódico de oposición al gobierno, declaró en su número de 16 Nov. 1871: “‘El Plan de la Noria’. Este nombre se ha dado al manifiesto leído recientemente en el Congreso por el Ministro de Gobernación, como expedido por el Gen. Díaz. A muchas personas hemos oído decir que es un documento apócrifo y ciertamente queriéndose dar un fuerte golpe en la opinión pública al Gen. Díaz y á la revolución que él acaudilla, lo más adecuado era atribuirle un plan TAN LLENO DE ABSURDOS POLÍTICOS como el que hoy se llama el Plan de la Noria.”[7]
A la muerte de Juárez ocupó Lerdo de Tejada la presidencia de la república, en virtud de su carácter de Vicepresidente Constitucional.
Por uno de sus primeros decretos (27 de Julio 1872) concedió amnistía general á todos los revolucionarios que estuviesen con las armas en la mano.
El Gen. Díaz consideró esa amnistía degradante para él y para sus secuaces, como lo declaró en una circular fechada el 13 de Sept. de 1872, en Chihuahua: “Creí á propósito proponer que la revolución acreditara dos personas de su confianza cerca del Gobierno para entrar con él en negociaciones francas de que pudiera resultar la paz y la substitución de la degradante ley á que ha querido llamarse amnistía por otra que no rebaje nuestra dignidad militar y nos confunda con los infidentes en la época de la Intervención, como parece que intencionalmente se hizo.”[8]
En esta ocasión el jefe rebelde fué sobrepujado en astucia por el Presidente diplomático, quien logró exhibirlo como traidor á la patria.
Natural era, pues, que las personas amantes de la paz demostrasen su disgusto por la antipatriótica conducta del Gen. Díaz, derrotándolo en los comicios para las elecciones presidenciales, en 1872.
Pero así como un leopardo no puede cambiar las manchas de su piel, Porfirio Díaz, á pesar de lo que dicen sus numerosos aduladores y sus falsos admiradores, es hoy el mismo traidor á la patria que hemos visto en los nueve años de casi no interrumpidas rebeliones y sediciones.
Siempre lo vemos aparecer como perjuro contra la Constitución, contra la República, las Leyes de Reforma y la No-reelección. Ha roto con los dogmas de su partido, con todos los principios liberales que profesó en otro tiempo, con todas las aspiraciones de su patria.
Aspiraba á ser un Washington, y ha degenerado en un Sylla hispano-americano; quiso establecer un paternalismo liberal, y logró tan sólo crear un rastrero “Diazpotismo”; ambicionó ser émulo de Napoleón I, y siguió los pasos de César Borgia; esperó gobernar, y sólo ha aterrorizado; llegó á imaginarse que podía engañar á la historia, y sólo se ha chasqueado á sí mismo.
En sus conversaciones privadas con amigos y extraños, procura convencerse á sí mismo y á los demás de que su propósito constante ha sido el de la honradez y el propio sacrificio, pero que las circunstancias lo han forzado á seguir por otra senda.
Hace un año, en una audiencia que concedió á E. T. Simondetti, presidente de el “El Diario”, le dijo:
“En 1879, cuando declaré que me oponía á la reelección para la presidencia fuí sincero; pero después mis amigos me rogaron que permaneciese en el poder para bien de la nación”.
De lo expuesto se infiere lógicamente que ahora no es sincero, pues los mismos amigos le siguen rogando, en cada nueva farsa electoral, que continúe en el poder para bien de la nación.
En las primeras líneas del plan de la Noria (1871) que fué la proclama contra el gobierno de Juárez, encuentro lo siguiente:
Al Pueblo Mexicano.
“La reelección indefinida, forzosa, y violenta del Ejecutivo Federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales.”
Este cómico llamamiento al pueblo mexicano, hecho por el incipiente sátrapa, recuerda el de otro mandarín mexicano, el traidor Santa Ana, que acostumbraba poner al pie de todas sus bombásticas proclamas y cartas: “Patria y Libertad!” En el famoso Plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco, (21 de Marzo 1876) proclama Porfirio Díaz, bajo su firma: “Art. 20. Tendrán el mismo carácter de ley suprema la NO-REELECCIÓN del Presidente de la República y Gobernadores de los Estados, mientras se consigue elevar este principio al rango de reforma constitucional, por los medios legales establecidos por la Constitución.”
El 16 de Sept. de 1879 hizo el Presidente Díaz ante el Congreso la siguiente declaración:
“No es la oportunidad de que el ejecutivo exprese su juicio sobre esa materia; pero sí debo hacer ante el Congreso la solemne protesta de que jamás admitiré una candidatura de reelección aun cuando ésta no fuere prohibida por nuestro código, pues que siempre acataré el principio de donde emanó la Revolución iniciada en Tuxtepec.”[9]
Cada cuatro años, poco más ó menos, el viejo zorro Porfirio Díaz ordena á sus sicofantes que esparzan el rumor de que el Presidente va á renunciar al poder, de que está cansado y viejo, que desea retirarse á la vida privada.
Entonces muchedumbres de sus amigos, “los Amigos Amistosos de la Amistad” de un modo oficial ó extra oficial, comienzan sus peregrinaciones á Chapultepec, ó al Palacio Nacional y le ruegan rendidamente que permanezca por otro período más, siempre para bien del país; y el viejo socarrón, con lágrimas de gratitud, se sacrifica resignadamente, porque así lo quiere la nación. “Cuando un gobernante dice: quiero dejar el poder, pero si la nación me exige nuevos sacrificios, continuaré sacrificándome”, debe entenderse: “no tengo el menor deseo de dejar el poder y los interesados en que no lo deje deben tomar, aun cuando sea ridículamente, el nombre de la nación, para que ésta me ruegue que no la abandone. Esta copla ha sido recitada en todos los siglos, en todos los planetas, en todas las naciones, por todos los ambiciosos, y ha servido para millones de chistes en sainetes, zarzuelas, y periódicos bufos.”[10]
Cuando se aproximaba la elección presidencial de 1876, el siempre listo Porfirio inició otra revolución.
Unos de los puntos de acusación de los revolucionarios contra el Gobierno, fué: “que el sufragio público se ha convertido en una farsa, pues el presidente y sus amigos por todos los medios reprobados hacen llegar á los puestos públicos á los que llaman sus ‘Candidatos Oficiales’, rechazando á todo ciudadano independiente.”[11]
Los revolucionarios no aguardaron á que concluyese el período de Lerdo, el que terminaba el 30 de Nov. de 1876.
El Gen. Díaz reunió 5,000 hombres y tuvo un encuentro con el Gen. Alatorre, que mandaba 3,000 hombres, cerca de la hacienda de Tecoac. La batalla estaba empatada, porque ambos generales se tenían un miedo recíproco.
Por fortuna para el Gen. Díaz, se salvó la jornada con la llegada del Gen. González, quien cayó como un huracán sobre el enemigo, destrozándolo. El número total de muertos por ambas partes, ascendió á 95.
Después de esa derrota, el Presidente Lerdo, en vez de luchar, hizo sus maletas y huyó hacia los Estados Unidos.
El único vestigio de autoridad que quedó en México, después de la fuga del Ejecutivo legal, fué José María Iglesias, uno de los triunviros del gobierno liberal durante la Intervención francesa.
Iglesias fué un hombre puro, un honrado patriota del tipo de Catón.
Era Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando Lerdo se fugó, y, por lo tanto, el Presidente interino constitucional.
Sobre este particular decía el plan de Tuxtepec:
“Art. 60. El Poder Ejecutivo, sin más atribuciones que las meramente administrativas, se depositará, mientras se hacen las elecciones, en el Presidente de la Suprema Corte de Justicia actual, ó en el magistrado que desempeñe sus funciones.”
Iglesias se dirigió á Querétaro con su gobierno, y entró en arreglos con el Gen. Díaz. Las conferencias se celebraron por medio del telégrafo, entre Iglesias y Justo Benítez, representante del Gen. Díaz.
Benítez telegrafió, entre otras cosas:
“La base indeclinable de todo arreglo tiene que ser el plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco, como la expresión genuina de la voluntad nacional. ¿La acepta Vd.?”
Iglesias respondió: “No pudiendo haber vacilación de mi parte en punto tan capital, no acepto, ni puedo, ni debo aceptar la base que Vd. califica de indeclinable. Todo lo que sea separarse de la Constitución de 1857, será rechazado por mí que soy el representante de la legalidad.”[12]
Una de las condiciones impuestas por el Gen. Díaz á Iglesias fué: “que dicho General sería Ministro de la Guerra en el Gobierno del Presidente Interino”; condición inaceptable, puesto que Iglesias había declarado en su manifiesto, que ni él ni sus Ministros figurarían como candidatos en las elecciones á que convocara: circunstancia á la que no quiso plegarse el Gen. Díaz. De modo que el caudillo revolucionario, no sólo reconocía al Presidente Interino, sino que deseaba formar parte de su Gabinete.
El reconocimiento se hacía, conforme al art. 82 de la Constitución, y conforme á él eran del todo improcedentes las condiciones puestas por el Gen. Díaz.[13]
Esta controversia sobre un punto de legalidad y de constitucionalidad estuvo bien manejada por el General Díaz y su banda revolucionaria. Sin embargo, tenía admirable semejanza al argumento entre el lobo y el cordero. Como era de suponerse, las negociaciones no dieron ningún resultado, y el único vestigio que de legalidad quedaba tuvo que huir hacia los Estados Unidos, para conservar la vida.
Con este incidente termina la lucha de nueve años emprendida por Porfirio Díaz con el objeto de capturar la Presidencia de la República.
El Cuarto Período.
Nunca debe entregarse una nación á un hombre, quien quiera que sea y cualesquiera que sean las circunstancias.
Thiers.
Un pronunciamiento, según el talentoso historiador mexicano C. Pereira, (forma que tomó la desmoralización militar en España y sus antiguas colonias), es la intervención del ejército armado en los negocios públicos, imponiéndose por la fuerza. Como el papel social del ejército es la conservación del orden y la defensa de la patria, el pronunciamiento constituye un crimen.
El pronunciamiento de Tuxtepec fué la escala por la que ascendió Porfirio Díaz al poder, es decir, por medio de un crimen.
Así como Napoleón Bonaparte sólo pudo conservar su corona por medio de las armas, Porfirio Díaz mantiene su poder autocrático sólo en virtud de una serie ó concatenación de felonías políticas. Una relación detallada de todas las atrocidades cometidas por orden suya y por medio de sus asalariados asesinos, llenaría las páginas de tres gruesos volúmenes en folio, por lo que me limitaré á hablar únicamente de los más cobardes y característicamente torpes, para dar una idea de su mistificador “gobierno pacífico”.
La metamorfosis de Porfirio Díaz, á partir de su primer período administrativo hasta el presente, es tan inesperada como la evolución de cualquier gusano despreciable que llega á convertirse en una multicolora espléndida mariposa.
Llegó á la presidencia tan pobre como un ratón de iglesia; pero tan mañoso como Ulises; completamente desacreditado y, á la vez, con un enorme capital de esperanzas y de recursos maquiavélicos; sin autoridad alguna, pero listo para forjarla con sus propios instrumentos; con poca experiencia, pero sabiendo que tenía por delante toda su existencia para la práctica de la política; sin prestigio nacional ni internacional, pero preparado para crearlo por medio de juegos de manos financieros y de artificiosos anuncios dándose bombo; falto de conocimientos de estadista, pero confiado en que la sabiduría del país gravitaría al rededor de su silla presidencial.
Inauguró su primer período apareciendo como un hombre tan sospechoso, que, según se complace él mismo en referirlo á sus amigos, al principio no encontró un comerciante que se atreviese á honrar su firma y á prestarle un peso para ayudar á los gastos de la administración.
Con frecuencia sucedía, cuando caminaba por la calle de San Francisco, en México, que sus amigos y conocidos apresuraban el paso para tomar una calle atravesada, ó entraban en algún establecimiento para evitar su saludo.
Por intuición adivinó que para gobernar con buen éxito dentro de la esfera del despotismo, es necesario seguir al pie de la letra el aforismo de Maquiavelo que dice: “No es necesario que el príncipe posea todas las virtudes que he enumerado; pero es indispensable que parezca que las posee.”[14]
Y consecuente con este principio, el lobo se vistió la piel del cordero, con lo que engañó tanto á los mentecatos como á los sabihondos.
El diagrama siguiente demuestra la evolución de los sendos períodos presidenciales de Porfirio Díaz:
De 1876 á 1880—primer período—Presidente revolucionario.
De 1880 á 1884—interregno del Gral. González.
De 1884 á 1888—segundo período—Protector.
De 1888 á 1892—tercer período—Cónsul.
De 1892 á 1896—cuarto período—Cónsul vitalicio.
De 1896 á 1900—quinto período—Ungido Jefe Supremo.
De 1900 á 1904—sexto período—Emperador.
De 1904 á 1910—séptimo período—Gran Mogol.
La gradación desde presidente revolucionario hasta Gran Mogol escandalizará á los ignorantes, pero merece que se la considere con detenimiento.
Para llegar á la cima de la escala ascendente se necesitaban treinta años de labor infatigable de corrosiva destrucción de todas las libertades del pueblo mexicano, por las cuales había luchado durante más de doce lustros. Porfirio Díaz sólo necesitó la mitad de ese tiempo para destruirlas. Fué una operación completamente secreta, como el trabajo de la polilla que va carcomiendo interiormente la troza de madera, sin que sea posible notarlo desde el exterior.
Su primer período fué el cimiento para afianzar su poder imperial. Utilizó el período del General González para hacer experimentos sobre los resultados de las iniciativas del arreglo de la famosa deuda inglesa, del Banco del Gobierno y de la emisión de una nueva moneda de níquel, de á cinco centavos.
Muy diestramente y con conocimiento perfecto de la codicia de González, sugirió esas iniciativas cuando fué Ministro de Fomento, en el gabinete del mismo González.
El gobierno de Porfirio Díaz no dejó en las arcas federales ni un centavo partido por la mitad, para su sucesor, Manuel González, á pesar de que los ingresos de la nación en la última parte del año de 1880 revelaron gran aumento, ascendiendo á $22,278,845.[15]
Al terminar su primer período, en 1879, se declaró en contra de la reelección, no de un modo sincero, sino simplemente porque sus cómplices revolucionarios, los generales conspiradores y rebeldes que le habían ayudado, no le hubieran permitido monopolizar el poder y los productos de cohechos y sobornos y chanchullos.
Entonces decidieron postular para Presidente en el período de 1880, á un hombre leal, que obedeciese ciegamente las órdenes del partido. El General Mier y Terán fué el designado.
Pero, por desgracia para ellos, Mier y Terán, como Gobernador del Estado de Veracruz, obedeció demasiado al pie de la letra la orden de asesinato que le dió el Presidente Díaz en el famoso 25 de Junio.[16]
Ese acto cobarde levantó una tremenda tempestad de indignación contra la administración de Díaz, y eliminó la candidatura de Mier y Terán.
Entonces se escogió á Justo Benítez, ex-secretario de Porfirio Díaz, su consultor y su Mefistófeles durante el período revolucionario. Pero Díaz sospechó de la lealtad de Benítez, y entonces se pensó en el General González, quien, además de ser compadre del Presidente, era soldado y obedecería sus órdenes sin vacilar.
González fué uno de esos innumerables rebeldes de profesión, de los que, desde que México se independizó de España, habían tomado las revoluciones como un modo de vivir.
Sin escrúpulos, desprovistos de patriotismo, faltos hasta de los más rudimentarios conocimientos militares, el único talento de esos hombres, con muy pocas excepciones, consistía en el valor en la pelea. Sus conocimientos tácticos corrían parejos con los del General Cartaux, quien escribió á la Asamblea Nacional proponiéndole su plan para la toma de Tolón, el cual consistía en que “el general de artillería bombardeará á Tolón por espacio de tres días, al cabo de los cuales lo asaltaré con tres columnas y lo tomaré á viva fuerza.”[17]
Para esos aventureros la presidencia estaba simbolizada por el Palacio Nacional, donde reside el Presidente de la República, como para los mahometanos la Mecca ó Medina sintetiza el mahometismo.
Sus proclamas rezan, por regla general: “Este plan se pondrá en toda su fuerza y vigor tan luego como el General en jefe del Ejército Regenerador ocupe el Palacio Nacional.”[18]
Es evidente que consideran la nación, especialmente el tesoro público, como algo que les pertenece en propiedad.
Porfirio Díaz era el asociado y compinche de esos filibusteros, absorbió sus medios, sus ambiciones y alcanzó buen éxito donde los otros fracasaron.
La administración de González saqueó el tesoro nacional, vendiendo concesiones ferrocarrileras, con proyectos de colonización, con empréstitos, con lo del Banco Nacional, etc. Él y su pandilla ordeñaron el tesoro hasta extraerle la última gota, hasta el último día, en el que, como despedida, el Presidente extrajo los $9,000 que quedaban en las arcas de la nación.[19]
Entre los ministros de González figuraron Ignacio Mariscal, encargado de la cartera de Relaciones, y Francisco de Landero y Cos, Secretario de Hacienda. Ambos fueron la honradez personificada.
El General González, con la ayuda de su genio maléfico, Ramón Fernández, Gobernador del Distrito Federal, conspiró para deshacerse de Landero y de Mariscal.
Cuando se puso á discusión en el Congreso la Ley del níquel, el General González envió orden para que se suprimiese la limitación de pagos. Esa limitación y la Ley eran obra del ministro Landero, quien llegó al Congreso demasiado tarde para tomar participación en el asunto, y como comprendió el espíritu de la orden mencionada, presentó su renuncia. Pero antes de salir del ministerio, declaró ante el Congreso que había en las arcas del Gobierno más de un millón de pesos.[20]
Para aquella manada de lobos famélicos eso fué un llamamiento al robo y al pillaje.
En el arreglo de lo del Banco Nacional, los banqueros franceses, que fueron los que proveyeron el capital, tuvieron que gastar $1,000,000 en acciones, y $1,500,000 en efectivo, para sobornar á la Administración.[21]
El empréstito para el pago de la deuda inglesa les debió proporcionar una utilidad de $20,000,000, lo que unido á la Ley del níquel, por la que inundaron todo el país con piezas de á cinco centavos, provocó casi una revolución, incidente que redujo la supradicha utilidad á $2,000,000.
Por fortuna el período presidencial tocaba á su término y Porfirio Díaz apareció como el salvador, mientras que González bajó del poder en medio de la vergüenza y de la ignominia, considerado como el “Presidente-Atila”.
Pero en cuanto volvió á tomar Díaz las riendas del gobierno, en su segundo período, no pensó más que en sí mismo, dictando todas las providencias necesarias para impedir que algún competidor pudiese desposeerlo de la Presidencia. Después resolvió eliminar á todos los competidores, y, para el efecto, se erigió en una especie de providencia de la nación, legitimada por la necesidad. Como consecuencia de lo primero, se volvió desconfiado y terrible; como consecuencia de lo segundo, se volvió exclusivista y celoso.[22]
Para poder eliminar á todos sus rivales, uno por uno, era necesario poseer en cuerpo y alma toda la administración de justicia, la policía y el ejército nacional.
Empezó por reemplazar todo el personal de la administración de justicia con servilones manufacturados por él, desde el Ministro del ramo hasta al más ínfimo escribiente. En lugar de los Gobernadores independientes, que antes eran elegidos libremente por el pueblo, impuso hombres suyos, ex-generales, ex-revolucionarios, que aspiraban á la presidencia como medio de enriquecerse. Como gobernadores tenían las mismas oportunidades para el efecto, siendo menor el peligro y sin llamar tanto la atención.
Tan luego como colocó á sus criaturas en todos los puestos de la administración, es decir, de gobernadores, ministros de Estado, senadores, diputados, jefes políticos, comenzó á desgarrar la Constitución, suprimiendo el poder de la prensa, matando la libertad personal por medio de las prisiones arbitrarias, y eliminando lentamente á sus enemigos con la ayuda de “accidentes” y de la famosa “Ley Fuga”.[23]
Pruébase que el gobierno de Díaz era ilegal con el mero hecho de que el Gabinete de Washington se negó á reconocerlo, á causa de su origen revolucionario,[24] y sólo en el año de 1879 lo reconoció formalmente y acreditó un representante en México.[25]
Porfirio Díaz pensó, y no sin razón, que la posesión equivale á las nueve décimas partes de la ley.
Para poder continuar constitucionalmente en la Presidencia, era indispensable reformar la Constitución. Así lo hizo Porfirio Díaz, antes de que terminara su segundo período, y al mandato del señor, sus parásitos en el Congreso establecieron la Presidencia por dos períodos consecutivos.[26]
Pero como esto no bastaba, en el tercer período, obedeciendo el Congreso las órdenes de Díaz, “resolvió el punto definitivamente, aboliendo toda clase de limitaciones”.[27]
Después de esa confirmación de poder, quedó prácticamente convertido en Cónsul vitalicio, y en absoluta libertad para obrar á su antojo.
Capítulos especiales dedicaré á sus asesinatos, así como á la prensa y á la administración de justicia durante su régimen.
La tan cacareada necesidad de conservar á Porfirio Díaz en el poder, en beneficio de la paz, es otro cuento fantástico inventado por el Presidente y su pandilla de cortesanos, tratando de convertir en virtud una gigantesca espoliación política.
Dos de los escritores é historiadores mejor conocidos de México, han discutido en términos formidables ese argumento.
Francisco Bulnes dice “la paz no es causa del progreso de México, todo lo contrario, la paz es la consecuencia del progreso de México y es fácil convencerse de ello”.[28]
Fernando Iglesias Calderón, dice: “Dos personajes políticos, cuya adhesión, sumisión y admiración al Gral. Díaz es manifiesta y proverbial, han declarado honradamente que los bienes que se atribuyen al gobierno de hoy, se deben, en su origen, á los anteriores gobiernos liberales. Esto equivale á trocar el mérito en fortuna, ya que el simple transcurso del tiempo ha desarrollado los bienes fundados por el Gobierno liberal de Don Benito Juárez.”[29]
Los partidarios y admiradores de Porfirio Díaz citan como buena prueba de sus afirmaciones la presente prosperidad de México.
Esto se puede refutar muy fácilmente.
La inversión y desarrollo del capital extranjero significan para México adelanto y prosperidad, porque México carece de capital doméstico. El progreso agrícola, la irrigación y la inmigración significan la prosperidad de México. La actual administración no tiene parte alguna en la inversión inicial de capital en México; jamás ha hecho algo en pro del desarrollo agrícola, ó de la inmigración; y sólo después de treinta años de la pretendida prosperidad, ha comenzado á pensar en la irrigación.
Inútil es decir que ni la inversión de capitales ni la prosperidad eran cosas posibles en México, mientras el poder político y cuatro quintas partes del suelo estuviesen en manos del clero. Así, pues, era esencial poner término al poder de la Iglesia. Benito Juárez fué quien llevó á cabo esa hercúlea labor, con un valor y una persistencia admirables, logrando realizar, á mediados del siglo pasado, lo que Italia sólo se atrevió á hacer por los años setenta, y Francia últimamente.
Necesitó México de algún tiempo para reponerse de los efectos de esa terrible guerra, así como de los de la Intervención.
Precisamente ese mismo Porfirio Díaz, que hoy es considerado indispensable para la prosperidad del México moderno, entonces, y por espacio de nueve años consecutivos, quebrantó la paz del país é interrumpió el progreso de la nación con sus absurdos planes de regeneración y sus revoluciones criminales.
La primera vía férrea, que fué la de México á Veracruz, se terminó durante la administración de Lerdo de Tejada. En la época de González fué cuando se encauzó hacia México la corriente de capitales americanos. Aquí me limitaré á copiar lo que escribió un autor en 1884:—“Un despertamiento inusitado en la vida del país resultó como primera consecuencia de la construcción de vías férreas.—A la irrupción del dinero americano, siguió la irrupción del hierro.”[30]
“Se están construyendo 20,000 casas en México—y la verdad es que jamás, desde el primer año de vida independiente en México, hasta la fecha, ni cuando llegaron á Santa Ana los millones Yankees en pago de la desmembración del territorio, ni cuando le vino á Maximiliano el dinero de Napoleón III para sostenimiento del ejército francés, se había visto en México tanta prosperidad ni tan halagadora perspectiva de riqueza y bienestar.”[31]
Si Porfirio Díaz es tan indispensable hoy para el bienestar de México, por su probidad y su imparcialidad, ¿por qué no dió pruebas de su honradez en 1880, cuando, en vez de dejar dinero en las arcas nacionales, las dejó completamente exhaustas, siendo un hecho innegable que “Los ingresos nacionales en el año fiscal de 1879-1880 pasaron de $21,000,000?”[32]
Año y medio de honrada administración financiera de parte de Landero y Cos, bastó para proporcionar al tesoro federal un superávit de más de un millón de pesos. El General González no tuvo jamás la pretensión de que su gobierno apareciese ni honorable ni filantrópico, y tan luego como el honrado Ministro de Hacienda dejó la cartera, comenzó la razzia, el saqueo de la tesorería, de la manera más desvergonzada.
Por otro lado, Porfirio Díaz siempre ha conservado la apariencia de un gobierno patriótico y recto, á pesar de lo cual, en su primer período, se colocó en la misma categoría que el General González y su cuadrilla. Sólo después de su tercer período, cuando estuvo seguro de que conservaría la presidencia durante toda su vida, dió cierto aspecto de orden á la Secretaría de Hacienda, con la evidente esperanza de repletar su bolsillo y los de aquellos que formaban su cuadrilla, con toda comodidad.
Los ingresos así como los egresos de la nación aumentaban cada año: “durante el mismo año (1891) la administración del General Díaz gastó íntegro el producto de las rentas federales, que ascendieron á $37,000,000, y $5,000,000 más” según la declaración que hizo Matías Romero ante el Congreso, en 1892.[33] Matías Romero, quien había sido Ministro de México cerca del Gobierno de Washington, durante la Intervención francesa, no puede ser acusado de connivencia con la administración. Lo que hay es que no era un financiero y no sabía hacer juegos de manos con los números, como los hace José Ives Limantour.
Los que resultaron más perjudicados á la postre, fueron el pueblo mexicano y los empleados del gobierno. Estos desdichados no recibieron sus sueldos en dinero contante, hasta que Limantour se encargó del Ministerio de Hacienda. En vez de dinero recibían los empleados certificados de alcances, especie de vales pagaderos á la vista en la Tesorería.
Con uno ú otro pretexto, esos vales no se hacían efectivos hasta que eran vendidos á una casa de judíos alemanes, la de los Scherers, que los compraba al 40 ó 50 %, y los cobraba por su valor íntegro cuando los presentaba al Ministro de Hacienda.
Pero desde el principio el General Díaz fué muy cauto, muy escrupuloso en el pago del haber á la tropa, como lo expuso en un brindis que pronunció en el Colegio Militar de Chapultepec: “los soldados que militaban conmigo me amaban; y estaban dispuestos á perder su vida por mi vida.—¿Qué había yo hecho para obtener aquel sacrificio generoso, abnegado, aquel sacrificio voluptuoso de derramar su sangre por mí? Era solamente esto: todos abrigaban la convicción de que yo no les había estafado su haber.”[34]
En este brindis confiesa paladinamente el General Díaz que debe la lealtad de sus tropas, no á la legitimidad de su causa, sino al hecho de haberlas pagado con regularidad.
En el sexto período, cansado el General Díaz de tener que repetir cada cuatro años la farsa de la reelección, hizo que se reformara de nuevo la Constitución, ampliando el período presidencial á seis años, en vez de cuatro.
Este “Augusto mexicano”, como llamó Francisco Bulnes al General Díaz, inició otra ley, el 24 de Abril de 1896, por la que se autorizó al Presidente á delegar su poder en la persona que quisiese, mediante la aprobación del Congreso.[35]
Cuando concluyó el Gran Anciano de echar remiendos á la Constitución de 1857, quedó ésta convertida en el traje abigarrado de un arlequín.
Ahogó la libertad de la prensa; se apoderó del Congreso; manejó á su antojo el ejército y la marina (?); los gobernadores y jefes políticos fueron sus esclavos, y la justicia su servidora. De ese modo construyó una máquina política que es la más perfecta que existe en el mundo.
Tamany Hall, comparado con esa máquina, es tortas y pan pintado; la autocracia de la Rusia pisoteando á la Duma, parece bondadosa.
Abdul Hamid ha jugado ya su último triunfo contra la Joven Turquía; los fatalistas persas han hecho que el hado se vuelva contra el omnipotente Shah; hasta la joven China ha llevado á cabo el acto inconcebible de inyectar reformas en el Celeste Dragón.
Todas las naciones pisoteadas de nuestro planeta, han dado un mentís á la historia, á los principios eminentes, á los privilegios hereditarios, y, lentamente, pero con alegría, empiezan á respirar el aire de la libertad.—Sólo México permanece esclavizado por la tiranía de un hipócrita genial, árbitro y verdugo de su suerte; y se encuentra atado de pies y manos á la ambiciosa voluntad de ese ex-bandido, pues está hipnotizado hasta la inmovilidad por el más hábil de los caballeros de industria de la política.
Después de haber erigido su poder sobre un estuario de sangre, de haber adquirido una enorme fortuna por medio de su influencia política, de haber impuesto la adulación á sus conciudadanos, y capturado furtivamente la admiración de las naciones extranjeras, pretende Porfirio Díaz, como término del clímax, decretarse el homenaje de la historia.
Si llegase á soltar el poder, ó si muriese como cualquier mortal común y corriente, la historia se lanzaría sobre él, animada por la venganza, para vomitar la verdad, como de una “cloaca maxima”, á fin de enterrar en la fosa común la ridícula fama de patriota, de estadista y de general del Presidente Díaz.
Ahora bien, cuando de un poder depende escoger únicamente diez hombres inocentes cada año para matarlos, entre un millón de hombres; todo el millón vive aterrado aun cuando se demuestre al fin del año que cien mil individuos contra uno han gozado de sus derechos.
F. Bulnes.
La Morgue de Porfirio Díaz.
Sus Asesinatos. Sus Víctimas.
Hace cerca de treinta años que perpetró Porfirio Díaz la infame carnicería de Veracruz, en la madrugada del 25 de Junio de 1879.—Ni los veracruzanos, ni los mexicanos en lo general, han podido olvidar esa fecha luctuosa, y ni con sus pretensiones de paternalismo, sus mentiras é hipocresías, ha logrado Porfirio Díaz, cual otro Macbeth, borrar de su mano la sangre y la responsabilidad de ese crimen proditorio, que lo coloca en la historia al lado de Caracalla.
El tan ponderado “gobierno de la paz” de ese paternal verdugo, ha atraído sobre su cabeza el odio y el desdén de los veracruzanos, que lo desprecian con todas las energías de su alma.
Hace dos años publicaron los periódicos noticias de la ejecución de varios presos políticos, perpetrada por Estrada Cabrera, el Presidente de Guatemala. Los periódicos mexicanos se expresaron muy duramente contra Estrada Cabrera, y parecía que gozaban al publicar largos artículos sobre el asunto. Entonces oí de boca de varios mexicanos esta aseveración:—“Los periódicos están acusando hoy á Estrada Cabrera exactamente de los mismos crímenes que ha cometido Porfirio Díaz en mayor escala, no una sola vez, sino continuamente y hasta el momento actual. Esa indignación contra Estrada Cabrera es una denuncia indirecta de la política del General Díaz; pues, como no tenemos libertad de prensa, nos vemos obligados á expresar nuestras opiniones por medio de rodeos.”
Voy á reproducir parte de una carta escrita por una distinguida dama mexicana, en la que se reflejan los sentimientos de sus compatriotas más inteligentes. Hablando de las ejecuciones de Guatemala, dice:
“Ahora, por estar los ánimos tan indignados contra el Presidente de Guatemala y que se compadece tan hondamente á los cuatro valientes que murieron asesinados de una manera tan vil, viene á mi mente, por la analogía que encuentro en ello, el famoso 25 de Junio, de Veracruz, y me pregunto si en México, en aquel entonces, el ejecutor de esa infamia no inspiró la repulsión que ahora inspira Estrada Cabrera; y también me digo, que para este último podría caber la disculpa de la influencia poderosa del ejemplo, que al tratar de tomar de modelo á nuestro cínico autócrata, se deslumbró por el éxito asombroso de los crímenes de éste y pensaría que, al cabo de algunos años, como ha pasado aquí, tendría todos los honores, todo el incienso de una divinidad terrestre, y que imponiéndose por el terror, llegaría, como su vecino, á la apoteosis en vida. Yo insisto que en los males que afligen á Guatemala, tiene su parte de culpa el déspota nuestro.”
En el primer período de Porfirio Díaz, (1876-1880) reinaban en México la intranquilidad y el desafecto. Díaz no había cumplido sus tan pregonadas promesas del plan de Tuxtepec, y, en el fondo, las cosas estaban poniéndose peor de lo que se encontraban antaño. El caso equivalía á saltar de la sartén para caer en el fuego.
El resultado fué una conspiración para derrocar á Díaz y traer la “Restauración” del poder lerdista. Los principales caudillos de esa conspiración fueron el General Escobedo, el General Bonifacio Topete, los Coroneles Lorenzo Fernández, Carlos Fuero, José B. Cueto, y algunos otros jefes.[36]
Esos caudillos conspiraron con poca habilidad y mal éxito.
En los comienzos el gobierno usó de cierta lenidad para con los conspiradores; pero llegó un momento en que creyó necesario castigar y aterrorizar á sus enemigos.
La policía, en virtud de la denuncia que hizo uno de los conspiradores, cateó la casa de Don Felipe Robleda, y encontró, bajo una alfombra, los documentos relativos á la conspiración y la lista de los comprometidos en ella. El General Díaz envió la lista de los conspiradores al Gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenándole que aprehendiese á los comprendidos en ella. Terán aprehendió á los que estaban á mano, y telegrafió al Presidente anunciándoselo. Porfirio Díaz le contestó de un modo lacónico: “FUSÍLALOS EN CALIENTE”.
En ese telegrama no se ordenaba un juicio previo, ni siquiera una investigación para establecer la culpabilidad; sino que se daba sencillamente la orden de matar en el acto.
Nueve individuos fueron fusilados, á saber: Jaime Rodríguez, el Dr. Ramón Albert Hernández, Antonio P. Ituarte, Francisco Cueto, Luis Alva, Lorenzo Portilla, Vicente Capmany, J. A. Rubalcaba, y Juan Caro.
En el “Juan Panadero”, periódico de Guadalajara, de fecha 13 de Julio de 1879, encuentro un artículo que, á semejanza de nuestros periódicos amarillos, trae los siguientes títulos:
LA BACANAL DE SANGRE. — ASESINATOS COMETIDOS POR TERÁN. — NUEVE ASESINADOS. — OCHO VIUDAS. — TREINTA Y SIETE HUÉRFANOS. — DETALLES HORROROSOS.
En una nota dicen los editores:
“En ella (correspondencia de Veracruz) verán hasta dónde puede llegar el salvajismo de los actuales usurpadores del poder y el odio profundo, el desprecio sin igual con que ven la vida del hombre y las garantías individuales en tratándose de los constitucionalistas. De hoy en adelante Tuxtepecano y asesino serán una misma cosa si Don Porfirio cobija bajo su manto á los verdugos de Veracruz y deja impunes sus atentados.”
Voy á limitarme á extractar del mismo periódico algunos párrafos, para dar idea de cómo fué ejecutada la orden del Presidente Díaz:
Llegados al cuartel, Terán—identificó la persona de Capmany,—y le dijo:
—¿Es Vd. Don Vicente Capmany?
—Sí, contestó el marino con entereza.
—Pues voy á fusilarlo á Vd. de orden del Presidente.
—Se va á cometer un asesinato, contestó Capmany, porque no hay razón para ello, pues no me acusa mi conciencia de ningún delito.
—¡Cállese Vd.! ¡A ver, fusilen á ese hombre! profirió Terán.
—Señor, ¿podré escribir algunas cartas antes de morir? Pido sólo diez minutos.
—¡Fusílenlo en el acto!, rujió Terán, sediento de sangre.
Salió Terán del cuartel del 23 y fué al del 25. Llamó á Rubalcaba y á Caro, oficiales que estaban de guardia, y á Loredo y á Rosello, oficiales del mismo cuerpo, y los llevó al cuartel del 23. Una vez allí, dió orden de fusilar á los cuatro, sin más trámite ni forma de proceso...
El último, mal amarrado, se desató y echó á correr, y la escolta hizo fuego sobre él, matando á un soldado que estaba de imaginaria, é hiriendo á dos más.
La hiena llamó á don Antonio Ituarte, joven de 28 á 30 años.
—¿Es Vd. Don Antonio Ituarte?
—Bien me conoce Vd., respondió impasible la víctima.
—Ya le he dicho á Vd. dos veces que se ausentara de la población, y que á la tercera vez que lo llamara lo fusilaría.
—Es cierto.
—Pues voy á fusilarlo en el acto.
—Está bien.
Marchó Ituarte al suplicio; pero antes se volvió á Terán y le dijo:
—¡Asesino!
Llegó su vez á Cueto.
—¿Es Vd. Don Francisco Cueto?
—Lo sabe Vd. tan bien como yo.
—¡Fusílenlo! prorrumpió Terán.
—Creo, dijo Cueto, que si soy culpable de algún delito, se me debe juzgar antes. ¿De qué se me acusa?
—Está Vd. conspirando.
—En ese caso que se me consigne á un juez, que debe ser el Juez de Distrito.
—Aquí no hay más juez que yo, ni más ley que lo que mando. Fusílenlo.
Llegó su vez á Don Luis Alva.
—¿Me va Vd. á fusilar también, cristiano?—preguntó á Terán, con quien llevaba amistad íntima.
—Y en el acto lo voy á hacer.
—Pero ¿está Vd. loco? ¿No cree Vd. que ha corrido demasiada sangre? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Cuál es mi delito?
—¡Silencio!—vociferó Terán.—Vd. conspira y es preciso que muera.
—Supongo que tendrá Vd. las pruebas de lo que dice.
—No necesito más pruebas que mi conciencia.
—Entonces no tiene Vd. prueba alguna, cristiano, porque no tiene conciencia.
Al oir esto, Terán le dió un empellón:
—¡Fusilen á este hombre!—exclamó...
Dijo Terán:
—Es Vd. un lerdista y á éstos nada se les otorga.
—Acuérdese Vd. señor, que los lerdistas le han perdonado la vida cuando lo han aprehendido con las armas en la mano.
—Póngase una mordaza á ese hombre y fusílenlo.
En ese momento llegó al cuartel el Juez de Distrito, Lic. Rafael de Zayas Enríquez, á quien fueron algunos vecinos á despertar, y á rogarle que fuera á ver cómo impedía semejantes asesinatos. El señor Zayas Enríquez corrió al cuartel, medio desnudo, y tuvo un fuerte altercado con Terán, quien le dijo:
—¡Usted tiene la culpa de todo esto!
—¡Yo!—exclamó Zayas estupefacto.
—Sí, Vd., porque en otra vez que le consigné á Capmany y á Portilla no los condenó á presidio.
—Porque yo soy un hombre honrado, señor Terán, que no condeno sin tener pruebas legales; no soy asesino ni esbirro, sino Juez de Distrito; porque yo estoy para cumplir y hacer cumplir las leyes, no para barrenarlas.
—Pues lo hecho se queda hecho.
—Espero que aquí concluya esta bacanal de sangre.
Según sabemos, el señor Zayas impidió que siguiera la matanza, pues parece que Suárez y Galinié debían seguir á los anteriores.
Amaneció el día 25. Un rumor sordo circulaba en la población. Varias señoras, acompañadas de parvadas de niñitos, andaban por las calles, deteniendo á los transeúntes y preguntándoles por sus deudos.
—¿Qué sabe Vd. de Lorenzo?—preguntaba la esposa de Portilla, medio loca, á todo el que hallaba á su paso, sin que nadie se atreviese á darle la triste nueva.
La esposa de Cueto perdió el juicio, y se teme por su vida; la madre de la víctima se hallaba en Orizaba, en agonía.
La población está de duelo; Terán no se atrevía á salir del cuartel. La población entera se hallaba en las calles adyacentes del cuartel, y fué preciso traer un destacamento de la policía, armado con rifles, para contener á la muchedumbre.
Se nos dice que el Lic. Zayas Enríquez, en nombre de la Masonería, pidió el cadáver de Cueto y el de Capmany, ambos hermanos; pero la fiera sanguinaria, no contento con haberles arrancado la vida, se quería cebar en los muertos, y negó los cadáveres, que fueron enterrados en la fosa común, en un lugar ignorado, conducidos en un carretón, acompañados de la policía.
En la actualidad reside en la ciudad de New York un caballero mexicano, Don Rafael de Zayas Enríquez, que se expatrió voluntariamente de México, á causa de las condiciones políticas del país y de las persecuciones de parte de José Ives Limantour, á quien había combatido en discursos públicos y en la prensa. Este caballero, que es abogado, historiógrafo y escritor de gran talento, vino á New York para poder escribir con libertad sobre las condiciones actuales de México.
Después de un año de labor, concluyó un libro intitulado: “Porfirio Díaz”, que es una revista psicológica y filosófica de la vida del Presidente. Es una crítica hábil y sutil, pero no sincera, pues no dice la verdad. Sólo aquí y allá hace una finta hacia ella, como con un florete, pero solamente juega con el arma, como si tuviese temor. Quizás tiene la aprehensión del peligro, y teme que el largo brazo de Porfirio Díaz le alcance traidoramente, aun en esta tierra de libertad.