LA INVASION O EL LOCO YEGOF
MCMXX
ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, Madrid, 1921.
Papel expresamente fabricado por La Papelera Española
ERCKMANN-CHATRIAN
La invasión
o
El loco Yégof
NOVELA
La traducción del francés ha
sido hecha por J. Alvarez Pastor
MADRID, 1921
"Tipográfica Renovación" (C. A.). Larra, 6 y 8.—MADRID
| [INDICE] |
| [NOTAS] |
Erckmann-Chatrian es un nombre doble, formado con los apellidos de Emilio Erckmann y Alejandro Chatrian. Ambos eran alsacianos. En 1847 conociéronse, trabaron amistad y comenzaron una colaboración íntima que duró casi tanto como su vida. Numerosísimas novelas han publicado, que se cuentan entre las más famosas y leídas de la literatura francesa en el siglo XIX. Son las principales: El amigo Fritz (1864), Madama Teresa (1863), Cuentos de las orillas del Rin (1862), La invasión o El loco Yégof (1862), Historia de un quinto de 1813 (1864), Waterlóo (1865), etc. Han cultivado principalmente la nota campesina, popular, ingenua, y la novela histórica con una visión también popular; los grandes acontecimientos de la Revolución francesa y del Imperio son descritos desde el punto de vista peculiar, rústico, honradote, de un soldado alsaciano, de una cantinera, de un campesino; pero con el interés novelesco más hondo y una rapidez e intensidad dramática admirables. Llevaron al teatro alguna de sus mejores novelas.
LA INVASION O EL LOCO YEGOF
EL LOCO YEGOF
EPISODIO DE LA INVASION
I
Si deseáis conocer la historia de la gran invasión de 1814 tal como me la ha referido el anciano cazador Frantz del Hengst, debéis trasladaros a la aldea de Charmes, en los Vosgos. Unas treinta casitas, con tejados de madera cubiertos de obscuras siemprevivas, se alinean a lo largo del Sarre; de ellas se ven los mojinetes llenos de yedra y de madreselvas marchitas—pues ya se acerca el invierno—, las colmenas cerradas con haces de paja, los jardinillos, las empalizadas y los setos que separan unas viviendas de otras.
A la izquierda, en una elevada montaña, se alzan las ruinas del antiguo castillo de Falkenstein, destruido, hace doscientos años, por los suecos. Del castillo no queda mas que un montón de escombros erizado de zarzas; un antiguo camino de schlitte[1], de escalones desgastados, asciende entre los abetos. A la derecha, en una pendiente, se divisa la casería de «El Encinar»: un gran edificio con trojes, establos y cobertizos, de tejados planos cargados con gruesas piedras para resistir los vientos del Norte. Algunas vacas pastan entre los brezos y algunas cabras sobre las rocas.
Todo allí es tranquilo, silencioso.
Los niños, vestidos con pantalones de lienzo gris y con la cabeza y los pies desnudos, se calientan alrededor de las hogueras que hacen en las lindes de los bosques. Las espirales de humo azul se pierden en la altura, en donde grandes nubes blancas y grises permanecen inmóviles sobre el valle. Detrás de las nubes se descubren las cimas áridas del Grosmann y del Donon.
Pues bien; es preciso saber que la última casa de la aldea, cuyo tejado de caballete se halla atravesado por dos claraboyas de cristales y cuya planta baja se abre hacia una calle fangosa, pertenecía en 1813 a Juan Claudio Hullin, un antiguo voluntario del 92, a la sazón almadreñero en la aldea de Charmes y que gozaba de una gran consideración entre los serranos. Hullin era un hombre rechoncho y fornido, de ojos grises, labios gruesos, nariz corta, con una hendedura en la punta, y pobladas cejas canosas. Era de carácter alegre y cariñoso, y nunca podía negar nada a su hija Luisa, una niña recogida en tiempos lejanos de entre esos miserables heimatshlos—herreros, caldereros—sin casa ni hogar, que van de pueblo en pueblo reparando sartenes, fundiendo cucharas y componiendo la vajilla rota. Hullin consideraba a Luisa como hija propia, y había olvidado que pertenecía a una raza extranjera.
Además de este natural afecto, el buen hombre sentía otros: amaba, en primer término, a su prima, la anciana labradora que tenía en arriendo «El Encinar», Catalina Lefèvre, y a su hijo Gaspar, que había entrado en quinta aquel año, un buen muchacho, novio de Luisa y cuyo regreso esperaba la familia cuando la campaña terminase.
Hullin se acordaba siempre con entusiasmo de sus campañas de Sambre y Mosa, de Italia y de Egipto. Pensaba a menudo en ellas, y muchas veces, al caer la tarde, después del trabajo, se dirigía a la fábrica de aserrar del Valtin, ese lóbrego edificio, construido con troncos de árboles sin desbastar, que podéis ver allá, al fondo del desfiladero. Hullin se sentaba entre los leñadores, los carboneros, los schlitteros, frente a un gran fuego hecho con serrín, y mientras giraba la pesada rueda, retumbaba la presa y rechinaba la sierra, él, con el codo apoyado en la rodilla y la pipa en los labios, hablaba a aquella buena gente de Hoche, de Kléber y, por último, del general Bonaparte, a quien había visto cien veces, describiendo su rostro enjuto, sus ojos penetrantes y su perfil de águila, como si le tuviera presente.
Tal era Juan Claudio Hullin.
Era un hombre de la vieja cepa gala, apasionado por las aventuras extraordinarias y las empresas heroicas, pero aferrado al trabajo por el sentimiento del deber desde el día primero del año hasta el día de San Silvestre.
En cuanto a Luisa, la hija de los heimatshlos, era una muchacha esbelta, fina, de afiladas y delicadas manos, de ojos de un azul celeste y tan dulces que penetraban hasta el fondo del alma de quien los veía; su tez era blanca como la nieve; sus cabellos, rubios como el oro, tan suaves como la seda, y los hombros, oblicuos como los de una virgen en oración. Su inocente sonrisa, su frente soñadora, toda su persona, en fin, recordaba el antiguo lied del minnesinger Erbart, cuando dice: «He visto pasar un rayo de luz, y mis ojos se hallan aún deslumbrados... ¿Era una mirada de la Luna a través del follaje?... ¿Era una sonrisa de la aurora en el fondo de los bosques?... No... Era la hermosa Edit, mi amor, que pasaba... La he visto, y mis ojos se hallan aún deslumbrados.»
Luisa amaba con pasión el campo, los jardines y las flores. Al llegar la primavera, los primeros cantos de la alondra le hacían derramar lágrimas de ternura. Luisa iba a ver brotar los azulejos y las espinas tras los zarzales del monte, y espiaba la vuelta de las golondrinas que anidaban en un ángulo de la ventana de su buhardilla. No podía dudarse que era hija de los heimatshlos errantes y vagabundos, aunque no fuese tan salvaje como ellos. Hullin se lo perdonaba todo: comprendía su carácter, y muchas veces le decía riendo:
—Mi querida Luisa, con las provisiones que nos traes—esas gavillas de hermosas flores y de espigas doradas—nos moriríamos de hambre en tres días.
Pero la joven sonreía tan dulcemente y besaba a Hullin con tanto afecto, que el hombre volvía a su trabajo diciendo:
—¡Bah! ¿Qué necesidad tengo de reprender? Tiene razón; le gusta el sol... Gaspar trabajará por los dos y será feliz como cuatro... Y no lo siento, al contrario... Mujeres que trabajen hay muchas, y no por eso son más hermosas; ¡pero mujeres que amen! ¡Qué suerte si se encuentra una! ¡Qué suerte!
Así razonaba el buen hombre, y los días, las semanas, los meses se sucedían esperando la próxima vuelta de Gaspar.
Catalina Lefèvre, mujer dotada de una gran energía, compartía las ideas de Hullin respecto de Luisa.
—Yo—decía—sólo quiero tener una hija que me ame; no deseo que se ocupe de las cosas de mi casa. ¡Con tal que esté contenta!... ¿No es verdad, Luisa, que no me incomodarás en nada?
Y las dos mujeres se besaban.
Pero Gaspar no volvía, y hacía dos meses que no se tenían noticias suyas.
Pues bien; aquel día, a mediados del mes de diciembre de 1813, entre tres y cuatro de la tarde, Hullin, inclinado sobre su banco, terminaba un par de zuecos claveteados para el leñador Rochart. Luisa acababa de colocar una vasija de barro vidriado en la estufita que chisporroteaba y hacía cierto ruido triste, mientras que el viejo péndulo contaba los segundos con su tic-tac monótono. Fuera, a lo largo de la calle, se veían esos charquitos de agua, cubiertos de una capa de hielo blanca y friable que anuncia la proximidad de los grandes fríos. A veces se oía la marcha de pesados zuecos sobre la tierra endurecida y se veía pasar un sombrero de fieltro, una capucha o un gorro de algodón; después, el ruido se alejaba, y el crujido de la madera verde en las llamas, el zumbido del torno de hilar de Luisa y el hervor de la olla volvían a reinar. Habían pasado así dos horas cuando Hullin, al mirar casualmente a través de los cristalillos de la ventana, suspendió su trabajo y permaneció con los ojos muy abiertos, como absorto por un espectáculo inusitado.
En efecto; en el sitio donde torcía la calle, frente a la taberna de Los tres pichones, avanzaba—en medio de un corro de muchachos que silbaban, saltaban y gritaban «¡El Rey de Bastos! ¡El Rey de Bastos!»,—, avanzaba, repito, el más extraño personaje que es posible imaginar: figuraos un hombre de barba y cabellos rojos, el rostro grave, la mirada sombría, la nariz recta, las cejas juntas en medio de la frente, con un círculo de hojalata en la cabeza, con una piel de perro de ganado, de color gris acero y largos pelos, puesta sobre la espalda y las dos patas de delante atadas alrededor del cuello; el pecho cubierto de crucecillas de cobre falso; las piernas vestidas con una especie de calzón de lienzo gris, atado por encima del tobillo, y los pies desnudos. Un cuervo de gran tamaño, cuyas negras alas brillaban como un espejo, se posaba sobre su hombro. Se diría al contemplar la marcha majestuosa de tal hombre que era uno de aquellos antiguos reyes merovingios, tales como los representan las imágenes de Montbéliard; sostenía con su mano izquierda un palo grueso y corto, que tenía la forma de cetro, y con la mano derecha hacía gestos imponentes, levantando el dedo hacia el cielo y apostrofando al cortejo.
A su paso, todas las puertas se abrían; detrás de los cristales se apretujaban los rostros de los curiosos. Algunas viejas, desde la escalera exterior de sus barracas, llamaban al loco, que no se dignaba siquiera volver la cabeza; otras descendían a la calle y trataban de cortarle el paso; pero él, levantando la cabeza y alzando las cejas, con un gesto o una palabra les obligaba a separarse.
—¡Vaya!—dijo Hullin—; aquí tenemos a Yégof... No esperaba volver a verle este invierno... Eso es raro en él... ¿Qué le sucederá para regresar con semejante tiempo?
Y Luisa, dejando la rueca, corrió a contemplar al Rey de Bastos. Era, en verdad, un acontecimiento la llegada del loco Yégof al comenzar el invierno; unos se alegraban con la esperanza de retenerle y de hacerle hablar en las tabernas de su fortuna y de su gloria; otros, sobre todo las mujeres, sentían cierta vaga inquietud, porque los locos, como se sabe, participan de las ideas de otro mundo, conocen el pasado y el porvenir y están inspirados por Dios; el secreto está en llegar a comprenderles, pues sus palabras siempre tienen dos sentidos, uno vulgar, para las gentes ordinarias, y otro profundo, para los espíritus delicados y las personas juiciosas. Por otra parte, aquel loco, más que ninguno, tenía pensamientos verdaderamente extraordinarios y sublimes. No se sabía ni de dónde venía ni adónde iba, ni lo que quería, pues Yégof erraba por todas partes como alma en pena; a veces hablaba de razas desaparecidas y decía que era emperador de Austrasia, de Polinesia y de otros lugares. Se hubiera podido escribir extensos libros acerca de sus castillos, sus palacios y sus fortalezas, de los cuales conocía el número, la situación y la arquitectura, y de los que celebraba la amplitud, la belleza y la riqueza con un aire sencillo y modesto. Hablaba el loco de sus caballerizas, de sus cotos de caza, de los grandes dignatarios de su Imperio, de sus ministros, de sus consejeros, de los intendentes de sus provincias, y nunca se equivocaba ni acerca de sus nombres ni acerca de sus méritos, pero se lamentaba amargamente de haber sido derrotado por la raza maldita; y la anciana comadre Sapiencia Coquelin, siempre que le oía quejarse con tal motivo, lloraba a lágrima viva, y otras mujeres también lloraban. Entonces Yégof, levantando el dedo hacia el cielo, exclamaba:
—¡Oh mujeres! ¡Oh mujeres!... ¡Acordaos!... ¡Acordaos!... La hora se acerca... El espíritu de las tinieblas huye... ¡La antigua raza..., los señores de vuestros señores avanzan como las olas del mar!
Y todas las primaveras tenía la costumbre de ir a ver los viejos nidos de búhos los antiguos castillos y las ruinas que coronan los Vosgos en el seno de los bosques, en el Nideck, en el Géroldseck, en Lutzelburg, en Turkestein, diciendo que iba a visitar sus leudes, y hablaba de restaurar el pasado esplendor de sus Estados y de reducir nuevamente a esclavitud a los pueblos sublevados, con la ayuda del Gran Golo, su primo.
Juan Claudio Hullin se reía de estas cosas, pues no era su ingenio bastante sutil para penetrar en las esferas invisibles; pero Luisa al oírlos experimentaba una gran turbación, sobre todo cuando el cuervo agitaba las alas y dejaba oír su ronco grito. Descendía, pues, Yégof por la calle sin detenerse en ninguna parte, y Luisa, muy inquieta, viendo que el loco miraba hacia su casita, dijo:
—Papá Juan Claudio, me parece que Yégof viene a nuestra casa.
—Es muy posible—respondió Hullin—; el pobre diablo no dejará de necesitar un par de zuecos claveteados con el frío que hace; y si me lo pide, a fe mía que me costará gran trabajo negárselo.
—¡Oh, qué bueno es usted!—dijo la joven besando a su padre con cariño.
—Sí, sí...; tú me acaricias—dijo Hullin riendo—porque hago todo lo que quieres... Pero ¿quién me pagará la madera y el trabajo?... No será ciertamente Yégof...
Luisa besó otra vez a Hullin, el cual, mirándola con ternura, murmuró:
—Esta moneda bien vale aquella otra.
Yégof se encontraba entonces a cincuenta pasos de la casita, y el tumulto iba en aumento. Los muchachos, agarrándose a los pingajos de la chaqueta del loco, gritaban: «¡Bastos! ¡Espadas! ¡Copas!» De improviso el viejo se volvió, y levantado el cetro que llevaba, con aire digno, aunque irritado, exclamó:
—¡Retiraos, raza maldita!... ¡Retiraos..., no me aturdáis más... o suelto contra vosotros mi jauría de dogos!
Aquella amenaza no produjo otro efecto que aumentar los silbidos y las carcajadas; pero como en el mismo instante Hullin apareció en el umbral de la puerta con una larga barrena en la mano y como, distinguiendo a cinco o seis de los más revoltosos, les advirtiese que aquella misma noche iría a tirarles de las orejas durante la cena, lo que el buen hombre había hecho ya varias veces con el consentimiento de sus padres, el cortejo se disolvió, consternado de semejante encuentro. Entonces, volviéndose hacia el loco, el almadreñero dijo:
—Entra, Yégof, y ven a calentarte al lado del fuego.
—Yo no me llamo Yégof—respondió el desdichado como si le hubiesen ofendido—; yo me llamo Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia.
—Sí, sí, ya lo sé, ya lo sé—dijo Juan Claudio—. Me has contado todo eso. De cualquier modo, no importa; te llames Yégof o Luitprand, entra. Hace frío y necesitas calentarte.
—Yo entro—contestó el loco—, pero es para tratar de un asunto muy importante; es para una cuestión de Estado..., para pactar una alianza indisoluble entre los germanos y los triboques.
—Bien; pues hablaremos de eso.
Yégof, inclinándose bajo la puerta, entró muy pensativo y saludó a Luisa con la cabeza, al mismo tiempo que bajaba el cetro; pero el cuervo no quiso entrar; desplegando sus grandes alas cóncavas, dio una amplia vuelta alrededor de la barraca y fue a caer a todo volar sobre los cristales para romperlos.
—¡Hans—le gritó el loco—, ten cuidado! Yo vengo...
Pero el pájaro no separó sus agudas garras de las mallas de plomo y no dejó de agitar en la ventana sus grandes alas mientras que su amo permaneció en la casa. Luisa, llena de miedo, apartaba de él los ojos. En cuanto a Yégof, sentose en el viejo sillón de cuero, detrás de la estufa, extendió las piernas, como si estuviera en un trono, y paseando a su alrededor la mirada con imperio, exclamó:
—Vengo de Jéromé directamente para concertar contigo un matrimonio, Hullin. No ignoras que me he dignado fijar los ojos en tu hija, y vengo a pedírtela para que sea mi mujer.
Luisa, al oír aquella proposición, enrojeció hasta las orejas, y Hullin lanzó una sonora carcajada.
—¡Te ríes!—exclamó el loco con voz cavernosa—. Pues haces mal en reírte... Este matrimonio es lo único que puede salvar de la ruina que amenaza tanto a ti como a tu casa y a todos los tuyos... Ahora mismo mis ejércitos van avanzando... Son innumerables... Cubren gran parte de la Tierra... ¿Qué podéis vosotros contra mí? Seréis vencidos, aniquilados, reducidos a la esclavitud como lo habéis sido ya durante siglos enteros, porque yo, Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia, he decidido que todo vuelva al estado que antiguamente tenía... ¡Acuérdate!
Y diciendo esto, el loco levantó el dedo con aire solemne.
—¡Acuérdate de lo que ha pasado!... ¡Vosotros habéis sido vencidos!... Y nosotros, las viejas razas del Norte, os hemos puesto el pie en la frente. Hemos cargado sobre vuestras espaldas las más pesadas piedras para construir nuestras fortalezas y nuestras prisiones subterráneas... Os hemos uncido a nuestros arados y habéis sido para nosotros lo que la paja para el huracán... ¡Acuérdate, acuérdate, triboque, y tiembla!
—Me acuerdo muy bien—dijo Hullin sin dejar de reír—; pero nosotros hemos tomado el desquite... ¿No es verdad?
—Sí, sí—interrumpió el loco frunciendo las cejas—; pero aquel tiempo ha pasado. Mis guerreros son más numerosos que las hojas de los bosques... y vuestra sangre fluye como el agua de los arroyos. ¡Te conozco hace más de mil años!
—¡Bah!—respondió Hullin.
—Sí, esta mano, ¿lo oyes?, esta mano es la que te ha vencido cuando llegamos por vez primera al corazón de vuestros bosques... ¡Mi mano es la que ha doblado tu cerviz bajo el yugo y te la volverá a doblar otra vez! Porque vosotros sois valientes, creéis que seréis para siempre dueños de este país y de Francia entera... ¡Pues bien, estáis equivocados! Nosotros os hemos dividido y os dividiremos: devolveremos Alsacia y Lorena a Alemania; Bretaña y Normandía, a los hombres del Norte; Flandes y el Mediodía, a España. Haremos de Francia un pequeño reino alrededor de París..., un reino muy pequeño, con un descendiente de la vieja raza por jefe..., y vosotros no os moveréis..., estaréis muy tranquilos... ¡Je, je, je!
Yégof comenzó a reír.
Hullin, que no sabía casi nada de Historia, estaba admirado de que el loco conociese tantos nombres.
—¡Bah, dejemos eso, Yégof—le dijo—, y come un poco de sopa para que te calientes el estómago!
—No es sopa lo que te pido; lo que te pido es tu hija..., la más hermosa de mis Estados... Dámela voluntariamente y te elevo a las gradas de mi trono; de lo contrario, mis ejércitos te la arrebatarán por la fuerza y no tendrás el mérito de habérmela dado.
Y al hablar así, el desgraciado miraba a Luisa con profunda admiración.
—¡Qué hermosa es!...—añadió Yégof—. Los más preciados honores le están reservados... ¡Alégrate, joven, alégrate... Tú serás reina de Austrasia!
—Oye, Yégof—dijo Hullin—, me honra mucho tu petición...; eso prueba que sabes estimar la belleza... Está muy bien...; pero mi hija está prometida ya a Gaspar Lefèvre.
—¡Pues yo—exclamó el loco lleno de irritación—no quiero oír hablar de eso!
Después, levantándose, añadió, volviendo a tomar su aspecto solemne:
—Hullin, ésta es mi primera petición; volveré a hacerla dos veces..., ¿lo oyes?..., dos veces. Y si persistes en tu obstinación..., ¡que la desgracia caiga sobre ti y sobre tu raza!
—¡Cómo! ¿No quieres comerte la sopa?
—No, no—aulló el loco—; no aceptaré nada tuyo hasta que no hayas consentido...; nada, nada.
Y dirigiéndose a la puerta con gran satisfacción de Luisa, que no apartaba los ojos del cuervo que golpeaba los cristales con las alas, dijo alzando el cetro:
—Dos veces...
Y salió.
Hullin prorrumpió en una sonora carcajada.
—¡Pobre diablo!—exclamó—. A pesar suyo, la nariz se le volvía hacia la olla... Tiene el estómago vacío..., los dientes le crujen de miseria... Y, sin embargo, la locura es más fuerte que el frío y el hambre.
—¡Oh, qué miedo he tenido!—dijo Luisa.
—Vamos, vamos, hija mía, tranquilízate... Ya se ha ido... A pesar de su locura, le parece que eres bonita; no debes asustarte de esto.
No obstante aquellas palabras y la marcha del loco, Luisa temblaba y aún sentía el rubor en el rostro cuando pensaba en las miradas que el desdichado le había dirigido.
Yégof tomó el camino del Valtin. Se le veía alejarse reposadamente, con el cuervo al hombro, haciendo extraños gestos, aunque no había nadie a su alrededor; poco después, la alta figura del Rey de Bastos se fundió en los tonos grises del crepúsculo de invierno y desapareció.
II
Aquel mismo día, por la noche, después de cenar, Luisa cogió el torno y fue a pasar la velada a casa de la señora Rochart, en la que se reunían las mujeres y las muchachas de la vecindad hasta cerca de la media noche. Allí se contaban antiguas leyendas y se hablaba de la lluvia, del tiempo, de los matrimonios, de los bautismos, de la marcha y de la vuelta de los reclutas..., ¿qué sé yo? Y eso les ayudaba a pasar las horas de un modo agradable.
Hullin, que se había quedado solo frente a su lamparilla de cobre, ferraba los zuecos del anciano leñador; ya no se acordaba del loco Yégof; subía y bajaba el martillo clavando gruesos clavos en las recias suelas de madera, de una manera automática, por la fuerza de la costumbre. Mientras tanto, mil ideas cruzaban la mente del almadreñero; estaba pensativo sin saber por qué. Unas veces pensaba en Gaspar, que no daba señales de vida; otras veces pensaba en la campaña, que se prolongaba indefinidamente. La lámpara alumbraba con reflejos amarillentos la casita llena de humo. Fuera, no se oía un ruido. El fuego comenzaba a apagarse; Juan Claudio se levantó para echar un leño y luego volvió a sentarse murmurando:
—¡Bah! Esto no puede ser... El día menos pensado recibiremos una carta.
El viejo péndulo dio las nueve, y cuando Hullin reanudaba su tarea, se abrió la puerta y apareció en el umbral Catalina Lefèvre, la labradora de «El Encinar», con gran asombro del almadreñero, porque no era frecuente que dicha mujer viniese a semejantes horas.
Catalina Lefèvre podía tener unos sesenta años, pero se conservaba aún derecha y fuerte como si tuviera treinta; sus ojos de color gris perla y su nariz aguileña le daban cierto parecido con un ave de rapiña; sus enjutas mejillas y la comisura de sus labios, hundidos por la reflexión, tenían algo de lúgubre y doloroso. Dos o tres grandes mechones de pelos de color gris verdoso caían a lo largo de sus sienes; un obscuro capuchón listado bajaba desde su cabeza a los hombros y le llegaba cerca de los codos. En una palabra, su fisonomía revelaba un carácter firme, tenaz, y poseía cierto aire indefinible, entre magnífico y triste, que inspiraba respeto y temor.
—¿Es usted, Catalina?—dijo Hullin muy sorprendido.
—Sí, yo soy—respondió la anciana labradora, con voz reposada—. Vengo a hablar con usted, Juan Claudio... ¿Ha salido Luisa?
—Está en casa de Magdalena Rochart pasando la velada.
—Muy bien.
Catalina dejó caer el capuchón sobre el cuello y fue a sentarse al lado del banco. Hullin la miraba fijamente y le encontraba algo extraordinario y misterioso que le extrañaba.
—¿Qué sucede?—dijo Juan Claudio dejando el martillo.
En vez de contestar a esta pregunta, la anciana, mirando hacia la puerta, parecía escuchar algo; luego, al no oír nada, volvió a adquirir su expresión meditativa.
—El loco Yégof ha pasado la noche última en la finca—dijo Catalina.
—También ha venido a verme esta tarde—dijo Hullin, sin conceder gran importancia al hecho, que le parecía indiferente.
—Sí—añadió la anciana en voz baja—; ha pasado la noche en casa, y anoche, a esta hora, delante de todo el mundo, ese hombre, ese loco, nos ha contado cosas horribles.
Catalina calló, y las comisuras de sus labios parecieron hundirse más.
—¡Cosas horribles!—murmuró el almadreñero cada vez más asombrado, pues nunca había visto a la labradora en semejante estado—; ¿pero qué, Catalina?... Hable usted; ¿qué decía?
—¡Qué sueños he tenido!
—¿Sueños?... Por lo visto, usted quiere reírse de mí.
—No.
Y después de un instante de silencio, viendo a Hullin boquiabierto, la anciana prosiguió lentamente:
—Anoche nos hallábamos todos reunidos, después de cenar, en la cocina bajo la campana de la chimenea; la mesa estaba todavía puesta con las escudillas vacías, los platos y las cucharas. Yégof había cenado con nosotros y nos había distraído con la historia de sus tesoros, de sus castillos y de sus provincias. Eran próximamente las nueve; el loco fue a sentarse junto a un rincón del hogar, que llameaba... Duchêne, el mozo de labor, reparaba la silla de montar de Bruno; el pastor Robin hacía una cesta, y Anita colocaba los cacharros en el vasar; yo había acercado el torno al fuego para hilar una rueca antes de acostarme. Fuera, los perros ladraban a la Luna; debía de hacer mucho frío. Pasábamos la velada hablando del invierno que se aproxima. Duchêne decía que iba a ser rudo, porque había visto grandes bandadas de patos silvestres. Y el cuervo de Yégof, apoyado en el borde de la campana de la chimenea, con la cabezota oculta entre las despeluzadas plumas, parecía dormir; pero, de vez en cuando, alargaba el cuello, se limpiaba una pluma con el pico, nos miraba después escuchando un segundo y volvía a meter en seguida la cabeza bajo las alas.
La labradora callose un momento, como si tratara de recoger las ideas; luego bajó los ojos, enarcó la gran nariz aguileña hasta cerca de los labios y una extraña palidez pareció extenderse sobre su faz.
—¿Adónde demonio irá a parar?—se decía Hullin.
La anciana prosiguió:
—Yégof, al lado del hogar, con su corona de hojalata y el palo entre las rodillas, pensaba sin duda en algo. Miraba hacia la chimenea grande y negra, hacia la gran campana de piedra, en la que se veían figuras y árboles de talla y el humo subir en espesas nubes hasta donde se hallaban los trozos de tocino. De repente, cuando menos lo esperábamos, el loco dio un golpe con el palo en la losa y exclamó como si soñara:
«¡Sí..., sí..., yo lo he visto... hace mucho tiempo..., mucho tiempo!»
Y al mirarle nosotros, extrañados de sus palabras, añadió:
«En aquel tiempo los bosques de abetos eran bosques de robles... El Nideck, el Dagsberg, el Falkenstein, el Géroldseck, todos los viejos castillos ruinosos aún no existían. En aquel tiempo se cazaban los toros bravos en medio de los bosques, se pescaba el salmón en el Sarre, y vosotros, hombres rubios, enterrados en la nieve durante seis meses del año, vivíais de la leche y del queso, porque teníais grandes rebaños en el Hengst, el Schneeberg, el Grosmann, el Donon. En verano cazabais y trabajabais hasta el Rin, en el Mosela y el Mosa; recuerdo todo eso.»
—Cosa rara, Juan Claudio; a medida que el loco hablaba, me parecía que volvía a ver aquellos países de otro tiempo y recordarlos como si fuesen sueños... Yo había soltado la rueca, y el viejo Duchêne, Robin, Juana, todo el mundo, en fin, escuchaba. «Sí, hace mucho tiempo—añadió el loco—. En aquella época ya construíais vosotros estas grandes chimeneas, y por todo alrededor, a doscientos o trescientos pasos, levantabais estacadas de quince pies de alto con las puntas endurecidas por el fuego. Allí dentro guardabais los enormes perros de hinchados carrillos, que ladraban noche y día.»
Lo que Yégof decía nosotros lo veíamos, Juan Claudio... El loco parecía no fijarse en nosotros y miraba las figuras de la chimenea con la boca abierta; pero, después de un momento, al bajar la cabeza y vernos a todos atentos, comenzó a reír, con risa de loco, gritando: «Y en ese tiempo, vosotros creíais ser los señores del país, ¡oh hombres rubios, de ojos azules y blancas carnes, alimentados de leche y de queso, que no bebíais sangre mas que en otoño, en la época de la caza mayor!; os creíais los dueños del llano y de la montaña, cuando nosotros, los hombres rojos de ojos verdes, que venían del mar...; nosotros, que bebíamos siempre sangre y que sólo amábamos la guerra, llegamos una buena mañana, con nuestras hachas y venablos, remontando la cuenca del Sarre a la sombra de los viejos robles... ¡Ah! Fue aquélla una guerra terrible, que duró semanas y meses... Y la vieja... allí...—dijo señalándome, con sonrisa extraña—; la Margarita del clan de los Kilberix, esa vieja de nariz ganchuda, dentro de las estacadas, en medio de sus perros y de sus guerreros, se defendió como una loba; pero al cabo de cinco lunas vino el hambre..., las puertas de las estacadas se abrieron para huir, y nosotros, emboscados en el arroyo, lo exterminamos todo..., todo..., menos los niños y las jóvenes hermosas. La vieja, sola, con las uñas y los dientes se defendió hasta lo último. Y yo, Luitprand, abrí su cabeza gris y me apoderé de su padre, el anciano entre los ancianos, para encadenarlo a la puerta de mi castillo como un perro.»
—Después, Hullin—añadió la labradora inclinando la cabeza—, después el loco comenzó a cantar una larga canción: las quejas del anciano atado a la puerta. Esperad que la recuerde... Era triste..., triste como un miserere. No puedo acordarme, Juan Claudio, pero me parece oírla todavía, pues nos heló la sangre. Y como Yégof no cesara de reír, la cólera se apoderó a la vez de toda la gente, que lanzó un grito terrible. El viejo Duchêne se arrojó sobre el loco para estrangularlo; pero éste, más fuerte de lo que podía pensarse, lo rechazó, y, alzando el palo con furia, nos dijo: «¡De rodillas, esclavos, de rodillas! Mis ejércitos avanzan... ¿Oís?... La tierra tiembla. Estos castillos, el Nideck, el Haut-Barr, el Dagsberg, el Turkestein, tenéis que reedificarlos... ¡De rodillas!»
Nunca he visto una figura más horrible que la de Yégof en aquel momento; mas al ver que, por segunda vez, la gente iba a arrojarse sobre él, me vi obligada a defenderle.
—Es un loco—les dije—; ¿no os da vergüenza creer en las palabras de un loco?
Por mi mediación, los hombres se detuvieron; pero yo no pude cerrar un ojo en toda la noche. Recordaba a cada momento lo que aquel miserable había dicho. Me parecía oír el canto del viejo, el ladrido de los perros y los ruidos de la batalla. Hacía mucho tiempo que no había experimentado inquietudes semejantes. Ya sabe por qué he venido a verle... ¿Qué piensa usted de todo esto, Hullin?
—¡Yo!—dijo el almadreñero, cuyo rostro colorado y lleno revelaba cierta ironía triste no exenta de compasión—; si no conociera a usted tan bien como la conozco, Catalina, diría que había usted perdido la cabeza..., usted y Duchêne, Robin y los demás; todo eso me produce el efecto de un cuento de Genoveva de Brabante, de una historia a propósito para niños y que muestra la estupidez de nuestros antepasados.
—No comprende usted esas cosa—dijo la anciana con voz reposada y seria—; pero usted ¿no ha tenido nunca ideas de esta clase?
—Entonces, ¿cree usted en lo que ha contado Yégof?
—Sí, lo creo.
—¡Cómo, Catalina, usted, una mujer de buen sentido! Si fuera la señora Rochart, no diría nada... ¡Pero usted!
Juan Claudio se levantó como indignado, desatose el mandil, alzó los hombros y volvió luego a sentarse exclamando:
—¿Sabe usted quién es ese loco? Pues se lo voy a decir. Es seguramente uno de esos maestros de escuela alemanes que se atiborran la cabeza de rancias historias del tiempo de Maricastaña y que las refieren con la mayor gravedad. A fuerza de estudiar, de desvariar, de rumiar y de buscarle tres pies al gato, sus cerebros se trastornan, ven visiones, tienen ideas extravagantes y toman sus sueños por verdades. Siempre he considerado a Yégof como uno de esos pobres diablos; sabe una infinidad de nombres y habla de la Bretaña, de Austrasia, de Polinesia, del Nideck y del Géroldseck, del Turkestein, de las orillas del Rin, en fin, de todo al azar; y eso parece que es algo y, en el fondo, no es nada. En épocas normales, usted pensaría como yo, Catalina; pero usted ahora está inquieta por no recibir noticias de Gaspar... Esos rumores de guerra, de invasión, que corren la atormentan y la preocupan... No duerme usted..., y lo que le dice un pobre loco lo toma por artículo de fe.
—No, Hullin, no es eso; usted mismo, si hubiera oído a Yégof...
—¡Vamos!—exclamó el buen hombre—. Si yo lo hubiese oído, me hubiera reído en sus barbas como hace poco... ¿Sabe usted que el loco ha venido a pedirme la mano de Luisa, para hacerla reina de Austrasia?
Catalina Lefèvre no pudo dejar de sonreír; mas, volviendo a adquirir en seguida su aire serio, añadió:
—Todos sus razonamientos, Juan Claudio, no pueden convencerme; pero, lo confieso, el silencio de Gaspar me horroriza... Conozco muy bien a mi hijo y sé que seguramente me ha escrito. ¿Por qué sus cartas no han llegado a mi poder?... La guerra marcha mal, Hullin; tenemos todo el mundo contra nosotros; por ahí fuera no quieren nuestra Revolución, usted lo sabe tan bien como yo. Mientras fuimos los dueños, mientras ganábamos victoria tras victoria, se nos ponía buena cara; pero a partir de los reveses de Rusia, esto toma mal cariz.
—¡Vamos, vamos, Catalina! Su cabeza se va del seguro...; usted lo ve todo negro.
—Sí, todo lo veo negro, y tengo razón... Lo que más me inquieta es no recibir ninguna noticia de afuera; vivimos aquí como en un país de salvajes; no sabemos nada de lo que pasa... Los austriacos y los cosacos caerán sobre nosotros un día u otro y el hecho causará la mayor sorpresa.
Hullin observaba a la anciana mujer, cuya mirada se animaba, y, a su pesar, sufría la influencia de los mismos temores.
—Oiga usted, Catalina—dijo Juan Claudio de improviso—, cuando habla usted de un modo razonable no seré yo el que la contradiga... Lo que dice usted ahora es posible... No lo creo, pero es preciso salir de dudas. Yo me proponía ir a Falsburg dentro de ocho días a comprar pieles de carnero para las guarniciones de los zuecos; pero iré mañana. En Falsburg, que es plaza fuerte y tiene administración de Correos, se deben saber noticias seguras... ¿Se convencerá usted con las que le traiga de allí?
—Sí.
—Bien; quedamos conformes... Saldré mañana bien temprano... Hay cinco leguas; hacia las seis estaré de vuelta... Y usted verá, Catalina, cómo sus tristes pensamientos no tienen fundamento.
—Así sea—respondió la labradora levantándose—, así sea... Usted me ha tranquilizado algo, Hullin... Ahora, me vuelvo a la granja y espero dormir mejor que la noche pasada... Buenas noches, Juan Claudio.
III
Al día siguiente, al amanecer, Hullin, muy endomingado con su pantalón de recio paño azul, amplia chaqueta de terciopelo obscuro, chaleco rojo con botones dorados, y cubriendo la cabeza con un ancho sombrero de campo, sujeto por delante, sobre la cara bermeja, con una escarapela, se puso en camino para Falsburg, empuñando un grueso palo de serbal.
Falsburg es una plaza fuerte pequeña, situada en el camino imperial de Estrasburgo a París, que domina la ladera de Saverne, los puertos del alto Barr, de la Roche-Plate, de la Bonne-Fontaine y del Graufthal. Sus baluartes, sus defensas exteriores, sus medias lunas se recortan en zig-zag sobre una meseta rocosa; vistos de lejos, cualquiera creería poder franquear los muros de un salto; pero, al llegar, se descubre el foso, de cien pies de ancho y de una profundidad de treinta, y, enfrente, las obscuras murallas cortadas a pico. Aquello detiene a uno bruscamente. Por lo demás, a excepción de la iglesia, de la Casa-Ayuntamiento, de las Puertas de Francia y de Alemania, que tienen forma de mitra, y de las agujas de los dos polvorines, todo lo restante queda oculto detrás de los glacis. Tal es la pequeña ciudad de Falsburg, que no deja de poseer cierto sello de grandeza, sobre todo cuando atravesamos sus puertas y penetramos en ella por sus amazacotadas puertas, provistas de rastrillos con púas de hierro. En el interior, las casas se distribuyen en manzanas regulares, son bajas y se hallan perfectamente alineadas; la construcción es de sillería; allí todo tiene un aspecto militar.
Hullin, llevado de su robusta naturaleza y de su carácter alegre, que nunca se alarmaba por las cosas que pudieran venir, consideraba aquellos ruidos de retirada, desastre e invasión como mentiras propagadas por la mala fe. Así es que se comprende cuál sería su estupefacción cuando, al salir de la montaña y a la orilla del bosque, vio el ruedo del pueblo arrasado como un pontón; no quedaba ni un jardín, ni un huerto, ni un paseo, ni un árbol, ni un matojo; todo lo que se hallaba al alcance del cañón había sido destruido. Algunos desgraciados se dedicaban a recoger los últimos restos de sus casuchas para llevarlos a la ciudad. No se veía en el horizonte mas que la cintura de las murallas, que trazaba una línea obscura por encima de los caminos cubiertos. Aquello fue un rayo que cayó sobre la cabeza de Juan Claudio; durante algunos minutos no pudo articular una palabra ni dar un paso.
—¡Oh, oh!—dijo Hullin al fin—. ¡Esto va mal! ¡Esto va muy mal! ¡Están esperando al enemigo!
Luego, sobreponiéndose a los demás su instinto guerrero, una oleada de sangre coloreó sus mejillas morenas.
—¿Y son esos granujas de austriacos, de prusianos, de rusos y demás miserables sacados del fondo de Europa la causa de todo esto?—exclamó Hullin agitando la tranca—; ¡pues tened cuidado! ¡Nosotros os obligaremos a pagar el gasto!...
Juan Claudio se hallaba dominado por una de esas cóleras sordas que experimentan los hombres pacíficos cuando se les saca de quicio. ¡Desgraciado de aquel que le hubiese mirado con malos ojos en tal momento!
Veinte minutos más tarde, Hullin entraba en la ciudad, detrás de una larga fila de carros tirados por cinco o seis caballos que arrastraban con gran trabajo enormes troncos de árboles destinados a construir varios blocaos en la plaza de armas. Entre los conductores, los aldeanos y los caballos, que relinchaban, se revolvían y echaban chispas por las cuatro patas, marchaba gravemente un gendarme a caballo, el señor Kels, el cual parecía no oír nada y decía de una manera grave:
—Valor, valor, amigos... Todavía tenemos que hacer hoy dos viajes... ¡Vosotros seréis beneméritos de la patria!
Juan Claudio atravesó el puente.
Un nuevo espectáculo se presentó a sus ojos; en la ciudad reinaba el ardor de la defensa; las puertas se encontraban abiertas, y hombres, mujeres y niños iban y venían, corrían de un lado a otro, ayudando a transportar la pólvora y los proyectiles. De vez en cuando se formaban grupos de tres, cuatro o seis personas para comunicarse noticias.
—¡Eh, vecino!
—¿Qué pasa?
—Un correo acaba de llegar a todo galope... Por la Puerta de Francia ha entrado...
—Vendrá a anunciar la llegada de la guardia nacional de Nancy.
—O quizás un convoy de Metz.
—Tiene usted razón... Faltan balas de diez y seis... También necesitamos metralla, y, para poder hacerla, vamos a destruir los hornillos.
Algunos pacíficos ciudadanos, en mangas de camisa, subidos en mesas colocadas a lo largo de las aceras, se dedicaban a tapiar las ventanas de sus casas con grandes trozos de madera y con jergones; otros hacían rodar delante de las puertas cubas de agua. Aquel entusiasmo reanimó a Hullin.
—¡Esto está bien!—exclamó Juan Claudio—; todo el mundo está de fiesta aquí... Los aliados van a ser bien recibidos.
Frente al colegio, la voz chillona del guardia municipal Harmentier gritaba: «Ordeno y mando: que las casamatas se abran para que todos puedan llevar a ellas un colchón y dos mantas por persona. Además, los comisarios de la plaza comenzarán la visita de inspección, para averiguar si los habitantes tienen víveres para tres meses, lo cual deberá justificarse por éstos.—Hoy, 20 de diciembre de 1813.—Juan Pedro Meunier, gobernador.»
Todo aquello lo vio y lo oyó Hullin en menos de un minuto, pues el pueblo entero estaba en vilo.
Escenas extrañas, serias, cómicas, se sucedían sin interrupción. Hacia la callejuela del Arsenal varios guardias nacionales arrastraban una pieza de artillería de veinticuatro. Aquella buena gente tenía que subir una cuesta bastante pina y no podía más. «¡Hué!, ¡a una!, ¡con mil demonios! ¡Otro empujón!... ¡Adelante!» Todos gritaban a la vez, empujaban las ruedas, y el pesado cañón, asomando el largo cuello de bronce entre la enorme cureña, por encima de las laderas, rodaba lentamente y estremecía el pavimento.
Hullin, muy alegre, no era ya el mismo hombre; sus instintos de soldado, los recuerdos del vivaque, de las marchas, de las descargas, de las batallas, volvían a su espíritu a paso de carga; brillábale la mirada, el corazón le latía con más violencia y ya iban y venían en su cabeza ideas de defensa, de atrincheramiento, de lucha a muerte.
—¡A fe mía—se decía Juan Claudio—, todo va bien! Ya he hecho bastantes zuecos en mi vida, y puesto que se presenta la ocasión de volver a coger el mosquete..., ¡tanto mejor!; ahora demostraremos a los prusianos y a los austriacos que no olvidamos la carga en doce tiempos.
De este modo razonaba el buen hombre, dominado por los recuerdos bélicos; pero su alegría no duró mucho.
Delante de la iglesia, en la plaza de armas, se hallaban parados quince o veinte carros de heridos procedentes de Leipzig y de Hanau. Aquellos desgraciados, pálidos, lívidos, la mirada lúgubre, unos ya amputados, otros que no habían sido curados siquiera, esperaban tranquilamente la muerte. Cerca de ellos, algunos viejos jamelgos alazanes, cuyos lomos cubrían sendas pieles de perro, comían su escasa pitanza, mientras que los carreteros—unos infelices reclutados en Alsacia—, envueltos en grandes capas agujereadas, dormían, a pesar del frío, con el sombrero sobre los ojos y los brazos cruzados, en los escalones de la iglesia. Era espeluznante ver aquellos grupos de hombres demacrados, con grandes capotes grises, amontonados sobre paja sanguinolenta, llevando uno de ellos el brazo partido sobre las rodillas; otro con la cabeza atada con un pañuelo viejo, y otro, por último, ya muerto, sirviendo de asiento a los vivos, con las manos negras colgando entre las escalas. Hullin, frente a tan lúgubre espectáculo, permaneció clavado a la tierra y no podía apartar de él los ojos. Los grandes dolores humanos tienen el raro poder de fascinarnos; queremos ver cómo los hombres perecen, con qué cara afrontan la muerte; los mejores espíritus no se hallan exentos de esa horrible curiosidad. ¡Dijérase que la eternidad va a revelarnos su secreto!
