OBRAS COMPLETAS
DE
EMILIA PARDO BAZAN
CONDESA DE PARDO BAZÁN
TOMO 16
EMILIA PARDO BAZAN
CONDESA DE PARDO BAZAN
OBRAS COMPLETAS.—TOMO 16
\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/
ADMINISTRACION
Calle de San Bernardo, 37, principal
MADRID
| [AL ÍNDICE] |
| Es propiedad. |
| Queda hecho el depósito |
| que marca la ley. |
R. Velasco, impresor, Marqués de Santa Ana, 11
PREFACIO
TRANQUILÍZATE, lector: no se trata de un prólogo grave pegado á un libro de entretenimiento, lastre de plomo de algo tan leve como el ala de la mariposa: sólo encontrarás aquí unas cuantas advertencias, por otra parte innecesarias si para mí no rigiesen distintas leyes que para los demás autores, y si en mí no se calificase de delito lo que en ellos es acción indiferente, cuando no gracia merecedora de aplauso.
No ignorarás que he escrito á estas fechas gran número de cuentos, pero acaso te sorprenda si digo que pasan de cuatrocientos, y á todo correr se acercan á quinientos ya. No pocos, antes de ser recogidos en volumen, andan vertidos á varias lenguas en tierras muy lejanas, á pesar del descuido de una autora que no por indiferencia ni por desdén, sino por falta de tiempo, suele no contestar á las amables cartas de sus bondadosos traductores.
De estos cuatrocientos y pico de cuentos hay tres ó cuatro de los cuales se murmuró; para decir más verdad, de quien se murmuró no fué de ellos, sino de mí, negándome la propiedad del asunto. Ninguno de los incluídos en el presente volumen ha sido discutido, que yo sepa, en concepto tal; pero me adelanto, lector, á advertirte que tres de los que aquí te ofrezco no son míos por el asunto, y cinco ó seis tampoco son patrimonio de mi inventiva, sino narraciones de casos auténticos y reales—lo que Fernán Caballero llamaba sucedidos.—Yo los vestí y arreglé á mi manera, unas veces por gusto y capricho, otras, sobre todo cuando se trata de sucesos recientes, por respetos á la vida privada ajena.
Al ver la luz en El Imparcial el cuento titulado La sirena, consigné en nota que su asunto estaba tomado de un lindo y breve apólogo de Leopoldo Trenor, La gata blanca. Después hubo quien me aseguró que el apólogo, á su vez, se funda en una poesía alemana. No he podido comprobar la aserción, y queda rectificada de antemano, si fuese inexacta y si el señor Trenor, en vez de hacer como yo hice, hubiese concebido la idea primera del apólogo.
La cabellera de Laura es libre glosa de un ejemplo que refiere el franciscano Padre Juan Laguna en sus Casos raros de vicios y virtudes para escarmiento de pecadores.—Mi suicidio y Cuento soñado, son pensamientos que me sugirió platicando el ilustre y venerable Campoamor; y aunque él, á fuer de opulento, no reclamaría nunca esas dos perlitas, me complazco en agradecerle el donativo y en pedirle excusas por el engarce.
Y pues se trata de perlas, vamos á La perla rosa. Verdaderamente me asombra, lector entendido, que mis vigilantes aduaneros y agentes del resguardo no hayan gritado ¡matute! cuando inserté ese cuento en El Liberal. Me denuncio, ya que ellos se duermen. A los pocos meses de aparecer en El Liberal La perla rosa, ví en el mismo diario un cuento ajeno, firmado por León de Tinseau, y titulado La perla negra, que, además de la semejanza del título, ofrecía coincidencias de asunto. En ambos cuentos, la pérdida de una perla descubre la falta de una mujer. Leído el cuento de Tinseau, tuve esperanzas de que fuese posterior en fecha al mío, y escribí á Miguel Moya rogándole me dijese dónde lo había encontrado. Al saber que en un libro que lleva por epígrafe Mon oncle Alcide, lo encargué á Francia, y ví que estaba impreso hacía tres ó cuatro años. Por lo tanto, á la letra, yo soy quien ha aprovechado una idea de Tinseau. Los que no den crédito á mi afirmación de que ni sospechaba la existencia de La perla negra cuando escribí La perla rosa, dueños son de afirmar á su vez que ésta es hija de aquélla. Sin falsa modestia, debo añadir que La perla rosa tiene mejor oriente.
Con igual sinceridad declaro que si el cuento de Tinseau resultase escrito después que el mío, no por eso creería yo á ojos cerrados que era imitación ó copia. Algún celebrado escritor español podría atestiguar que no padezco la obsesión de tomar las coincidencias fortuitas por atentados contra mi propiedad; algún francés podría dar fe de lo mismo. Ideas análogas se les ocurren á escritores contemporáneos sujetos á influencias similares, y no lo dudará nadie que conozca la historia literaria. No insisto, porque he prometido no cansarte, lector, al menos á sabiendas.
Supongo que no necesita apología el hecho de que varios cuentos míos se funden en sucesos reales. Las corrientes vienen y van; hace veinte años, tal vez incurriría en censura de los doctores de la iglesia crítica, no por basar en la realidad ciertos cuentos, sino por inventar de pies á cabeza la inmensa mayoría de los que escribo. Ambos procedimientos, á mi entender, son igualmente lícitos, como lo es el refundir asuntos ya tratados, ó el buscarlos en la tradición y la sabiduría popular ó folklore. No hay género más amplio y libre que el cuento; no hay, entre los más insignes, cuentista algo fecundo que no explote todas las canteras y filones, empezando por el de su propia fantasía y siguiendo por los variadísimos que le ofrecen las literaturas antiguas y modernas, escritas y orales. De chascarrillos que corrían de boca en boca se hizo recientemente un libro, redactado por ilustres escritores, y en el Prólogo que lo encabeza, una pluma famosísima consignó el principio de que al cuentista le basta la propiedad de la forma de que sabe revestir el cuento más resobado, trillado y vulgar. El principio estaba ya sancionado por la práctica, y no era necesario el nuevo ejemplo para legitimar lo que de tiempo inmemorial venía practicándose.
Por otra parte, quizás nunca como ahora ha sobreabundado la invención en los cuentistas. Antaño era usual apoderarse de una colección de apólogos ó fábulas orientales—persas ó chinas, árabes ó indianas—y, sin más ceremonias, traduciéndolas y adaptándolas en lenguaje castizo, se graduaba un escritor de cuentista y de moralista. El cuento literario original es relativamente novísimo en las literaturas occidentales: procede de la transformación de la poesía épico-lírica, y tiene precedentes, no sólo en los fabliaux y en los ejemplos de los libros devotos (aun hoy mina inagotable para el cuentista) sino en ciertas composiciones poéticas con argumento; verbi-gracia, las Cantigas de Alfonso el Sabio y las baladas alemanas. Noto particular analogía entre la concepción del cuento y la de la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo, y muy intensas—porque á ello obliga la brevedad, condición precisa del cuento.—Cuento original que no se concibe de súbito, no cuaja nunca. Días hay—dispensa, lector, estas confidencias íntimas y personales—en que no se me ocurre ni un mal asunto de cuento, y horas en que á docenas se presentan á mi imaginación asuntos posibles, y al par siento impaciencia de trasladarlos al papel. Paseando ó leyendo; en el teatro ó en ferrocarril; al chisporroteo de la llama en invierno y al blando rumor del mar en verano, saltan ideas de cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas en la mente del poeta lírico, que suele concebir de una vez el pensamiento y su forma métrica. De las ideas que en tropel me acuden, no aprovecho la mitad; desecho infinitas, no sólo por creerlas desde el primer instante indignas de vivir, sino porque algunas me parecen atrevidas, peligrosas y capaces de horripilarte, ¡oh lector no siempre benévolo! Si esto pasa con las ideas de cosecha propia, en mayor proporción quizás acontece con las que me sugieren los libros viejos, y sobre todo, las que se fundan en datos de la vida real. Por fuerte y viva que supongamos la fantasía de un escritor, jamás llega al límite de la realidad posible. Cuanto pudiésemos fingir, queda muy por bajo de lo verdadero. Llamamos inverosímil á lo inusitado; pero no hay acaecimiento extraño, monstruoso, espeluznante y peregrino que no conozcamos por la realidad. Lo saben los de mi profesión: nunca se puede incorporar á la literatura toda la verdad observada, so pena de ser tildado de extravagante, de escritor descabellado y de bárbaro sin gusto ni delicadeza; y sin embargo, las mayores osadías y crudezas de la pluma, aunque sea de hierro y la mojemos en ácido sulfúrico, son blandenguerías para lo que escribe en caracteres de fuego la realidad tremenda.
He observado el estremecimiento del público ante ciertos cuentos verdaderos. Ahí están, para ejemplo en el presente tomo, Los buenos tiempos y Sor Aparición. De Sor Aparición se espantó mucha gente. Releo el cuento despacio y no puedo explicarme tal horror, sino por la crueldad de lo real que palpita en él. La narración pienso que está hecha en términos bien honestos, con el mayor recato y decoro posible; además, he modificado la historia, y presentado á la infeliz enamorada del burlador Camargo cuando ejercita la más rigurosa y ejemplar penitencia. Tantos años de mortificación y de lágrimas la impuse, que deben bastar para sosiego del más asombradizo. La verdad estricta es que ignoro el paradero de la víctima de esa broma infame, dada por uno de nuestros mayores poetas románticos. No sé si entró en un convento, si se entregó á la disipación, ó si vegetó en la indiferencia; pero me ha parecido que, dentro de la concepción ideal del cuento, tenía que expiar su yerro para ennoblecer su desventura. Y cátate que, así y todo, bastante gente se persignó, como se persignó al leer Los buenos tiempos, historia trágica de la cual se conservan testimonios y recuerdos todavía. Acaso el público sea hoy mas nervioso é impresionable que en otras épocas; sólo así se comprende que de libros de devoción clásicos y venerables no se pueda extraer un cuento sin que se alborote el cotarro y se desquicie la bóveda celeste. De esto volveremos á hablar, oh lector, cuando publique mis Cuentos sacro-profanos.
Emilia Pardo Bazán.
El amor asesinado
NUNCA podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarla punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma á los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió á la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último, en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y la decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos».
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio á mirar el campo y á gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente,—sólo consiguió Eva que el Amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado ó por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose á salvo de atrevimientos y demasías: mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardigüelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante á la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener á raya al malvado Amor, Eva comenzó á pensar en la manera de librarse de él definitivamente, á toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era á muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas ó cae suspirando en morisca fuente.
Y el Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vió calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó á extrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquél! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre... Y cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin Eva soltó á su víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía: estaba muerto,—tan muerto como mi abuela.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía á su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...
El Amor, á quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.
El viajero
FRÍA, glacial era la noche. El viento silbaba medroso y airado, la lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en fuertes chaparrones; y las dos ó tres veces que Marta se había atrevido á acercarse á su ventana por ver si aplacaba la tempestad, la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y la horrorizó el rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que parecía echar abajo la casa.
Al punto en que con más furia se desencadenaban los elementos, oyó Marta distintamente que llamaban á su puerta, y percibió un acento plañidero y apremiante que la instaba á abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba á Marta desoirlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino honrado se atreve á echarse á la calle, sólo los malhechores y los perdidos libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de aventuras y presa. Marta debió haber reflexionado que el que posee un hogar, fuego en él, y á su lado una madre, una hermana, una esposa que le consuele, no sale en el mes de Enero y con una tormenta desatada, ni llama á puertas ajenas, ni turba la tranquilidad de las doncellas honestas y recogidas. Mas la reflexión, persona dignísima y muy señora mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se había quedado zaguera según costumbre, y el impulso de la piedad, el primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella, al través del postigo, preguntase compadecida: «¿Quién llama?» Voz de tenor dulce y vibrante respondió en tono persuasivo: «Un viajero.» Y la bienaventurada de Marta, sin meterse en más averiguaciones, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y dió vuelta á la llave, movida por el encanto de aquella voz tan vibrante y tan dulce.
