Índice: [I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII].
La opinión ajena
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
- Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
LA OPINIÓN AJENA
DEL MISMO AUTOR
(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)
NOVELAS
- El Otro (segunda edición).
- La Cita.
EDUARDO ZAMACOIS
LA OPINIÓN AJENA
(NOVELA)
RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º
MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
LA OPINIÓN AJENA
I
Contra su costumbre, aquella mañana don Higinio Perea se levantó tarde. Le despertaron las nueve argentinas campanadas del reloj del recibimiento, el testarudo piar de los pollitos que correteaban por el patio, entre el verde terciopelo de las macetas, y el rayo de sol otoñal tendido en la penumbra del dormitorio como un florete de similor. Por dos veces don Higinio bostezó ruidosamente; después encendió un cigarrillo, y mientras fumaba acarició la posibilidad de que le hubiese tocado la lotería. Luego, ágilmente, saltó fuera del lecho, ciñose unos raídos calzones, deslizó sus pies desnudos en unas pantuflas amarillas y, chancleteando, aproximose al armario de luna. A pesar de la holgachona indulgencia con que cada individuo a sí propio se reconoce y aprecia, su talle carnoso, demasiado esferoidal para la cortedad de su estatura, no le satisfizo. La grasa le aviejaba; treinta y seis años había cumplido en agosto y representaba cuarenta. Era pescozudo, ancho de espaldas, rollizo de brazos y de piernas; y además, el vientre, aquel vientre duro, redondo, dilatado por el trajín expansivo de las digestiones laboriosas, abandonado siempre a sí mismo en la amplitud cómoda de los pantalones sujetos con tirantes...
—Estoy convirtiéndome en un verdadero mamarracho —murmuró.
Lo dijo fríamente, cruelmente, con esa ruda y leal honradez que usan los hombres cuando están solos. Se miró de frente, de perfil; suspiró...
—¡Cómo ha de ser!...
Aquel espejo, ante cuya luz, catorce años antes, se había endosado su levita de boda, era inexorable en sus afirmaciones, como una conciencia hecha cristal. Y la conciencia, a veces, tiene la franqueza bárbara del sol. Don Higinio examinó su coramvobis abermejado, noble y mollar; sus dientes caballunos, descarnados, pajizos, bajo el bigote frondoso y áspero; sus cabellos negros, cortados al rape, entre los cuales algunas canas se erguían como agujas de plata; sus cejas peludas y fuertes; sus ojos de un azul claro: ojos grandes, candorosos, buenos, en los que parecía flotar una tristeza de hazañas incumplidas o el dolor de algún alto destino no realizado...
Pero tales desmoronamientos y resquebrajaduras carecían de gravedad sustantiva. Allí lo único importante era el desarrollo incipiente de su barriga oronda, caricaturesca, sobre cuya tersura feliz no habían gemido nunca las hebillas opresoras de ningún cinturón.
—Tendré que hacer gimnasia —pensó.
Ordinariamente calzaba botas rústicas de cuero y vestía trajes de pana confeccionados por Antolín, el mejor sastre de Serranillas, y prefería, sin embargo, las elegancias jerarcas del charol y del frac; adoraba el deporte sedentario y comodón de la pesca, y hubiera querido ser cazador y alpinista; descuidaba su belleza y era grande y romántico admirador de la ajena; tenía los valimientos necesarios para ser la figura más notable del pueblo, y procuraba vivir oscurecido; amaba a su mujer, a la cual ni siquiera una vez había traicionado, y persistía en él, no obstante, una especie de coquetería inocente, un deseo pinturero, limpiamente artístico y como a flor de piel, de ser agradable a las muchachas; no esperaba nada, y la llegada del cartero producíale diariamente intensa alegría; no era capaz de matar una hormiga y llevaba consigo siempre un cuchillo de monte. Y este leve desequilibrio interior, este sigiloso desacuerdo entre la voluntad y la imaginación, entre el ademán y el pensamiento; esta callada y sostenida disonancia entre lo que era y lo que hubiera querido ser, llenaba toda la psicología y perfilaba todo el carácter noblote, ecuánime y fantasioso a la vez de don Higinio.
Muy entonado, muy rígido, tieso como en un pedestal sobre la amarillez de sus pantuflas, don Higinio Perea repitió algunas flexiones de brazos. Era necesario ser joven, ser ágil, reprimir el grosero incremento de su bandullo, destruir el tejido adiposo donde, a traición, los males fermentan: para ello realizaría largas excursiones a pie, compraría una escopeta...
En el patio resonó imperativa la voz de doña Emilia, la esposa de don Higinio, llamando a su hermana.
—¡Teresa!... ¡Teresa!...
Y había en la brevedad impaciente con que las sílabas de este nombre fueron pronunciadas un indecible aceleramiento, una loca vehemencia de angustia. Hubo después bisbiseos ininteligibles, murmullos de regocijo y agonía, inquietud de pies infantiles, palabras jubilosas, interjecciones, frases de hiperbólica salutación y agradecimiento a los poderes celestiales. A dúo doña Emilia y Teresita improvisaban una jaculatoria fervorosa y vibrante:
—¡Gracias, San Antonio bendito!... ¡Virgen de la Salud, Madrecita mía, que el Señor te lo pague!...
Doña Emilia gritaba en tiple, Teresita en soprano, y a sus voces apremiantes uniose el estridente vocerío de los niños. Anselmito, el primogénito, exclamó:
—¡Hay que decírselo a papá!...
La ocurrencia tuvo la eficacia de una orden: fue un revuelo de faldas, de pisadas diligentes, de cuerpos que rozaban las paredes y se manchaban de cal al apretujarse en la estrechez de los pasillos.
Al principio, don Higinio Perea estúvose quieto, un tanto sobresaltado, pero sin que su alboroto le determinase a la acción; en el tedio sempiterno de su vida, de su existencia sin altibajos, emborronada en la uniformidad del mismo apacible color, no concebía que pudiese ocurrir nada insólito. No obstante, proyectando una sombra perpleja sobre la bondad de los ojos azulinos, sus cejas densas se contrajeron: aquel apasionado hablar, aquella bulliciosa alegría de enjambre, aquel estremecimiento de domingo...
Iba hacia la puerta cuando esta, con recio ventoleo, se abrió de par en par. Doña Emilia, su hermana Teresa, los tres niños, Vicenta la cocinera, el ama de llaves, las dos azafatas que asistían a la mesa, el jardinero, estaban allí. La esposa de don Higinio, roja de emoción, avanzó la primera, tremolando victoriosamente un número de El Faro.
—¡Nos ha tocado la lotería! ¡Higinio de mi alma, Dios ha venido a vernos!...
Perea balbuceó:
—¿Nos ha tocado la lotería?...
La sorpresa producía en su ánimo sedentario el efecto del sueño; lejos de despabilarle, le amodorraba, y entumecía el entendimiento. Tomó el periódico que su mujer le ofrecía y no pudo leer. De pronto experimentó en las rodillas una gran flaqueza, una especie de íntimo temblor, y hubo de sentarse sobre el objeto que halló más próximo: un arcón roblizo, que crujió bajo sus anchas posaderas. Momentáneamente el buen hombre permaneció alelado, la boca lacia y estúpida, las piernas colgantes, las babuchas suspendidas de los pulgares de los pies...
Recobrándose un poco, buscó en El Faro la ratificación de su buena ventura.
—¿Nuestro número es el siete mil cuarenta y cinco? —preguntó.
—Sí.
Perea miró el sitio donde estaban los diferentes siete mil agraciados por la suerte. Doña Emilia exclamó colérica, celosa de que nadie dudase de su fortuna:
—¡No es ahí, tonto, más que tonto!... Si tenemos un segundo premio...
—¿Un segundo premio?...
El asombro había convertido a don Higinio en eco.
—Sí, mira bien; aquí está; aquí... Siete mil cuarenta y cinco... ¿Ves?... Siete mil cuarenta y cinco; cien mil pesetas.
—¡Cien mil pesetas! —repitió don Higinio absorto.
—¿De las cuales —agregó Teresita— le corresponden a don Gregorio Hernández cincuenta mil?...
—Cincuenta mil —afirmó Perea.
Teresita interpeló a su hermana:
—¿No te lo dije?... ¡Si había comprado el número a medias con el médico!...
—A medias —musitó don Higinio.
Doña Emilia, tan hacendosa, tan defensora de lo suyo, aguijoneada en aquellos momentos por la codicia, dardeó sobre su esposo una ojeada homicida.
—Es tonto; no sabe ir solo a ninguna parte.
Don Higinio asintió con la cabeza; tu mujer tenía razón: él «no sabía ir solo a ninguna parte». Un impreciso malestar le invadía, una especie de calor que le abarcaba desde la nuca a las sienes, una sensación invasora de plétora que le congestionaba y aturdía, cual si dentro de su cerebro acabara de introducirse una idea demasiado grande. Así estábase coartado, las manos inactivas sobre la blandura de los muslos rollizos y cortos; sus pantuflas habían caído al suelo, y los morenos pies oscilaban en el aire, huesudos y grotescos. A su alrededor, sus familiares componían un grupo expectante y risueño: los criados cuchicheaban bajo el dintel de la puerta; Teresita y doña Emilia se habían abrazado cual si necesitaran favorecerse mutuamente para resistir el choque de una dicha tan impensada y crecida; Anselmo y Carmencita sonreían ante un Eldorado de juguetes.
—A mí me comprarán un sable.
—Yo quiero una muñeca y un pliego de calcomanías...
Joaquinito, el menor de los hermanos, había ido acercándose poco a poco a su padre y le observaba atentamente, metiéndose hasta la primera falange un dedo en la nariz.
Una voz clarineante, timbrada nerviosamente por el júbilo, resonó en el patio:
—¿No hay nadie en casa?...
Todos la reconocieron: era doña Lucía, la esposa del médico. Don Higinio reaccionó súbitamente; comprendía la ridiculez de su actitud; acababa de verse barrigón, en camiseta y sin pantuflas, encaramado sobre el arcón como en un altar.
—No la dejéis entrar —exclamó levantándose de un salto—; vendrá a hablar de la lotería; yo necesito vestirme...
Seguida de su prole doña Emilia escapó, empujando a su hermana; los criados salieron delante.
—¡Estamos aquí, Lucía, estamos aquí!...
Perea cerró la puerta, y acercando un oído al agujero de la llave púsose a escuchar. Las mujeres se abrazaban, se besuqueaban apasionadamente, y su nerviosidad era tan pronto risa estridente como gozoso llanto: fue una algarabía ornitológica, una trepidación de golpes, de taconeos, de muebles removidos. De súbito doña Lucía sintiose indispuesta; empezó a suspirar: era la emoción, quizás el corsé...
Teresita gritaba:
—¡Que traigan vinagre!...
Y doña Emilia:
—¡Mejor es el azahar!... Ahí, en el comedor, está la botella. ¡Vicenta, Julia, ayuden aquí!...
Hubo voces belísonas, jadeos, empellones, carreras, y luego un silencio y el roce de algo muy pesado. Indudablemente, entre todas las mujeres se llevaban a doña Lucía hacia las habitaciones interiores de la casa, y como la señora de Hernández era muy altona y opulenta no pudieron tomarla bien en brazos, y sus pies inertes iban arrastrando por el solado. Después, casi de súbito, cual si acabasen de cerrar una puerta, el ruido decreció; la algarabía trocose en murmullo. Don Higinio, sonriendo, dejó su observatorio.
—Sería gracioso que a mí también me diera un ataque de nervios...
Pero, ¡quia!, no había cuidado; él era fuerte. No obstante, sentía miedo, un raro temblequeo interior que parecía enfriarle el estómago y le aceleraba el pulso. Terminó de lavarse, se puso otro pantalón y con el recién quitado, viejo y muy traído, se frotó las botas. Esparrancado ante el espejo, los tirantes colgando sobre los fondillos, iba anudándose la corbata, absorto, indeciso, vapuleado por un oleaje de jamás conocidas emociones. Sentíase desarraigado, desposeído del sereno dominio que tuvo siempre sobre sí mismo. No era porque necesitase aquellos diez mil duros con que la suerte, loca y próvida, acababa de exornarle el bolsillo: sus asuntos marchaban ricamente; su mina de Serranillas y las heredades que poseía en otros pueblos de Ciudad Real le rendían anualmente mucho más de cuanto él, emperezado y metódico, hubiera podido gastar; las dos cosechas últimas fueron excelentísimas, cual si la lluvia y el sol hubiesen maniobrado de acuerdo para lozanear los trigales y madurar la uva; a su muerte sus hijos serían terratenientes por valor de más de ciento treinta mil pesetas cada uno...
Aquel recóndito alboroto que su ánimo desinteresado y artista no acertaba a clasificar bien, reconocía orígenes de otra muy noble y alquitarada raigambre espiritual. Era, sencillamente, lo Imprevisto, la Incógnita anónima y sin perfil que su alma ingenua esperaba desde que sus dieciocho años le dieron, con el primer ensueño, el zumo voluptuoso de la primera melancolía; el Azar farandulero, la alondra de la Ilusión, la bruja Aventura que le salía al camino, un antifaz sobre los ojos y una canción sobre los labios. ¡La lotería!... Perea no podía admitir que diez mil duros, ganados así, de sopetón, no fuesen motivo sobrado para desquiciar una existencia tan suave, mansurrona y encarrilada como la suya. Detrás de aquel segundo premio, que haría palidecer de envidia a la sociedad más apersonada y lucida de Serranillas, algo nuevo, muy grande, muy trascendental, le acechaba: quizás un largo viaje, acaso una mujer...
Don Higinio concluyó de vestirse; se atusó pulcramente las guías rebeldes de su bigote; colocose su sombrero de fieltro blando, color café, más inclinado que de ordinario, sobre la oreja izquierda; tosió fuerte, estirose los puños de la camisa y, pisando con majeza y aplomo, salió del dormitorio. Iba feliz. Los hombres son como los días: hay siempre en la historia de aquellos un momento de máxima ventura, de suprema prosperidad, semejante a esos segundos de plena luz en que el sol toca al meridiano. Don Higinio acababa de comprenderlo así; por primera vez en el fastidio de su vida llana y uniforme, eran las doce.
Llegó al comedor: habitación espaciosa, alegre, con su larga mesa familiar cubierta por un hule blanco, su sillería vienesa de rejilla y dos ventanas abiertas sobre la luminosidad reverberante de un jardín. Allí estaban doña Lucía, ya vuelta y casi olvidada de su ataque; doña Emilia, Teresa y doña Benita, la esposa de don Cándido, el boticario. La aparición de don Higinio fue saludada con un jubiloso garbullo de risas y cordialísimas frases de salutación, enhorabuena y alabanza. Doña Lucía se permitió abrazarle: era una mujerona de carnes exuberantes y apretadas, recia de voz y de ademanes, colorada, saludable y vehemente, cuyos negros ojazos de harén siempre estaban húmedos.
—Es usted el hombre de la dicha —exclamó—, y mañana, en Ciudad Real, será usted «el hombre del día». Bien dicen que el dinero tira del dinero, y que los bienes, como los males, siempre van en traílla. ¿Pero qué le ha hecho usted a la suerte para que le quiera tanto?...
Doña Emilia intervino:
—Pues, ¿y tú?...
—¡Es verdad! Mi pobre Gregorio está como loco; hoy no receta. Cuando leyó en el periódico que el siete mil cuarenta y cinco había obtenido el segundo premio, se quedó blanco como un muerto. ¡Figúrense ustedes!... Aquí se puede decir: ¡Cincuenta mil pesetas!... Es la primera vez que vamos a ver tanto dinero junto.
Don Higinio permanecía aturrullado, sin palabras que oponer a la ardiente filatería de su interlocutora. Al cabo declaró que iba a afeitarse. Estaba rojo y un ligero mador bruñía su frente. Doña Emilia se levantó para manosearle las mejillas.
—¿Te sientes mal? Me parece que sí... ¿Quieres beber un poco de tila?...
Perea sonrió baladrón. ¡Ni que fuese una señorita! Aseguró hallarse tranquilo, ecuánime, dueño absoluto de sus nervios; para mayores emociones estaba templado su ánimo. Además, no convenía abandonarse al regocijo sin poseer la definitiva certidumbre de la fausta nueva. Aquellas cien mil pesetas adjudicadas, según el periódico, al número siete mil cuarenta y cinco, podía ser un error de imprenta.
—Eso mismo pensamos nosotros —interrumpió doña Lucía—, y ya Gregorio ha telegrafiado a Madrid pidiendo informes. Hoy recibiremos contestación.
Don Higinio saludó a su amiga con una cariñosa palmadita en el hombro, dio la mano a doña Benita, agradeciendo sus parabienes con frases urbanas, y salió a la calle. Eran las once. Parsimoniosamente, encaminose a la peluquería de Nicanor. En la esquina saludó al cura don Tomás Murillo, que volvía de la iglesia: un hombre alto, muy delgado, muy pálido y muy bueno.
—Ya me lo han dicho, don Higinio; de salud sirva...
—Gracias, don Tomás..., y que usted lo vea.
Siguió adelante, muy terne. Desde una ventana, Manolita, la esposa de Pepe Martín, el carpintero, le siseó con una cordialidad amistosa llena de afecto.
—¡Don Higinio!...
—Hola, mujer.
—¡Ya lo sé! ¡Que sea enhorabuena!...
—Gracias, recuerdos...
Al pasar por delante del Casino, Julio Cenén, secretario del Ayuntamiento y varios amigachos suyos, acudieron diligentes a saludarle. Perea se dejó regalar y luego obsequió generoso a los que le habían convidado. Así, invitando unas veces y comprometido otras a beber, trasegó nueve o diez copitas del mejor aguardiente que producen las destilerías famosas de Cazalla, con lo que su carácter, habitualmente mustio y reservón, adquirió una verbosidad muy picante y simpática. Cuantas personas le veían se apresuraban a felicitarle. Don Higinio estaba asombrado; conocida la envidia social, jamás hubiese creído que una buena noticia pudiera divulgarse tan pronto; sin duda era el deseo que los hombres tienen de mortificarse unos a otros, refiriéndose la dicha ajena, lo que la servía de vehículo.
Acompañado de Cenén, prosiguió hacia la peluquería su camino; una verdadera marcha triunfal: desde los zaguanes y en los comercios, parados sobre los mostradores, mujeres y hombres le saludaban. El alarife don Nicolás salió de la zapatería, donde estaba probándose unas alpargatas, a darle la mano.
—Eso de echar de largo, don Higinio, no está bien. A la noche nos veremos en la fonda de Justo y tendrá usted que convidarme...
En la plaza, don Cándido Recio, parado ante la puerta de su botica, mostrando su vientre petulante y jocundo más redondo que el globo de bermejo cristal que regocijaba de noche el empolvado escaparate de la farmacia, también le reverenció y festejó tremolando un pañuelo. Llegó a la peluquería. Nicanor dejó la navaja que afilando estaba contra un suavizador, y acudió a estrecharle las manos. Él era uno de los vecinos de Serranillas que primero tuvo conocimiento de la fausta noticia; la supo minutos después de llegar el correo de Madrid por boca de Pablo el ciego.
—Piensa visitarles a usted y a don Gregorio —agregó—; porque, según parece, fue él quien les vendió el número premiado.
—Efectivamente.
Don Higinio ocupó uno de los dos sillones que había en el establecimiento. Cenén se marchó a despachar diligencias urgentes que Arribas, el notario, le había encomendado. Nicanor, arrastrando sus zapatillas en chanclas, se acercó a Perea.
—¿Afeitamos, don Higinio?
Y como este hiciese un gesto afirmativo, Nicanor prosiguió:
—¿Damos el jabón con brocha o a mano?... Mi opinión, ya la conoce usted: estoy por lo antiguo; la brocha, como dice don Gregorio, será más limpia, más higiénica; pero la mano trabaja la barba mucho mejor.
—Pues... ¡como usted quiera!
—Entonces, a mano.
Era un viejecillo que ovillaron el trabajo y la edad, y cuya cabeza reducida y peliblanca, alargada por una barbilla quijotesca, movíase con temblor de epilepsia a un lado y otro, como si el largo espectáculo de todo lo hediondo, de todo lo ruin, de todo lo injusto que había visto en la vida, hubiese enseñado a sus pobres nervios aquel ademán de reprobación. Nunca se movió de Serranillas. La mayoría de los mozos estaban abonados a su establecimiento, y por un duro al año tenían derecho a un afeitado semanal, por cuanto este les costaba diez céntimos y aún salían beneficiados en dos servicios. Su clientela era numerosa; todas las cabezas que conoció jóvenes fueron blanqueando bajo sus tijeras; veinte años atrás, el mismo don Higinio había dejado sobre la navaja de Nicanor el terciopelo inocente de su primera barba.
De aquel episodio el buen Perea se acordaba aún: fue un domingo, después de misa mayor, mientras su padre y otros vecinos de viso iban a la estación a recibir al señor gobernador de Ciudad Real. ¡Cuántos años huyeron desde entonces! Por señas que la peluquería, con su largo espejo sin marco y sus paredes enjalbegadas, adornadas de cromos chillones, no había cambiado. Ahora, adormecido bajo los sobajeos rítmicos y suaves del barbero, don Higinio, los ojos medio cerrados y los soplados carrillos cubiertos de jabón, veía pasar su historia: una de esas vidas horizontales que, por muy dilatadas que sean, se abarcan de una sola mirada, como las llanuras.
Si la dicha es aquel difícil estado de beatitud espiritual producido por la venturosa simultaneidad y ayuntamiento de una recia salud, de una familia honorable, numerosa y bien avenida, y de rentas pingües y seguras, don Higinio Perea tuvo a mano cuanto hubiese podido menester para ser dichoso. Acaso por esto mismo no lo fue del todo, que la felicidad, con aquella quietud y radical cesación de apetitos que trae consigo, empacha como la miel y produce una especie de sofoco íntimo, muy semejante a la congestión. Todo hombre, aun el más sencillo, es paradójico. Así, cabalmente, porque era muy feliz don Higinio considerose siempre un poco desgraciado. El deseo no es solamente algo adjetivo, inseparable del objeto que lo provoca y merece, sino que suele también producirse de modo espontáneo, en cuyo caso su impulso es el más truculento y aflictivo de todos, pues no adquiere orientación fija ni hay medio, por consiguiente, de definirlo. ¡Desear!... Pero, «desear» ¿qué?... A la agonía sedienta del sujeto ninguna realidad aplacadora responde; querer... y no saber lo que se quiere; anhelar... y que ese anhelo roedor carezca de nombre; sentir en lo arcano de la conciencia un flujo de energías y no poder encauzarlas y llevarlas al goce de la acción. ¡Desear!... Es un infinitivo que destriza las almas, las enerva, las entumece, las viste con harapos de aburrimiento, las infiltra ese horrible frío espiritual, peor que el de la nieve, que ningún termómetro podría medir, y unas veces se resuelve en egoísmo feroz, y otras en suicidio.
Don Higinio, a pesar de su empaque cordial y rollizo, padecía esa inquietud romántica. Don Salvador, su padre, uno de los caciques más adinerados de aquel sexmo, había nacido en Serranillas; su abuelo, don Huberto, también, y ambos fueron labradores laboriosos y de costumbres comedidas. Su madre, doña Pastora Alcañiz, era natural del inmediato pueblo de Almodóvar del Campo, y su familia de las más acomodadas y queridas de la región, tanto que cuando doña Pastora y don Salvador unieron santamente sus voluntades ante el altar, la fiesta adquirió visos de holgorio público, y como los padres de los contrayentes regalasen a sus Ayuntamientos respectivos mil pesetas para los pobres, hubo música en la plaza, fuegos artificiales, bailes, columpios, carreras de burros y otros divertimientos rústicos y sencillos a los que concurrió todo el mocerío de ambos pueblos.
Si conocido y apreciado era el linaje de los Perea, de Serranillas, no menos valimiento, estimación y notoriedad tenían los Alcañiz, de Almodóvar. Ni una línea de bastardía, ni una acción vituperable, ni siquiera un rumor de galantes andanzas, ensombrecía la limpia progenie de aquellas dos familias que supieron mantenerse ajenas a cuantos desastres civiles asolaron a España durante la última centuria, y donde todas las mujeres fueron devotas, caseras y fecundas, y los hombres trabajadores y nada aficionados a emprender viajes ni a correr peligros. La honradez más escrupulosa, el culto al hogar, la fidelidad, la economía, el orden, el miedo burgués al porvenir, vinculados aparecían a la historia de ambas desde muy antiguo. La de los Perea, especialmente, anquilosada a lo largo del tiempo por la secular monotonía pueblerina, perpetuaba de generación en generación, con el mismo tipo moral, la misma figura. Don Higinio se parecía a don Salvador, como este se asemejó a don Huberto, como don Huberto fue el asombroso trasunto de don Miguel, su padre, cuyo retrato al óleo honraba la Sala capitular de aquel Ayuntamiento; de unos en otros repetíase la primitiva cabeza crecida y redonda, el coramvobis placentero, ingenuo y canonjil, el pestorejo magro, el cuerpo cuadrado y ventrudo, sin alborotos nerviosos, sin arbitrariedades ni crispamientos de pasión, cual sumido en esa dulce modorra que extiende la grasa sobre los caracteres.
Por tanto, la frágil semilla de rebeldía que a espaciados intervalos conturbaba bordonera el ánimo de don Higinio, debía referirse a su madre; era algo cognático, pero tan efímero, impreciso y lontano, que ni aun el etógrafo más sutil hubiera podido determinarlo. El semblante bello y fosco de doña Pastora lo señalaba así: fue una hermosura genuinamente castellana, pálida y enjuta, con la tiniebla de los ojos muy bruñida y los finos labios rezumando misticismo, elación y desdén, y sobre la aguileña nariz un entrecejo reconcentrado, duro como un ramalazo tardío de violencia medieval.
Don Salvador hubo de doña Pastora Alcañiz tres hijos, de los cuales solo medró el primero: aquel Higinio que luego había de dar a la lucida estirpe de los Perea nuevos retoños llenos de sanidad.
Don Higinio fue un niño estudioso, reflexivo, incapaz de mentir, que pasó por la escuela sin conocer la vergüenza de ser castigado. Diríase que el prestigio de su apellido le obligaba a ser bueno. Hablaba en voz baja y sus ademanes, recogidos, expresaban una timidez simpática. Era amable, modesto, callado, un poco melancólico, con esa leve nostalgia de ausencia que embellece la fisonomía de los distraídos; mas no pecaba por ello de cobardón, que una y muchas veces, puesto a reñir con otros muchachos de su edad, supo acreditarles reciamente el neto temple manchego de su voluntad y el áspero esfuerzo y diligencia de sus puños. Algo había, sin embargo, dentro de él que renegaba de aquella ejemplar bondad. Si sus maestros otorgaban premios a su aplicación, se avergonzaba de sus honores como de una falta; si su padre le felicitaba por su laborioso comportamiento, sus mejillas enrojecían y cerraba los ojos: él hubiera querido ser díscolo, revoltoso, peleador. De noche, en su casa, acordándose del compañero a quien el profesor había puesto de rodillas o encerrado en un calabozo, experimentaba estremecimientos agudos de envidia. ¡Si hubiese tenido el desparpajo necesario para ser travieso!... Pero le faltaban originalidad, gracia y arrestos. Una vez, ¡solo una vez!, que se decidió a cometer una inconveniencia, sus maestros le perdonaron. El director del colegio le dijo: «Eso no es digno de usted, señor Perea...». Y no sucedió más. Aquella noche, el muchacho lloró amargamente: comprendía que dejaba la niñez sin haber sido niño; le hablaban como a un hombrecito porque sus expansiones carecían del atolondramiento frívolo, lleno de ingenuidades graciosas, que distingue a la infancia, y reconociéndose obligado a ser reflexivo, circunspecto, mesurado en sus palabras y acciones, lloró como nunca. Su dolor era el inmenso dolor de los buenos arrepentidos de su virtud.
La pubertad corroboró esta inclinación a la melancolía; persistía en aquel jovenzuelo, habitualmente silencioso, una laxitud de fracaso, la tristeza noble de un viejo jardín señorial, algo semejante al remordimiento de un destino incumplido. Era la sangre cálida de su madre; savia inquieta de guerreros, de místicos, de cruzados, tal vez. Como su hijo, doña Pastora, al declinar el sol, contemplando los alcores breñosos que circundaban el árido valle de Serranillas, sin razón ninguna, se quedaba triste.
Una cometa lanzada al viento desde el hondo cauce de un barranco asciende muy mal; en cambio, subirá fácilmente si la remontan a orillas del mar o desde la altura de algún puente. Y como ese juguete son los individuos: el hombre, para medrar y manifestarse en la gloriosa plenitud de sus facultades, necesita aire, ambiente, espacio; la ráfaga de perdición o de victoria que la alegre Fortuna levantó en cada vida una vez...
Don Higinio no recibió nunca la eficacia novelesca de aquel impulso. Su niñez fue deslizándose entre el cariño fraternal de sus compañeros de colegio y la indulgencia protectora de los amigos de su padre. Este ambiente familiar anquilosaba y reducía las propensiones fantaseadoras del muchacho. Como era un terrible imaginativo se aficionó a leer novelas, y pareciéndole poco esto y queriendo mezclarse en algo raro, inventaba cartas folletinescas donde hablaba de homicidios o raptos cometidos o por cometer; y luego, puestas en sobres dirigidos a un nombre cualquiera, las tiraba a la calle. Nunca faltaban transeúntes curiosos que las recogiesen, y si por azar empezaban a leerlas, su autor, oculto tras las persianas de su cuarto, sufría inexpresables emociones de regocijo y de miedo. Aquellas personas quizás entregasen su hallazgo al juez; era la pista de un crimen; se incoaría un proceso, se detendría a los individuos de vivir sospechoso; él mismo, acaso, tuviese que declarar...
La segunda enseñanza la estudió libremente, merced a una nueva disposición del Ministerio de Instrucción pública que dispensaba a los alumnos de la asistencia universitaria durante el período lectivo, y aunque en los meses de junio y septiembre hubo de ir a examinarse al Instituto de Ciudad Real, siempre fue custodiado, más que acompañado, por sus familiares. Jamás salió a la calle solo. El cariño vigilante de los suyos había levantado a su alrededor una especie de reducto carcelario: ni una hora de sabroso aislamiento, ni un resquicio de libertad por donde llegase a él un olor de aventura y paganía. A los dieciocho años terminó el grado, y como no mostrase inclinación hacia ninguna carrera, y, de otra parte, sus padres creyeran granada la ocasión de adiestrarle en el gobierno de su hacienda, el flamante bachiller se quedó en Serranillas.
Poco a poco, Higinio, redondeado por las grasas del vivir ocioso, iba convirtiéndose en don Higinio. La figura lucia y pequeña de su padre reproducíase exactamente en él: tenía los ojos azules y suaves de los Perea, el caminar tranquilo, la mandíbula fuerte, la cabeza grande y juiciosa, bajo los cabellos cortados a máquina. Su juventud, sin pecar de taciturna, fue siempre prudente y ordenada, cual si todos los ensueños dramáticos de su niñez hubieran ido resolviéndose en nostalgia cortés, ecuanimidad y suave pereza interior. Su espíritu valiente, equilibrado, compacto, ofrecía la apretada solidez de la llanura manchega; su alma era firme y maciza, como su cuerpo. Hablaba poco, reía de tarde en tarde, y jamás, ni aun por inocente donaire o pasatiempo, dijo un embuste. Era triste porque era sincero; tenía la calma doliente de la vida. De esta misma sencillez un observador hubiera deducido que si aquel hombre bueno, noble y bravo, alguna vez, por obra de cualquier imprevisto impulso, se decidiese a mentir, su mentira cristalizaría y se haría realidad.
Con la figura de su padre heredó Higinio Perea las dos grandes aficiones de don Salvador: el dominó y la pesca. También jugaba al billar, aunque la cortedad y gordura de su talle le impedía dominar cómodamente la mesa, y en el Casino nadie descifraba charadas como él, ni supo fabricar mejores caramelos con los terrones de azúcar que derretía en una llama de alcohol sobre el mármol de las mesas. Nunca montó a caballo ni disparó un arma de fuego, y la única vez que llevado del ejemplo de sus amigos fue a cazar perdices, regresó con las manos vacías.
Por parecerse a sus progenitores, heredó de ellos hasta el reúma.
A los veinte años sufrió un ataque de artritismo que le tuvo encamado mucho tiempo y pareció contribuir a uniformar y sentar su carácter. Dos años después celebró matrimonio con la señorita Emilia Álvarez, una de las mayorazgas más ricas y mirladas del pueblo. Aquella boda, asistida secretamente por los padres de los novios, fue tranquila, inocente, como esos festivales donde la gravedad burguesa adjudica premios a la virtud. Ni un momento de lucha, ni un barrunto de celos. Los mozos aspirantes a la hacienda de Emilia, al saber que el hijo de don Salvador la pretendía, depusieron su empeño, y Emilia aceptó a Higinio sin darse exacta razón de su sentimiento, sin paladearlo apenas, como esas medicinas que los enfermos, medio dormidos, beben de noche. Era una belleza voluntariosa, gorda y trigueña, que tocaba al piano valses de Strauss y sabía hacer dulces.
Don Higinio vio en su matrimonio y en el nacimiento de su primer hijo los dos golpes decisivos dados por el prosaísmo de la realidad a aquella especie de asimetría espiritual, tímidamente aventurera, que antaño había tremolado como un penacho sobre su alma infantil. Ya su porvenir quedaba trazado definitivamente; era diáfano, sosegado, horizontal: viviría en Serranillas, mejoraría sus tierras, asistiría vestido de negro al entierro de sus amigos, y cuando su última hora fuese llegada, iría a ocupar su lecho de piedra en el panteón familiar.
Esta reflexión, devolviéndole todo su reposo, acrecentó su afición a la pesca. Muchas mañanas, y aun por las tardes, unas veces vestido de dril y provisto de un blanco panamá, otras encapotado y metido en altas botas marineras, don Higinio requería sus trebejos de pescador y marchábase a guerrear contra los pececillos del Guadamil, cuyas aguas tersas y azules, de un azul heráldico, rodaban platicadoras a medio kilómetro del pueblo. Para él las riberas del Guadamil no encerraban misterios: conocía los secretos de la hoya del Jabalí, muy difícil de vadear en la estación de las lluvias, su fuerza de atracción según la altura de las aguas y los sitios por donde podía pasarse de una orilla a otra a caballo o a pie; sabía también los lugares en que la corriente se amansaba y era así más propicia a la pesca, los remansos arbolados buenos para dormir las siestas estivales, y aquellas hondonadas, horras del viento y sin escobos, inmejorables para gozar en invierno plenamente del sol.
Don Higinio dedicaba a su deporte favorito muchas horas. Generalmente iba solo y cuando llegaba cerca del paraje donde había de instalarse, caminaba de puntillas para no intimidar con el ruido de sus pasos al enemigo. Seguidamente encebaba los anzuelos, armaba dos cañas que ponía sobre horquillas, y luego, sentado en un catrecillo de lona, las piernas cruzadas, el cigarro puro entre los labios gruesos y tranquilos, hundía sus miradas en la linfa azul donde las cañas proyectaban dos rayas amarillas y paralelas; los corchos que sostenían las carnazas vibraban inquietos en la tersura filante del agua. De súbito, uno de ellos se hundía, indicando que un pez había mordido el engaño. Inmediatamente Perea requería la caña levantándola con gesto victorioso, y el prisionero, arrancado a su elemento, convulsionado por la asfixia, pintaba sobre el gran telón verde y cobalto del paisaje una interrogación de plata. Don Higinio, fuera de sí, raras veces podía reprimir un grito de júbilo, fiero y ancestral. Era algo sádico, removedor, misteriosamente carnal, que le obligaba a entornar los ojos, y le producía una laxitud semejante a la que dejan en el ánimo las corridas de toros. Después iba al Casino, donde, jugando al dominó, esperaba a que fuesen a llamarle de su casa para cenar. De noche no salía a la calle casi nunca.
El tiempo, entretanto, proseguía su eternal labor renovadora. Ya Anselmito, el primogénito de don Higinio, tenía cuatro años cuando falleció don Salvador; al año siguiente doña Pastora siguió a su marido, que es notorio cómo los viudos se sobreviven poco, y la rápida desaparición de aquellas dos cabezas blancas y amadas, al erigir a don Higinio en jefe supremo del hogar solariego, impuso a su natural reflexivo y grave una austeridad nueva. El buen hombre sintió que el amor a su casa, a la pesca y al dominó se acrecentaban. Pensó: «No pasaré de ahí». Fue aquello como una ratificación decisiva de su carácter. Pausadamente las viejas heridas cruentas se cerraban. Nació Carmen. Tres años más tarde, doña Emilia perdió a su madre, y Teresita, su hermana menor, que seguía soltera, prefirió quedarse con ella en Serranillas a vivir en Almodóvar con su padre. Después nació Joaquinito.
Doña Emilia era uno de esos temperamentos enérgicos que florecen y frutecen pronto y saben mandar. Su actividad belicosa, su instinto práctico, su fortaleza, beneficiaron su hacienda tantas veces, que Perea jamás se determinaba en asuntos de riesgo sin antes aconsejarse de ella. Madrugaba con las claridades prístinas del amanecer y se dormía tarde, luego de ver que las puertas estaban bien cerradas, los perros sueltos, el fuego de la cocina apagado, la servidumbre recogida y todo en su sitio. Durante el día trabajaba febrilmente: guisaba, zurcía, regañaba a sus hijos, vigilaba la salpresa de los tocinos, examinaba las ropas que las criadas tendían a secar en el jardín, y todo había de pasar por sus manos escrupulosas y a todo sabía poner reparo con una diligencia sin sueño y sin oasis. Ya no tocaba el piano; una madre de familia se debe a obligaciones más altas, y ella, dentro de su hogar y sobre su marido, ejercía una jefatura omnímoda. Este atrafagamiento mantenía su belleza y su salud. A los treinta y cuatro años doña Emilia era una mujer embarnecida, de negros cabellos y ojos vivísimos, en cuyo rostro, grueso y moreno, lucía el almendrado regocijo de unos dientes pequeños y blancos.
Teresita, doncellona, dulce y un poco sorda, constituía el reverso de su hermana.
La bonitura de sus años primaverales se marchitó y arrugó tempranamente, cual roída por el fuego de un temperamento demasiado emotivo quizás. Alta, flaca, los cabellos de color tabaco, la sonrisa fácil, los ojos reservados y amables, sus pies apacibles recorrían las habitaciones sin ruido. Sus sobrinos la adoraban. Ella les ayudaba a vestir por las mañanas, les llevaba de paseo, les defendía de las cóleras maternales, y en la mesa les ponía la servilleta al cuello. Su timidez buscaba la sociedad de los niños. Era buena, callada, dócil y jamás tuvo verdadera personalidad. Teresita carecía de valor sustantivo; para los vecinos nunca fue Teresita: unas veces era «la hermana de doña Emilia»; otras, «la cuñada de Perea» o «la tía de Anselmito...». Ella no protestaba de este emborronamiento, un tanto despectivo, en que la dejaba la opinión; acaso no lo advirtió siquiera. Su cuidado único era no parecer sorda, y en disimular tal defecto cifraba todo su empeño. Muchas veces decía:
—¡Voy!... ¡Voy!...
Y echaba a correr hacia donde creía que la habían llamado. Sus sobrinos, advertidos de su debilidad, la burlaban:
—Tía Teresa, ¿no oyes que mamá pregunta por ti?
Ella respondía:
—Ya lo sé, ya lo he oído... ¿Creéis que soy sorda?...
¡Qué éxito! La chiquillería, ineducada y cruel, se desarticulaba de risa.
Pausadamente don Higinio envejecía sujeto a los cuidados de su hacienda, viéndose engordar mientras el tiempo movedizo, maestro de toda farándula, le quitaba unos afectos y le traía otros. Todo cambiaba a su alrededor y todo, sin embargo, continuaba igual. A través de los años las distintas generaciones de los Perea se copiaban, repitiendo tenazmente iguales caracteres y tipos; diríase que la uniformidad de la llanura y la semejanza de impresiones y de alimentos eternizaban en ellas los rasgos aborígenes. Carmencita, aún no tenía nueve años, y ya su perfil recordaba el rostro aguileño de su abuela doña Pastora; Anselmo, del cual todos creyeron que iba a ser alto, repentinamente dejó de crecer y su figurilla comenzó a adquirir carnosidades precoces. Evidentemente, la linfa pacifista de los Perea era inmortal. Don Higinio, siempre algo poeta, solía desesperarse ante aquel existir imbécil de rebaño. La sangre bulliciosa de los Alcañiz, aunque de tarde en tarde, resucitaba en él, desazonándole. En tanto tiempo, ni un viaje, ni una fuga al mundo de la quimera, ni un misterio donde poder sembrar la semilla de una poesía. Don Higinio reconocíase seguido, espiado, por la afectuosa vigilancia de sus conterráneos. Ellos le vieron nacer, ir a la escuela, casarse; año tras año asistieron a los menores incidentes de su breve historia; recordaban las fechas en que perdió a sus padres, y hubieran dicho de memoria la edad exacta de cada uno de sus hijos. También detallaban su hacienda: lo que le redituaba la mina, el número de olivos que poseía y cuánto producíale anualmente la recolección de la aceituna; las sacas de trigo que guardaba en el pósito, cuando ya sus trojes rebosaban; si binaba o no sus tierras, y en cuantos pegujales las tenía divididas y arrendadas para mayor comodidad; y qué bancales destinaba a maíz y cuales a heno, y qué predios languidecían cubiertos de breñas y amarillas retamas. En el Casino se murmuraba todo: si trabajaba su aceña, si se le murió un caballo o si la noche antes rodó mucha agua por las caceras de su huerto... Inútilmente don Higinio procuraba aislarse, recogerse: no había en toda la comarca un rincón, un solo rincón, que fuese completamente suyo. Unas veces los criados, otras su propia mujer, o su cuñada, o sus hijos, lanzaban a la calle cuanto en la intimidad de su hogar sucedía; nunca hallaba esos instantes de aislamiento que todo hombre tiene; diríase que su notoriedad poseía la molesta virtud de mudar en transparentes los cuerpos opacos. Angustia horrible; dentro de su casa, aunque hablase en voz baja y las puertas y resquicios estuviesen herméticamente cerrados, don Higinio experimentaba la desagradable sensación de hallarse en cueros y metido en un globo de cristal.
A este punto de sus acedas rememoraciones y fantasías llegaba Perea cuando Nicanor, el peluquero, que concluía de afeitarle, le interpeló.
—¿Ponemos algo en la cabeza?
Don Higinio abrió los párpados y sus ojos, sus buenas pupilas azules, en las que había un místico desasimiento de cuantas raspaduras de malicia o de odio llevan consigo las almas vulgares, posáronse afectuosas en su interlocutor, cuyo rostro, de líneas enjutas, repetía sobre la delgadez del cuello un eterno movimiento negativo. El barbero creyó que no había comprendido su pregunta, y repitió:
—¿Quiere usted algo en el pelo?
—Écheme colonia.
Las manos de Nicanor, frotando ahincadamente la cabeza de su cliente, aligeraron el curso de sus meditaciones; su ánima sencilla orientose hacia el optimismo. Si los placeres de un domingo bastan a aromar el agrio y seco transcurso de la semana, ¿no bastará también un hecho cualquiera notable a embellecer una vida? Pensó en la lotería. ¡Aquellas cincuenta mil pesetas caídas así, como de una nube, en la aridez de su existencia cotidiana!... ¿No vendría con ellas el viaje novelesco, el amor imprevisto, la aventura trastornadora y violenta, que luego, al deshacerse a lo largo de los días futuros, dejaría en su historia el perfume de algo hazañoso y distante?...
Don Higinio salió de la peluquería muy colorado; el aguardiente que Cenén le obligó a beber empezaba a turbarle, y además la seguridad de que durante muchos meses todo el vecindario tendría puestos en él los ojos contribuía a aturdirle. Ya cerca de su casa, encontró a Pablo. El ciego le reconoció por los pasos.
—Vaya con salud mi señor don Higinio, y colmado se vea siempre de satisfacciones, y viva más años buenos que penas tiene un pobre.
Gitano parecía por lo zalamero del acento y lo bronceado de la color. Perea echose mano al bolsillo y le dio quince pesetas.
—No llevo más dinero suelto —dijo—; pero otro día llégate a casa, mi mujer te hará un regalo.
El ciego, poco acostumbrado a que usaran con él de tanta largueza, deshízose en férvidas alabanzas, bendiciones y optimistas augurios hacia quien así le socorría; en el silencio de la calle desierta, inundada de sol, su jaculatoria resonaba ardiente. Don Higinio aceleró el paso, con ese delicado rubor de los hombres superiores a quienes los inciensos del aplauso molestan.
—En verdad —iba pensando irónico— que si como dice don Tomás los buenos deseos llegan al cielo, acabo de obtener la bienaventuranza por sesenta reales. ¡Ha sido un gran negocio!...
II
Eran las doce cuando llegó a su casa. Doña Emilia le examinó inquieta. ¿De dónde venía tan colorado?...
—Media hora hace —exclamó— que don Gregorio y don Cándido están aguardándote. Hoy almuerzan con nosotros.
Don Higinio entró en el comedor, donde fue ovacionado. Antes de que pudiera trasponer la puerta, Anselmo, Carmen y Joaquinito le detuvieron, aferrándose a sus rodillas. El boticario le abrazó cordialmente, con una efusión sencilla reveladora de una leal amistad. El médico también arremetió a él, mostrándole victorioso un papel azul.
—Aquí está el telegrama que mi Lucía y yo esperábamos; ya nuestra felicidad es indiscutible. ¡Cincuenta mil pesetas para cada uno de nosotros, Perea de mi alma!... ¡Somos ricos!...
Y a don Gregorio Hernández, a pesar de su corpachón de jayán y aquella voz terrible con que aturdía a sus enfermos, se le aguaron los ojos. El benemérito don Higinio se sintió oprimido, aplastado, sobre el pechazo del médico como contra un muro. Al fondo, en la penumbra suave del comedor, los rostros de su cuñada, de doña Lucía y de doña Benita, componían una especie de coro sonriente y acogedor. Al fin, pudo desasirse, respirar libremente.
—¿Cuándo cobramos?
—En seguida —replicó Hernández—; hoy mismo o mañana. Como la cantidad es importante, necesitaremos ir a Ciudad Real.
Acababan de servir la sopa y todos se sentaron a la mesa. Don Higinio ocupó la presidencia, teniendo a su derecha a doña Lucía y a doña Benita a su izquierda. Los muchachos, bajo la vigilancia indulgente y regañona de Teresita, invadían la cabecera opuesta. Doña Emilia, que no quitaba ojo de su marido, preguntó:
—¿No les parece a ustedes que está muy colorado?...
Todas las miradas claváronse en Perea, quien, de súbito, por obra de un fenómeno nervioso reflejo, se sintió enrojecer. Don Cándido declaró que le hallaba como siempre; pero doña Emilia, maternal y vehemente, levantose para examinarle los pulsos.
—Tiene la cabeza muy caliente; ¿será calentura?...
Teresa y doña Benita se habían quedado serias; pensaban lo mismo; raras son las grandes alegrías que no van seguidas de algún grave dolor, y si don Higinio muriese... Doña Emilia quiso ponerle un termómetro. Tanta solicitud irritó a Perea. No padecía de nada, estaba bien, mejor que nunca...
—Es que he estado bebiendo aguardiente con Cenén, y la bebida me hace daño.
—Naturalmente —exclamó don Gregorio—; una pequeña sofocación sin importancia, que desaparecerá apenas los primeros alimentos bajen al estómago. Vaya, Emilia, no sea usted aprensiva; siéntese usted.
Ancho, alto, recio como un púgil clásico, el médico era un comedor formidable y regocijado que, sin cesar de alabar cuantos platos le ponían delante, mascaba a dos carrillos; trituraba los huesos de pollo y dejaba la huella grasienta de sus labios en el cristal de su copa de vino. En sus manos, terribles y oscuras, cualquiera cuchara parecía pequeña. Los huesos que doña Lucía colocaba intactos al borde de su plato don Gregorio los miraba con avidez salvaje.
—¿Pero dejas esto? —exclamaba.
Concluía por chuparlos glotonamente, y luego los rompía como si fuesen galleta; el fragor de sus mandíbulas de gigante sorprendía a los niños y les daba risa. Cuando comía se cegaba, se transfiguraba; respiraba ordinariez...
«Es un hombre, decía Cenén, que lleva el cerebro en la barriga».
El almuerzo fue largo y tuvo alegre y bulliciosa sobremesa. Mientras los muchachos se llenaban los bolsillos de pasas, los adultos discutían el empleo de su nueva fortuna. Los hombres razonaban juiciosamente; don Gregorio pensaba mercar un perro y pedir a Éibar una escopeta: estas serían las únicas frivolidades que adquiriese; el resto del capital lo invertiría íntegro en tierras y aperos de labranza.
—Desciendo de agricultores —agregó— y adoro el campo; ¡ojalá no me hubiesen enviado a la Universidad nunca! Ya lo verán ustedes; yo, más que un médico metido a labrador, soy un labrador metido a médico.
El boticario y don Higinio asentían. ¡Nada de fábricas ni de negocios expuestos a huelgas y a competencias suicidas! Dinero empleado en tierras es salvo: la tierra es la fuente de todo, la verdad suprema, la madre que nunca engaña al hombre. Perea, por su parte, deseaba adquirir a orillas del Guadamil la hacienda denominada Los Cipreses, lugar muy a propósito para instalar un molino.
En cambio, las mujeres, más pintorescas, más imaginativas, anhelaban algo superfluo, pero bonito, raro, que orease sus espíritus con una ráfaga de novela: un viaje, por ejemplo... ¿Pero era posible que sus maridos quisieran reducir a tierra un dinero tan frívolo, tan riente como el de la lotería?...
Doña Emilia exclamó, golpeando en un plato con la cucharilla del café:
—¡Un viaje sería lo mejor!... Un viaje de un mes; nos iríamos los cuatro. ¿Digo bien, Lucía?...
Los circunstantes permanecieron callados, y la mujer de Hernández hizo con sus labios, enrojecidos por la digestión, un mohín de desagrado. ¡Un viaje! ¿Y adónde y para qué? ¿A pasar trabajos?... Lo que no hubiese en Serranillas, respecto a comodidades, señorío y buen trato, no había que buscarlo en parte ninguna. Años atrás ella y su marido fueron a Ciudad Real a comprar un aparato ortopédico para el hijo del notario Arribas, que se había roto una pierna, y a poco mueren de sed: en ninguna parte hallaban agua fresca. Y en un viaje más largo, a Madrid, verbigracia, era absurdo pensar; Gregorio no podía dejar a sus enfermos tanto tiempo...
Este rio a carcajadas y descargó sobre los débiles omoplatos del boticario un vigoroso puñetazo.
—No les puedo dejar libres mucho tiempo porque se curarían todos. ¡Yo no debo cerrarle la botica a don Cándido!
Teresa y doña Benita, acariciadas un instante por la idea de viajar, miraban ahora con horror la posibilidad de moverse de Serranillas: los negocios no se abandonan así; cerrar una casa cuesta mucho trabajo; la humedad de las habitaciones deshabitadas es fatal para los muebles, y la polilla hace estragos en las ropas que no se remueven y solean. Además, ¿quién iba a cuidar de las gallinas y de las flores? Un viaje del que nadie sabe cuándo volverá, porque no se tiene la salud comprada, puede ser la ruina de una hacienda.
Doña Emilia, sin embargo, no renunciaba totalmente a su idea. Primero pensó salir del pueblo: fue una curiosidad noble, una atracción de cosas lontanas, nunca vistas; seguidamente aquel impulso artista se desdibujó y avillanó bajo una simulación práctica. Ella había oído decir que en el extranjero las ropas son tan baratas que lo mucho que en ellas se economiza equivale holgadamente a los gastos de viaje. Ahora que el invierno estaba cercano, doña Emilia pensó en un abrigo de pieles: uno de esos magníficos sobretodos de pantera o de marta, donde las grandes heteras parisinas se arrebujan, semidesnudas, para que las retrate Reutlinger. Fue un deslumbramiento: viose en la iglesia, asistiendo los domingos a misa mayor, pasando con la solemnidad de una imagen ante sus amigas humilladas; y luego, por la tarde, en el andén, esperando la llegada del correo de Madrid, que se detiene en Serranillas dos minutos...
Encarose con don Higinio, y de sopetón, como quien tira a quemarropa:
—Tú —dijo— debías ir a París a comprarme un abrigo.
El saludable semblante de Perea adquirió la alelada expresión del que sueña.
—¿Yo?... ¿Yo solo a París?...
—¿Y qué?... Total, con seis o siete mil pesetas realizas la excursión, te distraes, descansas un poco, que bien lo necesitas, y me regalas un abrigo como yo te diga. ¿Quieres?...
Don Higinio sonreía; la sorpresa del primer momento había declinado; ahora estaba alegre, suspenso, trémulo de emoción ante aquel camino que la suerte acababa de tender generosa bajo sus pies, como una alfombra de hechicería y aventura. Para disimular la pueril algazara de sus sentimientos, juzgó oportuno oponer objeciones:
—Como yo no sé francés...
—¡Bah!... Llevando buenos billetes de Banco en el bolsillo —arguyó don Gregorio— crea usted que para comprar no precisa conocer el idioma del que vende. Además, en esos grandes hoteles extranjeros siempre habrá intérpretes que le acompañen a usted a todas partes.
Y tras una pausa:
—Yo, en el pellejo de usted, sin esa cadena que me tienen echada al pie mis enfermos, tomaba el tren mañana mismo.
Don Higinio no respondió; parecía dudar y sus ojos miraban al mantel, mientras sus dedos amasaban nerviosamente una miguita de pan. En su ánimo, ingenuo y poltrón, Tartufo insinuaba su perfil hipócrita: deseaba que le rogasen, que le empujasen hacia aquel lance, mojado en mieles dulcísimas de zozobra; quería gozar de la aventura sin asumir probables responsabilidades. Era algo quintaesenciado, refinadamente voluptuoso y femenino, como aquel embustero ademán de sacrificio que, para salvar su recato, las mujeres dan siempre a sus favores.
El boticario insinuó:
—Si fuese usted a París me haría un altísimo favor trayéndome un tratado de Química vegetal que necesito. No recuerdo ahora el nombre del autor...
Las pieles con que doña Emilia pensaba engalanarse suscitaron en doña Lucía y en la esposa de don Cándido ambiciones paralelas.
—Si va usted a París —exclamó doña Lucía—, no le pido más que una cosa: un corsé del Louvre; yo le daré las medidas.
—¡Qué ocurrencia! Mejor es un reloj —interrumpió doña Benita.
—O una sortija —agregó Teresa.
—Tengo sortijas y relojes, Emilia lo sabe: dos relojes que no sirven para nada, porque no andan. ¡Ah! Prefiero el corsé: un corsé recto, elegante, de color malva; un verdadero corsé francés...
Don Higinio intentó defenderse. Él era un temperamento metódico, casero, que quizás no pudiera alterar sus viejas costumbres; echaría de menos su hogar, sus zapatillas, sus trebejos de pesca, sus duelos al dominó, el aliño y sazón que Vicenta daba a los guisos; ¡todo, en fin!... Por añadidura tenía faenas agrícolas que debía dirigir personalmente: siembras, riegos, podas, rotura de tierras...
Hernández le atajó.
—¡Nada, no es cierto, no, señor! ¡Pretextos!... El campo, como la pesca, es para usted un deporte.
A las voces estentóreas de don Gregorio se aunaron las demás. Doña Emilia, su hermana, doña Lucía y doña Benita, rodearon a don Higinio que permanecía sentado, dándole en la cabeza y el cogote amistosos golpecitos.
—¡Sí, señor; tiene usted que marcharse!... ¡Hombre más roñoso!... Y todo por no obsequiarnos...
—¡Si yo estuviese en su pellejo! —repetía don Gregorio.
Los niños gritaban también, estimulados por el ejemplo de las mujeres: desde el quicio de las puertas la servidumbre asistía sonriente a la escena. Perea creyó llegada la ocasión de ceder.
—En fin —exclamó—, como ustedes quieran; yo no tengo voluntad...
Y en seguida, cual si lo que le proponían fuese madurando en su ánimo y ganándole:
—Verdaderamente siempre he tenido grandísimos deseos de conocer París, y miren ustedes por qué casualidad ahora...
Un muchacho que vino a buscar a don Gregorio para un alumbramiento desenlazó la sobremesa. El médico y el boticario se marcharon juntos; a poco doña Lucía y doña Benita se fueron también, y don Higinio, descalzo y libre de la opresora tiranía del cuello y de los tirantes, pudo dormir, según su costumbre, una horita de siesta. Despertó a las seis. Inmediatamente, con una diligencia nerviosa, nueva en él, se vistió y salió a la calle. Pepe Fernández, director de El Faro, bisemanario, defensor de los intereses de Serranillas, acudió a saludarle.
—Hablo de usted —dijo— en el próximo número de mi periódico y anuncio su viaje a París.
Don Higinio se ruborizó; aquella inesperada popularidad, aquella exhibición constante, le quemaban las mejillas. Cuando llegó al Casino todos los jugadores de dominó se pusieron de pie para aplaudirle, y Julio Cenén tocó al piano los primeros acordes de la Marcha Real. A pesar de la infantil sencillez de tal agasajo, don Higinio avanzó descubierto y conmovido, agitando sobre su cabeza cuadrada su sombrero color café.
—¡Gracias, señores, gracias!...
El portero del Casino, que caminaba tras él, le abordó con una reserva que Perea halló misteriosa.
—Don Gregorio necesita verle a usted; él volverá en seguida; no vaya usted a marcharse...
A las siete apareció el médico. Su corpachón macizo y su rostro broncíneo, cubierto de espesas barbazas y sombreado por un fieltro de alas crecidísimas, erguíanse prepotentes sobre la multitud de parroquianos instalados alrededor de las mesas. Don Higinio hízole señas acogedoras.
—¿Qué hay? ¿Tenía usted algo que anunciarme?
—Que mañana temprano, en el tren de las siete, nos vamos los dos a Ciudad Real a cobrar «lo nuestro».
Perea tardó en responder; su haronía se rebelaba contra aquel propósito de acción.
—¿Y no sería mejor escribir diciendo que lo enviasen?
—¡No, hombre! ¿Pero le cuesta a usted trabajo recibir dinero? Nosotros salimos para Ciudad Real en el tren de las siete; luego almorzaremos donde yo disponga... ¡Ya sabe usted que a mi lado nadie se muere de hambre!... Pasamos un gran día, y a las nueve y media o diez de la noche estaremos de regreso. ¿Conformes?...
Don Higinio cedió; no había modo de esquivarse.
—Entonces —dijo Hernández— hasta mañana. Ahora me voy porque están aguardándome. Mañana a las seis y media espéreme usted en su casa, vestido; yo iré a recogerle.
Aquella noche, tendido en su amplio lecho matrimonial a la izquierda de su mujer, que no podía dormir, don Higinio batalló inútilmente por conciliar el sueño. Su ánimo pusilánime, abandonado siempre a la inercia cobarde de la costumbre, hallábase desarraigado y como precipitado en un torbellino. La Fortuna invadía su vida, desarticulándola. Horas nada más transcurrieron desde que le notificaron su ventura, y parecíale que hubiese pasado mucho tiempo: el sobresalto de aquella mañana, las copas de aguardiente bebidas con Cenén, su almuerzo en compañía de don Gregorio y de don Cándido, la afectuosa ovación que le tributaron en el Casino, la perspectiva del viaje que a la mañana siguiente debía emprender... todo, atropelladamente, se barajaba en su memoria. ¿Cómo podían caber tantos proyectos, tanto trajín, tantas emociones, en el abreviado espacio de un día?... Y terminado aquel paseo a Ciudad Real, los cuidados, los preparativos, los encargos de su excursión a París, la metrópoli inmensa donde ningún vecino de Serranillas, que él supiese, había estado.
Al fin, la carne tarda y poltrona se sobrepuso al imaginativo y despabilado espíritu de don Higinio, cuyos párpados comenzaron a cerrarse; bajo las gasas sutiles del sueño, su inquietud se aletargaba dulcemente. De pronto, el temor de que pudiesen robarle en Ciudad Real, le estremeció; los ladrones no duermen. Dio un codazo a doña Emilia que ya roncaba:
—Mañana —ordenó— recuérdame que lleve el revólver...
Por dicha, estos prudentes resquemores fueron inútiles. Perea y don Gregorio llegaron a la capital, desayunaron con chocolate y picatostes en el café de la estación, cobraron sus veinte mil duros en hermosos billetes de quinientas y de mil pesetas, almorzaron opíparamente en una taberna, cuya dueña, rolliza y deseable todavía a pesar de los años, fue muy amiga del médico cuando este era estudiante, y, por no dilatar más su ausencia, regresaron a Serranillas en el mixto de las siete y cuarenta. Cargados iban de juguetes: pelotas, cornetas, soldados de plomo, un ferrocarril mecánico, una linterna mágica, un teatro guignol... Y con todo dieron en casa de don Higinio, donde doña Lucía, rodeada de sus cuatro hijos, doña Emilia con los suyos, Teresa, doña Benita y don Cándido, les esperaban. La ovación que la infancia tributó a los expedicionarios fue atronadora; Perea se quedó sordo; hubo momentos en que el techo del comedor, con su magnífica lámpara de bronce, pareció resquebrajarse y venir abajo.
Desde el día siguiente, y fortalecido por su mujer y su cuñada, emprendió don Higinio los prolegómenos de su éxodo. Su primer cuidado fue marcar para su partida una fecha. Con gravedad que disimulaba cierto vago temorcillo interior, había dicho:
—Me iré el sábado...
Y apenas lo declaró cuando lo supo y repitió el vecindario.
«Perea se marcha el sábado...».
Hacia ese día, llamado a ser memoratísimo en la historia de Serranillas, todo se disponía y enderezaba. Antolín recibió órdenes apremiantes de confeccionar dos trajes, un «completo» negro, de americana, y otro de chaquet, color gris. También juzgó prudente don Higinio reforzar el número de sus camisas y encargó media docena a Manolita, la mujer de Pepe Martín, que las aderezaba muy bien. Los calzoncillos se los hacían en casa, no por bajuna tacañería ni ridículo prurito de ahorro, sino porque Teresita sabía cortarlos y disponerlos a maravilla: eran unos calzoncillos, «antiguo régimen», con pretinas bordadas en colores y cintas para sujetar y afirmar las perneras sobre los calcetines. Doña Emilia, en el exiguo vacar que sus quehaceres domésticos la permitían, le repasaba las camisetas y los pañuelos, y como su marido jamás supo anudarse la corbata, pidió al bazar de ropas del señor Feliciano varios lazos hechos. Don Higinio, por su parte, no estaba ocioso: había comprado dos sombreros; un hongo, que debía «rimar» con el traje de chaquet, y otro blando, color perla, para ponérselo con su «completo» de americana. También mercó un baúl: un legítimo cofre lugareño de recia tablazón, blindado de hojalata amarilla y con cantoneras azules de metal, que vacío pesaba los treinta kilos de equipaje que las Compañías ferroviarias otorgan a cada viajero.
Aquel baúl, abierto siempre en medio del dormitorio de don Higinio, parecía una boca. Con la preocupación de cuanto habían de meter en él, nadie se acordaba de cerrarlo, y su tapa erecta tenía la elocuencia de una amenaza. Acarreados por Teresita y doña Emilia, los calcetines de hilo de Escocia «para vestir», y los de lana para el reúma; las camisetas rusas, densas, blandas, capaces de resistir los fríos polares; los calzoncillos de abigarradas pretinas, la media docena de camisas que Manolita había traído, los pañuelos... todo iba desapareciendo en la panza insaciable del cofre. La flamante ola blanca crecía. En la mañana del jueves, dos días antes del señalado para la partida, se vio que el baúl era pequeño y fue necesario cambiarlo por otro mayor.
Entretanto llovían sobre Perea recomendaciones y encargos: hubiera podido llenar un cuaderno de solicitudes. Todos sus amigos querían algo de París: para don Gregorio, una escopeta; para doña Lucía un corsé del Louvre; para doña Emilia, un abrigo de pieles. Teresa deseaba un reloj; doña Benita, un sombrero; don Cándido, un tratado de Química vegetal y algún pisapapeles o cachivache artístico con que adornar su mesa de trabajo; Julio Cenén le pidió una pitillera con algún desnudo en esmalte que ruborizase a las muchachas; el cura, don Tomás, quería unos espejuelos; el notario, don Jerónimo Arribas, una pianola; don Justo, el dueño de la fonda, una motocicleta. Hubo quien le encargó un juego de ajedrez...
Cansado de no hallar en el Casino un momento de tregua, don Higinio hacia frecuentes escapatorias al campo. Allí respiraba. Iba despacio, mirando a todos lados detenidamente, cual si en vísperas de emprender un viaje que estimaba larguísimo quisiera despedirse con los ojos de aquellos paisajes familiares, y si saludaba a alguien deslizaba en su reverencia una suave melancolía de «adiós». Bajo su grasa, los pruritos aventureros de su niñez se desentumecían cautelosos. Antaño su alma quimerista se fue muchas noches de fiesta, mientras su pobre cuerpo, aburrido y esclavo, quedaba en casa; pero ahora iba a ser él, tanto o más que ella, quien saliese a rondar. ¡Aquel premio, aquella fuga a París!... ¿Qué lances el Destino le tendría reservados? Hasta sentía miedo; se acordaba de la pantera dantesca:
Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta vía era smarrita...
En sus últimas batallas al dominó la suerte le fue adversa; estaba ausente, no llevaba cuenta de las fichas jugadas y siempre perdía; para no comprometer su fama de campeón, tuvo que retirarse. Una mañana salió a pescar y volvió con las manos vacías; si algún pececillo mordisqueó la carnaza, él no lo advirtió; pensaba en el Sena.
Ya tarde, al tramontar del sol, iba a la estación, como si el sitio de donde en breve había de marcharse le atrajera. El mozo de andén Juan Pantaleón, a quien por su bordonera juventud de juglar don Higinio dedicó siempre disimulado cariño y aprecio, le daba palique.
—¿Conque el sábado, don Higinio?
—El sábado.
—¿Por mucho tiempo?
—¡Psch!... ¡Allá veremos!...
Y esta posibilidad de dilatar su ausencia o de acortarla, de ir o volver según su gusto y albedrío, de hallarse horro, siquiera fuese efímeramente, de lazos sentimentales y de sociales miramientos, de ser «él», por fin, causábale en el diafragma un frío estremecimiento de histeria. Muy apesarado, los ojos en el suelo, Juan Pantaleón suspiraba:
—¡Quién pudiera irse con usted!
Era un payo cuarentón, de talla vulgar, metido en carnes, con el lleno y rasurado semblante canonjil sombreado por una boina vasca. Su empaque cándido interesaba; era lento, redondo, suave, y corregía su rusticidad la nostalgia inteligente de sus ojos apaciguados. Al caminar balanceándose sobre sus piernas un poco abiertas, los flecos de la manta con que de noche se abrigaba los hombros, barrían el andén.
Juan Pantaleón tenía su historia, y en ella una desilusión y una lágrima: una historia humilde, a la vez cómica y triste, como un cuento de Daudet.
De pequeño cantaba en las iglesias; su voz dulce, vibrante, de tenor, llenando desde las alturas del coro la oquedad armoniosa del templo, distraía la devoción rezadora de las mujeres; las más jóvenes levantaban la cabeza para mirar... Y Juan Pantaleón, que apenas escribía su nombre, quiso cambiar la iglesia por el teatro, ser artista. El tábano de la codicia le picó cruelmente; fue un derramamiento alborozado de orgullo que, a no exteriorizarse, le hubiera enloquecido. No sabía música, pero su memoria auditiva era excelente: tonadilla que oía repetíala inmediatamente sin vacilaciones, y fiado en esto emprendió la lucha. La farándula cascabelera le llevó consigo muy lejos, de pueblo en pueblo, sobre las carreteras polvorientas de la Mancha y de la vieja Castilla; a veces de meritorio, otras con un jornal miserable.
Pero Juan Pantaleón era dichoso: las piruetas del vivir errante, la existencia de bastidores, la alegría de los afeites, el prestigio versallesco de las pelucas blancas, la policromía grotesca de los trajes que se endosaba para salir en el coro, distraían su impaciencia ambiciosa. Transcurrieron varios años y siempre igual: comiendo malamente hoy, ayunando mañana, y, entretanto, la desaprensiva juventud que se va, el corazón que se enfría y depone su optimismo, los pies que olvidan el regocijo de caminar... Hasta que Juan Pantaleón perdió definitivamente aquel funesto hilillo de voz que a tan descabelladas andanzas le había llevado, y sintiendo por primera vez el imperio aplastante de la realidad, sus pobres ojos vertieron llanto amarguísimo sobre la esperanza muerta. Tespis le despedía de su carreta: ya nunca iría a Madrid, Eldorado de su alma ingenua; jamás los periódicos hablarían de él. Roto, afónico, sin oficio, regresó a Serranillas, su pueblo, donde los caritativos oficios del alcalde y de don Tomás Murillo, el cura, lograron emplearle en la estación. Catorce pesetas semanales tenía de jornal.
Allí le conoció don Higinio. No obstante su derrota y el total hundimiento de su pasado, Juan Pantaleón mostrábase contento. El trabajo era corto, las responsabilidades de su cargo, poco graves; bastante más comprometido veíase el guardagujas que custodiaba la boca del túnel. Mientras él podía leer periódicos y vivir sobre el andén, cerca de aquellos trenes que, viniendo de muy lejos, tenían para su imaginación andariega una elocuencia poderosa. En esos expresos de lujo que ora están en Lisboa, ora en Berlín, viajan los artistas que un tiempo fueron «sus hermanos»: los músicos célebres, los tenores millonarios, bellos y famosos, las grandes divas de renombre mundial...
Por lo mismo, Juan Pantaleón no siempre arrojaba al viento de igual modo el nombre de su pueblo:
—¡Serranillas... dos minutos!...
Si el convoy que salía de las tinieblas del túnel era un mercancías, el antiguo artista apenas se molestaba en lanzar su pregón. ¿Para qué? En los mixtos las personas adineradas y distinguidas no viajan, y él, Juan Pantaleón, no se incomodaba por la muchedumbre de tercera clase. El trabajador, el campesino, los «sin patria», a quienes importase el nombre de aquella estación, podían preguntarlo. En cambio, cuando el tren era un rápido, uno de esos grandes expresos internacionales que llevan y traen a los reyes del dinero y del arte, Juan Pantaleón no decía el nombre de Serranillas, sino que lo cantaba, alargándolo, modulándolo amorosamente, cual deslizando una lágrima de su alma triste entre aquellas cuatro sílabas melódicas y amadas:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
La i estirada, interminable, que alternativamente bajaba o subía con raros acrobatismos musicales, era algo lancinante, muy personal, muy hondo, que nadie comprendía. En el frío silencio nocturno, ante la impasibilidad de los vagones herméticos, oscuros, impenetrables como ataúdes tras el misterio de sus cortinillas corridas, Juan Pantaleón lanzaba al espacio su grito de costumbre:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
En el empleado de hoy florecía el artista de ayer. Entonces cantaba para los inteligentes, o solo, tal vez, para sí mismo, cual evocando tiempos pretéritos y mejores: era una especie de arrullo interior, de coquetería, de placer narcisista:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
Lo decía varias veces y siempre con el mismo brioso ahinco; los mozos de la estación admiraban su voz ilusionada y dulce, y él lo sabía; aquel andén era su tribuna, su escenario; aquellos viajeros invisibles constituían su público. Juan Pantaleón pensaba:
«Ahora me oyen; quizás mi voz les impresione y sorprenda; acaso se lleven su timbre en la memoria...».