Cerca de la lanza del primer carro, a la derecha de la fila, se hallaban acurrucados dos carabineros, que llevaban unas guerreras de color azul celeste; dos verdaderos colosos, cuyas robustas naturalezas se rendían agobiadas por el dolor; parecían dos cariátides aplastadas por el peso de una masa enorme. Uno de ellos, de grandes bigotes rubios y mejillas terrosas, miraba con los ojos empañados, como dominados por una horrible pesadilla; el otro, completamente doblado, con las manos azules y el hombro destrozado por la metralla, se encogía cada vez más y luego se enderezaba como sobresaltado, hablando en voz muy baja, como si estuviera soñando. Detrás se hallaban, tendidos de dos en dos, varios soldados de infantería, la mayoría heridos de un balazo, con las piernas o los brazos quebrantados. Aquellos infelices no decían nada; solamente algunos, los más jóvenes, pedían de un modo furioso agua o pan; y en el carro inmediato, una voz lastimera, la voz de un recluta, llamaba: «¡Madre! ¡Madre mía!»..., mientras que los veteranos sonreían lúgubremente, como diciendo: «Sí, sí..., pronto va a venir tu madre.» Pero quizás no pensaran en nada.
De cuando en cuando, una especie de estremecimiento agitaba todo el convoy; veíase entonces algunos heridos que se incorporaban un poco lanzando prolongados gemidos y volviendo a caer en seguida, como si la muerte hubiera hecho su recorrido en aquel momento.
Después, nuevamente se hacía el silencio.
Y mientras Hullin contemplaba tales escenas, desgarrándosele las entrañas, un individuo de la vecindad, el panadero, salió de su casa llevando una gran olla llena de caldo. Fue digno de ver entonces a aquellos espectros agitarse, brillarles los ojos, dilatárseles las narices; parecía que volvían a la vida. ¡Los desgraciados estaban muertos de hambre!
El señor Sôme, con las lágrimas en los ojos, se acercó diciendo:
—¡Aquí estoy, hijos míos! ¡Tened un poco de paciencia!... ¡Soy yo! ¡Ya me conocéis!
Mas apenas hubo llegado el panadero cerca del primer carro, el corpulento carabinero de las mejillas verdosas se reanimó y, metiendo el brazo hasta el codo en el puchero hirviendo, cogió la carne y la ocultó bajo la guerrera. La operación se llevó a cabo con la rapidez del relámpago, e inmediatamente salvajes alaridos resonaron por todas partes. Aquellas gentes, si hubieran podido moverse, habrían devorado a su compañero. Este, con los brazos cruzados sobre el pecho, los dientes clavados en la presa, los ojos bizcos mirando en todas direcciones, parecía no oír nada. Al ruido de los gritos, un veterano, un sargento, salió apresuradamente de una posada cercana. Era un guía antiguo, que comprendió en seguida de lo que se trataba, y, sin inútiles reflexiones, arrebató la carne a la bestia feroz, diciéndole:
—¡Te mereces que no te den nada!... ¡Ahora lo partiremos y haremos diez porciones!
—¡No somos mas que ocho!—dijo uno de los heridos, muy tranquilo, al parecer, pero a quien chispeaban los ojos bajo una máscara de bronce.
—¿Cómo ocho?
—Vea usted, mi sargento, que estos dos están a punto de hincar el pico... y sería perder esos víveres...
El viejo sargento los miró.
—¡Es verdad!—dijo el guía—; hagamos ocho partes.
Hullin no pudo ver por más tiempo aquellas escenas y se dirigió, pálido como la muerte, a casa del posadero Wittmann, que se hallaba enfrente. Wittmann era también comerciante en pieles y cueros.
—¡Qué! ¿Es usted, maestro Juan Claudio?—exclamó el posadero viéndolo entrar—. Viene usted más pronto que acostumbra; no le esperaba hasta la semana próxima.
Mas al ver que se tambaleaba, le preguntó:
—Pero, diga usted, ¿le pasa algo?
—Vengo de ver a los heridos.
—¡Ah! ¡Sí! Las primeras veces le flaquean a uno las piernas; pero si usted hubiera visto pasar quince mil, como nosotros, ya no se preocuparía.
—¡Un cuartillo de vino! ¡Pronto!—dijo Hullin, que se sentía mal—. ¡Oh! ¡Los hombres! ¡Los hombres!... ¡Y dicen que somos hermanos!...
—Sí, hermanos hasta tocar el bolsillo—respondió Wittmann—. Vamos, eche usted un trago, y eso le tranquilizará.
—Entonces, ¿usted ha visto pasar quince mil?—añadió el almadreñero.
—Lo menos... desde hace dos meses..., sin hablar de los que se han quedado en Alsacia y del otro lado del Rin; porque, como usted comprenderá, no hay carros para todos, y, además, muchos no valen la pena de que se les traslade.
—Sí, lo comprendo; pero ¿por qué están aquí esos desgraciados? ¿Por qué no los llevan al hospital?
—¡El hospital!... ¿Qué es un hospital..., qué son diez hospitales... para cincuenta mil heridos? Todos los hospitales, desde Maguncia y Coblenza hasta Falsburg, se hallan abarrotados. Además, esa maldita enfermedad, el tifus, Hullin, mata más gente que las balas. Todas las aldeas del llano, en veinte leguas a la redonda, están infestadas: las gentes mueren como moscas. Afortunadamente, hace tres días que la ciudad se halla en estado de sitio y se van a cerrar las puertas para que no entre nadie. Por mi parte, he perdido a mi tío Cristián y a mi tía Isabel, que eran personas tan sanas y fuertes como usted y como yo, maestro Juan Claudio. Por último, el frío ha llegado y la noche pasada ha escarchado.
—¿Y los heridos se han quedado en medio de la calle toda la noche?
—No; han llegado de Saverne esta mañana, y dentro de una o dos horas, así que los caballos descansen, se pondrán en camino para Sarreburg.
En aquel momento el sargento, que acababa de restablecer el orden en los carros, entró frotándose las manos.
—¡Vaya, vaya! El tiempo refresca; papá Wittmann, ha hecho usted bien encendiendo la estufa, ¡Una copita de coñac para disipar la niebla! ¡Ején, ején!
Sus arrugados ojuelos, su nariz de pico de cuervo, los pómulos de sus mejillas separados de la nariz por dos grandes pliegues parecidos a dos trazos que iban a perderse en una extensa rubicundez imperial, todo reía en la fisonomía del viejo soldado, todo revelaba un carácter animoso y jovial. Era el suyo un verdadero tipo militar, tostado por el sol, curtido por el aire, lleno de franqueza y no exento de cierta astucia socarrona; el gran chaleco que llevaba, el recio capote gris-acero, el tahalí, las charreteras, parecían formar parte de su persona. No hubiera sido posible imaginárselo de otro modo.
El sargento iba y venía de un lado a otro por la sala y seguía frotándose las manos, mientras que Wittmann le servía una copita de aguardiente; Hullin, sentado cerca de la ventana, había visto desde el primer instante el número del regimiento a que el veterano pertenecía: el 6.º de infantería ligera; Gaspar, el hijo de la señora Lefèvre, servía en aquel regimiento. Juan Claudio iba, pues, a tener noticias del novio de Luisa; pero en el momento de hablar comenzó a latir su corazón con violencia. ¡Y si Gaspar hubiese muerto! ¡Y si hubiera perecido como tantos otros!
El buen almadreñero quedose como ahogado y se calló. «Más vale—pensó luego—no saber nada.»
Sin embargo, al cabo de algunos instantes, no pudo contenerse.
—Mi sargento—le dijo con voz enronquecida—, ¿usted es del sexto ligero?
—Del mismo, ciudadano—replicó el otro volviéndose en medio de la sala.
—¿No conoce usted a uno que se llama Gaspar Lefèvre?
—¡Gaspar Lefèvre!, de la segunda del primero; ¡demonio, vaya si le conozco! Yo he sido quien le ha enseñado a llevar las armas; ¡un magnífico soldado, pardiez! ¡Duro para la fatiga!... ¡Si tuviéramos cien mil de esa clase!...
—Entonces, ¿vive?, ¿está bien?
—Sí, ciudadano; pero hace ocho días que yo dejé el regimiento en Fredericsthal para escoltar este convoy de heridos...; usted comprende, la cosa está que arde..., y no puedo responder de nada; cuando menos se piense, cualquiera de nosotros puede recibir el pasaporte. Ahora hace ocho días, en Fredericsthal, el 15 de diciembre, Gaspar Lefèvre respondía a la llamada.
Juan Claudio respiró.
—Pero, entonces, mi sargento, hágame usted el favor de decirme por qué Gaspar no ha escrito hace dos meses.
El veterano sonrió y sus ojillos pestañearon.
—¡Ah!; vaya, ciudadano, ¿por ventura cree usted que no hay otra cosa que hacer sino escribir cuando se va de camino?
—No; yo he servido también; he hecho las campañas de Sambre y Mosa, de Egipto y de Italia; pero eso no me impedía mandar noticias.
—Un momento, compañero—interrumpió el sargento—; he estado en Egipto e Italia como usted, pero la campaña que acabamos de terminar es completamente especial.
—¡Qué! ¡Ha sido muy dura!
—¡Dura! Era preciso ser de bronce para no dejarse allí los huesos. Todo se ha vuelto contra nosotros: las enfermedades, los traidores, los campesinos, la gente de la ciudad, nuestros aliados; en fin, todo. De nuestra compañía, que se hallaba completa cuando salimos de Falsburg, el 21 de enero último, no han vuelto mas que treinta y dos hombres. Me parece que Gaspar Lefèvre es el único recluta que queda. ¡Los pobres reclutas se baten muy bien, pero no tienen costumbre de salvar la pelleja y se deshacen como la manteca en la sartén!
Y diciendo esto, el viejo sargento se acercó al mostrador y se bebió la copita de un solo trago.
—¡A vuestra salud, ciudadano! ¿Acaso es usted el padre de Gaspar?
—No, soy un pariente.
—¡Pueden ustedes jactarse de ser fuertes en la familia! ¡Vaya un ejemplar de hombre de veinte años! Así, a pesar de todo, él ha podido resistir, mientras que los otros caían por docenas.
—Pero no veo—añadió Hullin, después de un momento de silencio—lo que tiene de particular la última campaña, porque también nosotros hemos tenido enfermedades y traidores.
—¡De particular!—exclamó el sargento—; ¡todo era particular! En otras ocasiones, usted debe recordarlo si ha hecho la guerra de Alemania, después de una o dos victorias se había acabado todo; la gente nos recibía bien; bebíamos vino blanco, comíamos chucruta y jamón en compañía de los pacíficos ciudadanos, bailábamos con sus gordas mujeres. Los maridos, los abuelos, se reían de buena gana, y cuando se marchaba el regimiento todo el mundo lloraba conmovido. Pero ahora, después de Lutzen y Bautzen, en vez de tranquilizarse, la gente le recibía a uno con cara de mil demonios; no se podía obtener nada sino por la fuerza; cualquiera hubiera dicho que estábamos en España o en Vendée. No sé lo que se les ha metido en la cabeza contra nosotros. ¡Y si hubiéramos sido sólo franceses, si no hubiésemos tenido que luchar con esa ralea de sajones y demás aliados que no esperaban mas que el momento de arrojarse sobre nosotros, hubiéramos escapado bien a pesar de todo, a pesar de ser uno contra cinco! ¡Pero los aliados! ¡No me hable usted de los aliados! Mire usted: en Leipzig, el 18 de octubre último, en plena batalla, los aliados se volvieron contra nosotros y nos fusilaron por la espalda. ¡Eso hicieron nuestros buenos amigos los sajones! Ocho días después, nuestros antiguos y excelentes amigos los bávaros tratan de cortarnos la retirada y hay que pasarlos a cuchillo en Hanau. Al día siguiente, cerca de Francfort, se presenta otra columna de buenos amigos, que hay que exterminar. En fin, mientras más se matan, más salen. Y henos ahora de este lado del Rin. Seguramente, desde Moscú se han puesto en marcha contra nosotros amigos de tal calaña. ¡Ah! ¡Si lo hubiéramos previsto después de Austerlitz, Jena, Friedland y Wagram!
Hullin se había quedado muy pensativo.
—Y ahora, ¿en qué estamos, mi sargento?
—Estamos en que ha sido preciso repasar el Rin, y que todas nuestras plazas fuertes del otro lado se hallan bloqueadas. El 10 de noviembre pasado el príncipe de Neufchatel pasó revista al regimiento en Bleckheim; el tercer batallón ha disuelto sus efectivos en el segundo, y el cuadro recibió la orden de estar preparado para marchar al depósito. Cuadros no faltan; lo que faltan son hombres. Hace más de veinte años que se nos sangra por los cuatro costados; por consiguiente, nada de extraño tiene... Europa entera avanza... El emperador está en París trazando el plan de campaña,... en el supuesto que nos dejen respirar hasta la primavera...
En aquel momento, Wittmann, que se hallaba de pie cerca de la ventana, comenzó a decir:
—Aquí llega el gobernador, que viene a inspeccionar las talas que se hacen alrededor del pueblo.
En efecto; el comandante Juan Pedro Meunier, llevando un gran sombrero de picos y la faja tricolor a la cintura, atravesaba la plaza.
—¡Ah!—dijo el sargento—, voy a pedirle que firme la hoja de ruta. Perdón, ciudadano; me veo obligado a dejarle.
—Como usted quiera, mi sargento, y gracias. Si vuelve usted a ver a Gaspar, dígale que le lleva un abrazo de Juan Claudio Hullin y que esperamos noticias suyas en la aldea.
—Bien..., bien..., no dejaré de hacerlo.
El sargento salió, y Hullin vació su jarro, muy pensativo.
—Señor Wittmann—dijo al cabo de un momento—, ¿y mi paquete?
—Está preparado, maestro Juan Claudio.
Después, volviéndose hacia la puerta de la cocina, gritó:
—¡Gredel!... ¡Gredel! Trae el paquete de Hullin.
Una mujercita apareció y dejó en la mesa un rollo de pieles de carnero. Juan Claudio metió el palo que llevaba en el tubo que aquéllas formaban y se lo puso al hombro.
—¿Cómo? ¿Se va usted en seguida?
—Sí, Wittmann; los días son cortos, y los caminos, a través de los bosques, difíciles después de las seis; tengo que llegar a buena hora.
—Entonces, buen viaje, maestro Juan Claudio.
Hullin salió y atravesó la plaza apartando la vista del convoy, que estaba aún parado a la puerta de la iglesia.
Y el posadero, detrás de la ventana, al verle alejarse a buen paso, se decía:
—¡Qué pálido estaba cuando entró! No podía sostenerse sobre las piernas. ¡Es raro! Un hombre rudo, un veterano que se asusta de tan poca cosa. Por mi parte, ya puedo ver pasar cincuenta regimientos tendidos sobre los carros y me preocuparía tanto de ellos como de mi primera pipa.
IV
Mientras Hullin se enteraba del desastre de nuestros ejércitos y mientras se dirigía lentamente, cabizbajo y preocupado, hacia la aldea de Charmes, todo seguía su marcha acostumbrada en la granja de «El Encinar». Nadie pensaba ya en el extraño relato de Yégof, nadie se cuidaba de la guerra; el viejo Duchêne llevaba los bueyes al abrevadero; el pastor Robin removía la cama del ganado, y Anita y Juana desnataban las ollas de leche cuajada. Catalina Lefèvre, sola, seria y callada, pensaba en los pasados tiempos, mientras vigilaba con aspecto impasible las idas y venidas del pequeño mundo que la rodeaba. Aquella mujer tenía demasiada edad y era demasiado seria para olvidar en un día lo que le había tan vivamente conmovido. Al llegar la noche, después de la cena, Catalina marchose a la sala contigua, en la que se le oyó sacar el libro de apuntes del armario y colocarlo en la mesa para ajustar sus cuentas como de ordinario.
Luego los hombres comenzaron a cargar un carro de trigo, legumbres y aves de corral, porque al día siguiente había mercado en Sarreburg, y Duchêne tenía que salir al amanecer.
Imaginaos aquella amplia cocina con la gente a punto de acabar sus tareas, antes de marcharse a acostar; el enorme puchero negro, lleno de remolacha y patatas destinadas al ganado, humeando sobre un inmenso fuego de leña que se consumía formando tulipanes de oro y púrpura; los platos, las escudillas y las soperas reluciendo como soles en el vasar; las ristras de ajos y de cebollas bermejas colgadas en hilera de las obscuras vigas del techo, entre los jamones y las lonjas de tocino; Juana, con su papalina azul y su faldilla roja, agitando lo que contenía el puchero con un cucharón de madera; los jaulones de mimbres, en los que cacarean las gallinas con el rubio gallo, que pasa la cabeza entre los barrotes y mira la llama con ojo interrogante y la cresta caída encima de la oreja; el dogo Michel, de cabeza aplastada e hinchados carrillos, husmeando una escudilla olvidada; Dubourg, bajando la obscura escalera que cruje, a la izquierda, inclinado hacia adelante, con un saco sobre el hombro y el brazo arqueado, apoyado en la cadera, mientras que fuera, en medio de la negra noche, el anciano Duchêne, de pie en el carro, levanta la linterna y grita: «Este hace quince, Dubourg; faltan todavía dos.» También se ven, colgados de la pared, una liebre vieja y rubia, traída por el cazador Heinrich para venderla en el mercado, y un hermoso gallo, cuyas plumas tenían visos verdes y rojos, con el ojo empañado y una gota de sangre en la punta del pico.
Eran cerca de las siete y media cuando se oyó un ruido de pasos a la entrada del patio. El perro se adelantó hasta el umbral refunfuñando; mas al llegar allí respiró el viento de la noche, y después volvió tranquilamente a lamer de nuevo su escudilla.
—Debe de ser alguien de la casa—dijo Anita—, porque Michel no se mueve.
Casi al mismo tiempo Duchêne gritó desde fuera:
—Buenas noches, maestro Juan Claudio. ¿Es usted?
—Sí, vengo de Falsburg y quiero descansar un momento antes de llegar a la aldea. Catalina ¿está ahí?
Entonces pudo verse al buen hombre aparecer a la luz con su ancho sombrero echado hacia atrás y el rollo de pieles de carnero al hombro.
—¡Buenas noches, hijos míos!—dijo Juan Claudio—, ¡buenas noches!... Siempre ocupados...
—Gracias a Dios, sí, señor Hullin, como usted ve—respondió Juana riendo—. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sería demasiado aburrida.
—Es verdad, hija mía, es verdad: sólo el trabajo suele producir esos frescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.
Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abrió, y adelantose Catalina Lefèvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como para adivinar de antemano las noticias que traía.
—Y bien, Juan Claudio, ¿ya está usted de vuelta?
—Sí, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.
Ambos penetraron en la sala, que era una habitación alta y bastante grande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de roble provistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirámide que comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos, dentro de una caja de nogal, y un gran sillón de cuero, articulado por una cremallera, que había sido usado por diez generaciones de ancianos. Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo de Catalina, a quien le parecía ver aún con la cabeza blanca, sentado en la sombra, detrás del hogar.
—¿Qué hay?—preguntó la labradora ofreciendo un asiento al almadreñero, que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.
—Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho está bien, aunque ha sufrido muchas penalidades... ¡Tanto mejor! ¡Así se forma la juventud!... Pero en cuanto a lo demás, Catalina, los asuntos van mal: ¡la guerra, la guerra!...
Hullin sacudió la cabeza; Catalina, con los labios contraídos, se sentó frente a él, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, y dijo:
—¿De modo que la cosa está mal... decididamente... y tendremos la guerra aquí?
—Sí, Catalina; de un día a otro veremos llegar a los aliados a nuestras montañas.
—Lo sospechaba..., estaba segura de ello; pero hable usted, Juan Claudio.
Entonces Hullin, con los codos hacia adelante, las gruesas orejas rojas entre las manos y bajando la voz contó lo que había visto: las talas alrededor de la ciudad, la distribución de las baterías en las murallas, la publicación del estado de sitio, los carros de heridos en la plaza de armas, la conversación con el viejo sargento en casa de Wittmann y el resumen de la campaña. De vez en cuando hacía una pausa, y la anciana labradora entornaba los ojos lentamente como para grabar los hechos en su memoria. Cuando Juan Claudio habló de los heridos, la buena mujer murmuró en voz baja: «¡Gaspar se ha escapado de ésta!».
Por último, cuando acabose aquella lúgubre historia, hubo un largo silencio y ambos se miraron sin decir una palabra.
¡Cuántas reflexiones, cuán amargos sentimientos invadían sus almas!
Así que pasaron unos instantes, la anciana, sobreponiéndose a los terribles pensamientos que la embargaban, dijo gravemente:
—¿Ve usted, Juan Claudio, como Yégof no estaba equivocado?
—Sin duda, sin duda, no estaba equivocado—respondió Hullin—; pero ¿qué prueba eso? Un loco que va de pueblo en pueblo, que sube y baja de Alsacia a Lorena, que va de acá para allá, nada de extraño tiene que vea o que de cuando en cuando diga una verdad en medio de sus desvaríos. En su cabeza todo se embrolla, y los demás creen comprender lo que él mismo no comprende. Pero no se trata de historia de loco, Catalina. Los austriacos se acercan y lo que se trata de saber es si los dejaremos pasar o si tendremos el valor de defendernos.
—¡De defendernos!—exclamó la anciana, cuyas pálidas mejillas se estremecieron—. ¡Si nosotros tendremos el valor de defendernos! No es conmigo, Hullin, con quien tiene usted que hablar. ¡Cómo!... ¿Acaso valemos menos que nuestros antepasados? ¿Acaso ellos no se han defendido?... ¿No ha sido preciso exterminarlos a todos, hombres, mujeres y niños?
—Entonces, Catalina, ¿usted es partidaria de la defensa?
—¡Sí, sí..., en tanto que me quede un soplo de vida! ¡Que vengan, que vengan! ¡La vieja de las viejas aquí les espera!
Sus largos cabellos grises se agitaron, sus pálidas y contraídas mejillas se estremecieron y sus ojos despedían relámpagos. En aquel momento Catalina parecía hermosa, hermosa como la anciana Margarita de la que había hablado Yégof. Hullin le tendió la mano en silencio, sonriendo de entusiasmo, y dijo:
—¡Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lo mismo. No puede usted negar quién es, Catalina; ya está usted en marcha; pero tenga un poco de tranquilidad y óigame. Nosotros vamos a luchar; pero ¿con qué medios?
—Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...
—Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero, desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.
La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientras recogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al azar, con aire pensativo.
—Sí—añadió Catalina bruscamente—, pólvora y balas hacen falta, es verdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene en abundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que Catalina Lefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; que ella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo..., todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?
—Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.
—¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso—replicó la anciana—; es muy sencillo: ¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio..., yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es! Usted comprará la pólvora y ese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus castillos.
Hullin comprendió por lo que oía que Catalina seguía pensando en la historia de Yégof; pero viendo cuán irritada estaba la anciana y pensando que sus propósitos contribuirían a la defensa del país, no hizo ninguna observación a este respecto, y dijo solamente:
—Entonces, Catalina, quedamos conformes; mañana iré a ver a Marcos Divès...
—Sí, compre usted toda la pólvora y todo el plomo que tenga. También convendría recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente lo que sucede y convenir con ellos una señal a fin de reunirse en caso de ataque.
—Esté usted tranquila—dijo Juan Claudio—; yo me encargo de eso.
Levantáronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Hacía media hora que había cesado el ruido en la cocina: la gente de la granja se había ido a acostar. La anciana colocó la lámpara en una esquina del hogar y corrió los cerrojos. Fuera, el frío era intenso; el aire, tranquilo y límpido. Las cumbres de alrededor y los abetos del Jaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas. Lejos, bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle del Blanru.
—¡Buenas noches, Hullin!—dijo la señora Lefèvre.
—¡Buenas noches, Catalina!
Juan Claudio alejose rápidamente por la cuesta de los brezos, y la labradora, después de contemplar durante un segundo, cerró la puerta.
Fácilmente se podrá imaginar la alegría de Luisa cuando supo que Gaspar se hallaba sano y salvo. La pobre joven no vivía desde hacía dos meses. Hullin tuvo buen cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba por el horizonte. Durante toda la noche la oyó Juan Claudio ir de un lado para otro en su cuartito, hablando a solas como si se felicitara a sí misma, pronunciando el nombre de Gaspar y abriendo cajones y cajas para buscar, sin duda, algunos recuerdos que le hablasen de amor.
Así el pajarillo, sorprendido por la tormenta, tiritando aún, comienza a cantar y a saltar de rama en rama, al salir al primer rayo de sol.
V
Cuando Juan Claudio Hullin, en mangas de camisa, abrió al día siguiente las ventanas de su casilla vio las montañas vecinas—el Jaegerthal, el Grosmann, el Donon—cubiertas de nieve. La primera aparición del invierno, ocurrida mientras dormimos, tiene algo de sorprendente: los viejos abetos, las rocas, cubiertas de musgo, que la víspera se adornaban de verdor y que ahora centellean llenas de escarcha, producen en el alma una tristeza indefinible. «Ha pasado otro año—nos decimos—, y otra vez tenemos que sufrir los rigores del tiempo antes que vuelva la primavera.» Y nos apresuramos a vestir la recia hopalanda y a encender el fuego. Las habitaciones obscuras se llenan de luz blanca, y por primera vez oímos a los gorriones, agazapados bajo los rastrojos, con las plumas erizadas, que gritan afuera: «Esta mañana no hay comida, no hay comida.»
Hullin se calzó sus recios zapatos herrados de doble suela, y sobre la chaqueta púsose un amplio jubón de paño buriel.
Juan Claudio oía en el techo los pasos de Luisa, que iba de un lado a otro en la buhardilla, y gritó:
—¡Luisa, me marcho!
—¡Cómo! ¿Se marcha usted hoy también?
—Sí, hija mía; tengo que salir, mis asuntos no han terminado.
Después, así que se hubo puesto un ancho sombrero de fieltro, subió la escalera y dijo en voz baja:
—Hija mía, tardaré algún tiempo en volver, pues tengo que ir bastante lejos; pero no te inquietes. Si alguien pregunta dónde estoy, le dices: «En casa del primo Matías, en Saverne.»
—¿No quiere usted almorzar antes de salir?
—No; me llevo un pedazo de pan y la calabacilla de aguardiente. Adiós, hija mía; alégrate, y piensa en Gaspar.
Y sin esperar que le hiciera nuevas preguntas, cogió su palo y salió de la casilla, dirigiéndose hacia la colina de los Abedules, a la izquierda de la aldea. No había pasado un cuarto de hora cuando Hullin la había recorrido y llegaba al sendero de las Tres Fuentes, que rodea el Falkenstein, siguiendo un murillo de piedra en seco. Las primeras nieves, que nunca se endurecen, comenzaban, con el ambiente húmedo de las cañadas, a fundirse y se deslizaban por el sendero. Hullin saltó el murillo para subir la pendiente. Y dirigiendo casualmente la mirada hacia la aldea, que se hallaba sólo a dos tiros de carabina, vio a algunas mujeres barrer delante de sus puertas y a algunos vejetes que se saludaban, mientras fumaban la primera pipa del día, junto al umbral de su chamizo. Aquella profunda tranquilidad de la vida, en contraste con los pensamientos que le agitaban, le impresionó, y siguiendo su camino muy preocupado se dijo: «¡Qué tranquilo está todo allá abajo!... Nadie sospecha nada, y, sin embargo, dentro de pocos días cuántos clamores, qué estruendo de descargas no hendirán los aires!»
Como de lo que se trataba en primer lugar era de procurarse pólvora, Catalina Lefèvre había puesto naturalmente los ojos en Marcos Divès, el contrabandista, y en su virtuosa esposa Hexe-Baizel.
Aquellas gentes vivían al otro lado del Falkenstein y debajo de la roca que servía de asiento a un antiguo burg[2] en ruinas; allí se habían construido una especie de cubil bastante cómodo, el cual no tenía mas que la puerta de entrada y dos ventanillos, pero que, según ciertos rumores, se hallaba en comunicación con unos subterráneos por cierta hendedura; nunca los carabineros habían podido descubrirla, a pesar de los numerosos registros que habían hecho con tal fin. Juan Claudio y Marcos Divès se conocían desde la infancia; juntos habían ido a coger nidos de gavilanes y mochuelos, y desde entonces continuaban viéndose casi todas las semanas, por lo menos una vez, en la fábrica de aserrar del Valtin. Hullin estaba, pues, seguro del contrabandista, pero le infundía alguna sospecha la señora Hexe-Baizel, mujer demasiado circunspecta y que quizás no se inclinase del lado de la guerra. «En fin—se decía Juan Claudio mientras caminaba—, ahora veremos.»
El almadreñero encendió la pipa, y de vez en cuando se volvía para contemplar el inmenso paisaje, cuyos límites se ensanchaban cada momento más.
Nada hay tan hermoso como el espectáculo de aquellas montañas pobladas de bosques, elevándose unas sobre otras en el cielo pálido; de los corpulentos brazos, que se extienden hasta perderse de vista, cubiertos de nieve; de los obscuros barrancos, encajonados entre los bosques, con el torrente al fondo saltando entre los cantos rodados tan verdosos y bruñidos como el bronce. Y además el silencio, ese gran silencio del invierno...; la nieve todavía blanda, que cae de la copa de los altos abetos sobre las ramas inferiores que se inclinan; las aves de rapiña, dando vueltas de dos en dos por encima de los montes y lanzando sus gritos de combate: cosas son ésas que sólo se pueden ver, que no se pueden describir.
Próximamente una hora después de haber salido de la aldea de Charmes, Hullin trepaba por la cumbre del monte y llegaba al pie del peñón de los Madroños. Alrededor de aquella masa granítica se extiende una especie de terraplén de tres a cuatro pies de ancho. Semejante camino, hasta donde llegan las copas de los abetos más altos que suben del precipicio, tiene algo de siniestro, pero es seguro; si no se siente el vértigo, no hay peligro alguno en recorrerlo. Por encima, formando una media bóveda, avanzaba la roca cubierta de ruinas.
Juan Claudio se acercaba a la cueva del contrabandista, y deteniéndose un momento en el terraplén, guardose la pipa en el bolsillo; luego siguió andando por el sendero, que describe un semicírculo y termina por el otro lado en una brecha. Al final, y casi junto a dicha cortadura, vio Hullin las dos ventanillas del cubil y la puerta, que se hallaba entreabierta. Un gran montón de estiércol se divisaba delante del umbral.
En el mismo instante apareció Hexe-Baizel, arrojando, con una gran escoba de retamas verdes, el estiércol al abismo. Aquella mujer era pequeña y delgaducha; tenía los cabellos rojos y desgreñados, las mejillas hundidas, la nariz afilada, los ojos pequeños y brillantes como dos centellas; la boca fina, con los dientes muy blancos, y la tez rojiza. En cuanto a su vestidura, se componía de una falda de lana muy corta y sucia y de una camisola de lienzo bastante blanca; sus curtidos bracillos musculosos, cubiertos de vello dorado, estaban desnudos hasta el codo, a pesar del intenso frío que hace en el invierno a tal altura; en fin, por todo calzado llevaba dos enormes chanclos destrozados.
—¡Hola! ¡Buenos días, Hexe-Baizel!—gritó Juan Claudio alegremente y en tono burlón—; usted siempre tan gruesa y oronda, alegre y satisfecha... ¡Así me gusta!
Hexe-Baizel se había vuelto rápidamente, como una comadreja sorprendida en acecho, sacudiendo la cabellera roja y lanzando chispas por los ojos; pero se tranquilizó en seguida y exclamó secamente, como si se hablara a sí misma:
—¡Hullin... el almadreñero! ¿Qué se le habrá perdido por aquí?
—Vengo a ver a mi amigo Marcos, señora Hexe-Baizel—respondió Juan Claudio—; tenemos que hablar de negocios.
—¿Qué negocios?
—¡Ah! Eso queda para nosotros. Vamos, déjeme usted pasar, pues quiero hablarle.
—Marcos está durmiendo.
—Pues hay que despertarle, porque el tiempo vuela.
Y diciendo esto, Hullin se inclinó para entrar por la puerta y penetró en una pequeña cueva, cuya bóveda, en vez de ser redonda, era de forma irregular, surcada de hendeduras. Cerca de la entrada, a dos pies del suelo, la roca formaba una especie de hogar natural, en el que ardían algunos carbones y ramas de enebro. Todos los utensilios de cocina de Hexe-Baizel consistían en una olla de metal, un puchero de barro rojo, dos platos desportillados y tres o cuatro tenedores de estaño; todo su mobiliario, en un asiento de madera, una hacheta para partir la leña, una caja con sal colgada de la piedra y la gran escoba de retamas verdes. A la izquierda de tal cocina se veía otra caverna con una puerta irregular, más ancha por arriba que por abajo, que se cerraba por medio de dos tablas y un travesaño.
—Y ¿dónde está Marcos?—dijo Hullin sentándose cerca del hogar.
—Ya le he dicho que está durmiendo; ayer vino muy tarde, y hay que dejarle dormir, ¿lo oye usted?
—Lo oigo muy bien, Hexe-Baizel, pero no tengo tiempo de esperar.
—Entonces, márchese.
—¡Márchese! ¡Eso se dice muy pronto!; pero es el caso que no quiero irme. No he hecho una legua de camino para volverme con las manos vacías.
—¿Eres tú, Hullin?—interrumpió bruscamente una voz saliendo de la cueva de al lado.
—Sí, Marcos.
—¡Ah! Ya voy.
Oyose un ruido como de paja removida, y luego la tapadera de madera se corrió: un cuerpo enorme, de una anchura de tres pies de hombro a hombro, delgado, huesudo, cargado de espaldas, con el cuello y las orejas color de ladrillo, los cabellos obscuros y espesos, inclinose para pasar por el boquete, y Marcos Divès apareció ante Hullin bostezando, estirando sus largos brazos y dando un suspiro contenido.
A primera vista, la fisonomía de Marcos Divès parecía bastante pacífica. La frente ancha y baja, las despejadas sienes, los cabellos cortos y rizados que avanzaban en punta hasta cerca de las cejas, la nariz recta y larga, el mentón prolongado, y, sobre todo, la expresión tranquila de sus ojos obscuros hubieran inducido a creer que pertenecía a la familia de los rumiantes más bien que a la de las fieras; pero hubiese sido aventurado fiarse de las apariencias. Por la comarca corrían rumores de que Marcos Divès, en caso de que le atacaran los carabineros, no tendría el menor reparo en servirse del hacha y de la escopeta para acabar pronto; a él se le atribuían varios accidentes graves ocurridos a los agentes del fisco; pero las pruebas faltaban en absoluto. El contrabandista, gracias a su profundo conocimiento de los puertos de la sierra y de las veredas que van de Dagsburg a Sarrebrück y de Raon-l'Etape a Basilea, en Suiza, siempre se hallaba a quince leguas de los sitios donde había sucedido alguna fechoría. Además, tenía un aire bonachón, y aquellos que habían hecho correr rumores que le perjudicaban siempre hubieron de acabar mal; lo que prueba la justicia del Señor en este mundo.
—A fe mía, Hullin—exclamó Marcos después de salir del agujero—, ayer estuve pensando en ti, y si no hubieras venido, hubiese ido yo a la fábrica del Valtin con el solo objeto de buscarte. Siéntate. Hexe-Baizel, trae un asiento a Hullin.
Luego sentose el contrabandista en el hogar, con la espalda hacia el fuego y frente a la puerta abierta, por la que penetraban juntos los vientos de Alsacia y de Suiza.
Por el boquete podía descubrirse una vista espléndida; parecía un verdadero cuadro recortado por la roca, un cuadro inmenso abarcando todo el valle del Rin, y del otro lado, las montañas, que se perdían en la bruma. Respirábase un vientecillo fresco, y el fuego que danzaba en aquel nido de búhos era agradable de ver con sus tonos rojos, después que los ojos habían recorrido la extensión azulada.
—Marcos—dijo Hullin tras un instante de silencio—, ¿puedo hablar delante de tu mujer?
—Ella y yo somos una sola persona.
—Pues bien, Marcos, vengo a comprarte pólvora y plomo.
—Para tirar liebres, ¿no es verdad?—dijo el contrabandista guiñando los ojos.
—No; para batirnos con los alemanes y los rusos.
Hubo un instante de silencio.
—¿Y necesitarás mucha pólvora y mucho plomo?
—Todo el que me puedas proporcionar.
—Puedo proporcionarte hoy municiones por valor de tres mil francos—dijo el contrabandista.
—Las compro.
—Y dentro de ocho días dispondré de otras tantas—añadió Marcos con la misma tranquila voz y la mirada atenta.
—También las compro.
—¡Sí, usted las compra—exclamó Hexe-Baizel—, usted las compra, no lo dudo!; pero ¿quién las paga?
—Cállate—dijo Marcos con acritud—; Hullin las compra, y su palabra basta.—Después, tendiéndole la ancha mano de un modo afectuoso, añadió:
—Juan Claudio, aquí está mi mano; la pólvora y el plomo son tuyos; pero quiero gastar la parte que me corresponde, ¿comprendes?
—Sí, Marcos; pienso pagarte en seguida.
—Pagará—dijo Haxe Baizel—, ¿lo oyes?
—¡Bah! ¡No soy sordo! Baizel, ve por una botella de brimbelle-wasser para calentarnos un poco el estómago. Lo que Hullin acaba de decirme me gusta. Esos granujas de kaiserlicks no nos ganarán la partida con tanta facilidad como yo creía. Parece que vamos a defendernos con energía.
—Sí, con energía.
—¿Hay algunos que pagan?
—La que paga es Catalina Lefèvre, y ella es la que me manda—dijo Hullin.
Entonces Marcos se levantó, y con voz grave, extendiendo el brazo hacia los precipicios, exclamó:
—¡Es una mujer..., una mujer tan grande como aquel peñón de allá abajo, el Oxenstein, el mayor que he visto en mi vida! ¡Bebo a su salud! ¡Bebe tú también, Juan Claudio!
Hullin bebió, y luego lo hizo la anciana.
—Después de eso no hay más que hablar—exclamó Divès—; pero escucha, Hullin; no hay que creer que es empresa fácil cortarles el paso; todos los cazadores furtivos, todos los segares[3] schileteros y leñadores de la sierra no bastarán para ello. Acabo de llegar del otro lado del Rin. ¡Cuántos rusos, austriacos, bávaros, prusianos, cosacos y húngaros..., cuántos he visto! ¡Cubren la tierra; los pueblos no pueden albergarlos y acampan en las llanuras, en las cañadas, en las alturas, en las ciudades, a campo raso; por todas partes, por todas partes hay enemigos!
En aquel momento un grito agudo hendió los aires.
—¡Es un halcón que está de caza!—dijo Marcos interrumpiéndose.
Mas en el mismo instante pasó una sombra por el peñón.
Era una bandada de pinzones que volaba sobre el abismo, y centenares de halcones y gavilanes se agitaban sobre ellos, dando vertiginosas vueltas y gritos estridentes para azorar a su presa, mientras que la bandada parecía inmóvil, de densa que era. El movimiento regular de tantos miles de alas producía en el silencio un ruido semejante al de las hojas secas arrastradas por el cierzo.
—Son los pinzones, que se marchan de las Ardennas—dijo Hullin.
—Sí, es el último paso; ya el hayuco está enterrado en la nieve lo mismo que la sementera. Pues bien, mira; hay más hombres allá abajo que pájaros en esa bandada. Pero es igual, Juan Claudio; saldremos bien de nuestra empresa, siempre que todo el mundo tome parte en ella. ¡Hexe-Baizel, enciende la linterna, porque voy a enseñar a Hullin las provisiones que tenemos de pólvora y plomo!
Hexe-Baizel, al oír semejante proposición no pudo contener un gesto de extrañeza, y dijo:
—Nadie, desde hace veinte años, ha entrado en la cueva; bien puede él creernos bajo nuestra palabra como nosotros creemos bajo la suya que nos pagará; de modo que no tengo para qué encender la linterna.
Marcos, sin contestar nada, extendió el brazo y tomó de la leñera una gruesa tranca; entonces la vieja, con los cabellos erizados, desapareció por el boquete más próximo como un hurón, y dos segundos después salía con una enorme linterna de cuerno, que Divès encendió tranquilamente con el fuego del hogar.
—Baizel—dijo Marcos volviendo a colocar el palo en el rincón—, tú sabes que Juan Claudio es un amigo mío de la infancia, y que me fío mucho más de él que de ti, vieja garduña; porque si no temieras que te ahorcaran el mismo día que a mí, hace tiempo que me hubieran colgado de una cuerda. Vamos, Hullin, sígueme.
Salieron ambos, y el contrabandista, torciendo a la izquierda, se dirigió hacia la cortadura, que formaba una especie de salidizo sobre el Valtin, a doscientos pies de altura. Separó con la mano las hojas de una encinilla que había arraigado por debajo, alargó la pierna y desapareció como si se hubiera arrojado al abismo. Juan Claudio se estremeció; pero casi al mismo tiempo, sobre la pared que formaba la roca, vio destacarse la cabeza de Divès, que avanzaba gritándole:
—Hullin, pon la mano a la izquierda, donde hay un agujero; extiende el pie sin miedo y tocará en un escalón, y después da media vuelta.
Juan Claudio obedeció muerto de miedo; encontró el boquete en la piedra, alcanzó el escalón y, dando media vuelta, se encontró frente a frente con su compañero en una especie de nicho apuntado, que sin duda se comunicaba en otro tiempo con una poterna. Al fondo del nicho abríase una bóveda baja.
—¿Cómo demonio has encontrado esto?—exclamó Hullin completamente maravillado.
—Lo encontré buscando nidos hace treinta y cinco años. Un día me hallaba en la peña, y yo había visto salir de allí muchas veces un búho de gran tamaño con la hembra, dos pájaros magníficos, con la cabeza gorda como mi puño y unas alas de seis pies de ancho, cuando oí gritar a las crías y me dije: «Están cerca de la caverna, en el extremo del terraplén. Si pudiera dar la vuelta un poco más allá de la cortadura, las cogería.» A fuerza de mirar y de inclinarme logré ver una esquina del escalón, por encima del precipicio. Al lado había un acebo bastante firme. Me así del acebo, extendí la pierna y, ¡ya lo ves!, aquí llegué. ¡Pero qué lucha, Hullin! El padre y la madre querían sacarme los ojos. Por fortuna era de día, y aunque ambos se dirigían contra mí, abriendo el pico y silbando, el sol los deslumbraba. Les di unos cuantos puntapiés, y por fin fueron a caer en un abeto, allá abajo; y los grajos, los zorzales, los pinzones, estuvieron volando alrededor de ellos hasta que llegó la noche, para arrancarles las plumas. No puedes figurarte, Juan Claudio, el montón de huesos, pellejos de ratas y lebratos, la carroña que habían reunido en este nido aquellos animales. Era una verdadera inmundicia. Lo arrojé todo al Jaegerthal y vi el pasadizo cubierto. Se me olvidó decirte que me encontré dos crías; retorcíles el pescuezo y las metí en el saco. Después de lo cual, con toda tranquilidad entré, y ahora verás lo que hallé. Entra.
Ambos penetraron en una bóveda estrecha y baja, formada por enormes piedras rojas, en las que la luz proyectaba, al marchar los dos amigos, su vacilante resplandor.
Cuando hubieron andado unos treinta pasos, apareció ante Hullin una gran cueva de forma circular, desplomada por lo alto y abierta en la roca viva. Al fondo se veían unos cincuenta barriles apilados en forma de pirámide, y a los lados, gran cantidad de barras de plomo y sacos de tabaco, cuyo fuerte olor impregnaba el aire.
Marcos había dejado la linterna a la entrada de la bóveda y miraba su guarida con la cabeza levantada y la sonrisa en los labios.
—He aquí lo que descubrí—dijo el contrabandista—, la cueva estaba vacía; solamente encontré ahí en medio el esqueleto de un animal, tan blanco como la nieve, seguramente de un zorro muerto de viejo. ¡El granuja descubrió el pasadizo antes que yo, y aquí dormía a pierna suelta! ¡A quién hubiera podido ocurrírsele venir a este lugar! En aquel tiempo, Juan Claudio, yo tenía doce años. En seguida pensé que este escondrijo podría serme útil algún día. No sabía entonces para qué...; pero así que pasó tiempo, cuando hice las primeras salidas de contrabando a Landau, Khel y Basilea con Jacobo Zimmer, y cuando los carabineros se dedicaron a perseguirnos durante dos inviernos, la idea de la cueva abandonada comenzó a rondar mi pensamiento desde la mañana hasta la noche. Yo conocía ya a Hexe-Baizel, que era entonces criada de la granja de «El Encinar», en casa del padre de Catalina. Trájome en dote veinticinco luises, y vinimos a establecernos en la caverna de los Madroños.
Callose Divès, y Hullin, muy pensativo, le preguntó:
—Entonces ¿has tomado cariño a este agujero?
—¡Que si le he tomado cariño!... Mira, no me iría a vivir a la casa más hermosa de Estrasburgo aun cuando me dieran dos mil libras de renta. Hace veintitrés años que guardo aquí mis mercancías: azúcar, café, pólvora, tabaco, aguardiente; todo se mete ahí. Tengo ocho caballerías siempre de camino.
—Pero no disfrutas de nada.
—¡Que no disfruto de nada! ¿Tú crees que no es nada burlarse de los gendarmes, de los investigadores, de los carabineros, irritarlos, despistarlos y oír decir por todas partes: «Ese granuja de Marcos, ¡qué listo es!... ¡Cómo hace lo que quiere!... Es capaz de acabar con todo el Estado...» Y esto y lo otro. ¡Je, je, je! Te aseguro que es el placer mayor del mundo. Además, la gente te quiere porque vendes a mitad de precio, con lo cual prestas un servicio a los pobres y mantienes caliente el estómago.
—¡Bah! Nunca se le ocurrirá a un carabinero pasar por la brecha.