Entró el viajero, saludando cortesmente; y quitándose con gentil desembarazo el chambergo, cuyas plumas goteaban, y desembozándose la capa, empapada por la lluvia, agradeció la hospitalidad y tomó asiento cerca de la lumbre, bien encendida por Marta. Esta apenas se atrevía á mirarle, porque en aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba á hacer de las suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que llama, es ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse á levantar los ojos, vió de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle, descolorido, rubio, cara linda y triste, aire de señor acostumbrado al mando y á ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de confusión, aunque el viajero se mostraba reconocido y la decía cosas halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y á fin de disimular su turbación, se dió prisa á servir la cena y ofrecer al viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese á dormir.
Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noche, esperando con impaciencia que rayase el alba para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando bajó, ya descansado y sonriente, á tomar el desayuno, nada habló de marcharse, ni tampoco á la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su labia y sus paliques, no tuvo valor para decirle que ella no era mesonera de oficio.
Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño ni más amo que aquel viajero á quien en una noche tempestuosa tuvo la imprevisión de acoger. El mandaba, y Marta obedecía sumisa, muda, veloz como el pensamiento.
No creáis por eso que Marta era propiamente feliz. Al contrario, vivía en continua zozobra y pena. He calificado de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor traían á Marta medio loca. Al principio el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero, humilde; pero fué creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa, cuando menos debía temerse ó esperarse, estaba frenético ó contentísimo, pasando, en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa á la rabia. Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos é insensatos, que á los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se desesperaba como un hombre; ya hartaba á Marta de improperios, ya la prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas.
Sus extravagancias eran á veces tan insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través y el corazón á dos dedos de la boca, maldecía el fatal momento en que dió acogida á su terrible huésped. Lo malo es que cuando justamente Marta, apurada la paciencia, iba á saltar y á sacudir el yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón con una sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito goce de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.
¡Qué en olvido las tenía puestas,... cuando el huésped, á medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció que ya había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas que la arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras, promesas de escribir, de volver, de recordar. Y como Marta, en su amargura, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y vibrante, alegó por vía de disculpa: «Bien te dije, niña, que soy un viajero. Me detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.» Y habéis de saber que sólo al oir esta declaración franca, sólo al sentir que se desgarraban las fibras más íntimas de su ser, conoció la inocentona de Marta que aquel fatal viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al dictador cruelísimo del orbe.
Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para atender á lagrimitas está él!), sin cuidarse del rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fué, embozado en su capa, ladeado el chambergo—cuyas plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente—en busca de nuevos horizontes, á llamar á otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de alarmas, y entregada á la compañía de la grave y excelente reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón, que la duele á fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por si llama á la puerta el huésped.
El corazón perdido
YENDO una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo: me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. Debe de habérsele perdido á alguna mujer—pensé al observar la blandura y delicadeza de la tierna víscera que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese todavía dentro del pecho de su dueña.—Lo envolví con esmero en un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué á averiguar quien era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos, que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas—como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal—el lugar que ocupa el corazón.
Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente á la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro! la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fué que, al decirla yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba á sus órdenes por si gustaba recogerlo, la mujer indignada juró y perjuró que no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta tenía corazón! Y cuando la ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que ó la faltaba el corazón, ó era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.
Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y á todas las eché los anteojos y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, ó no había existido nunca, ó se había perdido tiempos atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse á aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían á arrostrar el peligro de poseer un corazón.—Iba desesperando de restituir á un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté á ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho ¡por fin! distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué—pues reconozco que era un absurdo brindar corazón á quien lo tenía tan vivo y tan despierto—se me ocurrió hacer la prueba de presentarla el que habían desechado todas; y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba á dejar otra vez caído sobre los guijarros.
Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse á suprimir uno de sus dos corazones, ó los dos á un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que, lo que la arrebataba de este mundo era la ruptura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho á un corazón perdido en la calle.
Mi suicidio
A Campoamor.
Muerta ella; tendida, inerte, en el horrible ataúd de barnizada caoba que aun me parecía ver con sus doradas molduras de antipático brillo, ¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo, mi ilusión, mi delicia toda... y desaparecer así, de súbito, arrebatada en la flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como decirme con melodiosa voz—la voz mágica, la voz que vibraba en mi interior produciendo acordes divinos: «Pues me amas, sígueme.»
¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi cariño, á la altura de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono á que me condenaba la adorada criatura huyendo á lejanas regiones. Seguirla, reunirme con ella, sorprenderla en la otra orilla del río fúnebre... y estrecharla delirante, exclamando: «Aquí estoy. ¿Creías que viviría sin tí? Mira como he sabido buscarte y encontrarte y evitar que de hoy más nos separe poder alguno de la tierra ni del cielo.»
...............................
Determinado á realizar mi propósito, quise verificarlo en aquel mismo aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de ventura, medidas por el suave ritmo de nuestros corazones... Al entrar olvidé la desgracia, y pareciome que ella, viva y sonriente, acudía como otras veces á mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y dejando irradiar en sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el arrebol de la felicidad.—Allí estaba el amplio sofá donde nos sentábamos tan juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia cuya llama tendía los piececitos, y á la cual yo, envidioso, los disputaba abrigándolos con mis manos, donde cabían holgadamente; allí la butaca donde se aislaba, en los cortos instantes de enfado pueril que duplicaban el precio de las reconciliaciones; allí la gorgona de irisado vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas y pálidas, que su mano había dispuesto artísticamente para festejar mi presencia... Y allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado, inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma... es decir, su retrato, su gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre artista, que la representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes preferidos, la sencilla y cándida bata de blanca seda que la envolvía en una nube de espuma. Y era su actitud familiar, y eran sus ojos verdes y lumínicos que me fascinaban, y era su boca entreabierta, como para exclamar, entre halago y reprensión, el «¡qué tarde vienes!» de la impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían á mi cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había cautivado un alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor de la existencia... Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me recordaba nuestra unión; allí, al pie del querido retrato, arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo de la pistola inglesa de dos cañones—que lleva en su seno el remedio de todos los males y el pasaje para arribar al puerto donde ella me aguardaba...—Así no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie: los cerraría mirándola, y volvería á abrirlos, viéndola no ya en pintura, sino en espíritu...
La tarde caía; y como deseaba contemplar á mi sabor el retrato al apoyar en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas las bujías de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el secreter de palo de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos de nuestra dilatada é íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas páginas me impulsó á abrir el mueble.
Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que recibía devolvíalas una vez leídas, por precaución, por respeto, por caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para destruirlas, y que de los cajoncitos del secreter volvería á alzarse su voz insinuante y adorada, repitiendo las dulces frases que no habían tenido tiempo de grabarse en mi memoria. No vacilé—¿vacila el que va á morir?—en descerrajar con violencia el primoroso mueblecillo. Saltó en astillas la cubierta, y metí la mano febrilmente en los cajoncitos, revolviéndolos ansioso.
Sólo en uno había cartas.—Los demás los llenaban cintas, joyas, dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados.—El paquete, envuelto en un trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se palpa la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y acercándome á la luz, me dispuse á leer. Era letra de ella: eran sus queridas cartas. Y mi corazón agradecía á la muerta el delicado refinamiento de haberlas guardado allí, como testimonio de su pasión, como codicilo en que me legaba su ternura.
Desaté, desdoblé, empecé á deletrear... Al pronto creía recordar las candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones á detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer des personas en el mundo. Sin embargo, á la segunda carilla, un indefinible malestar, un terror vago, cruzaron por mi imaginación, como cruza la bala por el aire antes de herir. Rechacé la idea; la maldije; pero volvió, volvió... y volvió apoyada en los párrafos de la carilla tercera, donde ya hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir á mi persona y á la historia de mi amor... A la cuarta carilla, ni sombra de duda pudo quedarme: la carta se había escrito á otro, y recordaba otros días, otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos...
Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por una, pues todavía la esperanza terca me convidaba á asirme de un clavo ardiendo... Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquella se había deslizado en el grupo como aislado memento de una historia vieja y relegada al olvido... Pero al examinar los papeles; al descifrar, frotándome los ojos, un párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las epístolas que contenía el paquete había sido dirigida á mí... Las que yo recibí y restituí con religiosidad, probablemente se encontraban incorporadas á la ceniza de la chimenea; y las que, como un tesoro, ella había conservado siempre, en el oculto rincón del secreter, en el aposento testigo de nuestra ventura... señalaban, tan exactamente como la brújula señala el norte, la dirección verdadera del corazón que yo juzgara orientado hacia el mío... ¡Más dolor, más infamia! De los terribles párrafos, de las páginas surcadas por rengloncitos de una letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo saqué en limpio que tal vez... al mismo tiempo ó muy poco antes... Y una voz irónica gritábame al oído: «Ahora sí... ahora sí que debes suicidarte, desdichado!»
Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué, según había resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón... y apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso... con los dos tiros... reventé los dos verdes y lumínicos ojos, que me fascinaban.
La última ilusión de don Juan
LAS gentes superficiales, que nunca se han tomado el trabajo de observar al microscopio la complicada mecánica del corazón, suponen buenamente que á don Juan, el precoz libertino, el burlador sempiterno, le bastan para su satisfacción los sentidos y á lo sumo la fantasía, y que no necesita ni gasta el inútil lujo del sentimiento, ni abre nunca el dorado ajimez donde se asoma el espíritu para mirar al cielo cuando el peso de la tierra le oprime. Y yo os digo en verdad que eses gentes superficiales se equivocan de medio á medio y son injustas con el pobre don Juan, á quien sólo hemos comprendido los poetas, los que tenemos el alma inundada de caridad y somos perspicaces... cabalmente porque, cándidos en apariencia, creemos en muchas cosas.
A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la historia de cómo alimentó y sostuvo don Juan su última ilusión... y cómo vino á perderla.
Entre la numerosa parentela de don Juan—que dicho sea de paso, es hidalgo como el Rey—se cuentan unas primitas provincianas muy celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus hermanas por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el fervor de la religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban la beatita. Su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma: parecíase á una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena de la servilleta, llamada Refitolera, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el humor vagabundo de don Juan le impulsaba á darse una vuelta por la región donde vivían sus primas, iba á verlas, frecuentaba su trato, y pasaba con Estrella pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al perdido hacia la santa, y más aún á la santa hacia el perdido, os diré que era quizás el mismo contraste de sus temperamentos... y después de esta explicación, nos quedaremos tan enterados como antes.
Lo cierto es que mientras don Juan galanteaba por sistema á todas las mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la más mínima insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de todos los hombres, veníase á la mano de don Juan como la mansa paloma, confiada, segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones de los primos podía oirlas el mundo entero: después de horas de charla inofensiva, reposada y dulce, levantábanse tan dueños de sí mismos, tan tranquilos, tan venturosos, y Estrella volaba á la cocina ó á la despensa á preparar con esmero algún plato de los que sabía que agradaban á don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo con que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo tiempo por abrasados arenales.
Cuando don Juan levantaba el vuelo, yéndose á las grandes ciudades en que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas cartas, y él contestaba en pocos renglones,—pero siempre.—Al retirarse á su casa al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal ó vibrantes aún sus nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse para mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño—porque también don Juan los cosecha;—al prepararse al lance de honor templando la voluntad para arrostrar impávido la muerte; al reir, al blasfemar, al derrochar su mocedad y su salud cual pródigo insensato de los mejores bienes que nos ofrece el cielo, don Juan reservaba y apartaba, como se aparta el dinero para una ofrenda á Nuestra Señora, diez minutos que dedicar á Estrella. En su ambición de cariño, aquella casta consagración de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua que se bebe en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres podían llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase el leal afecto de Estrella la beatita. A cada carta ingenua y encantadora que recibía don Juan, soñaba el mismo sueño; se veía caminando difícilmente por entre tinieblas muy densas, muy frías, casi palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa del relámpago y el culebreo del rayo; pero allá lejos, muy lejos, donde ya el cielo se esclarecía un poco, divisaba don Juan blanca figura velada, una mujer con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.
En efecto, corrían años; don Juan se precipitaba más, despeñado por la pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con regularidad inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan gratas á don Juan estas cartas, que había determinado no volver á ver á su prima nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el tiempo, y no tener luego ilusión bastante para sostener la correspondencia. A toda costa deseaba eternizar su ensueño, ver siempre á Estrella con rostro murillesco, de santita virgen de veinte años. Las epístolas de don Juan, á la verdad, expresaban vivo deseo de hacer á su prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como nadie le impedía á don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo realizaba, que no debía de apretarle mucho.
Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió don Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía á don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba á casarse muy pronto... Se había presentado un novio á pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, á quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones de todos habían decidido á la santita,—que esperaba, con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.
Quedó don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo lanzó con desprecio á la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le hubiese tratado de bellaca calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!
Desde aquel día don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el que aún tenía algo de hombre, es solo fiera, con dientes para morder y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica, su amor un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre...
Me diréis que la santita tenía derecho á buscar felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de los poetas, menos malo es ser galeote, del vicio que desertor del ideal. La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable.—Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero soñador.
Desquite
TRIFÓN Liliosa nació raquítico y contrahecho, y tuvo la malaventura de no morirse en la niñez. Con los años creció más que su cuerpo su fealdad, y se desarrolló su imaginación combustible, su exaltado amor propio y su nervioso temperamento de artista y de ambicioso. A los quince, Trifón, huérfano de madre desde la cuna, no había escuchado una palabra cariñosa; en cambio había aguantado innumerables torniscones, sufrido continuas burlas y desprecios, y recibido el apodo de Fenómeno; á los diez y siete se escapaba de su casa, y, aprovechando lo poco que sabía de música, se contrataba en una murga, en una orquesta después. Sus rápidos adelantos le entreabrieron el paraíso: esperó llegar á ser un compositor genial, un Weber, un Listz. Adivinaba en toda su plenitud la magnificencia de la gloria, y ya se veía festejado, aplaudido, olvidada su deformidad, disimulada y cubierta por un haz de balsámicos laureles. La edad viril—¿pueden llamarse así los treinta años de un escuerzo?—disipó estas quimeras de la juventud. Trifón Liliosa hubo de convencerse de que era uno de los muchos llamados y no escogidos; de los que ven cercana la tierra de promisión, pero no llegan nunca á pisar sus floridos valles. La pérdida de ilusiones tales deja el alma muy negra, muy ulcerada, muy venenosa. Cuando Trifón se resignó á no pasar nunca de maestro de música á domicilio, tuvo un ataque de ictericia tan cruel, que la bilis le rebosaba hasta por los amarillentos ojos.
Lecciones le salían á docenas, no sólo porque era en realidad un excelente profesor, sino porque tranquilizaba á los padres su ridícula facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba á correr peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón, cuyas manos desproporcionadas parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas á medio despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo alguno—al llamarle para enseñar á su hija canto y piano,—la madre de la linda María Vega. Sólo á un sujeto «así como él», le permitiría acercarse á niña tan candorosa y tan sentimental. ¡Mientras mayor inocencia en las criaturas, más prudencia y precaución en las madres!
Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y caritativa la franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su miseria el miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó sin duda la inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo, sabría de sobra que era un monstruo; y ciertamente, Trifón se había mirado y conocía su triste catadura; y así y todo le hirió, como hiere el insulto cobarde, la frase que le excluía del número de los hombres; y aquella noche misma, revolviéndose en su frío lecho, mordiendo de rabia las sábanas, decidió entre sí: «Esta pagará por todas: ésta será mi desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi cuerpo, no sabe que con el espíritu se puede seducir á las mujeres que tienen espíritu también!»
Al día siguiente empezaron las lecciones de María, que era en efecto una niña celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas que para marchitarlas basta un soplo de aire. Acostumbrado Trifón á que sus discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó que María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de la niña, en vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien fácil le fué observar que la nueva discípula poseía un alma delicada, una exquisita sensibilidad, y la música producía en ella impresión profunda, humedeciéndose sus azules ojos en las páginas melancólicas, mientras las melodías apasionadas apresuraban su aliento. La soledad y retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y recogiese en abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la hacían más propensa á exaltarse y á soñar. Por experiencia conocía Trifón esta manera de ser, y cuanto predispone á la credulidad y á las aspiraciones novelescas. Cautamente, á modo de criminal reflexivo que prepara el atentado, observaba los hábitos de María, las horas á que bajaba al jardín, los sitios donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella sola; y prolongando la lección sin extrañeza ni recelo de los padres, eligiendo la música mas perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo á que María iba á entregarse.
Dos ó tres meses hacía que la niña estudiaba música, cuando una mañana, al pie de cierta maceta que regaba todos los días, encontró un billetito doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era un suave preludio de ella: no tenía firma, y el autor anunciaba que no quería ser conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con expresar sus sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María, pensativa, rompió el billete; pero al otro día, al regar la maceta, su corazón quería salirse del pecho y temblaba su mano, salpicando de menudas gotas de agua su traje. Corrida una semana, nuevo billete,—tierno, dulce, poético, devoto;—pasada otra más, dos pliegos rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña no se apartaba del jardín, y á cada ruido del viento en las hojas pensaba ver aparecerse al desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía. Mas el autor de los billetes no se mostraba, y los billetes continuaban, elocuentes, incendiarios, colocados allí por invisible mano, solicitando respuestas y esperanzas. Después de no pocas vacilaciones, y con harta vergüenza, acabó la niña por trazar unos renglones, que depositó en la maceta, besándola;—eran la ingenua confesión de su amor virginal.—Varió entonces el tono de las cartas: de respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero el incógnito no quería presentarse; temía perder lo conquistado; ¿á qué ver la envoltura física de un alma? ¿qué le importaba á María el barro en que se agitaba un corazón? Y María, entregado ya completamente el albedrío á su enamorado misterioso, ansiaba contemplarle, comerle con los ojos, segura de que sería un dechado de perfecciones, el sér más bello de cuantos pisan la tierra. Ni cabía menos en quien de tan expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María, sólo con releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin, después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el invisible y la reclusa, María recibió una epístola, que decía en substancia: «Quiero que vengas á mí»; y después de una noche de desvelo, zozobra, llanto y remordimiento, la niña ponía en la maceta la contestación terrible: «Iré cuando y como quieras.»
¡Oh! ¡Qué temblor de alegría maldita asaltó á Trifón, el monstruo, el ridículo Fenómeno, al punto en que, dentro del carruaje sin faroles donde la esperaba, recibió á María con los brazos! La completa obscuridad de la noche—escogida, de boca de lobo—no permitía á la pobre enamorada ni entrever siquiera las facciones del seductor... Pero, balbuciente, desfallecida, con explosión de cariño sublime, entre aquellas tinieblas, María pronunció bajo, al oído del ser deforme y contrahecho, las palabras que éste no había escuchado nunca, las rotas frases divinas que arranca á la mujer de lo más secreto de su pecho la vencedora pasión... y una gota de humedad deliciosa, refrigerante como el manantial que surte bajo las palmeras y refresca la arena del Sahara, mojó la mejilla demacrada del corcovado... El efecto de aquellas palabras, de aquella sagrada lágrima infantil, fué que Trifón, sacando la cabeza por la ventanilla, dió en voz ronca una orden, y el coche retrocedió, y pocos minutos después María, atónita, volvía á entrar en su domicilio por la misma puerta del jardín que había favorecido la fuga.
Gran sorpresa la de los padres de María cuando se enteraron de que Trifón no quería dar más lecciones en aquella casa; pero mayor la incredulidad de los contados amigos que Trifón posee, cuando le oyen decir alguna vez, torvo, suspirando y agachando la cabeza:
—También á mí me ha querido, ¡y mucho! ¡y desinteresadamente!, una mujer preciosa...
El dominó verde
INCREÍBLE me pareció que me dejase en paz aquella mujer, que ya no intentase verme, que no me escribiese carta sobre carta, que no apelase á todos los medios imaginables para acercarse á mí. Al romper la cadena de su agobiador cariño, respiré cual si me hubiese quitado de encima un odio jurado y mortal.
Quien no haya estudiado las complicaciones de nuestro espíritu, tendrá por inverosímil que tanto deseemos desatar lazos que nadie nos obligó á atar, y hasta deplorará que mientras las fieras y los animales brutos agradecen á su modo el apego que se les demuestra, el hombre, más duro é insensible, se irrite porque le halagan, y aborrezca á veces á la mujer que le brinda amor. Mas no es culpa nuestra si de este barro nos amasaron, si el sentimiento que no compartimos nos molesta y acaso nos repugna, si las señales de la pasión que no halla eco en nosotros nos incitan á la mofa y al desprecio, y si nos gozamos en pisotear un corazón, por lo mismo que sabemos que ha de palpitar y verter sangre bajo nuestros crueles pies.
Lo cierto es que yo, cuando ví que por fin guardaba silencio María, cuando transcurrió un mes sin recibir recados ni epístolas delirantes y húmedas de lágrimas, me sentí tan bien, tan alegre, que me lancé al mundo con el ímpetu de un colegial en vacaciones, con ese deseo é instinto de renovación íntima que parece que da nuevo y grato sabor á la existencia. Acudí á los paseos, frecuenté los teatros, admití convites, concurrí á saraos y tertulias, y hasta busqué diversiones de vuelo bajo, á manera de hambriento que no distingue de comidas. En suma, me desaté, movido por un instinto miserable, de humorística venganza, que se tradujo en el deseo de regalar á cualquier mujer, á la primera que tropezase casualmente, los momentos de fugaz embriaguez que negaba á María—á María triste y pálida, á María medio loca por mi abandono, á María enferma, desesperada, herida en lo más íntimo por mi implacable desdén.
Es la casualidad tan antojadiza en esto de proporcionar aventuras, que si á veces presenta ocasiones en ramillete, otras no brinda una por un ojo de la cara. En muchos días de disipación y bureo, de rodar por distintas esferas sociales pidiendo guerra, no encontré nada que me tentase; y ya mi capricho se exaltaba, cuando el domingo de Carnestolendas, aburrido y por matar el tiempo, entré en el insípido baile de máscaras del Teatro Real.
Transcurrida más de una hora, sentí que empezaba á hastiarme, y reflexionaba sobre la conveniencia de tomar la puerta y refugiarme entre sábanas cortando las hojas de un libro nuevo de favorito autor, á tiempo que cruzó entre el remolino del abigarrado tropel una máscara envuelta en amplio dominó de rica seda verde. Era la máscara de fino porte y trazas señoriles, cosa ya de suyo extraña en aquel baile, y noté que con singular insistencia clavaba en mí los ojos como si desease acercarse y no se atreviese, á pesar de las franquicias del antifaz. La chispa de las pupilas ardientes de la máscara determinó en mí un repentino interés, una especie de emoción de la cual me reí por dentro, pero que me impulsó á hendir la multitud y aproximarme á la encubierta. Al ir consiguiéndolo, me convencí más y más de que la del verde dominó era dama, y dama muy principal, y que sólo la curiosidad ó algún empeño más hondo, debía de haberla arrastrado á un baile de tan mal género. «Grande será el interés que la trajo aquí—pensé—y muy visible su posición en la sociedad, para que se venga así, sin la compañía de una amiga, sin el brazo protector de un hombre. A toda costa quiere que se ignore el lance; que nadie la pueda delatar.» Y al advertir que seguía mirándome, que sus ojos me buscaban enmedio del gentío, ocurrióseme que aquel interés decisivo podía ser yo.
Con tal suposición dió un vuelco mi sangre, y jugando los codos y las rodillas lo mejor que supe, pugné por alcanzar á la gentil encapuchada. La multitud, desgraciadamente, se arremolinaba compacta y densa, formando viva muralla que me era imposible romper. De lejos veía asomar la cabeza del dominó y flotar los lazos complicados de la capucha, que disimulaba la forma, sin duda hechicera, de la testa juvenil; pero insensiblemente deslizábase hasta perderse, y el miedo de que se escabullese me espoleaba. Iba yo ganando terreno, mas la enmascarada me llevaba gran ventaja sin duda, y empecé á recelar que huía de mí, y que después de derramar en mi alma el veneno de sus fogosos ojos, ahora me evitaba, se escurría, se volvía duende para evaporarse como una visión... Este temor que sentí fué ardoroso incentivo del deseo de reunirme á la máscara. Con sobrehumano esfuerzo rompí la valla que me oprimía, y aprovechando un resquicio, me hallé poco distante del dominó verde. Sólo que este, á su vez, apretó el paso y desapareció por una de las puertas del salón.
