Nota del transcriptor:
La nueva portada original incluida en este libro electrónico se concede al dominio público.
PREHISTORIA
DE
PUERTO-RICO
POR EL
Dr. Cayetano Coll y Toste
DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
Estudio premiado por La Sociedad Económica de Amigos del País en el Certamen público del 8 de Mayo de 1897.
Lema.—Por todas partes la mirada del
investigador encuentra la evolución: en las
tierras del planeta y en las sociedades humanas.
SAN JUAN
TIP. BOLETIN MERCANTIL
1907
DEDICATORIA
A la Real Academia Española de la Historia.
Dr. CAYETANO COLL Y TOSTE,
SOCIO CORRESPONDIENTE.
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.
ÍNDICE.
El Archipiélago antillano.—Su división geológica.—Banda Norte.—Banda Este.—La corriente ecuatorial.—Opinión de Snider y Valdés Aguirre respecto á que la América estuvo adherida al Viejo Mundo.—Opinión de Humbold sobre la formación del globo.—Las grandes Antillas han estado unidas al Continente americano.—Pruebas geológicas.—Pruebas paleontológicas.—Cia, Poey y Fernandez de Castro.—El futuro Continente Antillano.
La isla de Puerto Rico.—Situación geográfica.—Constitución geológica.—Cordillera central.—Granito.—Diorita.—Serpentina.—Sienita.—Caliza.—Canteras de mármoles, de asperón, de yeso.—Cavernas.—Margas y arenas.—Vetas minerales de oro, cobre, plata, plomo y hierro.—¿Cómo se formó la isla?—¿Ha estado unida al Continente?—Teoría de Moreau de Jonnes en contra.—Opinión de Stahl.—Parecer de Vasconi.—Nuestra opinión.—Paleontología.—Lenguas petrificadas.
Prehistoria y protohistoria.—Indeterminación de fechas.—Thomsen: ley cronológica de la industria humana.—Mortillet: edad de la piedra y sus períodos eolítico, paleolítico y neolítico.—Colecciones etnológicas de Puerto Rico: Látimer, Acosta, Los Jesuitas, Stahl, Neumann, Nazario.—Nuestra colección prehistórica boriqueña.—Restos humanos en yacimientos del interior y de la costa de la Isla.—Fijación social del autóctono boriqueño en el período de la piedra pulimentada.—Opinión contraria de algunos autores.—El taller de piedra de la gruta de Miraflores, en Arecibo.—Pérdida del lenguaje indo-antillano.—Conservación de los idiomas indios del Continente.—El boriqueño trabajaba también la arcilla.—Utilizaba los huesos de pescado.—Conocía el oro é ignoraba el uso de los demás metales.—Desconocía el uso doméstico de la sal.—Collares de piedra. Los siete collares del tesoro de Caonabó.—Su significación.—La muerte y el olvido tras la Conquista.—Las tribus boriqueñas.—Sus jefes.—El dujo.—El boriqueño no había llegado en su civilización al último grado del período neolítico.—Carencia de túmulos.—Tal vez se encuentren algún día.
Ley histórica: emigración siguiendo el curso de los ríos.—El hombre primitivo de las Antillas procedía del inmediato Continente americano.—La emigración vino de la América meridional.—Error de Guridi y de Stahl al traerlos de la América septentrional.—Los españoles encontraron dos pueblos que se disputaban la hegemonía del Archipiélago: el Aruaca antillano, perdida la memoria de su origen continental, y el Caribe, que la conservaba.—Los Caribes procedían de los Galibis continentales.—Invasión caribeña en el Archipiélago.—Superioridad guerrera del invasor.—Derrota del Aruaca indo-antillano.—Informes de Pedro Mártir de Anglería y del doctor Chanca.—Error de Ulloa, que visto un indio estaban vistos todos.—Linneo.—Gmelin.—Buffón.—Herder.—Kant.—Hunter.—Blumenbach.—Cuvier.—Moquin Tandon.—Dumeril.—Bory de Saint-Vicent.—D’Orbigny.—Brasseur de Bourbourg.—Retzius.—Virchow.—Broca.—Humbold.—Morton.—Nott.—Dally.—Deniker.—Brinton.—Error de Zaborowski en hacer á todos los indo-antillanos Caribes.—El tronco basilio-guaraní.—El Guaraní español y el Tupí portugués eran uno mismo.—Siboneyes, Aruacas y Caribes de Girard de Rialle.—Síntesis.—Razas, sub-razas y razas mixtas.—El Aruaca y el Caribe, insulares, constituían dos sub-razas, cuyo entroncamiento estaba en la raza Guaraní de la América meridional.
Nuestras investigaciones sobre los Aruacas.—El pueblo de Aruacay en Tierra Firme.—Datos filológicos: yaya é iguana.—Exploración de Ordaz.—Los pacíficos Aruacas y los belicosos Caribes.—Datos aducidos por Cristóbal Colón.—La intrusión de Cedeño en la gobernación de Ordaz trajo la perturbación en Costa Firme.—Mal ejemplo de los conquistadores disputándose un fortín.—El alzamiento general.—Destrucción de Aruacay y guerra á sangre y fuego.—La cacería de indígenas para sostener las cuadrillas mineras de San Juan y Santo Domingo, y la pesquería de perlas en Cubagua.—Jamás volvió el indio de Tierra Firme á una franca paz, como al principio, porque las expediciones de Ojeda y Guerra fueron también atropelladoras.—Los Oficiales Reales de Santo Domingo dieron lugar á todos estos errores.—Informe de Zuazo.—Informe y sentencia de Rodrigo de Figueroa.—Los Aruacas tenían la misma alimentación que los indo-antillanos y aplicaban los mismos vocablos á sus vituallas.—Los naturales de las islas Trinidad y Cubagua también eran Aruacas.—La guerra trajo el error y la confusión.—Aplicación de epítetos al capricho.—Los pacíficos Aruacas ocuparan primero á Venezuela y Colombia é iban siendo suplantados por los belicosos Caribes.—La Filología confirma esta tesis.
El tipo indio boriqueño.—La indígena.—El indiezuelo.—Error de Íñigo Abbad.—Facultades mentales del aborigen.—La vida en tribu ó clan.—Gobierno paternal.—El cacique ó jefe supremo de la tribu.—El bohique ó curandero augur.—El nitayno ó sub-jefe.—Tres categorías en los jefes.—El naborí, especie de vasallo pechero.—La aldehuela.—El aduar Guaynía, del cacique Agüeybana, radicaba al Sur de los campos de Boriquén.—Fué primero la población del pacífico Agüeybana, cacique principal de la Isla, y luego de su hermano el valiente Guaybana.—Los poblejos indios ó yucayeques.—Las rancherías Guaynía, de Agüeybana; Aymaco, de Aymamón; Yagüeca, de Urayoán; Guajataca, de Mabodamaca; Abacoa, de Arasibo; Otoao, de Guarionex; Sibuco, de Guacabo; Toa, de Aramaná; Guaynabo, de Mabó; Bayamón, de Majagua; Jaymanío, de la cacica Yuisa; Cayniabón, de Canóbana; Turabo, de Caguax; Guayaney, de Guaraca; Guayama, de Guamaní; Jatibonicu, de Orocobix; Macao, de Jumacao; y Daguao, de Yuquibo.—El caney ó casa del cacique.—El fuego.—El boriqueño más adelantado que el nativo de algunas de las islas Marianas.—La poligamia.—La compra de la mujer.—El colesibí y el guanín como dote.—Ninguna ceremonia religiosa para el casamiento.—El matriarcado para heredar.—Guaybana heredó á Agüeybana, y no los hijos de éste.—El boriqueño no era adúltero.—Las ablusiones.—El tatuaje.—El achiote ó bija.—La jagua.—El boriqueño no practicaba el hurto.—Respeto á la propiedad en los primeros tiempos de la colonización.—Alimentación del indígena.—Sus bebidas.—Uso del tabaco.—Desconocimiento de la sal para adobar su comida.—Estadios públicos.—Juegos de pelota.—Bato y batey.—El baile.—Enfermedades y cuidados del curandero.—El ben purgativo ó tau-túa.—El agua fría y el masaje.—Por qué aceptamos en el boriqueño un estado político-social-religioso.
El indo-antillano tenía religión.—Los tres frailes Pane, El Bermejo y Tisím.—Dos grandes agrupaciones de cultos religiosos: el animismo difuso y el condensado.—¿Qué culto correspondía al indígena boriqueño?—Sitio religioso del indo-antillano en el animismo difuso.—Amuletos ó dioses penates.—Los zemís.—El totemismo.—Zoolatría.—Fitolatría.—Antropomorfismo.—Ídolos para proteger las sementeras, obtener la lluvia, facilitar los partos, conseguir caza, pesca y ayuda en los combates.—El espíritu benéfico morador de Luquillo.—Yucajú, convertido en Yukiyu, dios bienhechor de Boriquén.—Los dioses penates ó zemís, eran irradiaciones de Yucajú.—El espíritu maléfico de Boriquén venía de fuera.—Juracán.—Los fantasmas nocturnos, ó maboyas, eran irradiaciones de Juracán.—Los adoratorios.—El bohique ó augur curandero.—Ofrendas.—El cojoba.—Consejo de jefes y toma del cojibá.—Stahl niega religión á los boriqueños.—García les concede astrolatría á los haytianos.—Parecer de Colón, Mártir de Anglería, Pane, Las Casas y Oviedo respecto á la astrolatría indo-antillana.—Nuestra opinión.—Nebulosa concepción de ultratumba entre nuestros aborígenes.—Idea del bien y del mal.—No podían comprender, en su estado neolítico ó de la piedra pulimentada, la unidad absoluta de Dios.
El indio boriqueño, en la época colombina, era ya agricultor.—Sementeras en camellones.—La coa.—El conuco.—Cultivo de la yuca como alimento fundamental de la tribu.—Como se prepara el casabí.—El uikú, bebida hecha con casabe fermentado.—El vinagre de la naiboa. El maíz ó maisí.—El boriqueño comía tostado el maíz.—Hacía también de él la bebida fermentada la xixá.—Ignoraba hacer pan de maíz como los de Tierra Firme.—La batata y los boniatos ó ajes.—Sus variedades.—Cultivos secundarios: el lirén y el maní.—El boriqueño utilizaba sin sembrarlos la yahutía, el mapüey, la imocona, el guayaru y otras raíces.—Entre las frutas cultivaba la yayama ó piña dulce; y cosechaba las otras frutas al capricho.—Cultivo del ají, del tabaco y de la tautúa.—Aprovechamiento del algodón, majagua y maguey, sin plantarlos.—Tejidos.—Cordelería.—Tintorería.—Zumos de la jagua, de la bija y del jikileti.—La cabuya.—Las jabas.—El tallado y pulimento de la piedra. Canteras destinadas á este fin.—La cueva de Miraflores, en Arecibo.—El taller indígena.—El hacha ó manaya.—El almirez.—Los collares.—Los zemís ó dioses penates.—Los guayos.—El colesibí.—La tatagua.—La alfarería.—Objetos de madera.—La macana.—Arcos y flechas.—La azagaya de cupey.—Utensilios domésticos de higüera.—Objetos de hueso.—El boriqueño como cazador y pescador.—El aborigen estaba en harmonía con el período histórico que atravesaba y su medio ambiente.
Lenguaje boriqueño.—Lengua general indo-antillana.—Dialectos.—Datos del Diario de Colón.—Su carta desde Lisboa á los Reyes Católicos.—El dialecto de Macorix.—Fray Román Pane.—Cristóbal Rodriguez.—Datos de Bernal Díaz del Castillo.—Informes del padre Raymond Breton.—Imposibilidad de los primeros misioneros para recoger el idioma indo-antillano.—Las reliquias de la lengua general de las Antillas en ríos, montañas, árboles, frutas, lugares, puertos, cabos etc.—Lo mismo en aves, peces y objetos domésticos.—Alguna que otra palabra en los Cronistas.—Dos ó tres frases.—Error de Juan Ignacio de Armas y otros escritores en la manera de explicar las voces indo-antillanas.—El idioma indo-antillano se formó con el trascurso del tiempo, pues la separación de las tribus Aruacas, que invadieron el Archipiélago era muy remota, hasta el punto de haber perdido el recuerdo de ella.—Enlace del habla Aruaca continental y del idioma indo-antillano.—Datos á granel en los mapas.—Viajeros modernos.—Sagot.—Los hermanos Hernhutes de Zittau.—El misionero Schultz.—Enlace del habla boriqueña y del habla caribe insular.—Su origen continental.—El lenguaje boriqueño era rico en vocales y de muy dulce conversación.—El aborigen tenía una aspiración parecida á la del árabe.—La fijaron los Cronistas en las voces con una h.—Pruebas de la aglutinación y del polisintetismo. El estudio de los restos del idioma indo-antillano nos ha dado una prueba fehaciente de que el origen del indo-boriqueño está en el Aruaca de la América meridional.
Vocabulario español-boriqueño.—El vocablo boriqueño comparado con el caribe insular y el caribe continental.—Comparación con el galibi, el aruaca, el rucuyano de la Guayana, el guaraní, el kogaba, el chibcha, el maya, el nahuatl, el quiché y el dakota.—Es decir, comparar los restos del lenguaje de Boriquén con el caribe de Sibuqueira (Guadalupe) y Cayrí (Domínica); y con idiomas del Continente meridional y septentrional.—Estos vocablos, que poseemos, proceden del escrupuloso estudio de los Cronistas, Las Casas, Pedro Mártir de Anglería, Oviedo, Fernando Colón, el Diario del Gran Almirante en su primer viaje, el Informe de fray Román Pane, los trabajos del Padre Raymond Breton, las gramáticas y léxicos de los idiomas indo-americanos y los documentos inéditos del Archivo de Indias.—Además, son algunos el eco fiel de la tradición, conservada en algunos lugares de la Isla, en árboles, frutos, frutas, ríos, montañas, aves, peces y utensilios, que eran del uso del indígena de Boriquén.—Junto á la palabra boriqueña irá una abreviación, indicando el otro idioma con que se compara.—Las abreviaciones son Ci., caribe insular.—Cn., caribe continental.—Chb., chibcha.—Gl., galibi.—Gní., guaraní.—Ar., aruaca.—Kg., koggaba.—Ru., rucuyano de la Guayana.—My., maya.—Ntl., nahuatl.—Qé., quiché.—Qchú., quichúa.—Dk., dakota.—DD., dené-dindjiés (Pieles Rojas).—A la h, que aparece en los cronistas, como significando la aspiración de la fonética indígena, la sustituímos por la j. Y á la qu, que son dos letras, por la k, que es una sola, y puede representar el mismo sonido español, evitando errores de pronunciación.
Estudio de la oración dominical en el lenguaje de algunas tribus indígenas.—Pérdida de la traducción en el lenguaje indo-antillano.—El padre nuestro en caribe Continental, conservado por el venezolano Figuera Montes de Oca.—La misma oración conservada en caribe insular por el padre Raymond Breton.—Recopilación de la traducción del padre nuestro en lenguas indo-venezolanas por Arístides Rojas.—La oración dominical en tupí-guaraní.—La misma, en el lenguaje actual de los arhuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, recogida por el presbítero Celedón.—Un esfuerzo de construcción de una plegaria religiosa en lenguaje indo-antillano, para que se note la harmonía y suavidad del idioma de los indios de las Antillas.
Vocabulario indo-antillano.—Estudio de voces indígenas, que se conservan en los Cronistas.—Estudio de palabras, que se cree proceden del lenguaje aborigen y es un error, porque vienen de otros idiomas.—Apoyo de nuestras opiniones con la cita oportuna del Cronista, que ha conservado la palabra indígena.—Estudio filológico de algunos vocablos boriqueños y lo que significan en español.—Pruebas de la aglutinación y del polisintetismo en el lenguaje boriqueño.
CAPITULO I.
El Archipiélago antillano.—Su división geológica.—Banda Norte.—Banda Este.—La corriente ecuatorial.—Opinión de Snider y Valdés Aguirre respecto á que la América estuvo adherida al Viejo Mundo.—Opinión de Humbold sobre la formación del globo.—Las grandes Antillas han estado unidas al Continente americano.—Pruebas geológicas.—Pruebas paleontológicas.—Cia, Poey y Fernández de Castro.—El futuro Continente Antillano.
La isla de Puerto Rico corresponde al Archipiélago de las Antillas; á este hermoso grupo de islas, las más privilegiadas del mundo, que enclavadas entre los dos Continentes americanos y arrulladas por las azules ondas del Mediterráneo Colombino, se extienden en semi-círculo, desde las anchas desembocaduras del Orinoco hasta frente al cabo Catoche. El Archipiélago antillano se acerca por las islas Lucayas á la península de la Florida, por las islas de Sotavento y Trinidad á las costas de Venezuela y por la isla de Cuba á la península de Yucatán. Casi en medio de esta gran cadena comba se destaca nuestra isla, entre los 17 y 18 grados de latitud Norte y los 59 y 61 grados de longitud Oeste, del meridiano de San Fernando.
La costa septentrional de la América del Sur describe una línea curva, que completada por otra línea que traza el Sur de las Antillas, da lugar á la formación de una gran hoya, de forma elíptica, donde agita sus aguas el mar Caribe, mar de las Antillas ó Mediterráneo Colombino. Este mar está cerrado al S. S. O., mientras que al N. y E. está abierto por una multitud de canales, que separan entre sí las antillanas islas, las que, de diferente tamaño, forman dos bandas distintas: una al Norte y otra al Este.
La banda de islas al Norte está formada de islas estratificadas: constituidas por rocas eruptivas antiguas, acompañadas de depósitos sedimentarios de diversas edades, desde el terreno silicoso hasta los calcáreos, conchíferos y madrepóricos de época reciente, que se continúan por los arrecifes de las islas Lucayas. Comienza, en realidad, esta banda por un apéndice calcáreo en el pequeño grupo de San Martín y San Bartolomé, al cual suceden las islas Vírgenes; y por San Thomas, Vieques, Culebra sigue á Puerto Rico, Mona y Desecheo hasta las alturas del Cibao y pico del Yaque, nudo central de la isla de Santo Domingo. Allí se bifurca: una rama continúa su dirección por la península haitiana, yendo por el cabo Tiburón en busca de las Montañas Azules de Jamaica; la otra rama se dirige al N. O. y vuelve á unir, bajo las aguas del mar, la isla de Santo Domingo, por el cabo de San Nicolás y y cabo Maisí, á la isla de Cuba; la cual después de aproximarse á la punta de la Florida se inclina hacia Yucatán. La Sierra Maestra, desde cabo Cruz á Santiago de Cuba, tiene una dirección casi paralela á los ejes de Santo Domingo y Puerto Rico: así como el ramal que desde el Cibao se dirige al cabo Tiburón, en la dominicana isla, corresponde con el cortado é interrumpido de las Montañas Azules de Jamáica. Por lo que es de suponer sean de una misma época geológica, pues, según Elie de Beaumont, las cadenas de montañas paralelas en su dirección son generalmente de igual edad. Parece que el Continente Antillano tuvo por nudo y trabazón de estas cordilleras el gran triángulo oriental de Cuba; la Sierra Maestra, según Humbold, Lasagra y Latorre; y la Sierra Haitiana, según Schomburgk, Poey y Pichardo.
La banda Este del Archipiélago antillano está formada de una hilera doble de pequeñas islas, que se llaman las islas de Barlovento y de Sotavento. Las primeras están comprendidas entre el cabo Paria y la isla de Puerto Rico; las segundas están situadas á lo largo de Costa Firme, desde el golfo de Cariaco al golfo de Maracaibo. La primera hilera, con un poco que nos fijemos en un mapa de las Antillas, se verá que se desdobla á su vez y comprende una docena de pequeñas islas volcánicas, formando dos alineamientos, que vienen á cortarse en la Martinica, bajo un ángulo muy obtuso, lo que da al conjunto el aspecto de Una curva, cuya convexidad mira al Atlántico; y otra segunda línea de islas, colocadas con menos regularidad, casi exclusivamente compuestas de calcáreo moderno, y en el número de las cuales debe contarse la isla de Trinidad, que marca la unión de las islas calcáreas al Continente Sud-americano; y la Barbadas,[[1]] arrojada 60 millas de las otras, en pleno Atlántico. Estas islas constituyen una cadena exterior, que al primer golpe de vista, parece no tienen ninguna relación con la hilera anterior; pero un examen atento demuestra, que estas dos cadenas se tocan y que la isla de Guadalupe es el punto de encuentro. La Guadalupe es, en efecto, la única de estas islas, donde se encuentra una isla calcárea unida á una isla volcánica.[[2]] Todas las islas, que preceden de S. á N.—Granada, San Vicente, Santa Lucía, Martinica y Domínica—son exclusivamente volcánicas, sin trazas importantes de depósitos calcáreos. Después de Guadalupe la cadena se desdobla y se continúa, de un lado, por las islas de San Cristóbal, Monserrate y Santa Cruz, con las grandes Antillas; y del otro, por las islas planas y calcáreas de Antigua, Nieves, etc., á las Lucayas y á la península de la Florida donde termina su evolución geonósica[[3]]. De manera, que podemos considerar, que hacia el golfo de Paria una cadena de montañas primitivas de la América del Sur se hunde bajo el mar á una cierta profundidad y se prolonga horizontalmente hasta el grado 18 de latitud N., y que sobre este prolongamiento submarino se han producido levantamientos formados de capas de terrenos de diferentes caracteres, lo que indica pertenecen á épocas diversas, pero no muy lejanas: éstas son las islas calcáreas de Barlovento; y, posteriormente, siguiendo una línea casi regular, que sirva de limite en este sentido al Mar Caribe, se ha hecho un trabajo eruptivo, del cual los centros, tan pronto aislados, tan pronto dispuestos por grupos, han dado nacimiento á la serie de islas llamadas volcánicas.[[4]]
La línea montañosa de las Antillas debe ser considerada como la cresta, apenas elevada en sus puntos culminantes, de una cadena de montañas, que inclinada en pendiente muy dulce hacia el litoral americano se sumerje bruscamente, al contrario, hacia la depresión atlántica.
La gran corriente ecuatorial penetra en el mar de las Antillas por los canales, que dejan entre sí las islas, cuyos canales tienen menos extensión que las tierras que separan. Según Maury, el célebre director del Observatorio de Washington, la profundidad de estos canales no pasa de mil brazas (1,830 metros): é igual sucede con los mayores sondajes del Golfo de Méjico. En cambio, según el mismo Maury, frente á las islas Lucayas, Puerto Rico y las pequeñas islas de Barlovento tenemos una profundidad, en el Atlántico, de 2, 3 y 4 mil brazas, á medida que penetramos mar á fuera; y entre las islas Bermudas y el Banco de Terranova está la mayor profundidad, que rebasa de 4 mil brazas (17,320 metros).[[5]]
La corriente ecuatorial penetra, atravesando el Mar Caribe, hasta el fondo del Golfo Mejicano y remonta, en seguida, hacia el N. por el canal de Bahama. Las potencias reunidas de esta corriente y de los alisios del E., ejerciéndose en sentido inverso del movimiento rotatorio de nuestro planeta, explican muchos de los caracteres físicos de estas tierras, principalmente la estrechez de las grandes Antillas de N. á S., sobre todo la de la isla de Cuba, en cambio de sus prolongamientos de E. á O.
Mr. Snider[[6]] opina, que con el mapa á la vista, tenemos la prueba de que la América se separó del antiguo mundo, y de que toda su extensión corresponde perfectamente á la parte O. de las costas de Europa y Africa. Si la correspondencia es más visible á partir de los 30 gr. latitud N. hasta el cabo de Magallanes, es porque el espacio ó mar, que separa los dos Continentes, está menos sembrado de islas diseminadas á causa del cataclismo. La proyección formada por las Islas Británicas corresponde á la amplia entrada de la Bahía de Baffin. La prominencia de la costa americana en New-founland á la Bahía de Vizcaya. La parte saliente del Africa, desde el Cabo Verde hasta el Sur de Liberia, entraría muy bien en el mar de las Antillas y Golfo Mejicano. Por el contrario, la parte saliente del Brasil corresponde al golfo de Guinea en Africa, en el que se acomodaría perfectamente. Don Fernando Valdés y Aguirre, catedrático de la Universidad de la Habana,[[7]] tenía igual opinión que Snider.[[8]] Heer, en su Flora tertiaria Hervetia, hace ver la analogía que existe entre la Flora de los Estados Unidos y la miocena de la Europa central. Mr. Conrad ha demostrado la identidad específica de las conchas terciarias de la América del Norte en las capas análogas de Francia. Unger ha descubierto, en el estudio de las floras fósiles del antiguo y nuevo mundo las mismas semejanzas. Pomel, Aymard y otros zoólogos manifiestan lo mismo respecto á ciertos vertebrados, especialmente al Mastodonte. En los lignitos del cabo Mondego (costa occidental de Portugal) las investigaciones del eminente geólogo portugués Carlos Ribeiro han descubierto la existencia de toda una flora americana.[[9]] Es de creer, pues, que esta unión ó comunicación existió para la época terciaria. Sin que aceptemos la Atlántida, creación imaginaria de Platón, como los viajes astronómicos de Cyrano de Bergerac y las aventuras modernas de Julio Verne.[[10]] Las islas Canarias, son de moderna creación volcánica y no los restos de las antiguas tierras, que unieron á Europa con América.
Según Humbold,[[11]] la tierra no se ha formado de un solo impulso, y su aparecimiento es debido á grandes fuerzas subterráneas, que arrancando de la primera época de los terrenos paleozóicos siguió los períodos de su formación hasta los terrenos terciarios; y, poco á poco, después de una prolongada serie de levantamientos y hundimientos sucesivos, ha llegado á completarse por la aglutinación de pequeños continentes, hasta entonces aislados, para finalmente presentar el aspecto actual.
Las grandes Antillas han estado unidas al Continente vecino. La geognosia y la paleontología lo comprueban. Una formación sedimentaria, depositándose siempre en capas más ó menos horizontales, no puede aparecer en estratos inclinados sino á consecuencia de dislocaciones, posteriores á su depósito. Una cadena de montañas es, como línea de relieve, más joven que las capas que ella ha levantado, y más antigua que las que han venido después á apoyarse horizontalmente contra sus flancos.
Es indudable que las partes de la tierra correspondientes á las grandes Antillas han formado todas ellas un cuerpo unido al Continente Americano; especialmente, cuando la corteza del globo gozaba de una movilidad más ó menos grande. Llegada la época de las primeras dislocaciones, pues la Geología reconoce varias, aunque dos principales á causa de su generalidad, surgió en la zona correspondiente á las grandes Antillas una línea de relieve, esbozándose en ese período, las montañas antillanas, hacia los tiempos secundario y terciario.
Sabido es, que las lluvias de agua caliente, que caían en la época primitiva sobre los picos montañosos y las agujas graníticas del globo, y también los torrentes que se precipitaban á lo largo de sus flancos en los valles, desprendían los diversos silicatos, cuyos despojos terminaron por formar inmensos bancos de arcilla y de arena cuarzosa, que fueron los primeros terrenos modificados por la acción del aire y de las aguas, y los primeros sedimentos depositados por el mar. Por otra parte, por las fisuras de la corteza del globo, hacia el período devoniano[[12]] de la época de transición, se escapaban las aguas hirvientes, teniendo en disolución bicarbonato de cal y, algunas veces, bicarbonato de magnesia. Estas aguas calcáreas, mezcladas al mar, lo cargaron de sales de cal, que fueron depositándose poco á poco, y, desde este período en adelante, formando los terrenos calcáreos.
Ahora bien, las montañas antillanas, surgiendo del fondo de los mares y elevando los terrenos sedimentosos, no son exclusivamente graníticas, sino compuestas también de rocas esquistosas, que estaban depositadas en las aguas, y las fisuras que se formaron en la costra térrea al verificarse esta primera dislocación, se llenaron de granito y de compuestos metálicos diversos como oro, cobre, hierro, etc. A la segunda época de las dislocaciones del globo, que podemos referir al fin del eóceno y principio del plióceno, se acentuaron estas montañas antillanas, encontrando alguna resistencia en su dirección, ya debida al primer levantamiento granítico ó á los grandes sedimentos; y por lo tanto, sufrieron alguna variación en su gran eje. Según el ingeniero español don Policarpo Cia[[13]] las Sierras de Najaza y Chorrillo en Cuba, no son sino restos de otras masas mayores. Y, en Santo Domingo, el monte Tina, al S. E. del pico de Yaque, y al cual Schomburgk atribuye mayor altura que á este último, no corresponde directamente á la cordillera central del Cibao. Después, en los tiempos en que se redondeaba el actual Continente europeo y concluían de levantarse las cadenas de los Apeninos en Europa y de los Andes en América se destrozó el que nosotros llamamos Continente Antillano. A este gran levantamiento para constituir los Andes corresponde el hundimiento de parte de la cadena antillana y la creación de las islas colombinas, viniendo luego la caliza, los aluviones y los bancos madrepóricos á dar la forma que caracteriza actualmente á las grandes islas de nuestro Archipiélago.
La Geología nos induce á creer en esta unión de las grandes Antillas al Continente. En la Jamaica existe un calcáreo conchífero de color claro cuya fauna presenta una semejanza sorprendente con la creta de Gosau.[[14]]
La presencia de estos políperos cretáceos sobre el borde occidental del Atlántico autoriza la suposición, que, en esa época, la Europa debía estar unida á la América, ya por una cadena de islas ya por un continente, ocupando el sitio del Atlántico Norte.[[15]] El oligoceno de la vertiente atlántica de los Estados Unidos está formado por el calcáreo Vicksburg, rico en numulitas y en orbitolitas (orbitoides Mantelli) y forman la edad orbitoica de Heilpin. El calcáreo de orbitoides Mantelli se encuentra en las Antillas y la gran analogía de los yacimientos oligocenos de estas islas, con los de Vicenti y Malta, da á suponer que, en esta época una costa continuada ó una cadena de islas unía á la América con la Europa.[[16]]
Por la Paleontología sabemos hoy, que en el período post-terciario, continuaban unidas aún las grandes Antillas al Continente Americano, en virtud de los restos fósiles de animales de esa misma época hallados en Cuba y Santo Domingo. En Puerto Rico se han encontrado ya las lenguas petrificadas, que fueron los primeros hallazgos en Cuba. Es de creer, que para los tiempos de esa unión la tierra desde el Ecuador á las dos extremidades del eje del globo formaba una especie de pradera sin límites, y una inmensa alfombra de verdura cubría, por todas partes, su superficie.[[17]] Pastos tan abundantes eran necesarios para proveer al entretenimiento de esta prodigiosa multitud de herbívoros de gran talla, cuyas osamentas gigantescas admiramos, gracia á la paciente y sabia labor del gran Cuvier.[[18]]
Los fósiles recogidos por el señor Cia, en San Lázaro, cerca de la Habana, y en las calizas terrosas de Jaruco, consistentes en dientes antidiluvianos del Carcharodon megalodon, Ag., denominados por el vulgo lenguas petrificadas,[[19]] y los hallazgos del sabio naturalista don Felipe Poey y del ingeniero don Manuel Fernández de Castro[[20]], que en la Majagua (Unión), en Bainoa (Jaruco) y en Ciego Montero (Cienfuegos) han encontrado fósiles de mamíferos, dientes molares del Equus, contemporáneo del Megaterio, colmillos del Hipopotamus major, y la quijada inferior de un Edente, el Miomorphus,[[21]] comprueban “que el territorio cubano formó parte de dicho continente, cuando se encuentran en su suelo tan perfectamente conservados los restos de los hipopótamos y de los edentados, que vivieron en la última época de los terrenos terciarios, según unos, y en la cuaternaria ó post-pliocena, según otros.”[[22]]
En el período post-plioceno,[[23]] vino, pues, el desgarre y rotura del Continente Antillano, su fraccionamiento, y la creación del Golfo de Méjico y del Mar de las Antillas, con la formación del Gulfstream. La corriente ecuatorial debió influir poderosamente en las temperaturas del Continente europeo, porque á su salida del canal de la Florida marcha con una velocidad de 2 metros 57 centímetros por segundo, y arroja en medio de un mar, cuya temperatura no es más que de 18 grados, aguas calientes de 25. Hoy día ejerce este tibio río submarino sobre el clima de la Europa septentrional una bienhechora influencia, debida casi toda á las circunstancias geográficas del Mediterráneo Colombino, lo que sin duda no ha existido siempre y está expuesto á desaparecer el día en que las islas antillanas formen una cadena de montañas, continuada con la costa americana[[24]]
La vida submarina en el Mar de las Antillas y en el Golfo de Méjico presenta una riqueza zoológica tan extraordinaria y una abundancia de depósitos calcáreos tan acentuada, que probablemente en futuros siglos se constituirá de nuevo el Continente Antillano. De 1877 á 1879 se recogieron en estas aguas, á 3500 metros de profundidad, 214 especies de crustaceos, de los cuales 134 eran nuevos para la ciencia.[[25]] Es verdaderamente prodigiosa la abundancia de organismos en las aguas de esta zona tropical. Rindiendo Mr. Murray cuenta del resultado del crucero Challenger ha hecho notar, que si los organismos son tan numerosos en las cien primeras brazas como en la vecindad inmediata de la superficie, se puede estimar en seis toneladas la cantidad de carbonato de cal contenido por cada kilómetro cuadrado de esta zona, bajo la forma de carapachos calcáreos de organismos. Estos seres inferiores, cuando mueren, caen en lluvia contínua al fondo, donde su materia orgánica sirve de alimento á animales más superiores. Datos científicos, que están en consonancia con los de Agassiz[[26]], que asevera, que á las corrientes calientes de la superficie corresponde una rica fauna en la profundidad, y que en ninguna parte este resultado se marca mejor que en los citados mares, antillano y mejicano, entre dos mil á cinco mil metros, por debajo de la superficie.
Ahora bien, cuando el agua del mar contiene en suspensión una suficiente cantidad de sales calcáreas, la evaporación rápida, á la cual está sometida sobre ciertas playas, es suficiente para determinar la precipitación del carbonato de cal, que sirve, entonces, de cemento para aglutinar los fragmentos de arena á los despojos de conchas. Estos son los fenómenos de aglutinación por las aguas marinas. En el Mar Caribe el fenómeno de la formación contemporánea de piedras se produce ampliamente, bajo la acción del sol, que lleva la temperatura del agua del mar, en la superficie, hasta los 32 grados. La toba de la isla de Guadalupe, célebre por el esqueleto de un caribe, que allí se encontró, pertenece á esta formación.[[27]] Cuando Humbold recorrió la costa que se encuentra en Cuba desde Batabanó á Cienfuegos, hablando de estos hacinamientos calizos[[28]] dice: “Por la sonda se ve, que son rocas que se levantan precipitadamente sobre un fondo de 20 á 30 brazas. Unas se hallan á flor de agua y otras exceden de la superficie un cuarto á un quinto de toesa.” Lo mismo ocurre en diferentes puntos de las costas de Santo Domingo[[29]] y Puerto Rico.
Con tal acumulación de productos calcáreos en el Mediterráneo Colombino se va levantando lentamente el suelo, y formándose esos inmensos bancos madrepóricos en torno de las Antillas, que hoy cayos, y mañana isletas é islones, servirán como intermediarios para entorpecer primero, y desviar después, la corriente ecuatorial: y encauzándola probablemente por dos grandes canales, unir en siglos venideros, las islas entre sí y formar de nuevo el Continente Antillano.
CAPITULO II.
La isla de Puerto Rico.—Situación geográfica.—Constitución geológica.—Cordillera central.—Granito.—Diorita.—Serpentina.—Sienita.—Caliza.—Canteras de mármoles, de asperón, de yeso.—Cavernas.—Margas y arenas.—Vetas minerales de oro, cobre, plata, plomo y hierro.—¿Cómo se formó la isla?—¿Ha estado unida al Continente?—Teoría de Moreau de Jonnes en contra.—Opinión de Stahl.—Parecer de Vasconi.—Nuestra opinión.—Paleontología.—Lenguas petrificadas.
Hemos dicho, en el capítulo anterior, que la isla de Puerto Rico ocupa casi el centro de la cadena circular que forman las islas antillanas en el Mediterráneo Colombino, y que está situada á los 17 y 18 gr. de latitud N. y los 59 y 61 gr. de longitud O. del meridiano de San Fernando.[[30]]
La cordillera central puertorriqueña, cadena irregular de montañas dominando algo más hacia el sur el rectángulo que forma la isla, está dirigida de E. á O. y guarda cierto paralelismo con las de las islas de Santo Domingo, Cuba y Jamaica, lo que induce á creer, según la ley geognóstica de Elie de Beaumont[[31]], que esta cordillera es contemporánea con la de la Sierra Maestra de Cuba, la del Cibao en Santo Domingo y las Montañas Azules en Jamaica.
Esta quilla central de la isla de Puerto Rico se compone de rocas eruptivas antiguas, sobre todo, grandes masas de diorita y serpentina en las regiones central y occidental; y de granito, especialmente sienita, en la región oriental. En Luquillo[[32]], Gurabo, Naguabo, Juncos, las Piedras, San Lorenzo, Maunabo y Yabucoa dominan gigantescas masas graníticas en las elevadas sierras. En la Pandura los bloques de granito señorean las cúspides; y en las montañas de Cayey y en las cuchillas de San Germán y Añasco imperan colosales bloques en sus altos picachos. Atravesando esta montaña por la vía que conduce de Yabucoa á Maunabo, hemos recogido muy buenos ejemplares de granito; formando el cuarzo, el feldespato y la mica curiosas variedades.
Dan morfología á la isla los depósitos sedimentarios de diversas edades; predominando, en las ramificaciones montañosas y en las estribaciones colaterales del eje central, la calizà.[[33]] Esta es, en unas partes, compacta y resistente, y en otras, áspera y porosa. Así tenemos las variedades de mármoles de Río Piedras, Caguas, Naguabo, Cayey y Coamo; las canteras de yeso y piedra blanca de Juana Díaz y Ponce; y las de asperón de la Moca. De esta misma caliza ha generado la socavación de las aguas y sus arrastres, con el trascurso de los tiempos, amplias y vistosas cavernas, que en un tiempo fueron lugar de vivienda de los indios, pues conservan en sus paredes los zemies esculpidos, á manera de dioses penates. Las cuevas de Aguas Buenas, las de Lares y las de Miraflores y el Consejo, en Arecibo, son las más hermosas de la isla.
Los llanos de las alturas, y de algunos puntos de las costas, están ocupados por margas compactas, llamadas en el país barro sipey, salpicadas á trechos de depósitos arenosos, arrancados á las rocas de las montañas inmediatas y acompañadas también de alguna escasa tierra vegetal. Otras margas, muy cargadas de óxido de hierro, y, tomando los aspectos rojo y amarillo de este mineral, constituyen los terrenos llamados barro colorado y barro amarillo, alternando también con grandes bancos de arenisca.
Las extensas vegas, regadas por los ríos que bajan de la cordillera central en dirección N. y S.; principalmente las cuencas del Plata, del Loiza, del Sibuco, del Manatí, del Grande de Arecibo y del Añasco están sobrecargadas de terrenos modernos de aluvión, compuestos de los desgastes de los picachos arenosos y calizos de las montañas vecinas, de abundante tierra vegetal y de cantos rodados, en un todo arrastrado por las aguas. En los otros ríos, de segundo orden, acontece lo mismo.
Los montículos que figuran al N. de la vega de Yabucoa tienen un extenso yacimiento de cuarzo cristalizado, merecedor de ser explotado en industrias de porcelana y cristalería.
En las vertientes de la sierra de Luquillo se descubren vetas minerales acompañadas de caliza compacta, principalmente por Naguabo y Juncos; y también en Ponce, Lajas y Maricao. Varios ríos y quebradas arrastran arenas auríferas[[34]]; los ríos Mameyes, Río Prieto, Sabána, Fajardo, Gurabo, Espíritu Santo y Río Grande, cuyos criaderos están en el Yunque, arrastran pepitas del preciado metal; así como las quebradas Filipina, Cajones, Guaraguao, La Mina, La Máquina, Tabonuco y Anón, afluentes del Mameyes. Las cuencas hidrográficas de los ríos Corozal, Negro Congo, Sibuco y Mabiya también arrastran arenas auríferas. Y también hay criaderos en Coamo, Mayaguez, San Germán y Yauco. Hay mineral de plata en Naguabo, Corozal, Río Grande, Fajardo, Lajas y Las Piedras. De plomo en Guayama y Naranjito. De cobre en Río Blanco, Gurabo, Naguabo, Corozal, Ciales, Jayuya, Maricao, Guayama y Ponce. Y el mineral de hierro abunda en Loiza, Juncos, Humacao, Gurabo y San Sebastián. En el cerro de Malapascua, carbón de piedra; y lignitos en Utuado.
Vienen á terminar la configuración de la isla los conglomerados de fósiles, de varias formas y dimensiones, como los hallamos en las canteras del Islote, en Arecibo, en las de Toa-Alta, Punta de Salinas, el Condado, etc., y con especialidad en las playas, donde los detritus de conchas y corales forman grandes depósitos, cuya agregación está en contínua génesis, dando nacimiento á los terrenos conchíferos y madrepóricos más recientes.
¿Cómo se ha formado la isla? Según Mr. Moreau de Jonnes[[35]] el núcleo de las grandes Antillas es granito, rodeado de terrenos de transición, calcáreos y pirógenos. Opina, que primeramente la potencia volcánica elevó los asientos del Archipiélago y que luego el mar multiplicó las islas. Nos inclinamos á creer que, estando constituido el esqueleto de las grandes Antillas por rocas de la mayor dureza, no es verosímil que la corriente ecuatorial, que ejerce una acción tan débil y limitada sobre los materiales de sus riberas, haya tenido potencia bastante para romper por más de sesenta lugares la cadena de que hacían parte, abriendo brechas de algunas leguas de ancho. El geólogo francés supone, que la corriente ecuatorial fué la generadora del Archipiélago antillano. Nosotros nos inclinamos más á creer, que tanto dicha corriente como las islas fueron un efecto del dislocamiento que produjo en la corteza térrea americana la reciente aparición de los Andes.
Las estribaciones de la cordillera central de la isla de Puerto Rico están acantiladas al N. E. por las Cabezas de San Juan, al S. E. por el cabo Mala pascua y al N. O. por la costa de Quebradillas á Rincón, demostrando la fractura violenta de la cadena antillana, debida indudablemente no á la acción de las aguas, incapaces de producirla, sino á una revolución geológica. Esta dislocación de la corteza térrea, que nosotros referimos al período post-plioceno, produjo el golfo de Méjico, el mar de las Antillas, las islas y la misma corriente ecuatorial actual.
El doctor don Agustín Stahl[[36]] ilustrado puertorriqueño, es de parecer que la isla de Puerto Rico, es de formación geológica reciente. Acepta dos movimientos del poder central, uno para formar el núcleo de la isla, al que el agua, el aire y el calor le arrancaron después los materiales que forman las margas compactas, los lechos de arena y demás depósitos. Sin proceder inmersión alguna en el Océano, vino, en el segundo movimiento la potencia volcánica á elevar nuevamente, y con violencia, las masas primitivas y á formar el Yunque de la sierra de Luquillo, arrastrando en su ascenso la cordillera de la isla, que se extiende hacia el O.
El señor don Angel Vasconi, ilustrado ingeniero de minas, que ha ejercido su carrera mucho tiempo en la isla y reconocido las montañas, opina, que tirando una línea recta de Río Grande á Caguas y de Caguas á Arroyo; otras, de Caguas á Rincón y de Arroyo á Mayaguez, se dividiría la isla en cuatro zonas. Los terrenos comprendidos en la zona N. y en la zona S. pueden considerarse como terciarios, los terrenos de la zona central de la época secundaria, los de la zona E. compuestos de rocas antiguas ácidas, exceptuando la playa de Naguabo y 10 kilómetros de la costa de Mayaguez, que son cuaternarios. En Arecibo hay también un gran banco cuaternario.
Sobre los flancos de la armazón principal de la isla descansan terrenos, cuyos puntos culminantes son el Yunque de Luquillo, el Torito de Cayey y las Tetas de Cerro-gordo en San Germán, debidos á las épocas secundaria y terciaria, hasta los modernos aluviones. Hay capas margosas y arenosas, inclinadas, que comprenden haber sido levantadas por la fuerza interior impulsiva que esbozó los primeros delineamientos montañosos; fenómeno que se puede comprobar perfectamente observando los terrenos contiguos á la carretera central, en los cortes de uno y otro lado, que ha habido necesidad de hacer para trazar esta gran vía. La relación que guarda el Yunque de Luquillo con el resto de la cordillera significa gráficamente, que en la revolución geológica del período post-plioceno volvió con predilección la fuerza volcánica á ejercer presión elevadora en esta comarca, llegando en ella á la mayor altura.
Subiendo desde Arecibo hasta Utuado, tan pronto se dejan los aluviones de la vega arecibeña y se llega á las primeras estribaciones de las montañas, se destacan los restos de montes de caliza, tajados de tal manera en dos partes, que aparecen estas dos grandes secciones respectivamente á cada lado del valle por donde serpentea el río. Según se avanza en dirección al centro de la isla, aparecen montañas de conglomerados y arcillas, abras, picos y farallones calizos, y hasta bloques de granito. Obra toda de una fuerza avasalladora, que accionó poderosamente sobre los estratos y provocó hundimientos y destrozos. Comprueban este cataclismo, ver al pie de esas mismas montañas grandes bancos de arcilla, de arena y de cantos rodados. Estos descuajes de la costa N. de la isla en sus grandes masas calcáreas y los paredones calizos, que se observan en varios puntos, y sobre todo los grandes bloques de granito desprendidos, han sido producidos por la dislocación post-pliocena, que ocasionó el fraccionamiento del Continente Antillano, la formación de las islas y la irrupción de las embravecidas olas, buscando nivelarse en el nuevo suelo submarino.
Tenemos en nuestro poder, procedentes de los campos de Hatillo, y hemos visto también recogidos en Mayaguez, esos restos fósiles, que denominan lenguas petrificadas, y que son dientes fósiles de animales de la época terciaria. Estas mal llamadas lenguas petrificadas, han sido los primeros restos paleontológicos que en la inmediata isla de Cuba dieron la voz de alerta del paso de grandes animales antediluvianos por estos territorios. En un principio se puso la objeción, que eran debidos al arrastre de las aguas; pero los hallazgos posteriores y el encontrarlos en perfecto estado, suprimieron las dubitaciones y hoy es una verdad científica comprobada, que la isla de Cuba estuvo en un período geológico unida al inmediato Continente. El diente fósil que poseemos, y los que hemos visto, corresponden perfectamente á una de esas especies extinguidas de la época terciaria, al formidable Carcharodon, gigantesco tiburón, de más de 20 metros de longitud, destructor y voraz, á juzgar por el tamaño, configuración y fortaleza de estos dientes.
Según Lacepède[[37]] el origen de designar á estos dientes fósiles con el raro nombre de lenguas petrificadas, proviene de que los primeros ejemplares fueron obtenidos por los naturalistas en la isla de Malta, donde se les encuentra frecuentemente, y donde se les llamaba así, desde tiempos tradicionales, por referir la leyenda, que fueron lenguas de serpientes, cambiadas en piedras por San Pablo, cuando este apóstol fué á dicha isla á predicar el Evangelio y encontró el país infestado de serpientes. Se les ha llamado también glossopetras[[38]], odontopetras[[39]], ichthyodontes[[40]] y lamiodontes.[[41]]
Se han encontrado ejemplares de estos dientes fósiles, además de la isla de Malta, en muchas otras partes. En el Museo de historia natural de París hay uno muy grande, procedente de Dax, cercanías de los Pirineos, y que, según los cálculos del sabio naturalista Lacepède, perteneció á un tiburón de 23 metros de longitud, por lo menos. La espedición del Challenger los recogió del fondo del Océano Pacífico. Y en la Florida se encuentran en los estratos de la época terciaria.
Creemos, que tras estos hallazgos, vendrán otros más positivos, como serán los de los grandes mamíferos ya encontrados en la isla de Cuba; y lo que es hoy una verdad científica respecto á la gran Antilla se comprobará con relación á Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico, según vayan adelantando los estudios de investigación. Y, al fin, esta ciencia dará la mano á la Geognosia para afirmar la unidad geológica del Continente Antillano.
CAPITULO III.
Prehistoria y protohistoria.--Indeterminación de fechas.--Thomsen: ley cronológica de la industria humana.—Mortillet: edad de la piedra y sus períodos eolítico, paleolítico y neolítico.—Colecciones etnológicas de Puerto Rico: Látimer, Acosta, Los Jesuitas, Stahl, Neumann, Nazario.—Nuestra colección prehistórica boriqueña.—Restos humanos en yacimientos del interior y de la costa de la Isla.—Fijación social del autóctono boriqueño en el período de la piedra pulimentada.—Opinión contraria de algunos autores.—El taller de piedra de la gruta de Miraflores, en Arecibo.—Pérdida del lenguaje indo-antillano.—Conservación de los idiomas indios del Continente.—El boriqueño trabajaba también la arcilla.—Utilizaba los huesos de pescado.—Conocía el oro é ignoraba el uso de los demás metales.—Desconocía el uso doméstico de la sal.—Collares de piedra.—Los siete collares del tesoro de Caonabó.—Su significación.—La muerte y el olvido tras la Conquista.—Las tribus boriqueñas.—Sus jefes.—El dujo.—El boriqueño no había llegado en su civilización al último grado del período neolítico.—Carencia de túmulos.—Tal vez se encuentren algún día.
