Obras
Nota de transcripción
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Garcilaso
CLÁSICOS CASTELLANOS
GARCILASO
OBRAS
MADRID
EDICIONES DE «LA LECTURA»
1911
IMPRENTA DE «CLÁSICOS CASTELLANOS»
INTRODUCCIÓN
Garcilaso de la Vega nació en Toledo, año de 1503; fue hijo segundo de D. García[1], notable político de la Corte católica, y de D.ª Sancha de Guzmán, señora de Batres; hubo en su estirpe escritores, artistas, santos y guerreros, desde D. Pedro Laso, almirante del Rey Alfonso el Sabio, hasta su hermano el mayorazgo, llamado también D. Pedro Laso, corregidor de Toledo y capitán del partido rebelde al comienzo de las Comunidades, cuando estas defendían sinceramente los fueros castellanos[2].
Siendo Garcilaso mozo de pocos años quedó huérfano de padre; pasó en Toledo su primera juventud[3], y cuando fue de edad para servir al César, recibiole este en la noble guardia de su persona.
«En el hábito del cuerpo tuvo justa proporción, porque fue más grande que mediano, respondiendo los lineamentos y compostura a la grandeza; la trabazón de los miembros igual, el rostro apacible con gravedad, la frente dilatada con majestad, los ojos vivísimos con sosiego, y todo el talle tal, que aun los que no le conocían, viéndole le juzgaran por hombre principal y esforzado, porque resultaba de él una hermosura verdaderamente viril[4].»
Fue un perfecto cortesano; hablaba el griego, el latín, el toscano y el francés; manejaba las armas con gentileza; tañía el arpa y la vihuela con rara habilidad, y en las fiestas galantes, con Boscán, Acuña, Mendoza y Villalobos, triunfaba por su ingenio y su donaire; llevole a la corte de Francisco I una airosa embajada de la Emperatriz; en la deleitosa Nápoles, predilecto del virrey D. Pedro de Toledo, sirvió al Estado en cargos de privanza; y en cortejos y amoríos, como poeta y caballero, rindió su tributo a las costumbres de su tiempo; dos amores, en distintas fechas, pasaron por sus versos con singular fragancia de sinceridad: el de Galatea o Elisa, la musa campesina de sus églogas, muerta en la juventud[5], y el de cierta dama napolitana, sirena misteriosa, musa gentil de sus sonetos[6]; en 1526, acaso demasiado joven, fue desposado con doña Elena de Zúñiga, señora muy principal, hija de D. Íñigo, el maestresala de la Reina D.ª Isabel; en 1532, por su complicidad en el desposorio de un sobrino suyo con D.ª Isabel de la Cueva, sobrina del Duque de Alburquerque, desobedeciendo la voluntad de los Reyes, estuvo algunos meses desterrado en una isla del Danubio[7].
Garcilaso, soldado, fue espejo de valientes; afecto al César por educación y gratitud, se batió contra los comuneros en Olías[8]; formó en la expedición de los sanjuanistas en defensa de la malograda isla de Rodas, 1522[9]; peleó contra los franceses en Fuenterrabía, 1523, y contra los florentinos en Italia, 1530; tomó parte, acaso, en el socorro de Viena, amenazada por Solimán el Magnífico, 1532, y luchó contra Barbarroja en la caballeresca empresa de Túnez; varias veces fue herido, y las más de ellas en el rostro; osado hasta la temeridad, se halló en trances de muerte, y en un siglo de héroes, la fama de su valor sobresalió hasta lo legendario[10]. En 1536, día 23 de setiembre, pasando las tropas imperiales frente a la torre de Muey, a cuatro millas de Frejus, en la Provenza, unos cuantos arcabuceros, con piedras y venablos, molestaron a los soldados desde los muros; en ellos abrió brecha la artillería, y como el Emperador se extrañase de que sus peones retardaran el asalto, picose más que nadie Garcilaso, maestre de campo de la gente que al caso estaba más obligada, y sin casco ni coraza, solo con rodela y espada, arremetió escala arriba temerariamente; despeñaron de lo alto una gran piedra que, alcanzándole en la cabeza, le hizo caer de espaldas en el foso con herida mortal; irritados sus soldados, escalaron la torre, y el Emperador, sañoso, mandó demolerla hasta los cimientos y ahorcar a sus defensores, «rigor desacostumbrado en el ánimo benigno de tan gran Príncipe, que nos muestra bien el exceso de dolor y rabia con que destrozó su alma tan trágico suceso»[11]; llevado el herido a los reales de Niza, acabó sus días en 14 de octubre, a los treinta y tres años de edad[12].
Perdiose el poeta Garcilaso antes de manifestar plenamente el fruto de su virtud; la guerra y la política ocuparon su actividad; gastó su vagar en ejercicios cortesanos, y solo por deleite, por homenaje de amistad, por discreteo galante o por desahogo de su corazón dio a las letras, en cortas ocasiones, el regalo de sus versos. Era en su tiempo el humanismo gala de la nobleza, privaban los poetas entre las gentes de calidad, y los príncipes y los magnates estudiaban las obras de los clásicos.
No publicó él sus versos ni acaso se cuidó de conservarlos; olvidados quedaron los que escribió en toscano y en latín[13], y de los castellanos, solo han llegado hasta nosotros los que la diligencia de Boscán, su entrañable amigo, logró reunir; estos fueron tres églogas, dos elegías, una epístola, cinco canciones y varios sonetos[14], los cuales, dados a la imprenta en 1543 por D.ª Ana Girón de Rebolledo, viuda de Boscán, juntamente con los de su marido[15], fueron reeditados en aquel mismo siglo hasta veinticuatro o veinticinco veces.
La métrica italiana, apenas importada por Boscán, halló en Garcilaso un feliz defensor; si erró su gusto en la rima al mezzo, acertó en el terceto y en la octava rima; del verso suelto solo dejó un breve ensayo; dio del soneto y de la estancia lírica ejemplos acabados, y de su dulce lira tanto supo pulir la perfección, que el mismo fray Luis no pudo aventajarle; por su destreza técnica y su intuición poética, aventajando extraordinariamente a sus compañeros Acuña, Mendoza y Boscán, primeros adalides del verso endecasílabo, aseguró en España, con triunfo prodigioso, el estilo toscano[16].
Con las nuevas formas métricas recibimos de Italia abundantes materiales de su Parnaso; «nuestros poetas se apropiaron, como bienes mostrencos las ideas que —en aquellas formas— habían vertido los italianos, y estos y los clásicos antiguos de Grecia y Roma abastecieron a la Musa ibérica, de tal modo, que en los unos y en los otros pueden buscarse, casi siempre con fruto, durante los dos últimos tercios del siglo XVI y una buena parte del XVII, las fuentes de nuestro vasto caudal de asuntos y pensamientos poéticos. Todos imitaban, todos traducían; trajímonos con los moldes la masa echada en ellos, y nuestro Parnaso perdió en originalidad genuínamente española cuanto ganó en brillantes atavíos, en amplitud de formas y en riqueza y variedad de modos de expresión[17].»
Los modelos preferentemente seguidos por Garcilaso fueron Sannazaro en las églogas, y en las canciones y sonetos, el Petrarca; el Brocense y Herrera, grandes eruditos, pusieron tal cuidado en descubrir sus imitaciones, que apenas le dejaron idea original; fueron en gran parte justificadas las protestas que esto ocasionó. Hallose Garcilaso en el principio de una edad naciente, rota la vieja tradición poética, transformada la vida nacional y encendido el espíritu en nuevas ideas con el hervor de las humanidades; no fue pequeña empresa en tales circunstancias adaptar su sentir al gusto clásico, sacar de la Edad Media al habla castellana dándole la dulzura y flexibilidad que faltaba a su bizarría, y sin hacer de las letras profesión —entre las armas del sangriento Marte—, tomando ora la espada, ora la pluma[18], echar los fundamentos de la lírica moderna. Media en la historia de nuestra poesía, un paso de gigante entre Garcilaso y el más moderno de sus predecesores.
Si en sus obras falta, realmente, originalidad, castellanía, espíritu de raza, en fin, alma española, las andanzas de su vida, el provecho de sus pocos años, su obra mal conservada y su temprana muerte le disculpan.
Es su estilo suave y armonioso, dotado de elegancia y humildad en admirable ligamento; «las sentencias son agudas, deleitosas y graves; las palabras, propias y bien sonantes; los modos de decir, escogidos y cortesanos; los números, aunque generosos y llenos, son blandos y regalados; el arreo de toda la oración está retocado de lumbres y matices que despiden un resplandor antes nunca visto; los versos son tersos y fáciles, todos ilustrados de claridad y ternura, virtudes muy loadas en los poetas de su género»[19]; el castellano ha conservado fielmente todos sus giros y modismos; después de cuatro siglos de existencia, su lenguaje aún mantiene lozanía y juventud.
Por natural predilección de su temperamento fue más afortunado en la llaneza de las églogas que en el petrarquismo de los sonetos. Admiraban las gentes la bondad de su trato, el agrado de sus palabras y la singular simpatía con que ganaba los corazones; enemigo de vituperio, detúvose de sí mismo sorprendido, si alguna vez a sátira se fue su paso a paso[20]; sentía la paz del campo, la majestad de la naturaleza, el encanto del agua y de los árboles, del cielo y de la luz; envidiaba a Boscán en su vida burguesa y sosegada[21], y en más de una ocasión, deseando, sin duda, apartarse de la milicia y de la Corte, solicitó servicios provincianos; soldado del gran César, no se inspiró su musa, al parecer, ni en los triunfos de las armas ni en el esplendor imperial.
Nótase en el fondo de sus versos cierto amargor de vida malograda, cierta inquietud y descontentamiento de una no realizada aspiración; sentíase corrido y salteado de generosa vergüenza ante la flaqueza de su voluntad ([Canción IV, 53]); lamentaba el errado proceso de sus años ([Soneto VI]), y maldecía las horas y momentos —gastados mal en libres pensamientos— ([Canción IV, 119]). Diez años fue casado, y de ellos más de seis anduvo lejos de su hogar; pródigo de su pluma con amigos y parientes[22], el nombre de su esposa D.ª Elena, en el desconsuelo de su soledad, no tuvo entre sus versos, que se sepa, ni una dedicatoria ni un recuerdo; y en tanto Elisa —D.ª Isabel Freyre—, cuyos cabellos de oro tejieron la red en que el poeta vio enredada y revuelta su razón ([Canción IV, 101]), fue númen inspirador de sus composiciones más sentidas; Elisa, Galatea y acaso Camila, fueron D.ª Isabel, como Salicio y Nemoroso, y acaso Albanio, fueron, en suma, Garcilaso[23]; lícitas eran, ciertamente, en aquellos tiempos del amor perfecto, galanterías que hoy condenan nuestras costumbres, pero ello no fue obstáculo para que el mismo traductor de El Cortesano, el buen Boscán, cantara las delicias de la vida doméstica y las bondades de su propia mujer[24]. Si drama hubo secreto en la conciencia del poeta, y hay medio de poderlo descubrir, no faltará quien pronto nos lo diga; sea, entre tanto, permitida la indiscreción de estos aventurados pormenores, contra la injusticia de los que han culpado a Garcilaso de vano, artificioso y falto de interés en la expresión de sus sentimientos.
Llamáronle sus contemporáneos príncipe de los poetas castellanos; cien ingenios lamentaron su muerte en canciones de duelo; sus imitadores y partidarios fueron denominados garcilasistas por Cervantes; Lope, en muchos pasajes, le tuvo en la memoria; Sebastián de Córdoba, viendo cuán común y manual andaba su libro entre las gentes, pretendió mejorar su doctrina vertiéndolo a lo divino[25]; por el mismo camino, D. Juan de Andosilla Larramendi salió con su Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos de Garcilaso, y el sabio Sánchez de las Brozas, el divino Herrera y el culto Tamayo de Vargas pusiéronle con sus comentarios en la consideración de un autor clásico; estas son pruebas fehacientes de la popularidad que en todos tiempos disfrutó Garcilaso.
El texto de la presente edición se ajusta exactamente al que Fernando de Herrera dio en sus Anotaciones; Clásicos Castellanos prefieren reproducir este texto famoso, indiscutiblemente útil para el estudio de las letras, en vez de lanzarse a una edición nueva, semi-erudita, que, sin responder de lleno a las exigencias de la crítica filológica, pudiera resultar indigesta e ineficaz en su misión vulgarizadora.
Herrera usó en su libro aquella escrupulosa ortografía, por él ideada, que apenas tuvo partidarios sino en Sevilla, entre sus familiares[26]; de ella respeta esta edición todo lo que puede tener valor fonético, como en la Égloga I, [dino 34], [vitoria 35], [entristesco 254], [mesquina 368], [inesorable 377], [comovida 383], en la Égloga II, [acidente 131], [eleción 166], [mesclado 252], [noturna 297], [nétar 1298], etc.; pero se ha modernizado aquello que solo afecta a la escritura, como en la Égloga I [apressura 18], [iedra 38], [avezina 83], [immortales 395], y se ha repuesto la vocal, prescindiendo del apóstrofo, en formas como nombre ’n todo ([Égloga I, 8]); [qu’ apressura 18], [qu’ en vano 20], al’ otra ([Elegía II, 20]), etc.
Entre nuestras notas ha sido recogido de los libros del Brocense, Herrera, Tamayo y Azara todo cuanto ha parecido adaptable al carácter de Clásicos Castellanos, omitiendo, por tanto, muchas citas sobre concordancias e imitaciones, que son asunto para tratarlo detenidamente en un trabajo de pura erudición.
Tomás Navarro Tomás.
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
Las obras de Garcilaso, a partir de la primera edición, hecha, como se ha dicho, en Barcelona en 1543, se publicaron muchas veces con las de Boscán, ocupando el cuarto libro de Las obras de Boscán y algunas de Garci Lasso de la Vega, repartidas en cuatro libros; pero el gusto del público, demostrando de día en día creciente predilección por las de Garcilaso, movió a los impresores a editarlas separadamente, quedando, desde este punto, casi olvidadas las del amigo que hasta entonces, en su compañía, había participado de su triunfo. En 1570 tuvo ya Garcilaso por sí solo una edición: «Las obras del Excellente Poeta Garci-Lasso de la Vega, en esta postrera imprission corregidas de muchos errores que en todas las passadas auia — Madrid, Alonso Gómez, 1570—; 8.º, 78 hojas foliadas, incluso las preliminares. — Contiene únicamente las poesías sin anotaciones»; véase Pérez Pastor, Bibliografía madrileña, Madrid, 1901, núm. 43.
—Obras del excelente poeta Garci-Lasso de la Vega; con Anotaciones y Emiendas del Maestro Francisco Sánchez, Catedrático de Retórica en Salamanca; conforme a la edición de Salamanca de 1581: Francisci Sanctii Brocensis, Opera Omnia — Tomus Quartus seu Opera Poetica — Genevae — Apud Fratres de Tournes — MDCCLXVI. — La primera edición de las anotaciones del Brocense es de 1574, en Salamanca, casa de Pedro Laso, en 16.º, según D. Nicolás Antonio; edición que se repitió en 1577, 1581, 1589, etc.; sus notas tienden principalmente a señalar los pasajes de autores latinos e italianos que imitó Garcilaso; dan por hecho que el poeta imitó consciente e intencionadamente, y hubo quien protestó de esta censura como Jerónimo de los Cobos, poeta gaditano, con su soneto: Descubierto se ha un hurto de gran fama — del ladrón Garcilaso... Sánchez defendió su sistema en el prólogo de la edición de 1581; su trabajo es, sin duda, el más sobrio y erudito entre todos los comentarios de Garcilaso.
—Obras de Garci-Lasso de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera. En Sevilla, por Alonso de la Barrera. Año de 1580. Precede un Discurso a los lectores del maestro Francisco de Medina, modelo de elegancia y clasicismo; el estudio de Herrera es el más completo y minucioso, pero peca de pesado e indigesto; el anotador debió proponerse decir todo lo que sabía en toda clase de materias, y a veces, muy fuera de propósito, cualquier palabra del texto, sirve de tema a un largo discurso tan erudito como innecesario para el caso; la severidad de Herrera, preceptista y retórico escrupuloso, condenando algunos defectos que creyó encontrar, le valió la célebre réplica de Prete Jacopin — D. Pedro Fernández de Velasco.
—Garci-Lasso de la Vega, natural de Toledo — Príncipe de los poetas castellanos — De Don Thomas Tamaio de Vargas — Con licencia; en Madrid, por Luis Sánchez. Año 1622. — Tamayo dedicó principalmente su trabajo a hacer crítica, expurgo y fijación del texto y a dar noticia de los pasajes imitados.
—Obras de Garcilaso, ilustradas con notas. En la Imprenta Real de la Gaceta, Madrid — 1765; esta fue la edición que compuso el magnífico caballero aragonés D. José Nicolás de Azara, autor del elocuente prólogo que la precede, sobre la decadencia del habla castellana, y de las breves notas que la siguen, referentes en general a la cita de pasajes imitados, según el Brocense; pecó, a mi juicio, de displicencia y acritud en ciertas observaciones sobre Garcilaso, así como al decir —en su prólogo— respecto a Tamayo, que «hizo de sus notas el mejor dechado de los despropósitos».
—Poetas líricos de los siglos XVI y XVII — Colección ordenada por D. Adolfo de Castro — Dos tomos — Colecc. de Autores Españoles — Rivadeneyra — Madrid — 1854. — Castro debió poner su mayor atención en hacer crítica del texto; a esto se reducen sus notas casi siempre; pero se encuentran en cualquiera de las fuentes que él compulsó muchas variantes de interés, no recogidas ni mencionadas en su estudio.
—Vida del célebre poeta Garcilaso de la Vega, escrita por D. Eustaquio Fernández de Navarrete: Colección de documentos inéditos para la Historia de España, tomo XVI: Madrid, 1850; razonada monografía, trabajada con claridad y acierto sobre documentos originales relativos al poeta; precede el retrato de este, grabado por don Manuel Salvador Carmona, y el facsímil de una carta autógrafa de Garcilaso.
OBRAS
DE
GARCILASO DE LA VEGA
PRÍNCIPE
DE LOS POETAS CASTELLANOS
ÉGLOGA PRIMERA
El dulce lamentar de dos pastores,[27]
Salicio juntamente y Nemoroso,[28]
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,5
de pacer olvidadas, escuchando.
Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo,
y un grado sin segundo,
agora estés atento, solo y dado10
al ínclito gobierno del Estado
albano; agora vuelto a la otra parte,[29]
resplandeciente, armado,
representando en tierra el fiero Marte;[30]
agora de cuidados enojosos15
y de negocios libre, por ventura
andes a caza, el monte fatigando
en ardiente jinete, que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van dilatando;20
espera, que en tornando
a ser restituído
al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita innumerable suma25
de tus virtudes y famosas obras;
antes que me consuma,
faltando a ti, que a todo el mundo sobras.[31]
En tanto que este tiempo que adivino
viene a sacarme de la deuda un día,30
que se debe a tu fama y a tu gloria;
que es deuda general, no solo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo dino de memoria;[32]
el árbol de vitoria[33]35
que ciñe estrechamente
tu gloriosa frente
dé lugar a la hiedra que se planta[34]
debajo de tu sombra, y se levanta
poco a poco, arrimada a tus loores;40
y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.
Saliendo de las ondas encendido,
rayaba de los montes el altura[35]
el sol, cuando Salicio, recostado45
al pie de un alta haya, en la verdura,[36]
por donde un agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado;
él, con canto acordado
al rumor que sonaba,50
del agua que pasaba,
se quejaba tan dulce y blandamente
como si no estuviera de allí ausente
la que de su dolor culpa tenía;
y así, como presente,55
razonando con ella, le decía.
SALICIO
¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea![37]
Estoy muriendo, y aún la vida temo;60
témola con razón, pues tú me dejas;
que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
Vergüenza he que me vea
ninguno en tal estado,
de ti desamparado,65
y de mí mismo yo me corro agora.
¿De un alma te desdeñas ser señora,
donde siempre moraste, no pudiendo
della salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.70
El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre75
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio,
y al usado ejercicio
do su natura o menester le inclina:80
siempre está en llanto esta ánima mesquina,[38]
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Y tú, desta mi vida ya olvidada,85
sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar, desconocida, al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente solo a mí debiera?90
¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera,
pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte de un estrecho amigo,
no recibe del cielo algún castigo?95
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?[39]
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Por ti el silencio de la selva umbrosa,
por ti la esquividad y apartamiento100
del solitario monte me agradaba;
por ti la verde hierba, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseaba.
¡Ay, cuánto me engañaba!105
¡Ay, cuán diferente era
y cuán de otra manera[40]
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja repitiendo[41]110
la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
reputándolo yo por desvarío,
vi mi mal entre sueños desdichado!115
Soñaba que en el tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la siesta,
a beber en el Tajo mi ganado;[42]
y después de llegado,
sin saber de cuál arte,120
por desusada parte
y por nuevo camino el agua se iba;
ardiendo ya con la calor estiva,
el curso, enajenado, iba siguiendo
del agua fugitiva.[43]125
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?[44]
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?130
¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,135
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,[45]
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.140
¿Qué no se esperará de aquí adelante,
por difícil que sea y por incierto?
O ¿qué discordia no será juntada?
y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
o qué de hoy más no temerá el amante,145
siendo a todo materia por ti dada?
Cuando tú enajenada
de mí, cuidado fuiste,
notable causa diste
y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,150
que el más seguro tema con recelo
perder lo que estuviere poseyendo.
Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Materia diste al mundo de esperanza155
de alcanzar lo imposible y no pensado,
y de hacer juntar lo diferente,[46]
dando a quien diste el corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza,
que siempre sonará de gente en gente.160
La cordera paciente
con el lobo hambriento
hará su ayuntamiento,
y con las simples aves sin ruído
harán las bravas sierpes ya su nido;165
que mayor diferencia comprehendo
de ti al que has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada170
la manteca y el queso está sobrado;[47]
de mi cantar, pues, yo te vi agradada,
tanto, que no pudiera el mantuano
Títiro ser de ti más alabado.[48]
No soy, pues, bien mirado,175
tan disforme ni feo;
que aun agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,[49]
y cierto no trocara mi figura[50]
con ese que de mí se está riendo;[51]180
¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?185
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no viera de ti este apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en el estío190
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?[52]
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
me estoy en llanto eterno!195
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Con mi llorar las piedras enternecen[53]
su natural dureza y la quebrantan,
los árboles parece que se inclinan,
las aves que me escuchan, cuando cantan,200
con diferente voz se condolecen,
y mi morir cantando me adivinan.
Las fieras que reclinan
su cuerpo fatigado,
dejan el sosegado205
sueño por escuchar mi llanto triste.
Tú sola contra mí te endureciste,
los ojos aun siquiera no volviendo
a los que tú heciste
salir sin duelo, lágrimas, corriendo.[54]210
Mas ya que a socorrer aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura.
Yo dejaré el lugar do me dejaste;
ven, si por solo esto te detienes.215
Ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí un espesura,[55]
ves aquí un agua clara,
en otro tiempo cara,
a quien de ti con lágrimas me quejo.220
Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
al que todo mi bien quitarme puede;[56]
que pues el bien le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede.—
Aquí dio fin a su cantar Salicio,225
y sospirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio,
con la pasada voz retumba y suena.230
La blanca Filomena,[57]
casi como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso[58]235
decidlo vos, Piérides; que tanto[59]
no puedo yo ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.
NEMOROSO
Corrientes aguas, puras, cristalinas;
árboles que os estáis mirando en ellas,240
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno;