EL MISTERIO
DE UN HOMBRE PEQUEÑITO
DEL MISMO AUTOR
(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)
| NOVELAS | |
| Pesetas. | |
| El otro (segunda edición) | 3,50 |
| La opinión ajena | 3,50 |
| La cita (Biblioteca popular) | 1 |
EDUARDO ZAMACOIS
EL MISTERIO
DE UN HOMBRE
PEQUEÑITO
NOVELA
| RENACIMIENTO | ||
| MADRID San Marcos, 42. | ![]() | BUENOS AIRES Libertad, 170. |
| 1914 | ||
ES PROPIEDAD
Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.—Campomanes, 4.
¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?
[Capítolo I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV, ] [XXV, ] [XXVI, ] [XXVII, ] [XXVIII, ] [XXIX, ] [XXX, ] [XXXI, ] [XXXII, ] [XXXIII, ] [XXXIV.]
EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO
I
Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, aseguraron la persistencia del mal tiempo.
Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos y resonancias imponentes.
Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la ejemplar Castilla.
La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo. Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio. Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso, y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de los merlones y de las almenas, señalan el paso de la época gótica. Más adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura. Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es ceniza de héroes.
Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría, quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.
De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época; quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales linajes de Aragón, aparecen allí más tarde, y sus crueldades, violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender de la montaña.
Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras, resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón; esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y violador, los hijos del siervo.
Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival; y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento. Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes, tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas. Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita. También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.
Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren, abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque, cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él. Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.
Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra. Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares, arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas, rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles, y en el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.
Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga, donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado pintorescamente á las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.
Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada, como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero respondiendo al sollozo profundo del río. Hasta el martillo de don Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes, muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la muda desolación de una aldea abandonada.
Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado Ramitas, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven, mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:
—¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...
El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le despedían.
—¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...
Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco, doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como el lamento de un animal herido.
A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.
II
A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una ansiedad y una melancolía.
Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del suelo, producían regocijo.
El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las ventanas de una de ellas abocaban á una plazuela lamentable, de fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos. Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos. En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez. Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante. Don Filiberto tenía los cabellos cortados al rape, la frente oscura y el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada, llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido. Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del vecindario, su más limpio timbre de progreso.
—Hasta ahora—decían—no hemos conseguido hacer más. Esto debemos reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?
Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:
—El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos conterráneos insignes...
En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba cortés ante aquellas figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no haber conocido á dos personas de tanto mérito.
A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo. Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó del Casino al genio celestinesco del baile.
En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más; los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor—pensaban—amor pagado inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras, afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles, el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia social.
Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.
En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo, interminable—lamento de mar—del viento, entre los árboles. Muy lejos, la corriente del Malamula gruñía rencorosa.
Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la conversación un dato interesante.
—Dicen—exclamó don Elías—que en Nava de Pomares llueve desde anoche torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.
—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó don Niceto.
—Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había amanecido peor, y él vive en la Nava...
—Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.
Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande, tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz ruda—voz de mando—de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.
—En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.
—Pues si diluvia en Candelario—observó don Isidro—habrá llovido también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.
—Yo creo que esta vez hubo agua de sobra—replicó el médico—; lo malo es que nunca llueve á gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es beneficio, es muerte en aquel predio.
Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.
En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga. Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce de su vida.
—En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del difunto—dijo don Isidro—; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria, estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es increíble ese valor en un viejo de más de setenta años!...
Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa sería de segunda clase.
—¡Naturalmente!—interrumpió el médico—; pues, ¿cómo pensaba usted que fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más económico.
El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos, había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez. Este fué el mayor orgullo de su vida.
Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que con gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había, efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»—pensaba—. Por el momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida, á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...
Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres, tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó, con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á Romualdo Pérez, gerente del tejar La Honradez, hablando con doña Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al público, como si no quisieran ser vistos.
—Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito—continuó don Niceto—, saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de doña Virtudes.
—¿Y qué respondió?
—Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien; pero la cara se le puso como una cereza.
Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.
—Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción; porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra, implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.
—¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!—exclamó Martínez, sirviéndose un coñac—; esa carambola se la apunta don Juan.
El juez municipal se desconcertó.
—Hombre... yo creí...
—¡Nada, nada—repitió el albeitar—; esa carambola se la apunta don Juan Manuel!...
El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió:
—Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos: «Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio delito de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una anécdota...
Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos, desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda, puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en el concepto de las mujeres.
Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto, merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el espejo, cruelmente fiel, de su memoria.
Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad, situado en la calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido, el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía apretaba los puños.
—Afortunadamente—prosiguió—tuve la suerte de tropezarme con el correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis: Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.
En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes, enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria. Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse obligado á esbozar una observación.
—Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.
—Sí, señor.
—Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder valerse...
El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la arrebató á don Elías de los labios.
—Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la carga.
Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á Martínez con repulsión.
—¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.
Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso:
—Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como!
Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió:
—Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que madre tiene en villa, nunca buena ladrida...
Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído. Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su afición á los refranes, especialmente á los que citaban nombres de animales—«refranes de veterinario» los llamaba él—sus amigos le conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía, era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso. Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo, casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero, el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una frase feliz.
—Ese hombre—había dicho—grueso, inquieto y chiquito, me da la sensación de un dedo pulgar.
Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las piernas hacia abajo, para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la amarillez de las retamas.
—¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?—preguntó Rubio.
El juez municipal examinaba el cielo.
—Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal tiempo.
—¿Llueve todavía?
—Muy poco.
Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio copió aquel gesto.
—Algo chispea todavía—dijo—, pero es la ocasión de irse.
—Creo que nos vamos todos—repuso don Isidro levantándose.
Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el silencio negro, griseaba el andén de la estación.
—¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?—interrogó el médico.
—No es probable; esta noche no debo moverme de casa; necesito escribir varias cartas urgentes.
Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro.
—¿Ustedes tienen luego algo que hacer?
—Nada—respondieron.
—¿Y usted, don Niceto?
El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía nada que hacer.
—Entonces—repuso el veterinario—podemos reunirnos aquí esta noche. Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe al doctor.
Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el transcurso de la tarde, apenas habían hablado.
—¿Ustedes vendrán?
—Bueno—contestó el más alto.
—¿Y usted?
—También.
—Perfectamente—exclamó Martínez;—me gustan las tertulias grandes; siempre á más gente hay más alegría.
Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir... ¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos. El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí mismas, ¿no se perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido, familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos? Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de momentos—tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una de esas almas—y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan—se repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...
Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando, parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual, adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino, por ejemplo, había mil doscientos ocho metros; desde el Casino á la botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente el mismo itinerario.
Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones, lanzó la señal de marcha.
—¿Vámonos, señores?
—Vámonos, sí.
Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó, mirando su reloj.
—¿Qué hora será?...
Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.
—Las siete.
—Yo—repuso Martínez—tengo las siete menos diez.
Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:
—Debo de ir atrasado...
Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire versallesco:
—Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el desorden!...
Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.
Martínez exclamó dirigiéndose al médico:
—Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las siete en punto.
III
Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros, redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.
—Buenas noches.
—¿Ya vas á dormir?
—Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.
Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro, desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.
Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo sobrante del guisote familiar lo colocó en un pucherito junto al rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas, flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos. Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles. Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les llamaban los Rojos, y sus costumbres y combativas apariencias les hacían temibles.
La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio; únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.
Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja, construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante Vicente López, apodado el Charro, á quien conoció en un lupanar de Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este tráfico, durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido, produjo dinero; luego, no.
Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse. Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana, primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos. Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz, á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después, vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.
A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba. Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si no la llevan al hospital. Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba; sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible. Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...
Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia, la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado; los dos malditos, los dos iguales.
Finalmente, Rita explicó sus relaciones con el Charro, y cómo éste la abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.
—Podías quedarte aquí, conmigo—añadió—; estando juntos viviríamos mejor.
Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro, volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno; causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir tan juntos.
Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él, que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante, de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras, juguetes y baratijas de similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería absolutamente dormir solo.
—Son datos en que debes fijarte—decía el narrador á su hermana.
Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos, rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.
Toribio concluyó:
—Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó, al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú, procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...
Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle. Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos. Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente, los otros pueblos de la provincia.
La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada, sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de seguridad.
Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á otros, extendiendo un brazo:
—Es allí...—decían.
Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire, ejercían sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros, irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió muchos años.
Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.
Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro, los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora, otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso contento de los buenos negocios.
Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.
Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.
Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.
El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...
De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en sus almas oscuras un frío.
El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. ¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su desaparición no dejase rastro?...
Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.
Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna de aquél.
Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.
Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido, luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadáveres. Su sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de sentir la necesidad de tener un arma.
—El patio-gritó—no se toca.
Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz, de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales, cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo, pero su cuñado le atajó.
—¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no consiento que se toque en él ni á un, jaramago!