Si por casualidad algún viajero, hombre o mujer, se asomaba a una ventanilla y distraía los ojos en él, Juan Pantaleón se turbaba, enrojecía, bajaba los párpados... ¡Estaban mirándole!... ¿Por qué?... ¡Si fuese Anselmi! ¡Si fuese la De Lerma... o la Storchio!...
Hasta que el tren seguía, dejando el andén en silencio y en sombras: era su teatro que se cerraba, su público que se iba...
Secretamente, a pesar de su crédito, de su nombre y del amor a sus hijos, don Higinio envidiaba a Juan Pantaleón. El antiguo siervo de la farándula había viajado, pasado riesgos, tenido amoríos en encrucijadas y mesones; Juan Pantaleón, con sus días de ayuno y sus noches sin techo, llevaba a su espalda una linda historia de juglar. Como anduvo fuera de Serranillas muchos años podía referir lances ignorados de todos o inventarlos, refugiándose en el misterio de la distancia, para allí, con abundante espacio y gusto, bordar una mentira. ¡Él, en cambio, que una vez solo, cuando fue a graduarse Bachiller en Ciudad Real, perdió de vista la torre de la iglesia donde le bautizaron!... ¿Qué llegaría a contar que sus conterráneos no supiesen de memoria?... Por eso ahora, que la suerte le empujaba al extranjero, la compañía de aquel hombre que había corrido mundo producíale el efecto animador de un buen consejo.
Juan Pantaleón, que todo sabía explicarlo con sugestivo aplomo, le informaba de la fiebre de velocidad que tienen las comidas servidas en las estaciones; de su emoción al trasponer la frontera y sentir que repentinamente todas las personas hablaban otro idioma; de la alegría que sazona los almuerzos en las mesitas ambulantes de los dining-car; del extraordinario lujo y comodidades de los coches-dormitorio, donde el amor suele ofrecer a los hombres que viajan solos la sonrisa de una aventura...
El viernes, por la tarde, don Higinio también estuvo en la estación; le gustaba la casa, con su techumbre puntiaguda sombreada por un grupo de eucaliptos; la melancolía de los vagones olvidados sobre las vías de descarga; el andén pequeño, asfaltado, limpio, donde el ir y venir de los trenes parecía dejar estremecimientos de cosmopolitismo. Al marcharse, Juan Pantaleón le abordó:
—¿Así que, mañana, don Higinio?
—Sí, hombre, todo llega, mañana. ¿A qué hora pasa el rápido?
—A las nueve y cuarenta y cinco de la noche. ¡Quién pudiera irse en él!
Fue una lágrima disuelta en una exclamación. Sin poder contenerse, atropellando distancias y categorías, Juan Pantaleón dio su mano callosa a don Higinio. Ante el alborozado sobresalto del viaje, sus almas se acercaron, fraternizaron; era «un compañero». Don Higinio, que nunca le había dicho «adiós» a nadie, salió de la estación conmovido. Iba alegre, aunque su ufanía disimulaba una tristeza; su emoción recordábale historias de políticos desterrados que él antaño leyó; ahora, que se expatriaba, comprendía el dolor de aquellos hombres al pasar la frontera.
Perea comió poco, no tenía apetito, la inquietud llenaba su estómago como un manjar fuerte. Inútilmente procuraba mantener la conversación; su espíritu no estaba allí; entre bocado y bocado o de un plato a otro, quedábase suspenso, la rubia empanadilla de escabeche o el trozo de pollo clavados en la punta del tenedor. Doña Emilia, que le avizoraba atenta y se imponía a él con ese ascendiente que las voluntades activas ejercen siempre sobre las mollares, indecisas o perezosas, se lo reprochó. ¿En qué diablos estaba cavilando?...
—¡Nunca —exclamó— has hecho tantas bolitas de pan!
Por la noche, ya acostados, la esposa sufrió la angustia de la separación que iba acercándose, y su pena tuvo acentos de simplicidad infantil. El alma de la mujer es exagerada y primitiva; los tonos medios de la pasión se dan en ella confusamente; cuando no es niña, es madre.
—Te cuidarás mucho, Higinio —decía—, te cuidarás mucho, ¿verdad?
—Sí, mujer.
—Te abrigarás bien y no te asomarás a las ventanillas del vagón, ni te apearás en ninguna estación hasta que el tren esté quietecito...
—No, mujer.
—Y en cuanto llegues a París me telegrafías; y si te enfermas, ¡no lo permita Dios!, me lo escribes para que yo vaya a cuidarte.
Acariciándose el bigote, los ojos muy despabilados bajo la tiniebla del dormitorio, don Higinio repetía, distraído:
—Sí, mujer...
Tras un silencio, lleno de supersticiones, doña Emilia agregó:
—Estoy arrepentida de ser la iniciadora de este viaje; a Teresa se lo decía; en el cuarto de costura ha estado volando toda la tarde un moscardón negro...
Don Higinio se estremeció; en esas agorerías, como en todo, puede haber algo cierto. ¿Le amenazaría un peligro?... Callado, heroico, volviose hacia su mujer y la abrazó estrechamente; su erudición le permitió acordarse de Héctor despidiéndose de Andrómaca. Era aquella la última noche que pasaba a su lado...
—Por si no volviese a verla... —pensó.
La mañana siguiente fue agitadísima; en los rostros el insomnio había dejado huellas de palidez; doña Emilia amaneció con un ojo hinchado; al salir de su cuarto vio a Teresita y las dos hermanas cuchichearon; ninguna había podido dormir.
A las nueve se levantó don Higinio, y casi al mismo tiempo llegó el sastre, con los trajes. El pobre Antolín estaba lívido, lacio y desbaratado, como un difunto.
—Aún no me he acostado —declaró.
Ante el espejo del armario y en presencia de su mujer, de su cuñada y de los niños, don Higinio se endosó los dos trajes: el de americana estaba bien, pero el chaquet le hacía sobre la espalda una arruga oblicua y el pantalón le apretaba el vientre. Antolín aseguró que aquello no era nada, señaló con tiza las indispensables correcciones y llevose las prendas, prometiendo traerlas a media tarde.
Después de almorzar y ya un poco reanimado por los optimismos de la comida, concluyó Perea de arreglar su equipaje. Dentro del baúl colosal, cubierto de hojalata y bruñido y resplandeciente como una armadura, la ropa interior, pulcramente doblada y planchada, componía una especie de bloque macizo y lapidario: ni un intersticio quedó vacío; los calcetines y los pañuelos, sagazmente distribuidos rellenaban los huecos. Los cuellos y puños y los trajes fueron colocados arriba, en la bandeja, para evitar que se arrugasen. Los sombreros ocuparon una gran caja de cartón, blanca y cilíndrica, cuya tapa en caracteres dorados, decía: «Modas de París, Ciudad Real». El paraguas y todos los bastones, menos uno de estoque que el expedicionario quiso llevar a mano por lo malo que pudiera sucederle, iban en el portamantas. Los enseres de tocador, toallas, cepillos, frascos de esencias, navajas de afeitar, y el botiquín, con su botellita de alcohol, su papel aglutinante para heridas y sus puñaditos de té, hierbabuena y manzanilla, distribuidos en sacos, llenaron un maletín.
Perea no quería llevar merienda. ¿Para qué, si en todos los rápidos, según Juan Pantaleón le había dicho, hay coche-comedor? Pero su mujer le atajó con una suposición irrebatible:
—¿Y si a media noche tuvieses ganas de comer?...
El caso, efectivamente, podía ocurrir, y don Higinio se dejó convencer. La tarde la pasó en su despacho revolviendo papeles; luego, cuando ya no veía, metódico siempre y con una tristeza de despedida, fue dando cuerda a todos los relojes de la casa.
La hora de cenar Teresita y su hermana la adelantaron un poco, temerosas de que alguien fuese a interrumpirles; querían estar solas, libres, en la deliciosa independencia del aislamiento. Doña Emilia tenía los ojos anegados en llanto; no podía olvidar que aquella noche era «la última», y, a cada momento, por encima de los platos, dejaba una caricia en las manos del esposo. A los postres llegaban cuando se presentaron don Gregorio y doña Lucía, seguidos de su prole, y tras ellos el boticario y doña Benita. No habían querido ir antes por no molestar.
—¿Vienen ustedes a la estación? —preguntó Perea.
—¿Lo duda usted? —gritó el médico—, allí estaremos todos; según dicen, va «medio Casino» a despedirle a usted. ¡No faltará ni el cura!... ¿Ha leído usted El Faro de hoy?... Fernández le dedica a usted una crónica.
Ruborizado el viajero bajó los párpados. Sus amigos eran muy buenos. ¿Por qué se molestaban así? Él, francamente, no merecía tanto...
Acababan de beber el café cuando llamaron a la puerta don Jerónimo Arribas y Julio Cenén, a quienes don Higinio se apresuró a obsequiar con cigarros habanos y licores.
—¿Cómo andan esos ánimos? —interrogó el notario.
—Bien, muy bien.
—¡Naturalmente! ¡Todos le envidiamos a usted!...
Era pequeño y panzudo y tenía esa respiración anhelante de los obesos que sugiere deseos de abrir las ventanas. Siempre llevaba sueltos tres o cuatro botones del chaleco, y como al sentarse sus piernecillas le quedaban colgando, gustaba de enlazarlas a su bastón que ponía a modo de puente entre el suelo y el borde delantero de la silla.
—Yo solo le encargo, querido Perea —dijo Cenén—, la pitillera que usted sabe...
—Y yo —agregó Arribas—, que no eche usted en saco roto mi pianola.
Hubo un rato de discreteo ameno y picante. A don Gregorio le había intrigado la admonición del secretario del Ayuntamiento, y empezó a zaherirle.
—Ya tenemos en danza a Cenén, cada día con la cabeza más chiquita y los pantalones más cortos. ¿Qué pitillera es esa?...
El secretario, efectivamente, era como Hernández decía, y su cabecita aguda y calva, sus ojos ratoniles y su rostro pálido, terminado por una barba cortada en punta, carecían de majestad. Pero, en cambio, tenía la réplica fácil y virulenta y sabia molestar. Reprochó al médico su manera de comer, su gordura, la arruga horizontal que todos sus trajes le formaban en la espalda, el tamaño de sus pies de ogro, tan grandes que con el cuero de sus botas podría esterarse una habitación.
—De sus fuerzas —agregó— no digo nada: yo, cuando le saludo en la calle, le doy la mano cerrada. De su elegancia tampoco hablemos; un día le vi de frac en el Casino y me dieron ganas de comer; parecía un mozo; solo le faltaba la servilleta al brazo; su frac me produjo el efecto de un aperitivo...
Picado don Gregorio quiso responder: él no sería elegante, pero sí trabajador, lo que tratándose de hombres casados es lo principal.
—¿Usted comprende que si no fuese así, yo, por ejemplo, que muchas veces me acuesto a las cinco de la mañana, a las ocho esté otra vez en la calle?
El ingenio de Cenén, que de socaliñas y venenosos apotegmas tenía siempre y a propósito de todo gran cosecha, halló en seguida una respuesta mortificante: se acordó de que Hernández no era muy limpio.
—Sí, ya lo sabemos —dijo—, efectivamente..., hay cosas que se huelen, pero no se explican...
Todos reían y la conversación iba a agriarse. Afortunadamente, una criada anunció desde la puerta a los hombres que habían de llevar el equipaje.
Los circunstantes se levantaron. Don Gregorio dio dos fragorosas palmadas, remedo de aquellas con que, siendo estudiante, los bedeles anunciaban la entrada en clase. Eran las nueve.
—El tren llega a las diez menos quince —dijo el médico—; pero debemos ir acercándonos a la estación. Necesitamos facturar y cuarenta y cinco minutos pasan en seguida.
Prevaleció su consejo. En un santiamén Teresita y doña Emilia acabaron de pergeñarse. La esposa de Perea estaba inconsolable; tenía la nariz y los párpados enrojecidos, y con su incesante llorar no podía empolvarse bien. Teresita secreteó con su cuñado:
—Las muchachas y el jardinero quieren ir a despedirte, ¿les das permiso?...
Magnánimo, ligeramente desdeñoso, don Higinio accedió. ¿A qué venía tal pregunta? ¡Que fuesen! ¿Cuándo contrarió ni oprimió él a nadie?...
Uno de los mozos cargadores echose a cuestas los sesenta y tantos kilos que pesaba el baúl; el otro recogió la sombrerera, el portamantas, el maletín y la merienda envuelta en un número de El Faro. Inmediatamente, todos, ordenados de dos en fondo, salieron a la calle. El tiempo era hermoso: una noche otoñal apacible, tibia y lunada; acribillaban magníficamente las estrellas el soberbio terciopelo celeste; dormía la brisa entre los árboles, que erguían su misterio verde sobre la blancura de los bardales, y a lo largo de la calle ancha y desierta, el caserío de planta baja, con sus fachadas enjalbegadas lindamente y los quicios de puertas y ventanas pintados de ocre o de azul, dibujaban una perspectiva simpática. El viajero recontó su acompañamiento: rodeando a los hombres portadores del equipaje iban sus hijos y los del médico; la infancia componía la vanguardia. Seguíanles Teresa y doña Benita, luego él y su mujer, después don Gregorio y doña Lucía, que ocupaban con la amplitud de sus lomos toda la acera; tras ellos Julio Cenén y don Cándido, luego el notario, y, finalmente, el ama de llaves, Vicenta la cocinera, el jardinero y las dos azafatas que componían la servidumbre de don Higinio. Muchas persianas, esas persianas brujas desde las cuales las mujeres lugareñas todo lo ven, se entreabrían discretamente con disimulo de atisbo y misterio, al paso de la pequeña comitiva. Al cruzar la plaza incorporose a ella don Tomás Murillo. Saludáronle todos sin detenerse y prosiguieron caminando un poco azorados, pareciéndoles haber oído en el silencio religioso de la noche y allá muy lejos el silbido de un tren. Las pisadas resonaron más fuertes. Delante, balanceándose animador sobre los hombros del tagarote que lo llevaba, el baúl de don Higinio, con su blindaje de hojalata bruñida, rebrillando bajo la palidez lunar, parecía un lábaro.
Cuando llegaron a la estación aún había poca gente; pero los amigos de aquel «medio Casino», de que don Gregorio Hernández había hablado, no tardaron en ir apareciendo. Les veían pasar en grupitos de cuatro y cinco individuos por detrás de la empalizada azul y blanca que aislaba el andén, y don Higinio les reconocía por la voz.
—Me parece que ahí viene don Pedro... Creo que esa tos es la de don Cesáreo...
Los que habían acompañado a Perea desde su casa rodeaban a doña Emilia y Teresita formando una guardia de honor. Aquella situación, un poco aparte, les enorgullecía: eran los buenos, los íntimos, los que «se hacían cargo» del trance doloroso por que la familia del expedicionario benemérito estaba pasando. Don Higinio andaba turulato de un lado a otro, repartiendo apretones de manos, oyendo y diciendo frases cuyo significado, en el cómico rebullicio de sus ideas, no comprendía bien. Y a todos sus amigos les decía lo mismo:
—¡Pero, hombre!... ¿Por qué se ha molestado usted en venir?... ¡No valía la pena!...
Las personas que acudieron a festejar con un saludo la marcha de Perea llegaban a doscientas. Nunca, excepción hecha del día en que todo el vecindario se reunió allí para vitorear al Rey, fue el modesto andén de Serranillas teatro de una manifestación igual. Entre los grupos, Juan Pantaleón, embozado en su manta, un farol en la mano, paseaba su emoción: una inquietud agridulce de antiguo trotatierras; él no era egoísta, ya que no podía moverse de allí, complacíale que se fuesen los demás.
Sobre las dos esferas del reloj saledizo que decoraba la fachada de la estación, las manecillas negras avanzaban inexorables. Doña Emilia tuvo frío, miedo, y acercándose a su marido que charlaba con Gutiérrez, el jefe de Correos, le oprimió un brazo. ¿Por qué en el transcurso de aquel día no le habría besado más veces?...
—¡Qué pocos minutos nos quedan de estar juntos! —murmuró.
Al grupo formado por las familias de don Gregorio y de don Cándido, los chiquillos y los servidores de Perea traían noticias diversas, todas nerviosas, interesantes, que calofriaban la piel.
—Ya han facturado el baúl... El tren sale en este momento de la estación inmediata... Ahora dicen que pasa el puente...
Los enseres que el viajero llevaba consigo habían sido colocados al borde del andén, junto a la vía. De pronto la muchedumbre, sacudida por esos presentimientos raros del alma colectiva, osciló, se arremolinó. Iba a llegar el tren. Juan Pantaleón avanzaba separando al público:
—Señores, háganme el favor de retirarse; échense atrás; el andén ha de estar libre...
Se oyó una trepidación: algo hondo, arcano, como un sacudimiento telúrico; lejos, en la negrura inmensa, brilló una luz. El rápido. Vibró un silbido agudísimo y sobre la chimenea de la locomotora que acababa de dibujarse ondeó en graciosas espirales una blanca columna de humo. Pasó la máquina jadeante, enorme, cubierta de vapor, irradiando un calor de infierno, y casi al mismo tiempo, de súbito, tras un estridente atabaleo de frenos, el convoy se detuvo. Del fragor de la llegada al silencio de los vagones inmóviles, agarrotados, apenas hubo transición. Nadie se asomó a las ventanillas cerradas, oscuras; sin duda todos los viajeros iban durmiendo. Y fue entonces, en aquellos instantes de absoluta calma, cuando Juan Pantaleón, nervioso, emocionado y artista como nunca, cantó por tres veces, con su voz de tenor, el nombre de su pueblo. Miraba a don Higinio:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
A Perea, conmovido y ridículo, los ojos se le llenaron de lágrimas. Abrazó a su mujer, a su cuñada, a los niños; se deslizó de los brazos del médico para caer en los del farmacéutico, en los del notario, en los del cura...
Sonó una campana; no había momento que perder. ¡Pronto, arriba!... Empujado, aupado por todos y como en volandas, don Higinio subió a un vagón. Por la ventanilla le entregaron el portamantas, la sombrerera, el maletín, el paquete de la merienda... todo a escape, casi a golpes. Aún pudo estrechar varias manos, no sabía de quién...
Alguien gritó:
—¡Viva don Higinio Perea!
—¡Viva! —repitió la multitud.
Y don Gregorio:
—¡Viva el conquistador de París!
—¡Viva! —contestó el coro.
El tren rodaba ya. Los circunstantes despedían al viajero sacudiendo sus sombreros en alto. Inmóvil en la ventanilla, don Higinio agitaba un pañuelo; aquel pañuelo blanco lo vieron todos flamear largo rato; luego, como luz que se extingue, desapareció....
La leyenda empezaba.
III
Cuatro días después, a las siete de la mañana, don Higinio pasaba el Bidasoa. Siempre modesto, iba en segunda clase. Acodado sobre una ventanilla, el audaz manchego observaba con ojos de curiosidad y avidez los nuevos aspectos que la realidad le ofrecía. De Irún a Hendaya, a pesar de su vecindad física, ¡qué pasmosa distancia moral!... El paisaje no había cambiado, y, sin embargo, el idioma, los trajes, hasta los tipos, modificados de súbito por la proverbial amabilidad francesa, eran distintos. ¿Debía creerse que una montaña, un riachuelo o un túnel alejasen tanto a unos hombres de otros?... Más que la indumentaria de los gendarmes, admiraba Perea la urbana diligencia y corrección de los mozos de andén. ¿Cómo, individuos que ganaban su vida cargando baúles, podían hallarse tan bien educados?
Cuando arrancó el tren, don Higinio, aunque no tenía sueño, tendiose cómodamente sobre uno de los asientos, feliz de hallarse solo; su portamantas, su sombrerera, su maletín y el bastón de estoque que llevaba aparte, ocupaban una de las redecillas destinadas a equipajes. La idea de que por momentos la distancia que le separaba de Serranillas iba agrandándose, le hinchaba de orgullo. Ninguno de sus conterráneos se había atrevido a ir tan lejos.
—¡Cuánto hablarán de mí! —pensaba.
En la estación de San Juan de Luz subieron a su departamento un matrimonio francés y un caballero de barba rubia y cuadrada. Don Higinio inmediatamente se incorporó y fue a sentarse junto a una ventanilla, de espaldas a la máquina, para mejor resguardarse del viento y del polvo. El señor de la hermosa barba rútila ocupó cerca de la ventanilla contraria idéntica posición. El matrimonio instalose también en aquel asiento, y de modo que ella quedó a la derecha de don Higinio. Era una mujercita de mediana estatura, ni delgada ni gruesa, vestida de gris; representaba veinte años, pero la expresión y travesura de sus ojos azules declaraban muchos más. Llevaba los cabellos cortos y rizados lindamente, y en la alegría del semblante, rosado y saludable, se abría la tentación de una boca preciosa: una de esas boquirritas recogidas, carnosas, bermejas como fresas, absurdas de puro correctas y bien concluidas, con que ríen los maniquíes de cera en los escaparates de las tiendas de modas. Tenía las manos cuidadas y pequeñas, y los piececitos, que apoyó cómodamente en el borde del asiento frontero, finos y bien calzados. El marido, alto, cenceño y rojo, el rostro decorado por un legítimo bigote francés, largo y caído, apenas arregló su equipaje y deslizó sus pies en la caliente blandura de unas zapatillas suizas, sumiose en la lectura de Le Matin. Todo lo observaba Perea, y hasta de lo más nimio se suspendía y maravillaba. Jamás ni en Serranillas, ni en Almodóvar del Campo, ni aun en Ciudad Real llegaron a ver sus ojos tres tipos así. ¡Esto era vivir! Y su cuerpo estremecíase de miedo, de júbilo, de pasmo, cual si a su lado, rozándole, pasase la Aventura.
Como hacía frío, don Higinio tuvo que abrigarse las piernas con su manta de viaje; sus manos se amorataban y sufría unos deseos rabiosos de fumar que no satisfizo por no parecer descortés. El matrimonio cambiaba a intervalos largos algunas palabras, muy pocas, y él volvía a la lectura de su periódico; el caballero de la barba dorada hojeaba un libro; y ella, la damita de la boca encendida, se abrillantaba las uñas con un pulidor de marfil; a cada movimiento, los crespos rizos color nogal temblaban sobre la nieve de la nuca. Perea tuvo vergüenza de su ociosidad y poltronería, y aunque tímido, como las novelas y el cinematógrafo le habían llenado la cabeza de lances galantes en ferrocarril, comenzó a mirar a la viajera con intención expresiva. En el extranjero, los españoles, si han de mantener su leyenda donjuanesca, necesitan ser así; a don Higinio aquel coqueteo inocente le parecía un compromiso de raza.
En Bayona pusieron calentadores de agua hirviendo para los pies, y entraron dos jóvenes alemanes, lampiños, rubios y blancos, como héroes nibelungos, que por su buena traza, cortesana distinción de ademanes y mucha alegría, debían de ser estudiantes ricos. Habíanse sentado enfrente de don Higinio, y apenas reanudó su marcha el tren, cuando el más alto de ellos diose a observar a la señora francesa con ahinco y complacencia evidentes y como si el marido no estuviese allí. Perea observaba de reojo sus gestos: sin duda hablaban de él, y esto le molestó de manera que le puso en ánimos y disposición de pelea. Afortunadamente, su bastón de estoque estaba allí.
Para reprimir su enojo y distraerse quiso mirar el paisaje, mas no pudo; una densa neblina cubría los campos, y el vaho de las respiraciones y de los calentadores había empañado los cristales del vagón. Además los estudiantes alemanes le obsesionaban. ¿Estarían burlándose de él?... Ellos advirtieron la tenacidad con que el vidrioso manchego les espiaba, y acaso con el propósito ladino de tranquilizarle, le interpelaron amablemente:
—¿Comprende el alemán?
Don Higinio Perea se alzó de hombros, ruborizándose como una señorita, y su empacho arreció al notar que la viajera volvía hacia él su bonita cabeza y que su boca de grana se llenaba de risa. Los estudiantes, muy complacidos, repitieron su pregunta en francés:
—Ni una palabra —contestó don Higinio.
—¿Español?
—Sí, español...
Esto fue lo único que entendió bien, y replicó con tal entereza que hubo en su vehemencia como un desafío. Sin embargo, la cordial llaneza con que los alemanes le habían hablado, desvanecieron su odio y redujeron a simpatía y mansedumbre su voluntad.
—Sin duda creían que yo era el esposo —meditó.
Desde aquel instante sintiose recobrado y tranquilo, y hasta pareciole que la asistencia de la linda viajera establecía entre él y los estudiantes cierta complicidad. Al otro extremo del vagón, el caballero de la barba cuadrada color de sol leía impasible en un libro. Los alemanes charlaban, reían y gesticulaban como si boxeasen; luego descorcharon una botella de cerveza, sacaron de un cestillo pan y fiambres y se pusieron a merendar. La joven parecía escucharles con singular interés y a ratos bajaba la cabeza, tragándose una sonrisa. Ellos la interrogaron:
—¿Entienden ustedes el alemán?
Aludían al hombre del bigote lacio y frondoso que leía Le Matin. Ella, muy avisadamente, repuso:
—Yo, sí, señores; lo comprendo y lo hablo; mi marido, no.
El esposo interpeló en voz baja:
—¿Qué dicen?
—Preguntan si sabes alemán.
—Ya...
Y les miró haciendo con la cabeza un gesto negativo. Ceremoniosos y correctísimos, los dos jóvenes se inclinaron.
Durante mucho tiempo don Higinio, fatigado de amoricones y miradas, se dedicó a buscar con su pie derecho los de la francesita, quien sin comprometedoras alharacas de mujer perseguida, delicadamente, esquivaba los suyos. Los estudiantes sorprendieron la torpe persecución y la comentaron con la hilarante y bulliciosa expansión que la seguridad de no ser comprendidos del esposo les permitía. La joven, deteniendo a duras penas su interior regocijo, se mordía los labios, y así acrecentaba su tentadora humedad y sanguinario color. Ellos proseguían hablando sin cesar de mirarla, vencidos igualmente por el hechizo rojo de su boca breve, casi redonda, ardiente como la fresca cicatriz de un botón de fuego.
De pronto la locomotora silbó y el tren, que llevaba sus luces apagadas, penetró en la lobreguez de un túnel. Don Higinio, cuya sexual glotonería iba ya muy alarmada, tanto por los traqueteos del vagón como por la tibia y fragante proximidad de la viajera, aprovechó aquella ocasión para pellizcar a la francesita en una nalga. ¡Si Emilia le viese!... Y entonces acaeció algo inaudito, tartarinesco y lejos de toda probabilidad y carril; y fue que, apenas había don Higinio realizado su pecaminoso pensamiento, cuando pareciole que en la tiniebla enorme del vagón una sombra avanzaba, y al mismo tiempo que oía crepitar cerca de él un beso ansioso, lleno de vehemente lujuria, recibió la más formidable, infamante y escandalosa bofetada que dieron a manchego; y como su enemigo, para mejor afrentarle y burlarle, se la recetó con la mano abierta, si la percusión no fue grande, el escozor de la mejilla golpeada y el ridículo consiguiente al estampido del porrazo fueron mayúsculos.
Cuando el tren volvió a la luz, Perea, los dos alemanes y el marido de la francesita se miraban interrogantes y amenazadores: unos parecían sorprendidos, otros iracundos. Hasta el señor de la barba de similor, que había oído la pronta furia con que al ósculo respondió la bofetada, monologueó algunas palabras en inglés.
El esposo de la francesa, trémulo, había tirado Le Matin al suelo y bajo su lacio bigote galo sus labios blanqueaban de cólera. Estaba cierto de que habían besado a su mujer y de que ella —la buena, la heroica—, apenas recibió la ofensa castigó rudamente al ofensor. Pero, ¿cuál de aquellos cuatro hombres sería el miserable?... Y sin moverse, sus puños se crispaban, y sus ojos, inflamados, taladrantes como cuchillos, iban insultadores de unos a otros, buscando una víctima.
La viajera tampoco conseguía explicarse lo ocurrido. Unos labios jóvenes —ella juraría que eran jóvenes—, unos labios que olían a cigarrillos egipcios y a trébol, se habían aplastado rápida y frenéticamente contra los suyos; pero quién la besó —el ladrón de su boca podía ser cualquiera de los tres hombres que tenía más cerca— no la interesaba tanto como el autor de aquella bofetada oportuna y cruel que resonó como una pedrada en un espejo. ¿Quién pudo defenderla así? Su marido no era, bien claro lo decía la perplejidad que trastornaba el semblante del hombre de los bigotes desmayados. ¿Entonces?...
Don Higinio, por su parte, estaba embarullado; lo anómalo y ridículo de su situación poníanle fuera de sí. No dudaba de que uno de los estudiantes dio el beso, como también juraría que fue la francesita quien le abofeteó, y así, a la vez que envidiaba al teutón y adoraba la grácil y aniñada delicadeza de aquella mano, maravillábase de su esfuerzo viril. ¡Ah, si él hubiera podido explicarse!... Únicamente le tranquilizaba la seguridad de que era una mujer, no un hombre, quien había desarrollado en su mejilla aquel molesto calor, aquella especie de hormigueo profundo que por momentos iba transformándose en hinchazón. La suciedad en que su conciencia se hallaba, le permitía explicarse la equivocación de la viajera: él era el de las miraditas insinuantes, el de los pisotones, el del pellizco, en fin. Así, la joven, al sentirse besada, se revolvió contra él. ¡Era lo lógico! Perea, al término de sus meditaciones, se halló consolado: «manos blancas» si enojan no ofenden; ¡peor hubiera sido que el hombre de Le Matin se hubiese enterado!...
Entretanto, los alemanes cuchicheaban animadamente; el más alto explicaba a su compañero lo sucedido; fue un lance disparatado, vodevilesco, digno de Boccacio o del caballero Casanova. Minutos antes, en el preciso momento de inmergirse el tren bajo el túnel, la oscuridad le inspiró un deseo loco, sádico, irrefrenable, de besar a su compañera de viaje en la boca; y al mismo tiempo que sin meditarlo apenas satisfacía aquel frenesí, para ponerse a salvo de sospechas descargó sobre el soplado coramvobis de don Higinio su mano abierta. Los dos estudiantes reían a carcajadas del donaire: era una improvisación maquiavélica, una genialidad bufa, estridente, de caricaturista.
La aventura no tuvo derivaciones ni pasó adelante. El matrimonio se apeó en Landas, y los alemanes y el caballero de la barba dorada se quedaron en Burdeos; por cuanto don Higinio, a no persistir la molesta tumefacción de su carrillo, hubiese llegado a creer que todo aquel cómico lance, con las figuras que en él intervinieron, invención goyesca fue de sueño y de risa.
En el café de la estación de Burdeos, Perea escribió dos postales: una, dirigida a su mujer, y otra, a don Gregorio. La primera decía:
«Llegué sin novedad. Dentro de breves momentos sigo hacia París. Francia es admirable. Ya irás conociendo mis impresiones. Besos».
Y la segunda:
«Acabo de beber a su salud y a la de mis amigos del Casino un vaso de este vino sin rival. Reanudo mi viaje. Abrazo a todos».
Don Higinio suspiró. Todo ello era mentira; pero, ¿sería admisible la realidad uniforme, soñolienta y pacata si, a intervalos, no echásemos sobre su vulgaridad la sazonada belleza de una inocente superchería?...
Al salir el tren de Burdeos llovía copiosamente: uno de esos aguaceros compactos, silenciosos, como hechos de neblina, del otoño francés. Por todas partes castañares espesos, campos verdes esmeradamente cultivados, casitas de dos pisos con puntiagudas techumbres de pizarra, vacas normandas de ubres crecidas y mirar bondadoso que recibían el chaparrón tumbadas en el suelo. Y lejos, apareciendo o esquivándose alternativamente entre los grupos de edificios, un trozo de mar, mástiles de veleros, chimeneas, grúas, y las torres famosas de la catedral levantando su esbeltez sobre la gris monotonía de la ciudad entristecida por el agua y el humo.
Muchos días después de arribar al término de su viaje, don Higinio, todas las mañanas, al despertarse en su cuartito del hotel de los Alpes, tenía el mismo pensamiento:
«Estoy en París».
Y a esta idea pura, casi abstracta, un fuerte y candoroso regocijo interior respondía: ¡París!... El teatro de todas las novelas, de todas las bufas peripecias que se devanan en los cinematógrafos, de los millonarios, de las grandes heteras que hicieron olvidar a los reyes galantes de Inglaterra y de Bélgica la pesantez de sus coronas; el escenario de cuantos crímenes folletinescos y arcanos estremecen al mundo. ¡París!... ¡El foco de las elegancias, del arte y del vicio, donde el dinero, la belleza y el buen gusto de una civilización refinada instalaron las alcobas más célebres de Europa! ¡París!... ¡Y él, vecino modesto del modestísimo pueblo de Serranillas, estaba allí, en la Ciudad-Sol, a quince céntimos de ómnibus de la Venus de Milo, y a otros quince del Jardín de Plantas!...
Dos semanas eran transcurridas desde que las suelas de sus botas manchegas resonaron bajo las bóvedas de la Estación de Orleáns, y un coche le llevó al hotel de los Alpes, situado en el cruce de las calles de Trévise y Bleue, allá en las alegrías montmartresas del noveno distrito. A partir de entonces nada le sucedió que mereciese los honores de una postal: ni conocía El Louvre, ni tuvo ocasión de ir al bosque de Bolonia, ni de visitar ninguno de los pintorescos cafés de Clichy: ni siquiera había vuelto a ver el Sena, después de la mañana en que lo cruzó por el puente Royal. Ni paseos, ni amigos, ni mujercitas de una noche, ¡nada!... Y, sin embargo, don Higinio estaba contento y los días escapábansele sin sentir, cual si el aire de la ciudad babélica bastase a ahitarle de satisfacción y ufanía.
Los primeros días, después de almorzar, acompañado de Francisco, el intérprete del hotel —un piamontés que aprendió el español en Cádiz—, recorrió los «grandes bulevares», desde la iglesia de la Magdalena a la plaza de la República: y el fragoroso trepidar de coches, automóviles y tranvías, la diligencia y abigarramiento de aquella multitud cosmopolita que congestionaba las aceras y la terrasse de los cafés; la sucesión de escaparates, todos lujosos; la profusión infinita de luces; el vaivén perenne de mujeres alquiladoras de amor, lindas, elegantes, con fragilidades de porcelana y párpados de color violeta, que pasaban mostrando bajo la fimbria de sus vestidos la retadora tentación de unas medias caladas; la frescura del ambiente otoñal, el ejercicio..., todo coadyuvaba a rendir la flaca musculatura y el ánimo sedentario y roncero de don Higinio de manera tal, que a cada momento sentíase obligado a comer algo. Su acompañante, que ya era viejo y tenía la nariz colorada, singularmente por las noches, pedía ajenjo y hablaba del Piamonte; don Higinio bebía cerveza y procuraba explicar a su interlocutor las amenidades del paisaje manchego: una tierra puede ser muy rara, interesante y merecedora de estudio, aunque no se parezca a Suiza. Al cuarto o quinto bock, el audaz viajero empezaba a marearse, y este ligerísimo aturdimiento exaltaba su natural bondadoso:
—Si alguna vez la suerte le llevase a Serranillas —decía—, no le faltaría a usted nada.
