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(nota del transcriptor)
LAS TRANSFORMACIONES
DE LA
SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
(1853 Á 1910)
HORACIO C. RIVAROLA
Abogado y doctor en jurisprudencia; doctor en filosofía y letras; profesor
suplente en las Universidades de Buenos Aires y La Plata
LAS TRANSFORMACIONES
DE LA
SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
(1853 Á 1910)
ENSAYO HISTÓRICO
BUENOS AIRES
imprenta de coni hermanos
1911
ÍNDICE
| [INTRODUCCIÓN] | |
| 1. Correspondencia entre las instituciones y la sociedad que las adopta.—2. Las transformaciones de la sociedad argentina, reveladas por la historia, la sociología y la geografía, y su correspondencia con las instituciones.—3. Factores para su estudio: a) Concepto moderno de la historia; b) Criterios etnológico y económico en sociología: c) Valor de los datos geográficos.—4. Planteamiento de la cuestión tratada en este libro | [1] |
| [CAPÍTULO I 1853: LA ÉPOCA DE LA CONSTITUCIÓN DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA] | |
| 1. La sociedad argentina de 1853: su formación étnica é histórica; la inmigración.—2. La Capital; la religión; educación; prensa; artes y ciencias; las ciudades.—3. Las industrias; agricultura; ganadería.—4. Vías de comunicación.—5. La situación económica.—6. Propósitos enunciados en la Constitución. Conclusión | [27] |
| [CAPÍTULO II 1869: EL PRIMER CENSO NACIONAL] | |
| 1. La sociedad argentina de 1869. Medidas protectoras de la inmigración.—La formación de la raza y factores que contribuyen.—2. Los progresos: la libertad de imprenta; la tendencia hacia la desespañolización.—3. Cambios políticos; situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. Agricultura; ganadería; otras industrias. Comercio.—6. Consecuencias institucionales.—7. Conclusión. | [67] |
| [CAPÍTULO III 1895: EL SEGUNDO CENSO NACIONAL] | |
| 1. La sociedad argentina de 1895. Inmigración; medidas protectoras. La tendencia anti-extranjera. Los naturalizados.—2. Cambios políticos y situación económica.—3. Vías de comunicación.—4. Agricultura y ganadería; otras industrias.—5. Las ciencias y las artes.—6. La educación é instrucción pública.—7. La legislación.—8. El socialismo. Conclusión. | [125] |
| [CAPÍTULO IV 1910: CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO] | |
| 1. El estado de formación de la raza en 1910. La inmigración.—2. Agricultura; ganadería; otras industrias. Comercio.—3. Cambios políticos y situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. La educación é instrucción pública.—6. La prensa; bellas artes: religión.—7. El socialismo. El anarquismo.—8. Conclusión. | [185] |
| [CAPÍTULO V TRANSFORMACIÓN SOCIAL É INSTITUCIONES] | |
| 1. Factores que deben considerar el historiador y el legislador.—2. La transformación material y étnica de la República Argentina. La mestización y el hibridismo. Los aportes inmigratorios.—3. El carácter del pueblo argentino. Afirmaciones de Le Bon. Falta de fundamento. Una opinión de Belmar sobre el porvenir del Río de la Plata.—4. Nacimiento y transformación de las instituciones. Acuerdo necesario entre sociedad é instituciones. El problema respecto de la Argentina. Disposiciones constitucionales ó legales de relativa permanencia y disposiciones transitorias. Conclusión. | [225] |
LAS TRANSFORMACIONES
DE
LA SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
INTRODUCCIÓN
1. Correspondencia entre las instituciones y la sociedad que las adopta.—2. Las transformaciones de la sociedad argentina, reveladas por la historia, la sociología y la geografía, y su correspondencia con las instituciones.—3. Factores para su estudio: a) Concepto moderno de la historia; b) Criterios etnológico y económico en sociología; c) Valor de los datos geográficos.—4. Planteamiento de la cuestión tratada en este libro.
1. En 1853, la población argentina, sin contar la de indígenas salvajes, no alcanzaba á 950.000 habitantes, de los cuales sólo 3200 eran extranjeros. En 1910 es próximamente de 6.800.000 habitantes, comprendiendo 2.300.000 extranjeros. Desde 1853 á 1909, entraron al país más de 3.400.000 inmigrantes europeos. La primitiva sociedad de españoles, criollos, indios, negros y mulatos, ha sido aumentada con el número extraordinario de aportes extraños que revelan estas cifras, aun descontando las emigraciones y los decesos. Son evidentes los cambios que simultáneamente se han realizado en la industria, comercio, agricultura, ganadería ...
Por otra parte, es indiscutible la necesidad de que las instituciones políticas y las normas legales que se dicten para un pueblo, respondan, más que á la perfección ideal, á un ideal de adaptación. Sociedad é instituciones deben acordar y su acuerdo es una ley involucrada en otra más general que desde Comte, la historia y la sociología aceptan: «Es que en el fondo de la evolución social, un análisis prolijo descubre una ley de relación y solidaridad, base indiscutible de todo concepto científico de las sociedades, un vínculo poderoso que une á las instituciones, usos, costumbres, ciencias, artes, derecho, religión ... de tal manera que conociendo una de ellas podrá el sociólogo inducir sobre las demás; que la modificación sufrida por cualquiera de los fenómenos repercute en todos, variando su intensidad según los casos. De ahí el débil poder de los gobiernos para alterar el curso de los fenómenos sociales, la ineficacia de las leyes, de los congresos, y de todo el aparato constitucional contemporáneo, que cuando no coincide con las aspiraciones y sentimientos de los gobernados, se apolilla en los archivos de las oficinas públicas»[1].
La afirmación no pretende que lo mejor ó más bueno quede en absoluto relegado porque el pueblo ó el momento no sean propicios para el cambio. Tal cosa sería afirmar que las instituciones políticas y legales no son factores en el adelanto de una sociedad, y conclusión semejante, por exagerada, sería errónea. El principio quiere sólo que no se proceda por saltos, y que si el ideal de lo bueno absoluto ó de lo mejor, debe ser guía en las determinaciones, débese también examinar lo posible antes de aceptar la reforma. No siempre, sin embargo, la práctica ha correspondido á la teoría. Lo bueno absoluto, ha intentado disputar el camino á lo mejor y más útil del momento.
Admito como verdad ya adquirida la afirmación de necesaria correlación entre sociedades é instituciones: cuando un principio se comprueba en los hechos y en la historia sin que lo contradigan excepciones, adquiere los contornos y las cualidades de verdad. De otro modo, la ciencia se hallaría de continuo recomenzando su marcha.
2. Corolario de semejante principio y deducción implícita, es el reconocimiento de que los cambios que determinada sociedad sufra en sus elementos componentes, en sus costumbres, en la forma de su desarrollo, deben llevar como acompañamiento, cambios correspondientes en sus instituciones, á menos que éstas por su elasticidad, sigan respondiendo también á los nuevos aspectos de la sociedad.
Nuestro país es ejemplo de una sociedad en que se altera con frecuencia la proporción de los elementos componentes. Los trasatlánticos descargan á diario millares de individuos de las más diferentes razas naturales ó históricas, que llegan con sus mil costumbres diversas, desde la monogamia estricta hasta la poligamia habitual; con sus ideas religiosas variables, catolicismo, mahometismo, judaísmo, budismo, ateísmo ...; con sus grados diversos de educación desde el pobre inmigrante que no sabe leer ni escribir, que no entiende de números, atacado de miopía intelectual incurable, hasta un Jacques, un Burmeister ó un Berg; llegan desde el judío reducido al culto del centavo y al estudio del tanto por ciento, hasta el músico, el pintor ó el escultor que lleva en sus venas la sangre de veinte generaciones de artistas, que tiene ascendientes en los colosos del Renacimiento, que trabaja todo el día en las faenas más rudas para poder pagar por la noche un lugar incómodo de algún teatro donde podrá absorberse en los encantos de las obras de los compositores italianos ó en las energías y bellezas de la música alemana. Inmigrantes con ideas políticas distintas, desde el autócrata ruso hasta el anarquista que reniega de toda patria y que origina en alguno el pensamiento, anárquico también, de declararlo fuera de toda ley ...
El indio también concurre, y antiguo señor de la tierra se somete á la civilización que otrora lo venciera: acude á las ciudades y á los establecimientos de campo. Alguna vez se cruza todavía con los elementos de la raza superior. Toma ideas, las amolda, las transforma y obliga al sociólogo argentino á dedicarle capítulos de sus estudios. Y los negros y mestizos de la época colonial, los criollos y españoles han impreso también su sello más ó menos débil ó fuerte. La caída de Rozas abre las puertas á todas las naciones. La avalancha aumenta. No son los llegados, elementos en reducido número que hagan simplemente evolucionar ó modificar la sociedad. Pueden serlo en las provincias del interior, donde los cambios son más lentos. Mas en la capital y en el litoral son algo más: son elementos que transforman la sociedad, la superponen, la substituyen. Algunos escritores implícitamente admiten esta aseveración; otros la manifiestan en términos más concretos. «Si debiera dar una denominación científica á este fenómeno, le llamaría substitución de la sociabilidad argentina y no emplearía como muchos otros, el de evolución argentina, porque éste no expresa con verdad el hecho, si se ha de respetar el concepto propio de la palabra ... Las grandes emigraciones de los pueblos no pueden llamarse evolución del pueblo ó de la raza cuya tierra van á ocupar. A nadie se le ocurre decir que la raza indígena de esta parte de América, ha evolucionado hasta constituír nuestra sociedad actual»[2].
La geografía física que preordenó una forma de distribución de individuos, mantiene su importancia en las nuevas distribuciones: la económica aporta caudal de conocimientos, que hacen más visible la transformación: y la inmigración, la ganadería, la agricultura, la colonización, los ferrocarriles, son factores de primera magnitud en la solución del problema.
La historia política, depósito de recuerdos en que viven los anhelos, las luchas, los triunfos ó desengaños de los hombres de estado que pasaron, concurre con todo su bagaje de enseñanza á la prueba de las transformaciones producidas.
Y la sociología, en su carácter de ciencia que estudia los fenómenos sociales, sus relaciones, leyes y consecuencias, adhiere con aquellas otras enseñanzas á las mismas conclusiones.
Las instituciones políticas y la legislación, no pueden dejar de considerar todos y cada uno de estos elementos. En la práctica la cuestión es más difícil. ¿Pueden dictarse instituciones y leyes permanentes para un pueblo que se transforma en modo diverso en una región y en otra, que mientras permanece el mismo en Jujuy ó en Santiago del Estero, cambia desmedidamente en Buenos Aires y en el litoral? ¿Se pueden dictar para un pueblo cuya raza histórica no se encuentra constituída aún? ¿Es posible, por el contrario, dejarlo sin instituciones? Sería caer en la anarquía. ¿Se impondrá sin otras consideraciones, á todo extranjero una conducta determinada? En caso tal, sus ideas permanecerán poco menos tales como las trajo, las transmitirá á sus hijos, y con los años la conducta impuesta será modificada.
Es de interés nacional el estudio de esos cambios y de aquella relación. Este ensayo es parte de aquel estudio, indudablemente más vasto y de la mayor importancia.
3. Así, este trabajo será al mismo tiempo, de historia, de sociología, de geografía: estas ciencias y otras, contribuyen á la solución del problema. Indudablemente unas serán de mayor importancia, otras de menor. Los datos que cada una aporte, deben ser examinados en vista del fin propuesto.
a) Consideraré la historia en el llamado concepto moderno. Sabido es que esta disciplina científica ha ampliado sus dominios por una parte, y por otra ha variado en el fin que debe proponerse; la antigua cronología de los reyes, gobiernos y batallas, deja de ser, con Luis Vives quizás, con Voltaire sin duda, el único contenido de la historia; los hombres que á ella se dedican y en ella trabajan se dan cuenta de la unidad de la vida humana y de la solidaridad de sus aspectos: verifican que los sucesos políticos no son únicos en la marcha de los pueblos. Aquellos están relacionados con otros, sufren sus influencias é influyen á su vez. Los gobiernos no son el pueblo todo, y la historia de un pueblo no puede en consecuencia limitarse á la de su gobierno y sus luchas. Se abren paso las descripciones de usos, costumbres, artes, religión, instituciones. Historiadores subsiguientes encuentran que aquella ampliación es conveniente y la imitan. Verdad es que no todos lo hacen en el mismo sentido ni dando igual importancia á idéntico factor. Para unos las costumbres, el conjunto llamado civilización es la base de los conocimientos históricos, para otros la religión, para aquél el arte; mas no importa, el concepto amplio gana terreno, los escritores lo aceptan, las academias lo admiten y los nombres de Renan, Taine, Foustel de Coulanges, Altamira, Langlois, Seignobos, Letelier... responden á otras tantas obras que afirman ó conciben la historia en aquel sentido.
No obstante, la historia política mantiene su preponderancia: creo que la razón es de carácter utilitario: ella permite tener en el tiempo un punto cierto de referencia. Mientras las artes, costumbres, religiones, varían lentamente, de tal modo que para hallar cambios, débense tomar momentos algo distantes el uno del otro, los cambios políticos, aunque sus causas sean remotas, tienen fechas precisas y ciertas. Tomando como esquema el aspecto político, puede ser éste ampliado luego con los demás aspectos: ninguno quedará excluído y en cambio las referencias en el tiempo serán más ciertas.
Abandona también esta disciplina el fin que para muchos ha tenido, fin que desde antiguo se le daba, ya como principal, ya como secundario, de presentar cuadros literarios, pasajes hermosos, descripciones llenas de atracción, afirmando que «una cosa son los sucesos en si mismos y otra cosa es el arte de presentarlos en la vida con todo el interés y con toda la animación del drama que ejecutaron. Es preciso ver los tumultos y sus actores, oir el estruendo de sus voces, sorprenderlos en las tinieblas de sus conciliábulos, sentir sus triunfos y temblar al derrumbe de sus cataclismos, como si todo ese bullicio estuviera removiéndose en el fondo de cada una de las páginas que se escribe. Este arte no debe confundirse con la mecánica exactitud ni con la filiación metódica de los hechos. Una y otra cosa tienen su mérito y su necesidad relativa; pero estas últimas condiciones no son el arte, sino cuestiones de simple ordenación; mientras que la actualidad de la acción es cuestión de estética, de más ó menos poder imaginativo para agrupar los conflictos de la vida social, para restablecer los golpes de la lucha, para dar movimientos, gesto, ademán y palabra, á las generaciones desaparecidas que actuaron en la escena de la patria»[3].
Tal fin es indudablemente útil, apto para despertar el patriotismo, para educar en un género literario: son cuadros escritos que pueden ser tan ó más preciosos que los pintados. Pero no es el fin de la historia, como no sería una historia argentina una galería de grabados representando las escenas guerreras ó políticas sucedidas en el territorio argentino: la historia en esta forma en que se hace intervenir la estética, la imaginación, el golpe de teatro, es novela histórica; es la historia tal cual la ve quien la describe, sin que pueda tenerse la seguridad de la correspondencia entre lo descripto y lo real.
Así, pues, en este ensayo, por la parte que de histórico pueda tener, no primará la descripción literaria, ni el concepto estrecho, y me referiré sólo á los hechos que tengan comprobación, indicando al hacer mis afirmaciones, cuáles están corroboradas por documentos ú obras y cuáles son indicaciones que aquéllos me sugieren.
b) La sociología, la ciencia nueva, despreciada unas veces, elevada á los honores más altos otras, me servirá también y mucho. Tomaré en cuenta por su aplicación inmediata, y sin olvidar alguna otra, una de sus teorías, aquella que renovara Gobineau á mitad del siglo xix, teoría que pretende explicar la marcha de las sociedades y las causas de sus transformaciones, evoluciones y decadencias por el estudio del factor raza. Los orígenes de la teoría son remotos: presentida en un principio, fué más tarde analizada y demostrada en parte. Las formas que adoptó fueron muchas, más todas tienen de común, bajo los diversos aspectos en que cada una se plantea, la afirmación de que es de indispensable necesidad en los estudios histórico-sociales la consideración del factor raza, de la constitución individual, del examen de los elementos individuos que son los «actores del drama» según la expresión de Mougeole.
Podríanse comparar los procedimientos de esta teoría á los de la química: quiere examinar los elementos para entender el producto: comparación tal, permite el acuerdo de sus sostenedores y adversarios: unos afirman que el producto sociedad se puede comprender, conociendo los elementos: serían partidarios de la explicación química de la mezcla: otros, niegan la posibilidad de solución parecida: serían partidarios de la explicación química de la combinación. Ni unos ni otros niegan,—lo que sería absurdo,—que los hechos sociales sean producidos por los individuos componentes.
La teoría etno-antropológica tiene antecedentes remotos: como sucede con la mayor parte de los conocimientos humanos, sus gérmenes pueden encontrarse en las obras del sabio de Estagira: en efecto, al justificar Aristóteles en la Política la esclavitud, sin hacer por ello un estudio de razas habla de la diferencia de clases, idea que forma parte del desarrollo posterior de la doctrina. Más adelante, y desde el siglo xvi, es usada como argumento en las luchas políticas de Francia. Con todas las afirmaciones de uno y otro lado, se forma un residuo de ideas que serán utilizadas en forma sistemática á mitad del siglo xix.
