La prueba
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OBRAS COMPLETAS
DE
EMILIA PARDO BAZÁN,
CONDESA DE PARDO BAZÁN
LA PRUEBA
EMILIA PARDO BAZÁN,
CONDESA DE PARDO BAZÁN
OBRAS COMPLETAS. — TOMO XXII
LA PRUEBA
ADMINISTRACIÓN:
LIBRERÍA DE PUEYO
ARENAL, 6
ES PROPIEDAD.
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY.
Imp. Gráfica Universal. — Princesa, 14. Madrid
LA PRUEBA
I
No sé si he dicho en la primera parte de estos verídicos apuntes que Luis Portal, mi sensato, cuco y oportunista condiscípulo, era bastante feo y desgarbado, lo cual probablemente influía mucho en su manera de entender la vida y en su intransigencia para con los sueños, las ilusiones, la poesía, la pasión y demás cosas que dan interés a nuestro existir.
Tenía Portal el cuerpo cuadradote y macizo; las manos anchas; la pierna corta; la cabeza bien desarrollada, pero redonda cual perilla de balcón; el cuello gordo; los hombros altos; las facciones demasiadamente grandes para su estatura, de lo cual resultaba una facies nada vulgar, pero de mascarón de proa; una carofla, como le decían para hacerle rabiar, cuando era chico, sus compañeros en el Instituto de Orense. El claro entendimiento de Portal le inducía a sufrir con risueña cachaza las bromas relativas a su físico; pero el amor propio inherente a la condición humana debía de hacerle sentir a veces su aguijón, y lo revelaba, sin querer, en cierto afectado desprecio hacia la belleza masculina, y en las pullas que nos soltaba a los compañeros a quienes creía mejor tratados por la naturaleza.
Nunca había yo reparado la mala gracia y prosaico exterior de Luis como un día que vino a verme, hallándome ya convaleciente de la enfermedad que atrapé a la salida del teatro Real —y que no sé si debo llamar bronco-pneumonía, bronquitis capilar, laringitis aguda, pulmonía doble, o darle otro de los infinitos nombres que entretejen la complicada red de las afecciones de los órganos respiratorios—. Después de haber estado en verdadero peligro, alcanzando esas temperaturas altísimas más allá de las cuales el organismo se deshace y sobreviene la muerte, de pronto se inició franca mejoría, y ya me permitían levantarme un poco a las horas favorables, y permanecer al lado de mi mesita repantigado en una butaca. El día en que Portal vino a acompañarme —domingo por señas— estaba el cielo encapotado, cosa no frecuente en Madrid, y el camarada entró hasta mi habitación metido en luengo impermeable barato, de esos que apestan a azufre desde una legua. Oculto en aquella garita de tela rígida, con su esclavina, su capucha caída a la espalda y su hongo, Portal parecía más rechoncho y desairado, y el color bazo de la prenda se confundía con el moreno sucio de su gran cara. Esta, no obstante, irradiaba júbilo, que yo atribuí a la compra y estreno del impermeable, y así se lo dije al comprador.
—¡Qué tono nos damos! ¿Cuánto vales hoy con funda?
Portal sonrió, giró sobre sus tacones, se puso de perfil, se volvió de espaldas...
—¿No parece increíble que lo den por cuatro duros menos una peseta? ¡Y vengan chaparrones! Ya puede uno salir al campo, hacer cuantas expediciones quiera...
—Sí, pero no estar al lado de un amigo convaleciente. Hijo, eso huele a demonios —advertí sin fijarme en la rareza de que Portal, tan sedentario y comodón, soñase en hacer excursiones campestres cuando se necesita chubasquero.
Mi amigo salió a colgar en el perchero del recibimiento la prenda, y volvió, ya a cuerpo gentil, a sentarse cerca de mi sillón, dirigiéndome la pregunta clásica:
—¿Qué tal ese valor?
Abrí la válvula. ¡Necesitaba tanto explayarme! ¿Y con quién mejor que con Luis, el amigote conocedor de la rara historia de mi alma durante el período de un año?
—De la enfermedad, muy bien; a pedir de boca. Cada sorbo de caldo es vida que bebo. Ya puedo andar ¿ves? sin trémolos en las piernas ni telarañas en los ojos.
Hice la prueba: me puse en pie y di algunos pasos firmes, tropezando en seguida con la pared, pues mi cuarto era, como ustedes no ignoran, reducidísimo.
—¡Eh, pocas valentías!... A sentarse —ordenó Luis—. ¿De modo que hecho un héroe? ¿Con ánimos para todo?
—Según para qué —respondí, dejándome caer en la butaca y envolviendo las piernas otra vez en mi capa raída—. La carne va robusteciéndose; pero el espíritu... ps, ps.
La faz de Portal expresó claramente este signo ortográfico: «?».
—Tú no sabes las cosazas que yo soñé en los días de mayor gravedad, en los días del calenturón, de los treinta y nueve grados y muchas décimas... Soñé (pero mira que lo estaba viendo y oyendo tan claro como te puedo ver y oír a ti, si me hablas ahora) que la tití... ¿entiendes? la tití en carne y hueso me hacía mil caricias, me decía palabras tiernas así por lo bajo, me abrazaba, consentía que la abrazase... en fin, que teníamos resuelto el problema.
Portal continuaba mirándome, pensando tal vez: «Dejemos a este que desembuche. A ver en qué para.»
—Pues hijo —continué—, cesar el peligro y disiparse el sueño, fue todo uno. Mi tití ya es la de siempre: fuerte e inexpugnable, revestida de su deber lo mismo que de una cota de mallas. Cariñosa conmigo, sí; ¿pero qué? El cariño que nadie rehúsa a un enfermo, a no tener entrañas de fiera. ¡Nada de lo otro... nada! Así es que echo de menos la fiebre, y la antipirina, y las drogas puercas que me disponía nuestro paisano el doctorcillo Saúco, el cual me ha vuelto loco a fuerza de potingues. ¡Ay! Me papaba yo ahora un cuartillo de óxido blanco a trueque de oír alguna de aquellas palabritas de azúcar... o por soñar que las estaba oyendo.
Mi amigo se cogía la barbilla como quien reflexiona. Al fin resolló:
—¿Y estás bien seguro de que efectivamente no has soñado las demostraciones de la tití? ¡Cuando se tiene calentura alta!
—¿De cuándo acá me ilusiono yo tratándose de esta mujer?
—Baja la voz —advirtió el prudente orensano—. Pueden andar por el pasillo, y si nos oyen...
—Tienes razón —contesté poniendo la sordina—. Conste que no me ilusiono, ni hay tales carneros. Habré delirado, habré divagado; pero aquello... ni fue divagación ni delirio. Tan verdad como que ahora charlamos los dos aquí.
—Y después —interrogó Luis—, ¿nada?
—Nada absolutamente; ni esto.
Calló Portal un instante, y dándome suave palmada en el hombro, declaró con énfasis:
—Hijito, piensa bien si te es igual ser perdigón o aprobar las asignaturas. Si te es igual, sigue enamorado así, a lo don Quijote, de la fermosa Dulcinea; si no, manda a paseo figuraciones y delirios; trinca los libritos en cuanto estés bueno del todo... y a vivir. Desde que te amartelaste, hablas y obras lo mismo que si tuvieses dos mil duros de renta asegurados y siguieses la carrera por adorno. Mira que estamos en abril, y que una enfermedad retrasa. Ya sabes que nuestros arrenegados estudios son como las cabras del cuento de la pastora Torralba: si saltamos una cabra, hay que empezar el cuento otra vez. Aprende de mí; me descuidé el año pasado... ¡No volverá a suceder, juro a Dios, por muchas tentaciones que se me presenten!
Al hablar así, sonrisa misteriosa iluminó la amplia faz de mi amigo, y sus ojos, expresivos a fuerza de inteligencia, destellaron chispas de orgullo, lo mismo que si dijesen: «Tampoco por acá somos costal de paja, y tenemos nuestras aventuras como cada hijo de vecino.»
—Chacho —pregunté—, ¿qué pasa? ¿Hay gato encerrado?... ¿De cuándo acá secretitos para mí? ¿No te lo cuento yo todo?
La sonrisa de Portal se difundió por su gran cara, y más que sonrisa fue resplandor de alegría verdadera. Los hombres que tienen poco partido con las mujeres, sonríen así cuando pueden afirmar que han cautivado a una.
—¡Psh...! —respondió, alardeando de modesto y de discreto—, verás. Como se trata de una cosa tan particular, tan distinta de lo acostumbrado... No sé si te harás cargo... ¿eh? Porque es de lo que no abunda.
—Gracias por la brillante opinión que tienes formada de mis entendederas.
—No es eso, hombre... no es eso. Es que no estando en pormenores...
—Bueno cállatelo si te da la gana, pero no me vengas con músicas. A fe que si quieres explicarte...
—Pues procuraré enterarte bien... y enterarme yo mismo: estoy aún como quien ve visiones. Lo primero, te diré que es una extranjera, una inglesa...
—¿Inglesa?
—Sí, hijito; castiza, del mismo Londres... Una mujer preciosa; el tipo de allí, ya sabes... alta, blanca como la nieve, muy fresca, facciones regulares, y el pelo de un rubio así pálido, pálido... casi ceniza... ¡No creas que sosa... no! ¡Más maliciosa y más salada!... En los carrillos dos hoyos llenos de chiste.
—Que me estás haciendo agua la boca... Ten caridad, hombre.
—No exagero pizca. ¡Si te aseguro que he tomado el asunto con cierta serenidad! No soy como tú, que te vas amelonando, amelonando... hasta que pierdes la chaveta. Nada de eso; yo en mis trece... Pero de ahí a cerrar los ojos y desconocer las cualidades de la persona...
—Anda con ellas. Inglesa, alta, pelo ceniza, hoyos... ¿Qué más?
—¡Bah!... ¿Soy algún simplón? Lo de los hoyos y del pelo es lo que menos me importa. Si algo me interesa o podrá llegar a interesarme, es el modo de ser de la chica. Ya sabes que a mí no me hace feliz la ignorancia cerril de la mujer española. Me gusta una muchacha instruida, capaz de alternar en conversación, despreocupada, con aficiones artísticas y conocimientos en todas las materias... Esta creo que es la mujer del porvenir. Bueno; pues mi Mo realiza ese tipo.
—Tu... ¿qué? —pregunté interrumpiéndole—. ¿Cómo dices que se llama esa señorita?
Portal se acercó a la mesa, cogió un lápiz y escribió sobre el primer papel que halló a mano: Maud.
—¡Ah! —exclamé, recordando mi inglés prendido con alfileres—. Eso me parece que significa Matilde. ¿Por qué no la llamas Matilde, que es más bonito y suena mejor?
—¡Hombre, qué ha de sonar! Mo es precioso... Mo, Mo... —repitió Luis relamiéndose.
—Bueno, pues convenido; responde por Mo la inglesa —dije, comprendiendo que mi amigo estaba encariñado con la sílaba británica—. ¿Y dónde has descubierto ese tesoro?
—En el tranvía. Suelo meterme en él a la tarde, ir hasta el fin del trayecto y volver luego paseando. Muchas veces subo por el de la Puerta del Sol a la calle de Fuencarral, y no me bajo hasta la Glorieta de Bilbao; desde allí, pédibus andando, a casa, a comer. Esto, generalmente, de seis a siete. Dos o tres tardes noté que en la misma Puerta del Sol entraba una señorita de aspecto extranjero. Chico, desde el primer día me llamó la atención. ¡Iba tan decidida y tan sencilla y tan seria! Por el camino sacaba un libro y leía. Miré de reojo... y debía de ser una edición de Shakespeare, porque distinguí una lámina de Romeo subiendo por el balcón de Julieta.
—Bonito misal para una señorita —interrumpí yo—. ¿Sabes que por ahora no veo nada de particular en todo eso?
—Ni lo verás después —replicó Portal con algún enfado—. Para ti, todo lo que no sea descolgarse por una reja, robar a una esposa del Señor o seducir a una creyente heroína...
—No te sulfures, y sigue palante.
—Pues poco tengo ya que añadir —exclamó mi amigo, evidentemente amostazado por la interrupción—. Escalamientos y raptos, no los hay en esta historia. No la canté ninguna trova, ni la propuse la fuga. ¡Ha sido lo más vulgarón!... En vez de afincarme de hinojos, fui y la pagué el tranvía...
—¿Y diez a diez céntimos, entruchasteis la inglesa y tú?
—No sé si puede llamarse entruchar —prosiguió el oportunista—. A las tres veces que pagué ya me saludó. Al otro viaje después del saludo, me pidió prestado El Imparcial, que yo acababa de comprar, y comentamos juntos alguna noticia. Ella solía bajarse poco más allá del Tribunal de Cuentas, a la entrada de una calle muy solitaria, donde me dijo que vivía. Así que se estableció el trato, la propuse que llegase conmigo hasta la iglesia de Chamberí, que luego nos volveríamos a pie; y aceptó la proposición sin empacho, porque en el extranjero no existen esas ñoñerías ridículas de aquí, y una señorita y un hombre se pasean juntos sin que tiemblen las esferas. A pie nos volvimos, con una tarde preciosa, y charlando que era una bendición de Dios.
—¿Y qué tal de varas? ¿Entra bien en suerte?
—¡Varas! ¡Estás fresco! Te equivocas de nación, hijo. A mi inglesa no ha nacido el que le ponga varas. Con una española, en el mero hecho de dar ese paseíto entre dos luces, teníamos arreglado el asunto; pero con esas barbianas... ¡Si ni sabe uno por dónde empezar!.
—¡Inocente! —exclamé gozándome en ver al sagaz Luis cogido en la red, como un doctrino—. ¿No te acuerdas de lo que dice Shakespeare (ya ves que cito un inglés) en Otelo?: «El vino que ella bebe está hecho con uvas.»
—¿Sí? Pues aplícale eso a tu Carmiña, que a Mo no le cuadra. Porque lo que no resultó en el primer paseo... resultó en los posteriores... ¡Pero si vieras! De la manera más natural del mundo. Si te cuento como...
—Todo soy oídos.
—Pues nada... Figúrate que siempre hablábamos de cosas indiferentes, de esas que son conversación vedada para las madrileñas: de política, de ciencias, de literatura, de artes, hasta de religión... y yo sin encontrar resquicio para espetarle la declaración y saber cómo lo tomaría... Una tarde que habíamos dado un paseo más largo que de costumbre, la veo que saluda a un señor alto y entrecano que pasaba, y al saludarlo se azara bastante. Pregunto por qué, y quién es aquel señor, y me contesta: «¡Oh! Nadie... El representante de la compañía Stirling, que conoce a mi papá muchísimo. Yo me he puesto así, colorada, porque como aquí no es costumbre que las señoritas paseen solas con sus novios... En mi país se hace, y no extraña...» Así averigüé que era novio de Mo. ¡Figúrate cómo me quedaría!
—¡Olé por la pérfida Albión! ¡La niña que no tomaba varas! Total, que ella fue quien te espetó a ti su atrevido pensamiento.
—¡Bah!... No sé a qué te entero de estas cosas. Está visto que nuestro ideal amoroso se parece como un huevo a una castaña. Mejor me fuera callarme el pico.
—No, hombre, no; si me hace gracia el verte dichoso y contento, en posesión de la mujer con que sueñas. ¿Que es Mo? ¡Pues santas Pascuas! Ya ves que soy más tolerante, muchísimo más que tú. Tú no transiges con la mía... Yo admito la tuya, con sus pies de una vara de largo, que parecerán dos sollas... Y a todo esto, aún no sabemos qué oficio ni qué beneficio tiene la señorita Mo, ni si cuenta con padre, madre o perrito que le ladre.
—¡Cosa más rara! —exclamó riéndose Portal—. Has nombrado precisamente todas las cosas que Mo posee. ¡Padre y madre! ¡Ya lo creo! Y excelentes personas. Un poco así... vamos, muy ingleses en su tipo. ¿Perrito que le ladre? Se me había olvidado decirte que cuantas tardes pasea conmigo, lleva un King Charles de lanas negras... una monada.
—Estaréis muy monos, efectivamente, la señorita, el cusculeto y tú.
—Y —prosiguió mi amigo desdeñando la interrupción— en cuanto a oficio y beneficio... Mo no es como estas mujeres de por acá, que andan en busca de un marido que las mantenga, porque su ineptitud y las absurdas ideas sociales no las permiten ganarse honradamente la vida. Mo va todos los días a la calle Ancha de San Bernardo a dar lecciones de inglés, geografía e historia a unas señoritas hijas de gente rica. En muchísimas casas le hacen proposiciones para institutriz; pero no la conviene. Prefiere estar con su familia, con sus hermanitos.
—¡Ay, ay, ay!... ¡Malorum! —dije, saboreando el gusto de motejar a Portal—. ¡Muy encandilado te veo! Esto va a tener mal fin.
—¿Quién, yo? —preguntó mi amigo, tocándose con el índice de la izquierda la solapa de la americana—. ¿Casaca a mí, al hijo de mi padre? ¡Quia, hombre! Por lo mismo que se trata de una mujer ilustrada, instruida, superior a su sexo, ¿crees que preguntará si voy con buen fin? ¡Dios nos libre! Mo y yo somos dos amigos... vamos... dos que se gustan, que se dan paseítos juntos por las afueras y que se irán algún domingo de excursión a Alcalá o al Escorial... ¡Pero de esto a lo otro! ¡A la Vicaría! ¡Qué desatino, chacho! Ella vive y se las arregla; yo estoy en camino de conquistarme también mi posición; no tengo nada de Quijote ni de visionario; por lo tanto, figúrate si he de caer en ese pozo.
—¿Entras en la casa? —pregunté.
—Todavía no —respondió mi amigo con cierto embarazo.
—¿Pero vas a entrar?
—¡Ah! Sí; no habrá más remedio... Pero en concepto de amigo de Mo solamente. Nada de noviazgos oficiales. Así se lo he dicho a ella, y está enteramente conforme. En su casa tampoco hacen preguntas indiscretas, ni extrañarán que lleve presentado a un amigo, a tomar té. Son otras costumbres, más fáciles y racionales que las nuestras. Después que me presenten a mí, te llevo a ti un día. Debe de ser una casa patriarcal.
—¿Conque excursioncitas? Ahora veo la razón práctica de los cuatro duros menos una peseta del apestoso —dije a Portal, para tirarle más de la lengua.
Lo conseguí. Continuó hablándome de su aventura y de los méritos de la señorita Mo, la cual era un estuche de habilidades: pintaba a la acuarela, tocaba el piano, escribía impresiones, bordaba y hasta sabía levantar mapas —mapas, no es broma—. Era visible que mi amigo estaba en ese período en que las naturalezas más egoístas que altruistas ceden al sortilegio de creer en el amor y experimentan una plenitud vanidosa que se parece muchísimo al verdadero entusiasmo. De repente torció la conversación, y me dijo con misterio:
—La Belén me ha preguntado más de diez veces por ti. Hasta ofreció una misa a no sé qué Virgen, para que te sanara. ¡Pillete!... ¡Qué fortuna! Haz, haz remilgos. Y... ¿y tu tío Felipe? ¿Qué tal se ha portado mientras duró la enfermedad? Explícame eso, que será curioso. ¿No ha sacado el Cristo de los celos? ¡Si vieses cuánto me extraña que ya no tengas desazones por ese motivo!
—Ninguna —contesté sombríamente—. Admírate. En mi opinión, ese hombre está cansado de su mujer, y hasta creo que arrepentido de su boda.
—¡Chist! ¡Baja la voz! ¡No hablemos aquí de eso! —suplicó mi cauteloso amigo—. Hacemos muy mal en tocar siquiera la conversación. Si no se enteran ellos, pueden enterarse la cocinera o el criado, y peor que peor. Veo que este intríngulis toma nueva faz... El primer día que te permitan salir charlaremos.
II
El día llegó por sus pasos contados, después de los trámites inevitables de toda convalecencia: el ala de pollo, devorada con placer y golosina; el sopicaldo frecuente; los paseos por la casa, con el mismo gusto que si fuesen algún viaje por países hermosísimos; y después de ejecutar tantas acciones indiferentes con la ilusión que ya no producen cuando son actos de la vida diaria, el alta, el regreso al mundo de los sanos, que, en vez de júbilo, causa inexplicable melancolía, análoga quizá a la del navegante que después de haberse acercado al puerto seguro, se arroja al Océano otra vez.
Permitiéronme salir a la calle embozado en mi capita, a las horas de sol, de ese generoso luminar madrileño, alivio de los achacosos, alegría de los vagos y consuelo de los tristes. Una mano desconocida, sin duda la piadosa diestra de la tití, había descolgado de la pared de mi cuarto el espejo, para impedirme que comprobase lo que los médicos llaman el hábito exterior de la enfermedad. Con el alta volvió el espejo a su clavo, y cuando me vestía, pude echar una ojeada a mi coram vobis. La ropa me revelaba que había pegado un estirón, y la azogada luna me dio otra noticia más sorprendente, demostrándome que se había cumplido el ciclo de mi desarrollo físico y realizádose la plenitud de mi ser. Una especie de vegetación suave, pero tupida, me guarnecía el mentón, dando a mi fisonomía aspecto tan singular, que apenas me reconocí. ¡Barba, Dios mío, barba! ¡El signo de la dignidad viril; el noble atributo de la hombría de bien; el fenómeno que señala el ritmo completo de las funciones fisiológicas; el adorno que negó la naturaleza a las razas inferiores, obscuras y salvajes; el símbolo de la lealtad; el distintivo de la aristocracia en sus orígenes; aquello que se les repelaba a los traidores, y por que juraban los caballeros sin tacha, como sobre sagrada reliquia!
Apenas podía creer que fuese realmente barba lo que orlaba mis mejillas con cerco de tan dulce sombra. Admirábame, a manera de hombre que ve cumplirse en su organismo, sin anuencia de su voluntad, arcanas leyes de la naturaleza. Tocaba aquel vello oscuro, lo acariciaba, lavábalo con agua y jabón, pasábale el peine, y me costaba trabajo reprimir la tentación de ir a retratarme en seguida. Nunca hice tanto gasto de espejo como al punto en que me convencí de que era hombre barbado. En mí surgía, con la entera virilidad, secreto orgullo y cierta conciencia de la legitimidad de la pasión. Antes, cuando pensaba a solas en el enigma de mi enamoramiento loco, y me acusaba por dejarme llevar sin defensa de la corriente romántica, solía buscando argumentos contra mí mismo, acordarme de mi faz casi lampiña, de mis mejillas lisas y redondas como las de una damisela, y del ligero trazo al difumino sobre el labio superior, único rasgo grave que realzaba una fisonomía por demás juvenil. Ahora me parecía que hasta el bigote se había robustecido y espesado, y contemplando mis ojos, agrandados por la enfermedad, y mis facciones, acentuadas por la transformación, sentía cual si hubiese subido un peldaño de la escala humana, pareciéndome que ya ni los grandes sentimientos ni las grandes acciones eran en mí ridiculez.
Además —con algún rubor lo declaro— comprendía que mi exterioridad, lo que llamaba mi estampa Luis, había mejorado en tercio y quinto con la aparición de la barba. Claro que no pretendía darla de buen mozo, ni era semejante vanidad lo que me complacía, sino la idea de que en parecer más hombre se cifraba el principal y tal vez el solo canon de la estética varonil.
Una cosa me cohibía, aguándome el gustazo de las barbas. Y era cierta deficiencia, no orgánica, sino social: la carencia de algo tan preciso para existir entre nuestros semejantes, en medio de nuestra civilización, como la sangre para el proceso biológico. Me faltaba, ¿quién no lo adivina?, metal acuñado; y el metal acuñado es padre de todo aplomo y arrogancia, y fundamento hasta de esa labor imaginativa que cristaliza en nuestro cerebro los ensueños y las aspiraciones poéticas. ¿Qué hace la criatura humana privada de tan indispensable emolumento? Ni aun la pasión es lícita al que carece de palanca de oro. Poned a un hombre en la fuerza de la juventud, con energía y plasticismo de ilusiones, y atadle las manos por falta de un pedazo de papel mugriento con la efigie de Mendizábal o de Lope de Vega, y veréis lo que es bueno en materia de berrinches vergonzantes. Sin dinero, solo no agacha las orejas el descarado petardista, el corsario capaz de apostarse en la esquina de un callejón para dar caza a las pesetas ajenas, y que ya ha perdido esa delicada película de decoro que es al alma lo que al cuerpo la epidermis.
En aquella ocasión, la escasez de guita se traducía en mí por gran decadencia en el ramo de indumentaria. Entre la batalla de todo el invierno y el estirón de la enfermedad, no había prenda que me sirviese. Lo noté al vestirme para la primer salida, y cuando mi tití me despidió en la puerta, encargándome que «volviese temprano por causa del frío», me abochorné de mis pantalones rabicortos y de mi capa vetusta. «Parezco un cesante», pensé con rabia.
Recuerdo que fue lo primerito de que hablamos Portal y yo mientras bajábamos, por las calles de Serrano y Lista hacia el paseo de la Castellana. Hacíamos rumbo al candelero de Colón, cuando dije a mi amigo:
—Chico, no hay cosa más cargante que no disponer de un céntimo. A veces me entran ganas de echarlo todo a rodar y marcharme a Buenos Aires. Con lo que sé me basta para ganarme la vida allí. Es una ridiculez andar como ando, con este tipo y este pergeño, y no poder irse en derechura al sastre: «Hágame usted un traje de mezclilla, que estamos en primavera.» Aquí me tienes reducido a un chupiturqui que parece la chaquetilla del pirata Barbarroja, y a esta capa indecente. No nos acerquemos a Recoletos, que encontraremos conocidos. El descubridor de las Américas nos manda volver atrás.
Así lo hicimos. Portal, echando a broma mis contrariedades, me preguntó:
—¿Y para cuándo son los sablazos a las mamás?
—¡Ya comprenderás que no deja de habérseme ocurrido! Por ahí acabaré..., pero me molesta. Mi madre hace demasiado; hace prodigios. No habrá otro remedio... Mal va a sentarla el petitorio, después de que mi tío la avisó de que le pasará la cuenta del médico.
—¿Eso hará?
—Eso. ¿Qué te creías tú? Y lo prefiero. Me avergonzaría que pagase él los gastos de mi enfermedad. Gracias a Dios, correrá con ellos mi madre. Mi tío está sufriendo en su carácter un cambio, para empeorar, por supuesto. Antes era únicamente antipático. Ahora se ha hecho aborrecible. El menor extraordinario le sobrexcita. Yo le atisbo y me froto las manos, porque veo que en mi tití se establece correlación de sentimientos, y que conforme él se vuelve más tacaño, más cominero y más duro, ella se retrae más, y la intimidad matrimonial se la lleva el diablo.
—Chacho —advirtió Portal deteniéndose, con el movimiento característico que ejecutamos cuando una conversación nos interesa—, en la historia de tus tíos noto que armas unos embrollos psicológicos tales, que no ocurriendo nada en ese matrimonio, al menos exteriormente, cuando hablas tú parece que existe un drama. Ni comprendo al marido ni al galán. Explícate.
—Verás —contesté, apoyándome en su brazo, porque aún me sentía un poco débil—. La situación me parece bien sencilla, aunque en ella, como en toda cuestión amorosa y matrimonial, hay siempre algo de inexplicable. Ni en amor ni en filosofía conseguirás nunca entender las substancias. Soy el primero a reconocer que es una anomalía mi entusiasmo por esa mujer, ni conquistable ni hermosa.
—Sí, hijo, anomalía, o manía, hablando pronto —afirmó el oportunista—. He visto poco de eso. Si vivieses recluido en algún seminario... ¡Corcho! entonces... El hombre reprimido está expuesto a cometer ene disparates por una escoba con faldas. Pero teniendo libertad y la suerte de haberle caído en gracia a una hembra tan principal como Belén... ¿No sabes? Coche, ¡tiene coche ya!... Tanto la calenté la cabeza que la mujer no ha sosegado hasta exprimir al bolsista. Lo sé porque ayer volvió a preguntarme por tu salud... La chica no te quiere enfermo.
—Déjame de Belenes —contesté—. ¿Nos sentamos en este banco? —añadí indicando uno entoldado por frondosa acacia.
—Corriente. Pero barremos la casa. Confiésate del todo. A ver si determino tu verdadero estado moral.
El sol, que picaba agradablemente, calentando mis piernas y mis pies y la parte de tronco que yo sacaba de la zona de sombra producida por el árbol, me infundía en las ideas claridad y optimismo, causándome a la vez cierta impresión que puede llamarse de irrealidad de las penas; benéfica operación mediante la cual el alma elimina el gas mortífero del dolor y respira el oxígeno de la esperanza, sin causa ni motivo, solo por la virtud reparadora que lleva consigo la existencia.
—También a mí —contesté— me han entrado ganas de hacer examen. Se me figura que vivo rodeado de fantasmas, y que esos fantasmas me los he forjado yo mismo. Se me ocurre si no habrá tal pasión, ni tal odio, ni nada. Chacho, ¿qué te parece?
Y al decirlo apoyé la mano en el hombro de Luis. Mi amigo, opuesto siempre a dar pábulo a la curiosidad de los transeúntes, y además muy poco demostrativo, al menos con los varones, se apartó, y dijo mirándome con un reposo lleno de inteligente sagacidad:
—Buena señal cuando conoces tu extravagancia. Capítulo primero. Hagamos historia. Mientras estabas malito, ¿te figuraste que la mujer de tu tío te manifestaba cariño, amor o qué sé yo qué?
—Tampoco entiendo lo que era. Ojalá fuese amor; pero pudo ser cariño, piedad, indulgencia.
—Y al cesar el peligro ¿cesaron las demostraciones?
—Sí, de repente. Hoy solo noto en ella... la simpatía involuntaria que siempre noté; una especie de atracción, que, comparada a la repulsión que la inspira su marido... ya es algo.
—¿Y él? ¿Él? Capítulo segundo e importantísimo. ¿Él se escama? ¿Hay celotipia?
—No. Casi no entró en mi cuarto.
—¿Y a qué atribuyes tú esa indiferencia?
—A dos cosas puede atribuirse: la primera a que mi tío no es tonto, y sabe de qué madera está hecha su mujer.
Portal, sin abrir la boca, dejó oír el sonido de una u repetida y prolongada.
—¿No lo crees? Segunda explicación. A mi tío su mujer no le importa. Nunca la quiso, y desde hará dos meses se ha despegado totalmente de ella.
—¿Por qué?
—Sospecho que por la boda de su padre, aquel señor de Aldao, que debe de estar ido, cuando hizo la melonada de casarse en secreto con una chicuela hija de un cabo de carabineros, que tendrá dieciséis o diecisiete años y la mayor cabeza de viento que se conoce en las cuatro provincias. A mi tío se le atravesó la boda; empezó por armar escándalo con su mujer, lo mismo que si ella fuese responsable de las chocheces del papá; y desde ese día casi no la ha vuelto a dirigir la palabra. Se está fuera todo el tiempo que puede, y escatima hasta un ochavo. Nunca fue espléndido; pero ahora sufre una crisis de avaricia. De rechazo, no por celos ¡quia!, tiembla que yo le sea gravoso. Uno de los motivos por que no quiero hablarle del mal estado de mi guardarropa, es porque le creo capaz de ofrecerme prendas suyas de desecho. Te digo que está el hombre medio lunático; se figura que el señor de Aldao tendrá sucesión, y que la tití quedará desheredada, y anda caviloso; ninguna conversación le distrae; cuando la gente le pregunta qué le duele, responde que no sabe, que es un poco de murria... Solo el verle da hipocondría.
Portal reflexionó algunos instantes, y clavando en mí las pupilas, intensas y escrutadoras, repitió:
—¿Estás seguro de que ese hombre no tiene celos?
—No —repliqué con energía—. Siento, conozco que no los tiene. Aunque me lo jurasen frailes descalzos. No tiene celos.
—¡Cosa más rara! —murmuró mi amigo, sacudiendo la cabeza meditabundo—. Porque no puedo convencerme de que sea únicamente cuestión de la boda del suegro... Eso le pondría furioso unos días; pero las murrias no penden de la boda. Si no hay celos, otros disgustos habrá. Un paisano mío me dijo anteayer que en Pontevedra andan muy mal las cosas, que el Santo del Naranjal le da de codo a don Felipe y protege a su gran enemigo Dochán, el que le hizo tanta guerra para que no le pusiesen en casa la oficina de Correos... En algo de esto consistirá; aunque, realmente, son motivos fútiles para tanto abatimiento. No lo entiendo. Nadie me quita de la cabeza que ahí hay busilis. Los celos sí que lo explicarían perfectamente; pero tú dices —insistió el muy porfiado— que celos no.
—Celos no. ¡Si lo sabré! ¡Ojalá los tuviese, y fundados!
—Oraciones de tontos no llegan al cielo. Y después de todo —añadió Portal rascándose una oreja—, ¿de dónde sacas que no existe fundamento para celarse? ¿No me has repetido cien veces que ella le mira con repugnancia? Si tú lo notas, ¿no había de notarlo él? ¿Y no dices que ella te hizo muchas carantoñas mientras estabas enfermo? Pues auto en mi favor. Si él percibe algo, y al mismo tiempo nota que no le cae en gracia a su señora... blanco y migado...
—¡Te digo que no es eso! —repliqué impaciente—. Te digo que si fuese así, no me cabría a mí el gozo en el cuerpo, ni necesitaría tomar el sol para reanimarme. ¡Ay, ojalá! Pero naíta. Mi dicha ya sabes que carece de elementos positivos, y se funda en el negativo de sorprender en ella, no solo la repugnancia misteriosa de antes, sino de algún tiempo acá, otro sentimiento más declarado y más activo. Sí; por mucho que se reprime y trata de no caer en lo que le parece una maldad muy grande, no lo logra, y el sentimiento renace más fuerte que su voluntad. ¿No sabes que yo la estudio constantemente?
—Ya lo sé... ¡Así estudiases las asignaturas! ¿Y qué más averiguas?
—Que antes era solo repulsión, y ahora es aborrecimiento... No lo dudes, no. Mi felicidad no tiene otra base. Vivo de que le aborrezca. ¿Comprendes lo que en una criatura así significa el odio? ¡Ella, que es toda simpatía y caridad! Pues le odia. Yo la diseco: nada de cuanto hace puede escapárseme. Noto que por las mañanas, cuando vuelve de misa o del confesionario, se vence, le habla con dulzura, hasta con afecto, y no le mira, por no dejar asomar a sus ojos la luz de aquello que pretende encubrir a toda costa... Pero a medida que pasan horas, su vehemencia y espontaneidad vuelven a sobreponerse, y ¡créelo!, si la voluntad fuese un veneno... mi tío estaría muerto ya.
—¡Me asombras! ¿Y de qué nace ese odio?
—Ya te lo he dicho: en mi concepto, del actual modo de ser de él, y de que la antipatía enconada puede convertirse así, de pronto, en saña invencible. Yo no soy persona que haya sentido jamás impulsos de atentar a la vida de nadie; pero a mi tío, créeme que de algún tiempo a esta parte le hubiese escabechado de muy buena gana.
El oportunista pegó un brinco sobre el banco de piedra, y se puso a mirarme lo mismo que se mira a los locos, y a persignarse deprisa.
—¡Hijo... hijo... hijo...! ¡Esta es la cierta! ¡Rematado, rematado! No es un decir: te encuentro desequilibrado completamente; por Dios, sin tardanza, duchas, bromuro, régimen tónico...
—Déjame a mí. Cada loco con su tema —respondí sonriente—. Mi gloria consiste en una quimera, ya lo sé, y quimera extravagante... ¿Qué mal hago? A mí me basta, y a los demás no les importa. Estoy satisfecho con cierto paralelismo de sentimientos entre la mujer querida y yo. Si a mí me inspira repugnancia una persona, repugnancia le inspira a ella; lo que odio, ella lo odia: podrá no quererme a mí, pero nadie quita que sus afectos van al compás de los míos. Tú dices que mi tía es una mujer de otros tiempos, y que el espíritu cristiano y la religiosidad profunda que dictan sus acciones la hacen incompatible conmigo, que soy racionalista. Pues mira: podremos entender de diferente modo, pero sentimos igual. No lo dudes. A cualquier camueso que no conciba estas honduras y delicadezas, se le figurará que mi tío, el marido, su dueño, es el obstáculo que hay entre nosotros... ¡Memo quien tal crea! Mi tío es el lazo que nos une. No pienses que yo le quiero mal porque esté casado con ella. ¡Qué disparate! Ya sabes que mi tío me es antipático desde hace ene años... desde que nací; y que ahora mi repulsión se ha convertido en aversión... porque ella le detesta también. No hay más.
Mi amigo no contestó al pronto. Después exclamó, mirándome compadecido:
—Vámonos a casa. Tienes calentura.
—No creas que estoy trastornado.
—¡Si no digo trastornado! Pero tienes fiebre. Echas chispas por los ojos. Vas a recaer. ¡Precaución! Embózate... y a casita.
Cuando ya habíamos pasado más allá del monumento colombiano, Portal me dijo en el tono con que se da una mala noticia.
—¿No sabes quién está, en mi concepto, cien veces más malo que estuviste tú? ¿Pero sentenciadito?
—¿Quién?
—El empollón de Dolfos.
Así llamábamos en nuestra jerga, amistosa y escolar a un pobre muchacho zamorano, muy corto de alcances, compañero de estudios y también de hospedaje el año anterior. Era un chico apocado, insulso, tristón, el más tenaz y asiduo de todos nosotros, porque, huérfano de padre y madre, le pagaba la carrera con sus economías una abuelita casi octogenaria, que le había dicho: «No quiero morirme sin verte ingeniero.» Su verdadero nombre era Restituto Suárez; pero por su patria y su aspecto triste, o, como dicen los portugueses, soturno, le habíamos puesto Dolfos.
—¿Qué tiene? —pregunté.
—¿Qué ha de tener? Lo natural. Que los cerebros son igual que los estómagos; no todos pueden resistir una misma comida, y comida fuerte: no todos son capaces de cenar langosta, verbigracia. Al infeliz se le ha indigestado el atracón de binomios y polinomios, invariantes y covariantes, canonizantes de las cúbicas, y otras hierbas. ¿Te parece a ti que no hay más que meterse eso en las casillas de la chola, de una chola pobre y sin humus ninguno? ¡Claro! como meter... se mete, a mazo y escoplo, a fuerza de pasarse muchas noches en blanco, de suprimir todo ejercicio, y de embrutecerse. El desgraciado de Dolfos no ha gozado, puede decirse, un día de asueto desde que es alumno. No le ha dicho jamás a una mujer: «por ahí te pudras». ¡Si eso es vivir...! Y ahora está malo; malo de verdad. No prueba comida; tiene una tos blanda, que no me hace gracia ninguna; más flaco que un espectro... y dale que le das a los libros. Quiere ganar el año a toda costa. Como no gane la Sacramental...
Quedamos en que yo iría en breve a visitar a Dolfos. Según nos acercábamos a doblar la esquina de la calle de Alcalá, Portal me dio un empellón, exhalando un grito.
—Mira... mira quién va por allí...
Volví la cabeza. Al trote corto de un jaco no muy fogoso ni de sangre muy pura, rodaba paseo arriba la victoria donde se reclinaba, provocativa y tímida a la vez, como suelen las mujeres de su oficio, Belén, mi pecadora. Ceñida por el corsé, realzada por el traje de paño verde y el redondo sombrero de castor con plumas, Belén parecía lo que era en realidad: una gran mujer, digna de precipitar al abismo a cualquier protector espléndido.
¡Cristo, en cuanto nos guipó! Porque estábamos situados de manera que sin vernos no podía pasar. Sus ojazos resplandecieron: la alegría se derramó por su bella cara, pálida y algo retocada de blanquete; en su agitación, ni acertaba a decir al cochero que parase. Adiviné las intenciones, y arrastrando a mi amigo, me alejé, después de saludar a Belén con una sonrisa.
—Es capaz de hacernos subir al coche —dije a Portal—. Huyamos.
Ya en la Plaza de la Independencia, le pregunté por Mo.
—¿Qué dice la Gran Bretaña?
—Ayer me presentaron en casa de los padres —respondió mi amigo—. Otro día te contaré... o, mejor dicho, te llevaré allá. ¡Verás qué gente!
III
Escribí a mamá una carta de estudiante legítima, que partía los corazones a fuerza de exagerar mi situación y el estado de mi guardarropa.
«La capa imposible. He preguntado a un sastruco de mala muerte lo que costaría su arreglo, y dice que veinticinco pesetas poniéndole buenos embozos, y veinte si se los pone inferiores. Como la pobre está tan tronitis, creo que son de esta última clase los que se le deben echar. Mi sombrero, más indecente todavía que la capa; por donde tiene pelo, que no es por todas partes ni mucho menos, lo tiene verde, casi color de esmeralda, y por donde no lo tiene, está cubierto de un barniz tornasolado de grasa, o de goma, o no se de qué, que revuelve el estómago mirarlo. Ítem. Mis pantalones mejores amenazan romperse. Los peores ya se rompieron, y además todos ellos me sirven para los brazos mejor que para las piernas. Por hoy basta de calamidades, pero conste que necesito ropa sin remedio.»
Toda madre atiende a estas demandas si la queda un solo céntimo disponible. Mamá me giró dinero para vestirme, aunque al mismo tiempo me encargaba la mayor parsimonia, quejándose amargamente, por variar, de mi tío. Es cierto que el residir yo en su casa le ahorraba a ella parte de gastos de hospedaje; pero en cambio los de médico, que no habían sido flojos, los de botica, y todos los demás, de cualquier género que fuesen, recaían sobre la pobre señora, agobiándola precisamente aquel año, cuando las rentas habían descendido la mitad con la emigración y la baratura de los trigos de fuera.
Entre estas lástimas del orden económico andaban mezcladas otras que pertenecían a la esfera del sentimiento. Mi madre lamentaba que le hubiesen ocultado la gravedad de mi mal, porque, eso sí, para venir a verme en momentos tales, no le faltaría a ella dinero nunca. Añadía —con aquella graciosa manera suya de confundir y barajar las cosas más incoherentes— calurosas protestas contra el doctorcillo Saúco, un chico de nuestro país, «tan gallego como nosotros», que al año de estar en Madrid buscándose la vida, ya se creía con derecho a cobrar duro por visita, lo cual era todo un escándalo. «El médico de Cebre, que lleva tanto tiempo de práctica, me asiste por seis ferrados de trigo anuales.» ¡Cuarenta y pico de duros en médico! Este dato lo tenía mi madre clavado en el corazón, y, en su concepto, el hecho de ser gallego el doctor Saúco hacía más escandalosa la exorbitancia de sus honorarios. Las cuentas de botica que le había enviado mi tío, la horrorizaban también. Los medicamentos a la fuerza debían de estar amasados con oro. En fin, el asunto es que yo hubiese salido adelante, y estuviese ya bueno y guapo y con barba corrida...
Para mí, el asunto es que tenía ropa aceptable, y con ella podía presentarme ante la gente, de un modo adecuado a los ensanches y prolongaciones de mi cuerpo y a la eflorescencia de mi barba. En cuanto me puse de nuevo de pies a cabeza, estrenando un traje de entretiempo, barato, pero de agradable color y mediano corte, pareciome que recobraba la verdadera salud. Hasta entonces no había cesado mi dolencia; aún pesaba sobre mí, en forma de vestimenta menguada y pobre. Al salir a la calle llevaba, retozándome dentro, un regocijo bullicioso y pueril, más propio de algún chicuelo que de hombre hecho y derecho y barbado. ¡Tanto influye en nuestro espíritu la cáscara del ropaje, indispensable requisito o pasaporte que nos exige la sociedad!
Disipado aquel sentimiento de vaga nostalgia que noté en los primeros instantes de mi convalecencia, entrome una especie de hervor de vitalidad, de ansia de movimiento, que se tradujo en hacer visitas a todos mis conocidos, adquirir relaciones nuevas, salir, hablar... todo menos la necesaria y desesperante aplicación al estudio. Los libros me inspiraban tedio, un tedio que quería ocultarme a mí mismo, por vergüenza, pero que era real y efectivo; mi cabeza estaba como oxidada, y los goznes de mi entendimiento y de mi memoria se resistían a funcionar. La primera vez que comprobé este fenómeno, me causó una especie de terror. «¡No puedo, no puedo! ¡Ay, Dios mío, qué va a ser de mí este año!» Dos o tres veces realicé el esfuerzo penoso que consiste en poner en tensión la voluntad para obligar a la inteligencia a concentrarse y funcionar metódicamente, sin irse por esos cerros o entregarse a una inercia dormilona. La pícara no quería obedecer. Y, en cambio, el cuerpo, antojadizo y rebosando lozanía, resistíase a la sujeción y a la encerrona. Mi deseo mayor era flanear, callejear, tomar el sol, detenerme aquí y allí sin objeto, pasear solamente por el gusto de sentir que mis músculos y mis tendones poseían elasticidad y vigor propios de gimnasta. Como suele suceder en los años en que la corriente vital asciende aún, después de mi enfermedad encontrábame más animoso que antes, y la subida de la savia primaveral, combinada con la impetuosa salud, me espoleaba causándome una ebullición interna, volcánica, semidolorosa.
Mi primer visita fue a la calle del Clavel, a la casa de huéspedes de doña Jesusa. La encontré como siempre, ordenada, pacífica, limpia en lo que cabe, con su jilguero cantarín en el mismo rincón del pasillo; y a sus inquilinos idénticos, siguiendo cada uno la pendiente de su carácter. A Trinito me lo hallé tumbado a la bartola, y al pobre Dolfos estudiando con furia. El cubano, en aquellos últimos tiempos de la carrera, no necesitaba más que dar un repaso; su memorión le sacaba de apuros. En cambio Dolfos, cuyas facultades de comprensión y asimilación disminuían con la progresiva debilidad del cuerpo y la anemia cerebral, se pasaba el día, y acaso la noche, encorvado sobre el libro mortífero. ¡Cómo estaba el infeliz aquel! Cuando se levantó para abrazarme, tuve ese movimiento involuntario de retroceso que realizamos ante la muerte pintada en un rostro. El asiduo era un espectro. En su faz amarilla, ni aun brillaban sus ojos atónicos y apagados. Lo que se veía mucho, por lo descarnado de las mejillas, eran los dientes oscuros en las encías pálidas y flácidas. Sus orejas se despegaban del cráneo de un modo aterrador, como si fuesen a caerse al suelo. Sentí su mano viscosa entre las mías, y noté en ella juntos el ardor de la calentura y el sudor de la agonía próxima. Su aliento era ya la descomposición de un estómago que no tiene jugos digestivos. Le dije las tonterías y vulgaridades de cajón.
—Cuidarse... Me parece que aras demasiado... No conviene exagerar... El número uno ante todo... Prudencia, prudencia. ¿Por qué no sales y tomas aires de campo? ¡Te encuentro algo flacucho!...
Y el maniático con una sonrisa casi suplicante, que pedía excusas, respondiome:
—Ya ves, ahora, para lo que falta... Pocas son las malas fadas, como dices tú; hasta junio solamente... En examinándome y saliendo con bien... ¡plam! a casa, junto a la viejuca... Va a chochear de contenta... va a ponerse a bailar, aunque no puede menearse de su butaquita. ¡Y yo! —Interrupción a cada palabra por una tos que parecía salir de una olla rota—. Yo... mira, yo... para ser franco... contentísimo también. Porque chico, la aciertas... es demasiada sujeción, y lo que es este verano... te aseguro que he de correr liebres y que he de beber mosto. No; si ya hasta se me ocurre que este género de vida... me perjudicará... a la salud. La comida no me aprovecha y tengo una poquita... ¡ay!... nada más que una poquita... de expectoración. Pero no vale la pena; conozco el remedio. En llegando a Zamora...
—Pues mira —insté—, lo que convenga... hacerlo pronto. Esas cosas que atañen a la salud, en tiempo... porque si no... ¿quién sabe a lo que te expones? Ea, hoy sales a dar una vuelta conmigo...
El asiduo se alarmó como si le propusiese cometer algún crimen.
—¿Una vuelta? Estás loco. ¡Tú no te fijas en lo que tengo que hacer! Esos condenados puertos y señales marítimas y esa... indecente... legislación de obras públicas... ¡ya ves que no es lo más difícil...! pues no acaban de entrarme. A veces se me figura que mi cabeza es una espumadera: echo en ella párrafos y más párrafos... Al minuto no queda ni gota. ¡Ay! ¡Si yo pudiese apretar, apretar los sesos! No creas; un día hasta me até un pañuelo por las sienes... Lo que se me ha quitado ahora son las jaquecas que padecía al principio. Del mal el menos. Siquiera no tengo que acostarme y quedarme a oscuras. Únicamente... la cuestión del estómago... Pero en yendo este año a unas aguas minerales... ya me dijo Saúco que me pondría como nuevo. Lo que tengo es nervioso, puramente nervioso... Ganas de acabar.
Dejele con sus consoladoras esperanzas y su obstinación honrada y absurda, para enterarme de cómo andaba el bueno de Trini. ¡Ah! De monises, rematadamente mal: ni un cuarto para hacer bailar a un ciego. Pero en cambio, de gloria... ¡ssss! Trinito, que para todo poseía la misma facilidad desastrosa, se había aprendido la jerga o caló de la crítica gacetillera, fusilando sin escrúpulo frases y hasta conceptos enteritos de escritores conocidos y celebrados; y sin omitir ni las frialdades jocosas que el género impone, ni unas cuantas citas trastrocadas y de cuarta mano, ponía él de oro y azul a los más pintados maestros y compositores del mundo; pues por ahora su especialidad era la crítica musical, aunque alimentaba siniestros propósitos de correrse a la artística, a la dramática y a la literaria, si a mano venía. Como al ramo de crítica musical se dedican pocos autores, y no deja de hacer bien en un diario, aunque son contados los lectores que se enteran, Trinito había logrado en poco tiempo que «le abriese sus columnas» cierto periódico muy autorizado y popular; y a cada acontecimiento musical que sobrevenía, les endilgaba a los suscriptores dos columnas y media de aquellas que le habían abierto. Cobrar no cobraba por su prosa un céntimo partido por la mitad; pero sus escarceos críticos le valían entrada gratis en teatros y conciertos, relación con cantantes, etcétera; y esperaba él que más adelante, cuando «se diese a conocer», le reportarían ventajas mayores. Portal estaba muy gracioso describiendo los artículos de Trini.
—El tupé más colosal del siglo. Lo mismo habla de Mozart y de Beethoven, que si desde chiquito les hubiese tratado tú por tú. A Arrigo Boito le adivina las intenciones, y Saint-Saëns que no se descuide ni se caiga, que no habrá perdón para él. Da gusto verle encararse con Ambrosio Thomas preguntándole si cree que por ese camino se va a alguna parte, y tirarse como un gato a los ojos de Wagner cuando incurre en monotonía. Te aseguro que es divino el muchacho. ¿Pues con los cantantes? A la pobre de la Sgarbi me la puso de vuelta y media porque dice que no entró a tiempo en no sé qué cavatina. Estaba con la Sgarbi, por lo del retraso, como si la infeliz mujer le debiese dinero o le hubiese dado calabazas. Tú ya sabes lo patoso, lo manso que es a diario Trinito... Pues escribiendo parece un dragón. Se come a la gente.
También visité la casa de Pepa Urrutia, mi antigua patrona vizcaína, por el interés que me inspiraba siempre el desastrado Botello. Me llevé chasco. Botello había desaparecido, tragado quizás por la oscura boca de la miseria o lanzado a desconocidas regiones por la dura mano de la necesidad. La casa de la Pepa rebosaba de alumnos de Arquitectura y Minas, con algunos huéspedes de paso; y el puesto de don Julián, aquel valenciano trápala que en otros tiempos llevaba la batuta, ocupábalo (según pude inferir de algunas indiscreciones de los comensales, entre los cuales había uno bastante conocido mío, Mauricio Parra), el señor de Téllez de los Roeles de Porcuna, noble sin dinero, hombre ya entrado en años, de majestuosa presencia, pero más tronado que Botello mismo, si estar más tronado cupiese.
Venía este tal a Madrid a asuntos graves e importantísimos, pues se trataba nada menos que de un pleito de tenuta sostenido contra la casa más ilustre quizá de nuestra nobleza, a fin de recobrar unos mayorazgos que le detentaban muy contra razón y fuero. Todos los días, en la mesa redonda, refería el buen señor Téllez de los Roeles las causas, orígenes, bases, razones y fundamentos de su derecho inconcuso a los dos mayorazgos de Solera de Hijosa y Mohadín, que sin justicia retenía la casa ducal de Puenteancha, citando el privilegio rodado concedido a su ascendiente el maestre de Alcántara, en virtud del cual su línea, adornada con el don de la masculinidad, era incuestionablemente la llamada a suceder. Vi al señor Téllez cuando me lo presentó sin ceremonia Mauricio Parra, y no pude menos de admirar el evidente corte aristocrático de su figura, que era prolongada, bien barbada como la de los apóstoles de los Museos, de ancha frente, que coronaban con dignidad mechones grises; la estatura aventajada, finas las manos, y toda la persona revestida de un carácter de autoridad, resignación y tristeza casi mística que imponía consideración y respeto. La misma pobreza de su ropa, raída y esmeradamente cepillada, le hacía simpático; el modo de caerle el abrigo era elegante, y su aspecto nunca delataba incuria, desaseo o sordidez. Yo, mirando al señor Téllez, juzgaba maliciosos y desvergonzados a los muchachos estudiantes que suponían a aquella persona tan decente extralegales influencias sobre Pepa Urrutia. ¿Era capaz de ejercitarlas? ¿No sería más bien que el corazón de la patrona, blando y caritativo de suyo, se había derretido aún más viendo al pariente de los duques de Puenteancha, sucesor en el marquesado de Mohadín de los Infantes y acaso en una o dos grandezas, reducido a la mayor estrechez? Lo cierto es que Pepita profesaba al señor de Téllez inexplicable veneración; que todo le parecía poco para su regalo; que se cree fundadamente que no le presentaba la cuenta nunca, y que se interesaba hasta el delirio por el éxito de las pretensiones del Marqués de Mohadín..., in partibus infidelium.
Hízome gran impresión aquel tipo original, con quien más adelante hube de trabar relaciones que en nada interesan al curso y desarrollo de la presente historia. La del respetable litigante la contaría yo de muy buena gana, si tuviese aptitudes de narrador; pero ella es tan peregrina, que no quedará en el olvido; se impondrá a la atención de los que pasan su vida escudriñando los repliegues del corazón ajeno, acaso para distraer nostalgias del propio.
Cierro la lista de las distracciones que encontré en la convalecencia, y con las cuales creí engañar el tiránico afecto enseñoreado de mi alma, diciendo que penetré en dos círculos sociales muy distintos: en casa de una señora que daba reuniones, y en la de un importante personaje político, jefe de partido, escritor y sabio, a quien me presentó Mauricio Parra, que era de sus prosélitos fervientes.
Yo también comulgaba, y no con menos devoción en la creencia de Mauricio; yo me contaba entre los devotos de aquel insigne repúblico, a quien llamaré Don Alejo Nevada, y le reconocía por jefe cuando mis fiebres amorosas dejaban lugar a las políticas.
Creía además, o mejor dicho, deseaba que el entusiasmo político borrase mis preocupaciones de otra índole, pues me encontraba en un momento de esos en que con sinceridad nos proponemos combatir nuestra locura, aplicando todos los derivativos que conoce la ciencia. Mi entusiasmo por Nevada me infundía esperanzas de que su vista y trato refrigerante serenasen mi cabeza, trayéndome a aquel camino de las líneas rectas en mal hora abandonado, al cual la severa figura del que yo interiormente llamaba mi jefe debía ayudarme a volver.
No pisé su casa sin religiosa emoción de neófito. He notado que cuando nos acercamos a los personajes célebres, de quienes se habla en todas partes y a quienes se juzga con criterio muy distinto y contradictorio, a veces con la más salvaje grosería y la maledicencia más inconsiderada y ponzoñosa; a quienes un día tras otro la caricatura, las sátiras de los periodiquines y los sueltos aviesos y ladradores de la sección política exponen en la picota a pública vergüenza; he notado, digo, que cuando nos llegamos a estos personajes, parece que la injuria, la calumnia, el humo y el polvo mismo de la batalla les han puesto aureola, y lejos de movernos a irreverencia todo lo que hemos oído y leído, redobla nuestro acatamiento. Entré poseído de ese respeto involuntario —que muchos considerándolo ridículo, encubren bajo una franqueza chabacana y de mal gusto— en la residencia de Don Alejo Nevada.
La casa no tenía sin embargo, nada de imponente, como no fuese su propia austera sencillez y la voluntaria abstención del lujo barato moderno, deslumbrador para los incautos. El edificio era antiguo, desahogado y alto de techos: pasado el recibimiento, descansábamos en una pieza que adornaba vasta anaquelería abarrotada de libros. Allí esperábamos y allí se leían periódicos o se discutía a media voz, mientras llegaba el turno de ser introducido en el despacho contiguo y saludar al grande hombre.
Cuando me tocó la vez, entré aturdido y ciego, enredándome en los muebles y tropezando con las sillas. Al dar la mano a Nevada humedecía mi diestra ligero trasudor, y el corazón me latía fuerte. No supe decir más que frases balbucientes y torpes. Tuve conciencia de mi falta de aplomo, y la fría amabilidad con que Nevada me sentó a su lado y me dirigió preguntas, acabó de aturrullarme. Sin embargo, poco a poco fue normalizándose mi circulación y disipándose la niebla que hasta entonces me oscurecía los rasgos de Nevada: vi claramente su faz de rey mago, que parecía desprendida de algún tríptico medieval, su barba de nieve, sus ojos tranquilos, dormidos tras los espejuelos, sus mejillas rosadas como de figura de porcelana, el dibujo anguloso de sus facciones, la calma de sus movimientos. Aquella impasibilidad sin mezcla de arrogancia alguna, aquella llaneza y tibieza de la expresión, aquella palabra glacial, que servía de verbo a una política abstracta, profética y pacienzuda, me parecieron entonces el colmo de la sabiduría. Nada más distinto de como solemos representarnos a un agitador y a un radical que aquel viejo apacible, semejante a las figuritas de cerámica que retratan la ancianidad en el arte de los pueblos de Oriente. Nevada, con su trato afable y mate y su yerta conversación, encarnaba a maravilla las líneas rectas que debían predominar en mi cerebro.
Así que recobré ánimo, aprecié también el aspecto del despacho, y todos y cada uno de sus detalles contribuyeron a afianzar en mi espíritu la consideración. Tanta modestia y seriedad me cautivaron. El sillón que mi jefe ocupaba, de cuero negro con grandes y doradas tachuelas; la ancha mesa; la anaquelería cargada de libros y subiendo hasta el techo, lo mismo que la de la antecámara; los estantes, que en vez de ricos chirimbolos, lucían reproducciones en yeso, lo más barato y modesto que en arte cabe poseer; las anchas fotografías y grabados, único adorno de las paredes, todo revelaba la misma formalidad, la misma carencia de pretensiones, y el mismo propósito de huir de la vulgaridad por medio de la sobriedad espartana; e indicaban aficiones científicas los instrumentos de observación, colocados en otras rinconeras, los termómetros y giróscopos de Benot o Echegaray, un microscopio, una hermosa caja de compases.
La conversación del repúblico era como su nido: apagada, sorda, sin brillo alguno, aunque en ocasiones importante y firme, y en otras profunda. Sus palabras, pronunciadas por una voz sin inflexiones, una voz gris, y en estilo castizo, se me grababan en el cerebro cual si las inscribiese acerado punzón. Cuando ya dejé desbordar algo mi entusiasmo, revelándolo en dos o tres frases, no se estremeció músculo ni fibra de aquella fisonomía; los ojos no brillaron, los espejuelos sí; no observé en el semblante ni la dilatación de la vanidad, ni la inconsciente efusión de la simpatía que responde a la simpatía; solo contestó a mis protestas un «vamos, vamos» inerte. La apacibilidad de Nevada me impulsó a extremar mis vehemencias, empeñándome en arrancar del trozo de sílex la chispa; recuerdo que le dije que estaba decidido a todo, y que me considerase como recluta disponible. El jefe me preguntó entonces mi nombre y señas, y lo apuntó cuidadosamente, con bien sentado pulso, en un libro. Supe después que también llevaba, en papeletas, como un catálogo de biblioteca, el índice de todos los comités del partido en España, y me pareció que semejante idea de catálogo, de clasificación y de método, introducida en el hervor de una comunicación joven y entusiasta, pintaba al hombre.
Salía yo a tiempo que entraba un fuerte sostén del partido, prócer de tan alta alcurnia como pingüe hacienda, tipo bien diferente y a un opuesto al de Nevada, cabeza de enérgico diseño, meridional, respirando pasión, modelada con rasgos hondos y valientes curvas, como en lava del Vesubio. El contraste entre aquellos dos personajes políticos hacía sorprendente su estrecha unión y amistad. A pesar de la presencia del prócer, Nevada al despedirme, me acompañó hasta la puerta.
Seguí yendo los domingos por la mañana a casa de mi jefe, aficionándome a la tertulia de la antesala, donde se ventilaban problemas de actualidad, y la conversación, al par que de miasmas políticos, se cargaba alguna que otra vez de efluvios intelectuales, sobre todo si Mauricio Parra alternaba en ella. Traté de presentar allí a Luis Portal; pero el orensano no quiso, porque, según decía: «en esa ermita no entran más que los devotos, y ya sabes que yo... nequaquam».
Nuestras polémicas en la antesala eran a media voz. Generalmente leíamos la prensa, que se amontonaba en grandes cascadas sobre la mesa central. Los personajes que descollaban en la reunión eran un síndico de vinateros, hombre acomodado y de influencia, que solía ejercer altos cargos municipales; cierto tipógrafo socialista, de quien a veces, en nuestra zozobra de noveles conspiradores, sospechábamos que fuese agente provocador e hiciese bajo cuerda la política de Cánovas; un cura zorrillista que no formaba opinión sobre cosa alguna divina ni humana mientras no consultaba a don Manuel y este resolvía la consulta —y el elemento estudiantil, no escaso ni pacífico. Tanto que muchas veces, en ocasión de entrar el prócer o algún personaje de alto fuste, y cuando oíamos el rumor alternado del diálogo en el despacho vecino, nos entraba ansia de esa atmósfera de disputa que ha sido por largo tiempo ambiente propio de la política española; y vencidos de nuestro antojo apelábamos al recurso de irnos a otro piso de la misma casa, la redacción de un periódico masónico, donde veían la luz actas del Gran Oriente mantuano, el legítimo, el ajustado al rito antiguo escocés. Allí podíamos subir el diapasón y despacharnos a nuestro gusto. Mauricio Parra llevaba la batuta. Aquel muchacho, dotado de inteligencia no inferior a la de mi amigo Luis, era su polo opuesto, en el sentido de que tenía temperamento batallador, carácter acerbo y díscolo, poquísima transigencia, decidida afición a contradecir, y bajo estas espinas y abrojos, un gran fondo de ternura y tal vez un candor de que no adolece el sagaz Portal. La vida, con su roce y su desgaste, no había conseguido limar los ángulos del carácter de Mauricio, ni atenuar la crudeza de sus opiniones, generalmente paradójicas. Para muestra de esas trasladaré lo que decía de mi carrera y del espíritu que en ella domina.
—Déjeme usted —exclamaba encolerizado Mauricio—. Su carrera de ustedes, tal como aquí se entiende, es una carrera, ya que no de obstáculos, de disparates. Estudian ustedes, no cabe duda, diez veces más que los ingenieros franceses y belgas; pero estudian cosas que maldita la falta para el ejercicio de la profesión. Aquí sacamos de quicio todas las carreras por querer elevarlas a sus elementos más sublimes, prescindiendo de los meramente útiles; y luego resulta que nuestros ingenieros hacen dramas, hacen leyes, hacen política, lo hacen todo menos ferrocarriles, puentes y montaje de fábricas. ¿Quieren ustedes saber cuál es para mí el ideal del ingeniero? El hombre que dirige a conciencia la construcción de un ferrocarril, y el día de la inauguración recibe de frac a las comisiones y al Rey, y en seguida, cuando se trata de que el Rey recorre la línea, se quita el frac, se planta su blusa, trepa a la locomotora, y actuando de maquinista, lleva el tren al final del trayecto. ¡No se subiría el hijo de mi padre a un tren dirigido por Echegaray o Sagasta! Esa gimnasia feroz de matemáticas, ¿me quieren ustedes decir para qué sirve? En Francia un ingeniero no estudia la teoría de su profesión sino tres años, y luego pasa a centralier, y blusa al canto, ¡y práctica, y práctica, y más práctica! Mientras que aquí, sabrán ustedes mucho de buñolería científica... pero no saben hacer lo que hace un maestro de obras: ¡una tapia!
—¡Hombre! —le contestaba alguno escandalizado—. ¡No tanto, por Dios!
—¡Ni una tapia! Me ratifico. Son ustedes, a estas alturas, lo que fueron los médicos allá en el siglo XVIII: una gente atestada de fórmulas, y sin el menor sentido de la realidad. Entonces los médicos se habían plantado en Aristóteles: ustedes hoy están en Euclides. Mucho fárrago de teorías y de proposiciones, muchos conocimientos abstractos, y nada de anatomía ni de clínica profesional. Para lo más sencillo se ven ustedes atarugados. Se le pide a uno de ustedes un modelo de puente, verbigracia, y se toma un trabajo loco, se gasta cinco meses, lo calcula todo muy bien, resistencias, distancias, coeficientes de flexión... para que luego les digan a ustedes en el Creusot: «Pues sí, señor, todo eso es óptimo, y muy meritorio y muy laudable, están ustedes muy fuertes en el cálculo...; pero han perdido el tiempo lastimosamente, porque aquí tenemos modelitos de puentes hechos ya, cuyo resultado se conoce por experiencia, y con pedir el modelo núm. 2, o el núm. 3, salían ustedes del apuro sin tanto descornarse.»
—¡Pero eso —exclamaba yo indignado— es hacer de nosotros punto menos que artesanos! Suprímanos usted, y que nos reemplacen los sobrestantes de caminos.
—Pues eríjame la profesión en sacerdocio, y deje los puentes en el aire o abra túneles que luego resulten anteojos de teatro —respondiome el furioso paradojista—. ¿Ha visto usted que los Edison ni los Eiffel salgan de ninguna Escuela especial? ¿No sabe usted que Eiffel dice a quien lo quiere oír que il se fiche de las matemáticas? ¿Le parece a usted que es sano y bueno, en una cosa de carácter eminentemente práctico, mandar la práctica al rábano, como hacen ustedes? Y además, ¿no es doloroso ver reducir a tal estado a los alumnos, que en esos años de la carrera, lo más florido y plástico de la vida, no les quede ni tiempo ni cabeza para adquirir otra clase de conocimientos sino los puramente técnicos? Da grima ver a los chicos pasar su juventud sin obtener ni ese barniz tan necesario hoy, que se llama cultura general, y que es como la camisa limpia del entendimiento. Salen ustedes de ahí aplatanados, atrofiados del cerebro, con los sesos rellenos de guarismo. Usted y Portal son de lo más lucidito de la Escuela no en la carrera tal vez, sino en cuanto a que han procurado ustedes, a salto de mata, apoderarse de algunas ideas, leer algo más que el libro de texto. Conservan ustedes cierta savia intelectual, que sería mucho mayor si no estuviesen sometidos a ese régimen depresivo. Su amigo Luis es un cabezón; de allí podría salir un grande hombre de estado, un economista... ¡yo qué sé! Y usted que tiene tanta sensibilidad, tanta fantasía... ¿por qué no había de ser artista, o escritor, o...?
—Pues si no quiere que Echegaray haga dramas —objeté—, ¿cómo me aconseja a mí que en vez de mis asignaturas cultive las letras?
No era Mauricio de los que se dejan coger en un renuncio. Se evadía con sofística habilidad. Nosotros atribuíamos su gran inquina contra la Escuela, a que en tiempos tuvo que salir de ella por la puerta de los carros.