Francisco arqueaba las cejas, levantaba los hombros: un gesto de aventurero que ignora adónde las andanzas de la vida pueden llevarle.
—¡Quién sabe! —respondía—, a mí me gusta tener amigos en todas partes. ¿Comprende?... ¡Amigos!... ¡No enemigos!...
Mojaba sus bigotes de antiguo sargento en la fatalidad verde de su ajenjo, y entornando los ojos sobre la rubicundez de su nariz, repetía:
—¡Amigos, nada más que amigos!...
Y don Higinio:
—Yo, antes de volver a España, le dejaré mis señas.
—Bien, muy bien; nadie sabe... ¿verdad?... Nadie sabe... Yo no tengo familia... ¿Me comprende?... No tengo familia, y eso del hotel... ¡Bah!... Cualquier día... ¿eh?... Nadie sabe. ¿Me comprende?... Eso es. ¡Amigos, nada más que amigos!...
El pobre diablo, con tres o cuatro ajenjos se emborrachaba; pero esto, lejos de ofender a Perea, le complacía. ¡Cómo disfrutaba y qué raros tipos iba conociendo! Al noble manchego le encantaba cuanto, según su sencillo criterio, tenía algo de snob, y la idea de hallarse con un italiano, que acaso fuera un asesino, bebiendo cerveza y ajenjo en la terrasse de un café de París, parecíale una nota aguda de cosmopolitismo. ¡Si lo supiesen en Serranillas, donde todo parecía mal!...
Ya de regreso al hotel, como don Higinio se dispusiera a meterse en el ascensor para subir a su cuarto, Francisco, familiarmente, le daba la mano. Luego, en voz baja:
—Si alguna vez necesitase usted una mujercita, no tenga reparo en decírmelo, ¿comprende?... No tenga reparo. ¡Cuerpo de la Madona!... ¡Yo conozco París!...
En días sucesivos, Perea se decidió a salir solo. Sabía que siguiendo la calle Bleue llegaba a la de La Fayette y luego a la de Laffitte, que le conducía al bulevar de los Italianos. Después aprendió otro camino más sencillo y no menos animado: por la calle Faubourg Poissonnière al bulevar del mismo nombre. De aquella vía magnífica, llena de movimiento, de tentaciones y de luces, y echada, como resplandeciente collar, sobre el plano de París, no se atrevía a pasar: juzgaba imposible nada más hermoso, más cegador y desbordante de riqueza y de vida. ¡Luego, el miedo a «los apaches»!...
Así, la tarde en que sin otro valedor que su bastón de estoque decidiose a ir por el bulevar Sebastopol hacia el río, y vio desde la plaza Châtelet grisear las torres de Nuestra Señora sobre la melancolía de una tarde brumosa, húmeda y alegre, genuinamente parisina, su júbilo fue tan intenso como grande la cobarde inquietud que padeciera hasta llegar allí. Poco a poco, según sus arrestos aumentaban, su voluntad se desentumecía y resolvíase a trasponer mayores distancias, y de este modo, de vuelta al hotel, podía afectar a los ojos del intérprete el aire importante de un hombre que ha caminado mucho y tiene negocios. Las indicaciones de un plano que adquirió por tres francos le orientaban eficazmente. El alma bruja de la ciudad iba aproximándose a su alma tímida y seduciéndola. Una mañana se metió en el metropolitano y fue a parar al Arco de Triunfo; por la noche estuvo en Folies-Bergère; al día siguiente un ómnibus y un tranvía de vapor le llevaron al Bosque...
Generalmente, don Higinio, fiel a la saludable rusticidad de sus costumbres, despertábase temprano, pero nunca se levantaba antes de las diez. Eran aquellos momentos de exquisito sosiego interior: nada apetecía; ni recuerdos ni deseos removían su conciencia... ¡Todo igual en la mansa planicie de las horas que fueron y de las horas que iban llegando!... Desde su lecho inspeccionaba cómodamente su habitación: la ventana abierta sobre un patio, el tocador con espejo y piedra de mármol, el armario de luna, aquella mesita, cubierta por un tapete rojo, donde él escribía con su letra igual y segura las cuatro o cinco postales que cotidianamente enviaba a Serranillas; la alfombra un poco raída; las sillas de yute azul y ovalado respaldo, y en un ángulo su baúl resplandeciente y policromo, la sombrerera, el portamantas, el maletín, todos los buenos objetos familiares que le acompañaron en aquel arriscado éxodo y le hablaban de su pacífico vivir manchego.
Fumando cigarrillos y emperezado en la dulce tibieza de las colchas, dejaba Perea transcurrir el tiempo. Como antes el fastidio, era el pecado, la tentación de un adulterio, lo que al presente le enardecía y conturbaba. Nunca había burlado a doña Emilia; por costumbre, por miedo a recibir algún peligroso contagio o acaso, sencillamente, por falta de ocasión, no lo hizo: fue una de esas fidelidades sin sacrificio que las mujeres no agradecen. Mas ahora su ociosidad, su prolongada continencia, la callejera exhibición de tantas voluptuosidades cotizables, y, sobre todo, el ambiente de París —ambiente de alcoba— embriagador y amoral como un vaso de jerez añejo, habíanle transfigurado. El lascivo capricho le alucinaba. Empezó a comprender el tormento de los ascetas solicitados por el diablo. ¡Ah, la musitadora, ladina, invencible Tentación!... Muchas veces permaneció inmóvil; los ojos clavados en un rincón del dormitorio, como si la mujer, sin nombre ni perfil todavía, estuviese acurrucada allí.
Luego, de un brinco se incorporaba, sujetábase los calzoncillos de punto, color tabaco, sobre la redondez del abdomen, se calzaba unas zapatillas de paño y abría la puerta. Allí estaban sus botas, ya limpias, y dentro de ellas las cartas que hubiese traído el correo. Don Higinio las leía de pie, un poco trémulo. ¡Oh! Aquellas cartas venidas de España y sobre cuyo sello leía el nombre de Serranillas estampado, tal vez, por el mismo Gutiérrez, atizaban en su corazón el sentimiento de la patria. Pero inmediatamente se tranquilizaba: las noticias eran buenas; nada desagradable había ocurrido; doña Emilia le enviaba muchos besos y le recomendaba abrigarse bien para salir a la calle; Teresita, en una postdata, le recordaba el corsé para doña Lucía; Julio Cenén le hablaba de su pitillera, y don Gregorio de dos excelentes galgos que había comprado... Mirando hacia adentro, Perea recomponía toda la vida material y moral de su pueblo, inmóvil, monótono, como fosilizado, y sentía el horror de volver a él. ¡Bah, pero sí volvería!... El pasado es una terrible cadena que llevamos al pie, y el honrado manchego sentía que, de cuantas esclavitudes oprimen al hombre, ninguna tan fuerte como el recuerdo de las personas que, habiéndole sido siempre fieles, le quieren y le aguardan.
El comedor del hotel de los Alpes era espacioso, con techo de esmerilados cristales por donde descendía una claridad lechosa que armonizaba agradablemente con el fondo oscuro de la alfombra, la luminosidad joyante de la vajilla y la impecable blancura de los manteles. Don Higinio almorzaba a las doce en punto: a esa hora había poca concurrencia y los camareros servían mejor. Invariablemente ocupaba una mesita situada cerca de un balcón, desde donde oteaba la animada confluencia de las calles Bleue y Trévise. Cerca de él comía un joven inglés, rico y artista, míster Grand, que, según informes del intérprete, había ido a estudiar la pintura a París.
—Pero es un loco —decía Francisco, envidiándole— y no hará nada; creo que en un mes no ha dormido aquí tres noches...
Más allá se instalaba un matrimonio. La mujer, bonita, elegante, muy nerviosa, muy pálida, con largos ojos brillantes y negros, parecía italiana. Él era un gigante holandés, rubio, enorme y rosado como un recién nacido. Tenía barba, unas tupidas y ondulantes barbazas patriarcales que casi le llegaban a la cintura, y tras los cristales de unos lentes de oro sus pupilas azules miraban con serenidad bovina. Comía mucho, y como estaba un poco cargado de hombros, aquella curvatura de su espina dorsal le daba una expresión repugnante de sensualidad y glotonería. ¿Cómo pudo casarse una mujercita tan agradable y menuda como aquella con un animal así?...
A falta de otras ocupaciones, entre plato y plato, don Higinio se dedicó a aborrecer, con todo el vigor de su sangre manchega, al holandés. Su odio parecía el presentimiento de algo malo. ¿De dónde habría salido tamaño virote?... Le molestaban su modo violento de partir el pan, de reír, de llevarse a los gruesos labios su copa de cerveza. Don Higinio sentía deseos de pegarle, y como su imaginación meridional se excandecía y descarrilaba fácilmente, fantaseaba que sostenía allí mismo con el holandés un «cuerpo a cuerpo» desesperado y caballeresco: él se abalanzaba sobre su enemigo, y, derribándole al suelo, le asestaba con su cuchillo de postre varios golpes mortales; luego se incorporaba trágico y galante, y entrecogiendo a la italiana por el talle huía con ella...
El origen de este aborrecimiento debía de referirse a la saludable ecuanimidad y ordenación que el más ligero examen advertía en todos los ademanes y pormenores del gigante. Aquel hombre vestía bien, era correcto, tranquilo, hercúleo: tenía la fuerza de sus músculos y la fuerza de su previsión. Perea le observaba y no sorprendió en él ni un guiño nervioso al hablar, ni un movimiento que denotase contrariedad u olvido de algo. El holandés tenía «de todo», hasta lentes y barba, y todo sabía usarlo oportunamente: si llovía mucho, se presentaba en el comedor con impermeable, chanclos y polainas de cuero; si el tiempo era variable, traía paraguas. Por las noches, para ir al teatro, se endosaba un magnífico gabán de pieles; de día se abrigaba con una bufanda y un gabán inglés a cuadros verdes y grises. No alardeaba de elegante, pero poseía varios trajes de mañana, frac, smoking y un «completo» de luto para asistir a los entierros. También advirtió don Higinio cómo su compañero de hotel, siempre que mudaba de ropa, lo hacía de guantes, de calcetines, de corbata y de bastón; que fumaba unas veces en pipa y otras cigarros habanos, y cambiaba con frecuencia las sortijas que lucían sobre los dedos índice y meñique de su mano izquierda. A Perea, tan reglamentado por costumbre y por herencia, le irritaba, sin embargo, el ritmo cronométrico de aquel extranjero, rubio y carnoso, que todo parecía llevarlo previsto y en cuya existencia, por lo mismo, no podría haber nunca una exclamación de sorpresa. Además, le odiaba porque era alto. Nada, ni siquiera la figura de Napoleón, alivia en los hombres pequeños el dolor de no haber crecido. Las mujeres, obligadas a optar entre un enano y un gigante, preferirán siempre al segundo; para ellas, devotas de la forma, David no ha matado a Goliat. La estatura sobrada implica una idea de imperio. Los hombres altos son bellos, imponentes, decorativos; en el teatro, y lo mismo sucede en la vida, el público no acepta los éxitos amorosos de un galán chiquitín; la voz que viene de arriba es más convincente, más autoritaria; los comediantes de Atenas y de Roma calzaban coturno; el mismo Jehová, lo primero que hizo para ser respetado fue subirse al Sinaí...
Finaba noviembre y Perea ni pensaba volver a su pueblo, ni se curaba de cumplir los encargos a su honrada voluntad y diligencia encomendados. Las primeras semanas las empleó en curiosear, recorrer calles, conocer cafés, asomarse a los teatros y recordar algo de aquellos dos cursos de francés que aprobó de muchacho en el Instituto de Ciudad Real. Después sufrió un catarro, acompañado de calentura, que le obligó a encamarse y buscar un médico. Don Higinio aceptó impertérrito esta malandanza, y, sin quejarse, se purgó y sudó cuanto fue necesario. La idea constante, reparadora, vagamente novelesca «de hallarse en París», le efervorizaba y bastaba a su contento. Nada hacía y para todo, sin embargo, le faltaba tiempo; hasta se descuidaba en escribir a Serranillas, a pesar de cuanto su mujer rabiaba y se dolía de aquellos silencios. Era un nirvana inexpresable y delicioso, un quietismo interior alquitarado, fragante, que guardaba un rumor de faldas, un exquisito deseo de aventura. Aunque hubiese entrado en París, según el decir gráfico del vulgo, París no había entrado en él: era demasiado grande para encerrado en una síntesis rápida; no lo paladeaba cómodamente, sus emociones se desordenaban. Y cual los días, se le iba el dinero: de las diez mil pesetas que sacó de su pueblo, llevaba gastadas cerca de la mitad. ¿En qué?... Don Higinio arqueaba sus cejas peludas; no lo sabía; que no le preguntasen nada: había en todo ello algo fantasmagórico, un emborronamiento de su personalidad, de sus antiguos hábitos previsores y rígidos; una amable inconsciencia bohemia y sedante que le hacía feliz.
Convaleciente todavía de su catarro, don Higinio Perea salió a la calle, y por las de La Fayette y Laffitte, llegó al bulevar. Iba bien abrigado, y el sol, ese buen sol de París que siembra las aceras de risas de mujer, se dejaba sentir sobre los hombros. Perea entró en un café, pidió un aperitivo y leyó en Le Journal un cuento galante. Le Matin no lo compraba casi nunca; lo aborrecía; le recordaba su desabrida aventura del tren. A mediodía emprendió el regreso al hotel de los Alpes. Para distraerse improvisó un nuevo camino por la calle Drouot. En la Grange Batelière, delante del pasaje Jouffroy, una vieja vestida de negro y que llevaba sobre la blancura de sus cabellos una capota de terciopelo violeta, adornada por un manojo de guindas, le abordó misteriosa.
—¿El señor es extranjero?
Don Higinio comprendió.
—Sí, señora; extranjero, español...
Lo dijo en un francés abominable, lentamente y adelantando mucho los labios, como los niños cuando empiezan a hablar. Su interlocutora, sin embargo, le entendió:
—Celebro que sea usted extranjero, porque así me costará menos vergüenza explicarme. Soy viuda y vivo en la mayor miseria. ¡Ah! ¡Si supiese usted cuánto he sufrido antes de llegar a esta situación extrema!... En los obradores el trabajo de la mujer se paga muy mal; puede usted creerme, señor: desde ayer no he comido...
Los hombros cuadrados de Perea, que se había detenido a escuchar, tuvieron un expresivo alzamiento de disgusto y desdén. ¿Y para eso le molestaban?... Chapurró una disculpa y trató de seguir adelante. Pero la anciana, caminando a su lado, insistía:
—Señor..., usted es un caballero distinguido..., un caballero de corazón...
—No llevo calderilla.
—Un sacrificio, señor...; un pequeño sacrificio. Si no lo hace por mí, hágalo por mis niñas. Tengo dos hijas, señor, una de dieciséis años, otra de dieciocho..., bonitas como amores..., a quienes usted podría proteger...
Involuntariamente don Higinio acortó el paso y su rostro, un momento enfoscado, empezó a iluminarse. Su pestorejo lucio, sensual, martirizado por la castidad, entre las sílabas de aquellas palabras mal traducidas había sentido reír a la serpiente. La mendiga, trémula de emoción, los azules ojuelos brillantes de codicia, prosiguió:
—¡Si las viese usted!... La más pequeña, especialmente, tiene un cuerpo precioso. Yo quiero que usted las conozca, señor. ¡Son tan buenas!... Usted podría ser la salvación de ambas...
Y como él callase, atragantándose con lo que quería y no acertaba a decir, la vieja añadió:
—Yo, le soy a usted franca: las quiero muchísimo, ¡son mis hijas!... Pero si han de perderse, como fatalmente ocurrirá, me alegraría de que tuviesen un protector como usted; un hombre así, de mundo..., porque los hombres corridos son los que mejor juzgan del mérito de las mujeres...
Sofocado por la emoción, don Higinio preguntó:
—¿Dónde podría conocerlas?
—En mi casa. Yo vivo en la calle de Feydeau... ¿comprende usted? Cerca de la Bolsa...
—No recuerdo.
—¿Cómo? ¡Sí!... Al otro lado del bulevar... Calle Feydeau, número nueve, piso cuarto, puerta número dos. Madame Berta...
Don Higinio sacó un lápiz, y como no llevase cartera ni hoja ninguna de papel blanco, ofreció a su interlocutora el puño izquierdo de su camisa.
—Escriba usted misma las señas; es mejor.
Hízolo así la vieja; luego...
—¿Cuándo irá usted a vernos?
Perea consultó su estómago: tenía hambre y a los lances de amor conviene ir bien comido, pues de la generosa alimentación de la carne nacen casi siempre el optimismo y mejor talante del espíritu.
—¿A las seis, por ejemplo?
—Perfectamente, sí, señor; a las seis, porque hasta esa hora las niñas trabajan en un taller de lamparillas eléctricas.
—¿Ganan mucho?
—Un franco entre las dos.
Y, agregó:
—Señor... ¿Puede usted socorrerme con algo?... Vea usted la hora que es; aún he de llevarlas el almuerzo al obrador y no tengo un céntimo.
Lentamente don Higinio se desabotonó el gabán; llevose una mano al chaleco. Reflexionaba. Si realmente se proponía acometer la seducción de ambas hermanitas, ¿por qué prevenirlas en contra suya mostrándose en aquella ocasión remiso y cicatero?... ¿Acaso las primeras impresiones no fueron siempre las mejores?... Con parsimonia y disimulo, llenos de nobleza, Perea deslizó en la rugosa mano de aquella madre, modelo de alcahuetas, una moneda de diez francos.
—Tome usted y hasta la tarde. ¿Buhardilla número dos, verdad?... Madame Berta...
—Eso es, caballero; muchas gracias...; eso es...; adiós, adiós...
Y ágil, feliz, bajo la estridencia grotesca que ponían sobre sus cabellos blancos las guindas de su gorro violeta, la vieja desapareció en el pasaje Jouffroy.
Don Higinio almorzó opíparamente. Estaba contento, y su regocijo producíale una hiperestesia y alegría estomacal indecibles. De la sopa, que era de cangrejos, se sirvió dos platos, y la fuente de empanadillas que le trajeron la retiró el camarero vacía; también en las perdices su desbocado apetito causó gran destrozo. Como siempre, el holandés y su mujer comían algunas mesas más allá; pero don Higinio apenas les miró: fue la primera vez que el hombre de las manos y de los pies colosales no le sugería ideas de exterminio.
Completamente absorto ante su taza de café, un poco congestionado por la digestión y el curso voluptuoso de sus ideas, don Higinio miraba danzar en el espacio perspectivas de harén. ¿Cómo serían sus futuras amigas? La imagen de la francesita que conoció en el ferrocarril volvía a su memoria. Se parecerían a ella: la carne nacarina, el pelo rubio y corto... Veíase subiendo las escaleras de la casa donde la tentación le dio cita, acariciando paternal las mejillas rosadas de dos criaturas a la vez vibrantes de pecaminosas curiosidades y de rubor, sentándolas sobre sus rodillas, besándolas con sabio detenimiento y explicándolas luego, en fin, con regaladas pausas, todos los capítulos del Misterio Goloso; y más tarde, recorriendo con ellas los alrededores de París: excursiones a Versalles, partiditas de pesca a orillas del Sena, almuerzos faunescos en los bosques centenarios de Saint-Cloud... Después, cuando tuviese que regresar a su pueblo, si continuaban siendo buenas y juiciosas, las llevaría a España, y en Ciudad Real buscaría un lugar reservado, una especie de Elíseo manchego, adonde ir a verlas sin escándalo dos veces por semana. De madame Berta no se cuidaba; ¡vieja ridícula!... A sus hijas, en cambio, había que llevárselas y para siempre. El pensamiento de don Higinio no pasaba de allí; ¿ni para qué más?... ¡Ser amante de dos hermanas y tenerlas reunidas bajo el mismo techo, enamoradas de él, alegres, sin celos, dedicadas a la tarea de inventar constantemente para su mayor distracción y halago caricias nuevas! ¿No sería esta la aventura inaudita que su ardiente corazón presintió oculta entre los billetes de Banco que le trajo la lotería?...
Como no pudiera estarse quieto, y según el tiempo transcurría la comezón de sus nervios se agravase, salió a la calle, y por la de Richelieu, de un tirón, llegó al Sena. Una reñida batalla de añejas costumbres y de ideas amorales, nuevas en él, trastornaban su espíritu. A ratos parecíale hallarse asomado a un pozo hondísimo. El hombre que pudiendo robar una fortuna no lo hizo, acreditó su honradez; como demostró su caballerosidad quien respetó y volvió a su deber y honestidad a la doncella que inocentemente se le ofreciera; como probado dejaron su valor los que no temblaron habiéndose hallado en peligro y congoja de muerte. Pero quien no conoció ninguno de estos arriscados trances, ¿qué sabrá de sí mismo?... Esto sucedíale a él, lugareño y pazguato, que apenas se vio expuesto a las tentaciones sirenas del mundo empezó a temblar y a embarullarse como un adolescente. La evidente posibilidad en que estaba de burlar a su mujer con las hijas de madame Berta le parecía algo gravísimo, y considerando que sus futuras amantes eran hermanas y casi niñas aún, su delito crecía, convirtiéndose en caso monstruoso de incesto y bigamia. Pero luego su conciencia se tranquilizaba, que para servir a su egoísmo en todo halló la razón casuística del hombre motivo y disculpa. Hay afectos superficiales que, como la calderilla, pueden llevarse sin riesgo, a la vista de la muchedumbre, pues si alguien los codicia y se apodera de ellos no nos infiere daño mayor; y otros, en cambio, los grandes, los sagrados, los vinculados a las raíces más hondas de nuestro árbol sentimental, que deben ocultarse como tesoros y no son susceptibles de ser cambiados en cualquiera parte. Cuerdamente don Higinio reflexionó que su amor a doña Emilia pertenecía a los últimos, con lo que bien determinadas las lindes de su jardín interior, convencido de que el áspero capricho que lleva a la mancebía no ofende a la esposa, y, por lo mismo, que su hogar de Serranillas no se oponía a que las hijas de madame Berta tuviesen un hotelito en Ciudad Real, pudo desechar toda puritana y entristecedora laya de escrúpulos y abandonarse plenamente al regocijo que su mucha ventura le deparaba.
Seguro de sí mismo, los puños apretados, la barbilla recogida, el paso corto, la mirada brillante, a las seis en punto don Higinio Perea se detenía frente al número nueve de la calle Feydeau. Consultó lo escrito en el puño de su camisa para cerciorarse: era allí. El zaguán, de modesta apariencia, olía a humedad. Al fondo, tras una puerta de cristales, estaba la escalera. Entretenido con sus verdes deseos, el galán pasaba de largo ante la portería, cuando una voz femenina le interpeló:
—Caballero, ¿dónde va usted?
—Al piso cuarto, madame Berta...
—¿Madame Berta?...
La mujer frunció las cejas; sus labios tuvieron una mueca hostil.
—No conozco a esa señora. ¿Ve usted, si no le hubiese llamado? Se debe preguntar siempre en las porterías. Aquí no vive ninguna madame Berta.
Humilde, conciliador, comprendiendo que en aventuras del jaez de la que allí le llevaba las porteras ejercen siempre cierta tercería, el galán puso entre las manos enmitonadas de su interlocutora una moneda de dos francos. Después, sonriente, seguro de que la buena mujer iba a recordar en seguida:
—Es una señora de luto, una señora viuda...
Un vago ruborcillo le impedía decir más. La portera, sin demostrar agradecimiento, se había guardado los dos francos en un bolsillo de su delantal. Bajo su cofia blanca, muy encañonada y limpia, su rostro huraño repitió lentamente, con lentitud llena de convicción, un movimiento negativo. Perea sintió una ola de sangre subir a su garganta; un presentimiento horrible acababa de traspasarle las sienes; lo declararía todo...
—Es una señora pobre, que tiene dos hijas jovencitas, la menor de dieciséis años, la otra de dieciocho, trabajan en un obrador de lamparillas eléctricas...
—Vamos, sí, ya... Comprendo lo que venía usted buscando... Pues, no es aquí; le han mentido a usted...
Poniendo al servicio de su causa cuanto sabía de francés, y con el fanatismo del hombre que defiende su felicidad —toda su felicidad— don Higinio repuso:
—¡No es posible!... A madame Berta yo la conozco mucho. Una señora... con una capota color violeta y unas guindas... Vea usted; ella misma escribió estas señas: número nueve, calle Feydeau, piso cuarto, puerta número dos...
Y mostraba el puño donde la mendiga dejó una dirección imaginaria. La portera se echó a reír.
—Caballero, no se canse; le han engañado a usted, y juraría que usted no conoce a la señora que ha escrito eso. Yo se lo aseguro: le han engañado a usted.
Don Higinio no insistió más y salió a la calle; iba tan aturrullado, tan avergonzado de sí mismo, que ni siquiera se atrevía a reflexionar en la candorosa ridiculez de cuanto acababa de sucederle. ¡Era un mentecato, un redomado papamoscas, que no debió salir jamás de su pueblo! ¿Tendría él cara de tonto?... Primero, la bofetada en el tren; ahora, madame Berta. ¡La vieja, la maldita pécora! ¡Y cómo se habrían regodeado ella y las bigardonas de sus hijas con el medio luis que le estafaron! Pues, ¿y la portera?... ¿Y los dos francos que la dio neciamente para que, al cabo, se burlase de él?... La violencia de sus rencores aceleraba su andar y le encendía las orejas; iba que volaba. Cruzó el bulevar de los Italianos y siguió por la calle Drouot, hacia su casa. Todas las imágenes de voluptuosidad que en el transcurso de aquella tarde le emocionaron, habíanse convertido en brasas inextinguibles de odio. Llegó a detestar la calle Feydeau y hasta el nombre de Feydeau. ¡Oh! ¡Jamás leería una novela de ese autor! Su corazón ardía; era un incendio horrísono alimentado por todos los escombros del hotelito que en Ciudad Real había soñado para las niñas de madame Berta...
Al verle llegar tan congestionado, Francisco creyose en la obligación de preguntarle si había tenido algún disgusto.
—No, nada —repuso evasivamente.
—Entonces, es el frío.
—Eso es, el frío... Hasta luego.
El reloj del comedor señalaba las siete y media. Perea ocupó su mesa, saludó con una leve inclinación de cabeza al holandés y a su señora, que ya estaban en los postres, y pidió dos huevos pasados por agua. El camarero, ágil y ceremonioso dentro de su frac, como un prestidigitador, interrogó:
—¿Y luego?...
—Nada más.
—¿Se siente usted mal?
—No; pero me falta apetito.
Trasegó un buen vaso de vino para limpiarse la boca, y esto comenzó a restaurarle el humor. Observaba a la italiana, pálida, interesante, más atrayente que otras veces con el traje ceñidísimo, corte sastre, que vestía aquella noche. Ella, a intervalos, distraídamente, acaso por coquetería, le miraba también. Don Higinio, reanimado, ordenó al camarero le trajese una sopa de tortugas y un bistec con patatas. Acabó por olvidar su descalabro y cenar opíparamente. Su espíritu voluble se rehizo. Estaba contento. Realmente merecía, por su mal corazón, la engañifa y burla de que fue objeto. ¡Qué canastos! Porque si él socorrió con medio luis a madame Berta lo hizo pensando más en la bonitura de sus hijas que en su desamparo.
Terminaba de apurar su taza de café y de pedir una copita de coñac cuando llegó el intérprete. En aquel momento el holandés y su mujer dejaban el comedor; míster Grand, el joven inglés aprendiz de pintor, también se había marchado y don Higinio quedaba solo ante la vastedad del salón, tapizado de verde claro, alegre, con sus docenas de mesitas cubiertas de cristalería fina y brillante sobre la albura celosa de los manteles. Francisco abordó a Perea.
—Usted ha concluido de cenar y ahora empezaré yo.
Tenía la nariz acarminada, y bajo los párpados medio cerrados, los ojos azules, bruñidos por el ajenjo, miraban con quietud estúpida. Olía a alcohol.
—¿Se ha divertido usted mucho?
Don Higinio titubeó la cabeza con el ademán vago, indiferente, de un hombre de mundo.
—¡Psch... de todo hubo!...
Hablaron de mujeres. Bruscamente, tras una bulliciosa carcajada, el piamontés exclamó:
—Esta noche, cuando le vi a usted llegar de la calle con las orejas tan encendidas, pensé: «El señor Perea vuelve de pasar la tarde con una señorita». Ahora, dígame si me equivoqué: ¿es verdad o no es verdad?...
Perea echó el cuerpo hacia atrás, contra el respaldo de la silla; su rostro saludable tenía toda la insolencia de la felicidad: la mirada saltarina, el cigarro habano humeando entre el carmín húmedo de los labios, los pulgares de ambas manos metidos en los bolsillos del chaleco, mientras los otros dedos tamborileaban jactanciosos sobre la epicúrea redondez del abdomen...
—Sí —afirmó— es cierto. ¿A qué negarlo?... Aunque uno esté casado, ¿verdad?... puede permitirse ciertas distracciones. Esta mañana, delante del pasaje Jouffroy, una señora se acercó a mí...
Y aplomadamente, desenvolviendo lujos imaginativos dignos de un dramaturgo, explicó una aventura donde lo fantaseado se plasmaba y fundía en lo sucedido, y viceversa. Describió a madame Berta: pequeña, enlutada, con sus cabellos de lino y su gorra violeta. Él había ido a su casa; una buhardillita de la calle Feydeau pobremente amueblada, pero muy limpia, desde cuya única ventana se dominaba un gran trozo de París. Allí conoció a Elisabet y Georgina, las hijas de madame Berta. Las dos eran bonitas, mimosas, perversas... ¡Especialmente la menor, Elisabet: una especie de Salomé, con todas las lubricidades de una pantera en la espalda!... ¡Oh!...
Diciendo así, cerraba los ojos. Francisco le escuchaba boquiabierto, una mueca de lujuria senil en los labios, la roja nariz caída y como echada sobre el bigote.
—Esas aventuras —observó— suelen costar caras: hay mucho souteneur, presidiarios que viven de las mujeres, y pueden darle a usted un susto. No se fíe usted; yo conozco París.
Don Higinio hizo un gesto desdeñoso y se puso de pie. Miró a su alrededor. Nadie. El comedor desierto. Entonces sacó un cuchillo de hoja triangular y mango negro que llevaba colocado atrás, sobre los riñones; cuchillo de carnicero que cuando fue con don Gregorio Hernández a cobrar las cien mil pesetas de la lotería mercó en Ciudad Real por nueve reales.
—Mientras me acompañe —exclamó— necesito dos hombres para reñir conmigo.
Hecha esta declaración heroica subió a su cuarto. Eran las diez, y las alborotadas emociones de aquel día le habían zarandeado y molido de manera que hasta los huesos le dolían. Comenzó a desnudarse y según iba quitándose las ropas las colocaba sobre el respaldo de las sillas, según doña Emilia le enseñó a hacer, para que no se arrugasen. Al pasar cerca de la ventana miró casualmente hacia afuera y vio en el piso inferior, y al otro lado del patio, negro, profundo como un derriscadero, el rectángulo lleno de blanca claridad de una ventana. Era la del dormitorio del holandés. Unos momentos don Higinio permaneció tan suspenso y pasmado, que hasta la marcha de la sangre debió de retardarse en su impresionable corazón; pero reaccionando en seguida mató la luz, merced a lo cual las imágenes que sucesivamente iban dibujándose en la ventana iluminada redoblaron su intensidad y limpieza.
El matrimonio no se acordó de cerrar las persianas, y su intimidad se devanaba a la vista del público. Eran cuadros ridículos, grotescos, voluptuosos, que el arte bufón de Téniers hubiera querido pintar. El holandés, en calzoncillos, sentado sobre una sillita baja, se lavaba los pies: don Higinio veía sus pantorrillas, blancas y fuertes, dignas de un titán de mármol; su cabeza rubia, sus lomos poderosos, doblados trabajosamente hacia adelante. Ella, la italiana,, había comenzado a desnudarse cerca del lecho. Para verla mejor, don Higinio necesitó ponerse de rodillas. Agazapado como un tigre, vibrante de curiosidad, aguijoneado por deseos lascivos que, cual alfileres, asaeteaban su carne, Perea miraba aplastándose la nariz contra el cristal de la ventana. El espectáculo lo merecía. La joven se quitó su blusa; se desembarazó de la falda; manojos de encajes finísimos, como fabricados con hilos de venusinas espumas, orlaban sus brazos y su espalda y se ceñían a sus rodillas; a intervalos volvíase hacia su marido, como hablando con él. Ambas rodillas apoyadas contra un borde del lecho, el busto arqueado hacia atrás, la italiana se alzó la camisa y sus manos enjoyadas —aquellas manecitas que Perea vio ir y venir tantas veces, allá en el comedor, desde la fuente de los entremeses a la botella del vino— comenzaron a sobar lentamente la suavidad mate de las caderas, donde las cintas crueles del corsé habían dejado una red de huellas bermejas. Era una linda escultura: ancha de hombros, breve de talle, redonda de caderas...
Hubo una pausa; la interesante película parecía detenerse allí. Repentinamente la italiana, obedeciendo quizás a una indicación tardía del holandés, apagó la luz y el dormitorio se anegó en tinieblas; fue como un párpado que cayese sobre el cristal de una linterna mágica. Don Higinio dejó su atalaya y suspirando, entelerido de frío, presa de indecible pesadumbre, se metió en la cama; y apenas lo hizo, de cara a la pared, quedose dormido: la tristeza le había servido de narcótico.
En días sucesivos, como arrepentido de las calaveradas que quisiera cometer, don Higinio empezó a observar una conducta prudente, perfectamente reglamentada: paseaba lo necesario a su salud, visitaba los museos y se recogía temprano. El intérprete, a pesar de su constante embriaguez, advirtió aquel cambio de costumbres.
—Hace usted bien —decía—, París es terrible. ¡Ah, estas mujeres!... ¡Muy difícil hallar una buena, muy difícil!... Nos engañan, nos dejan sin dinero... y luego... ni nos conocen. ¡Perras!... Debe hacerse lo que usted: de cuando en cuando... y... ¡abur!... Yo conozco París, señor Perea; yo conozco París. Se lo dice a usted un piamontés que ha visto mucho mundo: aquí el hombre que no sabe reservarse dura poco. Al principio la conducta de usted no me gustaba. Yo le observaba, ¿sabe usted?... ¡Oh, ya lo creo! Yo le observaba y me decía: «Este señor va al precipicio de cabeza; no se contiene; París es una serpiente y la serpiente le ha mordido...». Me equivoqué; usted, señor Perea, entiende la vida.
Estos diálogos rápidos se devanaban en el zaguán del hotel de los Alpes, sobre cuyas paredes campeaban grandes carteles policromos, anunciadores de Compañías navieras y de viajes económicos a Italia y a Suiza. Don Higinio escuchaba a Francisco y sonreía, prestando así su asentimiento a las galantes suposiciones del intérprete; este inocente embuste lisonjeaba su amor propio y le consolaba de ser tan simple. Luego, metido en el ascensor, camino de su habitación, a solas ya con su conciencia, comprendía que era un lugareño desmañado, pacato y oscuro, y que estaba en ridículo.