Una persecución en toda regla emprendí entonces: persecución franca, ardorosa, caza más bien. Anhelante, acongojado, como si realmente la mujer que trataba de evadirse fuese algo que me importase mucho, recorrí velozmente los pasadizos, las escaleras, las galerías, el foyer, buscando donde quiera á la incitante máscara. Sin duda ella había adivinado con sagacidad mi violento antojo, pues parecía complacerse en desesperarme, y si teniéndome lejos se dejaba envolver por algún grupo de hombres ó se paraba en actitud negligente, apenas comprendía que me acercaba, levantaba el vuelo con ligereza de sílfide y me desorientaba por medio de impensada maniobra. De improviso alegraba un palco el fresco color verde del dominó; yo me precipitaba, y cuando llegaba jadeante á la puerta del palco, la desconocida no estaba ya en él, sino en otro de más arriba, para subir al cual había que invertir cinco minutos, tiempo suficiente á que la máscara se enhebrase por un pasillo, saliendo enfrente de mí á buena distancia. Desalado, loco, con la imaginación caldeada y secas las fauces por el afán, me apresuraba, bajaba, subía, ponía en tensión todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi espíritu sin dar alcance á la misteriosa hermosura que (ya era evidente) se complacía en burlarme.
La astucia me sirvió mejor que la agilidad en este caso. Comprendiendo que tan aristocrático dominó no querría permanecer en el baile pasadas las primeras horas de la noche, y evitaría el momento de las cenas y de las cabezas calientes; seguro de que sólo había venido allí para marearme, y logrado este objeto desaparecería, adiviné que toda su estrategia era batirse en retirada hacia la puerta, y cortándole la salida la atrapaba de fijo. También supuse que saldría por el punto más solitario, por la puerta menos alumbrada, por la calle donde es más fácil saltar furtivamente dentro de un coche que espera y huir sin dejar rastro. Mis cálculos resultaron exactísimos. Me situé en acecho con tal fortuna, que al cuarto de hora de espera ví asomar á la encapuchada del verde dominó, la cual, mirando á uno y otro lado, como recelosa, exploraba el terreno. Me arrojé á cerrarla el paso, y á mis primeras palabras suplicantes y rendidas contestó con el chillón falsete habitual en las máscaras, rogándome, por Dios, que la dejase, que no me opusiese á su marcha y que no insistiese en acosarla así.
La creí sincera, pero cuanto más demostraba ansia de evitarme, más crecía en mí la voluntad de detenerla, de que me escuchase, de que me mirase otra vez, de que me amase sobre todo. La vehemencia de aquel súbito antojo era tal, que si no fuese porque pasaba gente, creo que me dejo caer de rodillas á los pies del dominó. Hasta me sentí elocuente é inspirado, y noté que las frases acudían á mis labios incendiarias y dominadoras, con el acento y la expresión que presta un sentimiento real, aunque sólo dure minutos.
—Si querías huir de mí—dije á la máscara estrechándola de cerca—¿por qué me miraste con esos ojos que me inflamaron el corazón? ¿Por qué me clavaste la saeta, dí, si habías de negarte á curar mi herida? ¿No estás viendo cómo has removido, con esa mirada sola, todo mi ser? ¿No oyes mi voz alterada por la emoción, no observas el trastorno de mis sentidos, no me ves hecho un loco? ¿No conoces que tengo fiebre? ¿No sabes que yo te presentía, que adivinaba tu aparición, que vine á este baile en la seguridad de que tu presencia lo llenaría de luz y de encanto? ¿Y crees que voy á dejarte escapar así, que lo consentiré, que no te seguiré hasta el infierno? Si no podrás irte. En tu mirada se delató el amor, y sigue delatándose en tu actitud, en tu agitación, máscara mía.
Era verdad. La máscara, como fascinada, se reclinaba en la pared. Su cuerpo se estremecía, su seno se alzaba y bajaba precipitadamente, y al través de los reducidos agujeros del antifaz, ví temblar sobre el negro terciopelo de sus pupilas dos ardientes lágrimas. Con voz que apenas se oía, y en la cual también se quebraban los sollozos, murmuró lentamente, cual si desease grabar sus palabras para siempre en mi memoria:
—Es cierto: sólo por acercarme á ti, por gozar de tu vista, he adoptado este disfraz, he cometido la locura de venir al baile. Y mira qué extraño caso: queriéndote así, lloro... á causa de que me dices palabras de amor. Por oirlas con la cara descubierta daría mi sangre. Pero tú, que acabas de jurar que me adoras, ahora que me ves envuelta en este trapo verde, tú... huirías de mí si me presentase sin careta. Me has perseguido, me has dado caza, sólo porque no veías mi rostro. Y ni soy vieja ni fea... ¡No es eso! ¡Mírame y comprenderás! ¡Mírame y después... ya no tendrás que volver á mirarme nunca!
Y alzándose el antifaz, el dominó verde me enseñó la cara de mi abandonada, de mi rechazada, de mi desdeñada María... Aprovechando mi estupor, corrió, saltó al coche que la aguardaba, y al quererme precipitar detrás de ella, oí el estrépito de las ruedas sobre el empedrado.
Desde tan triste episodio carnavalesco sé que lo único que nos trastorna es un trapo verde—la Esperanza, la máscara eterna, la encubierta que siempre huye, la que todo lo promete...—la que bajo su risueño disfraz oculta el descolorido rostro del viejo Desengaño.
La aventura del ángel
POR falta menos grave que la de Luzbel, que no alcanzó proporciones de caída, un ángel fué condenado á pena de destierro en el mundo. Tenía que cumplirla por espacio de un año, lo cual supone una inmensa suma de perdida felicidad: un año de beatitud es un infinito de goces y bienes, que no pueden vislumbrar ni remotamente nuestros sentidos groseros y nuestra mezquina imaginación. Sin embargo, el ángel, sumiso y pesaroso de su yerro, no chistó: bajó los ojos, abrió las alas, y con vuelo pausado y seguro descendió á nuestro planeta.
Lo primero que sintió al poner en él los pies, fue dolorosa impresión de soledad y aislamiento. A nadie conocía, y nadie le conocía á él tampoco bajo la forma humana que se había visto precisado á adoptar. Y se le hacía pesado é intolerable, pues los ángeles ni son hoscos ni huraños, sino sociables en grado sumo, como que rara vez andan solos, y se juntan y acompañan y amigan para cantar himnos de gloria á Dios, para agruparse al pie de su trono, y hasta para recorrer las amenidades del Paraíso: además, están organizados en milicias y los une la estrecha solidaridad de los hermanos de armas.
Aburrido de ver pasar caras desconocidas y gente indiferente, el ángel, la tarde del primer día de su castigo, salió de una gran ciudad, se sentó á la orilla del camino, sobre una piedra miliaria, y alzó los ojos hacia el firmamento que le ocultaba su patria, y que estaba á la sazón teñido de un verde luminoso, ligeramente franjeado de naranja á la parte del Poniente. El desterrado gimió, pensando cómo podría volver á la deleitosa morada de sus hermanos: pero sabía que una orden divina no se revoca fácilmente, y entre la melancolía del crepúsculo apoyó en las manos la cabeza, y lloró hermosas lágrimas de contrición, pues aparte del dolor del castigo, pesábale de haber ofendido á Dios por ser quien es, y por lo mucho que le amaba. Ya he cuidado de advertir, que, á pesar de su desliz, este ángel era un ángel bastante bueno.
Apenas se calmó su aflicción, ocurrióle mirar hacia el suelo, y vió que donde habían caído las gotas de su llanto, nacían y crecían y abrían sus cálices con increíble celeridad muchas flores blancas, de las que llaman margaritas, pero que tenían los pétalos de finas perlas y el corazoncito de oro. El ángel se inclinó, recogió una por una las maravillosas flores, y las guardó cuidadosamente en un pliegue de su manto. Al bajarse para la recolección, distinguió en el suelo un objeto blanco,—un pedazo de papel, un trozo de periódico.—Lo tomó también y empezó á leerlo, porque el ángel de mi cuento no era ningún ignorante á quien le estorbase lo negro sobre lo blanco; y con gozo profundo, vió que ocupaban una columna del periódico ciertos desiguales renglones, bajo este epígrafe:
Á UN ÁNGEL
¡A un ángel! ¡Qué coincidencia!—Leyó afanosamente, y, por el contexto de la poesía, dedujo que el ángel vivía en la tierra y habitaba una casa en la ciudad, cuyas señas daba minuciosamente el poeta, describiendo la reja de la ventana tapizada de jazmín, la tapia del jardín de donde se desbordaban las enredaderas y los rosales, y hasta el recodo de la calle, con la torre de la iglesia á la vuelta. «Alguno de mis hermanos—pensó el desterrado—ha cometido, sin duda, otro delito igual al mío, y le han aplicado la misma pena que á mí. ¡Qué consuelo tan grande recibirá su alma cuando me vea! ¡Qué felicidad la suya, y también la mía, al encontrar un compañero! Y no puedo dudar que lo es. La poesía lo dice bien claro: que ha bajado del cielo, que está aquí, en el mundo, por casualidad, y teme el poeta que se vuelva el día menos pensado á su patria... ¡Oh ventura! A buscarle inmediatamente.»
Dicho y hecho. El ángel se dirigió hacia la ciudad. No sabía en qué barrio podría vivir su hermano, pero estaba seguro de acertar pronto. Hasta suponía que de la casa habitada por el ángel se exhalaría un perfume peculiar que delatase su celestial presencia. Empezó, pues, a recorrer calles y callejuelas. La luna brillaba, y á su luz clarísima el ángel podía examinar las rejas y las tapias, y ver por cuál de ellas se enramaba el jazmín y se desbordaban las rosas.
Al fin, en una calle muy solitaria, un aroma que traía la brisa hizo latir fuertemente el corazón del ángel; no olía á gloria, pero sí olía á jazmín; y el perfume era embriagador y sutil como un pensamiento amoroso. A la vez que percibía el perfume, divisó tras los hierros de una reja una cara muy bonita, muy bonita, rodeada de una aureola de pelo obscuro... No cabía duda; aquel era el otro ángel desterrado, el que debía aliviarle la pena de la soledad. Se acercó á la reja trémulo de emoción.
No archivan las historias el traslado fiel de lo que platicaron al través de los hierros el ángel verdadero y el supuesto ángel, que escondía su faz entre el follaje menudo y las pálidas flores del fragante jazmín. Sin duda desde el primer momento, sin más explicaciones, se convino en que, efectivamente, era un ángel la criatura resguardada por la reja; habituada á oírselo llamar en verso, no extrañó que una vez más se le atribuyese en prosa naturaleza angélica.—Así es como los ripios falsean el juicio, y los poetas chirles hacen más daño que la langosta.
Lo que también comprendió el ángel desterrado, fué que el otro ángel era doblemente desdichado que él, pues se quejaba de no poder salir de allí, de que le guardaban y vigilaban mucho, de que le tenían sujeto entre cuatro paredes, y de que su único desahogo era asomarse á aquella reja á respirar el aire nocturno y á echar un ratito de parrafeo. El desterrado prometió acudir fielmente todas las noches á dar este consuelo al recluso, y tan á gusto cumplió su promesa, que desde entonces lo único que le pareció largo fué el día, mientras no llegaba la grata hora del coloquio.
Cada noche se prolongaba más, y por último, sólo cuando blanqueaba el alba y se apagaban las dulces estrellas, se retiraba de la reja el ángel, tan dichoso y anegado en bienestar sin límites, como si nadase todavía en la luz del Empíreo, y le asistiese la perfecta bienaventuranza. Sin embargo, el recluso iba mostrándose descontento y exigente. Sacando los dedos por la reja y cogiendo los de su amigo, preguntábale, con asomos de mal humor, cuándo pensaba libertarle de aquel cautiverio.
El ángel, para entretenerle, fué regalándole las margaritas de corazón de oro y pétalos de perlas; hasta que, muy estrechado ya, hubo de decir que sin duda el encierro era disposición de Dios, y que no se debían contrariar sus decretos santos. Una carcajada burlona fué la respuesta del encerrado, y á la otra noche, al acudir á la reja, el ángel vió con sorpresa que por la puertecilla del jardín salía una figura velada y tapada, que un brazo se cogía de su brazo, y una voz dulce, apasionada y melodiosa le decía al oído: «Ya somos libres... Llévame contigo... escapemos pronto, no sea que me echen de menos.»