Toribio repuso cazurro:
—Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada, descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte un tesoro!...
El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas, desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía enterrado su dinero en el corral.
Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos, creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit considerable.
Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad, y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes, maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando, bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una muy gentil paliza.
Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último bocado de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.
Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos? ¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.
IV
Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro, la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido á cenar.
—¡Si no volviese!—pensaba la mujerona.
Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la cólera, durante segundos, encendió una luz.
—Podían morirse—murmuró—y ni ellos ni yo perderíamos nada.
Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.
Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las paredes.
Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.
Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo. Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. ¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?...
Rita llamó, por dos veces:
—¡Toribio... Toribio!...
El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:
—¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.
Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se confundían.
—No puede ser... no... pue... de... ser...
Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que iba á ahogarse. Su hermana le gritó:
—¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no oyes?...
A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso terror la invadió.
—¿Dónde vas?...
Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.
—¿Dónde vas?—repitió Rita.
Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.
—Voy con él.
—¿Con él?... ¿Quién es él?...
—Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.
Palideció Rita.
—¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?
—¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.
Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:
—¿Ha dicho él que te espera?
—Sí... sí...
—No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...
Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...
—¿Qué significa esto?—balbuceó.
En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada súbitamente, Rita volvió á sentarse.
—Estabas soñando—dijo—y á no ser por mí te echas á la calle según te ves.
Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo, Toribio Paredes repuso:
—Hablaba con don Gil Tomás.
—Eso me dijiste, y querías marcharte con él.
—¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.
—¿Tú le viste salir?
—¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...
—De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.
La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el rostro huesudo y macho de Rita.
—¿Estás dormido aún—exclamó—ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres explicarte de una vez?...
Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida, rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se sujetaban con cintas á las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes, angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio espíritu.
Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad. Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre, aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se equivoquen así?...
Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:
—¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?
Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba penetrarse de la certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo, regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un miedo de superstición. Ella le preguntó:
—¿Dónde vas?
Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.
—¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...
Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó, acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:
—¿Qué traes? ¿Viste algo?
El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su alucinación: era algo muy raro.
—Yo—dijo—acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí. Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú cosiendo al lado de la mesa... «Mi hermana—discurrí—no puede verme; me cree dormido...»
Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona. Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien las palabras con el ademán:
—Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo. Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces hablamos...
Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una emoción punzante de confesión y de drama.
—¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...
Ella le interrumpió, anhelante:
—No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no puede ser».
—Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo—añadía—de que nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»
En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas palabras terribles:
—También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.
La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana expresión.
—¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...
—Dice que el dinero lo esconde en el patio.
—¿Entre las raíces del chopo?
—Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.
—En tres grandes orzas verdes.
—Justo, hermano; ¡hasta el color!...
Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente hacia la puerta de salida.
—Al marcharse don Gil—exclamó—quise preguntarle algo que ahora no recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...
De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.
Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría permitido aliarse un poco antes?...
El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, expresaba cobardía y humildad.
—Buenas noches—murmuró.
Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie contestase á su saludo, repitió:
—Buenas noches.
—Buenas noches—dijo Toribio entre dientes.
—¿No cenas?—preguntó Rita.
El repuso balbuceando:
—No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...
Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.
V
Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.
Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte extravagancia de su figura.
Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de esa tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro, con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas, suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento, alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible! Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.
Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.
Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco platicadores de don Gil, ignoraban la simpatía de la risa; movíanse para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí. Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.
Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...
Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:
—Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...
A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan Manuel tuvo una frase feliz:
—Me da la impresión—había dicho el diputado—de un monosílabo.
Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.
Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su hacienda.
Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado, permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.
Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez nueva...
Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.
Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles terminantes.
Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.
Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.
La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta persona.
Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:
—¿Por qué viaja usted tanto?...
El hombre pequeñito lo ignoraba.
—Es que me canso—decía—de ver siempre los mismos objetos: necesito variar...
Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.
La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.
La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos, viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres, mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las delirantes piruetas del Diablo.
Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que, llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja; con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.
Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina á revestir de apariencias llenas de suciedad ó de horror, los espíritus viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso, ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la dormida, el espanto de su cabeza verde...
La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo, las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación, que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía que los obispos medioevales combatían con el fuego y el agua bendita.
Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda, hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire, visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente. Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito, cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera que todos juzgaron comprometida su salud.
Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos de la pública murmuración hasta pasado cierto tiempo, pues las muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron, aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba. Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron: Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas, faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.
Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie, Enriqueta de Castro decía á sus amigas:
—¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...
Florita, por su lado, hacía lo mismo:
—¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?
Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su cuita al confesionario...
En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.
VI
¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.
Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este supersticioso juicio se afirmase.
A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.
Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella lividez.
—¿Qué tienes?...
—Nada; pena... ¡Nada!...
A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la tarde; sin duda quería ver...
A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase aliado de la Lívida; hasta la protegía.
—¿Qué quieres?—la preguntó.
Repuso la Muerte:
—No hallo lo que busco.
Y don Gil:
—Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...
Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto de su mano fría y parva.
—No te escondas—dijo don Gil—, es á ti, á quien busca la Muerte.
Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto nevado de su risa.
—¿Era ésta tu elegida?—insistió don Gil.
La Muerte repuso, sin aproximarse:
—Esa es.
Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:
—Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.
Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la jettatura ó mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.
El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también significativa originalidad.
A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.
El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.
—Hiciste mal en provocarle—murmuró—; porque, según dicen, ese don Gil es brujo.
Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase de verle tan despavilado, Ayala repuso:
—¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.
Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:
—Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...
Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:
—Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.
No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió el corazón.
De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad del miedo y del asco.
¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde campea la conciencia?...
Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu abre hacia la increada luz sus alas inmortales.
Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para todo contacto físico?...
De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la conciencia después de la muerte.
Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.
Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto ideas truculentas...
Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que «recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de memoria.
¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...
A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella increíble y jocunda autonomía de su voluntad.
El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed de Tántalo.
Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna que ésta iba á heredar.
La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.
El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, sin sospecharlo, va filando el espíritu.
Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son «los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. ¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...
En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.
Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.
Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que dejan los entierros.
Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?
Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido conciliar el sueño.
Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...
VII
No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el polvo.
—Voy con usted, don Gil—dijo—, porque supongo que querrá usted tomar algo.
El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.
Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se hallaban en la misma línea perpendicular.
Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.
—Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.
—Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas llevo andadas.
—¿De paseo, verdad?
—De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.
—Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?
—No.
—Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un olivar.
—A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor Frasquito Miguel.
—Iría á Navahonda.
—No lo sé.
—¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va todas las semanas.
Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de El Adelantado, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.
Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el periódico abierto.
Teodoro pensaba:
—Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...
Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar leyendo, daba á El Adelantado un nuevo doblez.
Entonces Teodoro volvía á decirse:
—¡Pero qué chiquito es!...
A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.
Teodoro también se levantó, servicial y reverente.
—¿Ya se marcha usted?
—Sí; me voy á casa. Hasta luego.
—Hasta luego ó hasta mañana.
—Adiós, Teodoro.
Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una mano el ala del sombrero.
—Buenos días.
—Buenos días, don Gil...
De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.
VIII
Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba del ronzal una mula.
—Buenos días, don Ignacio.
—¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena para saludar.
—Buen día nos dé Dios.
Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario exclamó:
—Pues, una desgracia que me sucedió ayer.
Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el inconfundible olor áspero del casco quemado.
Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, macilento y de pocos amigos.
El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.
—Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.
Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en él.
Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:
—No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú fumas?
—No, señor.
—¿Ni sueles llevar cerillas?
—Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después con el sol y la carga empezó á arder.
Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.
—Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...
—¡Déjate de pataratas!—interrumpió Martínez con brusca exaltación y mordiéndose la uña del anular—; si hubieras ido andando, según era deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien dicen que por un clavo se pierde una herradura.
Repuso el señor Frasquito:
—Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, ahora lo necesario es que la mula sane pronto.
Replicó don Ignacio:
—Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido pícrico. ¿Has comprendido?
—Sí, señor.
—¿Quieres la receta por escrito?
—No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?
—Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.
El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.
—No me detengo á curarlo—dijo don Ignacio—, porque dispongo de poco tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo mejor...
Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:
—¿Y en tu casa?
Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin volver la cabeza:
—Bien todos, muchas gracias.
—¿Y tu mujer?
—Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...
—¿Y Toribio?
—Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de hallarse ahora.
—Bueno, hombre; dales recuerdos.
—Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, Pascualita!...
Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...
Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.
IX
Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar todo lo necesario para la cena, añadió:
—¿Cuántos invitados tenemos?
—Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.
—Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me envió recado de que vendría con sus pimpollos.
Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña Fabiana preguntó:
—¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?
—Sí, más tarde.
Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio suaves ligereza y frescura.
Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.
Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos, almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, especialmente, se encuentran bien.
Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.
A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:
—Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...
Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, limpio, que olía á macetas recién regadas.
Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían ramplonamente:
—¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?
—Esta tarde me lo dijeron.
Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.
—Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la pena, vamos á tener mucha miseria este año.
El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.
—Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las niñas se empeñaron en que las trajese aquí...
—¿Cómo sigue doña Amelia?
—Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. Morirá del corazón.
—Diga usted—interrumpió el farmacéutico—¿es cierto que no puede salir de la habitación donde está?
—Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el corsé y no poner los pies en la calle.
La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:
—Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.
Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño continuó:
—¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales, para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros oídos el efecto de una disonancia.
Don Artemio interrumpió al médico:
—A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?
—¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!
—Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros sin comer.
Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:
—¿Ve usted?—exclamó—; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...
La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.
Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista un saludo imperceptible.
Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.
—¿Verdad que hay muchas pulgas?—preguntaba María Jacinta.
—Muchísimas.
—Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.
Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las pupilas negrísimas de doña Virtudes.
—¡Niña!
—¿Qué, mamá?
—¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?
—¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las pulgas!...
Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con ellas?
—¡Yo no resisto más!—exclamó Raimunda levantándose.
Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las mujeres, los pájaros rompieron á cantar.
Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.
—¿A quien esperamos?—preguntó Morón.
—A don Niceto.
La señora de Martínez llamó á su hija.
—Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.
Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su marido, y agregó:
—Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días seguidos. No sabe despedir á nadie.
En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.
Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del servicio.
El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.
Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don Artemio también hablaba poco.
Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, como del severo color de sus vestidos.
Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado por Martínez.
Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada y abundante.
Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era así.
—A no haberse jorobado—decían—hoy no sería usurero.
Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más ruin, marcharon siempre unidos.
La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con un gesto.
—Nosotros—dijo—hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les tendremos aquí.
Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña Evarista.
—¿Ya no le pican á usted las pulgas?
—Martirizada me traen, hija mía.
—Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el plato mayor y mejor servido...
La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.
Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de aquel regocijo.
—¿Qué dice Raimunda?
—Nos quejamos de las pulgas.
Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño improvisó un elogio del mosquito.
Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de nuestro sombrero?...
Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente la buena paciencia de don Artemio.
Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le dedicaba.
—¡No haya cuidado—aseguraba el médico—que este hombre por nadie se moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por él. ¿Es cierto no?...
El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un rocío de gloria, que cayese sobre él.
Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á sus oídos en la ociosidad.
Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de sus pies fueran rivales.
—A propósito de eso que ha contado usted—decía—voy á referirle lo siguiente...
Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.
A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba sobre la acera ó en la fachada de las casas.
—La liebre—explicaba—se había escondido aquí, bajo unas matas; yo venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo en esta forma...
Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su caletre no las pintaba.
—El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... ¿Comprende usted?...
Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.
Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.
Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios de paciencia y afecto, eran el gerente de La Honradez, don Romualdo Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.
—El refinado egoísmo de don Artemio—decía don Elías—tiene clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.
Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su bastón.
—Supongamos—continuó—que se trata de un termómetro inventado por Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...
Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.
—No crea usted—repuso—que la temperatura afectuosa sube en don Juan Manuel fácilmente.
—¿Pasó de la Bajada de la Fuente?
—¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó doce grados...
Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.
Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los jilgueros y los canarios rompieron á cantar.
Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro vello hasta las uñas, sonaron como tablas.
—¡Señores, á bailar!...
¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, sibilante...
—Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...
Micaela se encogió de hombros.
—Por Dios, mamá...
Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á doña Fabiana.
La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...
—¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!—gritó Martínez.
Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de La Honradez, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en la penumbra de la hiedra.
A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.
En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que la menor de las hijas del médico se derretía.
Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus invitados con unas botellas de champagne.
A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las escandalizadas doncellas.
—Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...
—Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos gravedad.
—¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en el Paraiso, exactamente...
Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.
Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría protestó: deseaban algo más lento, más sensual...
Doña Fabiana llamó la atención de su marido.
—Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.
Martínez hizo un gesto de duda.
—¿A estas horas? No es probable.
Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de hombros.
—Quien sea—dijo—puede entrar, porque la puerta quedó entornada.
Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su oscuridad, apareció don Gil.
La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el íncubo...
En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído nunca, avanzó insinuando un saludo amable...
X
Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:
—¿Ya se ha dormido?
—Sí.
—¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...
—Afortunadamente...
Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:
—¡Las once... y nublado!
—Las once ya—repitió Pilar.
—Pues don Ignacio trabaja todavía.
—Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.
