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LAS FIESTAS DE SAN JUAN.
RESEÑA HISTORICA
de
LO QUE HAN SIDO Y DE LO QUE SON
Y
RELACION VERIDICA
de las que se celebran en este año de 1868,
por
Federico Asenjo.
PUERTO-RICO.
Imprenta del Comercio.
1868
AL EXCMO. AYUNTAMIENTO
de la Ciudad de S. Juan Bautista
DE PUERTO-RICO.
A nadie mejor que á V. E., que ha sabido conservar las fiestas populares de la muy noble y muy leal Ciudad que representa, puede ser dedicado este librito. Sírvase V. E. aceptarlo como una débil muestra de la gratitud de aquel á quien ha hecho la honra de elegir para su Secretario.
Federico Asenjo.
INTRODUCCION.
Cosa sabida es por todo el mundo que los pueblos, como los individuos, tienen su infancia, su juventud, su edad viril y su vejez; y que en cada una de estas épocas, lo mismo que el hombre, cambian de faz, aunque conservando siempre ciertos caracteres que constituyen la fisonomía especial de cada uno, y tambien el carácter moral que les es propio.
El hombre tranquilo y circunspecto, que ocupa un lugar distinguido en sociedad por su juicioso proceder, no deja de ser el mismo niño jugueton y travieso que en otro tiempo era el disgusto de sus padres; pero la edad le ha hecho variar de condiciones y sus usos y costumbres han cambiado, si bien conservan siempre cierto sello particular que distingue su individualidad. Es el mismo hombre que fué desde que nació, pero no tiene ya ni la vivacidad de la niñez, ni la impetuosidad de la juventud: sus impulsos violentos se han calmado, sus mismas pasiones se han apaciguado algun tanto. Su genio, por mas que un adagio vulgar diga que
genio y figura
hasta la sepultura,
su genio, repito, ha decaido mucho; sin que por todo eso, deje de reconocerse constantemente el mismo hombre.
Tal es la obra lenta pero segura del tiempo, que todo lo muda y lo trastorna todo sin permitir, por lo comun, que ni aun nos apercibamos de ello. Y esa obra se realiza sin intermision, no solo en el hombre, sino tambien en todo lo que le rodea; desde la tierra que cambia de naturaleza, sin cambiar de lugar ni de fisonomía, digámoslo así, y el mineral que acrece y muda de faz sin mudar de naturaleza; hasta el árbol que tiene en su vida las mismas épocas que el hombre en la suya y el animal que se aproxima mas á este; y el mar inmenso que rodea la tierra y que muda sin cesar de aspecto siendo no obstante el mismo en todos tiempos; y el cielo hermoso que nos cubre y que aparece frecuentemente á nuestra vista con distintas faces, por mas que sea siempre el espacio infinito en que se pierde la razon del sábio.
Los pueblos se hallan tambien sugetos á esta ley; y por eso los vemos cambiar de faz á medida que pasan años; y mudar de condiciones segun van recorriendo las diferentes épocas de su vida, mucho mas largas por cierto que las de la vida del hombre. Este pueblo, sencillo y frugal en otro tiempo, apenas conserva algunos restos de su pasada sobriedad; aquel otro de carácter alegre y bullicioso, rie todavia y se regocija, pero con cierta compostura que le era antes desconocida; este otro casi no conserva nada del carácter melancólico que distinguia á sus hijos, en medio del estruendo de los negocios que hoy le ocupan; pero en medio de todos estos cambios y mudanzas, que ya desde la época del célebre orador romano hacian exclamar á los viejos ¡O tempora! ¡O mores! y que continuan todavia, apesar de los diez y nueve siglos transcurridos, haciéndoles exclamar ¡Qué tiempos aquellos! refiriendose á los de su juventud; esos cambios y mudanzas, vuelvo á decir, se llevan á cabo sin que los pueblos dejen de ser los que son y sin que dejen de conservar siempre algo que distingue á cada cual de ellos de todos los demás que cubren la superficie de la tierra.
Ese algo, que forma la distincion, lo constituyen los usos y costumbres, así como tambien las tradiciones.
La tradicion es para un pueblo lo que la memoria para el hombre.
Si la memoria es infiel, el hombre no sabe dar cuenta de los hechos que ha visto sucederse.
Si la tradicion no es verídica se pierde la memoria de los acontecimientos que la historia no ha sabido, ó no ha querido, ó no ha podido conservar; y como que, en tratándose de la vida de un pueblo, los hechos cambian á medida que la edad de aquel varia, de aquí el que, á la vuelta de los años que componen la vida de dos ó tres generaciones, se pierda la memoria de sucesos muy vulgares; ó cambie de tal modo su recuerdo que ni remotamente pueda nadie darse cuenta de lo que fueron los hechos en su orígen.
Esto es lo que mas generalmente acontece con los usos y costumbres populares; porque llamados unos y otras á variar constantemente, en proporcion de las variaciones que sufre el estado de adelanto ó de atraso del pueblo á que pertenecen, llegan á alejarse á veces tanto de lo que fueron en su principio que difícilmente se reconoce su modo primitivo de existencia.
Por eso yo creo que mientras mas varien los usos y costumbres de un pueblo, mas empeño debe este poner en conservar incólumes las tradiciones que á ellos se refieren; y procurar que, á traves de las alteraciones que esperimentan con el tiempo, se trasluzca siempre con toda claridad el punto donde nacieron y la forma que tuvieron al comenzar.
Quizas parecerá á mis lectores que no merecen la pena de que se les consagre una atencion tan especial los usos y costumbres; pero, si así pensaran, bastaria para convencerles de lo contrario, recordarles que por solo las variaciones de los usos y costumbres se puede conocer la historia entera de un pueblo; y que el carácter y las condiciones de cualquier pueblo se hallan retratados en sus usos y costumbres.
Ciceron escribió un libro sobre las costumbres en que dejó pintado el pueblo romano; y Voltaire nos ha dejado un "Ensayo sobre las costumbres" en que trata de reseñar las diferencias que separan entre sí á todos los pueblos de la tierra y los puntos de contacto en que se unen.
Yo voy pues á reseñar algunos usos y costumbres de este hermoso país, que tan desconocido es hasta para muchos de los mismos que lo habitan; y no solo reseñaré algunos de los mas culminantes, sino que lo haré comparándolos en diversas épocas de la vida de este pueblo, para que pueda formarse juicio de sus progresos ó retrogadaciones; y se conciba la marcha que ha traido de algunas décadas á esta parte.
Este trabajo, pues, que no me atrevo á llamar libro, no será simplemente una crónica, por mas que no tenga pretensiones de ser historia; será sí la tradicion escrita, tal cual la hemos oido de nuestros padres, segun se la refirieron nuestros abuelos; y segun consta de algunos documentos incoherentes que la casualidad ha puesto en mis manos cuando la necesidad ó la ociosidad me han obligado á revolver algunos archivos.
Empero, para que la tradicion, que he tratado de tomar desde su orígen, pueda ser continuada sin interrupcion, no solo me concretaré á la parte histórica de las Fiestas de San Juan, sino que trataré de describir, lo mejor que me sea posible, las que se celebren en este año.
El San Juan, como vulgarmente hemos dicho siempre, ha sido en todos tiempos, una fiesta tan popular en esta ciudad, tan peculiar de esta poblacion, y ha ofrecido una fisonomía tan especial, que examinándola con algun detenimiento podriamos concluir por conocer esta localidad.
Así como los juegos olímpicos de la antigua Grecia demostraban la necesidad que aquel pueblo esperimentaba de tener hombres fuertes y ágiles para la guerra; las carreras de San Juan ponen de manifiesto la necesidad que este pueblo ha esperimentado siempre de poseer buenos caballos que no se arredren ante los frecuentes obstáculos de su erizado suelo.
Así como los Israelitas y los Romanos y los Normandos y los Francos celebraban con júbilo y alegría la conmemoracion de hechos de grande importancia en su vida, así tambien los Puerto-riqueños ven con júbilo las alboradas que les recuerdan hechos no menos gratos que eran el consuelo de esta poblacion en épocas tristes y azarosas; como tendrán ocasion de verlo los lectores mas adelante.
Y aun la suprimida vela tuvo tambien su razon de ser, y hubiera podido quedar justificada, á no habérsela hecho degenerar en demostraciones poco dignas de un pueblo que con razon se precia de culto y de avanzado.
Por lo visto, el lector comprenderá que me prometo hacerle conocer las fiestas de San Juan, tales como han sido en otros tiempos y cuales son en los presentes. Fáltame solo que mis fuerzas correspondan á mis prometimientos; que no por ser el asunto alegre y al parecer ligero, deja siempre de ser difícil en extremo el llenar cumplidamente el papel de cronista verdadero y no cansado.
Espero que mas que mi poca disposicion, contribuirá á ello en mucha parte el entusiasmo que por todas partes se nota y que comunicará á mi tosca pluma la vida y la animacion de que de otro modo careciera.
I.
Ojeada restrospectiva.
San Juan Bautista fué declarado Patron de la Isla, tal vez por el nombre que á esta habia dado el Almirante Colon al descubrirla en 16 de Noviembre de 1493, quizás por el de la Reina que entonces se sentaba en el trono de las Españas, que nada dicen sobre ello las historias; pero es lo cierto que al expedir su primera pastoral en Sevilla el 26 de Setiembre de 1512 el Sr. D. Alonso Manso, primer Obispo de esta diócesis, trasladando la bula de ereccion de nuestra Santa Iglesia, declara que esta se levanta á honra del dicho Sr. San Juan; y como tal patrono fué desde entonces y ha sido siempre reconocido el Divino Precursor.
Sin embargo de esta declaratoria, no aparece que, en el primer siglo transcurrido desde la citada fecha, se celebrara la fiesta del patron San Juan ni aun con el culto que debiera haberle dado la Iglesia que se habia puesto bajo su advocacion; y mucho menos con fiesta ni regocijo alguno público y profano. Verdad es que en aquellos tiempos primitivos harto tenian que hacer nuestros valientes antepasados con atender primero á los caribes y despues á los corsarios que constantemente los tenian en jaque; y el poco tiempo de paz y tranquilidad que podian gozar lo necesitaban demasiado, ya para el laboreo de las minas, ya para la labranza de la tierra, ya tambien para construirse las pobres habitaciones en que se albergaban; sin que pudieran por lo visto pensar en diversiones.
Así se pasó un siglo ó poco mas, sin que nadie se acordara al parecer del Santo Patron, ni aun el mismo Obispo que le escogió como tal, ni su sucesor el Maestro D. Fray Manuel de Mercado, hasta que en 1637 ó 38, que no sabemos á punto fijo la fecha, el Gobernador, de buena memoria para esta Isla, D. Iñigo de la Mota Sarmiento hizo reconstruir el crucero de la Santa Iglesia y echar á esta una cerca, solicitando al efecto la cobranza de deudas que por su antigüedad se creian incobrables; y el Cabildo eclesiástico, reconocido á estos beneficios, se obligó perpétuamente á decirle una misa cantada todos los años al Sr. San Juan Bautista en su dia, en obsequio de la devocion especial que por él tenia el indicado Gobernador.[1]
Con la fiesta religiosa de San Juan y tal vez por afecto á D. Iñigo de la Mota Sarmiento, que fué muy querido y muy llorado por esta poblacion, nacieron probablemente las fiestas populares de San Juan; pero nada nos dicen ni la historia ni la tradicion, y solo lo supongo porque componiéndose las fiestas primitivas de este pueblo de danzas, toros y cañas, aparece que ya en 1644 se celebraban para San Antonio, que es en un dia del mes de Junio, como lo atestigua el Sr. Obispo D. Fray Damian Lopez de Haro en su carta á Juan Diaz de la Calle.[2]
Las corridas de toros y cañas debieron empezar á efectuarse por los años de 1610 ú 11, y se hacian en su principio solo en honor de Santiago, por disposicion del Gobernador don Gabriel de Rojas.
En medio de la oscuridad que se sigue á la poquísima luz que sobre las fiestas de San Juan proporcionan estos ligeros apuntes, únicos que se encuentran al asunto referentes en los pocos documentos que se conocen relativos á Puerto-Rico, es sin duda permitido suponer que el orígen de las carreras de caballos data de la época en que se establecieron las corridas de toros y cañas; y que probablemente las primeras de estas se suprimieron, andando el tiempo, por la dificultad de encontrar animales propios para ellas; y las segundas se convirtieron solo en carreras para dar mas soltura á la ligereza de los caballos indígenas que necesitan libre rienda y ancho espacio para lucir su gallardía y excelente paso.
Y difícil seria salir de una hipótesis cualquiera, mas ó menos fundada, en lo relativo á la época que hemos pasado, porque el holandés Boduyno Henrico arrasó con el fuego todos los archivos de la ciudad en 1625.
Continuando el siglo diez y siete, las fiestas de San Juan y algunas otras notables del año hubieron de regularizarse hasta el extremo de hacerse fiestas votivas para el Ayuntamiento de la Ciudad, al cual se le concedió por los años de 1685 ú 87 (que no consta con exactitud la fecha) el impuesto de un maravedí en cuartillo de aloja y ocho en el de aguardiente para cubrir, entre otras atenciones, las de las citadas fiestas: ese impuesto, que solo se concedió en su principio por seis años, fué prorrogado por igual tiempo en 1693 y volvió á serlo en 1702 y en 1709 y en 1714, como aparece de una carta real fechada en Sevilla á 13 de Diciembre de 1730 y dirijida al Concejo, Justicias y Regimiento de esta Ciudad.
Las fiestas votivas á que se ha hecho referencia, eran las de la Purificacion de Nuestra Señora, el Corpus Christi, San Juan, Santiago y Santa Rosa; y en tres de ellas se efectuaban sin duda carreras de caballos, á juzgar por lo que dicen los historiadores que copiaré dentro de poco; pero un acuerdo del Ayuntamiento de 30 de Junio de 1778, que he tenido ocasion de consultar, hace conocer que las de San Juan se celebraban con especial solemnidad, desde tiempo inmemorial (tal vez desde que empezaron, á fines del siglo XVII) no solo como honor debido al Santo Patron, sino tambien como prueba de feudo vasallage al Soberano de las Españas. Y en efecto, en dicha fiesta no solo se celebraba solemne funcion de iglesia con vísperas, rindiéndose guardia de honor al Santo, en el tabernáculo en que se colocaba; sino que en los dias 24 y 25 de Junio se llevaban á sus piés las llaves de la ciudad, "en reconocimiento á su soberana proteccion," como lo dice el acuerdo consultado. Por su parte los regocijos públicos eran tambien de un carácter especial que los distinguia completamente de las demás festividades votivas: efectuábanse carreras de caballos desde la víspera de San Juan hasta el dia de San Pedro, en que tenian participacion todos los habitantes, bien como ginetes, bien como espectadores que se convertian en actores dando ó respondiendo las chanzas mas ó menos agudas que entre unos y otros se cruzaban.
Oigamos como describe estas carreras el único historiador de la Isla, Fr. Iñigo Abad de la Sierra, que escribió su historia quizás en el mismo año en que fué tomado el acuerdo del Cabildo que acaba de citarse.
"Las fiestas principales, dice el ilustrado historiador, las celebran tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de San Juan, San Pedro y San Mateo.[3] La víspera de San Juan al amanecer entra gran multitud de corredores que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos: cuando dan las doce del dia salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases montados en sus caballos enjaezados con toda la mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan las sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquitero de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata: algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género adornándolos con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.
"Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la víspera de San Juan salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo comun son de los amigos ó parientes de una familia; dan vueltas por toda la Ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros y continúan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético que corre por todas partes.
"No obstante la confusion y tropel de la corrida, rara vez sucede desgracia alguna y si ocurre algun azar es á algun Español que encontrándose con el peloton de corredores al volver alguna esquina, no sabe evitar los encuentros con la destreza que los criollos. Estos, aunque el caballo corra á toda carrera, dejan sueltas las riendas sobre el arzon de la silla, los brazos cruzados, fumando su cigarro, diciendo algunas gracias á las de las ventanas y á las que corren. Al llegar á las esquinas que han de doblar, llaman al caballo con aquella rienda, y aunque vengan muchos por la misma calle, saben pasar por medio de los pelotones sin tropezar con nadie. Las mugeres van con igual ó mayor desembarazo y seguridad que los hombres, sentadas de medio lado sobre sillas á la gineta, con solo un estribo. Llevan espuela y látigo para avivar la velocidad de los caballos, de los cuales algunos suelen caer muertos sin haber manifestado flaqueza en la carrera y todos quedan estropeados y sin provecho para mucho tiempo; verdad es que todo el año los cuidan con esmero para lucirlos en estas fiestas[4].
"No toda la carrera es tumultuosa y confusa: á las nueve del dia sale el pendon de la ciudad acompañado del Cabildo, Nobleza y Oficialidad, de la tropa; dos compañías de caballería, presididos del Gobernador; este paseo se ejecuta con toda pompa y buen órden, y en él lucen las galas, palafrenes, jaeces, criados y caballos. Va por las calles principales de la Ciudad, y en una de ellas corren parejas por su órden, despues de las cuales llevan el pendon á la Catedral, que recibe el Cabildo eclesiástico y vuelve á despedir despues de la misa mayor, que lo restituyen á la Casa de la Ciudad con toda la ostentacion posible, sin que por este acto tan circunspecto y magnífico se suspendan en las otras calles las carreras, voces y zambra con que las gentes desahogan su extremado regocijo ó loca pasion, que reina aquel dia."
Otro escritor,[5] francés de orígen y que no tuvo motivos para conocer la isla como el historiador que acabo de copiar, de acuerdo sin embargo en casi todo con él, aunque no pudo conocerle ni es probable que tuviera noticia de su obra, escribia lo siguiente en 1797.
"Sábese cuanto gustan á los Españoles las fiestas y las ceremonias públicas. En Europa son aficionados á las corridas de toros; en América á las carreras de caballos. Hacia dos dias[6] que este último espectáculo ocupaba á la Ciudad entera, que me pareció convertida en un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habian concurrido para esta diversion. Imagínense tres ó cuatrocientos caballeros, enmascarados ó vestidos con trages extraños, corriendo sin órden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos numerosos. Por aquí muchos petimetres disfrazados de mendigos divertian á los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrian y el rico arnés de los corceles que oprimian; por allá levantaba una polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcia á su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid; todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y seductor porte, como por la velocidad de su palafren. Dudo que nuestras bellas de Paris puedan disputar con las amazonas de Puerto-Rico el arte de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote ni el galope ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que el ojo mas atento no puede seguir el movimiento de sus patas.
"Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las principales fiestas del calendario romano, especialmente las de Páscuas, San Juan, Santiago, San Mateo[7]. Desde la víspera viene á la Ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los juegos comienzan á medio dia precisamente y continúan sin interrupcion hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertos y hasta los techos llenos de curiosos; por todas partes se oyen risas, provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al dia siguiente la fiesta toma un carácter mas sério. El Gobernador, seguido de los miembros del Cabildo[8], de la oficialidad, de la nobleza, escoltado por la guarnicion, todos á caballo y ricamente vestidos, sale á las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirije en seguida hácia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa, terminada la cual vuelve en el mismo órden á la casa consistorial; y entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran hasta por la noche, aunque esta no siempre da la señal de retirada."
Esta última parte de Mr. Ledru, como la última tambien de los párrafos tomados á Fr. Iñigo, se refiere á un dia en particular, que no era otro que el de la festividad del Santo Patron.
En medio de la algaraza y gresca generales habia algunas horas de intérvalo en la mañana del dia de San Juan, en las que la fiesta tomaba un carácter sério y hasta magestuoso, en tanto que el pendon Real paseaba las calles de la Ciudad, que con esa demostracion rendia un tributo de homenage al Soberano, segun la antigua usanza de los tiempos feudales que todavia se conservaba en todas las provincias de la nacion.
Hallábase el pendon depositado en las Salas Capitulares y el dia indicado, reunido el Ayuntamiento en el mismo local pasaba en cuerpo á buscar al Regidor Alférez Real, que era el que levantaba aquella insignia y despues al Gobernador Superior, Presidente de la Corporacion, volviendo en seguida á la casa consistorial. Frente á esta, y de antemano, esperaban en la plaza los principales funcionarios, la oficialidad de la guarnicion, los escribanos y las personas mas notables de la poblacion, caballeros en los mas briosos corceles que podian encontrar, pues era lujo lucir los de mejor paso y gallardía.
Tomado el pendon por el Alférez Real, á presencia de toda la Corporacion que le escoltaba, á manera de guardia de honor, montaban todos los individuos que la componian y se ponia en marcha el cortejo, seguido de una compañia de milicias de caballería, recorriendo en forma procesional las principales calles de la Ciudad. Terminado el paseo, se situaban el Gobernador y Ayuntamiento en un palco ó tribuna que al efecto se levantaba, lujosamente engalanado, al extremo de una de dichas calles, que en el siglo pasado era la de la Fortaleza y posteriormente fué la de San Sebastian; y daban principio las carreras de caballos, en parejas de á dos, comenzando por los miembros del Ayuntamiento y concluyendo por los últimos soldados de la escolta.
Escusado es que yo diga que la poblacion entera concurria á presenciar esta fiesta, agolpándose en las avenidas de las calles que confluian á la en que aquella se celebraba, y llenando las puertas y balcones de las casas que ostentaban vistosas colgaduras. Aun recuerdo, tal vez confusamente si bien con todo el grato placer que producen en el alma las memorias de los alegres dias de la infancia, que mi casa, situada en la calle de la fiesta, se llenaba, como todas las del vecindario, de amigos invitados que compartian aquel dia nuestro almuerzo, y nos exijian, como de rigor, el tradicional manjar-blanco. Y eso que yo solo alcancé el último de los años en que se celebró la fiesta del pendon.
Terminadas las carreras, volvia el cortejo á ponerse en marcha y se dirijia á la Catedral; allí el Alférez Real tomaba su puesto al lado izquierdo del Preste durante la procesion y despues del Presidente del Ayuntamiento mientras la misa: en tanto que esta duraba, el pendon permanecia en el presbiterio, al lado del Evangelio; y concluido, era tomado de nuevo por el Alférez Real y conducido con la misma pompa á la casa de Ciudad, en cuyos balcones ondeaba despues por el resto del dia.
Los Alféreces reales y los Regidores que los suplian en vacantes, ausencias ó enfermedades, competian en dar cada cual mas esplendor á esta fiesta; y no se reducian á lo oficial, por decirlo así, sino que, terminado el acto, obsequiaban á los concurrentes con un espléndido refresco; y en la noche del mismo dia, ó en la del siguiente generalmente, daban baile en su casa.[9] Este baile era por lo comun el anuncio de los que despues seguian hasta el 30 de Agosto, en que se celebraba la fiesta de Santa Rosa, como patrona de las Indias; aunque aquella diversion no era tan frecuente como lo es en nuestros tiempos, sin duda porque las gentes de aquella época, aunque aficionadas á Terpsícore, estaban mas bien que por el dulce merengue, como hoy se dice, por el movimiento del caballo; puesto que si los bailes no eran frecuentes, las carreras se repetian bien amenudo, como lo dicen los escritores que he citado.
Además de estas fiestas, se efectuó indudablemente desde principios ó mediados del siglo pasado la que se conoce con el nombre de alborada de la leche, que á tan malos términos la hemos visto llegar en la década anterior á la presente. A juzgar por las medidas de policía que se tomaron por los años de 1780 y 81, esta fiesta nació de que los forasteros que concurrian á las carreras llegaban generalmente á la ciudad en la madrugada de la víspera de San Juan y sus amigos salian á recibirlos al campo de Puerta de tierra, cosa por cierto bien natural en tiempo de tanta franqueza y en que era costumbre general dejar el lecho antes que la aurora derramara sus rosados resplandores.
Pero es el caso que á la misma hora llegaban tambien al mismo sitio los jíbaros que traian frutos para el mercado y mas especialmente los espendedores de leche; y detenidos estos unas veces por los ginetes que se les adelantaban impidiéndoles el paso; y chasqueados otras los que salian de la Ciudad al ver que no llegaban las personas que iban á recibir; se amostazaban unos y otros, prorumpiendo los mas fogosos en dichos agudos é inocentes que eran aplaudidos por toda la concurrencia y adelantándose algunos á lanzar picantes epígramas que no quedaban sin contestacion. Y como que el camino de la burla es resbaladizo de suyo, pronto de los dichos se pasó á los hechos; y se lanzaban de una á otra parte proyectiles que la decencia no debió permitir siquiera que se tomaran en las manos, como no permite tampoco el que se nombren.
Andando el tiempo esta diversion llegó á verificarse con música; pero los que salian no eran ya los amigos que iban á recibir á sus amigos, sino los chiquillos que iban á impedir, con obstáculos poco limpios, el paso de los jíbaros; y algunos curiosos que encontraban en ello una diversion que no lo era desde el momento en que ocasionaba perjuicios á un número considerable de individuos.
Por fortuna la última vez que recuerdo esta diversion de algunos años á esta parte, lejos de ofrecer el aspecto repugnante que tenia en el tiempo que acabo de indicar, fué por el contrario un obsequio hecho á muchas señoras y señoritas distinguidas que tuvieron la complacencia de ir á tomar el café en una de las glorietas del paseo de Puerta de tierra, que estaba preparada para este objeto. Reunióse una numerosa y escogida concurrencia; y la novedad de esta especie de ribota, así como el atractivo de la música, distrageron al público de su anterior costumbre.
II.
Alternativas del San Juan.
Ya los lectores conocen lo que fueron las fiestas del Patron en sus primeros tiempos y hasta terminar el siglo pasado.
Funcion religiosa, el paseo del pendon y las carreras de caballos. ¿Quién no trasluce á traves de estas tres simples cosas todo el carácter de aquella sociedad que vivia en nuestro país, como habia vivido la de Europa en plena edad media? Dios, el Rey y la patria, tomada esta en la estrecha acepcion de la provincia, (lo que no era extraño en las prácticas feudales) eran en resúmen el significado de aquellas tres clases de fiestas que componian el conjunto de las de San Juan. Imposible era en verdad que gentes, no solo tan religiosas sino hasta tan respetuosas como las de aquella época, en todos los actos de su vida, de cualquier género que fueran, no comenzaran por volver los ojos hácia el cielo y dar gracias ó impetrar la clemencia del que todo lo rige. Los hombres que entonces dirijian, sinó los destinos, por lo menos la vida cuotidiana de este pueblo; aquellos que formaban el respetable cuerpo que se conocia bajo el significativo título de Concejo, Justicias y Regimiento de Puerto-Rico, juzgaban que su primera demostracion de homenage debia ser ofrecida al Santo bajo cuya advocacion se habia levantado la ciudad, para obtener así su favorable intercesion ante el trono del Omnipotente; por eso se apresuraban desde la víspera de San Juan á ir á presentar á este las llaves de la ciudad como el mejor testimonio de que se reconocian colocados bajo su especial proteccion. Acto sencillo pero solemne que envuelve en sí un no sé qué de ternura respetuosa que conmueve las fibras del sentimiento hasta en el alma mas descreida.
Despues venia el acto de vasallage á aquel bajo cuya proteccion vivian en la tierra; y el paseo del pendon no era mas que un tributo de homenage rendido al Soberano que regia los destinos de esta Isla.
Por último, le tocaba su vez al país. Apesar de que en mas de una ocasion y muy generalmente, aun por personas de buen criterio, he oido criticar las carreras de caballos como una diversion casi salvaje, creo que las carreras formaban la principal fiesta del pueblo porque envolvian en sí el remedio de una gran necesidad que aquel esperimentaba, sobre todo en aquellos tiempos; y la conviccion íntima de esa necesidad trabajaba quizás mas que la tradicion en conservar el medio de subvenir á ella, sin darse razon ni aun los mismos que lo hacian, como amenudo acontece con todo aquello en que interviene el público.
Mas adelante tendré ocasion de volver á presentar á mis lectores este asunto que, en mi humilde juicio, constituye la esencia ó por lo menos la razon de ser de las carreras de San Juan.
Pasemos ahora al objeto de este capítulo.
No obstante el esplendor y realce que se ha visto trataba de dar el Ayuntamiento á las fiestas de su Santo Patron, no por esto se libraron estas de sufrir las alternativas que tan propias son de todas las cosas humanas; y ya en el año de 1778 fué tan grande la desanimacion que reinó en el público, á consecuencia de la falta de asistencia de los principales funcionarios, de la oficialidad y de las personas visibles, que el Ayuntamiento creyó oportuno elevar su voz hasta el Trono y esponer á S. M. los perjuicios que irrogaria á la poblacion y á la Isla entera la falta de la fiesta; porque habian quedado "desanimados estos moradores y naturales y totalmente desmayados en la crianza de sus caballos, con el esmero que lo habian acostumbrado para lograr una ventajosa estimacion y utilidad del público, objeto que les obligaba á encarecer su peticion de que no tan solo no se dejasen decaer las fiestas de San Juan, sino que, por el contrario, se observara en este asunto el estilo de tantos años pasados."[10]
El acta capitular en que consta esta peticion, tomada sin duda alguna en medio de la impresion desagradable que esperimentara la Corporacion, revela, entre otras cosas, que la desanimacion pública era tal que, aun la víspera del dia de San Pedro en que tanto se corria antes y se corrió despues, no habia habido carreras.
El Rey se sirvió declarar obligatoria[11] para todas las Corporaciones y funcionarios civiles y militares la concurrencia á las fiestas religiosa y del pendon; pero, sin embargo de esto, las diversiones decayeron mucho en los años subsecuentes y fué necesario que transcurrieran algunos y que se presentara un acontecimiento tan estraordinario como el del sitio puesto por los Ingleses á esta plaza, para que las carreras volvieran á ser lo que antiguamente fueron y tuvieran toda la animacion que vió en ellas el naturalista Mr. Ledru.
Al comenzar el siglo XIX las fiestas de San Juan estaban probablemente decaidas, apesar de que las carreras de caballos fueran siempre concurridísimas; pero, en cambio, esta clase de diversion iba concretándose á solo las fiestas del Patron y fué poco á poco dejando de correrse para San Mateo y aun para Santiago, cesando de hacerse definitivamente en estos dos últimos dias cuando apenas habian transcurrido diez ó doce años del presente siglo; y de tal manera se desistió de ello que no pudo conseguirse el que volviera á correrse en el dia de Santiago, no obstante los esfuerzos que para ello hicieron muchos aficionados algunos años mas tarde.
Como era consiguiente, concretadas las carreras de caballos á solo la fiesta de San Juan, ó mejor dicho á la víspera y dia de este santo y víspera y dia de San Pedro, notábase mas animacion para ellas; y las candeladas, ú hogueras en las esquinas de las calles, que venian de tiempo inmemorial y habian caido en desuso casi completamente, volvieron á encenderse con mas ardor en las noches de aquellos dias; no pareciendo sino que el deseo con que cada año se esperaba la fiesta avivaba la llama de aquellas.
En el segundo año de este siglo, ó sea el de 1801, un nuevo motivo, extraño del todo á las fiestas del Santo Patron, fué sin embargo causa de que tomaran estas un esplendor cual nunca se habia conocido, haciendo á la vez que su recuerdo conservara por mucho tiempo vivo el ardor de estos habitantes para celebrar el San Juan. En dicho año, y no antes, porque segun aparece de las actas capitulares, no fué posible efectuarlo, el Ayuntamiento de la Capital dispuso celebrar la victoria que este pueblo habia obtenido en 1797 sobre los Ingleses que sitiaron la Ciudad, al mismo tiempo que demostrar su gratitud por las gracias que el Soberano concedia á la Capital, á consecuencia de dicha victoria, entre las que se cuenta la del título de Muy noble y muy leal con que hoy se distingue. Unióse á estas funciones la de la inauguracion de la nueva Casa Consistorial que se habia terminado por la misma fecha y que es la que hoy existe, aunque bastante reformada; y con tales motivos, designados los dias de Julio que median entre San Pedro y Santiago para la fiesta de la conmemoracion de la victoria, hubo sin duda aquel año una fiesta no interrumpida desde los primeros de Junio hasta los primeros de Agosto, ó quizás hasta los últimos de este último mes, en que se celebra á Santa Rosa.
No he podido encontrar documento alguno ni crónica que describa estas fiestas, ni la tradicion conserva, que yo sepa, (y he hecho diligencias por averiguarlo) recuerdo alguno del éxito que tuvieron; pero es de suponerse que fueran espléndidas porque la concurrencia de forasteros á la Ciudad fué tal que hubieron de levantarse viviendas provisionales en todos los barrios altos de la Capital; y hallándose muy escasos los artículos de subsistencia, hasta la misma carne, el Gobierno se vió obligado á disponer que se formara un padron de vecinos y los que no lo fueran de esta localidad volvieran á la suya en un término que excedia al de los dias de las fiestas. ¡Medida sensible por lo que afectaba al ensanche y engrandecimiento futuros de esta poblacion!
En este año tuvo orígen la vela, segun los datos que me suministró un honrado y alegre anciano cuya memoria recuerdo siempre con gusto; la vela, que no pueden menos de recordar todos aquellos que, como yo, puedan por desgracia hacer memoria de los sucesos acaecidos en las tres últimas décadas, era, segun yo la conocí, una silva, una demostracion de burla hecha á las personas que pasaban por la calle y especialmente á los forasteros que venian á las fiestas y que encontraban un recibimiento descortés en lugar de la amistosa hospitalidad que debia dispensárseles, y que se les daba sin duda pero amargándola con frecuentes y descompasados gritos que casi les impedian salir á la calle en los dias anteriores á la víspera y festividad del Patron, en los que por fortuna cesaba semejante demostracion. La vela, frase que en su principio debió tener el verbo en plural y decir por lo tanto vedla, era un espectáculo tan grotesco como original que no se concibe en un pueblo de tan buenos sentimientos y de tan honrado corazon como el de Puerto-Rico: hoy que ha pasado completamente, no se explica que por todas partes se encontraran gentes dispuestas á burlarse de todo el que veian pasar por delante de la puerta de su casa, usando para ello de instrumentos desagradables, como el cuerno, el fotuto, los almireces empleados como campanas, matracas y todo lo que formara ruido inarmónico y descompasado. Con dolor es necesario confesar que estábamos mal educados todavia; si bien debemos regocijarnos de lo que en este camino hemos adelantado.
¡Y cuán distinta cosa era esta grosera burla de lo que habia sido en su principio la vela! Acostumbrado este pueblo en aquellos tiempos á vivir casi en familia, sus actos llevaban un sello de franqueza que no puede hoy existir, pero que no por eso deja de ser lamentable que no puedan tenerlo. Aquellas buenas gentes que ya hemos visto que desde casi mediados del siglo pasado salian á Puerta de tierra á recibir á sus amigos que venian á las fiestas, conservaban todavia esta costumbre en 1801; pero como la inmigracion fué estraordinaria en este año y siendo los medios de locomocion muy escasos no todos hubieron de ponerse en marcha cuando lo pensaron, sucedia frecuentemente que los que esperaban se llevaban chasco mas de una vez no viendo llegar á los que eran esperados; y cuando al fin los descubrian bien en el sitio designado ó á la puerta de sus casas, eran sorprendidos agradablemente y prorumpian en aclamaciones de júbilo, en las que casi siempre tomaban parte los vecinos, porque los vecinos en aquella época gozaban del derecho de entrar y salir en las casas contiguas como en la suya propia, tomando parte en las alegrías y en los pesares de la familia. ¡Qué tiempos y qué costumbres! Verdad es que, echadas en una balanza las ventajas y los inconvenientes de semejantes franquezas, no sé en verdad cual de los dos platillos seria el que apareciera mas recargado, por mas que hoy tronemos contra los abusos de aquella costumbre, sin tener en cuenta que nuestros abuelos, al contrario de nosotros que nos movemos mucho, nacian, vivian y morian en una misma casa; y como de igual modo procedian el que vivia enfrente y los que vivian á los costados, los vecinos que tenian tanta franqueza no eran en resúmen mas que cuatro ó seis amigos verdaderos, como quizás no se encuentran hoy. A esas demostraciones de júbilo solia agregarse de vez en cuando una música, aunque no fuera muy armoniosa; y hé aquí lo que engendró la vela, que el tiempo y quizás el cambio de costumbres se encargaron de degenerar, hasta el extremo de convertir en una cosa, por lo menos inaceptable, lo que en su principio fué sin duda laudable; una muestra de afecto propia de aquellos tiempos y de aquellas gentes. Por fortuna nuestro pueblo que, sin perder su natural bondad, va adquiriendo cada dia mas cultura ha rechazado hace ya muchos años esas burlas incalificables y nada tendré por tanto que decir de ellas como cronista.