Francamente, no comprendía en qué pueden malrotar su patrimonio y el de su mujer los grandes calaveras. ¿Juegan? ¿Tienen queridas? ¿Adoran los viajes, los muebles ricos y demás opulencias del buen vivir?... Misterio. ¿Cómo en la brevedad de una vida y en la flaqueza de un cuerpo pueden caber las horas necesarias para derretir tantos millones?... Lo ignoraba. No era roñoso, y, sin embargo, no gastaba mucho dinero. ¿Cómo se emplea el dinero? Tampoco lo sabía. El dinero, por lo visto, se gasta casi con el mismo trabajo con que se gana; es un brujo que primero no quiere venir y luego no hay manera de separarle de nosotros. Para esto, tal vez, es indispensable tener amistades, frecuentar Casinos... Pero, ¿cómo adquirir relaciones? ¿Cómo acercarse a los obradores donde el amor es alegre y barato, o a las heteras célebres cuyas noches deshacen familias y fortunas?... El primer movimiento de las ciudades es hostil, hermético; rechazan al forastero y hay que vencerlas, como a las personas. Don Higinio ignoraba esa labor de conquista; sin embargo, no se hubiese cambiado por nadie.
Fiel a su afición más arraigada había comprado una caña de pescar, y muchas mañanas iba a sentarse bajo el puente de las Artes. Sigilosamente el pasado le envolvía, le recobraba; parecíale hallarse en Serranillas y viendo el Sena se acordaba del Guadamil; como otras veces, mirando en el bulevar las rotativas de Le Matin, se acordaba de El Faro. Por las tardes visitaba los grandes almacenes: Louvre, Bon-Marché, Samaritana..., y hoy compraba el corsé de doña Lucía, mañana la pitillera para Julio Cenén, o una torre Eiffel para adornar la mesa de don Cándido...
Únicamente las cartas de su mujer le molestaban, aunque de soslayo acariciasen su vanidad. Doña Emilia estaba celosa; no comprendía que su marido emplease tanto tiempo en conocer París, y le suponía enamoriscado de alguna francesa. La imaginación de las damas recogidas y caseras marcha muy de prisa.
«Me han dicho —escribía— que esas mujeres enloquecen a los hombres. ¿Es verdad?... ¡Cuídate, por Dios! Tú eres bueno, pero las malas compañías tiran mucho. Higinio: no quiero pensar que puedas olvidarte de tus hijos y de mí. ¿Cuándo vienes? La sola idea de verte llegar enfermo me saca de juicio».
A esta carta, que traslucía el espíritu altanero, dominador y vehemente de la antigua rica hembra, contestó Perea con otra muy afectuosa y razonada, donde hablaba de los muchos días que su catarro le impidió salir a la calle, y de aquella discreta parsimonia que la adquisición de los objetos, algunos de valor, que sus amigos le encargaron, requería. Mintió un poco.
«Por tu abrigo de pieles me han pedido cinco mil francos en una peletería del bulevar; yo me quedé aterrado; pero me aseguran que en cierto almacén, cuyo nombre ahora no recuerdo, lo hallaré tan bueno y más barato. También debo ocuparme de la pianola que nuestro amigo Arribas desea; para comprarla sin exponerme a ser engañado necesito que alguien me guíe y aconseje. Todo esto exige paseos, relaciones y tiempo, mucho tiempo; en Serranillas no podéis formaros idea del tiempo que se pierde en estas ciudades enormes. Además necesito dinero; con el que traje no tengo para nada; aquí todo es carísimo. Mándame, pues, a vuelta de correo, cinco mil pesetas...».
La respuesta de doña Emilia tardó en llegar; venía acompañada de un cheque contra el Crédit Lyonnais por valor de mil duros, moneda española; y era una misiva breve, seca, llena de sombras. Decía la esposa:
«Me apresuro a enviarte la suma que necesitas. Ojalá no sea para tu mal. ¿Nos reuniremos pronto? No lo sé. Parece que un siglo ha pasado desde que te fuiste. Nuestros hijos me preguntan por ti: te echan mucho de menos. ¡Si vieras qué alta está la niña!...».
Perea se indignó; era una carta imbécil: su mujer hablaba de su ausencia de dos meses como de un destierro de varios años. En el mismo error tropezaban sus amigos: todos le suponían divirtiéndose, interviniendo en lances de magia y cinematógrafo, atropellando «estrellas» de café-concierto y despilfarrando con española bizarría los billetes de Banco. ¡Idiotas! ¡Creían a París un poco mayor que Ciudad Real!... ¡Si ellos supiesen su desventura del tren, la engañifa de madame Berta y el estado de monástica abstención en que vivía!... Don Higinio apretó los puños. Luego, con aquella admirable facilidad que su alma voluble tenía para pasar de la cólera al desdén y a la risa, se encogió de hombros. En la pobre vida humana todo a la vez es grotesco y trágico; solamente las apariencias varían; tan pronto el drama se viste el traje de Arlequín, como lo bufo, lo insignificante, «lo de todos los días», se emboza en la capa de Cyrano y tiene, como Romeo, una escala y una cita.
En este último caso se hallaba don Higinio. Había de volver a su pueblo casto como un San Luis Gonzaga y llevando intactos sobre los labios los besos que doña Emilia le diera al despedirle, y todos, sin embargo, descubrirían en su rostro la honda fatiga, ruina y acabamiento de las orgías gozadas. Y aún podía disculparse que sus conterráneos, lugareños y sencillos, opinasen así; lo extraordinario, lo que bañaba a Perea en asombro, era que personas que vivían a su alrededor, el intérprete del hotel, verbigracia, creyesen lo mismo. Es el sino del individuo: hay hombres que tras una larga vida dedicada a darle gusto al diablo llegaron a viejos nimbados de un prestigio inamovible de rectitud, gravedad y melancolía; mientras otros, habiendo luchado y sufrido y llevado acuestas las cruces más penosas, jamás fueron tomados en serio. Nadie les cree: su cortesía sonriente es ligereza, desaprensión, liviandad de costumbres y de conciencia; sus momentos de tristeza, disimulo; su cansancio de trabajo, fatiga de placeres. La muchedumbre, sin saber cómo, clasifica a sus individuos apenas salen de la Universidad y les extiende ejecutorias de las cuales nunca podrán hallarse totalmente libres; y así, por decreto absurdo de la opinión, este será prudente y virtuoso, y aquel, loco y frívolo como un sombrero echado al aire.
¿De dónde proceden esos errores colectivos? ¿Es del modo que el sujeto tiene de mirar, de vestirse, de dar la mano? ¿A tanto alcanzan la gracia de unos guantes de ante o el color de un chaleco? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la opinión ajena, que primero es para el sujeto porvenir y horizonte, y luego, por obra renovadora del tiempo, se muda en ayer y cristaliza en la Historia, consigue dar tan hueros cimientos a sus juicios?...
Evidentemente, la multitud, inclinada a encogerse de hombros cuando la invitan a realizar una obra filantrópica, descubre una resuelta simpatía hacia lo calumnioso, y lo acredita el éxito que obtienen las campañas difamatorias de los periódicos: una crónica laudatoria pasa inadvertida, cual si la envidia de todos la circundase de silencio; mientras la gacetilla infamante se repite con complacencia, brinca de boca en boca, se agarra traviesa a todos los oídos, sugiere un eco de villana alegría en todas las almas...
Así se explicaba don Higinio el juicio absurdo que de su condición y tranquilos hábitos iba formándose el público. Al cabo, la idea de parecer desbaratado y calavera no podía enojar seriamente a quien, como él, siempre sintió el fastidio de ser virtuoso, y Perea, que nunca había mentido, siguió mintiendo: unas veces ante el intérprete de su hotel, otras en las cartas que escribía a sus paisanos; misivas ladinas en donde, sin decir nada, dejaba entrever mucho. Se debe aborrecer la calumnia por mala; la calumnia roe, mina, deshace: es el vitriolo del honor; pero, ¿cómo abominar de aquellos inocentes embustes que mientras mejoran a quien los dice regocijan al que los oye y le distraen discretamente?... Diosa Mentira, alma de los salones donde se murmura amablemente, nodriza de poetas, fontana de ensueños perlados, savia de toda cortesía, ¿cómo quiso el divino Platón desterrarte de su República?...
Las cartas de doña Emilia, recordando a don Higinio que en Serranillas estaba el inevitable desenlace de su historia, exacerbaron sus deseos de conocer París; pues son las urbes como las mujeres, que solo interesan fuertemente aquellas adonde llegamos accidentalmente o de paso, y así, ni estudiamos a nuestras esposas ni nos inspira curiosidad la ciudad que habitamos y que errantes de muy lontanos países acaso vengan a visitar.
Viviendo en buenos hoteles el viajero no puede inquirir el alma de la nación donde se halla, porque todas las fondas del mundo, salvo diferencias levísimas, son idénticas. Para acercarse a los «bajos fondos» oscuros y dolorosos de los pueblos, necesario será sentir la tragedia de sus necesidades; conocer íntimamente la importancia o valor de su moneda, saber cuáles son los mercados más baratos y lo que vale un panecillo y una libra de carne, y cuánto carbón dan por diez céntimos; desmenuzar la vida, ver cómo los recursos del hombre se multiplican para resistir a la miseria.
Convencido de ello don Higinio aplicose a explorar los detalles de ese vivir mezquino y arcano. En sus largas excursiones por el barrio Latino, prolongadas muchas veces hasta el Jardín de Plantas, el curioso manchego escrutaba los detalles más ínfimos: la clientela abigarrada de las tabernas; las zapaterías donde enderezan tacones o echan medias suelas a unas botas en el tiempo que su dueño invierte en leer un periódico y fumarse una pipa; los bazares populares donde venden hasta trozos de vela; las tiendas de antigüedades de las calles Bonaparte y Mazarino; las librerías de lance metidas en cajones a lo largo del Sena...
También invertía muchas horas recorriendo los llamados, por antonomasia, «grandes almacenes»; centros de enorme actividad comercial que sostienen a millares de familias y cuyo balance diario equivale a una gigantesca jugada de Bolsa. Francisco, el intérprete, le había explicado la fundación y desarrollo de esos establecimientos, asombro de forasteros. Generalmente su origen fue humilde. Un comerciante inteligente y pobre instaló, verbigracia, una tienda de sombreros para señoras; lentamente la pequeña industria arraigó, y medrando, lo que empezó siendo sombrerería, fue más tarde zapatería también, y luego bazar. Cuando las existencias desbordaban del local primitivo, su dueño adquirió una de las tiendas inmediatas, y después otra, y más adelante el piso principal, y el segundo y el tercero... ¡hasta las buhardillas!... Y como el trajín arreciaba, puso ascensores y escalerillas especiales de servicio.
Pasó tiempo...
Ya el negocio se hallaba sobradamente asegurado, el esfuerzo inicial había producido sus frutos, los asuntos afirmaban su rumbo próspero. Veinticinco o treinta años de ardiente trabajo habían bastado para que el insignificante despacho de sombreros se transformase en grandioso almacén.
El dinero llama al dinero; los que una vez quedaron victoriosos, sin procurarlo, hallan siempre aliados. Al antiguo modisto se unieron otros mercaderes que le brindaron sus iniciativas y su capital. Al principio fueron dos, tres; después, muchos; emitiéronse acciones y entonces la batalla fue de cientos de miles y aun de millones de francos. Compráronse ocho, nueve o diez casas juntas, toda una manzana; derribáronse los muros medianeros y sustituyéronse por columnas de hierro que, sin perjudicar la solidez, no mermasen la saludable amplitud y hermosa perspectiva de las salas; convirtiéronse los corredores en galerías, y uniendo unas habitaciones a otras improvisáronse magníficos patios cubiertos, a una altura de cinco o seis pisos, por gigantescas monteras de cristal. Así fueron organizándose esos titanes del comercio que flotan sobre el océano bursátil de París como boyas enormes, y gozan de prestigio mundial.
En cualquiera de esos bazares extraordinarios donde trabaja una verdadera muchedumbre de modistas, de corseteras, de zapateros, de sastres, de guanteras, de ebanistas, de tapiceros, de individuos pertenecientes a todos los oficios, y donde los trajes se entregan pocas horas después de encargados, hay zuecos para cocheros y mozos de cuadra, y botas de charol; vestidos de pana y de frac; sombreros de mil francos, dignos de ser lucidos en un palco de la ópera, y canotiers a ocho reales, para obrerillas; ropa blanca, perfumería, pieles, juguetes, enseres hípicos, muebles, pianos, libros, cuadros, estatuas, tapices... De cuanto la industria y el arte han producido, hay allí; y todo aparece bellamente expuesto al alcance del público, de modo que este pueda verlo y manosearlo con perfecto espacio y detenimiento.
Otra de las manifestaciones comerciales que más interesaban a Perea eran los mostradores a la intemperie.
El espíritu astuto de los mercaderes sabe cuánto abundan los transeúntes que, por falta de tiempo, distracción o quizás vergonzosa cortedad de carácter, se abstienen muchas veces de comprar. Para esta clase especialísima de público fueron ideadas las largas mesas que, desde las siete o las ocho de la mañana, según la estación, instalan los comerciantes al aire libre y son como un derramamiento pujante y alegre de la vida interior de cada almacén. Ante la plebeya alegría de aquellos mostradores, la multitud se detiene curiosa: allí los hombres se ponen en mangas de camisa para vestirse un chaleco, y las mujeres se prueban una blusa; cada cual va a su objeto; nadie se estorba. Esta venta se prolonga hasta la noche. A esa hora se recogen las mercancías, se levantan los mostradores y las pirámides de sombreros, los montones de zapatos y de corsés, las olas frufrutantes de faldas y de blusas, desaparecen en la amplitud del establecimiento. Es una inspiración o absorción gigante, que deja las aceras desembarazadas y limpias, como para que sobre ellas circule mejor la traviesa alegría del París noctámbulo.
De estas instructivas andanzas jamás regresaba don Higinio con las manos vacías. Poco a poco iba adquiriendo los cachivaches que necesitaba llevar a su pueblo: el reloj para Teresita, las navajas de Nicanor, la escopeta y unas polainas para don Gregorio, unos espejuelos para don Tomás... Amén de otras incontables baratijas que le sorprendían y enamoraban: figulinas de mármol, tinteros caprichosos, tarjetas postales, juguetes, un espejo, un bidet: diríase que a Serranillas no había llegado aún la civilización. Estos sacrificios los hacía para acrecentar el éxito de su restitución al terruño, seguro de que el brillo de su regreso estaría en razón directa del número de regalos que llevase. En el hotel de los Alpes atónitos estaban de tanta adquisición; dentro del dormitorio de Perea, al pie de la cama, encima del armario, sobre las sillas, los objetos, cuidadosamente atados y envueltos en papeles de estridente policromía, iban hacinándose; flotaba en el aire ese olor indefinible a barniz de las cosas nuevas: la habitación parecía un bazar.
Todo esto ahondaba las raíces de amor que París iba echando en el embelequero carácter de don Higinio. París era el misterio. Nadie le conocía en aquella ciudad inmensa. ¿Quién acecharía sus pasos ni iría a contarle los peces cobrados en el transcurso de una tarde, bajo la umbría del puente? Así, por contraste, viendo rodar las aguas del Sena, pensaba en su pueblo. ¡Oh, la hora triste, la hora gris, en que hubiese de regresar a Serranillas para otra vez vivir ante los ojos de todo el mundo!... Sorprendíase entonces de haber podido alejarse tanto de aquel pasado anodino, y comprendía que las distancias no existen; el espacio, con ser infinito, lo lleva el hombre en sí. ¡Querer!... He ahí el secreto; millares de personas no hicieron nada nunca, porque jamás su voluntad se decidió a la acción. Él, un día, «quiso», y aquel impulso interior, que solo tardó segundos en producirse, había bastado a sacarle de España. Lo que antes imaginara dificilísimo, ahora se le antojaba insignificante; y es porque la vida remeda a esas montañas que vistas desde lejos parecen inaccesibles, y luego, de cerca, ofrecen innúmeros vericuetos y quebrajas por donde encaramarse hasta su cumbre. Y París, en una historia tan llana como la de don Higinio, era una cumbre.
IV
Aquella tarde la dedicó Perea a visitar los grandiosos mercados centrales. A las cinco, bajo su impermeable y su paraguas de algodón, emprendió el regreso hacia el café del bulevar donde acostumbraba a beber su aperitivo. Llovía copiosamente y la neblina, esa encantadora neblina de París que tanto embellece a las mujeres, emborronaba los edificios y suspendía halos de similor ante los escaparates iluminados de los comercios. Don Higinio seguía la calle Montmartre; iba cansado, salpicado de barro, empujado a cada momento por la muchedumbre.
En la esquina de la calle Croissant alcanzó a una joven «de la casa llana»; rubia, los ojos azules, la nariz respingona, la boca cínica y alegre como una pirueta de café-concierto, el seno redondo, las caderas apretadas y movedizas. Al sentir sobre la blancura de su nuca el cálido aliento de don Higinio, la muchacha volvió la cabeza: una cabecita pequeña, insolente, bajo la sombra de su canotier rojo.
—¡Me había usted asustado! —dijo.
Perea sonrió sosamente y no halló en su exiguo vocabulario francés palabra oportuna que replicar. Ella continuó:
—¿Extranjero? ¿Es usted extranjero?
—Sí.
—¿Español?
—Sí.
—Me gustan los españoles. Yo tuve un amigo de Bayona, del Mediodía... ¿Me paga usted un bock?...
Se agarró a su brazo, volviéndose hacia él para hablar, de modo que la pomposidad juvenil de su seno rozase la mano que don Higinio llevaba recogida a la altura del pecho sosteniendo el paraguas. Ella había cerrado el suyo. Vestía de negro. Era una legítima hija del bulevar: lagotera, parlanchina, deseable, impúdica y cerril.
Prosiguió:
—¿Le gusto a usted?... ¿Sí? Lo más feo de mi persona es la cara: soy chatilla; mis ojos son graciosos, pero pequeños... El cuerpo, en cambio, es bueno; me lo han dicho muchos artistas. ¿Quiere usted verlo?... Espere usted un momento. Voy a enseñarle una fotografía que me hicieron desnuda.
Se iba con frivolidad de pájaro. Don Higinio la retuvo.
—¿Dónde vas?
—A buscar mi retrato. Yo vivo aquí mismo, en la calle Croissant. Vuelvo en seguida...
Y escapó. Perea quedose en medio de la acera, no sabiendo si aguardar a la moza o seguir su camino; mareado, los pies húmedos, mientras en su paraguas tropezaban los de todos los transeúntes. Decidió refugiarse en un portal. ¡Demonio de chiquilla!... Ella reapareció pronto: llegaba riendo, brincando, con una alegría que evocaba recuerdos de colegio.
—¡Vea usted!...
Don Higinio miró, mientras sus ásperos bigotes disimulaban una mueca faunesca de los labios. En aquel retrato la joven aparecía de perfil, las piernas juntas y los brazos en alto. Estaba bien: ni delgada ni gruesa; el seno en su sitio. ¡Muy bien!... El inflamable manchego sonreía gozoso; aquella imagen desvergonzada había sido una especie de toque de rebato para sus castigados deseos. Algo abrasador, quemante como un vaho de horno, le rozó la espalda. Los ojos duchos de la aventurera leyeron de corrido en la abochornada frente y las extraviadas pupilas de su interlocutor. Comprendió que debía ganar tiempo: no siempre los prólogos son oportunos...
—Entonces —dijo— no bebamos cerveza. ¿Quiere usted?... Yo conozco aquí, en la calle Paul-Lelong, un hotel donde estaremos tranquilos.
Don Higinio, alucinado, sintiendo agolparse a su cuello toda su sangre, preguntó maquinalmente:
—¿Es casa de confianza?
—¡Oh, ya lo creo! No tenga usted miedo. Yo voy mucho allí.
Caminó tras ella diligente, sin cansancio, sin frío, con un ahinco para el que todos los caminos eran cuesta abajo. Doblaron la esquina de la calle Paul-Lelong. Sobre una puerta leyó don Higinio: «Hotel Amueblado».
—Aquí es —dijo ella.
Y entraron. En la portería un señor grueso, de cara afeitada y monacal, les dio una llave.
—Buenas tardes, señorita Leopoldina. Habitación número quince; ya sabe usted, en el piso segundo...
Subieron presurosos una escalera de caracol, cubierta por una alfombra verde muy raída y manchada de gotas de cera. Traspusieron un pasillo oscuro, impregnado de ese aire tibio, oliente a perfume y a carne, de las alcobas; abrieron la puerta de un cuarto tapizado de rojo, donde había un lecho dorado, un lavabo, un armario de luna...
La señorita Leopoldina arremetió a Perea, cubriéndole los redondos carrillos de bulliciosos besos.
—Te voy a querer mucho —repetía—, mucho: eres muy guapo. Mira, yo soy así: una loca... Mis amigas lo dicen: una loca; en seguida me enamoro. Cuando regreses a España tendrás que llevarme.
Y en seguida.
—¿Llevas navaja?...
El galán sonrió; hizo un signo afirmativo. No llevaba navaja, precisamente, pero sí un cuchillo; el famoso cuchillo de mango negro y hoja triangular con que una noche asombró al intérprete del hotel de los Alpes. Desde que estaba en París, siempre, para salir a la calle, se lo ponía atrás, entre el pantalón y la faja, según la usanza marinera, y más por afición a lo heroico y decorativo que porque hubiese reflexionado nunca seriamente en la posibilidad de agredir a nadie. Leopoldina volvió a abrazarle; viendo el arma cortante, bruñida, sus ojos chispearon con regocijo ancestral; su alma vagabunda, acostumbrada a los lances violentos, se estremecía...
—Me gustan los hombres valientes —exclamó—. ¡Tú serás mi hombre!...
La señorita Leopoldina supo proporcionar a su amigo dos horas deliciosas: era infatigable, sabia, oportuna... Perea estaba abrochándose el chaleco, cuando recordó que no llevaba dinero en plata ni en oro. Solo tenía un billete de cien francos.
—Yo lo cambiaré —dijo ella—. ¿Cuánto he de devolverte?
Don Higinio, que empezaba a sentirse enamoriscado de la francesa, fue generoso.
—Dame la mitad.
Cambiaron un beso, el último, sobre los labios, y empezaron a bajar la escalera, cuyos peldaños en espiral daban la sensación de un remolino. La señorita Leopoldina, muy pizpireta, muy saltarina, bajo su sombrerito rojo, iba delante. Silbaba una canción. De pronto, al salir a la calle, echó a correr velozmente con un rapidísimo arranque de corza. Don Higinio la vio alejarse, esfumarse casi entre la niebla a través de la indescriptible baraúnda de peatones y de coches, y lanzose tras ella. Había comprendido que intentaban robarle. Al llegar a la calle Montmartre, la señorita Leopoldina se sintió trabada por un brazo. A su lado Perea, los ojos furiosos y los rudos bigotes mojados por la lluvia, estaba imponente.
—Suelta mi dinero, ladrona.
—¿Qué dinero?
—Mi billete de cien francos. Devuélvemelo o te rompo un hueso.
Ella empezó a gritar, en tanto miraba a los transeúntes, implorando su simpatía y ayuda.
—¡Suélteme usted!... ¡Yo no le conozco!... ¿Qué dinero es ese?... Usted no me ha dado dinero ninguno.
Hizo un esfuerzo violentísimo, arqueando las caderas y echando el cuerpo hacia adelante, al mismo tiempo que intentaba morder la mano con que el valeroso manchego la atenaceaba. Al fin pudo escapar, esquivándose detrás de un ómnibus. Pero don Higinio volvió a alcanzarla, y esta vez la señorita Leopoldina comenzó a gritar como si la despellejasen.
—¡Socorro, que me matan!...
—Mi dinero —rugía el manchego sin soltar a la chiquilla—; mi dinero o te estrangulo.
Forcejeaban en medio de la calle, sobre el barro, bajo la lluvia, expuestos a ser atropellados por los coches; resbalaba ella, resbalaba él; a don Higinio se le cayó el paraguas. Leopoldina vociferaba improperadora:
—¡Socorro! ¡Es un «apache»!... ¡Que me matan!...
La muchacha se defendía bien; pero apenas conseguía librarse de los dedos de su acosador cuando de nuevo caía en su poder. Así luchando y sin atraer mucho la atención del público, en quien el aguacero parecía sosegar la curiosidad, fueron acercándose a un despacho de bebidas situado en la esquina de la calle Réaumur. Todo el empeño de Leopoldina parecía cifrarse en llegar allí.
—¡Socorro! ¡Es un «apache» —repetía—, un «apache»!... ¡Que me matan!... ¡¡Socorro!!...
De súbito la tragicomedia callejera mudó de aspecto y amenazó convertirse en drama. Un mocetón como de treinta años, afeitado y robusto, con traje de pana color tabaco, los pantalones anchos de muslos y muy ceñidos sobre la bota, una boina azul derribada hacia atrás y alrededor del cuello un pañuelo rojo, salió de la taberna y trabando a don Higinio por los cabezones le zarandeó y obligó a soltar su presa.
—¡Eh, buen hombre!... —interpeló—. ¿Qué es eso?... ¿Qué le sucede?
Su acento zumbón, insolente, anunciaba un golpe.
—Me ha robado —repuso Perea algo sorprendido.
—Pues fastidiarse..., o si le parece... lo que había usted de decirle a ella me lo dice a mí. ¿No le es igual?...
Hablando así, sin soltar las solapas de don Higinio, llevose la mano hacia atrás, como buscando un arma. Era musculoso, tenía el mirar acerado y sobre su frente pálida caía, como un penacho belicoso, un mechón de cabellos rizados. La señorita Leopoldina, entretanto, se había refugiado en la taberna. Don Higinio vaciló: en Serranillas, seguramente hubiese andado a bofetadas con aquel pícaro; pero allí, a pesar de su cuchillo, tuvo miedo; miedo a la muerte, al misterio que envolvía todo aquel oscuro mundo de prostitutas y de ladrones; se acordó de los crímenes que había visto en los cinematógrafos, de los «apaches» que saben dar «el golpe del padre Francisco», y, como por ensalmo, sus fuegos de baratería y majeza se apagaron. Comprendiéndolo su contrincante, le volvió la espalda, y Perea, mal repuesto aún del susto, permaneció alelado, mirando hacia la taberna donde Leopoldina, de pie ante un grupo de mujeres y hombres, pirueteaba y reía agitando sobre su cabeza, como una bandera, el billete robado.
Amohinado y furioso, pálido a la vez de coraje y de miedo, don Higinio continuó su camino bajo la lluvia, sin siquiera acordarse de abrir su paraguas. A pesar de su diligencia llegó al hotel muy tarde; en el comedor no había nadie. El camarero, al servirle la sopa, le dijo:
—Hoy es usted el último.
Había en aquella declaración una especie de reproche, de lamento, hacia las desgobernadas costumbres del huésped; y Perea comenzó a engullir velozmente, cual si quisiera desquitarse del tiempo perdido. Acodado a la mesa glotonamente, pequeño, redondo, cabezón, rojo y mofletudo, tras la blancura de su servilleta, parecía el anuncio de un aperitivo. Según comía, su malhumor iba encalmándose. ¿De qué se avergonzaba? Si algo parecido le ocurre en Serranillas se deja partir en pedazos antes que echar atrás un solo pie. Pero, ¡en París!... ¡Bah!... ¿Quién le conocía en París?... La gente que le vio retirarse, pensaría: «Hace bien; es un hombre prudente, enemigo de escándalos; un caballero que tendrá su alma en su almario, como cada cual, pero que no ha querido jugarse la vida por una pampirolada...». Además, dado su aspecto, comprenderían que estaba casado, que tendría hijos, y el hombre casado debe cuidarse porque pertenece a su familia. ¡Ah, si no fuera por sus hijos, llevando como llevaba su buen cuchillo a la cintura!...
Atacó rudamente el bistec con patatas que acababan de traerle, trasegó parsimoniosamente un bien colmado vaso de vino, y el curso de sus ideas abonanzó. Total... ¿qué? ¡Nada!... Unas palabras, celos... Si es cierto que el «apache» le había trabado por los cabezones, él también le agarró una muñeca. ¡Oh, y con qué fuerza! Ahora lo recordaba bien; y él tenía la mano dura... ¡ya lo creo!... debió de hacerle daño... ¡En fin, cosas de hombres!... Lo cierto era que había pasado una tarde muy agradable...
La llegada del intérprete concluyó de serenarle. Francisco le traía una noticia impresionante.
—¿No le han dicho a usted la tragedia de esta tarde?...
Don Higinio hizo el gesto vago del individuo que acaba de llegar y no sabe nada. Francisco prosiguió:
—Ha sido algo horrible. ¿Se acuerda usted de Luisa, la camarera del segundo?
— ¿Una rubita, vestida de negro?
—Sí. Esta tarde se cayó al patio. ¡Pobrecita! La levantamos muerta.
Francisco observaba a Perea; al hablar había empleado esa lentitud sádica, llena de pausas, de reticencias crueles, con que los hombres saben dar las malas noticias que no les importan. Don Higinio hizo un ademán de sorpresa y derramó en la fuente de la ensalada una copa de vino. Pidió detalles. Acordándose de la pobre Luisa pensaba también en el «apache» de la calle Réaumur. ¡Si a él le hubiesen abierto el vientre de una cuchillada! Indudablemente hay días terribles.
Despacio, un poco emocionado tras el ajenjo que había pedido, Francisco refirió circunstanciadamente la tragedia.
Para los padres viejos que ahora lloraban su muerte se llamaba Luisa Soucy; para él y la servidumbre del hotel de los Alpes era la jeune femme de chambre du second. Luisa, bonita, traviesa y alegre como una doncellita de Marivaux, gozaba entre la gente de escalera abajo de cierta popularidad: había llegado a tener «cosas». Cuando iba por la calle, el carbonero de al lado, y el tabernero y el muchacho empleado en la mercería de la esquina, deslizaban en sus oídos frases galantes y ardorosas. El dueño de la épicerie próxima, si la veía aparecer con su delantalito muy pulcro y ceñido y su cestita colgada del redondo antebrazo, olvidaba sus propios intereses y la servía generosamente. Los domingos todas las muchachas de la vecindad querían salir con ella, porque Luisa era la más diabólica, la más feliz, la más ocurrente de todas, y a su lado no había dolor.
Según Francisco, esta pequeña celebridad la mató.
Luisa Soucy tenía temperamento de gimnasta: era atrevida, ágil, diablesca; lo que veía hacer a los titiriteros en las ferias de Saint-Cloud y Neuilly, ella lo repetía después puntualmente en el cuarto de la costura ante las ventanas abiertas, para que los vecinos la admirasen: brincaba sobre la mesa, se ponía cabeza abajo, orgullosa de sus piernas y de sus pantalones encintados, se columpiaba afianzada al montante de las puertas; hacía juegos malabares con los platos y si alguno de ellos saltaba en añicos contra el suelo, el público simple y bullicioso de Luisa Soucy reía a carcajadas. ¡Demonio de chiquilla y qué bien imitaba a los hércules de plazuela! ¡Cómo repetía sus farsas, sus gritos! Aquella criatura, realmente, tenía mucha gracia y acaso, de haberse dedicado a la farándula, hubiera sido una buena actriz. «No hay quien pueda con ella» —decían unos—. «No tiene miedo a nada» —agregaban otros—. Ella, la inocente princesita del patio, que conocía la admiración y hasta las mezquinas envidias de que era objeto, se hinchaba de orgullo como una heroína. Y así, jugando, mecida por el aplauso, llegó a la muerte.
Asomada a un balcón del piso segundo, Luisa Soucy bromeaba con una vecina. Había cesado de llover y aquella tregua pobló de mujeres las ventanas; un frívolo murmullo de cuchicheos femeninos alegraba los ámbitos húmedos y profundos del patio. Luisa, que estaba barriendo, dejó la escoba y quiso maravillar a su público con un ejercicio extraordinario.
—¿A que voy —exclamó dirigiéndose a su vecina— desde mi balcón al tuyo?...
Y la otra:
—¿A que no?...
En el fondo de esta negativa latía, inconsciente, una crueldad. Las camareras, los cocineros, los marmitones, algunos huéspedes también, noticiosos de la apuesta, miraban ansiosos y los comentarios revolaban febriles, animadores, de ventana en ventana.
—Es capaz de hacer lo que dice...
—Sí; pero no se cae, no hay cuidado: es un diablo...
Las más tímidas gritaban:
—¡Luisa, Luisa!... No seas loca... No puedes pasar; la distancia es muy grande...
En aquel momento, ella, quizás, tuvo miedo. ¿Por qué no, si era mujer y era muy joven, y muy honda la altura sobre que iba a exponerse?... Pero acaso comprendió que ya no debía retroceder: había ofrecido a «su público» aquella diversión y al público no se le puede engañar porque se le pierde; sus entrañas experimentaron ese calofrío que solo conocen los militares y los artistas ante la expectación, a la vez admirativa y despiadada, de las muchedumbres. Automáticamente, sin alegría, obedeciendo al orgulloso prurito de quedar bien, de no desmejorar la celebridad adquirida, Luisa Soucy intentó deslizarse sobre la barandilla, mojada por la lluvia, del balcón. Bruscamente sus muñecas débiles flaquearon y dando una voltereta fue a estrellarse contra las losas del patio.
El intérprete terminó con esa prosopopeya que inspira a los hombres el haber sido testigos de algo grave.
—Yo estaba allí, yo la vi caer...
Don Higinio se había quedado serio; el alma de Luisa Soucy le preocupaba; se parecía a la suya. ¡Ah, el deseo tantas veces funesto de quedar bien!... Esa vanidad que mató a la pobre muchacha es uno de los sentimientos más tenaces del humano espíritu: por vanidad, más que por abstracto y desinteresado amor a la belleza, triunfan muchos artistas; por vanidad se arruinan muchos mercaderes y se suicidan muchos amantes; la vanidad lleva al heroísmo. Ese aroma de las multitudes llamado «prestigio» puede, de consiguiente, ser lo mejor y también lo más malo; y si la popularidad es humo y por ella los hombres afrontan la muerte, ¿es que la celebridad vale tanto como una vida, o acaso la vida vale tan poco que puede darse por la celebridad?...
Don Higinio suspiró: ¡pobre Luisa!... ¡Y pensar que si él estaba allí sano y salvo era porque cuando su cuestión con el «apache» no tuvo público!...
Al día siguiente despertó enfermo: su frente y sus manos abrasaban; tenía la lengua sucia. Era una perturbación digestiva que achacó a su disgusto de la víspera y a la fuerte impresión que de sobremesa y a guisa de postre le dio el intérprete. Por segunda vez, desde que estaba en París, don Higinio sintió miedo. ¡Estar enfermo y tan lejos de Serranillas!... Con esta aprensión tomó una purga, y acostado y tosiqueando, quejándose unas veces de neuralgia y otras de dolores en el vientre, pasó varios días. La comida se la subían a su habitación; no se afeitaba ni ponía el menor aliño en el cuidado de su persona; las horas que estaba levantado las pasaba en un sillón, junto a la ventana, leyendo periódicos y viendo caer la nieve. En medio de tanto fastidio Perea, sin embargo, no se aburría. «Estoy en París», pensaba. Lo que equivalía a decir: «Nadie me ve, nadie fiscaliza mis acciones, nadie sabe de mí. De este breve período de mi vida, si el caso llega, podré decir lo que me parezca. En estos momentos la leyenda, cual una égida santa, me cubre de poesía...».
Una tarde Francisco fue a visitarle; el piamontés le echaba de menos; había preguntado por él y le dijeron que estaba indispuesto. Nada grave, por lo visto: le pulsó, le examinó la lengua y los ojos... ¡Bah, una insignificancia!...
—Esos males —agregó truhanesco— antes los curan las mujeres bonitas que los médicos.
El paciente hizo un gesto ambiguo; en poco tiempo había corrido mucho y estaba fatigado. Refirió su aventura con la señorita Leopoldina, aunque adobándola de modo que el desenlace fuese perfectamente airoso para él. La muchacha, desde el primer momento, le había demostrado gran simpatía. Él la cortejó, la arrulló fervorosamente y consiguió arrastrarla a un «hotel amueblado» de la calle Paul-Lelong. Al salir de allí, un antiguo novio de Leopoldina les detuvo; era un tipo terrible. Ella, asustada, echó a correr y desapareció entre el gentío. El desconocido tenía ganas de reñir, los celos le oscurecían el entendimiento y hasta hizo ademán de asir a don Higinio por las solapas.
—Yo, entonces —continuó Perea—, le agarré por el cuello..., yo soy fuerte..., le agarré bien..., en fin..., unos transeúntes nos separaron y todo quedó así.
Había hablado brevemente, con esa sobriedad de los hombres prudentes y bravos, refractarios a comentar sus valentías. Lo único que deploraba era no haber revisto a Leopoldina. El intérprete le interrumpió:
—No le pese a usted; esa mujer, indudablemente, es una aventurera. ¡Yo conozco París!...
A don Higinio empezaba a cansarle la muletilla del intérprete; no pudo reprimir su enojo.
—«Usted conoce París...» —exclamó—. Caramba, también yo lo conozco. ¿Qué hay con eso?... ¿Cree usted que soy un chiquillo?... Yo no me chupo el dedo, señor Francisco.
El piamontés repuso:
—No importa; yo me entiendo, señor Perea. Aquí hay gente muy mala. ¿Qué necesidad tiene usted, un señor serio, de exponerse a recibir un golpe?... París es muy peligroso, muy traicionero; un día, cualquiera de esas lumias, de acuerdo con cuatro o cinco «apaches», le dan a usted un susto.
Perea titubeaba la cabeza, ni jaquetón ni pusilánime; pero con la tranquilidad de quien todo lo lleva meditado y previsto.
—A usted —agregó Francisco— le convenía una mujercita que viniese a verle dos o tres veces por semana; pero aquí mismo, en su cuarto, sin escándalo...
Don Higinio abrió mucho los ojos. Parecía un gallo.
—Pero, ¿puede ser eso?
—¿Por qué no?... Yo, precisamente, conozco una señorita que le gustaría a usted: no viste mal, es juiciosa...
—¿Y la dejarían subir?
—De eso yo me encargo. Además, en este hotel, como en la mayor parte de los hoteles de París, todo está permitido.
Don Higinio concluía de cenar cuando llamaron suavemente a la puerta de su habitación. Era una joven delgada, no muy alta, deliciosamente pálida entre la frondosidad negra de los cabellos, y en los bruñidos ojos una expresión sabia y humilde, llena de promesas. Sus manos desaparecían en un manguito.
—Yo soy la señorita Enriqueta...
Perea comprendió. El intérprete había sido eficaz. Mortificado por la vergüenza de su barba mal afeitada, don Higinio saludó a la joven muy amablemente y la invitó a sentarse. Ella aceptó, recogida y modosa. Tenía la voz impertinente. Vestía de gris y adornaba su cabeza una gorrita del mismo color con un sprit rojo. Ceñía su cuello una piel blanca. Llevaba guantes, chanclos de goma, paraguas, una carterita de mano; don Higinio se acordó del holandés: ¡cuánta previsión! También la señorita Enriqueta «tenía de todo...». Ella inició la conversación.
—El señor Francisco, el intérprete, me habló de usted esta tarde. Dice: «Es un caballero español muy distinguido; un buen amigo». Eso es lo que a nosotras las mujeres nos conviene: personas distinguidas, serias, que no nos hagan perder el tiempo. Yo también soy muy seria. Otras jóvenes, así de mi edad, se enamoran de algún estudiante o de algún chauffeur o de cualquier comicucho, y andan por ahí desprestigiadas, sin dinero y expuestas a todo lo malo. Yo no soy de esas: yo soy formal; el señor Francisco me conoce hace tiempo. La mujer, para gustar, necesita ir bien calzada, bien vestida y eso cuesta dinero.
Había en el pequeño discurso de aquella señorita, que probablemente tenía ahorros en el Monte de Piedad, un exceso de seriedad, una sobra de equilibrio y buen juicio que afligieron a don Higinio. ¡Lástima que la señorita Enriqueta no fuese un poquito más loca!... No obstante, el noble manchego correspondía a las palabras de su interlocutora con graves cabezadas de asentimiento y elogio. ¡Muy bien, sí, señorita; todo aquello estaba muy en su punto; las muchachas galantes deben ser así!... Ella prosiguió con una destreza genuinamente mercantil:
—Tampoco soy de esas que dan escándalos: yo no bebo nunca, ni fumo, ni tengo malas amistades, ni pido lo que no debo pedir, como otras. Yo no abuso. Sobre todo la corrección. Si a usted le conviene ser amigo mío, yo vendré a visitarle cuando me llame: usted me lo dice ahora, o me escribe, o me envía recado por conducto del señor Francisco. Además, si quiere usted conocer bien París yo puedo acompañarle. Hay restaurants donde se come barato y muy bien, y con los ómnibus recorreríamos por poco dinero grandes distancias. Conmigo va usted seguro. Visitaremos los museos. Yo tengo alguna cultura artística y así, charlando, lo ve usted todo y practica el francés.
Le dio su tarjeta: «Señorita Enriqueta Nussac, calle Rougemont, número diez. (Junto a los grandes bulevares)».
Don Higinio se inclinó cortés y puso la tarjeta en el espejo del armario. No sabía qué decir, ni precisaba que añadiese palabra a lo expuesto por la joven del traje gris y del sprit encarnado. Era la situación, un tanto desairada, en que caen los hombres cuando las mujeres toman la iniciativa. De nuevo el recuerdo del holandés cruzó por su memoria. Verdaderamente, la señorita Enriqueta, guía, profesora de francés, expendedora de caricias a domicilio, todo dentro de la más estricta discreción y formalidad, era una especie de enciclopedia de «despacho permanente», donde hasta las más heteróclitas necesidades del forastero estaban previstas. Y don Higinio, enamorado perpetuo de la emoción, de lo irregular, sintió esa melancolía indefinible que hay en todos los negocios que llegaron a nosotros completamente hechos. ¡Qué diablos! Él, tan inclinado a complicar las cosas para embellecerlas, después de lo dicho por su amiga no le restaba otro quehacer que meterse en la cama y apagar la luz.
Al otro día, cuando don Higinio abrió los ojos, vio a la señorita Enriqueta, ya empolvada y vestida, leyendo Le Journal delante del balcón. ¿También madrugadora?... Perea se quedó estupefacto.
—¿Qué hora es?
—Las nueve. Yo me levanto siempre muy temprano. ¿Le sorprende a usted, verdad?
Se acercó a su amigo mostrándole el periódico; acababan de traerlo. Perea la invitó a desayunar; pero ella rehusó el convite; quería ir pronto a su casa a dar de comer a su gozquecillo y a sus pájaros. Cuando pasaba una noche fuera de su hogar estaba intranquila; siempre temía encontrarlos muertos. Don Higinio la dio un luis, y ambos prometieron volver a reunirse por la tarde, a las dos, en el pasaje Saulnier. Se besaron.
—Adiós, querida Enriqueta.
—Hasta luego, mi amor...
En seguida don Higinio se levantó y aseó pulcramente. Estaba contento; mientras se afeitaba no cesó de cantar; todos sus alifafes habían desaparecido. Después bajó al comedor y almorzó con un apetito de estudiante. Bebió una buena taza de café puro, pidió una copa de coñac, encendió un cigarro habano, se cercioró de que el cuchillo ocupaba su sitio, entre la faja y el pantalón, y salió a la calle. En la puerta del hotel encontró a Francisco.
—¿Qué tal mi amiguita?
—¡Deliciosa!...
El piamontés sonreía alegre.
—¿Volverá usted a verla?
—¿Cómo, si volveré?... ¡Esta misma noche! ¿Qué creía usted? En España somos así...
Y caminó sobre la acera, muy erguido, muy orondo, lanzando al aire una gran bocanada de humo...
La amistad grave y comedida de la señorita Enriqueta aportó al vivir habitual de Perea un nuevo elemento de orden. A pesar de sus comezones aventureras, don Higinio era un reglamentado, uno de esos caracteres sustancialmente metódicos, apegados a sus costumbres y a su casa, que hablan bien del matrimonio, usan paraguas y, cuando viajan, nunca dejan de comprar una guía de ferrocarriles. De aquí la rapidez con que la joven del traje gris se inhibió en su voluntad y acopló a sus mañas. Enriqueta iba a verle al hotel de los Alpes los martes y viernes, después de cenar; pasaban la noche juntos y el día siguiente lo dedicaban a pasear o a recorrer almacenes. Ella le favorecía con sus consejos, le señalaba lo mejor, y don Higinio experimentaba un travieso contentamiento obligándola a ponerse los diferentes regalos que había de llevar a sus amigas de Serranillas: el corsé de doña Lucía, el sombrero para doña Benita, el reloj de Teresa. Hasta el riquísimo abrigo de pieles que compró a doña Emilia en una peletería de la calle Royal por mil ochocientos francos, estuvo toda una tarde, durante una excursión a los museos del Louvre, sobre los hombros fragantes y redondos de la muchacha. Gracias a ella, también, conoció Perea los rincones favoritos del París noctámbulo, ojeó los alrededores de la ciudad, hermosos siempre, a pesar del frío, aprendió a utilizar los ómnibus y amplió notoriamente sus conocimientos del idioma francés. Considerando estos beneficios, los dos luises que semanalmente deslizaba entre las manos, alternativamente interesadillas y cariñosas de Enriqueta Nussac, constituían una recompensa irrisoria.
Sin embargo, el afectuoso corazón del hidalgo manchego no propendía a enamorarse de la señorita Enriqueta, bonita, elegante, bien educada, pero metódica, redicha y seria..., ¡horriblemente seria!..., fuera y dentro de aquella alcobita del hotel de los Alpes, como si el amor constituyese para ella una especie de oficina. Don Higinio se acordaba con cierta melancolía de Leopoldina; era una sinvergüenza, una verdadera lumia de plazuela, soez y ladrona; ¡pero, tan alegre, tan conversadora, tan aturdida!... ¡Buena diferencia de ella a Enriqueta, dulce, circunspecta, con algo de institutriz en la conversación y en el ademán!... ¡Oh! ¿Por qué lo alborotado, lo imprevisto, será también, casi siempre, lo más agradable?...
Esto no impedía al galán, pródigo como un poeta en novelescas invenciones, atribuir a su amiguita ciertas cualidades, muy recomendables, de emotividad y desinterés. Ella habíale dado a comprender, con veladas palabras, que dependía de cierto pobre señor, viejo y rico. Por esta razón tenía comercio con muy pocos hombres. Fue preciso que Francisco, el intérprete, le hablase de don Higinio, celebrándole su buena disposición de ánimo, generosidad y altas dotes de caballero.
—Yo te conocía de vista —había dicho la señorita Enriqueta— y me gustabas. Al revés de mis amigas, los jovenzuelos me aburren: son indiscretos, sobones, pegajosos... Prefiero un hombre, un verdadero hombre, como tú...
Con esto que ella declaraba, más otro tanto que inadvertidamente y de la mejor buena fe añadía la manirrota imaginación de don Higinio, llegó este a componerse una especie de enredo sentimental que, si no le consolaba completamente, siempre extendía cierto artificio poético sobre la moza y el camino de simpatía que la llevó a él. ¿Y por qué no sería amado?... Evidentemente, no era hermoso; pero el amor se parece al talento; a veces depende exclusivamente del espíritu: se puede obtener mucha admiración y mucho cariño y ser muy feo. Así consolado, en el comedor don Higinio miraba al holandés derechamente y sin envidia: estaban iguales; a él también le querían, con la ventaja de que sus ojos podían vanagloriarse de haber visto a la italiana, siquiera fuese a hurtadillas, aquella parte de su cuerpo más crecida y golosa.
Pronto tres meses serían transcurridos desde que Perea llegó a París, y las cartas de doña Emilia eran, de día en día, más apremiantes. La excelente señora no dudaba de que su marido tuviese relaciones con alguna francesa maestra en el arte de sorber el juicio a los hombres, y hablaba de arreglar su equipaje y plantarse en el hotel de los Alpes: ya no quería abrigo de pieles, ni sombreros, ni ninguno de aquellos regalos que el traidor la describía marrullero con intención evidente de fortalecer su paciencia con su codicia; lo que ella necesitaba era a «su Higinio», arruinado, tullido o ciego, o como las grandísimas tunantas de París le hubiesen dejado. No era posible resistir el imperio de aquel llamamiento furioso, y Perea lo reconocía así. Pero, ¿cuándo volver?... Serranillas era la verdad, la realidad odiosa, ¿y quién que conoció una vez el hechizo de una mentira podría tornar sin dolor a la aridez de la verdad?... Don Higinio no necesitaba mujeres, ni orgías, ni boatos desusados: con vivir en París tenía bastante. Hasta lo peor, la tristeza del invierno, la lluvia, la nieve, el frío, el barro que emporcaba las calles, el rumor oceánico de tantos millares de vehículos rodando entre la niebla, todo le producía una especie de mareo, de sopor de conciencia, que alimentaba su ufanía. Él regresaría a Serranillas, porque allí estaban su mujer, sus hijos y su hacienda; pero que le dejaran tranquilo algunos meses más, que no le hostigasen de aquel modo. ¿Es que el egoísmo de los suyos tenía envidia de su libertad?
Sus relaciones con Enriqueta también le sujetaban allí. Don Higinio, tonto a pesar de su traza y de sus años como un buen mozo, se creía amado; ella se lo había dicho varias veces, y una señorita tan seria no podía mentir ni enamorarse ligeramente. Se trataba de una pasión, de una verdadera pasión..., y afectos de tan subida calidad no deben pagarse con ingratitud. La señorita Enriqueta era dulce, mimosa, lloraría por él si le perdiese, clavaría en el encanto de sus cabellos sus uñas rosadas, enflaquecería..., y don Higinio tenía el corazón demasiado blando para consentir que nadie se arruinase por él. No, eso nunca. Todo menos dejar tras sí una estela de lágrimas. Pero, ¿cómo las pobres mujeres pueden interesarse así por hombres que apenas conocen? Él era un aventurero, un español, hijo del país de las leyendas sanguinarias, un corsario de carnes blancas... ¿Cómo Enriqueta, ofuscada, no pensó en esto antes de rendirle su voluntad?... Debía, por tanto, llegar a la ruptura suavemente para ahorrarse futuros dolores de conciencia. Con estos humanitarios escrúpulos pasó varios días, hasta que un incidente grotesco acudió a sacarle de aquel atolladero sentimental.
Una tarde se hallaba don Higinio tomando su aperitivo en la terrasse de un café contiguo al hotel de los Alpes, cuando pasaron Francisco y un huésped, a quien Perea había saludado algunas veces. Don Higinio, con una sonrisa y un gesto galante, les invitó a sentarse y ellos aceptaron. El intérprete pidió un ajenjo.
—Creo que es el duodécimo que bebo hoy —dijo.
El huésped pidió ginebra. Se llamaba Clark. Era un joven suizo, rubio, alto, elegante, que debía de tener muchos éxitos entre las mujeres. Don Higinio, para mostrarse amable, se lo manifestó así. Clark sonrió evasivamente.
—Usted —dijo— tampoco se aburre. Ayer le vi con la señorita Enriqueta.
Perea se ruborizó.
—¿Sí?... Es posible ... ¿La conoce usted?
—Mucho. Es la amiga de Francisco.
Don Higinio miró al intérprete, cuyos ojos, con el deleite de beber, se inmovilizaban y adquirían una expresión imbécil y húmeda. Clark prosiguió:
—Es una muchacha muy agradable, ¿verdad?..., y no es cara. Demasiado seria, tal vez... Yo la he llevado a mi cuarto varias noches.
Don Higinio quedose aturdido, cual si acabase de recibir un porrazo en la cabeza, y se llevó a los labios la copa de su aperitivo sin advertir que estaba vacía. No obstante, trató de disimular su desconcierto. Habló de un modo indiferente...
—Ella me ha referido una historia; dice que tiene relaciones con un caballero rico.
Clark lanzó una carcajada juvenil, y Francisco, que había oído las palabras de Perea, sonrió sin dejar de beber: los lacios bigotes, mojados en ajenjo; la nariz, roja; la mirada, turbia y feliz...
—Esas son invenciones —exclamó el suizo—. La señorita Enriqueta es la amante de nuestro amigo Francisco, vive con él... ¿Verdad, viejo?
El intérprete hizo un signo afirmativo; luego se encogió de hombros, significando con aquel movimiento que se echaba la moral a la espalda. Clark prosiguió:
—La señorita Enriqueta, como no es fea y sabe presentarse, constituye una mina. Aquí, el señor Francisco la administra muy bien, y, gracias a ella, donde usted le ve, ya tiene sus economías en la Caja de Ahorros. ¿Verdad, viejo?... ¡Bravo! El señor Francisco no es celoso.
El intérprete insinuó otro ademán de desdén. Estaba borracho.
—Yo conozco París —dijo—; aquí es preciso tener dinero. Mañana llega uno a viejo, y, si es pobre... ¡zas!, al hospital, ¿verdad? A pudrirse, ¿verdad?, a morirse como un perro... ¡Ah, y eso, no!... Hay que tener dinero, sea como fuere...; pero dinero, luises..., lo demás..., ¡bah!... Que no me vengan con cuentos, ¿eh?...; que no me vengan con cuentos... ¡Yo conozco París!...
Clark, que no sospechaba por qué el apasionado don Higinio se había quedado tan serio, le guiñaba los ojos picaresco y procuraba interesarle en la conversación. El suizo, por burla, quería que Francisco hablase.
—¿Hace mucho tiempo que la conoce usted?
—Tres años o cuatro..., ¡es igual!...
—Pero, veamos, señor Francisco; es incomprensible que una muchacha como la señorita Enriqueta esté enamorada de un hombre como usted. ¡Si fuese del señor Perea o de mí!... ¡Pero de usted!... ¡Un hombre casi viejo!...
El intérprete movió la cabeza.
—¡Bah! No sé si me quiere; lo de menos es que las mujeres nos quieran: lo importante es que no nos dejen. Y para tenerlas sujetas, nada como esto...
Enseñaba los puños.
—¿Eh?... ¡Yo conozco París!...
Mientras Clark y el intérprete charlaban, don Higinio se prometía no volver a pasar ni siquiera una noche con la señorita Enriqueta. ¡Miren la mosquita muerta, qué bien mentía y con qué monacal humildad bajaba los párpados al hablar «del señor rico» que la protegía!... Y a fin de cuentas resultaba que la hipocritilla se había desnudado en todos los dormitorios del hotel de los Alpes, y que el sucio dinero así ganado iba a redondear el bolsillo del borrachón y repugnante señor Francisco. ¡Qué asco! Perea sentíase removido por belicosos ardores; de bonísima gana le hubiese sacudido al intérprete un par de bofetadas; su cinismo lo merecía. Le miró atentamente, analizándole implacable. Era feo, hediondo, con aquellos ojos vidriosos y azules de lagarto, aquellos bigotes lacios que, al hablar, parecían metérsele dentro de la boca, y aquella nariz carnosa y bermeja. ¡Y pensar que la señorita Enriqueta ponía sus labios sobre un adefesio así!...
Repentinamente don Higinio se quedó muy triste; dentro de su imaginación meridional, un andamiaje de ilusiones acababa de derrumbarse. Recordó sus andanzas desde que salió de España: la bofetada infamante que recibiera en el tren, la burla de madame Berta, el billete de cien francos que le robó Leopoldina, la aventurera de la calle Paul-Lelong; y, finalmente, su desabrido enredijo con la señorita Enriqueta, ¡una señorita al alcance de todos los huéspedes del hotel de los Alpes!... Verdaderamente, para correr lances de tan pobrísimo jaez era ridículo que siguiese viviendo en París. Sí, regresaría a Serranillas. ¿Qué remedio? Aquel era su centro, el desenlace inevitable de su oscura vida.
A la mañana siguiente, los mozos de un bazar inmediato subieron a la habitación de Perea tres baúles mundos, que, unidos al reluciente cofre forrado de hojalata, compusieron un equipaje formidable, digno de un prestidigitador. En ellos fue colocando don Higinio las pieles, las ropas, los relojes de pared, los juguetes, las figulinas y los libros que, sin darse cuenta, había comprado en el largo holgar de aquellos tres meses, y tantos eran los objetos, que apuradillo se vio para que, al cabo, todos quedasen bien colocados y envueltos. Por la tarde recibió la visita de la señorita Enriqueta. La joven se sorprendió; el dormitorio parecía un andén.
—¿Cómo, te marchas?...
—Sí.
—¿Pero de una vez?...
Con el asombro sus ojos en aquel momento parecieron más lindos. Perea suspiró. Creía que su amiguita había cambiado de color, que acaso tenía deseos de llorar, y él no era capaz de hacerle daño a nadie. Arqueó las cejas, levantó los hombros cuanto pudo y luego dejolos caer desanimadamente, cual si todo su cuerpo fuera a desplomarse: el gesto de un deportado a Siberia o de un forzado a cadena perpetua.
—Me vuelvo a España —dijo.
—¡A España! —repitió la francesita—, ¿y por mucho tiempo?
Don Higinio aún pudo arrancar a sus omoplatos una nueva elocuencia.
—Probablemente para siempre.
Estaba triste; pero una repentina inspiración del comediante que acababa de surgir en él le aconsejaba apesararse cuanto quisiera, pues en momentos tales era belleza la melancolía.
La francesita, ante un espejo, volvió a colocarse sobre la alborotada gracia de sus cabellos la gorrilla que se había quitado al entrar; su instinto práctico la decía que junto a un hombre preocupado con su equipaje y ante una cama cubierta de cachivaches frágiles y de sombreros de señora, nada tenía que hacer. Todo había concluido; como si entre ella y don Higinio acabaran de levantarse los Pirineos...
Para despedirse, la señorita Enriqueta recobró su seriedad; volvió a hablarle de usted.
—Bien; le deseo un buen viaje, y si vuelve usted a París espero se acuerde de mí. Ya sabe usted mi nombre y mis señas...
Don Higinio la interrumpió precipitadamente:
—Sí, sí; calle de Rougemont, número diez, muy cerca de los grandes bulevares...
Le horripilaba la idea de que la joven fuese a darle otra tarjeta. La escena era trivial, con una trivialidad rayana en lo ridículo, y, sin embargo, tenía intensidad emotiva, era punzante, removedora, como todas las despedidas, parodias de la muerte. Además, el desorden del dormitorio añadía al momento un interés decorativo muy apropiado: algo de hogar deshecho, de nido frío, de altar roto en pedazos...
La señorita Enriqueta había abierto su cartera de mano: de ella sacó un espejito, una polverita, un peine minúsculo. Parecía contrariada.
—Necesitaba cumplir varios encargos y no llevo dinero. ¿Me paga usted un coche?
Don Higinio, magnánimo, la entregó dos luises.
—Toma —dijo— para que adornes una pulsera.
Y se separaron. Demasiado se le alcanzaba al noble manchego que aquel dinero iría a parar derechamente a las puercas manos del intérprete. Pero a él, ¿qué le importaba? Si la señorita Enriqueta quería pagar las borracheras de ajenjo de su viejo amante... ¡ella allá!... Don Higinio ya no sentía celos; sobre la ligera herida que en su amor propio dejaron las palabras indiscretas de Clark, la reflexión había extendido a modo de bálsamo una ecuanimidad tolerante y caballeresca.
Después llamó a un criado y le dio un franco para que le comprase periódicos.
—Aunque los traiga usted repetidos no importa: los quiero para envolver pequeños objetos que aún no están embalados.
El camarero volvió con casi toda la prensa del día: Le Journal, Le Petit Journal, Le Matin, Le Figaro, Le Temps, L’Écho de Paris, Le Gaulois, Le Petit Parisien, Gil Blas... Perea los ojeó rápidamente. Muchos de ellos hablaban en su primera página de un crimen misterioso perpetrado la víspera en una isla del Sena, y publicaban el retrato del muerto. Perea recordó su disputa con el «apache» amante de Leopoldina, y en medio de la pena que le producía volver a España experimentó un bienestar de liberación, una alegría de reo indultado; realmente, vivir en París era una temeridad.
Aquella noche —la última que pasaría en París— don Higinio no salió a la calle: prefería a la frivolidad de lo actual las gravedades enlutadas del recuerdo. Se acordaba de Hernán Cortés y de «su noche triste». ¿No valía París el imperio de Motezuma?... Subió a su habitación y extenuado, así de pesadumbre verdadera como de aquella otra que su imaginación fantaseaba y se atribuía, sentose sobre un baúl. Miraba a su alrededor.
«Mañana, a estas horas —se decía—, estaré muy lejos...».
Intentó llorar, y como no pudiese se pasó un pañuelo por los ojos y se metió en la cama, donde no tardó en empezar a roncar sonoramente.
Al otro día, a media tarde, para tener tiempo de facturar, don Higinio arregló sus cuentas con el dueño del hotel, se despidió de Clark y del señor Francisco, repartió propinas entre los camareros y subió a un coche.
—¡A la estación de Orleáns!...
Llevaba consigo el portamantas, dos maletines y varias sombrereras. Tras él, en un camión, cubiertos por un hule, bajo la lluvia que caía a torrentes, iban sus cuatro baúles abarrotados de obsequios, y metidas en cajones especiales, la pianola del notario Arribas y una motocicleta.
En aquel viaje a través de París don Higinio parecía un rey mago.
V
Cinco años después de regresar de París don Higinio Perea experimentaba la desazonadora impresión de no haberse movido jamás de Serranillas; de tal modo sus antiguos hábitos habían vuelto a ganarle, y tan perfecto fue el ayuntamiento del día en que salió de su pueblo con aquel otro en que volvió a él, que a través del recuerdo entre ambos no parecía caber ni el intervalo brevísimo de una hora.
La restitución del audaz manchego al solar de sus mayores tuvo, durante varias semanas, estrépito y claridades de apoteosis. Don Higinio salió de París muy triste, y su negra pesadumbre le acompañó al trasponer la frontera y sobre el dolor de las llanuras castellanas: era una amargura de destierro, de paraíso perdido; don Higinio comprendía a Boabdil... Sin embargo, al columbrar nuevamente la iglesia de su pueblo, recibió una perforante emoción de ufanía; luego, según el tren adelantaba, iba reconociendo los semblantes, todos familiares, de las personas que le esperaban en el andén, y cada uno de ellos obtenía de su impresionable corazón un latido alegre. Finalmente, cuando oyó la voz conocidísima, evocadora, de Juan Pantaleón que gritaba, más emocionado y más artista que nunca:
—¡Serraniiiillas, dos minutos!...
Sus ojos se arrasaron en lágrimas y su redondo coramvobis se empurpuró. La multitud le aclamaba; un tonante griterío desgarró el espacio:
—¡Viva don Higinio Perea!...
—¡Vivaaa!...
Allí estaban, en primer término, su mujer, su cuñada, el enorme don Gregorio Hernández con sus robinsónicas barbazas más revueltas que nunca, como si la emoción se le subiese a ellas y las encrespara; don Cándido el boticario; don Tomás Murillo, Julio Cenén, que había cogido en brazos a Joaquinito Perea para que su padre le viese antes que a sus hermanos; el notario, don Jerónimo Arribas; doña Lucía, doña Benita, Pepe Fernández, director de El Faro; Gutiérrez, el jefe de Correos, con sus hijas Águeda y Francisca... Y tras ellos todos los socios del Casino, el ingeniero y varios empleados y capataces de su mina, y otras muchas personas curiosas de ver al viajero, de quien últimamente se había hablado mucho y cuyas supuestas andanzas recorrieron el pueblo a expensas de la credulidad paya de los unos y de la desocupación y malicia de los otros. Zarandeado, besuqueado, oprimido, don Higinio, sin tiempo para desembarazarse de su maletín y de la manta en que iba envuelto, se revolvía bajo un enjambre de brazos obsequiosos: todos querían palparle, ofrendarle un testimonio material de su afecto, y al hacerlo le recordaban sus encargos.
—¿Me trae usted mis postales?
—¿Y mis floreros? ¿Qué hizo usted de mis floreros?...
—¡Amigo Perea!... ¿A que se le olvidó a usted mi despertador?...
En la imposibilidad de responder puntualmente a tantas preguntas, el gran hombre repartía apretones de manos, frases de esperanza, sonrisas de asentimiento y parabién. A su alrededor y a propósito de su persona bullían los comentarios. Don Gregorio Hernández le encontraba más grueso; a don Cándido le parecía que no había variado. Agarrada a su brazo, estrechándose contra él enamorada y vagamente celosa, doña Emilia murmuraba:
—Perillán... bien te habrás divertido... Tenemos que arreglar muchas cuentas...
Desmayaba la tarde y en la claridad opalina de su agonía, la curiosidad adornaba de mujeres los balcones; tras las persianas latían ojos avizores; en las puertas de las tabernas la gente se agolpaba. Era la atención unánime, absoluta, de un pueblo, concentrada en un hombre. De este modo, rodeado por una multitud sobre la cual los cuatro grandes baúles que componían el principal equipaje del viajero flotaban como boyas, arribó don Higinio a su casa.
Aquellos primeros días fueron alternativamente de laxitud y de fiebre; a momentos de agitación calenturienta, durante los cuales el repatriado veíase obligado a divertir a cuantos amigos iban a visitarle, describiéndoles detalladamente lo mucho que vieron sus ojos, sucedían intervalos taciturnos de paz. Vaciados los cofres, repartidos los regalos, comentado hasta lo más nimio, amortiguada la curiosidad de todos, don Higinio recobraba su vida. Volvió a dar cuerda a los relojes y a sentir la suave melancolía de las cosas familiares y antiguas. Al principio añoró mucho las comodidades del hotel de los Alpes. ¡Qué lujo, qué refinamientos, qué manera de prever y adelantarse a las menores necesidades del pasajero! Don Higinio hablaba y no concluía: un criado para abrir la puerta, otro dentro del ascensor, doncellas que parecían institutrices, mozos de comedor con frac, guantes y botas de charol, y en cada piso camareros vestidos de smoking, ceremoniosos y elegantes como galanes de comedia, que caminaban delante de los huéspedes encendiendo las luces, abriendo a su paso todas las puertas hasta dejarles en sus habitaciones, y retirándose luego tras una respetuosa curvatura de su espina dorsal. Perea suspiraba. Trabajillo iba a costarle restituirse a lo antiguo. Ello constituía el asunto predilecto de sus conversaciones, y a cada momento, para dar a sus frases relieve y prestigio históricos, exclamaba:
—Estos puños que llevo están planchados en París.
Y otras veces:
—El perfume de mi pañuelo lo compré en el bulevar, cerca del café donde iba todas las tardes a tomar el aperitivo...
Lo que más trabajo le costó fue acostumbrarse a tirar de los cordones de las campanillas. ¡Qué abominable atraso el de los pueblos! En su dormitorio del hotel de los Alpes había un timbre pequeñín, de porcelana, colocado en la pared, entre la cabecera del lecho y la mesilla de noche. Bastaba poner un dedo sobre aquel botoncito para que segundos después, cual salido de una caja de sorpresa, apareciese un camarero sonriente, amable y cordial como un diplomático. En cambio, el empleo de la campanilla le parecía indecoroso, especialmente de noche: si se hallaba acostado y a oscuras y necesitaba llamar, había de molestarse sacando un brazo fuera del embozo, buscar a tientas el cordón sobre la frialdad del muro y tirar luego de él, destapándose y despabilándose con el esfuerzo...
También echaba muy de menos la vajilla del hotel de los Alpes, tan fina, tan limpia, y la corrección y rapidez en el servicio de la mesa, y, sobre todo, el arte pulquérrimo de lustrar el calzado. En Serranillas no había criada que supiese embetunar un par de botas. ¡Qué distinto de París!... Perea no podía olvidar su alegría cuando por las mañanas, ante la puerta de su dormitorio, hallaba, dentro de sus botas cepilladas y bruñidas como el azabache, su correspondencia del día y un número de Le Journal.
Merced a tales recuerdos, don Higinio, mucho tiempo después de salir de París, continuaba viviendo en París, fumando con fruición el detestable tabaco que en gran cantidad trajo de allí, discurriendo en francés y manteniendo abarrisco la hegemonía de Francia sobre todos los países de Europa.
En su pueblo se ahogaba: le parecía ruin, arcaico, tedioso, y esta carencia de dinamismo espiritual lo achacaba a la monotonía de la alimentación, por obra de la probada influencia que sobre el cerebro tuvo siempre el estómago. Aquel viaje revolucionó sus opiniones políticas y hasta su manera de hablar; su fonética cambió completamente; sin llegar a aprender el francés, parecía haber olvidado el español; las palabras más sencillas y corrientes las pronunciaba cerrando mucho los labios y oscureciendo las vocales cuanto podía. También interrumpíase a la mitad de una frase, titubeando cual si no hallase el verbo o el adjetivo exactos, y la desenlazaba de un modo raro y exótico. Pero estas inocentes supercherías con que esforzábase en dar a su persona un barniz europeo duraron apenas un año. La conversación lugareña de su mujer, los cuidados de sus haciendas, sus cotidianas disputas con aparceros y rabadanes, las horas amables del Casino, todo iba quitándole aquel sutil aroma de cosmopolitismo, y al fin tornó a ser quien era y se hundió en su pasado: fue como piedra caída en un lago tranquilo, cuyas aguas, luego de vibrar unos instantes en círculos concéntricos, se cerraran sobre ella impasibles. Otra vez volvió a sus labranzas, a sus horas solitarias de pesca a orillas del Guadamil, a sus partidas de dominó y a sus caramelos de azúcar en el Casino, y al amor virgiliano de los frutales y de los geranios que medraban en su huerto.
Los tres meses vividos en París no le fueron, sin embargo, totalmente baldíos, que como algo deja de su filo el cuchillo en lo cortado, así guarda siempre el espíritu huellas de las emociones que pasaron por él. Serranillas había cobrado a sus ojos otra expresión más triste, y sus habitantes, aun los de mayor viso, un irritante empaque de vulgaridad y ordinariez que antaño no advertía; su viaje, educándole el gusto, descubriole muchas fealdades, pues suele ocurrir con las personas lo que con ciertos vestidos viejos, que si en la penumbra de la casa parecen bien, fuera, bajo la ruda luz de la calle, son inadmisibles.
De ello nació la imprevista afición de don Higinio a andar solo. Aquel hombre excelente pensaba en París, y a lo largo de las calles de Serranillas, anchas, calladas, en cuya paz algún estudiante de música desgranaba notas de Cramer y de Kalkbrenner, arrastraba, semejante a un ala rota, su melancolía incomprendida de desterrado. A intervalos el férreo tableteo de las herraduras de un caballo, el pregón del lañador o la cadencia monorrítmica con que unos colegiales repetían a coro los números de la tabla de multiplicar; luego nada: solo el eco de sus pasos en la quietud. Todas las casas, de fachadas revocadas de rosa o de azul y de aleros salientes, deshabitadas parecían; pero él sentía que desde las persianas verdes, con verdor de plátano, entre la alegría de las jambas pintadas de blanco, ojos femeninos le espiaban, le seguían, preguntándole, quizás, por su leyenda; y Perea, en quien sus pequeñas infidelidades conyugales agudizaron los instintos aventureros, experimentaba el roce de esa vehemente lujuria pueblerina, excitada por el silencio y la inacción en que la carne de las lugareñas jóvenes se tuesta, y que ardía tras las persianas semejante a un fuego vestal. Don Higinio suspiraba; ahora lo comprendía; ahora que era tarde. ¡Ah, si él veinte años antes hubiese sabido!...