IV
La señora que daba reuniones vivía en el primero de la casa de mis tíos. Era viuda de un Subsecretario, y allá en sus mocedades hubo de presumir de elegantona; hoy tenía el pelo blanco, las formas exuberantes, corva la nariz, el continente entre severo y meloso, y todas las pretensiones cifradas en sus dos pares de niñas, muchachas del género insulso, nerviosas y linfáticas, de estas cuya inutilidad e intolerable sosera son fruto combinado de la vida anodina, la deficiencia de instrucción, la estrechez de miras y la frivolidad. «De la cabecita de esas cuatro no se saca para hacer un frito de sesos», afirmaba Luis. Las señoritas del primero eran prueba viviente de que andaba acertado mi amigo al insistir en la necesidad de crear una mujer nueva, distinta del tipo general mesocrático. ¿Quién podría sufrir la vida común con semejantes maniquíes?
Pasábanse todo el día de Dios en la ventana, ya entre cristales, ya con el cuerpo fuera. Cuando no estaban así, en postura de loritos, martirizaban el piano, revolvían figurines, charlaban de modas, leían revistas de salones para husmear las bodas y los equipos de la gente encopetada, criticaban a sus amigas, fisgoneaban quién entraba en casa de los vecinos, se miraban al espejo o daban vueltas a sus sombrerillos y trajes. A falta de otro género de conocimientos, su madre les inculcaba ideas de nimia corrección social, explicándoles día y noche lo que era bien visto y mal visto, lo que podían hacer y lo que no podían hacer unas señoritas; y a aquellas criaturas, capaces de establecer comunicación telegráfica con el primer mequetrefe que pasase por la acera fronteriza, les parecía tan imposible ir solas hasta la esquina de la calle, como en ferrocarril a la luna. A falta de su madre —que padecía un principio de estrechez valvular, y no podía andar mucho a pie—, las acompañaba una criada zafia y descaradilla, y con tan excelente rodrigón, ya se atrevían las muchachas a salir a compras, a misa, a casa de las amigas de confianza, mientras todas cuatro, juntas, pero sin la maritornes, no se hubieran determinado ni a tomar un carrete de hilo en la tienda de enfrente.
La noción fundamental de la moral inspirada a las niñas de Barrientos era la inseparabilidad. La madre se desvivía para meter en la cabeza a sus cuatro retoños que el toque de la fraternidad estribaba, no solo en vestir tan idéntico que si una de las hermanas compraba, verbigracia, un alfiler de cabeza de gallo, las demás revolviesen todas las tiendas de Madrid buscando otros tres gallos igualitos, sino en pasear y hasta creo que estornudar a las mismas horas y del mismo modo. Cuando a una la dolía la cabeza, las otras tres suprimían la salida; si una aprendía, por afición, a calar madera con sierrecilla, era obligatorio que a las restantes las entrase igual manía, llenándose la casa de cajitas enanas y edificios góticos de cinco pulgadas de alto; si una aprendía cierta sonata al piano, habían de aprenderla las restantes, y si una se levantaba y salía del gabinete, la seguían las otras en hilera como las grullas. La madre, viéndolas sometidas al régimen de la fraternidad forzosa, solía exclamar, cayéndosele la baba: «¡Como están tan unidas!» Y aprobaban los presentes: «¡Ay! muy unidas... ¡Da gusto ver una familia así!»
Lo que realmente daba —según Portal, presentado por mí a la señora de Barrientos— era pavor, de imaginar que se preparaban con tal régimen futuras esposas y madres de familia; de pensar que aquellas muñecas rellenas de serrín, serían, andando el tiempo, base de un hogar, compañeras de un hombre inteligente, que hubiese probado las amarguras y los combates de la vida, ejercitando el cerebro, desarrollado sus ideas y contraído la necesidad de emitirlas.
—¡Yo —exclamaba Luis— me suicido si me mandan que me amarre al yugo con una de esas sin sustancia! ¡No creas por eso que prefiero a tu ideal! Entre la tití y las señoritas de Barrientos, me quedo sin ninguna; la señora de tu tío (que en mi concepto está algo loca) es una mujer de otras edades, a quien tocó nacer en el siglo presente, adornada con virtudes que no necesito y convicciones que me estorban; y las de Barrientos, unas pavisosas coquetuelas que no veo la necesidad de que naciesen en este siglo ni en ninguno, porque maldito si sirven para nada. Créeme, chacho. El hombre de mediano sentido común que cargue con ellas, a los dos meses las administra algún alcaloide. ¡Dios me libre de tales plepas! ¿Quién cargará con esas gangas?
Ya podía conjeturarse quién, pues las señoritas de Barrientos tenían novio todas, aunque de muy diverso pronóstico matrimonial: dos había de casaca, y dos de pasatiempo. Los de casaca se dirigían a la segunda y tercera de las niñas, Aurora y Concha; los de entretenimiento a la mayor y menor, Camila y Raimunda. Eran los de casaca un par de buenos muchachos, que esperaban, el uno por la notaría y el otro por la efectividad de capitán, para ofrecer el cuello a la coyunda; y los de entretenimiento, dos estudiantes de leyes, asociados para aquellos amoríos, amigos de cháchara, pero más recelosos de la Vicaría que toro corrido de la puya.
Como las muchachas de Barrientos estaban «tan unidas», yo he de decir en toda verdad que cuando asistía a sus saraos me era imposible no confundirlas, y también a sus novios, de una manera a veces muy cómica. Viéndoles pegados a sus respectivas damiselas, conseguía orientarme; pero en cuanto se deshacían los dúos, me quedaba en ayunas de cuál era el de Raimunda ni cuál el de Concha. Hasta tal punto me mareaba el amoroso rigodón, que se me puso en la cabeza que el novio de Aurora, el futuro notario, chico muy formal y dulce, la mejor proporción de los cuatro pretendientes, hablaba más con Camila, la mayor de las hermanas, que con su misma novia. Camila tendría veintiséis o veintisiete años largos de talle, y aunque ajustada al patrón uniforme de la insignificancia fraternal, me parecía que alguna vez, sobre todo cuando cantaba acompañándola al piano Raimunda, revelábase en ella una mujer distinta, nada espiritual por cierto. Al modular las notas de algún tango o cancioncilla, sus labios se entreabrían, el canto enronquecido y arrullador salía de ellos como chorro candente, sus ojos se nublaban, y transformaba su cara empalidecida una especie de deliquio. Aquella pobre joven debía de estar muy fatigada de su larga soltería.
A casa de Barrientos bajaba yo con la tití una vez por semana, los jueves, día señalado para las recepciones. No sabiendo qué hacer, y en la imposibilidad de dar conversación a Carmiña, se la daba a Camila, lo cual me distraía un poco, pues lentamente, bajo el artificio de su educación convencional, iba descubriéndose la naturaleza más fogosa que yo había encontrado nunca. La proximidad de un individuo de mi sexo producía en Camila un efecto que encubría disimulando; a veces adoptaba la expresión cándida y bobalicona de sus hermanas, pero no siempre podía mandar en sus ojos ni en su fisonomía delatora. A no estar yo tan subyugado por otro orden de sentimientos, Camila hubiera sido un peligro para mí; y no porque me gustase, que no me gustaba poco ni mucho, sino porque mujeres de tal condición no necesitan gustar para constituir riesgo. Son el clásico fuego junto a la estopa.
En los saraos barrientescos, tití se manifestaba como cumple a su estado, absteniéndose de cuanto trascendiese a profanidad: siempre moderada en el vestido y adorno, hallábase tan dispuesta a dar palique, en el rincón del sofá, a las señoras formales, como a teclear polkas y rigodones para que bailase la gente moza.
A lo que no se prestaba nunca era a tocar allí el piano formalmente. No sé si la tití era una profesora, o algo menos: seguramente una aficionada notable. Es imposible sacar mejor partido de un instrumento seco, ingrato y duro como el piano, en que el sonido no se liga al sonido sino a fuerza de inteligencia y sensibilidad en el ejecutante. No se podía comparar la ejecución de Carmiña a esa catarata de notas sonoras, metálicas y brillantes que tanto se aplaude en los conciertos; jamás la vi romper a sudar mientras tocaba, ni hago memoria de que saltase cuerda alguna en el arrechucho de una serie de octavas o de una escala cromática doble. Su manera despuntaba por lo suave, tersa, matizada y sobria. No daba una pifia, ni aplicaba el pedal cuando no hacía falta. Tenía gusto en la elección de piezas: no recuerdo que estudiase fantasías sobre motivos de ópera alguna. Cogía, sí, la ópera entera, e iba leyéndola, divagando, deteniéndose más en los pasajes reconocidamente hermosos, y manifestando al traducirlos que había entendido muy bien su sentido recóndito, el pasional inclusive. Sus trozos predilectos eran sonatas de Beethoven o de Schumann. También tocaba música de iglesia, pero decía ella que no se prestaba el piano, y que tenía capricho de un buen armonio. Capricho, ¡ay! que llevaba pocas trazas de cumplirse, pues mi tío no parecía muy inclinado a aflojar cuartos para fines meramente recreativos.
Cada día se confirmaba que mi tío Felipe sufría honda crisis: no estaría enfermo del cuerpo, pero debía de estarlo, y gravemente, del espíritu. Su carácter, más desabrido y agrio, sus períodos de murria y silencio, la indiferencia en que a ratos caía, indicaban no era su estado de ánimo el propio de un hombre a quien mira con buenos ojos la fortuna, que ha triunfado en su pequeña escaramuza por la existencia, y es dueño de una esposa joven y envidiable como Carmiña Aldao.
Repito que le observaba sin cesar. No me ocupaba en otra cosa; aunque en apariencia me distrajese, volvía siempre al foco o centro de mi vida sentimental, que eran Carmiña y su marido —y aún creo que debiera invertir el orden—. El odio puede ser más irritante y activo que el amor, y yo por odio me convertí en anatómico de dos almas. La historia de mi loca pasión por la tití se reducía a un espionaje, pues me bastaba saber las vicisitudes de su espíritu, juzgándome feliz si andaban acordes con las del mío propio. Pues bien: hacia la época a que voy refiriéndome —el mes de mayo— hube de notar (no era ilusión) que la inexplicable acedumbre de mi tío para con su mujer revestía carácter de desvío absoluto. Este desvío, acentuándose gradualmente, se manifestó sin rebozo en dos síntomas.
El primero fue tan significativo en el terreno material, que no dejaría duda ni al más topo. Había en la casa, contiguo al despacho, un gabinete o dormitorio interior, estucado, que servía de ropero: allí colgaba mi tío su vestuario, allí colgaba algún trasto estorboso, y allí se aseaba. En esta alcoba supletoria existía también una cama de hierro, doblada y arrimada a la pared. Pude cerciorarme de que a principios del mes de mayo la cama recibió colchones y sábanas, y mi tío pasó las noches en ella.
El segundo indicio, puramente moral, aún resultó para mí más luminoso y me produjo mayor satisfacción interna. Fue percibir en el semblante y en toda la persona de la tití —desde que se realizó esta separación— un cambio favorabilísimo. ¿Habéis visto la flor lacia y mustia, que al segarle con delicado corte de tijera el tallo e introducirla en agua, yergue la cabeza, adquiere color, frescura y gallardía, y lozanea saliéndose del vaso de cristal? Pues así revivió la mujer incomparable, cuando sin intervención suya, sin tener que acusarse de nada, se aflojó el lazo que había apretado en mal hora su generosa decisión. Seguramente los mártires de la leyenda cristiana irían al suplicio muy animados, cantando muchos himnos y todo lo que ustedes gusten; pero figurémonos que sin necesidad de quemar incienso ante los ídolos, ni de apostatar de la fe, ni de recibir un triste libelo, en aquellos instantes terribles, obtuviesen la conservación de la dulce vida... y crean ustedes que los mártires, sobre todo siendo jóvenes y llenos de esperanza, se pondrían tan contentos. ¿Pues qué? ¿Acaso el mismo Hijo del Hombre, en el Huerto, no se volvió a su Padre, implorando que pasase de él aquel cáliz, si era posible?
Mi tití no tenía que beber el cáliz ya. No era culpa suya si el esposo se alejaba. Podía cumplir su programa moral, ser buena a toda costa, y al mismo tiempo no apurar la hiel de deberes tan amargos. Yo veía que los negros ojos de Carmiña recobraban el brillo y la húmeda suavidad de la ventura; que sus ojeras, perdiendo el amoratado color, solo rodeaban de ligero cerco obscuro los luceros de la cara; que su tez perdía el tono de la bilis estancada y reprimida, para adquirir el arrebol de nácar que presta la sangre cuando circula normalmente; que hasta su buen apetito y su risa delataban el equilibrio de las funciones. Mi tía iba poniéndose guapa.
La satisfacción se revelaba hasta en su modo de herir las teclas. Alegres y brillantes valses, cadenciosas polkas, brotaban de sus dedos, saltando como mariposas juguetonas y aladas de un matorral. Arpegios rápidos, marchas y galopes sonoros nacían de sus manecitas, ya redondeadas y llenas, como son las de las mujeres felices. Otras veces volvía a Schumann y a Beethoven, pero con una reposada languidez que imprimía a aquellas ensoñadoras divagaciones mayor encanto. Las teclas no gemían, ni rezaban ya, o al menos su rezo se parecía a acción de gracias fervorosa.
Hasta en el traje de Carmiña me pareció advertir indicios de ese renacimiento moral que presta valor a los objetos exteriores y nos lleva a reflejar en ellos la situación de nuestro espíritu. Se componía más; su peinado, siempre sencillo, tenía algunos toques de coquetería modesta; prendía a veces una rama de lila en el pecho; otras un bonito y limpio fichú blanco alegraba su traje, habitualmente obscuro.
En esta ocasión tuve mil de hablarla a solas, porque mi tío se marchaba de casa con diferentes pretextos, y siempre andaba de cabildeos políticos, tejiendo intrigas de menor cuantía, relacionadas con sus proyectos de veraneo en Pontevedra y el influjo que allí deseaba reconquistar. Las tiranías locales, aunque piden frecuentes viajes a la corte, también imponen al tirano residencia en sus dominios. Sucedíale a mi tío lo que a muchos caciques de su misma exigua talla: que no poseyendo condiciones para volar con sus propias alas en Madrid, consiguen dominar una provincia merced al favor de personajes más altos; pero faltándoles este puntal, la acometida de otra medianía hace tambalearse su efímero poder. El adversario de mi tío era Dochán, ambiciosillo rastrero, de habilidad suma, que ya le tenía minados todos los caminos y tomadas todas las vueltas. Había empezado por fundar, contra El Teucrense, otro periodiquín llamado La Aurora de Helenes; esta hoja ladradora y procaz llenaba sus tres páginas con ataques a mi tío y a ciertos paniaguados suyos que, desatendidos por Sotopeña, iban inclinándose hacia el partido conservador o reformista, únicamente por recurso; porque veían al Santo indiferente a sus quejas, sordo, desde lo alto de la hornacina, a sus postulaciones, y ya se permitían de vez en cuando, seguros de que nada lograban por medio del incienso, apelar a la intimidación y dirigirle estocadas. ¡Ancha y pródiga mano y paciencia heroica necesitaba el Santo bendito para satisfacer a todos sus coterráneos, que fundaban en sus milagros la aspiración de hacer del presupuesto la quinta provincia gallega!
A mi tío La Aurora le daba con las de alambre. Salían a relucir diariamente enjuagues y chanchullos: el alquiler de la casa para oficina de Correos, los solares famosos, los expedientes de carreteras... todo, todo; la eterna miseria de los escándalos de provincia, basura removida sin cesar, que nunca se entierra, y no por indignación vengadora, sino por odios personales, o por desesperación de que otro haya sido autor de la fechoría y usufructuario también. Aparte de las concusiones, le arrojaban a la faz la dureza de su corazón, ajeno a los afectos de familia, y su guerra contra Luciano Aldao, a quien sitiaba por hambre, cerrándole el camino de la deseada prebenda del Hospital: en efecto, mi tío desplegaba encarnizamiento horrible contra su cuñado: si pudiese, le reduciría a la miseria.
He dicho que me encontraba muchas veces solo con Carmiña, sentado cerca del piano, oyéndola juguetear con las teclas, o viéndola hacer labor y repasar la ropa, tarea doméstica que desempeñaba a las mil maravillas. Decir que no se me ocurriese arriesgar un paso decisivo, sería mentir: yo, como es natural, pensé, no solo en la posibilidad de declararme, sino en la probabilidad de sorprender dormida a la virtud, y robar a su sueño lo que su vigilia no me otorgaría nunca: pensé también que el temporal apartamiento de los cónyuges coadyuvase a mi propósito... Sí, todo lo pensé, y nada hice entonces. Tenía miedo, mucho miedo a que un desplante mío malograse lo obtenido ya: ¿no valía más gozar tan dulce intimidad que exponerme a una ruptura, un castigo, un extrañamiento? Calma...
¿Qué podía yo desear? Interrumpidas las relaciones entre ella y su dueño, libre casi, y yo a su lado... Lo demás que lo hiciese el tiempo... o alguna circunstancia fortuita como la de mi enfermedad, circunstancia que yo aguardaba siempre, con la viva fe de los enamorados, fiando en que nuestra convivencia y la soledad de aquella mujer acabarían por inclinarla hacia mí, de modo tan insensible como se inclina el sauce hacia el agua. Y así era. Sin pecar de fatuo comprendía que mi presencia agradaba; que Carmiña se entretenía charlando conmigo; que su juventud se entendía bien con mi juventud; que el interés de su vida lo constituía mi trato, y que la santa «pintada sobre fondo de oro», según la frase de Portal, iba destacándose de la niebla mística, y entrando en más humano ambiente. Mi mismo respeto, mi cautela para no espantarla, contribuían a captarme su corazón. ¡Ah! Era evidente: habían reflorecido aquellos días tan hermosos del Tejo, porque a veces las pupilas de tití adquirían la misma expresión que la tarde en que salimos a pescar en la ría; y su voz, inflexiones parecidísimas a las que tuvo en los supremos instantes de mi grave enfermedad... Yo no sabré encarecer lo azucarado de aquellas proximidades y aquellos coloquios, tan inocentes en el terreno positivo.
Empezaba a mostrarme suma confianza. Hablome varias veces de asuntos de familia, de cómo Candidiña había escrito una carta pidiendo perdón por su boda, y ella había respondido con otra atestada de buenos consejos.
—Pero de esto no he dicho nada a Felipe —añadió—. Sería probable que se enfadase mucho; y ¿a qué provocar discusiones y malos humores y tonterías? ¿No te parece que hice bien? Yo creo que no es ninguna acción reprensible el haber contestado a Cándida. ¿Qué sacábamos de darla un bufido? Ella con eso no había de volverse más formal. Al contrario, tal vez mi carta influya para sentarle la cabeza a aquella tolitatis... Mira, esto de que Candidiña es una tolitatis te lo digo a ti: que a la gente... ¡líbreme Dios! Si las primeras en desacreditar a una mujer son las personas de su familia, nunca honra tendrá. Yo quiero que Cándida tenga honra, ya que se ha casado con mi padre. Estoy deseando llegar allá para hartarla de sermones. Ella no es tonta; la demostraré la cuenta que trae cumplir con su deber. ¿Sabes lo que voy a decirla? Pues lo siguiente, y en tono bien categórico: «Cándida, mira, sé buena, que no te pesará. Si eres buena, te prometo que aunque no tengas hijos, he de hacer que mi padre te deje cuanto pueda; que asegure tu suerte para toda la vida. Mi pobre padre, por un orden natural, poco tiempo ha de vivir; conserva su decoro los años que viva, y después libre quedas... Yo haré que la pobreza no te angustie... Seré tu mejor amiga, te querré mucho, iré contigo a lodos lados, no sufriré que te haga nadie un desaire ni una mala partida... He de conseguir que te trates con todo el señorío de Pontevedra... ¡Vaya! ¿Qué te pensabas tú? Con la del Gobernador, con los marqueses del Remo, con la familia de Filgueira... pero no avergüences a mi padre... ¿lo oyes? porque entonces tendrás en mí la enemiga peor...» Todo esto he de encajárselo a la chiquilla..., ¡y si así no consigo nada!... Espero que conseguiré... ¡ojalá!... Cándida es una aturdida, pero no creo que se atreva a cometer el mayor crimen de una mujer... que es faltar a su marido. ¡No, de eso no puede ser capaz!
Cuando hablaba así, articulando palabras para mí tan funestas, me comería a besos su sagrada boca.
—Por desgracia —añadía—, Felipe no me permitirá que trate a Cándida. Esto sí que me lo temo. ¡Mis consejos serían tan convenientes para la infeliz! Y no es igual... ¡quia! es enteramente distinto aconsejar por carta, que de viva voz. Felipe ni quiere oír hablar de que yo la trate. Dice que si en público se dirige a nosotros, debemos volver las espaldas. Te aseguro que esto me tiene disgustadísima.
Prometí que le conseguiría una entrevista clandestina con Cándida, o que iría yo mismo a transmitir los recados.
—¡Bah! no... guasas tuyas —contestó la tití—. ¡Valiente embajador! Lo que harías sería levantar de cascos a mi madrastra. No conviene. No tienes tú formalidad ni suposición para semejante envío de recaditos. Te tiemblo, Salustio... Esa cabeza... Mira: otro lío que me trae muy cavilosa, mucho, es el de mi hermano. El pobre, cargado de familia: todos los años un chico: papá sin darle gran cosa... y cuanto le diese, insignificante para mantener el pico a tanta gente menuda. Por eso pretende el empleíto del Hospital u otra colocación... ¿Qué trabajo le costaría a Felipe apoyarle? Pues le hace una guerra a muerte... y mi hermano lo va a conseguir por Dochán... ¡Figúrate qué vergüenza! ¡El mayor enemigo de mi marido! Parece que hasta don Vicente Sotopeña se manifestó sorprendido y disgustado al ver que Felipe le tira a degüello al pariente más próximo de su mujer. Tú ya sabes que don Vicente Sotopeña es tan amante de la familia... Nada, por Felipe, se moriría de hambre mi hermano...
—Tú —interrumpí— a tu hermano poco tienes que agradecerle... Acuérdate que no quiso tenerte en su casa.
Tití no contestó. Parpadeó, y sus grandes pupilas me contemplaron un segundo. Indudablemente iba humanizándose y saliendo del fondo de oro.
—No importa —contestó—. Que él se haya portado mejor o peor conmigo, no quita para que yo le desee buena suerte y me parezca mal perjudicarle. Es mi hermano, tiene muchos hijos, y es un prójimo. No sé qué daría por que Dios le tocase en el corazón a Felipe. Te aseguro que...
Vi favorable coyuntura para entrar en materia, y dije:
—Vamos, tití, confiesa que no eres muy dichosa con tu cónyuge.
V
Carmiña no se arredró. Esperaba, sin duda, desde que nos hablábamos así confidencialmente, que tarde o temprano se me fuese a mí la lengua y saliese a relucir la cuestión vedada, la eterna manzana conyugal. Estaba, pues, dispuesta al combate.
—¿Y por qué no he de ser dichosa? —contestó dejando asomar a sus mejillas un carmín puro—. La dicha (no te rías de estos términos) está en nosotros mismos. El que cumple con su obligación y de buena gana, es feliz. ¿A que no me lo niegas?
—¿Pues no he de negártelo? La felicidad del ser humano consiste en realizar plenamente su destino y los fines propios de la vida, y uno de los fines principalísimos en tu sexo es el amor y la maternidad. Tú no amas ni tienes hijos; luego...
Al tocar este registro, al asestar contra el corazón de la noble mujer este dardo impregnado de ponzoña, vi que ella no esperaba tan rudo ataque. Se puso del color de la grana; sus ojos se entornaron dolorosamente; abrió primero la boca para respirar y beber el aire, como quien recibe tremendo golpe, y luego la cerró, como el que comprende la necesidad de callar a toda costa. Pude conocer mejor el efecto que le había causado mi estocada, en que guardó silencio. Y al fin salió con este argumento endeblísimo:
—Cuando Dios no ha querido darme hijos, Él sabrá por qué. Nunca debemos rebelarnos contra la voluntad de Dios, que conoce mejor que nosotros lo que nos hace falta.
—Bien, corriente; así será, pero una cosa es resignarse, es decir, fastidiarse, y otra ser feliz. Tú feliz no eres.
—No sé de dónde lo sacas. No parece sino —repuso ella buscando una evasión— que me ves por los rincones de la casa llorando. Pues me parece que...
—¡Ay, tití! —exclamé acercándome a pretexto de revolver en la canastilla de los hilos y de jugar con los carretes y las estrellas de crochet—. ¡Ay tití! ¡Las cosas que podía yo contestarte! ¡Ay si te dijese clarito por qué no lloras! ¿Crees que no atisbamos, que no miramos, que no vemos los demás? ¡Bobiña! ¡Pues si yo me paso la vida pendiente de lo que tú haces... de lo que tú sientes... oyéndote la respiración! ¿No había de saber por qué esta temporada te baila la alegría en el cuerpo?
Dije esto con todo el fuego que el caso requería. La pobre tití no contaba tampoco con el empleo del cuchillo tan traidor, de hoja triangular, que ensancha la herida. Se demudó, y seria, entera, firme, se levantó y salió del gabinete, dirigiéndose al interior de la casa.
¿Me atreveré a referir cuál fue el resultado de nuestra conferencia? Sí; porque en la historia que voy narrando, el lector no puede ver más que un aspecto de los sucesos, el que tenían para mí; y al través de mis ojos es como ha de contemplar el alma de la mujer fuerte. Yo no juro, pues, que los hechos fuesen cual voy a referirlos; solo afirmo que así se me representaban.
Hizo la casualidad que aquel día diesen un sarao las señoras de Barrientos. Siempre estas cachupinadas se verificaban los jueves; pero tratábase de una extraordinaria, por coincidir el jueves con los días de la señora; que tenía el mal gusto de llamarse Ascensión, nombre sumamente difícil de pronunciar. El caso es que en honor de doña Ascensión se armaba aquella noche baile, sus miajas de concierto casero, y un cachito de buffet. Mi tía se vistió y arregló con esmero evidente; púsose el traje blanco, que no había vuelto a salir desde la noche de bodas; colocó no sin gracia sus joyas en pecho y cabeza; se empolvó, se rizó el pelo ocultando algo, según exigía la moda, su vasta frente; entreabrió el corpiño destapando la garganta, y en suma, procuró —¡caso notable!— presentarse de manera que pudiese atraer las miradas y el deseo. Ya estaba emperejilada así cuando nos sentamos a la mesa; y noté que, con una especie de coquetería febril intentaba conseguir que se fijase en ella su marido. Me estremecí hasta los tuétanos. No puedo explicar lo que sufría, y aquel suplicio, yo mismo me lo había preparado, sembrando en el alma de la esposa el recelo y los escrúpulos, rasgando brutalmente el velo con que aún procuraba cubrirse para disculpar la alegría de su emancipación. Mis palabras habían abierto sus ojos; a la luz de mis indiscretas afirmaciones veía su contento por la ruptura de la intimidad matrimonial, y se espantaba de semejante estado, que no la parecía ortodoxo, ni mucho menos, por lo cual resolvía cargar valerosamente con la cruz y restablecer el trato con su esposo. Marchaba a la unión, como el soldado a la toma del reducto, donde ha de llover sobre su pecho la muerte. ¡Y yo presenciándolo, yo viéndolo, yo sufriéndolo, yo siendo de ello causa involuntaria!
Cuando la tití estuvo engalanada del todo, acudió a solicitar las alabanzas, los requiebros, digámoslo así, del marido. Encerraba un elemento profundamente trágico la acción de aquella mujer santa y pura, de aquella señora recatadísima, remedando los artificios de las cortesanas cuando procuran agradar, no ya al indiferente recién llegado, sino al mismo hombre que las infunde repulsión y aborrecimiento.
—¿Qué te parece, Felipe? —preguntaba la infeliz—. ¿Qué te parece? ¿Está bien? ¿Te gusta como me he peinado? ¿Hace mal aquí esta rosa?
Y mi tío ¡bendición de la Providencia! posaba en su mujer una mirada distraída y rápida, respondiendo con indiferencia profunda:
—Perfectamente... Los hombres entendemos poco de eso.
No lograron nada sus tretas de sublime y honesta coquetería. Nada, nada. Tuve el gusto de comprobarlo. Mas no por eso tragué menos saliva, ni paladeé menos hieles. Yo hubiese besado sus pies llamándola santa y heroína... y la hubiese estrangulado, considerando que la santa era una mujer, y esta mujer se brindaba a otro hombre.
Lo inútil del sacrificio iluminó el rostro de la piadosa sacerdotisa del hogar. Leí en la cara de Carmiña un gozo sereno, esa sedación plácida que experimentamos después de haber salvado un gran peligro, y que presta tan simpática expresión al semblante de los marinos veteranos. El sentimiento del deber cumplido se unía al de la indulgencia de la suerte, para ensanchar su alma. Mas sin duda no quería que yo se lo dijese; temía a mi sagacidad. Los primeros días huyó de mí. Costome trabajo reanudar aquellas sabrosas y dulces pláticas de las largas tardes de mayo, cerca del piano o del costurero. Lo conseguí por último, y ella se prestó, entregándose nuevamente a la confianza desde que pudo advertir que no hacía alusiones al asunto escabroso.
Un día, no sé por qué resbaladizos senderos, que yo untaba de jabón a propósito, llegó la tití a interrogarme acerca de mis amoríos y mis noviazgos. Ella aseguraba que yo tenía novia. Yo solía entretenerla contando historias de mis amigos, por supuesto, las contables, pues me cortaría la lengua antes que derramar en los oídos de Carmiña una palabra ofensiva, o de dudoso sentido. ¡Eso nunca! Y sin embargo, cuando me preguntó de mí mismo, entrome un arrechucho tal de franqueza, que desembuché todo, absolutamente todo lo relativo a Belén, escogiendo formas y términos, pero sin quitar punto ni coma en lo esencial. Confesión auricular entera complaciéndome en inmolar en aras de la virtud la negra oveja del pecado. Me escuchaba tití con los ojos dilatados de curiosidad, el seno oprimido, el ceño un tanto fruncido; y, al final, no pudo menos de exclamar con voz opaca:
—¡Ay, Dios mío! ¿Y eso... sigue? ¿Vas a ver a esa... señorita muchas veces?
—¡Señorita! —contesté risueño—. ¡Valiente señorita nos dé Dios! No, tití... ya no voy a ver a esa señorita, como tú dices...
—Bueno; a esa... mujer.
—A esa mujer. Hace lo menos quince o veinte días que no piso aquella casa. Si quieres que no vuelva a pisarla nunca, basta con que digas: «Salustio, te prohíbo que te acerques a Belén». Y no me acerco en mi vida. Nada, no me acerco. Palabra de honor.
—¡Hombre... prohibir!... Yo no soy nadie para prohibirte eso. Pero me parece muy mal, muy mal, que vayas ahí ni a ningún sitio donde peques mortalmente; y si es lo mismo pedírtelo que mandártelo... te suplico que no vayas. Te lo ruego.
—Es lo mismo. No iré, tití, no iré. El pecado no me importa cosa mayor... pero por darte gusto, por darte gusto... ¿entiendes?
—Pues no me satisface que lo hagas por darme gusto: debes hacerlo por no ofender a Dios.
—¿Te contentas con que no lo haga?
—A falta de pan, buenas son tortas —respondió festivamente, revelando que la causaba verdadera alegría mi promesa.
¡Malicia y vanidad! Me figuré que también a ella la movía un impulso humano al rogarme que no viese más a la pecadora.
—Mira —le dije espontáneamente—, si dejo de ir a casa de Belén, no me lo agradezcas ni miaja. Puedo jurarte que no la quiero; que no me hace feliz esa historieta.
—Y entonces, ¿por qué vas?
—Pssh... Tonterías en que cae uno por... por sosera.
—¿No es bonita?
—Bonita sí; pero ¿qué importa su hermosura? Un objeto que no nos interesa nunca es hermoso, tití. Esto de la hermosura tiene su busilis, como todo. Está en el corazón. Allí sí que se ve claramente lo bonito y lo feo.
Se lo dije mirándola con ojos tan expresivos, que, según entiendo, no pudo dudar.
—Eres un bobo —pronunciaron los labios; pero la animación de la faz, la involuntaria expansión de la sonrisa, parecían murmurar: «Gracias, sobrinito. Me sabe a gloria lo que me dices».
Pronto tuvimos otro nuevo pretexto para confidencias y otro interés común. ¿De qué pensarán ustedes que se trataba? Pues de un suceso que, al parecer, debía sernos casi indiferente a los dos. Es el caso que mi compañero Dolfos, el zamorano, no pudo llegar al codiciado término de sus afanes. El destino le impidió dar cima a la empresa magna y mortal. Faltábanle, para acabar de subir la cuesta, solo dos escalones, un par de asignaturas, una bicoca; pero la naturaleza se plantó, diciendo: «No paso de aquí. Se ha consumido todo el aceite de la lámpara. Conmigo no se juega impunemente». El asiduo cayó en cama, y todavía, luchando con la disnea, en el último período de una tisis caseiforme, insidiosa al pronto y que al final corrió a galope tendido, aún quería llenarse la cabeza de científico plomo. En el lecho, donde le clavó lo que él llamaba su «catarro de primavera», no soltaba los libros, y mediante piadosa engañifa de la imaginación, mientras los demás veíamos ya su cuerpo en el ataúd y su pobre cerebro estoposo ahíto de matemáticas sin digerir, él veía el examen decisivo y postrimero, el diploma, la salida de Madrid, la llegada a Zamora, y la anciana paralítica, que, al oírle levantaría la cabeza, temblorosa de placer, y no pudiendo moverse del sillón, extendería las manos para tocar más pronto la ropa del nieto querido... Mi tití, sabedora de la apurada situación del buen Dolfos, no se enternecía tanto por él como por la viejecita que esperaba a su niño, y que, en vez de recibir al ser amado, dejaría caer en la falda, de las manos inertes, el telegrama horrible...
—¡Dios mío, infeliz anciana, infeliz señora! —exclamaba Carmiña, inundada de compasión—. ¿Creerás que sueño con ella muchas noches? No la conozco, pero me la figuro; me parece que estoy viéndola. Me parte el alma. No sé qué me sucede cuando pienso en lo que la espera. Di, ¿y él sin aprensión ninguna?
—Ni tanto así. Lleno de ilusiones, persuadido de que en cuanto se meta el calor y pase esta mala temporada, y se examinen y le aprueben y salga ingeniero, se largará a Zamora chorreando salud. La condición de su mejoría es acabar la carrera... y el desdichado no la acaba.
—Dejarle con sus quimeras. Tiempo tendrá de saber lo peor. Cuando el médico diga que está muy grave... eso sí... entonces... hay que prepararle y que se confiese. ¿Me das palabra de que no se irá al otro mundo sin sacramentos?
—Te la doy —respondí, dándole también el corazón en una sonrisa—. Por ahora no le desengañamos, ¿a qué? ¡Si así es más dichoso!... Ni a la abuelita de Zamora se le dice nada.
—¿Y no hay esperanza?
—¡Quia! ¡Esperanza! Nos vemos y nos deseamos para conseguir que doña Jesusa no le eche de casa. La aseguramos que el médico responde de él...; pero la patrona no es lerda, y bien adivina que el huésped se las lía por la posta.
A los pocos días advertí a Carmiña que aquella noche me quedaría velando a Dolfos, el cual se encontraba ya en los últimos. Mi tití se arrasó en lágrimas al oírlo. Con ímpetu indecible exclamó:
—¡Si vieses de qué buena gana te ayudaría a velar! ¡Me da tanta lástima!
—Si tú vas a velarle, ten por seguro que cura —murmuré piadosamente.
Me acercaba al pasillo, cuando me llamó para suplicarme que «no me olvidase del confesor».
No estaba Dolfos para curar, aunque le velasen los serafines. La muerte no soltaba su presa. La abuela no le verá nunca más en este mundo. Solo llegará hasta ella un papel azul, seco, breve, transmitido por el rayo, que será para la anciana otro rayo de dolor... «El hijo de tu hija está en el féretro; le alumbran cuatro cirios. Aunque vengas y le beses, y vuelvas a besarle con toda la ternura de tu corazón dos veces maternal, no abrirá los ojos, no pagará tus caricias, no sonreirá para decirte: Ya tengo carrera... no te apures... desde hoy seré tu sostén. No. El telegrama, solo el telegrama... y para ti el eterno desconsuelo, hasta que la muerte, que parece olvidarte, te recoja desdeñosamente y te administre la gran medicina.»
VI
Recuerdo los últimos días de mayo, como se recuerdan las fechas críticas; y sin embargo, en ellos no me ocurrió cosa que en apariencia merezca referirse; porque mi historia es rica en detalles internos, pero exteriormente monótona y vulgar. ¿Qué sucedió en aquella quincena, para que yo la distinga y la señale con tinta roja o con piedra negrísima? ¿Qué sucedió? ¡Ah! Una cosa sencilla, legal, sancionada por la sociedad y por Dios; una cosa que debe regocijar a las gentes bien intencionadas... Mi tío pasó de la mayor indiferencia por su mujer, de una especie de separación amistosa, a un acceso de amor conyugal, rabioso casi. El lazo del matrimonio —hasta entonces medio desatado— volvió a apretar estrechamente las gargantas de la pareja.
¿Cómo se verificó aquella reconciliación o ritornelo conyugal? No sabré decirlo: burlaron mi vigilancia, y puedo asegurar que me cogió tan de susto, que dos días antes del fenómeno hubiese jurado que el apartamiento de los esposos era ya eterno. En efecto, yo tenía motivos para afirmar que mi tío no solo huía de su mujer, sino que cortejaba a otras, amartelado lo mismo que un cadete. Lo supe por Belén, a la cual (¡oh flaqueza humana!) hice entonces dos o tres visitas, a puros ruegos y ardientes instancias de la pecadora. Ella, con profunda indignación, me enteró de las veleidades eróticas de mi tío.
—¿Querrás creer que al tiñoso este le da por rondarme desde hace unos días? Cartas y todo me ha escrito... Yo, con la puerta en las narices... Para lo que había de sacar de él... Como si lo viera, iba a dejarme ahí un duro en calderilla... Solo una vez lo he de recibir, a ver si me cuenta algo de su mujer.
—¡De su mujer! —exclamé azorado—. ¿Qué tienes tú que ver con ella? Déjala, y no te ocupes de las señoras que no se acuerdan de ti.
—¡Ay, ay!... —chilló la muchacha—. ¡Pues, hijo, ni que fuera la Santísima Virgen! No te atufes, que yo no voy a comérmela. ¿Es de merengue y se quiebra con tocarla? ¿Sabes que ya me olía a mí que te duele mucho ese lado del cuerpo? ¿Y habrá mamarracho como tu tío, que te tiene en casa, a la verita de su señora? ¡Ay, ay, ay! Nada, lo que digo; si yo me lo calé... Soy perro viejo: a mí no me la das tú, ni veinte como tú. Por eso te me escurres y no hay quien te traiga aquí...
Me puse furioso con la paloma torcaz, y creo que hasta tuve la indelicadeza de decirla tres o cuatro frases más groseras, precisamente por dirigirse a quien yo debía reconocimiento y consideración, a falta del amor y del respeto íntimo que no podía profesarle. Mis asperezas encresparon el genio de Belén. Con el rostro encendido de cólera y los ojos preñados de iracundas lágrimas, se acusó de quererme y se maldijo por haber puesto afición tanta en un chisgarabís. Y viendo que en vez de replicar o maltratarla me levantaba para tomar la puerta, corrió a ponerse delante y a estorbármelo, abriendo los brazos con una espontaneidad y vigor de actitud que le envidiaría una tiple en el acto cuarto de Hugonotes.
—¡No, tú no sales! ¡Anda, chulapo, indino... pégame si quieres salir!
En los brillantes ojos negros, que despedían centellas; en el seno enhiesto y rígido, destacado por la postura; en las soberbias líneas de aquel cuerpo de mujer que me cerraba el paso, había un reto, una provocación apasionada, que de parte de un hombre de su mismo temple, un hombre como el que Belén deseaba en aquel instante despertar en mí, le valdrían el apetecido bofetón, y después una lluvia de salvajes caricias para borrar la huella. Pero conmigo ni lo uno ni lo otro consiguió la hermosa. Me armé de paciencia, me senté en una silla y dije con gran seriedad:
—Hija, ya te cansarás de estar ahí crucificada... Ya bajarás los brazos y me dejarás largarme. Así no creo que te pases el día entero. Es postura muy incómoda. Anda, ponte en la razón y permíteme que me retire con mis honores, acompañándome hasta la puerta si gustas.
Mi calma produjo efecto mágico. Se aplacó lo mismo que el mar cuando derraman sobre sus irritadas olas un pellejo de aceite. La espuma del furor descendió aplanándose; las airadas pupilas cesaron de lanzar rayos; la invectiva murió en los labios rojos: los brazos, lánguidos y sin brío, se desmayaron a lo largo del cuerpo... y la domada y subyugada pecadora... ¡vergüenza me da escribirlo! vino a hincarse medio de rodillas ante mí, abrazándome por la cintura, con una especie de humildad desesperada.