—Es verdad.
Hablaron de las faenas menudas de la casa.
—¿Quién va á lavar esta semana?—preguntó Maximina.
—Me corresponde lavar á mí.
—¿Hay jabón?
Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.
—El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella—continuó Maximina.
—Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más peleador; á sus hermanos no los deja vivir.
Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de agua corriente, producida por el viento entre los árboles.
—Mañana tendremos mal tiempo—observó Pilar.
—Creo lo mismo.
Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se buscaron.
—¿Has visto?
—Sí.
Examinaron la lámpara.
—¿Habrá sido un temblequeo de la luz?
—No, sé.
Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un segundo—sólo un segundo—imaginaron ver resbalar por la blancura de la pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las dos.
Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como disponiéndose á huir.
—Tengo miedo—dijo—; eso es el amo, que se ha marchado.
A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.
—¿Dices que es el amo?
—¿A dónde quieres que vaya?
—A su cuarto.
—Yo, no me atrevo.
Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, se levantó.
—Vamos las dos.
Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.
—¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!
Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la miró con odio y desdén:
—¡Cobarde!... Iré yo sola.
Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, de don Gil, reposaba sobre las almohadas.
Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había seguido. Preguntó:
—¿Está?...
Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de puntillas.
—Sí... está...—balbuceó.
Hizo un gesto y bajando mucho la voz:
—Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú comprendes?...
XI
La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.
El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.
El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj de cuco.
En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y neciamente perdió la partida.
Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me gustan—decía—las armas blancas...» De media en media hora pedía un vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se pareciese á «la Coja!...»—pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la puerta.
Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y estudiadas sonrisas.
Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las fieras cuando van á reñir.
Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar y nada más. A mediodía llegaban los devotos del vermouth: don Elías, don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.
Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva de una victoria.
Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del «treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.
Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa donde otros prestigios—los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, verbigracia—pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.
Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, descollaban allí.
Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.
Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por otros rasgos ó costumbres especiales.
Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de La Honradez se agarraba y cosía.
Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y palabras de alerta, espantaban su modorra.
—Levántate—decían—y vete, antes de que don Artemio abra la botica.
Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.
Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase en cobarde humildad.
Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:
—Buenas tardes, doña Amparo y don José.
—Buenas tardes...
El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.
Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:
—Ha vuelto á el—dijo—á esa edad en que la virtud deja de ser para nosotros un estorbo.
Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más segura?...
La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.
En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. La única singularidad digna de recordación que allí había, era el retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á doscientas pesetas.
—Pues si no tiene usted dinero—había dicho don Valentín—va usted á pagarme haciéndome un retrato.
—Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le costarán nada.
Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el pintor había compuesto una biografía.
Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de ideas, la voz del amo.
La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se alojaban allí.
El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de gusto.
Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.
Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.
No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el Casino de las mujeres.
De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y la inquietud de tantas haldas.
Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:
—¡Puertopomares... un minuto!...
Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el mismo pensamiento:
«Mañana lo veremos también...»
Y no pedían más.
La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente porque murieron esperándole?...
El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...
Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, sentían de pronto ganas de llorar.
XII
La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:
«Hay que matarle...»
A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.
«Hay que matar á Frasquito»—pensaba.
Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, todo vibraba claramente.
—Rita—murmuraba Toribio.
—¿Qué?
—¿Me oyes bien?
—Te oigo.
—¡Si supieses lo que me ha dicho!...
Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de escuchar, contraía sus labios.
—¿Qué ha sido?... dí...
Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.
Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este criterio, el bujero musitaba evasivas.
—Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.
Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al desenlace de su venganza.
Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo que el Rojo clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina le sonreía desde una ventana.
En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había soñado ó si, efectivamente, había visto...
A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y apaciblemente dormido.
—Anoche, precisamente—agregó la azafata—, el amo no salió; estuvo leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.
—¿A qué hora?
—Serían las diez.
Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una vacilación y una malicia.
—¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...
Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.
—Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.
Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole frente á frente de don Gil.
Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le servía de apoyo.
El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.
Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz pesadumbre.
—El pobrecito—dijo—empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo estarse quieto.
Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.
—¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio puede decirlo mejor que yo.
—¿Y el yoduro?...
—Igual.
—Creo que el yoduro realiza milagros...
—No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los reumáticos.
Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para servicio y contento de los suyos.
«No le odia»—pensaba Toribio.
Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse obligado á razonar su hilaridad.
—Me reía de los disparates que se sueñan...
Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante equivalía á una declaración de inocencia.