La disposición de su casa le permitía mantenerse aislado. A derecha e izquierda del recibimiento o zaguán empedrado de cantos menudos y pulidos, abocaban las puertas del cuarto destinado a Teresita y a Carmen, y del gabinete contiguo a la alcoba conyugal. Después estaba el patio, adornado de macetas y con un pozo cuya roldana, a impulsos del aire, chirriaba en el silencio. Más adentro hallábanse el comedor, la cocina, la despensa, el ropero, el dormitorio de Anselmo y de Joaquín, y el despacho; una habitación sin otro moblaje que una vieja mesa, media docena de sillas de paja, varios arcones ratonados llenos de papeles y un armario con novelas y libros de agricultura y minería. Estas habitaciones abrían sus ventanas sobre el jardín, grande y bien arbolado. Los cuartos de la servidumbre ocupaban el desván. Los suelos, celosamente aljofifados; los techos, altos, y las paredes, blancas y sin adornos, daban a toda la casa una fuerte alegría de luz.
Don Higinio pasaba largas horas en el gabinete, lejos del rebullicio familiar y meditando en sí mismo. Contrajo la debilidad de suspirar. ¡Era un extranjero en su país! ¡Nadie le comprendía! ¡Estaba tan solo!...
Muchas mañanas cogía un libro, y, acompañado de sus hijos, trepaba bravamente a la cumbre más alta de los montes que parecían oprimir a Serranillas en un cinturón de piedra. Allí, mientras los muchachos jugaban, acomodábase en el suelo, ahincaba su bastón en la tierra, colocaba sobre él su sombrero y miraba el paisaje. La primavera restituía al campo sus temblores de esmeralda y prendía en el aire fragancias de azahares y de rosas. Una fuerte claridad blanca ungía el espacio. Abajo, desde la iglesia a la estación del ferrocarril, siguiendo un plano levemente inclinado, se arracimaba pintoresco el caserío: calles tortuosas, encolados jastiales, tejados bermejos y aquí y allá, como manchas abrileñas, el rectángulo verde de algún jardín. Del pueblo, juntamente con el silencio, voz augusta del valle, se elevaba, parecida a un hervor, el inextinguible charloteo de los pajarillos encelados, y a intervalos, un rebuzno, el clarinear de un gallo o el grito de algún tren minero: silbido flexuoso que tan pronto crecía, como se apagaba tras un vallado para renacer después, según las zigzagueantes evoluciones del camino. Todo orquestaba en el paisaje, bueno y adusto a la vez: los montes, los predios jugosos, las arboledas cubiertas de serpollos lozanos, las minas con sus chimeneas humeantes y sus sólidos edificios de ladrillo, tiznados por el polvo del carbón; los sembrados de patatas y los campos de alfalfa, sobre los cuales el Guadamil, brillando a intervalos, parecía haber diseminado los pedazos de algún espejo roto; y a otro lado, el perímetro circular y amarillento, semejante a un enorme grano de trigo, de la Plaza de Toros, y el paseo donde anualmente se celebraba la feria y conducía a cierta ermita donde la gente piadosa veneraba una imagen de San Rosendo. Miraba don Higinio y del horizonte refluía hacia él, como vaho fatal, una ola crecidísima de tristeza. Allí había nacido y en aquel cementerio lejano cuyos cipreses pequeños, rígidos, se alzaban sobre el suelo jaquelado por las tumbas cual piezas de ajedrez, hallaría desenlace y reposo su oscuro afanar. Don Higinio, trágico en medio de su insignificancia y adocenamiento, resoplaba de dolor con tal brío que sus hijos volvían los ojos para observarle. El menguado sentía gravitar sobre sus sienes, como un amago de congestión, la austeridad litúrgica del silencio: ese terrible silencio campesino, voz de la tierra que invade el alma y así la entumece y reduce a imbecilidad, como la exalta y lleva a la locura. ¡París, las torres maravillosas de Nuestra Señora, el puente de las Artes, bajo el cual vivió tantas horas felices! ¡El intérprete piamontés, el hotel de los Alpes!... ¿Y la francesita del tren? ¿Y madame Berta? ¿Y la pícara Leopoldina con su «apache»? ¿Y la señorita Enriqueta, tan interesadilla y tan formal, tan seria hasta en el instante de desembarazarse de su camisa?... De todas estas imágenes cínicas o triviales recordaba don Higinio y ninguna le sugería rencores. ¡Ah! ¡Y con cuanto gusto hubiese acudido nuevamente a ellas para ser engañado otra vez!...
A última hora, según costumbre añeja, iba al Casino, y al ver la ceremonia con que los porteros le saludaban, parecíale recibir un aliento de Europa y experimentaba bienestar indecible. Después se distraía sabrosamente oyendo mentir a sus amigos. Durante las interminables batallas de dominó, los jugadores inventaban historias, acuchillaban honras, aderezaban con graves salsas de pecado lo más inocente. Todas aquellas invenciones empezaban de igual modo: «Se dice...». La fórmula hipócrita, calumniosa y cobarde corría de boca en boca. Unas veces hablaban de cierto rico tabernero de Almodóvar, conocido por el remoquete de Tocinico, que acababa de establecerse en Serranillas y a quien suponían complicado en un negocio de moneda falsa; otras, de la operación que varios médicos de Ciudad Real practicaron a Águeda, la hija mayor del jefe de Correos: el tumor que, según su padre, la extrajeron del vientre, era un chiquillo de don Mariano, el dueño de la herrería. Se comentaban los menores incidentes acaecidos en el transcurso del día, los trajes que las muchachas llevaban al paseo y qué novios rondaban hasta más tarde; y si don Tomás solía dolerse de que no hubiera proporción entre los matrimonios y los bautizos; y si las caderas de Primitiva y de María Luisa, las alegres sobrinas del Juez municipal, eran de carne o de algodón; y como fueron muchas las manos que ora en la calle, ya en la iglesia, aprovechando irreverentes las apreturas de la misa mayor, pellizcaron en ellas, las opiniones estaban divididas. La mayoría, sin embargo, propendía al mal: Julio Cenén obtuvo un éxito cuando dijo que, según el testimonio fidedigno del limpiabotas de la plaza, que las había servido varias veces, tanto María Luisa como su hermanita tenían las pantorrillas muy delgadas...
Luego de cenar, mientras doña Emilia acostaba a los niños, don Higinio, apoyado sobre la barandilla del balcón, hundía sus miradas en la fuliginosa vaguedad nocturna. Desde su casa, situada en la parte más alta del pueblo, se atalayaba bien todo el aspecto del caserío, blanqueando con blancura fantasmal bajo la claridad lechosa de las estrellas. El silencio era tan absoluto, tan denso, que parecía sentirse en la piel. Solo a muy espaciados intervalos, el rumor lontano de un tren, un ladrido vigilante o el grito agorero de las lechuzas. A un lado y cual presidiendo el descanso del villorio, surgía la iglesia con su torre cuadrangular de centenaria reciedumbre, oscurecida por los años y el polvo minero. Aquella torre, en cuyo remate latía un reloj de cuatro esferas, parecía registrar simultáneamente los extremos cardinales del horizonte. Hasta don Higinio llegaba su imperio; era la voluntad del pueblo: tenía la fuerza de una orden, el despotismo de un brazo levantado, la dramática elocuencia de un ¡alerta! dado en la solemnidad de la noche. Bajo el espacio negro, el remate aguileño de la vieja torre recordaba el corvo perfil de una ave maléfica: las esferas, que solo podían verse dos a dos, eran los ojos fosforescentes y circulares, y entre ambas, bruñida por la palidez del misterio astral, una arista semejante a un pico carnicero. En el jamás interrumpido aburrimiento de la existencia lugareña, la torre de la iglesia constituía una obsesión inapelable como una ley: era el timón, la voluntad, la voz que clamaba ordenancista en todos los hogares. Ella despertaba a los hombres y les mandaba al trabajo; ella, al tramontar el sol, les restituía a sus casas; camino del colegio, los muchachos la miraban a hurtadillas. Era la alegría a veces, también el dolor; por lo mismo, su gesto, al reflejarse en las conciencias, tenía expresiones distintas: placentero con quien cumplió su deber, adusto para los que, holgazanes o distraídos, perdieron su jornada.
Don Higinio conocía de memoria estas calladas elocuencias. ¡Torre maga, torre de sugestión y embrujamiento! Sus campanas, que festejaban el amor de los casados y la inmersión de los recién nacidos en las aguas lustrales y gemían piadosas sobre los muertos, parecían las lenguas encargadas de referir al cielo la historia de aquel pequeño mundo olvidado. Ella lo disponía todo: el baile y la oración, la labor y el descanso; su clamor vibraba con voluptuosidades de epitalamio en la carne de las solteras; sus esferas luminosas, donde reía el tiempo, registraban el valle y fulguraban sobre él una amenaza. Solo un rinconcito se sustraía a su dictadura y era el cementerio, el camposanto; asilo de la eternidad ante cuyos muros se detienen las horas, y que a la orgullosa arquitectura de la torre erecta oponía la dócil negación, el inefable reposo igualatorio, de la línea horizontal.
Perdido en estas inútiles y acedas imaginaciones estábase don Higinio largo tiempo, hasta que la voz de doña Emilia, belicosa como un toque de corneta, le volvía a la humilde realidad.
—¡Higinio!... ¿Has cerrado la puerta de abajo? ¿Le diste cuerda al reloj del comedor?
Y luego, con la insolente autoridad del ama de casa abrumada de preocupaciones y deberes, añadía:
—¡Diantre, haz algo!... Debías suponer que yo soy de carne y hueso y no puedo estar en todo.
Él, callado y pasivo, más pasivo que nunca, con el reposo y la noble tristeza de un rey destronado, cerraba el balcón, aseguraba las puertas, soltaba los perros y volvía al dormitorio conyugal. Muchas noches doña Emilia, que tardaba bastante en dormirse, le oía suspirar.
Por refinado esmero que pusiese don Higinio en ocultar sus emociones, era imposible que su disimulo y gobierno de sí propio fuesen absolutos, y la mutación de su carácter no tardó en trascender al público. Doña Emilia y Teresita fueron las primeras en advertirla, y hasta los murmuradores, que al principio se burlaron de la pronunciación exageradamente francesa que trajo Perea de París, comprendieron que el espíritu de este atravesaba una grave crisis. Creeríasele herido de amor o sujeto a cualquier implacable remordimiento o maleficio.
—Nos le han cambiado —decía don Gregorio.
Y doña Emilia:
—Sí, señor, es verdad: el marido que se me fue no es el que ha vuelto.
A ratos, efectivamente, parecía otro hombre: la tristeza había aristocratizado su rostro carrilludo, y hasta en su cuerpo, a pesar de su fea cortedad y robustez, parecía insinuarse tímidamente una elegancia nueva. Se había suscrito a Le Journal, dejó de ir a misa, se aficionó a las corbatas de colores oscuros, compró un plano de Francia, y siempre que hablaba de París lo hacía bajando la voz, como si al evocar aquel recuerdo su alma penetrase en algún lugar sagrado. Era el acento respetuoso, recogido, prudente que se emplea en las casas donde hay un enfermo grave...
Contraviniendo su antiguo régimen de vida, salía de casa todas las noches, y acompañado de un perro caminaba por el campo diez y doce kilómetros. Ni el frío, ni la lluvia, ni el cierzo que pasaba ululante por los gollizos de la sierra, le detenían. Unas veces se plantaba en Argamasilla, otras en Almodóvar. Esto, amén de beneficiar su salud, le ayudaba a demostrar cuán cosida llevaba la costumbre de recogerse tarde. Sus convecinos se asombraban de verle y él sonreía, halagado y triste.
—Si me acostase antes de las doce —explicaba— no podría dormir.
No bebía más que cerveza y aseguraba que el olor del vino le producía náuseas. La primera botella de ajenjo que entró en Serranillas fue para él y suscitó largos comentarios: todos hablaban del brebaje verde donde Perea, que no podía renunciar a sus hábitos de París, disolvía lentamente un terrón de azúcar colocado sobre un tenedor. Julio Cenén compró la segunda botella, y como era muy novelero y gustaba de llamar la atención, la llevó al Casino para que todos lo supiesen. Este afrancesamiento de costumbres indignaba a don Gregorio e infundía a su vozarrón fragosidades de batalla.
—Son ustedes unos criminales —decía—, están envenenando al vecindario, y usted, amigo Perea, es el principal responsable. ¡Beber ajenjo en Serranillas! ¿Dónde se vio nada igual?...
Don Higinio hacía un signo de asentimiento y no contestaba; después se encogía de hombros, con la laxitud triste de quien sabe que no puede vencer sus vicios.
En la mesa familiar mantenía generalmente una actitud grave. Teresita hablaba trivialidades; doña Emilia regañaba a los muchachos por su desaplicación o sucia manera de comer y continuamente citábase como modelo.
—A tu edad —decía— yo no era así...
Perea callaba, aburrido, pensando que aquellas conversaciones repetidas día tras día, a lo largo de los años, tenían un rumor somnífero de aguacero. Frecuentemente quedábase absorto, inmóvil, la cuchara en el aire, los ojos, que no veían, clavados sobre un punto del muro. Su mujer le pellizcaba:
—¡Que no estás en París!...
Él la miraba, sonriendo bondadoso:
—¿Cómo adivinaste?...
Y seguía comiendo con esa placidez que suelen adquirir los rostros cuando el espíritu se halla ausente.
Recién vuelto de su viaje había continuado usando varios objetos que denotaban cierto galán refinamiento de costumbres: como ligas, bigoteras, frascos de brillantina, cosméticos, piedras pómez que limpian los dedos y les dan delicado pulimento, limas, pastas de rosado color para las uñas, pomadas suavizadoras del cutis y otros afeites. Pero insensiblemente, según el ambiente de Serranillas iba dominándole, aquellas novedades traspirenaicas fueron cayendo en deplorable desuso: las ligas cedieron su lugar a las antiguas y aborrecibles cintas; las bigoteras, olvidadas quedaron en un cajón de la cómoda; las limas se cubrieron de moho; los niños llenaban de agua los pulverizadores para regar las macetas. Perea había llegado a olvidar el secreto de aquellos lazos de corbata que se hacía en París y de nuevo, hasta en estas nimiedades, hubo de someterse a la férula maternal de su mujer. Lentamente se abandonaba, descuidaba los perfumes, no se limpiaba los dientes. Cuando iba a salir a la calle, no encontraba nada: doña Emilia tenía que anudarle la corbata, le ayudaba a ponerse los tirantes, le estiraba el chaleco sobre la redondez del abdomen, y al cepillarle la ropa, ya puesta, como lo hiciese con mucha exageración y ahinco, solía darle con la madera del cepillo en los artejos. Entretanto, le sermoneaba.
—¡Ah, qué hombre tan desmañado! La verdad, no comprendo cómo has podido arreglártelas por esos mundos separado de mí.
Él sonreía; su tristeza habíase resuelto en olvido o abandono de su persona, y en una novísima exaltación de su cariño a la naturaleza: pescaba más que antes y dedicose asiduamente al mejoramiento de los frutales del jardín. Amaba las uvas de reflejos metálicos; las fresas, que, con los últimos días abrileños, comenzaban a bermejear entre la verde alcatifa de sus hojas; las dulces sandías, que a veces se agrietaban de maduras, riendo con una bocaza clownesca, roja y feliz; las lechugas jóvenes, semejantes a esmeraldas sobre la gleba de la tierra removida y oscura. Entre los frutales, don Higinio tenía también preferencias. Sus favoritos eran los albaricoqueros y las higueras de frondoso y lozano ramaje, árboles peleadores, cuyas ramas enérgicas crecían rectilíneas hacia la luz. Ante estos tentáculos decididos, derechos y belicosos como bayonetas, los olivos más próximos, así como los manzanos y los guindos, de troncos blancos y redondos, recogían su follaje en un gesto notorio de huida. Perea desdeñaba aquellos árboles cobardes, cuya debilidad, por una larga concatenación de ideas, le movía a pensar en sí mismo.
A fines de mayo la llegada de unos acróbatas, procedentes de Ciudad Real, regocijó y puso en fiestas al vecindario. Los familiares del Casino no hablaban de otro asunto. Julio Cenén, que conoció al director de la farándula cuando este fue al Ayuntamiento por la necesaria licencia para levantar a un lado del paseo su circo de lona y tablas, aseguraba que las tres mujeres de la compañía eran hermosísimas, especialmente la más joven. Cenén y Pepe Fernández, director de El Faro, habían conversado con ella. Tenía diecinueve años y era de Perpignan.
—¿Habla español? —preguntó Arribas.
—Muy poco; veinte o treinta palabras; eso es lo malo: hay que enamorarla por señas.
Todos miraron a Perea.
—¡Vamos, don Higinio!... Ahí tiene usted una francesa, casi una compatriota... ¡Sea enhorabuena!... Ahora puede usted lucirse...
Don Higinio sonreía modesto. Sí, es verdad, que él dominaba el francés; pero... ¡bah!... La ocasión no era la más a propósito. En los Pirineos Orientales se habla un dialecto híbrido y oscuro lleno de influencias catalanas. ¡Una francesa de Perpignan!... ¡Si hubiese sido de París!...
Alguien insinuó la posibilidad de que Perea la conociese; como esas mujeres de teatro viajan tanto... Don Higinio sentíase puerilmente mecido, enfatuado, por tal suposición. ¡Quién sabe!... Mientras estuvo en París había frecuentado mucho los teatros Casino y Olympia, donde conoció a las aventureras de más boato y renombre, y no sería extraordinario que él y aquella titiritera hubiesen bebido cerveza juntos alguna vez.
—Yo —añadía bajando la voz— llevaba en París una vida de infierno: bailes, cenas con mujeres... ¡En fin! ¡Como un muchacho! Raras eran las noches en que iba a dormir a mi hotel.
Insensiblemente, los tres meses que don Higinio permaneció en París fueron dilatándose hasta convertirse en cuatro, en cinco, en seis... Al principio, el intrépido viajero se daba cuenta de su superchería; pero luego, repitiéndola, llegó a embaucarse y tener por hecho real y valedero su propia mentira. Y como la realidad de los sucesos y personas se desdibuja tanto o más en las lejanías del tiempo que en las del espacio, el mismo don Gregorio y todos sus amigos llegaron a creer que Perea, efectivamente, había residido en la ciudad del Sena más de un semestre. Contribuyó a añadir visos de certidumbre a la invención la época en que don Higinio salió de Serranillas: fue a mediados de noviembre, y el tránsito de aquel año al siguiente daba a su destierro longevidad increíble. Además, Perea, sumando discretamente lo poco que alcanzó a conocer a cuanto los periódicos le enseñaron, disertaba con notable desparpajo acerca de fiestas y cuadros de la vida parisina separados entre sí por grandes intervalos: de los bazares de juguetes que invaden los bulevares el día de Nochebuena y de la feria famosa del Catorce de Julio, aniversario de la rendición de la Bastilla; de los bailes de la ópera y del «Gran Premio» de Longchamps; de las borrascosas sesiones presenciadas por él en el Parlamento, y de las escenas galantes de las playas de Dieppe y Trouville... Y esta diablesca mescolanza de fechas y lugares coadyuvaba singularmente a dilatar su viaje.
El viernes, a las ocho y media de la noche, según El Faro había anunciado, celebrose la inauguración del circo: un verdadero acontecimiento que removió hasta el fondo los arcones olientes a naftalina, donde las muchachas acomodadas tenían guardados sus trapitos. A fiesta de tanta solemnidad y cosmopolitismo no podía faltar don Higinio. Acompañado de su mujer, de sus hijos y de su cuñada, ocupó seis sillas de la primera fila. Allí estaban también don Gregorio y doña Lucía, con sus rojas mejillas sopladas y tirantes; el boticario y doña Benita; Cenén, el notario Arribas, María Luisa y Primitiva Sampedro, las sobrinas del juez municipal; el jefe de Correos con su familia, y otros muchos nombres de la buena sociedad.
A lo largo de los asientos, como por hilos telegráficos, los chismes, las inquinas, las suposiciones calumniosas, corrían con inverecunda fertilidad y presteza. En aquel villano torneo de cobardía y maldad, los socios del Casino alcanzaban los primeros puestos.
—¿Han visto ustedes qué pálida está la hija de Gutiérrez?...
—Desde la historia del tumor...
—Sí, sí... ¡Valiente tumor!... De tumores como ese hemos nacido todos...
El circo, hecho de tablas, era una especie de anfiteatro, cubierto por una gran lona que oscurecieron la intemperie y el polvo y salpicada de remiendos blancos; un recio horcón o puntal clavado en el preciso comedio de la pista daba forma cónica a la frágil techumbre. La gradería de la entrada general hallábase separada de los asientos de mayor aprecio por un callejón, y la constituían largos tablones sin numeración ni respaldo. Una traspillada cortina de yute ocultaba a los espectadores el sitio por donde entraban y salían los artistas. Al otro lado, sobre un andamiaje a modo de palco, seis individuos pertenecientes a la Banda municipal, soplaban en sus instrumentos las bélicas notas de un pasodoble. El formidable bataneo del platillo señalaba el ritmo. Del suelo arenoso, removido, pisoteado, ascendía un polvillo sutil que iba blanqueando los sombreros de los hombres y amortiguaba el resplandor de los dos arcos voltaicos pendientes de un alambre sobre la pista.
Callado, un poco triste porque se acordaba de París, don Higinio miraba el espectáculo. Doña Emilia, adivinando la situación de ánimo de su marido, se irritó: estaba aburrido y, lo que era peor, con aquella cara aburría a los demás; la gente lo notaba.
—¿Quieres que nos vayamos a casa?...
Perea, hablando muy bajito, tranquilizó a su mujer:
—No, hija; si estoy contento... ¡Créeme!... Ahora... ¡Claro es!... Como de todo esto he visto mucho y tan bueno...
Efectivamente, ni las malabaristas alemanas, ni el payaso, ni el hércules que jugaba con una bala de cañón, le emocionaban; los perros amaestrados le aburrieron tanto que se puso a leer el último número de El Faro. Únicamente le interesó la francesita de Perpignan, que, de pie sobre una alfombrilla y a los acordes de un vals, realizaba ejercicios de dislocación. Era menudita, delicadamente carnosa, con cabellos de paje enguedejados y rubios y una boquita irónica como la de una dama galante del Renacimiento. La muchacha gustó; su juventud, su gracia, la cordial armonía de sus formas y ademanes, conquistaron al público; hombres y mujeres la observaban ávidamente, y la artista debió de sentir sobre su piel rosada, como efluvio magnético, el roce del deseo y de la envidia. Un grupo de amigos del Casino, Julio Cenén entre ellos, miraba a Perea, invitándole con exagerados guiños y aspavientos a que reparase bien en la francesita. Parecían decirle: «Ahí la tiene usted. Esas son de las que a usted le gustan». Viéndoles, don Gregorio reía. Don Higinio, molestado, miró a su mujer.
—Podían considerar que vengo contigo. Esas indiscreciones únicamente entre hombres solos pueden tolerarse.
Ella había enrojecido de celos.
—Cuando tus amigos te embroman así, algún motivo habrá. Yo no soy tonta. ¿Es que a esa mujer la conociste en París?
Perea, satisfecho y envanecido, se echó a reír.
—¡No digas disparates!... Claro que hubiera podido conocerla... Pero, no, te lo aseguro; no sé quién es...
Y su pueril petulancia era tal que quitaba eficacia a su negativa. Doña Emilia le miraba de hito en hito a los ojos, y bajo su rollizo corpachón toda su ingenua y caliente sangre manchega hervía. ¡Ah, la raza!
—Yo sabré enterarme —murmuró—; y si esa titiritera ha venido a Serranillas detrás de ti, pierde el moño.
Su cólera era tanta que empezó a suspirar y a rebullirse en su asiento, cual si la pinchasen alfileres. Perea sintió a su lado una palpitación de tragedia y tuvo miedo. La idea de que dos mujeres se matasen por él le horrorizaba. Doña Emilia tenía el semblante cubierto de mador y salpicado de manchas rojizas, como si un ataque de herpetismo la amenazase.
—Esta misma noche he de saberlo —repetía—; esta misma noche...
Nada dijo don Higinio; pero cuando la francesita, terminados sus ejercicios, se retiró, pareciole que acababan de quitarle un gran peso de encima.
Al día siguiente, en el Casino, don Higinio Perea quiso a bofetadas madurarle los carrillos a Cenén y a Pepe Martín. Su broma de la víspera, en el circo, era imperdonable y sirvió para que su mujer le diera un disgusto; doña Emilia tenía celos de la francesita de Perpignan.
—Y si lo hicieron ustedes para mortificarme —agregó levantándose con bélica arrogancia—, se han equivocado: yo no tengo miedo a nadie; yo sé cerrar los puños y ponerlos donde sea menester.
Tosió, se aseguró las solapas sobre el pecho, dio algunos pasos hacia adelante, hacia atrás, de costado, ante las personas que le rodeaban expectantes, suspensas de tanta valentía.
—Porque a reñir —concluyó—, y esto se lo digo a usted..., y a usted..., y a usted..., y a quienquiera darse por aludido, no hay hombre que me eche el pie delante.
Aquel arranque de cólera había agotado los escasos fondos de rencor que podían incubarse en un espíritu tan evangélico y bonachón como el suyo, y así, apenas lanzó su viril desafío, cuando con las últimas palabras sus odios claudicaron y sintiose descaecido y amansado como una oveja.
Julio Cenén, que le conocía perfectamente, aprovechó esta oportunidad para abrazarle. ¡Ea, pelillos a la mar!... Pero ¿a qué venía aquello?... Varios de los circunstantes intervinieron en favor de la paz y don Higinio, satisfecho de su airosa conducta y ya totalmente desarmado, concluyó echándose a reír. Estaba pesaroso de su arrebato; no se acordaba de nada, no quería que nadie lo recordase tampoco. Se acabó; él retiraba una a una cuantas frases agresivas hubiera podido decir...
Por la noche volvió al circo acompañado de Cenén; el secretario del Ayuntamiento quería a todo trance hablar con la francesita de Perpignan y le llevaba de intérprete. Al entrar vieron a don Gregorio Hernández. Cenén le echó un brazo por la cintura.
—¿Quiere usted venir? Vamos a decirle cuatro requiebros a la francesita de las dislocaciones.
El rostro aguileño del travieso secretario rebosaba malicia. Don Gregorio le miraba desdeñoso y burlón; a Cenén no le crecían ni el juicio ni los pantalones; no le inspiraba confianza; a él los hombres de cabeza pequeña nunca le habían gustado. Tras una pausa, demostró ceder:
—¿Y quién va a presentarnos?
—¿Quién ha de ser?... ¡Yo!... O mejor dicho, el amigo Perea, el único de nosotros que sabe francés...
Aquella noche el elemento masculino predominaba; los mineros invadían la entrada general; en los asientos de preferencia, en cambio, había pocas familias; las señoras decían que las saltimbanquis trabajaban demasiado desnudas...
Siguiendo un callejón llegaron Cenén, don Higinio y el médico a la parte del circo por donde salían y se retiraban los artistas. Allí estaban el clown de los perros amaestrados, el hércules, las malabaristas alemanas y la francesita de Perpignan. Al ver a Cenén, a quien ya conocía, la joven sonrió. En familiar y limpio castellano, el secretario, con gran desparpajo, presentó a don Higinio:
—Aquí tienes un hombre que en eso de hablar francés es una especie de Gambetta.
Por los ademanes de su interlocutor comprendió la señorita de Perpignan que la traían un intérprete.
—Muchísimo gusto... ¿El señor habla francés?...
Perea tartamudeó:
—Sí, sí... un poco...
Cenén lanzó una carcajada grosera:
—Le hemos entendido a usted perfectamente. Ha dicho usted: «Sí, sí; un poco». Para eso no necesita usted ponerse tan colorado.
La joven miraba, alternativamente, a los tres hombres.
—España es muy bonita —dijo—, me gusta mucho. ¿Conoce usted París?...
Don Higinio afirmó. ¡Ah! ¡Ya lo creo! ¡París!... ¡No conocía otra cosa!...
—¿Vivió usted allí mucho tiempo?
Él extendió los cinco dedos de su mano derecha y el meñique de su mano izquierda, y luego, con un mohín de indecisión, alargó también el anular.
—¿Seis o siete años? —exclamó la artista asombrándose.
—No, no...
—¿Seis o siete meses?
—Sí... sí...
Se embarullaba. Al responder, por más esfuerzos de memoria que hacía, no daba con la palabra exacta; el buen hombre se hallaba en ridículo; su festera imaginación le había engañado; ahora su conciencia lo afirmaba: él no sabía francés. Cenén se reía, mortificándole:
—¿Y para eso nada más, para decir «no, no» o «sí, sí», ha pasado usted la frontera?
Perea intentó disculparse; atribuía su torpeza a falta de costumbre; en la psicología de la conversación hay mucho de mecánico; él estaba cierto de que ocho días después de volver a París charlaría el francés de prisa y correctamente, lo mismo que antes. Además, en Perpignan se habla un dialecto estúpido, y no aquel francés limpio y sonoro que él había aprendido en el bulevar.
—Dígale usted —apuntó Cenén— si quiere cenar conmigo.
Don Higinio se mordía los labios. «Cenar —pensaba—, ¿cómo se dice “cenar” en francés?...».
Trató de corregir la torpeza de su verbo por medio de una mímica hiperbólica, perfectamente meridional. La artista se encogía de hombros, risueña y encantadora dentro de sus mallas color tabaco. Había comprendido.
—¿Cenar? —dijo—. No puedo; esas cenas después de la función suelen hacer daño...
Sonó un timbre y la señorita de Perpignan se despidió; sus manos duras y pequeñas de gimnasta oprimieron las de don Higinio con viril sacudida.
—Adiós, señores. Va a empezar «mi número». ¿Irán ustedes a aplaudirme?
—¿Qué dice? —interrumpió Cenén.
—Nada, que se marcha; dice que «buenas noches». ¿Vamos a verla?
La francesita dirigíase hacia la cortina de yute que velaba la pista, y a cada momento volvía la cabeza despidiendo a los tres hombres con una sonrisa de malicia. Don Higinio, Cenén y don Gregorio, que no había desplegado los labios, juzgando su misión terminada, se retiraron. El secretario iba furioso.
—Si lo sé —decía—, me traigo un diccionario. ¡Lástima de noche!... ¡Canastos!... ¿Sabe usted, amigo Perea, que en París, con un intérprete como usted, cualquiera se muere de hambre?...
Doña Emilia tenía prohibido a su esposo categóricamente que fuese al circo; él, mansurrón y ladino, la ofrecía obediencia y se iba al Casino so pretexto de que sus digestiones empezaban a ser difíciles y necesitaba aligerarlas haciendo un poco de ejercicio después de cenar. En el Casino, jugando al dominó, permanecía hasta las nueve y media o las diez; pero a esa hora él, don Gregorio, que también se finaba por las faldas y el secretario del Ayuntamiento, se marchaban a relamerse de gozo con las dislocaciones de la señorita de Perpignan.
Al médico corpulento, sanguíneo y feudal, y a Julio Cenén, picado de lascivia como un adolescente, les llevaba allí el deseo de ver casi en cueros a la francesa y complacerse en la anguilada multiplicidad de sus actitudes, con cuyas visiones don Gregorio se ponía rojo, y el secretario del Ayuntamiento, que en sus momentos de más férvida atención tenía el sucio vicio de morderse las uñas, se quedaba lívido.
En don Higinio las gelatinosas torceduras de la saltimbanqui producían emociones de otro orden más espiritual y depurado. La hermosura alechigada y maciza de las alemanas malabaristas, el francés bárbaro del payaso, los juramentos que mascullaba en italiano el director de la compañía, le interesaban por igual y unos instantes le alejaban de Serranillas. Aquello era un remedo de cuanto él vio en sus andanzas por Europa, una fiesta de cosmopolitismo que orientaba su alma nostálgica hacia las frivolidades babélicas de Clichy. ¿Por qué se habría unido a doña Emilia? ¿Por qué tendría hijos y casas y heredades que administrar? ¿Por qué producirían sus campos tantas aceitunas y tanto trigo? ¿Por qué rodaría el agua en su aceña?... Y como si todo ello no bastase a retenerle bien trabado y sujeto, sus negocios de carbón, su mina, clavada en la tierra como profundísima raíz. Él hubiera deseado ser capitán de barco, pícaro, cantante o titiritero; entonces, como su rodar por el mundo le enseñara diversos idiomas, habría sabido exponer su amor a la señorita de Perpignan, y ella le hubiese querido y entregado a toda su voluptuosa disposición y merced. La idea de verse dentro de unos calzones de botarga y con la nariz pintada de bermellón no le intimidaba: tan grande era la eficacia poética de su ensueño. Ella vestiría sus mallas de color tabaco, y él se endosaría un traje de clown, de chino o de diablo... ¿Qué importaba?... Y luego, adelante por los caminos; muy pobres los dos, pero muy juntos, muy felices, con la suprema alegría de la libertad. La madre Casualidad, que siempre tuvo para los «sin patria» una sonrisa y una gota de leche, les acompañaría. ¡Ni hijos, ni muebles!... Nada que sujete; ningún lazo que obligue al corazón a mirar hacia atrás. Ante estos espejismos de hamponería, don Higinio suspiraba, amodorraba los ojos, cruzaba sobre la media esfera de su vientre sus manos cortas y peludas. Porque los hombres son en esto de desear lo mismo que las mujeres, que se desperecen y agotan por lo que no tienen, y así, mientras las pueblerinas sueñan con viajes, las titiriteras acaso diesen toda su independencia, todas las distracciones de su vivir quebrado y errante, a cambio de una casita rústica con gallinas y árboles frutales.
Estos ensimismamientos de don Higinio solía destruirlos un brusco codazo de Cenén. La francesita, inclinándose agradecida bajo los aplausos del público, se retiraba de la pista con corteses y graciosas zalemas.
—¡Mírela usted, qué pinturera! —rugía el secretario mordiéndose una uña—. ¡Había que comérsela!
—¿Cómo se llama?
—La Debreuil, Liana Debreuil... ¿Quiere usted que volvamos a verla?... ¡Cáscaras! ¡Usted está helado, amigo mío!...
Perea se alzaba de hombros.
—Pero, ¿qué quiere usted que haga?... Luego, el dialecto de esas francesas de los Pirineos Bajos es tan raro... Ya recordará usted lo que me sucedió con ella noches pasadas... ¿Verdad?... Hablamos, y... ¡ni media palabra!...
Al concluir el espectáculo Julio Cenén despidiose rápidamente de don Higinio y del médico. Don Gregorio le miró atento y poniéndole sobre el cogote una de sus manazas de cazador. El semblante del secretario tenía la inmovilidad de líneas, la fanática dureza de expresión, con que se manifiestan las resoluciones inexorables.
—¿Dónde va usted?... —exclamó el médico atenazándole un brazo.
—Eso no se pregunta.
—Sí, señor, se pregunta. ¿Dónde va usted, perillán?...
—A ver a la Debreuil.
—¿Solo?
—Completamente solo; es decir...
Con hipocresía discreta enseñó a sus amigos un billete de cien pesetas que llevaba en la cartera.
—¿Eh, amigo Perea, a usted que ha corrido mundo, qué le parece mi plan?
Luego, bajando la voz, los ojos relucientes de picardía:
—Voy a traducir mi pasión al Esperanto; esta vez creo que la señorita Liana y yo nos entenderemos.
Como el bien ajeno aflige tanto, a don Higinio y a don Gregorio las palabras del secretario les dejó tristes. Largo rato caminaron preocupados, en el silencio de las calles blancas, llenas de luna. Al fin, habló don Gregorio: los sanguíneos son impacientes.
—¿Cree usted que conseguirá algo?
Don Higinio hizo un gesto ambiguo; un mohín prudente de hombre mundano que ha visto muchas veces cómo lo que parecía imposible, el azar en un santiamén lo allana y resuelve.
—Nadie sabe...
El médico afirmaba egoísta.
—¡Bah! Me parece que no.
—Sin embargo, ese Cenén es un diablo.
