Nota del Transcriptor:
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JAVIER DE VIANA
RANCHOS
(Costumbres del Campo)
EDITOR
CLAUDIO GARCIA
SARANDÍ, 441
1920
OBRAS DE JAVIER DE VIANA
| GAUCHA (novela) | $ | 0.50 |
| YUYOS (cuentos camperos) | " | 0.50 |
| MACACHINES (cuentos breves) | " | 0.50 |
| CARDOS (cuentos del campo) | " | 0.50 |
| ABROJOS (escenas del campo) | " | 0.50 |
| SOBRE EL RECADO (cuentos del campo) | " | 0.50 |
| CON DIVISA BLANCA | " | 0.50 |
| RANCHOS (costumbres del campo) | " | 0.50 |
| LEÑA SECA (4.ª edición) | " | 0.50 |
| Nuevas obras a editarse por esta casa | ||
| DEL CAMPO A LA CIUDAD | ||
| POTROS, TOROS Y APERIASES | ||
| PAISANAS | ||
| GURI y otras novelas (3.ª edición) | ||
| TARDES DEL FOGON | ||
| CAMPO (3.ª edición) | ||
| LA BIBLIA GAUCHA | ||
EL ALMA DEL PADRE
Por la única puerta de la cocina,—una puerta de tablas bastas, sin machimbres, llena de hendijas, anchas de una pulgada, el viento en ráfagas, violentas y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al pasar entre los labios del maderamen, y soplando con furia el hogar dormitante en medio de la pieza, aventaba en grísea nube las cenizas, y hacía emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja llama que enargentaba, fugitivamente, los rostros broncíneos de los contertulios del fogón y el brillador azabache de los muros esmaltados de ollin.
Y de cuando en cuando, la habitación aparecía como súbitamente incendiada por los rayos y las centellas que el borrascoso cielo desparramaba a puñados sobre el campo.
El lívido resplandor cuajaba la voz en las gargantas y los gestos en los rostros, sin que enviara para nada la lógica reflexión de don Matías,—expresada después de pasado el susto.
—Con los rayos acontece lo mesmo que con las balas; la que oímos silbar es porque pasa de largo sin tocarnos; y con el rejucilo igual: el que nos ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos...
Y no hay para qué decir que en todas las ocasiones, era el primero en santiguarse; aún cuando rescatara de inmediato la momentánea debilidad, con uno de sus habituales gracejos de que poseía tan inagotable caudal como de agua fresca y pura, la cachimba del bajo,—pupila azul entre los grisáceos párpados de piedra, que tenían un perfumado festón de hierbas por pestañas.
El tallaba con el mate y con la palabra, afanándose en ahuyentar el sueño que mordía a sus jóvenes compañeros, a fuerza de cimarrón y a fuerza de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias aventuras, gruesas mentiras idealizadas por su imaginación poética.
—Mi acuerdo una vez,—empezó el viejo, mientras llevaba el mate, la cabeza inclinada hacia abajo y hacia un lado, cerrado un ojo y buscando con el otro la lucecita roja de un tizón «para no desparramar»...—mi acuerdo una vez...
En ese propio instante pasó dentro de la cocina algo así como el brillo de un mandoble de una daga formidable—Dios ensayando Juan Moreira,—y la pieza se llenó de olor de azufre y de seguido explotó un trueno tan formidable como si hubiese reventado la panza del cielo.
—¡Jesús María!—exclamó el viejo dejando caer la pava y el mate sobre el rescoldo...
Y de inmediato, recogiendo de entre las brasas sus prestigio, exclamó:
—Asina jué que dijo Lino Rojas, en una noche igualita qu'ésta, que Dios nos libre y guarde, en que machazas nubes picazas iban corcobiando por el cielo, jineteadas por rayos y centellas... Hablan del delubio... ¡qu'el delubio!... Nosotros habiamo desensillao en un altito'e mala muerte... supóngase como... como la chiquisuela' e una pata'e ñandú!... Pa'este lao de acá, el arroyo 'e los Cordales fufaba echando espumas; pa'este otro lao, la Cañada Brava rezongaba como sargento qu'el comesario ausente ha dejao a cargo'el distrito. Pu'aquí y pu'allí, las ovejas pasaban boyando, con las patas p'arriba y los ojos duros... esos ojos asina como ponen las ovejas y los cristianos cuando se áugan... Los truenos roncaban furiosos y los relámpagos y los rayos, se cruzaban, se misturaban, formando como rollos de víboras blancas y jediondas...
—¿Y jué entonces que Lino Rojas dijo?...—interrumpió uno de la tertulia...
—¡Jesús María!—continuó el narrador... Pero el agua y el viento y las centellas le metían cada vez más juerte. Pa sujetar los caballos qu'enloquecidos, bufaban amenazando arrancar las estacas y dejarnos a pie en aquel infierno, tuvimo que levantarnos y asujetarlos del maniador. Los recaos se hicieron sopa y como los ponchos, en vez de servirnos, nos embolsaban, levantaos pu'el ventarrón, tuvimos que sacarlos y tirarlos.
Entonces Lino Rojas, qu'era muy rabioso y muy boca sucia, encomenzó a tirarle a Dios con las palabras más fieras. Y dispués siguió con los santos y luego con la Virgen, poniéndolas como basurero...
—Sosegate, le aconsejé yo: pero él no m'hizo caso; y en una de esa, con un rejucilo grande, el mancarrón pegó una sentada y lo voltió en un charco. Rabioso de un todo y viendo que ni Dios, ni los santos, ni la Virgen le hacían caso, gritó, abriendo la boca:
—¡Me ca... igo en la perra madre que m'echó al mundo!...
El no dijo «perra», dijo otra palabra más fiera... Y en el mesmo instante, ¡hermanitos! un rayo grueso como una víbora 'e la cruz, ¡le dentro por la boca y le dejó seco!...
—Al día siguiente, cuando yo lo revisé...
—¿Estaba muerto?
—¡Dejuro!... Pero sanito; parecía dormido... Como tenía la boca abierta, miré y vide...
—¿Y vido?...
—Vide, ¡hermanitos!... ¡qué no tenía lengua!... ¡No tenía en la boca más que un montón de ceniza negra!... ¡Pa mi aquel rayo era el alma del dijunto su padre!...
AVES DE PRESA
Julio Linarez era uno de esos hombres en los cuales el observador más experto no habría podido notar la rotunda contradicción existente entre su físico y su moral.
Frisaba los treinta; era de mediana estatura, bien formado, robusto; su rostro redondo, de un trigueño sonrosado, su boca de labios ni gruesos ni finos, su nariz regular, sus ojos grandes, negros, límpidos, si algo indicaban, era salud y bondad, alegría y franqueza.
Sin embargo, Julio Linarez tenía un alma que parecía hecha con el fango del estero, adobado con la mezcla de las ponzoñas de todos los reptiles que moran en la infecta obscuridad de los pajonales.
Su mirada era suave, su voz cálida, y armoniosa, su frase mesurada, sin atildamientos, sin humillaciones y sin soberbias.
Pero ya no engañaba a nadie en el pago, donde su artera perversidad era asaz conocida, bien que no se atreviesen a proclamarlo en público, por la doble razón de que se le temía y de que su habilidad supo ponerlo siempre a salvo de la pena. Sus fechorías dejaron rastro suficiente para el convencimiento, pero no para la prueba.
Era prudente, frío, calculador.
En la comarca, grandes y chicos, todos conocían la famosa escena con Ana María, la hija del rico hacendado Sandalio Pintos, en la noche de un gran baile dado en la estancia festejando el santo del patrón.
Ana María sentía por Julio aversión y miedo, lo cual no obstaba a que él la persiguiera con fría tenacidad. En la noche de la referencia, ni una sola vez la invitó a bailar, aparentando no preocuparse absolutamente de ella.
Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un momento en que Ana María, saliendo de la sala atravesaba el gran patio de la estancia, yendo hacia la cocina a dar órdenes para que sirvieran el chocolate, Julio le salió al paso y la detuvo.
—¿Qué quiere?... ¡Déjemé!... ¡Ya sabe qu'es inútil que me persiga!... ¡Lleve por otro lao su cariño!...—exclamó con violencia.
Y él, tranquilo, sereno:
—Una palabra, sólo una palabra tengo que decirle.
—Bueno, hable de una vez.
—¿Sigue decidida a no quererme?
—¡Sí!
—Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, y disculpe la comparancia, que bagual que codiseo, más tarde o más temprano lo agarro. Por más que arisquée, por más que juya, yo sigo campiándolo, y a bola, a lazo o a bala lo hago mío!...
—Eso será con baguales orejanos; yo tengo dueño.
—Que no ha marcao entuavía.
—Marcará.
—¡No, Ana María! Y esto es lo que deseaba decirle: ni este novio que tiene, ni cien que tenga, se casarán con usted. Ya está advertida, puede seguir no más.
Al día siguiente, Darío Luna, el novio de Ana María, apareció ahogado en un arroyito de morondanga, que corría a pocas cuadras de la estancia.
En el intervalo de cinco años, Ana María tuvo tres novios más, y los tres sucumbieron en forma trágica y misteriosa.
En la conciencia pública, Julio Linárez era el autor de las muertes. Pero Julio Linárez, correcto, impecable, altanero, no se dió nunca por aludido y prosiguió sereno y razonablemente su propósito.
Ana María se rindió al fin, y la noche de la boda todos los demás se rindieron también ante el triunfador acallando odios y ocultando envidias.
Todos menos Jacinta López, la hija del principal almacenero del pago, a quien Julio sedujo y abandonó después. Los padres la expulsaron ignominiosamente de la casa y ella se vió obligada a conchabarse de peona en la estancia de Pintos, para ganar su sustento y el de su güachito.
Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. En el momento culminante de la fiesta Jacinta, desgreñada con el delantal manchado de grasa, con las manos sucias de carbón, penetró en la sala y con el orgullo de quien se sabe superior, exclamó dirigiéndose a la novia:
—Por cobardía te vas a casar con este canalla... ¡Matate antes, que más vale ser difunto bajo tierra que difunto sobre la tierra! ¡Y eso es lo que te espera a tí!...
Julio, a pesar de su sangre fría, empalideció y respondió violentamente:
—¿Quién es usté pa meterse en este asunto?
Y ella rabiosa, rojos los ojos:
—¿Y quién eres tú, miserable? ¿Quién eres tú, dañina ave de presa?...
Linárez, serenándose y sonriendo sarcásticamente respondió:
—Vale más ser ave de presa que ave de gallinero.
—¡Sí! ¡Cuando el ave de presa es águila o cóndor, cuando lucha y mata o es muerto!... ¡Pero tú eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas en las carnizas de los animales que otros han muerto!... ¡Vos matás como los estancieros matan los zorros y los caranchos, envenenando con estricnina trozos de carne, pero no matás a tiros y a puñaladas frente a frente, cuerpo a cuerpo, cara a cara!...
Y al decir esto, sacó de debajo del delantal una gran cuchilla y se avalanzó sobre Julio, pero la concurrencia, solícita, la detuvo, la amarró, le arrancó el arma. La condujeron a una pieza donde la encerraron para entregarla al día siguiente al comisario.
—Está loca.
Y todos se apresuraron a rodear a Linárez, futuro dueño de la opulenta estancia de Pintos, prodigándole frases de aprecio y simpatía.
EL CONSEJO DEL TIO
Aún no había aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrón tubiano, flaco, abatido, tan miserable y ruinoso como el apero.
Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel insólito madrugón de Albino, le preguntó:
—¿P‘ande estás de viaje?
—Pa los Campos del Diablo—respondió el mozo con voz compungida.
—¿Y por qué te vas, muchacho?...
—¡Yo no me voy, m'echan!...
—¿Quién te echa?
—Mi tío Pancho... Anoche me dijo: «Mañana mesmo me ensillás tu sotreta y te mandás mudar. Si cuando yo me levante t'encuentro tuavía aquí, te vi a untar los costillares con ungüento e tala».
—¡Y el patrón es muy capaz de hacerlo!—asintió riendo el viejo.
—¡Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi tío Pancho!...—respondió Albino, al mismo tiempo de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano escuálido, que este encorvó el cuello y le tiró un tarascón, como diciéndole: «¡No seas bruto, vos también!».
—Y a todo eso—gimió el muchacho—porque tengo una enfermedad, la e ser un poco chupista.
—Y bastante haragán; son dos enfermedades.
—No, es una mesma. Cuando me chupo un poco no tengo juerza pa trabajar, y entonces me da rabia y chupo más... ¡y claro! tengo menos juerza...
—Y más ganas de chupar.
—Dejuro. Adiós don Tiburcio.
Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», vale decir a lo ignoto, al azar de la existencia bagabunda.
Transcurrió más de un año sin que se tuvieran noticias suyas. En una cruel mañana de invierno cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!... A los estragos producidos por el vicio se unían los causados por las penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia. Apenas había, cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado, de color terroso, sus labios plácidos, sus ojos parpajudos acusaban completa decrepitud.
Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole con acritud.
—¿Qué venís a hacer aquí?
—Vea, mi tío—respondió con voz enronquecida por el alcohol;—estoy decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...
—Me parece bien—-contestóle el viejo en tono de duda.
—Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, hay un negro entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos qu'el sólo conoce...
—¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el Batoví?
—Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y como yo ando medio cortao...
—¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; pero en cambio te vi'a dar un consejo que vale más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las casas está atado a soga mi parejero alazán, que aunque ya p'al camino no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar la vergüenza... Campiala bien. No te preocupés del tiempo que pase, ni del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que cueste...
—Está bien, mi tío—respondió el mozo, y de seguida se fué en busca del viejo parejero, lo ensilló, se despidió y partió de nuevo para los «Campos del Diablo».
Al verlo alejarse, Don Tiburcio—exclamó melancólicamente:
—¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en caña ese desalmao!...
—Quien sabe—sentenció don Pedro—nunca perdió una carrera; pueda ser que gane esta también...
Al cabo de un par de meses regresó Albino a la estancia. Iba más miserable, más despreciable que nunca. Con dificultad se apeó de la yegua ética y con paso inseguro avanzó hasta la enramada desde donde el tío Pancho lo observaba con el más profundo disgusto. Rechazando la mano que el mozo le tendía, increpólo violentamente:
—¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?...
Y él humilde como un perro castigado, murmuró sollozando:
—Vea mi tío... yo la busqué... Cansé el parejero alazán buscándola... y no la pude encontrar... ¡Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa planta!...
Y A MI EL RABICANO
Con un cielo luminoso, brillante como plata bruñida, llovía, llovía copiosa, incesantemente. Las cañadas desbordaban, empujando las guías hacia afuera, hacia el campo, convertido en superficie de laguna.
Ni un relámpago, ni un trueno. No hacía frío. Era la delicia del otoño, sereno, tibio, plácido, pródigo de luz.
En la cocina, donde ardía un fogón enorme, el patrón, en rueda con los peones, aprovechaba el obligado descanso, en alegre tertulia. Era un continuo cambiarle de cebaduras al mate y, para la china Dominga, un inacabable tragín de amasar y freir tortas mientras se contaban cuentos, simples como las almas de los gauchos,—interrumpidos a cada instante por comentarios más o menos ocurrentes.
El patrón no desdeñaba entrar en liza, pero tampoco escapaba, por ser patrón, de las interrupciones y de las críticas. Su relato sobre las aventuras de Jesucristo, no tuvo éxito, debido, más quizá que a falta de interés en la narración, a las observaciones hostiles del viejo Romualdo, el famoso contador de cuentos, que esa tarde se había negado obstinadamente a complacer al auditorio.
Don Omualdo restaba furioso porque el patrón no había querido regalarle el único potrillo «rabicano» de la marcación del año.
—Elegí otro,—había dicho don Juan.
—Ya aligió ese yo.
—Ese es pa la chiquilina. Agarrá otro cualquiera.
—Rabicano no más.
—Rabicano no. Dispués, cualquiera.
—Dispués, denguno.
Y no eligió.
Quedó tan rabioso que casi no hablaba; él, que cuando no tenía con quien hablar, hablaba con los perros, con los gatos, con las gallinas o, en último extremo, consigo mismo.
—«Jesucristo estaba con su partida en el monte de los Olivos...—contaba el patrón, y don Rumualdo le interrumpió:
—¿Ande está el monte 'e los Olivos?... Yo no conozco ningún monte d'ese apelativo, y pa que yo no conozca . . .
—Es allá por las Uropas, pasando Bolivia.
—¡Ah!... Di áhi no soy baquiano... Nunca juí más p'allá del Pilcomayo...
—Güeno,—siguió el patrón;—Jesucristo estaba allí echándole una proclama a su gente, cuando de golpe se presentó la polecía de Poncio Pilatos.
—¿Pilatos?... ¿Es pariente de Manuel Pilatos, aquel indio de la Cruz que supo ser puestero de ño Tiburcio Rodríguez?...
—¡Qué ha de ser!... ¡Si d'esto que cuento hace añares!
—¿Y di áhi?... También hace añares qu'están pariendo las vacas y las ovejas y entuavía hay yaguaneses que dejuro tienen el apelativo de los padres del tiempo de antes.
—Será asina, pero ¿me dejás enhebrar l'auja?
—Cuando llegó la policía, Jesucristo, en lugar de juir, s'entregó no más.
—¿Sin peliar?
—Dejuro.
—¿Y sin tratar de juir?
—¿P'ande?
—P'al monte. ¿Nu estaba en el monte?
—Sí, pero no era baquiano.
—¡Claro, era gringo ese don Jesucristo!... En medio 'el monte se deja sorprender por la polecía y rodiao de tuita su gente, no atina a juir ni a peliar... ¡Gringo maula!... ¿Y qué l'hicieron?...
—Lo yebaron p'al pueblo y lo pusieron a desposeción del juez, donde un procurador dijo qu'era un hombre malo porque quería que tuitos los hombres juesen güenos...
—¡Macana!
—...que cuando a uno le dieran una cachetada de un lao...
—¿Le sumiese la daga en el mondongo al atrevido?
—...le pusiera el otro lao de la cara...
—¡Macana!...
—Y porque decía que debía dársele a cada uno lo suyo.
—Eso está bien: pa mí el potrillo rabicano.
—...y porque afirmó qu'él curaba con palabras…
—Eso es verdá: denme un picao de víbora y si yo no lo curo venciéndolo, que me corten...
—¿Qué le van a cortar a usté?—interrumpió un peón.
—Lo que tengo... de sobra—respondió el viejo.
—¡Y tan de sobra!—masculló otro.
El patrón, un tanto amostazado, continuó:
—Además, le dijeron que quería ser rey de la república.
—¡Y si el potrillo daba pa botas!... Pa mandar cualquiera sirve; lo difícil es encontrar quien haga...
—Y él dijo que no quería ser rey. Que su estancia estaba en el cielo...
—¿En el cielo?... ¡Lindo campo pa invernar chingolos!... Bien se ve qu'era gringo don Jesucristo!... ¿Y qué le hicieron?... ¿Lo afusilaron?...
—No, lo rusificaron.
—¿Lo qué?...
—Hicieron una cruz de palo y lo estaquiaron como cuero fresco.
—¡Qué bárbaros!...
—Era la costumbre oriental.
—¡Pucha que son bárbaros los orientales! ¡Degollar, tuavía, pero estaquiar un cristiano vivo!... Vea patrón: si quiere que hagamos las paces, deme las lonjas del potrillo rabicano... Usté dice qu'es pa la chiquilina, yo digo qu'es pa mí; le sumo el cuchillo en el tragadero y se acabó.
El patrón, harto de las interrupciones del viejo, exclamó:
—¡Agarrate el rabicano, vivo o muerto!...
—Vivo,—respondió—vivo y le pongo mi marca,—una cruz patas abajo... Ese don Jesucristo dejó algo bueno: a cada cual lo suyo, y a mí el rabicano.
UN SANTO VARON
Don Cupertino Denis y don Braulio Salaverry no eran personas estimadas en el pago.
Y sin embargo eran dos viejos vecinos—pisaban los setenta—estancieros ricos, jefes de numerosa y respetable familia.
Muy trabajadores, muy económicos, quizá demasiado económicos, eran además excelentes cristianos: jamás dejaban pasar un domingo, aunque tronase, aunque lloviera, aunque amenazara desplomarse el cielo, sin levantarse al alba y trotar las doce leguas que mediaban entre sus estancias y el pueblo, para concurrir a la iglesia para escuchar una o dos misas.
Es verdad que en la casa de don Cupertino, como en la de don Braulio, las perradas daban lástima, de lo flacas que estaban.
Pero, vamos a ver. ¿Para qué son los perros?
Para defensa de la casa.
Para que esa defensa sea efectiva es necesario que los perros sean malos.
Ahora bien: el psicólogo menos perspicaz sabe que los perros, lo mismo que los hombres, no son nunca malos cuando tienen la barriga llena. Es decir, pueden seguir siendo malos pero tienen pereza de hacer daño.
Tanto don Cupertino como don Braulio habían tenido oportunidad de constatar que todos los curas son mansos.
También se acusa al primero—y al segundo—de estos honrados estancieros, de dar a los peones comida escasa y mala. Era cierto; pero no lo hacían por tacañería, sino porque la experiencia les había demostrado que lo que se gana en alimentación se pierde en tiempo, y como es axioma que el trabajo dignifica al hombre, el corolario es que será más digno el que trabaje más. Y era a impulsos de ese piadoso concepto que don Cupertino y su colega mezquinaban la comida a sus peones y les hacían echar los bofes trabajando... ¿Qué importan las penas corporales cuando con ellas se hacen méritos ante el Señor?
Se le hacían, además, otros cargos a don Cupertino. Se le reprochaba, por ejemplo, que con frecuencia no eran de su marca las vacas, ni de su señal las ovejas que se carneaban en su casa.
Tal vez fuese calumnia, o quizá fuese cierto. Pero en el último caso, la causa estaría en que don Cupertino tenía ya poca vista y no era extraño que se confundiese. Además la culpa era de los linderos que no cuidaban sus haciendas y mantenían en mal estado los alambrados medianeros. El lo había dicho varias veces, sobre todo cuando las majadas linderas tenían sarna o cuando su campo estaba mejor empastado que los vecinos:
—¿Por qué no componen los alambrados? ¡Vamos a ver! ¿Por qué no componen?
Es claro ¿por qué no componían?
El, don Cupertino, llevaba la bondad hasta hacerlo componer por su propia cuenta... cuando había sarna en las majadas linderas, cuando su campo estaba en mejor estado que los vecinos.
Se decía también que don Cupertino en sus frecuentes rondas nocturnas, robaba corderos orejanos a los vecinos y los señalaba sobre el pucho.
Pero deberían ser calumnias, envidias, porque ninguno era capaz del sacrificio que él se imponía para vigilar su bien.
Como antes dijimos, don Cupertino y don Braulio no perdían jamás la misa del domingo. Y ni uno ni otro dejaban de llevar a los tientos el corderito destinado a don Tadeo, un cura napolitano, cabeza de melón, mofletes de nodriza gallega, cuello de toro y vientre de perra en fin de embarazo. El buen cura adoraba los corderitos asados, casi tanto como las libras esterlinas,—de las cuales era entusiasta coleccionista—y por lo tanto adoraba a aquellos dos santos varones; pero más a don Cupertino, quien con frecuencia unía al cordero infaltable, una gallina gorda, un canasto de huevos frescos, una maletada de duraznos, y, en ocasiones, una lechiguana gorda, que era una de las debilidades del virtuoso párroco.
—¡Ah, la lichidiguana!... ¡Come mi gusta la lichidiguana!...
Don Cupertino, hombre sobrio, esclavo del deber, era siempre el primero en llegar a la sacristía. Sin embargo, ocurrió una vez en que, llegando a la hora habitual, se encontró con que su vecino le había precedido.
—Lu dun Brulio l'ha che ganatu il terone ista volta,—díjole el cura.
Sorprendido, presintiendo una trastada, don Cupertino preguntó:
—¿Y ande está?
—¿Ande quiere qu'estase?... ¡A l‘iglesia, rodillao devanti San Jenaro, gulpiá qui gulpiá lo picho!...
Don Cupertino tuvo una idea:
—Si usted quiere, padre, yo mesmo vi a desollar el cordero, porqu'es muy gordo y lo va echar a perder su cocinera maturranga.
—Cume ta parezca, don Cupertini... Venise pe lu patio.
Fueron ambos. El estanciero colgó y desolló concienzudamente el borrego.
—¡Madona!... ¡Cume e gordo!...
—Rigularcito—respondió con modestia don Cupertino; y mientras arreglaba el cuero, preguntó observando uno recién estirado.
—¿Y este, padre?
—Es el de don Brulio.
—¡Canalla!—exclamó en el colmo de la indignación.
—¿Cume canalla?...
—¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?...
—¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos…
—¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de arriba en la derecha!... !Mi señal!...
El fraile quedó asombrado.
—¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...
El cura continuó manifestando su indignación, mientras don Cupertino observaba uno por uno los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: tres de su señal, veintiseis de distintas señales de linderos y veintinueve señal de don Braulio. Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le dijo:
—Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione—él contestó humildemente:
—No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, ¡yo perdono!...
Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclamó emocionado:
—¡Qui santo varone!...
TRIPLE DRAMA
Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó de su gira por el campo. Los peones que mateaban en el galpón y lo vieron acercarse al lento tranco de su tordillo viejo,—ya casi blanco de puro viejo,—observaron primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinación de la cabeza sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, presagiaron borrasca.
—Pa mí que v'a llover—anunció uno.
—Pa mí que v'a tronar,—contestó otro; y Sandalio, el capataz, muy serio, con aire preocupado, agregó:
—Y no será difícil que caigan rayos.
Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocían perfectamente a don Fidel.
Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto de un animal potente, inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese fastidiarlo.
Fué siempre liso como badana y límpido cual agua de manantial. Habitualmente, recias carcajadas hacían estremecer el intrincado bosque de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del río, hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno del bañado.
Empero, al llegar a la cincuentena, cuando murió su mujer de una manera trágica y algo misteriosa, el carácter de don Fidel cambió en forma sensible.
Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero ecuánime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornábase irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse, montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas.
Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada.
Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su servicio, sabían «hacer el perro»—callar y agacharse,—cuando tronaba en lo alto.
Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, imploró humildemente:
—¿La bendición, padrino?...
El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo:
—Dios l'haga una santa.
Entre estas dos frases rápidas, un peón había acudido y tomado la rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la sobrecincha y se apresuraba a desensillar.
Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que llevaba en la mano, le dijo:
—Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala.
Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó con voz de inocencia:
—¿Los dos caños están cargaos con bala?
—¡Los dos!—respondió con aspereza el viejo; y luego, por natural sentimiento de bondad, agregó dulcificando el acento:
—Tené cuidao...
Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetró en el galpón. Un peón le ofertó de inmediato un «amargo» que el estanciero, con el gañote seco, aceptó. Tomando un banquito, se sentó, en la rueda, cerca del fogón. Y mientras chupaba el mate, dijo:
—Anduve recorriendo... En el bañao de las cruces encontré una vaca bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero...
—Yo la vide, patrón,—respondió el capataz;—murió de grano malo y por eso no mandé cueriarla...
El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su subalterno, continuó:
—En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero de ovejas señal horqueta del vasco Ismendi.
Pacíficamente, el capataz explicó:
---Jué un entrevero causao por la lluvia el domingo, que voltió un lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi mañana a las cinco 'e la mañana...
Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador, por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular. Y dijo con sequedad:
—¡Debía haber empezao por componer el alambrao!
Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor contradiciéndole.
—No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...
Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró un grueso sorbo de «caña».
El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías, desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los peones, para escurrirse en silencio.
Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud, la cabecera de la huerta de frutales.
Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se encontró a Virginio Moyano, su sobrino.
Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó secamente:
—¿Estás pronto?
—Sí,—respondió el mozo—; tengo ensillao, pa mí, el tordillo negro qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirón, y pa ella el bayo batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un sillón.
—Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, monten a caballo y claven la uña... ¡Adiós!...
—¡Adiós, tío!
Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia el galpón. Iba contento. Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el patrón, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que Chita no era hija suya sino de Sandalio, no sólo había «espantado» a Virginio, sino que se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas las tardes con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las inmediaciones.
Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compañero, su eficaz cooperador en la construcción de su fortuna; y lo odiaba tanto más, cuanto que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto de pruebas materiales de su traición y evitaba la querella por miedo al ridículo.
Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar a los jóvenes proporcionándoles la fuga. ¡Después... lo que Dios quisiera!... Su acción era justa, bien que la empañase una pequeña nube: Virginio había seducido a Felisa, la sobrina del patrón, abandonándola con un hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperación en el alma... Pero... la vida es así. Las yerbas que mueren dan alimento a las yerbas que nacen. Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a la tierra que permanezca estéril, que no germine otra semilla, que no críe otra planta, que no expanda otra flor...
Y cuando el capataz entró en el galpón y se acercó al fogón, pudo observar con contento, que la botella de caña estaba casi vacía y que los ojos de don Fidel brillaban excesivamente.
Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas había chupado un sorbo, cuando lo arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó:
—¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!...
Desenfundó el revólver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo avanzó con precauciones hacia el fondo obscuro del galpón, donde estaban amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, cachivaches de toda clase.
—Ahí está—gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.
Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron.
—¿Pegó?
—¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar...
—¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni puntería!—expresó irónicamente don Fidel.
Y Sandalio, con ironía:
—¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden acertar los dos...
En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá y se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.
Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz, tenía en su mano la escopeta, humeante aún.
Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó:
—¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...
El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la garganta una vejiga de hiel, díjole:
—¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón de honras?...
Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de Sandalio y le hizo saltar los sesos.
FLOR DE BASURERO
Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos temiendo alguna crueldad extraordinaria.
Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el establecimiento.
Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.
Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les deja la voracidad de los yuyos.
Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía, su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa, justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.
—A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,—decían de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería brutal casi siempre.
Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su físico una repentina y radical transformación.
Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la expresión, huraña y agresiva.
—Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi linda,—expresó un peón.
—Pero sigue siendo dura de boca,—dijo otro.
Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.
Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de estricta justicia.
Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud; y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del pellizco o del tirón de las mechas.