—¡Desde luego!—pensó Hullin, al recordar que tendría necesidad de salvar nuevamente el precipicio.
—Es igual—prosiguió Marcos—; no te falta del todo razón, Juan Claudio. Al principio, cuando yo tenía que entrar aquí con esos barrilillos a la espalda, sudaba la gota gorda; pero ahora ya me he acostumbrado.
—¿Y si se te escurriera un pie?
—Pues nada; se acabaría todo. Lo mismo da morir ensartado en un abeto que toser durante semanas y meses tendido en un jergón.
En tal momento, Divès iluminaba con la linterna las pilas de barriles, que llegaban hasta la bóveda.
—Es pólvora fina inglesa—dijo Marcos—que se va de las manos como las pepitas de plata y que caza a las mil maravillas. No se necesita mucha; con un dedal basta. Y aquí tienes el plomo puro, sin mezcla de estaño. Esta noche comenzará Hexe-Baizel a fundir las balas; ella entiende de eso; tú verás.
Y ya se disponían a volver en dirección a la cortadura, cuando, de repente, un confuso ruido de palabras se oyó zumbar en el aire. Marcos apagó la linterna, y ambos quedaron sumidos en la obscuridad.
—Alguien va por ahí arriba—dijo el contrabandista en voz muy baja—. ¿Quién será el que se ha aventurado a trepar al Falkenstein con este tiempo de nieves?
Estuvieron escuchando, conteniendo la respiración, con la vista fija en el rayo de luz azulada que descendía por una estrecha falla hasta el fondo de la caverna. Alrededor de aquella hendedura crecían algunas malezas salpicadas de escarcha centelleante; más arriba se divisaba la coronación de un antiguo muro. Y en el momento en que Divès y Hullin miraban manteniendo el más profundo silencio, he aquí que aparece al pie del muro una enorme cabeza despeluznada, una frente dentro de un aro reluciente, una cara alargada y después una barba roja, puntiaguda, todo lo cual se recortaba, formando una extraña silueta, en el cielo blanco del invierno.
—Es el Rey de Bastos—dijo Marcos riendo.
—¡Pobre hombre!—murmuró Hullin gravemente—; viene a visitar su castillo, andando por el hielo con los pies descalzos y con su corona de hojalata en la cabeza. ¡Oye, oye cómo habla! Está dando órdenes a los caballeros y a la corte; ahora extiende el cetro ya al Norte, ya al Mediodía; todo es suyo; es el señor del cielo y de la tierra... ¡Pobre hombre! ¡Sólo de verle con los calzoncillos que lleva y con la piel de perro pelada a la espalda, siento frío en los huesos!
—Sí, Juan Claudio, esto me produce el efecto de un burgomaestre o de un alcalde de pueblo, con una panza tan abultada como la de un palomo, a quien se le hinchan los carrillos cuando dice: «Yo, Hans Aden, tengo diez fanegas de magníficos prados, tengo también dos casas, una viña, un huerto y un jardín; ¡ején!, ¡ején!, tengo esto, y lo otro, y lo de más allá.» Pero al día siguiente le da un coliquillo, y... ¡andando! ¡Los locos, los locos!... ¿Quién puede decir que no está loco? Vámonos, Hullin; la vista de ese desgraciado que habla a solas y los gritos del cuervo anunciando el hambre me estremecen.
Penetraron ambos en la galería, y al salir de las tinieblas, la claridad del día estuvo a punto de deslumbrar a Hullin. Por fortuna, el cuerpo aventajado de su camarada, que se había colocado delante de él, le preservó del vértigo.
—¡Agárrate con fuerza—dijo Marcos—y haz como yo! La mano derecha en el boquete, y el pie derecho delante, en el escalón; ahora, media vuelta. ¡Ya estamos!
Volvieron a la cocina, en la que se hallaba Hexe-Baizel, quien les dijo que Yégof estaba en las ruinas del antiguo burg.
—Ya lo sabemos—respondió Marcos—; acabamos de verle tomando el fresco allá arriba: cada loco con su tema.
En tal momento, Hans, el cuervo, volando por encima del abismo, pasó ante la puerta lanzando un grito ronco; oyose un ruido como de granizo desprendiéndose de la maleza y apareció el loco en el terraplén con un aspecto muy hosco; dirigió una mirada hacia el hogar, y exclamó:
—Marcos Divès, procura mudarte pronto. Te lo advierto porque estoy cansado de este desorden. Las fortificaciones de mis dominios tienen que quedar libres. No consiento que mi casa sea una gusanera. Por consiguiente, prepáralo todo.
Luego, al ver a Juan Claudio, desarrugósele el entrecejo y le dijo:
—¿Tú por aquí, Hullin? ¿Serás, por fin, bastante perspicaz para aceptar las proposiciones que me he dignado hacerte? ¿Comprenderás que una unión como la que te propongo es el solo medio de libraros de la completa destrucción de vuestra raza? Si así es, te felicito, pues das prueba de más discreción de la que te creía capaz.
Hullin no pudo contener la risa y le respondió:
—No, Yégof, no; el Cielo no me ha iluminado aún lo suficiente para aceptar el honor que me quieres hacer. Además, Luisa no está en edad de contraer matrimonio.
El loco volvió a tomar un aspecto grave y sombrío. De pie, al borde del terraplén, de espaldas al abismo, parecía ser aquel su lugar natural, y el cuervo, dando vueltas a uno y otro lado, no conseguía alterarle.
Yégof levantó el cetro, frunció las cejas y exclamó:
—¡Hullin! Por segunda vez te reitero mi petición y tú por segunda vez la rechazas. Volveré a hacértela por última vez, ¿lo oyes?, por última vez. Después... ¡que se cumpla el destino!
Y girando pausadamente los talones, con paso firme, alta y derecha la cabeza, a pesar de la extraordinaria inclinación de la pendiente, el Rey de Bastos descendió el sendero de la roca.
Hullin, Marcos Divès y también Hexe-Baizel prorrumpieron en una sonora carcajada.
—Está completamente loco—dijo Hexe-Baizel.
—Me parece que no te equivocas—contestó el contrabandista—. El pobre Yégof, desde luego, ha perdido la razón. Pero no se trata de eso ahora; Baizel, atiende a lo que te digo: vas a dedicarte a fundir balas de todos los calibres; por mi parte, voy a ponerme en camino de Suiza. Dentro de ocho días, cuando más, las municiones que faltan estarán aquí. Y ve en busca de mis botas.
Después, golpeando el suelo con el tacón y poniéndose al cuello una gruesa corbata de lana roja, descolgó de la pared una de esas capas de color verde obscuro, como las que llevan los pastores, y se la echó sobre los hombros; calose luego un sombrero de fieltro viejo y raído, cogió una estaca y exclamó:
—¡No olvides lo que acabo de decirte, mujer; si no, ya verás! ¡Andando, Juan Claudio!
Obedeció Hullin, y ambos se alejaron por la explanada sin despedirse de Hexe-Baizel, la cual, por su parte, no se atrevió siquiera a asomarse al umbral para verlos marchar. Cuando los dos amigos estuvieron en lo bajo del peñón, Marcos Divès, deteniéndose, dijo:
—Tú vas a los pueblos de la sierra, ¿no es eso, Hullin?
—Sí, es lo primero que tengo que hacer; hay que avisar a los leñadores, a los carboneros, a los almadieros, y decirles lo que ocurre.
—Desde luego; no dejes de ver a Materne del Hengst y a sus dos hijos, a Labarbe de Dagsburg y a Jerónimo de San Quirino. Diles que habrá pólvora y balas; que nos hallamos metidos en el asunto Catalina Lefèvre, yo, Marcos Divès, y todas las personas decentes de la comarca.
—Quédate tranquilo, Marcos; yo conozco a la gente.
—Entonces, hasta pronto.
Los dos amigos se estrecharon fuertemente las manos.
El contrabandista tomó el sendero de la derecha, hacia el Donon; Hullin, el sendero de la izquierda, hacia el Sarre.
Ambos se alejaban a buen paso, cuando Hullin llamó a su compañero:
—¡Eh! ¡Marcos! Dile, al pasar, a Catalina Lefèvre que todo marcha bien y que yo voy a la sierra.
El otro respondió, con un movimiento de cabeza, que había comprendido y ambos siguieron su camino.
VI
Una agitación extraordinaria reinaba en toda la línea de los Vosgos; el rumor de la invasión próxima se esparcía de aldea en aldea hasta llegar a las granjas y casas forestales del Hengst y del Nideck. Los buhoneros, los carreteros, los caldereros, toda esa población flotante que va continuamente de la sierra al llano y del llano a la sierra, llevaban día por día, de Alsacia y de las orillas del Rin, una porción de noticias inquietantes: «Las plazas—decían tales gentes—se preparan para la defensa; se busca trigo y carne para aprovisionarlas; las carreteras de Metz, Nancy, Huningue y Estrasburgo se ven surcadas de convoyes. Por todas partes no se encuentran mas que cajones de pólvora, de balas y de obuses; la caballería, la infantería y los artilleros vuelven a sus puestos. El mariscal Victor, con doce mil hombres, defiende la carretera de Saverne; pero los puentes de las plazas fuertes están levantados desde las siete de la noche hasta las ocho de la mañana.
Todo el mundo pensaba que aquello no era anuncio de nada bueno. Sin embargo, aunque muchos sentían un gran temor ante la guerra, aunque las viejas levantaban las manos al cielo implorando a «Jesús, María y José», la mayoría de las personas pensaban en procurarse medios de defensa. En tales circunstancias, Juan Claudio Hullin fue bien acogido en todos lados.
Aquel mismo día, hacia las cinco de la tarde, Hullin llegaba a la cima del Hengst y se detuvo en casa del patriarca de los cazadores de monte, el anciano Materne. Allí pernoctó, porque en invierno las jornadas son cortas y los caminos difíciles. Materne prometió vigilar el desfiladero de la Aduana con sus dos hijos, Kasper y Frantz, y contestar a la primera señal que le hicieran desde el Falkenstein.
Al día siguiente, Juan Claudio marchó a Dagsburg, muy temprano, para ponerse de acuerdo con su amigo Labarbe, el leñador. Juntos fueron a recorrer los caseríos de alrededor, con el fin de encender en los pechos el amor a la tierra natal, y al siguiente día Labarbe acompañó a Hullin a casa del anabaptista Cristián Nickel, el colono del Painbach, persona respetable y de buen sentido, pero a quien no pudieron convencer de que debía tomar parte en la gloriosa empresa. Cristián Nickel tenía siempre la misma respuesta para todas las observaciones que le hicieron: «Está bien..., es justo..., pero el Evangelio dice: «Vuelva el palo a su sitio... Quien a hierro mata, a hierro muere.» Sin embargo, les ofreció que rogaría por la buena causa; eso fue todo lo que pudieron obtener de él.
Los dos amigos llegaron hasta Walsch con el objeto de estrechar la mano de Daniel Hirsch, antiguo artillero de marina, que les prometió arrastrar consigo a la gente de su concejo.
En aquel sitio, Labarbe dejó a Juan Claudio, que siguió solo su camino.
Durante ocho días Hullin recorrió la sierra de un extremo al otro, de Soldatenthal al Leonsberg, a Meienthal, a Abreschwiller, Voyer, Loettenbach, Cirey, Petit-Mont y Saint-Sauver, y al noveno día fue a casa del zapatero Jerónimo de San Quirino. Juntos visitaron el desfiladero del Blanru, después de lo cual Hullin, satisfecho de su viaje, tomó, por último, el camino de la aldea.
Hacía dos horas que Juan Claudio marchaba a buen paso, imaginándose la vida del campamento, el vivaque, las descargas, las marchas y contramarchas, toda aquella existencia de soldado que tantas veces había echado de menos y que veía ahora volver con entusiasmo, cuando a lo lejos, a mucha distancia aún, envuelto en la sombra del crepúsculo, descubrió la mancha azulada del caserío de Charmes, su pobre casita que deshacía en el cielo blanco una madeja de humo casi imperceptible, los jardinillos rodeados de empalizadas, los tejados de madera, y, a la izquierda, a media ladera, la gran finca de «El Encinar», con la fábrica de aserrar del Valtin al fondo, en el barranco ya en sombra.
Entonces, de repente y sin saber por qué, inundose su alma de una profunda tristeza.
Hullin detuvo el paso, pensando en la vida tranquila, apacible, que abandonaba quizá para siempre; en su cuartito, tan abrigado en invierno y tan alegre en la primavera, cuando abría las ventanitas para que penetrase la brisa de los bosques; en el tic-tac monótono del viejo reloj y, sobre todo, en Luisa, en su buena y querida Luisa, hilando silenciosamente, con los ojos bajos, cantando alguna antigua canción, con voz pura y penetrante, durante las horas del atardecer, en que ambos se consumían de aburrimiento. Aquel recuerdo le conmovió tan profundamente, que los más pequeños objetos, las herramientas de su oficio—las barrenas largas y relucientes, el hacha de mango corto, los mazos de madera, la estufilla, el armario desvencijado, las vasijas de barro vidriado, la vieja imagen de San Miguel colgada de la pared, el antiguo lecho de dosel que se hallaba al fondo de la alcoba, el taburete, el baúl, la lámpara de mechero de cobre—, todo se le reproducía en la memoria como una pintura animada, y las lágrimas asomaron a sus ojos.
Pero sobre todo lo que sentía era Luisa, su querida hijita. ¡Cuántas lágrimas iba a derramar! ¡Cómo iba a suplicarle que renunciase a la guerra! ¡Y cómo se arrojaría a sus brazos, diciéndole: «¡Oh, no me abandones, papá Juan Claudio! ¡Tanto como te quiero! ¿No es verdad que no quieres dejarme?»
Y el buen hombre veía los hermosos ojos de su hija llenos de terror; sentía los brazos de Luisa que le rodeaban el cuello. Pero estaba decidido a ocultarle la verdad, a hacerle creer cualquier cosa, valiéndose de un pretexto para explicar su ausencia y tranquilizarla; mas tales medios no eran propios de su carácter, y por ello su tristeza aumentaba.
Al pasar frente a la granja de «El Encinar» entró para decir a Catalina Lefèvre que todo marchaba bien y que los campesinos sólo esperaban la señal.
Un cuarto de hora después, el señor Juan Claudio desembocaba por el sendero de los acebos frente a su casita.
Antes de empujar la puerta, que hacía mucho ruido, se le ocurrió ver lo que hacía Luisa en aquel momento. Acercose, pues, a la ventana y miró hacia dentro de la habitación: Luisa se hallaba de pie, junto a las cortinas de la alcoba; parecía muy animada, arreglando, doblando y desdoblando varios vestidos extendidos sobre la cama. Su dulce rostro resplandecía de contento, y sus grandes ojos azules brillaban como llenos de entusiasmo; hasta parecía que la joven hablaba en voz alta. Hullin prestó atención, pero precisamente en aquel momento pasaba un carro por la calle y no pudo oír nada.
Entonces, tomando una resolución sin titubear, entró diciendo con voz fuerte:
—Luisa, ya estoy de vuelta.
Acto continuo, la joven, rebosando alegría y saltando como una corza, corrió a abrazar a Hullin.
—¡Ah! ¿Eres tú, papá Juan Claudio? ¡Te esperaba! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo has estado de viaje! ¡Pero ya estás aquí!
—¡Es que, hija mía—contestó el buen hombre en tono menos decidido, dejando la estaca detrás de la puerta y el sombrero sobre la mesa—, es que...
Y no pudo decir más.
—Sí, sí, has ido a ver a tus amigos—dijo riendo Luisa—; lo sé todo; mamá Lefèvre me lo ha contado todo.
—¿Cómo, tú lo sabes?... ¿Y no te impresiona nada?... Me alegro, me alegro; eso prueba tu buen sentido. ¡Y yo que temía verte llorar!
—¡Llorar! ¿Y por qué, papá Juan Claudio? ¡Oh! Yo tengo valor; tú no me conoces, por lo visto.
Luisa tomó una expresión decidida, que hizo sonreír a Hullin; pero aquella sonrisa desapareció súbitamente cuando la joven agregó:
—Vamos a ir a la guerra..., vamos a pelear..., vamos a batir la sierra...
—¿Cómo? ¿Qué es eso de vamos, vamos?—exclamó el buen hombre completamente sorprendido.
—¡Pues claro! ¿Es que no vamos ya?—dijo Luisa con voz que revelaba su contrariedad.
—Quiero decir... que tengo que dejarte sola algún tiempo, hija mía.
—¡Dejarme!... ¡Oh!, de ningún modo. Me voy contigo; eso está decidido. Mira, mi equipaje ya está preparado en ese paquete, y ahora estoy arreglando el tuyo. No te preocupes de nada; déjame disponerlo todo y quedarás satisfecho.
Hullin no podía salir de su estupor.
—¡Pero, Luisa—exclamó por fin—; tú no sabes lo que dices! ¡Reflexiona un poco! Hay que pasar muchas noches a campo raso, marchar, correr, y el frío y la nieve, los tiros... ¡Eso no puede ser!
—¡Por Dios—exclamó la joven, con voz nublada por las lágrimas y arrojándose a sus brazos—, no me digas que no! Quieres reírte a costa de tu hijita Luisa...; tú no puedes abandonarme.
—¡Pero estarás mejor aquí!... Tendrás fuego..., recibirás noticias nuestras todos los días...
—No, no quiero; quiero marcharme. El frío no me importa nada. Hace mucho tiempo que estoy encerrada; deseo tomar un poco de aire. ¿No salen también los pájaros? Los petirrojos se pasan fuera todo el invierno. Cuando era muy pequeña ¿no he sufrido hambre y frío?
Luisa golpeaba el suelo con el pie, y luego, abrazando a Juan Claudio por tercera vez, le dijo cariñosamente:
—Vamos, papá Hullin; la señora Lefèvre ha dicho que sí... ¿Serás tú más malo que ella? ¡Ah! ¡Si supieras cuánto te quiero!
El buen hombre, enternecido por tales palabras, se había sentado y volvía hacia otro lado la cabeza para no dejarse vencer y para no dejar que su hija le besara.
—¡Oh! ¡Y qué malo eres hoy conmigo, papá!
—Es por ti, hija mía.
—¡Pues bien; será peor..., porque me escaparé e iré en busca tuya! ¡El frío!... ¿Qué me importa el frío? ¿Y si caes herido, si quieres ver a tu Luisa por última vez y ella no está allí, a tu lado, para cuidarte, para quererte hasta el último momento?... ¡Oh! ¡Tú crees que tengo el corazón de piedra!
La joven sollozaba; Hullin no pudo resistir más y preguntó:
—¿Pero es cierto que la señora Lefèvre consiente?
—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! Me lo ha dicho ella misma; me ha dicho: «Procura convencer a papá Juan Claudio; por mi parte, no deseo otra cosa; estoy muy contenta.»
—¡Pues!... ¿Cómo voy a defenderme contra vosotros dos?; vendrás con nosotros; quedamos conformes.
Un grito de alegría resonó en la casuca.
—¡Oh! ¡Qué bueno eres!
Y, en un momento, las lágrimas de Luisa se secaron.
—Marcharemos a batir los bosques, a luchar.
—¡Ah!—exclamó Hullin moviendo de arriba abajo la cabeza—; ahora lo veo claro; no puedes negar que eres la pequeña heimatshlos. ¡Vaya usted a domesticar una golondrina!
Después, sentándola sobre sus rodillas, le dijo:
—Mira, Luisa; hace ahora doce años que te encontré un día en medio de la nieve; ¡estabas completamente amoratada, pobre niña! Y cuando estuvimos en la barraca, cerca de un gran fuego, y poco a poco fuiste volviendo, lo primero que hiciste fue sonreírme. Desde entonces no he tenido otra voluntad que la tuya. Con esa sonrisa me has llevado donde has querido.
Y como Luisa le sonriera nuevamente, Juan Claudio y su ahijada se besaron.
—Pues bien—dijo Hullin dando un suspiro—; veamos si los paquetes están bien hechos.
Acercose a la cama y vio con asombro sus trajes de abrigo, sus chalecos de franela muy bien cepillados, muy bien doblados y perfectamente empaquetados; allí estaba asimismo el paquete de Luisa con sus vestidos, sus faldas y sus recios zapatos cuidadosamente ordenados. Por último, no pudiendo dejar de reír, exclamó:
—¡Oh, heimatshlos, heimatshlos! ¡Nadie como tú para hacer bien un paquete y para marcharse sin volver la cabeza!
Luisa sonrió.
—¿Estás contento?
—¡No he de estarlo! Pero mientras hacías todo esto, estoy seguro que no has pensado en preparar la cena.
—¡Oh! ¡Eso se arregla pronto! No sabía que venías esta noche, papá Juan Claudio.
—Es verdad, hija mía. Prepárame algo, cualquier cosa, con tal que sea pronto, porque tengo mucho apetito. Mientras tanto, voy a fumar una pipa.
—Sí, eso es; fúmate una pipa.
Hullin se sentó junto al banco de trabajo y comenzó a golpear con el eslabón con aspecto muy pensativo. Luisa iba de un lado a otro, como un verdadero diablillo, atizando el fuego, partiendo los huevos sobre la sartén y haciendo surgir, en un abrir y cerrar de ojos, una tortilla. Nunca la joven se había mostrado tan dispuesta, tan alegre y tan linda. Hullin, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, la miraba ir y venir, gravemente, pensando en la cantidad de firmeza, de voluntad y de resolución que existía en aquel cuerpecillo, ligero como una hada y decidido como un húsar. Pocos instantes después Luisa le servía la tortilla en un plato grande y vidriado, el pan, el vaso y la botella.
—Aquí tienes, papá; y, ahora, regálate.
Y mientras Juan Claudio comía, Luisa le miraba afectuosamente.
Las llamas se retorcían en la estufa, iluminando con viva luz las vigas bajas, la escalera de madera que quedaba en la obscuridad, el amplio lecho situado al fondo de la alcoba, toda la vivienda, en una palabra, tantas veces animada por el carácter alegre del almadreñero, las canciones de su hija y el ardor del trabajo. Y todo aquello Luisa lo abandonaba sin pena, pensando sólo en los bosques, en los senderos cubiertos de nieve, en las montañas que se perdían de vista desde la aldea hasta Suiza y más lejos aún. ¡Ah! El maestro Juan Claudio tenía razón al exclamar: ¡Heimatshlos, heimatshlos! La golondrina no puede domesticarse; necesita el aire libre, el cielo inmenso, el movimiento incesante. En el momento de la partida no le asusta la tormenta, ni el viento, ni la lluvia torrencial. Sólo tiene un pensamiento, un deseo único, una palabra: «¡En marcha! ¡En marcha!»
Una vez terminada la comida, levantose Hullin y dijo a su hija:
—Estoy cansado, hija mía; dame un beso y vamos a dormir.
—Sí, papá Juan Claudio; pero no olvides despertarme si sales antes del amanecer.