El ángel, sobrecogido, no acertó á responder: apretó el paso y huyeron, no sólo de la calle, sino de la ciudad, refugiándose en el monte. La noche era deliciosa, del mes de Mayo: acogiéronse al pie de un árbol frondoso, él saboreando plácidamente, como ángel que era, la dicha de estar juntos; ella—porque ya habrán sospechado los lectores que se trataba de una mujer—nerviosa, sardónica, soltando lagrimitas y haciendo desplantes.
No podía explicarse—ahora que ya no se interponía entre ellos la reja—cómo su compañero de escapatoria no se mostraba más vehemente, cómo no formaba planes de vida; cómo no hablaba de matrimonio y otros temas de indiscutible actualidad. Nada: allí se mantenía tan sereno, tan contento al parecer, extasiado, sonriendo, abrigándola con su manto de anchos pliegues, y mirando al cielo, lo mismo que si de la luna fuese á caerle en la boca algún bollo. La mujer, que empezó por extrañarse, acabó por indignarse y enfurecerse; alejóse algunos pasos, y como el ángel preguntase afectuosamente la causa del desvío, alzó la mano de súbito y descargó en la hermosa mejilla angélica solemne y estruendoso bofetón... después de lo cual rompió á correr como una loca en dirección de la ciudad. Y el abandonado, sin sentir el dolor ni la afrenta, murmuraba tristemente:
—¡El poeta mentía! ¡No era un ángel! ¡No era un ángel!
Al decir esto vió abrirse las nubes y bajar una legión de ángeles, pero de ángeles reales y efectivos, que le rodearon gozosos. Estaba perdonado: había vencido la mayor tentación, que es la de la mujer, y Dios le alzaba el destierro. Mezclándose al coro luminoso, ascendió el ángel al cielo, entre resplandores de gloria; pero al ascender, volvía la cabeza atrás para mirar á la tierra á hurtadillas, y un suspiro hinchaba y oprimía su corazón. Allí se le quedaba un sueño... ¡Y olía tan bien el jazmín de la reja!
El fantasma
CUANDO estudiaba carrera mayor en Madrid, todos los jueves comía en casa de mis parientes lejanos los señores de Cardona, que desde el primer día me acogieron y trataron con afecto sumo. Marido y mujer formaban marcadísimo contraste: él era robusto, sanguíneo, franco, alegre, partidario de las soluciones prácticas; ella pálida, nerviosa, romántica, perseguidora del ideal. El se llamada Ramón; ella llevaba el anticuado nombre de Leonor. Para mi imaginación juvenil, representaban aquellos dos seres la prosa y la poesía.
Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana cáscara de huevo, y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono obscuro y caliente á la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.
Los señores de Cardona eran ricos y estimados. Nada les faltaba de cuanto contribuye á proporcionar la suma de ventura posible en este mundo. Sin embargo, yo dí en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan distinta complexión moral y física, no podía ser dichoso.
Aunque todos afirmaban que á Don Ramón Cardona le rebosaba la bondad y á su mujer el decoro, para mí existía en su hogar un misterio. ¿Me lo revelarían las pupilas color café?
Poco á poco, jueves tras jueves, fui tomándome un interés egoísta en la solución del problema. No es fácil á los veinte años permanecer insensible ante ojos tan expresivos, y ya mi tranquilidad empezaba á turbarse y á flaquear mi voluntad. Después de la comida, el señor de Cardona salía; iba al casino ó á alguna tertulia, pues era sociable, y nos quedábamos Leonor y yo de sobremesa, tocando el piano, comentando lecturas, jugando al ajedrez ó conversando. A veces, las vecinas del segundo bajaban á pasar un ratito; otras estábamos solos hasta las once, hora en que acostumbraba á retirarme, antes de que cerrasen la puerta. Y, con fatuidad de muchacho, pensaba que era bien ridículo que no tuviese D. Ramón Cardona celos de mí.
Una de las noches en que no bajaron las vecinas,—noche de Mayo, tibia y estrellada,—estando el balcón abierto y entrando el perfume de las acacias á embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbuceaba entrecortadas palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oir las de la dama, y me fué poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso. «Mi único remordimiento, mi único yerro—murmuró acongojada doña Leonor—se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.» Y vi, á la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas obscuras una lágrima lenta...
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El Marqués, á quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir, y á las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente:
—No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy á decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos á que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...—porque gusto sería—de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor!
Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente.
—Veo que no me cree usted—añadió el Marqués entonces.—No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho á suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene á su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo ó de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho al señor. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido todo... es decir, nada... pero todo para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, á pedirme cuentas, á querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, á estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., ó él me habría matado á mí (no digo que no pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí, y preguntando á Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que á la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla ó en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, á quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro á usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted á saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará á no admirarse casi de nada.
Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandy, me dediqué desde aquel punto, no á cortejar á Leonor, sino á observar á Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fuí sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, á los lances que pueden originar un error, á las alucinaciones que á veces sufrimos, á los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión á sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara á cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó:
—¿Qué? ¿Ya te han enviado allá á ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura!
No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:
—Has de saber que cuando fuí á casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado á Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné á la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos á hablar de esto en la vida!
Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme á solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.
La perla rosa
SÓLO el hombre que de día se encierra y vela muchas horas de la noche para ganar con qué satisfacer los caprichos de una mujer querida (díjome en quebrantada voz mi infeliz amigo) comprenderá el placer de juntar á escondidas una regular suma, y así que la redondea, salir á invertirla en el más quimérico, en el más extravagante é inútil de los antojos de esa mujer. Lo que ella contempló á distancia como irrealizable sueño, lo que apenas hirió su imaginación con la punzada de un deseo loco, es lo que mi iniciativa, mi laboriosidad y mi cariño van á darla dentro de un instante... y ya creo ver la admiración en sus ojos, y ya me parece que siento sus brazos ceñidos á mi cuello, para estrecharme con delirio de gratitud.
Mi único temor, al echarme á la calle con la cartera bien lastrada y el alma inundada de júbilo, era que el joyero hubiese despachado ya las dos encantadoras perlas color de rosa que tanto entusiasmaron á Lucila la tarde que se detuvo, colgada de mi brazo, á golosinear con los ojos el escaparate. Es tan difícil reunir dos perlas de ese raro y peregrino matiz, de ese hermoso oriente, de esa perfecta forma globulosa, de esa igualdad absoluta, que juzgué imposible que alguna señora antojadiza como mi mujer, y más rica, no las encerrase ya en su guardajoyas. Y me dolería tanto que así hubiese sucedido, que hasta me latió el corazón cuando vi sobre el limpio cristal, entre un collar magnífico y una cascada de brazaletes de oro, el fino estuche de terciopelo blanco donde lucían misteriosamente las dos perlas rosa orladas de brillantes.
Aunque iba preparado á que me hiciesen pagar el capricho, me desconcertó el alto precio en que el joyero tasaba las perlas. Todas mis economías, y un pico, iban á invertirse en aquel par de botoncitos, no más gruesos que un garbanzo chiquitín. Me asaltó la duda—¡soy tan poco experto en compras de lujo!—de si el joyero pretendería explotar mi ignorancia pidiéndome, sólo por pedir, un disparate, creyendo tal vez que mi pelaje no era el de un hombre capaz de adquirir dos perlas rosa. A tiempo que pensaba así, observé, al través del alto y diáfano vidrio de la tienda, que pasaba por la acera mi antiguo condiscípulo y mejor amigo Gonzaga Llorente. Ver su apuesta figura y salir á llamarle fué todo uno. ¿Quién mejor para ilustrarme y aconsejarme que el elegante Gonzaga, tan al corriente de la moda, tan lanzado al mundo, tan bien relacionado, que cada visita que hacía á nuestra modesta y burguesa casa—y hacía bastantes desde algún tiempo acá—yo la estimaba como especialísima prueba de afecto?
Manifestando cordial sorpresa, Gonzaga se volvió y entró conmigo en la joyería, enterándose del asunto. Inmediatamente se declaró admirador de las perlas rosa, y añadió que sabía que andaban bebiendo los vientos por adquirirlas ciertas empingorotadas señoras, entre las cuales citó á dos ó tres de altisonantes títulos. En un discreto aparte me aseguró que el precio que exigía el joyero no tenía nada de excesivo, en atención á la singularidad de las perlas. Y como yo recelase aún, molestado por el piquillo que en aquel momento no me era posible abonar, Gonzaga, con su simpática franqueza, abrió la cartera y me entregó varios billetes, bromeando y jurando que si yo no admitiese tan pequeño servicio, en todos los días de su vida volvería á mirarme á la cara. ¡Qué miserables somos! No debí aceptar el préstamo; no debí llevar á mi casa sino lo que pudiese pagar al contado... pero la pasión me dominaba, y hubiese besado de rodillas la mano que me ofrecía medio de satisfacerla. Convinimos en que Gonzaga almorzaría con nosotros al día siguiente, en celebración del estreno de las perlas rosa, y con el estuche en el bolsillo me dirigí á mi casa disparado; quisiera tener alas.
Lucila trasteaba cuando yo entré, y al verme plantado delante de ella, diciéndola con cara de beatitud «Regístrame», comprendió y murmuró «Regalo tenemos». Viva y traviesa (¡su manera de ser!) revolvió mis bolsillos haciéndome cosquillas deliciosas, hasta acertar con el estuche. El grito que exhaló al ver las perlas, es de eso que no se olvida jamás. En la efusión de su agradecimiento, me sobó la cara y hasta me besó... ¡Puede que en aquel instante me quisiese un poco! No acertaba á creer que joya tan codiciada y espléndida fuese suya; no podía convencerse de que iba á ostentarla. Y yo mismo, desabrochando los sencillos aretes de oro que Lucila llevaba puestos, enganché las perlas rosa en las orejitas pequeñas, encendidas de placer. Me hace mucho daño acordarme estas tonterías, pero me acuerdo siempre.
Al otro día, que era domingo, almorzó en casa Gonzaga y estuvimos todos bulliciosos y decidores. Lucila se había puesto el vestido de seda gris, que la sentaba muy bien, y una rosa en el pecho,—una rosa del mismo color de las perlas.—Gonzaga nos convidó al teatro y nos llevó á Apolo, á una función alegre, en que sin tregua nos reimos. Al otro día volví con afán á mis quehaceres, pues deseaba saldar cuanto antes el pico, resto de las perlas. Regresé á mi casa á la hora de costumbre, y al sentarme á la mesa, mi primera mirada fué para las orejas de Lucila. Dí un salto y lancé una interjección al ver que faltaba del diminuto cerco de brillantes una de las perlas rosa.
—¡Has perdido una perla!—exclamé.
—¿Cómo una perla?—tartamudeó mi mujer echando mano á sus orejas y palpando los aretes.—Al ver que era cierto, quedóse tan aterrada, que me alarmé, no ya por la perla, sino por el susto de Lucila.
—Calma—la dije.—Busquemos, que parecerá.
Excuso decir que empezamos á mirar y registrar por todas partes, recorriendo la alfombra, sacudiendo las cortinas, alzando los muebles, escudriñando hasta cajones que Lucila afirmaba no haber abierto desde un mes antes. A cada pesquisa inútil, los ojos de Lucila se arrasaban de lágrimas. Mientras revolvíamos, se me ocurrió preguntarla:
—¿Has salido esta tarde?
—Sí... creo que sí...—respondió titubeando.
—¿A dónde?
—A varios sitios... es decir... Fuí... por ahí... á compras...
—Pero... ¿á qué tiendas?
—¡Qué sé yo! A la calle de Postas... á la plazuela del Angel... á la Carrera...
—¿A pie ó en coche?
—A pie... Luego tomé un cochecillo.
—¿No recuerdas el punto... el número?
—¿Cómo quieres que lo recuerde? ¡Válgame Dios! Si era un coche que pasaba—objetó nerviosamente Lucila, que rompió á sollozar con amargura.
—Pero las tiendas sí las recordarás... Dímelas, que iré una por una, á ver si en el suelo ó en el mostrador... Pondremos anuncios...
—¡Si no me acuerdo! ¡Por Dios, déjame en paz!—exclamó tan afligida, que no me atreví á insistir, y preferí aguardar á que se calmase.
Pasamos una noche de inquietud y desvelo; oí á Lucila suspirar y dar vueltas en la cama, como si no consiguiese dormir. Yo, entretanto, discurría modos de recuperar la perla rosa. Levantéme temprano, me vestí, y á las ocho llamaba á la puerta de Gonzaga Llorente. Había oído decir que la policía, en casos especiales, averigua fácilmente el paradero de los objetos perdidos ó robados, y esperaba que Gonzaga, con su influencia y sus altas relaciones, me ayudaría á emplear este supremo recurso.
—El señorito está durmiendo, pero pase usted al gabinete, que dentro de diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si puede usted verle—dijo el criado, al notar mi insistencia y mi premura.
Me avine á esperar. El criado abrió las maderas del gabinete, en cuyo ambiente flotaban esencias y olor de cigarro. ¡Cuando pienso en lo distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar inmediatamente á la alcoba...!
Lo cierto es... que al primer alegre rayo de sol que cruzó las vidrieras, y antes de que el criado me dijese «tome usted asiento», yo había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso blanco, tendida al pie del muelle diván turco, ¡la perla, la perla rosa!
Si esto que me sucedió le sucede á usted, y usted me pregunta qué debe hacerse en tales circunstancias, yo respondo de seguro con gran energía: «Coger una espada de la panoplia que supera el diván, y atravesársela por el pecho al que duerme ahí al lado, para que nunca más despierte.»
¿Sabe usted lo que hice? Me bajé; recogí la perla; la guardé en el bolsillo; salí de aquella casa; subí á la mía; encontré á mi mujer levantada y muy desencajada; la miré, y no la ahogué; con voz tranquila la ordené que se pusiese los pendientes; saqué la perla del bolsillo... y cogiéndola entre dos dedos, la dije: «Aquí está lo que perdiste. ¿Qué tal, lo encontré pronto?»
Es cierto que al acabar me dió no sé qué arrechucho ó qué vértigo de locura; eché mano á aquellas orejas diminutas, arranqué de ellas los pendientes, y todo lo pisoteé. Por fortuna, pude dominarme en el acto... y bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo, donde pedí cognac...
¿Que si he vuelto á ver á Lucila?... Una vez... Iba del brazo de otro, que ya no era Gonzaga. Por cierto que me fijé en que el lóbulo de la oreja izquierda lo tiene partido. Sin duda se lo rasgué yo... involuntariamente.
Un parecido
NO hay discusión más baldía que la de la hermosura. Mil veces la entablamos, en aquella especie de senadillo de gentes al par desengañadas y curiosas, donde se agitaban tantos problemas á un tiempo atractivos é insolubles; y siempre,—aunque no escaseaban las disertaciones,—quedábamos en mayor confusión. Uno sostenía que la belleza era la corrección de líneas; otro, que la armonía del color; éste, que la fusión de ambos elementos; aquél, que la juventud; el de más allá, que la salud y robustez, ó el donaire, chiste y garabato, ó el arte del tocador, ó la melodía de la voz, y hasta hubo alguno que identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia... Y el original de Donato Abreu, que solía escuchar callando, al fin se descolgó con la sentencia siguiente:—La belleza no es nada.
Acostumbrados á sus salidas, callamos para ver cómo se desenredaba, y fué así:
—No es nada, nada absolutamente. Si nos ataca á los presentes una oftalmía, se acabaron líneas, colores, aire de salud, juventud, adorno... Todo eso estaba en nuestra retina... y en ninguna parte más.
—¡Vaya una gracia!—exclamamos.—Si empieza usted por dejarnos ciegos...
—Es que lo están ustedes ya cuando tienen por realidad lo que no existe fuera de nosotros. ¡Déjenme continuar! Yo aduciré ejemplos. Ante todo, ¿supongo que se trata de la belleza femenil?
—¡Ah, pícaro!—protestó el escultor.—¡Se refugia usted ahí... porque es donde menos refutación tienen sus herejías! A los escultores no vale cegarnos: acuérdese usted de aquel que privado de la vista admiraba con las yemas de los dedos el torso de una estatua griega...
—¡Bah! Tampoco ustedes reconocen ley fija, tipo inalterable... La Venus dormida en su concha, que presentó usted hace dos años y se llevó la medalla, no se asemeja á la Venus clásica, y no por eso deja de ser hermosa... es decir, de parecerlo... Pero no nos salgamos del terreno general, porque el arte es patrimonio de pocos. ¿Hablábamos de mujeres, sí ó no?
—¿De mujeres? ¡Siempre!—afirmó el vizconde de Tresmes, el cual, según malas lenguas, tenía un pasado asaz borrascoso.—¿Qué otra cosa merece la pena de discutirse en este mundo?
—Entonces, pleito ganado—insistió Donato recalcándose en la butaca.—¿Sostienen ustedes que la hermosura de determinada mujer es la causa de los sentimientos especiales que esa mujer nos inspira?
—¿Pues qué había de ser?—repuso Tresmes.—¿Su fealdad? O es hermosa, ó hermosa la creemos, y de esa belleza nos enamoramos... más ó menos... ¡que en eso cabe una escala infinita de grados y matices!
—Oigan—suplicó Donato—no mis razones, sino la historia muy verdadera de un amigo mío que se ha muerto en el extranjero, porque no logrando aliviarse de un delirio amoroso, se dedicó á viajar, y en Roma una fiebre palúdica—lo que allí conocen por malaria—le curó de la enfermedad de vivir...
Mi amigo era el hijo de segundas nupcias de un señor bastante rico; los otros, fruto del primer tálamo, le adoraban, y le ampararon como padres, cuando todos quedaron huérfanos. Casóse el mayor de sus hermanos con una señorita llamada Jacinta, y mi amigo—Marcelo le diremos, por no divulgar su verdadero nombre—fué á vivir á Madrid con el nuevo matrimonio, para terminar la carrera de arquitecto. Era muy bella la cuñadita Jacinta—ya ven ustedes que me sirvo del lenguaje usual—y Marcelo, un día tras otro, confianza va y halago viene, se prendó de Jacinta con la pasión más tirana. Cuando comprendió su estado, cuando interpretó su afán, se horrorizó de una inclinación tan culpable y se propuso esconderla, como se esconde la mancha y la vergüenza, y no dejar asomar por ningún resquicio ni reflejos de la hoguera que le consumía la médula de los huesos. Y hubiese cumplido su propósito, á no suceder cosa más terrible aún: que la señora, objeto de tan reprobable afición—ó porque la adivinó ó porque se contagió con ella sin adivinarla—al cabo dió en padecer del mismo achaque, y, menos cauta, lo descubrió con indicios tan claros, que Marcelo, sintiéndose débil y vencido antes de pelear, apeló á poner tierra en medio... Dijo á su hermano que se encontraba enfermo—y esto no era sino relativa mentira—y que necesitaba respirar, por receta del médico, aires puros, aires de campo; y el hermano, solícito y compadecido, le envió á un cortijo que había heredado de su suegro, y que por encontrarse en lo más florido y frondoso de la serranía de Córdoba y ser entonces el mes de Abril, debía de estar convertido en vergel delicioso.
—Habrá comodidad suficiente para ti—advirtió—porque el padre de mi Jacinta tenía cariño á ese sitio y lo visitaba de vez en cuando, aunque Jacinta nunca ha puesto allí los pies, ni yo tampoco. He oído susurrar no sé qué de la mujer del capataz...; ¡pero si se creyese cuanto se oye! En fin, lo esencial es que no te faltarán ropas ni muebles... Y si algo te falta, pídelo en seguida.
Marchó Marcelo asaz desesperado á su Tebaida, y el capataz le recibió con agasajo, encargando á su hija, mocita como de veinte años de edad, que sirviese y atendiese al forastero. ¡Imagínense la conmoción que sufriría éste, cuando, al fijar los ojos en el rostro de la hija del capataz, vió en él una copia perfectísima, un acabado trasunto del de Jacinta! Era semejanza, no sólo de facciones, sino de expresión, modales y gesto, y—lo que más turbó á Marcelo—hasta de metal de voz, con un ceceo andaluz que hacía encantador el de Manuelita la cortijera.—Reconoció el enamorado los negros ojos que llevaba clavados en el corazón, el talle cuyas ondulaciones le causaban vértigos, el color quebrado de la suave tez, que le enloquecía, y acordándose de las indicaciones de su hermano acerca de la mujer del capataz, no se asombró de encontrar una nueva Jacinta en la sierra. Al pasar días fue notando que la serrana poseía mil cualidades preciosas: limpia, fina á su modo, viva y lista como nadie; ya alegre, ya melancólica; oportuna en replicar, aguda en comprender, sensible á ratos y arisca á tiempo, sabía además rasguear la guitarra y entonar el polo con un salero que quitaba el sentido. Marcelo, embelesado, pensó que la misma Providencia le deparaba tan sabroso remedio á sus enfermedades morales, y se dedicó á la serrana, galanteándola y persiguiéndola sin tregua, á favor de aquella libertad que da el campo y de las rodadas ocasiones que brinda el vivir bajo un techo mismo. Manuelita se defendió; pero al cabo fue ablandándose, y consintió en acudir á una reja baja, donde sin peligro para su recato podía conversar largamente con Marcelo. Mas lo que suele costar trabajo en estas lides es el primer triunfo, que los restantes vienen fatalmente á su hora, y Manuelita, aunque se hizo muy de rogar, acabó por conceder á Marcelo que una noche, en vez de hablarse por la reja, se hablasen dentro del aposento que la reja defendía...
El narrador se detuvo un instante, como preparando el efecto de lo que le faltaba por contar.
—Marcelo entró en aquel cuarto temblando de gozo, paladeando con la imaginación el bien que esperaba. No se había atrevido Manuelita á encender luz, pero la de la luna entraba á oleadas por la reja—en la cual se apoyaba la muchacha ruborizada y acaso medio arrepentida ya—y alumbraba de lleno su rostro, haciéndolo parecer más descolorido, del tono de los jazmines que lucía apiñados en el negro rodete. Marcelo se adelantó como el que camina en sueños, y al aproximarse á Manuelita, al rodear con los brazos el talle curvo que se doblegaba, al respirar con los labios el perfume de las blancas flores tan próximas á la mejilla fresca y á la garganta tornátil, su boca exhaló, entre hondo suspiro, un nombre... ¡el nombre de Jacinta! Y al oirse, al repetir involuntariamente tal nombre, espantado, como si viese á una sierpe, se desprendió, retrocedió, se tambaleó y al fin huyó, subiendo la escalera á tientas y encerrándose en su dormitorio... donde pasó la noche entre remordimientos y lágrimas, para salir á la madrugada camino de Córdoba, y desde Córdoba á París...—¿Comprenden ustedes el motivo de la conducta de Marcelo?
—Que para él sólo existía Jacinta; Manuelita no había existido nunca, sino por la pasajera realidad que le comunicó su parecido con la otra...—respondimos algo impresionados, reflexionando á pesar nuestro.
—Exactamente... Veo que son ustedes perspicaces... Al pensar Marcelo que se libertaba de su criminal pasión, lo que hacía era recaer en ella de plano, satisfacerla, entregarse... ¿Y la belleza? Tan guapa era Manuela la cortijerita, como Jacinta la dama. ¡Acaso más!
—Marcelo se me figura demasiado idealista—indicó Tresmes en tono desdeñoso.
—Todos lo somos...—declaró Donato.—Y la belleza, una idea, unas gotas de ilusión, para uso interno...
Memento
EL recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles—dijo el doctor sonriendo á la evocación—no es el de varios amorcillos y lances parecidos á los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que á cada paso veo con mayor relieve, es... la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, á quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes á la palma sobre el ataud.
Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde—pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones—en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la Catedral; y yo solía abandonar el paseo—á tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos—para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fué verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fué su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba á dar crédito á maldades notorias... y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, la impedía conocer á fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose á la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora á la vez modesta é imponente, chapada á la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, á los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios á mi tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones; sus trajes de seda á rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reir.
Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, á lo mejor traía la peluca del revés, ó en la nariz el toque de carmín de las mejillas, ó los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba á mortificarla tanto, que mi tía la prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «¡Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis.»
No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida á mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia—si es lícito expresarse así—viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña á ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos á los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil. Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal ó bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza» y «bien lavaditas».
A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica á fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban á caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pillo se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! ¡Que no entre, que no entre!» «¡Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «Ve usted cómo el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?» etc.—En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje á la corte, para cursar el doctorado. Dí la noticia á mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fué menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona, y me advirtió, en frases que revelaban verdadera ternura, que era preciso excusar á los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver á ver á los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó á llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías: «Un joven de estas prendas... naturalmente, ¡va á lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas... que fué de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio, y á poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé á ponerse el mantón, y la ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó á mis barbas. Comprendí de súbito... y, créanlo ustedes, ¡me quedé más volado y más compadecido que si viese á mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando á una ovejuela enferma, y la lástima me obligó á volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención. Después eché á correr, y salí á la calle resuelto á no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites...—Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!
La caja de oro
SIEMPRE la había visto sobre su mesa, al alcance de su mano bonita, que á veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no me era posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la bata, ó en lugares todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola así inaccesible.
Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán por enterarme de lo que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué guardaba el artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿á qué venía la ocultación? ¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales prendas, ó se llevan mucho más cerca ó se custodian mucho más lejos: ó descansan sobre el corazón, ó se archivan en un secreter bien cerrado, bien seguro... No eran despojos de amorosa historia los que dormían en la cajita de oro, esmaltada de azules quimeras, fantásticas rosas y volutas de verde ojiacanto.
Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de seguir la pista á una historia, tal vez á una novela. Llámenme enhorabuena indiscreto, antojadizo, y por contera, entrometido y fisgón impertinente. Lo cierto es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse en juego los ilícitos y heroicos... Mostréme perdidamente enamorado de la dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en apariencia á una mujer, cuando sólo cortejaba á un secreto; hice como si persiguiese la dicha... cuando sólo perseguía la satisfacción de la curiosidad. Y la suerte, que acaso me negaría la victoria si la victoria realmente me importase, me la concedió... por lo mismo que al concedérmela me echaba encima un remordimiento.
No obstante, después de mi triunfo, la que ya me entregaba cuanto entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible obstinación, el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías ó repentinas y melancólicas reservas; discutiendo ó bromeando; apurando los ardides de la ternura ó las amenazas del desamor, suplicante ó enojado, nada obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse á que me enterase de su contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la prueba de algún crimen.
Repugnábame emplear la fuerza y proceder como procedería un patán, y además, exaltado ya mi amor propio (á falta de otra exaltación más dulce y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la hermosa la clave del enigma. Insistí, me sobrepujé á mí mismo, desplegué todos los recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la inspiración, llegué á tal grado de maestría en la comedia del sentimiento, que logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas fingidas lágrimas acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita encerraba la imagen de un rival, de alguien que aún me disputaba el alma de aquella mujer, la vi demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello los brazos, y exclamar, por fin, con sinceridad que me avergonzó:
—¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido... pues sea. Ahora mismo verás lo que hay en la caja.
Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó, y divisé en el fondo unas cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas. Miré sin comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:
—Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba curas casi milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me aseguró que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me advirtió que si las apartaba de mí ó las enseñaba á alguien, perdían su virtud. Será superstición ó lo que quieras; lo cierto es que he seguido la prescripción del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que padecía (pues soy muy débil), sino que he gozado salud envidiable. Te empeñaste en averiguar... Lo conseguiste... Para mí vales tú más que la salud y que la vida. Ya no tengo panacea, ya mi remedio ha perdido su eficacia: sírveme de remedio tú; quiéreme mucho, y viviré.
Quédeme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro de la cajita sino el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del daño causado á la persona que al fin me amaba. Mi curiosidad, como todas las curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la ciencia contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición. Daría entonces algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y tan arrepentido que me creí enamorado; cayendo de rodillas á los pies de la mujer que sollozaba, tartamudeé:
—No tengas miedo... Todo eso es una farsa, un indigno embuste... El curandero mintió... Vivirás, vivirás mil años... Y aunque hubiesen perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos á la aldea y compramos otras... Todo mi capital le doy al curandero por ellas.
Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia, balbuceó á mi oído:
—El curandero ha muerto.
Desde entonces la dueña de la cajita—que ya no la ocultaba ni la miraba siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la estantería forrada de felpa azul—empezó á decaer, á consumirse, presentando todos los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria á los remedios. Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé á su cabecera y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo, porque otra cosa no había en mí para aquella criatura de quien había sido verdugo involuntario. Ella se moría, quizás de pasión de ánimo, quizás de aprensión, pero por mi culpa; y yo no podía ofrecerla, en desquite de la vida que le había robado, lo que todo lo compensa: el don de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla santamente para hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi indiferencia y mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.
Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la ciencia ni mis cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme su afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues todavía no se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el resultado del análisis, el químico se echó á reir.
—Ya podía usted figurarse—dijo—que las píldoras eran de miga de pan. El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie... para que á nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo!
La sirena
NO es posible pintar el cuidado y desvelo con que la ratona madre atendió á su camada de ratoncillos. Gordos y lucios los crió, y alegres y vivarachos y con un pelaje ceniciento tan brillante que daba gozo: y no queriendo dejar lo divino por lo humano, prodigó á sus vástagos avisos morales sabios y rectos, y les puso en guardia contra las asechanzas y peligros del pícaro mundo. «Serán unos ratones de seso y buen juicio», decía para sí la ratona, al ver cuán atentamente la oían, y cómo fruncían plácidamente el hociquito en señal de gustosa aprobación.
Mas yo os contaré aquí, muy en secreto, que los ratoncillos se mostraban tan formales, porque aún no habían asomado la cabeza fuera del agujero donde los agasajaba su mamá. Practicada en el tronco de un árbol la madriguera, les cobijaba á maravilla, y era abrigada en invierno y fresca en verano, mullida siempre, y tan oculta, que los chiquillos de la escuela ni sospechaban que allí habitase una familia ratonil.
Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba á desear sacar el hocico, á soñar con retozos, deportes y correteos por el verde prado, que al pie del árbol se extendía alegre é incitante, esmaltado de varias flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por los gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse á decirlo en voz alta, de puro miedo á su madre. Un día que se le escapó alguna señal de su deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo digas, criatura. Si no quieres que me disguste mucho, no vuelvas á hablar de salir al prado.»
¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las ganas? ¡Bah! Ya sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo.—No atreviéndose á bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al prado deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de aljófar las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza á los viboreznos y lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y haciendo relumbrar al sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo! ¿Por qué, vamos á ver, por qué prohibía tan inocentes recreos la madre ratona?
Un día que la mamá había salido, según costumbre, en busca de sustento para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la mitad del tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vió cruzar por el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita blanca como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de esmeralda.
Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto cosa más linda que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus movimientos, qué soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca, y qué virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía, incendiaba el corazón!
A no estar tan próxima la hora en que solía regresar á la guarida la madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para acercarse á la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de obedecer, que siempre reprimen un tanto, al principio, los ímpetus rebeldes; pero lo que no acertó á sujetar fué su lengua, y loco de entusiasmo, refirió á la mamá cómo le tenía fuera de sí la aparición de la gata celeste.
—Qué, ¿has visto á ese monstruo?—exclamó la madre.
—¡Monstruo una criatura tan encantadora!—suspiró el ratoncillo.
—Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario, el más atroz que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío, como del fuego: mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en las garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.
—Madre—repuso atónito el ratoncillo—apenas puedo creer lo que me aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados, siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre, cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á acabar la vida.
Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes, ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma—sí, el alma, porque el amor hasta en las bestias la infunde—detrás de aquella maga de los verdes ojos.
No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes, mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la hermosa gata blanca.
Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía llamarle, invitarle á que descendiese.—¿Quieres jugar conmigo?—preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las maternales advertencias.—Baja—pareció contestar con sus ojos misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras. Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba, retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos ásperos y dulces.
Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes, el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse con la gata blanca.
Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y desesperada gritóle desde lejos:—Hijo mío, que te pierdes.—El ratón, por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él! Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata, por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á ponerse el sol, que se hacía tarde—sin modificar apenas su actitud, siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada—torció la cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas, tendidas con violencia feroz...
A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo murmuraba débilmente:—¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?
Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El espiró tan satisfecho, tan á gusto!
Así y todo...
LA sanción penal para la mujer—dijo en voz incisiva Carmona, aficionado á referir casos de esos que dan escalofríos—es no encontrar hombre dispuesto á ofrecerla mano de esposo. Una imperceptible sombra, un pecadillo de coquetería ó de ligereza, cualquier genialidad, la más leve impremeditación, bastan para empañar el buen nombre de una doncella, que podrá ser honestísima, pero que, cargada con el sambenito, ya se queda soltera hasta la consumación de los siglos, sin remedio humano. Sucediendo así, ¿cómo se explica que infinitas mujeres notoriamente infames, y con razón difamadas, si cien veces enviudan, otras ciento hallan quien las lleve al altar? Para probarles este curioso fenómeno, les contaré un suceso presenciado allá en mis mocedades, que me produjo impresión tan indeleble, que jamás en toda mi vida me ocurrió la idea de casarme. Sí; por culpa de aquella historia moriré solero,—y no me pesa, bien lo sabe Dios.
El lance pasó en M***, donde estaba de guarnición uno de los regimientos más lucidos del ejército español, que por su arrojo y decisión en atacar había merecido el glorioso sobrenombre de El Adelantado. Era yo entrañable amigo del teniente Ramiro Quesada, mozo de arrogante figura y ardorosa cabeza, uno de esos atolondrados simpáticos, á quienes queremos como se quiere á los niños. No salía Ramiro sin mí; juntos íbamos al teatro, á los saraos, á las juergas—que ya existían entonces aunque las llamásemos de otro modo;—juntos dábamos largos paseos á caballo, y juntos hacíamos corvetear á nuestras monturas ante las floridas rejas. Nos confiábamos nuestros amoríos, nuestros apurillos de dinero, nuestras ganancias al juego, nuestros sueños y nuestras esperanzas de los veinticinco años. No éramos él ni yo precisamente unos anacoretas, pero tampoco unos perdidos: muchachos alegres, y nada más.
De repente noté que Ramiro se volvía huraño, y retrayéndose de mi trato y compañía se daba á andar solo, como si tuviese algo que le importase encubrir. Vano intento, porque en M*** no caben tapujos. Poco tardamos en averiguar la razón del cambio de carácter del teniente. La clave del enigma no era sino la esposa del capitán Ortiz, una de esas hembras que no calificaré de muy hermosas, pero peores que si lo fuesen: morena, menuda, salerosa al andar, descolorida, de ojos que parecían candelas del infierno y una cintura redonda de las que se pueden rodear con una liga. Ortiz, al parecer (y con motivo, pero sin fruto), era extremadamente celoso, y Ramiro, para avistarse con su tormento, necesitaba emplear ardides de prisionero ó de salvaje. El día en que se le frustraba una cita ó se le malograba furtivo coloquio en la reja que abría sobre una callejuela obscura y solitaria, estaba el pobre muchacho como demente: ni contestaba si le hablábamos. Aunque yo no alardease de moralista, ni tuviese autoridad para aconsejar, y menos en tales materias, declaro que las relaciones ilícitas de mi amigo me desazonaban mucho, y un presentimiento—le llamo así, porque no sé cómo definir el disgusto y la inquietud que sentía—me anunciaba que algo grave, algo penoso debían acarrearle á Ramiro aquellos malos pasos. Con todo, lejos estaba—á mil leguas de suponer la tragedia que aconteció.
Cierta mañana esparcióse por M*** la nueva de que el capitán Ortiz había sido encontrado muerto, con un balazo en el pecho y otro en la cabeza, casi á las puertas de su domicilio, cerca de la esquina donde se abría la callejuela lóbrega. En los primeros momentos no me asaltó la terrible sospecha: creía á Ramiro noble y leal, y sólo cuando el rumor público le señaló, comprendí que únicamente él, poseído del demonio, podía haber realizado la obra de tinieblas...
A las pocas horas de descubrirse el cadáver, Ramiro fué preso. Reunióse el Consejo de guerra, y la causa marchó con la fulminante rapidez que caracteriza á la justicia militar, estimulada por la voluntad expresa del Capitán General, que deseaba se cumpliesen á rajatabla las prescripciones legales y se enterrasen á la vez la víctima y el asesino. Al pronto Ramiro intentó negar; pero dos ó tres frases de indignación del Fiscal provocaron en él un arranque de altiva franqueza, y confesó de plano que á traición había disparado dos pistoletazos, la noche anterior, al capitán Ortiz. En cuanto á los móviles del crimen, juró y perjuró que no eran otros sino ofensas de jefe á subalterno, rencores por cuestiones de servicio. Llamada á declarar la esposa de Ortiz, compareció de negro, impávida, y aseguró que apenas conocía al asesino de vista. Este, sin pestañear, confirmó la declaración de la señora; y hallándose el reo convicto y confeso, y no habiendo tiempo ni necesidad de más averiguaciones, se pronunció la sentencia de muerte, y Ramiro entró en capilla á las tres de la tarde, para ser arcabuceado al rayar el siguiente día, á las veinticuatro horas justas del crimen.