En los años de 1802 y 1803, las fiestas de San Juan decayeron algun tanto, por consecuencia de que ni el Ayuntamiento ni el público concurrieron á las funciones religiosas, á causa del mal estado de la pequeña parte del templo que hacia de Catedral, por hallarse esta arruinada á consecuencia de temporales sufridos, y sabido es que el pueblo de Puerto-Rico ha antepuesto siempre á todo sus sentimientos y sus prácticas religiosas; pero rehabilitada, aunque no del todo, la Iglesia, en 1804 volvieron á continuar las fiestas de San Juan, sin otra innovacion en los años subsiguientes que la de la introduccion de las alboradas, de que tendré ocasion de ocuparme mas adelante; y así se conservaron con mas ó menos auge, con mas ó menos animacion, hasta estos últimos treinta años en que han sufrido las variadas peripecias que se verán en el capítulo siguiente.
III.
El San Juan en el presente siglo.
Poco despues de los años en que quedó el relato al terminar el anterior capítulo y cuando aun no habian corrido mas que veinte del presente siglo, la poblacion de la Isla tuvo un aumento repentino y de notable consideracion, producido por las emigraciones, primero de la parte francesa de la América del Norte, y despues de los paises situados á orillas del mar Caribe en la América del Sud. Esas emigraciones trageron á la vez que capitales y conocimientos, que hicieron tomar un desarrollo inesperado al trabajo de la Isla, un grado de cultura superior sin duda al de esta sociedad, que harta tenia en medio del aislamiento en que se encontraba, y que tuvo el talento de apropiarse muy pronto los adelantos que se le entraron por las puertas cuando menos lo imaginaba.
El número de familias que llegó á la Isla, por crecido que fuera y por mucha influencia que ejerciera en la prosperidad social y material del país, no fué sin embargo bastante para reformar las costumbres; y mucho menos los actos oficiales que figuraban como una de las mas importantes partes de las fiestas populares de esta ciudad, porque precisamente esos actos representaban principios por los que los emigrantes acababan de sacrificar su porvenir, su posicion, sus familias y todo cuanto puede constituir el bienestar del hombre sobre la tierra. ¡Rasgo sublime de abnegacion en aras del amor patrio, que me complazco en recordar con admiracion y respeto, por mas que él me obligue hoy á doblar mi humilde frente para buscar en el trabajo el alimento de mis hijos y el mio propio! Así pues las costumbres de este pueblo continuaron siendo lo que eran y las fiestas populares de San Juan se vieron cada vez mas animadas, merced al mayor número de individuos que en ellas tomaban parte; y que la tomaban con tanto mayor gusto cuanto que la diversion de las carreras se amoldaba bastante á los usos de su país.
El mismo aumento de poblacion y por consecuencia la necesidad de mayor número de caballerías para facilitar el mayor movimiento que aquel producia en el interior de la Isla, desprovista de toda clase de caminos que no fueran los de herradura y aun estos mismos en mal estado casi siempre, eran un nuevo estímulo para las carreras de San Juan, que sin propósito determinado y por solo la fuerza de la necesidad llegaron á ser, sin que nadie lo dijera, una especie de féria anual que estimulaba la crianza del ganado mejorando constantemente las razas de caballos.
Así pasaron algunos años, celebrándose en todos ellos las fiestas del Patron, sin que se introdujeran mas variaciones que aquellas que sin duda producia en cada año el mejor ó peor humor de los vecinos y por consiguiente la mas ó menos predisposicion para divertirse. Llegó empero el año de 1812 y con él la nueva forma constitucional que el Gobierno Supremo dió á la nacion, inclusas estas sus apartadas provincias; y variada por completo la organizacion del Ayuntamiento de esta Ciudad, como la de todos los demás del Reino, cesaron los actos públicos oficiales que se celebraban para San Juan y las fiestas tomaron entonces un carácter enteramente popular, al que en nada contribuyó por de pronto el Municipio, como no fuera en sostener las funciones religiosas que se efectuaban en obsequio del Santo tutelar.
Pasada la época constitucional volvió el pendon á pasear las calles de la Capital y los Alféreces Reales volvieron á festejar aquel acto con refrescos y bailes, como se habia acostumbrado hacerlo en los años anteriores; y este pueblo, tan sencillo como fiel y respetuoso, vió de nuevo, con la misma consideracion con que siempre la habia visto, aquella ceremonia que no era mas que un recuerdo de lo que de hecho habia dejado de existir.
Por esta época tuvieron orígen las alboradas como parte de las fiestas de San Juan; y al incluirlas en el número de estas sin duda que fué la intencion de perpetuar la memoria de acontecimientos que habian sido de grande importancia en su tiempo.
Sabido es que nuestra Isla fué considerada hasta principios de este siglo simplemente como un presidio y de consiguiente ni nunca se le permitió comunicacion de ningun género con los paises estrangeros, ni aun la misma Madre patria hacia con nuestra provincia otros negocios que el simple aprovisionamiento de que regularmente estaba encargada alguna de las compañías marítimas que, por un error económico, pretendieron ejercer un monopolio con la América, desde los tiempos de su descubrimiento. En tal estado, no teniendo comercio ni pudiendo nacer en el interior industria alguna, por carecer de estímulo para la produccion, la Isla languidecia constantemente, sin ofrecer recursos de ninguna clase á la poblacion que acrecia sin embargo cada dia, merced á la abundancia de la tierra; y las atenciones públicas se veian relegadas al olvido por la falta de medios con que cubrirlas, pues el país no daba ni podia dar rentas ni aun para las cargas personales mas perentorias.
De nada valió que allá por los años de 1768 y con motivo de los daños ocasionados por los terremotos sufridos en 1766, el Gobierno Supremo concediera franquicias á la importacion de provisiones; ni habia comerciantes que se hallaran en aptitud de hacer competencia á las compañías que tenian la esclusiva mercantil de América, ni el consumo de la Isla ofrecia sumas de suficiente consideracion para estimarse el beneficio. Penetrado de que no lo habia el Gobierno Supremo y no queriendo dejar abandonada á la Isla, dispuso que sus atenciones se cubrieran por las cajas de Méjico, las que hacian al efecto cada tres ó cuatro meses una remesa de numerario en cantidad suficiente para cubrir el presupuesto de esta antilla.
Estas remesas, que el pueblo conocia con el nombre de situados, sufrian casi siempre los retardos propios de las dificultades con que en aquella época luchaba la navegacion; y como que de ellas dependia el bienestar de muchas familias, especialmente en esta ciudad, centro de la administracion general de la provincia, no es extraño que fueran esperadas con toda la ansiedad propia de quien confia mejorar su situacion. Desde que se acercaba el tiempo en que se suponia que debia llegar el buque portador de la moneda, todo el mundo concurria con excesiva, pero justificada frecuencia, á las alturas de la poblacion, y se excudriñaba minuciosamente el horizonte, queriendo las miradas traspasar esa línea imaginaria que nos oculta un mas allá que nada sin embargo encubre. Y no solamente concurrian todos ó la mayor parte de los vecinos á interrogar con el deseo al impasible Océano, sino que á medida que se calculaba mas próximo el dia de la llegada de la nave, se establecian guardias que pasaban los dias y las noches en constante vigilancia, hasta que al fin eran coronados los deseos con el feliz éxito de ver aparecer en el horizonte un punto blanco que á proporcion que crecia ensanchaba los corazones de los espectadores. Cuando el buque era reconocido, la ansiedad se convertia en regocijo y grandes y pequeños, hombres y mugeres, niños y ancianos de todas clases y condiciones, porque para todos era una verdadera alegría, recorrian las calles, acompañados de una música y desahogando su entusiasmo con estrepitosos vivas y bulliciosa algazara. Y como esta escena se producia casi siempre en las primeras horas de la mañana, cuando la luz del alba dejaba distinguir la embarcacion, de aquí el orígen y el nombre de la alborada, que se conservó despues, segun he dicho, como un recuerdo, cuando ya las cajas de la provincia no necesitaron de auxilio extraño, merced al celo y amor patrio de un hijo ilustre de este suelo, el Sr. don Ramon Power, Vice-presidente que fué de las Córtes constituyentes de la Nacion en 1812, y al genio del Intendente D. Alejandro Ramirez que organizó económicamente la Isla, con un acierto digno de que nunca deje de tenerse por ejemplo.
Las alboradas quedaron pues reducidas á una especie de aniversarios festivos; que sin duda debian serlo en mayor grado para aquellas personas que habian tenido ocasion de apreciar lo que valia una de aquellas fiestas; y que lo fueron despues aun para aquellos que solo por tradicion alcanzaron la diversion. Andando el tiempo las alboradas fueron adelantando su hora de salida y ya no fué al romper el dia cuando dieron principio sinó que avanzaban á las horas de la noche, hasta llegar á las primas noches; y como no es posible que una diversion que solo consiste en recorrer las calles al sonido de la música y en medio de vivas y gritos de alegría se haga durar sin cansancio por muchas horas, sucedió y sucede que dando principio en las primeras horas de la noche no pueden prolongarse mas allá de la media noche, convirtiéndose así en una antítesis de su nombre.
Al llegar el nuevo período constitucional de los años de 1820 y 21 cesó otra vez la ceremonia del pendon, en solo los años que aquel duró; y volvió á reproducirse y conservarse desde 1823 hasta 1836 en que concluyó definitivamente, como se verá mas adelante. En este intérvalo de trece años, las fiestas populares de San Juan presentaron una progresiva animacion, que deja entrever sin duda la prosperidad material que tomaba la Isla; y la aficion creciente por las carreras de caballos, el deseo general de lucir los mejores animales de esta especie y la facilidad estraordinaria con que por consecuencia de las fiestas se hacian negocios de caballos, demuestran que cada vez se hacia sentir mas y mas la necesidad de esos animales para el movimiento interior de la provincia, que aumentaba rápidamente con el crecimiento de la poblacion. Esos trece años y algunos pocos mas, posteriores al de 1836, pueden considerarse como el período culminante de las antiguas fiestas del Patron; la vela, la alborada; los bailes, muchas veces realizados en algunas calles, bajo el ligero techo de lienzo de las enramadas que al intento se levantaban; y las carreras de caballos en las vísperas y dias de San Juan y de San Pedro, estas últimas de máscaras, formaban el conjunto de diversiones que constituian la fiesta del Patron, en la que solo intervenia el Ayuntamiento sosteniendo las funciones religiosas y conservando la ceremonia oficial del pendon que cada año se celebraba con mas pompa y solemnidad. Todavia existe una generacion entera que recuerda con gusto aquellos placeres en los que reinaba la mas franca amistad; y sin duda por el encanto que comunica á todas las cosas el recuerdo de lo pasado, muchos hay que nada encuentran capaz de suplir á aquellas fiestas que el tiempo ha transformado.
Sin embargo de esta opinion y por mas que se reconozca que las carreras de caballos, tales como se efectuaban, tenian su razon de ser en la conveniencia pública, preciso es confesar que esta fiesta ofrecia detalles que se armonizan poco con las condiciones de un pueblo culto. Refiérome á las gritas que, especialmente por las noches, se daban á los que iban á caballo; y en las que se proferian palabras y frases que la decencia no consiente. Y era esto tanto menos dispensable cuanto que no se reducian á un solo lugar ni á un solo momento, sino que se reproducia tan poco decorosa escena en todas las horas que duraban las carreras de la noche y en todos los sitios de la capital; puesto que los que no montaban sentábanse en sillas á las puertas de las casas y muchos se reunian en el atrio de la Catedral que metafóricamente se llamaba el balcon de los arrancados, suponiéndose que los que allí asistian no tenian con qué tomar parte en la fiesta.
La verdad me obliga á consignar con dolor que en esas gritas se hacia muchas veces figurar la reputacion de familias enteras, que la envidia ó la maledicencia pretendia deslustrar valiéndose para ello de los momentos en que ciertamente habia mas expansion, pero expansion de cordial alegría que fué alterada mas de una vez por aquella causa; y ninguna persona sensata podia mirar con indiferencia tan odioso proceder. Por fortuna esos abusos, que nunca pudieron ser usos y costumbres semejantes faltas, pasaron ya del todo; y me complazco, por amor á mi país, en dejar tambien consignado que este pueblo ha variado mucho de entonces acá, merced, mas que á la educacion que se le ha dado hasta ahora, por desgracia muy escasa, á la que él mismo ha adquirido, siquiera no sea mas que por el roce frecuente de los forasteros y estrangeros que todos los dias nos visitan.
Tales eran las antiguas fiestas de San Juan, en su período de mayor auge, segun las recuerdan todavia muchas personas; y aun cuando no me atreva yo á calificarlas de locura, como lo hace el respetable Fr. Iñigo, por mas que en las carreras particularmente hubiera cierto desenfreno poco compatible con las maneras de un pueblo culto; juzgo sí que la transformacion social que desde entonces ha tenido la poblacion hizo imposible que continuaran las fiestas como venian; y por eso se verán entrar en el período de decadencia que paso á describir.
IV.
El San Juan en los últimos treinta años.
En el año de 1836 volvió á aparecer la forma constitucional en nuestro sistema político y con ella la transformacion del antiguo Ayuntamiento; y como era de esperarse desde luego fué suprimida la ceremonia del pendon, sin que haya vuelto á figurar posteriormente, no obstante las variaciones gubernamentales que hemos tenido, porque en medio de estas, los Ayuntamientos conservaron por algunos años la organizacion constitucional y despues que la perdieron ya se habia perdido la costumbre de aquellas demostraciones.
Suprimido el paseo del pendon, no tomó parte por de pronto el Ayuntamiento mas que en lo tocante á la funcion religiosa; pero corriendo los años y sin duda para que no se perdieran del todo las costumbres anteriores, se encuentra que pocos años mas tarde, por el de 1841 y 42, la Corporacion municipal costeaba la música de la alborada de la leche, de que ya he dado noticia.
Apesar de esta poca participacion del Cuerpo popular y sin embargo de la falta de la ceremonia oficial, las fiestas del Patron fueron muy animadas algunos años; y las variaciones de su mayor ó menor esplendor dependian regularmente de la mejor ó peor situacion económica de la Isla. Empero, á medida que pasaban años y en medio mismo de la alegría con que se veia llegar el mes de San Juan, notóse que las carreras de caballos iban siendo menos concurridas; y que el número de animales de aquella especie que venian á alquilarse en las noches de las fiestas disminuia de un año á otro. El bando burlesco que se acostumbraba publicar la víspera de San Pedro á medio dia ya no era ni con mucho, en 1847, lo que solia ser en otros tiempos; y la mascarada que para él recorria las calles, apenas contaba una docena de ginetes, restos quizás de la gente de buen humor que á centenares se reunia en otras épocas.
De qué dependiera la decadencia que cada vez en mayor grado ofrecian las fiestas populares, es cosa que no creo que nadie pueda decir terminantemente; pues ni en toda la década de 1836 á 1846 tuvieron prohibicion alguna, ni se conoció motivo alguno ostensible que produjera el desaliento. La única razon que á ello puede atribuirse es el cambio rápido que en aquella época sufrieron las costumbres del pueblo, en proporcion del desarrollo mercantil que tenia la Isla y que, aumentando el movimiento marítimo, hacia acrecer de una manera, extraordinaria para entonces, el número de forasteros y estrangeros que se encontraban en nuestra ciudad. Tal vez contribuyó tambien algo á ello la disminucion que hubo en los negocios de caballos, sin duda porque la poblacion, que antes acudia á desparramarse por los campos, empezó ya desde 1837 á agruparse en las costas en donde la retenian los intereses mercantiles que al poco tiempo se vieron desarrollarse. La verdad es que en 1847 las fiestas de San Juan se encontraban muy decaidas; y que ni se encendian ya sino en muy corto número, en las noches de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro, las candeladas ú hogueras, que en otro tiempo alumbraban todas las esquinas; ni habia en verdad motivo para hacerlo, puesto que era muy escaso el número de ginetes que recorrian las calles.
El San Juan de 1848, que estuvo muy animado por la circunstancia de que la poblacion quiso obsequiar al Gobernador Superior que entonces regia la Isla, hubiera sido sin duda la última llamarada de aquella luz que se apagaba por sí sola y por propia consuncion, á no haber venido posteriormente á reanimarla causas que pronto verán los lectores. En dicho año, no obstante, la misma diversion de las carreras tomó un aspecto que no era el que se le conocia; pues si bien se reunieron centenares de caballos que montaban ágiles ginetes y elegantes amazonas, no corrian aquellos desbandados por las calles, como era la costumbre, sino que formado cerrado escuadron llevaron una gran alborada, ó mejor dicho, una gran serenata al Gefe Superior de la Provincia; y en el mismo órden con que á su palacio concurrieron, continuaron la marcha por todas las calles, á la luz de los blandones que llevaban los lacayos. Y aun en medio mismo de la animacion que esta fiesta produjo, fué de notarse la decadencia en que ya estaban las diversiones, por el hecho de que, pasadas las noches de la víspera y dia de San Juan, en la primera de las cuales tuvo efecto la serenata, desaparecieron los caballos sin esperar las noches de San Pedro, en que muy pocos ginetes se vieron por las calles.
Las carreras de por las tardes, que en años anteriores ofrecian un bonito espectáculo por el crecido número de apuestas damas que, en ellas tomaban parte, casi no llamaban la atencion; porque ni habia aficionadas que quisieran conservar la costumbre, ni se traian ya caballos, como en otro tiempo, notables por su gallardía y escogido paso.
En tal estado se hallaban las fiestas de San Juan, al llegar el año de 1849; y pocos años mas hubieran tardado en terminarse del todo para no aparecer en adelante mas que entre los recuerdos de los que vivieron en aquella época, cuando salió un bando que prohibia las carreras de San Juan.
La índole del libro que escribo no me permite juzgar esta disposicion, que necesita además el transcurso del tiempo para serlo con la imparcialidad que deben considerarse todas las cuestiones históricas, por pequeña ó grande que sea su importancia. Basta á mi intento manifestar que todos los deseos se vieron contrariados, por mas que ya no existieran por sostener las carreras de caballos; y que si poco empeño se habia mostrado por estas en los últimos años, menos fué el que hubo en 1849 por las diversiones con que trataron de suplirse; debido todo, sin duda, á la forma en que se hizo la transicion, puesto que transicion habia y se iba realizando paulatinamente.
Ni las serenatas, ni los bailes públicos, ni ninguna de las diversiones inventadas para suplir á las carreras, tuvieron eco en el pueblo, ni aun llamaron su atencion; y la maledicencia, siempre pronta á morder, suplió desde el primer momento al dulce y poético nombre de veladas de San Juan, el de velorio de San Juan; para representar de este modo la muerte de las antiguas costumbres.
El buen sentido práctico de este pueblo y su amor al órden, hicieron que pasaran estos hechos como desapercibidos; y, en los dos años subsiguientes, bien hubiera podido asegurarse que habia muerto el San Juan completamente. Sin embargo, el recuerdo de las fiestas populares subsistia latente en todos los espíritus; tal vez mas que por el deseo de conservarlas, por la contrariedad que habian esperimentado: así fué que, apenas llegó á la Isla otro gobernador, una de las primeras peticiones que tuvo fueron las carreras de caballos; mas como la prohibicion se extendia para siempre, el Gobernador se vió obligado á recurrir á S. M. para que resolviese lo que estimase mas conveniente. Por fortuna la Augusta Reina, á quien no en valde se apellida la Buena y que tantas pruebas tiene dadas de su amor á estas apartadas provincias, cedió, como siempre, á la súplica que se le hizo; y no solo concedió las carreras, sino que, comprendiendo la razon de ser de estas, ordenó que se celebrara cada dos años una exposicion pública de los productos de la Isla y un concurso de caballos, que fuera estímulo bastante para la mejora de las razas: cuyos actos debian efectuarse en el mes de San Juan, por considerarse que en él habia mayor concurrencia de forasteros en esta ciudad.
El año de 1854, en que, por primera vez, se cumplió este soberano mandato, fué una época de plácemes y de alegría durante todo el mes de Junio; y la afluencia de gentes extrañas, atraidas por la fiesta, la novedad de la exposicion, y el empeño que mostraron por tomar parte en el concurso todos aquellos que tenian caballos propios para ello, produjeron una animacion desconocida hacia ya muchos años y que nadie se hubiera imaginado en los cuatro anteriores: las carreras de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro estuvieron tan concurridas como en sus mejores tiempos; los obsequios que se prodigaron al digno Gobernador fueron tan multiplicados como sinceros y espontáneos; hubo ruidosas alboradas, á pié y á caballo, entre ellas alguna jibaresca, en la que en dialecto provincial lució su ingenio algun trovador del país; las diversiones se sucedieron sin interrupcion durante los treinta dias de Junio; y por último, la resurreccion del San Juan, como se llamó vulgarmente á aquella fiesta fué tan completa que las antiguas costumbres, muertas ya por los años, volvieron á aparecer rejuvenecidas, ofreciendo vivir por mucho tiempo. Carreras, alboradas á pié y á caballo, regatas, concursos de caballos, bailes, y todo cuanto en los tiempos pasados habia tenido lugar para las fiestas del Patron, entró en el programa de aquel año, mas las nuevas diversiones que iban apareciendo poco á poco para encargarse de suplir las antiguas. Esta circunstancia y la de que la primera exposicion pública de productos del país se celebró en el mismo mes, atrajo una concurrencia extraordinaria de gentes de todas las partes de la Isla, que dieron sin duda mayor realce á aquellas fiestas, en las que tomó ya una parte mas activa el Ayuntamiento de la Capital, puesto que costeó diferentes diversiones públicas como las regatas y un baile que dió en los salones de su casa; fiesta digna de la Corporacion que la ofrecia y del pueblo al que iba dedicada y que veia ir así cambiándose sus costumbres antiguas por el camino en que debian encontrarse con las de pueblos mas cultos.
En el año de 1855 las fiestas de San Juan no ofrecieron ni tanta variedad de diversiones ni tanta animacion como en 1854; pero en cambio se introdujo la costumbre de los disparos y detonaciones de todos calibres, con una abundancia tal que no pareció sino que cada cual quiso hacer gala de poseer alguna arma de fuego y de saber manejarla. Puede decirse que las fiestas se reasumieron todas en tiros; pues apesar de que hubo alboradas y carreras, ni en unas ni en otras se notó la animacion y la concurrencia que tuvieron en el año anterior. Habia pasado el motivo que reanimó las diversiones de 1854 y las fiestas de San Juan volvieron á presentarse en un nuevo período de decadencia que nada fué capaz de interrumpir durante diez años seguidos. Cada año que transcurria iba siendo menor el número de ginetes que se presentaban en las tardes de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro; y años hubo en que ni un solo caballo se veia por las noches, las cuales pasaban indiferentes, sin mostrar indicio alguno de lo que habian sido en otro tiempo.
Y no se diga que esto acontecia porque el pueblo no se hallaba en ánimo de divertirse; ocasiones tubo de probar lo contrario con distintas causas y particularmente en las fiestas reales celebradas por el Natalicio de S. A. R. el Serenísimo Sr. Príncipe de Asturias; en las que hubo la franca y expansiva alegría que caracteriza á estos habitantes; y en las que se sucedieron sin interrupcion durante diez ó doce dias las mas variadas diversiones. La verdadera causa era que ya el pueblo no gustaba, por lo menos en el grado que antes, de las fiestas tradicionales con que se celebraba al Patron; y ó que habian de cambiarse aquellas en armonía con las variaciones que en las costumbres se notaban, ó que concluirian por terminar definitivamente sin dejar mas que su recuerdo que se estinguiria probablemente con el tiempo.
El Ayuntamiento, que hacia tantos años habia dejado de tomar en las fiestas la parte activa que en otras épocas tomaba, tuvo el acierto de no ver con indiferencia la transformacion que se operaba; y sin intervenir en la voluntad pública, ni para cohartar ni para impulsar al pueblo á que se divirtiese en la forma que quisiera, ofreció constantemente en la década á que acabo de referirme bailes y alboradas que siempre fueron acogidas con gusto por el pueblo; pero el primitivo San Juan decaia y eran necesarios nuevos esfuerzos para hacerle revivir, probablemente por un corto tiempo, como ya habia acontecido diversas veces.
En el año de 1865 se realizaron esos esfuerzos, con motivo de la invitacion hecha á las señoritas de Cáguas, que estas tuvieron la amabilidad de aceptar; y su presencia en nuestra ciudad produjo una animacion de que hacia tiempo no se daba muestras; siendo de notarse que en todos los dias del mes de Junio salieron alboradas de cuantos gremios comerciales é industriales contiene la poblacion. Con tales precedentes y en medio de la alegría general que reinaba, natural era esperar que revivieran las carreras de caballos y que las calles volvieran á verse, en las noches de San Juan y San Pedro, tan concurridas como lo habian estado en otras épocas. ¡Vana esperanza! Apenas hubo por las tardes algunas jóvenes que, por cortesía sin duda, acompañaron á correr á las Cagüeñas; por la noche, la misma soledad de los años anteriores, la misma falta de caballos. No parece sino que el pueblo habia adquirido ya la conviccion de que era pasada la época de la diversion favorita de nuestros antepasados; y voluntariamente abandonaba las costumbres que aquellos le legaran.
El contraste de gustos entre unas y otras generaciones se puso mas de relieve el año último, en el que el Ayuntamiento comprendiendo la variacion que el tiempo habia introducido en las costumbres, sin rechazar las que ya lo han sido por la opinion, ofreció nuevas diversiones que anteriormente nunca habian formado parte de las fiestas. Esas diversiones nuevas fueron, sin embargo, aceptadas de muy buen grado por el público que las favoreció concurriendo á ellas en número muy considerable; mientras que dejaba pasar indiferente las que en otro tiempo eran el principal atractivo del San Juan.
Y no se atribuya esta eleccion al encanto que siempre ofrece la novedad; porque en el presente año hemos vuelto á ver las citadas diversiones tan favorecidas como en el anterior, y no obstante ya no eran nuevas. La causa verdadera de la variacion estriba, pues, indudablemente en la transformacion de los gustos; en la alteracion que han sufrido las costumbres; y así es de creerse, con mas razon, cuando se reflexiona sobre las profundas variaciones que han tenido todos nuestros hábitos y hasta los mas pequeños detalles de la vida en esta antilla. Y no es extraño que tal acontezca porque lo propio pasa con la humanidad entera; y esa es la obra lenta pero indefectible del tiempo que, como he dicho antes, todo lo cambia y lo trastorna todo, sin que frecuentemente nos apercibamos de ello, ni aun sepamos darnos cuenta de lo que sucede á nuestra vista.
Ha terminado la ligera reseña que me propuse hacer de la historia de las fiestas del Patron: antes de pasar á la descripcion de las que se han efectuado en presente año preciso será que, aunque en breves palabras, dé una idea de la situacion del país en los momentos en que aquellas se aproximaban, para que pueda formarse juicio del motivo que, en mi humilde sentir, ha forzado al Ayuntamiento á verificarlas con la esplendidez con que las hemos visto efectuarse.
V.
Situacion del país.
Que este mundo es un valle de lágrimas es cosa que por sabida debe callarse, sobre todo entre los que profesamos la religion, única verdadera de Jesu-Cristo; y que los dias de la vida son pocos y están llenos de miserias, hace algunos centenares de siglos que lo dejó consignado el paciente Job. Desde el instante en que por vez primera sentimos el aire que alimenta nuestra existencia, hasta los últimos suspiros que arroja el moribundo, es una série no interrumpida de impresiones desagradables, que concluirian por matarnos sino fuera porque llevamos dentro del alma el olvido, bálsamo eficaz que cura las dolencias del corazon. Por eso el hombre rie y canta y se regocija, no obstante los pesares que casi sin cesar le abruman. Pero hay impresiones y hay pesares de tal magnitud que, arrojando el espanto y la desolacion, lo mismo en los hombres que en los pueblos, dejan tras sí una huella que tarda mucho en desaparecer: hay momentos y dias y épocas enteras, tan aciagas en la vida de los hombres y de los pueblos, que no es dable borrar su memoria, por mas que pasen las sensaciones desagradables que produjeron mientras su duracion. Puerto-Rico acaba de pasar por una de esas épocas fatales y no es extraño por tanto encontrar todavia en estos momentos muchos ánimos contristados que no saben ni aun darse razon de su profunda tristeza.
La série de males que ha venido afligiendo á esta poblacion y á toda la Isla desde hace algunos meses no puede menos que dejar un recuerdo imperecedero en todos los que lo han sufrido y que se trasmitirá, sin duda alguna, á las generaciones venideras. Aun no habiamos llegado al último tercio del año último, y ya hacia por lo menos año y medio que una crísis tan profunda como prolongada habia producido la mas completa perturbacion en la vida económica de este pueblo y de la antilla entera. El dinero, agente sostenedor de todas las transacciones, habia huido precipitadamente de todas partes; y con él desapareció la animacion, el movimiento de los mercados que constituye la vida de las poblaciones; todo el mundo se encontraba mal; y así como antiguamente los físicos decian que la naturaleza tenia horror al vacio, todo el mundo no decia sino que tenia horror por el vacio de los bolsillos.
No entra en el objeto de este libro indagar las causas que dieron orígen á esta situacion; y por lo tanto solo diré de ella que el pueblo, con el buen sentido práctico que muestra tan amenudo, la llamaba la época de la yuca, aludiendo á lo áspera y amarga que es esta raiz. Y fué tan larga la época de la yuca, que de seguro todo el mundo se indigestó para largo tiempo. Es lo cierto que la situacion era muy tirante; y que ni el proletario encontraba como ganar el pan, ni el empleado podia recibir á tiempo su sueldo, ni el casero su mesada, ni el comerciante salia de su mercancía, ni se cumplian los compromisos contraidos, ni nadie sabia como habia de seguir viviendo. Solo la usura levantaba floreciente su cabeza en medio de este campo de ruinas; concluyendo de devastar, á manera de terrible parásito cuanto quedaba en pié y cogia entre sus mortíferas ramas.
Así corria el mes de Octubre último y todos esperaban la llegada de las próximas cosechas para salir algun tanto del malestar que generalmente se esperimentaba; pero la Providencia, en sus altos é inescrutables juicios, tenia decretada otra cosa. El pueblo de Puerto-Rico habia de sufrir mayores pruebas; y la crísis económica no era mas que un preludio de lo que venia tras ella. El dia 29 de Octubre terminó en medio del soplo devastador del huracan: en menos de dos horas, desencadenados los elementos, arrasaron cuanto en su camino se interpuso; desde los débiles arbustos, que en sus espigas contenian el alimento de centenares de familias, hasta los árboles seculares, que proporcionan la materia prima de las habitaciones ó el combustible que arde diariamente en las casas, fueron arrancados violentamente y arrastrados por los rios que desencadenados corrian hácia el mar llevando en su impetuosa corriente cuanto encontraban á su paso.
El sol del dia siguiente alumbró una escena de desolacion que nadie hubiera imaginado la víspera: los campos que el dia anterior ostentaban lozanas plantaciones, esperanza del laborioso cultivador, estaban talados, por el soplo destructor del vendabal, ó anegados por el desbordamiento de los rios; y los pobres campesinos lloraban desconsolados la pérdida del hogar en que algunas horas antes se albergaban. En las costas, el mar habia arrojado á las orillas los restos de las embarcaciones que no pudieron soportar el empuje de los vientos. No era posible contemplar con ojos indiferentes tantos intereses destruidos, tanto trabajo perdido, tantas esperanzas frustradas en el intérvalo de una sola noche; y en medio del pesar que embargaba todos los corazones resonó espontánea y pura la voz de la caridad en favor de los desgraciados que mas habian sufrido en aquella espantosa catástrofe. Pocos dias bastaron para mitigar las penas y consolar las aflicciones que dejó tras sí la noche del 29 de Octubre, gracias al privilegio que para ello tiene la hermosa virtud de la caridad.
Empero aun no estaba agotada la amarga copa que debia apurar este pueblo; el porvenir contenia aun para él nuevas amarguras que pronto debia gustar; y apenas debian transcurrir algunos dias sin que la desventura llamara de nuevo á nuestras puertas.
Corria el dia 18 de Noviembre en medio de un calor sofocante, extraño ya para lo avanzado de la estacion; y la calma precursora casi siempre de los grandes trastornos de la naturaleza, parecia amagar nuestra existencia. El pueblo, sin embargo, entregado á sus habituales faenas no podia presentir lo que momentos despues le habia de pasar: de repente la tierra se estremece, tan fuerte y prolongadamente, que todo el mundo huye despavorido de las habitaciones, buscando los sitios despejados en donde evitar las desgracias propias de las ruinas. La madre llora por su hijo ausente; el esposo busca solícito la esposa; el hijo corre á encontrar el amparo de su padre; y todos consternados imploran el auxilio divino: ¡el auxilio divino! que es la fuente inagotable de todas las verdaderas esperanzas, de todos los consuelos positivos. Por fortuna la fé se conserva robusta en nuestro suelo; y el pueblo encuentra en ella un bálsamo que mitiga sus aflicciones, un poderoso brazo que le sostiene en sus conflictos.
Despues de un minuto de afanosa é interminable angustia, en que la vida y la muerte lucharon enfurecidamente sobre nuestras cabezas, la tierra volvió á su estado normal y los habitantes se retiraron á sus casas, tal vez sin darse cuenta de lo que hacian é impulsados solo por el poderoso atractivo del hogar doméstico. Bien poco, sin embargo, duró su reposo, porque la tierra volvió á temblar pocos momentos despues; y tembló hasta diez ó doce veces mas en el intérvalo de veinte y cuatro horas. Entonces la poblacion despavorida huyó á los campos y á las afueras de la ciudad, sin cuidarse de las incomodidades y aun de los riesgos propios de semejante peregrinacion. La capital, poco antes bulliciosa y animada se vió reducida á triste soledad; y la dulce paz doméstica habia desaparecido en breves instantes, sin que nadie pudiera decirse cuando habria de ser recuperada.
Así pasaron largos dias y prolongadas noches llenos de ansiedad y de amargura; y mientras tanto la ciudad esperimentaba todos los fatales resultados de la ausencia de la poblacion; su comercio decaia rápidamente; su riqueza territorial sufria las consecuencias de las violentas sacudidas que esperimentaba el suelo; y la desconfianza, alimentada por la constante repeticion de los temblores durante seis meses seguidos, retenia á los habitantes fuera de la poblacion, viniendo solo á ella el tiempo preciso aquellos que tenian obligaciones que cumplir, los cuales se retiraban diariamente á pasar las noches donde no les impidiera el sueño el amago constante de los techos.
Inútil es pintar los terribles perjuicios que tan anormal situacion trajo consigo; los gastos de cada familia se multiplicaron en una proporcion que distaba mucho de lo que podian dar de sí los recursos, y la falta de equilibrio se hizo aun mayor por las enfermedades que pronto entraron á formar parte de aquel cortejo de males que afligía á la poblacion. Los lazos sociales, si no se rompieron por completo, estuvieron disueltos largo tiempo, porque cada uno atendia á su propia conservacion y á la de su familia; y salvo aquellos que tienen el deber de velar por el público ó aquellos pocos á quienes la caridad mueve siempre á tender una mano generosa á la desgracia, bajo cualquiera faz que se presente, los demás no se ocupaban de lo que á su alrededor pasaba, porque el terror y la angustia en que vivian los embargaban por completo.
Sin duda alguna que el malestar que produjo la emigracion daba resultados peores quizás que los de la misma causa que engendró aquella; y que de prolongarse por poco tiempo mas tan anómala situacion hubiera decaido la ciudad de tal manera que difícilmente se habria repuesto en muchos años.
Por fortuna la Providencia se apiadó de este pueblo y despues de seis meses de penas y disgustos, la confianza apareció otra vez sobre nuestro horizonte, con débil luz en su principio, pero al fin dejando entrever mejores dias. Contristados, sin embargo, todavia los ánimos y mas apesarados por la misma soledad en que se vivia, no todos los que habian salido de la ciudad se atrevian á volver; y solo la necesidad obligó á algunos á ocupar sus antiguos hogares. El espíritu público estaba tan decaido que la ciudad daba pocas muestras de vida; y no ya diversiones, en las que nadie pensaba, pero ni aun reuniones amistosas se contaban en que poder esparcir el ánimo abatido: las tiendas de comercio se veian constantemente desiertas y las mismas calles no presentaban ni con mucho el movimiento que anteriormente les era propio.
Cada dia que pasaba agravaba mas y mas tan terrible situacion; y ó era preciso dejar morir de inanicion un pueblo que cuenta elementos bastantes para vivir y prosperar; ó se necesitaba un remedio pronto y eficaz que hiciese desaparecer el triste estado en que se hallaba la ciudad. ¿Quién podia y debia emprender esta obra de regeneracion, digámoslo así? ¿Quién podia y debia trabajar para levantar el espíritu público de la postracion en que yacia? ¿Y qué medios debian emplearse para ello, cuando la mitad de la poblacion aun no habia vuelto á sus hogares?
Puesta la mano sobre el corazon y con la imparcialidad que siempre debe reinar cuando se trata de la cosa pública, declaro que, en mi humilde juicio, el único llamado á realizar esa obra era el Ayuntamiento, como representante legítimo de ese mismo pueblo que habia de reanimarse; y por eso me congratulo en declarar que el Ayuntamiento estuvo oportuno y acertado cuando resolvió emprender la obra; y mas oportuno y acertado estuvo cuando escogió como medios para ello las fiestas de San Juan. Siguiendo así su propia tradicion, nunca interrumpida, como lo han visto los lectores, presentaba al público, á la vez que los placeres propios de un pueblo culto, los encantos de la tradicion, siempre agradable y tal vez más cuando ha empezado á entrar en la época de los recuerdos.
Este doble atractivo era irresistible; y mucho mas lo era al anuncio de la esplendidez que debian tener las fiestas. Si el Ayuntamiento no hubiera sido pródigo en las diversiones, no habria tenido que pensar en conseguir el principal objeto de ellas; y demás hubiera estado que hubiese realizado algunas de aquellas que ni siquiera habrian merecido el honor de ser vistas por los que se hallaban fuera de la ciudad. Por otra parte y bajo el punto de vista económico y tambien social, la acertada resolucion del Ayuntamiento está justificada por la sentencia en que se apoya la higiene pública: Salux populi suprema lex esto. Si la parte material de la sociedad exige tal ley, con más rigor debe observarse cuando se trata no solo de intereses materiales, sino tambien de los morales é intelectuales.
Hoy que, al escribir estas líneas, han pasado ya las fiestas, para saber si el Ayuntamiento ha conseguido su objeto, basta apelar á los habitantes todos de la ciudad que han vuelto á sus hogares; basta contemplar como ha vuelto á existir la confianza que todos tenian, antes de la terrible época pasada, para entregarse á sus habituales faenas y tambien para trabajar por el porvenir, que si nadie es capaz de entrever, por lo menos no se halla envuelto en las opacas nubes que lo han ocultado largo tiempo.
Si causas agenas completamente á la Corporacion popular han podido impedir que se levante el espíritu público con todo el empuje que lo hubiera hecho, no se la culpe á ella de actos en que no ha intervenido y que tal vez deplora mas que cualquiera otro. Júzguesela exclusivamente en su obra; y tómese en consideracion su pensamiento, no bajo la mezquina mira de un egoísmo siempre injustificable, sino teniendo en cuenta el noble y generoso intento que se propuso, superior en mucho al exíguo valor de unos pocos millares de escudos.
Tales son las razones que justifican las fiestas de San Juan en el presente año; como las recibió el público lo verá el lector en los capítulos que siguen, en que trataré de describirlas de la mejor manera que le sea posible á mi pobre pluma.
VI.
Principio de las Fiestas.
Florido mes de Junio,
Bendito seas......
(Trueba.)
He aquí que ha dado principio el alegre mes de Junio, con sus plácidas noches, sus frescas brisas, sus gratos recuerdos y sus halagadoras fiestas. El pueblo de Puerto-Rico vuelve á verlo en medio del regocijo y del bullicio que en otros tiempos animaban á la Ciudad y en el alborozo general, que por todas partes cunde, con la rapidez del relámpago, se conoce que estamos en el alegre mes de San Juan. ¡Bendito mes que, de generacion en generacion, ha sabido ir conservando, siempre frescos y palpitantes, los recuerdos de nuestros antepasados; por mas que las eventualidades y los fracasos propios de la vida humana hayan perturbado mas de una vez las costumbres que de muy antiguo conocemos!
El mes de Junio trae consigo, entre las olas embalsamadas de sus puras brisas, el misterioso encanto de la tradicion; ese no sé qué que hace vibrar mas ó menos fuertemente en todos los corazones el sentimiento de la alegría, de esa alegría melancólica que constituye uno de los mas gratos y dulces placeres del alma, bien que se halle uno en la soledad de los campos, ó en el retiro de su habitacion, ó en medio mismo de las espansiones de una fiesta. Por eso, aun cuando no todos los habitantes de esta Ciudad desean siempre el mes de San Juan, todos en general lo ven llegar con ese gozo interior que engendra muy pronto el regocijo público; y es porque las costumbres tienen en sí un atractivo irresistible que subyuga todos los corazones, que los predispone para el placer y que despierta en ellos una tierna simpatía por todo aquello que nos legaron nuestros antepasados.
¿Quién no recuerda los hermosos dias de la niñez en los que el mes de Junio conserva un lugar tan predilecto? ¿Quién no hace memoria de aquellas inocentes alegrías que todos hemos gustado á la luz de los hachones que alumbraban y aun alumbran las alboradas ó al resplandor de las hogueras que iluminaban las calles en las noches de las carreras? ¿Quién, de los que alcanzó San Juan en todo su esplendor, no guarda con gusto en el fondo de su alma el puro placer de haber acompañado una elegante camarracha, á la que el amor aumentaba los encantos de los años juveniles? Verdad es que en aquellos tiempos de franca amistad, en que este pueblo componia por decirlo así una sola familia, esas fiestas tenian casi el atractivo del hogar doméstico y la expansion por consecuencia era mas verdadera y mas general; pero aunque las condiciones sociales de la poblacion hayan cambiado mucho, sus costumbres se han sostenido á traves de los años y todavia las vemos subsistir, si bien con las transformaciones propias de los cambios que ha sufrido esta sociedad.
Prueba de ello la alegría y el júbilo que en todos rebozan desde que ha comenzado el grato mes de las fiestas. La inauguracion de estas no ha podido ser mas animada: á medida que se aproximaban las doce del dia 1º de Junio iban apareciendo en todos los balcones asta-banderas y cordeles, indicio cierto de que todos los vecinos se preparaban á tomar parte en el regocijo público; y las calles principales y especialmente las que afluyen á la plaza en que se halla la Casa Consistorial se llenaban de gente que con semblante placentero esperaba solo el momento de dar expansion á la alegría que experimentaba; dejando escapar de vez en cuando alegres risas ó formando corros en que reinaba bulliciosa algazara comprimida todavia por no ser la ocasion; los petardos y detonaciones que, como á hurtadillas, se dejaban oir, completaban aquel conjunto de emociones que bullian por todas partes sin atreverse á brotar libremente, á la manera que bulle entre la máquina, buscando expansion, el vapor que un instante despues la pone en movimiento.
A medio dia en punto la banda de música militar que acompañaba el piquete para la publicacion del bando tocó la marcha real en señal de que se enarbolaba en el Ayuntamiento el pabellon nacional, y en seguida que subieron por los aires los cohetes que lo anunciaban, la ciudad entera se vió rápidamente empavesada con centenares de banderas que, batidas por la brisa, animaban las calles con sus variados y brillantes colores, en los que descollaban con predileccion los hermosos colores nacionales. Leido el bando frente á los portales de la Casa de la ciudad se puso en marcha el cortejo, al que seguian millares de personas de todas clases y condiciones; aumentando progresivamente el ruido de las detonaciones que se sucedian sin interrupcion, los alegres ecos de la música que cual rápidos mensageros cruzaban los aires en todas direcciones para avisar al vecindario el principio de la fiesta y la bulliciosa y festiva algazara del gentío que llenaba las calles. Aun no habia recorrido mas que dos ó tres de estas el bando, cuando ya se dejaron oir los armoniosos sonidos de dos orquestas mas, una en el café de "La Zaragozana" y otra en la puerta del bonito establecimiento de "Los Precios fijos"; quemándose en uno y otro punto multitud de cohetes y petardos, á cuyo ruido concurria la gente ocupando bien pronto las avenidas de las calles que confluyen en aquellos sitios.
La ciudad entera presentaba un aspecto encantador con sus mil banderas desplegadas por el viento y el eco de alegría que por todas partes resonaba á la par de los continuados disparos que sin cesar se oian. Hombres y mugeres y niños, toda la poblacion en fin, entusiasmada con el júbilo general acudia á las calles ó á los balcones de las casas para tomar parte de algun modo en la fiesta pública.
La novedad del adorno que apareció frente al establecimiento antes citado de "Los Precios Fijos," atrajo por el momento mayor concurrencia hácia aquel punto; y en efecto presentaba un bonito golpe de vista la confluencia de las calles de San Justo y la Fortaleza; en el mismo centro y á conveniente altura pende una caprichosa mongolfiera de vivos y bien combinados colores y de forma octogona, teniendo en cada una de sus caras ó facetas un viva al Patron, á Nuestra Reina, al Príncipe, á la PATRIA, á la PROVINCIA y á su digno Gobernador; y los escudos nacional y de Puerto-Rico: en la parte inferior cuelga un bonito canastillo sostenido por elegantes lazos de cintas y exhornado con pequeñas banderolas; y al rededor, en forma de aspa y en direccion á las cuatro esquinas de las calles flamean vistosos pabellones nacionales y banderas provinciales de Cataluña y Puerto-Rico.
Apenas habia terminado la zambra en este lugar y empezaba á dispersarse la concurrencia, cuando los ecos de una nueva orquesta que avanzaba por la calle de San Justo, en direccion de sur á norte, volvieron á hacerla apiñar y seguir el nuevo foco de alegría que se presentaba; detúvose la música en el trozo de la citada calle que corre desde la de San Francisco á la Luna y despues de entusiastas vivas y nuevas detonaciones y cohetes, en medio de los alegres gritos de la multitud, apareció un hermoso globo que bien pronto se lanzó al espacio seguido de las miradas de la muchedumbre, que, en su curiosidad, desafiaban los vívidos resplandores solares.
La fuerza del sol, sin embargo, mas sensible aun cuando reverbera en el enlozado de nuestras calles, apaciguó algun tanto la animacion que habia reinado durante tres horas consecutivas; y la gente se retiró á sus casas hasta que llegada la tarde y refrescada la atmósfera por la brisa que no cesó de soplar en todo el dia, volvió á notarse concurrencia, sobre todo en los puntos principales de la poblacion.
Miéntras en la plaza principal se preparaban, ante un público numeroso, los fuegos de artificio que debian quemarse por la noche, en la calle de San Francisco una orquesta dejó oir sus primeros acordes y pronto atrajo hácia aquel punto centenares de espectadores, deseosos de presenciar todas las fiestas. La que anunciaba la música se reducia, sin embargo, por esa vez al simple acto de enarbolar las banderas de algunas casas que no las habian izado á medio dia; y los concurrentes hubieron de conformarse por tanto con el solo espectáculo del bullicio propio del caso y de los disparos que abundaron como de costumbre; siendo agradablemente sorprendidos, cuando al retirarse, ya entrada la noche, se vieron iluminados de repente por una intensa y brillante luz roja de Bengala, que ardía frente á la puerta de la farmacia del sucesor del señor Teillard, y cuya duracion hizo que se prolongara la permanencia de los espectadores en aquel sitio.
Cuando cesó el efecto producido por la luz, pudo contemplarse una de esas hermosísimas noches de los trópicos que superan á toda descripcion: en un cielo de azul puro y transparente, tachonado de lucientes estrellas, brillaba en todo su esplendor la luna, esa diosa de los paganos, cantada por todos los poetas y tan querida de todos los amantes, sin duda porque al ténue resplandor de sus blanquecinos rayos, la naturaleza se reviste de un encanto indescifrable que hermosea los objetos bajo el tinte de melancolía en que los envuelve. La ciudad se hallaba doblemente iluminada y hasta la misma naturaleza parecia contribuir á la fiesta con la esplendidez propia de todas sus escenas.
Por todas las calles que dan á la plaza principal afluia la gente en tropel para presenciar los fuegos que dieron principio á las ocho en punto. Cohetes, ruedas, llamas ardieron sucesivamente, en medio de los aplausos del público y de los armoniosos acordes de una música militar que amenizaba el acto; y con intérvalo de una hora se elevaron dos globos de distintas formas y dimensiones, venciendo el mayor la contrariedad de haberse roto contra uno de los adornos del salon de la plaza. Despues de una hora de grato entretenimiento, del que disfrutaron millares de personas que hacinadas ocupaban la plaza, las calles de los alrededores y los balcones, puertas y azoteas de las casas que dan al primer sitio, se dió fuego á un castillo de tres cuerpos, y unos quince piés de alto, que era la pieza principal de los fuegos. Empezó á arder por el cuerpo inferior que presentó de pronto iluminadas con bonitas luces de variados colores las puertas que adornaban los cuatro frentes; y antes de que esas luces se estinguieran, comunicándose el fuego á los cuerpos superiores, se iluminaron de repente, haciendo disparos en todas direcciones y dejando escapar cohetes. Cuando el fuego era mas intenso, el espectáculo no podia ser mas hermoso; torrentes de luz entremezclados de torrentes de fuego aparecian por los cuatro lados, dejando ver de vez en cuando los fogages de los disparos de mas ó menos intensidad que salian de los distintos cuerpos del edificio, hasta concluir en el remate superior por la elevacion de cohetes de gran fuerza.
Un momento despues la ilusion habia desaparecido y solo quedaba un poco de humo que el perezoso viento de la noche arrastraba lentamente por los aires. Así pasan todas las ilusiones de la vida, sin dejar mas que un poco de humo; á veces brillante cuando la luz de la gloria lo ilumina, á veces denso y opaco cuando lo ennegrece el remordimiento de lo pasado.
Una llama blanquísima de Bengala que iluminó la plaza por fin de fiesta, permitió ver la apiñada muchedumbre que se oprimia buscando salida; aquellos millares de cabezas presentaban en su fluctuacion la imágen del embravecido mar cuando sus olas encrespadas se precipitan las unas sobre las otras, amenazando destruir cuanto encuentren á su paso. El mar humano que allí se movia, nada, sin embargo, destruyó; y pronto por el contrario desparramada por las calles desapareció la numerosa concurrencia satisfecha y alegre, narrando cada cual aquello que mas habia llamado su atencion.
La plaza, no obstante, no quedó desierta; permanecian firmes en ella todos los que se disponian á acompañar la música que debia recorrer las calles; y los chiquillos se disputaban acaloradamente el derecho de convertirse en portadores de las teas con que por costumbre se habia de iluminar aquel alegre paseo nocturno.
A las diez en punto partió la música acompañada de un numeroso séquito que no la abandonó ni por un momento en la larga escursion que hizo por todas las calles de la ciudad. Media noche era cuando todavia se dejaban oir sus dulces ecos y el alegre bullicio de los acompañantes que no querian perder ni una sola nota ni tampoco un solo incidente de los de aquel dia.
Así terminó el 1º. de Junio en medio del contento general de la poblacion que veia inaugurar las fiestas con un brillo y una animacion que competia sino excedia á la de los tiempos mas alegres; y todos se prometieron desde aquel momento un dichoso mes de San Juan.
VII.
Recepcion del Gobernador Superior de la Isla.
Las poblaciones obedecen indudablemente á la misma ley física á que se hallan sujetos todos los cuerpos de la naturaleza; y una vez impulsados en un sentido siguen el movimiento mientras no encuentran una resistencia superior á la fuerza de impulsion. Así acontece con esta ciudad en las presentes fiestas; dada la señal del principio de estas, en seguida se hizo notar la animacion que en todos los habitantes reinaba y que ha venido en crescendo constante, á medida que se adelantaban los dias; y como generalmente sucede que, despues del primer impulso, cada paso que se dá no es mas que el estímulo de uno nuevo; y que suelen improvisarse fiestas, cuando de estas se trata, que nadie hubiera soñado incluir en el programa; resulta frecuentemente que este se perturba y aun se anula, porque precisamente lo que no contenia es lo que mas luce ó llama la atencion, sobre todo si el pensamiento que encierra merece la aprobacion ó las simpatías del público.
Tal ha acontecido en el presente año con la recepcion hecha el 2 de Junio al Gobernador Superior y á su amable y apreciada familia. Hallábanse SS. EE. en el pueblo de Cáguas, adonde habian concurrido á presenciar las fiestas que en su obsequio se celebraron en los dias de las páscuas de Pentecostes y súpose aquí que debian volver á esta ciudad el mártes 2 de Junio. Veinte y cuatro horas faltaban para el momento de la llegada; pero lo corto de este espacio de tiempo no arredró al Ayuntamiento de la Capital para preparar una recepcion digna de las elevadas personas que esperaba y digna tambien del afecto que han sabido despertar en esta poblacion. El representante de ella supo comprender que era el momento oportuno de hacer conocer al Gefe Superior de la Isla las simpatías que por él y por su estimable familia siente la ciudad y con la festinacion que exijia el corto tiempo de que podia disponerse se preparó todo lo conveniente para la recepcion.