—No tengas cuidado; vendrás con nosotros.
Luego, al verla subir la escalera y desaparecer en la buhardilla, se dijo:
—¡Tiene miedo de quedarse en el nido!
Fuera, el silencio era muy profundo. Dieron las once en el reloj de la iglesia. El almadreñero se sentó para quitarse las botas. En aquel momento su mirada fue a caer casualmente sobre el viejo fusil que se hallaba colgado encima de la puerta; lo cogió con mucho cuidado, lo limpió y lo hizo funcionar para ver si marchaba bien. El alma entera de Hullin estaba absorbida por aquella tarea.
—Esto va bien—murmuró Juan Claudio.
Y luego, gravemente, añadió:
—¡Es curioso! ¡Es curioso! La última vez lo cogí en Marengo..., hace catorce años... ¡Me parece que fue ayer!
De repente, oyose fuera crujir la nieve endurecida como por la presión de unas pisadas rápidas. Hullin prestó atención: «¡Es alguien!...»
Casi inmediatamente después dos golpes, suaves y secos, sonaron en los cristales. Juan Claudio se dirigió a la ventana y la abrió. La cabeza de Marcos Divès, con su ancho sombrero de fieltro, rígido por el frío, se inclinó en la sombra.
—¿Qué hay, Marcos? ¿Qué noticias?
—¿Has avisado a los de la sierra, a Materne, a Jerónimo, a Labarbe?
—Sí, a todos.
—Pues no hay tiempo que perder; el enemigo ha pasado.
—¿Ha pasado?
—Sí..., en toda la línea... He recorrido quince leguas por la nieve, desde esta mañana, para decírtelo.
—¡Bien! Es preciso hacer la señal: una gran hoguera en el Falkenstein.
Hullin estaba muy pálido; volvió a ponerse los zapatos. Dos minutos después, con la recia zamarra sobre los hombros y empuñando una estaca, abría suavemente la puerta y marchaba a largos pasos, junto a Marcos Divès, camino del Falkenstein.
VII
Desde media noche hasta las seis de la mañana brilló, en medio de la obscuridad, una hoguera en la cumbre del Falkenstein, y toda la sierra se puso en movimiento.
Los amigos de Hullin, de Marcos Divès y de la Lefèvre, calzando altas polainas y llevando sendos fusiles, se encaminaron, en el silencio de los bosques, hacia los puertos del Valtin. El propósito del enemigo de atravesar las llanuras de Alsacia para caer de improviso sobre los desfiladeros había sido adivinado por todos. La campana de Dagsburg, de Abreschwiller, de Walsch, de San Quirino y de las demás aldeas no cesaban de tocar alarma.
Hay que imaginarse el Jaegerthal, al pie del viejo burg, en una época de nieves extraordinaria a la pálida luz de aquella hora temprana cuando los macizos de árboles comienzan a surgir de las sombras, cuando el excesivo frío de la noche empieza a templar, al acercarse el día. Hay que figurarse la antigua fábrica de aserrar, con su amplio techo plano, su pesada rueda llena de témpanos, su ancha barraca débilmente iluminada por una hoguera, cuya luz disminuía al acercarse el crepúsculo, y alrededor del fuego gorros de piel, sombreros de fieltro, negros perfiles mirándose unos por encima de otros y apretándose como si formaran una muralla; a lo lejos, en los claros de los bosques y en las anfractuosidades de la cañada, se veían otras hogueras que iluminaban grupos de hombres y mujeres agazapados en la nieve.
La agitación comenzaba a disminuir. A medida que el cielo se aclaraba, la gente se reconocía.
—¡Toma! ¡El primo Daniel, de Soldatenthal! ¿También tú has venido?
—¡Es claro! Ya lo ves, Enrique, y mi mujer también.
—¿Cómo? ¿La prima Nanette? ¿Y dónde está?
—Allá abajo, cerca de la encina grande, junto al fuego del tío Hars.
Dábanse la mano unos a otros. Algunos prorrumpían en largos bostezos y otros arrojaban al fuego trozos de tablas; corrían de mano en mano las calabazas de aguardiente, y los que se habían calentado se retiraban del corro para ceder el puesto a los vecinos que tiritaban. Pero cierta impaciencia se iba apoderando de la multitud.
—¡Ah!—se oía exclamar en diversos sitios—; no hemos venido aquí para chamuscarnos la planta de los pies. Es hora de hablar, de ponernos de acuerdo.
—¡Sí, sí; pongámonos de acuerdo! ¡Nombremos los jefes!
—No; todavía falta mucha gente. ¡Ved cómo siguen llegando de Dagsburg y de San Quirino!
En efecto; a medida que el día avanzaba se veían más grupos de personas que venían por los distintos senderos de la sierra. En el valle había varios centenares de hombres reunidos: leñadores, carboneros, almadieros, sin contar las mujeres ni los niños.
Nada tan pintoresco como aquella parada en medio de la nieve, en el fondo del desfiladero rodeado de abetos altísimos que llegaban hasta las nubes; a la derecha, los valles se unen unos a otros hasta perderse de vista; a la izquierda, las ruinas del Falkenstein se recortan en el cielo. De lejos, los grupos parecían bandadas de grullas posadas sobre el hielo; pero de cerca se veía que eran hombres rudos, con las barbas erizadas como cerdas de jabalí, la mirada sombría, los hombros anchos y cuadrados y las manos callosas. Algunos que descollaban por su estatura pertenecían a una raza de hombres de pelo rojo, de piel blanca, velludos hasta la punta de los dedos y tan fuertes que podrían arrancar de cuajo una encina. Entre éstos se encontraba el viejo Materne del Hengst y sus dos hijos Frantz y Kasper. Aquellos tres hombrachos—armados de carabinas cortas de Inspruck, con polainas altas de color azul y botones de cuero que les subían por encima de la rodilla, las espaldas cubiertas con una especie de casaca de piel de cabra y el sombrero muy echado atrás—no se habían dignado siquiera acercarse al fuego. Hacía una hora que el padre y los hijos se hallaban sentados en el tronco cortado de un árbol, a la orilla del río, el ojo alerta y los pies en la nieve, como al acecho. De vez en cuando el anciano decía a sus hijos:
—No sé cómo tiritan tanto allá abajo. Nunca he visto una noche tan templada en este tiempo; es una noche de corzos; los arroyos no están siquiera helados.
Todos los monteros de la comarca, al pasar, iban a estrecharles la mano, y luego se reunían a su alrededor, formando así una especie de grupo aparte. Tales hombres hablaban poco, porque habían adquirido la costumbre de pasar callados noches y días enteros, a fin de no espantar la caza.
Marcos Divès, de pie en medio de otro grupo, del que sobresalía completamente su cabeza, hablaba y gesticulaba, señalando ya a un punto de la sierra ya a otro. Frente a él se hallaba el anciano pastor Lagarmitte, con una amplia blusa gris, una larga trompa de madera colgada del hombro y su perro. Lagarmitte escuchaba al contrabandista con la boca abierta y de vez en cuando inclinaba la cabeza. Por lo demás, parecía que prestaba atención todo el corro, que se componía principalmente de leñadores y almadieros, con los cuales el contrabandista estaba en relación diariamente.
Entre la fábrica de aserrar y la primera hoguera, en la compuerta de la esclusa, se hallaba sentado el zapatero Jerónimo de San Quirino, un hombre de cincuenta a sesenta años, de cara larga y curtida, ojos hundidos, nariz gruesa, orejas cubiertas con un gorro de piel de nutria y barba rubia y puntiaguda que le llegaba hasta la cintura. Sus manos, cubiertas con guantes gruesos de lana de color verde claro, se apoyaban en un enorme garrote de serbal lleno de nudos. Iba vestido con un largo capote de paño pardo; cualquiera hubiera creído que era un ermitaño. Cada vez que se levantaba un rumor de algún lado, el señor Jerónimo volvía lentamente la cabeza y se ponía a escuchar, frunciendo las cejas.
Juan Labarbe, por su parte, con el codo apoyado en un mango de hacha, permanecía impasible. Era un hombre de pálidas mejillas, nariz aguileña y finos labios. Tenía gran ascendiente sobre los de Dagsburg por su resolución y por la claridad de su talento. Cuando los demás gritaban a su alrededor: «¡Hay que deliberar! ¡No podemos estar así, sin hacer nada!», él se limitaba sencillamente a decir: «Esperemos; todavía no ha llegado Hullin, ni Catalina Lefèvre. No tenemos prisa». Entonces se callaban todos, mirando con impaciencia hacia el sendero de Charmes.
El ségare Piorette, un hombrecillo flaco, escurrido, enérgico, con las cejas negras en medio de la frente y la pipa en la boca, estaba junto al umbral de su choza, y contemplaba, con la mirada a la vez viva y profunda, el conjunto de aquella escena.
Mientras tanto, la impaciencia aumentaba de minuto en minuto. Algunos alcaldes de pueblo, con casaca y sombrero de picos, se dirigieron a la fábrica de aserrar llamando a sus concejos respectivos para deliberar. Pero, afortunadamente, el carro de Catalina Lefèvre apareció, por fin, en el camino y mil gritos de entusiasmo se elevaron en seguida por todas partes.
—¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Han llegado!
El anciano Materne se subió en un tronco y luego descendió, diciendo gravemente:
—Son ellos.
Se produjo una gran agitación. Los grupos lejanos se acercaron, y los demás se aproximaron también. Una especie de estremecimiento de impaciencia dominaba a la multitud. Apenas viose distintamente a la anciana labradora, con la fusta en la mano, sentada en un haz de paja, cuando en todas partes resonaron, repetidos por el eco, gritos de:
—¡Viva Francia! ¡Viva la señora Catalina!
Hullin, que se había quedado atrás, con el sombrero sobre la nuca y el viejo fusil en bandolera, atravesaba en aquel momento la pradera de Eichmath repartiendo fuertes apretones de manos.
—¡Buenos días, Daniel! ¡Buenos días, Colon! ¡Buenos días! ¡Buenos días!
—¡Bah! ¡Esto está que arde, Hullin!
—Sí, sí; este invierno vamos a oír crujir las castañas. Buenos días, amigo Jerónimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.
—Sí, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios, saldremos de ellos.
Catalina había llegado mientras tanto a la puerta de la fábrica de aserrar, y ordenó a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de aguardiente, que había traído de la granja, y que fuera a buscar un cántaro a la choza del ségare.
Pocos instantes después, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontró a Materne y a sus dos hijos.
—Llega usted tarde—le dijo el anciano cazador.
—Sí; es cierto. ¿Qué quieres? He tenido que bajar del Falkenstein, coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aquí, no perdamos tiempo. ¡Lagarmitte, toca la cuerna para que se reúna la gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.
Lagarmitte tocó la trompa, hinchándosele las mejillas hasta las orejas, y los grupos que aún se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo. Momentos después aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente a la fábrica de aserrar. Hullin, que había adquirido un aspecto muy serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.
—El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que suponer que dentro de tres o cuatro días veremos aquí a los alemanes y a los rusos.
Se oyó un grito unánime de «¡Viva Francia!»
—Sí, viva Francia—añadió Juan Claudio—, porque si los aliados llegan a París son dueños de todo; pueden imponer trabajos obligatorios, diezmos, conventos; restablecer los privilegios y levantar patíbulos. ¡Si queréis volver a tener todo eso, no tenéis mas que dejarlos pasar!
Imposible sería describir el furor reconcentrado que se manifestaba en los rostros de los reunidos.
—¡Eso era lo que yo tenía que deciros!—gritó Hullin muy pálido—. Si hemos venido aquí, es para luchar.
—Sí, sí.
—Está bien, pero oídme. No quiero entre nosotros traidores. Hay aquí algunos que son padres. Hemos de ser uno contra diez, contra cincuenta; fácil será que perezcamos. Así es que aquellos que no lo hayan pensado bien, aquellos que no se sientan con ánimos de llegar hasta el fin, que se vayan; no se lo reprocharemos. Todo el mundo es libre.
Hullin callose un momento, mirando a su alrededor. Nadie se movió. En vista de lo cual, con voz más segura, acabó de esta manera:
—¡Nadie se marcha! ¡Todos, todos estáis conformes con luchar! ¡Muy bien; mucho me alegra que no haya un solo granuja entre nosotros! Ahora es preciso que nombremos un jefe. En los momentos de peligro, lo primero es el orden, la disciplina. El jefe que vais a nombrar tendrá derecho absoluto a mandar y ser obedecido. Así es que pensadlo bien, porque de tal hombre va a depender la suerte de todos.
Una vez que hubo terminado, Juan Claudio descendió de los troncos, y la agitación que entonces se produjo fue extraordinaria. Cada aldea deliberaba separadamente; cada aldea tenía una persona a quien proponer. Mientras, el tiempo corría y Catalina Lefèvre consumíase de impaciencia. Por último, no pudiendo resistir más, se levantó de su asiento e hizo seña de que quería hablar.
Catalina gozaba de una gran consideración. Al pronto fueron sólo algunos, pero luego fueron en gran número los que se acercaron para saber lo que quería decir.
—¡Amigos míos!—dijo—, perdemos mucho tiempo. ¿Qué es lo que necesitamos? Una persona de quien nos podamos fiar, ¿no es eso? ¿Un soldado, un hombre que haya estado en la guerra y que sepa aprovechar la ventaja de nuestras posiciones? Pues bien, ¿por qué no nombráis a Hullin? ¿Hay alguno que sea mejor? Que se levante en seguida y decidiremos. Por mi parte, propongo a Juan Claudio Hullin. ¡Eh! ¡Allá abajo! ¿Lo oís? Pero si esto continúa, los austriacos estarán aquí antes de que tengamos un jefe.
—¡Sí, sí, Hullin!—exclamaron Labarbe, Divès, Jerónimo y otros varios—. ¡Vamos a votar en pro o en contra!
Entonces Marcos Divès, encaramándose en los troncos, exclamó con voz de trueno:
—¡Los que no quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!
Ni una sola mano se levantó.
—¡Los que quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!
No se vieron mas que manos en el aire.
—Juan Claudio—dijo el contrabandista—, sube aquí, mira..., ¡es a ti a quien quieren!
El señor Juan Claudio subió acto continuo, y vio que, en efecto, estaba nombrado, e inmediatamente, con voz firme, dijo:
—¡Está bien! Me nombráis vuestro jefe, y yo acepto. Que Materne, el padre; Labarbe, de Dagsburg; Jerónimo, de San Quirino; Marcos Divès, Piorette el ségare y Catalina Lefèvre entren en la fábrica. Vamos a deliberar. Dentro de un cuarto de hora o de veinte minutos daré las órdenes. Mientras tanto, cada aldea designará dos hombres para que vayan con Marcos Divès a buscar pólvora y balas al Falkenstein.
VIII
Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en la cabaña del ségare al abrigo de la campana de la inmensa chimenea. Un cierto buen humor resplandecía en el rostro de aquellas animosas gentes.
—Hace veinte años que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de los cosacos—decía sonriendo el anciano Materne—, y no me disgustaría ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el ánimo.
—Sí—respondió Labarbe—; vamos a ver tipos curiosos; los niños de la sierra podrán contar anécdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de aquí a cincuenta años.
—Compañeros—dijo Hullin—, todos vosotros conocéis el país y tenéis presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabéis también que dos grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos; ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de aquí sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a San Dié, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratará de forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballería, la artillería y la impedimenta; pero como están defendidos, no tenemos por qué inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes—lo que prolongaría mucho la campaña—, no hay que temer nada; pero eso es poco probable. Después de intimar a rendirse a Huningue, Belfort, Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche, Lutzelstein y Sarrebrück, del otro, creo que vendrán sobre nosotros. Ahora, oídme bien: entre Falsburgo y San Dié hay varios desfiladeros para la infantería, pero no hay mas que un camino por el que puedan pasar los cañones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez dueños de tal entrada, los aliados podrán invadir la Lorena. Dicha carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aquí, a la derecha. Lo primero que hay que hacer es fortificarse allí poderosamente, en el sitio más adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la carretera, destruyendo los puentes y llenándola de obstáculos. Varios centenares de árboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se está bien resguardado y se ve venir a la gente. ¡Los árboles son una complicación de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo eso, compañeros, quedará terminado mañana por la noche o pasado mañana cuando más; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una posición y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de manera que el enemigo no pueda rodearla...
—Precisamente estaba pensando en eso—dijo Materne—; una vez en el valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantería en las colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedirá hacer la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.
—Sí, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un puerto mas que conservando las alturas, Piorette irá a situarse con cien hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jerónimo, al Grosmann, con otros cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los demás, se colocará en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaréis que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas próximas, para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las provisiones. Además, los heridos estarán así más cerca de sus casas, lo que hay que tener también presente. Esto es lo que tenía que deciros, por el momento. Los jefes de los puestos me enviarán todos los días al Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo y seña. También organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir de prisa, hablaremos de eso cuando estéis en vuestras posiciones y no haya que temer una sorpresa del lado enemigo.
—¿Y yo?—exclamó Marcos Divès—. ¿Yo no tendré nada que hacer? ¿Voy a permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los demás?
—Tú quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabría manejar la pólvora mejor que tú, preservándola del fuego y de la humedad, fundir balas, hacer cartuchos...
—¡Pero eso es propio de las mujeres!—exclamó el contrabandista—. Hexe-Baizel lo hará tan bien como yo. ¡Cómo! ¿Yo no he de disparar un solo tiro?
—Tranquilízate, Marcos—respondió Hullin riendo—; no te faltará ocasión de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el centro de nuestra línea, nuestro depósito y nuestro punto de retirada en caso de contratiempo. El enemigo sabrá, por sus espías, que los convoyes salen de allí, y tratará probablemente de arrebatárnoslo; las balas y los bayonetazos no escasearán. Además, aun cuando estuvieses libre de peligro, no habría que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un interés decidido...
—No—dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las cuevas había impresionado—; no, si se piensa bien, no te falta razón. Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré más libre.
—Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?—preguntó Hullin.
—Sí, sí; comprendido.
—Pues bien, compañeros—exclamó el animoso jefe con voz alegre—; vamos a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente defendidos.
Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos; luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas, picos y fusiles.
—Saldremos a las dos—les dijo Juan Claudio—, y acamparemos en el Donon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.
Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y Kasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donon y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oído por aquéllos con gran complacencia.
La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro que la esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:
—Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabe arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoy asombrada.
Y luego, volviéndose, exclamó:
—Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vino añejo, que no se beberán los alemanes.
—No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.
Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado, cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo, de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo la nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldones de su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundo exclamó:
—Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres; viene con su perro Plutón; es una excelente persona.
En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:
—¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!
Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo aquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó al pie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a la choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a decir en seguida:
—¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya me lo pagarán!
Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:
—Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis lo que es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos y puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla de diferente clase que os van a regalar.
Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todos los que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.
Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin añadió en tono más serio:
—Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando se trata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido que enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico no está aquí de más. Eso no se lo perdono.
—Excúseme usted, doctor; he hecho mal—dijo Hullin estrechándole la mano—. ¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siempre se le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita que le requieran para cumplir con su deber.
Apaciguose el doctor y dijo:
—Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya, llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas las cruces. Vamos a ver, ¿dónde está el general, para presentarle mis quejas?
—Soy yo.
—¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?
—Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.
—¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada! Lo olvido todo, Juan Claudio.
Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con ella para organizar las ambulancias.
—Esté usted tranquilo, doctor—respondió la labradora—; todo estará dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta noche; ¿no te parece, Luisa?
—¡Sí, sí, mamá!—exclamó la joven, entusiasmada al ver que se iba decididamente a la guerra—; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos la noche velando, si es preciso. El señor Lorquin quedará satisfecho.
—¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.
El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó a Catalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, la desolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarle ir a matarse con los kaiserlicks; en fin, los diferentes episodios de su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus hijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de este modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «El Encinar».
IX
Fácilmente puede imaginarse la animación de la granja, las idas y venidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, el chocar de vasos y tenedores, y la alegría que reflejaban aquellos rostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantos habían acompañado al carruaje de Catalina se instalaron en la amplia sala, alrededor de un magnífico jamón, y se pusieron a celebrar sus futuros triunfos con la jarra en la mano.
Era precisamente un martes, día de amasar en la granja.
La cocina, desde por la mañana, estaba hecha un ascua de oro; Duchêne, el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodón metido hasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buen olor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilándolos en un rincón del hogar. Luisa servía a los convidados, y Catalina Lefèvre lo vigilaba todo, diciendo de vez en cuando:
—Daos prisa, hijos míos, daos prisa. La tercera hornada debe estar acabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabéis que tocan a seis libras de pan por hombre.
Hullin, desde su sitio, veía a la anciana labradora ir y venir.
—¡Qué mujer!—se decía—, ¡qué mujer! ¡Vaya usted a encontrar dos semejantes en toda la comarca! ¡A la salud de Catalina Lefèvre!
—¡A la salud de Catalina!—respondían los demás.
Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversaciones de combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentían poseídos de una ciega confianza, todos se decían para sus adentros: «¡Esto marcha bien!»
Pero el cielo les reservaba en aquel día una satisfacción aún mayor, sobre todo a Luisa y a la señora Lefèvre. Hacia mediodía, cuando un hermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y fundía la escarcha de los cristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza del gallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetían los ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo Johan, que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpió en aullidos tan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prestó atención.
Era el momento de mayor animación en la cocina; la tercera hornada salía del horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefèvre, suspendieron el trabajo.
—Algo sucede—dijo la labradora en voz baja.
Y luego añadió muy conmovida:
—Desde que se marchó mi hijo, Johan no ha aullado así.
En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio. Luisa corrió a la puerta, gritando: «¡Es él, es él!» Y casi al mismo tiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta y apareció en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan moreno y escuálido, con un capote gris con botones de estaño tan viejo y raído, con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los allí presentes quedáronse, al verle, sobrecogidos.
El soldado parecía no poder dar un paso más, y muy despacio dejó caer el fusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del recién llegado—la nariz de la señora Lefèvre—relucía como el bronce; sus rubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esos gavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas de los establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy pálido, a través del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenos de lágrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.
Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacudía la cadena; dentro se oía la llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida, Catalina Lefèvre, con voz desgarradora, exclamó:
—¡Gaspar!... ¡Hijo mío!... ¿Eres tú?
—¡Sí, madre!—respondió el soldado en voz baja y como si le ahogara la emoción.
Y en el mismo momento Luisa comenzó a sollozar, mientras que en la amplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.
Todos los amigos se acercaron al recién llegado, con el señor Juan Claudio al frente, gritando: «¡Gaspar! ¡Gaspar Lefèvre!»
Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tan enérgica, tan decidida, lloraba a lágrima viva: Gaspar no lloraba, sostenía a su madre junto a su pecho, mezclándose sus bigotes rubios con los cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:
—¡Madre!... ¡Madre!... ¡Ah! ¡Cuántas veces he pensado en ti!
Luego, con voz más firme, añadió:
—¡Luisa! ¡Yo he visto a Luisa!...
Y Luisa se arrojó en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.
—¡Ah! ¡No me has reconocido, Luisa!
—¡Oh, sí!; ¡oh, sí!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.
El anciano Duchêne, con el gorro de algodón en la mano, cerca del hogar, tartamudeaba:
—¡Santo Dios!... ¿Es posible?... ¡Pobre muchacho..., cómo viene!...
El aperador había criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde que se marchó, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo con adornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas habían venido a tierra.
En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:
—¿Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? ¿Nos vas a dejar en blanco?
Entonces el muchacho se volvió y prorrumpió en un grito de entusiasmo:
—¡Hullin! ¡El doctor Lorquin! ¡Materne! ¡Todos, todos, aquí están todos!
Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora más alegres, con risotadas y apretones de manos que no acababan nunca.
—¡Ah, doctor, es usted! ¡Ah, querido papá Juan Claudio!
Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosaba la alegría; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de acá para allá en la sala; la señora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil, Duchêne con el saco, continuaban riendo, secándose los ojos y las mejillas; nunca se había visto nada semejante.
—¡Sentémonos!... ¡Bebamos!—exclamó el doctor Lorquin—; ésta es la corona de la fiesta.
—¡Ah, querido Gaspar, cuán contento estoy de verte sano y salvo!—decía Hullin—. ¡Eh!, ¡eh!, sin que esto sea adularte; más me agrada verte así que cuando tenías la cara redonda y colorada. ¡Ahora estás hecho un hombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los del Sambre, a los de Egipto. ¡Bah, bah, bah! No teníamos los carrillos hinchados ni estábamos relucientes de grasa; mirábamos como las ratas hambrientas cuando ven un queso, y teníamos los dientes largos y limpios.
—Sí, sí, no me extraña, papá Juan Claudio—respondía Gaspar—. Sentémonos; así se puede hablar más cómodamente. ¡Ah, vaya! ¿y por qué están todos ustedes aquí?
—Pero ¿cómo? ¿No sabes nada? ¡Toda la comarca se ha levantado, desde el Houpe hasta San Salvador, para la defensa!
—Sí, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pasé; ¿y es cierto?
—¡Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yo soy el general en jefe.
—¡Perfectamente, perfectamente! ¡Con mil demonios! ¡Que esos granujas de kaiserlicks no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, me parece muy bien! ¡Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; ¡qué bien se encuentra uno en su casa! ¡Eh, Luisa! ¡Ven y siéntate un momento aquí! ¡Mire usted, papá Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamón al otro y la jarra en frente, en menos de quince días me reponía completamente; no me reconocían los camaradas de la compañía!
Todos se habían sentado y veían con admiración al valiente muchacho cortar, despedazar, empinar el codo, mirar luego a Luisa y a su madre con ojos tiernos, y contestar a unos y otros sin perder bocado.
La gente de la finca, Duchêne, Anita, Robin, Dubourg, formando un semicírculo, miraban a Gaspar con aire extático; Luisa llenaba de vez en cuando la copa; la madre Lefèvre, sentada cerca del horno, revolvía la mochila y, al no ver mas que dos camisas viejas muy sucias, con agujeros como puños, unos zapatos torcidos, betún para la cartuchera, un peine con sólo tres púas y una botella vacía, levantó las manos al cielo y se apresuró a abrir el armario de la ropa blanca, murmurando:
—¡Señor! ¿Cómo extrañarse de que muera tanta gente de miseria?
El doctor Lorquin, ante un apetito tan voraz, se frotaba las manos muy satisfecho y murmuraba entre dientes:
—¡Qué salud!, ¡qué estómago!, ¡qué diente!; ¡podría partir piedras como si fuesen avellanas!
Y el anciano Materne decía a sus hijos:
—Otras veces, después de dos o tres días de caza en la sierra, durante el invierno, me entraba también a mí un hambre de lobo y me comía una pierna de corzo sin respirar; ahora, ya voy haciéndome viejo y me bastan una o dos libras de carne. ¡Lo que es la edad!
Hullin había encendido su pipa y parecía muy pensativo; no cabía duda de que algo le inquietaba. Cuando hubieron pasado algunos minutos, viendo que el apetito de Gaspar se moderaba, exclamó repentinamente:
—Dime, Gaspar, sin dejar de comer, ¿cómo es posible que estés aquí? Nosotros creíamos que te hallabas aún a orillas del Rin, cerca de Estrasburgo.
—¡Ah, ah, el veterano! Ya comprendo—dijo Lefèvre guiñando un ojo—. ¡Como hay tantos desertores! ¿No es eso?
—¡Oh!, semejante idea no se me ocurrirá nunca; pero, sin embargo...
—¡A usted no le desagradará saber que tengo mis papeles en regla! No puedo engañarle, papá Juan Claudio; usted está en su derecho; ¡el que falta al llamamiento cuando los kaiserlicks están en Francia merece que le fusilen! Pero no tenga cuidado, aquí está mi permiso.
Hullin, que no sentía una falsa delicadeza, leyó:
«Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefèvre, de la 2.ª del 1.º.
»Hoy, 3 de enero de 1814.
»Gémeau, comandante del batallón.»
—Bien, bien—dijo Hullin—; mete esto en la mochila, porque puede perderse.
Juan Claudio había vuelto a adquirir su alegría habitual.
—Mirad, hijos míos—añadió luego—, sé bien lo que es el amor; es algo muy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jóvenes cuando se aproximan a su aldea después de una campaña. Son capaces de faltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tres gendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo está en regla, bebamos una copa de rikevir. ¿Qué dice usted de esto, Catalina? Los del Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto que perder.
—Tiene usted razón, Juan Claudio—respondió la anciana labradora tristemente—. Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de la despensa.
La criada se marchó corriendo.
—Pero ese permiso, Gaspar—añadió Catalina—, ¿cuándo comenzaste a usarlo?
—Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimiento se retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.
—Bien; todavía tienes siete horas por delante; no necesitarás más de seis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.
La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo el mundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descolorida charretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullin golpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, y fruncía las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, y una vez que fueron abiertas, exclamó:
—Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, ¡pardiez! De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabará bien; Gaspar volverá, y entonces nos divertiremos.
Juan Claudio llenó las copas y Catalina secose las lágrimas, murmurando:
—¡Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! ¡Ah! ¡Que vengan, que vengan por aquí!
Se vaciaron las copas sin ninguna alegría; pero el añejo rikevir, al penetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tardó en reanimarlos. Gaspar, más firme de lo que hubiera podido sospechar, comenzó a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig y Hannau, donde los reclutas se habían batido como veteranos ganando victoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.
Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos de peligro—al pasar los ríos bajo el fuego enemigo, al tomar una batería a la bayoneta—, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Los ojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dónde se hallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello y apretaban las mandíbulas, y el vinillo añejo, acudiendo en ayuda de la imaginación, aumentaba el entusiasmo cada momento más: «¡Ah, los granujas! ¡ah, bandidos! ¡Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...»
La señora Lefèvre admiraba el valor y la fortuna de su hijo en medio de estos acontecimientos, de los que los siglos venideros guardarán por siempre memoria.
Pero cuando Lagarmitte, con aire serio y solemne, vistiendo larga blusa gris, sombrero flexible, de color negro, que resaltaba sobre su cabellera blanca, y llevando colgada del hombro su enorme trompa, atravesó la cocina y asomose a la puerta de la sala, diciendo: «¡Los del Sarre llegan!», entonces toda aquella exaltación desapareció y los reunidos se levantaron, pensando en la terrible lucha que iba pronto a comenzar en la sierra.
Luisa, arrojándose en brazos de Gaspar, exclamó:
—¡Gaspar, no te vayas! ¡Quédate con nosotros!
El joven se puso muy pálido, y dijo:
—Soy soldado; me llamo Gaspar Lefèvre; te amo mil veces más que a mi vida; pero un Lefèvre cumple siempre con su deber.
Desasiose el joven de los brazos de su novia; Luisa se recostó sobre la mesa y comenzó a gemir en alta voz. Levantose Gaspar; pero Hullin se interpuso, y estrechándole fuertemente las manos, mientras que un ligero temblor le agitaba el rostro, exclamó:
—¡Está muy bien! ¡Acabas de hablar como un hombre!
La señora Lefèvre se aproximó a su hijo reposadamente, para atarle la mochila a los hombros. Así lo hizo, con las cejas fruncidas, los labios contraídos bajo la nariz aguileña, sin dar un suspiro; pero dos gruesas lágrimas corrieron lentamente por las arrugas de sus mejillas. Y cuando hubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la manga del vestido, y dijo:
—Está bien... Ve..., ve..., hijo mío, tu madre te bendice. Si la guerra te lleva, no morirás... Aquí tienes tu sitio, aquí, entre Luisa y yo: ¡siempre estarás con nosotras! ¡Esta pobre niña no tiene aún bastante edad para saber que vivir es sufrir!...
Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala, entregada a sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata del fusil golpear en las losas de la cocina y que se abría la puerta exterior, la joven lanzó un grito desgarrador y precipitose fuera.
—¡Gaspar!, ¡Gaspar!—dijo—, ya estoy tranquila, ya no lloro más; no quiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!
—¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!—dijo Gaspar—. Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero si tienes un poco de ánimo..., entonces me iré contento.
—Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma, ¡quiero ser como mamá!
Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullin sostenía el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos, vamos, ya está bien!»
Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sin volver la cabeza.
En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas, trepaban en fila por el sendero del Valtin.
Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gaspar se volvió y levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin se adelantó para recibir a la gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció con las mujeres; y así que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido, el doctor exclamó:
—Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo un hombre de corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!
Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban a la guerra como si fuesen de fiesta.
X
Mientras que Hullin, al frente de los montañeses, se preparaba para la defensa, el loco Yégof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado que llevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen del alma humana herida en su parte más noble, más hermosa y más importante, la inteligencia, el loco Yégof, con el pecho descubierto, los pies desnudos, insensible al frío, como el reptil preso en el hielo, vagaba de montaña en montaña, en medio de las nieves.
¿Por qué causa los privados de razón resisten las temperaturas más rigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo caso sucumben? ¿Se debe a una concentración más poderosa de la vida, a una circulación más rápida de la sangre, a un estado continuo de fiebre? ¿Es efecto de la sobreexcitación de los sentidos, o tiene quizás un origen que se desconoce?
La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causas materiales y se declara impotente para explicar tales fenómenos.
Yégof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el frío aumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendo una caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la maleza con las garras vacías, lanzando angustiosos gritos. El loco, con el cuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueños, caminaba, caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde el Sonneberg al Blutfeld.
Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de «El Encinar», iba a ser testigo del más raro y emocionante espectáculo.
Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos días antes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dejó abandonado allí su carro, para llevar el rebaño a la granja; pero notando la falta de la piel de carnero con que se cubría y que se había dejado olvidada en su cabaña ambulante aquel día, terminada su labor, se puso en camino, hacia las cuatro de la tarde, para ir a buscarla.
El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrecha garganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente de agua se desliza por allí sinuosamente, tanto en invierno como en verano, a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado, en el que se ven grandes piedras esparcidas.
Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque el Blutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de la Luna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela de Dagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se había librado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cuales querían penetrar en las Galias a las órdenes de un jefe llamado Luitprandt. Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbres de alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de gran tamaño y los trituraron allí como en un mortero, y que del hecho de tan gran matanza el puerto lleva el nombre de Blutfeld (campo de sangre). Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos, trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.
De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedras cubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas, parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento de la sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, el estruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo que parece, aquellos hombres conducían en carros cubiertos de pieles a mujeres, niños, viejos y todo cuanto poseían en oro y plata, así como sus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan a América.
Durante dos días, los triboques no cesaron de exterminarlos y, al tercero, volvieron a trepar al Donon, al Schneeberg, al Grosmann, al Giromani y al Hengst cargados con un inmenso botín.
Tal es la leyenda conocida respecto del Blutfeld; y ciertamente, cuando se contempla aquel desfiladero, encajonado entre montañas como una enorme cisterna, sin más salida que un estrecho sendero, se comprende que los germanos no debían hallarse allí muy a gusto.
Robin llegó al puerto entre las siete y las ocho, a la salida de la Luna.
Mil veces había bajado el pastor al fondo del precipicio; pero nunca lo había visto iluminado tan claramente ni tan melancólico.
De lejos, su carro plateado, en lo hondo del abismo, le producía el efecto de una de aquellas enormes piedras cubiertas de nieve, bajo las cuales se hallaban sepultados los germanos. Estaba el carro a la entrada del desfiladero, detrás de unos espesos matorrales, y el arroyuelo murmuraba no lejos y se extendía en estrías de hielo, brillante como cuchillas.
Llegado al sitio donde se dirigía, el pastor comenzó a buscar la llave del candado; después, abrió la garita, y marchando a cuatro pies, pudo recuperar la zamarra y una hacheta que no recordaba siquiera haber perdido.
¡Pero cuál no sería su sorpresa cuando, al volverse para salir, vio al loco Yégof aparecer por un recodo del sendero y dirigirse hacia él, a la clara luz de la Luna!
El pastor recordó en seguida la historia espeluznante que había oído en la cocina de «El Encinar» y tuvo miedo...; pero no hay que decir lo que sentiría cuando vio detrás del loco, a quince o veinte pasos, aparecer también cinco lobos grises, dos de ellos grandes y tres pequeños.
Al pronto creyó que eran perros; pero no, eran lobos, y marchaban lentamente detrás de Yégof, el cual no los veía, al parecer. Revoloteaba el cuervo, pasando de la luz a la sombra que arrojaban las rocas, y después volvía; los lobos, con los ojos brillantes y los hocicos levantados, olfateaban, y el loco alzaba su cetro.
El pastor cerró la puerta de la garita con la rapidez del rayo, pero Yégof no lo vio. El loco caminaba por el desfiladero como por una inmensa sala; a izquierda y derecha se alzaban tajos ingentes; en lo alto brillaban millones de estrellas. Se hubiera oído volar una mosca; los lobos, al andar, no hacían ruido alguno, y el cuervo iba a posarse en la copa de una encina seca, situada sobre una de las rocas opuestas; su brillante plumaje parecía de color azul, y de vez en cuando volvía la cabeza como si escuchara.
Aquello era extraordinario.
Robin pensó:
—El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, si cae, han acabado sus días.
Pero, en medio del desfiladero, Yégof se volvió, sentose en una piedra, y los cinco lobos, alrededor de él, con el hocico levantado, se sentaron también en la nieve.
Entonces sucedió algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando el cetro, comenzó a hablarles, llamándolos por su nombres.
Los lobos respondían con lúgubres lamentos.
He aquí lo que les decía:
—¡Eh! ¡Child, Bléed, Merweg, y tú, Sarimar, amigos míos, ya estamos otra vez reunidos! Volvéis gordos... ¡Se conoce que os han tratado bien en Alemania! ¿No?
Luego, señalando hacia el desfiladero cubierto de nieve, añadió:
—¿Os acordáis de la gran batalla?
Uno de los lobos comenzó a aullar con voz lastimera; después, otro, y, por último, los cinco a la vez.
El concierto duró más de diez minutos.
El cuervo, posado en el árbol seco, no se movía.
Robin hubiera querido huir; rezaba, llamaba en su auxilio a todos los santos, y muy particularmente a su patrón, del que son muy devotos los pastores de la sierra.
Pero los lobos continuaban aullando, y sus alaridos eran repetidos por los ecos del Blutfeld.
Por último, uno de ellos, el más viejo, se calló; después lo hizo otro, y finalmente los demás. Yégof prosiguió de esta manera:
—Sí, sí, es una dolorosa historia. ¡Oh, mirad! ¡Este es el arroyo por donde corría la sangre de los nuestros! Es igual, Merweg, es igual; también los otros sembraron de huesos la maleza. ¡Y la Luna vio a sus mujeres arrancarse los cabellos durante tres días y tres noches! ¡Oh, qué horrible jornada! ¡Oh, los perros, se han ensoberbecido con su gran victoria! ¡Que la maldición caiga sobre ellos!... ¡Malditos sean!
El loco había arrojado al suelo la corona y la recogió sollozando.
Los lobos, que permanecían sentados, le oían como personas que prestan atención. El mayor de ellos comenzó a aullar, y Yégof le dijo:
—¡Tú tienes hambre, Sarimar! ¡Alégrate, alégrate, pues la carne no va a faltar en mucho tiempo; los nuestros están al llegar, y la batalla va a empezar de nuevo.
Después se levantó y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:
—¡Aquí están tus huesos!
Acercose a otra piedra, y añadió:
—¡Y los tuyos, Merweg, los tuyos!
El cortejo de lobos le siguió; el loco, subiéndose a una piedra y contemplando el abismo silencioso, exclamó:
—¡Nuestro canto de guerra ha muerto! ¡Nuestro canto de guerra es una lamentación! ¡La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seréis los guerreros: volverán a ser vuestras estas cañadas y estas montañas.
—¡Oh! En el aire vibran aún los chirridos de los carros, los gritos de las mujeres, los golpes de las mazas.
—Sí, sí; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimos rodeados. Y ahora, todo ha muerto; oíd, todo ha muerto; vuestros huesos reposan, pero vuestros hijos llegan, y el día de la venganza volverá. ¡Cantad! ¡Cantad!
Y el loco comenzó también a aullar, mientras que los lobos reanudaban sus salvajes gritos.
Aquellos quejidos se hacían cada vez más lastimeros, y en el silencio de los montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, en medio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el peso de la nieve, los ecos lejanos respondían al lúgubre concierto con voz tan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba poseído de un horror de que guardaría memoria durante toda su vida.
Pero su temor iba disminuyendo porque Yégof y su fúnebre cortejo se hallaban cada vez más lejos y se encaminaban hacia Halzach.
El cuervo, lanzando un grito ronco, extendió las alas y levantó el vuelo en el cielo azul pálido.
Esta sorprendente escena desapareció sin dejar rastro.
Durante largo tiempo, Robin oyó los aullidos que, poco a poco, se extinguían. Hacía más de veinte minutos que habían cesado y que el silencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando el buen hombre, sintiéndose seguro, salió de la garita y tomó corriendo el camino de la granja.
Cuando llegó a «El Encinar» encontró toda la casa en movimiento. Se hacían preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon. Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se habían marchado con los del Sarre. Catalina Lefèvre dirigía en persona la operación de cargar la galera, tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir y venir, correr y ayudar a hacer los preparativos.
Robin no pudo contar a nadie lo que había presenciado. Además, aquello le parecía a él mismo tan increíble, que no se atrevía a abrir la boca.
Y cuando se acostó en el pesebre que le servía de cama, en medio del establo, acabó por convencerse que Yégof había en otro tiempo domesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de sus desvaríos, como a veces se habla a un perro.
Pero siempre conservó de tal encuentro un temor supersticioso, y aun en su más avanzada edad el buen hombre no habló nunca de estas cosas sin estremecerse.
XI
Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un extremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por el propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerza principal.
Allí, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilómetros de Grand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientos ulteriores.
Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hasta llegar a los dos tercios de la cumbre se veía entonces una casa, rodeada de algunas fanegas de tierra de labor, la alquería de Pelsly, el anabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propósito para poder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatían; detrás de la casa, hacia la cúspide de la sierra, se extendían los establos y las corralizas de cerdos.
Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; a sus pies se descubrían Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrecha garganta; más lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejos residuos de ruinas feudales; por último, en las ondulaciones de la montaña, el río Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grises de Alsacia. A la izquierda se eleva la cúspide del Donon, sembrada de rocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estaba interceptado: la tierra de los desmontes se había dejado correr sobre la nieve, y varios árboles corpulentos, con las ramas sin cortar, se hallaban atravesados en la carretera.
La nieve, que se fundía, dejaba asomar de trecho en trecho terrones amarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por el cierzo.
Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se veía una persona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotos hasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: parecía un desierto.
Sólo algunas hogueras esparcidas aquí y allá alrededor de la alquería, de las que se elevaba en el cielo un humo débil, indican el emplazamiento del vivaque.
Los montañeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echado atrás y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; hacía tres días que esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernas encogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, se encontraban Materne y sus dos hijos.
De vez en cuando, Luisa aparecía en la puerta de la granja, y en seguida entraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba en el estiércol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseaban entre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constituía el mayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplar los magníficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otra rojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasa gota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillo de aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefèvre.
Hacia las ocho de la mañana apareció repentinamente un hombre entre el gran y el pequeño Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; el hombre descendía agitando el sombrero.
Pocos minutos después se le reconoció: era Nickel Bentz, el antiguo guarda forestal de Houpe.
Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar a Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en un enorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro Plutón.
Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se había nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia barba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazos metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lana gris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro de algodón le caía en medio de la espalda.
Juan Claudio parecía contento.
—¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?—exclamó.
—Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado de Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son cañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagos sobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se han extendido por el llano.
—Están atacando la ciudad—dijo Hullin—, ¿pero del lado de Lutzelstein?
—No se oye nada—respondió Bentz.
—Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos, los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.
Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:
—No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vas a salir, con tus hijos, de reconocimiento.
El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.
—¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas—dijo Materne—, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de austriacos o de cosacos.
—¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; se trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, como te conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y el cuchillo de monte.
—¿Y por qué?
—Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te fusilarán inmediatamente.
—¿Me fusilarán?
—Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser prisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino de Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán de lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; pero si es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.
—¡Ellos van a dejar que me prendan!—exclamó el cazador indignado—; yo quisiera ver semejante cosa.
—Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmado se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los alemanes.
—¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo la carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes la carabina, el cuerno y el cuchillo. ¿Quién quiere prestarme una blusa y un palo?
Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba contemplábales con admiración.
Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la montaña alta.
Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera expedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al extremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos de monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la cintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientras dirigían a su alrededor miradas de triunfo.
—¡Eh, cuidado!—les dijo riendo el doctor Lorquin—; no olviden el consejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entre cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno de ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.
—¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!
—Mis hijos—respondió altivamente Materne—son verdaderos cazadores y saben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo. ¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de vuelta antes de que llegue la noche.
Los expedicionarios salieron.
—¡Buena suerte!—les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve para salvar los obstáculos amontonados en el camino.
No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el camino hacia la derecha de la sierra.
Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus anchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, en caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis kaiserlicks no saldrían bien parados de semejantes hombres.
Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos y desaparecieron.
Entonces Hullin volvió tranquilamente a la granja, hablando con Nickel Bentz.
El doctor Lorquin iba detrás, seguido de Plutón, y los restantes espectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hogueras del vivaque.
XII
Hacía tiempo que Materne y sus hijos caminaban sin hablar; el tiempo se había presentado hermoso; el pálido sol de invierno brillaba en la nieve deslumbrante sin llegar a fundirla; el suelo sonaba a duro. A lo lejos, en el valle, se dibujaban con una limpidez extraordinaria las flechas de los abetos, los lomos rojizos de las rocas, los tejados de los caseríos, con sus estalactitas de hielo pendientes de las tejas, sus ventanillas centelleantes y sus agudos mojinetes.
La gente paseaba por las calles de Grand-Fontaine; un corro de muchachas se hallaba parado delante del lavadero; algunos viejos, cubiertas las cabezas con gorros de algodón, fumaban una pipa junto a la puerta de sus casuchas. Aquel enjambre humano, en el fondo de la llanura azulada, iba, venía y se agitaba sin que un aliento o un suspiro llegase al oído de los cazadores.
Detúvose Materne al salir del bosque, y dijo a sus hijos:
—Voy a bajar a la aldea para ver a Dubreuil, el posadero de La Piña.
Y señalaba con el palo una amplia construcción blanca, cuyas ventanas, así como la puerta, se hallaban rodeadas de una franja amarilla, viéndose colgada de la pared una rama de pino a guisa de muestra.
—Vosotros me esperáis aquí; si no hay peligro, saldré al escalón de la puerta y agitaré el sombrero; entonces podéis venir a tomar una copa de vino conmigo.
Materne, acto continuo, bajó por la ladera, cubierta de nieve, hasta los jardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine, en lo que tardó unos diez minutos; después, siguiendo unos surcos, llegó a la pradera, atravesó la plaza de la aldea, y sus dos hijos, que aguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada. Pocos momentos después el cazador apareció en el umbral y agitó el sombrero, lo cual produjo a los jóvenes viva satisfacción.
No había pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos se encontraron con su padre en la sala grande de La Piña; era aquélla una habitación baja de techo, que tenía una estufa de hierro pintada de color plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pino perfectamente limpias con cola de caballo.
A excepción del posadero Dubreuil, el más gordo y apoplético de los taberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma de odre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, de nariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papada que le caía a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa, a excepción de este curioso personaje, sentado en un ancho sillón de cuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazador de llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallo de madera agitaba las alas con un chirrido extraño.
—¡Salud, señor Dubreuil!—dijeron los muchachos con voz ruda.
—¡Buenos días, amigos míos, buenos días!—respondió el posadero esforzándose por sonreír; y luego, con voz opaca, preguntó:
—¿No hay nada nuevo?
—¡No, por cierto!—respondió Kasper—; ha llegado el invierno, el tiempo del jabalí.
Después, dejando uno y otro las carabinas en el rincón de la ventana, al alcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la pierna por encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba la cabecera de la mesa.
Bebieron los tres, después de decir: «¡A vuestra salud!», como tenían siempre costumbre de hacer.
—¿De modo—dijo Materne volviéndose hacia el enorme posadero, como si prosiguiera una conversación interrumpida—que usted cree, señor Dubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronías y que podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabalíes?
—¡Oh!, de eso no sé nada—exclamó el posadero—; sólo puedo decir que hasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, además, que no hacen daño a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntad que quieran combatir al usurpador.
—¡El usurpador! ¿Qué es eso?
—¡Bah! ¡Napoleón Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce! Miren ustedes a la pared.
Y les señaló un cartelón pegado a la pared, cerca del reloj.
—Vean ustedes esto y se convencerán que los austriacos son verdaderamente amigos nuestros.
Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuo aquel estremecimiento, dijo:
—¡Ah, bah!
—Sí; lean eso.
—Pero si yo no sé leer, señor Dubreuil, ni mis hijos tampoco; explíquenos usted por encima de lo que se trata.
Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazos del sillón, se levantó resoplando como un becerro y fue a colocarse delante del cartelón, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa. Después, en tono solemne, leyó una proclama de los soberanos aliados en la que declaraban «que habían declarado la guerra a la persona de Napoleón, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundo debía permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de ser quemados, saqueados y fusilados».
Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extrañeza.
Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigió a su asiento, mientras decía:
—¡Ya lo ven ustedes!
—¿Y cómo tiene usted esto?—preguntó Kasper.
—Ese cartel, hijo mío, está puesto en todas las esquinas.
—¡Pues bien, no nos parece mal!—dijo Materne asiendo el brazo de Frantz, que se levantaba echando chispas por los ojos—. ¿Quieres fuego, Frantz? Aquí tienes mi eslabón.
Frantz volvió a sentarse; el viejo tomó una expresión ingenua y preguntó:
—Y nuestros amigos los alemanes ¿no se quedan con nada de nadie?
—La gente pacífica no tiene nada que temer; pero a los granujas que se insurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos no deben pagar las culpas de los malos. Así, ustedes, por ejemplo, en lugar de ser maltratados, serían muy bien recibidos en el cuartel general de los aliados. Conocen ustedes la comarca, podrían servir de guías y les pagarían espléndidamente.
Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; el padre había extendido las manos sobre la mesa, abriéndolas mucho, como aconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estaba pálido.
El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosiguió:
—Ustedes tienen que temer más bien, por el bosque de las Baronías, a esos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevado en masa y quieren volver al 93.
—¿Está usted seguro?—preguntó Materne haciendo esfuerzos por dominarse.
—¡Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los verá en el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo han atado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar los caminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos días van a ver cosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diez mil, son millares de millares... ¡Y no quedará uno!
Materne se levantó y dijo secamente:
—Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, y estamos aquí hablando tranquilamente como cotorras. ¡Hasta la vista, señor Dubreuil!
Salieron los tres rápidamente, no pudiendo reprimir la cólera.
—¡No olviden lo que les he dicho!—gritó el posadero desde su asiento.
Una vez fuera, volviose Materne y exclamó, al tiempo que le temblaban los labios:
—Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.
—Y yo—dijo Frantz—estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.
Kasper, con un pie en el escalón, parecía querer entrar; apretaba el mango del cuchillo de monte y su rostro tenía una expresión terrible. Pero el anciano lo cogió del brazo y se lo llevó, mientras decía:
—Vamos, vamos... ¡Ya nos lo tropezaremos más adelante! ¡Aconsejarme a mí que haga traición a mi país! Hullin hizo bien advirtiéndonos que tomáramos precauciones; tenía razón.
Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierda miradas hurañas. Las gentes se preguntaban unas a otras: «¿Qué les sucede a ésos?»
Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua que se alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, en un tono más reposado, señalando a sus hijos el sendero que, entre brezos, rodea a Framont, les dijo:
—Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No iré muy de prisa, para que podáis llegar al mismo tiempo que yo.
Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo un buen trecho preguntándose cuál habría sido la causa interna que le impidió abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pensó que el hecho obedecía, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.
Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez en cuando numerosos rebaños de bueyes, carneros y cabras que se encaminaban a la sierra. Había algunos que venían de Wisch, de Urmatt y hasta de Mutzig; los pobres animales no podían más.
—¿Adónde demonios vais tan de prisa?—gritaba el cazador a los pastores cariacontecidos—. ¿No tenéis vosotros confianza en las proclamas de los rusos y de los austriacos?
Los campesinos, de mal humor, le respondían:
—¡Sí, sí; ríase usted de las proclamas! ¡Ya sabemos lo que ahora valen! Por todas partes no hay mas que saqueos y robos; se imponen contribuciones forzosas, se confiscan los caballos, las vacas, los bueyes, los carruajes.
—¡Bah!, ¡bah!, ¡bah!, no es posible... ¿Qué me dicen ustedes? Eso me asombra; ¡unos hombres tan francos, unos amigos tan buenos, que vienen a salvar a Francia! No puedo creerlo. ¡Después de una proclama tan hermosa!
—¡Pues baje usted a Alsacia y ya verá!
Aquella pobre gente se marchaba moviendo la cabeza con un aire de profunda indignación, y Materne se reía para sus adentros.
A medida que el cazador avanzaba, aumentaba el número de rebaños; y no eran solamente rebaños de ganado los que huían, unos mugiendo, otros berreando, sino también bandadas de ocas que se extendían hasta perderse de vista, gritando, graznando, arrastrando sus buches a lo largo del camino, con las alas abiertas y las patas medio heladas; ¡daba pena verlas!
Mas al acercarse a Schirmeck el espectáculo era más doloroso aún; familias enteras huían en sus carromatos cargados de barriles de alimentos y muebles, con mujeres y niños que golpeaban a los caballos hasta acabar con ellos, y diciendo con voz lastimera: «Estamos perdidos; han entrado los cosacos.»
Aquel grito «¡los cosacos!, ¡los cosacos!» corría de un extremo a otro del camino como una ráfaga de viento; las mujeres se volvían estupefactas, y los niños se ponían de pie en los carruajes para ver más lejos. Nunca se había visto nada semejante, y Materne, indignado, se avergonzaba del miedo de aquella gente, que, pudiendo defenderse, huían de una manera cobarde por egoísmo y por salvar sus bienes.
Muy cerca de Schirmeck, en la encrucijada de la Hondonada de los Sauces, Kasper y Frantz volvieron a unirse a su padre y los tres entraron en la taberna de La Llave de Oro, que, a la derecha del camino y en la parte baja de la ladera, tenía la viuda Faltaux.
La pobre mujer y sus dos hijas contemplaban desde una ventana aquella emigración, y cruzaban las manos como en súplica.
El tumulto, en efecto, aumentaba de momento en momento; el ganado, los carruajes y la gente parecían querer pasar unos por encima de los otros. Ninguno era dueño de sí; todos gritaban y pugnaban por hacerse sitio.
Materne empujó la puerta, y viendo a las mujeres más muertas que vivas, pálidas y desmelenadas, gritó golpeando el suelo con el palo:
—¡Vaya! ¡Vaya con la madre! ¿Pero usted se ha vuelto loca? ¡Vamos, usted, que debía dar ejemplo a sus hijas, es la primera en acobardarse! ¡Es vergonzoso!
Volviose en tal ocasión la anciana y contestó con voz lastimera:
—¡Ay, amigo Materne! ¡Si usted supiera!...
—¡Qué! ¿Que el enemigo se acerca? No se comerá a usted...
—No, pero todo lo devora sin compasión. La anciana Ursula, de Schlestadt, que llegó ayer tarde, dice que los austriacos no quieren mas que knoepfe y noudel; los rusos, schnaps, y los bávaros, chucruta. Y cuando se han atracado de todo esto hasta no poder más, gritan con la boca llena: ¡schokolate, schokolate! ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¿Cómo vamos a alimentar a esta gente?
—Ya sé que la cosa es muy difícil—dijo el cazador—; los grajos nunca tienen bastante queso. Pero, vamos a ver, ¿dónde están esos cosacos, bávaros y austriacos? Desde Grand-Fontaine no hemos encontrado ni uno solo.
—Están en Alsacia, cerca de Urmatt, y vienen hacia aquí.
—Mientras vienen o no vienen, sírvanos una jarra de vino; aquí tiene usted un escudo de tres libras, que le será más fácil de ocultar que los toneles.
Una de las muchachas bajó a la cueva, y en el mismo instante otras personas entraron en la taberna: un vendedor de almanaques de las cercanías de Estrasburgo, un guía de Sarrebrück, que iba de blusa, y dos o tres vecinos de Mutzig, de Wisch y de Schirmeck, que huían con sus rebaños y que no podían más a fuerza de gritar.
Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perder de vista el camino; sirviéronles vino, y cada cual comenzó a contar lo que sabía; uno dijo que los aliados eran tantos que tenían que acostarse uno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenos de miseria que, así que se marchaban, las hojas secas andaban solas por el bosque; otro contó que los cosacos habían prendido fuego a una aldea de Alsacia porque no les dieron velas como postre después de una comida; que algunos de ellos, en particular los calmucos, comían jabón como si fuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos bebían aguardiente en vasos, después de haber echado en el líquido varios puñados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo era para ellos comestible y bebedero.
A este propósito, el guía dijo que, tres días antes, un cuerpo de ejército ruso, que había pasado por la noche al alcance de los cañones de Wisch y se había visto obligado a detenerse durante más de una hora en medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, había bebido en un calentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de una anciana de ochenta años; añadió que aquellos salvajes rompían el hielo para bañarse y luego, para secarse, se metían en hornos de ladrillos; en una palabra, que sólo temían al caporal schlague.
Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extrañas—vistas por ellos mismos, según aseguraban, o sabidas por personas veraces—que apenas se podía creer nada de lo que contaban.
Fuera proseguía sin interrupción el tumulto, el rodar de los carros, el berrear de los rebaños, el clamor de los fugitivos, lo que producía el efecto de un descomunal zumbido.
A mediodía, cuando Materne y sus hijos se disponían a partir, oyose un grito más fuerte, más prolongado que los demás: «¡Los cosacos!, ¡los cosacos!»
Todo el mundo salió fuera, a excepción de los cazadores, que se limitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente huía a campo traviesa; hombres, rebaños, carros, todo se dispersaba como las hojas ante el viento del otoño.
En menos de dos minutos el camino quedó libre, salvo en Schirmeck, donde era tal la confusión, que no se podía dar un paso. Materne, alzando la vista a la parte más lejana del camino, exclamó:
—No hago mas que mirar, pero no veo nada.
—Ni yo—contestó Kasper.
—¡Vamos!, ¡vamos!—exclamó el cazador—; me parece que el miedo de esta gente atribuye al enemigo más fuerza de la que tiene. No recibiremos nosotros así a los cosacos en la sierra; ¡ya encontrarán quien les dé las buenas tardes!
Luego, alzando los hombros con expresión de repugnancia, dijo:
—El miedo es algo ruin; ¡y todavía más cuando lo que podemos perder es una vida miserable! Vámonos.
Salieron los tres de la posada, y el anciano siguió el camino del valle con el fin de subir a la cima del Hirschberg, situada enfrente; sus hijos le acompañaron, y pronto se encontraron todos a la orilla del bosque. Materne dijo que era preciso subir lo más alto que fuese posible, con el objeto de dominar la llanura para adquirir noticias ciertas que llevar al vivaque, pues todas las habladurías de los fugitivos no valían lo que una simple ojeada al terreno.
Kasper y Frantz estuvieron conformes, y comenzaron los tres a trepar por el monte, que forma una especie de promontorio avanzando dentro de la llanura.
Cuando llegaron a la cumbre, divisaron claramente la posición del enemigo, situada a tres leguas de allí, entre Urmatt y Lutzelhouse; se veían grandes líneas negras sobre la nieve; más lejos, algunas masas obscuras, que serían sin duda la artillería y los bagajes; otras masas rodeaban las aldeas, y, a pesar de la distancia, el centelleo de las bayonetas indicaba que una columna acababa de ponerse en camino, en dirección de Wisch.
Después de contemplar detenidamente aquel espectáculo con melancólica mirada, el anciano dijo:
—Tenemos a la vista lo menos treinta mil hombres, y avanzan hacia nuestras posiciones; mañana, o pasado mañana lo más tarde, nos atacarán. No va a ser un encuentro de poca monta; pero si ellos son muchos, nosotros tenemos la ventaja del terreno, y además siempre es agradable tirar a las masas; así no se malgastan las balas.
Hechas aquellas razonables reflexiones, Materne calculó la altura del sol y dijo:
—Ahora son las dos; ya sabemos cuanto queríamos saber. Volvamos al vivaque.
Los dos muchachos se pasaron las carabinas a la espalda a modo de bandolera, y, dejando a la izquierda el valle del Brocque, Schirmeck y Framont, subieron la empinada cuesta del Hengsbach, que domina, a una distancia de dos leguas, al pequeño Donon; bajaron por la falda opuesta, sin seguir ningún sendero en la nieve, guiándose sólo por las cimas para cortar terreno.
Hacía dos horas que caminaban de tal manera; el sol frío del invierno se hundía en el horizonte, y la noche, una noche clara y tranquila, se aproximaba. Solamente les faltaba bajar y subir la ladera opuesta del solitario desfiladero del Riel, que formaba una gran hoya redonda en medio del bosque, en el fondo de la cual se aparece una laguna de azuladas aguas que sirve de abrevadero a los corzos.
De repente, al salir los cazadores de la espesura, cuando marchaban distraídamente y sin pensar en nada, el anciano Materne, deteniéndose tras unas malezas, dijo:
—¡Quietos!
Y con la mano señaló a la laguna, por entonces cubierta de una capa de hielo delgada y transparente. Bastó a los muchachos dirigir una mirada hacia aquel sitio para gozar del más sorprendente espectáculo: unos veinte cosacos, hombres de revueltas barbas rubias, que llevaban a la cabeza gorros de viejas pieles en forma de tubos de chimenea, que cubrían sus escuálidos cuerpos con mugrientos harapos, cabalgaban, apoyados en estribos hechos de cuerda, en caballitos de crines flotantes que les llegaban al petral, de cola escasa y grupa amarilla, negra y blanca como de cabras. Unos llevaban por toda arma un lanzón; otros, un sable; otros, un hacha atada con una cuerda a la silla y una enorme pistola de arzón sujeta a la cintura. Varios otros, con el rostro levantado contemplaban extáticamente la verde copa de los abetos, que se escalonaban unos sobre otros y llegaban hasta las nubes. Un hombre alto y delgado rompía el hielo con el extremo de la lanza, mientras su caballejo bebía, con el cuello estirado y las crines caídas, en forma de barba, sobre la cara. Otros, que habían echado pie a tierra, separaban la nieve y señalaban al bosque, como manifestando que era aquél un buen sitio para establecer el campamento. Los demás compañeros, que permanecían a caballo, hablaban entre sí e indicaban hacia el fondo del valle que a la derecha desciende en forma de hendedura hasta Grinderwald.
Era lo que veían los cazadores un descanso, y nadie podría expresar hasta qué punto aquellos seres venidos de tan lejanas tierras, con sus rostros cobrizos, sus grandes barbas, sus ojos negros, su frente hundida, su nariz chata y sus harapos pardos, parecían extraños y pintorescos al borde de la laguna, al pie de las ingentes rocas verticales que sostenían los verdes abetos junto al cielo.
Era un mundo nuevo dentro del nuestro, un género de caza desconocido, sorprendente, extraño, que los tres cazadores se entregaron a contemplar poseídos de una curiosidad extraordinaria. Pero, satisfecha ésta, así que pasaron cinco minutos, Kasper y Frantz pusieron las bayonetas al extremo de las carabinas y retrocedieron unos veinte pasos en la espesura. El padre y los dos hijos llegaron a la base de una roca, que tendría quince o veinte pies de altura, a la que subió el anciano Materne, pues nada mejor podía hacer, puesto que no llevaba armas; luego, después de cruzar algunas palabras en voz baja, Kasper examinó la espoleta de su carabina y apuntó muy despacio, mientras su hermano se hallaba preparado para imitarle.
Uno de los cosacos, el que los cazadores habían visto dando de beber al caballo, se encontraba a doscientos pasos aproximadamente. Sonó el tiro, que repitieron los ecos profundos de la garganta, y el cosaco, cayendo por encima de la cabeza de su montura, desapareció en el hielo de la laguna.
Es imposible describir el estupor que se apoderó del enemigo al oír la detonación. Las miradas de aquellos hombres se dirigían a todas partes, y el eco repetía el sonido como si fuesen muchos los disparos, mientras que se elevaba una ancha nube de humo encima del macizo de árboles donde se hallaban los cazadores.
Kasper, en menos que se dice, había vuelto a cargar la carabina; pero, al mismo tiempo, los cosacos que estaban a pie saltaron sobre sus caballos y se precipitaron por la pendiente del Hartz, marchando en fila como los corzos y gritando con voz terrible:
Aquella huída fue tan rápida como una visión; en el momento que Kasper apuntaba por segunda vez, la cola del último caballo desaparecía entre los matorrales.
El caballo del cosaco muerto permanecía solo, junto al agua, porque una rara circunstancia le impedía moverse; su dueño, con la cabeza hundida en el légamo, tenía el pie metido en el estribo.
Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento; después, alegremente, dijo:
—¡Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. Tú, Frantz, quédate aquí... por si volviera alguno...
A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba el caballo.
Materne cogió acto continuo la brida, diciendo:
—¡Bien, amigo mío!; ahora te enseñaremos a hablar francés.
—¡Vámonos!—dijo Kasper.
—No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servirá para animar a los compañeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca son buenos cazadores.
Los tres hombres extrajeron del légamo al cosaco, lo colocaron atravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon por un sendero tan rápido, que Materne, en más de cien ocasiones, llegó a decir: «El caballo no puede pasar por ahí.»
Pero el caballo, que era tan ágil como una cabra, pasaba más fácilmente que ellos; visto lo cual, el anciano acabó diciendo:
—¡Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, éste me servirá para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente, muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo de camino.
De vez en cuando hacía Materne sobre el cosaco reflexiones como éstas:
—¡Qué cosa más singular!, ¿eh? Una nariz redonda y una frente como una caja de queso. ¡Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dado bien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le ha salido por la espalda. ¡La pólvora es magnífica! Divès tiene siempre buen género.
Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces de los centinelas de la partida:
—¿Quién vive?
—¡Francia!—respondió Materne adelantándose.
Todos salieron al encuentro de los recién llegados, gritando: «¡Viva Materne!»
El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los demás, no pudo contenerse y acudió, acompañado del doctor Lorquin. Los hombres de la partida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedaban pasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.
—Es un cosaco—dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.
—Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.
Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en el suelo.
Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a la luz de las llamas.
El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:
—Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, lo cubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.
Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpo del cadáver, dijo:
—La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto semejante al de un aneurisma cuando revienta.
Todos los demás guardaban silencio.
Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muy contento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:
—Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismo mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.
Entonces Hullin le llamó aparte, y juntos entraron en la granja, en tanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba a hacer reflexiones particulares sobre el cosaco.
XIII
Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería del anabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.
Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían las personas de la granja.
Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de innumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de una pulgada de escarcha en los cristales.
Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de las patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos, que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estos feroces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudo hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamaban unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del viento.
Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Son cantos fúnebres—pensaban—; es la Muerte que olfatea la batalla y nos llama.»
Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.
Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco en la leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, y mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.
Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las últimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque tendría lugar al día siguiente. Había mandado distribuir los cartuchos, reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestos convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemano el sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a Jerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores tiradores.
El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.
Plutón ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.
—Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se oye galopar.
—Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.
—Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.
—Falta esto... y lo otro.
—Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego. Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el resto a sus compañeros.
Y así durante toda la noche.
Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.
Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.
En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.
La meseta ofrecía un extraño aspecto.
Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas; otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados, en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo cubierto de nubes.
A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para entrar en calor mientras hablaban en voz alta.
—El señor Juan Claudio llega—dijo Kasper, adelantándose por aquel lado.
Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises, con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad y volvió a quedar en la sombra.
Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un hermoso caballo.
—¿Eres tú, Juan Claudio?
—Sí, Marcos, yo soy.
—Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja noche y día.
—¡Bien! ¡Bien!
—Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha hecho matanza...
—Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se acerca.
—Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que meter la pólvora?
—Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?
—Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!
—Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.
—Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las narices en todo.
—Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que hace.
—Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey—el pobre Schwartz, usted sabe—que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí el cuarto trasero para la comida de esta mañana.