No necesito decir que en la capilla me constituí al lado de mi amigo, que demostraba estoica entereza. Sabiendo cuánto alivia una confidencia, un desahogo, le dirigí preguntas afectuosas, llenas de interés; pero el reo se encerró en un silencio sombrío, y noté que tenía los ojos tenazmente fijos en la puerta de la capilla como en espera de que diese paso á alguien... ¡Lo que esperaba el sin ventura—no necesité para adivinarlo gran perspicacia—era la llegada de la mujer por quien iba á beber el amargo trago! Sin duda que ella no podía faltar; no podía negarle el supremo consuelo de la despedida; sin duda, el sordo ruido de pasos que resonaba en la antecámara era el de los suyos, que hacían vacilantes el miedo y el dolor... Pero corrió la tarde, empezaron á transcurrir lentas y solemnes las horas de la última noche, y la esperanza abandonó al sentenciado. El sacerdote que le exhortaba y había de absolverle y darle la sagrada comunión antes que el sol asomase en el horizonte, se retiró un momento á descansar, y solo yo con Ramiro, comprendí que por fin se abrían sus lívidos labios.
—Hace un momento sentía que ella no viniese—murmuró cogiéndome las manos entre las suyas abrasadoras.—Ahora me alegro. Ya que me cuesta la vida, que no me cueste también el alma. ¿Que cómo hice la atrocidad, el cobarde asesinato de Ortiz? Mira, casi no lo sé. Me parece que quien cometió esa acción villana no fué Ramiro Quesada, sino otra persona, un hombre distinto de mí, que se me entró en el cuerpo. ¿Te acuerdas de lo alegre, de lo franco que era yo? Desde que me acerqué á... esa mujer... me volví otro. Estaba embrujado... Su marido, á quien ofendíamos, me parecía mi enemigo personal, el obstáculo á nuestra felicidad; le odiaba... creo que más de lo que la amaba á ella. Así que ella lo notó... ¡guárdame siempre el secreto! ¡no lo digas ni á tu madre! empezó á insinuarme, con medias palabras, la posibilidad del crimen. No hablábamos claro de ese asunto, pero nos entendíamos perfectamente; formábamos planes de retirarnos al campo después, y hasta—mira qué detalle—ella se compró un traje negro nuevo, diciendo que eso siempre sirve. Como un tornillo se fijó en mi cerebro el propósito del crimen. Y así que ella me vió resuelto, se franqueó, me exaltó más, me ofreció que compartiría mi destino, fuese el que fuese...
Aquí se detuvo Ramiro, y vi que se alteraba más profundamente su rostro. Con voz húmeda murmuró:
—Yo no quería tanto... ¡Compartir mi destino! Ya ves que ante el Consejo he logrado salvarla... Prefiero morir solo... Pero verla aquí, un momento... antes de... Al fin, si fuí asesino, lo fuí por ella, sólo por ella... ¡Maldita sea mi suerte! Si no conozco á esa mujer, soy siempre honrado y tal vez me matan defendiendo á la Patria. ¡El sino del hombre!
...............................
—¿Y le fusilaron?—preguntamos ansiosos.
—¡Pues no! Según deseaba el General, á un tiempo se cavó la hoya del marido y la del amante. Yo, después del horrible día, me marché de M***, donde me consumía el tedio. Al volver, pasados cinco años, tuve curiosidad de saber qué había sido de la esposa del capitán Ortiz... y aquí de lo que decíamos: supe que vivía tranquila, casada en segundas nupcias con un acaudalado caballero. Sin embargo, en M*** era pública la causa del triste fin de Ramiro...
Acabó así su relato Carmona, y vimos que inclinaba la cabeza, abrumado por memorias crueles.
La cabellera de Laura
MADRE é hija vivían, si vivir se llama aquello, en húmedo zaquizamí, al cual se bajaba por los raídos peldaños de una escalera abierta en la tierra misma: la claridad entraba á duras penas, macilenta y recelosa, al través de un ventanillo enrejado; y la única habitación les servía de cocina, dormitorio y cámara.
Encerrada allí pasaba Laura los días, trabajando afanosamente en sus randas y picos de encaje, sin salir nunca ni ver la luz del sol, cuidando á su madre achacosa, y consolándola siempre que renegaba de la adversa fortuna. ¡Hallarse reducidas á tal extremidad dos damas de rancio abolengo, antaño poseedoras de haciendas, dehesas y joyas á porrillo! ¡Acostarse á la luz de un candil ellas, á quienes habían alumbrado pajes con velas de cera en candelabros de plata! No lo podía sufrir la hoy menesterosa señora, y cuando su hija, con el acento tranquilo de la resignación, la aconsejaba someterse á la divina voluntad, sus labios exhalaban murmullos de impaciencia y coléricas maldiciones.
Como siempre los males pueden crecer, llegó un invierno de los más rigurosos, y faltó á Laura el trabajo con que ganaba el sustento. A la decente pobreza sustituyó la negra miseria; á la escasez, el hambre de cóncavas mejillas y dientes amarillos y largos.
Entonces, con acerba ironía, la madre se mofó de Laura, que pensaba, la muy ñoña y la muy necia, asegurar el pan por medio de la labor y las constantes vigilias. ¡Valiente pan comería así que se quedase ciega! Saldría con un perrito á pedir limosna... ¡Ah, si no fuese tan boba y tan mala hija—teniendo aquel talle, aquel rostro y aquella mata de pelo como oro cendrado, que llegaba hasta los pies—no dejaría que su madre se desmayase por falta de alimento! Al oir estas insinuaciones, Laura se estremeció de vergüenza y quiso responder enojada; pero recordando que su madre estaba en ayunas desde hacía muchas horas, se cubrió el rostro con las manos y rompió á sollozar. De pronto, como quien adopta una resolución súbita y firme, púsose en pie, se envolvió en un ancho capuchón de lana obscura, y salió á la calle, que raras veces pisaba, convencida de que el retiro es la salvaguardia del recato. Sin titubear fué en dirección de un tenducho que había entrevisto y donde creía poder feriar el solo tesoro de que estaba secretamente envanecida y orgullosa. Era dueña del baratillo la astuta vieja Brasilda,—gran componedora de voluntades con ribetes de hechicera,—y, muy encubierto el rostro, entró Laura en la equívoca mansión.
Como Brasilda preguntase maliciosamente qué traía á vender la tapada y gallarda moza, Laura, sin dejar de esconder el semblante en los pliegues del capuz, se volvió de espaldas y mostró tendida la espléndida cabellera rubia, brillante y suave más que la seda, y que, con magnífico alarde, rebosando de la orla de la saya, barría el suelo. «Esto vendo en diez escudos—exclamó—y córtese ahora mismo.» Convenía la proposición á la vieja, porque la mata de pelo daba para muchas pelucas y postizos, y asiendo unas tijeras segó y tonsuró la copiosa melena. Al observar que la moza seguía encubriendo el rostro, y creyendo advertir que lloraba muy bajo, silbó á su oído: «Si eres doncella y tan hermosa como promete tu cabello, aquí te esperan, no diez escudos, sino cien ó doscientos, cuando te venga en voluntad.»
Recogió Laura el dinero y alejóse sin responder palabra; en la puerta se cruzó con un caballero, de buen talle y porte, que no reparó en ella: Laura sí le miró á hurtadillas y sin querer le encontró galán. El caballero que penetraba en la mansión de la bruja era don Luis de Meneses, el mozo más rico, libre y desenfrenado de toda la ciudad, el cual no visitaba á humo de pajas á la madre Brasilda, sino que acudía allí como el cazador á que se le señalen do está la caza, y que se la ojeen y acorralen para asegurarla y matarla á gusto.
Después de un rato de conversación, don Luis divisó la soberana cabellera rubia, que sobre un paño blanco había extendido la vieja, y en la cual los destellos del velón, siempre encendido en las obscuridades del tenducho, rielaban como en lago de oro. «¿De qué mujer es ese pelo?»—preguntó sorprendido el galán.—«A fe que no lo sé, hijo»—contestó la vieja.—«Una moza acaba de estar aquí, muy airosa de cuerpo, pero tapadísima de cara, que no logré vérsela; vendióme esa mata, cobró y con extraño misterio se fué un minuto antes que entrases...»
—«¿Por qué no la seguiste, buena pieza?»—«Porque sin duda ella está más pobre que las arañas, y volverá á ganar los cien escudos que la ofrecí...»—«¡Bruja condenada! Ese pelo es mío, y la mujer también, si parece.» Y don Luis aflojó la bolsa, cogió delicadamente el paño y el tesoro que contenía, y ocultándolo bajo el capotillo, se volvió á su casa.
Desde aquel día realizóse en don Luis un cambio sorprendente. Renunciando á sus galanteos y aventuras, olvidando el juego, las burlas y los desafíos, pareció otro hombre. Se le veía, eso sí, en la calle, en el paseo, en la iglesia; sus ojos ávidos registraban y escudriñaban sin cesar, buscando algo que le importaba mucho; pero al anochecer se recogía, y en vida honesta y arreglada no tenían que reprenderle los devotos viejos, de grave apostura y rosario gordo. No faltó quien dijese que el mozo, tocado de la gracia, andaba en meterse capuchino; y es que ni sabían, ni podían sospechar que don Luis estaba enamorado, ciegamente enamorado, de la cabellera rubia.
Habiéndola colocado respetuosamente sobre un cojín de tisú de plata, se pasaba ante ella las horas muertas, ya besándola en ideal éxtasis de devoción, como á venerada reliquia, ya estrujándola con frenesí de amante que quisiera despedazar y morder lo mismo que adora. Exaltada la imaginación de don Luis por la vista de aquella cascada de oro, de aquella crin en que Febo parecía haber dejado presos sus rayos juguetones, y de la cual se desprendía un aroma vivo, un olor de juventud y de pureza, fantaseaba el tronco á que tal follaje correspondía y adivinaba la mata larguísima, caudalosa, perfumada, cayendo en crenchas y vedijas sobre unas espaldas de nieve, sobre unas formas virginales de rosa y nácar, ó rodeando, como nimbo de santa imagen, un rostro de angelical expresión en que se abrían las flores azules de los luminosos ojos. Había ideas y recelos que enloquecían al soñador amante. ¿Quién sabe si la infeliz hermosa, después de vender su cabello por conservar la honestidad, había tenido que perder la honestidad por conservar la vida?
Con la fatiga de tal pensamiento, don Luis aborrecía el comer, se consumía de rabia y se abrasaba en extraños celos. Hecho un azotacalles, no cesaba de inquirir, pretendiendo ver al través de todos los postigos y calar todas las rejas y celosías. ¡Trabajo perdido! Ninguna cabeza juvenil cubierta de sortijas doradas y cortas de aquel matiz único, incomparable, se ofrecía á sus ojos. Don Luis adelgazaba, se desmejoraba, estaba á pique de desvariar, cada vez que la vieja hechicera Brasilda, aturdida y desconsolada, repetía alzando las manos secas:
—Bruja será también la del cabello de oro, y habráse untado y volado por la chimenea... No parece, hijo, no parece por más que me descuajo buscándola...
Perdido ya de amores don Luis, como hombre á quien le han dado extraño bebedizo, llegó al caso de temer morirse de pasión y furia celosa, y apretando al corazón la cabellera, cuyas roscas le acariciaban las manos febriles, hizo un voto.—«Que encuentre á tu dueña, y sea rica ó pobre, buena ó mala, noble ó de plebeya estirpe, con ella me casaré. Pongo por testigo á este Crucifijo que me escucha.»—Después del voto, lleno de esperanza y de ilusión salió don Luis á la calle, y al obscurecer, como fuese muy embozado, le paró cerca de su puerta una pobre, envuelta y cubierta con un viejísimo capuz de lana.