—¡Por muy diablo que sea! Yo le aseguro a usted que no consigue nada. Él hará lo posible..., ¡eso sí! Ya le conocemos; pero la francesita le sacará el dinero, se divertirá a su costa unos días, y luego... ¡la del humo!... ¡Buenas son las francesas! ¡Tías más interesadotas nadie las vio!... ¡Es decir, a quién voy a contárselo!... Usted ya las conoce...
Perea sonreía y bajaba los párpados, cual si en la lengua llevase alguna anécdota galante y sabrosa y no osara contarla.
—Sin embargo —dijo lentamente, con la parsimonia de quien va leyendo en su experiencia—, esas mujeres de teatro suelen tener caprichos...
—¡No me hable usted de ellas! Son unas pécoras. Yo no he tenido comercio con ninguna, pero lo sé por mis amigos de Ciudad Real. ¡Ya lo dice el pueblo! La carne de teatro, cara y mala.
—¡Cara, sí, es cierto!
—¡Y mala, don Higinio!...
—Mala no, don Gregorio.
—¡Sí, señor, mala! ¡Muy mala! ¡Canastos!... ¡Se lo dice a usted un médico!
Pero don Higinio no cedía; instintivamente se apasionaba por las artistas, no quería que se las ofendiese; el odio burgués que Hernández manifestaba hacia las amables servidoras de la farándula enardecía su ánimo; defendiéndolas parecíale defender algo suyo. Su actitud fue tan resuelta que el médico cedió un poco.
—Bueno, no se encrespe usted así. ¡Caramba, Perea! Bien se conoce que habla en usted el agradecimiento. No obstante su opinión, yo sigo en mis trece y... ¡al tiempo! Estoy seguro de que Cenén, que en el fondo es un chiquillo, no consigue nada.
Era media noche cuando se despidieron. En la oscuridad, al lado opuesto de la plaza, el globo rojo de la botica de don Cándido tenía la expresión de una mirada.
—Hasta mañana, amigo Perea.
—Hasta mañana, don Gregorio.
Cuando don Higinio, andando de puntillas, llegó a su cuarto, fue interpelado agriamente por doña Emilia:
—¿Qué hora es?...
—Aproximadamente las doce y media.
—No mientas, estoy sin dormir hace dos horas. Ahora son la una y media.
—No, mujer...
—Si, señor. Antes oí: ¡tan!... la una. Y antes había oído otra campanada: ¡tan!... las doce y media. ¿Crees que soy tonta?...
Perea repuso flemático:
—Si deseas convencerte de tu engaño levántate y mira el reloj.
—No me hace falta. ¡Yo quisiera saber qué motivos te retienen por ahí hasta estas horas, las menos oportunas para que estén fuera de sus casas las personas decentes!
Don Higinio se había quitado la americana y el chaleco, que a tientas colocó abiertos sobre el respaldo de una silla, para que los sobacos se aireasen y secasen. La rolliza y encolerizada señora se removía en el lecho con un áspero roce de sábanas.
—¿Te diviertes mucho en el circo?... Como ahora, al cabo de los años, hemos descubierto que te mueres por las francesas. ¡Dichoso París, dichoso viajecito a París, dichosa lotería!...
Perea, que se acordaba de su cuartito del hotel de los Alpes, lanzó un suspiro tan hondo, tan huracanado, como el aliento de un gigante. Ella lo glosó agresiva:
—¡Sí, te entiendo, ya puedes suspirar! Afortunadamente esas bribonas se marchan de aquí el domingo. Hacen bien; de no irse, entre yo y unas cuantas íbamos a arrastrarlas por las calles del pelo.
Don Higinio, que acababa de perder un botón, empezó a buscar por la pared la llavecita de la luz.
—No enciendas —ordenó doña Emilia—, me duelen los ojos.
Perea concluyó de desnudarse a oscuras.
Otra noche el secretario del Ayuntamiento, tras un ocultamiento de dos días, reapareció en el Casino con aires de misterio y de triunfo. Sus amigos le interrogaban sonrientes, y él a todos contestaba en voz baja y pasándoles un brazo por el hombro. En la sala del billar, don Higinio, el notario y el médico, oyeron de labios de don Cándido lo sucedido. Julio Cenén se hallaba en relaciones con la titiritera: él lo decía, daba detalles; además, varias personas le habían visto.
—¡No lo creo! —interrumpió don Gregorio.
El boticario insistió; era un casado pacífico a quien no irritaban los éxitos amorosos del prójimo.
—No lo dude usted, Hernández; anoche mismo, ya tarde, estaban cenando en la fonda.
Perea observó vengativo:
—¿No se lo dije a usted, don Gregorio? Pero usted no quiso creerme: las artistas son muy caprichosas.
—¡Caprichos!... Entendámonos, porque esa mujer no querrá a Cenén por su cara linda, buscará su dinero...
—También es posible —replicó Perea—: la mujer de teatro es cara.
—Y mala, don Higinio.
—Mala no, don Gregorio; no sea usted tozudo. Ni malas, ni sucias, ni feas, hablo en general. ¿No dirá usted que la Debreuil es fea?...
Los omoplatos del médico tuvieron un encogimiento de supremo desdén:
—¡Bah!... Total, ¿qué?... Una saltimbanqui al alcance de todo el mundo.
Para distraer su envidia fue a sentarse a la mesa donde sus compañeros de tresillo le esperaban. Don Higinio y el notario continuaron informándose por don Cándido de la aventura de Cenén.
—¿Pero la francesita va a quedarse en Serranillas? —exclamó Arribas.
—No la juzgo tan loca.
—¡Naturalmente! Cenén carece de recursos para mantenerla.
Perea sonreía, atónito del buen atrevimiento, donaire y fortuna del secretario. Preguntó:
—¿Sabe algo la mujer de Julio?
—Lo sabe todo; nada había sucedido aún cuando ya fueron a contárselo. Pero, ¿qué hará la pobre?... ¡Aguantarse! ¡Ya sabemos cómo es él!...
El pasmo que despertaron estos pormenores en el alma ecuánime de don Higinio, pronto se fundió y deshizo en melancolía. Al principio, la mortificación de amor propio que sufriera don Gregorio le regocijó malévolamente; luego, él mismo y por idéntica causa, fue amustiándose. ¡Qué fortuna la de Cenén! Perea estaba seguro de no cederle en conversación y don de gentes y de aventajarle en dinero, respetabilidad y costumbre de hablar con francesas, que para algo había estado en París y conocido a la señorita Enriqueta. Y, sin embargo, él nunca hubiera sido capaz de acercarse a la Debreuil, mostrarla un billete de veinte duros y llevársela a cenar. Para esto hacía falta despreocupación, alegría desvergonzada, frescura de espíritu, y no tener una mujer como la suya.
«¡Yo quisiera verle con Emilia!» —pensaba, consolándose.
Las relaciones de Julio Cenén con la señorita de Perpignan habían dado a la figurilla desmedrada y simpática del secretario un prestigio galán. Su popularidad creció. Todas las simpatías femeninas estaban de su parte, porque era el hombre más pintoresco del pueblo y el único capaz de requebrar a las esposas de sus amigos. Él explotaba bien su éxito. Ni una noche faltaba al circo y las mujeres que le veían pasar desde sus ventanas le advertían mejor afeitado y vestido con mayor pulcritud que antes. Cuando Liana Debreuil salía a la pista, sonrientes los labios impúdicos, los brazos en alto, el cuerpo mollar y felino perfectamente modelado y como desnudo bajo sus mallas, la muchedumbre miraba a Cenén. Ella saludaba al público con reverencias y piruetas de bailarina, y al tenderse en la alfombrilla pecho arriba, las piernas en flexión, las manos cruzadas bajo la nuca, velaba los ojos perversamente cual si el recuerdo del enamorado secretario la rozase los senos. Julio Cenén, triunfante, envidiado, faunesco, reía dichoso, como sobre un pedestal, entre un grupo de amigos.
En la noche del domingo hubo función extraordinaria, y, terminado el espectáculo, apenas se fue el público, los mismos artistas comenzaron a demoler el circo. Sus martillazos sonaban lúgubremente. En un santiamén quedaron desarmadas las graderías, guardada en largos cajones la tablazón de las paredes y arrollada a un palo, como un telón, la vieja lona que servía de techumbre. Apenas duró tres horas la faena, y al día siguiente, en el primer mixto que iba a Ciudad Real y pasaba por Serranillas a las siete y minutos de la mañana, salió la compañía con todos sus bagajes. Una gran pesadumbre de silencio, de oscuridad; una pesadumbre de casa vacía, quedó tras ella.
Aquel día don Higinio lo pasó mal. ¿Qué podía importarle que los saltimbanquis se hubiesen ido? Nada, absolutamente; y, sin embargo, estaba triste. Por la noche, después de cenar y sin moverse de la mesa, pidió El Faro y se puso a leer. Leyó el artículo de fondo, los telegramas, el folletín, mientras fumaba bajo la blanca luz tranquila de la lámpara. Los niños se habían acostado. Doña Emilia le interrogó, irónica:
—¿No sales hoy?
—No... ¿Por qué?...
Perea intentaba dar a su voz un acento ingenuo.
Su mujer replicó:
—Me lo figuraba; como se acabó el circo... ¡Anda, que bien nos hemos reído a costa tuya Teresa y yo!... Conocemos tu mala suerte. ¿De modo que andabas bebiendo los vientos por la francesita esa?... ¿La Debreuil, no se llama la Debreuil?... Una noche estuviste hablando con ella lo menos hora y media; me lo han dicho... y te ponías muy colorado... Pero de nada te sirvieron tus conocimientos lingüísticos, porque Julio Cenén, más gracioso que tú y más joven, te la birló en un instante.
Calló, complaciéndose en el profundo amohinamiento y bochorno del esposo. Era su venganza. Luego:
—Francamente; te creía menos apocado. ¡Vamos, que dejarse engañar por un tipejo como ese, raquítico, feo y mal vestido!...
Perea no contestó; siguió leyendo. ¿Para qué replicar? A querer decir la compleja situación de su ánimo, sus penas sin nombre, sus inquietudes, el hondo fastidio que año tras año, según griseaban sus cabellos, fue envolviéndole como una red, hubiera necesitado estar hablando varias horas seguidas; al término de las cuales, ni ella le habría comprendido, ni él, probablemente, hubiese llegado a entenderse a sí propio: tan raro, tan heteróclito, tan ajeno a los trillados carriles de su espíritu era cuanto por su conciencia estaba pasando.
Un accidente acaecido en la mina, la brusca aparición de una vena de agua que anegó varias galerías en el corto espacio de una noche, vino a remover saludablemente el sedentario dinamismo moral de Perea. El ingeniero, informado por los capataces de lo ocurrido, fue a verle antes de amanecer. Urgía buscar remedio al mal; la inundación era tan copiosa que amenazaba el porvenir de la mina. Inmediatamente comenzaron los trabajos de salvamento. Durante varios días doscientos hombres llegados de Almodóvar y de otros pueblos inmediatos, pues en Serranillas había pocos braceros ociosos, divididos en compañías de a cincuenta números, lucharon sin tregua contra la arriada; pero entre todos no bastaban a sacar los metros cúbicos de agua que por la hendidura del manantial salían bullentes y espumosos, y así el nivel de la inundación continuaba subiendo. Ante la gravedad del daño, don Higinio Perea estuvo varias semanas sin desnudarse. Fue necesario telegrafiar a París pidiendo un motor de cuarenta caballos que diese movimiento a una especie de noria que el ingeniero había mandado construir. Simultáneamente, y a pocos metros de la mina, cuadrillas de albañiles comenzaron a levantar con toda diligencia y solidez el edificio donde el motor sería instalado. Más de dos meses duró la obra, y en ellos lo mismo el ingeniero, que los capataces y peones trabajaron con discreción y buena voluntad admirables. El día en que la noria empezó a funcionar y el agua de sus cangilones profundos, de un metro, rodó bulliciosa por un azarbe hacia el Guadamil, fue de júbilo para patronos y obreros. La esperanza volvía a los mineros sin recursos, despedidos del tajo por la inundación. Así todo el vecindario acudió a ver trabajar la máquina, cuyo poderoso bataneo resonaba a más de medio kilómetro; el edificio que ocupaba era sólido y grande, y sus muros bermejos de ladrillo se perfilaban con tan victoriosa ufanía sobre el infinito zafiro del espacio, que hasta los más envidiosos reconocieron la bizarría con que don Higinio, sin favor de nadie, supo hacer frente al desastre, invirtiendo en la nueva maquinaria y en las obras de albañilería a ella anejas un capital. Por suerte, tantos esfuerzos no fueron baldíos; la noria dominó a la vena de agua y la altura de la inundación empezó a decrecer. A la semana siguiente pudo maniobrar el ascensor y algunos mineros descendieron al pozo.
—Ha sido «un gesto» —decía don Cándido, comentando la actitud de su amigo en aquel peligroso fregado—; yo, francamente, no le creía hombre de tanto corazón.
Don Higinio, efectivamente, había demostrado un estoicismo ante el peligro y una generosidad en el remedio que le granjearon la simpatía y respeto de todos, y ello coadyuvó a fomentar cierto inesperado prestigio de bravura y galanía que, nacido nadie sabe cómo, empezaba a nimbar la figura del noble manchego. La leyenda fue desarrollándose insensiblemente en el filar de aquellos cinco años, y la elaboraron el viaje de Perea a Francia, los noventa días que estuvo allí y a través del tiempo se convirtieron en siete u ocho meses; la austeridad, más firme cada vez, de su rostro; la parquedad de su conversación; el hazañoso garbo con que una tarde, hallándose casualmente en la cárcel, dominó un «plante» y obligó a los presos a rendir los garrotes y cuchillos de que estaban provistos; el caballeresco tesón, nacido quizás al calor de amables recuerdos, que siempre empleó en la defensa de las mujeres de teatro; y finalmente, su voz velada y su reservado comedimiento al hablar de París, como si durante su estancia allí le hubiese sucedido algo muy grave. Tales fueron los elementos que la triscadora imaginación popular utilizó para componer su leyenda; una de esas leyendas nobles o pícaras que el alma colectiva impone al individuo, y unas veces le ayudan a medrar y otras le pierden.
Bajo aquella reputación, don Higinio se hallaba bien; reconocíase pacífico, metódico, incapaz de seducir mujeres ni de causar daño a nadie; sabíase esclavo de sus obligaciones, del porvenir de sus hijos, de su propio temperamento, mansejón y apaisado, y, sin embargo, complacíale que el mundo le creyese galán y pronto a los más arriscados extremos. Esta quimerista inclinación de ánimo abunda: millares de hombres, entristecidos por la invencible distancia que separa sus actos de sus ensueños, procuran olvidar su fracaso mostrándose de muy enemiga manera a cómo son. Semejante farsa, no obstante su infantil sencillez, divertía a Perea; sin él precaverlo, aquel breve tiempo que estuvo en París había bastado a impregnar su pobre existencia de una fragancia de aventura: en Serranillas le querían y envidiaban sus ocultos amores, sus éxitos de viajero; era ese algo suave y triste, refinadamente distinguido, que la ingenua juventud prende, como un aroma de jardín, en los cabellos blancos de Don Juan...
«Soy vulgar —pensaba—; tan vulgar como don Cándido, que no ha salido jamás de su botica ni conoció otra mujer que la suya...».
Pero, y los demás, ¿no serían iguales? El notario Arribas, verbigracia, sargento del ejército que capituló en Santiago de Cuba y de quien se referían proezas dignas de ser celebradas en romances, ¿sabría, efectivamente, disparar un tiro o por dónde se agarraba una bayoneta?... También don Gregorio exaltaba, con grandes gritos, sus hazañas de cazador. Pero, ¿quién daría fe de tan notables lances?... Es muy fácil decir: «Yo hice esto», «A mí me sucedió aquello...», cuando el narrador tiene la sospechosa precaución de rodear de absoluta soledad su aventura.
Julio Cenén había referido de casa en casa la historia de sus amores con la señorita de Perpignan, y alguien, efectivamente, les vio juntos en el circo y luego cenando en la fonda de don Justo; pero ello no significaba que el recato de la Debreuil, por muy usado, raído y discutible que fuese, hubiera concedido al arriscado secretario mayores favores. Nadie sabía lo que entre ambos sucediera; luego Julio Cenén, al amparo del misterio, podía mentir...
Cavilando en esto Perea, sentía que un ambiente de traición, de embuste, liviandad y superchería le circundaba. Como no hay cuerpos perfectos, tampoco existen almas modelos, sino que todas disimulan la caricatura o degeneración de algún fingimiento. Quienes blasonan de honrados, aquellos de valientes, otros de seductores, estos de metódicos y castos...; y entre los hilos incontables de tantas mentiras, nadie suele ser lo que parece, ni tampoco lo que la opinión del prójimo señala y divulga. De este modo se explicaba don Higinio que todos sus convecinos hubiesen algo notable que referir, mientras él no tenía en su historia, que ya iba siendo larga, ni el menor incidente digno de loa, recordación o comentario.
«No es que les haya ocurrido nada —rumiaba Perea—; pero lo dicen y luego lo repite el público».
El ejemplo más terminante de la influencia que una mentira puede ejercer en la vida de un hombre lo ofrecía Diego, el sobrino de Arribas.
A pesar de sus veinticinco o treinta años, el rostro de Diego conservaba la humildad y dulcedumbre de la adolescencia: era un bendito, una pobre voluntad dócil, asustadiza, enemiga de ruidos; y no obstante, a todas partes le acompañaba una desfavorable leyenda de matonismo y escándalo. ¿De dónde provenía aquel temeroso renombre? ¿Qué conventos allanó el menguado?... ¿A qué rivales mató en desafío? ¿Qué fortunas perdió al juego? ¿Cuáles fueron sus bacanales? ¿Qué doncellas se malograron por él?... Nadie hubiese podido demostrar que incurriera en ninguno de estos errores, y, sin embargo, su familia le aborrecía; su esposa, favorecida por su padre, se negó a continuar viviendo bajo el techo conyugal, y así, de unos en otros, la murmuración cristalizó y convirtiose en historia y posteridad; y Diego, dulce y apocado como una liebre, fue tenido por una de las peores cabezas de Serranillas.
En los pueblos estos casos de injusticia social se cuentan por millares. Un hecho cualquiera, aun el más baladí, sirve para clasificar a un individuo, para «marcarle», y este juicio, repetido neciamente por el vulgo, se extiende, afianza y llega a ser indeleble. Es una labor de impresionismo. Hay individuos que fueron tontos toda su vida y murieron en olor de imbecilidad, únicamente porque sus conterráneos, cumpliendo un acuerdo tácito, acordaron negarles todo criterio.
Esto motivó, tal vez, el nimbo de tropelías y de maldad que rodeaba a aquel pobre Diego, tan silencioso, tan humilde, capaz de estarse sentado cinco horas seguidas sin hablar a nadie. Quizás cuando muchacho, y probablemente contra toda la inclinación de su voluntad misericordiosa, reñiría con otro chiquillo, a quien hirió, lo que fue causa de que su madre y la del descalabrado anduviesen a la greña.
¿Para qué más?... La noticia estremeció la población, abultándose, hinchándose de calle en calle a cada nueva glosa, y Diego quedó «clasificado»: era un rebelde, un inadaptado, un temperamento irreductible. Con las primeras alegrías de la juventud, aquella aventura inocente remozó su prestigio fatal. Diego se halló perdido; todos sus actos suscitaban sospechas. Si le veían hablando de noche con una muchacha: «¡Es un mujeriego!», decía la gente. Si tallando una peseta en el «saloncito verde» del Casino: «¡Es un jugador!...». Si bebiendo un vaso de vino ante el mostrador de una taberna o en la fonda de don Justo: «¡Es un borracho!...». ¿Cómo destruir aquella voz fiscal, voz del pueblo, que resonaba por todas partes?... El historial bravucón del niño perdía al hombre; la muchedumbre, después de juzgarle pendenciero, arisco y maleante, negábase rotundamente a creerle de otro modo. Era necesario rendirse: el individuo caía de rodillas bajo el empuje de la colectividad.
Perea llegó a pensar que en la historia de las personas vulgares, los únicos capítulos de algún relieve novelesco suelen ser mentiras nacidas bruscamente al calor de una frase y precipitadas luego a los cuatro vientos de la murmuración por el vulgo inconsciente. ¡Ah, si él quisiera inventar teniendo, como había, el inmenso París a su espalda!... Pero no; don Higinio no sabía mentir; el embuste implica un disimulo, una felonía, que repugnaban a su carácter bravo y sencillo.
Estas menudas divagaciones filosóficas de una parte, y de otra los años, que sigilosamente y a hurto una de las conciencias más avisadas, así saben cambiar la traza física de los hombres como revolucionarles el humor hasta inclinarles a lo que nunca desearon y viceversa, fueron modificando la ética de don Higinio. Su afición a la soledad habíase trocado en misantropía. Fuera del Casino, adonde iba dos o tres veces por semana, no sostenía relaciones de amistad con nadie, y llevaba constantemente en su noble rostro una pesadumbre de condena. El amor a París había pasado por su alma como esos cariños intensos y románticos que suelen tatuar en muchos jóvenes una huella imborrable de tristeza. Pensaba en París con la misma melancolía que una mujer puede recordar su primera falta. Una vez solo se acercó al maravilloso vitral de la inmensa cosmópolis, vio su luminosidad cegadora, oyó el babélico estruendo de su risa eternal, sintió resbalar las manos de sus cocotas sobre su carne pecadora y temblante, y, luego, de súbito, extinguiéronse las luces y la alucinación se deshizo en recuerdo y en sombras de destierro. Si veía el reloj de oro que compró para su cuñada en la calle de la Paz, o la petaca con que obsequió a Cenén, don Higinio se ponía triste; la pianola del notario Arribas, oída algunas veces en el silencio de las calles espaciosas y vacías, le inspiraba deseos de llorar: era la voz de París, inteligible solo para su alma. Igual emoción depresiva experimentaba cuando en la fachada de la Casa Correos ponían alguno de esos carteles con que las Compañías navieras llaman a los emigrantes: vapores blancos deslizándose sobre un mar de purísimo color esmeralda; vapores negros, empenachados de humo, recortándose violentamente bajo un cielo rojo; y debajo los nombres hacia donde los hambrientos de la vieja Europa orientan su esperanza: Buenos Aires, Méjico, Montevideo, Brasil... Viéndolos don Higinio se acordaba del zaguán del hotel de los Alpes, y la figura del intérprete, con sus lacios bigotes, su larga nariz enrojecida por el ajenjo y sus botas de paño, cruzaba grotesca y simpática su memoria. Comprendía el buen manchego que todo, con el favor ingrato del tiempo, iba dejándole, y él, a su vez, sentía un absoluto desasimiento y eremítico desdén hacia todo. Anselmo, su primogénito, había cumplido quince años y estudiaba el tercer curso del Bachillerato; Joaquinito iba a ingresar en el Instituto; Carmen, con ese raro pudor que separa a las hijas de los padres, para luego lanzarlas entre los brazos de un marido, ya no se desnudaba sin antes cerrar la puerta de su dormitorio; y doña Emilia, aunque no era vieja, por su gordura y batalladora condición de carácter, había llegado a colocarse fuera del terreno sexual.
Hallándose desencentrado y un poco anacrónico, don Higinio se refugió en la pesca, única distracción compatible con su nostálgico amor al silencio, y hubo a su alrededor como un súbito germinal de flores melancólicas en las que nunca había reparado. Fue entonces cuando comprendió la tristeza del viejo nido de cigüeñas que coronaba la torre de la iglesia, y la sórdida aridez mental del vivir lugareño, y el aburrimiento de las vírgenes que allí frutecen y acaban; y como si iba por las calles tuviera la costumbre de mirar hacia el interior de las tiendas, advirtió el asombroso número de relojes parados que había en Serranillas; lo que, demostrándole cuán poco vale el tiempo en la existencia lenta de los pueblos, fue para su espíritu delicado un nuevo motivo de descaecimiento y pesadumbre. A última hora de la tarde, luego de visitar la mina que ya había recobrado su fértil trajín, iba al paseo de la Feria a beber agua ferruginosa de cierto manantial que un médico célebre descubrió antaño y a sus expensas convirtió en fuente. Algunas veces alargaba su camino hasta la estación, donde nunca faltaban amigos con quienes departir templadamente mientras llegaba el correo de Ciudad Real. Allí, cierta tarde, le saludó un individuo a quien solo conocía de vista.
—¿No se acuerda usted de mí, señor Perea?...
—No, en este momento, la verdad...
—Yo soy Paco Martínez.
—¿Martínez?...
—El que le vendió el baúl cuando le cayó a usted la lotería y se marchó a París...
—¡Ah, sí!...
Don Higinio le examinó afectuosamente, casi enternecido, como se mira a un cómplice, y en su memoria reavivose la imagen de su cofre forrado de hojalata amarilla, y con él la visión de su bohemio cuartito del hotel de los Alpes. Martínez reiteró a Perea su amistad humilde y los servicios de su casa.
—Si hace usted otro viaje, ya lo sabe; acuérdese de este servidor.
Don Higinio esbozó un mohín de duda y melancolía.
—No es fácil —dijo como en un suspiro— que vuelva a moverme de aquí: voy llegando a viejo y los años son poco aficionados a mudanzas.
Hablando de esta suerte, inconsciente, miró al espacio, a los alcores rocosos que circuían la población, a la torre de la iglesia, donde las esferas iluminadas del reloj brillaban en la creciente oscuridad vesperal como las pupilas glaucas de una lechuza. ¡No; él ya nunca saldría de Serranillas!... ¿Ni para qué?... Solo el andén, con sus trenes que venían de lejos, de París acaso, parecía comprender su destierro. A su excelente corazón le emocionaba románticamente todo aquel trasiego; los amores son interesantes porque nos dejan; los paisajes parecen más bonitos cuando se van; el secreto de toda pasión y de toda belleza estriba en la misma angustia que nos produce sentir cómo lo más deseado irremediablemente se deshace y marchita entre nuestras manos ingratas.
Un día varias muchachas de Serranillas, hijas de mineros, subieron al correo de Madrid, donde las habían dicho que las criadas cobraban buenos sueldos. Eran mozuelas de quince a dieciocho años, y sus trajes de ligeros colores y los pañuelos de seda que cubrían sus cabezas mejoraban su gracia juvenil. Muchas personas de su intimidad y cariño las acompañaron a la estación; la despedida fue emocionante: sollozaban las madres, y las muchachas, apenadas de una parte y removidas de otra gozosamente con la alegría del viaje, no sabían si llorar o reír. Rodó el tren, llevándolas consigo hacia el mañana, donde, emboscada, acecha la vida. Se fueron. ¡Oh, la pena desgarradora de ese instante en que las cosas son y dejan de ser para siempre, porque si algún día volviesen ya no serían las mismas!... Al salir del andén, seguro de que nadie le veía, don Higinio Perea, que hubiera querido marcharse con ellas, necesitó enjugarse los ojos.
VI
Empezaba la otoñada con unos días frescos, ligeramente neblinosos, que olían a tierra húmeda. El paisaje cambió: los prados iban amarilleando, y entre el ramaje seco el viento sonaba de otro modo; el Guadamil venía crecido, y sus ondas, en la hoya profunda del Jabalí, tenían murmurios de amenaza. Ya del cielo azulino, de un azul enfermo, las últimas golondrinas se habían marchado; las cigüeñas de la iglesia se fueron también.
Una tarde de octubre, después de almorzar, don Higinio Perea enderezó sus pasos a la botica de don Cándido, que celebraba, juntamente con su fiesta onomástica, el cincuentavo aniversario de su natalicio. Llovía copiosamente y para no cruzar la plaza convertida por obra del mal tiempo y abandono del alcalde, en un barrizal, necesitó don Higinio dar un largo rodeo. Caminaba sin prisa y chupando un buen cigarro. Bajo su paraguas, que le defendía del chaparrón y sobre la sequedad de sus chanclos, iba contento y como transportado cinco años atrás: aquel día turbio, fangoso, en que las piedras de la calle oponían una brillantez acerada a la claridad lívida del espacio, era «un día de París...».
Cuando llegó a la farmacia ya la sobremesa, aunque duró mucho, había terminado, y de cuantos amigos acudieron a la íntima y alegre zahora solo quedaban don Gregorio Hernández, el notario Arribas, Julio Cenén y Gutiérrez, el jefe de Correos. Don Higinio les halló en una de las habitaciones últimas de la casa, cómodamente repanchigados alrededor de un velador al que daban autoridad y simpático paramento tres botellas de coñac, dos intactas aún y la otra casi vacía. Perea fue recibido con estudiantil algazara.
—¿Cómo viene usted tan tarde, hombre de Dios? —le gritó el médico—. Ha perdido usted un almuerzo de primer orden. Aquí, el más desganado, se ha chupado los dedos. ¡Magnífico!... Ya lo sabe Cándido: a su mujer, quiera él o no, me la llevo de cocinera.
Don Higinio disculpó su retraso con sus ocupaciones; había estado haciendo números y escribiendo cartas; la mina le daba muchos calentamientos de cabeza. El farmacéutico quiso obsequiarle con una tacita de caracolillo y moka, y don Higinio aceptó. Sentose de espaldas a la luz, entre don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento; cruzó una pierna sobre otra, bebió su café aromado y caliente, trasegó medio vasito de coñac e inmediatamente, bajo la caricia tibia de aquel ambiente impregnado de olor a tabaco, fue feliz. Cenén le dio un amistoso golpecito en el hombro:
—¡Vaya, con don Higinio! Pues ha de saber usted que todos le hemos echado de menos.
—Yo iba a enviarle a usted un segundo recado —dijo don Cándido—; pero estos demonios se opusieron.
Hernández rectificó, dando una gran voz.
—¡Alto! Quien se opuso fui yo; estos señores nada dijeron; me opuse porque conozco a Perea: es un mátalas callando con quien, en ciertos días de la semana, no se puede contar. ¿Es o no verdad?...
Todos rieron de bonísima gana, porque en aquellos momentos de sincero optimismo aun las frases más triviales sonaban a agudeza y donaire. Don Higinio rio también, moviendo la cabeza a un lado y otro, como si intentase objetar algo, muy colorado y mirándose los chanclos. Estaba contento; una atmósfera de cordial amistad le envolvía. Don Cándido le sirvió un segundo vasito de coñac.
—Tiene usted que beber de prisa para alcanzarnos, le llevamos mucha ventaja.
Como le temblase el pulso y no consiguiera escanciar limpiamente, Hernández le arrebató la botella.
—¡Eche usted sin miedo!... ¡Canastos, estos boticarios son unos miserables! ¡Todo lo dan por gotas!
Gutiérrez y Arribas intercedieron:
—Pero si a Perea no le gusta beber... Este coñac tiene muchos grados.
Aquella intromisión piadosa picó la vanidad de don Higinio.
—Nadie pase cuidado —dijo—, yo bebo mucho: ya saben ustedes que el ajenjo es agua para mí.
Y de un trago apuró el vaso. El médico aplaudió.
—¿Ven ustedes? Pero si este hombre, allá en París, se enjuagaba la boca con lejía. ¡Cuando yo digo que no le conocen!...
Don Higinio, que no estaba acostumbrado a ingerir bebidas fuertes, sintió que todo el calor de aquella buchada se le subía a las sienes, a la nuca. Como por ensalmo, la discreta melancolía habitual de su carácter desapareció, y sus párpados experimentaron una extraña y amable ligereza.
—¡Muy bien dicho, don Gregorio —exclamó campechano—, estos caballeros de alfeñique no me conocen!...
Para mejor demostrarlo, antes de que nadie le invitase a ello, se sirvió otro coñac. Todos le imitaron; hubiera sido descortesía dejarle solo en momento de tanta gravedad y gusto. Julio Cenén insinuó:
—Yo desconocía este aspecto de nuestro amigo Perea: únicamente recuerdo que hace años, cuando llegó a Serranillas la noticia de que a él y a don Gregorio les había caído la lotería, estuvo en el Casino bebiendo aguardiente de Cazalla con Pepe Martín y conmigo.
—¡Pero si esos son detalles! —interrumpió el médico—. Donde este hombre se habrá acostumbrado a beber es en París; el pueblo francés bebe mucho, muchísimo..., como ustedes no pueden figurarse. ¿No es así, don Higinio?
El interpelado hizo un signo afirmativo; se acordaba de Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes, con su nariz roja caída sobre el bigote lacio, su respiración de alcohólico y sus ojos azules, húmedos siempre y medio cerrados.
—Es verdad —declaró sentencioso—; yo, allí, francamente, es donde he abusado un poco de la bebida.
—¿Permaneció usted mucho tiempo en París? —dijo el notario.
—Cerca de ocho meses.
Hernández le miró asombrado. ¿Ocho meses?... Él creía que no habían llegado a siete, pero no estaba cierto. En la distancia de los cinco años transcurridos desde entonces sus recuerdos se embarullaban.
—¡Cómo corre el tiempo! —exclamó don Jerónimo.
La reflexión de Arribas arrancó un suspiro al jefe de Correos y tuvo la virtud de arquear melancólicamente todas las cejas. Hubo una pausa.
—Pues, sí, señor —insistió pérfidamente don Higinio—, ocho meses o poco menos, estuve en París. ¡Quién pudiera volver!...
Y al hablar así, de pronto, quedose triste, como si en París, efectivamente, se hubiese dejado el corazón.
Su ánimo volvía a inmergirse en un tranquilo, inefable bienestar. El aposento donde se hallaban era hermoso; cromos vulgares metidos en dorados marcos y antiguos retratos de familia, exornaban el papel oscuro de las paredes; hacía calor; el recio aroma del tabaco invitaba al ensueño; por las dos ventanas enrejadas y sin cortinas, asomaba un retal de jardín y se percibía el monorritmo sigiloso de la lluvia.
El coñac desataba en los circunstantes el prurito lírico de hablar de sí mismos. El secretario del Ayuntamiento cedió sin gran resistencia a los ruegos de Gutiérrez y del notario, y comenzó a referir sus relaciones con la Debreuil. Los pormenores traviesos que el narrador añadía a su cinedológico relato eran tan expresivos y con tales gestos los ilustraba, que don Cándido creyose obligado a cerrar la puerta.
—¿Anda por ahí tu mujer? —preguntó Arribas.
—No, está en la botica; de todos modos...
La hiperbólica y mentirosa imaginación de Cenén daban a sus vulgares amoríos con la señorita de Perpignan visos novelescos de desinterés y sacrificio. ¡Adorable Liana! Era bonita, era buena... y, para mayor hechizo y simpatía de su persona, ¡era horriblemente desgraciada! A cada momento los ojuelos ratoniles del secretario se volvían hacia Perea, solicitando la irrecusable autoridad de su aprobación.
—Aquí, don Higinio, conoció mucho a Liana; toda una noche estuvo hablando con ella y él, mejor que nadie, puede decir si era o no una chiquilla encantadora.
Perea asintió pausadamente, con lentitud enfática y doctoral:
—Sí, era una criatura muy agradable, muy francesa... Es un tipo que abunda mucho en París.
Cenén prosiguió:
—Ella se había enamorado de mí; al principio, no; ¡como casi no nos entendíamos!... ¡Pero, luego!... La víspera de marcharse estuvo llorando toda la noche; parecía loca: tan pronto quería quedarse a vivir aquí, conmigo; tan pronto me invitaba a irme con ella a correr mundo. ¡Niña de mi alma! «Tú —decía— no tienes que hacer nada; yo te vestiré, te pagaré la fonda, los viajes...». Creo que si para seguirla la impongo la condición de llevarse también mi familia, acepta.
Movía su cabecita de pájaro a todos lados, y se sirvió un coñac.
—¡Luego dicen que las francesas son interesadas!... ¡Mentira!...
Miraba a don Higinio. Perea afirmó: