MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL
OBRAS COMPLETAS
DE
EDUARDO ZAMACOIS
| I. | —La alegría de andar. (Croquis de un viaje por tierras de Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro América y América del Sur.) |
| II. | —Europa se va... (Novela.) |
| III. | —El otro. (Idem.) |
| IV. | —Duelo a muerte. (Idem.) |
| V. | —Memorias de una cortesana. (Idem.) |
| VI. | —La opinión ajena. (Idem.) |
| VII. | —Punto-Negro. (Idem.) |
| VIII. | —El seductor. (Idem.) |
| IX. | —Sobre el abismo. (Idem.) |
| X. | —Confesiones de «un niño decente». (Autobiografía.) |
| XI. | —Tik-Nay «el payaso inimitable». (Novela.) |
| XII. | —Memorias de un vagón de ferrocarril. (Idem.) |
| XIII. | —El misterio de un hombre pequeñito. (Idem.) |
| XIV. | —Para tí... (Libro I.) (Novelas.) |
| EN PRENSA | |
| Para ti... (Libro II.) (Novelas.) | |
| Una vida extraordinaria. (Novela.) | |
EDUARDO ZAMACOIS
OBRAS COMPLETAS
XII
MEMORIAS DE UN
VAGÓN DE FERROCARRIL
NOVELA
(TERCERA EDICIÓN)
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
ES PROPIEDAD
SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE
NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR
Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
Teléf, 14-30.—MADRID
MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL
I
Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo y atraen la curiosidad de las gentes.
Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie de “protoplasma internacional”—llamémoslo así—que me integra, unido a mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.
La Compañía que me trajo a España pagó—con arreglo al cambio de aquel día—veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso neto—quiero decir—cuando estoy vacío, excede de treinta y seis toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme El Cabal. Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en “el detalle”...
Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El “cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro—lugar el menos trepidante—llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.
No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros más angosta que la española, y mis constructores necesitaban transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos “trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en España, pero de origen francés.
Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. Evidentemente—no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi sentido íntimo—los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros eran como ideas que fuesen clavándose en mí.
Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, a fuerza de porrazos y de dolor—como la conciencia en los hombres—nació mi conciencia.
Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para “rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros que dificultan en las sienes la circulación...
De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba—sin él saberlo—una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de todos ellos.
Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la suya, transportar gentes de un lado a otro.
Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos cristales de una pieza, vibré de júbilo:
—Ya tengo ojos—me dije—y el polvo no podrá entrar en mí.
Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:
—Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.
Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.
Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una lozanía de pradera...
Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...
—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.
Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y perspectivas nuevas surgieron ante mí.
La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y aparte!...
Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo bien constituído, de mi euritmia perfecta.
Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en casetas de guardavías.
—Son coches inservibles—pensé.
Y no tuve para ellos ni una compasión.
Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los Pirineos—y al otro lado el mar...
—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a mí...
Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del caballo de carreras que entra en un hipódromo.
II
Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de producir.
—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga a la nuestra?
Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.
La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un “cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de traje...
Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:
El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte “morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.
Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la materia a convertirse en espíritu.
Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de otros mundos:
En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la Materia de hacerse Espíritu.
Aclararé mi teoría con un ejemplo:
En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.
Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, fabricado con elementos de un campo cualquiera.
La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y ennoblecerla.
Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus costumbres.
—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.
Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el resultado de nuestro miedo a sufrir.
Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los cubre?...
En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.
Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...
Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que ellos, acaso viva más.
Todo lo que sé—muy poco—lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona que entraba en mí—y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de existencia—era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una vida muy semejante a la humana.
Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.
Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.
Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo cual la Naturaleza—ironista sutil—parece decirles:
—¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, mírala desde lejos. Es mejor...
Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una improvisación.
III
Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es echar a perder una ilusión.
Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...
También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...
Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres “desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una locomotora que las arrastra.
En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor sumiso que todos profesamos a la máquina.
Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades hacen los hombres...
A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: la acompañaban un furgón de equipajes y un sleeping-car. Su aspecto infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del “ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...
—¿Me hará daño?—pensé.
Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era de dolor.
Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una orden—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras extrañas sacudidas me estremecieron.
El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El “aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos del cuarto-tocador.
—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al marcharse.
Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el sleeping me habló:
—¿Qué dice el bisoño?...
—Tengo miedo—repuse.
Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.
—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.
Repetí.
—Digo que tengo miedo.
—¡Más miedo tendrás—exclamó el sleeping—cuando echemos a andar: tú no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...
Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las siete, en punto, partimos. La máquina silbó.
—Ya nos vamos—observó el sleeping.
¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o rojos, había una advertencia...
Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el tumultuoso trajín de los caminos de hierro.
Hablaré primeramente de la máquina:
Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...
No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La locomotora es el macho, es el sol...
El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más “de igual a igual”; que, al cabo, aunque los sleepings creen merecer más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los “tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad nos obliga a constantes armonía y obediencia.
Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el “expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un vaivén particular que nunca me engañaba.
Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de “tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre trabajar sin gusto, no se quieren!...
Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, y el sleeping, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, “La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.
En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:
—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de retraso.
—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.
—No habrá dormido.
—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién casados?
Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; los dos furgones para equipajes, dos sleeping-cars, apellidados los “Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté los primeros riesgos.
¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de “primera clase”—acumulé en el transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de furor...
No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre parecen.
IV
¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor propio, se había puesto en pie.
Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su miedo me turbó.
—¿Sucede algo?—le pregunté.
—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con ellos...
Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito tableteó ensordecedor. Inquirí:
—¿Por qué silba La Recelosa?...
El Tímido repitió:
—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que te entierran!...
No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.
—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un sleeping.
Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...
—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el sleeping que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.
El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no atienden al paisaje.
Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...
Ya en Castilla, a la sazón llena de luna—era próxima la media noche—la tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura las almas de equilibrio.
Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no estaba cansado.
El sleeping se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.
—¿Cómo marchas, chaval?—indagó.
—Bien.
—¿Te duele el cuerpo?
—No.
—Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde Miranda, tiene muy brusco el trato.
Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que en Avila volveríamos a cambiar de máquina.
—De Avila a Madrid—agregó—nos llevará La Caliente, que, como La Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras de mayor arrastre de la Compañía.
Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:
—En pasando de Burgos—exclamó—lo mismo me da una máquina que otra. Yo adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca—tierra sin dobleces—donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.
El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo pintaron de negro definitivamente.
Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el remolón en las cuestas arriba.
Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.
—¡Calla ya!—le supliqué—; ¿qué mejoras con asustarme?
No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir su miedo.
—Tú has de verlo—repetía—, tú has de verlo; un día ese maldito nos tragará a todos.
Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.
—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los sleeping.
Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.
—¿Qué haces, muchacho?—repitió el sleeping.
Y El Tímido:
—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...
Un sleeping tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:
—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...
Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.
Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:
—¿Cómo te sientes?...
—Bien—repuse.
Todo el convoy se preocupaba de mí.
—¿Estás cansado?
—No.
—¿Nada te duele?
—Nada.
¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.
—Propongo—dijo un sleeping—que a este buen mozo le llamemos El Cabal.
Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.
Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la muerte.
Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra con esa alegría aventurera—ansia instintiva de desplazamiento—que yo llamaría “el placer de irse”.
Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me basta.
En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta—palidez de drama—de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré mientras viva.
Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone muchos años de labor. Los hombres—en su mayoría frívolos y fatuos—raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las ventanillas porque “ya conoce el camino”...
Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años—antes lo dije—he recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores—los pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de súbito, detrás de un monte—viene después. ¿Cuándo los hombres reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?
Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la silueta—que forma horizonte—de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos millares de personas saben todo esto; lo dicen las Guías...
Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos vivimos de todo.
Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al escrutinio y clasificación de los viajeros.
Así formé mi alma.
Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...
La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. ¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo que un alma desnuda.
V
Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme y oir lo que se charla dentro de mí.
La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución—yo tengo toda la seriedad de un real mozo—, sino de la alogía que los hombres sembraron en mí.
Voy a explicarme:
Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta única palabra misteriosa: “Alquilado”.
En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un enfermo?...
Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron resquebrajándose.
Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda satisfacción.
—Le gusta viajar solo y procura aislarse—meditaba yo—; ¡bien se advierte en él a un refinado!...
¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:
—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...
El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:
—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...
En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.
—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.
Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:
—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.
Yo pensé:
—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...
Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:
—Buenas noches...
Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:
—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.
Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:
—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.
Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:
—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.
Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.
—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...
—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es “vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...
Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:
—¿Podemos seguir fumando?
El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:
—Mientras a ustedes no les haga daño...
Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.
El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.
A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del dining-car empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.
En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.
—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas—decían—se conocieron en él.
Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.
—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...
Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:
—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?
—Sí; acaba de volver del comedor.
—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...
Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.
—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...
Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.
—Entre...—susurró desde dentro una voz.
Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.
—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un “reservado para señoras”...
Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.
En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.
¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...
Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.
Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.
Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al Water-Closet y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:
—¿Pero todavía no ha salido nadie?
Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:
—El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora que espero y soy “el quinto”...
—¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a luz!...
Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es “el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, del Water-Closet. De súbito, la puerta—¡oh!—del cuarto-tocador se abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a una ráfaga vernal, en la atmósfera densa—ambiente de alcoba—del pasillo.
VI
Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos mujeres, habrá un escenario.
Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.
En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él los objetos—paredes, muebles, árboles—entre quienes vivió unas horas y a los que fué simpático. Una costumbre—señores psicólogos—no es más que la simpatía que el hombre deja en las cosas...
Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al oído, se apretaban las manos...
Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:
—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?
Sin vacilar, Ricardo repuso:
—Me parece que no.
A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...
Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:
—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.
—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará con otro.
Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:
—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...
Y ella:
—No me atrevo; calla... Serénate...
Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.
—Ven—murmuró desde la puerta.
Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:
—No tengas miedo... no hay nadie...
Y ella:
—No me atrevo...
Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:
—Ven... ven...
La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir:
—Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...
Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.
Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se incorporó:
—¡Gracias a Dios!—exclamó entre festivo y malhumorado—que el joven de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán de qué hablar y nos dejarán tranquilos.
Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:
—¿Ves?...
Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:
—¿Se han ido?...
—Sí—replicó el dramaturgo—; pero volverán. ¿Te convences ahora de que se quieren demasiado para ser matrimonio?...
A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.
—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...
—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.
Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.
—¡Pedro!...
—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?
—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?
—Espero a mi mujer.
Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...
—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...
La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.
—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el escultor.
Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:
—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...
Con cierto entono—aquel hombre fué toda su vida un poco teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:
—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...
Ricardo se inclinó.
—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.
Y agregó, gravemente:
—Mi señora...
Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.
Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.
VII
Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele—y que, a su vez, es empujado—y otro vagón que me arrastra—porque a él también lo arrastran—he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy?...
Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.
Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento folletinesco, de la niebla—la divina musa de los ojos cerrados—que en la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la alquitarada angustia de una indecisión...
Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.
—Yo—suele decirme Doña Catástrofe—necesito saber que tenemos máquina; “sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal de no estar solas, se casan con cualquiera.
Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos medioevales, “las llaves de Castilla”...
Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” que llegaron a España.
—¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!—decía—; las locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión viajó conmigo un señor ministro... o senador—no recuerdo bien—a quien todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una ventanilla, saludó a un señor—que luego supe le administraba varias haciendas—y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”—indagaba don José. Su colocutor contestaba:—“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”—“¿Y la langosta?”—“No se ha presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el diálogo, el rústico exclamó:—“Bueno, don José: deme licencia para marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió delante.
También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea propietario de un burro, pueda casarse...
Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido—notable embustero—solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.
En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha—si bien muy de tarde en tarde—los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del mundo.
Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento nos dictaba ideas lúgubres.
En Avila, La Caliente—que apenas había hecho justicia a su nombre—se marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto que—no me explico el olvido—había quedado a la intemperie. Su aspecto me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez—pensé—estaré yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...
La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña Catástrofe renegaba.
—Como ésa tarde mucho en venir—aludía a la máquina—voy a quedarme helado.
Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que nunca.
—Esta maldita—meditaba yo—va a hacernos pasar esta noche un mal rato.
A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.
—La Tirones ha bebido y está borracha—decía El Presumido.
¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...
Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro inminente.
—¿Qué sucede?—nos interrogábamos unos a otros.
La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se preguntaban:
—¿Por qué grita la máquina así?
El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:
—Un hombre acaba de arrojarse a la vía.
Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.
Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...
Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella frente, habían apagado una luz.
Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña Catástrofe trató de aliviarme:
—¡No te apures, Cabal!—exclamó—; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.
Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos días.
Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el mar, se perdían en la melancolía del mismo color.
A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era blanco...
Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los árabes, el violeta; para los europeos, el negro.
Yo pensé:
“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”
La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un campo nevado.
Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la más fecunda, es negra. En Africa—aseguran—como en el Brasil, la naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que Otello tuviese los ojos azules.
Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.
La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían aún...
Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: una especie de humareda yerta invade el espacio.
La nieve también es el silencio.
Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, oblicuos, parecen lápidas.
La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, todo frío, todo blanco...
A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles limpios, camareros de frac...
A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, Ormaiztegui...
Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:
—¿Os acordáis?
—Sí, sí—respondimos todos.
Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al muerto?...
De pronto, casi a la vez, exclamamos:
—¡Aquí fué!...
Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que despertó a los viajeros.
VIII
Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San Antonio de la Florida.
La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la vanguardia.
—¡Bien colocado vas, Cabal!—me gritó el compañero que había pasado a ocupar mi puesto.
—¿Por qué?—repuse.
—Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas tocarte.
—Más viejo eres que yo—repliqué—y motivos tendrás para hablar como lo haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir soy yo.
Mi colocutor exclamó sentencioso:
—¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.
No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen caretas...
Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y decepcionados—ojos que habían visto mucho—, que iba y venía escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.
La señora decía a su marido:
—Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...
Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté al compañero que me seguía:
—Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, metidos en la abertura del chaleco?...
—Ya sé quién dices—atajó El Misántropo—; viaja detrás de mí, en El Tímido. ¿Te interesa?
—Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.
—¿Uno?—repitió—; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.
Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que, misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... ¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”
Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente desdeñoso. Yo meditaba:
—Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene razón de ser”...
Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:
—¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...
Contuvo un bostezo. El exclamó:
—¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.
La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...
—¿No habrá aquí nada malo?...
El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué bien se vive al lado de una compañera así!...”
—Creo que no—dijo—; el librero me aseguró que era una novela “para señoras”...
Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha el país!...
La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra en la que no había pecado.
El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los billetes, el interventor exclamó:
—¿De modo que usted se apea en Medina?
—Desgraciadamente—replicó don Adelardo—: Carmen, mi señora, va a San Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una Fábrica.
A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.
—Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame—rogaba el marido.
—Lo haré así; ¡como siempre!...
—¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!
—¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.
El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:
—Mi alma...
—Adiós—repetía la esposa—; adiós...
—¡Mi vida!...
—Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.
Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las frases acongojadoras de las despedidas:
—Te quiero; no me olvides...
—¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...
Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y partimos.
Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.
—¡Carmen!—murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.
Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se lo impidió.
—Siéntate enfrente de mí—murmuró—y sé prudente; el inspector conoce a mi marido...
La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”
Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un valor de varios millones.
¡Y, sin embargo—reflexionaba yo—, ella no le quiere!... El delito no era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. ¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido—y ante el desengaño del matrimonio—suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia—dentro o no de los Códigos—es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; mientras en Occidente cada hombre cuida—in pártibus—de las mujeres ajenas.
Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.
El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a su compañera una sortija.
—En recuerdo—murmuró—de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a estar juntos.
Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de alegría infantil; acaso—¡oh, dolor!—hubo en ellos un poquito de codicia también...
Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella sabía tasar una joya!... Después—me parece que sin prisa—, dentro del aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:
“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... ¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda lucir la sortija cuando esté a su lado...”
No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su corazón. Continuó meditando:
“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se enfadará...”
El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, “tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se aburría; entonces, a no ser por la sortija...
La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!
—¡La he olvidado en el lavabo!—bisbiseó.
Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar, y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.
—¡Oh!—rugió desesperada.
Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:
—Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie viene por gusto...
Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:
—¿Ha visto usted una sortija?
—No, señora.
—Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...
Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los ojos. Esta hizo un ademán inocente:
—Acaso esté—dijo—; verdaderamente, yo no he mirado.
Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, ¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba febril.
—¿Qué hacer—repetía—, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...
Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada había visto, pero prometió informarse; preguntaría...
—Que la sortija aparezca—dijo—, depende, como usted comprende bien, de la honradez de quien la haya encontrado.
—Yo creo—afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos desconocidos que vió al salir del “tocador”—que la tiene un viajero de mi coche; o del coche que va delante del mío...
Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba rota...
Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos mientras se oprimían las manos.
Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:
“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”
Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:
—¿Qué tienes?...
Carmen repuso:
—Los nervios; no es nada.
Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí decirle—pensó—que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una bruta!...”
Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y febriles. Su marido llegó a inquietarse.
Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.
—Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre delante.
Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, repuso:
—Esa sortija no es mía.
Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:
—¿Es tuya?
—No.
El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las piedras.
—¡Es bonita!—murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja—; bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...
En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, diciéndole:
—No es nuestra.
El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O las sortijas extraviadas serán dos?”—pensó. Desconcertado y receloso, pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.
—Te ha confundido con otra viajera—comentó don Adelardo.
—¡Sin duda!...
Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía a su semblante. El esposo continuó:
—¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. ¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...
Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su pensamiento:
—O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.
La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.
—Mi señora—explicó—se ha enamorado de ella.
El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.
Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer continuarán dichosos.
De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.
—De cosas peores—insistía El Presumido—ha sido testigo cualquiera de nosotros.
Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:
—Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de ella?...
IX
Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
—Estad prevenidos—dijeron—porque hoy traemos mala gente.
—¿Quiénes son?—indagamos.
—Cuatro bandidos de los más célebres.
—¿Sabe vuestra policía que venían a España?
—Nos parece que no.
Pedimos detalles.
—Todos visten bien y son jóvenes—respondieron nuestros cofrades traspirenaicos—; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo sin duda una consigna, saltaron a la vía.
El narrador concluyó:
—Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
—“El bello Raúl”—nos respondieron—es el único que lleva bigote; tiene la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al andar.
—¿Y Cardini?...
—El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están afeitados.
El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San Sebastián. Cierta inquietud folletinesca—trepidación de aventura—nos sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:
—¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?
—No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?
—Tampoco.
Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.
Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al “bello Raúl”, cuya gallardía—si el remoquete que le señalaba era justo—debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los segundos me atraían mejor. El policía—reflexionaba yo—tiene una importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” de la injusticia colectiva, el público—aun en contra de sus intereses—en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la novela, aplaude al ladrón...
Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:
—Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como gentlemen; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha peleado en los rings; Jacobo Dommiot debe de tener también algún oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...
Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto había visto, tenía razón.
Doña Catástrofe continuó:
—Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar con maña o por la fuerza, España—como en todo—se quedó rezagada. Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...
Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
—Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le vería. “Debe de ser un ladrón”—se dijo el guardafreno. Pudo mandar parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... ¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban sentados—no les era posible mantenerse de pie—y a breve distancia uno de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre animoso—si tú quieres—, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se empieza!...
Le interrumpí para decirle:
—Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
—Me gusta—replicó Doña Catástrofe—que cada cual conozca y descuelle en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido a los hombres en el corazón.
Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no habló más.
Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en otra cosa.
En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le preguntó:
—¿Queda alguna cama?...
—Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le cobraré el “suplemento”.
—Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
—Cuando usted guste.
El religioso, muy amablemente—acaso con una leve ironía—, saludó a los viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este comentario:
—Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, mucho menos, en sleeping!...
Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que ellos—mejor educados, tal vez—no se atrevieron a decir. Las personas toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente confortable, mullido, lujoso...
Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña Catástrofe me había hecho.
—He aquí un hombre—pensé—que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
X
Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de Córdoba a Sevilla, mi familia—al convoy yo lo llamo “mi familia”—había comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:
—Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, me veáis convertido en astillas.
La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a recogernos, y bajo su recuerdo depresivo—un recuerdo al que se mezclaba algo supersticioso—salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la noche, lóbrega y húmeda, un gran frío—un frío que era miedo—me traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.
—Oye, Misántropo—le dije.
Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi temor a morir.
El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un convoy trágico.
A mis preguntas, El Misántropo contestó:
—Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.
Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.
Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias horas.
Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante concurrencia.
—¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!—me gritó un compañero.
—¿Tanto he dormido?—pregunté.
—Toda la tarde.
Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:
—Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no podamos dormir.
En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.
—¿Lo dices por los ladrones franceses?
—Sí.
—¿Les has visto?
—Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se hablan: demuestran no conocerse.
Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la salida del primer toro.
—¿Quiénes son?—dije.
—Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.
—¡El mismo!—exclamé—; ¿y el otro?
—Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. Creo que es Dommiot.
El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:
—¡Mira... mira!...
Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.
—¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?—decía yo.
—Pienso que sí.
—¿Irán a asaltar el tren?...
Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:
—Recuerda—dijo—lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...
Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.
Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un individuo vestido con una blusa blanca, repetía:
—¡Almohadas de viaje!...
“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. Yo estaba inconsolable.
—¡Qué lástima!—suspiré.
Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:
—¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un tiro?...
No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo le preguntaba a Doña Catástrofe:
—Oye: ¿qué hacen “esos”?...
—Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.
—¿Y Cardini?
—No hace nada.
—¿Duerme?
—No: ni lee ni duerme: mira.
—¿A quién?—insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, el prólogo de un drama.
—A nadie—replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe—; Cardini no parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho peor...
Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, era curioso, indagaba:
—Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.
El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la pregunta:
—Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace Mauricio?
—Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.
—¿Viaja contigo mucha gente?
—Voy completo.
—¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...
—¡Cállate, salvaje!...
El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era así, y realmente se querían como hermanos.
Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:
—¿Qué hace “el bello Raúl”?...
—Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos cerrados.
—¿Duerme, efectivamente?
—No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.
De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible que—semejantes a eslabones—formaban nuestras preguntas y respuestas. Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del convoy.
A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.
—¿Qué hace Dommiot?
—Leer.
—¿Y el italiano?
—Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.
—¿Y Mauricio?
—Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.
—¿Y Raúl?...
—“El bello Raúl” duerme... o lo finge...
Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la mayoría de los trenes—mercancías o correos—que se cruzaban con nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...
—Llevamos gente sospechosa—les gritábamos al pasar.
Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de quiénes les hablábamos, respondían:
—¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?
—Sí.
—¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la vuelta!...
—Sí... sí...
—¡Buena noche!...
—¡Buen viaje!...
Todos—ellos y nosotros—nos interpelábamos a la vez, las locomotoras silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.
Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas—creo haber dicho que cada viajero era una idea para mí—me daba la prestancia de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.
Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me comunicó esta observación:
—Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen pactado. Estoy intranquilo.
Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro hombres procedían movidos por una consigna.
Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a acometer a los viajeros.
—Son pocos—interrumpí—, no creo que se atrevan...
—He ahí mi miedo—replicó el viejo vagón—, que no operen solos, sino en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...
Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. Pregunté:
—¿Es muy peligroso descarrilar?
—Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.
—Pero el maquinista y el fogonero—repliqué—no cesan de otear el camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían para parar.
—Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La Tirones frena mal.
De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.
—¿Hay novedad en la vía?—le gritamos.
—¡No!...—repuso.
Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; podíamos seguir.
No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba con amor paternal, intentó serenarme.
—No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.
Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar junto al antiguo boxeador, murmuró:
—Vamos.
Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña Catástrofe:
—¡Ahí van!... ahí les tienes...
Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.
Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, repartía órdenes:
—Ya sabéis que yo defiendo la puerta.
Todos afirmaron.
—Tú—prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini—te quedas en el pasillo.
El italiano asintió.
—Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.
Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.
—Y si alguno se resiste—concluyó—le dais un buen golpe. Conviene trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy extremo.
Dicho esto, todos penetraron en mí.
—¿Quién iba a creer, Cabal—musitó Doña Catástrofe—que la fiesta iba a ser en honor tuyo?...
“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:
—Venga el dinero—decía—, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos muchos.
Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.
—¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los relojes... las sortijas...
Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.
—No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio—advirtió Dommiot—porque les asesinaríamos.
Dicho esto apagó la luz—como invitando a los desvalijados a reanudar su sueño—y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo las cadenas del pánico—no hay ligaduras que sujeten mejor—se dejaban robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. ¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:
—¿Sucede algo?
Y los del italiano:
—Nada: todo marcha bien.
Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de Cardini, interrogaban:
—¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...
Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:
—No...
Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.
El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, mis compañeros me demandaban.
Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un pie sobre los cabellos.
La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se mostraban inertes y dóciles.
—Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... ¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!—repetía Dommiot.
Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: “Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.
—Pero, ¿no acabas con él?—murmuró Mauricio.
En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.
—Tira—ordenó uno de ellos al italiano.
Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:
—¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...
El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la inglesa, replicó fríamente:
—Si no le mato, no acabamos en toda la noche.
La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:
—¡Atrás!... ¡Atrás!...
Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños aspavientos.
Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:
—¡Ladrones!... ¡Socorro!...
Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban contra los fugitivos.
—¡Abajo—decía Raúl—, pronto!...
Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron casi inmediatamente.
El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de sangre.
XI
Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama—¿quién hubiera podido sospecharlo?—marcó el término de mi juventud, modificó mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.
Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios señores—personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con que el personal de la estación les acogía—que después de examinar prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de un aire de misterio.
Lo que más me afligió fué verme separado—de un modo que luego comprendí era definitivo—de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo “equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante más de nueve años.
—En Madrid quedaron—me dijeron.
—¿Qué tienen?
—Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la enfermería.
Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid. ¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de “vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.
Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.
No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en lastimarles.
Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren despedirnos y nos llaman; todavía—cuando ya no hay remedio, cuando ya nos vamos—quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...
Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.
Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo silbido que seguirá la zurda, etc.
Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos en el Oria.
—¿Por qué la máquina grita así?—pregunté a un compañero.
—No te asustes—dijo—; el padre de nuestro maquinista vive cerca de aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y que se acuerda de él...
También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la primera impresión de la muerte.
Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el suelo...
—Lo ha matado—me dijo un compañero que había seguido, como yo, los incidentes del pequeño drama.
—¿Y ya no podrá moverse?—interrogué candoroso.
Mi colega se burló de mí.
—¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que la máquina lo ha matado?...
Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo “está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a estarlo.
Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de espejismo que de realidad.
Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban parte del “rápido” de Asturias.
—Esos dos—añadieron mis camaradas—han progresado: ruedan menos que antes y viajan de día.
Luego preguntaron:
—¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar en un “correo”.
Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...
—Mejor andaba con vosotros—repuse—pero tampoco diré que vivo mal. Es cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son tan graves...
¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al nuevo ambiente.
En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi juicio, interminables.
Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire—hay ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia inconcebible—; y, finalmente, del fogonero y de la acertada disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa—por otro nombre La Casa Real—que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.
Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...
Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de “primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el miedo—enemigo de las etiquetas—yo le dije algo que demostraba mi interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia ni relieve.
Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan media hora y aún más, en cada estación.
Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido en el declive de una loma...
A cada rato, me preguntaba:
—Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí siempre?...
Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.
Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los “expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy con voz musical:—“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras portezuelas:—“¡Señores viajeros... al tren!...”
También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía llevar guitarras y aun cantar una copla—si el maquinista daba tiempo—y que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.
¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...—que es el amor que esperan—va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del mundo... y “Ellas” lo saben.
Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...
Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de libertad que sugiere la carrera de un tren.
Día por día la llaneza—no deliberada, sino espontánea—de mi carácter, me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades nuevas para mí.
De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en amarlo todo.
XII
Como los trasatlánticos—según dicen—la vida ferroviaria, en sus distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un microscopio.
Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, aguardan el paso de los trenes y con su banderín—como el espada con su muleta—parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. ¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del desastre!...
De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca prometía. Hasta que una tarde en que—con razón—su banderín rojo mandó parar el expreso—vimos que también sonreía—, y desde entonces su placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...
De los tipos que yo llamo “de casa”—me refiero a los empleados que ambulan con nosotros—el principal, el más pintoresco, es el interventor.
A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:
Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan despabilado...
A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en su asiento, ya se recoge... De pronto siente—¡oh, alegría!—que los párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...
Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta impaciencia:
—¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...
Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.
Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los pasajeros temibles son los pusilánimes—futuros enfermos, quizás, de delirio persecutorio—que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.
Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego—y antes de entrometernos en particularidades—deben dividirse en dos grandes grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de “primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de “lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el revisor tropieza—por casualidad rarísima—con un billete “entero”, apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha de desdén y de asombro, como diciéndole:
—¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted lástima tirar su dinero?...
He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los tipos—no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo substantivo—se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil clasificación.
Entre las mujeres honestas—vayan solas o acompañadas—sólo admito dos tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.
A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.
Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.
—Caballero—pregunta—, ¿son de usted este libro y estos guantes?...
“El madrugador” no se atreve a mentir.
—Sí, señor.
Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado saluda, sonríe y se instala.
A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:
—¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?
“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.
—Es mía, caballero—responde ruborizándose.
Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El madrugador” ha perdido su tiempo.
La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un asiento; luego—si le dejan—ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...
Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...
El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo caso el viajero “galante” se apresurará—en tanto se restaña el sudor—a cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada aventura asome, incorregible volverá a empezar.
Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de actitud.
Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de descalzarse... ¡Lo que más odio!...
“Lo importante es ir a gusto”—discurre cada cual.
En esta prolija galería de siluetas—cómicas casi siempre—que me frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos confundir con “el soñoliento”, ya presentado.
En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: “Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: “No... no... no...”
De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, de una Guía. A intervalos se observan recíprocamente, y, según transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza mutua. Casi a la vez, todos han pensado:
“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, podríamos acostarnos y dormir un poco”...
Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, resbalan hasta el suelo.
De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:
“Pero... ¿se ha dormido?...”—me pregunto.
Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.
El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en el roncar tres tiempos. En el primero—dice—“se sopla”; en el segundo, “se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.
El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: “¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve a soplar.
El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que ronca” repite beatífico:
—“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”
Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con irritación sorda:
—¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un modo insolente de dormir!...
Otro responde:
—Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no puedo cerrar los ojos.
—Ni yo.
El joven de la barba negra añade:
—Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de educación!...
Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:
—“¡Fu... aj... pan!...”
Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal pensamiento:
—¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase con él...
Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...
A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y comunicativo. Bosteza, sonríe...
—Afortunadamente—exclama—ha pasado la noche. ¿Han descansado ustedes?...
Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, de sus oyentes, dicen lo contrario.
—¿Ah?—prosigue—. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.
El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.
Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura—al revés de la otra—dice distinción, aristocracia, soberanía...
Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin adustez.
—Buenas noches—murmura.
Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, blanquísimo, brilla a la luz.
Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está encima.
Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la euritmia se pierde...
Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de frac. Planchado no estaría mejor.
A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero que está a su lado le interroga amablemente.
—Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies sobre el asiento?
—De ninguna manera.
—¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.
—Muchas gracias.
Le ofrece un periódico:
—Si desea usted leer...
—Tampoco; gracias.
—¿Usted no duerme cuando viaja?
—Nunca.
Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de la barba, le pregunta:
—¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?
—Ninguno.
No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, permanecen abiertos.
A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por entre el chaleco y el pantalón...
Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como un paseo en tranvía.
Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su sombrerera y su paraguas.
—Buenos días—dice.
Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...
¡Como si fuera a retratarse!...
XIII
Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son “fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de ellos millares de reproducciones que después repartió por los incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico de estos perfiles, puede variar—y varía—hasta lo infinito: el viajero “galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni ceja, ni se entibia, ni se curva.
Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, verbigracia, por su manera de mirar—aunque ni el tamaño ni el color de sus ojos sean extraordinarios—; por su modo de peinarse, de vestir, de cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el interés que despierta, provienen de ahí.
Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que asistí a sus últimos momentos.
Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía—más tarde lo supe—un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica contradicción de razas.
Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche—la madrugada, mejor dicho—en que le conocí, su figura, no bien apareció en el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas—y de la que ya he hablado—me prefería a mí.
En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. Merced a esta compleja sensibilidad mía que—según en otro capítulo queda explicado—es abreviatura de los cinco sentidos corporales del hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban produciéndose, llegaban a mí. Yo—no creo ocioso repetirlo—, a las personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo las transforman en cosas inanimadas—para decirlo con las palabras que emplearía un mortal—las acerca a mi modo de ser.
Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los fotógrafos.
Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” “¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de seda!...”
A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y pensé que me hundía en un túnel...
Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.
Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. Instantáneamente se quedó triste. “Un día—suspiró—me bajarán a la tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan vulgares que nunca reflexionen en esto...!”
Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay me examinaron. Me halló confortable.
—Es buen coche—dijo.
Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:
—¡Vamos muy despacio!
Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” “Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, seguía el mismo orden.
Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa juvenil bañaba su rostro en luz.—“Raquel”—pensé. Antes de que el tren se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.
De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.
—Son antiguos “clientes” míos—continuó Dos-Caras—; quiero decir, que ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque él viene.
Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los celos y el despecho de ver que “sus clientes”—como él les llamaba—le dejaban por mí.
—Hace más de un año—dijo—que ambos se quieren. ¡Bah, ya se cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.
Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una intransigencia irritante.
—¡Calla, bárbaro!—le grité—: bien se advierte que te fabricaron con maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan dura—tierra de inquisidores—, infiltró su crueldad.
Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.
—Mientras los hombres—proseguí—acaparen todos los empleos; mientras dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las conviden”...—¡palabra odiosa!—el amor, ejercítese a espaldas de la Ley o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois nuestras—dicen—nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y precisa comer! Las menos exigentes—con cariño o sin él—se entregan libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan “venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en oficina o mostrador, todas—¡y bien a pesar suyo!—llevan su porvenir en aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...
Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo fuí quien primero aflojó el ceño.
—De hoy en adelante—exclamé—no volveremos a discutir: ¿para qué, si no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores libres y los ladrones.
—Y a mí—replicó Dos-Caras—que soy tradicionalista, me gusta el matrimonio y la Guardia Civil.
Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con un gesto me señalaba.
—Aquí iremos mejor—dijo—; es el vagón en que realicé mi último viaje.
Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.
En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante, la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre, infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la interrogación del mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se emborrachaban los amantes!...
Recuerdo que don Rodrigo decía:
—Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas. Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas—como yo creía—lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América... ¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo, porque siento que eres mi Destino.
Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo: Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.
De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre. Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca bastante celebrado castillo de Simancas—hoy Archivo General del Reino—; fortaleza gloriosa semejante a un viejo guerrero cambiado en erudito.
Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:
—¿Qué hora es?...
Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:
—Hora de darme un beso.
Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:
—Oye... ¿qué hora será?...
Y don Rodrigo:
—Hora de darme otro beso.
Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:
—¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...
El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:
—Bésame—suspiró—; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más hora que ésta; la de besarnos...
Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...
Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don Rodrigo iba a despedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes siguiente—y siempre conmigo—don Rodrigo fué a La Coruña, de donde volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.
Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les impedían unirse queriéndose tanto.
Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.
—Estos dos simples—decía—con tanto ir y venir han hecho de nuestro “correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.
XIV
La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península, comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste, por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un anfiteatro.
Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas—ingenieros, sin duda—que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes, encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida, y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado, desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer, semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron sobre él.
El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año. Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha, azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos: es fiel, es noble.
Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las “montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés histórico de ciertos lugares.
Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún, la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la Asturica Augusta, de los romanos, aquella que Plinio calificó de “ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un perfil militar.
Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor, incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas, especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes, juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura: vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después, lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.
Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta—lo apreciamos muy bien—desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran, para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste, nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.
De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.
Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación de Galicia.
La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores, especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos, las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.
El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos, llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.
Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.
—Trabaja, tumbona—comentan los coches—, que no tienes motivos para estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de viaje?...
Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo, Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...
A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o deje en mis alfombras el barro de sus botas.
En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las escenas—como las personas—se repiten.
En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos, sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro, como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo, un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “—Ya llegamos...” y esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados, pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza—mujeres y hombres—penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...
XV
Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a Valladolid, y a dos recién casados de los cuales—y a su tiempo debido—volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único “departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban maliciosamente esperar de ellos.
De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud—no habría cumplido los veinte años—interesaron mi atención; era insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este hombre—meditaba yo—que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser admirados.
—La humanidad—pensaba yo—va bien cubierta: de mentiras se viste por dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...
Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, después de un día de agitación calenturienta.
—¡Qué bien estamos ahora!—exclamó él.
Digna, confirmó:
—¡Muy bien!...
Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían los párpados.
El preguntó:
—¿Lástima de noche, verdad?
Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, delicadamente, fingió no advertir.
—¿Por qué?—dijo—; ¿no estamos juntos?
No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:
—¿Me quieres?—indagó.
Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:
—¿No lo sabes?...
Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó desconcertado:
—¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...
Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi abrazados, dormían los dos.
Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo compañero, que se disponía a marchar.
—¿Te han dicho la hecatombe?—gritó.
—¿Cuál?—repuse inquieto.
—La del “rápido” de Gijón.
—No.
—Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.
La noticia—divulgada al siguiente día por la Prensa—me causó un efecto desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No supe qué responder; empecé a temblar...
—¿Te acuerdas—prosiguió el viejo vagón—del miedo que el pobre Doña Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?
—Sí, que me acuerdo.
—Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había tal: era un presentimiento.
XVI
Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.
Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa a todo el convoy.
Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de hombros.
—Son mudos—pensé.
Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.
—Sí—respondió—; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y aun creo que ha viajado conmigo.
Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un poco a mí. “Un mudo—reflexionaba yo—es el tránsito entre los que sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y adornaba su rostro de mejillas nacarinas—como de efebo—con una barbita recortada “en punta”.
Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas egoístas:
—¡Un mudo!—rezongaban todos—; ¡bah; que se fastidie!...
Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de buen pergeño.
—¡Otro mudo!—pensé asombrado—: ¡también es casualidad! ¡Nunca había visto mudos y, de repente, conozco tres!...
Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se importunan mutuamente en los viajes.
—¿Dónde va usted?
—A La Coruña.
—Lo celebro mucho: yo, también.
—Hay demasiado público; vamos a descansar mal.
—Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?
—Muy poco: de madrugada, únicamente.
—Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los párpados...
Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...
Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los dos mudos, exclama campechano:
—¡Salud, don Andrés!...
El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y responde:
—¡Don Juan, usted por aquí!...
Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una puerta...
—¿Va usted bien colocado?—inquiere don Juan.
—No—replica don Andrés—; he tenido la desgracia de ir a caer junto a un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...
Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:
—¿Pero usted no es mudo?...
Don Andrés también rie:
—¡No!—exclama un tanto despectivamente—; poco a poco: ¡yo, qué he de ser mudo!...
A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:
—¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!
Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue retador:
—En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se lo tolero!...
El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las explicaciones pacifistas.
—Yo—dice don Andrés—sé hablar magistralmente con las manos, y a la estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.
—Y yo—interrumpió el joven embigotado—, que también conozco perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.
—¡Y yo creí que usted era mudo!—exclamó don Andrés.
—¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué pueden conversar dos personas que no se conocen?...
Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.
En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena—los dolores pesan más que los años—le oprimiese.
Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, Raquel preguntó:
—¿Qué tienes?...
El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de superioridad compasiva, tal vez un poquito—¡oh, muy poco!—de ironía, porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.
Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:
—¿Qué tienes?... Háblame...
A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.
—¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?—murmuró—. ¿La crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente desgraciado. ¿Comprendes esto?
Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el bronce de su cara y le aceraba los ojos:
—En El anillo de los Nibelungos—¿te acuerdas?... lo vimos juntos—Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.
Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...
—¿A qué seguir?—exclamó—; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...
Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.
El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.
—Algo esconde que no sabré nunca—meditaba—; es decir, hay en ella algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: “Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... ¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas estuviesen juntas...
Prosiguió su indagatoria:
—No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada, para entregarse así. El amor—ya lo dije antes—es ceguera, y en el cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...
Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de rumbo. De pronto le pareció—¡cuántas veces le había parecido lo mismo!—que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, en fin...
—Lo que muchos inferiores realizan por instinto—continuaba discurriendo don Rodrigo—lo consigue Raquel con su superior inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia crear un amor...
No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza de Raquel, y se quedó dormido.
Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su amada no fuese a despedirle.
—Estará enferma—pensé.
El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.
Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.
Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en responder.
—No sé—dijo—lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los dos, uno acaba mal.
—¿Por qué?
—Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las infidelidades no tienen importancia, acaso porque—allá en lo más íntimo—creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más gente que los ferrocarriles.
Tras unos momentos de silencio, añadió:
—Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te has manchado de sangre alguna vez?
—Sí.
—¿Por fuera o por dentro?
—Por dentro y por fuera.
Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi “expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.
—Lo más grave, lo que decide de tu sino—replicó reposadamente Dos-Caras—, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te ensangrentaste las ruedas?
—Probablemente menos de ocho años.
—¡Temprano se acercó la muerte a ti!...
Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, agregó, sibilino:
—La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una jettatura de drama. Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...
Concluyó:
—Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has comunicado tu maleficio.
Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque—pensé—no concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don profético, había hablado bien.
Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso—los ocupantes del convoy no llegarían a sesenta—y con un cielo transparente, magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.
Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:
—Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben reservarse los sitios mejores del convoy.
Me eché a reir.
—Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los terceras”—dije—habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría de nuestros inquilinos viajan de balde.
—Bien, sí—tartamudeó Dos-Caras—; pero eso no importa.
—Pienso como tú.
—No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. “Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia—especialmente en los tiempos actuales—no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...
Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude leer más, porque en su corazón no había más...
Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me libre... porque toda bala tiene algo de llave”...
Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...
—Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué necesitaba la libertad?...
De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:
“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te adoro. Raquel”.