Gobineau en 1853, en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, primero, y en varias otras después, desenvuelve y aplica la idea de que las transformaciones, las formas políticas, los progresos y las decadencias de los pueblos dependen de la pureza de la raza; que el cruzamiento arrastra á la decadencia; que los pueblos más puros, están destinados á dirigir á los menos puros; que el pueblo germano lleva en sí el sello de la excelencia por ser el menos contaminado. Así formuló en un principio su teoría, que cambios fundamentales desnaturalizarían después. Así sirvió de base á las nuevas formas que en adelante tomó: con Ammon y Lapouge, el factor permanente y característico de la raza es el antropológico; con Gumplowicz, la raza es susceptible de evolución; con Bopp, el factor filológico desempeña importante papel; con Chamberlain, el psicológico es el superior, el verdadero, el nexo real. Y nuevas obras de Letourneau, Jacoby, Sergi, Vaccaro, siguieron trabajando el tema, buscando aplicaciones, explicando, haciendo nuevas conjeturas ...
Pero la humanidad no puede dividirse en fracciones netamente determinadas, como no puede una biblioteca dividirse de tal modo que las obras contenidas en un estante correspondan con precisión á una ciencia determinada con exclusión de toda otra; obras habrá que correspondan igualmente á ese estante ó á aquél. Las divisiones se hacen artificialmente porque son útiles, más no porque naturalmente existan. Y así en la humanidad. La ciencia que es una, no admite una división natural en fracciones excluyentes. La humanidad, en modo semejante, se niega á admitir una división parecida.
La teoría llevó á excesos. Se pretendió hacerla indiscutible. Lapouge, por ejemplo, exageró tanto las cosas que creyó poder determinar de una manera exacta los caracteres psicológicos que corresponderían á los antropológicos del H. Europeus y del H. Alpinus, llegando á decir del primero: «Es lógico cuando conviene; su mayor necesidad es el progreso. En religión es protestante» ... y de este modo veinte caracteres más. ¿No recuerda la ciencia así expresada, aquellas afirmaciones de los almanaques anunciadores que al pie de cada mes llevan un calendario astrológico con palabras más ó menos como éstas: el varón nacido en este mes, vivirá tranquilo, se casará joven, será tímido mas no cobarde?...
Pero si la humanidad no admite divisiones perfectas en el sentido antes indicado, las admite en cuanto, en parte naturales, sean simultáneamente útiles. Si la división natural de la humanidad en razas determinadas con fijeza es hoy difícil, no lo es tanto la división ideada por Le Bon, de razas históricas[4], entendiendo por tales las razas artificiales formadas en el tiempo por los azares de la conquista, inmigraciones, cambios políticos, etc. Le Bon afirma y demuestra que «cada pueblo posee una constitución mental tan fija como sus caracteres anatómicos y de la cual derivan sus sentimientos, sus pensamientos, sus instituciones, sus creencias y sus artes». Esta constitución mental explica las leyes más ciertas de la marcha general de los pueblos; representa el pasado, los mil sentimientos heredados desde tantas y tantas generaciones; contribuye con el medio, la educación, el clima á explicar la formación del carácter de los individuos. Más adelante establece las condiciones necesarias para que las razas distintas puedan, mezclándose, formar una nueva. «La primera de estas condiciones es que las razas sometidas al cruzamiento no sean muy desiguales en número; la segunda, que no difieran mucho por sus caracteres; la tercera, que estén sometidas durante largo tiempo á condiciones de medio idénticas»[5]. Todo este conjunto forma el alma de los pueblos, que varía de uno á otro y que lleva variaciones concomitantes en todas sus manifestaciones: ciencia, arte, religión y con especialidad en las instituciones políticas, que tanta importancia desempeñan en la historia. Más adelante y antes de analizar la influencia de algunos factores y las causas y formas de las decadencias, hace una aplicación de todos los principios expuestos al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas sudamericanas. Oportunamente me ocuparé con mayor atención de esta parte de su obra, por dos razones: la primera, porque su interés es grande en un trabajo como éste. La segunda, que es un buen ejemplo de cómo hasta los sabios se equivocan y corren el riesgo de decir cosas que no son y no serán, cuando se basan exclusivamente en afirmaciones ajenas y cuando no se precaven contra el peligro de las generalizaciones.
De todos modos y dejando para después esta cuestión, puédese admitir y nadie la discute, la existencia de «razas históricas» en término en que la palabra raza cambia de sentido y se usa en el de «conjunto de modalidades comunes á un Estado ó una nación determinada». Así y solamente de ese modo se puede hablar de razas sin dar lugar á las ilimitadas discusiones á que llevaría el término, tomado en su sentido originario.
Admito, pues, sus principios, para hablar de nuestro pueblo; llamaréle «sociedad argentina» y no «raza argentina» porque si bien la sociedad está constituída ya como tal, no ha llegado todavía á ser lo que el término raza expresa, ni aun en el sentido de raza histórica desarrollado por Le Bon.
No se puede tampoco olvidar aquella otra doctrina que se llama el materialismo histórico ó con más propiedad, interpretación económica de la historia, para referirla en cierto modo á nuestro estudio. No es éste el momento de discutirla ni detallarla, investigar si comenzó con Marx y Engels, ó si tenía antecedentes remotos: si es más verdadera en las afirmaciones que contiene el primer volumen de El Capital ó si lo son las que encierra el último. Basta para mi objeto dejar establecido que en términos generales y libres de las exageraciones, sostiene que «á las causas económicas, deben referirse, en último término, todas las transformaciones en la estructura de la sociedad, las cuales, por sí mismas, condicionan las relaciones de las clases sociales y las varias manifestaciones de la vida social»[6]. Si bien no entraré á discutir si el factor económico ha sido ó no preponderante en el período de que trato, si ha podido ó no ser la causa de las inmigraciones colosales que transforman la sangre argentina, le tendré bien en cuenta desde que no se puede dudar de su importancia.
Así, pues, me serviré de la sociología, con sus principios generales y con las conclusiones á que llegan dos de las más importantes teorías entre las que tratan de explicar los fenómenos histórico-sociales.
c) La geografía será la tercera de las disciplinas científicas que más me ayudarán en este estudio. La geografía física y la geografía económica explicarán muchos hechos. Es indispensable recordar la topografía del suelo donde las transformaciones se verifican, y tener en cuenta que «la formación de las agrupaciones humanas no obedece ciertamente á inspiraciones caprichosas, ni reconoce como causa la casualidad; hay que reconocer que su factor primordial reside en el medio físico; en ésta como en otras manifestaciones antropogeográficas, domina aun casi por completo á la actual humanidad»[7] aunque conviene cuidar aquí también del peligro de la unilateralidad.
La geografía económica contribuirá con el estudio de las relaciones del individuo con el suelo; de la influencia de la posición geográfica con relación al comercio; de las causas y modos de desarrollo de la inmigración, colonización, de las industrias, agricultura, ganadería, vías de comunicación ...
Y con la historia, sociología, geografía, ayudarán en las soluciones, el derecho constitucional y administrativo, la estadística toda, los datos que suministra la ciencia financiera y la economía política, la práctica de la educación, el desarrollo de las ideas, el desenvolvimiento de las costumbres, artes, ciencia, religión ... Todos ellos en relación al tema del trabajo, según he expuesto ya.
Estudio amplio sin duda, lleno de material inexplotado en su mayor parte, y que es sin embargo, digno de las mayores dedicaciones.
4. Veré cuál era el estado de la sociedad argentina en 1853, cuando terminada la tiranía se abría la Argentina á la inmigración en grande escala, al comercio y á la industria de todo el mundo. En aquella época dictó su código fundamental que, con pequeños cambios, subsiste. Veré después las transformaciones que esa sociedad sufre en su constitución étnica y las correspondientes en la industria, ciencia, etc., tomando como épocas de referencia aquéllas que sean más precisas por la aparición en ellas de censos, estadísticas ó determinados acontecimientos. Veré cuál ha sido en esta forma el estado social argentino al celebrar el primer centenario de la revolución de Mayo: simultáneamente á este trabajo, la indicación somera de las sanciones legislativas que la transformación social han hecho de imperiosa necesidad y que se han dictado. Al término de mi trabajo, estableceré las conclusiones que el conjunto me sugiere.
CAPÍTULO I
1853: la época de la constitución de la confederación argentina
1. La sociedad argentina de 1853; su formación étnica é histórica; la inmigración.—2. La Capital; la religión; educación; prensa; artes y ciencias; las ciudades.—3. Las industrias; agricultura; ganadería.—4. Vías de comunicación.—5. La situación económica.—6. Propósitos enunciados en la Constitución. Conclusión.
1. El 1o de mayo de 1853, el congreso general constituyente reunido en la ciudad de Santa Fe, con asistencia de los representantes de todas las provincias á excepción de la de Buenos Aires, sancionó la constitución de la Confederación Argentina, que siete años después, terminadas las divergencias entre la confederación y el estado de Buenos Aires, sería la constitución de la nación argentina, cuyas disposiciones, salvo detalles, rigen en la actualidad.
Este código amplio y generoso fué el primero del mundo que equiparó en los derechos civiles el extranjero al natural, algunos años antes que lo hiciera el código civil italiano que le siguió en antigüedad.
Sus antecedentes fueron muchos: los principios de la norteamericana; las constituciones, estatutos, pactos anteriores; enfín las ideas de la época y los deseos comunes cuyas aspiraciones habían traducido Echeverría y Alberdi.
Independientemente de su faz práctica, fué una constitución buena en su teoría. La libertad, fraternidad, igualdad, que usaron como blasón los revolucionarios franceses, se encontraban también allí. Código de paz, llamaba al seno de la patria á todos los extranjeros que con buenas intenciones quisieran habitarlo; las libertades estaban en su apogeo; las ideas, el culto, el honor, la imprenta, la propiedad, los derechos ciudadanos, quedaban tutelados con principios reconocidos como los mejores.
¿Cuál era la sociedad á la que iba destinada tan sabia reglamentación?
Es inútil discutir si la constitución revelaba el estado contemporáneo de la civilización nacional ó si aquellos principios se adelantaban á su época. Discusiones semejantes son posibles cuando existe la duda, cosa que no ocurre en el caso presente. Los mismos constituyentes comprendían bien que aquella carta de libertades y garantías, juntamente con principios de aplicación inmediata, traducía en otros, aspiraciones para un porvenir, que podía ó no ser cercano. En el oficio que con fecha 9 de mayo de aquel año, el congreso comunicaba al excelentísimo señor director, la constitución y las leyes orgánicas que había sancionado, se decía: «El congreso prevé que la sabiduría del mal consejo y la prudencia que disfraza á la debilidad, han de reprochar á la constitución los defectos de su mérito. Poniendo en contraste la ignorancia, la escasez de población, y de riqueza, y hasta la corrupción de los pueblos y provincias que componen la Confederación con las exigencias de la constitución, deducirán de aquí su inoportunidad y su impertinencia, y muy listos la condenarán como inadecuada. El tirano ponderó y exageró estos mismos pretextos; ¿y por ventura, él con su omnipotente mano de hierro, ha devuelto á los pueblos mejorados, después de veinte años de horribles martirios? ¡Decepción y escándalo! Aun cuando esta desgraciada y mísera situación fuera natural á estos pueblos, aun cuando tuviéramos á la vista la especie social que se supone desgraciada é ineducable, el legislador no podía ni debía emplear su ciencia para disimular y confirmar este monstruo social; antes debería consagrar el arte contra la misma naturaleza para corregirlo. ¡Decepción y escándalo, señor! Dios creó al hombre bueno y sociable bajo todas las latitudes. El argentino lo es y por serlo, su sangre generosa ha corrido á torrentes. El sentimiento de los justos ha hecho reclamar, tal vez con exageración, la justicia; el sentimiento de su dignidad, los derechos de libertad, seguridad y propiedad. Sus instintos de progreso lo hacen reclamar con impaciencia, todas las mejoras y todas las relaciones morales, intelectuales y comerciales. La constitución llena estos conatos»...[8] Este interesante documento, prueba, no obstante la justificación y defensa que hace, que las ideas eran buenas pero que la práctica de la época no acordaba con ellas: no se desmiente la ignorancia ó la escasez de la población; si se reclamaba justicia y libertades era á causa de que no se tenían, pues no se reclama lo que se tiene, y otro tanto pasa con la impaciencia en el deseo de mejoras y relaciones morales, intelectuales y comerciales. Verdad es que no otra cosa podía suceder un año después de terminada la larga tiranía, en que Rozas no tuvo la inteligencia necesaria para comprender que aun acordando algunas libertades y ventajas, se puede mantener un pueblo largo tiempo en obediencia.
Examinaré pues, como estaba formada la sociedad argentina en el comienzo de la organización nacional y qué manifestaciones de progreso tenía.
El suelo, propicio al trabajo, había permitido desde remotos tiempos la distribución de los individuos venidos con los conquistadores; los indios amansados, fueron en un tiempo substituídos por los negros, para ciertos trabajos sin dejar de prestarlos ellos también. Los españoles se cruzaron con unos y con otros y aquellos entre sí también cruzaron las razas. La inmigración de españoles continuó; sus descendientes criollos les discutieron derechos, se formaron partidos, se luchó y los tiempos pacíficos alternaron con los tiempos de discordia, formas que en la historia se presentan con frecuencia unidas.
Pero aquellas mismas tres razas históricas estaban formadas de las más diversas. Los españoles tenían en su sangre la de celtas, iberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, árabes. Los indios, aunque comprendidos en esa denominación general, pertenecían á tantas razas y subrazas cuantas poblaban estas regiones, desde los guaraníes y tobas del norte á los yaganes del sur y desde los querandíes y charrúas del este á los araucanos del oeste; indios distintos en sus caracteres físicos, en sus idiomas, en sus costumbres. Y los negros traídos como esclavos, pertenecían también á distintas regiones. De modo que el pueblo que ocupó esta región sur de América estaba formado por descendientes de muchos otros diversos en caracteres físicos, morales é intelectuales. Aparte de los españoles, en la época colonial pocos europeos llegaron á nuestra región: portugueses, por la proximidad de sus dominios, y algunos ingleses; mas sabido es que su entrada estaba prohibida.
Por otra parte, no predominó de una manera exclusiva una raza en toda esta parte del continente; la distribución de individuos no fué semejante en todo el país, pues mientras en el norte de Santa Fe y en el Chaco, por ejemplo, siguió dominando el indio, en algunas provincias del centro predominaron los mestizos y en la cabeza ciudad como asimismo en las ciudades importantes, la raza española.
Tal sociedad pasó de la colonia á la nación nueva y con pocos cambios llegó hasta la fecha de que trata este capítulo, en que aun no había comenzado la gran corriente de la inmigración transformadora.
Mas, la necesidad de sangre nueva y la conveniencia de la inmigración no fueron novedades que descubrieran los constituyentes del 53. Desde mucho antes se hablaba de esa necesidad y conveniencia como asimismo se tenía la visión precisa de los adelantos que el factor población puede traer á un pueblo, cuando se elige bien.
En 1812, el triunvirato, juntamente con la afirmación de que la población es el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los estados, dictó medidas tendientes á atraer inmigrantes[9]. El gobierno de Pueyrredón y el de Rodríguez con su ministro Rivadavia, trataron de convertir aquel principio en acción, y los más distinguidos vecinos de Buenos Aires formaron parte de la comisión de inmigración que debía ocuparse de atraer gente europea. Estas medidas habían comenzado, aunque en términos muy reducidos, á producir efectos; independientemente de ellas, algunos extranjeros, ingleses en su mayoría, llegaban, atraídos por las relaciones comerciales. La tiranía de Rozas, paralizó aquella inmigración aun cuando ella no cesó en absoluto; en la época de su gobierno, llegó alguna cantidad de gallegos y canarios, ingleses y franceses; estos últimos en número considerable ya, formaron colonia y fundaron en 1845, su hospital.
Estas inmigraciones no tienen mayor importancia en relación al número de los llegados, pues no modificaron mayormente la constitución étnica de la población argentina.
La necesidad de poblar, que hizo axioma la frase de Alberdi, unida á la necesidad, comprendida por muchos de poblar con buenos elementos, continuó latente y la constitución de 1853 con las disposiciones pertinentes, no hizo más que enunciar una aspiración general de la gente sensata.
Los datos numéricos de la población en aquella época aparecen defectuosos: en primer lugar rara vez se refieren á toda la república; por otra parte, se usa mucho del procedimiento del cálculo por aproximación, y generalmente la población india ó no se tiene en cuenta, ó se establece en un más ó menos, que muchas veces es arbitrario.
El mismo censo del 69 que es posterior en diez y ocho años á la fecha que estoy estudiando, al hablar de la población argentina dice: «dadas nuestras investigaciones, la república no tomándose en cuenta la población indígena», etc., y el censo de 1895, hace en cuanto á ella un cálculo simplemente de aproximación.