La naturaleza es un libro abierto al investigador y en ella escudriña el hombre las huellas de la raza extinguida con el afán que le domina por conocer los orígenes de la humanidad.
Hace veinte y cinco años se usaba la palabra ante historia para caracterizar los tiempos que han precedido á las anotaciones de los primeros cronistas; pero hoy usamos el vocablo prehistoria; y cuando nos acercamos á los períodos más modernos y de alguna documentación, aunque nebulosa, usamos de la dicción proto-historia.
El punto en el cual los tiempos prehistóricos terminan es variable, según los países. Por ejemplo, para Europa, en lo que se refiere á España, Francia y Alemania, pertenece á la raza de Canstad, á la de Cro-Magnon y á la de Furfooz; viniendo además el cráneo de Neanderthal, exhumado en 1856, y la bóveda craneana de Eguisheim, en 1867, á dar mayor base científica paleo-etnológica á estos estudios; pues la mandíbula de Moulin-Quignon resultó un engaño de los obreros de Abbeville, según el parecer de la célebre comisión de sabios, presidida por Milne-Edwards, que averiguó que dichos obreros pretendieron ganar 200 francos á Mr. Boucher de Perthes. Así, pues, mientras para Grecia y Roma la historia bien conocida de griegos y romanos determina en ellos la cesación de los tiempos prehistóricos; para los franceses vienen á terminar con los celtas; para los españoles con los celtíberos; y para los alemanes con la introducción del cristianismo en la época germánica. De manera que para los griegos la época de los pelasgos sería su protohistoria[[42]]; para los romanos la época etrusca[[43]]; para los franceses la época céltica[[44]]; para los españoles, la celtíbera[[45]] y para los alemanes la germánica.[[46]] Lo que revela la variabilidad é indeterminación de fechas cronológicas sobre este particular, en correlación únicamente con el desenvolvimiento civilizador histórico.
Thomsen[[47]], de Copenhague, en 1836, formuló la ley cronológica del desarrollo de la industria humana, y dividió los tiempos prehistóricos en tres edades: edad de la piedra, en la cual el hombre no conocía los metales y explotó el sílex y las piedras calcáreas; edad de bronce, que vino á sustituir á la piedra en las armas y en los utensilios domésticos; y edad de hierro, que sustituyó á la anterior con la explotación de este utilísimo metal. Y Mortillet[[48]] dividió la edad de la piedra en otros tres períodos sucesivos: eolítico, paleolítico y neolítico. Tres palabras de origen griego, para designar respectivamente el origen de la piedra, la antiguedad de la piedra y las nuevas piedras en las manos del hombre como utensilios. El eolítico es para el período geológico terciario; el paleolítico es para el cuaternario; y el neolítico para el período cuaternario reciente. El primero, por lo tanto, corresponde al origen de la humanidad, y los otros dos á su desarrollo en la nebulosidad de la prehistoria. En la América, la clasificación de Thomsen hay que modificarla, poniendo en lugar de la edad de bronce la edad del cobre, pues este metal fué el qué empezó á sustituir á la piedra en el Continente Americano.
En Puerto Rico pocas personas se han dedicado á recolectar objetos arqueológicos para el estudio del hombre prehistórico. Las primeras colecciones podemos referirlas á la primera Exposición que hubo en el país, el año de 1854.[[49]] En ese primer Certamen de nuestra actividad humana expuso don Jorge Látimer, distinguido comerciante de esta ciudad, entre una variedad de objetos, los siguientes, interesantes para el estudio del hombre indo-antillano:
Un ídolo de mármol negro, jaspeado de verde, encontrado en una cueva de la isla de Santo Domingo.
Tres ídolos de piedra, encontrados en una gruta del interior de esta Isla: dos blancos y el otro negro. Además, un pedazo blanco de un ídolo roto.
Dos cráneos y un pedazo de tinaja de barro cocido, hallados en un cementerio de indios.
Una piedra, figurando la cabeza de una higuana, con cuatro patas, cola y alas.
Cuatro hachas de piedra.
Dos pedrezuelas agujereadas, para colgar al cuello.
Posteriormente, don Jorge Látimer siguió enriqueciendo su colección arqueológica, habiéndola regalado después á Smithsonian Institution, museo nacional de los Estados Unidos.
En 1876, Otis T. Mason hizo un estudio especial de esta Colección[[50]], la que en 1903 tuvimos el gusto de ver detenidamente en aquel hermoso centro de Prehistoria antropológica.
En esa misma Exposición y según la citada Memoria descriptiva del señor Viña, presentó don José Julián Acosta varios objetos, pertenecientes á muchos indígenas puertorriqueños, y fueron:
Dos ídolos de piedra, afectando la forma de serpiente enroscada, sobre la cual se adapta una especie de cara con ciertos rasgos de fisonomía humana. Encontrados en Yauco.
Un ídolo de piedra, que representa una figura extraña, porque en su conjunto participa de la del hombre y de la del mono. Se encontró en tierras de un ingenio de Ponce.
Un hacha de piedra.
Los Jesuitas tenían, allá por los años de 1865, en el museo del Seminario-Colegio de la calle del Cristo, en San Juan, una colección de collares, ídolos, hachas y otros objetos de piedra, pertenecientes á los indígenas. Entre todos estos objetos recordamos, por haber estudiado nuestro Bachillerato en dicho Colegio, que llamaban la atención las bandas ó collares pétreos de tres tamaños.
El doctor don Agustín Stahl[[51]] poseía en el inmediato pueblo de Bayamón, una variada colección arqueológica, que ha cedido al museo de New York. El señor don Eduardo Neumann[[52]] ha cedido también los valiosos objetos prehistóricos que poseía, á Smithsonian Institución de Washington.
El presbítero don José Nazario[[53]] tiene reunida una brillante colección de objetos prehistóricos indo-antillanos. Es de sentir que el padre Nazario no la hubiese descrito al final de su libro, como tan acertamente lo hizo el doctor Stahl en su citada obra. Nuestro sabio amigo da á conocer primero una bellísima variedad de hachas, que el indio utilizaba enclavándolas á la extremidad de un fuerte mango de madera. Pasa luego el autor á los ídolos y anota las piedras mamiformes con cara humana, ó de reptil y pies de hombre. Y finalmente detalla las figurillas grotescas de barro cocido.
Los demás amateurs de objetos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, los han enviado á los museos de Europa ó Estados Unidos; ó no los han dado á conocer sus dueños.
Nuestra colección prehistórica indo-antillana se compone de:
Dos collares ó bandas. Uno tiene los trabajos de ornamentación del cincel á la derecha, el otro á la izquierda. Son de roca granítica, como la que se usa para el baldosado de las calles. Encontrados en el barrio Bayaney, jurisdicción de Hatillo, en dos cuevas distintas. Largo, 42 centímetros; ancho, 30 centímetros; grueso, 8 centímetros arriba y 10 centímetros abajo, entrambos. Cedimos uno al doctor Velazco de Madrid, en 1877, para su museo.
Un dujo. De piedra de asperón gris. Largo, 40 centímetros; ancho, 11 centímetros. Cuatro patas de 4 centímetros de diámetro y 6 centímetros de alto. El respaldo figura la cola de una tortuga. Esta sillica de piedra fué hallada en Utuado. Es de suponer perteneciera al célebre cacique Guarionex, régulo del Otoao, que ocupaba aquella comarca, en la época de la conquista española, de 1508 á 1511. Este dujo es un objeto indo-antillano simbólico de soberanía cacical. El jefe, puesto en cuclillas sobre esta pétrea sillica, presidía las asambleas de nitaynos para deliberar.
Un mortero. De asperón gris. Imita un dujo. Ha tenido mucho uso á juzgar por el hueco que tiene en el centro. Largo 35 centímetros; ancho 16 centímetros; alto 10 centímetros. Cuatro patas gruesas de 6 centímetros de diámetro. Hallado en Arecibo. Opinamos, que este mortero lo usaba el boriqueño para moler bija (el grano que conocemos nosotros con el nombre de achiote), y preparar con aceite vegetal del carapa el unguento con el cual se embadurnaba todo el cuerpo para preservarse de las picaduras de los mosquitos; y también para el tatuaje ó caprichoso pintado de la piel.
Una mano de mortero. De asperón gris. Es el complemento del almirez de piedra, anteriormente descrito. Esta mano de mortero está ornamentada en su terminación superior con una cara humana grotesca. Largo, 11 centímetros; ancho, 7 centímetros. Hallada en Arecibo.
Una máscara de piedra. De roca arenisca. Largo, 17 centímetros; ancho, 13 centímetros. Interesante objeto arqueológico indígena, por tener trabajados oblícuamente los ojos, al figurar una cara, que prueba la mezcla mogólica de la raza americana. Hallada en Barros.
Un ídolo raro. Muy cincelado, figurando un pez. De roca granítica. Largo, 7 centímetros; ancho, 6 centímetros. Encontrado en Utuado. Muy original é interesante ejemplar.
Un ídolo mamiforme. De mármol blanco. Largo, 13 centímetros; ancho, 6 centímetros; alto, 3 centímetros. Figura un cono sobre un animal. Opinamos, que simboliza la montaña Luquillo, el monte más alto de la Isla, reposando sobre un batracio. Es Yukiyú, el dios protector de Boriquén, que concedía la blanca yuca al indio, para su alimenticio pan casabí. Encontrado en Arecibo.
Un ídolo mamiforme. Como el anterior. De asperón. Largo, 16 centímetros; alto, 11 centímetros; ancho, 9 centímetros. Hallado en Barros.
Una piedra plana, con el dibujo de un rostro circular, con ojos, nariz y boca. Opinamos simboliza la luna. De asperón gris. Largo, 15 centímetros; ancho, 10 centímetros. Hallado en Arecibo.
Un punzón, de piedra pulimentada, figurando un cincel. De pedernal. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrado en la cueva de Miraflores, de Arecibo. Opinamos sería para trabajar en aquella gruta los pillar-stones, ó piedras pilares, que servían á los boriqueños para limitar sus juegos de pelotas. Interesante objeto, por lo raro en las colecciones arqueológicas indo-antillanas.
Un hacha, de piedra pulimentada. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho, 8 centímetros. Encontrada en Arecibo. Opinamos que es de la clase que destinaba el boriqueño á la tumba de árboles.
Un hacha, de piedra pulimentada. De serpentina. Largo, 21 centímetros; ancho, 8 centímetros. Con señales de mucho uso en el encaje del mango de madera. Encontrada en Gurabo.
Un hacha, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Bello ejemplar, matizado de puntos rojos. Hallada en Arecibo.
Un hacha, de piedra pulimentada. De diorita. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Lares.
Un hacha, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 10 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en Arecibo. Este ejemplar tiene la particularidad de tener un brillo tan acentuado, que parece barnizada. Este barniz es debido á la acción del medio arenisco, donde ha estado durante tantos años esta piedra enterrada.
Un hacha, de piedra pulimentada. De pedernal. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Ponce.
Un hacha, de piedra pulimentada. De roca cuarzosa. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en Arenalejos, Arecibo. Esta hacha tiene figura distinta de las demás descritas anteriormente: la manera de terminar la parte destinada al corte es diferente á las otras.
Un hacha, de piedra no muy pulimentada. De pedernal. Largo, 5 centímetros; ancho, 3 centímetros. Hallada en Bayaney, Hatillo.
Un collar, de piedras pequeñas. Son diez y ocho pedrezuelas, como cuentas. Están taladradas en dos direcciones. Opinamos, que estos agujeritos han sido hechos para colocar en ellos plumas de colores. Dos cuentas son turquesas, seis son de mármol blanco y diez de mármol jaspeado. Este collar fué encontrado en los campos de Utuado, por el farmacéutico don Federico Legrand. Estaban las pedrezuelas dentro de una ollita de barro cocido, en unión de una pequeña vértebra de pescado, y tapada con una concha de almeja. En nuestro Repertorio Histórico de Puerto Rico[[54]] dedicamos un artículo á este interesante hallazgo.
Una ollita, de arcilla roja, cocida. Muy bien trabajados sus bordes con ornamentación de líneas circulares y verticales, guardando cierto paralelismo. Opinamos, que era el joyerito de una india, pues dentro de esta ollita fué que el licenciado Legrand encontró el collar de piedras y la vértebra de pescado, descritos anteriormente.
Un mortero, de piedra. De arenisca. Muy usado, por los desgastes que presenta al examen. Largo, 17 centímetros; ancho 15 centímetros; alto, 8 centímetros. Puesto al revés tiene la figura de la bóveda superior de un cráneo humano. Encontrado por el doctor Curvelo en una finca de su propiedad en las montañas de Arecibo.
Una mano de mortero. De arenisca. Muy usada. Corresponde al mortero, anteriormente descrito. Largo, 13 centímetros; ancho, en la base, 6 centímetros; en el vértice, 3 centímetros.
Una cazuela, de piedra. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho 23 centímetros; alto 10 centímetros. También revela haber prestado mucho uso. Hallada en Arecibo.
Una piedra plana, figurando una cara. De asperón grís. Largo, 9 centímetros; ancho 7 centímetros. Procedente de Lares.
Una bola, de piedra. De granito. Largo 11 centímetros; ancho 9 centímetros; alto 7 centímetros. Encontrada en Hatillo.
Una piedra, de diorita, empezada á tallar. Largo 20 centímetros; ancho 14 centímetros; alto 17 centímetros. Procedente de Barros.
Una figurilla, de arcilla roja, figurando una cara grotesca. Largo, 5 centímetros; ancho 3 centímetros. Amuleto indígena. Encontrada en Arecibo.
Una figurilla, de arcilla cocida, imitando una rana. Largo, 4 centímetros; ancho, 3 centímetros. Amuleto indígena. Hallada en Arecibo.
Entre estos despojos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, hay que tener en cuenta, que algunos son exóticos, traidos á Boriquén en la época indo-antillana: ya mediante las relaciones comerciales que sostenía el indígena boriqueño con sus vecinos los quisqueyanos, por reducido que fuera comercio era al fin, ó ya dejados en esta isla por los Caribes de Barlovento, en algunas de sus piráticas incursiones. De nuestra colección prehistórica nos parece caribeña el hacha de Arenalejos (Arecibo). Y el idolito figurando un pez, hallado en Utuado, nos inclinamos á creer que no es de origen boriqueño.
En varias partes de la Isla existen lugares designados con el nombre de cementerios de indios; y hay cavernas como la cueva de los muertos de Utuado, á las que se les atribuye el haber servido para el sepelio de cadáveres en la época indo-antillana. De la investigación de estos sitios se han obtenido despojos de huesos humanos, amuletos de arcilla, alguno que otro objeto de piedra y restos de potería. El explorador doctor Pinart, de París, recogió algunos cráneos en una de las cuevas de Arecibo. Nosotros poseemos uno, indudablemente boriqueño, dadas sus condiciones craniológicas de reducida capacidad (1,420 cm), método de Broca, índice mesaticefálico (77.78), aplastamiento natural del frontal y del occipital, las órbitas cuadrangulares y megasemas y el esqueleto de la nariz mesorriniano.
El encontrarse estos yacimientos de restos humanos lo mismo en las playas que en el interior del país, presupone desde luego, que el pueblo boriqueño, en la fijación de sus poblados, utilizaba los centros de la Isla y también las costas. En aquellos se refugiaba de las piraterías caribes que eran muy frecuentes al E. y al S.; y en éstos utilizaba la buena pesca marítima de algunos puntos de la Isla.
No se han encontrado en nuestras costas, esos sitios llamados en la arqueología prehistórica kjockkenmoedings, es decir, despojos de cocina: montículo de conchas marinas, situado sobre los bordes del mar, indicando una estación de pueblo primitivo, que vivía en dicho sitio, sobre todo, de la abundancia de mariscos. Mezclado con las conchas se encuentran cenizas, carbón, huesos, objetos de piedra y restos de potería. Se han encontrado estos joquemodingos (castellanizando el vocablo) en Chicago, California, Méjico, Brasil, Guayana y otros puntos de América. En Europa son comunes en Dinamarca, Irlanda y Portugal. Existen también en el Japón y Nueva Zelandia. Revelan una civilización muy rudimentaria. Le corresponden las piedras talladas en bruto, sin pulimento. Empezaban sus moradores á idear el hacha, usando un pedazo de silex con corte en la punta ó en un costado.
Los restos arqueológicos, que tenemos coleccionados, y los que han ido á nutrir los Museos extranjeros, son focos de potente luz para alumbrarnos en la ruta que emprendemos á fin de conocer al hombre prehistórico de Puerto Rico. La meditación sobre estos restos pertenecientes á un pueblo colombino que ya no existe, haciendo abstracción de la referencia de los Cronistas que estuvieron en contacto con él, nos revela el estado del hombre primitivo en el período de la piedra pulimentada. El boriqueño hacía uso de la piedra arenisca, de la diorita, del pórfido, de la piedra de toque, del feldespato, de la serpentina, del mármol y del barro cocido para trabajar sus hachas, sus ídolos, sus distintivos de mando y sus utensilios domésticos; y después los cincelaba y pulía cuidadosamente.
No faltan escritores que opinan, que los indo-antillanos usaban estas piedras porque las encontraban al paso, pero que no sabían trabajarlas; y suponen que estos objetos pétreos pertenecían á otros pueblos. Este es un error craso. Los que pretenden encontrar en los indo-antillanos los restos degenerados de otro pueblo y de una civilización perdida no van por el camino de la verdad prehistórica. No solamente tallaba el boriqueño la piedra, sino la cincelaba, pulía y ornamentaba con paciente labor. La cueva de Miraflores, en la jurisdicción de Arecibo, era un taller de piedra de los indígenas. La hemos explorado cuidadosamente. Tenemos en nuestra colección un buril de pedernal, obtenido en ella por Mr. Denton, propietario de la finca donde radica esta gruta. Todavía se encuentran allí iniciados los trabajos de algunos pillar-stones, de las columnitas que servían á los indígenas para limitar sus juegos de pelotas, tan bien descritos por Las Casas. Aquellas caras esculpidas en los paredones no son zemís ó dioses, sino los remates superiores de los pilares ó columnitas, no acabados de desprender del bloque de arenisca del paredón. Sorprendió al artista, ó á los artistas, la invasión colonizadora europea que introdujo en la Isla otra vida y otros usos y costumbres.
Al llegar los españoles al Archipiélago, la vida indo-antillana se perturbó por completo y no podemos exigir á los cronicones detalles minuciosos de toda ella. Ni siquiera se pudo recoger el lenguaje. Ni el más sencillo vocabulario. El que poseemos lo hemos formado con suma paciencia, recogiendo las palabras perdidas en las narraciones. ¿Cómo iban á continuar los infelices isleños en sus difíciles trabajos pétreos, que requerían tan paciente brega, al caerles encima la terrible irrupción extranjera? ¡Cuántas cosas se tragó la conquista de las islas, que en la invasión del continente se pudieron conservar con la ayuda de los misioneros franciscos y domínicos! Entre ellas, los idiomas. Empero, no faltó explorador que viese al antillano afilando su hacha, pues Pedro Mártir de Anglería en su correspondencia á Pomponio Leto[[55]] le dice entre otras cosas: “Hierro no tienen, pero de ciertas piedras de río forman instrumentos fabriles.”
El boriqueño manejaba también la arcilla hasta someterla cuidadosamente al fuego como cualquier moderno alfarero. Fabricaba vasijas, cazuelas, tinajones y grandes platos, de dos dedos de grueso, llamado burén, para coser al fuego las tortas de casabe. De barro cocido hacía también sus amuletos ó dioses penates, figurillas que abundantemente se encuentran en los cementerios de indios. En cuestión de alfarería llegaba al refinamiento artístico de adornar las abrazaderas de las cazuelas con grotescas caras, y hacer ollitas para guardar las indias sus collares, á estilo de un modesto joyel.
Nuestro indígena utilizaba los huesos de pescado. Las pequeñas vértebras para clavar en éllas fácilmente plumas de colores; y atar la vértebra á la cabellera, á modo de horquilla. Y los dientes de algunos peces para fijarlos en las puntas de sus azagayas, después de afilarlos bien.
El boriqueño conocía el oro, porque este metal se encuentra en estado natural en los placeres auríferos de nuestra Isla. El oro, por su brillantez, ha sido fácil de hallar y utilizar, desde los primeros comienzos de la humanidad. Estos datos sobre el oro lo debemos á las narraciones de los conquistadores; pues no tenemos en nuestra colección ningún objeto indígena de éste metal. Desconocía el boriqueño el cobre, el bronce y demás metales. Los objetos de cobre que tenían los indo-antillanos, especialmente algun guanín, procedían del inmediato continente donde el indio conocía ya este metal y empezaba a trabajarlo. Aunque en las grandes Antillas hay buenas minas de cobre no supo el indígena explotarlas. También le era desconocida la sal para usos domésticos, aderezando siempre sus comidas con ají.
Si no se han encontrado objetos indios de oro, en el país, se han hallado bastante número de collares de piedra, diseminados por las grutas de la Isla. Y sobre el uso de estas bandas pétreas guardan profundo silencio los cronistas. Unicamente, en una Relación de objetos pertenecientes al cacique Caonabó encontramos haberse recogido entre sus despojos siete collares de piedra; pero sin indicar el anotador el uso que tuvieran entre los indígenas.[[56]]
Estos collares de piedra, encontrados en diferentes puntos de la Isla, son de tres tamaños. El que guarda un término medio es muy parecido á una collera de arnés para caballo de coche. Están, en general, estas bandas pétreas muy bien pulimentadas y tienen ciertos grabados de ornamentación, unos á la derecha y otros á la izquierda. El encontrarse en poder del régulo dominicano Caonabó siete collares de estos es un dato revelador de que para los caciques indo-antillanos tenían un determinado valor. No conocemos ningún cronista, ni comentador, que haya hecho hincapié en este dato histórico que apuntamos. Hasta ahora, todas han sido conjeturas y suposiciones sobre estas bandas; pero, sin afianzar las hipótesis, como hacemos nosotros, sobre el hallazgo de siete collares de piedra en poder de un jefe de tanta importancia y poderío entre los suyos como el cacique destructor del fuerte de Navidad.
Opinamos, que las bandas ó collares de piedra encontrados en poder del régulo Caonabó tenían por objeto dar distintivo de mando al indio á quien fuese entregado, electo sub-jefe de alguna comarca ó valle, y que el nitayno ó lugarteniente lo guardaría en su choza como signo material de que radicaba en él el mando de aquella zona insular. Podemos, por lo tanto, considerar estas bandas pétreas como una especie de escudo señorial. Como existen tres tamaños en estos collares, hay que suponer en esa diferencia cierto valor jerárquico. Y teniendo en cuenta además que el de mayores dimensiones había de exigir mayor labor de ornamentación de parte del artista, cuya brega de cincelación debería durar mucho tiempo, quizás años, hay que concederle también mayor valor real. También son los que más escasean. Nosotros no hemos conocido más que tres de estas formas agrandadas. Los que se conocen generalmente son los comparados con colleras de arneses de caballos de coche. Los pequeños tampoco es frecuente hallarlos.
A la venida de los españoles, estos objetos los guardaron los indígenas de tal manera, que los nuevos pobladores no tuvieron noticia de ellos. Lo mismo ocultaron muchos de sus dioses tutelares. Se les imponía con rigor una nueva vida social y una nueva religión y tuvieron los infelices que apelar al disimulo para ocultar ante los conquistadores tan venerandos objetos para ellos. Prontamente la muerte y el olvido barrieron con toda aquella rudimentaria civilización neolítica.
El pueblo boriqueño estaba constituido en tribus; y tenía sus jefes de primero y segundo orden, ocupando los mejores valles de la Isla con sus aduares. Cuando el conquistador Juan Ponce de León vino al Boriquén, en 1508, visitó al régulo Agiievbana, cacique principal de la Isla, en su ranchería Guaynía. Después al cacique Guaraca del Guayaney que le facilitó las primeras muestras de oro, obtenidas del Manatuabón, hoy río de Maunabo. Prosiguiendo su viaje por el E. el Esplorador capitán llegó al N. y obtuvo las segundas pepitas de oro del cacique Guacabo, del Sibuco. Al retornar, en 1509, utilizó los caciques nombrados y además al régulo Caguax de las orillas del Turabo, á Majagua de Bayamón, á Mabó de Guaynabo, á Aramaná del Toa, á Canóbana de Cayniabón, á Orocobix del Jatibonicu y Guamaní de Guayama. También destinó á las granjerías de los Reyes Católicos y á las minas, el personal de la cacica Yuisa del Haymanio, bautizada con el nombre de Luisa, y de donde se diriva el actual Loiza, fácilmente trastocados unos vocablos en otros. El 28 de Octubre de 1509, tomó Juan Cerón el mando del Boriquén, como Alcalde Mayor, por orden del Almirante Don Diego Colón, que había entrado á gobernar en La Española y tenía jurisdicción sobre todas las tierras descubiertas por su padre, con arreglo al fallo del Consejo de Indias. Juan Cerón, lugar-teniente del Virrey don Diego, hizo el primer Repartimiento de los indios del Boriquén, pues Ponce de León se había concretado hasta entonces á explotarlos en harmonía con la Capitulación celebrada con el gobernador Ovando el 2 de Mayo de 1509, en Santo Domingo. En este primer Repartimiento de los indios del Boriquén tocóle á don Cristóbal de Sotomayor el cacique Agiieybana con 300 súbditos. Como este régulo, amigo de los españoles, vivía en Guaynía, allá se fué el afortunado castellano á explotar su rica encomienda. Así hicieron los otros Encomenderos hasta que fueron sorprendidos por el alzamiento de 1.511.[[57]]
Es un error, por ende, que el distinguido historiador señor Brau[[58]] manifieste, que el pueblo boriqueño se encontraba á la venida del Almirante descubridor, en estado nómada, á semejanza de las tribus de la Guayana, mudando de domicilio á lo largo de las riberas. Extraña aseveración, cuando ya el doctor Stahl, en su estudio etnológico sobre los aborígenes, determina con sano criterio la exacta división de nuestra ínsula en cacicazgos, al igual de Haytí, aunque comete el autor sensibles equivocaciones.[[59]] Natural era que las aldehuelas indígenas del Boriquén, construidas sus chozas con troncos de palmera al exterior, é interiormente un solo estante hasta la cumbrera, con ramaje y hojarasca por seto, bejucos por trabazón, y sin mayor resistencia, fueran destruidas fácilmente al empuje turbulento de la conquista y en el alzamiento de 1511. Pronto estas exíguas agrupaciones indígenas fueron absorbidas por los incipientes poblejos que fundaban los españoles. Todavía la actual casucha de nuestros campesinos conserva mucho de la construcción del primitivo bohío indio.
Entre los restos del primitivo pueblo indígena se encuentra, aunque muy raro, cierto banquillo, de madera ó piedra, que los boriqueños llamaban dujo. Está formada esta sillica de una sola pieza y suele tener algunos trabajos de ornamentación, al capricho. En nuestra colección arqueológica hemos descrito un dujo, pétreo, que conjeturamos perteneciera al régulo utuadeño Guarionex. Esta sillita es reveladora de que el indio boriqueño procuraba tener ya utensilios que sirvieran para fijar sus diferencias jerárquicas, en ciertos momentos; pues los dujos no tienen comodidad alguna para posarse en ellos. Opinamos, que sirviera el dujo para colocarse el cacique sobre él, en cuclillas, frente á sus nitaynos, congregados los sub-jefes con algún fin de carácter público. No pueden ser considerados estos objetos de uso doméstico, como nuestras sillas ó banquetas, por ejemplo, si tenemos en cuenta que para reposar podían disponer los indígenas de la gran comodidad de la hamaca, ó tenderse al dolce far niente á la umbría de la copuda ceiba ó á la fresca sombra de un grupo de palmeras de yaguas.
Con estos antecedentes podemos fijar bien el estado social á que llegó el autóctono boriqueño. Hemos dicho, que nuestro indígena se encontraba en el período social de la piedra pulimentada; y hablando con más propiedad paleontológica diremos, en el período neolítico de la edad de la piedra. El instrumento cuneiforme característico de esa época es el hacha pétrea, que poseía el boriqueño en abundancia. El indo-boriqueño había abandonado ya la gruta como vivienda y construido la choza. De cazador y pescador errabundo, había pasado, dando un paso avante, á agricultor. De la horda y la incipiente familia había avanzado á la tribu ó clan. Tenía jefes y subjefes y casta sacerdotal. La idea religiosa del bien y del mal dominaba en sus manifestaciones religiosas. Para defender sus yucayeques ó pueblos, disponía de aprestos guerreros y procuraba poner límites á sus cacicazgos, por lo que empezaba á tener idea de la propiedad, tanto individual como también de la colectiva. En la industria, además del mortero de silex para triturar el grano trabajaba la arcilla y hacía recipientes para la cocción de sus viandas, vasijas para el agua y tinajas para la fermentación de sus licores. Sabía sacar partido de algunas maderas de ebanistería como la maga y de la cubierta recia de algunos frutos como la jigüera. En la escultura, había iniciado el grabado y había avanzado á la ornamentación de grutas y chozas, de lo cual dan buenas muestras las pictografías de algunas cavernas. Y finalmente, cinselaba y bruñía pacientemente sus fetiches, sus bandas, sus dujos señoriales y sus armas, sin tener la pasión por la escultura decorativa sobre madera, tan desarrollada en otros pueblos primitivos, como por ejemplo, entre los Papúas de la Nueva Guinea; ni había llegado al gusto artístico del modelaje cerámico, que tenían los indios mejicanos y peruanos.
No tenía el boriqueño túmulos, de los cuales el dolman constituye la última palabra de esa edad prehistórica; sino únicamente simples cementerios para el sepelio vulgar de los cadáveres, que enterraban sentados, proveyéndolos de su zemi tutelar y de agua y viandas para el viaje de ultratumba, lo que comprueba su religiosidad. En la llanura de Toa-Baja, poco antes de llegar á la estación ferroviaria de ese poblejo, á mano izquierda, yendo desde San Juan hacia el Dorado, se divisa un montículo, que induce á creer sea artificial, pues las montañas se columbran muy á lo lejos, y el montículo se destaca solo, imperando en su torno una gran sabana, ó vega, en todas direcciones. Tal vez, sea un panteón indo-antillano, que merecería ser cuidadosamente esplorado. Hasta ahora no se ha encontrado ningún túmulo indio en la Isla; por lo que podemos considerar á nuestro indígena del Boriquén, en su estado social, sin haber llegado aún al último grado del período neolítico.
CAPITULO IV.
Ley histórica: emigración siguiendo el curso de los ríos.—El hombre primitivo de las Antillas procedía del inmediato Continente Americano.—La emigración vino de la América Meridional.—Error de Guridi y de Stahl al traerlos de la América Septentrional.—Los españoles encontraron dos pueblos que se disputaban la hegemonía del Archipiélago: el Aruaca antillano, perdida la memoria de su origen continental y el Caribe, que la recordaba.—Los Caribes procedían de los Galibis continentales.—Invasión caribeña en el Archipiélago.—Superioridad guerrera del invasor.—Derrota del Aruaca indo-antillano.—Informes de Pedro Mártir de Anglería y del doctor Chanca.—Error de Ulloa, que visto un indio estaban vistos todos.—Linneo.—Gmelin.—Buffón.—Herder.—Kant.—Hunter.—Blumenbach.—Cuvier.—Moquin Tandon.—Dumeril.—Bory de Saint-Vicent.—D’Orbigny.—Brasseur de Bourbourg.—Retzius.—Virchow.—Broca.—Humbold.—Morton.—Nott.—Dally.—Deniker.—Brinton.—Error de Zaborowski en hacer á todos los indo-antillanos Caribes.—El tronco basilio-guaraní.—El Guaraní español y el Tapí portugués eran uno mismo.—Siboneyes, Aruacas y Caribes de Girard de Rialle. Síntesis.—Razas, sub-razas y razas mixtas.—El Aruaca y el Caribe, insulares, constituían dos sub-razas, cuyo entroncamiento estaba en la raza Guaraní de la América Meridional.
La marcha de los pueblos, colonizando territorios, se relaciona con el curso de las aguas. De las márgenes del Mississipí se han extendido tribus americanas hasta inundar las Floridas; é idénticamente de las riberas del Amazonas y del Orinoco avanzaron también pueblos errantes hasta poblar la península de los Caracas y penetrar en el Archipiélago antillano. Ya los sacerdotes de las orillas del Indo, los magos de las riberas del Tigris, los profetas del Jordán, los sacrificadores del Nilo y los ribereños del Danubio y del Rhin nos testifican luminosamente cómo los pueblos avanzan por las márgenes de los ríos y se dilatan por las costas marítimas.
Es muy lógico presumir, que el habitante primitivo de las Antillas procedía del inmediato Continente americano. En un principio, creímos que siendo el estrecho floridano el más fácil de atravesar, por allí debió haber venido la inmigración indo-antillana.[[60]] Nos hicieron caer en esta errónea opinión el escritor dominicano Javier A. Guridi[[61]], diciendo “que los haytianos procedían del tronco Waicure de la costa occidental de la América del Norte,” y el doctor Stahl[[62]], que también los traía del Continente septentrional, haciéndolos proceder de los Aztecas ó de los Semínolas. Pero, la emigración á las islas del Archipiélago partió indudablemente de la América meridional, salvando los indios las distancias oceánicas mediante sus hermosas almadías, que podían llevar de cincuenta á cien personas. Hoy descansa esta opinión nuestra en poderosos datos de toponimia y filología, que expondremos oportunamente en otro capítulo, para comprobar nuestro aserto.
A la llegada de los españoles, comandados por el gran Ligur, dos pueblos americanos se disputaban el imperio de estas islas. El pueblo, que podemos llamar por ahora autóctono, vivía tranquilo, adueñado de la mayor parte del Archipiélago, perdida la memoria de su origen, conservando en sus nebulosas tradiciones que sus antepasados habían nacido en una cueva, como narra la leyenda referida á Fray Román Pane por los indios del cacicazgo de Guarionex, en Haytí. Para la época del Descubrimiento ya tribus indias muy guerreras se habían apoderado de la península de la Florida. Estos eran los valientes Semínolas, que tanto dieron que hacer á los conquistadores Juan Ponce de León y Fernando de Soto. Si los Semínolas hubieran lanzado de la Florida á los antepasados de los indo-antillanos, rastros positivos de éstos hubieran quedado en la toponomia de aquel país, huellas de sus costumbres al apropiarse las mujeres de los conquistados, y algunas palabras filtradas en el idioma del triunfador, procedentes de la lengua dominada. Es ley de la historia que el vencedor no hace desaparecer por completo, en un país, las huellas del pueblo vencido.
En cambio, las tribus caribeñas, que se habían adueñado de las islas de Barlovento, se acordaban perfectamente que descendían de los Galibis de la América meridional: lo que indica que la invasión caribeña en el Archipiélago no era remota, sino inmediata, y que en el período colombino se estaba desenvolviendo aún. El padre Raymond Breton[[63]] dice: “Los caribes manifiestan, que ellos vinieron del Continente para conquistar las islas.” Y Rochefort[[64]] afirma que los caribes de las Antillas se acuerdan descender de los Galibis; tienen la pronunciación más dulce que los caribes del Continente; pero, desde luego, no difieren más que en el dialecto.
Opinamos, que el pueblo caribeño, procedente de la América del Sur, alejándose de las márgenes del Amazonas y del Orinoco, fué domeñando los pueblos vecinos hasta llegar á las costas de Venezuela; y de allí, en son de conquistador, penetró en el mar de las Antillas, asimilándose primero los habitantes de las pequeñas islas cercanas á Costa Firme, de donde extendió sus correrías á las mayores del Archipiélago. Al poner el Almirante el pie en Guanahaní la lucha de estos dos pueblos continuaba á muerte; siendo los campos situados al E. de la isla Boriquén la marca invasora de los conquistadores Caribes, aunque aún no habían podido apoderarse del territorio insular boriqueño, donde hacían frecuentes incursiones, deteniéndose largo tiempo, á veces, en las costas á reparar sus embarcaciones.
Los Caribes, más audaces y más potentes que los autóctonos indo-antillanos, se habían adueñado de las islas de Barlovento; y desde Cayrí (Domínica), Sibuqueira (Guadalupe) y Ay-ay (Santa Cruz) organizaban sus piraterías á la pacífica Boriquén (Puerto Rico), acantonándose en las islillas del E. de nuestra Isla, principalmente en Bicque (Vieques). El triunfo de los invasores hubiera sido seguro en todo el Archipiélago, andando los tiempos, si no se interpola el hecho del Descubrimiento. Ya los conquistadores españoles pudieron observar patentemente la superioridad guerrera del audaz caribe sobre el manso indo-antillano.
El cronista Pedro Mártir de Angleria[[65]] nos refiere, que “lo mismo los varones que las mujeres de las islas, que ya podemos llamar nuestras, cuando advierten que vienen los Caribes no encuentran más salvación que la fuga. Aunque usan saetas de cañas, muy agudas, saben, sin embargo, que les aprovechan poco para reprimir la violencia y furor de los Caribes, pues confiesan todos los indígenas, que en la lucha, diez Caribes vencerían fácilmente á ciento de ellos.”
El doctor Chanca[[66]], que acompañó á Colón en el segundo viaje á las Indias Occidentales, dice: “La costumbre de esta gente de Caribes es bestial: ocupan tres islas: esta se llama Turuqueira (Guadalupe);[[67]] la otra, que primero vimos, Cayre (Dominica); la tercera se llama Av-ay (Santa Cruz); éstos, de estas tres islas, todos son de conformidad como si fueran de un linaje, los quales no se hacen mal entre sí; unos é otros hacen guerra á todas las otras islas comarcanas; van por mar ciento é cinquenta leguas á saltar con muchas canoas que tienen, que son unas fustas pequeñas de un solo madero.”
Ahora bien, estos dos pueblos, que se disputaban el dominio de las islas antillanas, tenían distinta procedencia. La frase de Ulloa,[[68]] de que “visto un indio de qualquier región, se puede decir que se han visto todos en quanto al color y contextura” ha hecho caer en error á muchos historiadores. También podría decirse que visto un hombre amarillo están vistos todos, y cuánta diferencia hay entre un chino y un japonés. Y visto un negro están vistos todos, y qué desemejanza entre un congo y un cafre. Y volviendo la oración por pasiva, lo mismo pudiera decir el hombre rojo, amarillo ó negro del blanco, y sabido es, arrancando desde las ramas alófila, fínica, semítica y aria, cuantas razas hay entre los blancos. La historia etnológica de la América es más complicada aún que la de la Oceanía; y muchos autores están ya contestes, que el vasto territorio americano no ha sido habitado por una sola raza de hombres.[[69]]
Linneo, al dividir la especie humana en cuatro razas, según las cuatro partes del mundo, se conformó con separar enteramente de los demás al hombre rojo de América.[[70]] Gmelin clasificó á los hombres, según el color de la piel, en cuatro variedades, conservando la cobriza para todas las razas americanas.[[71]] Buffón, formando seis variedades del hombre, dejó al americano enteramente fuera, cuyo sistema siguió Herder y Prichard.[[72]] Pownal colocó á los americanos y mogoles entre las razas blanca y roja.[[73]] Kant aceptó el americano cobrizo.[[74]] Hunter al americano rojo.[[75]] Blumenbach, en sus cinco variedades del hombre, dedicó la cuarta al americano ferruginoso, opinión que siguió Laurance en 1822.[[76]] Cuvier clasificó al hombre en tres razas, dejando al americano fuera, sin quererlo situar en ninguna.[[77]] Moquin-Tandon siguió á Cuvier[[78]]. Dumeril separó al hombre en seis razas y dedicó la cuarta á los americanos.[[79]]
Hasta aquí todos los autores hacían de los americanos una sola raza. En adelante, clasificando mejor, van reconociendo variedad de razas en América. Malte-Brun clasificó al hombre en diez y seis razas: en la décima sexta colocó á los americanos, menos aquellos de las partes más septentrionales, que supuso procedían de otros continentes.[[80]] Bory de Saint-Vicent separó al género humano en quince especies; y en la sexta, la hiperbórea, comprendió todo el norte de América y una parte del Asia rusa; en la séptima, la neptuniana, reunió los americanos de California á los de Chile, en unión de peruanos y mejicanos de las costas occidentales; en la novena, la colombina, puso los habitantes de la Florida, los caribes de las Antillas, los naturales de una parte de Méjico, de Tierra Firme y las Guayanas; en la décima, la americana, situó todos los habitantes de la América meridional, menos los de la parte oriental y de las partes ya citadas; en la undécima, la patagona; y en la décima cuarta, la melaniana, los habitantes de la tierra del Fuego.[[81]] Esta labor de Bory de Saint-Vincent, aunque defectuosa, tiene la utilidad científica de que ya no se veía á los americanos con los cristales de Ulloa, de que visto uno estaban vistos todos.
D’Orbigny recorrió la América meridional, desde los años de 1826 á 1833, y opina, que los territorios recorridos por él, ó sea el Brasil, la República oriental del Uruguay, la Argentina, la Patagonia, Chile, Bolivia y Perú, estaban ocupados por tres razas: la ando-peruviana, la pampeyana y la brasilio-guarianana, comprendiendo en ellas treinta y nueve naciones distintas.[[82]]
La raza brasilio-guaraniana cubría toda la parte oriental de la América meridional, desde las Antillas menores hasta el Plata. Ocupaba el Brasil, el Paraguay, lo que se llamó las Misiones, las Guayanas y las islas de Barlovento. De manera que para este sabio investigador los habitantes de las Antillas menores, los Caribes, procedían de los Guaranís del continente meridional y habían destruido á los habitantes de dichas islas al apoderarse de ellas.[[83]]
El abate Brasseur de Bourbourg opinaba, que los americanos procedían de los Cares, que tuvieron gran poder en Asia, Africa y Europa; que de ellos procedían los Guanches de las islas Canarias, los Berberiscos del norte africano y también los Caribes é Indo-antillanos.[[84]] Esta opinión cae por su base, pues tanto los guanches como los berberiscos son blancos trigueños y los caribes é indo antillanos oliváceos canelas. Aquellos, en su índice cefálico, dolicocéfalos (cabezas alargadas), y éstos, casi todos sub-braquicéfalos ó mesaticéfalos (cabezas redondas ó medianas). En el sistema piloso, aquellos barbudos, más ó menos, y éstos barbilampiños; y en el índice nasal, aquellos leptorrinos (narices alargadas) y éstos mesorrinos (narices cortas). Lo demás que nos refiere dicho abate, de los hermanos Tupí y Guaraní abordando á las costas del Brasil, después de una gran inundación, es una leyenda. Y más desacertado está este autor, en sus investigaciones históricas é interpretaciones de manuscritos mejicanos, cuando asevera, que los hombres americanos salieron de la isla Boriquén á poblar la América, convirtiendo de golpe y porrazo nuestra ínsula en el paraiso terrenal indio, de donde salieron los indígenas Adan y Eva de su leyenda. Lo cual, como idea ingeniosa, no es nueva, pues ya la tenemos apuntada en la leyenda haytiana, que nos narra Fray Román Pane, pero atribuyendo el cuento á la inmediata Quisqueya.[[85]]
Es de creer, que Brasseur de Bourbourg se apoyaba en Retzius, que agrupaba los aborígenes americanos en dos grandes divisiones: una, ocupando el oeste, la braquicefálica; y la otra, el este, la dolicocefálica; y ésta procedente de guanches y berberiscos.[[86]] Virchow ha demostrado que tal clasificación es insostenible, porque los cráneos redondos y alargados se encuentran en ambos lados del continente americano[[87]]: aunque Topinard quiso explicar la hipótesis de Retzius, suponiendo que el autóctono es el esquimal, arrinconado por una raza braquicéfala venida del Asia.[[88]]
El profesor Broca piensa, que se ha exajerado mucho la unidad de las razas americanas. Para establecer la pluralidad de ellas, entre otras pruebas, atribuye el autor una gran importancia al color de la piel, puesto que se encuentra entre los americanos tintes muy constantes y muy diversos, desde el blanco hasta el casi negruzco, más pronunciado aún que el de los mulatos.[[89]]
Humbold notó, que no había raza en el mundo que tuviera el frontal tan inclinado hacia atrás como la de los americanos; y en la cual la frente fuese tan pequeña. Haciendo observar que la pequeñez de la frente estaba compensada de alguna manera por su longitud, que es generalmente grande.[[90]]
Según Morton, el habitante de la Tierra del Fuego tiene los mismos rasgos característicos que el indio de los planos tropicales, aunque sea en un grado exajerado. Se parece el fuegoniano al indígena de las tribus que están al O. de las Montañas Rocosas, á los del valle del Mississipí y á los esquimales del Norte. Todos poseen igualmente cabellos largos, lisos y negros, piel morena ó color de canela, cejas gruesas, pestañas espesas, ojo melancólico y adormido, labios gruesos y apretados, y nariz sobresaliente y dilatada. La misma conformidad de organización en los caracteres osteológicos, con cráneos redondos, ó casi cuadrados, occipucio aplastado ó vertical, mandíbulas gruesas, grandes órbitas cuadrangulares y frente estrecha y ligera.[[91]] Pero, después el mismo Morton ha notado diferencias considerables y ensayó una clasificación, con la guía del índice cefálico y la división en braquicéfalos y dolicocéfalos de Retzius.[[92]] Nott sigue también la separación en cráneos alargados y redondos; haciendo hincapié en que los Toltecas tienen la braquicefalia acentuada y los Iroqueses, Cheroqueses y Choctaws la dolicocefalia.[[93]] Y el sabio Virchow ha demostrado grandes diferencias entre las razas del Nuevo Mundo por la configuración de los cráneos; pero sin precisar su antigüedad, ni procedencias genealógicas.[[94]] Dally es partidario del tipo étnico americano, pero aceptando las razas, con diferencias más ó menos marcadas, como en el antiguo Continente.[[95]] Deniker utiliza los rasgos característicos de la nariz, además de la configuración del cráneo, para clasificar los aborígenes americanos.[[96]] Y Brinton separa las razas americanas en tres grandes ramas y siete troncos.[[97]] ¡Qué lejos nos encontramos ya de la clasificación de Ulloa, que visto un indio estaban vistos todos!
Zaborowski cayó en el error de opinar, que todos los indígenas de las Antillas eran Caribes, representados hoy por los Galibis de la Guayana y del Bajo Amazonas.[[98]] Los indígenas del Archipiélago antillano, grandes y pequeñas islas, antes de la invasión caribeña, eran todos Aruacas. Y en el periodo del Descubrimiento las grandes islas estaban aún en poder de los Aruacas y todas las de Barlovento habían caido en poder de los Caribes. Los indo-antillanos Aruacas tenían con los indo-antillanos Caribes el punto de unidad de proceder del gran tronco brasilio-guaraniano de D’Orbigny: tronco que es necesario desligar ya, pues los Botocudos, primeros habitantes del Brasil, eran de cráneo dolicocéfalo, demostrado por Lacerda y Peixoto.[[99]] El punto de unidad, pues, de Caribes y Aruacas está en el grupo étnico importante Guaraní. El Guaraní de los españoles es el Tupí de los portugueses. El guaraní tenía el ojo ligeramente oblicuo, aspecto mongoloide que hemos comprobado en las pictografías de la cueva de Miraflores, de Arecibo, y en una cara pétrea de nuestra Colección arqueológica, hallada en Barros. Martius perfeccionó la obra iniciada por D’Orbigny, diferenciando los Aruacas de las Guayanas de los Caribes de Venezuela y Colombia.[[100]] Por eso, dice con mucha razón Girard de Rialle, que los habitantes de las Antillas cuando la venida de los españoles, pertenecían á varias naciones; que la más antigua, la de los Siboneyes, en Cuba, parecía haber sido originaria de la América Central; venía, en seguida, la de los Aruacas, comedores de harina de yuca; á la cual recientemente se le había sobrepuesto en algunas islas del Archipiélago, la de los terribles Caribes. Opinión que corrobora en parte la nuestra, pues nosotros opinamos, apoyándonos en la Filología, que los indios de Cuba eran tribus hermanas de los haytianos, jamaiquinos y boriqueños.
Sintetisemos. Sea de origen asiático el hombre americano, ó vice-versa[[101]]; haya habido varios centros de creación, ó no: cuestiones todas que se debaten aún en el campo de la ciencia y que no nos corresponde en este estudio ocuparnos de ellas; lo cierto y positivo es, que la piel roja, la cabeza redonda ó cuadrada, el cabello abundoso y acrinado, con ojos pequeños por lo general, la pupila oscura, la nariz comunmente aguileña, la cara barbilampiña y los pies y manos pequeños, en tallas variables, constituyen un tipo antropológico, que dentro de la unidad de la especie humana, podemos considerar como un tronco principal. Es ya una variedad dentro de la unidad.
Si uno ó muchos rasgos individuales, característicos, se exageran de manera de hacer del individuo que los presenta una excepción marcada, este individuo constituye, per se, una variedad. Cuando los caracteres propios á una variedad vienen á ser hereditarios y sostenidos, de manera que se va esbozando un grupo distinto por muchos conceptos típicos del originario, nace la raza. Así, de la especie se puede engendrar un número indefinido de razas. Además, cada raza puede á su vez presentar individuos que se distingan de sus hermanos por algunos caracteres especiales sostenidos y se origina la subraza.[[102]] El cruzamiento trae las razas mixtas.
La especie es la unidad: las razas y sub-razas fracciones de la unidad. En el tipo étnico americano tenemos cabezas redondas y alargadas y cabezas de configuración mediana; bajo el índice céfalico vienen á ser dos razas fundamentales y una tercera por cruzamiento. Encontramos, en general, ojos pequeños ó grandes, horizontales ú oblicuos; piel olivácea canela hasta blanquear, y en otros descender el rojo fundamental hasta el negruzco; nariz aguileña tendiendo á alargarse, ó recta tendente á corta. Todo esto es la influencia del medio ambiente, con el trascurso del tiempo; aunque los caracteres adquiridos en el período de formación de las primeras razas no se borran jamás por completo; se modifican, pero cada una mantiene sus diferencias de origen.[[103]]
El Caribe insular, comedor de carne fresca, de instinto belicoso y aventurero, sanguinario y cruel antropófago era antitético del Aruaca, el aborigen antillano, comedor de harinas, pacífico, hospitalario, dulce é indolente. No producía tal estado en el Caribe la escacez de vituallas en las pequeñas islas de Barlovento, porque en el continente inmediato, con abundancia de comida, era también carnívoro y antropófago, activísimo y batallador. Y el Aruaca de las islas Lucayas era más pobre y desprovisto de bastimentos que el Caribe de Santa Cruz y Guadalupe, y tenía los instintos y condiciones de los naturales de las grandes Antillas. Era que estos dos pueblos, el Aruaca y el Caribe constituían dos sub-razas, á pesar del entronque genésico continental. El carácter moral de esos dos pueblos, esas aptitudes é inclinaciones tan bien conservadas en las crónicas y tradiciones colombinas, eran indudablemente efecto de caracteres físicos especiales, temperamentos y constituciones diversos, é influencias desconocidas, cuyas causales ignoramos aún, pero cuyos resultados nos son patentes por la veracidad histórica. Las investigaciones paleontológicas y el detallado estudio osteológico de sus osamentas las han de confirmar. Según Girard de Rialle[[104]] el cráneo del Caribe es dolicocéfalo y los ojos pequeños; según nuestras investigaciones el Aruaca continental era braquiocéfalo y el Aruaca antillano mesaticéfalo y de ojos grandes. Es innegable que dos razas fundamentales, la dolicocéfala y la braquicéfala, en la noche de los tiempos, se han superpuesto y fusionado en el suelo de América hasta originar la intermedia, mesaticéfala; y que esta influencia, que originó razas y sub-razas, se sintió también en el Archipiélago antillano.[[105]]
CAPITULO V.
Nuestras investigaciones sobre los Aruacas.—El pueblo de Aruacay en Tierra Firme.—Datos filológicos: yaya é iguana.—Exploración de Ordaz.—Los pacíficos Aruacas y los belicosos Caribes.—Datos aducidos por Cristóbal Colón.—La intrusión de Cedeño en la gobernación de Ordaz trajo la perturbación en Costa Firme.—Mal ejemplo de los conquistadores disputándose un fortín.—El alzamiento general.—Destrucción de Aruacay y guerra á sangre y fuego.—La cacería de indígenas para sostener las cuadrillas mineras de San Juan y Santo Domingo, y la pesquería de perlas en Cubagua.—Jamás volvió el indio de Tierra Firme á una franca paz, como al principio, porque las expediciones de Ojeda y Guerra fueron también atropelladoras.—Los Oficiales Reales de Santo Domingo dieron lugar á todos estos errores—Informe de Zuazo.—Informe y sentencia de Rodrigo de Figueroa.—Los Aruacas tenían la misma alimentación que los indo-antillanos y aplicaban los mismos vocablos á sus vituallas.—Los naturales de las islas Trinidad y Cubagua también eran Aruacas.—La guerra trajo el error y la confusión.—Aplicación de epítetos al capricho.—Los pacíficos Aruacas ocuparon primero á Venezuela y Colombia é iban siendo suplantados por los belicosos Caribes.—La Filología confirma esta tesis.
¿Qué datos fehacientes podemos tener para opinar que los indios de Boriquén procedían de las tribus Aruacas del Continente meridional de la América? Veamoslos.
La primera noticia sobre los Aruacas la encontramos en Oviedo.[[106]] El conquistador Diego de Ordaz, nombrado gobernador de Paria por el emperador Carlos V., remontó el río Orinoco, en 1532, y llegó á un pueblo que los naturales llamaban Aruacay. ¿Dónde estaba situada esta aldehuela indígena? No lo dice el historiador Oviedo, pero nosotros podemos determinarla gracias á los trabajos y mapas de Codazzi y Schomburgk. Este poblejo aruaca estaba emplazado cerca del actual pueblo venezolano de San Rafael de Barrancas. En el ángulo formado por la confluencia de los grandes caños Macareo y Manamo, frente á una islilla, que los indígenas llamaban Yaya, y cerca de la cual está la actual isla de Tórtola, que los nativos denominaban Iguana. Empezamos por recoger estos dos datos, que nos suministra la Filología: Yaya é Iguana, son dos vocablos, que encontramos en el lenguaje boriqueño y en el indo-antillano general.[[107]]
Refiere el cronista Oviedo, que los naturales de Aruacay y todos sus vecinos vinieron de paz en seguida ante el conquistador, pero que Diego de Ordaz los trató muy mal. Los atropellos de la soldadesca y la caza establecida para obtener indios y llevarlos á La Española y San Juan al laboreo de las minas ocasionó el alzamiento total de la costa de Paria. Los Aruacas tuvieron que unirse á sus mortales enemigos los Caribes, para rechazar á los conquistadores. De este hecho surge la confusión de creer algunos escritores que todo el pueblo indígena venezolano era caribe. Y no hay tal cosa. Todavía en nuestros días pueden encontrarse los pacíficos Aruacas representados por los Guaraúnos de los deltas del Orinoco; y con el mismo nombre de Aruacas se hallan también en la sierra de Santa Marta, de la República de Colombia. Estos indígenas son los despojos de un gran pueblo, que, en el período del Descubrimiento, venía ya de derrota en derrota bajo el formidable empuje de los audaces y crueles Caribes, acabando de sucumbir en la servidumbre á que lo sometió el conquistador con sus Encomiendas, nutridas con la cacería de hombres en Tierra Firme. Bondadoso el Aruaca se acogió al lado del invasor, buscando en los nuevos hombres, apoyo y alianza para hacer frente á su terrible é irreconciliable enemigo el Caribe.
Teniendo en cuenta lo ya anotado, oigamos al cronista, y veremos como del relato de los mismos historiadores van surgiendo los dos pueblos antagónicos precolombinos. Dice Oviedo: “Tornando á la historia, el gobernador Diego de Ordaz, é su gente, entendieron en la pacificación de las tres provincias, que se dijo de suso, Curao, Tuy é Baratubarú; é porque los indios de Baratubarú, en un pueblo que tienen quatro leguas de Aruacay... no quisieron dar casabí á ciertos christianos... fué Ordaz allá con gente é hizo otra crueldad, é los indios vinieron de paz y él los recibió. Paresciera mejor perdonarlos, pues no habían herido ni muerto ningún christiano, é traerlos á concordia é buena amistad, que no mostrarse tan riguroso con gente que á él se vino desarmada. Hízolos meter en un bohío é allí los mandó poner á cuchillo, é porque algunos dellos por escapar de muerte se escondían entre los otros muertos, hizo poner fuego al bohío para asegurar su sospecha é que ninguno quedase con vida. Así fueron quemados más de cien indios, é tomando las mujeres de estos para hacer casabí, é repartirlas por las casas del pueblo de Aruacay, donde fueron llevadas prisioneras.”[[108]]
Nótese, que estos indígenas venezolanos no habían herido, ni muerto, ningún español. Recuérdese lo que decía Cristóbal Colón de la mansedumbre de los yucayos de las islas Bahamas y de la bondad del cacique Guacanagarí y su gente, cuando tan lealmente le auxiliaron en el naufragio de una de las carabelas, la Santa María, ocurrido frente á Haytí, en el primer viaje. Fijémonos también en que el conquistador Velázquez se apoderó de la isla de Cuba sin pérdida de un solo hombre, porque los Siboneyes no hicieron mayor resistencia al conquistador, y el cacique Hatüey, que los impelía á la guerra y al combate era haytiano y tal vez de sangre caribe. Los indios de Boriquén y los de Trinidad eran más flecheros que los de Cuba y Santo Domingo, porque ya se encontraban en la marca de la invasión caribeña, y la lucha por la existencia les obligaba á ser guerreros. Creemos más: opinamos que entre ellos había ya jefes de orígen caribe. Caonabó, el destructor del fuerte de Navidad, en Quisqueya, era de procedencia caribe; y es de aceptar que el valiente Guarionex, soberano del Otoao (Utuado), que atacó é incendió á Sotomayor en las cercanías de Aguada, lo fuera también. En Santo Domingo había otro cacique llamado Guarionex, también luchador. Los indios de Trinidad habían avanzado hasta usar rodelas y flechas envenenadas, como los caribes. Sabido es que la guerra es un medio de progreso y que los combatientes suelen tomar unos de otros el modo de pelear y la clase de armas. En la marca ó frontera también suelen los pueblos mezclar su sangre, por enemigos que sean, porque el amor se impone imperiosamente. Lo positivo es que lo mismo los indios de Boriquén, que los de Trinidad y Costa-Firme recibieron, en un principio, á los españoles de paz: y que el alzamiento en una y otra parte, lo originó el abuso y atropello de los conquistadores. Oviedo y Las Casas están contestes en este punto.
Después de la inútil matanza de Baratubarú, en Tierra Firme, Diego de Ordaz remontó el Orinoco unas doscientas leguas y se encontró con los Caribes, que, aún siendo en menor número, no tuvieron miedo en combatir y hacer frente. Los indios serían unos setenta con arcos, flechas, macanas y rodelas. Los españoles, seis de á caballo y cien de á pie. La caballería atacó por retaguardia á los indígenas. Los Caribes pelearon con bravura é intrepidez. No se rindió ninguno. Hubo doce españoles heridos. Ordaz, viendo la nueva clase de gente con quien tenía que habérselas, regresó desconsertado al poblejo de Aruacay, donde fué siempre bien recibido por sus pacíficos habitantes.
Aruacay se componía de 200 bohíos redondos grandes. El régulo principal se llamaba Naricagua y tenía á sus órdenes nueve caciques. La alimentación de esos Aruacas era, además de caza y pescado, el casabe hecho de la harina de la yuca brava, preparada de igual modo que lo hacían los indo-antillanos; y tenían las mismas viandas y frutas, aplicándoles los mismos nombres á las batatas, boniatos, maíz, guayabas, guanábanas, hicacos, tunas, piñas, jobos, etc. La bebida se componía de casabe ó maíz fermentado. Vese, pues, que los indígenas de Aruacay tenían las mismas costumbres y modo de vivir que los boriqueños y daban los mismos nombres á sus productos agrícolas, porque eran indudablemente tribus de igual origen.
Del relato de la expedición de Diego de Ordaz se deduce claramente la existencia también en los territorios de Venezuela de los dos grandes pueblos antagónicos y enemigos irreconciliables, los Aruacas y los Caribes. Ordaz no pudo pactar con los Caribes; y haciéndose guaitiao (amigo) de los Aruacas fundó, mucho más arriba de la aldehuela indígena Aruacay, una población de españoles, que se llamó la villa de San Miguel de Paria; y dejando allí un destacamento hizo rumbo al Océano.
Fijémonos ahora en la descripción que hizo el Almirante de los naturales de la costa de Paria, en Costa Firme. Este relato se conserva en la obra del hijo del Descubridor.[[109]] Refiere el historiador, que una canoa con tres indios se acercó á las carabelas para indagar quienes eran ellos, que los indígenas fueron conducidos á la presencia del Almirante, quien los agasajó, regaló y envió á tierra, en cuyas playas se divisaba una gran multitud de indios. Visto el recibimiento cariñoso que tuvo á bordo la primera canoa, inmediatamente se vió el mar cubierto de almadías, y empezó desde luego el canje de objetos. El indio trocaba sus cosas, que eran como las de las islas descubiertas antes, por las chucherías que querían darles los españoles. Hemos subrayado esta última frase de Colón por lo confirmativa que es de nuestras opiniones. Y el gran Explorador genovés anotó en sus apuntes, que aquellos indios no tenían rodelas ó tablachinas, ni yerba envenenada para las flechas. Gente más tratable aún que los de La Española. Algunos indígenas traín unos espejillos de oro[[110]] al cuello y también perlas en brazaletes y collares. Colón recogió á bordo seis de estos Aruacas, para hacerlos intérpretes; y siguió viaje costeando hacia Occidente; y antes de llegar al canal Boca de la Sierpe torció el rumbo hacia el Norte, admirando el cultivo de los campos y las rancherías de indios. Pasó el canal Boca del Dragón y llegó á la islilla llamada Cubagua, donde obtuvo de los pacíficos naturales hermosísimas perlas á cambio de cascabeles y otras baratijas. El Almirante encontró todos los indios de aquellas costas tan pacíficos y buenos, que los consideró por sus atenciones y zalamerías hasta importunos. Los halló más blancos que cuantos había visto hasta entonces, de gentil presencia, mejor cara y los cabellos cortados al nivel de la mitad de la oreja. Todos estos indígenas á que hace referencia el célebre Explorador genovés eran Aruacas.
Cuando Antonio Cedeño, en 1530, fué desde Puerto Rico á tomar el cargo de Gobernador de la isla de Trinidad, desembarcó primero en Costa Firme, en las tierras del cacique Turipari, quien le recibió de paz y fué con él á Trinidad, donde puso á dicho Gobernador en muy buena amistad con el cacique Maruaná, uno de los régulos de aquella isla, acompañándole además á las rancherías de otros cuatro caciques. No quiso Cedeño poblar aquella ínsula de su gobernación y regresó al inmediato Continente, á la aldehuela de Turipari, levantando un fortín de madera á una legua de distancia del aduar del régulo indio y dejando allí un pequeño destacamento español.
Este fortín vino á ser la manzana de la discordia entre aquellos conquistadores. Cedeño no tenía derecho á poblar en Tierra Firme. Su concesión real se limitaba á la gobernación y colonización de la isla de Trinidad. Diego de Ordaz, que ya hemos citado más arriba como explorador del río Orinoco, había obtenido en la Corte cédula del Emperador para ser Gobernador de Paria. Al ir á tomar posesión de su gobierno fué Ordaz muy bien recibido por los indígenas, hasta el punto, que aprovechando sus buenas disposiciones de amistad y cordialidad, bautizó unos ochocientos indios. Al encontrarse Ordaz con el fuerte levantado por Cedeño hizo presente sus derechos á aquella gobernación; y dejando en él una fuerte guarnición, marchó á explorar el Orinoco. Ya hemos hablado de esta expedición al gran río, que dió por resultado encontrar á Aracuay y toparse con los indomables Caribes.
Diego de Ordaz, hombre rico, esperaba de España otra armada, que había ordenado preparar á su teniente Alonso de Herrera. Esta escuadrilla había llegado á la isla de Cubagua, para secundar la acción de Ordaz; pero las autoridades de esta islilla, que marchaban de acuerdo con Antonio Cedeño, hombre también rico y Contador por S. M. en Puerto Rico, le avisaron del violento ataque de Ordaz al fortín de Paria. Cedeño, que era tan impetuoso en sus medidas como Ordaz, tomó sus resoluciones y dió sus órdenes reservadas. Y cuando Diego de Ordaz, regresando de su expedición al alto Orinoco, hizo rumbo al Océano y quiso reconocer á Cariaco, al llegar á Cumaná, el fuerte de S. M. en este sitio le largó un par de tiros, con pólvora solamente, en señal de alerta, y no le permitió saltar en tierra, ordenándole pasara de largo á recalar á Cubagua. En Nueva Cádiz, capital de esta islilla, estaba preso Alonso de Herrera, y al llegar Ordaz lo hicieron prisionero también y lo enviaron á La Española, bajo partida de registro. El atropellado Gobernador de Paria marchó á España á querellarse á S. M. contra Cedeño y en la travesía sucumbió.
Este desacuerdo entre los conquistadores, hasta el punto de llegar á batirse á sangre y fuego, no debió pasar desapercibido para los indígenas, á juzgar por lo que vamos á referir. Cedeño envió veinte y cuatro soldados y una mujer á Trinidad, los que fueron bien acogidos por los caciques; pero, á los ocho días fueron todos muertos. La carabela fondeada en la costa pudo cortar las amarras y en ella se salvaron tres españoles y una negra; fugitivos que fueron á recalar á Cubagua. Desde esta islilla se dió aviso inmediatamente á Cedeño, que se encontraba en Puerto Rico. Activó sus aprestos el perturbador Cedeño y llegó á Trinidad con ochenta hombres y un caballo; desembarcó de noche, sorprendió al cacique principal, puso fuego al cacerío indígena y pasó á cuchillo á todos sus habitantes. Se salvaron algunas mujeres y niños, porque se acogieron á las inmediatas maniguas. Diez días estuvo el terrible Cedeño recorriendo la isla; y no hallando gente que pasar al filo de su espada, ni tampoco suficientes bastimentos, se embarcó con su gente en dirección á Paria, de donde fué rechazado por los españoles del célebre fortín, cuya guarnición se mantenía aún por Ordaz, viéndose precisado á hacer rumbo á la Margarita. En esta isla reunió Cedeño otros ochenta hombres y seis caballos, pidió auxilio á Puerto Rico, donde aún continuaba siendo Contador por S. M. y marchó contra Paria, recuperando entonces á viva fuerza el disputado fuerte de madera, que había construido á una legua de distancia del aduar del cacique Turipari.
Triunfante Cedeño en Paria, retorna á la isla de Trinidad á poblar. En el entre tanto, Alonso de Herrera, el teniente de Ordaz, pasa desde la isla Cubagua á Tierra Firme y se apodera nuevamente, en Paria, del fortín en cuestión. Sabedor de ello Cedeño, en Trinidad, no pudo marchar en seguida contra Herrera, porque acababa de ser atacado por los indios de aquella isla, quienes se habían reunido en un formidable cuerpo de tres mil combatientes. Del primer encuentro resultaron veinticinco españoles heridos y cinco caballos fuera de combate. Apurados los españoles tuvieron que levantar trincheras. Estando en este difícil trance, llegó á manos de Cedeño una provisión de la Real Audiencia de Santo Domingo, ordenándole que Alonso de Herrera, teniente de Ordaz, fuera reconocido como Gobernador de Paria. Entonces, se le amotinó la gente á Cedeño; y después de preso y maltrecho pudo darse por feliz con retornar vivo á Puerto Rico. ¡Qué perniciosos ejemplos de odios y asechanzas recibían los aborígenes, que presenciaban estos combates sangrientos entre los hombres nuevos llegados á sus costas!
Quedó al frente de Paria, Alonso de Herrera, teniente que había sido de Ordaz, nombrado Gobernador interino de aquella comarca por la Real Audiencia de Santo Domingo, en lo que el Emperador Carlos V. resolvía otra cosa. Entre tanto, Gerónimo de Ortal, tesorero que había sido de Ordaz, obtuvo en la Corte la gobernación de aquellos nuevos países de Tierra Firme y preparó en Sevilla una armada. Llegado Ortal á Paria, nombró por su teniente á Herrera, á quien encontró al frente de la guarnición del tristemente disputado fortín.
Mas, ya en esa época los pacíficos Aruacas, á quienes se les cazaba cruelmente para venderlos á los mineros de La Española y San Juan, y á los pescadores de perlas de Cubagua, por haberse agotado los cuarenta mil indefensos yucayos de las islas Bahamas, estaban declarados en completa rebelión en muchas partes de Costa Firme.
Oigamos al cronista Oviedo[[111]]: “Toda aquella provincia (Meta) y la costa estaban de guerra, muy alterada, por muchos desatinos é malas obras que los christianos, que allí estuvieron primero, habían fecho á los indios; así por estar sin gobernación é haber faltado Diego de Ordaz, como por las contenciones de Antonio Cedeño, que también pretendió ser aquello de su gobernación. E, por tanto, nunca Gerónimo de Ortal pudo traer los indios á la paz, como primero habían estado en tiempo de Ordaz.”
Escusamos anotar que la aldehuela Aruacay fué completamente destruida por los conquistadores; y así mismo todas las rancherías que tenían los Aruacas en las márgenes del Orinoco y en la costa de Paria, teniendo que refugiarse los perseguidos indígenas en los intrincados bosques para defender su libertad y sus vidas.
Ortal y Herrera volvieron á remontar el gran río, bien ayudados de hombres y caballos. Herrera era un valiente que sabía más de matar enemigos que de poblar lugares, dice el Cronista arriba citado; pero, á pesar de su empuje y valentía, murió á manos de los indómitos Caribes, sorprendido él y su destacamento por cien indios flecheros. Herrera reposaba en un bohío y los soldados estaban colectando maíz en un sembrado. El ataque fué rápido; y Herrera fué herido con flecha envenenada. Fracasó por completo la expedición.
No contento Cedeño con los pasados descalabros, envió desde Puerto Rico nueva gente á Tierra Firme, al mando de un tal Juan Bautista; y además otro navío comandado por Hernandez de la Vega. Estos expedicionarios tuvieron choques con los soldados de Ortal; pero éste tuvo la habilidad suficiente para prender los capitanes de Cedeño y atraerse los soldados á su enganche.
Sabedor Cedeño en Puerto Rico de lo que ocurría en Costa Firme con sus tenientes, marchó allá en persona con mucha gente de á pie y de á caballo. Enterado Ortal de la llegada de Cedeño, se retiró á Cubagua para evitar un choque, ya desalentado de los infructuosos resultados de las exploraciones del Orinoco. También esta expedición de Ortal, como la anterior de Herrera, fué un desastre.
El activo Cedeño desembarcó en Tierra Firme, en el lugar llamado Maracapana. Corría el año de 1536. El impetuoso Capitán saltó en tierra con 170 hombres y 20 caballos. Pudo atraer á sus banderas la gente que era de Ortal, y reunió un fuerte escuadrón de 400 hombres y 98 caballos. Los indios de Maracapana eran todos pacíficos Aruacas. Los tenientes de Cedeño penetraron tierra adentro, en territorios que no eran de su gobernación, pues ya sabemos que esta se limitaba exclusivamente á la isla de Trinidad, y se dedicaron á la guerra de montería humana, á la caza de infelices indígenas, regresando á la costa, donde les esperaba Cedeño, con unas 450 piezas, entre chicos y grandes.
Mientras Cedeño salteaba indios en Tierra Firme, para venderlos á los mineros de La Española y San Juan y á los pescadores de perlas de Cubagua, Ortal se quejaba á la Real Audiencia de Santo Domingo de las usurpaciones del ambicioso Contador de Puerto Rico, y el Supremo Tribunal dominicano envió al lugar de la disputa á su propio Fiscal el licenciado don Juan de Frías, como juez en comisión, para dirimir la contienda. Cedeño, que era hombre de pelo en pecho y audaz á toda prueba, retuvo preso al Fiscal de S. M.; y en tan crítica situación, sólo la inesperada muerte de Cedeño vino á poner término por un momento á estos escándalos de Costa Firme. Hemos hecho hincapié en estos relatos para que se vea patente la comprobación de los pacíficos Aruacas y los indómitos Caribes, en Venezuela.
La expedición de Ojeda, en 1499, confirmó todas las observaciones de Colón respecto á los indios de Paria y sus hábitos bondadosos y hospitalarios; viniendo á darse Ojeda con los terribles Caribes en el lugar llamado hoy Punta de Chichiriviche. El viaje de Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra testimonió tambien que los naturales de Curiana y Cumaná eran pacíficos y generosos Aruacas. Niño y Guerra fueron rechazados también en Chichiriviche, al igual de Ojeda; pero en otros sitios hicieron tranquilamente valiosos rescates en perlas. Los segundos viajes de Guerra y Ojeda fueron de rapiña. Ojeda saqueó traidoramente á los Aruacas de Curiana, después de haberse hecho guaitiao (amigo) de ellos; y Guerra se atrevió hasta llevar indios esclavos á España (1501), cuyo cargamento de carne humana el gobierno le obligó á restituirlo á las Indias, como hizo Isabel la Católica con el que remitió Colón de haytianos. La mayoría de estos conquistadores de Tierra Firme pereció á manos de los terribles Caribes.
La culpabilidad de esta inhumana cacería de indígenas, que se hacía en Venezuela, correspondía á los empleados de Santo Domingo y Puerto Rico, que faltos de brazos para el laboreo de las minas, por la desaparición del indo-antillano á consecuencias de la ruda labor, del mal trato y de la escasa alimentación, recurrían al Gobierno para que les permitiera traer indios del inmediato Continente, agotadas ya las otras islas del Archipiélago. El Rey concedió se esclavizaran los indomables Caribes y todos los que no quisieran recibir de paz á los Christianos. Levantada la compuerta, el torrente se desbordó; y los más audaces se fueron á Roma por todo. Este escandaloso é inhumano tráfico, ocasionó, como era natural, la desaparición primero de cuarenta mil pacíficos isleños de las Bahamas; y después, el desastre de los bondadosos Aruacas de la península y golfo de Paria y costas de Cumaná; salvándose de esta destrucción horrenda los indígenas que pudieron acogerse á los intrincados y cenagosos territorios del Delta del Orinoco; de cuyos fugitivos Aruacas descienden los actuales indios Guaraúnos.
Vamos á aducir más comprobantes sobre nuestra opinión, de que había dos pueblos importantes, los Aruacas y los Caribes, en Venezuela, en el período colombino.
En 1518 escribía el licenciado Zuazo, desde la ciudad de Santo Domingo, á Monseñor de Xevres, del gobierno del Emperador, y pedíale, entre otras cosas, para el remedio de las Indias, lo siguiente:
“Hay necesidad también de que los Caribes de Tierra Firme, que comen carne humana, se puedan traer por esclavos á esta Isla, porque viven bárbaramente. Señálese el lugar donde se puedan traer, que ha de ser junto á nuestros guaitiaos, que quiere decir nuestros amigos, ó que están de paz en servicio de S. M. Los Caribes se los comen é hácenles mucho daño. Aprovecharse han dos cosas desto, la una es que esta Isla será muy aprovechada de gente, que es bien menester, porque los indios della van de caida. La otra es, que nuestros guaitiaos serán favorecidos é defendidos, cuya defensa é amparo será ocasión del rescate que ahora hay con ellos de perlas; é para que otros pueblos é comunidades se junten con los dichos guaitiaos, viendo la honra que se les hace por los castellanos, é como los defienden é amparan de sus enemigos.”[[112]]
Completaremos este estudio é investigación sobre los Aruacas y los Caribes del inmediato continente meridional con el Informe hecho en 1520 por el licenciado Rodrigo de Figueroa acerca de la población india de las islas y costas de Tierra Firme y la sentencia que dió en nombre de S. M. Dice así el importantísimo documento:
“Por mí, el licenciado Rodrigo de Figueroa, juez de residencia é justicia mayor desta isla Española é juez de la Audiencia Real de las apelaciones, en estas partes; é repartidor de los caciques é indios desta dicha Isla, por la Reyna é Emperador, nuestros Señores;
Vista la Instrucción á mí dada por la Majestad de la Reyna é del Emperador, nuestros Señores, en que me mandan haber larga información de las islas é parte de Tierra Firme, en que los indios é pobladores dellas son Caribes, é pueden, é deben ser de los chrystianos traidos é tenidos por esclavos, é que dello haga declaración por sentencia;
Vista la Información sobre lo susodicho por mí habida, é las otras contenidas en la dicha Instrucción á lo susodicho anexas é concernientes, la qual fué quanto en esta Isla se pudo haber de los pilotos, maestres é marineros, capitanes é otras personas que han usado ir á la costa de Tierra Firme é islas é partes andadas é descubiertas en el mar Océano, é la que así mesmo pude haber de religiosas personas, é vista otra Información, que cerca de lo susodicho, hubo el licenciado Zuazo; por lo qual dió ciertas licencias, la qual mando poner en el cabo de la mía, para enviar á S. M.
Fallo, que debo declarar é declaro: que todas las islas que no están pobladas de chrystianos, excepto la de Trinidad, Lucayos, Barbados, Gigantes[[113]], é la Margarita las debo declarar é declaro ser de Caribes, gentes bárbaras, enemigos de los chrystianos, repugnante la conversión dellos, tales que comen carne humana, é no han querido, ni quieren, recibir á su conversasión á los chrystianos, ni á los predicadores de nuestra Santa Fe Católica.
E quanto á lo de Tierra Firme, en lo que hasta ahora por la Información habida de las cosas della se pudo averiguar, debo declarar é declaro, que en lo de más arriba de la dicha Costa, que han alcanzado los que de estas partes van á la Costa de las Perlas, hay una provincia que se dice Paracuya, la cual es de guaitiaos.
E de ahí abajo, viniendo por la costa hasta el golfo de Paria, hay otra provincia que llega hasta la que se dice de Aruaca, que se tiene por de Caribes; é pasada la dicha provincia por el dicho viaje abajo, está la dicha provincia de Aruaca, la qual debo declarar, é declaro, por de guaitiaos, amigos de los chrystianos, é dignos de ser amigos de los castellanos é ser muy bien tratados. E pasada la dicha provincia por el dicho viaje abajo está la provincia de Uríapana, la qual debo declarar, é declaro, ser de Caribes, enemigos de los chrystianos, é comen carne humana. E más abajo, por la misma costa del golfo de Paria está otra provincia que se dice Uníraco, la qual debo declarar é declaro, de guaitiaos, amigos de los chrystianos é que tratan é conversan con ellos pacificamente, é con los otros guaitiaos, que son amigos de los chrystianos. E más abajo, en la dicha costa del dicho Golfo, está otra provincia por donde pasa un río, que se dice Taurape; los indios de la qual provincia debo declarar, é declaro, ser Caribes, sujetos a la misma condición de los susodichos. E más abajo, en la ensenada del dicho Golfo, está otra provincia, que se dice de los Oleros, los quales así mesmo debo declarar, é declaro, ser Caribes. Los de la provincia de Parianá, hasta la punta de la Boca del Dragón, de mar á mar, debo declarar, é declaro, ser guaitiaos, é muy pacíficos, é amigos de los chrystianos. E dende Cariaco, entrando la misma provincia é todo lo que está en la costa de Cariaco, además de Cumaná, Chiribichí é Maracapana, hasta el río Unarí, por toda la dicha costa, debo declarar, é declaro, ser guaitiaos, pacíficos é muy amigos de los chrystianos. E dende la dicha provincia de Unarí, por la costa abajo, con el cabo de la Codera é Coquíbacoa, al presente debo declarar, é declaro, no estar suficientemente averiguado si son Caribes ó Guaitiaos; é me reservo de lo declarar así, cuando más suficiente información de lo susodicho se pueda haber. E dende la provincia de Coquíbacoa, la costa abajo, debo declarar, é declaro, ser al presente habidos y tenidos por guaitiaos, é por amigos de los chrystianos, é que los reciben á su contratación, exceptos los Inotos, los quales no sé declarar de la condición que son, hasta que se pueda haber mayor información.
E dende Coquibacoa hasta el río de Cenú, que cae á cinco leguas del Darien, porque no se ha averiguado al presente sean Caribes ó Guaitiaos, reservo en mí el declarar, hasta que más información tenga.
En quanto á los indios, que caen la tierra adentro, en las dichas provincias de suso declaradas, desde Uríapana hasta el cabo del Isleo Blanco, que es junto al puerto de la Codera, dejados los guaitiaos ya nombrados, los debo declarar, é declaro, ser Caribes. E la isla de la Trinidad especialmente declaro, que debe ser habida é tenida por de guaitiaos, amigos de los chrystianos; é así la debo declarar é declaró.
A las quales provincias é tierras, declaradas de Caribes, los chrystianos que fueren con las licencias é condiciones é instrucciones, que les serán dadas, pueden ir, é entrar, é los tomar, é prender, é cautivar, é hacer guerra, é tener, é traer, é poseer, é vender por esclavos dichos indios de las dichas tierras é provincias é islas; é pueden haberlos como Caribes declarados en qualquier manera; con tanto, que los chrystianos que fueren á lo susodicho, no vayan ha hacerlo sin el veedor ó veedores, que les fueren dados por las Justicias ú Oficiales de S. M., que para las dichas armadas diesen licencia. E que lleven consigo indios guaitiaos de las islas é de las partes comarcanas á dichos Caribes, para que vean é se satisfagan de ver como los Chrystianos no hacen nada mal á los indios guaitiaos, y sí á los Caribes, pues los guaitiaos se van con los castellanos é quieren ir con ellos de buena gana.
E quanto á las demás islas é tierras de la dicha costa, declaradas por de Guaitiaos, é de las que esta sentencia hace mención, desde lo de más arriba hasta lo de más abajo, que no son declaradas por de Caribes, declaro, é mando, é defiendo, que ninguna persona de qualquier estado é condición que sea, fuere en armada, ó de otra manera, sea osado de les hacer á los indios vecinos, pobladores, ó estantes en las dichas tierras é provincias, guerra, ni fuerza, ni violencias, ni extorsiones; ni tomar por fuerza é contra su voluntad, de las dichas partes, personas, ni ganados, ni mantenimientos, ni guanines, ni perlas, ni otra cosa alguna; porque las dichas guerras, fuerzas, é extorsiones, é tomas, están prohibidas, defendidas, é no concedidas por la Majestad de la Reyna é Emperador, nuestros Señores. Pero declaro, é digo, que llevando la dicha licencia é instrucción que será dada á las personas que á las dichas armadas quisieren ir, puedan ellos con su voluntad rescibir, é rescatar, todas las dichas cosas, con tanto que los indios que rescataren del poder de las tales gentes sean Caribes, que de otra manera, no lo seyendo, no las puedan traer, ni traidos sean habidos por esclavos.
Contra la qual provisión é defendimiento mando, por virtud de los poderes que de S. M. tengo sobre dicho caso, que ninguna persona sea osada de ir, ni pasar, so pena de muerte é de perdimiento de bienes. Los quales aplico, los dos tercios para Cámara é Fisco de S. M., é el otro tercio para la persona, ó personas, que lo denunciaren ó acusaren. En las quales dichas penas, mando que caigan é incurran qualesquier personas que contra la dicha provisión é defendimiento fueren, así de esta Isla Española, como de las otras Islas é Tierra firme destas partes del Mar Océano, é de los Reynos de Castilla, ó de otras qualesquier parte. Las quales dichas penas no se entienden con los que de poder de Guaitiaos rescataren é trujeren, con su voluntad, de los indios que no sean Caribes; mas de no serles dados por esclavos, según dicho es.
La qual declaración é sentencia mando que sea pregonada en esta Isla, en esta ciudad de Santo Domingo, en tres lugares públicos della, é llevada así mismo á las islas de Cuba é de San Juan, para que allá sea también apregonada, é ningún pueda pretender ignorada; con cartas requisitorias á los jueces de las dichas islas que las hagan apregonar. E por esta mi sentencia, juzgando así, lo declaro, é pronuncio, é mando en estos escritos.—El licenciado Rodrigo de Figueroa.—Copia autorizada por Diego Caballero, Escribano de S. M. en la ciudad de Santo Domingo.”[[114]]
Hemos transcrito íntegro este documento por muchas razones. Primeramente, nos comprueba la existencia de los Aruacas en el interior y en las costas de Venezuela, luego, junto á ellos aparecen los Caribes, disputándoles los territorios y las márgenes del Orinoco y las de sus afluentes. Las tribus Aruacas, sin gran enlace entre sí, sin confederación alguna, solían coger el nombre del jefe guerrero que las comandaba, ó el de cualquier otro cacique anterior, ya muerto, pero conservado su nombre y culto por Totemismo; y de este modo vemos que surgen en la historia de Venezuela y Colombia un sinnúmero de pueblos indígenas con distintas denominaciones, todos ellos guaitiaos, es decir, amigos de los conquistadores; teniendo la generalidad iguales usos y costumbres, comerciando con las mismas cosas que los naturales de las islas, como dice Colón y hemos anotado anteriormente, entendiéndose bien con los intérpretes quisqueyanos y boriqueños y á la vez siendo enemigos mortales de los Caribes.[[115]]
Nosotros opinamos, que todo el suelo de Venezuela y Colombia estuvo ocupado, con anterioridad al período colombino, por las tribus Aruacas, cuyos dominios se extendieron hacia el Amazonas, por un lado, y hacia el istmo de Panamá por el otro, hasta el lago Managua; y que este pueblo indígena fué rudamente combatido por las tribus Caribes, que poco á poco, con sus terribles hordas guerreras, venidas de las márgenes del Amazonas, iban anexionándose los territorios que violentamente arrancaban á los Aruacas.
Lo ocurrido en el Archipiélago antillano á la venida del Descubridor europeo, (de ocupar ya los Caribes parte de las islas), había sucedido también en determinadas comarcas del Continente meridional. Al ponerse en contacto los conquistadores con los indios de Tierra Firme los clasificaron primero en pacíficos y guerreros, usando el vocablo guaitiao para designar al Aruaca y dejando el de Caribe para el batallador. Luego, cuando unos y otros se pusieron en abierta oposición á los españoles se originó la dificultad de diferenciarles. Según fué avanzando la conquista en Tierra Firme, los españoles usaron el sistema de aplicar á las tribus Aruacas y lo mismo á las Caribes, el nombre del cacique principal que las dirigía en el combate, ó averiguaban la designación particular que ellas se daban, ó les aplicaban caprichosamente un mote cualquiera.[[116]]
El cronista Oviedo ya hizo una observación sobre esta costumbre, anotando, que los cosmógrafos mudaban los nombres en las cartas de navegar, poniendo los que los navegantes les decían; y que cada día quitaban y ponían nuevos nombres, al sabor de temerarios, lo que ponía confusión en todo. Lo que sucedía con las costas, pasaba con las regiones del interior. Tantos epítetos, aplicados á los indígenas de Venezuela y Colombia, originó gran dificultad para precisar los puntos ocupados por los Aruacas. Pero, la Filología nos da la luz necesaria en este caso, como nos la ha dado en otros, para determinar con exactitud hasta donde se extendió el poderío de las tribus Aruacas. En el capítulo dedicado al lenguaje indo-antillano nos ocuparemos de esta otra prueba que tenemos á favor de la tesis desarrollada en este capítulo con documentación histórica fehaciente.
CAPITULO VI.
El tipo indio boriqueño.—La indígena.—El indiezuelo.—Error de Iñigo Abbad.—Facultades mentales del aborigen.—La vida en tribu ó clan.—Gobierno paternal.—El cacique ó jefe supremo de la tribu.—El bohique ó curandero augur.—El nitayno ó sub-jefe.—Tres categorías en los jefes.—El naborí, especie de vasallo pechero.—La aldehuela.—El aduar Guaynía, del cacique Agüeybana, radicaba al Sur de Boriquén.—Fué primero del pacífico Agüeybana, el cacique principal de la Isla y luego de su hermano el valiente Guaybana.—Los poblejos indios ó yucayeques.—Las rancherías Guaynía (de Agüeybana), Aymaco (de Aymamón), Yagüeca (de Urayoán), Guajataca (de Mabodamaca), Abacoa (de Arasibo), Otoao (de Guarionex), Sibuco (de Guacabo), Toa (de Aramaná), Guaynabo (de Mabó), Bayamón (de Majagua), Haymanio (de la cacica Yuisa), Cayniabón (de Canóbana), Turabo (de Caguax), Guayaney (de Guaraca), Guayama (de Guamaní), Jatibonicu (de Orocobix), Macao (de Jumacao) y Daguao (de Yuquibo).—El caney ó casa del cacique.—El fuego.—El boriqueño más adelantado que el nativo de las islas Marianas.—La poligamia.—La compra de la mujer.—El colesibí y el guanín como dote.—Ninguna ceremonia religiosa.—El matriarcado, para heredar.—Guaybana heredó á Agüeybana, su hermano, y no los hijos de éste.—El boriqueño no era adúltero.—Las ablusiones.—El tatuaje.—El achiote ó bija.—La jagua.—El boriqueño no practicaba el hurto.—Respeto á la propiedad en los primeros tiempos de la colonización.—Alimentación del indígena.—Sus bebidas.—Uso del tabaco.—Desconocimiento de la sal para adobar su comida.—Estadios públicos.—Juegos de pelota.—Bato y Batey.—El baile.—Enfermedades y cuidados del curandero.—El ben purgativo ó tautúa.—El agua fría y el masaje.—Por qué aceptamos en el boriqueño un estado político-social-religioso.
El indígena boriqueño era de estatura regular, de menor talla que el español, bien formado y de buen aspecto; el tronco desenvuelto y las manos y pies pequeños. La piel de color canela[[117]], pero tirando al amarillo oliváceo, como si dijéramos bronceado, que hizo á Cristóbal Colón llamarle, de la color de los canarios[[118]]; al cronista Oviedo decir, que era loro y á Las Casas anotarle de color moreno. El cráneo no muy redondo, sub-braquicéfalo, tendente á mesaticéfalo[[119]]; la cara grande, cameprosópica[[120]] y ancha; la frente fugitiva, inclinada hacia atrás; la boca con labios gruesos, sin ser negroides, y la comisura labial alta, dando así á la fisonomía aspecto bondadoso; la mandíbula algo pronunciada, prognática[[121]]; los ojos negros, más bien grandes que pequeños, megasemes[[122]], separados, y la oblicuidad palpebral ligeramente determinada; turbia la esclerótica; la nariz corta, estrecha, leptorrina[[123]]; recta y con las ventanas dilatadas. La cabellera negra, abundosa y crinada. Barbilampiño. Solía deformarse el cráneo, apretando con vendas de algodón la cabeza de los recien nacidos.[[124]] Tenía los cinco sentidos corporales muy bien templados, con esquisito desarrollo de la vista y tacto. Era muy parco en su alimentación. Predominaba en él el espíritu de bondad, siendo muy poco afecto al rencor y la venganza. A pesar de su mansedumbre y delicada complexión era resistente y varonil. Fué buen flechero, y cuando la colonización, cargaba tres y cuatro arrobas de peso[[125]] y las llevaba en luengas caminatas, cantando y riendo con sus compañeros de fagina.
La india boriqueña era agraciada y guapa hembra. Los caribes de las islas de Barlovento, cuando ejercían sus depredaciones sobre el Boriquén, se proveían de ellas para convertirlas en sus mujeres. Por eso extrañó tanto al misionero francés Fray Raymundo Breton encontrar en las islas Domínica y Guadalupe, que los indios hablaban un lenguaje y las indias otro. Estas indias eran boriqueñas. Cuando Colón tocó en su segundo viaje, en la isla de Guadalupe, recogió á bordo algunas indígenas, que á nado se fueron á las carabelas, y resultaron ser boriqueñas.[[126]] La historia quisqueyana nos habla de la hermosura de la cacica Anacaona y de los novelescos amores de su hija Higüemota con el pulido español Güevara; y también de las hermosas doncellas indígenas de la tribu de Bojekio, el célebre cacique haytiano. Las Casas nos refiere, que conoció en La Española (en la Vega y Santiago) indias casadas con españoles, que eran de mirable hermosura y cuasi blancas, como mujeres de Castilla.[[127]] Era la boriqueña muy fecunda[[128]]; siendo bien conformada, y de fáciles partos.[[129]]
Los niños eran de buena índole, graciosos y vivarachos; y muy dóciles á las enseñanzas de los frailes. Algunos tenían el cabello tirando á castaño, indicio de algún lejano cruzamiento ó mestizaje.
Fray Iñigo Abbad comete el error de escribir, que el indio boriqueño era de color cobrizo y de narices chatas.[[130]] El benedictino escribía de referencia, como nosotros, y al terminar el párrafo de su capítulo, dedicado á este asunto, puso una llamada y anotó como cita, á Oviedo, libro 3º folio 25, con esta letra (f). Pues bien, he aquí la prueba de que hay que beber en fuentes puras para no caer en equivocaciones. Oviedo no dice tal cosa. Véase la edición de la Academia Española de la obra de Oviedo, publicada en Madrid en 1851, tomo 1º página 68, línea 23, y se verá, que el Cronista dice: “La color de esta gente es lora.” Este vocablo viene del adjetivo latino luridus, cetrino. En castellano es sinónimo de color amulatado, moreno, lo que concuerda con la nota de Las Casas. Algunos escritores puertorriqueños han caido en error, por seguir á Iñigo Abbad. Y respecto á la nariz, confundió nuestro primer historiador la nariz corta con ventanas dilatadas del indo-antillano con la nariz chata de la raza africana. En el lenguaje antropológico la nariz de nuestro indio era mesorrina y la del africano es platirrina.
Las facultades mentales del boriqueño correspondían á las del hombre natural en el período neolítico; con la inferioridad comprobada de la raza roja ante la raza blanca; más, la influencia deprimente de los trópicos sobre un organismo, que no tenía las ventajas positivas del cruzamiento étnico. El mestizaje es favorable á ciertas razas. El desarrollo intelectual del boriqueño era escaso, la voluntad tardía, pero la memoria feliz, porque la cultivaba para la recitación de sus historitos areytos.
Refiere Las Casas, que de veinte á treinta pliegos de papel, escritos sobre doctrina cristiana, el indígena los conservaba todos en la memoria y los repetía sin tropezones.[[131]]
En la numeración el boriqueño llegaba hasta 20. Se conservan los nombres de los cuatro primeros números. El indo-antillano tenía vocablos hasta diez. De once en adelante hasta veinte recurría á los dedos.[[132]] Entre los caribes la palabra usada para decir diez significa los dedos de ambas manos, y para decir veinte la voz equivale á los dedos de pies y manos. Según el padre Gumilla, los indios del Orinoco se servían también de los pies y de las manos juntos para indicar veinte.[[133]] Según Dobritzhofer, el guaraní no tenía palabras más que hasta cuatro, y de ese número en adelante decía incontable. Si ésto es cierto, el Caribe y el Aruaca habían adelantado á su progenitor, pues llegaban hasta 10 con palabras y hasta 20 con signos. No es de extrañar tan penosos avances en el cálculo, porque nada hay más abstracto que la idea del número.
El boriqueño no tenía ideas cronológicas. El tiempo corría para él impensadamente. Sólo procuraba retener en sus históricos areytos los sucesos más memorables de su pueblo, ó los que más herían su imaginación pueril. El tiempo para él se concretaba á la división patente del día y la noche. Estaba lejos de poder utilizar los cuartos de luna como los peruanos; y mucho menos la marcha del sol como los mejicanos.
Cuando los conquistadores pusieron el pie en Boriquén, los naturales vivían ya en clans ó tribus, diseminadas por varios puntos de la Isla.[[134]] El gobierno de estas agrupaciones era patriarcal, tratando los régulos á sus súbditos como si fueran sus propios hijos: palabras textuales del obispo de Chiapa.[[135]] Amor que fué correspondido fielmente por los indígenas, cuando el triste período para ellos de la Conquista, en el que procuraron ocultar cuidadosamente á sus jefes de la activa persecución de los invasores, que tendían siempre á apoderarse de los caudillos para sofocar las iniciativas guerreras en contra de la colonización española.
Lo que podríamos llamar la constitución política del boriqueño, era monárquica, con su soberano, el cacique; el gobierno paternal con los subjefes ó nitaynos, y la casta sacerdotal de bohiques. Naturalmente, con todos los defectos de una sociedad humana incipiente: como que era el hombre de la edad de la piedra. En Boriquén había un jefe principal, que en la época de Ponce de León (1508) era Agüeybana, á quien los otros caciques de la Isla veían como más potente. La Española, ó sea Haytí, estaba dividida en cinco cacicazgos principales, con sus correspondientes reyezuelos Guarionex, Guacanagarí, Bojekio[[136]], Caonabó é Higuanamá.
La división social de los indios de Boriquén era: el cacique, ó jefe de la tribu; el bohique, ó augur curandero, como si dijéramos médico-sacerdote; el nitayno, subjefe ó lugarteniente á las órdenes del cacique; y el naborí, ó miembre de la tribu. Esta sencilla agrupación tenía desde luego su plan administrativo y la división del trabajo con arreglo á su limitada civilización y reducidas necesidades. Correspondía al cacique, como jefe supremo de la aldehuela y su comarca, cuidar de los aprestos guerreros y de la defensa general del poblejo, mantener las buenas relaciones con los régulos vecinos y obedecer las órdenes del jefe más fuerte de la Isla, que vivía al Sur. El nitayno, ó sub-jefe, venía á ser el lugarteniente sustituto del cacique. Eran varios: uno cuidaba de los límites del cacicazgo; otro atendía á los cultivos y recolección de frutos; otro á la caza; otro á la pesca; otro á la confección del casabí; etc. Disponía cada nitayno de un pelotón de naborís, que trabajando en cuadrillas podían cumplir con sus faenas. Las mujeres no eran agenas á algunas de estas labores. Es indudable, por lo tanto, que las incipientes industrias de alfarería, tallado y pulimento de hachas y demás utensilios de piedra ó madera, tejido de algodón y cordelería de majagua y maguey para hamacas, redes de pescar, taparrabos y faldellines, construcción de arcos, flechas, azagayas y macanas, estaban regularizadas de algún modo; pero era una reglamentación al fin. Así estaría también el comercio de estos objetos entre las aldehuelas é islas vecinas.
Los jefes indo-antillanos tenían tres categorías, como si dijéramos las de capitán, teniente y alferez que venían á corresponder á los vocablos Matunjerí, Bajarí y Guaojerí.[[137]] No eran títulos de nobleza, ni mucho menos; pero, sí expresiones de aprecio y distinción para establecer cierta distinción social de personas entre ellos. La humanidad en sus procedimientos, se repite con frecuencia en distintas zonas, porque el hombre ha tenido que pasar por fases muy parecidas en todas las partes del planeta.
El bohique, curandero augur, cuidaba como agorero de los ritos y ceremonias religiosas; y como médico de la salud de los miembros de la tribu. Atendía también á la educación de los indiezuelos en lo correspondiente á enseñarles los areytos ó romances históricos, para que conservaran en sus memorias las hazañas de sus antepasados y la sucesión de las cosas. Era ayudado en esta labor, de la música, que siempre atrae sobremanera al hombre natural y sencillo. Un recitado monótono con alguna nota discordante y su obligado estribillo era la canción boríqueña. Acompañaba al areyto el ritmo cadencioso del tamboril de madera, llamado magüey, y el ruido acompasado de la sonajera hecha con una higüera pequeña y vacía, con pedrezuelas dentro, la maraca, que ha llegado hasta nosotros, conservada por tradición entre nuestros campesinos. A la recitación del aretyo se unía la danza ó araguaco. Estos espectáculos no sólo tenían carácter histórico, sino algunas veces religioso ó guerrero. También era costumbre del bohique preparar á los jóvenes indios, que habían de sustituirle en el ejercicio de la hechicería y curandería.
Y, finalmente, el último miembro de la tribu era el naborí, el hombre más inferior del clan, dedicado á labriego, sirviente, cazador, pescador ó guerrero, según las necesidades de la agrupación. El naborí venía á ser como el vasallo pechero de la antigüedad.
Este era el orden correlativo social de nuestro indígena, que atravesaba en la época del Descubrimiento, el tercer período de la edad de la piedra, ó sea el neolítico; no conociendo aún el uso de los metales útiles; pero si utilizando la madera y la roca pulimentada, y viviendo en pacífico consorcio, sujeto á un método civil patriarcal; rindiendo culto á sus ideas religiosas de pueblo primitivo, y desenvolviéndose en la agricultura, la industria y el comercio, en harmonía con su rudimentaria civilización.
Hemos dicho, que el aduar de Agüeybana, el régulo principal de Boriquén, demoraba al Sur de la Isla. Opinamos, que se llamaba Guaynía, vocablo indio, alterado en los cronicones con el cambio de la n en d (Guaydia). Era el mejor caserío indígena; y estaba junto al río de su mismo nombre, que naciendo en las alturas de Macaná, vierte sus aguas en el mar Caribe.[[138]] Fué visitado Guaynia por el conquistador Juan Ponce de León, en 1508, cuando practicó la primera exploración del Boriquén. En el repartimiento de indios, que hizo Juan Cerón, en Noviembre de 1509, adjudicó Agüeybana con su ranchería y trescientos súbditos á don Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de Caminar, que trajo á las Indias una Real Cédula, en la que se le hacía merced, como poblador, del mejor cacique de esta Isla.[[139]]
Las otras aldehuelas principales de Boriquén radicaban en valles apropiados: la del cacique Caguax junto al río Turabo; la del cacique Mabó en Guaynabo; la del cacique Majagua en Bayamón; la del cacique Guacabo junto al Sibuco, río de Vega Baja; la del cacique Guaraca junto al Guayaney, en Yabucoa; la del cacique Guamaní en los territorios de Guayama; la del cacique Canóbana junto al Cayniabón, en los campos de la actual Carolina; la del cacique Orocobix en las alturas del Jatibonicu, hoy Aybonito, Barranquitas y Barros; y la del cacique Aramaná en las márgenes costeras del río Toa. Cuando la conjura general de indígenas, contra los conquistadores, aparecieron otros caciques, no pacificados, que se pusieron al frente del alzamiento, y que también tenían sus correspondientes aldehuelas. La de Guaybana era la misma de su hermano Agüeybana, cuyo cacicazgo había heredado, no inclinándose á ser guaitiao de los españoles; y fué puesto este valiente indio, uno de los primeros jefes instigadores de la rebelión de 1511. La ranchería de Urayoán estaba junto al Guaorabo, en Yagüeca, comprendiendo los territorios de Añasco y Mayaguez; la de Aymamón en las riberas del Coalibina, por la Aguada; la de Mabodamaca, en el Guajataca, comprendiendo los llanos de Quebradillas é Isabela; y la del valiente Guarionex, destructor del fortín de Sotomayor, en el Otoao. Posteriores al alzamiento de 1511, aparecieron alzados en armas los caciques Jumacao, de Macao y Yuquibo del Daguao, siendo éste el último cacique que hizo frente á los españoles.
Indudablemente habría algunas otras aldehuelas en el Boriquén; así como las de segundo orden, correspondientes á los nitaynos ó sub-jefes; pero sus rastros no hemos podido encontrarlos con fijeza en los cronicones del Archivo de Indias.
La historia nos conserva detallada la descripción del poblejo, que creemos perteneciera al cacique Aymamón. Hé aquí como nos lo pinta el hijo de Colón, narrando el segundo viaje de su padre: “Después aportó (el Almirante) á la isla que llamó San Juan Bautista, que los indios llamaban Boriquén. Y surgió con la armada en una canal de ella á Occidente; donde pescaron muchos peces, algunos como los nuestros, y vieron halcones[[140]], y parras silvestres[[141]] y más hacia Levante fueron unos cristianos á ciertas casas de indios, que según su costumbre estaban bien fabricadas, las quales tenían la plaza[[142]] y la salida hasta el mar, y la calle muy larga, con torres[[143]] de caña á ambas partes, y lo alto estaba tejido con bellísimas labores de plantas y yerbas como están en Valencia los jardines, y lo último hacia el mar era un tablado en que cabían diez ó doce personas, alto y bien labrado.”[[144]]
En todas estas aldehuelas la casa del jefe se diferenciaba en construcción de la de sus súbditos. El bohío del régulo, llamado caney, tenía configuración cuadrilonga con un pequeño pórtico, frente al batey ó plazoleta; las de los demás indígenas eran circulares, y procuraban construirlas dejando un callejón entre ellas y dos calles principales. Cualquiera población se llamaba yucayeque y cada una tenía su nombre propio para diferenciarlas. Algunos nombres se conservan, adjudicados hoy á lugares ó ríos. Otros se han perdido. Hemos podido salvar del olvido diez y ocho: Guaynía, de Agüeybana; Aymaco, de Aymamón; Yagiieca, de Urayoán; Guajataca, de Mabodamaca; Abacoa, de Arasibo; Otoao, de Guarionex; Sibuco, de Guacabo; Toa, de Aramaná; Guaynabo, de Mabó; Bayamón, de Majagua; Haymanio, de la cacica Yuisa: Cayniabón, de Canóbana; Turabo, de Caguax; Guayaney, de Guaraca; Guayama, de Guamaní; Jatibonicu, de Orocobix; Macao, de Jumacao; y Daguao, de Yuquibo.
El descubrimiento del fuego y su uso en el hogar ha sido uno de los pases de avance de la humanidad. Antes de la invención de sacar chispas de un trozo de cuarzo y de las pajuelas de azufre, parece inverosímil creer las grandes dificultades del hombre antiguo, de todos los paises, para procurarse lumbre. De estos contratiempos se originó en algunos pueblos primitivos el dedicar ciertas personas á conservar el fuego; después se castigó con extremado rigor á sus guardadores, si dejaban que se apagara. Tal ha debido ser el origen de las vestales, que trajo la santidad y culto del fuego. El boriqueño, en la época colombina, contaba ya con este progreso humano. Lo obtenía por el frotamiento sostenido de maderas apropiadas. Sobre la juntura de dos troncos, muy secos, pareados y atados con un fuerte bejuco, hacía jirar perpendicularmente un recio palo, de punta, dándole el movimiento de vaivén, que se suele imprimir al molinillo de madera de una chocolatera. ¡Con qué regocijo vería el indígena brotar el ansiado guatú (el fuego) y con qué solicitud procuraría conservarlo! Refiere Pigafetta, en la relación del viaje de Magallanes, que en algunas de las islas Marianas no se conocía el fuego. Este viaje fué en 1521. De manera, que nuestro indígena, en 1493, estaba más adelantado que los naturales de algunas islas del Pacífico. En cambio, en otras le superaban en todo.[[145]]
La aptitud afectiva se desarrolla en el hombre al par de la inteligencia: primero imperan las necesidades animales; y satisfecho el incentivo del hambre y apagada la sed surge el deseo bestial. Estos han debido ser los primeros móviles del salvaje; y luego, al constituir familia y cultivar el suelo, pasando el hombre de la horda á la tribu, ha desenvuelto ya los sentimientos afectivos del amor. El boriqueño, en la relación de sexos y vida doméstica practicaba la poligamia, principalmente los caciques. Adquiría muchas veces su mujer mediante el dote de un collar de cuentas marmóreas, llamado colesibí, á cuya prenda daba extremado valor y estimación. Entre los jefes solía obtenerse la hija de un cacique ó de un nitayno mediante la dote de un guanín. Naturalmente, que no ocurriría esto con el infeliz naborí, que se procuraría su mujer á más bajo precio, ó aceptando los despojos de sus jefes. La compra de la mujer la encontramos en todos los pueblos. Entre los boriqueños el matrimonio no tenía carácter religioso. Lo mismo sucedía en la América del Norte.[[146]] Los Aruacas de la América meridional, de cuyo tronco procedían nuestros indígenas, no observaban ninguna ceremonia para el casamiento.[[147]] Igual costumbre tenían los Guaranís del Brasil[[148]], generadores de los Aruacas. El pueblo romano, en la noche de los tiempos, tenía la poligamia jurídicamente permitida[[149]], y tuvo el matrimonio por compra (coemptio), que llegó hasta la época de las Doce Tablas, donde fué elevado á una especie de matrimonio civil.[[150]] Los babilonios vendían las mujeres para el casamiento, en pública subasta, mediante un pregonero y al mejor postor; y con el dinero que producía la venta de las hermosas se dotaban las feas, para que pudieran colocarse maritalmente.[[151]]
Empero, el amor entre nuestros aborígenes era algo más que el deseo de posesión de la hembra; y aunque cada cacique retenía para sí dos, tres ó más mujeres, al capricho, siempre había una predilecta; conservando respecto á las herencias el matriarcado, por lo que los hijos de las hermanas sucedían á los caciques en el gobierno de los cacicazgos.[[152]] Los hijos de Agiieybana no heredaron de su padre el gobierno de Guaynía y la supremacía de Boriquén, sino su hermano Guaybana. Las delicadezas y sentimientos morales del verdadero amor era natural fueran desconocidos á nuestros indígenas, dado el estado de cultura inferior en que se encontraban; pero, á pesar de esta poligamia no había adulterio entre ellos, ni ningún indio forzaba á mujer alguna.[[153]]
El boriqueño, al levantarse por las mañanas solía bañarse en el río ó la quebrada; y después, ayudado de la india hacía su tatuaje correspondiente, el embijamiento de la piel. El indo-antillano era muy afecto á las abluciones y se lavaba con frecuencia noche y día.[[154]] Usaba el tatuaje para preservarse de las inclemencias del tiempo y de la molesta acción de los insectos, principalmente de las picaduras del mosquito grande, el corasí, y del mosquito pequeño, el jején. Preparaba sus adobes y cosméticos con el grano del achiote, la bija[[155]], el cual reducido á polvo en el pétreo morterillo y mezclado con aceite vegetal, quedaba hecho un ungüento para el embijamiento de todo el cuerpo, después del matutino baño. Cuando los jefes se preparaban para una guerrilla, ó cuando el bohique iba á impetrar los augurios de la divinidad, solían hacerse grandes fajas, alternas, con el teñido del negruzco jugo de la jagua.[[156]] La guerrilla, ó guasábara, era provocada generalmente porque el vecino invadía el territorio en busca de pesca ó caza, ó por haber hecho la petición de la hija de un cacique inmediato para casamiento y recibir una negativa de parte del otro régulo, ó dársela á otro cacique.
Respecto á la idea de la propiedad, Pedro Mártir de Anglería cayó en el error de anotar, que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo. El célebre cronista escribía sobre este punto bajo la impresión de los informes del primer viaje del Almirante, limitado á las islas Lucayas y á una exigua parte de Cuba y Haytí. El boriqueño, en la época colombina, tenía ya idea rudimentaria de la propiedad y de la división del trabajo; y era leal á sus vecinos no practicando el hurto de los objetos particulares. Refiere Las Casas,[[157]] que en los primeros tiempos de la colonización de La Española, no usaban los pobladores llaves ni cerraduras en las arcas, y que jamás faltó un granillo de oro en las casas, ni una ropilla, ni objeto alguno.
El boriqueño era en sus comidas muy frugal. Su alimento común era la batata ó el boniato, asados, é impregnados del picante ají. Su pan, el casabí. Utilizaba las frutas silvestres, que no cultivaba. El maíz lo comía crudo ó tostado. Pescado, ave ó reptil era plato extraordinario, en cuyo guiso usaba el vinagre de yuca. No conocía el uso de la sal en confecciones culinarias. El indígena de Cuba y Santo Domingo tenía varios animalillos, como la jutía, que aprovechaba en su alimentación, el boriqueño carecía de ellos, ó si los tuvo fueron muy escasos. Por bebida común tenía el agua, aunque sabía sacar partido del casabe y del maíz, fermentados, para preparar una bebida excitante. Tomaba su alimento por la mañana y por la noche. Después de la cena fumaba su tabaco. Y como no todos eran fuertes á la acción de la nicotina, y habría también sus novicios, algunos solían vomitar la comida: lo que indujo á creer que el indio usaba la nicociana planta como vomitivo. Y el error fué más grande aún al anotar, que el curandero tomaba siempre de la misma medicina que su doliente clientela, cuando vieron los primeros invasores que el indígena enfermo y el bohique fumaban juntos los informes cigarros y quedaban envueltos en bocanadas de humo. No hubiera sido entonces muy socorrido el oficio de médico; ni, aceptada la disparada noticia, puede concebirse organismo humano que la resistiera. En este punto el ermitaño Pane y el cronista Oviedo cayeron en error craso.
Existen en determinados puntos de la Isla unos estadios ó palenques, que los actuales habitantes del país designan con el impropio nombre de juegos de bolas. Indudablemente el boriqueño trabajó y preparó estos sitios para congregarse en ellos con algún fin. Estos palenques están limitados por bloques pétreos de diversos tamaños. Las piedras mayores no exceden de una vara; y vienen á determinar un espacio de seiscientos á mil pies cuadrados, en forma rectangular.
Estas plazoletas servían para juegos de pelota, danzas y cantares (los areytos) y ejercicios guerreros. Pobres esbozos del estadio griego y del circo romano. En ellos tendrían también los caciques, bohiques y nitaynos sus asambleas para resolver sus algaradas bélicas, ó guasábaras, á fin de defenderse de las invasiones caribeñas y también para tomar consejo sobre sus luchas internas, por límites de cacicazgos. El doctor Stahl partió de ligera, al aceptar la leyenda de nuestros campesinos, de que esos sitios eran juegos de bolas.[[158]] He aquí como Las Casas describe estos estadios, que en Santo Domingo llaman corrales de indios y nuestros jíbaros les han dado el impropio nombre de juegos de bolas: “Tenían los indígenas una plaza, comunmente ante la puerta del señor, muy barrida, tres veces más longua que ancha, cercada de unos lomillos de un palmo ó dos de alto; y el salir de los quales la pelota era falta. Poníanse veynte ó treinta indios de cada parte, á lo largo de la plaza. Cada uno ponía lo que tenía... Echaba uno la pelota é rebatíala el que se hallaba más á mano. Si la pelota venía por alto, la rechazaba con el hombro; si venía por lo bajo, con la mano derecha. De la misma manera la tornaban hasta que alguno caía en falta. Era alegría verlos jugar cuando encendidos andaban, é mucho más cuando las mujeres unas con otras jugaban é rebatían la pelota con las rodillas é con los puños cerrados.”[[159]].
El boriqueño hacía la pelota con motas de algodón, fibras de palmera y la pez del fruto del árbol cupey. Cerca de algunos ríos y quebradas se encuentran los restos pétreos de estos palenques, llamados batey, y radicaban cerca de alguna corriente de agua, por la sencilla razón de que los boriqueños, después de sus agitados juegos, se bañaban con placer. El vocablo batey se ha conservado entre nosotros pasando á designar la plazoleta que hay frente á las casas de campo, y en los ingenios azucareros frente á la fábrica ó trapiche. En la aldehuela indígena no había batey más que frente á la casa del jefe.
Si aficionado era el boriqueño al juego de pelotas no lo era menos al baile. Al son de sus roncos atabales y tarareando una coplilla danzaban alegremente y bailaban su araguaco. Colocaban los brazos de unos sobre los hombros de otros, formando hileras. Las indias, por su parte, bailaban con el mismo compás, tono y orden que los hombres. La cancioncilla iba al tenor de sus sencillos instrumentos.[[160]] Todavía conservamos de ellos la alborotadora maraca, y el áspero güiro; y al seco tamboril ó magüey, se le ha agregado el retumbante cuero para hacerlo más sonoro.
El boriqueño tenía quien le atendiera en sus enfermedades. El hombre primitivo de todos los pueblos ha considerado las enfermedades como enviadas por un poder sobrenatural. Ha creido entonces que era su deber aplacar á la divinidad ofendida. Y de ese amalgama imaginario de espíritus maléficos y enfermedades nació la idea de hermanar y fundir en una sola las dos facultades, la del médico y la del sacerdote. Por eso el bohique era curandero augur. Cuando sus auxilios eran solicitados para un paciente, empezaba el bohique por sugestionar al enfermo, haciendo una invocación á los espíritus, como lo hacen hoy los mediums espiritistas, que se dedican al arte de curar. Hecha la invocación al zemí—algún muñeco de piedra, barro, madera ó algodón, que no faltaba como dios penate en la choza indo-antillana—empezaba el bohique á reconocer al enfermo. Entre las maneras que tenía de curar á los enfermos descollaba el masaje. Empezaba por los hombros y brazos, continuaba por todo el cuerpo y terminaba por las piernas, estregándolo siempre y soplando.[[161]] Si consideraban al enfermo muy malo daban orden á los parientes que lo sacaran del bohío y lo llevaran al monte. Allí lo acomodaban, le dejaban algunas vasijas con agua fresca y algunas cosas de comer. Y de cuando en cuando iban á lavarlo con agua fría, por lo adicto que eran á las abluciones corporales.[[162]] El bohique purgaba á sus enfermos con la semilla del tau-túa, ó ben purgativo; y probablemente también con la semilla del tártago, llamado hoy en Cuba y Santo Domingo piñón, y cuyo nombre primitivo hemos perdido. Estos arbolitos medicinales los cultivaba el indígena junto á su choza.[[163]]
El boriqueño enterraba sus muertos lejos de la casa, en simples sepulturas, colocando los cadáveres sentados. Al indo-antillano le acompañaba su amuleto, ó dios tutelar, hasta la fosa. Con el cacique difunto solía algunas veces enterrarse espontáneamente alguna de sus mujeres. Era el amor ciego y consecuente más allá de la tumba. Era la hembra fiel, siguiendo á su macho hacia lo desconocido. El amor violento y brutal arrostrando toda clase de peligros. Hoy pasa lo mismo con distinta morfología. La mujer, más sensible que el hombre, siempre está dispuesta al sacrificio.
Estrañará á algunos, que hayamos concedido civilización y un estado político-social-religioso al pueblo indio boriqueño, que vivía en completa desnudez, los hombres con un simple taparrabo, las mujeres casadas con un faldellín de algodón, la nagua[[164]], desde la cintura hasta los tobillos, y las doncellas como sus madres las parieron. Mas, esta sorpresa desaparece tan pronto tengamos en cuenta, que era un pueblo primitivo, morando en una zona tropical. El hombre de los países fríos, aunque sea salvaje, es el que procura satisfacer como una de sus principales necesidades el cubrir sus carnes, para resguardarlas de la inclemencia de las estaciones. El pueblo ario, que procedía de una zona cálida, al invadir la Europa, llevaba únicamente como vestido un mandil de cuero.[[165]]
Y respecto á civilización, nosotros opinamos, que desde el momento en que el hombre empezó á trabajar el silex para procurarse armas y utensilios, rompió la cadena que le ataba á la vida nivelada de los demás animales y comenzó para él la civilización, lenta y trabajosa, pero progresiva, que ha llevado á la humanidad al estado actual de cultura y civismo.
CAPITULO VII.
El indo-antillano tenía religión.—Los tres frailes Pane, El Bermejo y Tisím.—Dos grandes agrupaciones de cultos religiosos: el animismo difuso y el condensado.—¿Qué culto correspondía al indígena boriqueño?—Sitio religioso del indo-antillano en el animismo difuso.—Amuletos ó dioses penates.—Los zemis.—El totemismo.—Zoolatría.—Fitolatría.—Antropomorfismo.—Idolos para proteger las sementeras, obtener la lluvia, facilitar los partos, conseguir caza, pesca y ayuda en los combates.—El espíritu benéfico morador de Luquillo.—Yucajú, convertido en Yukiyu, dios bienhechor de Boriquén.—Los dioses penates, ó zemis, eran irradiaciones de Yucajú.—El espíritu maléfico de Boriquén venía de fuera.—Juracán.—Los fantasmas nocturnos, ó maboyas, eran irradiaciones de Juracán.—Los adoratorios.—El bohique ó augur curandero.—Ofrendas.—El cojoba.—Consejo de jefes y toma del cojibá.—Stahl niega religión á los boriqueños.—García les concede astrolatría á los haytianos.—Parecer de Colón, Mártir de Anglería, Pane, Las Casas y Oviedo respecto á la astrolatría indo-antillana.—Nuestra opinión.—Nebulosa concepción de ultratumba entre nuestros aborígenes.—Idea del bien y del mal.—No podían comprender en su estado neolítico, ó de la piedra pulimentada, la unidad absoluta de Dios.
El indio boriqueño rendía culto á la Divinidad en las rudimentarias formas de un pueblo neolítico. Las ideas religiosas de los pueblos primitivos vienen á ser á las ideas religiosas modernas lo que la alquimia á la química y la astrología á la astronomía. No podemos, por ende, exigir al indígena boriqueño una religión á la moderna. Entonces, les negaríamos el culto religioso y les llamariamos ateos, como calificaban los griegos á los primeros cristianos. La fe del hombre salvaje en un poder sobrenatural es el alborear del sentimiento religioso bajo la honda impresión de un miedo cerval á lo Desconocido. La ignorancia supina de las leyes físicoquímicas, que rigen el cosmos, le sugestiona de contínuo ante cualquier fenómeno de la naturaleza, del cual no puede darse explicación alguna. En este sentido el salvaje está al nivel del niño; es pueril en sus concepciones.
Hubo tres frailes que se dedicaron al principio del Descubrimiento de las Indias al estudio de las ideas religiosas de los indios. Fray Román Pane, que vino con Cristóbal Colón en el segundo viaje, y á quien el Almirante encargó inquiriese lo más que pudiera saber de los ritos y religión de los haytianos; por lo que Fray Román dejó el Macorix abajo, donde vivía y se marchó á Maguá, el cacicazgo del valiente Guarionex, quien tenía á sus órdenes veinte y un nitaynos ó caciques subalternos, que gobernaban los territorios de Batey, Sabanacóa, Corojay, Cotuí, Cibao, Ciguay, Tuna, Guaybamoca, Goacoa, Janique, Marien, Maymón, Majagua, Macorix arriba, Moca, Mayonix, Maguey, Manicú, Samaná, Yaguax y Yaguahayucú. Entre la gente de estos sitios de La Española fué que el decidido eremita benedictino hizo sus investigaciones religiosas. Su trabajo lo tituló Creencia é idolatría de los indios é cómo observaban sus dioses. El informe original, dado al Almirante en latín, se ha perdido y no se conserva de él más que una mala traducción al castellano, tomada de una hecha al italiano.[[166]]
Los otros dos frailes eran Fray Juan Borgoñón, el Bermejo, y Fray Juan de Tisím, ambos de la orden de San Francisco, que vinieron con el comendador Ovando, en 1502, cuando por vez primera arribaron los franciscos á La Española. Uno de ellos, el Bermejo, acompañó á Fray Román Pane á Maguá: cuya misión duró dos años, ayudados de un buen intérprete indio llamado Guay Sabána, que les fué muy adicto. Las Casas trató, íntimamente á estos tres frailes y tomó de ellos suficientes noticias; por lo tanto, el obispo de Chiapa es una buena fuente de información histórica sobre estos asuntos.
Todos los cultos religiosos pueden comprenderse en dos grandes agrupaciones. La primera abraza el animismo difuso con sus correspondientes zoolatría, fitolatría, litolatría, falismo, cultos del agua, de la atmósfera, de los cuerpos celestes, de la tierra y el cielo, de instrumentos é industrias, de circunstancias y accidentes de la vida, de facultades, de cualidades y conceptos, de las representaciones figuradas, de los espíritus y de la vida de ultratumba. La segunda agrupación comprende el animismo condensado con sus correspondiente naturalismo, politeismo, simbolismo, misticismo, sincretismo y monoteismo.
El animismo condensado representa ya un gran progreso religioso de la humanidad. Tenemos, por consiguiente, que buscar sitio para nuestro indo-antillano en el seno de la primera agrupación, ó sea en el animismo difuso. En los cementerios de nuestros indígenas se encuentran con profusión unas figurillas de arcilla roja, cocida, que semejan animaluchos, como el sapo, ó una cara humana grotesca. Estos objetos, ocupando las fosas sepulcrales, demuestran patentemente, á parte los datos suministrados por los Cronistas, que el boriqueño tenía una creencia supersticiosa en estas figurillas. Es verdad que las encontramos también en las asas de algunas vasijas y platos; pero en estos recipientes tienen entonces más carácter de ornamentación que simbólico. El indio era enterrado con su amuleto ó dios penate; y teniendo el idolillo unas veces aspecto de animal y otras forma humana, la interpretación á esta variedad de figuras no puede ser indiferente.
El totemismo es el culto de la naturaleza, que se manifiesta de varios modos. El vocablo viene de totem, blasón, y tiene por fundamento el aplicar nombres de animales á jefes de tribu; cuyos nombres, con la acción de la leyenda pasa á la tribu misma y termina por convertirse en mito religioso con el tiempo. La cara de sapo en el idolito indígena es la conservación del totemismo en el período de zoolatría; cuyo culto, al tener el amuleto cara humana, había pasado lentamente de la zoolatría al antropomorfismo, ó idolatría, en la que el dios penate adquiere completamente naturaleza humana. Aún vemos estos tránsitos religiosos en nuestra actual sociedad, desde el trozo de coral (litolatría) al cuello del niño, para ampararle del mal de ojo, hasta las imágenes y escapularios de los católicos. Los generales romanos más valientes solían llevar al cuello figurillas de sus dioses al marchar á la guerra, creyendo ciegamente en la protección y ayuda de ellos en los combates.[[167]] En el totemismo se tienen ideas confusas de un poder sobrenatural, al cual se le tiene más miedo que amor, y cuya influencia directa se admite en todos los sucesos de la vida. De ahí surge el dios penate. La fe por teoría y la adoración por práctica. Apenas alborea entonces el elemento moral.
Refiere Las Casas, que “cuando algún indio iba caminando é veía algún árbol que con el viento, más que otro, se movía, de lo cual el indio tenía miedo, llegaba á él é le preguntaba: Tú, ¿quién eres? é respondía el árbol: Llámate aquí á un bohique y él te dirá quien yo soy.”[[168]] Venía entonces el augur, practicaba unas cuantas ceremonias, cortaba el árbol, hacía fabricar á los artistas de la tribu una grotesca estatua del tronco y le consagraban una casa y sus ofrendas. La explicación de esto es bien sencilla: el pobre indio, sugestionado por el miedo, había oido todas esas voces, y era explotado por otro indio, el bohique, un embaucador, más listo que él. Generalmente el augur marchaba de acuerdo con el jefe de la tribu, el cacique. La historia de todos los tiempos. El culto de los árboles ha existido en Asiria, Grecia, Polonia, Francia, Vizcaya, Alemania, Inglaterra y otros muchos países, bajo otras formas, y hasta prestándole veneración profunda al mismo árbol.
En los ídolos mamiformes, de piedra, se encuentran muchos con la faz de múcaro, lagarto, ú otro reptil ó ave; y también algunos con pies humanos, los que comprueban el pase lento de la zoolatría al antropomorfismo. Luego vienen ídolos con cara y pies humanos, que confirman la completa transición mitológica. Había, pues, tres clases fundamentales de estas piedras cónicas. Describiendo el historiador Las Casas[[169]] los dioses de piedra de los indo antillanos dice, que unos eran para favorecer sus sementeras. Creemos nosotros, que estos serían los que tienen cara de lagarto, sabandija que anda siempre por los campos entre los sembrados. Otros ídolos eran para impetrar la lluvia y el buen tiempo. Opinamos, serían los que tienen faz de pájaro porque el ave cruza la atmósfera y se pierde á veces con su alto vuelo entre las nubes. Y los terceros eran para que las indias tuvieran buena dicha en parir. Estos ídolos corresponderían á los que tienen cara y pies humanos. Aunque el obispo de Chiapa no cita más que estas tres clases, nosotros, por inducción lógica, nos inclinamos á creer que los ídolos con figura de tortuga, ó de pez, serían para obtener buena pesca. Los de cara de múcaro para la buena caza. Y los que les recordaban sus valientes jefes los invocarían al emprender sus guerrillas.[[170]] Vése, empero, en toda esta morfología la variedad en la unidad religiosa.
Adelantemos más aún en nuestras apreciaciones. El indio de Boriquén creía desde luego en un espíritu benéfico, al tener en sus piedras cónicas determinadas aspiraciones religiosas á su favor: creencias que nos ha conservado el venerable Las Casas, observadas personalmente por él mismo y corroboradas con los informes precisos de sus cofrades, los otros tres religiosos citados. La cordillera central de la Isla, con su abrupto monte Luquillo, tuvo que impresionar vivamente la infantil imaginación de nuestros indígenas. En el totemismo, ó culto de la naturaleza, obsérvase la adoración de las montañas; pues bien, nosotros creemos que el artista boriqueño figuraba en sus ídolos mamiformes pétreos el monte Luquillo, donde moraba para ellos el espíritu benefactor de su país, representado en animal (zoolatría); en animal con pies humanos (período de transición mitológica); y en ídolo completo humano (antropomorfismo); llevando siempre á cuestas la Isla.
Una de las grandes preocupaciones de los pueblos primitivos ha sido idear cómo fué la creación de cielo y tierra. No hay que olvidar nunca, dice Lubbock[[171]], que la idea de los salvajes sobre la Divinidad es esencialmente diferente de la que profesan las razas superiores. Para ellos, el dios forma parte del cosmos. Así, pues, para nuestro boriqueño su benéfica divinidad formaba parte de la naturaleza de su Isla.
Ahondemos algo más en esta tesis religiosa. Fray Román Pane nos asevera, que los haytianos creían que su dios les daba y conservaba la yuca. Según Las Casas el dios de Hayti se llamaba Yucahú Bagua Maorocotí; manifestando el ingenuo cronista que no sabía lo que por este nombre los haytianos querían significar. Estudiemos filológicamente estas palabras. Yucajú (Las Casas escribe Yucahú) palabra compuesta de Yuca y jú. Ya sabemos que yuca ó yuka es el utilísimo tubérculo farináceo del cual hacían los indo-antillanos su pan casabí. El sufijo hú, jú ó yú significa blanco, según Rafinesque.[[172]] El segundo vocablo es Bagua, que en el habla indo-antillana equivale á la mar. En la palabra Maorocotí hay aglutinación de raices. Ya sabemos que las lenguas americanas son polisintéticas. (Duponceau, Lucien Adams, etc.) Descompongamos, pues, este vocablo, Ma-o-roco-tí. En esta palabra, es nuestro parecer, están condensados los atributos de la divinidad haytiana. Ma, grande; ti, alto, elevado, poderoso; o, montaña; roco, el verbo, que da á conocer (roco significa conocer) dichos atributos. Es decir, que Yucajú Bagua Maorocotí equivale á Yuca Blanca; grande y poderosa, como el mar y la montaña. Este era para los haytianos su dios bienhechor. Robertson[[173]] incurre en un error, al afirmar que los habitantes de estas islas admitían seres, á quienes llamaban Cemís, y que los tenían por autores de todos los males que aflijían á la especie humana.
Reflexionemos un poco sobre las dificultades primeras de los indo-antillanos para poder extraer de un tubérculo venenoso, como la yuca, su alimenticio pan; y no nos extrañará su adoración simbólica (Fitolatría) á la bienhechora y misteriosa planta que los sustentaba. ¡Qué sorpresa, cuando manipulándola bien, por vez primera obtuvieron la buena harina! ¡Qué terror, cuando los mataba rápidamente, sin saber extraerle el farináceo producto! ¡Terrible misterio para la infantil imaginación de aquellos hombres primitivos! ¡Cuántos tanteos debieron haber tenido para llegar á la realidad conveniente de separar el venenoso jugo de la útil harina! Así como el hombre primitivo, al ver hervir el agua y percibir el rumor que se desprendía de la vasija, el movimiento contínuo de las burbujas de aire, y la agitación creciente del hirviente líquido, creyó que allí, en el fondo de la marmita, había un espíritu supremo, que de repente se le manifestaba, de igual modo el indo-antillano creyó que en la misteriosa acción de vida y muerte que se encierra en la yuca, existía un poderoso espíritu, que le convenía acatar y venerar para tenerle propicio, á fin de que le favoreciera siempre con la parte bienhechora de la misteriosa planta.
Corrobora nuestro aserto el valor que le daban ciertos pueblos indios al vocablo yuca. En el lenguaje tupí-guaraní significa matar. De yuká, matar, derivaron los tupí-guaraní el vocablo tupá, dirigido á la Divinidad, y que equivale á quién es, significando qué espíritu residiría en aquella planta, la manioca ó yuca, que producía á veces la muerte, y también daba la vida, mediante su alimenticia harina. Y nosotros opinamos, que esta lengua, la tupí-guaraní, ha sido la madre de la caribe y de la aruaca. Todavía encontramos la palabra yuca, con igual significación, matar, entre los Oyampis del Brasil[[174]] y los Cumanagotos[[175]] y Tamanacos de Venezuela.[[176]]
Pasemos á Boriquén. La misma unidad religiosa tenían los boriqueños. Solamente que á nosotros no ha llegado más que el primer vocablo Yucahú, conservado en el nombre que se le asigna hoy al monte Luquillo, el más alto de la Isla. Los primeros españoles que vinieron al Boriquén oyeron á los indios decir Yuquiyú, y sin precisar la difícil fonética de una lengua desconocida, juzgaron que se trataba de algún cacique loco; adjudicándole desde luego, sin más reflexión, el diminutivo de esa palabra. Los indios de la isla Yucayú, de las Bahamas, han pasado á la historia con el nombre de Lucayos, trastocando los cronistas la Y en L, y la u final en o, para castellanizar la palabra. Lo mismo ha pasado, con otros muchos vocablos indo-antillanos, cambiando, suprimiendo ó agregando letras y sílabas.
De Luquillo tenemos, depurando la palabra filológicamente, Yuquiyu—Yukiyu—Yukayu—Yucajú. La aspiración fonética, que tenían los indo-antillanos como los árabes[[177]], la fijaban los cronistas en sus notas, indistintamente, con una h, una y griega ó una jota. De manera que los boriqueños y los haytianos veneraban el fruto que les producía su blanco pan, su casabí, bajo un simbólico dios, protector de sus sementeras. El culto de las plantas útiles, ó dañinas, forma parte de las mitologías. La palmera, el árbol del pan, la higuera, el trigo, la viña, etc., han sido adorados en la antigüedad. Es el efecto del animismo difuso. En la virtud íntima de las plantas el hombre primitivo creyó que residía un espíritu que le concedía aquel don. De ahí nos ha quedado el simbolismo litúrgico del trigo y de la uva, que de los misterios eleusianos ha pasado á la eucaristía de los católicos. De Brosses[[178]] dice: “Los primeros hombres consagraron las plantas que brotan de la tierra y las tuvieron por dioses y las adoraron, aunque vivían de ellas.” Una gran verdad, que vemos comprobada con el desenvolvimiento mitológico que hemos explicado en el indo-antillano.
En ese pedrusco cónico ó mamiforme, figurando una montaña, que descansa sobre un animal, pájaro ó ser humano, y que parece que la lleva á cuestas, hay toda una leyenda religiosa. Tras el totemismo de los boriquenses adorando la planta yuca (fitolatría) y venerando animales y pájaros (zoolatría) surge la figura humana de otros ídolos (antropomorfismo); pero en esta variedad de formas está la unidad fundamental de la Divinidad, radicando en el espíritu bienhechor Yucajú, que moraba en la alta montaña, formando parte de ella, y á quien los boriqueños invocaban para todas sus necesidades; siendo los zemís, ó dioses tutelares, unas irradiaciones del gran Yucajú, convertido en Yukiyu el dios protector de Boriquén.[[179]]
El espíritu maléfico de los indo-antillanos era Juracán, cuyo vocablo ha pasado á nosotros conservado en Huracán: palabra con que se designan esos violentos ciclones, que periódicamente visitan las islas de nuestro Archipiélago, produciendo grandes estragos y destruyendo vidas y haciendas. Natural era que estos terribles meteoros impresionaran hondamente las sencillas imaginaciones de nuestros indígenas; y á juzgar por el destrozo de sus sementeras, derrumbamiento de sus bohíos, caida de las corpulentas ceibas y demás árboles, arrancados de raíz, desbordamiento de los ríos, y daños por todas partes, concibieran la idea de un espíritu perverso, dirigiendo la trayectoria del ciclón y encarnado, por decirlo así, en el mismo dañífico meteoro. Y, como una prueba más fehaciente de lo que aseveramos, véase que para designar al espíritu maligno los Chaymas dicen Yorocián, los Tamanacos Yolokiamo, los Cumanagotos Yroklamo, los Galibis Yurakán, los Caribes Yoroko, los Apalay Yoloco, los Guayanenses Yoloc y los Ypurocotes Yucreca.[[180]] El mismo vocablo, designando al espíritu maléfico, en fermentación fonética, ha sufrido alteraciones de letras ó sílabas y ha cristalizado por fin con algunas variantes, más ó menos acentuadas, en todos estos dialectos indios.[[181]] Jurakán era, pues, el espíritu maligno de los indo-antillanos. Llamaban Maboyas á los fantasmas nocturnos, que creían ellos rondaban por sus sementeras, atribuyéndoles los pequeños daños ocurridos en sus labranzas, los perjuicios en sus casas y las enfermedades de sus hijos y mujeres. Los Maboyas eran irradiaciones de Jurakán. Como los indígenas tenían gran miedo á los fantasmas de noche, creían en las apariciones de las ánimas de los difuntos, las que llamaban jupias, y de lo cual daban cuenta inmediatamente al bohique, quien tenía buen cuidado de atemorizarlos por la tal aparición y les pronosticaba algún mal.[[182]]
El bohique tenía su puesto social en el pueblo boriqueño, completamente independiente del cacique. Este era el jefe de la tribu, aquel el curandero y el augur, intermediario con la divinidad indígena. En la época de la recolección de las mieses se llevaban ofrendas de casabe, boniatos, batatas y maíz al zemí, que estaba en la casa grande de los caciques, llamada caney; y también llevaban ofrendas á la choza del bohique. Los niños consumían estas viandas. No había templos públicos, pero sí alguno que otro adoratorio, llamado ku, que era una casa de pajas, como las otras comunes, algo apartada de las demás, según Las Casas. También solían utilizar algunas cavernas para adorar sus zemis.[[183]] Pasemos á la liturgia. Cuando el bohique iba á consultar al ídolo, antes hacía la ceremonia llamada cojoba, que era absorver por las narices el cojibá, tabaco en polvo, tomado de un plato redondo, hecho de madera negra, muy lisa y pulimentada. Esta ceremonia la hacía el bohique mediante un instrumento, también de madera negra, en forma de una Y griega mayúscula, según Oviedo, ó dos tubillos de cañas huecas, pareadas, según otros autores. Estimulado el augur por el narcotismo del tabaco, como un poseido, empezaba á profetizar. Igual ceremonia solían practicar juntos bohique, cacique y nitaynos cuando había que resolver, en consejo de jefes, alguna cuestión ardua, como sus guerrillas, que eran muy frecuentes por motivo de los límites de sus cacicazgos. Dato importantísimo, anotado por Las Casas, y que desvirtúa por completo el consignado por Mártir de Anglería, de que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo, ó sea que no tenían los rudimentos principales del derecho de propiedad.
El fumar tabaco nunca fué una ceremonia religiosa entre los indígenas, sino un uso común, como se deduce claramente del libro de bitácora del Almirante y de la historia del Obispo de Chiapa. El tabaco entraba en la liturgia religiosa en forma de rapé. Son curiosos los detalles del ceremonial. El primero que tomaba polvos era el cacique, sentado en un dujo, reinando un gran silencio. Aspiraba el cobijá por las narices, se quedaba un rato con la cabeza vuelta á un lado y los brazos puestos encima de las rodillas. Después, alzaba el rostro hacia el cielo, hablaba ciertas palabras y daba, por fin, su opinión á la concurrencia de jefes.[[184]] Así procedían los demás concurrentes. El bohique, ó agorero, practicaba el ayuno para tener propicia á la divinidad, lo que prueba tenía alguna buena fe en sus actos religiosos, y obligaba á sus discípulos á practicarlo también.
El doctor Stahl niega que nuestros boriqueños tuvieran religión alguna.[[185]] Dice el estudioso etnólogo: “Todo inclina á creer, que los indios boriqueños carecían en absoluto de ideas religiosas”. Balmes, el profundo filósofo catalán, aconseja que jamás será exajerado el cuidado que pongamos en fijar con propiedad y exactitud el sentido de las palabras, especialmente de aquellas que sean el eje sobre que jira una cuestión. Fiel á este consejo precisemos el valor del vocablo religión. Para nosotros, religión es el culto que el hombre rinde á la Divinidad, en harmonía con su estado de civilización; es el culto á lo Desconocido: la aspiración á lo Infinito: la idea vaga del Ser Supremo: la sensación humana de que en la naturaleza palpita una Inteligencia Suprema. El indo-antillano pasó del fetichismo al totemismo y á la idolatría, manteniendo restos de cada uno de estos períodos mitológicos en su teogonía, como ha ocurrido con otros pueblos. A la llegada de Colón se hallaba el indígena en el dualismo de las ideas religiosas del bien y del mal, creyéndolas ligadas á la naturaleza é interpretándolas vagamente.[[186]]
El ilustrado historiador dominicano don José Gabriel García[[187]] opina, que los indígenas dominicanos “rendían también fervoroso culto á cuatro estrellas que consideraban como transformaciones de Racuno, Sabaco, Achinao y Coromo, hijos predilectos de Louquo, ser omnipotente, que había premiado sus buenas obras, colocándoles en el firmamento, revestidos de un poder celestial.” Esta es una leyenda religiosa, que no tiene base en que poderla cimentar el señor García. Ha cometido esta equivocación por seguir á Champlain, Laborde y Souvestre en la teogonía caribe de las Islas de Barlovento.
El Almirante, en la carta que dirigió á los Reyes Católicos, escrita en el mar cuando regresaba de su primer viaje, y enviada desde Lisboa á Barcelona, en Marzo de 1493, dice: “Y no conocían ninguna secta, ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien están en el cielo.” De modo que Pedro Mártir de Anglería tomó sus informes de los papeles del primer viaje de Colón y de los relatos de los españoles vueltos á la Península, por aquellos tiempos, y aseveró “que no adoraban más que á las lumbreras visibles del cielo”. Esto decía en su carta al cardenal Luís de Aragón, escrita en Granada el 23 de Abril de 1494, añadiendo: “Sábete, que yo escogí estas pocas cosas de los originales del mismo Prefecto marítimo, Colón.” Después, al cotejar los trabajos de Fray Román Pane, que son de 1496 á 97, aceptó, que “observaban varias ceremonias y ritos.”[[188]]. Las Casas, que vivió entre los haytianos largo tiempo, nada dice respecto al culto del sol, la luna, ó las estrellas. Oviedo tampoco.
Sin embargo, las piedras figurando estos astros se han encontrado en Puerto Rico. En nuestra propia casa, cuando éramos niños, había una media luna de piedra, artísticamente trabajada. Fué extraída por el ancla de un buque del fondo del puerto de Arecibo. Creemos que estos ídolos no procedían de la industria pétrea indo-antillana, sino que eran del inmediato Continente, traídos á Boriquén, donde empezaba á iniciarse la astrolatría, en su forma primitiva, sin diferir esencialmente del culto natural de una montaña ó de un animal. (Totemismo). De manera que entre los indo-antillanos no había adoratorios al sol ó á la luna, como en el Perú y otros países de América, ni culto, ni ofrenda, ni sacrificio alguno; ni siquiera la danza de salutación de los Semínolas, al salir el sol. Según el doctor Crévaux, los indígenas de las Guayanas no adoraban los astros.[[189]]
Los indo-antillanos llamaban al cielo turey; pero sin rendirle culto alguno, ni á ninguno de sus luminares. Respecto á los astros, Pane dice á Colón, en su célebre informe: “Saben los indios de donde tuvo origen el sol y la luna.” Y más adelante trasmite la leyenda sobre la procedencia de los luminares celestes, manifestando, que los indígenas decían, “que el sol y la luna salieron de una cueva que está en la tierra del cacique Maosiá Siboex; y á la cueva llamaban Jobobaba, y la tenían en mucha estimación, pintada sin figuras, á su manera, adornada con follajes y cosas semejantes. En esta cueva había dos zemís, de piedra, del tamaño de medio brazo y los tenían en gran veneración y á los cuales pedían la lluvia y otras cosas. Uno de los ídolos se llamaba Boiníaex y el otro Marojú.” De modo que también los datos suministrados por el informador eremita benedictino son contrarios á la astrolatría de los indo-antillanos.
El boriqueño tenía una nebulosa idea de ultratumba. Para los indo-antillanos no todo terminaba con la muerte. No comprendían la inmortalidad del alma; y tenían una creencia esencialmente distinta de la nuestra sobre la vida futura. El ánima del difunto, la jupía, se replegaba á un sitio apartado de la Isla, el coaibay, donde de día estaba quieta y de noche salía á pasear, á comer de las frutas silvestres, hasta comunicarse con los demás seres vivientes. Estos espíritus, tenían para los indígenas envoltura mortal.
El hombre primitivo empieza por rendir adoración á aquello que le tiene miedo y se imagina que le hace mal; después venera lo que cree que le hace bien; y surge entonces el terrible dualismo mitológico, que tanto ha dado, y da que hacer, en todas las religiones. El bien y el mal físicos son innegables; y esta realidad subjetiva guía al hombre inculto. Ansioso mira en torno, levanta la cabeza al cielo y desea conocer el origen de las cosas, con el mismo anhelo que vemos estalla en el niño ese deseo tan pronto le ilumina la luz de la razón. Ve el día y la noche, la alborada y las tinieblas, el sol y la luna, el fuego y el agua, la tierra y el cielo, el abismo y la montaña, el río grato con sus claras linfas para apagar la sed, y el mar amargo con sus diáfanas ondas, el mismo líquido agrio y dulce, la vida y la muerte en torno suyo.... y piensa.... y reflexiona. ¡Cuán profundo misterio!.... La luz ahuyenta las tinieblas, que retornan para no darse por vencidas: el fuego consume el agua y ésta cae en benéfica lluvia para combatir el calor: el mar golpea la tierra de continuo y ruge y se encrespa, y los ríos desde la altura desaguan humildemente en el mar: las nubes ocultan el sol y el luminar del día rasga el tempestuoso nublado y resplandece de nuevo: el rayo quema el árbol, y el aniquilado tronco reverdece prontamente: el buen tiempo favorece sus labranzas y el huracán destroza su choza y su sementera. ¡Qué terrible dualismo! El hombre primitivo tuvo que quedar absorto y abrumado ante estos sublimes fenómenos de la naturaleza y caer en tierra, postrado por la emoción. Y ante el dolor, que lo aterra, y el miedo que se apodera de sus sentimientos, crea en su imaginación el mito del espíritu del mal; y procura aplacarlo, rindiéndole culto y sacrificio. Por el contrario, ante el placer que exalta sus sentidos, relampaguea su razón y se expande entonces el sentimiento de la gratitud; y el amor al espíritu del bien, que él cree que le proteje y ayuda, le hace rendirle adoración con ritos, ceremonias y ofrendas.