Al dia siguiente á las cuatro y media de la tarde salia el Excmo. Ayuntamiento en coches de lujo que lo condujeron hasta el puente de la Aurora, límite de su jurisdiccion municipal: allí se levantaba un sencillo arco de follage que ostentaba por todos adornos varios frutos del país y una banda de música militar esperaba el instante en que se presentaran SS. EE. La marcha de Infantes ejecutada por aquella anunció la llegada á los pocos momentos; y adelantándose por un lado el Ayuntamiento y por otro el Excmo. Sr. Gobernador que al efecto habia bajado del coche, despues de los saludos de cortesía, tomando la palabra el Presidente de la Corporacion popular expuso al Gobernador, en breves pero sentidas frases, los sentimientos del Municipio y de toda la poblacion, que deseaba dar á S. E. aquella prueba de respetuoso afecto. S. E., impresionado y sorprendido agradablemente, manifestó la satisfaccion que en aquellos instantes esperimentaba por la deferencia que hácia él mostraba el Ayuntamiento y que en medio del placer que sentia al recibir las atenciones de los pueblos que acababa de visitar y en particular las de la Capital de la Isla, se prometia que, levantado el espíritu público, podria trabajar con buen éxito en la prosperidad de esta hermosa provincia.
Ocupado por S. E. el lugar preferente en la hermosa carretela que se llevaba al efecto dispuesta, en union del General 2º. Cabo y del Corregidor de la Capital, se puso en marcha la comitiva compuesta de doce ó catorce coches en que iban en el primer término la señora y niños de S. E., despues los miembros del Ayuntamiento, los Ayudantes de SS. EE. y por último algunas personas particulares.
Frente á la subida del pueblo de Cangrejos se levantaba otro arco de follaje y flores del tiempo, cuyo adorno principal consistia en una lijera nubecilla que pendia del centro y que al pasar por debajo el coche en que venia la familia de S. E. se abrió tan oportunamente que casi cayeron dentro de él las dos palomas que contenia en su seno.
A la entrada del Puente de San Antonio se levantaba otro elegante arco gótico que lucia á sus costados lozanas matas de plátano; y otra música militar ejecutó la marcha al aproximarse SS. EE. Dos miembros del Ayuntamiento que esperaban al efecto, se adelantaron á los estribos del coche en que venian la señora y la niña de S. E. y ofreciéndoles dos bonitos bouquets, uno de ellos dirigió á la señora las siguientes ó parecidas palabras: "Excma. Sra.:—En nombre del Excmo. Ayuntamiento de la ciudad ofrecemos á V. E. estos ramos que en su sencillez simbolizan la de los habitantes de Puerto-Rico, y en la viveza de sus colores la alegría de los corazones que hoy victorean al digno esposo de V. E. Sírvase V. E. aceptarlos, como muestra del afecto que por su Gobernador siente la ciudad en cuya representacion venimos." La señora contestó dando las gracias por la muestra de distincion que recibia y suplicó se hiciera así presente á los habitantes de la ciudad, cuyos buenos sentimientos ya conocia. En seguida volvió á ponerse en marcha la comitiva; y despues de pasar por otro arco de ramaje que se levantaba al terminar el paseo de Puerta de Tierra, en el que se hallaba otra banda de música; y de haber entrado en la capital, á cuya puerta estaba otra orquesta, se dirijió á la Casa de Ayuntamiento, por la calle de San Francisco, cuyos balcones se hallaban vistosamente colgados y cuajados de gente que victoreaba al Gobernador de la isla, á la vez que variadas llamas de Bengala alumbraban el trayecto. Delante de los portales de la Casa capitular se levantaba el último arco adornado de trofeos militares y superado por las armas de España y las de Puerto-Rico y apoyándose en sus dos columnas dos maceros de la Corporacion en trage de gala.
Llegada á este punto, la comitiva bajó de los coches y subió á los salones del Municipio en donde una mesa sencilla pero bien dispuesta ofrecia un lunch reparador á los ilustres viageros. Diversas señoras de las familias de los Concejales recibieron á la familia de S. E. y despues de los saludos de cortesía todos ocuparon lugar en la mesa y pronto reinó una franca cuanto digna alegría que animaba aun mas la música que en la parte exterior ejecutaba preciosas danzas. Al concluir el lunch y puestos de pié S. E. y demás señores que se hallaban presentes; el Gobernador tomando la copa brindó por S. M. la Reina (q. D. g.) á quien ofreció dar cuenta de los nobles y leales sentimientos de los habitantes de esta antilla; por el Ayuntamiento de la Capital, al cual no podia menos que agradecer las deferentes atenciones que recibia y que aceptaba como representante de la Suprema Autoridad de la nacion, á la vez que agradecia por sí mismo.
Despues de una hora de agradable reunion SS. EE. siguieron para su palacio acompañados del Excmo. Sr. General 2º. Cabo, y de los Sres. Corregidor, Teniente-Alcaldes y algunos Concejales; á los cuales volvió á manifestar su reconocimiento al despedirse de ellos.
La concurrencia que atrajo este acto á las afueras de Puerta de tierra, á la plaza de Santiago y calle de San Francisco y á la plaza principal era numerosísima; y sin duda alguna dió la medida de las simpatías que disfruta el Gefe Superior de la Isla entre los habitantes de la ciudad el como se apiñaba la gente para verle pasar así como los repetidos vivas y aclamaciones que por todas partes se oian. Fué una verdadera fiesta popular tan alegre y animada como bien aceptada por el público; y digna por todos conceptos de la Autoridad á quien se dirigia y de la Corporacion que la ofrecia.
VIII.
Las alboradas.
Ya saben los lectores cual fué el orígen de las alboradas y como han venido á parar en celebrarse en las primas noches en vez de serlo en los primeros albores del dia. Esta fiesta ha venido á quedar reducida con el tiempo á no tener otra significacion que la de una manifestacion pública, dada por los que la efectúan, de su deseo de tomar parte en el regocijo general.
Por esta razon, sin duda, cuando se trata de las fiestas de San Juan, es de rigor que todos los que realizan alguna diversion, ó toman parte en el conjunto de las que constituyen los festejos, saquen una alborada; y casi siempre tambien ha acontecido que las sacan igualmente los que impulsados por la alegría quieren hacer partícipes de ella á sus convecinos, aun cuando para ello no haya precedido programa alguno.
En el presente año, como en todos los demás, no era posible prescindir de esta diversion peculiar de las fiestas de San Juan; y han celebrado sus alboradas no solo los gremios que constaban en el apéndice al programa del Ayuntamiento, sino que tambien las ha habido sin anuncio de ningun género y con mas ó menos pompa, segun los que las sacaban.
En los dias 3, 6, 7, 8, 10, 11 y 12 celebraron las suyas respectivamente los gremios de Acarreadores, Albañiles, Detallistas de provisiones, Zapateros, Músicos, Carpinteros y Barberos; y demás está que diga que con mas ó menos animacion, con mas ó menos ruido, en todas ellas hubo reunion de gentes, profusion de disparos, franca y sencilla algazara y todo lo que constituye esa clase de fiesta popular, que no por ser vista con indiferencia por las personas que pueden disfrutar de otra clase de diversiones, deja de ser bien aceptada por el público en general; y hace bien en aceptarla porque es una diversion sencilla que en nada ofende á la cultura del pueblo. Esa orquesta que recorre las calles, acompañada de una multitud mas ó menos numerosa, que marcha á la luz de los achones y en medio de los gritos de la mas cordial y alegre espansion, interrumpida solo por el ruido de los cohetes ó por el silencio que reina mientras se remonta á los aires un globo, es á no dudarlo un espectáculo que participa mucho de la sencillez de los tiempos antiguos, pero que en nada se opone á las exigencias de la mas avanzada civilizacion, ni tiene nada que sea contrario á la moral, ni que pueda rechazarse por motivo alguno; siquiera no se la considere mas que como un medio de llevar á todos los ángulos de la poblacion la animacion y la alegría, que brota siempre con mas expontaneidad entre la gente de buen humor que se halla dispuesta á divertirse á todas horas.
Tal ha sido el carácter general de las alboradas que he anotado; y ninguna de ellas, á excepcion de la de los Detallistas de provisiones, de que mas adelante me ocuparé, ha ofrecido novedad alguna que merezca mencionarse; como no sea la de un bonito himno cantado en la de los Barberos; y cuya letra, lo mismo que las composiciones poéticas distribuidas en los demás, se hallarán en el apéndice. Pero aunque ninguna novedad hayan ofrecido estas fiestas para los que saben lo que siempre han sido, proporcionaron algunas noches de pública animacion, en que se vieron mas ó menos concurridas las calles y mas ó menos alegría en las gentes que por ellas paseaban, segun la importancia de cada una de aquellas diversiones.
La justicia exije que hable especialmente de la de los Detallistas de provisiones, porque estos dieron lugar no solo á los espectáculos propios de fiestas, sino que á la vez efectuaron actos que contribuyendo al mayor realce de aquellas, pusieron de relieve los sentimientos filantrópicos de los que lo realizaban. Nunca es mas justificada la alegría y se generaliza mas fácilmente que cuando procede de causas nobles que contribuyan al alivio de los afligidos; porque, de ese modo, estos últimos no solo se encuentran favorecidos en su desgracia y remediados en sus necesidades, sino que se encuentran en disposicion de tomar parte en los regocijos públicos, tanto porque á ello se presta la satisfaccion que esperimenta aquel cuya suerte se mejora, aunque sea momentáneamente, cuánto porque la gratitud los obliga á unirse á sus bienhechores y participar de sus satisfacciones.
La caridad es una virtud que tiene el don especial de llevar la alegría, así á los corazones de los que la ejercitan, como á los de los que la reciben; y por eso no es estraño ver que todos los actos de caridad que se hacen públicos llevan consigo un sello determinado de regocijo, tan puro y expontáneo como quizás no se encuentre en otras fiestas; y por esto tambien se ve generalmente que el público se apresura á adherirse, aunque solo sea con el deseo, á los actos de ese género que llegan á su dominio.
Esto es precisamente lo que ha acontecido con la limosna anunciada por los Detallistas para distribuir el dia de su alborada; y los pobres á quienes la miseria, sin duda, retenia estraños á las fiestas, se creyeron desde luego obligados á hacerse partícipes, al ver que no se les habia olvidado en medio del conjunto de diversiones que á todos distraian.
Era un espectáculo alegre á la par que conmovedor ver desfilar cuatrocientas personas cuyos rostros anunciaban la satisfaccion del que, en medio de la mas absoluta carencia de todo lo que sirve para cubrir las necesidades comunes de la vida, se encuentra de repente con que lleva entre sus manos el alimento de dos dias. Aunque la hora en que se verificó el acto no era la mas apropósito para la reunion, por ser á las doce del dia, muchas personas lo presenciaron, sin embargo; y los detallistas pueden conservar además de la dulce satisfaccion que proporciona siempre el hacer el bien, el grato recuerdo de que cuantos tuvieron conocimiento de este acto no pudieron menos que aplaudirle de corazon, y, lo que es mas, sentir el no haber tenido parte en aquella obra de misericordia, que aunque fuera por un solo dia, llevaba el contento á tantas familias.
El mismo gremio tuvo por la noche fuegos artificiales en la plaza principal; pero, ó bien por la lluvia que cayó poco antes de la hora prefijada para quemarlos y probablemente los humedeció, ó bien por cualquiera otra causa, tuvieron mal éxito y la numerosa concurrencia que en aquel sitio se habia reunido hubo de conformarse con disfrutar de la música que ejecutó entre otras piezas una brillante sinfonía á toda orquesta.
El gremio de Carpinteros que, como he indicado, tuvo su alborada el dia 11, dedicó al Gefe Superior de la Isla no solo la composicion poética que es costumbre, sino tambien una alocucion que en el apéndice encontrarán los lectores y que tiene el mérito de manifestar los sentimientos de este pueblo sencillo y las esperanzas que ha fundado en el Gobernador de la provincia. El cielo le ilumine, no para hacer el bien, que yo no dudo que lo desea y trabajará por ello, sino para conocer á este pueblo digno sin duda, por mas de una cualidad, de que se le conduzca por el verdadero camino del progreso.
Si los lectores se detienen algun tanto en los himnos y demás composiciones poéticas distribuidas en las alboradas, abstraccion hecha de sus condiciones literarias, sobre las que por desgracia habria mucho que decir, encontrarán en ellas, sin duda alguna, un indicio cierto de los deseos, de las aspiraciones de este pueblo sencillo y leal que lucha por abrirse paso á traves de los obstáculos que impiden su prosperidad; y que espera, siempre tranquilo y siempre confiado en la maternal solicitud de Nuestra Augusta Soberana, que medidas salvadoras le saquen del estacionamiento en que se halla sumido hace ya algunos años.
Volvamos empero, á las alboradas, que, aparte de lo que acaba de verse, sinó han tenido el mérito de la novedad en el presente año, preciso será reconocer que han dado á la poblacion, durante ocho ó diez dias del mes de Junio, una animacion que puede competir en muchas de ellas con las de las fiestas mas principales que se han efectuado. Casi todos los gremios del comercio y de la industria han tenido en ellas su parte; y así era de esperarse tratándose de una fiesta popular y de una fiesta que la tradicion viene conservando hace mas de medio siglo; por mas que, como antes lo he dicho, estemos muy lejos de la causa que le diera orígen y que de seguro era hasta ignorada por la mayoría de los lectores y tambien de los mismos que hoy sostienen las alboradas.
Inútil seria que yo tratara de hacer la descripcion de cada una de las que he enumerado: todas ellas presentan la misma fisonomía, con las pequeñas variantes de que he hecho mérito; y basta haber visto una sola vez esos grupos numerosos que, en confusion pero sin desórden, recorren las calles precedidos por banderas nacionales y farolas de colores con inscripciones alegóricas á la fiesta, alumbrados por los hachos de tabanuco, animados por la alegre algazara de un enjambre de chiquillos, que abundan como granos de arroz en la tala del laborioso jíbaro, y seguidos por orquestas mas ó menos importantes, que en general ejecutan siempre danzas, dando así mayor animacion á la fiesta y produciendo en una gran parte del público un regocijo siempre nuevo cuando se trata de este baile provincial, para formarse idea exacta de lo que es una alborada; y de lo que han sido todas las que hemos anotado al empezar este capítulo. Fiestas inocentes, mensajeras de la alegría y que son como las precursoras de las que han de venir tras ellas; y de que me ocuparé mas adelante.
IX.
Exposicion de pinturas.
El lector me permitirá que por un momento me separe del órden del programa que he venido observando en la descripcion de las fiestas, para hablarle de un hecho que en realidad no constituye una diversion, pero que ha sido de los que mas realce han dado á las fiestas de San Juan en el presente año. Refiérome á la exposicion de pinturas de mi querido amigo el jóven artista Puerto-Riqueño D. Francisco Oller, que ha estado abierta desde el 14 al 30 de Junio y que ha sido favorecida no solo por la concurrencia de todas las personas de buen gusto y de sentimiento artístico que han ido á admirar mas de una belleza de las muchas que ha exhibido el pintor de nuestra isla; sino tambien por numeroso pueblo que, con menos criterio artístico, pero quizás con mejor sentimiento á veces, aplaude lo bello sin saberse explicar la razon de ello.
Así como no hubiera sido justo pasar desapercibida la exposicion de pinturas, así tambien confieso paladinamente que no me atreveré á entrar de lleno en un juicio crítico de las obras de mi amigo Oller, porque reconozco que sería tarea muy superior á mis débiles fuerzas, por mas que haya oido respetables opiniones y me haya detenido en estudiar los cuadros presentados. Confórmese, pues, el lector con una simple opinion ex cathedra, formulada dentro del modesto círculo á que alcanza mi sentimiento estético; y sepa el amigo Oller que no tengo aquí la pretension de ofrecer una crítica razonada, sino simplemente hacer una descripcion mas ó menos cierta del hermoso espectáculo que nos ha dado ocasion de admirar.
Hermoso espectáculo, sí, porque lo son todos aquellos que hablan á la imaginacion y al sentimiento y tienen el privilegio especial de conmover los corazones que saben gustar de lo verdadero, de lo bueno, de lo bello. Solo al arte le es dado brindarnos un conjunto de procedimientos que hieran el alma en sus mas delicadas fibras, produciendo sensaciones de dolor ó de placer, con las que tal vez no sabríamos de otro modo connaturalizarnos.
Entremos en el salon de pinturas y ocupémonos de los cuadros por el órden mismo con que los presenta el Sr. Oller en su catálogo.
1º—Retrato de S. M. la Reina Doña Isabel II (q. D. g.), copia del que posee el Excelentísimo Ayuntamiento de la Capital, obra del distinguido pintor Sr. Madrazo y único original que existe en esta Isla.
En esta copia el artista ha introducido algunas variaciones, sin duda teniendo en cuenta que el original fué hecho en 1850 y tambien por ser imposible sugetar la mano de un artista que se encuentra á cierta altura para ceñirla á hacer una copia servil: todo, sin embargo, está estudiado en este cuadro y el estilo del Maestro bastante bien interpretado.
2º.—Retrato de la Excma. Sra. Doña Clementina Buttler de Marchessi. Este cuadro me ha hecho comprender que cuando en la espresion de una cabeza predomina un sentimiento cualquiera, el artista se siente entusiasmado y ejecuta su obra lleno de ardor. La Sra. Marchessi es buena y esa bondad se demuestra en su rostro, al cual la naturaleza hizo además hermoso; ambas dotes han contribuido, á no dudarlo, á que el artista haya sabido aprovechar tan hermoso modelo, como lo prueba el estilo largo y franco que distingue al cuadro. Los detalles, como en general todos los de mi amigo Oller, están bien estudiados; la perspectiva del fondo bien entendida; y las carnes ofrecen tintes mas suaves que las de otras figuras de que me ocuparé mas adelante.
3º.—Cuadro religioso Santa Cecilia, original.—¡Lástima grande que mi amigo Oller sea discípulo tan consecuente de esa escuela realista contemporánea que ha deificado á Proudhon en su estética! Y digo esto porque se me figura que de no ser así habria mas vaporosidad en el cuadro que contemplamos; hubiera presentado con mas ligereza ese conjunto de formas, humanas es verdad, que constituyen el cuadro, pero que tienden á lo ideal por medio de esa vaguedad indefinible que la escuela realista no encontrará nunca en la materialidad de sus modelos.
La composicion, sin embargo, está llena de gracia; las figuras y en particular la de la Santa se destacan bien del fondo, que es un cielo azul muy transparente; y el conjunto revela el ingenio y el buen gusto del autor. Las nubes están ejecutadas de tal manera que parecen moverse; y esto hace que se vea á la Santa como subir lentamente, á lo que se armoniza del todo la espresion de dulzura de su rostro que hace un contraste agradable con el movimiento inquieto de las nubes. El colorido, estudiado con detenimiento, prueba la inteligencia artística de mi amigo Oller; pues los objetos que se oponen al aire libre y sobre todo contra una fuerte luz, como la que revela el fondo tan claro del cuadro, y particularmente las carnes, adquieren un tono mucho mas fuerte, que las hace en el cuadro aparecer de un rojo muy subido, por efecto de la oposicion del color azul del cielo. Estas observaciones que para el público en general suelen pasar desapercibidas por la falta de costumbre de estudiar los efectos de luz, son muy apreciadas por los artistas y aun por los profanos que tienen gusto para admirar la exactitud con que el arte imita los fenómenos de la naturaleza.
Deseo que mi amigo Oller tenga tipos como el de que me ocupo siempre que haya de hacer cuadros como este; seguro de que concluirá por darles la idealidad que su artista corazon sabe comprender perfectamente, por mas que su cabeza y su mano quieran sujetarse á preceptos escolares que siempre contendrán el vuelo de toda imaginacion entusiasta.
Recuerde mi amigo Oller que en la materialidad de la vida difícil será que encuentre nunca una sola de esas bellezas infinitas que únicamente la fé nos revela; y deje á su alma creyente que se lance en las regiones celestiales, cuyas armonías y delicias estoy seguro sabe apreciar, sobre todo cuando trate asuntos religiosos.
La primera vez que ví este cuadro (hace año y medio) nada revelaba que Santa Cecilia habia sido mártir, pues solo estaba representada su virginidad con flores: hoy he encontrado un bello ángel al lado izquierdo del cuadro, que lleva la palma del martirio: es una correccion tanto mas oportuna, en mi humilde juicio, cuanto que además de no echarse de menos un símbolo indispensable, se ha llenado un vacio del cuadro que producia mal efecto.
4°—Retrato de D. Manuel Sicardó y Osuna. No he podido pasar por delante de este cuadro, en las diferentes veces que lo he hecho, sin detenerme largo rato á contemplar aquella figura noble que tantos recuerdos despierta en mi imaginacion; y cuyos detalles me traen á la memoria los alegres dias de la infancia llenos de las travesuras propias de esa edad en la que solo se piensa en burlar la vigilancia del Maestro: puede decirse que este retrato es un cuadro de costumbres, por representar no solo al individuo sino tambien una escena de su vida, demasiado conocida para los que la veíamos discurrir siempre ocupada de las áridas operaciones de una proporcion algebráica ó de un problema geométrico mas ó menos complicado.
El Sr. Oller quiso representar al que á todos nos ha enseñado, al que tanta actividad y constancia tenia para la enseñanza, á aquel á quien tantas maldades hemos hecho y al que tan buenos y tan malos ratos pasó por nosotros; y no encontrando ni el original ni un retrato bueno, el artista, con mucho tacto, se ha valido de los recuerdos que tenia del que tambien fuera su Maestro y no siéndole posible hacer el parecido de la forma, que siempre es insípido cuando no lo acompaña ese yo no sé que que caracteriza el individuo, lo ha representado moralmente tal como lo hemos conocido; aquel es en efecto, nuestro querido D. Manuel, con su indagadora é inquieta mirada, buscando siempre la travesura de los discípulos y atento siempre á la pizarra de las operaciones; espresando la viveza de su carácter en la ligereza con que hacia girar sobre su índice el cordon de que pendian los quevedos. Poco importa que el contraste de los colores no sea de los mejores y que la entonacion del colorido adolezca de flojedad por una parte y de tirantez por otra: la verdad de la figura oculta estas ligeras faltas.
Felicito sinceramente á mi amigo Oller y tambien á la Sociedad Económica, porque el retrato de D. Manuel Sicardó será, en mi pobre opinion, uno de los mejores que posea entre su coleccion de hombres útiles al país.
5º—Retrato del Illmo. Sr. D. Lorenzo de Obregon y Villarroel.—No puedo juzgar del parecido; pero hay brillantez de color, y movimiento en armonía con el personaje que representa. Se conoce que el artista ha frecuentado y comprendido la alta sociedad.
6º—Retrato.—D. Augusto de Cottes es un respetable anciano que todos conocemos. La mejor crítica que puede hacerse de este cuadro es que nadie parará la atencion en la pintura por creerse que está delante del original. Mi amigo Oller me permitirá, no obstante, que le llame la atencion sobre la entonacion de las carnes; de su inteligencia artística se debe esperar que haya mas verdad y limpieza en el colorido.
7º—Retrato.—Una señora de hermosa naturaleza y llena de robustez; el artista ha escogido una de esas posiciones tan naturales en las hijas de los trópicos, cuyo orígen descubren la vaguedad de la mirada y la molicie de la mano izquierda que se entretiene con el velo que la quiere cubrir. Lo que mas llama, en mi sentir, la atencion en este cuadro, es el pecho de la Sra., cuya perfeccion revela que la Osteología y la Miología no tienen secretos para mi amigo Oller.
8°—Retrato.—Otra señora á quien no tengo el honor de conocer. En este cuadro, de algunas dimensiones, parece que el artista ha querido entrar en lucha con ciertas dificultades; y no ha temido poner en oposicion la viveza de los colores en los detalles con la del color de la figura que es lo principal del cuadro; y aunque luchando entre sí, están, sin embargo, en armonía. El paño de la mesa es de una tela fuerte y doble, á la par que el vestido transparente y ligero parece que fácilmente puede moverse con el aire. Sobre la mesa hay un vaso de porcelana con flores tan naturales, que parecen despedir olor; pero cuya misma naturalidad me hace daño tratándose de detalles que podrian pasar sin ser tan atendidos.
La gran dificultad de este cuadro y el escollo para cualquier artista consiste en la naturaleza fina y delicada de la figura; pero mi amigo Oller ha sabido armonizarla perfectamente con la posicion que le ha dado; y solo siento tener que hacer la salvedad de las carnes que antes de ahora he indicado.
9°—Retrato.—No conozco el original; pero es tal la espresion que lo caracteriza que me atrevo á suponer debe estar parecido. En contra de la costumbre de mi amigo Oller, nótase algun descuido en las ropas; circunstancia que no se puede atribuir á olvido en quien con tanta predileccion vé los detalles, y por consecuencia hay motivo para sospechar que se ha hecho apropósito, con el fin de dar mas valor á la cabeza: es una libertad artística, por decirlo así, patrocinada por Vandick, el Ticiano y otros Maestros que no hacian mas que indicar los accesorios para conseguir lo que ha querido Oller; y esto debe servirle de razon bastante para no detenerse mucho en los detalles, por mas que á veces nos ofrezca en ellos bellezas dignas de admiracion.
10º.—Retrato.—En una de las veces que tomaba yo apuntes para escribir este capítulo, hallábase Oller en el salon y le pregunté si en este retrato habia querido representarse él mismo, á lo cual me contestó afirmativamente, pero allá en tiempos en que era muy desgraciado y que sin embargo echaba muy de menos; en una época en que con el pobre vestido que ostenta el cuadro y un pedazo de pan por todo alimento iba á visitar á Rafael, al Españoleto, á Veronese y sobre todo al gran Velazquez, por quien parece tiene nuestro artista una pasion especial, hasta el estremo de colocarle á la cabeza de toda la série de genios que cuenta su arte. Díjome tambien que, para él, su retrato era lo mejor que habia en la exposicion; pero que desgraciadamente no habria nadie de su opinion en Puerto-Rico.
No me atreveré yo á decir tanto como el artista, cuya opinion en verdad me parece un tanto arriesgada, no obstante que está bien ejecutada su cabeza y con el cabello largo y el sombrero chambergo se presta mucho al estilo flamenco empleado en el cuadro; pero sí me parece que tanto el capricho de haber escogido este estilo, en lo que se revela la inteligencia del artista, cuanto el trage que viste y hasta la misma opinion que ha formado el autor de su obra, encierran un misterio que yo respeto; y por consecuencia paso á otro cuadro.
11.—Un boceto.—Parece que es el que ha servido para el cuadro de Santa Cecilia. Está hecho con mucha destreza y el movimiento de los ángeles es muy bonito: podria llamársele la Vírgen de las flores, tal es la bien entendida profusion que de ellas hay en todo el cuadro.
12.—Cuadro de costumbres.—Una niña despues de acostada y persuadida de que nadie la ve, toma la vela y con mucho ahinco lee la carta de su.... no, no sé de quien sea; pero de seguro que no es ni de su papá ni de su mamá.
Si me he equivocado, el artista tiene la culpa; pero creo que positivamente estoy en el secreto y por esta parte paréceme que mi amigo Oller ha conseguido cumplidamente el objeto que se propuso; tal es la espresion de aquel bonito rostro juvenil, aun cuando se halla casi velado por las sombras de la noche que la luz artificial no alcanza á disipar.
Los efectos de luz artificial son de suma dificultad por los inconvenientes que ofrece su estudio por lo penoso de la ejecucion, á causa de los grandes contrastes de mucha luz y de mucha sombra; pero en este cuadro, sin embargo de sus pequeñas dimensiones, el artista nos ha revelado su gran inteligencia; y en mi humilde opinion este cuadrito bien puede figurar entre las obras mas selectas de mi amigo Oller.
13.—Cuadro alegórico.—La Venus de Borínquen.—Pintura decorativa en que el autor parece que ha querido representarnos la muger primitiva de este suelo; en medio de la esplendidez de su naturaleza. Si alguna falta de exactitud puede notarse en el color propio de la raza que ha querido representar mi amigo Oller; si alguna incorreccion, aunque pequeña, existe en el dibujo; en cambio el cuadro ofrece bellezas que no pueden menos de fijar las miradas de todo el que lo contempla; la figura es tan hermosa como encantador el cielo que le sirve de fondo; y no parece sino que en aquella orilla del mar se respira la perfumada brisa de los trópicos. Sensible es que el artista no hubiera podido colocar sus cuadros en mejores condiciones de luz y tambien de distancia conveniente, sobre todo en el de que me ocupo; porque de cierto hubieran podido ser mejor apreciados.
14.—Retrato.—El original, á quien tengo el gusto de conocer, debe encontrarse mas satisfecho de ver su verdadero rostro mirando el retrato que contemplándose en un espejo. Aquella cabeza, que se destaca perfectamente del fondo, tiene no solo las mismas facciones de mi amigo R. sino que presenta la misma animacion de su fisonomía, ese no sé qué que distingue á cada cara de todas las demás que se le parecen. Tanto por esta circunstancia, como por la buena entonacion de los colores, creo que es uno de los mejores cuadros de nuestro artista.
15.—Retrato de un negrito alegre, no tan alegre como debió quedar el original al verse representado en el lienzo con la maestria que ha desplegado mi amigo Oller en este cuadro. Verdad en la figura, armonía en el colorido, mas difícil tratándose de una piel negra; estilo franco y desembarazado; y una ligereza que descubre la seguridad del pincel, son las cualidades que mas resaltan en este retrato y que nos dan á conocer al artista que hace honor á su país.
16—Retrato.—Nada diré del parecido porque no conozco el original; pero creo, en mi humilde opinion, que aquella cabeza se destaca poco del fondo.
17.—La Vírgen de la Providencia.—Hay mas idealidad en esta figura que en la de Santa Cecilia; y se conoce que el artista podria seguir á Rafael en su pléyade de Vírgenes, presentándonos no copias serviles sino imitaciones dignas de un buen Maestro.
18.—Paisage.—Fachada principal de la Casa de Convalescencia en Rio-piedras. Noto en este cuadro demasiada rigidez; no sé si porque, poco afecto á los serios estudios matemáticos, no me avengo á las líneas rectas en las que habrá de todo menos poesía.
19.—Paisage.—Fachada de la misma casa que dá al jardin.—No hay tanto estudio como en el anterior en los detalles, que son demasiado minuciosos; pero, por el efecto de luz que ofrece, es superior en brillantez y en lo bien que ha comprendido el pintor ese efecto del sol que en las horas del medio dia, en que es mas fuerte, hace perder la forma á los objetos que ilumina. Las figuras que se pasean en el jardin están tocadas con habilidad y me atrevería á designar en ellas, aunque muy pequeñas, las personas que quiso representar el artista. El cuadro marcado número 18 me parece un poco opaco; y aunque es efecto de mañana creo que falta por completo la impresion de la naturaleza. Perdone mi amigo Oller esta opinion á quien se reconoce profano en su arte; pero le conozco lo bastante para saber que oye los consejos que no carecen de buen sentido y esto dice mucho en su favor.
20, 21, 22 y 23.—Paisages.—Vistas de Copenhague.—Estos cuatro paisages presentan la naturaleza fria de aquel clima que no conozco y cuyas bellezas me considero incompetente para juzgar; permítame pues el lector que pase á otra cosa susceptible de mas calor; el cual encontraremos sin duda alguna en los siguientes cuadros de comedor.
24.—Bodegon.—Mi amigo Oller ha comprendido perfectamente, como todos los pintores de la escuela española á la que pertenece esta clase de cuadros, que dicho género de pintura debe ser de una gran verdad para que tenga mérito. Nada quisiera decir de este cuadro y de los demás de su clase; sino que cada uno de mis lectores lo viera y escribiese aisladamente su opinion, seguro de que todos dirian lo mismo que yo. La verdad es tan grande que, al ver la gallina muerta y pelada, la taza de manteca y el utensilio de cocina que está detrás y al que la cocinera se olvidó de quitar la grasa del dia anterior, me entran impulsos de soltar la pluma y mandar preparar una gallina igual, por mas que no sea muy conveniente cuando se está sufriendo una gastrítis. En segundo término aparece una hermosa calabaza, tan hermosa que si, en vez de hombre, fuera yo mujer y por añadidura jóven, y á mi amigo Oller se le ocurriera regalarme este cuadro, lo tomaría como un epígrama punzante. No me parece, sin embargo, que al artista se le haya pasado por las mientes semejante idea.
Tanto este cuadro como los que siguen marcados con los números 25, 26 y 27 son sin duda de indisputable mérito artístico.
25.—Bodegon.—Otra gallina pero viva, huevos, un caldero de cobre en que se ven manchas de cardenillo y una botella de vidrio. El tono es mas vigoroso y su ejecucion poderosa demuestra claramente la firmeza que caracteriza el estilo de Oller y que impide el que en la generalidad de sus cuadros se encuentre ninguna parte relamida. El cardenillo adolece de falta de color.
26.—Bodegon.—El canasto de la cocinera, que difícilmente se mejora; un papel de avichuelas; una naranja agria que da dentera con solo verla; tomates, unas botellas y unas monedas de cobre; todo lleno de verdad como en los anteriores.
27.—Bodegon.—A mi amigo Oller debe gustarle mucho el carato de guanábana, porque en este cuadro ha dispuesto todo lo necesario para prepararlo y lo ha dispuesto con tal verdad que, á mí por lo menos, me produce siempre sed la vista del cuadro. Una hermosa guanábana partida en dos por un cuchillo que casi le incita á uno á sugetarlo para que no se resbale de la orilla del plato en que se apoya, tal es la exactitud con que está hecho; una botella de barro que debe hacer muy fresca el agua y un vaso con su correspondiente azúcar, esperando la madura tajada de la fruta, son los objetos que contiene el cuadro y en cada uno de los cuales luchan la inteligencia y la mano del artista por vencerse á sí propias.
28.—Bodegon.—Una cacerola y un trapo de cocina, que parecen decir que han sido hechos el uno para la otra; y un queso ya partido colocado sobre una hoja fresca de plátano, de una verdad tan patente, que de seguro tratarían de utilizarla todas las pasteleras de este país que tuvieran ocasion de verla.
29.—Bodegon.—Una cafetera, un medio pan, un plátano y dos mazorcas de maiz tan hermosas que me hace recordar los versos de Bello.
Gefe altanero, de la espigada tribu.
30 y 31.—Bodegones.—Plátanos y mangos de no tanta verdad como la guanábana, la calabaza y demás frutos de que he hecho referencia.
32 al 45 inclusives.—Estudios de paisages en que hay bellezas admirables de imitacion, cielos como solo los ofrece nuestra zona tropical, perspectivas deliciosas y mucha poesía en algunos de ellos; en otros, sin embargo, segun mi humilde opinion, hay falta de entonacion en el colorido y en uno que otro como el 40 y 43 hasta falta de armonía en los detalles: pero en general son de un efecto maravilloso y parece imposible que se pueda jugar de esa manera con los colores y conseguir una impresion tan exacta. En estos estudios quiere sin duda mi amigo Oller demostrarnos que ha bebido en la fuente de los grandes Maestros; y que, como el poeta, se deja seducir por la inspiracion sin detenerse nunca en la materialidad de lo que vulgarmente se conoce con el nombre de pincel fino; gusto amanerado y ridículo de los que, con poca imaginacion, no son capaces de producir otra cosa mas que esos cuadros que ciertamente están acabados pero no están hechos. Para convencerse de que no he consignado una paradoja por mas que lo parezca á primera vista, basta, en mi juicio, recordar esos cuadros de pinceladas muy iguales, de líneas muy correctas y hechas con mucha paciencia, que podrian pasar por trabajos perfectos de caligrafía, pero que distan mucho de ser buenas obras de pintura: á esos cuadros es á los que me refiero y de los que digo que están á no dudarlo acabados, pero que les falta lo principal para estar hechos; les falta armonía, les falta verdad en los tonos, les falta el aire que rodea todo el cuerpo que representan; y, si se me permite el atrevimiento, les falta el aire que se mueve entre el pintor y el objeto que copia y que es lo que constituye un cuadro hecho.
Por eso yo creo que los jóvenes puerto-riqueños que se dediquen á la pintura deben examinar los estudios de mi amigo Oller, para que como él aprendan á copiar la naturaleza y á sacar de ella reglas invariables que les sirvan en todos los casos, sabiéndolas aplicar con acierto, como lo hace nuestro artista; y sepan tambien conocer á tiempo que en la pintura, como en la música, como en todas las bellas artes, hay algo que no se aprende, sino que nace con el individuo y que en faltando debe abandonarse el arte. Por esto los Italianos dicen que solo se puede ser artista per dono di Dio.
Ese don lo ha recibido mi amigo Oller y ha sabido cultivarlo y sabrá engrandecerlo todavia mucho mas, porque es jóven y su alma sabe sentir todas las grandezas y todas las bellezas de su divino arte, y no querrá que esta sublime llama se estinga en medio de la soledad artística en que hoy se halla sumido; sino que volviendo á la atmósfera en que nunca se extinguen las auras perfumadas por los recuerdos de los grandes Maestros y por los ejemplos de los que les han sucedido, respirará de nuevo el aire vivificador que comunique nuevo impulso á su ardiente corazon.
El artista que llega á la altura de mi amigo Oller tiene derecho á aspirar á la gloria; y ésta, por desgracia, no puede dársela nuestra pobre sociedad, en la que ni siquiera hay una sola cosa que revele la existencia de las bellas artes; lo único que podemos hacer aquí, y es muy poco en verdad, es reconocerle como nuestro mejor pintor, superior al mismo Campeche, cuyos cuadros casi todos relamidos y muchos de incorrecto dibujo, jamas le hubieran hecho reconocer como genio, á no ser por la época y las circunstancias en que vivió. Perdóneseme que juzgue tan sin piedad la gloria, como dice Lamartine, y no se me tache de inconsecuente; siempre he apreciado y siempre sabré apreciar á Campeche, pero no por eso dejo de reconocer los defectos de que adolece y de que no tuvo medios de corregirse.
Despues de escrito lo anterior ha salido á luz en los periódicos de esta plaza un anuncio de mi amigo Oller manifestando que fija su residencia en esta ciudad y abre una clase de dibujo, gratis, para los artesanos. Hé ahí el corazon del artista que no puede menos de admirarse; pero á traves de la admiracion brota en mi corazon un sentimiento de dolor que nace al ver oscurecerse el porvenir de mi amigo. Acuérdate, amigo mio, que aquí no pueden darse bellezas artísticas,
que las flores no nacen entre el hielo, como dice Martinez de la Rosa; y tú nada tienes que esperar ni nada que adelantar entre nosotros....
Pero puesto que has hecho el sacrificio, aceptémoslo; y que el país te sepa agradecer la espontaneidad con que le has consagrado tu primer pensamiento.
La clase que anuncia Oller, como él mismo lo ha dicho al anunciar su esposicion; será una verdadera academia de Geometría práctica, de dibujo lineal, de adorno y natural aplicado á la industria; y en ella encontrarán los artesanos todos los conocimientos útiles á sus diversas profesiones y especialmente los decoradores de casas que ejerciendo hoy su oficio solo por práctica rutinaria y de mal gusto, perpetuan este, aunque no sea sensible á la vista de la generalidad, pero sí á la de las personas que en otros paises hayan tenido ocasion de observarlo.
Y sin embargo, el pintor se lamenta de no haber encontrado quien quiera auxiliarle en tan laudable propósito; no parece sino que se ignora lo que semejante clase puede influir en el adelanto de las artes mecánicas, tan atrasadas hoy en nuestro país y contra las que tanto se clama, culpando generalmente á los que menos responsables son del atraso. Empero creo que el auxilio que habrá buscado mi amigo Oller será puramente particular; y en mi juicio los llamados á realizar en toda su extension su útil pensamiento son los cuerpos que tienen por objeto el desarrollo de los intereses materiales y el progreso de la educacion moral é intelectual. Que apele el artista á la Sociedad Económica y al Ayuntamiento de la Capital y no dudo que será oido con gusto y secundado con provecho; ambas Corporaciones tienen el deber de trabajar en la instruccion pública y el Municipio que tan fuertes sumas consagra á ella, es de esperarse que no titubee en añadir lo poco que el pintor puede necesitar.
No sé si el amigo Oller estará de acuerdo con estas ideas; pero de todos modos yo trabajo en favor de esta poblacion, á la que lo debo todo, y eso justificará mis sentimientos. No obstante esto, deseo que al leer el artista estas líneas, todo lo que tenga que decir de mí sea lo que con tan buen estilo, como sentimiento y delicadeza dice La Fontaine en su bellísima fábula Los DOS AMIGOS:
Qué un ami veritable est une douce chose!
X.
Festividad religiosa, Fuegos, Mascarada, Cabalgata, Regata, Alborada.
Volvamos á las fiestas cuya descripcion interrumpí en el capítulo anterior para ocuparme de la exposicion de pinturas. A medida que adelantaba el mes de San Juan íbase notando mayor animacion en la Ciudad y ya el dia 11, que se celebró la fiesta del Corpus, veíanse muchos forasteros atraidos por el deseo de disfrutar de las diversiones con que la Capital celebraba á su Santo Patron.
En los tres dias anteriores á esa gran festividad del Catolicismo se efectuó otra, tambien religiosa, en la iglesia de los PP. de la Compañía de Jesus, en honor de los Beatos Mártires del Japon, que atrajo á aquel templo una concurrencia tan numerosa como lo es siempre la que asiste á las funciones de los Jesuitas, notables sin duda alguna por la solemnidad que saben darles y el buen gusto con que adornan la Iglesia. Esta presentaba un golpe de vista tan nuevo como encantador en los dias á que me refiero: sus sencillos arcos se habian convertido en elegantes arcos de estilo gótico, pintados con esquisito gusto y que se armonizaban perfectamente con las espaciosas bóvedas del hermoso templo de los antiguos Domínicos; y grandes guirnaldas de flores exhornaban los macizos de las paredes, en cuya parte baja aparecian inscripciones en latin, de estilo antiguo, alusivas á la festividad y á las virtudes de los Santos; del centro de los arcos pendian elegantes arañas y en el interior de los mismos lucian hermosos ramilletes en sencillos pero bonitos jarrones.
El altar mayor se elevaba hasta la altura de las cornisas del edificio por medio de un transparente de grandes dimensiones que representaba en su parte baja una galería en que figuraban todos los nuevos Santos, en cuyo honor se hacia la fiesta; y sobre esta galería se descubria la gloria, en el momento de entrar en ella los mártires; los símbolos de su martirio completaban este cuadro, que así por su dibujo como los efectos de luz, revela la inteligencia del artista Mr. Petit para la pintura decorativa. En las tres noches que duraron las fiestas se hizo la apología de los Santos por boca de algunos de nuestros mas ilustres oradores; y en las misas se ejecutaron composiciones de grandes maestros por una orquesta tan numerosa como escogida. Justicia será consignar que no fué de las que menos brilló, apesar de la terrible competencia que hubo de sufrir, la gran misa del Sr. Aruti, artista italiano que hace algun tiempo reside en este país y que ha revelado su buen gusto y su inteligencia música en la obra de que me ocupo. Toda la composicion pero especialmente los kiries son notables por la brillantez y las bellezas que contienen.
Los PP. Jesuitas no se redujeron solo á las funciones religiosas, sino que celebraron una academia literaria la noche del 14, en el gran pátio del Colegio-Seminario, en cuyo testero principal se habia levantado un bonito escenario de gusto oriental, iluminado como todo el pátio por arañas y faroles de color. En aquel se colocaron los alumnos que debian leer composiciones y en el último el numeroso y escogido público que concurrió al acto.
Dióse principio á este por una prolusion en que se describia la historia de la canonizacion de los Mártires y la satisfaccion que experimentara la Iglesia al aumentar el número de sus intercesores en el Cielo, precisamente cuando tanta necesidad tiene de ellos, por las aflicciones y los peligros en que se halla. Siguió á esto una sinfonía ejecutada por una banda de música militar y se leyeron despues siete composiciones poéticas, entre las que sobresalieron, en mi humilde juicio, por sus bellezas literarias y la cadencia y armonía de sus versos una oda alcáica-latina "La Iglesia pidiendo á Dios la conversion de los Japoneses" y una cancion castellana "Los misioneros fugitivos," que leyeron con bastante propiedad, los jóvenes D. Federico Perez y D. Félix Echavarría.
Un intermedio de canto dió algun descanso á los jóvenes académicos; concluido el cual se recitaron otras nueve composiciones, siendo notables entre ellas una elegía francesa "Los fieles lloran la muerte de los misioneros;" unos tercetos castellanos "La cristiandad del Japon desolada;" y unos bellísimos exámetros latinos, "Los mártires glorificados por la Iglesia en su beatificacion." Creo imparcialmente que la elegía francesa lució mas que todas las otras composiciones por la pureza de pronunciacion, la buena entonacion y la propiedad en la expresion con que fué recitada por el jóven D. Calixto Romero, que dió así una prueba de lo familiarizado que se halla con el idioma francés.
Al terminar esta agradable fiesta, hermosas luces de Bengala, de variados colores, iluminaron la concurrencia que llenaba el pátio y las galerías, al mismo tiempo que se quemaron diversos fuegos de artificio; todos los allí presentes, se retiraron con el sentimiento de ver terminar un espectáculo que tanto decia al corazon y á la inteligencia; y satisfechos de las dulces horas que con su reconocidas ilustracion habian sabido proporcionarles los amables PP. Jesuitas, que probablemente, sin intencion en lelo, contribuyeron así al mayor esplendor de las fiestas populares.
Tres dias antes de esto, el 11 por la noche, el Ayuntamiento ofreció otro espectáculo de los que mas favor gozan en el público, cuales son los fuegos artificiales. Demás está decir que una apiñada muchedumbre llenaba no solo la plaza y las calles que la rodean y las avenidas de las que á ella confluyen, sino tambien los balcones y las azoteas de las casas de los alrededores, tratando cada cual de buscar el mejor sitio para gozar de la fiesta. Una banda de música amenizaba el acto que dió principio á las ocho de la noche.
Quemáronse como en la primera noche arcos, ruedas, cohetes, llamas, monteros y otras muchas piezas en que lució su habilidad el pirotécnico; sin embargo de que habria razon para decirle lo que la abeja dijo al cuclillo, segun nos cuenta Iriarte:
Pero en obra destinada
Solo al gusto y diversion,
Si no es varia la invencion,
Todo lo demás es nada.
La invencion con todo no dejó de variar algo, pues la pieza principal de los fuegos era un gran templete con la imágen del Santo Patron que lucia ornada de brillantes luces de distintos colores, en medio de caprichosas combinaciones de ruedas, cohetes, velas Romanas y otros adornos de muy buen gusto y que ofrecian un hermoso conjunto de fuego, de luz, de movimiento y de colores. El público sorprendido agradablemente aplaudió al constructor; y transcurrieron dos horas de sencilla y entretenida diversion, de que disfrutaron todas las clases de la sociedad, sin que el mas leve incidente desagradable turbase ni por un momento el órden y la compostura que forman el distintivo de este pueblo, siempre que se reune en grandes masas.
Despues cada cual se retiró á su hogar contento de haber disfrutado de una de las fiestas que mas favor gozan hoy entre este público, que sabe perfectamente amoldarse á todo lo que sea de buen gusto y represente un progreso; por mas que, como antes lo he dicho, no se le haya dado hasta ahora educacion, siquiera no sea mas que hasta donde lo exijen la importancia de su crecida poblacion y de los intereses que representa.
El domingo siguiente, ó sea el dia 14 del mes, hubo otro espectáculo, si no nuevo porque ya otra vez lo hemos visto efectuar con muy buen éxito, de mucho gusto tambien y de gran variedad relativamente á lo que podia esperarse por el programa publicado.
En la tarde del indicado dia, varios jóvenes del comercio de mercería sacaron una gran mascarada que recorrió todas las calles de la poblacion. Diez y seis ó diez y ocho coches, precedidos por un gran carro triunfal, bonitamente exhornado con todos los atributos del comercio y superado por el dios Mercurio, y seguidos de una brillante orquesta que ejecutaba preciosas danzas, llevaban cincuenta ó sesenta máscaras, en las que se hallaban representados desde el chistoso andaluz con su galana chaquetilla y su calañé hasta el taciturno turco envuelto en los interminables pliegues del tradicional turbante. Allí iban mezcladas en alegre confusion todas las naciones y todas las edades; y no era extraño ver junto á un finchado hidalgo, que de seguro habria sabido gozar á sus anchas de un feudo si le hubiera pillado á mano, un hijo del Celeste imperio con toda la estupidez propia de aquella tierra en que los conocimientos humanos son el privilegio esclusivo de un número muy reducido de hombres. En otro coche departian amistosamente Polichinela, ese hijo espureo de la moderna sociedad, que con solo levantar una pierna en Maville pone en movimiento toda la policía francesa, y un pensativo Nostradamus que de fijo, lo mismo que le ha sucedido á todos sus antecesores, se ha quedado sin encontrar la piedra filosofal.
Por fortuna, en los momentos de la mascarada, no se trataba de vencer tamañas dificultades, á las que tan inútilmente para sí y con tanto provecho á veces de la ciencia, ha consagrado su vida entera ese respetable número de individuos á quienes dice Racine:
Toi qui riche en fumée oh sublime alchimiste!
Tratábase solo de divertirse, lo cual es siempre mas fácil para el hombre, sin duda en cambio de que las penas vienen por sí solas; y lo hacian á las mil maravillas moros y cristianos; feudos y vasallos, chinos y europeos; llevando la alegría á todas partes y repartiendo por todas dulces y versos con profusion.
La mascarada salió del Teatro y recorriendo la calle de la Fortaleza, en toda su estension, fué á detenerse en el estremo oeste, en el palacio del Gobernador Superior, subiendo dos ó tres máscaras á saludar á S. E. y á su apreciable familia, quienes los recibieron con toda la finura que los distingue. Hubo speechs, aunque cortos, y en ellos se manifestaron los deseos por la felicidad y bienestar del Gefe de la provincia, así como por el engrandecimiento del comercio de esta; á lo que contestó S. E. que por su parte hacia cuanto le era dable por conseguirlo y que cada dia tenia nuevos motivos para trabajar con mas empeño en ello; encontrándonos así con que la alegre fiesta, cuyo objeto era solo la pública diversion, reunia en sí el utile dulce, de que nos habla el viejo poeta latino.
Terminado el acto de cortesía, volvió á ponerse en marcha la mascarada rodeada de un inmenso concurso de toda clase de gentes, que la acompañó en su escursion por las demás calles de la ciudad; y se pasó la tarde alegre y divertida, merced al bonito espectáculo discurrido y ejecutado por los jóvenes merceros.
A los cuatro dias de esta fiesta nos ofreció otra, no menos alegre, nueva y favorecida, el gremio de Comisionistas que, deseando tomar parta en los regocijos públicos, dispuso una diversion digna de la buena sociedad que en ella tomó parte y digna de los que preciándose con razon de cultos, no olvidan por lo mismo que los sentimientos caritativos son uno de los mas sólidos fundamentos en que puede apoyarse la cultura de cualquier pueblo.
Dió principio esta fiesta por la distribucion de siete limosnas á igual número de huérfanas pobres, una de cada barrio de la Capital, cuyo acto se verificó el sábado 20 de Junio por la tarde en el salon de la plaza principal y ante un concurso numerosísimo que se habia reunido para presenciar la fiesta. Veinte y cinco duros fueron entregados á cada una de las favorecidas por la suerte entre las que se habian considerado acreedoras á gozar de aquel donativo; y al regocijo público que produjo esta accion benéfica se unió, con mucho mas motivo, el de las siete familias que se encontraban con un socorro inesperado y de gran estimacion para las que, luchando con las escaceses de una horfandad desvalida, no tienen mas esperanzas regularmente que ver una mano generosa que hácia ellas se extienda.
Esa mano representa un don espléndido de la Providencia, el de la misericordia; y no puede menos de ser besada con respeto y con amor por aquellos á quienes favorece. Terminado el acto de caridad reuniéronse en el mismo salon de la plaza las amazonas y caballeros que iban á tomar parte en la cabalgata; mientras que en las calles de los alrededores se colocaban en hileras los coches para las demás señoras y señores que tambien pertenecian á ella. A poco rato y cuando ya se hallaban todos reunidos, se puso en marcha la comitiva por la calle de San Francisco. Rompian aquella diversos criados que llevaban las banderas contraseñas de las casas comisionistas; seguía detrás una banda numerosa de música que ejecutaba preciosas danzas; despues y sobre un pequeño carro preparado para el efecto se levantaba una pirámide trunca en cuya parte superior ardian mas tarde variadas luces de Bengala para alumbrar el alegre cortejo; en seguida lucian sus gracias cincuenta esbeltas ginetas que vestian variados y caprichosos trages, presentando así un conjunto mas agradable; y junto á ellas otros tantos apuestos caballeros que hacian los debidos honores á sus damas, no obstante que junto á cada una de estas marchaba un lacayo. Por último, venian los coches en que lucian muchas otras señoritas y señoras, así como tambien numerosos señores.
La elegante comitiva reunia á no dudarlo todo lo principal de la sociedad puerto-riqueña; y fué un espectáculo, tan nuevo como agradable, ver tantas jóvenes hermosas y elegantes prestarse con la amabilidad que les es propia al buen éxito de tan culta diversion; por eso el gremio de Comisionistas anduvo asaz acertado cuando las ofreció en justo tributo de su bondad la bellísima serenata escrita por el distinguido poeta Dr. D. J. G. Padilla, con todas las galas de su inagotable fantasía, con toda la armonía de su rico laud. Delicada composicion que tiene en sí tanta ternura como una enamorada hija de los trópicos, tantas bellezas como los rostros angelicales de aquellas á quienes ha sido dedicada.
Pero volvamos á la Cabalgata, que la he dejado en marcha por la calle de San Francisco, la cual recorrió en toda su extension hasta dar la vuelta por la plazuela de Santiago y tomar la de la Fortaleza en direccion al palacio del Gobernador Superior, con objeto de presentar sus respetos al Gefe que tambien tomaba parte en la fiesta, puesto que su niña era la primera y bien apuesta amazona de la cabalgata.
Una vez terminado este acto de justa deferencia, la comitiva recorrió las principales calles de la ciudad, encontrando por todas ellas curiosos espectadores de todos sexos y condiciones que se agrupaban á las puertas y balcones de las casas, en las avenidas de las calles y en todos los sitios, desde donde podian admirar aquel bello y alegre cortejo.