Nada quiere decir esto en contra de sus autores, desde que si imposible era proceder de otro modo, buscaron un medio para considerar esa población ó establecieron francamente que no la consideraban. Lo único que hace esta advertencia, es poner de relieve las dificultades que se presentan en cuanto á la población india, cuando se desea hacer un estudio estadístico de la población argentina. No obstante, los cálculos y descripciones de la época, se acuerdan al afirmar que «la mayor parte de la población argentina es de origen español y pertenece á la raza caucásica; sin embargo, en los campos se encuentran muchos mestizos y algunos indios de pura sangre. Los negros no han sido jamás numerosos en esta parte de América, pero la mezcla de las diferentes razas, ha producido todos los matices imaginables en el color de la piel»[10].
En cuanto al número y distribución por provincias, Belmar, cuya obra es de 1856, nos da estas cantidades aproximadas:
| Población | Extranjeros | Indios | |
| Buenos Aires | 171.376 | 3.369 | 6.000 |
| Santa Fe | 40.000 | — | — |
| Entre Ríos | 60.000 | — | — |
| Corrientes | 85.000 | — | — |
| Córdoba | 150.000 | — | — |
| San Luis | 35.000 | — | — |
| Santiago del Estero | 80.000 | — | — |
| Mendoza | 60.000 | — | — |
| Tucumán | 60.000 | — | — |
| Catamarca | 35.000 | — | — |
| La Rioja | 30.000 | — | — |
| Salta | 70.000 | — | — |
| Jujuy | 35.000 | — | — |
| Chaco | 30.000 | — | — |
| Total aproximado: | 941.376 | ? | ? |
Si se tiene en cuenta que en estas cifras la población nacional no india, era en su noventa por ciento mestiza ó de origen español y que de los que aparecen como extranjeros, un sesenta por ciento eran también españoles: que por otra parte, el cruzamiento con los indios había disminuído considerablemente, desde que el crecimiento de la población blanca lo mostrara innecesario, que todos los antecedentes eran españoles, desde que la independencia había roto vínculos políticos, más no los morales, más difíciles de desatar; se podrá afirmar que la Nación Argentina de 1853 en cuanto raza histórica, era una derivación de la española, con las modalidades que el suelo, la mezcla hispano-indo-negra y las circunstancias habían impuesto, sobre todo en la población de campo. Los sentimientos é ideas de aquellas gentes se habían modificado poco, y el desprecio de la ley, el culto del coraje, el deseo inmoderado de fortuna, la creencia en la grandeza futura del país, de que habla refiriéndolos á la colonia, un distinguido autor[11],—continuaban á través de los tiempos como continúan ahora, traduciéndose en el valor de nuestros hombres de campo, en las fortunas fáciles, y también en los presupuestos de gastos públicos fuera de proporción con las entradas reales del erario. Del mismo modo la arrogancia en sus diversas formas, la pereza criolla, la crueldad de épocas anteriores[12], dejaban traslucir el hecho bien real de que la colonia continuaba y aparecía bajo el velo de la nación nueva, como aparecen en las paredes los viejos letreros que han recibido una mano de pintura para permitir la colocación de otros nuevos, pintura que los ha atenuado sin borrarlos dejándolos traslucir cuando las claridades indiscretas del día lo permiten...
Pero en las ciudades, en las ciudades sobre todo, donde no había que luchar ni con el salvaje ni con el ganado, donde se recibían noticias frecuentes de Europa, era donde la vida colonial se continuaba y donde España descubría prolongaciones de si misma. Aun muchos años después las cosas no pasaban de otro modo; es así que un distinguido escritor, evocando recuerdos dice que «hasta 1870 Buenos Aires no era otra cosa que una ciudad de España, reproducida en América con su gobierno municipal y provincial, su milicia muy poco numerosa, un ejército cívico, una policía en embrión, sus serenos á estilo antiguo, su ausencia de tramways y otros medios de transporte, su empedrado escaso y áspero, sus calles sin cloacas, inundadas al primer aguacero que suprimía toda comunicación, sus ambiciones de campanario, su ausencia de telégrafo y su aislamiento que la falta de ferrocarriles y de caminos de penetración aumentaban. El país era muy estrecho; más allá del Azul y del Pergamino se estaba fuera de las fronteras. Los cristianos combatían en esos límites para defender sus ganados. Poco agradable era entonces vivir ahí donde la vida es hoy tan apacible y donde los únicos enemigos son la langosta y las autoridades de campaña»[13].
Se ha escrito, se escribe todavía achacando á aquellas mezclas, hibridismos y degeneraciones, aumentados quizás por las nuevas inmigraciones; aspectos que se dicen causas de decadencia y de muchos males. Yo no veo tal cosa, no creo en la degeneración argentina, ni estimo peligrosos los cruzamientos; de esas opiniones me ocuparé en un último capítulo.
Por ahora, dejo establecido que la población y la sociedad en 1853, eran tal como la he descripto, y veamos cuál era el grado de progreso en que se encontraba.
2. La Capital, desde tiempos coloniales, era algo así como el Petronio de la leyenda romana: sus gustos, sus formas, sus ideas llegaban á través de las pampas y de los desiertos á las ciudades de adentro, aunque alguna vez la docta Córdoba ó la elegante Tucumán, quisieran aparecer con aire de pretenciosas rivales.
En todas las ciudades, la religión se conservaba en su apogeo, y el cura amigo de la familia y consejero eficaz de la época colonial[14], se mantenía en muchos casos conservando sus prerrogativas.
Las ciudades eran religiosas: las procesiones continuas, las misas concurridas y respetadas, y los representantes de la iglesia afectuosamente recibidos en los hogares. Este respeto á la la religión influyó en los ánimos de los constituyentes, y á pesar de las oposiciones que se suscitaron, triunfó en la constitución la idea religiosa.
La educación pública y la instrucción tenían necesariamente que ser defectuosas y escasas: no obstante, pudieron ser peores. La universidad de Buenos Aires fundada por Rivadavia, había tenido bajo su dirección la enseñanza primaria y superior. Desde 1838 desapareció del presupuesto la asignación que se le había acordado hasta entonces, obligándosele á sostenerse por la acción privada. Sólo en febrero de 1852 se derogó el decreto que había quitado la protección oficial, y se reglamentó el derecho acordado á colegios particulares, de expedir certificados que valieran como cursos universitarios, de los que se había hecho algún abuso. Inicióse también entonces el departamento de estudios preparatorios. En 1853 se dió una nueva reglamentación á la facultad de medicina[15].
La Universidad de Córdoba á su vez, había vivido con vida muchas veces irregular, con cursos excesivamente teóricos unas veces, otras con uso de anticuados métodos, pero de cualquier modo, había vivido. En 1854 se puso bajo el gobierno de la confederación, el colegio de Monserrat[16].
Otras provincias tenían colegios más ó menos buenos, según las direcciones que les tocaran en suerte: Entre Ríos contaba desde 1849 con su colegio nacional establecido en Paraná, que luego se trasladó á Concepción del Uruguay, para adquirir la importancia de todos conocida. Allí se estudiaba latinidad, filosofía, matemáticas, teneduría de libros, jurisprudencia y música[17]. Catamarca tenía desde 1850 el colegio de la Merced[18]. En Corrientes subsistía el colegio Argentino, que años antes fundara el general Virasoro[19]. En Tucumán, el colegio San Miguel, desde 1852, año en el que en Buenos Aires se estableció la primera escuela normal de enseñanza elemental.
En cuanto á la enseñanza elemental y de las primeras letras, las provincias, ciudades, villas y pueblos, contaban con lo que para sí hubieran podido conseguir: en general los maestros eran españoles, hecho debido entre otras circunstancias, al conocimiento del idioma que facilitaba la tarea.
Enfín, débese recordar que de 1836 data la introducción de padres jesuítas con fines de enseñanza.
La prensa amordazada durante tantos años, despertaba: en 1851 se había fundado en Buenos Aires el Agente Comercial del Plata; en 1852 La Avispa, El Español, La Revista del Plata. Diarios de mayor importancia aparecieron á poco, en Buenos Aires y Córdoba: pertenecen á la época siguiente.
Las artes y las ciencias, no obstante los tiempos de desgracia que acababan de pasar, tenían algún desarrollo de relativa importancia. Libros é ideas habían llegado desde la época de la revolución; muchos naturales habían viajado por Europa, y en los países vecinos de Chile y Uruguay las relaciones con aquel continente habían sido un tanto más frecuentes. Por último, la sociedad anglo-argentina desde tiempo antes existente, había tenido algún influjo: baste recordar el que en las modas femeninas y en las costumbres de salón desempeñó la señora Thompson.
Verdad es que en lo que á bellas artes se refiere, trabajo cuesta encontrar alguna obra que merezca recuerdo; con excepción de los cuadros de Pellegrini, que no era argentino, la pintura permite recordar sólo el nombre de Pedro Prilidiano Pueyrredón, hijo del héroe.
Un distinguido artista actual, estudiando la evolución del gusto artístico en Buenos Aires[20] enumera la lista de los artistas que en la Argentina tuvieron mayor influencia en el espacio del medio siglo comprendido entre 1825-1875: fueron Goulú, Pellegrini, Bacle, Fiorini, D’Hactrel, Monvoisin, Uhl, Manzoni, Veraggi, Noel, Paliere, Chiama, Novarese, Agujarri, Romero, Blanes, Ramairone: ocho son franceses, ocho italianos, uno alemán y uno uruguayo. Argentino, ninguno; y hace una afirmación que no podemos dejar de recordar: «Hay, pues, durante ese lapso de cincuenta años, ausencia absoluta de artistas españoles, á pesar de ser tan numerosa la agrupación española entre nosotros.» El hecho por sí mismo está indicando, en la inmigración no española, el origen del adelanto posterior de este arte.
La música estaba á altura semejante: sus adelantos pertenecen á época más reciente: La muerte de Corina de Juan Cruz Varela, música de S. Somellera, ó La tórtola viuda de Rivera Indarte, con música de Massini, si pudieron gustar á falta de otra cosa, no debieron ser mayormente artísticas, desde que sólo se recuerdan ahora en su nombre, más en ninguna parte se ejecutan.
La escultura y arquitectura carecen de obras que deban ser recordadas.
La poesía en cambio, adelantándose á sus congéneres, llegó con Echeverría, Mármol, Varela... á composiciones de mérito llenas de patriotismo y sentimiento.
Las ciencias en 1853, estaban aun en lugar más inferior que las artes: no he encontrado en parte alguna el recuerdo de un solo descubrimiento científico. La excepción corresponde, si se acepta la existencia de la ciencia política ó de las ciencias políticas. El dogma socialista de Echeverría, las obras de Alberdi, todas las de Sarmiento y los conocimientos en la materia que se demostraron en las sesiones del congreso constituyente, no están en relación con aquella sociedad. Son muy superiores, son obras de positivo mérito, que hoy, cincuenta años después de escritas, son citadas, y con ellas se procura acordar las propias convicciones, como si llevaran en sí la verdad indiscutible.
En cuanto á los adelantos urbanos, la edificación adoptaba la forma de las casas pompeyanas ó moriscas, que se admiran en la ciudad destruída ó que se visitan en España en las ciudades de Sevilla ó Córdoba; las casas macizas con techo de teja, de épocas anteriores, daban modelos á las nuevas construcciones. El pavimento de las calles era el natural, excepción hecha de algunos cortos trechos de empedrado: para los que se utilizaban piedras traídas de Martín García[21]. El alumbrado confiado aun en su casi totalidad á la lamparilla de aceite. En los alrededores de Buenos Aires, las quintas á las que conducían caminos poco cómodos, ofrecían un punto de llegada en las excursiones y paseos de que tan gratos recuerdos conservan los viejos de nuestro tiempo.
3. En los campos, las circunstancias políticas habían hecho causa común con el desierto, la tradición y la fácil ganadería para impedir el desarrollo de la agricultura y favorecer el de aquélla; las quintas y chacras de los alrededores no alcanzaban á producir todo lo que las ciudades consumían, dando así lugar á que subsistiera aun la importación de cereales. Y en cuanto á los procedimientos de cultivo, eran sólo los que las costumbres habían transmitido: es de fecha posterior la introducción de máquinas y sistemas.
En cambio, la ganadería se conservaba en su apogeo; aquel trabajo más arriesgado y más libre de la época colonial, era todavía el predilecto en la elección que para el despliegue de sus actividades hacía el hombre de campo. La enorme extensión del territorio no hacía necesaria la economía del suelo, y ayudaba también en aquel sentido la existencia de los grandes fundos que adquiridos por medios más ó menos legítimos é ilegítimos se han perpetuado, y que hasta en la actualidad, ahogan con su abrazo el desarrollo de muchos pueblos y ciudades, y retardan el progreso de algunas provincias. Debe recordarse sin embargo, que la ganadería había dado algunos pasos con las tentativas de refinamiento que recuerda el general Mitre en la arenga pronunciada en la exposición agrícola-industrial de Buenos Aires, el 10 de abril de 1859.
Un poco más allá, donde la población escaseaba aun más, los territorios abandonados al indio, poco ó nada explorados, las tierras fiscales, los grandes bosques vírgenes, las montañas y las sierras cuyo contenido se ignoraba y que contribuirán algún día á la riqueza del país.
En cada provincia, sus particularidades: los saladeros en Buenos Aires, Entre Ríos y Corrientes, los tejidos en el interior y las tantas otras industrias, muchas de ellas conservadas en la actualidad.
4. Pueblos y ciudades así aislados, tenían una idea, vaga aun, de que formaban una nación: que además de la patria reducida donde gobernaba el caudillo, había otra más grande á la que también pertenecían aquellos otros pueblos á quienes le unían largos caminos y un comercio continuo. Esas comunicaciones se hacían no obstante las enormes dificultades y distancias de que apenas se tiene una idea cuando se atraviesa ahora la república en cómodos ferrocarriles.
Las vías de comunicación actuales en la República Argentina, sin estar sino en mínima parte trazadas, han alcanzado desarrollo regular, permitiendo, sobre todo en la región noreste, trasladarse con facilidad de un punto á otro, comunicarse con relativa rapidez, no vivir cada población ignorando lo que pasa en su vecina de algunas leguas.
No era así sin duda en la época á que este capítulo se refiere, teniendo sin embargo ya larga historia el desarrollo de estos medios de unión entre los hombres. Es necesario hacer un recuerdo de ellos; su importancia era grande, aunque tan poca pareciera tomando la fecha 1853 sin referirla á otras anteriores.
Como lo afirma Moussy[22], los mismos medios que usaron los conquistadores en el siglo xvi, debían servir con pocas variantes para las comunicaciones argentinas á mediados del siglo xix. Las naturalezas de hierro podrían resistir las largas travesías; los que no las tenían, debían perecer. Entre salvajes y animales de toda especie, sólo podrían resistir los mejor dotados, y á los débiles se aplicaría la ley de selección natural. La función hizo al órgano y apareció el baqueano conocedor de todos los lugares, «personaje eminente y que tiene en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce á palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su campaña»[23]. Los ríos se cruzaban en pequeñas canoas, cuando no se conservaban las antiguas pelotas, y las selvas por las veredas ó sendas heredadas del salvaje ó abiertas para las nuevas necesidades. Las rutas de Chile y la del norte eran las más frecuentadas y lo habían sido también en la época colonial cuando las mercancías que llegaban de Europa á Buenos Aires, debían ser conducidas á Potosí ó á la intendencia de Cuyo. Y al lado de estas rutas capitales, las rutas secundarias de Buenos Aires al Rosario, de Mendoza á San Juan, de San Juan á San Luis. Las rutas intercapitales, las de la mesopotamia y todas aquellas á que las necesidades del comercio, ó el interés del conocimiento de lugares, ó cualquier otra causa importante hubieran dado nacimiento.
En cuanto á los sistemas de transporte, la misma obra de Moussy antes citada, enumera éstos: viajes á caballo, de día, con descansos nocturnos cuando la existencia de postas lo permitieran, llevando consigo las mercaderías y la tropilla de caballos que substituyeran á los ya cansados. Viajes en coche, la galera principalmente, que conserva aún hoy su importancia en los lugares que no han sido favorecidos por el ferrocarril. Finalmente, las diligencias, recién establecidas en 1853, más grandes, más confortables, más adelantadas. Y en lo que á transporte de mercaderías se refiere, las carretas de bueyes y las tropillas de mulas se hacían la competencia y eran igualmente usadas, siendo preferidas unas ú otras, según la topografía del suelo y la menor ó mayor urgencia que tuviese el destinante en hacerlas llegar á su destino. Lo que aquellas eran y el enorme cambio sufrido desde entonces á aquí, ha podido verse en la reciente exposición ferroviaria, donde se han exhibido aquellos carruajes y otros por el mismo estilo, que Moussy no enumera: la volanta, la catanga, el landeau, á pocos pasos de las colosales máquinas y elegantes coches de ferrocarril, introducidos en el país ó que prometen introducirse.
La organización postal, antes del decreto de 8 de junio de 1854 que instituyó las mensajerías nacionales, conservaba también carácter cuasi colonial; los dueños de posta desempeñaban gran papel; sus instituciones eran útiles, más que útiles, necesarias y únicas y muchas veces más seguras que el actual correo... Existían también los correos entre muchos puntos del territorio argentino. En cuanto á los telégrafos, su creación data de época posterior: de 1860.
Á todo ésto se deben agregar las comunicaciones marítimas con Europa, Brasil, Uruguay, litoral, existiendo desde 1851 la navegación á vapor que comenzó un navío, el William Pearce.
Tales eran los medios de comunicación en 1853, cuando la Constitución vino á facilitarlos, declarando la libertad de tránsito para los hombres, las cargas y las bestias, y la libre navegación de los ríos interiores de la nación para todas las banderas del mundo.
5. La situación económica del país no podía ser superior á la situación general. Se salía de la época de Rozas en la que la historia financiera «puede concretarse á la enumeración de los déficits dentro del presupuesto, de los gastos extraordinarios y de los medios adoptados para enjugar los primeros y llenar los segundos»[24]. Época de emisiones de papel moneda en abundancia, que debió ser imitada después, aun cuando hubiera progresado tanto la nación.
Caído Rozas, en un primer momento no se pudo remediar aquel estado; en Buenos Aires se emitió por valor de 19.500.000 pesos moneda corriente en los años 1852 y 1853; en la Confederación la vida financiera fué precaria y llegó á los resultados que se expondrán en el próximo capítulo.
6. Tal era el cuadro en que se desarrollaba el pueblo para el que se dictaba la Constitución de 1853. Tales eran también los adelantos á que había llegado en los siglos coloniales, y en los años de emancipación.
La Constitución quiso, pues, tomando en cuenta en la medida de lo posible, el estado del país en aquel momento, promover su adelanto: en su preámbulo estableció los móviles que la habían originado y los fines que se proponía; está allí expresado el deseo de dar cumplimiento á pactos preexistentes que las luchas anteriores habían provocado y cuyo respeto era necesario para constituír la unión nacional, consolidar la paz interior y promover el bienestar general; las continuas prácticas judiciales poco respetuosas de las leyes, y obedeciendo muchas veces á influencias de toda especie, pedían quizás con exceso, como afirma el documento antes mencionado y en parte transcripto, que se afianzara la justicia, y tal cosa prometió aquel preámbulo; y la aspiración general quedaba satisfecha cuando se ofrecía la libertad que alcanzaría á nacionales y extranjeros.
En las declaraciones, derechos y garantías, tratábase por todos los medios de promover y estimular el adelanto del país; el comercio, la industria, artes, propiedad, vida, libertad, imprenta, educación, el tránsito libre de hombres, vehículos y bestias, las actividades todas de los individuos, quedaban protegidas; hasta se recordó al indio encomendándose al Congreso (art. 29, inc. 15) que vigilara por la conservación del trato pacífico con ellos y de promover su conversión al catolicismo. Cierto es,—y el recuerdo es justo, pues poco se tiene en cuenta,—que esta disposición se encontraba ya en la Constitución de 1819 y en una forma más amplia; su artículo 128 decía: “Siendo los indios iguales en dignidad y derechos á los demás ciudadanos, gozarán de las mismas preeminencias y serán regidos por las mismas leyes. Queda extinguida toda tasa ó servicio personal bajo cualquier pretexto ó denominación que sea. El cuerpo legislativo promoverá eficazmente el bien de los naturales por medio de leyes que mejoren su condición hasta ponerlos al nivel de las demás clases del estado”[25]. La Constitución de 1853 al equiparar el indio al civilizado, buscar su trato, y disponer que se le civilizara, no hacía pues, sino repetir una disposición anterior que había dado forma á un deseo general de la población, deseo que continúa subsistente en nuestra época en que á pesar de los años transcurridos desde la sanción de aquel mandato, poco se ha hecho por cumplirlo.
Á pesar de los deseos de igualdad y sanciones que pretendían que todo extranjero se encontrara aquí como en su patria, la Constitución dictó un principio contrario á tal propósito, aunque en realidad con esa determinación se marchara más de acuerdo con las ideas de la sociedad de aquella época. Demasiados españoles había y demasiado española era la sangre para que fuera posible separar la religión del estado. El culto católico-apostólico-romano ejercía demasiada influencia para que no se le recordara en alguna forma. La Constitución llevó en el artículo 2o la afirmación de «el gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano» y el artículo 73 (art. 76 de la vigente) en que se establece como condición para ser presidente ó vicepresidente de la confederación «pertenecer á la comunión católica, apostólica, romana». Nótese que la disposición que elige el culto fué concebida en esos términos como medio de transacción; algunos constituyentes, como el diputado Zenteno, deseaban que aquella declaración fuera más amplia. Proponía sancionar el artículo en esta forma: «la religión católica, apostólica, romana, como única y sóla verdadera, es, exclusivamente la del estado. El gobierno federal la acata, sostiene y protege, particularmente, para el libre ejercicio de su culto público, y todos los habitantes de la confederación le tributan respeto, sumisión y obediencia»[26].
Estas disposiciones constitucionales que se completan con las de los artículos 64, incisos 19-20, y 83, inciso 8 (67, inc. 19-20, y 86, inc. 8 de la actual), han sido combatidas aun por autores de espíritu religioso como Estrada, que encuentra que á guisa de libertades, el estado toma á la religión mucho más de lo que da[27]. No hay para qué recordar todo lo que los enemigos de la iglesia dicen sobre ellas.
Á nuestro fin, baste establecer dos proposiciones: la primera es que, cualquiera sea la interpretación y el sentido que se dé á las disposiciones constitucionales, no puede hablarse de religión de estado, desde que cosa semejante sería sostener el absurdo de una persona jurídica, sér de abstracción, teniendo conciencia y religión. La segunda es que, para un país que deseaba inmigración sin distinguir religiones de los inmigrantes y que prometía la igualdad, convenía que las disposiciones que á la religión se referían, fueran lo menos prohibitivas posibles. De ahí resultó que al mismo tiempo que se imponía el sello de autoridad á los artículos á que hemos referido, el espíritu de tolerancia, dictara también los artículos 14 y 20 en los que se declaraba la libertad de cultos para nacionales y extranjeros.
En cuanto á su bondad política, la Constitución de 1853 que con pequeñas modificaciones nos rige, será discutida, tal vez reformada por errónea ó anticuada, tal vez conservada por acertada y fácil de acordar con los tiempos actuales. Está ello fuera de nuestro estudio. Más en lo que á formación de la nacionalidad se refiere, fué buena por una razón fundamental: no es un código de restricciones; es un código de libertades y derechos: acordó derechos y libertades como no los acordaba en esa época constitución alguna; aseguró la paz, la libertad, los derechos todos á nacionales y extranjeros. Hasta recordó al indio... Era propicia para ser la ley fundamental del pueblo donde debían encontrarse representados con el tiempo cien pueblos diversos, disputándose el derecho de moldear la nueva nacionalidad que nacía. Tomada desde este punto de vista no se puede dudar de que fué buena, más aun en teoría que en la práctica; teóricamente, porque es de sentido común que el individuo que encuentra en el país donde va á establecerse tantos derechos como en el suyo y más facilidades de trabajo y vida, servirá de propagandista y atraerá más extranjeros. Prácticamente, porque á pesar de las irregularidades cometidas en la aplicación de sus principios, lo cierto es que facilitó, con otras circunstancias coadyuvantes, la inmigración y que es á la inmigración que produce y que deja descendientes que producen en todas las esferas de la actividad á quien se debe en gran parte el adelanto argentino.
CAPÍTULO II
1869: el primer censo nacional
1. La sociedad argentina de 1869. Medidas protectoras de la inmigración. La formación de la raza y factores que contribuyen.—2. Los progresos; la libertad de imprenta; la tendencia hacia la desespañolización.—3. Cambios políticos; situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. Agricultura: ganadería: otras industrias. Comercio.—6. Consecuencias institucionales.—7. Conclusión.
1. Dieciseis años después de dictada la constitución para la Confederación Argentina, el primer censo nacional demostró con sus cifras, el exponente en cuanto á población, del grande adelanto que dieron á esta tierra las seguridades y libertades ofrecidas á nacionales y extranjeros, la paz y la justicia para todos.
Ese período de dieciseis años es pequeño, extremadamente pequeño en la historia de un pueblo cuyos orígenes sean remotos y cuya complexión orgánica responda á sólidas bases. Mas es un período grande para un pueblo incipiente, nacido en el ayer. En esos pocos años la nación hace grandes progresos, sufre transformaciones notables, cambia de traje. Es verdad que el cambio y los progresos no se presentan en todo su territorio de un modo semejante. Más aun, es sabido que las diferencias en los adelantos son grandes entre Buenos Aires y Jujuy, por ejemplo. No importa; existen progresos que llegan al mayor grado en la capital, y los progresos de la capital, pueden tomarse como próximos cambios en toda la nación.
La ciudad cabeza aumenta, crece desmesuradamente, y da motivo á la afirmación tantas veces traída y llevada del peligro é inconveniente de la cabeza enorme con cuerpo pequeño. Y ya que esta afirmación vulgar se presenta, diré al pasar dos palabras sobre ella. Se dice que la grande ciudad con civilización adelantada, con comodidades á que permanece ajeno el resto del territorio, con abundancia de oficios que retienen la inmigración impidiéndole desparramarse por los campos, es un grave inconveniente que retarda el progreso general del país, en beneficio sólo de la ciudad. Yo no creo en ese inconveniente; más aun, creo que los males que tal situación acarrea son pasajeros, en tanto que sus beneficios son positivos. Las grandes ciudades son como los grandes focos que irradian luz en derredor. La civilización limitada en un primer momento á un pequeño pedazo de terreno, cuando éste no pueda contener la población que afluye, la obligará á extenderse, á formar nuevas ciudades ó nuevos pueblos, los que á su vez facilitarán el originarse de establecimientos agrícolas y ganaderos en su vecindad. Sin Buenos Aires no se explicarían La Plata y Bahía Blanca, ni los cien pueblos que circundan á la gran metrópoli. La civilización se extenderá de este modo, quizás en una forma más lenta, pero indudablemente de un modo más firme.
Hecha la digresión volvamos á nuestro camino. Veamos el estado de la formación de la raza, el factor étnico, y relacionémoslo con el estado general de los progresos argentinos en aquellos años, que estudiaré sintéticamente.
La convicción de la necesidad de unir la sangre de la nueva nación, á la sangre de las naciones viejas, y de completar el futuro individuo argentino agregando elementos de las naciones formadas siglos antes, permaneció latente como la semilla que espera en tierra propicia, y tan pronto como la piedra que lo impedía, representada aquí por Rozas, fué sacada del camino, la semilla fecundó y el nuevo árbol dió frutos gratos.
Las nuevas medidas tendientes á favorecer la inmigración, partieron del estado de Buenos Aires por un lado, de la Confederación Argentina por otro, mientras permanecieron separadas; de la Nación Argentina, cuando la unión nacional se consolidó.
Del estado de Buenos Aires ó sus habitantes son estas iniciativas[28]:
Ley de 1854, que creó la comisión de inmigración y estableció la exención de derechos á los buques que trajesen 50 inmigrantes ó más.
En 1856, un grupo de ciudadanos distinguidos se encarga de ayudar á los inmigrantes en sus primeros días de patria nueva; solicita y obtiene del gobierno, local para albergar á los inmigrantes recién llegados que lo necesitaran; por susbcripción reune fondos para alimentarlos, obtiene una subvención del gobierno, y bajo el nombre de «Asociación filantrópica de inmigración, auxiliada y bajo la protección del superior gobierno del estado de Buenos Aires», que adoptó á poco de constituída, contribuyó grandemente á facilitar y favorecer la inmigración. Nacionalizada en 1862, llevó su existencia hasta 1869, en que fué reemplazada por la comisión central de la inmigración.
Las clases no pudientes del pueblo de Buenos Aires tampoco permanecieron ajenas á las demostraciones en favor del extranjero: deseaban su venida, le esperaban, le agasajaban; no importaba que el inmigrante viniera á Buenos Aires ó á la confederación: de cualquier modo llegaba á la patria próxima á constituirse, á trabajar en ella, á formar colonias agrícolas. «No son sólo las autoridades constituídas—dice un autor de la época—y la voz de la prensa sudamericana que apoyan con todos sus esfuerzos la realización de un vasto plan de colonización agrícola; la población entera favorece la ejecución de este proyecto por manifestaciones inequívocas. Hemos sido testigos de las demostraciones de fraternal simpatía que se prodigaron á un convoy de doscientas familias destinado á las colonias del señor Castellanos; á su llegada á Buenos Aires estas valientes personas se vieron objeto de una verdadera ovación. Por un acuerdo perfecto de franqueza y amenidad, por completo en las costumbres americanas, parecía querer borrarse en el espíritu de los recién llegados, las últimas tristezas que podían alimentar aun en el recuerdo de la vieja patria. Sería necesario, seguramente, citar el nombre de cada habitante de la ciudad, si se quisiera mencionar todos los actos de generosa hospitalidad que señalaron aquel día; nos contentaremos con recordar en esta obra al del señor Rams, ciudadano de Buenos Aires, quien haciendo un noble uso de su afortunada posición, hizo distribuír á los colonos, cigarros, confituras y refrescos de toda especie»[29].
Por su parte, la Confederación Argentina no procedió de otro modo; la prueba está en los decretos destinados á cumplir los mandatos de la Constitución al respecto; está en los nombramientos de cónsules, los tratados comerciales con naciones de América y Europa; está en la creación de un premio á la mejor memoria sobre clasificación y distribución de tierras públicas; en la concesión del ferrocarril del Rosario á Córdoba; está, para no citar más, en el encargo dado á Moussy, de la descripción de la Confederación Argentina, á fin de que en todas partes pudieran tenerse noticias de estas tierras; en la indemnización á los extranjeros de los perjuicios sufridos en las guerras civiles, y sobre todo en la buena acogida que recibieron los proyectos colonizadores de Brougues y Anchorena, en los que el gobierno nacional se responsabilizó por las obligaciones respectivas contraídas por los de Corrientes y Santa Fe.
Nuevas leyes, decretos, contratos, aparecen con iguales móviles, cuando Buenos Aires y la confederación formaron un solo país; resoluciones de esta índole son las leyes de 1862, autorizando el poder ejecutivo para celebrar contratos sobre inmigración extranjera, con facultad para conceder beneficios; la de libre introducción de los equipajes de los inmigrantes, en 1863, que se establece y conserva después en la ley de aduana; la creación de la «Comisión protectora de la inmigración», y en fin, muchas otras resoluciones de semejante especie, hasta la creación, en 1869, de la «Comisión central de inmigración», de cuya obra nos ocuparemos después.
Es claro que todas estas resoluciones realizadas en los hechos, en todo ó en parte tenían forzosamente que facilitar la llegada de los extranjeros que adhiriéndose á la nueva patria, darían á ella su sangre y su trabajo.
Cada nación, con sus hijos mandaba su espíritu; con su fuerza económica, su fuerza moral; allí donde ellos llegaban, traducían sus ideas en hechos y removían el espíritu; las regiones preferidas cambiaban de aspecto más pronto, las rezagadas cambiarían después. La entrada de inmigrantes que era de 1500 en 1854, alcanzaba tres años después á 4950, llegados en 1857; á 6300 en 1861, á 11.600 en 1864; á 29.000 en 1869. En estos totales, los italianos ocuparon durante todo este período el primer lugar; correspondiendo á aquella nacionalidad, siete décimos de los llegados cada año; habían desalojado á los españoles: la ciudad capital les contaba en gran número; en 1856, en sus 91.395 habitantes, contaba con 10.279 italianos; su número siguió creciendo y en 1869, el censo dió 41.957 italianos para una ciudad de 177.787 habitantes, y 71.442 para toda la nación cuya población era de 1.877.490 habitantes (contados 41.000 argentinos residentes en el extranjero). En aquel año llegaron de esa nacionalidad 21.419 individuos.
Su número fué proporcionalmente tan grande, que algunos espíritus timoratos de pocos alcances, creyeron ver en esa abundancia un peligro que se expresó en el diario de la época Los intereses argentinos; campaña anti-italiana efímera que murió al nacer, siendo destruída en sus comienzos, entre otras tantas, por la palabra incisiva de Héctor Varela[30]. El peligro que la educación italiana pudiera traernos y que las ideas monárquicas pudieran infiltrarse, no fueron más que alucinaciones; no lo fueron en cambio las colonias agrícolas, la población numerosa, las artes y las ciencias. Y es desde 1859, dato curioso, que los compatriotas de Colón monopolizan el cabotaje[31]. Viviendo vida argentina, no olvidaban la patria, y mantenían el recuerdo y la unión de sus connacionales agrupándose en sociedades y fundando diarios: en 1869, los italianos tenían dos diarios La Nazione Italiana y Eco d’Italia.
España, no obstante la tendencia á la desespañolización, que mostraban sus antiguas colonias de aquende los mares y de la que más adelante nos ocuparemos, seguía suministrando hijos á la Argentina, brazos á la agricultura y... criados á las familias pudientes. Es un error el que expresa Daireaux[32], cuando al referirse á 1868, á las grandes afluencias de extranjeros, dice que la inmigración menos poderosa era la española; lejos de ello, ocupaba el primer lugar después de la italiana, como lo siguió ocupando en adelante con excepción de los años 1872, 1881 y 1890 en que fué superada por la francesa. Es fácil comprobar tal cosa, con las cifras de la estadística de la oficina de inmigración.
Más, la sangre española no modificó el carácter étnico argentino; contribuyó más bien á mantenerlo tal cual era, demorando la transformación; á pesar de la «oposición que los sucesos revolucionarios debían convertir en aversión y degenerar por desplazamiento de aquélla, en prurito de imitación excluyente de las ideas de la metrópoli», también es cierto que «no se elimina por la sola fuerza de la voluntad lo que arrastra la sangre ó está adherido á la estructura íntima del nervio»[33]. Y es así que el hispano continúa su dominio en la raza á pesar de la ruptura de vínculos políticos, y sus hijos venidos á estas tierras son como los enviados á mantener las tradiciones seculares de todo género. Y en la pereza, en la fácil palabra, en el valor, en la tendencia religiosa, en las formas arquitectónicas de las ciudades, España conserva su poderío que durará mucho aún, aunque el transcurso del tiempo pueda reducirlo á la expresión más abreviada del resumen.
En cuanto á las industrias, á las invenciones é ideas que forman la base de los adelantos del país, forzoso es confesarlo: ni los grandes establecimientos industriales, ni las artes, ni la ciencia, ni los ferrocarriles, ni los tramways, ni los puertos deben nada á esta inmigración, apta para recibir y adoptar los inventos y las máquinas y las faenas, pero que nada da de por sí en aquella materia. Quizás sea debido á esta causa y á este factor, que mientras en Europa los grandes inventos y descubrimientos se hacen comunes por su abundancia, y Estados Unidos compite con ventaja con la Europa toda, Sud América nada da de por sí, á pesar de la inteligencia reconocida de sus hijos, y que el único descubrimiento de importancia realizado por un sudamericano, la dirección de los globos, pertenezca precisamente á un hijo de la única nación no hispánica de Sud América.
Los franceses por su parte, habían dado un buen contingente aun en la época de Rozas, y conservaron en adelante el tercer puesto en cuanto á número de inmigrantes, llegando á ocupar el segundo en las épocas que hemos señalado al hablar de la inmigración española; los 276 llegados en 1857, son en 1869, 1465, es decir casi seis veces más. Muchos de ellos permanecían en la ciudad de Buenos Aires; en una estadística de 1856, Buenos Aires tenía 91.395 habitantes, de los cuales 9489 eran franceses, y solamente 5702 españoles. Y las ideas francesas también se expandían y se expandía su idioma, base de toda enseñanza adelantada[34]. Los franceses no eran sólo agricultores; los había también hombres de letras y artistas, hombres de pensamiento y acción, hombres de comercio é industriales: Bonpland, de todos conocido, y Moussy autor de la Geografía de la confederación, tantas veces citada en este trabajo, y de la Memoria histórica sobre la decadencia y ruina de las misiones jesuíticas del Río de la Plata; el almirante Mouchez, autor de las obras náuticas, aunque sólo fuera visitante; educacionistas como Jacques, Larroque, y Peyret; agricultores como Brougues y Lelong, é industriales como Hileret, el de los ingenios tucumanos, Sansinena, Prat, el de la tintorería, Godet, fabricante de chocolate, Molet, de conservas alimenticias, Berthe, destilero, Lavigne, fabricante de aceite, Bieckert, cervecero... Y las colonias de vascos franceses y las tiendas principales, acumulaban materiales para la nueva nación, por más que durante algún tiempo continuaran formando colonias separadas del resto de la población, y unidas en el recuerdo de la lejana patria, y contribuyera á ello, la aparición de periódicos escritos en la lengua nativa, muchos de éstos suprimidos ó desaparecidos, otros conservados como el Courrier de la Plata, nacido en 1865 y núcleo de la tradición francesa en el Río de la Plata[35].
Después de Francia, los países que más contribuían á poblar estas tierras eran Gran Bretaña, Austria, Suiza, Alemania y Bélgica, cada una trayendo en sus hijos sus caracteres, su inteligencia, sus particularidades.
La inmigración inglesa y alemana merece recuerdo especial; la inglesa sobre todo, más que por el número de sus súbditos que es relativamente insignificante, por los capitales que aportaron y que se fijaron en el país y por las nuevas industrias que introdujeron; es así que al hablar de ellas, se puede recordar el establecimiento de los ferrocarriles norte (1861), sud (1863) y central argentino (1863), la compañía de minas de San Juan (1863), la fábrica de Liebig (1864), el ferrocarril Buenos Aires Ensenada (1865), enfín, el nombre del alemán Felipe Schwarz que establecido en Buenos Aires en 1859, efectúa la primera construcción en el país, de un navío de vapor, para navegación de los ríos interiores.
Aunque las estadísticas sean escasas y los datos locales deficientes, conviene transcribir aquí el cómputo de la población nacional y extranjera y de la distribución geográfica, que nos da Moussy, interesante y útil como término de referencia con el de 1869.
| Provincias | Extranjeros en 1857 | Cifra en 1857 | Total en números redondos en 1860 |
| Entre Ríos | 12.044 | 79.282 | 82.000 |
| Corrientes | 2.006 | 85.447 | 86.000 |
| Santa Fe | 4.304 | 41.261 | 43.000 |
| Córdoba | 380 | 137.079 | 140.000 |
| San Luis | 153 | 37.602 | 38.000 |
| Mendoza | 3.181 | 47.478 | 49.000 |
| San Juan | ? | ? | 50.000 |
| La Rioja | ? | ? | 34.000 |
| Catamarca | ? | ? | 60.000 |
| Santiago del Estero | ? | 77.575 | 80.000 |
| Tucumán | 273 | 84.044 | 85.000 |
| Salta | ? | ? | 70.000 |
| Jujuy | ? | ? | 33.000 |
| Buenos Aires | ? | ? | 330.000 |
| Total | 1.180.000 | ||
| Indios del Sud | 10.000 ? | ||
| — del Norte | 20.000 ? | 30.000 | |
| Indios de la Patagonia | ? | ||
| Total | 1.210.000 |
Todos estos elementos debían traer en el transcurso de algunos años grandes cambios; un día sería una nueva idea, un edificio de formas distintas, el de más allá una industria nueva; así de continuo, en modo que cuando se efectúa el censo de 1869, la población y los caracteres generales del país habían cambiado; el carácter hospitalario de la familia colonial, debía continuar, continúa todavía sobre todo en las provincias; el gaucho con sus caracteres raros, mezcla de menestral y del peregrino de la edad media, como lo ha considerado un distinguido autor, atravesaría los años, cambiaría posiciones, mas seguiría existiendo; la haraganería, que ya en 1853 había hecho fortaleza principal en los empleados de las oficinas públicas[36], seguía conservando su sitio inexpugnable en 1869, lo conservaría en 1880, sería dueña de sus hombres en 1895, cuando el censo revelara cómo había extendido sus fronteras, y el primer centenario de la revolución, invencible en sus asientos la encontraría.
La cria del ganado, que tanto papel desempeñara anteriormente, continuaba predilecta, sobre todo en un principio. Los extranjeros mismos, en algún número se dedicaban á ella, abandonando el comercio[37].
2. Pero los cambios de costumbres también son grandes aun en los detalles, y este hecho curioso lo señala: la siesta, la famosa siesta colonial, desaparece en el Rosario en 1864, debido al trabajo y á las ideas y costumbres traídas por el elemento extranjero[38]. En las ciudades en que el incremento de la población extranjera no ha sido tan considerable, aquélla se ha mantenido más tiempo y en algunas se mantiene aún.
Se introducen métodos nuevos para el cultivo de los campos: las colonias de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, muestran las ventajas de la agricultura; los nacionales empiezan á tener afición á ella; en las ciudades, desde 1856 aparecen las luminarias á gas, los empedrados adelantan, el valor de la tierra sube, las modificaciones se propagan al interior, los capitales afluyen; en 1865 los serenos se declaran en huelga, «signo de progreso»[39]; en 1866, se funda la sociedad rural, de la que es iniciador con otros, el inglés don Ricardo Newton que poco antes había inventado los alambrados y ensayado la introducción de animales finos. Se le llamó loco porque pretendía con débiles alambres, sujetar la fuerza de formidables toros, y gastaba en un carnero traído de afuera, cinco veces más de lo que gastaría en el mejor carnero argentino; no importaba, sabía lo que hacía.
De los extranjeros que llegaban, muchos quedaban en las ciudades, algunos avanzaban sobre el litoral donde otros les habían precedido, otros pocos se expandían por el resto de la nación; era la mayor ó menor facilidad de vida lo que determinaba sus movimientos. Algunos pensarían retornar al país de origen, enriquecidos; otros dejaban aquel pensamiento, se vinculaban, se casaban con hijas del país, se establecían definitivamente, daban descendientes argentinos.
Las uniones naturales entre extranjeros é hijas del país, eran muy comunes; la reproducción era abundante; un cálculo de treinta y ocho años, hecho considerando los libros parroquiales de Córdoba, ha dado el resultado de siete hijos para cada matrimonio de blancos[40].
En el cálculo de matrimonios en el litoral se llega á que aproximadamente, de cada cien extranjeros que contraen matrimonio, sesenta y seis lo hacen con hijas del país y treinta y cuatro con extranjeras; en el interior, el porcentaje es mayor.
Algunos documentos antiguos traen noticias interesantes á este respecto: como muestra y confirmación de lo que digo, puedo recordar estos datos tomados del registro estadístico para el estado de Buenos Aires, que dirigió Maeso primero, y luego Trelles: trae el tomo correspondiente al primer semestre de 1856 una estadística de matrimonios de la ciudad de Buenos Aires por parroquias, estadística primitiva, indudablemente con errores y de la que se excluyen del sistema con que se dan los números, los de la parroquia del Socorro, «por cuanto el señor cura no los ha enviado en la forma que correspondía». Para no enumerar todo aquello, he hecho este resumen:
En congregaciones extranjeras 26, entre protestantes, ingleses, alemanes, americanos y escoceses.
Estos datos son sin duda defectuosos, pero interesan del punto de vista de la cantidad de nacionalidades que comenzaban ya á formar la nueva nación. Y estos matrimonios tienen hijos que nuestra ley considera argentinos y que lo son también en sus sentimientos. Pero ¿tienen los mismos caracteres que tendría la población si hubiera continuado siendo española ó descendiente de española? ¿no vale entonces de nada la herencia? Indudablemente son argentinos, pero distintos de los otros; no son ni parecidos á los primitivos argentinos ni á los compatriotas de sus padres; tienen de uno y de otro; el medio los modifica: los cruces los modifican más; no son, serán; son argentinos en un sentido; tienden á ser, en otro: su unidad como raza no está hecha, será, está en el futuro.
Así se llegó al censo de 1869, hecho bajo la dirección del señor Diego G. de la Fuente; obra muy buena; primer censo nacional, cuyo capítulo de población futura (pág. 22) da esta curiosa previsión, ejemplo de como el método estadístico puede algunas veces dar resultados para el futuro. La República Argentina tendrá aproximadamente, dice, en 1879, 2.464.000 habitantes; en 1889, 2.444.000; en 1899, 4.778.000; en 1909, 6.591.000. Como se ve, el error ó no existe ó es pequeño y el dato curioso. La ilusión se perdería si se leyera como se lee poco más allá, el cálculo para la ciudad de Buenos Aires en que da para 1909, 650.000 habitantes; por más que dice como condición, «si se conserva en sus límites», y Buenos Aires se ha excedido y se ha apoderado de los alrededores; pero con todo, el cálculo resultó reducido en cuanto al desarrollo de la gran ciudad, como han resultado todos los que se han hecho sobre dicho crecimiento para épocas más ó menos distantes.
Dejando ésto, veamos la estadística de nacionalidades. Existían dentro de la nación, en la época del censo, 1.531.360 argentinos y 211.993 extranjeros divididos como lo expresa el cuadro siguiente:
| Distribución Geográfica | Total | Argentinos | Otros hispano americanos | Brasileros | Norte- americanos | Alemanes | Austriacos | Españoles | Franceses | Ingleses | Italianos | Portugueses | Suizos | Otros estados | Africanos |
| Buenos Aires | 495.107 | 343.866 | 12.062 | 1.118 | 863 | 3.192 | 657 | 28.534 | 27.141 | 9.052 | 60.686 | 1.228 | 2.369 | 3.672 | 1.067 |
| Santa Fe | 89.117 | 75.178 | 1.253 | 121 | 76 | 1.146 | 27 | 1.559 | 1.728 | 690 | 4.223 | 127 | 2.272 | 712 | 5 |
| Entre Ríos | 134.271 | 115.963 | 5.379 | 800 | 39 | 358 | 54 | 3.025 | 2.421 | 451 | 4.258 | 167 | 1.020 | 219 | 117 |
| Corrientes | 129.023 | 120.198 | 2.050 | 3.823 | 13 | 118 | 65 | 432 | 462 | 100 | 1.513 | 121 | 62 | 45 | 21 |
| Córdoba | 210.508 | 208.771 | 381 | 22 | 19 | 67 | 17 | 225 | 262 | 174 | 396 | 10 | 80 | 81 | 3 |
| San Luis | 53.294 | 52.761 | 399 | 6 | — | 20 | — | 35 | 49 | 3 | 19 | 1 | 1 | — | — |
| S. del Estero | 132.898 | 132.763 | 35 | 2 | 2 | 5 | 1 | 26 | 16 | — | 25 | — | 7 | 15 | 1 |
| Mendoza | 65.413 | 59.269 | 5.625 | 9 | 23 | 16 | 2 | 75 | 78 | 11 | 75 | — | 6 | 20 | 4 |
| San Juan | 60.319 | 58.007 | 2.087 | 1 | 8 | 26 | 3 | 38 | 45 | 26 | 54 | 3 | 6 | 10 | 5 |
| La Rioja | 48.746 | 48.493 | 216 | 1 | 1 | 3 | — | 10 | 11 | 1 | 8 | — | 1 | 1 | — |
| Catamarca | 79.962 | 79.551 | 270 | — | 40 | 11 | 5 | 21 | 12 | 17 | 27 | — | 1 | 6 | 1 |
| Tucumán | 108.953 | 108.602 | 160 | 8 | 4 | 12 | 1 | 39 | 73 | 3 | 43 | 2 | 6 | — | 1 |
| Salta | 88.933 | 85.959 | 2.784 | 7 | — | 15 | 2 | 40 | 34 | 5 | 65 | 3 | 9 | 3 | 7 |
| Jujuy | 40.379 | 37.353 | 2.993 | 1 | 1 | 2 | — | 9 | 4 | — | 12 | — | — | 1 | 3 |
| Chaco | 45.291 | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — |
| Misiones | 3.000 | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — |
| Pampa | 21.000 | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — |
| Patagonia | 153 | 47 | 1 | — | — | — | — | — | — | 104 | — | — | — | — | — |
| Id. pobl. ind. | 23.847 | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — | — |
| Ejércitoen opes | — | 4.579 | 608 | 146 | 5 | 6 | — | 12 | 47 | 79 | 39 | 304 | 20 | 100 | 338 |
| 1.830.214 | 1.531.360 | 35.663 | 6.065 | 1.095 | 4.997 | 834 | 34.080 | 32.382 | 10.709 | 71.442 | 834 | 34.080 | 32.382 | 10.709 |
El total de extranjeros que dió aquel censo, correspondía á una población de 1.830.214. Es así que la proporción fué de 121 por 1000. Mas, de aquel número de extranjeros, 28.000 aproximadamente son hispano-americanos no brasileros, es decir, de igual sangre que la que aquí se iba formando. Este número modifica en algo el porcentaje de individuos de sangre nueva, pero las líneas generales permanecen las mismas y los datos citados son suficientes para indicar cuál podría ser el grado de formación de la raza y cómo la transformación era desigual, pues mientras en Buenos Aires la población extranjera era tan numerosa como se ha visto, en algunas provincias, San Luis por ejemplo, su número era tan reducido que podía considerarse insignificante. Esto quiere decir, que la superposición ó mejor dicho, la transformación va en progresión decreciente de la capital al litoral, y del litoral al interior. No obstante, debe tenerse presente que en cuanto á industrias, artes y costumbres, llegaban á algunas regiones, aun cuando el número de extranjeros fuera escaso; las ideas llevadas por unos pocos, tenían en sí fuerza expansiva y se propagaban.
Hay que tener presente que para establecer la cifra exacta de los individuos de sangre argentina y los de sangre extranjera, debe recordarse el número que da la inmigración en los años anteriores, lo que aumentaría en un 20 por 100 por lo menos, para la ciudad de Buenos Aires y para el Rosario, el número de los individuos-elemento extranjero y en un 10 por 100 para toda la nación. Es verdad, también que en ese elemento hay mucho español que aunque con modificaciones impuestas por los tiempos, trata en su naturaleza de continuar la constitución étnica argentina de 1853.
Por otra parte, las condiciones geográficas, físicas y económicas del país, el camino más corto de Europa, la mayor población desde siglos establecida en las regiones del Plata, el mayor conocimiento de las mismas, la facilidad de los cultivos, del abundante riego, eran todas circunstancias que hacían preferir el establecimiento en las provincias del litoral con relación á las del interior. Como era con la inmigración que los progresos se acentuaban, se explica de por sí la forma en que ellos se desarrollaron.
En lo que á educación se refiere, las dos universidades de antaño, continuaron desempeñando su cometido, y no obstante las deficiencias y los malos momentos porque á veces pasaran, lo cierto es que de sus aulas salían la mayor parte de los hombres que con su pensamiento tuvieron influencia en la marcha del país. En la enseñanza secundaria, este período cuenta con la fundación del colegio del Uruguay, la implantación de nuevos métodos, planes y organizaciones, en todo lo cual descuella la figura de Amadeo Jacques. Se fundan también los colegios nacionales de Buenos Aires, Mendoza, San Juan, Tucumán, Salta y Catamarca. La enseñanza primaria, encomendada á las provincias era, tal vez por aquella misma circunstancia, la más deficiente, aun cuando su existencia fuera condición para la garantía que la nación daba y da á las provincias, del libre goce de sus instituciones. Las provincias llenaron sus deberes como pudieron, y los adelantos en la materia fueron lentos.
2. La libertad de transmitir ideas había impulsado el desarrollo de las empresas de diarios: la Ilustración Argentina, Los Debates, La América, La Nación Argentina, El Nacional, La Reforma Pacífica, pertenecen á este período; entre los extranjeros, El Español, La Nazione Italiana, L’Eco d’Italia, Le Courrier de la Plata; The Standard, primer periódico inglés que se publicó en sudamérica, y que tuvo subvención nacional hasta 1891 y provincial hasta 1869. Del mismo modo, el periodismo se expandía en el interior: Córdoba, por ejemplo, tenía varios diarios: El Imparcial, La Bandera Católica, El Eco, El Diario. Buenas ó malas, estas publicaciones prueban por lo menos un hecho: que eran posibles; y gran adelanto es para un pueblo, la posibilidad de emitir libremente sus opiniones.
Las ideas generales también cambiaban y se ansiaba el progreso. La vista de los adelantos que los extranjeros traían, y las noticias de que algunos naturales eran portadores á su regreso de Francia, Italia ó Inglaterra, causaban admiración. Se compararía el hábito de trabajo de los italianos ó suizos, la inteligencia de los franceses, las máquinas é inventos de los ingleses, con la nada que el país tenía. Se buscó la causa de esta inferioridad y se la encontró en aquella España que no es ciertamente la de hoy. Los escritores de aquella época pensaron que no le había bastado mantener siglos enteros á las colonias en la ignorancia y desprecio; su acción continuaba porque los argentinos llevaban en su sangre mucha sangre española; aconsejaron como supremo remedio la desespañolización. El país se mantendría en la obscuridad y se revolvería en luchas sin fin si no se desespañolizaba: «la España conquistó la América. Los ingleses conquistaron el norte. Con la España vino el catolicismo, la monarquía, la feudalidad, la inquisición, el aislamiento, el silencio, la depravación, y el genio de la intolerancia exterminadora, la sociabilidad de la obediencia ciega. Con los ingleses vino la corriente liberal de la reforma: la ley del individualismo soberano, pensador y trabajador en completa libertad. ¿Cuál ha sido el resultado? Al norte, los Estados Unidos, la primera de las naciones antiguas y modernas. Al sur, los Estados Des-Unidos, cuyo progreso consiste en desespañolizarse»[41]. Aquella obra era cuestión de vida ó muerte. Había que llevarla á los elementos todos de la vida, al hogar y á la escuela, á la materia y al alma. «Es necesario tener muy presente que la obra de la desespañolización no consiste solamente en abolir las leyes é instituciones de la conquista. No es eso sino una parte, que podemos llamar la desespañolización exterior. La grande obra, el trabajo magno, consiste en el nuevo espíritu que debe animar á la nueva personalidad del americano. La desespañolización del alma, es pues lo principal»[42]. Á España se le reputaba la culpable, y procurando explicar el fenómeno, se llegó á ver que no pudo aquella nación proceder de otro modo. España no trató mal á sus colonias y á los habitantes de ella con un fin de maldad; aun más, este maltrato no debió parecer tal á los españoles. Y esa sumisión en cuerpo y alma no era sino la consecuencia de las ideas dominantes y por hábito convertidas en principios á los que se les tenía por verdaderos: desde la caída del imperio romano, datan las guerras religiosas, con la que emprendió Clovis para la conversión de los visigodos. El clero asumía autoridad importante, que era tomada un siglo más tarde por el clero católico visigótico; los reyes dieron gran importancia y autoridad á las decisiones y mandatos de los concilios, que vinieron á formar parte de la legislación. Y la guerra mora, de independencia y religión volvió nuevamente á hacer que la autoridad de los príncipes y de los obispos fuera grande. Para triunfar era necesaria la sumisión á los jefes, sumisión absoluta; y en cuanto á la sumisión religiosa se encargaban de mantenerla, la religión unas veces, el fanatismo y la superstición otras[43]. Esta obediencia y superstición, este dominio del espíritu se grabó en el alma de los hijos y los descendientes lo heredaron para hacerlo con el transcurso del tiempo, parte integrante de su personalidad. El principio dominó en España y pasó á América donde también dominó. Aquí mezclóse con otras ideas. Los españoles, aun de peor ralea, creyéronse amos de los nativos y comenzó la lucha sorda unas veces y tempestuosa otras, que debía, convertida en factor preponderante, decidir la lucha emancipadora. Mas la sumisión espiritual dominó, atravesó la época de Rozas y dominaba después; en las otras naciones de América siguió con mayor ó menor potencia, según las circunstancias favorables ó contrarias; en algunas, domina quizás en la actualidad; pero en todas originaba la expresión de pensamientos é ideas, y adquiría fuerzas la afirmación de que «la emancipación del espíritu, ese es el gran fin de la revolución hispano-americana... La civilización española consagraba y mantiene todavía en la península el principio contrario. Toda ella reposaba sobre la base de la esclavitud del espíritu humano. La política y la religión, la legislación y las costumbres anonadaban al hombre, como sér inteligente y como sér moral, porque el poder absoluto no podía existir sino sobre ese aniquilamiento. Jamás se ha visto en el mundo cristiano un poder espiritual más fuertemente organizado, más omnipotente, más completo, más invasor, más voraz, más universal que el poder constituído en la monarquía española: el hombre le pertenecía completamente, sin excepción. No tenía iniciativa ni espontaneidad y sus facultades intelectuales sólo podían concebir las ideas que aquel poder le transmitía; pero sin dar al hombre el derecho de juzgarlas; su corazón sólo podía adherir... la verdad estaba prescripta de antemano... los sentimientos, las afecciones tenían también su ley... una ley arbitraria, que no era otra que la voluntad de los hombres que tenían el privilegio de administrar el poder espiritual»[44]. Aquellos hombres que deseaban un país libre y grande, en quienes la vida del campo y las luchas civiles habían exaltado el sentimiento del valor, al ver que los hechos y la historia de los hechos señalaban á España como causa dominante del malestar, quisieron, no por rencor sino por patriotismo, desespañolizarse; no odiaron á la nación española sino á los métodos de gobierno, y no tendrían sus hijos inconveniente, cuando el sistema cambió aun en España, en recibir con los mayores afectos á la representante del trono español, al que tanta culpa se le daba en nuestras desgracias.
3. El período político transcurrido desde 1853 á 1869, comprende la separación de la provincia de Buenos Aires del resto de las provincias; la sanción de la constitución nacional de 1860, la reforma de 1866, la presidencia del general Mitre y el comienzo de la de Sarmiento.
El rechazo del acuerdo de San Nicolás por Buenos Aires, dió motivo á la lucha próxima. Urquiza intentó imponerse; lo consiguió en un principio. La tea incendió. Mitre levantó las milicias contra «el nuevo tirano»; se desconoció toda autoridad nacional y se retiró á Urquiza el encargo de mantener las relaciones exteriores. En 1854 se sancionó la constitución provincial para Buenos Aires, y la separación se mantuvo hasta después que las batallas de Cepeda y Pavón, sirviendo de derivativo á las energías nerviosas y á los enconos, permitieron tratar la cuestión con razones más estudiadas y en términos más pacíficos.
En 1859 la convención de Buenos Aires propuso las reformas que creía necesarias á la constitución de 1853.
Las reformas que se sancionaron fueron de poca importancia no alterando las líneas generales de aquella y consistieron en la determinación de residencia de las autoridades nacionales en la ciudad que se declarare Capital de la República por una ley especial del Congreso, previa cesión de la provincia á que pertenezca el territorio á federalizarse; en resoluciones respecto á derechos de exportación y comercio, á la libertad de los esclavos que por cualquier modo se introdujeren en la república; á la prohibición de las ejecuciones á lanza y cuchillo; á la libertad de imprenta, á las cuestiones de competencia de la suprema corte, y algunas otras más. Se aclararon principios contenidos en la constitución y se buscaron soluciones á algunos reclamos posibles entre la provincia de Buenos Aires por un lado y la Confederación Argentina por el otro.
En cuanto á la reforma de 1866 consistió sólo en la supresión de la cláusula que determinaba entre los fondos del tesoro nacional los derechos de importación y exportación sólo hasta 1866; quedó establecido que aquella contribución correspondiera siempre al tesoro nacional. Y como consecuencia, la supresión en el inciso 1o del artículo 67, la parte en que atribuía al congreso el establecimiento de «los derechos de exportación hasta 1866, en cuya fecha cesarán como impuesto nacional, no pudiendo serlo provincial». Quedó redactada esta parte así: «establecer igualmente los derechos de exportación».
La vida financiera de una nación contribuye con notable coeficiente en sus progresos, como que es la síntesis de la vida económica, base aceptada por Marx como estructura de la sociedad, de lo que las instituciones, derecho, religión, son sólo la superestructura variable con las variaciones de aquella.
La vida financiera argentina, sin embargo, no sería suficiente para darnos á conocer la marcha de nuestra historia; los progresos y adelantos argentinos en diversos órdenes de actividad de 1853 á 1869, avanzaron al movimiento financiero que quedó un tanto en retardo porque las circunstancias así lo impusieron.
De 1853 hasta el 1860, la historia financiera argentina marcha desdoblada en dos: el estado rico, el hermano mayor, Buenos Aires, por este lado: la confederación de los otros, por aquél.
El primero no se arredró por los cuantiosos presupuestos con enormes déficits; no importaba; las necesidades los exigían y el sentimiento de la grandeza futura de la patria los autorizaba; las emisiones de papel moneda y la emisión de fondos públicos eran cosas que á diario se sucedían y las resoluciones sobre el modo de amortización de todo aquello, eran más para el papel que para ser cumplidas: la lógica de los sentimientos y el razonamiento de justificación de que Ribot nos habla en su obra La logique des sentiments, ocuparía un lugar prominente, dada su utilidad.
No obstante se hicieron adelantos y grandes: bastando para ejemplo, el Banco de la provincia de Buenos Aires, antigua casa de moneda, que tuvo gran prosperidad, que prestó grandes servicios al comercio y que ayudó al estado á desenvolverse en las redes de deudas y fardos de papel moneda.
La confederación por su parte, debió también pensar en el gran problema, que se presentaba para ella en las peores condiciones; los grandes remedios ideados no siempre atacaron en sus raíces los grandes males, y por eso fué un fracaso la famosa junta que se creó para regir todo lo económico-financiero de la nación, desempeñando á un tiempo mismo las funciones de crédito público, contaduría, tesorería, banco nacional, ministerio de obras públicas, dirección de correos, intendencia, etc. No dió mayores resultados la ley de derechos diferenciales, y Buenos Aires siguió dominando la situación comercial. El gobierno de la confederación se encontraba así sin créditos, sin dinero, sin bancos, sin recursos para accionar: y no podía ser de otro modo, desde que hoy mismo Buenos Aires sostiene en gran parte la nación y ayuda en mucho al sinnúmero de subvenciones que se otorgan á las provincias. Su aduana, con sus entradas que le dan diariamente sumas que alcanzan y pasan de 500.000 pesos moneda nacional, es una potencia colosal que mantiene en sus espaldas muchos de los gastos que el progreso nacional ó el sistema parasitario argentino imponen á los presupuestos.
De 1860 en adelante, Buenos Aires y la confederación tienen una vida común y como consecuencia, su historia financiera vuelve á unirse; hecha la paz, porteños y provincianos juntos pensaron en lo económico; se reconocieron como una, las deudas respectivas, se nacionalizó la rica mina de la aduana de Buenos Aires y se consiguió dar alguna estabilidad al papel moneda, fijándole un precio ó por lo menos disminuyendo su agio.
Para organizar el tesoro se debió partir literalmente de la nada. Recuerda el doctor Terry en su trabajo citado, que el doctor Vélez Sarsfield, ministro de hacienda en la época, manifestaba en sus conversaciones particulares, que el gobierno había encontrado por único numerario existente en las cajas de la confederación dos pesos plata.
Entre empréstitos, garantías, impuestos, mejoraba la situación, cuando la guerra del Paraguay, vino á renovar el desequilibrio, siendo necesario recurrir á nuevos empréstitos. Más este desequilibrio es inferior al que las luchas interiores causaban, y los dineros que se iban para defender á la patria, dejarían recuerdos menos ingratos que los que se habían ido para estériles luchas intestinas.
Como síntesis y como prueba de que no obstante ésto, la marcha financiera era buena, tomo de aquel trabajo estos datos bien demostrativos que nos dan también las cifras del estado económico argentino al iniciarse el año 1869, época en que se realiza el primer censo nacional:
| Renta pesos | Presupuesto pesos | ||
| 1863 | 6.478.000 | 1864 | 8.900.000 |
| 1868 | 12.496.000 | 1869 | 9.620.000 |
Al iniciarse aquel año se tenía pues, por lo menos dentro de las cosas probables, un superávit en el presupuesto.
4. En lo referente á vías de comunicación, debe recordarse que en los primeros años de este período, á las galeras de que hemos hablado en el capítulo anterior, se agregaron en 1855, las «Mensajerías argentinas». Prestó esta empresa servicios inmensos, unió lugares y sirvió para la conducción de pasajeros, correspondencia y noticias con un horario más ó menos fijo según el tiempo lo permitiera. El sistema se extendió, y en 1865 eran muchas las empresas de semejante transporte que existían en la provincia de Buenos Aires, con nombres particulares que querrían arrancar alguna evocación: «La favorecida», «La brisa del desierto», «La protegida», «Los peninsulares», y así muchas otras, que sirvieron mientras el ferrocarril no las substituyó[45].
Los ferrocarriles, acortando las distancias desalojaban las carretas. El 30 de julio de 1857, fué el primer día de júbilo que originó á la Argentina la locomotora; el servicio de trenes inaugurado aquel día, sólo recorría 24.000 varas, del Once á Floresta; en 1860 el espacio cruzado por los rieles alcanzó á 36 kilómetros; en 1865 llegaba á Mercedes, en 1866, Chivilcoy también quedó unido á Buenos Aires y fué entonces de 134 kilómetros la extensión total de las vías del ferrocarril del Oeste, al mismo tiempo que el ferrocarril del Norte permitía desde 1865 trasladarse sobre sus vías de Buenos Aires al Tigre. Poco después y mientras se acercaba por el lado de Buenos Aires el momento en que las vías llegaran á Chascomús, un suceso de importancia mayor para la república entera, de importancia inmensa para el interior, de lujo para el litoral, acaba de realizarse: en 1870—y llegamos á esta fecha, adelantándonos un tanto al límite de este capítulo,—Córdoba y Rosario, las dos ciudades poderosas, la docta y la laboriosa, quedaban unidas para siempre por las cintas de acero propulsoras del progreso. Indudablemente no todas fueron rosas en estas empresas; los capitales no siempre abundaron; fué necesario hacer grandes concesiones de tierras como la que se hizo á la empresa del ferrocarril de Córdoba al Rosario; el público tardó en acostumbrarse á los ferrocarriles, y no sólo en las clases bajas, sino hasta en las cultas; el mismo directorio del primer ferrocarril tuvo necesidad de ver viajar ensayando, al doctor Vélez Sarsfield, para animarse á imitarlo, y que los temores no eran infundados lo probó el descarrilamiento acaecido mientras viajaban las personas que lo componían[46]. Y recordemos por fin el notable signo de progreso que dice Onelli[47]: en 1864 acaece el primer choque de trenes.
Á este período pertenece también la instalación de tramways en la ciudad: el primero, accesorio del ferrocarril del Sud se estableció en 1865; el segundo en 1868, por el ferrocarril del Norte; poco después, en 1869, don Mariano Billinghurst, inauguraba el primer tramway urbano.
El correo estableció el servicio urbano en 1852; se creó en 1862 la dirección general de correos de la República. El telégrafo llegaba en 1860 hasta Moreno; en 1869 hasta el Rosario.
En fin, débese recordar que también corresponde á este período, el desarrollo de las comunicaciones marítimas directas con Europa, debido á la compañía general de transportes marítimos creada con capitales franceses.
5. En todas las industrias los cambios verificados en el corto espacio de años fueron grandes, y puede decirse, en general, que los progresos seguían á la inmigración, y donde ella se establecía allí se implantaban aquéllos.
En agricultura, la investigación general realizada por la inspección de colonias, permitió la reconstrucción del cuadro de la superficie cultivada en la República Argentina en el año 1872. En un total de 580.000 hectáreas cultivadas en la república, Buenos Aires cuenta 117.000, es decir, casi una tercera parte; Santa Fe con 62.548; Entre Ríos con 34.000; es cierto que Mendoza y San Juan cuentan también con cifras elevadas, debido al extenso cultivo de la viña que ya entonces se hacía en aquellas provincias. Por ser estos datos más precisos, los he tomado para referirlos á la época que trato, pues dos años de diferencia no pueden alterar profundamente las deducciones que permiten las cifras comparadas[48].
La agricultura estaba estrechamente relacionada á la fundación de colonias; Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos y Córdoba vieron surgir en su territorio numerosas colonias y los gobiernos se apresuraron á ayudarlas. En Santa Fe se fundaron con franceses, suizos é italianos, las colonias Esperanza (1856), San Jerónimo (1856) y San Carlos (1857) para llegar en 1870 á contar 31 colonias agrícolas. Buenos Aires, tuvo por primera colonia á Baradero, en 1856 con suizos y alemanes y poco después, nueve pueblos agrícolas, dieron muestra de vida potente. En Entre Ríos, Urquiza fundó la colonia San José en 1857 con italianos, franceses, suizos y alemanes y poco después le siguió Villa Urquiza (1858) en que se establecieron agricultores alemanes, franceses, españoles, belgas, italianos y suizos juntamente con cincuenta familias argentinas[49]. En Córdoba, la primera colonia, Tortugas, es de fecha posterior: fué establecida en 1870; no obstante, la importancia agrícola de la provincia era ya grande entonces, y mucha la extensión dedicada á la agricultura; los alfalfares que introdujera de un modo casual Patricio Oyolas en 1861, se habían extendido y comenzaban á adquirir el buen nombre que conservan.
En el informe del señor Wilken, sobre las colonias agrícolas que visitó en 1872[50], se encuentran interesantísimas noticias sobre la vida, educación, modos y útiles de trabajo de todos aquellos pobladores; y todas esas gentes de diversas razas históricas, puestas en contacto y unidas también á los nacionales, debían forzosamente producir descendientes con nuevos caracteres, que heredarían sus costumbres y que podrían tener al lado de la inclinación á los trabajos ganaderos y del sentimiento de desprecio de la ley, los sentimientos de orden y respeto y la convicción de que la agricultura puede ser también fuente de riqueza particular y pública.
Todo el desarrollo de las colonias está íntimamente relacionado con las medidas y propósitos para atraer la inmigración á que antes hemos hecho referencia.
Los productos de la ganadería mejoraban: algunos estancieros renovaron las iniciativas del tiempo de Rivadavia tendientes á mejorar el ganado con el cruzamiento de otros de clases superiores, traidos de Europa. En un principio se tuvo poca confianza y pocos fueron los que se dedicaron á tal empresa, prefiriendo la mayor parte dejar obrar á la naturaleza sin preocuparse del mejoramiento. Poco á poco el ensayo, que correspondió á algunos estancieros ingleses establecidos en Buenos Aires, tuvo imitadores en los argentinos. Por otra parte, el ganado lanar, había mejorado desde 1824, con las iniciativas de Pinto, Capdevila, Bell, Harrat, Sheridan. Todo esto permitió en 1859 al gobernador de Buenos Aires, alabar los adelantos de la Argentina y alzar en discurso memorable un himno de felicitación á los pioneers de la agricultura y ganadería argentina[51].
No hay datos abundantes sobre las industrias de la época. No obstante, por los nombres de las profesiones que da el censo de 1869, como por algunas investigaciones particulares en determinadas industrias, puede llegarse á la conclusión que aun en esa fecha aquellas eran pocas relativamente y que primaban las que se referían á alimentación, vestido, construcciones, talabartería y herrería; y en cada región las que hacían posibles las circunstancias y la mejor condición del suelo: en Mendoza y San Juan la vinícola, en Tucumán la azucarera, etc. Más entonces todavía aquellas industrias producían en reducida escala: así, por ejemplo, hacia la época del censo, la importación de azúcar alcanzaba á 22.000 toneladas por año; la de vino á 600.000 hectólitros.
Con todos esos progresos, con la mayor producción, con las mayores facilidades para las comunicaciones, con las franquicias constitucionales, con la afluencia de extranjeros que dejaban lazos de amistad y relaciones financieras en Europa, fácil es comprender, que el comercio nacional y extranjero, interior y exterior, aumentó considerablemente.
Las naciones con quienes se comerciaba en mayor escala, estaban en el siguiente orden: Inglaterra, Francia, Estados Unidos y España. Es así que en 1869 pudo considerarse como extremadamente pequeño el movimiento de navíos efectuado en 1856 y que había asombrado en aquel año por su cantidad: llegados 616: salidos 613.
La profesión de comerciante, contaba entre las principales, y jóvenes distinguidos no se ruborizaban porque se les viera midiendo piezas de género detrás de un mostrador ó dirigiendo las maniobras de desembarque de los fardos de mercaderías.
Este estado de cosas originó diversas leyes y medidas de gobierno. Dos hay que deben ser recordadas por su importancia para el comercio del mundo entero: la ley de 1o de septiembre de 1863, que hizo obligatoria la adopción del sistema métrico decimal, tan útil y conveniente que hace cada vez más risible la terquedad anglo-sajona á su respecto; la segunda es la ley de 1864 sobre patentes de invención, reglamentada en 1866.
6. La constante transformación del país, la llegada continua de inmigrantes portadores de ideas, la nueva vida que el país adquiría, hicieron necesarias nuevas leyes que acordaron con las nuevas modalidades. Incidentalmente he indicado ya al hablar de la inmigración, educación, etc., las consecuencias institucionales que los cambios originaban. Mas, aun debo recordar el hecho de que además de esas leyes especiales se vió la necesidad de leyes generales, códigos destinados á regir las relaciones civiles y de comercio.
Desde el gobierno de Urquiza, se comprendió aquella necesidad de fáciles compilaciones de códigos que reglaran derechos; en 1854, por ley se determina para aquel fin, el nombramiento de una comisión de jurisconsultos; la constitución de 1853 y la de 1860, dan al congreso la facultad de dictar los códigos civil, penal, comercial y de minería.
El único que tuvo sanción en este período fué el de comercio: en 1862 se declaró nacional el vigente en la provincia de Buenos Aires. Sus reformas, así como la sanción de los otros códigos pertenecen á época posterior.
7. Entiendo haber aportado suficiente cantidad de datos para que se admitan como establecidas: en primer término la rápida transformación del país en el período de que tratamos; en segundo lugar, que aquellos cambios y adelantos han sido debidos principalmente á la inmigración europea no española, que llegó en abundancia á nuestras playas.
Se nos presenta el país en 1853 como una nación rutinaria y sin embargo llena de individuos de grande inteligencia; de sangre ardiente como lo es la española, llenos de valor y exaltados en el sentimiento del honor, dispuestos á defenderlo al primer menoscabo real ó supuesto. Llenos de alma y al mismo tiempo sometidos de espíritu, sin darse cuenta de ello. Á fuerza de sentirse luchadores, pelean y cuando no tienen enemigos exteriores, los buscan en otras provincias, en otros partidos políticos y aun en otra vecindad. Aptos para el trabajo, lo desprecian y lo dejan á extranjeros, y las ventajas de la industria es cosa que no los preocupa.
De continuo llegan extranjeros, individuos de otras tierras, más acostumbrados al trabajo porque en su país la vida es más difícil. Se insinúan en la sociedad, aportan ideas y sentimientos; la ley de la imitación ejerce función importante. Se establecen en la capital, en el litoral y comienzan á llegar al interior. Adquieren vínculos de familia, con los naturales, transmiten ideas á sus hijos, que serán modificadas por las de la otra herencia, por las del medio y la educación. La ciudad empieza á cambiar de aspecto: hay mayor luz, hay tramways y empedrados; los progresos son continuos; el ferrocarril substituye á la carreta; se fundan colonias, los campos también cambian de aspecto: el verde claro de los pastizales, es substituído por el amarillo de los trigales, ó verde vivo de los campos de alfalfa; los animales mejoran; las costumbres evolucionan y la transformación continúa. Arriban inmigrantes y producen argentinos de la nueva raza que será. El país se pacifica, y los resultados del censo de 1869 y de las investigaciones en los diversos aspectos de la actividad, traen á los corazones grandes esperanzas y se cree en la futura realidad de las mejores ilusiones.
CAPÍTULO III
1895: EL SEGUNDO CENSO NACIONAL
1. La sociedad argentina de 1895. Inmigración; medidas protectoras. La tendencia anti-extranjera. Los naturalizados.—2. Cambios políticos y situación económica.—3. Vías de comunicación.—4. Agricultura y ganadería; otras industrias.—5. Las ciencias y las artes.—6. La educación é instrucción pública.—7. La legislación.—8. El socialismo. Conclusión.
1. El segundo censo nacional se realiza en 1895, bajo la dirección del mismo doctor Diego G. de la Fuente que veintiseis años antes había presidido la confección del primero.
En esta época se pudo hacer la operación con mejores elementos: el país se conocía más, las estadísticas eran llevadas con mayor cuidado, se habían realizado censos locales en épocas diversas, existía mayor facilidad de comunicaciones, factores todos que ayudaron en la obtención de buenos resultados.
Los cambios y transformaciones que el censo tradujo, admiran, pareciendo imposible que sea sólo la distancia de veintiseis años la que media entre la nación como era según hemos tratado de comprenderla en el anterior capítulo, y la que las cifras del segundo censo nos dan.
Para llegar á penetrar estos cambios, no se puede tomar simplemente las dos épocas y hacer comparaciones. Es necesario seguir el desarrollo cuanto sea posible. Ver por qué se transforma, cuáles influencias determinan los cambios, qué orientación dan á las leyes é instituciones políticas.
El factor étnico, al que con preferencia se refiere este trabajo, impone de la causa de muchos cambios, como afirma el carácter de nacionalidad por raza en formación. Para que una nacionalidad tal, adquiera sus modalidades distintivas, son necesarias cantidad de adaptaciones y de evoluciones.
Comenzaré pues, por el factor étnico, para estudiar luego las transformaciones materiales, relacionando uno y otras con las disposiciones legales que ha motivado ó que las han favorecido.
El número total de inmigrantes arribados por año, que en 1869 era aproximadamente de 38.000, aumentó con variaciones más ó menos grandes; en 1873 alcanza á 76.000, para disminuir luego y aumentar de nuevo, pasando por primera vez en 1885 de 100.000; en 1889 llega á la cifra de 220.000 y desciende de nuevo: se cuentan en esta línea los llegados por vía de Montevideo.
Á los italianos les correspondió siempre el primer lugar: en 1873, de los 48.000 llegados por vía de ultramar, 27.000 eran italianos; en 1881, de 80.000 eran 63.000; en 1889, 88.000.
Españoles, franceses, ingleses, ocupaban los puestos siguientes y luego los súbditos de los países que los ocupaban también en la época anterior.
Á todos ellos se agregó una nueva corriente de rusos, holandeses, portugueses, norteamericanos en número que obliga á tenerlos en consideración, pues que cruzándose con nacionales y extranjeros de otros países residentes aquí, tendrían también su parte en la formación del tipo argentino.
El gobierno continuó fomentando la inmigración con medidas de índole diversa: unas veces se creyó que la espontánea era la mejor, más económica y más verdadera en el sentido de la posibilidad de su arraigo en el país; otras, en la necesidad de la protección amplia, con pasajes, alimento, tierra garantida; alguna vez se estimó necesaria la propaganda en Europa y fueron comisionados con ese fin. El 10 de agosto de 1869 se creó la Comisión central de inmigración, que duró en su funciones hasta 1874. Sus proyectos, consejos y resoluciones encontraron buena acogida y sus planes de colonización recibieron el apoyo y el concurso de hombres influyentes de todas las nacionalidades[52].
En 1875 se autoriza al poder ejecutivo para fomentar la inmigración dando tierras y facilitando el establecimiento de los inmigrantes. En 1876 se dicta la extensa ley de inmigración y colonización en la que con el convencimiento completo de la necesidad y conveniencia de la inmigración, como asimismo con la visión clara de los medios propios para atraerla, se establecen disposiciones referentes al régimen administrativo y las funciones del departamento de inmigración; á los agentes en el exterior, á las comisiones de inmigración en las ciudades capitales de provincia, á las oficinas de trabajo que debían establecerse en Buenos Aires y en las capitales donde existiera comisión de inmigración; al desembarco de inmigrantes, á los buques conductores de inmigrantes, y beneficios que se les acordaban; al alojamiento y manutención, enfín á la internación y colocación, y los fondos para realizar tales propósitos.
Nuevas medidas dictadas en 1887 y 1889, completaron aquellas benéficas disposiciones, con resoluciones sobre construcción de hoteles de inmigrantes, anticipos de pasajes, propaganda, etc.
Es curioso observar, que aun cuando la Constitución entiende facilitar el establecimiento de inmigrantes que traigan por objeto no sólo cultivar la tierra, sino también ejercer las industrias, etc., la mayor parte de las medidas adoptadas en esta época, en la posterior y hasta ahora, relacionan de una manera casi exclusiva la inmigración con la agricultura y establecimiento de colonias. La misma ley de 1876 es ley de inmigración y colonización. Las provincias á la vez que la nación, en leyes y decretos tienden á fines semejantes.
La provincia de Buenos Aires dicta la ley de egidos, estableciendo formas para la venta de tierras, y en 1887 tiene origen la famosa ley de centros agrícolas, tan discutida, tan buena en abstracto y desastrosa siempre por las facilidades para negocios pocos limpios. Surgen así en Buenos Aires pueblos agrícolas que impulsan el adelanto de la provincia.
La colonización en Entre Ríos, á su vez hace grandes adelantos, y acertadas medidas de gobierno le permiten presentar en 1895, 176 colonias.
Corrientes también, desde 1869, toma disposiciones respecto de la inmigración, con la ley de tierras reservando lugares para el establecimiento de colonias agrícolas; en 1876 con el contrato para el establecimiento de la colonia agrícola industrial «Corpus», y con el celebrado en 1877 con los señores Firmat, Napp y Wilken para colonizar Misiones. En 1895 podían contarse en Corrientes 25 colonias, aunque no todas hubieran debido su origen á esas disposiciones, y aunque algunas fueran colonias sólo en el nombre.
Santa Fe más que todas, admira con sus progresos. Sus gobiernos se preocuparon de inmigrantes y colonias con un empeño digno de los mejores recuerdos. El señor Alsina en la obra citada, enumera[53] todas las medidas de gobierno que tienden á la colonización, y á protección de inmigrantes: desde las medidas anteriores á esta época prohibiendo la venta de tierra pública en previsión de futuras colonias (1853), hasta los contratos con Castellanos ó con Romang, cediendo al primero tierras para que establezca colonias y construya un ferrocarril, y vendiéndolas al segundo á condición de que las pueble con familias agricultoras traídas de fuera de la provincia; las medidas de gobierno, ayudando eficazmente á las condiciones del terreno, han dado á Santa Fe el rango importante que ocupa como provincia colonizadora por excelencia y que le permitieron presentar en 1895, 298 colonias.
Á las provincias anteriores sigue en importancia y como consecuencia de la expansión de las colonias de Santa Fe, la provincia de Córdoba, que se inició con las fundación de la colonia «Tortugas» en 1879; dictó en 1871 una ley que destinó 200 leguas para la inmigración espontánea, exonerándola de impuestos, facilitándo semillas á los agricultores, etc., ley que se completa con la de 1886, que estableció la formación de colonias, concesiones de campos y solares, facilidades para la adquisición de tierras, etc. Córdoba tenía en 1895, cerca de 150 colonias, aunque debamos hacer para esta provincia también la misma salvedad que hicimos para Corrientes.
Recordemos también como resultado de la expansión santafecina, el comienzo de colonización en Santiago del Estero, que dió en la época á que nos referimos, cuatro colonias.
Todas estas medidas provocaron grandes progresos en el país y convirtieron extensas regiones antes incultas, en hermosos prados, fuentes de riqueza nacional.
Pero no quiero dejar de repetir mi observación de que la mayor parte de las medidas gubernamentales han tendido al establecimiento de colonias agrícolas y que al atraerse la inmigración se ha tenido como principal punto de mira el cultivo de los campos. Cierto es que ese cultivo es de valiosísima importancia y que representa un gran factor de riqueza argentina, el que exige mayores consideraciones, pero es cierto también que no es el único. El examen de la vida argentina y de sus progresos, los revela en muchas manifestaciones de la actividad. El progreso y la riqueza no están sólo en las hectáreas cultivadas. Lo están también en las artes y en las industrias de toda especie; y bien, las medidas tendientes á la protección de las industrias son escasas; para algunas no existen; para otras los impuestos son exorbitantes; enfín para otras más, como el laboreo de las minas y el cultivo de los bosques, no sólo no cuentan con ninguna protección, sino, lo que es peor, se admite que sean combatidas indirectamente, como lo son con los fletes elevados, á tal punto que se prefiera importar tales productos á elaborarlos en el país.
Creo que pueden y deben protegerse las industrias nacionales con disposiciones correspondientes á las que se han tomado para la agricultura. Hay modos más eficaces de protección, que las exorbitancias aduaneras á los productos extranjeros, que sólo encarecen la vida. No son necesarias medidas de proteccionismo aduanero para que prosperen las industrias. El proteccionismo bien entendido debe estimular y favorecer la industria dentro del país, eximiendo de impuestos á las máquinas, rebajando contribuciones, facilitando y favoreciendo la inmigración apta para esos trabajos, con preferencia al exceso de impuesto en beneficio de unos pocos industriales.
Además de la inmigración que arroja millares de brazos agricultores é industriales, futuros padres de individuos argentinos, dos hechos de suma importancia para la constitución de la raza argentina registra esta época: el primero es la constante disminución del elemento negro. Esta época no hace en ello sino continuar la anterior. El elemento negro tiende á desaparecer con gran rapidez: primero las guerras en que se les hacía servir, después las enfermedades y pestes que parecían encontrar en ellos buen material de consumo; los cruces enfín lo han disminuído hasta casi hacerlo desaparecer. En 1869 era corriente y de muchas veces al día, ver individuos de color. En la época del segundo censo, como ahora, se pasan días y semanas sin notar su presencia, excepto para los habitués á ciertas oficinas públicas, en las que los restos de la extinguida falange llenan con gravedad las funciones de porteros.
El segundo hecho á que entiendo referirme, es la conquista del desierto, la liberación para siempre de territorios inmensos sometidos á la autoridad del indio semicivilizado, que asolaba sin descanso las poblaciones vecinas y hacía incómoda y peligrosa la vida en aquellas apartadas regiones. La conquista del desierto que terminó el 24 de mayo de 1879, entregó á la civilización extensas regiones que hoy puebla el elemento blanco en villas, chacras, estancias.
La inmigración que aumentaba el número de habitantes de nuestro territorio, continuó en este período; la distribución se hizo en la misma forma y regiones á que hemos referido en el anterior capítulo; fué así por razones geográficas y climatéricas fáciles de comprender. Con ella fué el progreso, y en general sólo existió éste donde aquella llegó. Digo en general, porque hay excepciones, como lo son Mendoza y Tucumán. En estas provincias los progresos son evidentes, no obstante que la inmigración europea fuera relativamente escasa. Mendoza con sus vinos y Tucumán con el azúcar, han alimentado industrias de la mayor importancia en que el elemento nacional ha trabajado grandemente, aun cuando ciertos procedimientos, ideas ó reformas correspondan á algunos extranjeros. Las provincias mencionadas han experimentado así adelantos que las colocan en el orden del trabajo en igualdad de condiciones á la capital, provincia de Buenos Aires y provincia de Santa Fe[54].
La población aumentó mucho es verdad, más no todavía en relación con las posibilidades de su crecimiento. El número absoluto de población fué en 1869, 1.830.214 habitantes: en 1895, 4.044.911, lo que representa un aumento de 121 por ciento que si bien es notable en abstracto, no lo es si se considera que en él está comprendido el aumento vegetativo de los nacionales, el inmigratorio de una poderosa corriente y los hijos de los inmigrantes. En cuanto al aumento proporcional es sumamente irregular: desde Santa Fe con un 346 por mil, la Capital con 255 por mil, ó Buenos Aires con 199 por mil, hasta Jujuy con 23 por mil, Santiago con 21 por mil y Catamarca con 13 por mil, lo cual es realmente poco.
Mas adelante, (pág. 140-141) se encuentra un cuadro semejante al que hice con los resultados del censo de 1869 (pág. 65).
Sus cifras revelan la desproporción en el aumento de población en diferentes regiones; la zona litoral tiene un aumento de 1.700.000 en un total de 2.200.000, desproporción enorme que pone de manifiesto la influencia de la geografía física en los destinos de un pueblo.
La importancia numérica de las respectivas inmigraciones guarda como se ha dicho el siguiente orden: italiana, española, francesa, inglesa (hasta 1881 en que es superada por la alemana, con excepción de alguno que otro año.) Siguen luego la austriaca, suiza y belga. Á partir de 1890 la inmigración rusa adquiere una importancia grande, tan grande que en años posteriores lucha hasta con la italiana y española para lograr los primeros puestos. De tal influencia corresponderá ocuparnos en el capítulo siguiente. Inmigración de difícil amalgama, puede, si logra mezclarse con la población ya establecida, introducir profundos cambios en nuestra constitución étnica, que tal vez sean perjudiciales más que favorables.
Ya no es posible en la época de que tratamos seguir á cada nacionalidad para descubrir los progresos que se le deben. Los extranjeros se incorporan á nuestra vida y ponen á la Argentina en la corriente de la civilización europea. Las industrias, las ciencias, las artes, no se presentan como exclusiva pertenencia de una ó dos colonias ó grupos de extranjeros pertenecientes á algún país: pertenecen á todos, todos traen algo y los argentinos dan también.
| Total | Argentinos | Brasileros | Otros hispano americanos | Norte americanos | Alemanes | Austriacos | Españoles | Franceses | Ingleses | Italianos | Suizos | Rusos | Otros estados | Asiáticos | Africanos | ||||
| Capital | 663.854 | 318.361 | 1.380 | 21.640 | 591 | 5.297 | 3.057 | 80.352 | 33.185 | 6.838 | 181.693 | 2.829 | 1.257 |
| 14.778 | 64 | 176 | ||
| Buenos Aires | 921.168 | 636.882 | 720 | 13.615 | 330 | 3.154 | 2.458 | 70.003 | 35.139 | 8.764 | 140.249 | 2.699 | 2.039 | 66 | 50 | ||||
| Santa Fe | 397.188 | 130.701 | 546 | 4.617 | 129 | 4.475 | 1.896 | 21.163 | 10.272 | 2.944 | 109.634 | 5.522 | 1.099 | 29 | 102 | ||||
| Entre Ríos | 292.019 | 128.130 | 1.102 | 12.032 | 73 | 1.794 | 2.189 | 6.421 | 4.828 | 660 | 21.043 | 2.034 | 10.328 | 15 | 41 | ||||
| Corrientes | 239.618 | 217.677 | 8.977 | 6.003 | 16 | 272 | 110 | 1.548 | 870 | 162 | 3.456 | 86 | 2 | 7 | 13 | ||||
| Córdoba | 351.223 | 315.706 | 92 | 735 | 31 | 1.061 | 993 | 5.442 | 2.747 | 365 | 22.230 | 722 | 290 | 11 | 25 | ||||
| San Luis | 81.450 | 79.327 | 10 | 227 | 4 | 30 | 24 | 573 | 257 | 51 | 809 | 60 | 1 | — | 10 | ||||
| Santiago del Estero | 161.502 | 159.195 | 14 | 98 | 1 | 41 | 73 | 451 | 278 | 52 | 1.093 | 68 | 6 | 12 | — | ||||
| Mendoza | 116.136 | 100.240 | 24 | 5.395 | 27 | 227 | 249 | 1.851 | 2.467 | 114 | 4.148 | 160 | 18 | 21 | 9 | ||||
| San Juan | 84.251 | 78.929 | 6 | 1.581 | 6 | 52 | 36 | 1.842 | 737 | 17 | 863 | 71 | 1 | 47 | 8 | ||||
| Rioja | 69.502 | 68.666 | 1 | 356 | 2 | 13 | 12 | 89 | 51 | 11 | 238 | 3 | — | 3 | — | ||||
| Catamarca | 90.161 | 89.096 | 1 | 276 | 2 | 30 | 21 | 178 | 101 | 14 | 349 | 5 | 2 | 8 | 2 | ||||
| Tucumán | 215.742 | 205.035 | 105 | 652 | 13 | 254 | 176 | 3.985 | 1.353 | 148 | 2.293 | 166 | 6 | 93 | 5 | ||||
| Salta | 118.015 | 113.477 | 4 | 3.029 | 8 | 73 | 55 | 442 | 130 | 13 | 687 | 21 | 3 | 25 | 1 | ||||
| Jujuy | 49.713 | 45.089 | 23 | 3.870 | 6 | 19 | 22 | 183 | 84 | 46 | 264 | 6 | — | 7 | — | ||||
| Misiones | 33.163 | 16.334 | 11.630 | 4.227 | 3 | 119 | 12 | 260 | 120 | 23 | 308 | 24 | — |
| 6 | 12 | |||
| Formosa | 4.829 | 2.392 | 23 | 1.806 | 3 | 25 | 145 | 118 | 99 | 3 | 196 | 5 | — | ||||||
| Chaco | 10.422 | 7.555 | 36 | 804 | 2 | 34 | 174 | 408 | 306 | 49 | 954 | 39 | — | ||||||
| La Pampa | 25.914 | 21.373 | 14 | 811 | 3 | 61 | 36 | 2.919 | 849 | 102 | 602 | 27 | — | ||||||
| Neuquen | 14.517 | 5.505 | 1 | 8.881 | 4 | 13 | 1 | 41 | 30 | 5 | 29 | 3 | — | ||||||
| Río Negro | 9.241 | 7.614 | 1 | 760 | 3 | 48 | 15 | 307 | 143 | 32 | 257 | 25 | — | ||||||
| Chubut | 3.748 | 2.203 | 12 | 130 | 21 | 12 | 13 | 55 | 16 | 1.099 | 168 | 1 | — | ||||||
| Santa Cruz | 1.058 | 556 | 2 | 137 | 1 | 35 | 12 | 75 | 31 | 148 | 27 | 8 | — | ||||||
| Tierra del Fuego | 477 | 271 | 1 | 24 | 2 | 4 | 24 | 69 | 5 | 26 | 36 | 5 | — | ||||||
| 3.954.911 | 2.950.384 | 24.725 | 92.026 | 1.381 | 17.143 | 12.803 | 198.685 | 94.098 | 21.788 | 492.636 | 14.789 | 15.047 | 14.778 | 414 | 454 |
Los italianos avanzan en número y progresos, incorporándose á nuestra vida: las colonias agrícolas les cuentan por millares; sus capitales afluyen y les permiten en 1872 fundar el Banco de Italia y Río de la Plata. Nuevos diarios les comunican: el Operaio Italiano después Patria d’Italia, L’Italia Platense, La Rassegna Italiana; cantidad de sociedades les agrupan, sus artistas invaden los teatros, enfín, su influencia se revela en la Exposición continental de 1882.
Los hijos de Francia cuentan con la construcción del ferrocarril de la provincia de Santa Fe, con la acción de Lacroze, Ringuelet, con las numerosas industrias y colonias. Desde 1884 tienen una sociedad de protección de inmigrantes franceses que presta grandes servicios. Desde 1883 data la introducción á la República de grandes capitales franceses y de poco después la colocación en Francia de empréstitos argentinos.
Los ingleses son capitalistas por excelencia: ferrocarriles, tramways, colegios, industrias de toda especie donde son necesarios fuertes desembolsos, cuentan á los ingleses como dueños. Muchos de ellos son también estancieros y algunas de sus costumbres, de todos son imitadas: los sports y ejercicios físicos tan en boga no tienen otro origen.
Desde 1880 adquiere importancia la inmigración alemana y aun antes se introducen grandes capitales que pertenecen á alemanes: en 1872 empieza la navegación alemana con el Bahía de Hamburgo S. A.; sigue en 1876 con el establecimiento del Lloyd Alemán, y en 1873 con el de la compañía Hamburguesa Cosmos. Y entre las grandes industrias, baste recordar la compañía Trasatlántica de Electricidad, los nombres de Kraft, Peuser y la Compañía Sudamericana de Billetes de Banco. La colonización, mucho les debe: Krell, Herland, Norden, Holdz, Goedecken, Stroeder, son decididos emprendedores. Enfín, Lorenz autor de Estudio sistemático de la flora argentina y Burmeister, son en esta época los representantes de la ciencia alemana en la Argentina.
Muchos combaten la inmigración de ingleses y alemanes: se dice no sin razón que, de sangre diversa, son de difícil adaptación; que fundan colegios donde se enseña á los hijos que es Inglaterra ó Alemania la patria y no la Argentina. Sin embargo el peligro es relativo y la causa de esta actitud débese, más que á sangre distinta, á intenso amor hacia la patria lejana, que hace desear á los padres que los hijos sean también de aquélla. Esperanza efímera, sin duda, desde que si el colegio les conserva alemanes ó ingleses, en cambio, les harán argentinos la universidad, las amistades, el trabajo, la vida toda. En este sentido, estoy de acuerdo con el señor Tjarks en su estudio sobre la actuación de los alemanes en la República Argentina; cree que ese cariño que los inmigrantes guardan á su país de origen, no sólo no perjudica, sino que puede ser útil á la nueva patria, «un mal ciudadano de la antigua patria nunca podrá ser bueno en la nueva. Una buena educación hará revivir y proseguir en los hijos estas virtudes y formar buenos ciudadanos que serán hombres útiles á su patria».
El número de uniones entre nacionales y extranjeras, ó viceversa, también ha aumentado en grande escala. El censo de 1895 no da el número de argentinos casados con extranjeras ó de extranjeros con argentinas, pero la simple observación diaria muestra que esas uniones son completamente comunes y que no tienen nada de particular. Como los hijos de extranjeros que nacen aquí son argentinos, no es posible establecer cuál es el origen de sangre de cada ser argentino que se une con un extranjero. Pero la evidencia de estos hechos es tan grande que nos eximen de mayor encarecimiento.
No obstante todas estas vinculaciones y armonías entre nacionales y extranjeros, todas las fusiones que los acercaban cada vez más, la observación presenta dos hechos que pueden parecer extraños: la tendencia anti-extranjera recrudece en algunas épocas; el número de extranjeros naturalizados en la época del censo de 1895 es insignificante. El sentimiento antiextranjero y con especialidad antiitaliano tuvo manifestaciones intensas desde 1875 á 1877: en la capital, en el Rosario, en la provincia de Buenos Aires y Santa Fe, se cometieron numerosos abusos y arbitrariedades: parte del pueblo, generalmente la clase distinguida usaba de expedientes poco amables, y los comisarios de campaña, tantas veces y con tanta razón criticados, fueron cómplices de hechos vergonzosos[55].
En 1884 nuevamente se repite el hecho, comenzando por la ciudad de Buenos Aires; el poder ejecutivo propone al congreso nacional la restricción del voto en las elecciones municipales á solo los nacionales; se escribe en contra del extranjerismo. Los extranjeros, sobre todo los italianos, se sienten ofendidos, reaccionan, y como en todas las reacciones se va más allá de lo justo, se insulta á los nacionales y se les desconoce la parte que les correspondía en los progresos nacionales. El desconocimiento se hace con evidente mala fe. La exaltación continúa con calmas y recrudescencias, hasta que un acontecimiento de más importancia, natural é inesperado, desviando el interés hacia otro punto de mira, hace olvidar aquel estado incómodo de los espíritus. «Se habían hecho grandes preparativos para la celebración de la fiesta del 20 de septiembre, cuando un terrible huracán causó daños enormes á toda la parte sur de la provincia de Buenos Aires. Entonces las fiestas patrióticas fueron transformadas en fiestas de la caridad y los italianos se unieron á los argentinos para concurrir á aliviar las terribles consecuencias de la catástrofe»[56].
Indudablemente la causa de estos hechos no puede tener otro origen que el temor que hubieron de tener los argentinos de verse desalojados de la patria con tanto trabajo conquistada y organizada. Y el temor pudo también no ser inmotivado: los hechos posteriores probaron que no tuvo motivo alguno, pero en los momentos en que una determinada inmigración afluye en grande escala, no se puede estar en el interior de las conciencias de los gobiernos que dirigen el país de procedencia, para saber si hay honradez de propósitos: prueba ésto, las consecuencias sufridas por Orange y Transvaal que á sus riquezas de diamantes unían una codiciosa inmigración inglesa.