The Project Gutenberg eBook, La señorita de Trevelez, by Carlos Arniches y Barrera
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LA SEÑORITA DE TREVELEZ
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LA SEÑORITA DE TREVELEZ
FARSA CÓMICA EN TRES ACTOS
ORIGINAL DE
CARLOS ARNICHES
Estrenada en el TEATRO LARA de Madrid, la noche del 14 de Diciembre de 1916
MADRID
R. Velasco, impresor, Marqués de Santa Ana, 11, dup.
TELÉFONO, NÚMERO 551
1916
A Emilio Thuillier con un efusivo
y fraternal abrazo. Fra ter nal...
Carlos.
Madrid Diciembre 1916.
REPARTO
| PERSONAJES | ACTORES | ||
| — | — | ||
| FLORA DE TREVELEZ | Srta. | Alba (L.) | |
| MARUJA PELÁEZ | Herrero. | ||
| SOLEDAD | Sra. | Illescas. | |
| CONCHITA | Srta. | Ponce de León. | |
| D. GONZALO DE TREVELEZ | Sr. | Thuillier. | |
| NUMERIANO GALÁN | Isbert. | ||
| MARCELINO CÓRCOLES | Ramírez. | ||
| PICAVEA | Manrique. | ||
| TITO GUILOYA | Mihura. | ||
| TORRIJA | Ariño. | ||
| PEPE MANCHÓN | Peña. | ||
| PEÑA | } | Mora (S.) | |
| MENÉNDEZ | |||
| CRIADO | Pacheco. | ||
| DON ARÍSTIDES | Balaguer. | ||
| LACASA | Mora (J.) | ||
| QUIQUE | Gómez. | ||
| NOLO | Rubio. | ||
La acción en una capital de provincia de tercer orden.—Época actual
Derecha e izquierda, las del actor
ACTO PRIMERO
Sala de lectura de un Casino de provincias. En el centro una mesa de forma oblonga, forrada de bayeta verde. Sobre ella periódicos diarios prendidos a sujetadores de madera con mango, y algunas revistas ilustradas españolas y extranjeras, metidas en carpetas de piel muy deterioradas, con cantoneras metálicas. Pendientes del techo, y dando sobre la mesa, lámparas con pantallas verdes. Junto a las paredes, divanes. Alrededor de la mesa sillas de rejilla.
Al foro, dos balcones grandes, amplios; por cada uno de ellos se verá, toda entera, la ventana correspondiente de una casa vecina. Dichas ventanas tendrán vidrieras y persianas practicables. Las puertas de los balcones del Casino también lo son.
En la pared, lateral derecha del gabinete de lectura, una puerta mampara con montante de cristales de colores.
En la pared izquierda, puertas en primero y segundo término, cubiertas con cortinas de peluche raído, del tono de los divanes. Todo el mobiliario, muy usado.
En el lateral derecha, en segundo término, una mesita pequeña con algunos periódicos que todavía conservan la faja, papel de escribir y sobres. Entre la mesa y la pared, una silla. En lugar adecuado, un reloj.
Es de día. Sobre la pared de la casa frontera da un sol espléndido.
ESCENA PRIMERA
MENÉNDEZ, el criado de enfrente. Luego TITO GUILOYA, MANCHÓN y TORRIJA.
Al levantarse el telón, aparece Menéndez con el uniforme de ordenanza del Casino y zapatillas de orillo, durmiendo, sentado detrás de la mesita de la derecha. Se escucha en la calle el pregón lejano de un vendedor ambulante, y más lejana aún, la música de un piano de la vecindad, en el que alguien ejecuta estudios primarios. Un criado, en la casa de enfrente, limpia los cristales de la ventana de la derecha. La otra permanecerá cerrada. El criado, subido a una silla y vistiendo delantal de trabajo, canturrea un aire popular mientras hace su faena. Por la puerta primera izquierda, aparecen Tito Guiloya, Manchón y Torrija. El primero es un sujeto bastante feo, algo corcovado, de cara cínica, biliosa y atrabiliaria. Salen riendo.
Man.
¡Eres inmenso!
Tor.
¡Formidable!
Man.
¡Colosal!
Tor.
¡Estupendo!
Tito
Chits... (Imponiendo silencio.) ¡Por Dios, callad! (Señalándole y en voz baja. Andan de puntillas.) Menéndez en el primer sueño.
Tor.
¡Angelito!
Man.
(Riendo.) ¿Queréis que le dispare un tiro en el oído para que se espabile?
Tor.
¡Qué gracioso! Sí, anda, anda...
Tito
(Deteniendo a Manchón que va a hacerlo.) Es una idea muy graciosa, pero para otro día. Hoy no conviene. Y como dice el poeta: ¡Callad, que no se despierte! Y ahora... (Se acercan.) Ved el reloj... (Se lo señala.)
Tor.
Las once menos cuarto.
Tito
Dentro de quince minutos...
Man.
(Riendo.) ¡Ja, ja, no me lo digas, que estallo de risa!
Tito
Dentro de quince minutos ocurrirá en esta destartalada habitación el más famoso y diabólico suceso que pudieron inventar imaginaciones humanas.
Tor.
¡Ja, ja, ja!... ¡Va a ser terrible!
Man.
¿De manera que todo lo has resuelto?
Tito
Absolutamente todo. Los interesados están prevenidos, las cartas en su destino, las víctimas convencidas, nuestra retirada cubierta. No me quedó un cabo suelto.
Tor.
¿De modo que tú crees que esta broma insigne, imaginada por ti?...
Tito
Va a superar a cuantas hemos dado, y las hemos dado inauditas. Va a ser una broma tan estupenda que quedará en los anales de la ciudad como la burla más perversa de que haya memoria. Ya lo veréis.
Tor.
Verdaderamente a mí, a medida que se acerca la hora me va dando un poco de miedo.
Man.
¡Ja, ja!... ¡tú, temores pueriles!
Tor.
¡Hombre, es una burla tan cruel!...
Tito
¡Qué más da! La burla es conveniente siempre; sanea y purifica; castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene al discreto. Y sobre todo, cuando como en esta ocasión escoge sus víctimas entre la gente ridícula, la burla divierte y corrige.
Man.
Eres un tipo digno de figurar entre los héroes de la literatura picaresca castellana.
Tor.
¡Viva Tito Guiloya!
Tito
Yo, no, compañeros... Sea toda la gloria para el Guasa-Club, del que soy indigno presidente y vosotros dignísimos miembros.
Man.
¡Silencio!... (Escucha.) Alguien se acerca.
Tor.
(Que ha ido a la puerta derecha.) ¡Don Marcelino... es don Marcelino Córcoles!
Tito
¡Ya van llegando! Ya van llegando nuestros hombres. Chits... Salgamos por la escalera de servicio.
Man.
Vamos.
Tito
Compañeros: Empieza la farsa. Jornada primera.
Todos
¡Ja, ja, ja!...
(Vanse de puntillas, riendo, por la segunda izquierda.)
ESCENA II
MENÉNDEZ y DON MARCELINO por primera derecha
Marc.
(Entrando.) Nadie. El salón de lectura desierto, como siempre. Es el Sahara del Casino. Menéndez dormido, como de costumbre; pues, ¡vive Dios! que no veo señal de lo que en este anónimo y misterioso papel se me previene. Anoche lo recibí, y dice a la letra... (Leyendo.) «Querido Córcoles: Si quieres ser testigo de un ameno y divertido suceso, no faltes mañana a las once menos cuarto, al salón de lectura del Casino. Llega y espera. No te impacientes. Los sucesos se desarrollarán con cierta lentitud, porque la broma es complicada. Salud y alegría para gozarla.—X.» ¿Qué será esto?... Lo ignoro; pero está la vida tan falta de amenidad en estos poblachos, que el más ligero vislumbre de distracción atrae como un imán poderoso. Esperaré leyendo. Veamos qué dice la noble prensa de la ilustre ciudad de Villanea. (Busca.) Aquí están los periódicos locales, El Baluarte, La Muralla, La Trinchera. ¡Y todo esto para defender a un cacique!... El Grito, La Voz, El Clamor, El Eco. Y estotro para decir las cuatro necedades que se le ocurran al susodicho cacique... (Deja los periódicos con desprecio.) ¡Bah! Me entretendré con las Ilustraciones extranjeras. (Coge una y lee.) U, u, u, u, u... (Don Marcelino al leer produce un monótono ronroneo que crece y apiana alternativamente y que no tiene nada que envidiar al zumbido de cualquier moscón. Menéndez sacude el aire con la mano como espantándose una mosca. Las primeras veces don Marcelino no lo advierte y sigue con su ronroneo. Al fin observa el error de Menéndez.) ¿Qué hace ese?... (Llamándole.) Menéndez... (Más fuerte.) ¡Menéndez!
Men.
(Despertando.) ¿Eeeh?...
Marc.
No sacudas, que no te pico.
Men.
¡Caramba, señor Córcoles! Hubiera jurado que era un moscón. (Se despereza.)
Marc.
Pues soy yo. Dispensa.
Men.
Deje usted; es igual.
Marc.
Tantísimas gracias.
Men.
¿Pero cómo tan de mañana? ¿Es que no ha tenido usté clase en el Estituto?
Marc.
Que los chicos no han querido entrar hoy tampoco.
Men.
¿Pues?...
Marc.
Es el cumpleaños del Gobernador civil.
Men.
¡Hombre! ¿Y cuántos cumple?
Marc.
El año pasado cumplió cincuenta y cuatro; este año no sé, porque es una cuenta que le gusta llevarla a él solo. ¿Ha venido el correo de Madrid?
Men.
Abajo estará.
Marc.
Pues anda a subirlo, hombre.
Men.
Es que como a mí no me gusta moverme de mi obligación.
Marc.
No, y que además tú, cuando te agarras a la obligación no te despierta un tiro.
Men.
(Haciendo mutis.) ¡Qué don Marcelino, pero cuidao que es usté muerdaz! (Vase segunda izquierda.)
ESCENA III
DON MARCELINO. Luego PICAVEA, puerta derecha.
Marc.
Bueno, y cualquiera que me vea a mí con este periódico en la mano cree que yo sé alemán; pues no, señor. Es que me entretengo en contar las pes, las cús y las kás que hay en cada columna. ¡Un diluvio! ¡Qué gana de complicar! ¡Para qué tantas consonantes, señor! Es como añadirle espinas a un pescado.
(Entra Pablito Picavea, mozo vano y elegante, con una elegancia un poco provinciana. Entra anheloso, impaciente. Es sujeto rápido de expresión y de movimientos.)
Pic.
Buenos días, don Marcelino.
(Deja el bastón y el sombrero, mira por el balcón de la izquierda, consulta su reloj, lo confronta con el del salón y empieza a revolver entre los periódicos.)
Marc.
Hola, Pablito. ¡Qué raro!... ¡Tú por el gabinete de lectura!
Pic.
Que no tengo más remedio.
Marc.
Ya decía yo.
Pic.
(Rebuscando entre los periódicos.) ¿Está El Baluarte?
Marc.
Sí, aquí lo tienes. (Se lo da cada vez más asombrado.) ¡Pero tú leyendo un periódico! ¡No salgo de mi asombro!
Pic.
Que no tengo más remedio. Quiero enterarme de una cosa.
Marc.
¿Ciencias, política, literatura?
Pic.
¡Ca, hombre! Que quiero enterarme de una cosa que va a pasar en la casa de enfrente; y para ello cojo el periódico; ¿entiende usted? le hago un agujero como la muestra, (Se la hace.) y por él, sentado estratégicamente, averiguo cuándo se asoma Solita, la doncella de los Trevelez. (Hace cuanto dice colocándose frente a la ventana de la derecha y mirando a ella por el roto del periódico.)
Marc.
¡Ah, granuja! ¡Conque Solita! ¡Buen bocadito!
Pic.
Eso no es un bocadito, don Marcelino, eso es un banquete de cincuenta cubiertos.
Marc.
Con brindis y todo... Pero lo que no me explico es lo del agujero que haces en el diario...
Pic.
Muy sencillo. Como Solita tiene relaciones con el criado de la casa, que es un animal, con un carácter que se pega con su sombra, yo vengo, agujereo la sección de espectáculos y a la par que atisbo, evito el peligro de una sorpresa y la probabilidad de un puñetazo, ¿usted me comprende?
Marc.
¡Ah, libertino!
Pic.
¡Si viera usted Los Baluartes que llevo agujereados!
Marc.
Eres un mortero del cuarenta y dos.
Pic.
Calle usté... ¡Ella!... La absorbo como una vorágine, don Marcelino. ¡Verá usté qué demencia!
Marc.
Yo os observaré desde aquí. (Coge un periódico.) Me conformaré con El Eco.
Pic.
No, que es muy pequeño, coja usted La Voz.
Marc.
Cogeré La Voz. (Coge el periódico «La Voz». Mete los dedos, arranca un trozo de papel, hace un agujero y mira.)
ESCENA IV
DICHOS y SOLEDAD, por ventana derecha
Con unos vestidos y una mano de mimbre se asoma a la ventana y comienza a sacudir, cantando el couplet de «Ladrón... ladrón...»
Pic.
(Por encima de «El Baluarte».) ¡Chits... Solita!
Sol.
(Dejando de sacudir y cantar.) ¡Hola, don Pablito, usted!
Pic.
Perdona que te hable por encima de El Baluarte... pero hasta vista así, por encima, me gustas...
Sol.
Que me mira usted con buenos ojos...
Pic.
Gracias. Oye, eso que cantabas de ladrón... ladrón, digo yo que no sería por mí, ¿eh?
Sol.
Quiá. Usted no le quita nada a nadie...
Pic.
Eso de que no le quito nada a nadie, es mucho decir.
Sol.
Digo en metálico.
Pic.
En metálico, no te quitaré nada, pero en ropas y efectos no te descuides. (Ríen.)
Sol.
¿Y qué, leyendo la sección de espetáculos?
Pic.
Sí, aquí echando una miradita a los teatros.
Sol.
¿Y qué hacen esta noche en el Principal?
Pic.
(Con gran malicia.) En el principal no sé lo que hacen. En el segundo izquierda sé lo que harían.
Marc.
(¡Muy bueno, muy bueno!)
Sol.
¿Y qué harían, vamos a ver?
Pic.
«Locura de amor.»
Sol.
¿Y eso es de risa?
Pic.
Según como se tome. A la larga, casi siempre. Y oye, Solita, ¿vendrías tú conmigo al teatro, una noche?
Sol.
De buena gana, pero donde usté va no podemos ir los pobres, don Pablito.
Pic.
Es que yo, por acompañarte, soy capaz de ir contigo al gallinero.
Sol.
¡Ay, quite usted, por Dios!... Una criada en el gallinero y con un pollo... creerían que lo iba a matar...
Marc.
(Riendo.) (¡Muy salada, muy salada!)
Sol.
(Por don Marcelino.) ¡Ay! ¿pero qué voz es esa?
Marc.
(Asomando por encima del periódico.) La Voz de la Región... una cosa de Lerroux, pero no te asustes...
Pic.
Oye, Solita...
Sol.
Mande...
Pic.
No dejes de salir esta tarde, que tengo gana de estrenar dos piropos que se me han ocurrido.
Sol.
¡Ay, sí!... A ver, adelánteme usté uno al menos.
Pic.
Verás. (Se asoma y habla en voz baja.)
Sol.
(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!...
(Sale el criado y furioso y violento coge a Soledad de un brazo.)
Criado
¡Maldita sea!... Adentro.
Sol.
Ay, hijo... ¡Jesús!
Pic.
(Cubriéndose con «El Baluarte».) ¡Atiza!
Marc.
(Idem con «La Voz».) ¡El novio!
Criado
¡Hale pa dentro!
Sol.
¡Pues hijo, qué modales!
Criado
Y más valía que en vez de estar de palique con los sucios del Casino...
Marc.
(Detrás de «La Voz».) Socios.
Criado
Sucios... Te estuvieras en tu obligación. Pa adentro.
Sol.
¡Pero hijo, Jesús, si estaba sacudiendo!
Criado
Ya sacudiré yo, ya... ¡Y menudo que voy a sacudir!
Marc.
¡Qué bruto!
Pic.
(Sujetándole el periódico.) No levante usted La Voz, que le va a ver por debajo.
Criado
Y en cuanto yo consiga verle la jeta a uno de esos letorcitos, va a ir pa la Casa de Socorro, pero que deletreando. ¡Ay, cómo voy a sacudir! ¡A cuatro manos!
(El criado cierra los cristales. Se les ve discutir acaloradamente. Él dirige miradas y gestos amenazadores al Casino. Al fin hace una mueca de ira y cierra maderas y todo.)
Marc.
¡Qué hombre más bestia!
Pic.
Habrá usted comprendido la utilidad de El Baluarte.
Marc.
Como que a mí me ha dado un susto que he perdido La Voz.
ESCENA V
DON MARCELINO y PABLITO PICAVEA
Pic.
Bueno, pero al mismo tiempo habrá usted comprendido también, que a ese monumento de criatura le he puesto verja.
Marc.