—Figúrese usted, don Gil—prosiguió—que anoche, á poco de acostarme, las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»
Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y superpusieron, y creyó soñar.
Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba inocente.
XIII
En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas alcobas.
Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no correspondido.
En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia que días después ejecutaba Ravaillac...
Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón de su vida en su pasado?...
Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.
Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen de la Muerte, caricatura de la Nada...
Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa teratología de los sueños.
En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu queda libre y dueño de acudir al sabat.
Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía despierto, estaba dormido.
El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.
A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan obesa.
Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.
En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su madre falleció del disgusto.
También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve producía en ellos igual evocación.
—Una nevada como ésta—decían—cayó la tarde en que Amelia, la mujer de Guijosa, se rompió la pierna.
Y, sonriendo, contaban las historia.
El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de adelgazar.
Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente estaba triste.
Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.
Una honda tristeza—tristeza de almas—llenaba aquel hogar. Esta emoción fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y maldición del cielo á su alma volvía.
Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el santo y que tuviera el perro.
Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.
Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y pidió un cepillo.
—¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?—preguntó la anciana.
Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en su memoria. De pronto, vió claro.
—¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...
Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.
—Vé—repuso—que allí lo encontrarás.
Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».
Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.
Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo de vanidades.
Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.
Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:
«Soy más hermosa que tú...»
A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca encendida y festera de su hermana, respondían:
«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»
Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.
El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.
Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación hondísima que removió y escandalizó su virginidad.
Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de aquella cabeza amarilla.
Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y misterioso don Gil?...
Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y rebelde, encantaba á don Gil.
Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.
Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo mismo que siempre vivió de él.
Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre, parecía derivarse de su inacción.
—¡Si yo pudiese trabajar en algo!—meditaba.
En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.
Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en juego como si el individuo estuviese despierto.
Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba una cuna.
Con esa portentosa facilidad—rapidez de luz—de los espíritus, don Gil lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y feliz—alma sin deseos—de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. ¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.
Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.
—¿Qué tienes?—le decía—; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...
El abría los ojos; destosía; se incorporaba.
—Sí—repetía—es verdad... estaba soñando...
Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un prurito de reñir, de romper.
Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier que dormía en la alcoba familiar.
Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba, como sobre un barómetro, en la cola del perro.
Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su casa.
Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo, experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso, sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él. Era el brujo, el morabito jorguín portador de la mala sombra; el jettatore cuyos ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.
XIV
En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima parte de un minuto tiene suficiente.
Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir es soñar, y soñar equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la energía de un hombre.
De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á dormir.
Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado, sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de alegría.
—¿Sabe usted—le dijo—que mañana me muero?
La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:
—¿Y de qué muere usted?
—Del corazón.
—¡Ah!...
—Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...
El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación acrecentó la compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.
Preguntó don Gil:
—¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?
—Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, de nuestras conversaciones.
Agregó:
—Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.
—¿La visita usted todas las noches?
—Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...
Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.
Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés riquísimo. Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba su puesto.
Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.
—¿A quién espera usted esta noche?—preguntó el enano.
La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso huir. Don Gil la detuvo:
—No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale usted.
Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y confianza.
—¿Por qué me dice usted eso?
—Por su bien.
—¿Me amenaza algún peligro?
—Sí; uno muy grande.
—¿Vendrá mi marido?
—No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.
—¿Qué debo temer entonces?...
Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una ternura húmeda suavizó su brillo.
—Elvira—repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una firmeza paternal—, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta noche.
Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso hablar.
—Porque Manuel Peinado está enfermo.
Como un eco, ella repitió:
—Enfermo...
—Sí.
—¿De qué?
—Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma noche, á la una en punto.
Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había desaparecido.
—He soñado...—pensó.
Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.
A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella murmuró:
—¡He tenido mucho miedo!
—¿Por qué?...
—Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé dormida y soñé con don Gil...
El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.
—¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...
Y seguidamente, cambiando de tono:
—¿A ti no te duele el corazón?
—Nunca.
—¿No estás enfermo de nada?
El afirmó petulante.
—Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...
Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá esta noche, á la una en punto...»
Interrogó supersticiosa:
—¿Te irás temprano?
—No, como siempre. ¿A qué viene eso?
—No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te marches.
El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:
—Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando los cierras me parece que me quedo sola.
Peinado hizo un ademán de impaciencia:
—Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.
Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á levantar los párpados.
—No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no hables, pero necesito verte los ojos.
No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:
—¡Manuel!...
Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:
—Manuel...
Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una voz murmuraba:
«Ha muerto... Está muerto...»
Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.
Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo desatentada de un lecho á otro, las despertó:
—Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...
En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.
—¿Qué sucede?...
—Venid conmigo, venid...
Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.
—¿Qué sucede?
—Silencio; hablad bajo...
—¿Se ha puesto enfermo don Manuel?
—No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de aquí.
Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los grandes peligros, replicaron:
—Lo que usted disponga, eso haremos.
Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.
A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.
XV
Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...
Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á termino.
Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel, comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les improperaba:
—¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...
Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, los labios.
—¿Eh?—rezongaban—¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse insultar así!...
Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos como guiñapos, rodaron por el suelo.
El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.
—¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los niños? ¿Por qué les pega?
La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á quienes aborrecía casi tanto como á su padre.
—¡Mira—repuso—qué bien!... ¡Si acabase con todos!...
El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. Empezó á gritar:
—¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los muchachos ó te doy un tiro!...
Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.
—Vamos, toma y cállate ya...
Frasquito Miguel siguió vociferando:
—¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...
Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, retumbaban desoladores.
—¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me pegue usted más!...
Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería buscar su revólver.
—A ese miserable—repetía—le mato; ahora mismo le mato; no espero más: ¡Le mato!...
Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:
—Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y calla...
Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la que, tremante de furor, empezó á gritar:
—¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos quemarte los ojos!...
El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de un seguro y rectilíneo puñetazo.
—¿Creías que no podía defenderme?—barbotaba el pañero—; pues vas á echar los sesos por los oídos.
Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.
En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:
—Toma... toma... toma...
El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con compasivo y maternal acento:
—¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...
Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.
—¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... ¡Socorro!...—imploraba el infeliz.
A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de gran zalamería y piedad:
—¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... ¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te duele nada!...
Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un ritmo. Era un cuadro de pesadilla.
—¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...
Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, Rita gritaba:
—¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te quedas dormido!...
La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de perder el conocimiento.
En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La mujerona susurró:
—Ya está.
Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del río. Rita hizo un gesto negativo.
—No es nadie...
Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:
—¿Ha muerto?
Toribio repuso incorporándose:
—No; respira...
Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción consoladora duró un instante.
—Hay que rematarle—dijo Toribio.
Ella afirmó con la cabeza; él agregó:
—Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.
—Es verdad.
—Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...
La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se aferraba á sus frentes estrechas.
Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora, con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la habitación de paredes encaladas todo era blanco.
—Si le matamos antes de que despierte—balbuceó Rita—de aquí al amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...
Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo en ella como una piedad.
—Quién sabe—dijo—si no tendremos que rematarle; acaso se muera él solo...
Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.
—Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no puede ser, ¿no comprendes?
—Tienes razón...
—Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.
Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el herido, la mujerona repetía:
—Es verdad... es verdad...
Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador que acecha ó que busca una pista en el suelo.
—Ya sé—musitó—, ya sé...
Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con el ademán:
—Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...
Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada en luz blanca.
—Acuesta á los niños—murmuró.
Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.
—Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de maza... ¿Comprendes?...
Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:
—Sí... ¿y qué?
—Lo soñé anoche—prosiguió Toribio—, me lo dijo don Gil, y cuando él hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.
La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:
—Sí, sí...
Continuó el bujero:
—Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.
Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.
—Ven... ¡pronto!...
A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, interrogaba.
—¿Sirve este?
Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.
—No.
—¿Y este?
—Tampoco.
Ella volvía á preguntar:
—¿Y este?
Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la calle.
Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las once.
—A las doce—dijo—la primera parte de la faena debe estar concluída.
Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:
—¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?
Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.
Entonces los Rojos volvieron al patio. El propósito de desherrar la mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y callando.
—¿Por qué no desherramos al burro?—insinuó la mujer.
Y él, imperativo:
—No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.
Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus nervios, una inflexión dulce:
—Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...
El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.
—Yo no veo nada—dijo—; preciso será traer luz.
El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.
—Tú la levantas una de las patas—ordenó Toribio—y la sujetas bien; no tengas miedo.
—¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.
—Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!
Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano iba devanando, repuso:
—También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y faena. ¿No te parece?...
El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla observación. Añadió, Rita:
—Así concluiríamos antes.
Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una fe inquebrantable.
—¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho don Gil!...
La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á tranquilizarla con la voz:
—Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...
Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.
Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo extraía con un chirrido breve.
—Fíjate—dijo á su hermana—en que falta un clavo aquí, á la izquierda.
—Bueno...
—Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.
—Bien, bien...
Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo, Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. Juzgando su obra bien concluída, murmuró:
—Estamos listos.
Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose en pie:
